Las cosas apacibles del reino

Conferencia General Octubre 1996
“Las cosas apacibles del reino”
Elder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland

“La paz y las alegres nuevas… se encuentran entre las más grandes bendiciones que el Evangelio de Jesucristo brinda a un mundo atribulado.”

Nos acercamos al final de otra maravillosa conferencia general de la Iglesia. Hemos sido bendecidos con oraciones sinceras, música magnifica y enseñanzas verdaderamente inspiradas.

En unos minutos, como conclusión, escucharemos el consejo de nuestro Profeta viviente y Presidente de la Iglesia, Gordon B. Hinckley. La conferencia general de esta Iglesia es una ocasión extraordinaria: es una declaración institucional de que los cielos están abiertos; de que la guía divina es tan real en la actualidad como lo fue para la antigua casa de Israel; de que Dios, nuestro Padre Celestial, nos ama y nos comunica Su voluntad por medio de un Profeta viviente.

El gran profeta Isaías vio tales momentos y predijo esta misma situación en la que nos encontramos:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a el todas las naciones.

“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová…” 1

De esa consoladora dirección en los Últimos Días, e incluso de su divina fuente, Isaías continua diciendo: “¡Cuan hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz!” 2

La paz y las alegres nuevas; las alegres nuevas y la paz. Esas se encuentran entre las más grandes bendiciones que el Evangelio de Jesucristo brinda a un mundo atribulado y a las personas con inquietudes que viven en él; son soluciones a los desafíos personales y a los pecados humanos; son una fuente de fortaleza para los días de agotamiento y para las horas de genuina desesperación. Todo lo que se ha expresado en esta conferencia general así como lo que expresa La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que la convoca proclaman que es el mismo Hijo Unigénito de Dios quien nos da esa ayuda y esperanza. Esa seguridad es “constante cual firmes montañas” 3 . El profeta Abinadí, del Libro de Mormón, lo aclaró al variar un poco la exclamación de Isaías:

“¡Cuan hermosos son sobre las montañas los pies de aquel que trae buenas nuevas, que es el fundador de la paz, si, el Señor, que ha redimido a su pueblo; si, aquel que ha concedido la salvación a su pueblo! 4 

Por último, es Cristo el que es hermoso sobre las montañas, y son Su misericordiosa promesa de paz en el mundo, así como Sus alegres nuevas de “vida eterna en el mundo venidero” 5 , las que nos hacen caer a Sus pies, llamar su nombre bendito y darle gracias por la restauración de Su Iglesia verdadera y viviente.

La búsqueda de la paz es una de las búsquedas más fundamentales del alma humana.

Todos tenemos altibajos, pero esos momentos vienen y por lo general se van. Nuestros amables vecinos nos ayudan, y con el hermoso sol llega el ánimo. Generalmente una buena noche de descanso hace maravillas, pero en la vida de todo ser humano hay ocasiones en que un profundo pesar, o sufrimiento, o temor o soledad nos hacen suplicar la paz que sólo Dios puede dar. Estos son momentos de intensa hambre espiritual cuando ni los amigos más íntimos nos pueden dar toda la ayuda que necesitemos.

Entre la vasta congregación de esta conferencia, o en su barrio, en su estaca o en su propio hogar, quizás conozcan a personas valerosas que llevan cargas sumamente pesadas o que sienten un dolor privado, que caminan por los obscuros valles de tribulación de este mundo. Algunos quizás estén desesperadamente preocupados por el esposo, la esposa o el hijo, por su salud o por su felicidad, o su fidelidad en guardar los mandamientos. Algunos quizás vivan con dolor físico o emocional, o con impedimentos físicos que acompañan la edad avanzada. A algunos les preocupa cómo pagar las cuentas, y algunos sienten el dolor de la soledad que hay en una casa vacía, en un cuarto vacío, o simplemente la soledad que significa el tener los brazos vacíos. Seguir leyendo

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Mirad a vuestros pequeñitos

Conferencia General Octubre 1996
“Mirad a vuestros pequeñitos”
Elder William Rolfe Kerr
de los Setenta

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“Poderosos hombres y mujeres de Dios… muchas veces se vieron solos, actuaron solos, tal como en algunas oportunidades cada uno de nosotros tiene que arreglárselas solo en un mundo que a veces es hostil.”

