Conformes con lo que se nos ha concedido

Conferencia General Abril 2000
Conformes con lo que se nos ha concedido
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

“Los momentos decisivos de la vida ocurren dentro de lo que se nos concede. . . Lo que importa es la forma en que respondemos. En esta vida toda persona recibe la clase de pruebas que van de acuerdo con sus necesidades”.

Al igual que todos ustedes, hermanos y hermanas, expreso agradecimiento al presidente Hinckley por sus incansables esfuerzos para moldear el futuro de la Iglesia, símbolo del cual es este Centro de Conferencias.

En pocas palabras, los que fueron convertidos recibieron de Alma gran discernimiento: “Y porque debería estar conforme con lo que el Señor me ha concedido” (Alma 29:3). No obstante, poco antes, Alma deseó con vehemencia ser “la trompeta de Dios” para entonces “estremec[er] la tierra” (Alma 29:1). Pero no por vanidad; de hecho, Alma quería proclamar el arrepentimiento y el plan de redención a toda la humanidad, a fin de que no hubiera ya más dolor humano (véase Alma 29:2). No obstante, el contentamiento de Alma se basaba en la realidad de que Dios al final concede la salvación final de acuerdo con lo que el individuo desee (véase Alma 29:4). ¿Qué podría ser más justo que eso?

Quedando satisfecho con su llamamiento, Alma entonces mansamente esperó ser un instrumento para ayudar en la salvación de alguno (véase Alma 29:9). Toda una jornada significativa y espiritual se describe en sólo nueve versículos introspectivos.

La misma satisfacción nos espera a nosotros si podemos adaptar nuestros deseos a lo que se nos ha concedido.

Lo que se concede a algunas personas incluye, por ejemplo, muy reducidas oportunidades a causa de la pobreza:

“Y empezó el pueblo a distinguirse por clases, según sus riquezas y sus oportunidades para instruirse; sí, algunos eran ignorantes a causa de su pobreza, y otros recibían abundante instrucción por motivo de sus riquezas” (3 Nefi 6:12).

Asimismo, malvadas estructuras sociales humanas han incluido en el pasado restricciones trágicas como la esclavitud y los campos de concentración.

No obstante, tenemos que hacer lo que podamos dentro de las circunstancias que se nos han concedido, esforzándonos por superar nuestras propias limitaciones. Dentro de lo que se nos ha concedido, podemos aún contentarnos espiritualmente. Pablo lo describió como “piedad acompañada de contentamiento”, que significa la adecuada presencia de atributos necesarios, tales como el amor, la esperanza, la mansedumbre, la paciencia y la obediencia (1 Timoteo 6:6).

Pero existen otras limitaciones fijas en la vida. Por ejemplo, a algunos les han tocado restricciones físicas, mentales o geográficas. Hay quienes permanecen solteros, pero no por culpa suya, o que anhelan progenie sin lograrla. Aun otros confrontan persistentes dificultades, tales como relaciones discordantes dentro de su círculo de seres queridos, incluso hijos que “act[úan] por sí mismos” rechazando el consejo de sus padres (3 Nefi 1:29). En ésta y en situaciones similares hay tantas cosas constantes y abrumadoras que nos hacen pensar en todo esto. Seguir leyendo

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Mi testimonio

Conferencia General Abril 2000

Mi testimonio

Gordon B. Hinckley

Presidente Gordon B. Hinckley

“De todas las cosas por las que me siento agradecido hay una que ocupa el lugar más destacado, y es mi testimonio viviente de Jesucristo”.


Tengo ahora la oportunidad de decir unas palabras, hermanos y hermanas. Me siento rebosante de sentimientos de acción de gracias esta mañana. Me considero abundantemente bendecido por el Señor. Al contemplar los rostros de los miles de miles que se encuentran reunidos en este nuevo y hermoso salón y pensar en los cientos de miles que están reunidos en todo el mundo escuchando esta conferencia, me quedo casi sin habla de la gratitud que siento por la gran unidad que existe entre nosotros. Si me permiten expresar mis íntimos sentimientos durante unos instantes, les diré que nadie ha sido tan abundantemente bendecido como lo he sido yo. No lo entiendo. Es profundo mi agradecimiento por las muchas expresiones de bondad y de amor de ustedes.

Gracias a la gran bondad de otras personas, he viajado a lo largo y a lo ancho de la tierra, atendiendo a los asuntos de la Iglesia. He tenido extraordinarias oportunidades de hablar al mundo mediante la generosidad de los medios de difusión. He expresado mi testimonio en los grandes salones de actos de este país, desde el “Madison Square Garden”, de Nueva York, hasta el “Astrodome”, de Houston. Hombres y mujeres de elevado rango me han acogido y hablado con gran respeto acerca de nuestra obra.

Por otro lado, durante estos años también he llegado a conocer los maliciosos y despectivos modos de actuar de nuestros detractores. Pienso que el Señor pensaba en ellos cuando dijo:

“Malditos sean todos los que alcen el calcañar contra mis ungidos, dice el Señor, clamando que han pecado cuando no pecaron delante de mí, antes hicieron lo que era propio a mis ojos y lo que yo les mandé. . .
“. . .los que claman transgresión lo hacen porque son siervos del pecado, y ellos mismos son hijos de la desobediencia. . . .
“ay de ellos!. . .
“Su cesta no se llenará, sus casas y graneros desaparecerán, y ellos mismos serán odiados de quienes los lisonjeaban” (D. y C. 121:16–17, 19–20).

Dejamos en manos del Señor, que tiene el derecho de hacerlo, los juicios que hayan de sobrevenir a los que se oponen a Su obra.

Vuelvo a mis expresiones de gratitud. Gracias, hermanos y hermanas, por sus oraciones. Gracias por su apoyo en la grandiosa obra que todos procuramos llevar a cabo. Gracias por su obediencia a los mandamientos de Dios. Él está complacido y les ama. Gracias por su fidelidad en el cumplimiento de las grandes responsabilidades que tienen. Gracias por su pronta respuesta a todo llamamiento que se les hace. Gracias por criar a sus hijos en la luz y la verdad. Gracias por el testimonio inquebrantable que llevan en el corazón acerca de Dios el Eterno Padre y de Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo.

Me siento profundamente agradecido por los jóvenes de la Iglesia. Hay muchísima maldad en todas partes. La tentación, con sus provocativas influencias, nos rodea por todos lados. Lamentablemente, perdemos a algunos de ellos ante esas fuerzas destructoras. Sentimos gran dolor por cada uno que se pierde. Les tendemos la mano para ayudarlos, para salvarlos, pero en demasiados casos hacen oídos sordos a nuestras súplicas. Trágico es el camino que han tomado, puesto que es el que conduce a la destrucción.

Pero hay muchos, muchos cientos de miles de nuestros jóvenes que son leales y fieles, rectos como una flecha y fuertes como una gigantesca ola del océano al seguir el camino que se han trazado, el cual es el de la rectitud y la virtud, el de la realización y el éxito; esos jóvenes están sacando provecho de sus vidas y el mundo será muchísimo mejor gracias a ellos.

Estoy infinitamente agradecido por esta admirable etapa de la historia en la que vivimos. Nunca ha habido otra como ella. Nosotros, de todas las personas que han vivido en la tierra, somos bendecidos en abundancia.

Pero de todas las cosas por las que me siento agradecido hay una que ocupa el lugar más destacado, y es mi testimonio viviente de Jesucristo, el Hijo del Dios Todopoderoso, el Príncipe de Paz, el Santo [de Dios]. Seguir leyendo

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Velar y fortalecer

Conferencia General Abril 2000
Velar y fortalecer
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

 “El Salvador les permitirá sentir el amor que Él tiene por aquellos a quienes ustedes sirvan. El llamamiento es una invitación para llegar a ser como Él es”.

El año pasado, cientos de miles de personas fueron bautizadas y confirmadas miembros de la Iglesia, y a cada una de ellas debió habérsele dado la oportunidad de servir en un llamamiento, pues tanto para ellas como para la Iglesia, esa experiencia dará forma al futuro. Muchos de nosotros recordamos la primera vez que dimos un discurso, dirigimos una reunión o llamamos a la puerta de una casa para hacer una visita oficial. Me pongo nervioso sólo de pensarlo.

