Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día

Conferencia General Abril 1998
Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

«Esfuércense por ser dignos de la joven más encantadora del mundo. Manténganse dignos a lo largo de todos los días de su vida».

Hace una semana, desde este Tabernáculo, el presidente Faust y la presidencia general de las Mujeres Jóvenes hablaron a las mujeres jóvenes de la Iglesia.

Mientras contemplaba la congregación de hermosas jóvenes, me preguntaba: «¿Estamos preparando una generación de jóvenes varones dignos de ellas?». Esas chicas son tan lozanas y llenas de vitalidad; son hermosas e inteligentes; son capaces, fieles, virtuosas, verídicas. Sencillamente, son jóvenes extraordinarias y encantadoras.

Por lo tanto, esta noche, en esta grandiosa reunión del sacerdocio, quisiera hablarles a ustedes, los hombres jóvenes, que son el complemento de ellas. El título de mi discurso es: «Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día».

La joven con la cual se casen se jugará la suerte con ustedes. Ella le entregará todo su ser al joven con quien contraiga matrimonio. En gran forma, él determinará el resto de su vida. En algunos países, incluso ella dejará de utilizar su apellido para emplear el de él.

Como Adán lo declaró en el Jardín de Edén: «…Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…

Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:23-24).

Por ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y por ser hombres jóvenes que poseen el sacerdocio de Dios, ustedes tienen una tremenda obligación hacia la joven con quien se casen. Quizás ahora no piensen mucho en eso, pero no está muy lejos el momento en que comenzarán a hacerlo, y ahora es el tiempo de prepararse para el día más importante de su vida, en el que tomen para sí una esposa y compañera igual con ustedes ante el Señor.

Esa obligación empieza con una lealtad absoluta. Como dice la antigua ceremonia de la Iglesia Anglicana, se casan con ella «en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en lo bueno y lo malo». Ella será suya y nada más que suya, sean cuales sean las circunstancias. Ustedes serán de ella y sólo de ella. No deben tener ojos para nadie más. Deben ser totalmente leales, invariablemente leales el uno para el otro. Esperemos que contraigan matrimonio para siempre, en la casa del Señor, por la autoridad del sacerdocio sempiterno. A lo largo de todos los días de su vida deben ser tan constantes el uno con el otro, como la Estrella Polar. La joven con la que se casen espera que ustedes lleguen al altar del matrimonio absolutamente puros: espera que sean jóvenes virtuosos, tanto de hecho como de palabra. Seguir leyendo

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En aguas peligrosas

Conferencia General Abril 1998
En aguas peligrosas
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

«Hay una batalla de magnitud significativa que se lleva a cabo en la vida de los jóvenes de hoy. En palabras sencillas, es la lucha entre hacer lo malo y hacer lo bueno».

E l 16 de julio de 1945, el navío estadounidense Indianápolis levó anclas en el astillero naval de Mare Island, California, y zarpó en una misión secreta llevando un cargamento con destino a la isla Tinián, del archipiélago de las Marianas. El cargamento incluía equipo sumamente sofisticado que bien podría haber dado fin a la Segunda Guerra Mundial, con todo su sufrimiento, su remordimiento y muerte. El barco entregó su cargamento el 26 de julio y se dirigía sin escolta hacia Leyte, en las Filipinas.

Debido a que surcaban aguas hostiles en el mar de Filipinas, el capitán tenía órdenes a discreción de seguir un curso de viaje zigzagueante a fin de pasar inadvertido y de evitar un ataque enemigo; pero no lo hizo. Poco antes de medianoche, el domingo 29 de julio de 1945, mientras proseguía con destino hacia el Golfo de Leyte, el gran crucero Indianápolis fue descubierto por un submarino enemigo. Evitando fácilmente que lo descubrieran por estar sumergido y llevar sólo el periscopio afuera, el submarino disparó una salva de seis torpedos a 1.400 metros de distancia. Cuando los torpedos dieron en el blanco, las explosiones de la munición y el combustible de aviación arrancaron la proa del crucero y destrozaron la central de energía y, sin ésta, el oficial de radio no pudo enviar una señal de socorro. La orden de abandonar el barco se gritó de boca en boca porque todas las comunicaciones se habían interrumpido. Doce minutos después de haber sido torpedeado, la popa del crucero se elevó unos treinta metros verticalmente en el aire y el barco se hundió en las profundidades del mar.

De los casi mil doscientos hombres de la tripulación, cuatrocientos murieron al instante o se sumergieron con la nave; unos ochocientos sobrevivieron el naufragio y cayeron al agua.

Cuatro días más tarde, el 2 de agosto de 1945, el piloto de un Lockheed Ventura, volando en patrulla, notó una capa de aceite fuera de lo común en la superficie del agua y la siguió hasta una distancia de 25 kilómetros. Entonces, los ocupantes del avión divisaron a los hombres que habían podido sobrevivir el hundimiento del Indianápolis.

Así comenzó una operación de rescate de grandes dimensiones: inmediatamente se enviaron barcos a la zona, y se despacharon aviones para dejar caer alimentos, agua y equipos de supervivencia para los hombres. De los ochocientos tripulantes que se habían arrojado al agua, sólo se salvaron trescientos dieciséis; los demás habían sido presa del peligroso mar plagado de tiburones.