Reconozco este llamamiento para servir y expreso mi gratitud a los muchos maestros, líderes y amigos que han influido en mi vida. Este llamamiento trae consigo un aumento del amor y el aprecio que siento por mis buenos padres, mi esposa y mis hijos maravillosos, y por el extraordinario ejército de fieles misioneros con los que servimos en la Misión Texas Dallas.

También me hace sentir más amor y aprecio por la vida y las enseñanzas del Salvador, de las cuales aprendemos los principios que deben gobernar nuestra vida.

Después de Su crucifixión y de Su resurrección, Jesucristo visitó, enseñó y bendijo a los habitantes justos de la antigua América; el Libro de Mormón registra esos gloriosos acontecimientos y se destaca como otro testigo de la divinidad de Jesucristo y de la realidad de Su resurrección. Mientras enseñaba y bendecía a aquellos fieles, les pidió que le llevaran a sus niños pequeños y que los pusieran alrededor de Él; después, se arrodilló con ellos y oró diciendo cosas tan admirables y gloriosas que no se pudieron escribir, palabras que llenaron el alma de la gente con un gozo inconcebible. El registro sagrado nos enseña lo que Jesús le dijo a la multitud:

“… Benditos sois a causa de vuestra fe.

“Y ahora he aquí, es completo mi gozo.

“Y cuando hubo dicho estas palabras, lloró, y la multitud dio testimonio de ello; y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos.

“Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo;

“y habló a la multitud, y les dijo: Mirad a vuestros pequeñitos” (3 Nefi 17:2023; cursiva agregada).

Cuando dijo a la multitud que mirara a sus pequeñitos, ¿se referiría colectivamente al grupo de niños pequeños? ¿O querría llamarles la atención a las personas -y a nosotros- sobre la naturaleza individual y la importancia de cada uno de esos niños, de cada uno como individuo? Creo que, con Su ejemplo, el Salvador nos enseñó en ese momento el cuidado tierno e individual que debemos dar a cada uno de nuestros niños, en realidad, a cada uno de los hijos de nuestro Padre Celestial. Puede tratarse del irresistible niñito que apenas empieza a andar o del rebelde adolescente, de la apenada viuda o de la mujer agradecida porque tiene una vida buena y feliz; inclusive puede que se trate de uno de los hijos, o del propio cónyuge. Cada uno es un individuo; cada uno tiene su propio potencial divino. Y cada uno debe disfrutar del alimento espiritual y del cuidado físico acompañados del amor, la ternura y la atención individual. Seguir leyendo

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Escuchando la voz del Señor

Conferencia General Octubre 1996
Escuchando la voz del Señor
Elder Francisco J. Viñas
De los Setenta

Francisco J. Viñas

“Cuando las personas escuchan y aceptan con humildad y con una fe sencilla las palabras de los Profetas, reciben las bendiciones del Señor.”

He estado considerando la importancia que ha tenido en mi vida y en la vida de otras personas, la disposición a escuchar la voz del Señor, especialmente cuando esta llega por medio de Sus siervos y bajo la influencia del Espíritu Santo.

El que yo pueda estar aquí esta tarde tengo que agradecerlo a mis padres, quienes muchos años atrás, al recibir a los misioneros, escucharon por primera vez la voz del Señor y prestaron atención a ella. Esto cambió el rumbo que llevaban sus vidas, y fue una gran influencia en la vida de sus hijos y nietos.

Al ir creciendo junto a la Iglesia en Uruguay y ser testigo de esta maravillosa obra en otros países de Sudamérica, he observado con mucha atención el efecto que ha tenido sobre la vida de las personas cuando han escuchado con diligencia y humildad la voz del Señor. La misma experiencia tuve al regresar a España y ver el cambio que se producía en las vida de la gente cuando obran con diligencia a los siervos del Señor y desarrollaban la fe suficiente para obedecer los mandamientos. Como escribió Pablo a los Romanos: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

La misma promesa que recibió el pueblo de Israel se mantiene en estos días:

“Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltara sobre todas las naciones de la tierra.

“Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzaran, si oyeres la voz de Jehová tu Dios” (Deuteronomio 28:12).

