La comprensión de nuestra verdadera identidad

Conferencia General Abril 1998
La comprensión de nuestra verdadera identidad
Hermana Carol B. Thomas
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Carol B. Thomas

“Hace mucho tiempo, ustedes y yo nacimos como hijos en la familia de nuestro Padre Celestial… Cada una de ustedes fue una mujer noble y valiente en la vida preterrenal”.

Familia, ¡qué nombre tan sagrado para los que más amamos! Si alguien les pidiera que dijeran lo más grandioso que hay en su familia, ¿qué sería? Sé que la mayoría de las familias, incluso la mía, no son perfectas, sin embargo, cada día tratamos de ser más amables y considerados unos con otros. El mes pasado falleció mi padre; de él aprendí mucho, tenía una gran fe y acostumbraba decir que “el morir es como entrar en otra habitación”. En el día en que murió, pensé: “¡Hoy murió mi padre! ¡Éste fue su último día en la tierra! Acaba de entrar en otra habitación”. Fue una experiencia en extremo dulce y sagrada para mis familiares y para mí.

Fue mi padre quien me enseñó acerca de la vida preterrenal y quien me explicó que, hace mucho tiempo, ustedes y yo nacimos como hijas en la familia de nuestro Padre Celestial. Allá tomamos decisiones sagradas que han influido en lo que hacemos ahora. Cuando era pequeña, mi abuelo me dio una bendición y me bendijo para que “aquí continuara el ministerio que con tanta nobleza había llevado a cabo allá”. Ahora bien, si yo tuve un ministerio en la existencia preterrenal, también lo tuvieron ustedes. No es por casualidad que ustedes han nacido ahora, en esta época de la historia del mundo. Cada una de ustedes fue una mujer noble y valiente en la vida preterrenal.

Abraham dijo: “Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes” (Abraham 3:22). ¿Se dan cuenta de que él estaba hablando de ustedes? Cada una de ustedes es noble y grande, y ha nacido para vivir en este período de la tierra.

Todas provenimos de varios tipos de familias. Algunas de ustedes realizan cosas difíciles y las llevan a cabo muy bien. Otras podrían sentirse preocupadas por su relación con su madre o su padre al aprender juntos de qué manera vivir en familia; y aprenden que, a veces, el Salvador calma la tormenta y, otras veces, Él deja que brame la tormenta pero las calma a ustedes. Seguir leyendo

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Volver el corazón hacia la familia

Conferencia General Abril 1998
Volver el corazón hacia la familia
Hermana Margaret D. Nadauld
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Margaret D. Nadauld

“Nuestro Padre Celestial tiene un plan para Sus hijos y… las familias son la parte central de ese plan”.

En todas partes del mundo, desde Asia hasta África, desde Nueva Zelanda hasta Noruega, las maravillosas mujeres jóvenes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días están volviendo el corazón hacia la familia. Es una celebración de la familia a nivel mundial durante todo este año. Sabemos que las familias son una parte vital del plan de nuestro Padre Celestial para Sus hijos; esto se explica en el documento “La familia: Una proclamación para el mundo”.

Recuerdo tan bien cuando se presentó esa proclamación. Me conmovió mucho. El 23 de septiembre de 1995, las mujeres de la Iglesia se reunieron en una gran reunión general de la Sociedad de Socorro. Nuestro Profeta, el presidente Hinckley, se puso de pie para hablarnos. Como parte de su discurso, él leyó por primera vez un documento llamado: “La familia: Una proclamación para el mundo”. En esta proclamación, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles nos enseñan otra vez que nuestro Padre Celestial tiene un plan para Sus hijos y que las familias son la parte central de ese plan. Por lo tanto, es vital que fortalezcamos estas familias que son tan importantes a la vista de Dios.

Ustedes, mujeres jóvenes, tienen un papel importante que desempeñar dentro de por lo menos tres familias. La primera es la familia de la cual forman parte ahora, la segunda es la que formarán en el futuro, y la tercera es la familia celestial de la que todos formamos parte. Analicemos nuestro papel en cada una de estas tres familias.

Primero, analicemos la familia en la que se están criando en la actualidad. Cuando yo pienso en la familia en la que me crié, recuerdo cómo mi hermanita y yo compartíamos el dormitorio, el piano y el lavado de la vajilla. Recuerdo que mi hermano y yo nos atacábamos de risa durante la cena y nos reíamos tanto que nos hacían retirar de la mesa hasta que nos calmáramos.

¡Ah!, una aprende de todo en una familia ¿no creen? Y eso es importante porque aprendemos cosas tales como orar, compartir, reír, amar, trabajar y llevarse bien unos con otros. ¡Cuán agradecida estoy por las lecciones importantes sobre la vida que aprendí en mi familia!

Muchas de ustedes, mujeres jóvenes, han escrito experiencias de su familia y nos han hecho partícipes de ellas y de algunas de las cosas que están aprendiendo a medida que vuelven el corazón hacia sus familias. Katie Quinn, de doce años, escribió: Seguir leyendo

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Nuevos templos para proporcionar «las bendiciones supremas» del Evangelio

Conferencia General Abril 1998
Nuevos templos para proporcionar «las bendiciones supremas» del Evangelio
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Que las ventanas de los cielos se abran y las bendiciones se derramen sobre nosotros como pueblo a medida que andemos delante del Señor con valentía y con fe a fin de llevar a cabo Su eterna obra”.

Desde mi asiento, he visto sentados en la primera fila de bancas del Tabernáculo a un grupo de indios otavaleños, de las sierras de Ecuador, y deseo expresar mi reconocimiento hacia esa gente maravillosa, a estos fieles Santos de los Últimos Días que han venido desde tan, tan lejos a participar junto con nosotros de esta conferencia. Hermanos y hermanas, les estoy muy agradecido.

En caso de que no sepan dónde se encuentra Otavalo, desde Quito deben cruzar el ecuador hasta llegar a las aldeas que se encuentran sobre los cerros de las altas montañas de Ecuador; allí es donde reside esta gente pacífica y maravillosa.

Al terminar esta reunión grandiosa, la cual ha llegado a todas partes del país y allende los mares, con humildad y acción de gracias expreso mi más profundo agradecimiento a todas las personas que han participado en ella, incluso a quienes la han escuchado. La música ha sido maravillosa; las oraciones han sido inspiradoras; los discursos han sido preparados y dados bajo la inspiración del Espíritu Santo. Con corazones agradecidos, hemos disfrutado juntos. Ahora, al volver a casa, es nuestro deber y nuestra responsabilidad poner en práctica en nuestra vida diaria las verdades que hemos escuchado.

Para terminar, deseo hacer un anuncio. Como lo dije anteriormente, en estos últimos meses hemos estado viajando por muchos lugares donde residen miembros de la Iglesia. He estado con muchos que poseen muy poco en lo que respecta a bienes materiales, pero que tienen en el corazón una ardiente fe acerca de esta obra de los últimos días; aman a la Iglesia, aman el Evangelio y aman al Señor, y desean hacer Su voluntad. Ellos pagan su diezmo, por modesto que éste sea; hacen tremendos sacrificios para poder ir al templo, viajando días enteros en autobuses incómodos y en botes viejos, además de ahorrar dinero y privarse de muchas cosas para lograrlo.

Ellos necesitan templos más cerca: templos pequeños, hermosos y prácticos.

Por lo tanto, aprovecho la oportunidad para anunciar a toda la Iglesia un programa para construir de inmediato treinta templos más pequeños. Ellos estarán situados en Europa, en Asia, en Australia, en Fiji, en México, en América Central, en América del Sur y en Africa, así como también en los Estados Unidos y en Canadá, y poseerán todas las comodidades necesarias para efectuar las ordenanzas de la Casa del Señor.