Puede que los nuevos miembros hayan sido bautizados unos días o unas semanas antes de haber sido llamados a servir, y que algunos de ellos nunca hayan visto a nadie llevar a cabo el llamamiento al que hayan sido llamados. Debido a que no tenemos un clero profesional, los miembros nuevos no son los únicos que aceptan el cometido de prestar servicio. Se calcula que el año pasado casi 2 millones de Santos de los Últimos Días recibieron un nuevo llamamiento para ser pastores o se les dio algunas ovejas nuevas sobre las cuales velar. Poco menos de la mitad de las personas llamadas eran jóvenes, algunos de doce o trece años de edad. En ese período de tiempo fueron llamados y apartados más de 30.000 misioneros, la mayoría de los cuales tenía menos de veinte años de edad; salieron tras una breve capacitación y con poca experiencia.

Las personas que conozcan el funcionamiento de las organizaciones del mundo podrían predecir el fracaso de una iglesia con un crecimiento rápido y que dependa de tantos miembros laicos nuevos. Incluso aquellos que son llamados pueden haber sentido cierto recelo. Pero aun así, cuando con los ojos de la fe ven la verdadera naturaleza del desafío, la confianza reemplaza al temor porque ellos se tornan a Dios.

Mi mensaje se dirige, en primer lugar, a las personas que han sido llamadas recientemente a servir en la Iglesia, luego a los que les llamaron y finalmente a aquellos a quienes servirán.

Digo primero a los que acaban de ser llamados: La confianza depende de la comprensión que tengan del llamamiento, el cual no viene de seres humanos, sino que es una responsabilidad que procede Dios. El servicio no se limita simplemente a realizar una tarea. Cualquiera que sea su nombre, todo llamamiento es una oportunidad y una obligación para velar y fortalecer a los hijos de nuestro Padre Celestial. La obra del Salvador consiste en llevar a cabo la inmortalidad y vida eterna de ellos (véase Moisés 1:39). Él nos ha llamado a servir a los demás para que fortalezcamos tanto nuestra fe como la de ellos. Él sabe que mediante el servicio llegaremos a conocerle.

Un inspirado profeta percibió el servicio como la forma en que llegamos a desear aquello que el Señor desea, y escribió: “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Debido a que ustedes son llamados por Jesucristo para servirle, pueden seguir adelante con gran confianza. En primer lugar, tengan la certeza de que Él les conoce a ustedes y la capacidad que tienen para progresar, porque Él les ha preparado. Los llamamientos les requerirán que amplíen sus aptitudes, con frecuencia al principio y en forma constante mientras lo cumplan, más Él les dará el Espíritu Santo por compañero, el cual les dirá qué hacer cuando el ingenio y los esfuerzos de ustedes no sean suficientes (véase Juan 14:26). El Espíritu Santo les inducirá a dar testimonio con convicción. El Salvador les permitirá sentir el amor que Él tiene por aquellos a quienes ustedes sirvan. El llamamiento es una invitación para llegar a ser como Él es (véase 3 Nefi 27:27).

Probablemente ustedes se pregunten: “¿Cómo el ver mi llamamiento de esa forma hará que tenga más confianza en lograr el éxito?”.La respuesta reside en que el verlo desde esa perspectiva divina hará que sea más probable que ustedes acudan en busca de ayuda a la única fuente que jamás les fallará.

No hace mucho tiempo vi a un joven casi completamente abrumado por un nuevo llamamiento. El Señor había inspirado a Su siervo a llamarle como presidente de estaca. Ese joven nunca había sido obispo, ni había servido en la presidencia de una estaca. La estaca contaba con muchos hombres de mayor madurez y experiencia.

Se sintió muy humilde cuando recibió el llamamiento. Su esposa dijo entre lágrimas al siervo del Señor que le extendía el llamamiento: “¿Está usted seguro?”.Su esposo dijo en voz baja que aceptaba y su esposa asintió en señal de apoyo, todavía con lágrimas bañándole el rostro. Tal y como ustedes hubiesen hecho en una situación semejante, este joven quiso hablar con su padre, quien vivía muy lejos. Esa misma tarde le llamó por teléfono. Su padre ha trabajado toda la vida en una granja con vacas. Había convertido a su hijo en un hombre a través del ordeño de las vacas y al permitirle contemplar cómo se detenía para hablar con sus vecinos y preguntarles cómo se encontraban. A la mañana siguiente, durante su primer discurso como presidente de estaca, relató lo siguiente de la conversación que sostuvo con su padre.

“Muchos de los que me conocen saben que soy un hombre de pocas palabras. Creo que lo heredé de mi padre. Cuando ayer hablé con él para hacerle saber que iba a ser llamado como presidente de estaca, su única respuesta fue: ‘Bueno, será mejor que ores mucho’. Ése fue su consejo. ¿Qué mejor consejo podría haberme dado?”. Seguir leyendo

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Somos creadores

Conferencia General Abril 2000

Somos creadores

Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

“Creemos hogares llenos de amor y de serenidad. Aliviemos el sufrimiento. Creemos perdurables testimonios de las verdades eternas tanto en nosotros mismos como en otras personas”.


Todos somos creadores. Nos encontramos caminando a lo largo del puente del tiempo que atraviesa el umbral de un nuevo milenio. Ésta es una época emocionante y significativa. Éstos son los días que previeron los profetas. Ésta es una época de fe, de oportunidad y de prodigios.

Me maravillo al pensar en este mundo que está tan lleno de belleza, que es tan perfecto en su función. Este mundo fue creado por Jesucristo bajo la dirección de nuestro Padre Celestial. La Creación es una de las características que distinguen a Dios. Él toma la materia que está sin forma y la plasma en estrellas, planetas y sistemas solares. “Y he creado incontables mundos” 1, nos dice.

Hermanos y hermanas, somos hijos de Dios. ¿No nos es acaso necesario estar en los negocios de nuestro Padre? ¿No debiéramos ser creadores también?

Ustedes tal vez digan: “Es que no soy creativo”. Pues les aseguro que sí lo son. Ustedes son creadores. ¿Han hecho sonreír alguna vez a un bebé? ¿Han enseñado a alguien a perdonar? ¿Han enseñado a alguien a leer? ¿Han preparado una noche de hogar? ¿Organizado una reunión familiar? Puede ser que se hayan sentido inspirados a hacer por alguna persona, como maestra visitante o maestro orientador, algo que haya ejercido una gran influencia en su vida. Si han hecho algo de eso, quiere decir que han sido creativos.

La materia prima de la creación nos rodea por todos lados. El presidente David O. McKay enseñó: “Somos los escultores de la vida. Tenemos ante nosotros nuestras almas sin tallar. Cada uno de nosotros está dando forma a su alma” 2 .

Creo que plasmamos almas –la nuestra y la de otras personas– todos los días. Decidamos ahora hacer esas almas “puras y castas”. Creemos hogares llenos de amor y de serenidad. Aliviemos el sufrimiento. Creemos perdurables testimonios de las verdades eternas tanto en nosotros mismos como en otras personas.

Hace poco, tuve una conversación con la familia de una joven madre que murió al dar a luz su quinto hijo. Esperaba hallar angustia, pero sólo hallé esperanza y determinación. Su marido recordaba con amor el tiempo que habían pasado juntos. Sus hijos entendían el plan de salvación y sabían que podrían estar de nuevo con su madre para siempre. En medio de sus quehaceres, ella siempre había dedicado el debido tiempo a sus seres más queridos. Joven como era, esa hermana fue presidenta de la Sociedad de Socorro y siempre dio el primer lugar a su matrimonio y sus hijos.

Al conversar con la madre de esa difunta hermana, me dijo que para ésta lo más importante había sido criar a sus hijas para que fuesen mujeres rectas, que, pese a haber muerto joven, su hija había creado un modelo del vivir rectamente el Evangelio en su hogar.

Los miembros de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, bajo la dirección de los líderes del sacerdocio, creamos una declaración para nuestras hermanas de la Sociedad de Socorro de todo el mundo; esta declaración nos recuerda quiénes somos; y se ha apartado la noche de Superación personal, de la familia y del hogar para cultivar esos ideales.

¿Percibimos las oportunidades de creación que tenemos a nuestro alcance? ¿Valoramos los dones, los talentos y los espíritus escogidos que Dios nos ha dado? ¿Compartimos las creaciones de nuestro corazón, de nuestra mente y de nuestras manos con los demás? Seguir leyendo

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Las viudas de Sión

Conferencia General Abril 2000
Las viudas de Sión
Élder Earl C. Tingey
De la Presidencia de los Setenta

Earl C. Tingey

“El Señor ama a las viudas. . . Nosotros. . . debemos cuidar y ayudar a las viudas en nuestra familia, hogar, barrio y vecindario”.

He intitulado mi discurso “Las viudas de Sión”. El diccionario define la palabra viuda(o) como la persona a quien se le ha muerto su cónyuge y no ha vuelto a casarse 1.