Dos semanas más tarde llegó a su fin la Segunda Guerra Mundial. El hundimiento del Indianápolis, suceso al que se le llamó «la última gran tragedia naval de la Segunda Guerra Mundial», es ahora legendario.

¿Qué lecciones podemos aprender de la horrorosa experiencia que tuvieron los hombres que iban a bordo del Indianápolis? Se hallaban en aguas peligrosas; los amenazaba el peligro y el enemigo estaba al acecho. El barco siguió navegando sin hacer caso a la orden de zigzaguear y, por lo tanto, se convirtió en un blanco fácil. El resultado fue catastrófico.

El mismo día en que el Indianápolis zarpó con dirección a Leyte, me enrolé en la Marina de los Estados Unidos. En la base de entrenamiento militar que está cerca de San Diego, California, soporté la dura disciplina del campamento básico y el intenso entrenamiento de combate. Seguir leyendo

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A esto aspiramos

Conferencia General Abril 1998
A esto aspiramos
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

«Esperamos que ustedes sean hombres que se mantengan «fieles a cualquier cosa que les fuera confiada [Alma 53:20]… Ruego que haya una mayor coherencia entre nuestras creencias y nuestras acciones».

Hermanos, es un placer estar con ustedes esta noche. Pocas responsabilidades tienen tanto peso como el de dirigir la palabra a esta gran asamblea de poseedores del sacerdocio debido a que el sacerdocio es la fuerza más poderosa sobre la tierra. Como B. H. Roberts nos recuerda: «El sacerdocio es algo solemne. El poseer el poder delegado a uno por el Dios Todopoderoso, es decir, el poseer la autoridad para hablar y para actuar en Su nombre, y el poseer la misma fuerza vinculante, tal como si la misma Deidad hablara o actuara, es tanto un honor como una responsabilidad»(1). Para mí, ustedes, hombres jóvenes, son como los guerreros de Helamán, «sumamente valientes en cuanto a intrepidez, y también en cuanto a vigor y actividad». Como ellos, esperamos que ustedes sean hombres que se mantengan «fieles a cualquier cosa que les fuera confiada»(2).

Esta noche ruego que haya una mayor coherencia entre nuestras creencias y nuestras acciones. Elijo, como mi texto, el Artículo de Fe N 13: «Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos»(3). Hermanos, el Espíritu de Cristo que hemos tomado sobre nosotros, ¿ejerce influencia en nuestra conducta laboral? Brigham Young dijo: «Deseamos que los santos aumenten su virtud hasta lograr que, por ejemplo, nuestros mecánicos sean tan honrados y veraces que esta Compañía Ferroviaria pueda decir: ‘Consigamos a un élder «mormón» como maquinista y así nadie tendrá temor de viajar, porque si él percibe algún peligro adoptará las medidas necesarias para preservar la vida de aquellos cuyo cuidado se le confía’. Yo quisiera ver que nuestros élderes sean tan honrados de tal forma que esta Compañía los prefiera como mecánicos, guardas, maquinistas, secretarios y gerentes. Si vivimos nuestra religión y somos dignos de ser llamados Santos de los Últimos Días, seremos las personas indicadas a quienes tales empresas habrán de confiarse con perfecta seguridad; si no resultase así, ello será una prueba de que no estamos viviendo nuestra religión»(4). Lo que el presidente Young exhortó a los poseedores del sacerdocio en su época es tan importante como lo es en nuestros días, el Espíritu de Cristo debe penetrar en todo lo que hagamos, tanto en el trabajo, como en la escuela o en el hogar.

El presidente Spencer W. Kimball nos enseñó que «tomemos, una sola vez, la decisión de hacerlo bien». Él tomó decisiones importantes temprano en su vida a fin de que no tuviera que tomarlas una y otra vez; y agregó: «Podemos alejar de nosotros algunas cosas de una vez por todas y dar el asunto por terminado… sin tener que reconsiderar y volver a decidir cien veces lo que vamos a hacer y lo que no vamos a hacer»(5). Seguir leyendo

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El corazón y una mente bien dispuesta

Conferencia General Abril 1998
«El corazón y una mente bien dispuesta»
Élder James M. Paramore
De los Setenta

James M. Paramore

«Ustedes podrán hacer tanto bien que se quedarán atónitos al ver que ustedes mismos cambian y que otras personas cambian».

Poseedores del sacerdocio de la Iglesia aquí en esta tierra, yo los saludo con respeto. Es un honor para mí estar en presencia de ustedes esta noche. El sacerdocio representado tanto aquí como en toda la tierra es maravilloso. Hace unos meses, me encontraba en el vestíbulo principal del Edificio de Administración de la Iglesia esperando el ascensor cuando llegaron tres hombres y le preguntaron al recepcionista: «¿Es aquí donde están los hermanos?» (refiriéndose a la Primera Presidencia). El recepcionista sonrió, y yo pensé: «La palabra ‘hermano’, ¡qué gran salutación!».

A cualquier parte que vaya, el reconocimiento de que somos hermanos es instantáneo y tranquilizador. Regreso a casa después de cada asignación dando gracias a Dios por esta hermandad, así como por el amor y las obras buenas que veo. Ustedes son extraordinarios, mis amigos.