Este será un proyecto extraordinario. Nada, ni siquiera parecido, se había intentado antes. Esos templos se agregarán a los diecisiete edificios que se encuentran en vías de construcción en Inglaterra; España; Ecuador; Bolivia; la República Dominicana ; Brasil ; Colombia ; Billings, Montana; Houston, Texas; Boston, Massachusetts; White Plains, Nueva York; Albuquerque, Nuevo México y los templos pequeños de Anchorage, Alaska; Monticello, Utah y Colonia Juárez, México. Con eso se alcanzará un total de cuarenta y siente templos nuevos además de los cincuenta y uno que se encuentran en funcionamiento. Pienso que sería una buena idea que agregáramos dos más con el fin de llegar a los cien para el fin del siglo, dado que se cumplirán dos mil años “… desde la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo en la carne…” (D. y C. 20:1). En este programa estamos avanzando a una velocidad nunca vista antes.

En este momento no les voy a decir específicamente cuáles serán las ciudades. Se les notificará a los presidentes de estaca en cuanto se hayan conseguido los terrenos. Estoy seguro de que los miembros de la Iglesia van a preguntarse si algunos de esos templos se edificarán en su ciudad.

Si las ordenanzas del templo son parte esencial del Evangelio restaurado, y yo les testifico que sí lo son, es entonces imprescindible que proporcionemos los medios para que puedan llevarse a cabo. Todo nuestro vasto esfuerzo de historia familiar está orientado hacia la obra del templo, y no tiene ningún otro propósito. Las ordenanzas del templo se convierten en las bendiciones supremas que la Iglesia tiene para ofrecer.

Sólo puedo agregar que, cuando esos treinta o treinta y dos templos se edifiquen, habrá más que les seguirán.

Que Dios bendiga a los fieles Santos de los Últimos Días; que a medida que vivan los mandamientos sean bendecidos; que todos seamos honrados e incluso generosos en el pago del diezmo y las ofrendas, y que las ventanas de los cielos se abran y las bendiciones se derramen sobre nosotros como pueblo a medida que andemos delante del Señor con valentía y con fe a fin de llevar a cabo Su eterna obra.

Me sentí profundamente conmovido por el discurso que pronunció el hermano Ronald Poelman acerca del diezmo. Él y yo vivíamos en el mismo barrio cuando éramos pequeños; teníamos el mismo obispo. Cuando éramos niños, pagábamos una pequeña cantidad de diezmo y yo les puedo testificar que el Señor nos ha bendecido a lo largo de los años. Puedo visualizar a su querida madre arrodillándose con su familia y suplicar al Señor, y agradecerle el gran privilegio que tenían de aportar de sus escasos bienes en obediencia a Su mandamiento.

Que haya paz, armonía y amor en nuestro hogar y en nuestra familia. Que el testimonio de la verdad viviente y sagrada de esta gran obra se refleje en nuestra vida. Que todos juntos nos regocijemos en alabanzas a Él, de quien provienen todas las bendiciones, nuestro glorioso Líder y gran Redentor.

Esa es mi humilde oración, mis queridos hermanos y hermanas, al concluir esta gran, significativa e histórica conferencia. Que Dios nos ayude a ser Santos de los Últimos Días en la expresión más excelsa de la palabra; es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Cómo eliminar las barreras que nos separan de la felicidad

Conferencia General Abril 1998
Cómo eliminar las barreras que nos separan de la felicidad
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Elder Richard G. Scott

“El aprecio por un patrimonio étnico, cultural o nacional puede ser muy bueno y beneficioso, pero también puede perpetuar costumbres que un devoto Santo de los Últimos Días debe dejar de lado”.

Al preparar este mensaje, he orado fervientemente para poder comunicarlo con toda la claridad y eficiencia de que soy capaz. Es esencial que se me entienda por medio del Espíritu a fin de que no me malentiendan precisamente aquellos a quienes quiero ayudar.

El mundo se divide cada vez más en grupos de personas que se esfuerzan por preservar su patrimonio étnico, cultural o nacional; esos esfuerzos están motivados generalmente por un aprecio sincero por lo que han hecho los antepasados, muchas veces en las circunstancias más penosas. El aprecio por un patrimonio étnico, cultural o nacional puede ser muy bueno y beneficioso, pero también puede perpetuar costumbres que un devoto Santo de los Últimos Días debe dejar de lado.

Como lo que deseo decir es asunto delicado, y, para que no haya malentendidos, te pido que pienses que tú y yo estamos solos en un lugar tranquilo; imagina que hay entre nosotros profundos lazos de amistad y una relación de confianza que se presta a la comunicación sincera. Supongamos que me has preguntado cómo puedes obtener mayor beneficio de tu condición de miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sé que eres una persona de firme fe y convicción. Sé también que valoras intensamente tu singular patrimonio cultural; hay hilos de ese patrimonio que forman parte de las mismas fibras de tu ser; has recibido de él gran beneficio y tienes el deseo de hundir tus raíces profundamente en su suelo y de que tus hijos y nietos se beneficien también. No obstante, veo que algunos elementos de esas costumbres podrían estar en conflicto con las enseñanzas de Jesucristo y acarrearte desilusión o dificultades. Como amigo, deseo ayudarte a percibir esa posibilidad sin ofenderte ni de ninguna manera restar valor a las preciadas partes de tu patrimonio que deben preservarse y servir de base para mejorar.

Cuando tú aceptaste las enseñanzas de Jesucristo y Su plan de felicidad, recibiste el bautismo y 1a confirmación para ser un miembro de Su reino aquí en la tierra; tomaste sobre ti Su nombre; te comprometiste a ser obediente a Sus enseñanzas y a hacer en tu vida cualquier cambio necesario para cumplir con ellas. Para obtener la plenitud de gozo, es preciso que recibas las ordenanzas del templo. El seguir esas pautas te brindará la mayor felicidad aquí en la tierra y a través de las eternidades. Para casi todas las personas, la conversión a la Iglesia exige un cambio fundamental en la manera de vivir. Si la Palabra de Sabiduría no se ha guardado, esto debe rectificarse; si ha habido una violación de la ley de castidad, debe haber arrepentimiento de ello. Nadie que entienda verdaderamente la importancia de ser miembro de la Iglesia tiene vacilación alguna en hacer esos cambios a fin de recibir las bendiciones de ser un miembro digno de Su reino. Además, hay otras cosas que quizás no sean tan obvias y que también deben abandonarse para disfrutar al máximo la felicidad de ser miembro de Su reino. Seguir leyendo

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El puente que nos lleva de la incertidumbre a la certidumbre

Conferencia General Abril 1998
El puente que nos lleva de la incertidumbre a la certidumbre
Élder Richard E. Turley, Sr.
De los Setenta

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“Esta prodigiosa restauración ha provisto de aquello que necesitamos para reconocer las filosofías y los estilos de vida erróneos que…no complacen a nuestro Padre Celestial”.

Hace unos diez años, mi esposa y yo dedicamos casi todo un domingo a ser anfitriones de un estudiante graduado de la Universidad de Harvard; el joven había venido a Salt Lake City para cerciorarse de que la Iglesia era “algo real”. Sus padres, que vivían en el estado de New England, le dijeron que habían recibido las charlas misionales y que planeaban bautizarse; y el muchacho les había pedido que esperaran hasta que él llegara a Salt Lake City. Al llegar y participar del recorrido por la Manzana del Templo y otras propiedades de la Iglesia, expresó el deseo de hablar con alguien que tuviera, entre otros, conocimientos científicos y técnicos. Se sugirió mi nombre y, subsecuentemente, recibí una llamada telefónica.