Algunas viudas son jóvenes; sus esposos, muchas veces, han muerto prematuramente. Si en ese hogar hay hijos pequeños, en la joven viuda recae la responsabilidad total de criarlos. Ella tiene una pregunta sin respuesta: “¿Por qué me ha pasado esto a mí?”. La enorme soledad no es algo insólito.

Otras viudas son mayores; sus esposos, tras una vida de atesorada compañía, han muerto por razones de vejez o de salud. Los muchos años de tiernos recuerdos, del gozo de criar una noble familia, y de servicio mutuo a la Iglesia y a la comunidad son reemplazados por la soledad y el sentir que no se les quiere o necesita. La pregunta: “¿Cuánto debo esperar para unirme a mi compañero eterno?” continúa sin respuesta. Para ellas, la obra del templo podrá aumentar; la vida muchas veces se hace más difícil; el vivir con parientes o en instituciones de asistencia tal vez reemplacen el hogar familiar lleno de toda una vida de recuerdos.

Al enviudar, nuestras hermanas no están acostumbradas a la soledad. Ellas desean prestar servicio y contribuir al bienestar de los demás. Muchas tienen limitaciones debido a la mala salud; ellas desean permanecer fieles para un día reunirse con sus compañeros eternos. Es mucho lo que pueden enseñarnos acerca de la fe.

La doctrina de la Iglesia es bastante clara en lo que respecta a las viudas.

En los primeros días de la Iglesia, se reprendió a los líderes por descuidar a las viudas. Se llamó a siete varones de buen testimonio para que prestasen ayuda 2.

Pablo instruyó a los santos a honrar a las viudas 3 ; enseñó que cualquiera que no proveyera “para los suyos, y mayormente para los de su casa. . . ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” 4 .

Cuando Brigham Young organizó el primer viaje pionero al valle del Gran Lago Salado en 1847, dio el siguiente consejo a los santos:

“Cada compañía, en proporción al valor de sus propiedades, ayude a llevar a los pobres, a las viudas, a los huérfanos y a las familias de los que han ingresado al ejército, para que los clamores de las viudas y huérfanos no lleguen a los oídos del Señor contra este pueblo” 5.

Creo que este esfuerzo de ayudar a las viudas a cruzar las llanuras es uno de los ejemplos modernos más grandiosos de cómo debemos cuidar a las viudas.

La revelación moderna revela el orden de la Iglesia. “Las mujeres tienen el derecho de recibir sostén de sus maridos hasta que éstos mueran. . . los niños tienen el derecho de recibir el sostén de sus padres. . .

“y después de eso, pueden recurrir a la iglesia” 6.

Más adelante dice en Doctrina y Convenios: “Y se mantendrá el almacén por medio de las consagraciones de la iglesia; y se proveerá lo necesario a las viudas y a los huérfanos, como también a los pobres” 7.

En el libro de Santiago aparece una de las descripciones más bellas de la doctrina de la Iglesia en cuanto a la responsabilidad que tenemos como parientes y amigos de las viudas. “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” 8 .

El término “viudas” se utiliza 34 veces en las Escrituras. En 23 de esos pasajes, el término se refiere a las viudas y a los huérfanos. Yo creo que el Señor tiene sentimientos de ternura hacia las viudas y los huérfanos; Él sabe que quizás tengan que confiar más plenamente en Él que en otros; sus oraciones serán más personales y duraderas, su servicio al prójimo será más genuino y su fe será más grande.

En las Escrituras, la fe de las viudas es legendaria.

La viuda de Sarepta demostró su fe cuando le proporcionó al profeta Elías un bocado de pan en vez de usar la última porción de su comida y su aceite para alimentar a su hijo y a ella, y morir. En las Escrituras está registrado: “Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días.

“Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías” 9.

Quizás la frase “Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías” sea un simbolismo de la confianza que las viudas tienen en el Señor.

Ana, que era viuda hacía 84 años y trabajaba continuamente en el templo, reconoció al niño Jesús cuando lo presentaron en el templo 10.

Al darse cuenta de la gran fe de la viuda de Naín, Jesucristo resucitó al hijo de ella, al único que tenía, cuando lo llevaban por la puerta de la ciudad para enterrarlo 11.

Como ejemplo del verdadero espíritu de generosidad, el relato de la ofrenda de la viuda ha quedado para siempre inmortalizado como una de las más grandes enseñanzas del Salvador.

“. . .el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho.

“Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas. . .

“Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca;

“porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” 12 .

Ustedes, maravillosas hermanas que son viudas: sepan que Dios las ama. Ustedes se encuentran entre los escogidos. Sé lo que estoy diciendo. Mi propia madre ha sido viuda durante casi tres años. Ella preside como noble matriarca del clan familiar de 247 personas. La madre de mi esposa, de 97 años, permanece fiel y continúa perseverando hasta el fin, a pesar de su mala salud. Estimadas hermanas, su vida misma, como ejemplo de un justo vivir, sigue inspirando a los miembros más jóvenes de la familia a ser mejores. Ustedes siguen siendo maestras.

En un momento determinado del horario de Dios ustedes se unirán a su compañero eterno y servirán juntos, para siempre, en la gran obra del mundo de los espíritus.

A las viudas jóvenes, con responsabilidades familiares cada vez mayores, sepan que Dios está al tanto de sus necesidades y que Él proveerá. Continúen ejerciendo la fe y las buenas obras. Los miembros fieles de la familia y de la Iglesia prestarán ayuda. Estén dispuestas a recibir ayuda de otros, según sea necesario. Sus hijos sabrán que ustedes les proporcionan una doble dosis de amor. Tengo un testimonio de que nuestro Padre Celestial compensará abundantemente a su familia con bendiciones eternas debido a la bondad del corazón de ustedes.

A los familiares y amigos de las viudas digo que Dios sabe en cuanto al servicio que prestan y Él juzgará sus obras de acuerdo con la manera que ayuden a la viuda. En una ocasión, el presidente James E. Faust compartió con las Autoridades Generales una maravillosa historia acerca de cómo los vecinos y amigos en una comunidad agrícola del centro de Utah trataban a las viudas. Cada uno tenía un número determinado de horas y minutos para disponer de agua para irrigar sus huertos. Acordaron que cada uno podría usar menos agua para que las viudas del vecindario pudiesen tener más agua para sus huertos.

Hace poco observé a cinco viudas ancianas ir juntas a una reunión de la iglesia en un automóvil modesto. Entraron juntas al edificio y se sentaron también juntas. Parecían extraer fortaleza y protección la una de la otra. Percibí lo bueno de sus vidas nobles al observar la tierna asociación que sostenían mutuamente en el ocaso de sus vidas.

Hermanos y hermanas, el Señor ama a las viudas. Sé que los líderes de la Iglesia se preocupan por el bienestar de las viudas. Nosotros, los miembros, debemos cuidar y ayudar a las viudas en nuestra familia, hogar, barrio y vecindario. Les exhorto a ustedes, jóvenes –miembros de la Primaria, jóvenes y jóvenes adultos– a aprovechar la oportunidad de ayudar a las viudas de la comunidad y a obtener fortaleza de ellas.

Que seamos más bondadosos y considerados con las viudas de Sión, es mi humilde oración. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Merriam-Webster’s New collegiate Dictionary, 10th ed., s.v. “widow.”
  2. Véase Hechos 6:1–3.
  3. Véase 1 Timoteo 5:3.
  4. 1 Timoteo 5:8.
  5. D. y C. 136:8.
  6. D. y C. 83:2, 4–5.
  7. D. y C. 83:6.
  8. Santiago 1:27.
  9. Véase 1 Reyes 17:8–16.
  10. Véase Lucas 2:36–38.
  11. Véase Lucas 7:11–15.
  12. Marcos 12:41–44; véase también Lucas 21:1–4.
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Tu hogar eterno

Conferencia General Abril 2000
Tu hogar eterno
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“En un sentido real, estamos edificando viviendas eternas. Somos aprendices del oficio, no constructores profesionales. Necesitamos la ayuda divina para hacerlo con éxito”.

Cierto día, durante Su ministerio personal, nuestro Salvador llevó a Pedro, a Santiago y a Juan “a un monte alto. . .

“y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
“Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.
“Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí” 1.

Hoy, en esta histórica ocasión, nos congregamos en este magnífico Centro de Conferencias y en las instalaciones adyacentes de la Manzana del Templo y a través de todo el mundo.

