A los jóvenes y a los hombres

Conferencia General Octubre 1998
A los jóvenes y a los hombres
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Digo que ha llegado el momento de poner nuestra casa en orden”.

Hermanos, es una gran oportunidad y una formidable responsabilidad dirigirles la palabra.

Quisiera dirigirme primeramente a los jóvenes que están aquí esta noche; gracias por su presencia, en dondequiera que estén congregados. Gracias por asistir a seminario y a las reuniones dominicales. Los respeto por su deseo de aprender el Evangelio, de profundizar sus conocimientos de la palabra del Señor. Les agradezco el deseo que llevan en el corazón de ir a la misión. Les doy las gracias por sus sueños de casarse en el templo y de criar una familia honorable.

Ustedes no son jóvenes sin futuro; no desperdician la vida vagando sin rumbo, sino que tienen un propósito y un designio; tienen planes que sólo pueden llevar al progreso y a la fortaleza.

Suceden cosas maravillosas cuando aprovechan sus energías y definen sus sueños. Hace poco recibí una proclamación de un grupo de jóvenes Santos de los Últimos Días del norte de California. Ellos provienen de diecinueve estacas, y, cuando se congregaron en las montañas, visitaron el sitio de una tragedia pionera. Al meditar los jóvenes en lo que vieron y en los recordatorios del legado que han recibido, se les invitó a firmar la Proclamación del Campamento Scout del Sendero Mormón. Me gustaría leerles ese juramento:

“Declaramos a todos que somos Boy Scouts… y poseedores del Sacerdocio Aarónico de Dios. Afirmamos nuestra lealtad a los valores y a los principios que guiaron a los hombres del Batallón Mormón y a los hombres y a las mujeres pioneros Santos de los Últimos Días que ayudaron a fundar este estado de California. Como agradecidos hijos de ellos, nos regocijamos en el legado de servicio que hemos recibido.

“Hoy, día 18 de julio de 1998, nos comprometemos a convertirnos al Evangelio de Jesucristo. Estudiaremos las Escrituras; oraremos para recibir fortaleza para obedecer; trabajaremos; nos esforzaremos con todo el corazón por seguir el ejemplo de Jesús.

“Mediante el servicio a los demás magnificaremos el sacerdocio que se nos ha otorgado. Nos mantendremos dignos de administrar el sacramento de la Santa Cena del Señor. Dondequiera se necesite ayuda, la ofreceremos, tal como lo hicieron nuestros antepasados.

“Demostraremos ser dignos de recibir el sacerdocio mayor: el Sacerdocio de Melquisedec. Nos comprometemos a formar parte del ejército del Señor y a salir como misioneros regulares para invitar a todos a venir a Cristo.

“Somos jóvenes del convenio. Nos prepararemos para recibir el convenio del matrimonio eterno. En oración pedimos llegar a tener esposas e hijos rectos, a los que honraremos y protegeremos con nuestra propia vida.

“Declaramos que sean cuales fueren los riesgos y las tentaciones, y el estado del mundo que nos rodea, así como nuestros antepasados fueron fieles, nosotros también lo seremos. Al igual que nuestros antecesores, evitaremos ensalzarnos a nosotros mismos y dejaremos a un lado la ganancia personal a fin de edificar una sociedad pacifica gobernada por Dios.

“En todo momento y en todo lugar, seremos leales a nuestro juramento”.

Felicito a todos los jóvenes que firmaron ese juramento. Ruego que ninguno de ellos deje de cumplir las promesas que ha hecho consigo mismo, con la Iglesia y con el Señor.

Qué mundo tan diferente seria este si todo joven pudiera firmar y firmara una declaración de promesa similar a esa. No habría vidas desperdiciadas por las drogas; no habría pandillas de niños que matan a niños ni jóvenes encaminados a la prisión o a la muerte. La instrucción sería un premio digno del esfuerzo por adquirirla. El servicio en la Iglesia sería una oportunidad que se valoraría. Habría más paz y amor en el hogar de las personas. Nadie miraría pornografía ni leería impresos inmorales. Ustedes honrarían y respetarían a las jovencitas con quienes se relacionaran, y ellas nunca temerían estar a solas en compañía de ustedes cualesquiera fueran las circunstancias. Sería como si los jóvenes guerreros de Helamán hubieran reclutado a los jóvenes del mundo para que adoptaran el modo de vida de ellos.

Naturalmente, el plan de vida de ustedes incluiría una misión. Gustosamente irían a donde fueran enviados a fin de realizar la obra del Señor, entregándole todo su tiempo y atención, fortaleza, energías y amor.

Permítanme leerles partes de una carta de un joven que ahora sirve en la misión. La escribió a su familia, y espero no ser indiscreto al leerla ante esta gran congregación. No revelaré el nombre del autor ni la misión en donde presta servicio.

Él dice: “¡Este año pasado ha sido excelente! Después de haber trabajado en la oficina de la misión, me trasladaron a esta rama pequeña, y desde entonces mi vida ha cambiado en forma dramática. En estos últimos meses he aprendido lo que realmente es importante, lo que es de valor; he aprendido a olvidarme de mí mismo; he aprendido a trabajar eficazmente; he aprendido a amar a los demás; he aprendido que Dios me ama y que yo lo amo a Él. En una palabra, he aprendido a vivir según mis creencias…

“He aprendido de las personas y de las cosas; he visto a personas que nunca supieron que eran hijos de Dios derramar lágrimas de gozo; he visto que las oraciones de los penitentes han sido contestadas; he visto a personas absorber el Evangelio de Jesucristo y desear cambiar y ser personas nuevas, y todo por un sentimiento…

“A menudo sueno en cuanto al plan de salvación; pienso en la obra maravillosa y el prodigio que han ocurrido; pienso en el poder y en la fuerza de los ángeles que están entre nosotros. A veces me pregunto cuántos de ellos están a mí alrededor para ayudarme a dar testimonio en un idioma que nunca creí alcanzar a comprender plenamente.

“Medito en las cosas pacificas de la gloria inmortal que Enoc vio en visión… Estoy agradecido a Dios por ser quien soy. Mi más grande bendición en la vida es estar vivo, vivo en el servicio de nuestro Dios. En ello encuentro gran paz y regocijo”.

Ahora bien, mis queridos y jóvenes amigos, espero que todos ustedes estén encaminados hacia el servicio misional. No puedo prometerles diversión; no puedo prometerles una vida desahogada y comodidad; no puedo prometerles que no tendrán desanimo, temor y a veces hasta desdicha. Pero si puedo prometerles que progresaran como no lo han hecho en toda la vida en un período similar. Puedo prometerles una felicidad que será singular, maravillosa y duradera. Puedo prometerles que reconsideraran su vida, que establecerán nuevas prioridades, que vivirán más cerca del Señor, que la oración llegara a ser una experiencia real y maravillosa, que andarán con fe en el resultado de sus buenas obras.

Dios los bendiga, jóvenes de esta, Su gran Iglesia. Que cada uno de ustedes camine con un propósito más firme, con la determinación de ser Santos de los Últimos Días en todo el sentido de la palabra. Que los logros, la realización y el servicio sean su recompensa en la vida fascinante y maravillosa que tienen por delante.

Ahora, hermanos, quisiera dirigirme a los hombres mayores, con la esperanza de que también aprendan algo los jóvenes.

Quisiera hablarles de asuntos temporales.

Como fundamento de lo que quisiera decir, voy a leerles unos versículos del capítulo 41 de Génesis.

Faraón, el gobernante de Egipto, tuvo sueños que le turbaron en extremo y los sabios de la corte no pudieron interpretarlos. Entonces le llevaron a José. “Entonces Faraón dijo a José: En mi sueño me parecía que estaba a la orilla del río;

“y que del río subían siete vacas de gruesas carnes y hermosa apariencia, que pacían en el prado.
“Y que otras siete vacas subían después de ellas, flacas y de muy feo aspecto…
“Y las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gordas…
“Vi también sonando, que siete espigas crecían en una misma cana, llenas y hermosas.
“Y que otras siete espigas menudas, marchitas, [y] abatidas del viento solano, crecían después de ellas;
“y las espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas…
“Entonces respondió José a Faraón… Dios ha mostrado al Faraón lo que va a hacer.
“Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son siete años: el sueño es uno mismo…
“Lo que Dios va a hacer, lo ha mostrado a Faraón.
“He aquí vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto.
“Y tras ellos seguirán siete años de hambre…
“y… Dios se apresura a hacer[lo]” (Génesis 41:17-20, 22-26, 28-30, 32).

Ahora, hermanos, quisiera decir con toda claridad que no estoy profetizando; no estoy prediciendo que vendrán años de hambre en el futuro, pero si digo que ha llegado el momento de poner nuestra casa en orden.

Muchos de nuestros miembros viven al borde de sus ingresos; de hecho, algunos viven con dinero prestado.

Hemos sido testigos en semanas recientes de cambios grandes y alarmantes en las bolsas de valores del mundo. La economía es algo frágil, y una baja en la economía de Yakarta o de Moscú puede afectar de inmediato a todo el mundo. Con el tiempo, puede llegar a afectarnos a nosotros, individualmente. Hay un presagio de tiempo tormentoso al cual debemos hacer caso.

Espero, de todo corazón, que nunca tengamos una depresión económica. Yo viví durante la Gran Depresión Económica de la década de 1930 [de los Estados Unidos]. Termine mis estudios universitarios en 1932, cuando el índice de desempleo de esta región excedía al treinta y tres por ciento.