Varones del sacerdocio, recuerdo la anécdota de una maestra de escuela que, al comenzar el año escolar, preguntó a los alumnos lo que sus papas les habían enseñado sobre la autosuficiencia durante las vacaciones de verano. Después de que varios niños contaron su parte, le pidió a Johnny que contara la suya. Johnny contestó: «Mi papá me enseñó a nadar; me llevó al centro del Lago Utah, me echó por la borda y me dijo que nadara hasta la orilla». «Vaya», le dijo la maestra, «para eso sí que hace falta valor». Johnny añadió: «Bueno, después de librarme de las pesas que me amarró, no estuvo tan mal». Y bien, mis jóvenes amigos, la vida será un desafío, pero nuestro Padre Celestial nos ha proporcionado los medios para llegar al final de ella sin novedad. Hablemos de eso unos minutos.

El Señor desea que tengan la mejor de las experiencias al realizar su trayecto por esta tierra. Este puede ser un recorrido magnífico, literalmente lleno de miles de experiencias formidables y de confirmaciones espirituales si se orientan mediante las muchas oportunidades de escoger que tendrán a lo largo del trayecto. El sendero que nos ha marcado nuestro Padre Celestial está claramente señalado; sin embargo, las normas y las vías del mundo pueden engañarlos. Pero recuerden: «…vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio» (1 Pedro 2:9). Ustedes son el medio por el cual la verdad, la virtud y la vida eterna se darán a conocer a todo el mundo. Todos formamos parte de ese medio. Como el Señor dijo a José Smith en 1831, será preciso que todos tengamos «el corazón y una mente bien dispuesta» (D. y C. 64:34).

Jóvenes, la vida es eterna. El Señor Jesucristo y Sus siervos dan esperanza y testimonio al mundo de que la jornada que hacemos es desde la presencia de nuestro Padre hasta la tierra para volver después a la presencia de nuestro Padre Celestial a fin de vivir eternamente. Todos nosotros damos estas buenas nuevas al mundo; es un mensaje divino de vida sempiterna y de relaciones eternas: matrimonios y familias eternos; nada supera su significado, ni su valor ni su promesa. Con ese conocimiento y amor, podemos transformar esperanzas y sueños, podemos ayudar a otras personas a encontrar las verdades eternas, la paz interior y la seguridad que éstos brindan. Seguir leyendo

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El servicio misional

Conferencia General Abril 1998
El servicio misional
Élder Earl C. Tingey
De la Presidencia de los Setenta

Earl C. Tingey

«La emoción y el entusiasmo que significa ser misionero regular es una de las grandes bendiciones a las que un hombre joven del Sacerdocio Aarónico puede aspirar».

E n esta noche hablo a todos los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico que estén preparándose para servir en una misión, a todos los misioneros regulares y a todos los padres y abuelos que motivan y preparan hombres jóvenes para ser misioneros.

Hace varios meses estuve en Far West, Misuri. Durante una época, ese fue el hogar y el refugio de tres o cuatro mil miembros de la Iglesia; hoy no hay casas, sino que sólo quedan los campos de pastizales. En julio de 1838, el profeta José Smith recibió una revelación en la que se prescribía la salida de los Doce el 26 de abril de 1839, desde Far West, para dar comienzo a la obra misional en Gran Bretaña (1). En Discourses of Wilford Woodruff leemos:

«Cuando se dio esa revelación, todo se hallaba en relativa paz y tranquilidad en esa tierra, más cuando llegó el momento de que los Doce Apóstoles cumplieran esa revelación, todos los santos habían sido ya expulsados… El presidente Young preguntó a los Doce que estaban con él: ‘¿Qué debemos hacer con respecto al cumplimiento de esta revelación?'(2).

«Algunas de las Autoridades dijeron que el Señor aceptaría la intención de los Doce y que el Señor no les requeriría de su vida para cumplir la revelación».

Wilford Woodruff continúa: «El Espíritu del Señor descansó sobre los Doce y expresaron: ‘El Señor Dios ha hablado; cumpliremos con esa revelación y mandamiento’; y ese fue el sentimiento que tuvo el presidente Young y el de los que estaban con él».

Los Doce, obedeciendo esa revelación, partieron para sus respectivas misiones. Wilford Woodruff se sentía tan enfermo que apenas podía levantarse. Heber C. Kimball escribió que Brigham Young estaba tan enfermo que no podía caminar ciento treinta metros sin asistencia; incluso, que había dejado a su esposa e hijos enfermos en cama. Cuando partió, llevaba un largo acolchado sobre los hombros porque no tenía abrigo (3).

El 28 de agosto de 1852, cinco años después que los santos llegaron al Valle del Lago Salado, Brigham Young organizó una conferencia especial en la que se llamó aproximadamente a cien hombres para servir en misiones en los lejanos rincones de la tierra. El mandato que George A. Smith, de los Doce, dio a los misioneros fue: «En general, las misiones que designaremos en esta conferencia no tomarán demasiado tiempo: es probable que lo máximo que se ausenten los hombres de sus familias sea de tres a siete años»(4). Seguir leyendo

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Pon tu hombro a la lid

Conferencia General Abril 1998
«Pon tu hombro a la lid»
Élder Neal A. Maxwell
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

«El trabajo es siempre una necesidad espiritual, aunque para algunos no sea una necesidad económica».