La exhortación a escuchar con atención la palabra del Señor se ha repetido en todas las dispensaciones. El Salvador en su ministerio terrenal repitió frecuentemente estas palabras: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mateo 11:15; 13:9,43: Marcos 4:23; Lucas 8:8; 14:35). También enseñó que “… EL que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna…” Juan 5:24). Seguir leyendo

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Partícipes de las glorias

Conferencia General Octubre 1996
“Partícipes de las glorias”
Presidenta Elaine L. Jack
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Elaine L. Jack

“Al recibir las bendiciones del sacerdocio, recurrimos al poder y a la gracia de Dios.”

En las praderas de Paraguay se asienta el pequeño poblado de Mistolar, ubicado en un extenso trecho de tierra en una región aislada, cerca del río Pilcomayo. Ahí, en esa pequeña comunidad agrícola, hay una rama de la Iglesia. En junio de 1987, debido a la nieve derretida de los Andes, el río, que era el recurso vital para sus cosechas, fue también la fuente de su destrucción. El río se desbordó no sólo una, sino dos veces, obligando a los santos a buscar otro lugar en donde vivir. Perdieron todo: la capilla, sus hogares, sus huertos y cercos.

Durante un mes, anduvieron con el agua hasta las rodillas, tratando simplemente de sobrevivir.

Al enterarse de tal situación, la Presidencia de Área envió víveres, y el Elder Ted E. Brewerton, del Quórum de los Setenta, encabezó un grupo de rescate en una agotadora jornada que duró dos días.

Al llegar ahí, recibieron una cálida bienvenida por parte de las mujeres y los niños, ya que la mayoría de los hombres estaban de cacería o pescando. La gente tenía poca comida y poca ropa para soportar el intenso frío del invierno y, entre los animales que habían sobrevivido, se encontraban tres ovejas, unas cuantas gallinas, una cabra y un perro flaco. Por las noches, las casas provisionales de carrizo y varas les brindaban muy poca protección.

Era obvio que su situación era bastante crítica, pero aun así, la gente sonreía; la paz que irradiaban contrastaba fuertemente con sus tristes circunstancias.

¿Cómo podían seguir animados ante tales circunstancias? La respuesta se dio a conocer cuando el élder Brewerton le preguntó al joven presidente de la rama: “¿Tiene algún enfermo entre sus miembros?”

El joven líder del sacerdocio hizo una pausa y dijo: “Creo que no; permítame preguntarles a los demás hermanos”. Unos minutos después, respondió: “Somos treinta y nueve los que poseemos el Sacerdocio de Melquisedec; nosotros velamos por nuestra gente y les bendecimos”.

Esa noche, en la reunión de la rama, una hermana ofreció una oración, una que el élder Brewerton siempre recordara. Ella dijo: “Padre, hemos perdido nuestra hermosa capilla; hemos perdido nuestra ropa; ya no tenemos casas ni materiales con que construir; tenemos que caminar diez kilómetros para tomar agua sucia del río y no tenemos ni siquiera un balde. Pero deseamos expresarte nuestra gratitud por nuestra buena salud, nuestra felicidad y por ser miembros de la Iglesia. Padre, queremos que sepas, que en cualquier circunstancia, seremos firmes, fuertes y fieles a los convenios que hicimos cuando nos bautizamos” (Véase Heidi S. Swinton, Pioneer Spirit, Deseret Book, 1996, págs. 8-11). Seguir leyendo

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El gozo de vivir el gran plan de felicidad

Conferencia General Octubre 1996

El gozo de vivir el gran plan de felicidad

Elder Richard G. Scott

Elder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Como marido y mujer, ustedes recibirán guía en su vida, al hacerse merecedores del don del Espíritu Santo si obedecen las enseñanzas del Salvador”.


Las Escrituras indican: “Y yo, Dios, cree al hombre a mi propia imagen… varón y hembra los cree” 1 . Esto se hizo espiritualmente en la vida premortal, cuando vivías en la presencia de tu Padre Celestial. Antes de venir a la tierra, ya eras hombre o mujer. Tú quisiste tener esta experiencia terrenal como parte del plan divino para ti. Los Profetas lo llaman “el plan de la misericordia” 2 ; “el eterno plan de redención” 3 ; “el plan de salvación( 4 )”; y por cierto, “el gran plan de felicidad” 5 . Se te enseñó ese plan antes de venir a la tierra y te regocijaste ante el privilegio de participar en él.