En esa época, teníamos un horario ajustado y el único día que podíamos atenderlo era en domingo. Le dijimos que si deseaba ver lo que era la vida mormona, estaríamos complacidos de que pasara el día con nosotros. Tuvimos una jornada interesante y gozosa con el joven: en ese día lo llevamos a dos reuniones sacramentales, una en la que discursaron uno de nuestros hijos y su esposa; y la otra en la que nosotros éramos los oradores. Al entrar en el edificio en el que llevaríamos a cabo nuestra asignación, nos encontramos con el obispo, quien rápidamente nos llevó a su oficina para participar de una reunión de oración, y todos, incluso nuestro joven amigo, nos arrodillamos alrededor del escritorio del obispo, el cual ofreció una humilde y espontánea oración.

Desde la oficina del obispo entramos en la capilla. Presentamos nuestro huésped a un matrimonio joven y él se sentó a su lado durante la reunión. Mi esposa y yo hablamos sobre el Libro de Mormón, lo que fue algo ideal, en especial para el joven, pues se le había desafiado a leer el Libro de Mormón.

Después de la reunión, lo llevamos a nuestra casa, en donde mi esposa sirvió una de sus deliciosas cenas. Durante el resto del tiempo, compartimos con él nuestro testimonio del Libro de Mormón, de Jesucristo y de la restauración de Su Iglesia. Al día siguiente, el muchacho regresó a Boston.

Más tarde, tuvimos la oportunidad de hablar con sus padres. Él les había informado que, en efecto, la Iglesia Mormona era “algo real” también les había mencionado que, por medio de su estudio del Libro de Mormón, había podido desechar las dudas que tenía acerca de Jesucristo.

Comprendimos que el joven afirmaba ser agnóstico, lo que significaba que, para él, era imposible saber acerca de la naturaleza o de la existencia de Dios excepto que fuera por una experiencia directa. Afortunadamente, la visita que hizo a Salt Lake City le otorgó una experiencia directa y la oportunidad de observar un día en la vida de una familia que pertenecía a la Iglesia; sin embargo, no podía llegar a la conclusión de que Jesús es el Cristo sólo a través de sus observaciones.

Al finalizar la lectura del Libro de Mormón, habría encontrado la clave más importante que se requiere para saber si el Libro de Mormón es verdadero, para saber si Jesús es el Cristo, o no; y, de hecho, habría descubierto la clave primordial que se requiere para conocer la verdad de todas las cosas. Moroni declaró en su capítulo final: “… y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).

Con los años, me he dado cuenta de que es mediante el poder del Espíritu Santo que podemos edificar un puente que nos lleve desde la incertidumbre hasta la certidumbre, lo que explica por qué Jesús dijo lo que dijo a Pedro en Cesarea de Filipo. Jesús preguntó a Sus discípulos: “… ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15).

Y Pedro respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).

A esto Jesús contestó:

“Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:17).

En otras palabras, el Padre le reveló a Pedro, tal como Él puede revelarlo a nosotros, por medio del poder del Espíritu Santo, que Jesús de Nazaret, Su Hijo más amado y obediente, en verdad fue y es el largamente esperado Mesías que había sido predicho por todos Sus profetas desde el principio del mundo.

Al reflexionar sobre este joven de Boston, también he pensado en los muchos otros jóvenes que están buscando, pero que no saben cómo encontrar las respuestas a las muchas preguntas de la vida. La juventud no vive en un vacío y, como todos nosotros, es susceptible a lo que el apóstol Pablo denominó: “todo viento de doctrina”. Permítanme leer de la epístola que Pablo escribió a los efesios, en la que explica por qué el Señor nos ha dado apóstoles, profetas y otros líderes y maestros inspirados: “… para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:1 114).

¡Cuán agradecido me siento por los profetas antiguos y modernos!, que nos ayudan a darnos cuenta de los que engañan con astucia.

El profeta Isaías contempló nuestra época en una visión, en la cual el Señor: “… [excitaría] la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos” (Isaías 29:14).

Esta prodigiosa restauración ha provisto de aquello que necesitamos para reconocer las filosofías y los estilos de vida erróneos que, aunque sean aceptables política y socialmente, no complacen a nuestro Padre Celestial. Si por seguir el desafío de Moroni un agnóstico creyó, también otras personas pueden llegar a entender por qué existe la tierra. En el registro restaurado de Moisés, el Señor responde a nuestra pregunta acerca del propósito de esta tierra:

“Y sucedió que Moisés imploró a Dios, diciendo: Te ruego que me digas ¿por qué son estas cosas así, y por qué medio las hiciste?
“… Y Dios el Señor le dijo a Moisés: Para mi propio fin he hecho estas cosas…
“Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:30-31, 39).

Abundan las filosofías que menosprecian el lugar del hombre en la tierra. En el registro de Moisés, aun él creyó, después de haber presenciado las creaciones de Dios, que el hombre no es nada; pero Dios le aclaró que el hombre es todo.

Otro ejemplo y fuente que debe considerarse es la proclamación sobre la familia, la que la Primera Presidencia emitió en 1995, y que define muy claramente los objetivos y las expectativas que tiene Dios con respecto al género humano.

Mientras las naciones de la tierra gastan miles de millones cada año tratando de descubrir más acerca del origen y del objetivo de la tierra y de su galaxia, la respuesta se encuentra aquí. Se creó la tierra para el ser humano con el fin de ayudarnos a ganar “la inmortalidad y la vida eterna”. Sin duda, los detalles de la Creación son interesantes; pero lo más importante que hay en la lista de prioridades es la necesidad de aprender más acerca de nuestro Creador y de aceptar Su invitación de seguirle para que nosotros también alcancemos todo nuestro potencial.

El Espíritu nos ayudará en nuestro intento de edificar un puente que nos lleve de la incertidumbre a la certidumbre. Jesucristo es nuestra luz (véase 3 Nefi 18:24). Sigamos esa radiante Luz e invitemos a los demás a hacer lo mismo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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La obediencia, el gran desafío de la vida

Conferencia General Abril 1998
La obediencia, el gran desafío de la vida
Élder Donald L. Staheli
De los Setenta

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“El Señor reconoce que muchos de nosotros somos propensos a apartarnos de Sus consejos cuando todo nos sale bien, pero cuando nos llegan los problemas procuramos Su ayuda y Sus bendiciones”.

Hermanos y hermanas, me siento humilde y agradecido por este llamamiento de presentarme ante ustedes hoy. He sido bendecido con una esposa y una familia maravillosas. Me siento fortalecido por el sostenimiento de las Autoridades con quienes ahora tengo la bendición de servir; pero de mayor importancia aún, aprecio mi testimonio y mi relación con mi Salvador; doy mi testimonio personal de que Él vive y que dirige Su Iglesia por medio de nuestro amado profeta y presidente, Gordon B. Hinckley.

El paso que dí el año anterior, desde el mundo de los negocios al de tratar de ser un siervo fiel de jornada completa para nuestro Padre Celestial y un testigo especial de Jesucristo, ha sido una experiencia muy tierna para mí. Me ha hecho más sensible a la responsabilidad, a las bendiciones y a las oportunidades que el Evangelio nos proporciona a cada uno de nosotros, si obedecemos sus principios.