Hay lágrimas en nuestros ojos y la gratitud nos llena el corazón al hacer eco al hermoso himno “Gracias demos a Dios” 2 . La construcción de este edificio estuvo diseñándose durante mucho tiempo. Necesitábamos un lugar más amplio para dar cabida a la gente que asiste a las conferencias y otras actividades durante el año. Muchos trabajadores de grandes habilidades han estado laborando con su corazón y con sus manos para brindarnos una estructura digna de la aprobación del Señor. “Bien, buen siervo y fiel” 3.

Cuando Jesús ministraba entre los hombres hace mucho tiempo y en un lugar lejano, solía utilizar parábolas, un lenguaje que la gente podía entender mejor. Con frecuencia se refería a las casas y hogares con relación a la vida de quienes le escuchaban. ¿No se le conocía acaso como “el hijo del carpintero”.É l declaró: “Toda. . . casa dividida contra sí misma, no permanecerá” 4. Tiempo más tarde declaró: “He aquí, mi casa es una casa de orden, dice el Señor, y no de confusión” 5.

En una revelación dada por medio del profeta José Smith en Kirtland, Ohio, el 27 de diciembre de 1832, el Maestro aconsejó: “Organizaos, preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” 6.

¿Dónde podría alguno de nosotros encontrar un plano más apropiado para construir de manera prudente y adecuada una casa en la cual pudiera habitar personalmente a través de la eternidad?

En un sentido real, estamos edificando viviendas eternas. Somos aprendices del oficio, no constructores profesionales. Necesitamos la ayuda divina para hacerlo con éxito. Las palabras de instrucción que ofrece el apóstol Pablo nos brindan la afirmación que necesitamos: “¿No sabéis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” 7.

Si recordamos que cada uno de nosotros es literalmente un hijo o una hija espiritual de Dios, no nos será difícil recurrir a nuestro Padre Celestial mediante la oración. Él realmente aprecia el valor de esta materia cruda que es la vida. “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” 8. Ésta declaración de Él encuentra alojamiento en nuestra alma y da propósito a nuestra vida.

Tenemos un Maestro que guiará nuestros esfuerzos si sólo depositamos nuestra fe en Él, sí, el Señor Jesucristo. Él nos invita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” 9.

Se ha dicho que Jesús “crecía en sabiduría, y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” 10 . ¿Tenemos nosotros la determinación de hacer lo mismo? Una simple frase de las Escrituras contiene un homenaje a nuestro Señor y Salvador, de quien se dijo: “Anduvo haciendo bienes” 11.

En su epístola a su amado Timoteo, Pablo sugiere una forma en que podemos mejorarnos y, al mismo tiempo, brindar ayuda a otras personas que piensan para sus adentros y luego preguntan: “¿Y cómo podré [encontrar mi camino], si alguno no me enseñare?” 12.

La respuesta que dio Pablo a Timoteo nos ofrece un solemne consejo. Prestemos atención a este inspirado consejo: “. . .sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” 13.

Examinemos esta solemne instrucción que, en un verdadero sentido, se nos da a cada uno de nosotros.

Primero, ser un ejemplo en palabra. El Señor ha dicho: “Tiendan vuestras palabras a edificaros unos a otros” 14.

¿Recordamos el consejo de un himno predilecto de la Escuela Dominical?

Oh, hablemos con tiernos acentos
en casa y en todo lugar,
cual el canto de aves que trinan
al alma le agradarán 15. Seguir leyendo

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El presidente de estaca

Conferencia General Abril 2000
El presidente de estaca
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“[Los] presidentes de estaca han sido llamados bajo la misma inspiración con la que se ha llamado a las Autoridades Generales. Ruego por éstos, mis amados hermanos, para que el Espíritu del Señor descanse sobre ellos”.

Ahora me complace compartir unas palabras con ustedes. Primeramente, gracias por estar aquí. Nunca he visto algo semejante. Debí haber traído mis binoculares para ver a los que están sentados en la galería. En todo este recinto sólo he contado cinco asientos vacíos. Es un gran placer estar aquí.

Mis hermanos, ¡qué maravilloso es el sacerdocio de Dios! No hay nada que se le compare. Se recibe únicamente por la imposición de manos de aquellos que tengan la autoridad para conferirlo. En esta dispensación, ese conferimiento se remonta a la época de Juan el Bautista y los apóstoles del Señor: Pedro, Santiago y Juan. Ellos vinieron a la tierra y físicamente colocaron las manos sobre la cabeza de José Smith y Oliver Cowdery, y con voces audibles, pronunciaron las palabras del conferimiento de este maravilloso poder. Desde entonces, todo hombre que lo ha recibido lo ha hecho por medio de la imposición de manos de uno que a su vez lo recibió de la misma manera hasta llegar a su conferimiento original.

No es para una clase específica. Todo hombre digno, sin tomar en cuenta nacionalidad, antecedentes étnicos o cualquier otro factor, puede recibir el sacerdocio. La obediencia a los mandamientos de Dios se convierte en el factor determinante. Su conferimiento se basa únicamente en la dignidad ante el Señor.

Éste conlleva el derecho y la autoridad de gobernar en la Iglesia de Cristo. Recuerdo las experiencias que tuve hace mucho, cuando era miembro del Consejo de los Doce. Asistí a una conferencia de estaca, donde el presidente era un hombre de riqueza y afluencia. Era un hombre de mucho éxito, de acuerdo con las normas del mundo. Vivía en una casa sumamente espléndida. Me recogió en el aeropuerto en un automóvil hermoso; almorzamos en un restaurante de primera clase, y, sin embargo, demostró humildad en su oficina; estaba ansioso por aprender y siempre dispuesto a hacer lo correcto en la administración de los asuntos de su estaca.

Después asistí a otra conferencia. El presidente me fue a recoger en un automóvil muy usado. Nos detuvimos en un lugar de comida rápida para comer un bocado. Su casa era sumamente modesta –arreglada, limpia y tranquila– pero sin mobiliario opulento. Era carpintero de oficio; no poseía ninguna de las cosas extravagantes del mundo. Él, también, era un maravilloso presidente de estaca que efectuaba su deber de manera extraordinaria. Era una persona magnífica en todo respecto.

Ésa es la maravilla del sacerdocio. La riqueza no es un factor; la educación no es un factor; los honores de los hombres no son un factor. El factor predominante es el ser aceptados ante el Señor.

Todas las Autoridades aquí presentes podrían testificar que en la reorganización de estacas han tenido experiencias extraordinarias e inspiradoras. Recuerdo la asignación de reorganizar una estaca hace más o menos cuarenta años. El presidente había fallecido repentinamente. Las Autoridades me pidieron que fuera y hablara en el funeral y reorganizara la estaca. Nunca lo había hecho; era nuevo como Autoridad General; iba a estar totalmente solo.

Al llegar, fui llevado a otra ciudad, donde participé en el servicio fúnebre. Pedí que todos los oficiales de la estaca y los obispos se quedaran después del servicio, y anuncié que a la noche siguiente se efectuaría la reorganización de la estaca. Seguir leyendo

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Tu jornada eterna

Conferencia General Abril 2000
Tu jornada eterna
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Consideremos nuestros llamamientos, reflexionemos en nuestras responsabilidades, aprendamos nuestras obligaciones y sigamos a Jesucristo, nuestro Señor”.

Uno de mis más vívidos recuerdos era cuando asistía a la reunión del sacerdocio como diácono recién ordenado y cantaba el himno “Venid, los que tenéis de Dios el sacerdocio” 1 . Esta noche, al lleno total congregado en este maravilloso Centro de Conferencias y en las capillas de todo el mundo, hago eco al espíritu de ese himno especial y les digo: Venid, los que tenéis de Dios el sacerdocio, consideremos nuestros llamamientos, reflexionemos en nuestras responsabilidades, aprendamos nuestras obligaciones y sigamos a Jesucristo, nuestro Señor.

Si bien diferimos en edad, en costumbres o en nacionalidad, estamos todos unidos como uno en nuestros llamamientos del sacerdocio.

Como poseedores del sacerdocio, se nos ha enviado a la tierra en una época difícil. Vivimos en un mundo complejo, con corrientes conflictivas a nuestro alrededor. Las intrigas políticas destruyen la estabilidad de las naciones, los déspotas ambicionan el poder y algunos segmentos de nuestra sociedad parecen siempre oprimidos, privados de oportunidades y condenados a vivir con un sentimiento de fracaso.

Nosotros, que hemos sido ordenados al sacerdocio de Dios, podemos hacer sentir nuestra influencia. Cuando nos hacemos acreedores de la ayuda del Señor, podemos edificar jóvenes, corregir a hombres y obrar milagros en Su santo servicio. Las oportunidades que tenemos son innumerables.