La obediencia a ese plan es el requisito para lograr la felicidad en esta vida y una continuación del gozo eterno más allá del velo. El albedrío, el derecho de decidir, es esencial para el plan de felicidad de Dios; también, el santo privilegio de la procreación, el cual debe ejercerse dentro de los lazos del matrimonio legal, es fundamental. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. La familia es ordenada por Dios ( 6 ). Como matrimonio, ustedes tienen la responsabilidad de tener hijos y de capacitarlos espiritual, emocional y físicamente ( 7 ).

Satanás también tiene un plan; es un plan de destrucción, astuto, malvado y sutil ( 8 ). El objetivo de Satanás es llevar cautivos a los hijos de nuestro Padre Celestial y hacer todo lo posible para frustrar el gran plan de felicidad.

Nuestro Padre Celestial ha investido a Sus hijos con características únicas, especialmente dadas de acuerdo con las responsabilidades individuales que tendrían, mientras ellos cumplen con Su plan. Para seguir Su plan tienes que hacer lo que El espera de ti como hijo o hija, esposo o esposa. Esas funciones son diferentes pero enteramente compatibles. En el plan del Señor, se necesitan dos -un hombre y una mujer- para formar un todo. En realidad, marido y mujer no son dos mitades idénticas, sino una asombrosa y divina combinación de aptitudes y características que se complementan.

En el matrimonio esas características se combinan en un todo-en una unidad-para bendecir al marido y a la mujer, a los hijos y a los nietos. Para lograr la mayor felicidad y productividad en la vida, se necesitan tanto el marido como la mujer; sus esfuerzos se entretejen y se complementan. Cada uno tiene rasgos individuales que se ajustan mejor al plan del Señor para la felicidad del hombre o de la mujer. Si se emplean como el Señor quiere, esas aptitudes hacen que los dos piensen, actúen y se regocijen como si fueran uno; que enfrenten los problemas juntos y los resuelvan como si fueran uno; que su amor y comprensión aumenten y que por las ordenanzas del templo queden ligados eternamente. Ese es el plan.

Ustedes pueden aprender a ser padres más eficaces estudiando la vida de Adán y Eva. Adán era Miguel, el que ayudó a crear la tierra, un personaje glorioso y magnifico; Eva era su igual, una colaboradora completa y total. Después que comieron del fruto, el Señor les habló. Seguir leyendo

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Cristianos en creencia y en acción

Conferencia General Octubre 1996
Cristianos en creencia y en acción
Elder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

“Mediante la obediencia, motivada por un sincero amor a Dios, venimos a Cristo plenamente y dejamos que Su gracia, por conducto de la Expiación, nos conduzca a la perfección.”

Mis queridos hermanos y hermanas, es un privilegio para mí hablarles en esta tarde. Oro por el mismo Espíritu del que tanto hemos gozado durante esta conferencia.

Algunas personas creen erróneamente que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y sus miembros no son cristianos. Se nos hace difícil entender por qué habría alguien que aceptara y promoviera esa idea que esta tan lejos de la verdad. El presidente Gordon B. Hinckley ha descrito a los miembros de la Iglesia diciendo que estamos “unidos por el amor común por nuestro Maestro que es el Hijo de Dios, el Redentor del mundo. Somos el pueblo del convenio del Señor: hemos tomado sobre nosotros Su santo nombre”’.

Nuestras creencias y acciones podrán diferir de las de otros, pero, como buenos cristianos, no criticamos otras religiones ni a sus seguidores. “Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren como, donde o lo que deseen.

En el diccionario se define a un cristiano como alguien “que cree en la fe de Cristo… que pertenece a la religión de Cristo”, y cuya acción demuestra el “amor a Dios, la caridad, la humildad, el amor al prójimo” 5 . Así, vemos que hay dos características que identifican a los cristianos: ( 1 ) su creencia en el Salvador, y ( 2 ) sus acciones en armonía con las enseñanzas del Salvador. Los miembros fieles de la Iglesia, a los que se les llama santos o Santos de los Últimos Días, tienen ambas características; tanto en nuestra creencia como en nuestras acciones demostramos que en nuestra religión “la principal piedra del ángulo [es] Jesucristo mismo” 4 .

Nuestra Declaración De Creencia

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lleva Su nombre; El está a la cabeza y la dirige por medio de Sus Profetas escogidos.