En varias ocasiones, el presidente Boyd K. Packer ha declarado que “todos tenemos derecho a la inspiración y dirección del Espíritu Santo”, y luego añade: “Vivimos muy por debajo de nuestros privilegios”. Al meditar en cuanto al razonamiento de esta declaración, es evidente que muchos de nosotros estamos perdiendo algunas oportunidades y bendiciones espirituales al permitir que “las cosas que deberían ser más importantes en la vida queden a merced de las que importan menos”.

Si a cualquiera de nosotros se le preguntara qué es lo más importante en la vida, la mayoría respondería sin demora: nuestras familias y las oportunidades que el Evangelio nos brinda de ser familias celestiales, de estar “juntos para siempre”. Sin embargo, las presiones de la vida cotidiana con frecuencia y en forma subrepticia nos apartan de ese proyecto que con tanto orgullo proclamamos; y, en el proceso, las prioridades que realmente debieran importarnos más quedan supeditadas a las que, aunque en el momento parezcan ser importantes, carecen de trascendencia en cuanto a nuestro objetivo a largo plazo. En muchos casos, las tentaciones y las presiones para lograr lo que es menos trascendente nos conducen por los senderos equivocados de la vida. Seguir leyendo

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El albedrío y la ira

Conferencia general Abril 1998
El albedrío y la ira
Elder Lynn Grant Robbins
De los Setenta

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“Una parte de la astucia de esta estrategia [de Satanás] es separar la ira del albedrío, haciéndonos creer que somos víctimas de una emoción que no podemos controlar”.

“Una familia Dios me dio; la amo de verdad”. Ésa es la esperanza de todo niño expresada en las palabras de uno de nuestros himnos (Himnos, Nº 195; cursiva agregada).

En la Proclamación sobre la familia aprendemos que “la familia es la parte central del plan del Creador…” y que “el esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro…” y “… la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud…” (La familia: Una proclamación para el mundo, Liahona, junio de 1996, págs. 10-11).

La familia también es el objetivo principal de Satanás, quien está haciéndole la guerra. Uno de sus planes astutos e ingeniosos es filtrarse detrás de las líneas enemigas y llegar a nuestro hogar y a nuestra vida.

Él daña y a menudo destruye a la familia dentro de las paredes de su propio hogar; su estrategia es incitar a la ira a los miembros de la familia entre sí. Satanás es el “padre de la contención y él irrita el corazón de los hombres, para que contiendan con ira, unos con otros” (3 Nefi 11:29; cursiva agregada). El verbo “irritar” se podría poner en una receta para un desastre: Haga calentar los ánimos, mézclelos con palabras bruscas hasta que empiecen a hervir; siga revolviendo hasta que adquieran consistencia; enfríelos; deje enfriar los sentimientos durante varios días; sírvalo helado; tiene para rato. Seguir leyendo

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He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren

Conferencia General Abril 1998
“He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren”
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Robert D. Hales

“No podemos esperar que habremos de aprender o ser perseverantes en años venideros si hoy en día estamos desarrollando el hábito de darnos por vencidos cuando las cosas se tornan difíciles”.

Las Escrituras nos dicen que es esencial perseverar hasta el fin. “Por tanto, si sois obedientes a los mandamientos, y perseveráis hasta el fin, seréis salvos en el postrer día. Y así es” (1 Nefi 22:31).

“Sé paciente en las aflicciones, porque tendrás muchas; pero sopórtalas, pues he aquí, estoy contigo hasta el fin de tus días” (D. y C. 24:8).

“He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren” (Santiago 5:11).

Los profetas de todas las épocas nos enseñan verdaderos ejemplos de fe al demostrar su valentía mientras soportan problemas y tribulaciones para poder cumplir la voluntad de Dios. El ejemplo más grande proviene de la vida de nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo. Mientras sufría en la cruz sobre el Calvario, sintió la soledad del albedrío cuando suplicó a Su Padre Celestial: “¿Por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). El Salvador del mundo fue dejado solo por Su Padre para que llevara a cabo, por propia voluntad y decisión, un acto de albedrío que le permitió completar Su misión expiatoria.

Jesús sabía bien quién era Él: el Hijo de Dios; sabía cuál era su propósito: llevar a cabo la voluntad del Padre mediante la Expiación; su perspectiva era eterna: “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

El Señor bien podría haber llamado a legiones de ángeles para que lo rescataran de la cruz, pero con fidelidad perseveró hasta el fin y completó el propósito para el cual había sido enviado a la tierra, confiriendo así bendiciones eternas a todos aquellos que habrían de experimentar la vida terrenal.

Me emociona profundamente que, cada vez que el Padre presentaba a Su Hijo a los profetas de todas las dispensaciones, declaraba: “Este es mi hijo amado, en el cual tengo complacencia” (2 Pedro 1:17), o “He aquí a mi hijo amado… en quien he glorificado mi nombre” (3 Nefi 11:7)

En nuestra dispensación, el profeta José Smith soportó toda clase de oposición y aflicciones para llevar a cabo el deseo de nuestro Padre Celestial: la restauración de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. José fue atormentado y perseguido por multitudes enfurecidas; con paciencia soportó la pobreza, las acusaciones ofensivas y los actos desconsiderados; su gente fue forzada a escapar de una población a otra y de un estado a otro; lo cubrieron de brea y de plumas; lo acusaron falsamente y lo encarcelaron.

Hallándose en la prisión de Liberty, en Misuri, abrumado con sentimientos de profunda emoción al ver que sus propias tribulaciones y los problemas que sufrían los santos parecían ser interminables, José oró diciendo: “Oh Dios, ¿en dónde estás? Sí, oh Señor, ¿hasta cuándo sufrirán estas injurias y opresiones ilícitas, antes que tu corazón se ablande y tus entrañas se llenen de compasión por ellos?” (D y C 121:1, 3).

Y entonces le fue dicho: “Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento” (D. y C. 121:7).

José sabía que si llegaba a detenerse en esta gran obra, sus tribulaciones terrenales probablemente se calmarían; pero no podía hacer eso porque sabía bien quién era él, sabia porque propósito había sido enviado a la tierra, y quería obedecer la voluntad de Dios.

Los pioneros que abandonaron sus hogares en Nauvoo, Illinois y en otros lugares para atravesar las grandes llanuras y establecerse en el Valle del Lago Salado, sabían quiénes eran: eran miembros de la Iglesia del Señor recién restaurada en la tierra. Sabían que su propósito y su objetivo no solamente era encontrar Sión sino establecerla. Y porque lo sabían, estaban dispuestos a soportar toda clase de dificultades para realizarlo. Seguir leyendo

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La Sociedad de Socorro

Conferencia General Abril 1998

La Sociedad de Socorro

Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce

“Hermanas, deben abandonar la idea de que sólo asisten a la Sociedad de Socorro y captar el sentimiento de que pertenecen a ella”.


Tengo el propósito de dar incondicional encomio y apoyo a la Sociedad de Socorro, de instar a todas las mujeres a unirse a ella y asistir a sus reuniones; y a los líderes del sacerdocio, de todos los oficios, a hacer cuanto esté de su parte para que la Sociedad de Socorro florezca.

La Sociedad de Socorro fue organizada por profetas y apóstoles que actuaron por inspiración divina, y de ellos recibió su nombre. Cuenta con una historia ilustre y siempre ha dispensado ánimo y sustento a los necesitados.

La tierna mano de la mujer brinda un toque sanador y un ánimo que la mano del hombre, por más nobles que sean sus intenciones, jamás podría imitar.