En ese entonces, mi padre era el presidente de la estaca más grande de la Iglesia en este valle. Eso fue antes de que contáramos con el actual programa de bienestar. Él se pasaba las noches preocupado por los miembros y, junto con sus colaboradores, estableció un gran proyecto para cortar leña con el fin de abastecer las calderas y las estufas y mantener abrigadas a las personas durante el invierno porque no tenían dinero para comprar carbón. Entre los que cortaban leña había hombres que habían sido ricos. Repito, espero que nunca más volvamos a ver una depresión económica como esa, pero me preocupa la enorme deuda a plazos que pesa sobre la gente de esta nación, incluida nuestra propia gente. En marzo de 1997, esa deuda sumaba 1.2 billones de dólares, lo cual representaba un aumento del siete por ciento, comparado con el año anterior.

En diciembre de 1997, entre 55 y 60 millones de familias de los Estados Unidos debían un saldo en sus tarjetas de crédito. Esos saldos promediaban más de siete mil dólares a un costo de mil dólares anuales por concepto de intereses y cuotas. La deuda del consumidor, en comparación con el ingreso neto, aumentó del 16,3 por ciento en 1993 al 19,3 por ciento en 1996.

Todos sabemos que un peso que se pide prestado lleva consigo la pena del pago de intereses. Cuando el dinero no se puede saldar, viene la bancarrota. El año pasado hubo 1.350.118 bancarrotas en los Estados Unidos, lo cual representó un aumento del 50 por ciento comparado con 1992. En el segundo trimestre de este año, casi 362.000 personas declararon bancarrota, un número récord para un solo trimestre.

Somos engañados por la atractiva publicidad a la que estamos expuestos. Por televisión se nos comunica la tentadora invitación a pedir un préstamo de hasta el 125 por ciento del valor de nuestra casa, pero no se hace ninguna mención del interés que hay que pagar.

El presidente J. Reuben Clark Jr., dijo desde este púlpito, en la reunión del sacerdocio de la conferencia de 1938: “… Una vez endeudados, el interés es su compañero cada minuto del día y de la noche; no pueden huir ni escapar de él; no pueden desecharlo; no cede a súplicas, demandas ni órdenes; y cada vez que se crucen en su camino, atraviesen su curso o no cumplan sus exigencias, los aplastara” (“Conference Report”, abril de 1938, pág. 103; véase también de L. Tom Perry, “Si estáis preparados, no temeréis”, Liahona, enero de 1996, pág.41).

Naturalmente, reconozco que quizás sea necesario pedir un préstamo para comprar una casa, pero compremos una casa cuyo precio este dentro de nuestras posibilidades, a fin de menguar los pagos que constantemente pesaran sobre nuestra cabeza sin misericordia ni tregua hasta por treinta largos años.

Nadie sabe cuándo surgirá una emergencia. Estoy algo familiarizado con el caso de un hombre de gran éxito en su profesión que vivía con cierta holgura. Construyó una casa grande y, un día, fue víctima de un accidente grave. En un instante, sin previo aviso, casi perdió la vida y resulto lisiado. Su aptitud para ganarse el sustento quedó destruida; contrajo elevadas cuentas médicas además de otras que tenía que liquidar, lo cual lo dejo indefenso ante SUS acreedores. En un momento pasó de la riqueza a la ruina.

Desde los inicios de la Iglesia, el Señor ha hablado en cuanto a este tema de las deudas. Por medio de la revelación, dijo a Martin Harris: “Paga la deuda que has contraído con el impresor. Líbrate de la servidumbre” (D. y C. 19:35).

El presidente Heber J. Grant hablo del asunto en repetidas ocasiones desde este púlpito. Él dijo: “Si hay algo que puede traer paz y contentamiento, personales y familiares, es vivir dentro de los límites de nuestras entradas. Y si hay algo desalentador y que corroe el espíritu, es tener deudas y obligaciones que no podemos cumplir” (Gospel Standards, comp. por G. Homer Durham, 1941, pág. 111; véase también de N. Eldon Tanner, “Los cinco principios de la estabilidad económica”, Liahona, mayo de 1982, pág. 42).

Estamos llevando a toda la Iglesia el mensaje de la autosuficiencia, la cual no se puede lograr cuando las deudas gravosas pesan sobre el hogar. Las personas no son independientes ni están libres de la servidumbre cuando tienen compromisos financieros con otras personas.

En la administración de los asuntos de la Iglesia, hemos tratado de dar el ejemplo. Como norma, hemos seguido estrictamente la práctica de ahorrar anualmente un porcentaje del ingreso de la Iglesia para estar preparados para un posible día de necesidad.

Me siento agradecido de poder decir que la Iglesia, en todas sus operaciones y empresas, en todos sus departamentos, funciona sin pedir préstamos. Si no nos alcanzan los ingresos, acortaremos nuestros programas, reduciremos los gastos a fin de ajustarnos a los ingresos, y no pediremos prestado.

Uno de los días más felices de la vida del presidente Joseph F. Smith fue cuando la Iglesia terminó de pagar las deudas contraídas desde hacía mucho tiempo.

Que espléndido sentimiento es estar libre de deudas y tener ahorrado un poco de dinero en un lugar al que se pueda recurrir en caso de necesidad, para alguna emergencia.

El presidente Faust no les contaría esto, pero quizás yo sí, y más tarde él podrá arreglárselas conmigo. El préstamo para la compra de su casa tenía el cuatro por ciento de interés. Muchas personas le habrían dicho que sería insensato liquidar ese préstamo cuando la tasa de interés era tan baja. Pero en la primera oportunidad que tuvo de obtener los recursos necesarios, él y su esposa decidieron liquidar el préstamo, y desde ese día ha estado libre de deudas. Es por eso que siempre lleva una sonrisa y silba al trabajar.

Hermanos, los insto a evaluar su situación económica. Los exhorto a gastar en forma moderada, a disciplinarse en las compras que hagan para evitar las deudas hasta donde sea posible. Liquiden sus deudas lo antes posible y líbrense de la servidumbre.

Esto es parte del Evangelio temporal en el que creemos. Que el Señor los bendiga, mis amados hermanos, para que pongan sus casas en orden. Si han liquidado sus deudas y cuentan con una reserva, por pequeña que sea, entonces, aunque las tormentas azoten a su alrededor, tendrán refugio para su esposa e hijos y paz en el corazón. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto, pero quiero decirlo con todo el énfasis con el que me es posible expresarlo.

Les dejo mi testimonio de la divinidad de esta obra y mi amor para cada uno de ustedes. En el nombre del Redentor, el Señor Jesucristo. Amén.

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Nuestro hoy determina nuestro mañana

Conferencia General Octubre 1998
Nuestro hoy determina nuestro mañana
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Que cada uno de nosotros aprenda de Él, crea en Él, confíe en Él, le siga, le obedezca. Al hacerlo, podremos llegar a ser como Él”.

Es un gozo y un privilegio para mí estar ante ustedes, un auditorio tan vasto de poseedores del sacerdocio aquí y en otros lugares. Las reuniones generales del sacerdocio de la Iglesia siempre han sido un deleite para mí desde la época en que estaba en el Sacerdocio Aarónico hasta la actualidad. Escuchar lo que “Dios manda a los profetas, que predican la verdad ‘, como lo expresa uno de nuestros himnos, es una preciada bendición.

Sostenemos a Gordon B. Hinckley como el Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y como el Profeta, Vidente y Revelador de la Iglesia en nuestra época. Una carta que recibí de un orgulloso padre cuenta de un incidente con su hijo que entonces tenía cinco años, del amor de ese niño por el Presidente de la Iglesia y del deseo que tenía de emular su ejemplo. El padre escribió:

“Cuando Christopher tenía cinco años, se vestía casi solo para ir a la Iglesia los domingos. Un domingo en particular, decidió que iba a usar un traje y una corbata, lo que nunca había hecho antes. Buscó en su armario una corbata usada y encontró una con nudo prefabricado, para colgársela en la camisa sin tener que hacer el nudo. Se ajustó la corbata a la camisa blanca y se puso la pequeña chaqueta azul marino que había estado colgada por años en el armario de sus hermanos.

“Luego fue solo al baño y con cuidado peinó su rubio cabello a la perfección. En ese momento, yo también entre en el baño para terminar de alistarme y encontré a Christopher con una radiante sonrisa frente al espejo. Sin quitarse los ojos de encima, dijo con orgullo: ‘Mira papa: ¡Christopher B. Hinckley!” (1). Y el padre se dio cuenta de que un niño había estado observando a un profeta del Señor.

Nuestros hijos observan: ellos absorben las lecciones eternas y moldean su futuro. ¿Qué ejemplos les estamos dando?

Hace varios años, cuando Clark, nuestro hijo menor, asistía a una clase de religión en la Universidad Brigham Young, durante la clase el maestro le preguntó: “¿Qué experiencia con tu padre es la que más recuerdas?”.