Creemos que el primer principio del evangelio es la “fe en el Señor Jesucristo” 5 . “… nadie viene al Padre, sino por” El ( 6 ). Como discípulos Suyos que somos, con valentía nos hacemos eco del decisivo testimonio de Pedro al Maestro: “Tu eres el Cristo” 7 . Es el ardiente testimonio del Santo Espíritu que sentimos profundamente en nuestro corazón lo que nos lleva a hacer esa manifestación en forma agradecida y humilde. Cuando explicamos lo que sentimos por Jesús, testificamos con amor y sencillez que Él es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” 8 . Seguir leyendo

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El campo está blanco

Abril 1987
El campo está blanco
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley

Es motivo de gran regocijo para mí ver lo que está ocurriendo con la gran obra misional que se está realizando en la Iglesia. La labor de predicar el evangelio a los demás fue la primera res­ponsabilidad que se le encomendó al profeta José Smith al principio de esta dispensación, y jamás de­be ser relegada a segundo plano. Según se encuentra escrito, las últimas palabras que el Señor dirigió a sus discípulos antes de ascender al cielo fueron:

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las na­ciones, -bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

«enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:19-20.)

Me siento profundamente emocionado ante lo que- está sucediendo en nuestra época. En 1985 se bauti­zaron 197,640 conversos en la Iglesia. ¡Esta cifra es mayor a la población total que había en la Iglesia al completarse sus primeros cincuenta años!

A juzgar por el número de miembros que integran una estaca promedio que se organiza en estos días, es decir, dos mil quinientas personas, podríamos supo­ner que en 1985 se unieron a la Iglesia el suficiente número de conversos para formar setenta y nueve estacas nuevas. ¡Esto es algo realmente notable!

Un alma viviente

Hemos de considerar, no obstante, que un con­verso no es simplemente alguien a quien se le consi­dera como un número registrado en una página de estadísticas. Un converso es un hombre, una mujer, un joven o un niño. Un converso es un alma vivien­te a cuya vida ha llegado nueva luz, comprensión y conocimiento.

Llamamos conversos a aquellas personas a quienes se les ha enseñado el evangelio restaurado de Jesu­cristo y que lo han aceptado con sinceridad. Son esas personas cuyo corazón ha sido penetrado por una nueva fe, y cuya mente se ha llenado de un nuevo entendimiento. Son aquellos que han cobrado nue­vos deseos de vivir de conformidad con normas más elevadas de conducta, y han conocido una nueva felicidad y engrandecido su círculo de amistades. Su visión se ha ampliado con un nuevo entendimiento de los eternos propósitos de Dios. Los conversos son personas de enorme importancia, puesto que son hombres, mujeres, adolescentes o niños que se han arrepentido de sus hábitos anteriores y han adoptado una nueva forma de vivir.

En 1986 se unieron a la Iglesia más de doscientos mil conversos. ¡Cuánto más maravilloso habría sido si este evangelio hubiera penetrado en la vida de otras cincuenta mil personas adicionales o, aún más, otras cien mil! Aunque no haya sucedido esto toda­vía, yo creo firmemente que se puede lograr.

Muchas de esas personas se han convertido al evangelio gracias a los esfuerzos de los misioneros. Es motivo de gran satisfacción saber que a fines de 1986, entre los que se encontraban sirviendo ya en el campo y los que había sido llamados, había casi treinta mil misioneros. Para fines de 1987, espera­mos que se sobrepase ese número.

Es natural que si hay más misioneros, por ende habrá más conversos. E igualmente, si los misioneros salen a servir mejor preparados, serán más eficientes.

Un milagro renovador

A mí me parece que los misioneros son siempre un milagro renovador. Durante los años de mi ministe­rio como Autoridad General, he tenido la oportuni­dad de reunirme con ellos en diferentes partes del mundo. Todos se parecen, en muchos aspectos, en cualquier lugar donde se les encuentre. La mayoría son muchachos jóvenes—apuestos jovencitos y her­mosas jovencitas. Se caracterizan por su gran vitali­dad y por su entusiasmo para llevar a cabo la obra.

No se desaniman o deprimen con facilidad, aunque algunas veces tienen que enfrentarse con alguna desilusión. Se les conoce por su dedicación y firme devoción a la obra a la que se les ha llamado. Reci­ben dirección, guía e inspiración de un selecto grupo de presidentes de misión a quienes llegan a amar casi como a sus propios padres. Se infunden ánimo y fuerza mutuamente y llegan a entablar maravillosas amistades que perduran por toda la vida. Se les llama por el espíritu de profecía y revelación, y ellos, por medio de sus devotos esfuerzos, inyectan a la Iglesia de nueva sangre y vida.