Aun cuando la tarea parezca abrumadora, nos fortalece esta verdad: “La fuerza más grande del mundo hoy en día es el poder de Dios que se manifiesta por medio del hombre”.Si nos encontramos en el servicio del Señor, tenemos derecho a recibir Su ayuda. Esa ayuda divina, sin embargo, depende de nuestra dignidad. Para navegar sin dificultades los mares de esta vida terrenal, para llevar a cabo una misión de rescate humano, necesitamos la guía del marinero eterno: el gran Jehová. Para recibir ayuda celestial levantamos nuestros brazos y acudimos a lo alto.

¿Extendemos manos limpias? ¿Son puros nuestros corazones? Al mirar hacia atrás en las páginas de la historia, aprendemos una lección de dignidad de las palabras del agonizante rey Darío. “A Darío. . . por medio de los ritos debidos, se le había reconocido como el legítimo rey de Egipto; a su adversario, Alejandro Magno, se le había declarado. . . hijo legítimo de Amón. Él también era faraón. . . Alejandro, al encontrar al derrotado Darío al borde de la muerte. . . le puso las manos sobre la cabeza para curarlo, mandándole ponerse de pie y asumir nuevamente su posición de rey. . . diciéndole. . .: ‘Juro ante ti, Darío, por todos los dioses, que hago esto con sinceridad y sin engaños. . .’

Darío le reprochó suavemente: ‘Alejandro. . . ¿crees que puedes tocar los cielos con esas manos?’ “ 2.

Podemos aprender otra lección inspirada de un artículo titulado “Viewpoint”, publicado hace algún tiempo en el diario Church News. Dice así:

“Para muchas personas puede resultar extraño ver barcos de diferentes banderas cargando y descargando mercancías en los muelles de Portland, Oregón, ciudad que se encuentra a 160 kilómetros de distancia del mar. El llegar hasta allí constituye una viaje difícil y a menudo turbulento a través del banco de arena del río Columbia y un largo recorrido a lo largo de ese río y del Willamette.

“Pero a los capitanes de barco les gusta atracar en Portland. Saben que al desplazarse sus naves por los mares, un curioso crustáceo de agua salada llamado broma, se adhiere al casco del buque y permanece allí el resto de su vida, cubriéndose con una cáscara semi rocosa. Cuantos más de estos crustáceos se adhieren al casco, más pesada hacen la marcha de la embarcación, reducen su progreso y disminuyen su eficiencia.

“Periódicamente, llevan la embarcación a un muelle, en donde, con gran esfuerzo, desprenden los crustáceos con cincel o raspándolos. Se trata de un proceso difícil y caro que detiene al barco en el puerto durante varios días.

“Pero esta operación no es necesaria si los barcos van a Portland, dado que los crustáceos no pueden sobrevivir en agua dulce. Allí, en las frescas y dulces aguas del Willamette o del Columbia, los crustáceos mueren y otros se desprenden, mientras que los que se quedan se pueden quitar con facilidad. Así, el barco vuelve a su tarea, liviano y renovado.

“Los pecados son como esos crustáceos. Casi nadie pasa por la vida sin que se le queden prendidos algunos; así, aumentan la lentitud, detienen nuestro progreso, disminuyen nuestra eficiencia. Al no haber arrepentimiento y al ir apilándose uno sobre otro, acabarán por hundirnos.

“En Su infinito amor y misericordia, el Señor nos ha proporcionado un puerto en el cual, por medio del arrepentimiento, nuestros crustáceos se desprenden y se olvidan. Con nuestras almas alivianadas y renovadas podemos llevar a cabo con eficiencia nuestra obra y la de Él” 3. Seguir leyendo

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El poder del autodominio

Conferencia General Abril 2000

El poder del autodominio

Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

“El autodominio. . . es la prueba máxima de nuestro carácter”.

Hermanos, esta noche somos parte de lo que va a ser historia. Estamos reunidos en la reunión de sacerdocio más grande jamás llevada a cabo en cualquier dispensación. Sentimos gozo por la asistencia de cientos de miles que están reunidos más allá de este Centro de Conferencias. El reunirnos por primera vez en este nuevo y magnífico edificio es un momento grandioso en la historia de la humanidad. Estamos en deuda con el Señor que inspiró al presidente Gordon B. Hinckley con la visión profética que dio como resultado la construcción del mismo y que lo hizo todo posible. Agradecemos al obispo H. David Burton, al obispo Richard C. Edgley y al obispo Keith B. McMullin, y a todos los que hayan tenido algo que ver con su construcción. Ahora que lo tenemos, debemos usarlo para fortalecer la fe de nuestra gente.

Esta noche, hermanos, quisiera hablar acerca del poder del autodominio, en su amplio sentido. El autodominio es esencial para invocar el poder del sacerdocio de Dios. La razón de ello es porque este gran albedrío divino sólo se puede ejercer en rectitud. El autodominio requiere autodeterminación y fortaleza de carácter; mejora nuestros propios dones y talentos de manera extraordinaria; es el poder de la hombría virtuosa.

Toda alma humana, en especial los poseedores del sacerdocio, tiene el desafío de controlar sus pensamientos, apetitos, expresiones, carácter y deseos. Uno de éstos puede ser el mal genio. Cuando era niño, yo era pelirrojo. A veces mi madre me acusaba de tener mal genio el cual le hacía juego al pelo. Solían llamarme “Rojo”.Ésa era una palabra que incitaba a las riñas. Creo que he aprendido a controlar ese genio. Los pelirrojos no son los únicos que deben aprender a controlar un carácter rebelde. Se necesita fuerza de voluntad para que las irritaciones no controlen nuestras emociones.

Hace poco, un diario local informó acerca de un fenómeno que ha resultado con el aumento de tránsito en las carreteras: “Es el panorama normal de la hora del congestionamiento de tránsito: bocinazos, manejar pegados al vehículo de delante, gestos groseros. Incluso la violencia descarada va en aumento entre los conductores”.Algunas veces se pierde el control y a eso se le llama “furia en la carretera”.A menudo me he preguntado por qué la personalidad de algunos hombres cambia cuando están frente al volante de su auto, protegidos por el cristal y el metal. En cierta forma, eso parece servir de disculpa para su conducta descortés. La violencia en la carretera no resulta por el congestionamiento de tránsito sino por la actitud. Cuando los conductores se impacientan y se vuelven agresivos en la carretera, pueden perder el control y causar daños graves o hasta la muerte a otras personas.

El autodominio es un desafío para todas las personas. Sólo nosotros podemos controlar nuestros apetitos y pasiones. Ni el dinero ni la fama pueden comprar el autodominio. Es la prueba máxima de nuestro carácter. Requiere que salgamos de los profundos valles de nuestra vida y escalemos nuestros Montes Everest.

En calidad de misioneros regulares aprendemos grandes lecciones de autodominio: aprendemos a levantarnos cuando debemos hacerlo, a trabajar cuando debemos trabajar, y a acostarnos cuando debemos acostarnos. Por lo general, a los misioneros regulares se les admira e incluso se les respeta a pesar de que su mensaje no sea tan bien recibido como quisiéramos que lo fuera. La Primera Presidencia y otras Autoridades Generales se reúnen con muchos cabezas de estado, embajadores y ministros de todas partes del mundo. Con frecuencia, cuando se presenta la ocasión, estos hombres de gran poder e influencia expresan su admiración y respeto por los misioneros que prestan servicio en sus países.

Nuestros élderes son modelos de los jóvenes de su edad. Cuando vuelven a casa, a algunos se les critica de considerarse superiores por mantener una apariencia decente y conservar el cabello arreglado y corto. No comprendo por qué a un ex misionero se le considera santurrón si se esfuerza por vivir las normas y los principios que él ha enseñado como representante del Señor a la gente donde sirvió. Naturalmente no se espera que los ex misioneros lleven camisa blanca y corbata todo el tiempo, pero el vestir ropa desaliñada y estilos raros del pelo para supuestamente andar a la moda no es apropiado para uno que posee la divina comisión del sacerdocio. Los ex misioneros son un ejemplo para los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, quienes serán los futuros misioneros. Muchas veces tiene más influencia y persuasión lo que el Sacerdocio Aarónico ve que lo que se le dice. Seguir leyendo

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Tu testimonio personal

Conferencia General Abril 2000
Tu testimonio personal
Élder Angel Abrea
De los Setenta

Ángel Abrea

“El Espíritu Santo tiene el poder de dar luz y entendimiento a nuestra vida, pero debemos pagar el precio para buscar y ganar Su compañía”.