Posteriormente el instructor me escribió y se refirió a la respuesta que Clark había dado en la clase. Clark dijo: “Cuando era diácono en el Sacerdocio Aarónico, papa y yo fuimos a cazar faisanes cerca de Malad, Idaho. Era lunes, el último día de la temporada de caza. Caminamos campo abierto a través de innumerables terrenos en busca de faisanes pero sólo vimos unos pocos, y no les dimos en el blanco. Papa entonces me dijo: ‘Clark, descarguemos las armas y pongámoslas en la zanja, y después arrodillémonos para orar’. Pensé que papa pediría más faisanes, pero me equivoqué; me explicó que el élder Richard L. Evans estaba gravemente enfermo y que a las doce del mediodía de ese lunes en particular, los miembros del Quórum de los Doce, sin importar donde se encontraran en ese momento, debían arrodillarse y, de alguna manera, unirse todos en una ferviente oración de fe a favor del élder Evans. Luego de quitarnos los gorros, nos arrodillamos y oramos”.

Recuerdo bien esa ocasión, pero nunca pensé que un hijo observaba, aprendía y edificaba su propio testimonio.

Al analizar los resultados estadísticos de los que poseen el Sacerdocio Aarónico como diáconos, maestros y presbíteros, nos preocupa cuando un gran número de diáconos cae en la inactividad y no se les puede ordenar maestros en el debido tiempo. Es lo mismo con algunos que son maestros y que no son ordenados presbíteros y, en particular, con los presbíteros que nunca reciben el Sacerdocio de Melquisedec. Hermanos, esto nunca debe suceder: tenemos una tremenda responsabilidad de guiar e inspirar a estos jóvenes en el sendero del sacerdocio para que ninguna avalancha de pecado o de error impida su progreso o los desvíe de sus metas eternas.

Obispos y consejeros de obispos, ¿podrían llevar a cabo un estudio del nivel de actividad de cada joven del Sacerdocio Aarónico y trazar su propio plan para asegurar el progreso y la actividad de cada uno de ellos?

Un obispo recién llamado, en su primera reunión con sus consejeros, declaró: “El Sacerdocio Aarónico es nuestra primera responsabilidad”. Al segundo consejero dijo: “Le ruego que se responsabilice personalmente de que todo diácono, cuando llegue a la edad indicada, sea digno y se le ordene a maestro”. Al otro consejero expreso: “¿Podría usted hacer lo mismo con respecto a los maestros, para que cuando llegue el momento sean dignos y sean ordenados presbíteros?”. Luego el obispo continuo: “Yo haré lo mismo con respecto a los presbíteros a fin de que reciban el Sacerdocio de Melquisedec y sean ordenados élderes. Juntos, y con la ayuda de Dios, podremos hacerlo”. Y lo hicieron.

Nuestra juventud necesita menos críticas y más ejemplos para seguir. Ustedes, asesores de los quórumes del Sacerdocio Aarónico, son maestros y ejemplos para los jóvenes. ¿Conocen el Evangelio? ¿Han preparado la lección? ¿Conocen a cada joven y determinan, con la ayuda de la oración, de qué manera pueden llegar a su mente y a su corazón, y de ese modo ejercer una influencia en sus posibilidades futuras?

Recuerden, no es suficiente el suponer que cuando ustedes enseñan el joven está escuchando lo que dicen. Permítanme ilustrarlo:

En lo que llamamos la Sala de Conferencias Oeste del Edificio de Administración de la Iglesia se halla un precioso cuadro pintado por el artista Harry Anderson. La obra representa a Jesús sentado en un pequeño muro de piedra con numerosos niños a su alrededor que saben que son el objeto de Su amor. Cada vez que contemplo el cuadro, pienso en el pasaje de las Escrituras que dice: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (2). Seguir leyendo

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¿Con qué potestad… habéis hecho vosotros esto?

Conferencia General Octubre 1998
«¿Con qué potestad… habéis hecho vosotros esto?»
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

“El sacerdocio de Dios se ha convertido en el poder eminente para bien en el mundo… Este gran poder para bien nos ha sido confiado; no debemos debilitarlo al no cumplir nuestras responsabilidades.”

Mis amados hermanos, les expreso mi amor y mi agradecimiento por su devoción y fidelidad como los poseedores del sacerdocio de Dios.

A principios de este año, mis tres hijos y yo visitamos Francia, donde mi padre luchó en el ejército de los Estados Unidos, en la Primera Guerra Mundial. Grandes fueron los sufrimientos y terribles las consecuencias de todos los que participaron en esa guerra. Millones perdieron la vida. Aun cuando a mi padre no lo mataron, le quedaron cicatrices mentales y físicas hasta el día de su muerte. A pesar de sus experiencias aterradoras, empezó su diario personal de la siguiente manera: “Si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría porque es mi deber” (1). Al viajar a través de esos hermosos campos 80 años más tarde, visitamos los lugares en que ocurrieron las batallas y los cementerios donde se encuentran sepultados combatientes de ambos lados. En el cementerio militar ubicado en las afueras de París, apoyándome con la mano sobre la cruz de Stanford Hinckley, le llamé al presidente Hinckley desde un teléfono celular para expresarle lo que yo sentía en esa ocasión.

La Primera Guerra Mundial fue trágica en particular para nuestra familia, porque mi padre tenía algunos primos segundos que servían en el ejército contrario, en los mismos lugares de batallas en general. Finalmente, llegamos a conocer a esos parientes y nos dimos cuenta de que eran cristianos decentes, temerosos de Dios. No tenían nada que ver con la geopolítica monumental ni con las causas de la guerra. Al igual que mi padre, servían a su país porque era su deber. La Primera Guerra Mundial y las guerras subsiguientes causaron enorme sufrimiento y fueron la causa de la muerte de innumerable gente inocente. En términos muy sencillos, las guerras muy a menudo son el resultado de una gran ambición de poder.

Esta noche deseo hablarles a ustedes, hombres jóvenes del sacerdocio, sobre el poder y el uso adecuado del sacerdocio, y sobre su compañero, el cumplimiento del deber. El poder es sumamente atractivo; puede ser bueno o malo. En sus años de crecimiento, ustedes los jóvenes se sienten atraídos por personajes que, de una forma u otra, Son poderosos. Estos a menudo son ídolos deportivos, artistas, gente de recursos y aquellos que tienen poder político. Lamentablemente, algunos jóvenes, en especial aquellos a quienes no les va bien en sus estudios, o que no quedaron en el equipo o no fueron elegidos para cantar en un coro seleccionado, se pueden sentir rechazados y atraídos hacia grupos que ellos consideran que van a compensar esa ineptitud. Esa necesidad imperiosa de ser aceptados o de obtener poder los lleva, como la polilla a la luz de la vela, a unirse a pandillas callejeras u otras asociaciones que pueden ser violentas y alentarles a adquirir hábitos peligrosos para el cuerpo y para el alma. Seguir leyendo

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Pero yo y mi casa serviremos a Jehová

Conferencia General Octubre 1998
“Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”
Elder H. Bryan Richards
De los Setenta

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“No hay nada que un joven pueda hacer que se compare en importancia a cumplir una misión regular”.

Y dijo Josué a todo el pueblo [de Israel]… escogeos a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:2, 15).

Tal como en los tiempos de Josué, así también sucede con nosotros. Como padres, una de las decisiones que debemos tomar es si prepararemos o no a nuestros hijos para que cumplan una misión regular.

A fin de que podamos comprender cuán importante es esta decisión, quisiera citar las palabras de algunos de nuestros profetas actuales.

El presidente Howard W. Hunter indicó: “Los profetas de tiempos pasados han enseñado que todos los jóvenes sanos, capaces y dignos deben cumplir una misión regular. Hoy día vuelvo a recalcar la importancia de que lo hagan” (“Sigamos al Hijo de Dios”, Liahona, enero de 1995, pág. 101).

El presidente Gordon B. Hinckley declaró: “Digo lo que ya se ha dicho antes, que la obra misional es esencialmente una responsabilidad del sacerdocio, por lo que nuestros hombres jóvenes deben llevar el peso principal. Esta es la responsabilidad y la obligación de ellos” (“Pensamientos sobre los templos, la retención de conversos y el servicio misional”, Liahona, enero de 1998, pág. 65).

¿Qué le diría hoy el Señor a un joven que estuviera decidiéndose a cumplir una misión regular? Con palabras llenas de amor, Él le dijo a Orson Pratt cuando este tenía diecinueve años de edad: “Orson, hijo mío, escucha, oye y ve lo que te diré yo, Dios el Señor… bendito eres, porque has creído; y más bendito eres, porque te he llamado a predicar mi evangelio…” (D. y C. 34:1, 4-5). ¿Pueden sentir el amor que el Señor tiene por todo joven que responda al llamamiento de servirle?

Como padres, tenemos la responsabilidad de preparar a nuestros hijos para que sean dignos y tengan el deseo de servir al Señor. Tenemos la mayordomía de nuestros hijos, quienes han sido reservados para estos días. El Señor los ha confiado a nuestro cuidado y nosotros tendremos que dar cuenta de ello. Una de las bendiciones de esa mayordomía consiste en preparar a nuestros hijos para que sirvan al Señor.