La Sociedad de Socorro inspira a la mujer y le enseña cómo adornar su vida con aquellas cosas que ella necesite: cosas que sean “bellas, o de buena reputación, o dignas de alabanza” (1). La Primera Presidencia ha instado a las mujeres a participar activamente “puesto que en la obra de la Sociedad de Socorro hay valores intelectuales, culturales y espirituales que no se pueden encontrar en ninguna otra organización y que son suficientes para satisfacer las necesidades de todos sus miembros” (2) .

La Sociedad de Socorro guía a las madres para que encaminen a sus hijas y para que cultiven en su marido, en sus hijos y en sus hermanos la cortesía, el valor y todas las virtudes que son esenciales en un hombre digno. El progreso de la Sociedad de Socorro es tan valioso para los hambres y para los jóvenes como lo es para las mujeres y para las jovencitas.

Hace algunos años, mi esposa y yo nos encontrábamos en Checoslovaquia, en ese entonces una de las naciones detrás de la Cortina de Hierro. En aquella época no era fácil obtener visado, y tuvimos que tener mucho cuidado de no poner en riesgo la seguridad y el bienestar de nuestros miembros, que durante mucho tiempo habían luchado por mantener viva su fe en condiciones de opresión indescriptibles.

La reunión más memorable que tuvimos fue en una habitación del piso superior, a persianas cerradas. Aun cuando era de noche, las personas que asistieron llegaron a horas diferentes y de distintas direcciones, a fin de no llamar demasiado la atención.

Había presentes doce hermanas. Cantamos los himnos de Sión de antiguos himnarios-sin música- que habían sido impresos cincuenta años antes, y la lección de Vida Espiritual fue reverentemente enseñada de un manual hecho a mano. Las pocas páginas de materiales de la Iglesia que pudimos entregarles fueron escritas a máquina por las noches, doce copias en papel carbón a la vez, a fin de distribuirlas de la mejor manera posible entre los miembros.

A aquellas hermanas les dije que pertenecían a la más grande y, en todos los sentidos, la más grandiosa de todas las organizaciones de mujeres del mundo; y luego cité las palabras del profeta José Smith cuando fue organizada la Sociedad de Socorro: “Doy vuelta la llave en nombre de todas las mujeres”.

Esta sociedad está organizada “de acuerdo con vuestra naturaleza… Ahora os halláis en posición tal que podéis obrar de acuerdo con la compasión [que hay dentro de vosotras]…

“Si cumplís con estos privilegios, no se podrá impedir que os relacionéis con los ángeles… Seguir leyendo

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El testimonio

Conferencia General Abril 1998
El testimonio
Presidente Gordon B. Hinckley

“Este elemento al que llamamos testimonio es la gran fortaleza de la Iglesia. Es el manantial donde se originan la fe y la actividad; es difícil de explicar y no se puede medir… y, sin embargo, es tan real y potente como cualquier otra fuerza de la tierra”.

A hora, mis queridos amigos, ruego por la guía del Espíritu Santo. Ya han transcurrido tres años desde que ustedes me sostuvieron como Presidente de la Iglesia. ¿Me permiten decir algo de naturaleza personal? Desde lo más hondo de mi corazón les agradezco su amor, su apoyo, sus oraciones, su fe. Ya no soy un joven lleno de energía y vitalidad; ¡soy un viejo que está tratando de alcanzar al hermano Haight!, dado a la meditación y a la oración. Disfrutaría de sentarme en una mecedora, de tomar medicinas, de escuchar música suave y de contemplar los misterios del universo; pero esa conducta no ofrece incentivos ni efectúa contribuciones.

Deseo estar activo y trabajar; quiero enfrentar cada día con resolución y propósito; quiero emplear todas mis horas activas en dar ánimo, en bendecir a los que soportan cargas pesadas, en aumentar la fe y fortalecer el testimonio. Gracias a la bondad de un amigo generoso, en los últimos tres años se me ha permitido recorrer la tierra y visitar a la gente de un sinfín de naciones. Ha habido miles y decenas de miles de personas congregadas; en un lugar había más de doscientos autobuses que habían transportado a los asistentes al estadio.

He estado entre los ricos, pero más que nada entre los pobres: los pobres de la tierra y los pobres de la Iglesia. Algunos tienen los ojos de una forma diferente que los míos y la piel de distinto color, pero esas diferencias desaparecen y pierden todo significado cuando estoy entre ellos. Ante mis ojos, todos son hijos de nuestro Padre con un patrimonio divino; aunque hablemos idiomas diferentes, todos entendemos la lengua común de la hermandad.

Es cansador viajar tan lejos para visitarlos; pero es difícil dejarlos después de haber estado con ellos. En todo lugar adonde vamos, la visita es breve y se organiza una reunión en medio de nuestras reuniones. Quisiera poder quedarme más tiempo. Al finalizar la reunión, espontáneamente cantamos “Para siempre Dios esté con vos” (Himnos, N° 89); aparecen los pañuelos blancos para secar las lágrimas, y luego se agitan en señal cariñosa de despedida. Hace poco, tuvimos once reuniones numerosas en diversas ciudades de México en un término de sólo siete días.

La presencia de esa gente maravillosa es lo que me estimula la adrenalina; es la expresión de amor de sus ojos lo que me da energías.

Podría pasar día tras día en mi oficina, año tras año, resolviendo montañas de problemas, muchos de ellos de escasa importancia; pero, aunque paso mucho tiempo en ella, siento que tengo una misión más grande, una responsabilidad aún mayor de salir para estar entre la gente. Esos miles de personas, cientos de miles, millones ahora, todos tienen algo en común: tienen un testimonio personal de que ésta es la obra del Todopoderoso, nuestro Padre Celestial; que Jesús, el Señor, que murió en el Calvario y resucitó, vive y es un Ser real y distinto, con personalidad individual; que ésta es la obra de Ellos, restaurada en esta última y maravillosa dispensación de los tiempos; que el antiguo sacerdocio ha sido restaurado con todas sus llaves y sus poderes; que el Libro de Mormón ha hablado desde el polvo como testimonio del Redentor del mundo.

Este elemento al que llamamos testimonio es la gran fortaleza de la Iglesia. Es el manantial donde se originan la fe y la actividad; es difícil de explicar y no se puede medir; es algo indescriptible y misterioso, y, sin embargo, es tan real y potente como cualquier otra fuerza de la tierra. El Señor lo describió cuando le dijo a Nicodemo: “El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8). Eso, que llamamos testimonio, es difícil de definir, pero sus frutos son claramente evidentes. Es el Santo Espíritu que testifica a través de nosotros.

El testimonio personal es el factor que hace que la gente cambie SU modo de vivir al integrarse a esta Iglesia; es el elemento que motiva a los miembros a abandonarlo todo para estar al servicio del Señor; es la voz apacible y alentadora que sostiene incesantemente a los que andan por la fe hasta el último día de su vida.

Es algo misterioso y maravilloso, un don de Dios al hombre. Supera a la riqueza o la pobreza cuando se nos llama a servir. Este testimonio que nuestra gente lleva en el corazón es una fuerza motivadora para el cumplimiento del deber. Se encuentra tanto en los jóvenes como en los viejos; se encuentra en el estudiante de seminario, en el misionero, en el obispo y en el presidente de estaca, en el presidente de misión, en la hermana de la Sociedad de Socorro y en toda Autoridad General; se escucha también de labios de los que no tienen otra asignación que la de ser miembros. Está en los cimientos mismos de esta obra del Señor, y es lo que la impulsa a través del mundo. Nos motiva a la acción, nos exige que hagamos lo que se nos pida. Nos da la seguridad de que la vida tiene propósito, de que hay cosas que tienen mucho más importancia que otras, de que estamos en una jornada eterna, de que somos responsables ante Dios. Seguir leyendo

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Para que seamos uno

Conferencia General Abril 1998

Para que seamos uno

Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Salvador del mundo se refirió a esa unión y a lo que debemos hacer para cambiar nuestras cualidades naturales para lograrla”.