Me gustaría tener una conversación imaginaria con los poseedores del sacerdocio en cuanto al testimonio personal. Considero que esta forma coloquial me permitirá transmitir mi mensaje. Para el objetivo del análisis, usaré el nombre de mis nietos; les ruego que se imaginen que ese es el nombre de ustedes y que me estoy dirigiendo directamente a cada uno de ustedes, jovencitos.

Mi querido James, cuando eras pequeño, dabas tu testimonio y decías: “Yo sé que el Evangelio es verdadero; sé que Jesucristo es el Hijo de Dios; sé que José Smith fue un verdadero profeta”.Sabías estas cosas porque otras personas te lo habían dicho. Debido a la confianza que tenías en tus padres, en tu obispo y en otras personas, jamás dudaste de ese conocimiento. Pero ahora, a medida que te vas haciendo más independiente en tu entendimiento, comprensión y percepción de todos los factores que esta hermosa e intensa vida te presenta, con frecuencia te das cuenta de que no todos los hombres poseen el mismo testimonio de la “paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7).

Jonathan, quizás ya te hayas dado cuenta de que algunos adultos son escépticos y que no te hablarán en cuanto a los hermosos conceptos de la Expiación, la Resurrección y la vida eterna. En vez de ello, te dirán “Comed, bebed y divertíos, porque mañana moriremos” (2 Nefi 28:7). Verás a otros a tientas y tratando de alcanzar algo, buscando respuestas que no pueden encontrar. Y, sin embargo, tratarán de demostrarte un conocimiento de aquello que no tienen. Incluso otros dirán: “Quizás esas cosas sean verdaderas, pero quizás no lo sean. Lo mejor que podemos hacer es vivir nuestras propias vidas de la forma que consideremos correcta y, si hay una vida después de ésta, veremos qué sucede”.

Ahora bien, Andrew, comprendo los pensamientos y sentimientos que puedas tener en tu mente y en tu corazón. Puedo entender que cuando escuches esos diferentes mensajes, tal vez te preguntes qué es lo correcto y qué no lo es.

Estoy seguro de que acuden a tu mente muchas preguntas. La verdad es que no se te condenará por preguntar y cuestionar si haces un esfuerzo sincero por encontrar las respuestas. Se nos han dado nuestros poderes mentales para que los usemos. La fe que se basa en la oración personal, en el estudio y la obediencia es más duradera que la fe ciega; es más gratificante y por cierto tiene una base más sólida.

Y tú, Paul, ¿recuerdas cuando el Salvador dijo: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”.(Mateo 18:3–4). Nosotros nos beneficiamos si retenemos la humildad y la docilidad de un niño, pero debemos asegurarnos de seguir progresando y de no conformarnos con el conocimiento o la comprensión limitados que un niño tiene del Evangelio. Recuerda, Paul, lo que el apóstol que llevaba tu mismo nombre (Pablo) dijo a los corintios: “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar” (1 Corintios 14:20).

Y bien, mi querido Russell, te preguntarás: “En ese caso, ¿debo ir yo mismo a buscar la respuesta? ¿Puede cualquier persona tener esa clase de testimonio? ¿Es un don sólo para algunos? ¿Acaso los que dicen que saben realmente sólo creen que saben o se han convencido a sí mismos por medio de un truco psicológico?”

En respuesta a tus preguntas y para analizar más estas cosas, permíteme decirte que el élder John A. Widtsoe dijo que aquellos que en verdad poseen un testimonio del Evangelio tienen “la clase más grande de conocimiento. Llega como una revelación cuando la verdad se conoce y se obedece. . . Es en realidad la posesión principal del hombre“ (”What Does It Mean to Have a Testimony?, Improvement Era, mayo de 1945, pág. 273; cursiva agregada.) ¿Te das cuenta de que un testimonio se define como “la clase más grande de conocimiento” y como “la posesión principal del hombre”, y que en Doctrina y Convenios el Salvador lo menciona como un conocimiento que “vivirá en tu corazón”.(D. y C. 8:2) Seguir leyendo

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Honremos el sacerdocio

Conferencia General Abril 2000
Honremos el sacerdocio
Obispo H. David Burton
Obispo Presidente

H. David Burton

 “El sacerdocio no es algo que nos quitamos durante la semana y nos lo ponemos el domingo; es un privilegio y una bendición las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana”.

Buenas tardes, hermanos. Durante meses nos hemos preocupado de que este edificio estuviera listo para la conferencia general. Se ha logrado un milagro porque gente profesional, así como hombres y mujeres comunes, han demostrado singular devoción, sacrificio e inspiración que superan las normas comunes de la industria. Expreso agradecimiento a mis consejeros y a toda persona que ha dedicado sus talentos a este proyecto.

He estado en este edificio muchas veces durante su construcción, pero al verlo esta noche lleno de poseedores del sacerdocio, me maravillo por su tamaño y su belleza. Para los que siguen de cerca el fútbol internacional, la distancia desde donde yo estoy hasta la última fila del balcón es aproximadamente tres cuartas partes del largo de un campo. La distancia es el equivalente a tres canchas de básquetbol, una enseguida de la otra, y casi cuatro canchas de tenis. Un golfista probablemente escogería un palo número nueve para lanzar la pelota hasta la última fila del balcón y un velocista de categoría mundial podría correr la distancia en unos nueve segundos. ¡Es verdaderamente asombroso!

En ocasiones me gusta participar o ser espectador en eventos deportivos. Mi esposa me indica que lo hago con demasiada frecuencia. En muchos deportes, si un participante o un entrenador coloca los dedos extendidos de una mano en posición perpendicular contra la palma de la otra, es señal de que se pide tiempo. Se detiene por unos momentos la competencia mientras los entrenadores y los jugadores analizan su estrategia. Algunos padres usan esta señal de “pedir tiempo” para hacerles saber a sus hijos el lugar donde van a parar si continúan comportándose mal. El “pedir tiempo” permite a la persona meditar en su comportamiento.

Mis compañeros del Sacerdocio Aarónico, voluntariamente “pidamos tiempo” esta noche para hablar de asuntos del sacerdocio.

Hace varias semanas conversaba con mi nieta de 16 años. Le pregunté qué diría a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico si pudiera hablarles, y me contestó: “Les pediría que demostraran respeto por el sacerdocio y que fueran poseedores del sacerdocio los siete días de la semana y no sólo el domingo. Algunos jóvenes no demuestran el debido respeto por el sacerdocio porque usan lenguaje vulgar, ven o leen pornografía, y algunos andan en drogas”.Seguramente ustedes están de acuerdo en que el lenguaje vulgar, la pornografía y las drogas no deben formar parte de la vida de un poseedor del sacerdocio.

El sacerdocio no es algo que nos quitamos durante la semana y nos lo ponemos el domingo; es un privilegio y una bendición las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Seguir leyendo

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La santidad de la mujer

Conferencia General Abril 2000

La santidad de la mujer

Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Cada uno de nosotros tiene el deber de ayudar a toda hija de Dios a reconocer las características sagradas que nuestro Padre Celestial le ha dado”.

Hay un título que la Primera Presidencia y los Doce rara vez utilizan, ya que lo consideran demasiado sagrado: es el de Apóstol. Es en esa función que les hablo, mis amados hermanos del sacerdocio.

Hablaré de la santidad de la mujer. De manera elocuente, el presidente Hinckley ha hablado de lo que el Señor repetidamente ha inspirado a Sus siervos decir acerca de Sus valiosas hijas:

“La mujer es la creación suprema de Dios. Sólo después de que la tierra había sido formada, después de que el día había sido separado de la noche, después de que las aguas habían sido divididas de la tierra, después de que la vegetación y la vida animal fueron creadas, y después de que el hombre había sido puesto en la tierra, se creó a la mujer; y sólo entonces fue que se pronunció que la obra estaba terminada y que era buena.

“De todas las creaciones del Todopoderoso, no hay nada más bello, nada que sea más inspirador que una bella hija de Dios que camine en virtud, con el conocimiento de por qué debe hacerlo, que honre y respete su cuerpo como algo sagrado y divino, que cultive su mente y que en todo momento ensanche el horizonte de su entendimiento, que nutra su espíritu con verdad eterna” 1.

Luego, el presidente Hinckley nos advierte: “Dios nos tendrá por responsables si descuidamos a Sus hijas” 2.