Deseo dirigirme por un momento a los padres y a los hijos de la Iglesia. Una de las más notables historias que el Libro de Mormón contiene nos enseña en cuanto a la influencia que los padres ejercen en sus hijos. Este es el relato sobre dos mil sesenta jóvenes que se ofrecieron para defender la libertad de Su nación. Fue Helamán quien los condujo en la batalla. “Sin embargo… ni uno solo de ellos había perecido; si, y no hubo entre ellos uno solo que no hubiera recibido muchas heridas” (Alma 57:25). ¿Y por qué no? Porque “obedecieron y procuraron cumplir con exactitud toda orden…” Entonces Helamán explica cuál fue la razón de este gran milagro: “Y me acorde de las palabras que, según me dijeron, sus madres les habían enseñado” (Alma 57:21). ¿Y qué les habían enseñado sus madres? “… que había un Dios justo, y que todo aquel que no dudara, seria preservado por su maravilloso poder” (Alma 57:26). Padres, ¿reconocen el gran poder que tienen en la vida de sus hijos? Si les enseñan que hay un Dios justo y que Él quiere que todo joven capaz y digno cumpla una misión, sus hijos tendrán la fe indispensable para responder al llamado del Señor.

Obispos, como parte de su mayordomía particular, ustedes tienen la enorme responsabilidad de preparar a los jóvenes para que sirvan una misión regular. Comiencen temprano. Ayúdenles a entender el experimento de Alma. Siembren la semilla en el corazón de esos jóvenes que les hará ir a la misión y entonces aliéntenlos a que pregunten al Señor si esa es una semilla buena. Luego, si les ayudan a alimentar esa semilla, germinará en el milagro de que sirvan como misioneros.

Yo siempre estaré agradecido de que mi esposa, los obispos y los líderes del sacerdocio enseñaran y prepararan a nuestros hijos para que cumplieran una misión.

¿Cómo podríamos lograr un significativo aumento en el número de jóvenes que han de servir una misión regular? En primer lugar, los padres deben comprender la responsabilidad que tienen; deben pedirle a nuestro Padre Celestial que les ayude a saber cómo habrán de preparar a sus hijos para que cumplan una misión. Esto no es solamente para los que viven en Estados Unidos, Inglaterra, Mongolia o Brasil, sino para todo joven de la Iglesia que sea capaz y digno. Obispos, ustedes deben seguir el mismo procedimiento.

El presidente Boyd K. Packer ha dicho: “Si la verdadera doctrina se entiende, ello cambia la actitud y el comportamiento” (“Los niños pequeños”, Liahona, enero de 1987, pág. 17). La doctrina que cambiara la disposición de nuestros jóvenes con respecto a la obra misional es el entender el valor de una sola alma. Jesucristo padeció el supremo sacrificio al ofrecernos Su expiación infinita, la cual nos abre el único camino para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial y vivir con Él. Si los padres, los obispos y los jóvenes mismos entienden esta doctrina verdadera, nuestros jóvenes estarán preparados y tendrán el deseo de servir.

Quisiera citar estas palabras del élder Joe J. Christensen: “El Señor no dijo: ‘Vayan a la misión si se ajusta a sus planes, o si les da la gana, o si no obstaculiza sus becas, o su romance o sus planes académicos. El predicar el Evangelio es un mandamiento y no una mera sugerencia; es una bendición y un privilegio, no un sacrificio. Recuerden… el Señor y Sus profetas cuentan con ustedes” (“El Salvador cuenta con ustedes”, Liahona, enero de 1997, pág. 45).

No hay nada que un joven pueda hacer que se compare en importancia a cumplir una misión regular. El bien que hagan como siervos del Señor Jesucristo perdurará por la eternidad.

En la actualidad está sirviendo el mayor ejército de misioneros que jamás se haya alistado en la historia del mundo. No permitan que sus hijos dejen de formar parte de ese gran ejército. Estos jóvenes, encomendados y probados antes de que vinieran a la tierra, no son hombres comunes y corrientes; son espíritus escogidos a quienes se les reservo para que vinieran aquí en esta época.

Al pensar en este gran cometido que el Señor nos ha dado de proclamar el Evangelio a todo el mundo, quiero pedirles que, personalmente y como familias, supliquen a nuestro Padre Celestial que todos y cada uno de nuestros jóvenes de la Iglesia tengan el deseo de cumplir una misión y vivan dignos de ello.

Ruego que nuestro Padre Celestial nos bendiga con la firme determinación de preparar a nuestros jóvenes para el servicio misional; que los jóvenes de la Iglesia en la actualidad sean como los hijos de Helamán y cumplan con exactitud cada palabra del Señor y sean una luz que resplandezca como sobre un monte y declaren al mundo entero que, tal como Josué en la antigüedad, han escogido servir al Señor.

Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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El quórum del Sacerdocio

Conferencia General Octubre 1998
El quórum del Sacerdocio
Elder D. Todd Christofferson
De la Presidencia de los Setenta

D. Todd Christofferson

“Decídanse ahora a hacer todo lo posible por lograr que su quórum del sacerdocio sea digno del nombre, sea fiel a su misión”.

En 1918, el hermano George Goates era granjero y cultivaba remolacha azucarera en Lehi, Utah. Ese año el invierno empezó temprano y congeló gran parte de su cosecha de remolacha todavía por recoger. La siega fue lenta y difícil para el hermano Goates y su hijo Francis, un niño. Entretanto, una epidemia de gripe cundía por todo el lugar. La terrible enfermedad ya había truncado la vida de Charles, otro de sus hijos, y de tres hijitos de este, dos niñitas y un varón; en el transcurso de sólo seis días, el apesadumbrado George Goates había hecho tres viajes a Ogden, Utah (entre Ogden y Lehi hay aproximadamente 115 kilómetros), con el fin de llevar los cuerpos para sepultarlos. Al final de ese espantoso período, George y Francis Goates tomaron su carromato y se dirigieron al campo de remolachas.

En el camino se cruzaron con muchas carretas conducidas por granjeros vecinos cargadas de remolachas que se dirigían a la fábrica azucarera. Al encontrarse, cada uno de los conductores lo saludaba con la mano y le decía: “¿Qué tal, tío George?”, “Lo lamento mucho, George”, “¿qué pena, George?”, “¡Acá están tus amigos, George!”.

En la última carreta iba Jasper Rolfe, “el pecoso”, que lo saludó alegremente, diciendo: “¡Aquí van todas, George!”.

El hermano Goates se volvió hacia Francis y comentó: “¡Ojalá fueran todas las nuestras!”.

Al llegar a la entrada de la granja, Francis bajó de un brinco y abrió el portón para que su padre entrara en el campo con el carromato. George detuvo a los animales y miró a su alrededor: ¡No había una sola remolacha en todo el campo! Entonces se dio cuenta de lo que Jasper Rolfe había querido decir con sus palabras: “¡Aquí van todas, George!”

El hermano Goates bajó de su carromato, recogió un puñado de la fértil tierra oscura que tanto amaba, y otro de tallos, y contemplo un momento esos símbolos de su labor sin poder creerlo.

Después se sentó sobre una pila de tallos, y aquel hombre que en sólo seis días había sepultado a cuatro seres queridos; que había hecho los féretros, había cavado los sepulcros e incluso ayudado a vestir a los muertos; aquel hombre sorprendente que no había vacilado, ni se había amilanado ni había desmayado en medio de esas penosas pruebas; aquel hombre se sentó en una pila de tallos y se echó a sollozar como un niño.

Luego se levantó, secó sus ojos, miró hacia el cielo y dijo: “Gracias, Padre, por los élderes de nuestro barrio” (1).

Sobre esos élderes es que deseo hablar esta noche. Quiero hablar de los hermanos del sacerdocio, del quórum del sacerdocio.

El presidente Boyd K. Packer ha explicado esto:

“En tiempos antiguos, cuando se nombraba a un hombre para integrar cierto grupo, su comisión, escrita siempre en latín, bosquejaba la responsabilidad de la organización, definía quienes serían los miembros, e invariablemente contenía la expresión ‘quórum vos unum’, que quería decir: ‘Del cual deseamos que seas uno” (2).

“En la dispensación del cumplimiento de los tiempos, el Señor mandó que el sacerdocio debía ser organizado en quórumes, lo cual significa asambleas selectas de hermanos a quienes se ha dado la autoridad para que se hagan responsables de que [Sus] asuntos… se lleven a cabo y Su obra siga adelante.

“Un quórum es una hermandad… El ser parte… de su quórum es el derecho de quien ha sido ordenado a un oficio dentro del sacerdocio…” (3). Seguir leyendo

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El Sacerdocio Aarónico y la Santa Cena

Conferencia General Octubre 1998
El Sacerdocio Aarónico y la Santa Cena
Elder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks

“Los poseedores del Sacerdocio Aarónico abren la puerta a todos los miembros que participan dignamente de la Santa Cena para que disfruten de la compañía del Espíritu del Señor y del ministerio de ángeles”.

Mis queridos hermanos, agradezco la oportunidad de hablarles esta noche. Dirijo mis comentarios a los jóvenes que poseen el Sacerdocio Aarónico y a los obispos y a los consejeros que presiden sobre ellos. Hablaré sobre las sagradas actividades de los poseedores del Sacerdocio Aarónico al preparar, al bendecir y al repartir el sacramento de la Santa Cena del Señor para los miembros de la Iglesia.

I
El 15 de mayo de 1829, Juan el Bautista restauró el Sacerdocio Aarónico sobre la tierra, al poner sus manos sobre José Smith y Oliver Cowdery y pronunciar estas palabras:

“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en rectitud” (D. y C. 13:1).

Más tarde, el Señor reveló estas verdades adicionales:

“…el sacerdocio menor… tiene la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio,

“el cual es el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados (D. y C. 84:26-27).