Jesucristo, el Salvador del mundo, dijo a aquellos que habrían de ser parte de Su Iglesia: “Sed uno; y si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27). Cuando el hombre y la mujer fueron creados, ¡la unión matrimonial no les fue dada como una esperanza, sino como un mandamiento! “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). Nuestro Padre Celestial quiere que nuestros corazones estén entretejidos en uno solo. Tal unión en el amor no es simplemente un ideal, sino una necesidad.

El requisito de que seamos uno no es sólo para esta vida; es algo que no tiene final. El primer matrimonio fue llevado a cabo por Dios en el jardín cuando Adán y Eva eran todavía inmortales. Desde el principio confirió al hombre y a la mujer el deseo de unirse para siempre como marido y mujer, y vivir en familia con perfecta e íntegra unión. Él plantó en Sus hijos el deseo de vivir en paz con todos a su alrededor.

Pero a raíz de la Caída, se hizo evidente que vivir en unión no iba a ser fácil. La tragedia no tardó en manifestarse y Caín mató a Abel, su hermano. Los hijos de Adán y Eva quedaron sujetos a las tentaciones de Satanás, quien con habilidad, odio y astucia persigue su objetivo, que es todo lo opuesto al propósito de nuestro Padre Celestial y del Salvador. Ellos nos darían una unión perfecta y la felicidad eterna. Satanás, su enemigo y el nuestro, ha conocido el plan de salvación desde antes de la Creación y sabe que la familia, esa asociación sagrada y gozosa, sólo puede perdurar en la vida eterna. Satanás desea separarnos de nuestros seres queridos y causarnos dolor. Es él quien planta las semillas de la discordia en el corazón de los hombres con la esperanza de que nos dividamos y nos separemos.

Todos hemos podido sentir tanto los efectos de la unión como de la separación. A veces en nuestra propia familia y quizás en otras situaciones hayamos apreciado la vida de una persona que, con amor y sacrificio, pone los intereses de otra por encima de los suyos. Y todos hemos podido experimentar algo de la tristeza y la soledad que causan la separación y el aislamiento. No necesitamos que se nos diga lo que debernos preferir. Lo sabemos bien. Pero necesitamos tener la esperanza de poder experimentar esa unión en esta vida y hacernos merecedores de disfrutarla para siempre en el mundo venidero. Y necesitamos saber cómo habremos de recibir esa bendición a fin de que sepamos lo que tenemos que hacer.

El Salvador del mundo se refirió a esa unión y a lo que debemos hacer para cambiar nuestras cualidades naturales para lograrla. Él lo enseñó con claridad mediante la oración que ofreció durante Su Última reunión con Sus Apóstoles antes de morir. Esa magnífica oración celestial se encuentra en el libro de Juan. El Señor estaba a punto de llevar a cabo el terrible sacrificio por todos nosotros que haría posible la vida eterna. Se acercaba el momento de dejar a los Apóstoles, a quienes había ordenado, a quienes amaba y con quienes iba a dejar las llaves para que dirigieran Su Iglesia. Entonces oró a Su Padre: el Hijo perfecto al Padre perfecto. En Sus palabras podemos ver la forma en la que las familias habían de ser una, tal como todos los hijos de nuestro Padre Celestial que sigan al Salvador y a Sus siervos: Seguir leyendo

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Venid a Cristo

Conferencia General Abril 1998

Venid a Cristo

Hermana Margaret D. Nadauld
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

“Queremos venir a Cristo porque sólo en Él y por medio de Él podemos regresar al Padre”


En esta época de la Pascua de Resurrección, y siempre, nos regocijamos en la invitación más significativa que se haya extendido al género humano: la de venir a Cristo. Y todos estamos invitados. Las Escrituras están repletas de esa gloriosa invitación, que se resume tan hermosamente en el himno:

Venid a Cristo, de toda tierra
y de lejanas islas del mar.
A todos llama Su voz divina:
“Venid a mí a morar”
(“Venid a Cristo”, Himnos, N° 60).

Él extiende esa generosa invitación simplemente porque nos ama y porque sabe que lo necesitamos. Él puede ayudarnos y sanarnos; Él nos comprende como resultado de Sus propias experiencias: “Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases… a fin de que… sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7: 12). Queremos venir a Cristo porque sólo en Él y por medio de Él podemos regresar al Padre.

Hace muchos años sucedió algo que siempre he recordado porque me hizo pensar en la misión del Salvador. Aunque fue un incidente infantil, guarda cierto significado. Sucedió cuando nuestros gemelos tenían apenas cinco años de edad y estaban aprendiendo a andar en bicicleta. Al observarlos por la ventana, vi que iban por la calle a toda velocidad; tal vez demasiado rápido, considerando el nivel de experiencia que tenían, porque de pronto, Adam chocó estrepitosamente. Quedó prensado en los restos de la bicicleta y lo único que yo alcanzaba a divisar era una masa retorcida de manubrios, neumáticos, brazos y piernas. Aarón, su hermanito pequeño, vio lo que pasó y de inmediato se detuvo y se bajó de la bicicleta, dejándola tirada para ir corriendo a ayudar a su hermano, al que tanto quería. Esos gemelitos realmente eran uno de corazón; si a uno le dolía algo, al otro también; si a uno le hacían cosquillas, ambos se reían; si uno empezaba a decir algo, el otro terminaba la frase; lo que sentía uno, también lo sentía el otro. De modo que a Aarón le dolió ver a su hermano chocar. Adam quedó hecho un desastre; se había raspado las rodillas, estaba sangrando de una herida en la cabeza, se sentía humillado y estaba llorando. Con la delicadeza propia de un niño de cinco años, Aarón ayudó a su hermano a salir de entre la retorcida bicicleta, le examinó las heridas y después hizo algo muy tierno. Levantó a su hermano y lo llevó en brazos hasta la casa, o por lo menos lo intentó. No fue fácil porque eran del mismo tamaño, pero lo intentó. Con grandes esfuerzos luchaba para levantarlo, y arrastrándolo y sosteniéndolo en brazos a medias, finalmente llegaron a la entrada de la casa. Para ese entonces, Adam, el que estaba herido, había dejado de llorar, pero Aarón, el que lo había rescatado, ahora lloraba. Cuando se le preguntó: “¿Por qué lloras, Aarón?”, él simplemente contestó, “Porque Adam está lastimado”. Por eso lo había llevado a casa, a alguien que supiera qué hacer; alguien que le limpiara y le vendara las heridas y lo ayudara a sentirse mejor. Lo había llevado a casa a recibir amor. Seguir leyendo

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Los niños y la familia

Conferencia General Abril 1998
Los niños y la familia
Élder W. Eugene Hansen
De la Presidencia de los Setenta

W. Eugene Hansen

“Las relaciones familiares sólidas no se edifican de un día para el otro; llevan tiempo; se requiere un compromiso; se requiere oración y dedicación”.

A medida que leemos las Escrituras, es evidente el amor que el Señor tiene por los niños, por lo que es fácil entender que: “Herencia de Jehová son los hijos” (Salmos 127:3).

En el Nuevo Testamento, el Señor hizo clara la gravedad de cualquiera que causara daño u ofensa a “éstos pequeños”, tal como se registra en Mateo: “… mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

Una de las escenas más emocionantes que se registra en el Libro de Mormón, el cual es otro testamento de Jesucristo, ocurrió cuando el Señor resucitado apareció al pueblo nefita que habitaba en el hemisferio occidental en la época del Salvador. Durante esa visita, el ministró con gran ternura a los niños pequeños.