Muchas de nuestras hermanas se sienten descorazonadas, incluso desalentadas y desilusionadas. Otras tienen serios problemas debido a las decisiones que toman. Satanás ha desatado una seductora campaña para debilitar la santidad de la mujer, para engañar a las hijas de Dios y desviarlas de su destino divino. Él sabe muy bien que la mujer es el poder caritativo, abnegado y lleno de amor que mantiene unida a la familia humana. Él quisiera que concentraran su interés únicamente en sus atributos físicos, privándolas del privilegio de ser esposas y madres. A muchas les ha hecho creer la mentira de que son ciudadanas de tercera clase en el reino de Dios. Esa falsedad ha llevado a algunas a cambiar su feminidad divina por la tosquedad masculina.

El éxito cada vez mayor de la influencia de Lucifer quedó grabado en mi mente cuando al conducir en Salt Lake City pasé una camioneta llena de atractivas jovencitas; su vehículo me pasó entonces, cortándome peligrosamente el paso. Las chicas expresaron su desagrado con una variedad de comentarios vulgares y gestos obscenos. Estaban vestidas en su mayor parte con ropa de hombre, aunque algunas tenían ropa inmodesta que no dejaba mucho a la imaginación. Se me cayó el alma a los pies. Éstas son hijas de Dios. Tomé la determinación de que si algún día se me presentaba la oportunidad, alistaría al justo sacerdocio de Dios para ayudar a todas esas jovencitas erradas. Hermanos, podemos y debemos ayudarlas. Temo que gran parte de esa situación deriva de nuestro propio descuido o errores. En nuestra calidad de esposo, padre, hijo o hermano del sacerdocio, cada uno de nosotros tiene el deber de ayudar a toda hija de Dios a reconocer las características sagradas que nuestro Padre Celestial le ha dado. A muchas se les está privando de una vida rica y plena, y de las bendiciones que Dios desea que reciban. ¿Podrían ayudarles a comprender lo que están sacrificando cuando aquellos, que para provecho personal y autojustificación, las conducen como ovejas inocentes y ciegas y les privan de su valiosa calidad de mujer? Muchas mujeres, debido a su naturaleza de dar y de complacer a los demás, no se dan cuenta de su valor intrínseco. Esa pérdida las hace vulnerables a aquellos que tratan de convencerlas de que su función principal es la de ser físicamente atractivas. Seguir leyendo

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Fe, devoción y gratitud

Conferencia General Abril 2000

Fe, devoción y gratitud

Élder David B. Haight
Del Quórum de los Doce Apóstoles

 “Espero que nos sintamos agradecidos por el conocimiento que tenemos, por nuestro testimonio y por lo que sentimos”.


Hace poco más de dos años, en la reunión en la que el presidente Gordon B. Hinckley anunció que la edificación de este edificio se terminaría para el año 2000, después de haber hecho el anuncio, se volvió hacia mí y me dijo: “David, espero que estés allí”.

Presidente, aquí estoy. Y espero que si él dice que necesitamos otro año o más, o lo que sea, y que espera que yo esté allí, y confío en que me lo diga, yo voy a seguir sus instrucciones.

Es una alegría estar aquí con ustedes y presenciar este gran e histórico edificio de reuniones. Me agradó muchísimo el comentario que hizo el presidente Hinckley referente al nogal con que se hizo este púlpito. El púlpito del tabernáculo tenía una luz roja y otra amarilla para ayudar al orador a controlar su tiempo. Al envejecer, nuestra vista no es por lo general tan buena como antes; la luz amarilla se encendía y, si uno no prestaba atención, la luz roja comenzaba a encenderse y apagarse. Cuando esas luces se instalaron por primera vez, el hermano LeGrand Richards dijo: “Alguien ha puesto una luz ridícula acá; bueno, voy a ponerle la mano encima”.Hoy, aquí no hay ninguna luz, así que no sé cuándo voy a terminar.

¡Qué gran felicidad es estar aquí con todos ustedes! Al mirar esta vasta congregación y reflexionar sobre nuestros comienzos, nuestros muy humildes comienzos, me represento en la mente la cabaña de troncos de Peter Whitmer en Fayette, Nueva York, la cual, si recuerdo bien, sólo medía seis por nueve metros y tenía dos pequeños dormitorios arriba. La familia de Peter Whitmer vivía allí. La casa no tenía tuberías; sólo había un pozo fuera y un fogón que servía para cocinar y calentar el ambiente; pero en esa humilde vivienda se organizó la Iglesia hace 170 años. ¡Se imaginan!

El profeta José había recibido una revelación con instrucciones relacionadas con la organización de la Iglesia. En esa humilde cabaña, no sólo se organizó la Iglesia sino que también se terminó la traducción del Libro de Mormón en uno de los dormitorios del piso superior, puesto a disposición del profeta José y de Oliver Cowdery. Y en esa pequeña casa de labranza, se llevó a cabo la ordenación de los primeros élderes de la Iglesia, cuando el profeta José ordenó a Oliver Cowdery y después éste ordenó al profeta José Smith. Además, en esa pequeña cabaña se efectuó la primera reunión sacramental después de que se hubo organizado la Iglesia. Imagínense. Las hermanas llevaron pan y zumo de uva para la primera Santa Cena. Ésos fueron los humildes comienzos de lo que hoy vemos aquí.

Al mirar desde nuestros asientos hacia esta vasta congregación, es emocionante contemplar nuestro futuro y reflexionar en los humildes comienzos pioneros. En 1820, en la Arboleda Sagrada, en contestación a la humilde oración del profeta José, Dios el Padre y Su Hijo aparecieron a ese joven de 14 años, dando comienzo a esta obra, la restauración del Evangelio.

Piensen en 1830, en la reunión que tuvo lugar en esa pequeña cabaña de troncos donde por cierto tiempo estuvo establecida la sede de la Iglesia. Imagínense qué histórica y celestial reunión se celebró en esa cabaña fronteriza. Hay un relato que dice que María, la esposa de Peter Whitmer, se levantó temprano aquel domingo por la mañana y entró en la sala donde la gente dormía en el piso, abrigándose con acolchados hechos a mano. Habían llegado en carromato, en calesa y a caballo; eran amigos y personas que habían oído lo que sucedería aquel 6 de abril. Probablemente había unas 50 personas reunidas.

Después de aquel tan modesto comienzo, nos reunimos aquí en esta ocasión. Sólo queremos decir: “¡Aleluya! Te agradecemos, Señor, todo lo que ha tenido lugar”.Me vienen a la mente palabras de fe, de devoción y de gratitud; de la fe de las personas y de la fe que hemos demostrado al estar acá hoy día; de la devoción de esos primeros miembros y de la devoción que nosotros tenemos; el corazón nos rebosa de gratitud por lo que ha sucedido y por lo que todavía está por suceder.

Me siento tan agradecido por poder encontrarme aquí, por mis antepasados, por mi esposa Ruby, por nuestros hijos y por todos nuestros nietos. Nuestra familia ha comenzado una tradición: en este día, dondequiera que vivamos, nos ponemos de pie delante del aparato de televisión, ya sea que estemos en casa o en el centro de reuniones o en el centro de conferencias y levantamos la mano derecha para sostener a los oficiales de la Iglesia, en especial a nuestro profeta viviente. Por lo que hoy, en mi mente, he imaginado ver a los de nuestra posteridad en Bruselas, Bélgica; en Londres; en Virginia; en Carolina del Norte; en Texas y en California, levantar la mano en escuadra, aprendiendo a hacerlo, aprendiendo que es importante que ellos sostengan a los líderes en la Iglesia.

Mi corazón rebosa de gratitud en este día por las revelaciones que recibió el profeta José Smith y por todo lo que él hizo para poner en marcha la Restauración, sí, por las revelaciones necesarias para el establecimiento de esta obra, línea por línea, precepto por precepto. Reflexionen en las rigurosas y difíciles condiciones de nuestro comienzo, un comienzo sumamente humilde, y después vean a dónde hemos llegado en la actualidad.

Él [el profeta José Smith] recibió la revelación, la que es ahora la primera sección de Doctrina y Convenios, en la que el Señor promete a José Smith y a otros que recibirían el poder y la autoridad para hacer salir a la Iglesia “de la obscuridad y de las tinieblas” (D. y C. 1:30). Piensen en lo que ha sucedido bajo el inspirado liderazgo del presidente Hinckley, en el Edificio José Smith que tenemos hoy, [renovado] con el fin de preservar el hermoso y antiguo inmueble que era el Hotel Utah, y que ahora es el elegante edificio que es; vimos que eso se hizo realidad a consecuencia de la inspiración que recibió el presidente Hinckley. Y piensen en este edificio, en la orientación que recibió, como él mismo lo ha explicado. Y espero que todos los que nos encontramos reunidos aquí en esta ocasión nos sintamos agradecidos por el conocimiento que tenemos, por nuestro testimonio y por lo que sentimos. Éste es sólo el comienzo. Ésta es sólo una etapa del establecimiento de esta obra.