¿Qué significa que el Sacerdocio Aarónico “tiene la llave del ministerio de ángeles” y “el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados”? El significado se encuentra en la ordenanza del bautismo y en la Santa Cena. El propósito del bautismo es la remisión de los pecados y el de la Santa Cena es renovar el convenio y las bendiciones del bautismo. Ambos deben ser precedidos por el arrepentimiento. Cuando guardamos los convenios hechos en estas ordenanzas, se nos promete que siempre tendremos Su Espíritu con nosotros. El ministerio de ángeles es una de las manifestaciones de ese Espíritu.

II
El ministerio de ángeles es una de las manifestaciones de ese Espíritu.

Empezamos con la doctrina, según la enseñó el Señor. Durante Su ministerio, Jesús enseñó que el bautismo era necesario para la salvación: “… el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). El bautismo es la primera de las ordenanzas de salvación. Cuando nos bautizamos hacemos convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, de servirle y de guardar Sus mandamientos.

A la conclusión de Su ministerio, Jesús introdujo el sacramento de la Santa Cena del Señor. Partió pan, lo bendijo y lo dio a Sus discípulos, diciendo: “… Tomad, comed; esto es mi cuerpo” (Mateo 26:26); “… haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Tomó la copa, dio gracias y la dio a ellos, diciendo: “… esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para la remisión de los pecados” (Mateo 26:28).

Cuando el Salvador introdujo la Santa Cena, también impartió enseñanzas y dio promesas en cuanto al Espíritu Santo. En esa sagrada ocasión que conocemos como la Ultima Cena, Jesús explicó la misión del Consolador, que es el Espíritu Santo. El Consolador testificaría de Él y revelaría otras verdades. Jesús también explicó que tenía que dejar a Sus discípulos para que pudieran recibir el Consolador. Cuando yo me vaya, les dijo, “os lo enviaré” (Juan 16:7). Después de Su resurrección les dijo a Sus apóstoles que permanecieran en Jerusalén hasta que recibieran “poder desde lo alto” (Lucas 24:49). Ese poder vino cuando “la promesa del Espíritu Santo” se “derramó” sobre los apóstoles el día de Pentecostés (véase Hechos 2:33).

En forma similar, cuando el Salvador introdujo la Santa Cena en el Nuevo Mundo, prometió: “… El que come de este pan, come de mi cuerpo para su alma; y el que bebe de este vino, bebe de mi sangre para su alma; y su alma nunca tendrá hambre ni sed, sino que será llena (3 Nefi 20:8). El significado de esa promesa es evidente: “Y cuando toda la multitud hubo comido y bebido, he aquí, fueron llenos del Espíritu” (3 Nefi 20:9). Seguir leyendo

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El sostenimiento de profetas

Conferencia General Octubre 1998

El sostenimiento de profetas

David B. HaightÉlder David B. Haight
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Evangelio es verdadero; es la esperanza del mundo; avanzará para lograr todo lo que sea necesario hacer”.


Hace poco un amigo mío me dijo: “¿Sabe lo que tienen en común usted y Steve Young, el famoso jugador de fútbol americano, miembro de la Iglesia, del equipo de San Francisco?

Le conteste: “me puedo imaginar una serie de cosas, depende desde que lado se mire”. Luego le dije: “Dígame usted que tenemos en común”

Y él me dijo: “Lo que ustedes tienen en común es que todos nos preguntamos si van a regresar para la próxima temporada”.

Gracias a las bendiciones del cielo y a mi enfermera especial, Ruby, que me cuida con amor, y a una familia amorosa, considero que estoy bastante bien.

Agradezco y estoy consciente de mí marcapaso para el corazón que me viene muy bien. Y tengo una cadera postiza y me renovaron la rodilla que me ayudan mucho también. Mi nuevo dispositivo para oír y mis anteojos especiales son una gran ayuda. ¡Pero lo que más extraño es mi buena memoria!

Me siento honrado de tener la posibilidad de estar aquí y compartir en unos pocos minutos mi testimonio y alentarlos en esta gran obra a la que tenemos la bendición de pertenecer. Observé cuando levantaron la mano a medida que el presidente Monson presentaba a las Autoridades Generales de la Iglesia para su sostenimiento, pero en particular para sostener a nuestro Profeta, y observe esas manos y el entusiasmo con el que la levantaban, y también pensé, “Henos aquí, con todas las bendiciones y las comodidades que tenemos”, y pensé en otros acontecimientos similares que han tenido lugar en la historia de la Iglesia.

Pensé en nuestra propia familia reunida, en diferentes partes de los Estados Unidos: en Georgia; Chapter Hill, North Caroline; Pensilvania; Texas; California; y aquí en Salt Lake City. Pensé en esas pequeñas familias que podrían estar en su hogar o en una capilla y podía ver a algunos de esos pequeñitos a quienes se les enseñaba a levantar la mano en armonía, quizás, con las enseñanzas de lo que sus padres ahora estaban haciendo. Cuando levantamos nuestra mano no lo hicimos sólo como un movimiento porque parecía que era algo que todos hacían, sino que porque aceptamos y damos testimonio sobre el conocimiento que tenemos y el testimonio que tenemos de que el presidente Hinckley es nuestro profeta y nuestro líder. No sólo levantamos la mano para decir que lo sostenemos, sino que también seguimos su dirección, que escuchamos, que nos sentamos en consejo, que oramos al respecto, que estamos conscientes de lo que sale de los labios del Profeta. Seguir leyendo

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Una voz de amonestación

Conferencia General Octubre 1998
Una voz de amonestación
Elder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

“Nuestra capacidad para influir en los demos con nuestra voz de amonestación es importante para todos los que por convenio son discípulos de Jesucristo”.

Porque es muy bondadoso, el Señor llama a Sus siervos, para que adviertan a la gente sobre los peligros. Ese llamamiento es aún más serio e importante cuando las advertencias de mayor mérito son acerca de peligros que la gente no cree que sean reales. Pensemos en Jonás. Jonás evadió primero su llamamiento de amonestar a la gente de Nínive a quienes el pecado les había enceguecido contra los peligros. Sabía que a través de los tiempos los hombres habían rechazado a los profetas y que a veces los mataban. Sin embargo, cuando Jonás salió adelante con fe, el Señor lo bendijo con protección y con éxito.

También podemos aprender de nuestras experiencias como padres y como hijos. Los que hemos sido padres hemos experimentado la angustia que se siente al presentir peligros que nuestros hijos no alcanzan a ver todavía Muy pocas oraciones son tan fervorosas como las del padre que quiere saber cómo lograr que uno de sus hijos se aleje de los peligros. La mayoría de nosotros habrá tenido la bendición de escuchar y obedecer la voz de amonestación de sus padres.

Todavía recuerdo la ocasión en que mi madre me habló con dulzura cuando yo era niño y un sábado por la tarde le pedí permiso para hacer algo que yo creía perfectamente razonable y que ella sabía que era peligroso. Aun hoy me asombra el poder que recibió, estoy seguro, del Señor, para convencerme con tan pocas palabras. Según las recuerdo, tales palabras fueron: “Oh, supongo que podrías hacerlo. Pero la decisión es tuya”. La única advertencia estaba en el énfasis de las palabras podrías y decisión. Pero eso fue suficiente para mí.

El poder que tenía para amonestar con tan pocas palabras emanaba de tres cosas que yo apreciaba en ella. Primero, sabía que me amaba Segundo, sabía que ella había hecho ya personalmente lo que quería que yo hiciera y había sido bendecida por ello. Y tercero, me había dado su firme testimonio de que la decisión que yo habría de tomar era tan importante que el Señor me haría saber lo que debía hacer si tan sólo yo se lo pidiera. El amor, el buen ejemplo y el testimonio: esas fueron las claves aquel día y lo han sido cada vez que he recibido la bendición de escuchar y obedecer la amonestación de un siervo del Señor.

Nuestra capacidad para influir en los demás con nuestra voz de amonestación es importante para todos los que por convenio son discípulos de Jesucristo. Este es el cometido que se ha dado a todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días: “He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y conviene que todo hombre que ha sido amonestado, amoneste a su prójimo” (D. y C. 88:81).

Este mandamiento y advertencia sobre los peligros se les dio a aquellos que fueron llamados como misioneros a principios de la Restauración. Pero el deber de amonestar a nuestro prójimo recae sobre todos los que hemos aceptado el convenio del bautismo. Es preciso que hablemos sobre el Evangelio con nuestros amigos y familiares que no son miembros de la Iglesia. Nuestro propósito es invitarlos a fin de que los misioneros que han sido llamados y apartados para ello puedan enseñarles. Cuando una persona acepte nuestra invitación de que se le enseñe, habremos creado una “referencia” de una gran promesa que muy probablemente la conducirá a las aguas del bautismo y luego a permanecer fiel.

Como miembros de la Iglesia, bien pueden anticipar que los misioneros regulares o los de estaca les pidan la oportunidad de visitarlos en su hogar. Ellos les ayudaran a preparar una lista de las personas con quienes podrían compartir el Evangelio. Quizás les sugieran que piensen en algunos familiares, vecinos o amigos. Quizás les pidan que fijen una fecha para la cual podrían preparar a una persona o familia para enseñarle y aun para que inviten a los misioneros. Yo he tenido tal experiencia. Siendo que nuestra familia aceptó la invitación de los misioneros, yo he tenido la bendición de bautizar a una viuda de más de ochenta años a quien enseñaron las hermanas misioneras. Seguir leyendo

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Como vencer el desaliento

Conferencia General Octubre 1998
Como vencer el desaliento
Elder Val R. Christensen
De los Setenta

Val R. Christensen

“Si tenemos un poco más de paciencia en las aflicciones y depositamos más fe en el Señor, podremos encauzar nuestros problemas hacia una buena solución”.