Hermanos, durante mis años del Sacerdocio Aarónico ¡yo era porquerizo! En aquella lejana época, merced a un proyecto del Club 4 Haches para la cría de cerdos Duroc de pura raza, ¡aprendí acerca del trabajo! Como prueba de que lo que diré no es exageración, con la ayuda del élder Nelson, permítanme brevemente mostrarles este tapiz hecho con cerca de cien cintas de premio ganadas por mis cerdos en varias ferias a través de los años.

Cerca de la mano del élder Nelson hay una cinta rosa que recibí hace sesenta años. Fue la primera cinta que gané. Pienso que el juez se compadeció de mí, porque el cerdo no era de primera, pero él sabía que necesitaba aliento y, por lo tanto, me extendió el cuarto lugar. Las cintas violetas fueron para los campeones que exhibí más tarde.

Gracias, élder Nelson.

Hermanos, mediante experiencias de rigor, aprendí la importancia de mantenerme al tanto de los fluctuantes precios del mercado de carnes local; con la ayuda de mi padre, que era contador, llevaba un registro de ganancias y pérdidas. Como en todo lo demás, mis padres, tan bien dispuestos, terminaron haciendo ellos mismos parte del trabajo, incluso una madre especial, nacida hoy hace 95 años. Ella me enseñó a trabajar y me amó tanto que supo cómo corregirme.

A fin de contar con alimento barato para dar a mis cerdos compraba en una panadería docenas y docenas de pan añejo a un centavo cada uno; además, si llegaba a la lechería a la hora apropiada, conseguía cerca de doscientos ochenta litros de leche descremada ¡gratis! Ahora pago dos dólares con cincuenta centavos por cuatro litros, ¡qué ironía increíble! Con lo que ahorraba, podía utilizar el poco dinero en efectivo que tenía en cereal, algo indispensable para los cerdos.

Muchas veces, una cerda preñada paría después de medianoche. La fatiga que sentía entonces era muy real; pero en todo ello tenía un sentimiento de satisfacción, incluso por poder contribuir a los menús de la familia. La mayoría de los jovencitos como yo hacían trabajos similares. En esa época, todos éramos igualmente pobres, y no lo sabíamos. El trabajo se daba por sentado; hoy, muchas personas dan por sentado el recibir ayuda.

Había, también, desventajas sociales en la cría de cerdos. Tímido por naturaleza, recuerdo vividamente el día en que el director de la escuela secundaria fue a mi clase y me dijo, enfrente de todos: «Neal, tu mamá llamó y dice que tus cerdos se escaparon». Sentí ganas de esconderme bajo mi escritorio, pero tuve que correr a casa para ayudar a arrear los cerdos para el corral.

Mi padre, cariñoso pero estricto, me hizo ver que, aunque yo trabajaba afanosamente, a veces no hacía mi trabajo con cuidado. La excelencia era algo foráneo para mí. Un día de verano tomé la determinación de complacer a mi padre colocando cierta cantidad de postes para una cerca, firmes y bien alineados. Trabajé arduamente todo el día, y luego me puse a escudriñar con expectativa el camino por el cual papá iba a regresar. Cuando llegó, lo observé con inquietud mientras él inspeccionaba los postes con cuidado, incluso examinándolos con un nivel antes de declararse enteramente satisfecho. Después me elogió. El sudor de mi frente se ganó el encomio de papá, que me conmovió el corazón.

Les ruego perdonen este breve comentario autobiográfico que hago para expresar mi profunda gratitud por haber aprendido a trabajar desde la infancia. Aun así, hermanos, no siempre puse mi «hombro a la lid con fervor» (Himnos, Ne 164), pero aprendí algo sobre hombros y luchas, lo cual me ayudó más adelante cuando las luchas de la vida se hicieron más intensas. Algunos jóvenes de hoy, generalmente buenos, piensan erróneamente que el poner el «hombro a la lid» ¡es el equivalente a sus esfuerzos por conseguir prestado el auto de los padres! Seguir leyendo

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Un nuevo tiempo para la cosecha

Conferencia General Abril 1998

Un nuevo tiempo para la cosecha

Élder Russell M. Nelson
Del Quorum de los Doce Apóstoles

“Ha llegado una nueva era de la obra de historia familiar”.


El amor de la familia es maravilloso. No hay nada más especial que el amor de un bebé por su madre. No hay nada más fácil de predecir que el amor de los hijos por sus padres o el amor de los padres por sus hijos.

Hace poco, abracé cariñosamente a una de nuestras queridas nietecitas de cinco años, y le dije:

—Te quiero mucho, mi amor.

Ella me respondió un tanto indiferente:

—Ya lo sé.
— ¿Cómo lo sabes? —, le pregunté.
— ¡Porque eres mi abuelo!

Esa razón era suficiente para ella. Claro está que amamos a nuestros nietos; así como también a nuestros abuelos. Yo atesoro los recuerdos de lo que viví con tres de mis cuatro abuelos. Nunca conocí al abuelo Nelson (1). Él murió cuando mi padre sólo tenía dieciséis años. Cuando mi abuelo falleció, era superintendente de la enseñanza pública del estado de Utah. Él tenía un hermoso reloj de bolsillo que más tarde mi padre me entregó a mí. Ahora, ese reloj es un lazo tangible entre nosotros. Seguir leyendo

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Maravillosas son las revelaciones del Señor

Conferencia General Abril 1998
Maravillosas son las revelaciones del Señor
Élder M. Russell Ballard
Del Quorum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard

«Debemos abrazar, estudiar y valorar las verdades reveladas que tenemos. Debemos declarar el Evangelio en forma generosa y bondadosa a todos los hijos de nuestro Padre».

Uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia del género humano ocurrió un día de primavera de 1820, cuando el joven José Smith fue al bosque que estaba cerca de su hogar para pedirle a Dios guía, luz y verdad. Al arrodillarse en humilde y sincera oración, de acuerdo con su propia descripción de lo ocurrido, «…vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí».

«…Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!»(1)

En ese momento, el mundo pasó a ser un lugar diferente. Los cielos, que habían estado silenciosos por mucho tiempo, se abrieron nuevamente y emanaron la luz y la verdad reveladas, lo cual finalmente resultó en la organización de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sobre la tierra.

Fueron tiempos increíbles a medida que el espíritu de revelación hablaba en forma poderosa al profeta José Smith. A menudo hubo otras personas presentes con él cuando se recibieron revelaciones, y ellas dieron testimonio del Espíritu y de la presencia de manifestaciones del espíritu en esas oportunidades. Por lo general, hablaban de la blancura o luminosidad que rodeaba a José. Por ejemplo, cuando se dio la sección 76 de Doctrina y Convenios, Philo Dibble escribió que José «parecía estar cubierto con un elemento de blancura gloriosa y su rostro brillaba como si fuera transparente»(2). Y Brigham Young testificó que «aquellos que conocían a José sabían cuándo el Espíritu de revelación estaba con él, porque su semblante denotaba una expresión peculiar de él cuando estaba bajo esa influencia. Predicaba por el Espíritu de revelación y enseñaba en sus consejos de la misma forma, y los que lo conocían podían reconocerlo de inmediato, porque en tales instancias su rostro tenía una claridad y transparencia peculiar»(3).

Algunas personas que compartieron esa maravillosa experiencia reveladora se quedaban impresionadas con la soltura con que esas revelaciones fluían del Señor y de la forma en que, con mínimas correcciones, tales como ortografía o puntuación, no era necesario editarlas. Parley E Pratt dijo: «Cada frase era pronunciada lenta y con mucha claridad, y con pausas entre ellas, lo suficientemente largas para que las registrara a mano un escribano común… Nunca había ninguna clase de vacilación, revisión o necesidad de que el escribano se lo volviese a leer para seguir la continuidad del tema, ni tampoco ninguna de esas comunicaciones pasó por revisiones, alteraciones ni correcciones. Se quedaban tal como las dictaba, según lo que he podido ver; y yo estuve presente para presenciar el dictado de varias comunicaciones de varias páginas cada una»(4). Seguir leyendo

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El camino de perfección del reino

Conferencia General Abril 1998
El camino de perfección del reino
Élder Dale E. Miller
De los Setenta

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«A medida que invertimos nuestro tiempo, talentos y recursos para edificar Sión, nuestros corazones se purifican, nuestra sabiduría aumenta, se empiezan a crear hábitos celestiales».

E l profeta José Smith habló de antiguos profetas que se llenaron de gozo inefable cuando, por medio de una visión, vieron nuestra época; ellos profetizaron, cantaron, alabaron y escribieron sobre esta grandiosa era culminante. No cabe duda de que Dios está derramando Su Espíritu en rica abundancia sobre Su reino terrenal.

Declaramos al mundo que el reino del Señor no es, de ninguna manera, una comunidad exclusiva. El Señor invita a toda la gente a viajar a través del sendero de perfección de verdad divina. La recompensa: Él promete gozo y felicidad eternos. El valor de la entrada: un corazón quebrantado, un espíritu contrito y el deseo de seguir Sus pasos.

Escuchen la voz del Señor al respecto: «He aquí, hablo a todos los que tienen deseos buenos y han metido sus hoces para segar.

«He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Soy la vida y la luz del mundo… «…más de cierto, de cierto te digo, que a cuantos me reciban daré el poder de llegar a ser hijos de Dios, sí, a los que crean en mi nombre» (D. y  C. 11:27-28,30).

Hermanos y hermanas, el meter nuestras hoces para ayudar a edificar el reino del Señor debe ser el enfoque más importante de nuestra vida. Parece razonable señalar que todos estuvimos de acuerdo con ello en la vida preterrenal. Las decisiones clave que tienen que ver con el estudio, la carrera, el matrimonio, el uso mismo de nuestro tiempo, talentos y recursos, deben centrarse, con espíritu de oración, en la mejor forma de servir al Maestro, de edificar Su reino y de perfeccionarnos en Él. Seguir leyendo

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Cristo cambia la conducta humana

Conferencia General Abril 1998
Cristo cambia la conducta humana
Élder Richard E. Cook
De los Setenta

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«Cuando los conversos cobran «vida» y necesitan nutrirse en el Evangelio, al poco tiempo cobran «vida» como estudiantes, como padres, en sus profesiones y como ciudadanos».

Mi esposa y yo fuimos llamados a ser misioneros en Mongolia casi un año antes de que se organizara formalmente como misión. Al contemplar esa época, la consideramos una de las más memorables, satisfactorias y benditas de nuestra vida; ese período todavía nos recompensa con ricas experiencias y bendiciones.

El Señor ha dicho a los misioneros: «Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!» (D. y C. 18:15).

Esta promesa se destaca como un faro de luz para cada misionero, pero, como si no fuera poco, hay otras bendiciones que provienen de la obra misional, las que son muchas y variadas. Algunas son inmediatas y otras solamente vienen con el tiempo.

