Conferencia General Octubre 1998
“Venid… y caminemos a la luz del Señor”
Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
“Él tiene los brazos abiertos para cada una de nosotras. Sus verdades son sencillas y claras y Su invitación es real”.
Siempre me ha gustado mucho recibir invitaciones. ¿Y a ustedes? ¿Les gusta imaginar que algún día las invitaran a algo magnifico, a algún acontecimiento en el que se reconocerán su importancia y su inconmensurable valía? La expectativa es casi tan agradable como el acontecimiento mismo. Aun lo trivial adquiere un nuevo rasgo emocionante y un nuevo significado cuando nos preparamos para un acontecimiento al que se nos ha invitado. Hasta hoy, cualquier sobre que llegue en el correo y que tan sólo se asemeje a una invitación es lo primero que abro.
Lamentablemente, no todas las invitaciones son de igual valor; algunas son solo señuelos para que uno compre algo. Ya sea que lleguen por correo, por medio de la computadora o de la televisión son tentadoras y, en realidad, engañan.
Felizmente, las invitaciones que recibimos de las Escrituras, de los profetas y del Espíritu Santo son invitaciones con las que podemos contar; nos brindan orientación, paz, consuelo y alegría. La voz apacible y delicada nos habla y nos anima a vivir con rectitud. Debemos escuchar atentamente Su llamado y escudriñar nuestra alma. Al hacerlo, las nubes tenebrosas se disiparán y la maravillosa luz de Dios llenara nuestro ser.
Las invitaciones del Señor son de importancia esencial; nos guían de regreso a nuestro Padre Celestial y nos conducen por el camino de la verdad y la felicidad. En verdad, constituyen un reconocimiento de nuestra infinita valía como hijas de Dios: son tan amorosamente individualizadas; provienen de nuestro Padre Celestial. Él nos habla con palabras que invitan “Venid a mí”, “Seguidme”, “Venid, vosotros…”.
Esta noche, la presidencia general de la Sociedad de Socorro desea invitar a cada una de ustedes:
“Venid… y caminemos a la luz del Señor” (2 Nefi 12:5; Isaías 2:5).
Por favor, decídanse por responder a la invitación y aceptarla.
Isaías vio a muchos pueblos ir a la casa del Señor, aprender las vías de Dios y vivir en paz unos con otros. Él deseaba que todos participaran, por lo que los invitó tal como nosotros las invitamos ahora: “Venid… y caminaremos a la luz de Jehová” (Isaías 2:5).
Mi tatarabuelo, Israel Stoddard, acepto la invitación a unirse a la Iglesia en 1842. Posteriormente, aceptó otra invitación, la de unirse a los santos, y la familia se trasladó de Nueva Jersey a Nauvoo. Cuando el presidente Brigham Young los invitó a seguirle hacia el Oeste, ellos aceptaron.
Al cruzar el río Misisipi, miraron hacia atrás y vieron su casa en llamas. Por haber estado expuesta a las inclemencias del tiempo y por las privaciones, la madre murió; cinco semanas más tarde murió el bebé y poco después murió el padre. Mi abuela escribió: “Así quedaron los cinco niños Stoddard sin hogar y casi sin un centavo, pero no quedaron sin amigos, puesto que los santos fueron buenos con ellos”.
Esa invitación costó la vida de los padres y del bebe; sin embargo, los dejo eternamente atados.
Examinemos un momento lo que significa caminar a la luz del Señor. Primero, tendremos luz: luz en el rostro, luz en nuestra actitud, luz aun cuando las tinieblas nos rodeen. También significa que caminaremos con un propósito y en una dirección. Seguir leyendo





