Cuando a un miembro de la Iglesia se le llama a cumplir grandes responsabilidades, es natural que reflexione en los sucesos y en las personas que le han llevado hasta ese punto en la vida. El llamamiento a prestar servicio como Setenta me presenta la oportunidad de expresar agradecimiento a amigos, a familiares -sobre todo a mi esposa, Ruth Ann- y a los misioneros de la Misión Arizona Phoenix. Los quiero mucho a todos ustedes. También espero con ilusión prestar servicio a la maravillosa gente de las Filipinas.

Hace algunos años, se me invitó a participar en una charla fogonera en la cual expuse a grandes rasgos algunas maneras de vencer el desaliento. Al comenzar la presentación, invite a los presentes a anotar en una tarjeta algún problema serio que estuviesen enfrentando y que no les importase que yo diera a conocer en forma anónima a los demás miembros del grupo. Cuando las tarjetas llegaron a mis manos, me sentí asombrado por las serias dificultades a las que hacían frente personas que parecían tener un total dominio de su vida. He aquí algunos de los problemas que anotaron:

  1. No gano ningún dinero con mi granja.
  2. Mi hijo esta desahuciado.
  3. Desavenencias con mi hijo adolescente.
  4. Mi hijo mayor está casi ciego.
  5. Estoy aprendiendo a aceptar la muerte de mi hijo.
  6. Mi marido ve más lo negativo que las cosas bellas de la vida.

Muchos enfrentamos problemas considerables. Aun el gran profeta Enoc sufrió profundamente al ver la iniquidad del mundo: “Y al ver esto, Enoc sintió amargura dentro de su alma, y lloró por sus hermanos, y dijo a los cielos: No seré consolado; más el Señor le dijo: Anímese tu corazón, regocíjate y mira” (Moisés 7:44).

Hay por lo menos tres pasos que se pueden dar al esforzarse por vencer el desaliento:

  1. Ustedes pueden hacer un esfuerzo por cambiar su actitud con respecto al problema. Aun cuando no puedan cambiar las circunstancias en las que trabajen o vivan, siempre pueden cambiar su actitud.
  2. Pueden recibir ayuda de los que estén más cerca de ustedes: los familiares, los amigos y los miembros del barrio, las personas que los quieren más.
  3. Pueden llegar a tener una confianza más potente y más completa en el Señor Jesucristo.

Cambien su actitud. Si se considera un problema de un modo diferente, puede ser posible reducir el desaliento. Me ha impresionado el relato de la pionera Zina Young. Tras haber enfrentado la muerte de sus padres, la perdida de la cosecha y la enfermedad, se sintió animada por una experiencia espiritual que tuvo y que la hizo cambiar de actitud. Mientras intentaba buscar ayuda divina, oyó la voz de su madre que le decía: “Zina, cualquier marinero puede dirigir un barco en un mar en calma; cuando aparezcan las rocas, esquívalas”. En seguida, rogó en su oración: “Oh, Padre Celestial, ayúdame a ser una buena marinera, para que el corazón no se me rompa en las rocas del dolor” (“Mother”, The Young Women’s Journal, enero de 1911, pág. 45). Si bien muchas veces es difícil cambiar las circunstancias, una actitud positiva servirá para aligerar el desaliento.

Acepten la ayuda de los demás. El siguiente punto importante es estar dispuestos a pedir ayuda a las personas que los rodeen. A veces la ayuda se recibe de formas inesperadas. Hace unos años, mientras hacía cola en el aeropuerto de Chicago para despachar mi equipaje en el avión, había detrás de mí un hombre mayor. Después de unos minutos, me dijo: “¿Adónde va usted?”. Le conteste que iba a Salt Lake City. Y añadió: “Yo también voy allí. ¿Es usted mormón?”. Le respondí que sí. Me dijo entonces que había sido Santo de los Últimos Días toda su vida y que por fin se había preparado para ir al templo. Mientras esperábamos el avión, abrió su maleta para mostrarme todas las fotografías de misioneros que había coleccionado a lo largo de los años. Al cabo de unos minutos, ya en el avión, este despego y tuvimos una magnifica conversación mientras volábamos hacia Utah. Al llegar, salimos rápidamente del avión. Me aseguré de que supiera con exactitud adónde iba y nos despedimos.

Unas semanas después, recibí por correo una tarjeta que decía: “Estimado hermano Christensen había perdido su dirección, pero felizmente la halle. Y le escribo para decirle que cuando lo conocí en Chicago, nuestro encuentro fue la respuesta a una oración. Yo nunca viajo a ningún sitio y deseaba estar con alguien. He pensado en usted muchas veces. Pase momentos muy felices en Salt Lake City, en el templo. Espero volver a verle algún día. Muchas gracias por la ayuda que usted fue para mí”. No me había propuesto ser útil aquel día, pero me siento agradecido por ese hermano que pidió ayuda extra y también me siento agradecido por haber estado yo cerca para ayudarle.

Adquieran más confianza en el Señor. Ya he hablado del cambiar la actitud y del recibir ayuda de los demás. En seguida, deseo mencionar la necesidad de poner más confianza y más fe en cl Señor. Una vez hable con una hermana que recibió ayuda en medio de su desaliento. Mientras esperaba a que empezara una sesión del templo, tomo un ejemplar del Libro de Mormón para leer un versículo. Reparo en Alma 34:3: “Y como le habéis pedido a mi amado hermano que os haga saber lo que debéis hacer, a causa de vuestras aflicciones; y él os ha dicho algo para preparar vuestras mentes; si, y os ha exhortado a que tengáis fe y paciencia”. Ese versículo de Alma fue una respuesta a su oración. El mensaje era sencillo: el problema que tenía iba a tardar largo tiempo en resolverse. Si tenemos un poco más de paciencia en las aflicciones y depositamos más fe en el Señor, podremos encauzar nuestros problemas hacia una buena solución.

En Doctrina y Convenios leemos esto: “Si estas triste, clama al Señor tu Dios con suplicas, a fin de que tu alma se regocije” (D. y C. 136:29).

Ruego que todos apreciemos los problemas que tengamos e intentemos mejorar nuestra actitud aun cuando los problemas sigan existiendo. Pidamos ayuda a nuestros amigos y a nuestros familiares. También testifico que Jesucristo vive y que Él nos ayudara en medio de nuestro desaliento si con humildad pedimos Su amor. En el nombre de Jesucristo. Amen.

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Obedecer la ley y servir… a nuestro prójimo

Conferencia General Octubre 1998
Obedecer la ley y servir… a nuestro prójimo
Elder Athos M. de Amorím
De los Setenta

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“El obedecer los mandamientos del Señor constituye la mejor preparación”

Queridos hermanos, hermanas y amigos, estoy seguro de que se darán cuenta de los sentimientos que tengo al allegarme a este púlpito por primera vez, desde donde se han impartido palabras sagradas de los siervos del Señor.

Mi corazón rebosa de gratitud hacia mi Padre Celestial por las muchas bendiciones de mi vida; hacia el Señor Jesucristo debido a Su amor y a Su Expiación por mí; hacia mi querida esposa, mis hijos y nietos por el amor y el apoyo que siempre he recibido de su parte.

En uno de los muros exteriores de la Academia del Ejército Brasileño, los jóvenes cadetes pueden leer las palabras: “Cadete: tu tomaras el mando. ¡Aprende a obedecer!”. Temprano en la vida, aprendí que la obediencia es una gran virtud, algo esencial para nuestro progreso; no me refiero a la obediencia ciega, sino a la obediencia que nos permite alcanzar un nivel más elevado y espiritual en la vida al usar nuestro albedrío para llevar a cabo la voluntad del Señor. El profeta José Smith enseñó que “cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130: 21). El presidente Hinckley declaro de nuevo en 1982 que “todas las bendiciones son el resultado de la obediencia a la ley” (¿Quiénes son los mormones?, folleto, 1983, pág. 8). El ejemplo más grande de obediencia lo dio el Señor Jesucristo cuando dijo: “… pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Algo más que aprendí en el ejército es que los soldados de mi país no expresan el verbo trabajar al hablar de sus asignaciones; en lugar de eso, pronuncian el verbo servir, lo que les ayuda a recordar su compromiso de servir a su gente y a su país. En el servicio en la Iglesia, esta definición se amplía para incluir un significado más cercano a las enseñanzas del Señor, esto es: servir a Sus hijos doquiera que se encuentren.

Hoy, casi 60.000 misioneros sirven en varios países, la mayoría de ellos lo hacen en entornos muy diferentes a sus lugares de origen. En el Templo de Sao Paulo, tal como en otros templos, muchos hermanos y hermanas están dispuestos a hacer cualquier tipo de sacrificio para servir en la Casa del Señor.