Y, cuando nos detengamos a pensar en lo que ha tenido lugar desde lo que se verificó en aquel humilde entorno en Fayette, Nueva York, y en lo que ha ocurrido en nuestra vida y en la de nuestros antepasados, espero que todos nos sintamos agradecidos y que tengamos el deseo de transmitir ese agradecimiento a nuestra posteridad junto con nuestro conocimiento y testimonio de que esta obra es verdadera. Espero que nos sintamos agradecidos por las bendiciones eternas que podemos recibir al presenciar el despliegue de la edificación de templos en todo el mundo y comprender la bendición que eso significa para la gente. Seguir leyendo

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¿Qué debemos hacer nosotros?

Conferencia General Abril 2000

“¿Qué debemos hacer nosotros?”

Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

 “Lo más importante que cada uno de nosotros puede hacer es examinar su propio cometido y su devoción para con el Señor Jesucristo”.

Es maravilloso, mis hermanos y hermanas, reunirnos en el nombre del Señor Jesucristo en este nuevo y magnífico Centro de Conferencias al despuntar un nuevo milenio.

Hace cien años, el presidente Lorenzo Snow inauguró en el Tabernáculo la conferencia anual número 70 de la Iglesia. Ésa fue la primera conferencia del siglo 20, y se realizó a fines de un periodo de grandes dificultades y tribulaciones para la Iglesia. El número total de sus miembros alcanzaba en aquel entonces casi los 300.000, la mayoría de los cuales residían en Utah.

El viernes 6 de abril de 1900, el presidente Snow dijo:

“El Señor nos ha hecho progresar asombrosamente y en la actualidad estamos realizando grandes cosas. Ahora, al aproximarnos a nuestro septuagésimo primer año, el Señor espera que hagamos algo más, algo que haga maravillar a las naciones, tal como lo que ya hemos hecho les ha maravillado”.

El presidente Snow les hizo entonces esta pregunta: “Ahora, Santos de los Últimos Días, ¿qué debemos hacer nosotros? Hemos recibido el Evangelio; hemos recibido el reino de Dios, establecido sobre la tierra; hemos tenido dificultades; hemos sido perseguidos; se nos expulsó de Ohio; se nos expulsó de Misuri, de Nauvoo e incluso, cierta vez, de esta hermosa ciudad. Muchos han perdido miles de dólares, sus hogares y todo lo que poseían; algunos de nuestros hermanos han visto a sus esposas e hijos dar la vida como consecuencia de las penurias que tuvieron que experimentar. . . Mucha gente ha observado con asombro la buena disposición con la que los Santos de los Últimos Días han soportado estas cosas. ¿Por qué lo hacemos. . .? ¿Qué es lo que nos permite sobrellevar estas persecuciones y aún regocijarnos?”

El presidente Snow ofreció esta respuesta: “Se debe a que hemos recibido revelaciones del Todopoderoso, porque Él ha hablado a nuestra alma y nos ha dado el Espíritu Santo. . . Esta Iglesia permanecerá porque tiene firmes cimientos. No es producto del hombre; no proviene del estudio del Antiguo y el Nuevo Testamento; no es el resultado de la educación que obtenemos en colegios y seminarios, sino que ha provenido directamente del Señor. El Señor nos lo ha mostrado mediante el principio revelador del Santo Espíritu de luz, y toda persona puede recibir ese mismo espíritu” (en Conference Report, abril de 1900, pág. 2–3.)

Nos convendría, mis hermanos y hermanas, prestar especial consideración a esa misma pregunta en la actualidad: “¿Qué debemos hacer nosotros?” Todo un siglo ha pasado; estamos hoy en el año 171 de la Iglesia. Los miembros de la Iglesia suman aproximadamente 11 millones en todo el mundo. Nuestros miembros son líderes reconocidos en casi todo tipo de vocación y prácticamente en cada país del mundo. La Iglesia continúa progresando; se están construyendo templos a un paso sin precedentes. La obra misional sigue avanzando. Las reuniones de la Iglesia se efectúan con regularidad en casi cada nación. Pero con todo eso, nuestros Profetas han indicado que “el Señor espera que hagamos algo más”. Seguir leyendo

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¿Todavía está aquí?

Conferencia General Abril 2000
“¿Todavía está aquí?”
Élder Gary J. Coleman
De los Setenta

Gary J. Coleman

“De las Escrituras y de los profetas vivientes he aprendido que esta vida es el tiempo en el que debemos prepararnos para comparecer ante Dios y un día disfrutar con Él de la vida eterna”.

Regocijémonos por estar aquí en este lugar de adoración con los profetas vivientes que hoy andan por la tierra y ven más allá de lo visto, oyen palabras inspiradas de los cielos por sobre el barullo diario y conocen a nuestro Dios.

Existe un plan divino; se le llama el plan de nuestro Padre Celestial 1.

Creemos en Dios. Sabemos que Él vive y que podemos tener fe en Él. Las Escrituras testifican que somos hijos de Dios, Su literal progenie espiritual 2. Vivíamos con Él antes de venir a esta tierra; somos creados a Su imagen y Él es nuestro Padre Celestial; por consiguiente, todos somos hermanos.

En virtud del amor que nuestro Padre Celestial tiene por nosotros, ha preparado un plan para el tiempo que vivamos aquí en la tierra. Con respecto a este plan maravilloso, recuerdo mis primeras experiencias antes de unirme a la Iglesia, mientras daba mis primeros pasos en el aprendizaje del Evangelio restaurado. Llegué a familiarizarme con las Escrituras de los últimos días que enseñan sobre la importancia de nuestra capacitación preterrenal en el mundo de los espíritus y que señalan que recibimos allí muchas lecciones en preparación para nuestra estadía aquí en la tierra 3 . De las Escrituras y de los profetas vivientes he aprendido que esta vida es el tiempo en el que debemos prepararnos para comparecer ante Dios y un día disfrutar con Él de la vida eterna 4. El profeta Jacob, al referirse a este plan eterno, exclamó: “¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!” 5. Sé que Dios vive y que desea ayudarnos a regresar a vivir con Él.

El gran plan de Dios nos proporcionó un Salvador. Como todas las personas responsables pecan y deben experimentar la muerte al final de su vida terrenal, Dios envió a Jesucristo para cumplir el plan al ayudarnos a vencer el pecado y la muerte. Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor; mediante Su sacrificio expiatorio, que realizó por cada uno de nosotros, Él nos ayuda a vencer el pecado por medio del arrepentimiento y del bautismo. Por medio de Su resurrección, hace posible que todos venzamos la muerte y la sepultura. Tenemos fe para seguir a Jesús y llegar a ser más como Él. ¡Cuánto amamos a nuestro amigo, el Señor Jesucristo, el único “nombre dado debajo del cielo. . . mediante el cual el hombre pueda ser salvo”! 6 Sé que Jesús nos salva de los efectos del pecado y de la muerte.

Agradecemos a Dios el que revelara Su plan y la misión de Jesús por medio de Sus testigos escogidos: los profetas y los apóstoles. Dios da a esos testigos la autoridad para actuar en Su nombre. Sus testimonios de las verdades del Evangelio están escritos en libros sagrados llamados Escrituras. Si las personas escuchan y leen esas enseñanzas de los profetas, pueden saber que son verdaderas mediante el poder del Espíritu Santo.

Hace casi 28 años, tuve el deseo de asistir a una conferencia general de la Iglesia y manejé 14 horas hasta Salt Lake City para hacerlo. A las 8:00 de la mañana, cuando entré en la manzana del templo, la fila de personas que estaban esperando para entrar por la puerta número 10 cruzaba toda la manzana y llegaba hasta la mitad de la parte sur del Salón de Asambleas. Me encontraba a unos 100 metros de mi meta. El acomodador avisó que el tabernáculo estaba lleno. La gente comenzó a salirse de la fila y yo seguí avanzando poco a poco.

Faltaban cinco minutos para las diez y yo era el único que se encontraba enfrente de la puerta que había escogido. Ésta se abrió y el acomodador dijo: “¿Todavía está aquí?”.Volvió a cerrar la puerta y a mí se me cayó el alma a los pies. Cuando a las 10:00 en punto el coro comenzó a cantar el himno de apertura, la puerta se abrió otra vez y el acomodador me hizo la señal para que entrara. Me colocó en un medio asiento y detrás de una columna, ¡pero qué importaba! Ese día especial me fue posible sostener a los líderes escogidos del Señor y escuchar su consejo, de la misma forma en que lo hemos hecho esta tarde. Seguir leyendo

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