Leemos que, al pararse en medio de la multitud, mandó a la gente que trajese a sus niños pequeños, y Él se arrodilló en medio y oró al Padre por ellos. Las palabras que habló fueron tan sagradas que no pudieron ser escritas; y lloró y tomó a los niños uno por uno y los bendijo.

Al levantar la vista al cielo, la multitud vio los cielos abrirse: aparecieron ángeles y descendieron. Los niños fueron rodeados de fuego, y ángeles les ministraron.

Al reconocer el amor que el Señor tiene por los niños pequeños, no es de sorprender que aquellos que hoy representan al Señor en la tierra hayan hablado franca y convincentemente sobre las responsabilidades que tienen los padres hacia sus hijos.

Me refiero ahora al documento emitido por la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles intitulado “La familia: Una proclamación para el mundo”. De ese documento, leemos:

“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos… Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, de enseñarles a amar y a servirse el uno al otro, de guardar los mandamientos de Dios y de ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan. Los esposos y las esposas, madres y padres, serán responsables ante Dios del cumplimiento de estas obligaciones” (Liahona, junio de 1996, págs. 10-l l).

Esas son palabras educativas, en particular ante los ataques continuos del adversario en contra de los valores tradicionales y ante el impacto que tienen en la familia. Es obvio que se necesita hacer mucho para revertir la tendencia que continúa poniendo en peligro a la familia.

En la desesperación, la sociedad se vuelca a lo secular: se organizan programas sociales, se involucra a agencias del gobierno para proveer de programas y de fondos públicos con la intención de cambiar las tendencias destructivas. A pesar de que se observan éxitos fugaces, la tendencia general permanece alarman te. Sostengo que un cambio real y duradero sólo ocurrirá cuando regresemos a nuestras raíces espirituales; debemos escuchar el consejo de los profetas.

Me refiero otra vez a la proclamación sobre la familia, una revelación moderna: “La familia es ordenada por Dios… Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad completa. Hay más posibilidades de lograr la felicidad en la vida familiar cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes. Por designio divino, el padre debe presidir sobre la familia con amor y rectitud y tiene la responsabilidad de protegerla y de proveerle las cosas necesarias de la vida. La responsabilidad primordial de la madre es criar a los hijos. En estas responsabilidades sagradas, el padre y la madre, como iguales, están obligados a ayudarse mutuamente. Las incapacidades físicas, la muerte u otras circunstancias pueden requerir una adaptación individual. Otros familiares deben ayudar cuando sea necesario”.

Mientras meditamos en esas inspiradas palabras de la revelación moderna, me doy cuenta de la bendición que representa el haber sido criado en un buen hogar, en el que los padres se preocupaban más por los hijos que Dios les había dado que por adquirir fama o posesiones materiales.

Yo era el segundo hijo de nuestra familia de ocho hijos, vivíamos en una pequeña granja, en el norte de Utah. El dinero escaseaba, por lo que tuve la bendición de la necesidad de trabajar a una temprana edad; de hecho, nuestros limitados ingresos requerían que todos los hijos fueran frugales y que contribuyeran al éxito financiero de la familia tan pronto como tuvieran la edad suficiente. En cuanto a la holgazanería, mi padre siempre decía: “No hay nadie tan aburrido como el holgazán, porque no puede detenerse y descansar”.

Aunque los tiempos han cambiado, los principios permanecen inamovibles: los padres de hoy tienen que brindar a cada uno de sus hijos oportunidades para colaborar con el bienestar de la familia. En tal familia, los hijos serán más felices y habrá un espíritu de amor y de unidad en el hogar.

En esa pequeña granja aprendí que el dinero y las posesiones materiales no son las claves para la felicidad y el éxito. Por supuesto, debe haber suficiente para proveer lo necesario; pero pocas veces, o nunca el dinero en sí brinda la felicidad.

Nuestra granja también proporcionaba oportunidades para aprender a ser humilde. Parecía que si se vaticinaba una buena cosecha y subían los precios, una helada temprana o una tormenta de granizo se las arreglaría para dañar nuestros ingresos al punto de quedarnos sólo con lo indispensable para vivir.

Recuerdo lo que comentaba mi padre más de una vez: “No me importan las experiencias y las pruebas de la vida. La verdadera dificultad es experimentarlas una y otra vez”.

A pesar del constante desafío financiero, tuvimos una buena vida: en el hogar había amor, queríamos estar en casa; fue bueno para nosotros el haber experimentado el privarnos de algunos de nuestros deseos para que otros miembros de la familia tuvieran lo que realmente necesitaban.

Considero que los muebles que teníamos en la sala nunca habrían salido en la cubierta de una revista de decoración de interiores, pero teníamos dos muebles muy importantes: un piano y un biblioteca llena de libros. Cuán importantes fueron esas dos sencillas posesiones en lo relacionado con el desarrollo de talentos e intereses productivos, hechos tan significativos en nuestros primeros años.

La influencia de la buena música y de los buenos libros se ha transmitido aun a la próxima generación; incluso la televisión no ha reemplazado al piano ni a la biblioteca en la vida de nuestra familia.

Además, fuimos bendecidos con una madre y un padre que trabajaban como iguales en ese deber de importancia fundamental que es criar una familia.

Aprendí mucho al observarlos enseñar a sus hijos por medio de la forma más eficaz: el ejemplo. Mi padre me enseñó sobre:

  • el deber y la caridad cuando lo veta, en varias ocasiones, dejar su propio trabajo para ir a ayudar a los miembros del barrio;
  • la fe, mientras le escuchaba orar y le observaba dar bendiciones del sacerdocio a los miembros de la familia y a otras personas;
  • el amor, al observar la forma en que cuidó con ternura a sus padres en sus últimos años;
  • las normas, al utilizar experiencias y acontecimientos de la época para enseñarme concerniente al camino que él quería que yo siguiera;
  • la confianza, cuando me compro un reloj despertador y luego me asignó cinco vacas a las que tenía que ordeñar y cuidar de noche y de mañana durante los años que asistí a la escuela secundaria.

Me enseñó sobre la integridad, pues puedo decir, sinceramente, que nunca lo vi cometer un acto deshonesto.

Mi madre también me enseñó mucho. Me enseñó en cuanto a:

  • la frugalidad, al poner en práctica el espíritu del adagio pionero: “Úsalo, gástalo, haz que sirva o arréglatelas sin él”.
  • el sacrificio, al contemplarla privarse de cosas para que no les faltara a sus hijos;
  • la castidad, porque temprano en la vida puso en claro cuáles eran sus expectativas con respecto a que sus hijos fueran moralmente limpios;
  • el amor, porque vi y sentí el amor de mi madre en nuestro hogar;
  • la bondad, porque puedo decir, en forma genuina, que nunca la vi hacer algo descortés.

Le agradezco al Señor los padres amorosos que me enseñaron valores espirituales y morales y que, con sabiduría, pusieron en claro que había que seguir ciertas normas y verdades; entre ellas: la asistencia a las reuniones de la Iglesia, el pago de los diezmos, la lectura de las Escrituras y el respeto a los padres y a los líderes de la Iglesia. Y lo más importante fue que ellos enseñaron por medio del ejemplo y no sólo por palabras.