Muchas veces, la gente común que vive a nuestro alrededor nos da el ejemplo más hermoso de obediencia y de servicio. La hermana Ana Rita de Jesús, una anciana viuda que vivía en Anapolis, Brasil, no sabía leer ni escribir y, por esa razón, los misioneros iban a su casa a leerle las Escrituras; era cariñosa y bondadosa, y todos los domingos pedía a los misioneros que la ayudaran a llenar la papeleta de diezmos. Algunas veces, sus diezmos y ofrendas no eran más que unos pocos centavos; pero ella conocía la ley y quería obedecerla. Después de pagar sus diezmos, caminaba hacia la habitación de la casa alquilada que oficiaba como centro de reuniones, donde se llevaba a cabo la reunión sacramental, y ponía una flor en el púlpito; al hacerlo, serbia a sus hermanos y hermanas, y embellecía el lugar donde adorábamos al Señor. Esa hermana nos enseñó, en una forma sencilla, la obediencia y el servicio mediante su fe, porque sabía que el obedecer los mandamientos es la mejor preparación para servir. El presidente Monson nos advirtió en la pasada conferencia general de abril: “obedezcan los mandamientos y sirvan con amor” (véase “En aguas peligrosas”, Liahona, julio de 1998, pág. 51). La hermana Ana Rita de Jesús lo hizo así a lo largo de su vida.

Cuando se me llamó para servir como Autoridad General, tuve una entrevista con el presidente Faust, quien reparó en mi preocupación, ya que me sentía inadecuado para este llamamiento. Con la ternura que lo caracteriza, el presidente Faust me dijo: “Athos, sé tú mismo. Sé tú mismo”. Esa noche, permanecí despierto en la cama pensando en mis nuevas responsabilidades y en las palabras del presidente Faust; y ore. Me pregunté a mí mismo: ¿Quién soy yo?, y la respuesta vino, tan clara y brillante como el amanecer de un nuevo día: Yo soy, como cada uno de ustedes, un hijo de Dios, que desea obedecer al Señor y servir adondequiera que Él me mande para que, de ese modo, sea un mejor hijo de nuestro Padre Celestial y un miembro fiel de la Iglesia de Jesucristo.

Sé que Jesucristo vive y que Él es la cabeza de esta Iglesia. Sé que es nuestro Salvador y Redentor. Sé que José Smith fue el Profeta de la Restauración, y que el presidente Gordon B. Hinckley es el Profeta llamado por el Señor para presidir la Iglesia en la actualidad. De esto doy testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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Perlas de la arena

Conferencia General Octubre 1998
Perlas de la arena
Elder E. Ray Bateman
De los Setenta

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“Unámonos en este esfuerzo grande y equilibrado de convertir, de retener y de activar para… convertir esos granos de arena en perlas del reino de nuestro Padre”.

Abraham halló grande gracia a los ojos del Señor por su obediencia a cualquier cosa que le mandara. Bajo la dirección del Señor, Abraham llevó a su único hijo para ofrecérselo como sacrificio. Debido a ese gran amor y a la obediencia a los mandamientos, el Señor detuvo la mano de Abraham para que no lo sacrificara y lo bendijo, y le dijo: “… multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar…” (Génesis 22:17). La bendición de Abraham todavía sigue vigente sobre su descendencia, y el convenio que se hizo todavía les pertenece a medida que ellos vengan a Cristo. El apóstol Pablo enseñó: “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29). Tenemos la responsabilidad, como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, de congregar a la simiente de Abraham y de traerlos a Cristo.

Debe ser fácil encontrarlos, porque son tan numerosos como la arena a la orilla del mar; eso significa que en realidad están en todas partes a nuestro alrededor. ¿Estamos buscando? ¿Estamos preguntando? ¿Son nuestros buenos amigos, o la gente con la que trabajamos, que no son miembros de la Iglesia, la simiente de Abraham? ¿Estamos abriendo nuestra boca para ver si podemos encontrarlos? El Salvador nos aconsejó: “Y sois llamados para efectuar el recogimiento de mis escogidos; porque estos escuchan mi voz y no endurecen su corazón” (D. y C. 29:7). Para guardar este mandamiento del Salvador, ¿hablamos sobre la Iglesia? ¿Escuchamos los susurros del Espíritu? La descendencia de Abraham escucha Su voz y no endurecerá sus corazones. ¿Los invitamos a venir a Cristo? ¿Les estamos permitiendo que escuchen Su voz?

Escrito esta “… el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mateo 13:45-46). Ustedes y yo sabemos que el Evangelio de Jesucristo es la perla de gran precio. Cada una de esas partículas de arena son la simiente de Abraham y necesitan ser cultivadas para que lleguen a ser perlas. Necesitan el amigo correcto, una oportunidad que les ayude a crecer en servicio y recibir alimento espiritual para mantenerlos, para que realmente se conviertan en perlas de gran valor en el reino de nuestro Padre.

El presidente Hinckley dijo: “Sean amistosos. Tienen que hacer un amigo antes de que puedan hacer un converso. La conversión sigue a la amistad. La oportunidad de enseñar sigue a la amistad” (Teachings of Gordon B. Hinckley, pág. 375). ¿Invitamos a nuestros amigos a venir a la Iglesia con nosotros? ¿Vamos con los misioneros cuando enseñan las charlas a nuestros amigos? ¿Les invitamos a que se les enseñe en nuestros hogares? ¿Los visitamos entre una charla y otra? ¿Estamos haciendo lo que el Señor desea que hagamos? ¿Abrimos la boca por lo menos? El Señor dijo “más con algunos no estoy muy complacido, porque no quieren abrir su boca, sino que esconden el talento que les he dado, a causa del temor de los hombres. ¡Ay de estos!, porque mi enojo esta encendido en contra de ellos. Y acontecerá que si no me son más fieles, les será quitado aun lo que tienen” (D. y C. 60:2-3).

Quisiera contarles acerca del Barrio Saint Charles y de la forma en que hermanaron y nutrieron espiritualmente al hermano Jim Hueston. Jim pertenecía a otra iglesia, pero se le hacía difícil obtener locomoción para asistir a las reuniones. Nadie lo pasaba a buscar. Yo tuve la buena suerte de conocer a Jim. Le regale un Libro de Mormón y cl se comprometió a leerlo y a orar. Los miembros de la Iglesia le proporcionaron transportación para asistir al Barrio Saint Charles. Los misioneros les enseñaron las charlas y Jim leyó y oró.

Al bautizarse, Jim me preguntó a mí, su obispo, “¿Qué desea que haga? Lo llevé a mi oficina y hablamos sobre la Iglesia, le enseñé con respecto al sacerdocio y sobre lo que el Señor desearía que él hiciera como miembro de la Iglesia. Recibió el Sacerdocio Aarónico y fue llamado para servir como maestro orientador. El presidente del quórum de élderes le asigno a un compañero de orientación familiar fuerte, fiel y diligente. El hermano Hueston, al ser el miembro más nuevo del Barrio Saint Charles, se aseguró de cumplir fielmente con la orientación familiar, no sólo durante ese primer mes, sino todos los meses durante los siguientes 20 años. Ha servido en muchos llamamientos diferentes y el de misionero de estaca fue uno de sus favoritos.

Los miembros extendieron los brazos al hermano Hueston y se aseguraron de que fuera “conciudadano de los santos, y miembro de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Jim aprendió a manejar y se compró un auto para poder cumplir con la orientación familiar y con los demás llamamientos que recibió. No estamos seguros si nosotros lo mantuvimos o él nos mantuvo en “el camino recto” (Moroni 6:4). Sabemos que lo que el presidente Hinckley nos pide hoy es lo que logramos con el hermano Hueston en ese entonces.

Hable con el hermano Hueston este verano y él me contó cómo el y su compañero de orientación familiar estaban ayudando a una hermana menos activa a regresar a la Iglesia. Me dijo: “Ella tiene muchos deseos de tomar la clase de preparación para ir al templo y de entrar en él”.

Hermanos y hermanas, renovemos nuestro compromiso de buscar el Espíritu que nos ayude a encontrar a aquellos que son de la simiente de Abraham. Luego, abramos nuestra boca, hermanémoslos, invitémoslos a venir a Cristo y estemos a su disposición para apoyarlos, nutrirlos y retenerlos. Y, siempre que sea posible, acompañémoslos cuando vayan el templo. Nuestro Padre Celestial desea que toda la descendencia de Abraham regrese a Él. Unámonos en este esfuerzo grande y equilibrado de convertir, de retener y de activar, para de esa forma ayudar a nuestro Padre y a Su Hijo a convertir esos granos de arena en perlas del reino de nuestro Padre.

El Salvador dijo: “Y además, os digo que os doy el mandamiento de que todo hombre, tanto el que sea élder, presbítero, o maestro, así como también el miembro, se dedique con su fuerza, con el trabajo de sus manos, a preparar y a realizar las cosas que he mandado. Y sea vuestra a predicación la voz de amonestación, cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad” (D. y C. 38:40-41).

Yo sé que Él vive y guía Su Iglesia por medio del profeta presidente Gordon B. Hinckley y así lo testifico en el nombre de Jesucristo. Amen.

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El cultivar atributos divinos

Conferencia General Octubre 1998
El cultivar atributos divinos
Elder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

“Obtendremos nuevos grados de espiritualidad y pondremos nuestra vida en una armonía más íntima con Jesucristo dependiendo de cuan plenamente la fe, la esperanza y la caridad pasen a formar parte esencial de nuestra vida”.