Los jóvenes de ambos sexos que salen a la misión nunca siguen siendo los mismos después de prestar este servicio. Vuelven a sus hogares dotados de cuali­dades y características de entereza y fuerza que pare­cen no obtenerse de ninguna otra manera, sino en el campo misional. Vuelven con una certeza, como nunca la habían tenido, de que esta obra es verdade­ra y que es la más importante de toda la tierra. Re­gresan a su hogar con un deseo de seguir sirviendo, porque han establecido los cimientos para asumir mayores responsabilidades en el futuro.

Necesitamos más misioneros. En estos momentos muy bien podríamos aprovechar el servicio de otros diez mil. El que suponga que ya hay suficientes estará hablando sin fundamento. Por los informes que he escuchado de las diferentes presidencias de las áreas internacionales del mundo, me he dado cuenta de la magnitud del trabajo que queda por hacer. Por ejem­plo, hay cierta área en la que sólo hay 270.000 miembros, cuando la población total asciende a 640 millones. «A la verdad la mies es mucha, más los obreros pocos.» (Mateo 9:37.) Ahora bien, herma­nos y hermanas, ¿qué podemos hacer? Seguir leyendo

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Asombro me da

De un discurso a los obreros del Templo de Salt Lake,
el 24 de noviembre de 1985.
Asombro me da
Por Jeffrey R. Holland
Presidente de la Universidad Brigham Young

Jeffrey R. Holland

Uno de nuestros himnos favoritos comienza con las palabras «Asombro me da». (Himnos de Sión, 46.) Al pensar en la vida de Cristo nos quedamos realmente asombrados. Nos asombra su papel premortal como el gran Jehová, agente de su Padre, creador de la tierra, guardián de toda la fami­lia humana. Nos asombra su venida a la tierra y las circunstancias que rodearon su advenimiento. Nos asombra el milagro de su concepción y la pobreza de su nacimiento.

Nos asombra ver que cuando tenía sólo doce años de edad, ya estaba en los negocios de su padre. Nos asombra el comienzo formal de su ministerio, su bautismo y sus dones espirituales.

Nos asombra que dondequiera que Él iba, las fuer­zas del maligno le precedían y que lo conocían desde el principio. Nos asombra que Jesús echó fuera y venció estas fuerzas del mal al hacer que el cojo caminara, el ciego viera, el sordo oyera y el enfermo sanara. En verdad nos asombra todo movimiento y momento — tal como cada generación desde Adán hasta el fin del mundo ha de estarlo. Al meditar en el ministerio del Salvador, me pregunto: «¿Cómo lo hizo?»

Pero lo que más me asombra es cuando Jesús, en su intensa agonía al estar en la cruz, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lucas 23:34.)

Si jamás ha habido un momento que verdadera­mente me haya causado asombro, es éste. Cuando pienso en El, soportando el peso de todos nuestros pecados y perdonando a aquellos que lo clavaron a la cruz, mi pregunta no es «¿Cómo lo hizo?», sino «¿Por qué lo hizo?» Al hacer un examen de mi vida en contraste con la misericordiosa vida de Él, me doy cuenta de que no hago todo lo que debería para seguir el ejemplo del Maestro.

Para mí, esto es razón de asombro de primer or­den. Me asombra lo suficiente su habilidad de sanar a los enfermos y de levantar a los muertos, pero yo mismo he tenido cierta experiencia en sanar en una forma limitada. Todos somos vasos menores, pero, hemos sido testigos de los repetidos milagros del Se­ñor en nuestras propias vidas, en nuestros propios hogares y con nuestra propia porción del sacerdocio. Pero, ¿misericordia? ¿Perdón? ¿Expiación? ¿Reconciliación? Muy a menudo, eso es algo diferente.

¿Cómo pudo perdonar a los que le atormentaban en ese momento? Con todo ese dolor, con la sangre que le brotaba por cada poro, aún pensaba en los demás. Esta es aún otra evidencia asombrosa de que en verdad era perfecto y que espera que nosotros también lo seamos. En el Sermón del Monte, antes de declarar que la perfección debería ser nuestra me­ta, mencionó un último requisito. Dijo: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen». (Mateo 5:44.)