Mi esposa y yo experimentamos una de esas bendiciones que vienen «sólo con el tiempo» este pasado mes de febrero cuando asistimos a la bendición de una bebé mongola de nuestra gran familia de misioneros. Se llama Tungalag. La madre de ella, Davaajargal, es una pionera moderna, la primera mujer que se bautizó en Mongolia. El padre de Tungalag, Sanchir, estudia para obtener su maestría en la Universidad Brigham Young.

Conocí a Sanchir en Mongolia durante un tiempo antes de que llegara a ser miembro. No fue sino hasta después de un año y de muchas charlas con misioneros dedicados que se bautizó. No es nada menos que un milagro que este joven padre, después de tener sólo dos años en la Iglesia, haya podido pronunciar las palabras de esa hermosa bendición, que empezó así: «Tungalag, te bendigo para que seas un buen ser humano». ¡Jamás olvidaré ese comienzo!

En esa bendición dijo cosas que no habría sabido y que ni siquiera habría imaginado antes de su bautismo. El ser testigo de esa bendición y el darme cuenta de la magnitud del cambio que el Evangelio generó en ese joven y en esa familia realmente fue una recompensa misional. Seguir leyendo

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Venido de Dios como maestro

Conferencia General Abril 1998
«Venido de Dios como maestro»
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland

«Debemos dar ímpetu a la buena enseñanza y darle un lugar preeminente en la Iglesia, en el hogar, desde el pulpito, en nuestras reuniones administrativas y por cierto en el salón de clases».

Cuando Nicodemo acudió a Jesús en los primeros días del ministerio del Salvador, habló en nombre de todos nosotros cuando dijo: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro»(1).

Cristo fue, por cierto, mucho más que un maestro; Él era el Hijo mismo de Dios, el Santo del plan eterno del Evangelio, el Salvador y el Redentor del mundo.

Sin embargo, Nicodemo estaba empezando de la misma manera que ustedes y yo lo hicimos, de la forma que lo hace cualquier niño, joven o nuevo converso: al reconocer y responder a un maestro emotivo que nos llega a los sentimientos más profundos del corazón.

En meses recientes, el presidente Cordón B. Hinckley nos ha exhorta do a retener a nuestros miembros en la Iglesia, en especial al nuevo converso. Al extender este llamado, el presidente Hinckley nos hizo presente que para permanecer firmes en la fe todos necesitamos por lo menos tres cosas: un amigo, una responsabilidad y el ser nutridos «por la buena palabra de Dios»(2).

La enseñanza inspirada, tanto en el hogar como en la Iglesia, sirve para proporcionar este elemento básico del ser nutridos «por la buena palabra de Dios». Estamos tan agradecidos por todos aquellos que imparten enseñanza. Los amamos y los apreciamos más de lo que nos es posible expresar. Confiamos mucho en ustedes. El enseñar con eficacia y el sentir que se está surtiendo efecto es en verdad una tarea muy difícil; pero vale la pena. No hay «llamamiento más importante»(3) que podamos recibir. Por cierto que en todas partes existe la oportunidad de magnificar ese llamamiento; la necesidad de que se lleve a cabo es eterna. Padres, madres, hermanos, amigos, misioneros, maestros orientadores y maestras visitantes, líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, maestros de clase, cada uno es, a su propia manera, «venido de Dios» para nuestra instrucción y nuestra salvación. En esta Iglesia, es casi imposible encontrar a alguien que no sea un cierto tipo de guía para con los miembros del rebaño. No es de extrañar que Pablo escribiera en sus epístolas: «…puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros…»(4). Seguir leyendo

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Los Artículos de Fe

Conferencia General Abril 1998
Los Artículos de Fe
Élder L. Tom Perry
Del Quorum de los Doce Apóstoles

L. Tom Perry

«Si los utilizan como guía para dirigir sus estudios de la doctrina del Salvador, se encontrarán preparados para expresar su testimonio de la Iglesia restaurada y verdadera del Señor».

Mil novecientos noventa y siete fue un año magnífico en la Iglesia. La celebración del sesquicentenario de la llegada de los pioneros mormones al Valle del Lago Salado atrajo la atención de todo el mundo. Los periódicos, las revistas, la televisión y la radio contaron nuestra historia. Qué gran oportunidad fue para la gente del mundo saber más acerca de quiénes somos. Ahora debemos determinar si lo dejaremos tan sólo como un gran acontecimiento que publicaron los medios de difusión o si será una oportunidad para cumplir con mayor eficacia nuestra obligación de llevar el Evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo.

Estoy seguro de que el Señor espera que hagamos eso último. Cuando fuimos sacados de las aguas del bautismo y fuimos confirmados miembros de la Iglesia de Jesucristo, hicimos convenio con el Señor de que participaríamos en la labor de llevar el mensaje de Su Evangelio a Sus hijos. Medité sobre esta nueva oportunidad que se nos presenta y comencé a examinarme a mí mismo. ¿En qué medida estoy preparado para hacer una aportación al reino?