En lo que respecta al fortalecimiento de la familia, es de crucial importancia el darse cuenta de que las relaciones familiares sólidas no se edifican de un día para el otro; llevan tiempo; se requiere un compromiso; se requiere oración y dedicación. Los padres deben entender sus deberes y asumirlos voluntariamente y el gozo y la felicidad que resultarán serán indescriptibles.

Nuestro amado presidente Hinckley ha aconsejado: “Sigan nutriendo y amando a sus hijos… De todo lo que poseen, nada es tan precioso como sus hijos” (citado en Church News, 3 de febrero de 1996, pág. 2).

Les dejo mi testimonio de que la proclamación para la familia, a la que me referí anteriormente, es revelación moderna que cl Señor nos ha proporcionado a nosotros por medio de Sus profetas de los últimos días.

Dios vive, Jesús es el Cristo, ésta es Su Iglesia. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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¿Ha Sido Usted Salvo?

Conferencia General Abril 1998

¿Ha Sido Usted Salvo?

Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“En el uso que hacen los Santos de los Últimos Días de las palabras “salvo” y “salvación”, existen, por lo menos, seis significados diferentes”.


¿Qué responde cuando alguien le pregunta: “Ha sido usted salvo”? Esta pregunta, tan común entre algunos cristianos, puede llegar a ser desconcertante para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ya que no encaja dentro de nuestra manera de expresarnos. Solemos referirnos a ser “salvos” o a la “salvación” como un hecho futuro más que como algo que ya se ha verificado.

Los buenos cristianos a menudo atribuyen diferentes significados a términos claves del Evangelio, tales como salvo o salvación, si respondemos de acuerdo con lo que el interlocutor probablemente quiere decir al preguntarnos si hemos sido “salvos”, la respuesta debe ser “sí”. Si contestamos de acuerdo con los varios significados que damos a las palabras salvo o salvación, la respuesta seguirá siendo “sí” o “sí, pero con ciertas condiciones”.

I.

Según entiendo lo que quieren decir los buenos cristianos que se expresan en estos términos, somos “salvos” cuando declaramos o confesamos sinceramente que hemos aceptado a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador personal. Este significado se basa en las palabras que el apóstol Pablo enseñó a los cristianos de su época:

“… si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

“Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:910).

Para los Santos de los Últimos Días, las palabras “salvo” y “salvación” dentro de esta enseñanza significan una relación actual de convenio con Jesucristo que le permite a uno ser salvo de las consecuencias del pecado, si somos obedientes. Todo Santo de los Últimos Días que sea sincero, es “salvo” conforme a este significado. Hemos sido convertidos al Evangelio restaurado de Jesucristo, hemos pasado por las experiencias del arrepentimiento y del bautismo y renovamos nuestros convenios bautismales al participar de la Santa Cena.

II.

En el uso que hacen los Santos de los Últimos Días de las palabras “salvo” y “salvación”, existen, por lo menos, seis significados diferentes. Según algunos de ellos, nuestra salvación está garantizada; ya hemos sido salvos. Según otros, debemos hablar de la salvación dentro del contexto de un acontecimiento futuro (por ejemplo 1 Corintios 5:5) o como algo sujeto a algo que acontecerá más adelante (por ejemplo Marcos 13:13). Pero en todos estos significados o clases de salvación, ésta se logra en Jesucristo y por medio de Él.

Primero, a todos los seres mortales se nos ha salvado de la permanencia de la muerte por medio de la resurrección de Jesucristo. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

En cuanto a salvarnos del pecado y de sus consecuencias, nuestra respuesta a la pregunta de si hemos sido salvos o no es “sí, pero con ciertas condiciones”. Nuestro tercer Artículo de Fe declara nuestro credo:

“Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículo de Fe N° 3). Seguir leyendo

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Contemplad a Dios y vivid

Conferencia General Abril 1998

Contemplad a Dios y vivid

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

«Cada vez que nos inclinemos a sentirnos abrumados por los golpes de la vida, tenemos que recordar que otros han pasado las mismas pruebas, las han soportado y al cabo han logrado recuperarse».


¿Han salido alguna vez de vacaciones con toda su familia? Si no lo han hecho aún, tendrán grandes sorpresas cuando lo hagan. Hace algunos años, mi esposa y yo, junto con nuestros hijos, sus cónyuges y nuestros nietos, fuimos a Disneylandia, en California. Una vez que entramos a ese famoso lugar, todo el grupo corrió hacia la atracción más nueva, “Gira por las estrellas”, donde nos sentamos en un cohete espacial simulado. De pronto, el vehículo entero comenzó a vibrar violentamente; creo que lo que anunció la voz mecánica fue que experimentaríamos una “gran turbulencia”. (Nunca he regresado a esa atracción, porque ya tengo toda la turbulencia que puedo soportar cuando viajo en avión de un lugar a otro para cumplir con mis responsabilidades.)

Después de recuperarnos por unos momentos, fuimos a otro de los juegos, llamado Splash Mountain (“La montaña de la zambullida”), donde tuvimos que ponernos en una larga línea para poder entrar. Por los altavoces se dejaba oír una canción popular que dice:

Zip-a-di du-da, zip-a-di-íah,
¡Oh, qué hermoso y magnífico día
Bajo la cálida luz del sol,
¡qué alegría, qué alegría!(1).

Después llegó el momento en que tuvimos que embarcarnos en un bote que nos iba a llevar por un canal en una caída casi vertical que provocó la gritería de todos los que iban a bordo del bote de adelante; luego pasamos por debajo de una cascada y nos deslizamos hasta una laguna artificial. Antes de que nos detuviéramos, noté un letrero que, declarando una profunda verdad, decía: “No puedes huir de los problemas; no hay lugar que esté tan alejado”.

No he olvidado esas palabras. No sólo se aplican a aquella atracción en Disneylandia, sino también a nuestra existencia terrenal.

La vida es una escuela de experiencias, una época de probación. Y vamos aprendiendo a medida que soportamos nuestras aflicciones y nuestras penas.

Al meditar en cuanto a las circunstancias que pueden sobrevenirnos a todos, como las enfermedades, los accidentes, la muerte y muchos otros problemas, bien podríamos decir junto con Job de la antigüedad: “… el hombre nace para la aflicción” (2). Job era un “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (3). Piadoso en su conducta, próspero en cuanto a fortuna, Job debió encarar una prueba que podría haber destrozado a cualquiera. Privado de sus posesiones, ridiculizado por sus amigos, afligido por los sufrimientos, quebrantado por la pérdida de su familia, lo instaron a maldecir a Dios y morir (4). Pero él resistió esa tentación y desde la profundidad misma de su alma noble declaró: “Mas he aquí que en los cielos está mi testigo, y mi testimonio en las alturas” (5). “Yo sé que mi Redentor vive” (6). Job conservó la fe.

Podemos estar seguros de que jamás ha vivido persona alguna que haya estado completamente libre de sufrimientos y tribulación, y de que nunca ha habido un período en la historia de la humanidad en que no se padeciera disturbios, ruina y adversidad.

Cuando el sendero de la vida presenta una vuelta atroz, existe la tentación de preguntar: “¿Por qué me sucede a mí?”. El incriminarse a sí mismo es una tendencia común, aun cuando no hayamos tenido control alguno sobre las circunstancias que provocaron nuestra dificultad. A veces nos parece que estamos en un túnel oscuro sin divisar la salida o que no hay aurora que disipe la obscuridad de la noche. Nos sentimos rodeados por el dolor de corazones quebrantados, el desengaño de sueños destrozados y el desaliento de perdidas esperanzas. Y repetimos la plegaria bíblica: “¿No hay bálsamo en Galaad?” (7). Nos creemos abandonados, descorazonados y solos. Seguir leyendo

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