A menudo marcamos fechas importantes en nuestro almanaque, como es el caso de los días feriados y los cumpleaños. Las fechas que se repiten todos los años nos ayudan a medir el progreso de nuestra vida. Un acontecimiento anual, como lo es el Año Nuevo, es una época para reflexionar y tomar resoluciones.

La fecha de nuestro bautismo, que conmemora nuestro renacimiento espiritual, es una ocasión digna de tener en cuenta. Nos detenemos a reflexionar acerca de la fecha en que fuimos sellados en el templo porque esa ordenanza nos une para siempre con nuestros seres más queridos. Las entrevistas sobre dignidad, especialmente las entrevistas anuales para la recomendación del templo, nos brindan otra oportunidad para repasar nuestro progreso en el cumplimiento de la gloriosa mayordomía que nuestro Padre Celestial nos ha dado a cada uno de velar y de cuidar de nuestra propia alma. En esas ocasiones, renovamos convenios, ratificamos nuestras promesas y establecemos metas eternas.

Pocos son los acontecimientos significativos que tienen lugar sólo una vez en la vida; por ejemplo, en menos de 15 meses, en 454 días para ser más preciso, tendremos la experiencia de un Año Nuevo en el que los cuatro números del año calendario cambiaran al mismo tiempo. Encuestas de la opinión publica indican que ese cambio singular en el calendario “es un acontecimiento que se aproxima y sobre el que la gente piensa cada vez más”. Los estudios al respecto muestran que la mayoría de las personas esperan ese momento con “una perspectiva muy positiva”. Un analista dijo que el cambio milenario del calendario “será un acontecimiento sumamente importante en la vida de la gente, una oportunidad para detenerse y comenzar de nuevo” (1).

El Ministerio Terrenal Del Salvador
El nacimiento del Salvador es un acontecimiento de inmensurable significado, que ocurrió hace casi 2.000 años. En la mayor parte del mundo, los años del calendario se cuentan hacia adelante o hacia atrás desde el día de Su nacimiento. Él enseñó el Evangelio de arrepentimiento y organizó Su Iglesia, expió los pecados de toda la humanidad y fue crucificado; resucitó, abrió el camino para que todos pudiesen vencer la muerte y, si nos arrepentíamos, nuestros pecados fueran perdonados. Sus enseñanzas establecieron normas de conducta para el ser humano, que perduraran eternamente. Seguir leyendo

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Los padres en Sión

Conferencia General Octubre 1998

Los padres en Sión

Presidente Boyd K. Packer
Presidente en funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

“Quiero instar a los líderes a considerar más detenidamente el hogar paro que no extiendan llamamientos ni programen actividades que impongan cargas innecesarias sobre los padres y las familias”.


En 1831 el Señor dio una revelación a los padres de Sión (1). Es precisamente sobre los padres que deseo hablar.

He servido como miembro del Quórum de los Doce desde hace veintiocho años y serví otros nueve como Ayudante de los Doce, lo cual hace un total de treinta y siete años, exactamente la mitad de mi vida.

Pero tengo otro llamamiento que ha durado más tiempo aun. Soy padre y abuelo. Me llevó unos cuantos años ganarme el título de abuelo y otros veinte años el de bisabuelo. Estos títulos -padre, abuelo, madre y abuela- conllevan responsabilidad y una autoridad que deriva, en parte, de la experiencia. La experiencia es una poderosa maestra.

Mi llamamiento en el sacerdocio define mi posición en la Iglesia y el título de abuelo, en mi posición en la familia. Quiero referirme a los dos en forma conjunta.

El ser padre o madre es una de las ocupaciones más importantes a las cuales puedan dedicarse los Santos de los Últimos Días. Muchos miembros se enfrentan con conflictos al esforzarse por equilibrar sus responsabilidades de padres con su fiel servicio en la Iglesia.

Hay cosas que son de importancia fundamental para el bienestar de una familia y que se encuentran únicamente al ir a la Iglesia. Allí es tan el sacerdocio, el cual faculta al hombre para guiar y bendecir a su esposa e hijos, y los convenios que los unen eternamente.

A los miembros de la Iglesia se les mandó “re[unirse] a menudo” (2) y se les mandó que “al estar reunidos os instruyáis y os edifiquéis unos a otros” (3). Mosíah y Alma dieron la misma instrucción a los de su pueblo (4).

Se nos ha mandado “volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres” (5). Seguir leyendo

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Demos gracias

Conferencia General Octubre 1998

Demos gracias

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

“¿Damos gracias a Dios ‘por su don inefable’ y por las ricas bendiciones que tan abundantemente nos otorga?”


En una tierra lejana, hace ya mucho tiempo, Jesús viajaba hacia Jerusalén y “pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y acontecido que mientras iban, fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postro rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (1).

En el salmo número 30, David ruega: “Jehová Dios mío, te alabaré para siempre” (2).

El apóstol Pablo proclamó en su epístola a los corintios: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (3), y a los tesalonicenses “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios” (4).

Hermanos y hermanas, ¿damos gracias a Dios “por su don inefable” y por las ricas bendiciones que tan abundantemente nos otorga?

¿Nos detenemos a cavilar en las palabras de Ammón: “Ahora bien, hermanos míos, vemos que Dios se acuerda de todo pueblo, sea cual fuere la tierra en que se hallaren; sí, él tiene contado a su pueblo … [de] toda la tierra. Este es mi gozo y mi gran agradecimiento; sí, y daré gracias a mi Dios para siempre”? (5).

Robert W. Woodruff, un prominente líder de negocios del pasado, hizo una gira por los Estados Unidos dando conferencias sobre lo que él titulaba “Curso condensado sobre relaciones humanas”. En su mensaje, dijo que la palabra más importante del vocabulario era: “Gracias”.

Thank you, danke, merci, cualquiera que sea el idioma que se hable, la palabra “gracias”, expresada con frecuencia, alegrara el espíritu, aumentara las amistades y edificara la vida hacia un camino más elevado en la jornada hacia la perfección. Existe simplicidad, incluso sinceridad, cuando se emplea la palabra “gracias”.

En un artículo que salió en un periódico hace algunos años se refleja la belleza y elocuencia de una expresión de gratitud:

El viernes pasado, la policía del distrito de Columbia remató aproximadamente 100 bicicletas que no habían sido reclamadas. “Un dólar”, dijo un niño de once años al empezar el remate de la primera bicicleta. Por supuesto, las ofertas fueron mucho más altas. “Un dólar”, repetía el niño, con la esperanza de lograr una cada vez que remataban otra bicicleta.

El subastador, que había rematado bicicletas robadas o pérdidas durante 43 años, se percató que las esperanzas del niño parecían aumentar cada vez que salta una bicicleta de carrera. Seguir leyendo

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La curación del alma y del cuerpo

Conferencia General Octubre 1998

La curación del alma y del cuerpo

Elder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Si buscamos la verdad, desarrollamos fe en El y… nos arrepentimos sinceramente, experimentaremos un cambio espiritual en el corazón que solo proviene de nuestro Salvador y nuestro corazón se renovará”.


Como muchos de ustedes saben, desde que nos reunimos en la conferencia general del pasado abril, yo he sufrido mi tercer ataque al corazón, lo cual hizo necesaria una intervención quirúrgica de bypass. Gracias al diestro equipo de médicos; a enfermeras y a eficaces y atentos terapeutas; a mi esposa Mary, que me ha cuidado constantemente con tanta paciencia y amor; y a las oraciones ofrecidas por tantas personas en mi favor, he sido bendecido con renovada salud y renovadas fuerzas. Gracias por su interés y por sus oraciones.

Mi mensaje de hoy se refiere a la manera de favorecer el proceso de la curación del alma. Es un mensaje encaminado a guiarlos a ustedes y a guiarme a mí al Gran Sanador, el Señor y Salvador Jesucristo. Es un plan de lectura de las Escrituras, de orar, meditar, arrepentirse, de ser necesario, y de ser sanados con la paz y el gozo de Su Espíritu. Quisiera compartir con ustedes las cosas en las que medite al pasar por este proceso de curación.

Mientras me recuperaba en el hospital y durante varias semanas en mi casa, mi actividad física se vio severamente restringida por un intenso dolor que aquejo a mí ya debilitado cuerpo, pero aprendí el regocijo de liberar mi mente para meditar en el significado de la vida y de la eternidad. Puesto que mi agenda quedó libre de reuniones, tareas y entrevistas, durante varias semanas pude desviar mi atención de asuntos de administración y concentrarla en asuntos de la eternidad. El Señor nos ha dicho: “… reposen en vuestra mente las solemnidades de la eternidad” (D. y C. 43:34). Descubrí que el pensar únicamente en el dolor que me aquejaba inhibía el proceso curativo, y comprendí que la meditación era un elemento muy importante en el proceso de sanar no solo el cuerpo sino también el alma. El dolor le lleva a uno a un estado de humildad que invita a la meditación. Es una experiencia que agradezco haber podido vivir.

Pensé muy profundamente en el propósito del dolor y estudie en mi mente que era lo que podía aprender de esa experiencia y empecé a entender el dolor un poco mejor.

Comprendí que el dolor físico y la curación del cuerpo tras una operación sería son extraordinariamente similares al dolor espiritual y a la curación del alma en el proceso del arrepentimiento. “De manera que no os afanéis por el cuerpo, ni por la vida del cuerpo; más afanaos por el alma y por la vida del alma” (D. y C. 101:37). Seguir leyendo

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