Al repasar mi aptitud, mis pensamientos se remontaron a las enseñanzas que recibí en la Primaria durante mi niñez, cuando tenía entre tres y doce años de edad. La Primaria ejerció una profunda influencia en mi vida y afianzó las enseñanzas de unos nobles padres. Antes de avanzar al Sacerdocio Aarónico, de unirme a los Boy Scouts y de ingresar en la Escuela Dominical de Mayores, tenía que graduarme de la Primaria. Dos de los requisitos eran memorizar el nombre de los Doce Apóstoles de ese entonces y los trece Artículos de Fe. Tenía que permanecer de pie al lado del obispo en una reunión sacramental y responder a la pregunta que él me hiciera a fin de certificar que llenaba los requisitos de la graduación de la Primaria. Sabía que el obispo solía pedir al candidato que dijera uno de los Artículos de Fe. El obispo era mi padre y cuenten con la seguridad de que él no me facilitó las cosas. Por cierto que me pidió que recitara el Artículo de Fe Ne 13, que es el más largo, antes de entregarme el certificado de graduación de la Primaria. Al reflexionar en aquello, me hice una prueba a mí mismo: ¿Cuan bien recordaba esos dos requisitos de memorización? Descubrí que todavía Mil novecientos noventa y siete fue un año magnífico en la Iglesia. La celebración del sesquicentenario de la llegada de los pioneros mormones al Valle del Lago Salado atrajo la atención de todo el mundo. Los periódicos, las revistas, la televisión y la radio contaron nuestra historia. Qué gran oportunidad fue para la gente del mundo saber más acerca de quiénes somos. Ahora debemos determinar si lo dejaremos tan sólo como un gran acontecimiento que publicaron los medios de difusión o si será una oportunidad para cumplir con mayor eficacia nuestra obligación de llevar el Evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Estoy seguro de que el Señor espera que hagamos eso último. Cuando fuimos sacados de las aguas del bautismo y fuimos confirmados miembros de la Iglesia de Jesucristo, recordaba el nombre de los Doce Apóstoles de aquella época: Rudger Clawson, Reed Smoot, George Albert Smith, George F. Richards, David O. McKay, Joseph Fielding Smith, Stephen L Richards, Richard R. Lyman, Melvin J. Ballard, John A. Widtsoe, Marriner W. Merrill y Charles A. Callis. Pero después de los cinco primeros Artículos de Fe, me costó trabajo recordar el orden de ellos y todo lo que dicen. ¡Necesitaba un curso de actualización! Fotocopia entonces los Artículos de Fe de las Escrituras y los fijé con cinta adhesiva a la pared del cuarto de baño donde los viera todas las mañanas al lavarme los dientes y al afeitarme. A los pocos días, otra vez los recordaba muy bien. Eso profundizó aún más mi convicción de que fueron dados por revelación al profeta José Smith. Llegué a la conclusión de que, si estudiaba el contenido de cada uno de los Artículos de Fe, podría exponer y defender cada principio del Evangelio que tuviera la oportunidad de explicar a alguien que buscase la verdad restaurada. Seguir leyendo

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Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón

Conferencia General Abril 1998
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón»
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

«Las ordenanzas y los convenios… son los medios que el Señor ha proporcionado para que nos conduzcan a la vida eterna».

Mis queridos hermanos, hermanas y amigos: Con humildad me encuentro ante este pulpito que por más de cien años ha sido santificado por la palabra de Dios expresada en infinidad de mensajes inspirados, los que han elevado espiritualmente el alma de quienes los han escuchado. En concordancia con este legado, ruego que nuestro corazón sea receptivo a todo lo que se diga en esta conferencia.

Hoy deseo hablar acerca de las bendiciones que emanan de los convenios hechos con el Señor. Como base, comenzaré con el convenio que el Señor hizo con la Casa de Israel: «Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo»(1).

Ese convenio es universal para todos los seres de cualquier raza que hayan sido «bautizados en Cristo»(2). Como Pablo declaró: «Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa»(3).

Los convenios no son simplemente rituales externos, sino medios reales y eficaces para cambiar: «El nuevo nacimiento viene por el Espíritu de Dios mediante las ordenanzas»(4). Debemos siempre honrar y guardar sagrados los convenios de salvación que hemos hecho con el Señor y, si lo hacemos, Él nos ha prometido: «…recibirás revelación tras revelación, conocimiento sobre conocimiento, a fin de que conozcas los misterios y las cosas apacibles, aquello que trae gozo, aquello que trae la vida eterna»(5).

Muchos convenios son indispensables para la felicidad tanto aquí como en la vida venidera. Entre los más importantes se encuentran los convenios del matrimonio hechos entre marido y mujer; de esos convenios emana la dicha más grande de la vida.

El convenio del bautismo, con la ordenanza de la confirmación que le acompaña, abre la puerta para la vida eterna.

El juramento y convenio del sacerdocio contienen la promesa mediante la cual los élderes dignos de la Iglesia recibirán «…todo lo que [el] Padre tiene…»(6). Seguir leyendo

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Un tiempo de preparación

Conferencia General Abril 1998
Un tiempo de preparación
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

«Los días de nuestra probación están contados, pero ninguno de nosotros conoce el número de esos días y, por eso, cada día de preparación es precioso».

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy agradecido por reunirme con ustedes otra vez en una conferencia general de la Iglesia y ruego que pueda tener la guía del Espíritu Santo. Me gustaría reflexionar con ustedes sobre la importancia de la vida terrenal como un tiempo para prepararse; tal como Amulek testificó: «…esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra»1.

Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días poseemos una comprensión especial sobre la naturaleza eterna de nuestra alma. Sabemos que tuvimos una existencia premortal, que aceptamos el gran plan de felicidad de nuestro Padre Celestial y que escogimos seguir al Señor y Salvador Jesucristo. Los principios que adoptamos y por los que luchamos fueron: (1) el albedrío, la habilidad de elegir entre lo bueno y lo malo; (2) el progreso, la habilidad de aprender a ser como nuestro Padre Celestial y de llegar a ser como. Él; y (3) la fe, la confianza en el plan de nuestro Padre Celestial y en la expiación de Jesucristo que nos permiten regresar a la presencia de Dios. En consecuencia, se nos permitió entrar en la vida mortal y, concerniente a ésta, el Maestro dijo: «Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare»(2).

Nosotros comprendemos que viviremos una vida pos mortal de duración infinita, y que somos nosotros los que determinamos la clase de vida que será por medio de nuestros pensamientos y nuestras acciones en la mortalidad. La mortalidad es muy breve, pero enormemente importante.

De las Escrituras aprendemos que «la vía del Señor es un giro eterno»(3) y que Dios conoce «todas las cosas, dado que existe de eternidad en eternidad»(4). Además, somos seres eternos; nuestra presencia en la tierra es un paso esencial en el plan de la felicidad de nuestro amado Padre Celestial para Sus hijos. «[Nosotros existimos] para que [tengamos] gozo»(5). El profeta José Smith enseñó que: «La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia… si seguimos el camino… [de] virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios»(6).

Ahora, este mismo momento es parte de nuestro progreso eterno hacia el regreso, con nuestra familia, a la presencia de nuestro Padre Celestial. El presidente Gordon B. Hinckley enseñó: «Estamos aquí [en esta vida] con una herencia maravillosa, una investidura divina. ¡Cuán diferente sería este mundo si toda persona se diera cuenta de que todos nuestros actos tienen consecuencias eternas! ¡Cuán satisfactorios serían nuestros años si… reconociéramos que lo que hacemos a diario aquí determinará nuestra vida en la eternidad!»(7). Seguir leyendo

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Un discípulo y un amigo

Conferencia General Abril 1998
Un discípulo y un amigo
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

Richard C. Edgley

“La cuestión no es cómo nos definen otras personas sino cómo nos define el Salvador”.

Hace algunos años, cuando yo trabajaba en el mundo de los negocios, nuestro director de personal, que era católico devoto, fue a mi oficina con su secretaria, llamada Darlene. En seguida pude notar que Darlene no estaba allí por voluntad propia y que habría p referido estar en otro lugar. Lo primero que me dijo el director de personal fue: “Por favor, explíquele a Darlene que los mormones son cristianos. Hemos estado discutiendo más de media hora y no he podido convencerla al respecto. Ella necesita que usted se lo diga”.

Lo primero que pensé fue si habría hecho yo mismo algo para que Darlene pusiera en duda mi fe y mi lealtad hacia el Salvador. Pero en seguida me di cuenta de que sus dudas no estaban directamente relacionadas conmigo.

Después de invitarlos a que tomaran asiento, le pregunté a Darlene por qué pensaba que no éramos cristianos; ella me respondió que así se lo había dicho su pastor. Le pregunté si sabía cuál era el nombre oficial de nuestra Iglesia y contestó que no. La conocía, dijo, con el nombre de Iglesia Mormona. Le expliqué entonces que el nombre es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y le pregunté si no le parecía una denominación extraña para una iglesia que no se suponía que fuera cristiana. A continuación, le pedí a mi amigo católico que, en base al sinnúmero de horas que habíamos conversado durante nuestros viajes en avión, al alojarnos en hoteles, al compartir cenas y en otras ocasiones, le explicara algunas de las cosas que había aprendido sobre nosotros relacionadas con Cristo, Sus enseñanzas y nuestras creencias. Él se las explicó entonces quizás de manera más convincente de lo que yo habría podido hacer.

La respuesta de Darlene fue que su pastor le había dicho que nosotros no creíamos en la Biblia y que la habíamos reemplazado con el Libro de Mormón. Yo le contesté declarándole nuestro octavo Artículo de Fe: “Nosotros creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios”.

Entonces le expliqué que el Libro de Mormón es otra Escritura que complementa la Biblia y provee otro testimonio de Jesucristo, y que expone y aclara varias de las enseñanzas más sagradas e importantes de Cristo. Su respuesta fue: “El pastor dice que no es posible que el Libro de Mormón contenga las enseñanzas de Cristo porque no pudo haber más revelaciones después de la muerte de los Apóstoles; por tanto, no hay más Escrituras después de la Biblia”. La interrogante que le presenté fue: “En una época de cambio tan veloz en este mundo turbulento y atribulado con tantos problemas difíciles, ¿no le extrañaría pensar por qué un Padre amoroso habría de cesar de comunicarse con Sus hijos, a quienes ama tanto que aun sacrificó por ellos a Su Hijo Unigénito?”. La polémica continuó durante quince o veinte minutos, en los que yo traté de explicarle nuestra interpretación literal de la Expiación y de la Resurrección, y de otras doctrinas importantes del Salvador. Terminé luego con el testimonio más fuerte que podía darle de un Padre amoroso y de un Hijo sumiso. Seguir leyendo

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