De todas, esta es la cosa más difícil de hacer. Preferiría que se me pidiera resucitar a los muertos, o devolverle la vista a un ciego o aliviar una mano paralizada; preferiría hacer cualquier cosa que amar a mis enemigos y perdonar a aquellos que me lastiman a mí o a mis hijos o a los hijos de mis hijos, especial­mente a aquellos que se ríen y gozan de la brutalidad de lastimar a otros.

La única persona perfecta y la más pura que ha vivido en esta tierra fue Jesucristo. Él es la ‘única persona en todo el mundo, desde Adán hasta este momento, que merecía adoración, respe­to, admiración y amor, y sin embargo fue perseguido, abandonado y muerto. Pese a todo eso, no condenó a los que lo persiguieron.

Cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, habían sido expulsados del Jardín de Edén, el Señor «les mandó que adorasen al Señor su Dios y ofrecie­sen las primicias de sus rebaños como ofrendas al Señor». (Moisés 5:5.) El ángel le dijo a Adán: «Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad». (Moisés 5:7.)

Este sacrificio servía como un recordatorio cons­tante de la humillación y el sufrimiento que el Hijo soportaría para rescatarnos. Era un recordatorio constante de que no abriría su boca, que sería lleva­do como cordero al degolladero. (Véase Mosíah 14:7.) Era un recordatorio constante de la manse­dumbre, misericordia y bondad -sí, el perdón- que habría de marcar la vida de todo cristiano. Por todas estas razones y más, esos corderos primogénitos, lim­pios y sin mancha, perfectos en todo aspecto, eran ofrecidos sobrepesos altares de piedra, año tras año y generación tras generación, señalándonos hacia el gran Cordero de Dios, su Hijo Unigénito, su Primo­génito, perfecto y sin mancha.

En nuestra dispensación, debemos participar de la Santa Cena -una ofrenda simbólica que refleja nuestro corazón quebrantado y nuestro espíritu con­trito. (Véase D. y C. 59:8.) Al participar, promete­mos «recordarle siempre, y guardar sus mandamien­tos,. . . para que siempre [podamos] tener su espíritu [con nosotros]». (D. y C. 20:77.)

Los símbolos del sacrificio del Señor, ya sea en los días de Adán o en los nuestros, son para ayudarnos a recordar que debemos vivir pacífica, obediente y mi­sericordiosamente. Estas ordenanzas son para ayu­darnos a recordar que debemos demostrar el evange­lio de Jesucristo en nuestra longanimidad y bondad humana los unos para con los otros, tal como Él nos lo demostró en esa cruz. Seguir leyendo

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Progresemos hacia el bien

Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young
el 23 de julio de 1985.

Progresemos hacia el bien
Por Richard G. Ellsworth

No hace mucho tiempo, mientras conversaba con una de mis hijas casadas sobre una experiencia espiritual que tuvo uno de nuestros antepasados, ella me preguntó: «¿Por qué los pioneros parecen haber tenido tantas experien­cias espirituales y nosotros tan pocas? ¿No debe­ríamos tener nosotros la misma clase de experien­cias que ellos tuvieron?»

Quizás ustedes se hayan hecho la misma pre­gunta; la mayoría de nosotros se la hace tarde o temprano. Deseo atestiguar de la realidad, la ac­cesibilidad, el propósito y lugar que ocupan las experiencias espirituales en nuestra vida. Deseo testificar que el tener una experiencia espiritual es algo real, que está al alcance de todos, y nos pro­porciona la verdad y el poder para influir y cam­biar nuestra vida si nos ubicamos en una situación que nos permita recibirla. Existe una dimensión espiritual; de hecho, nuestra dimensión terrenal no es más que una pequeña porción de una reali­dad mucho mayor que nos rodea y que sobrepasa nuestro conocimiento. Dentro de nuestro cuerpo mora nuestro espíritu, un ser celestial programado para responder a la dimensión espiritual.

Quizás por el hecho de que la maldad sea más ofensiva a nuestro espíritu notemos su presencia con más facilidad. A menudo podemos percibir los pensamientos o intenciones malignas que nos ro­dean.

Nuestro espíritu se retira del mal

Recuerdo cuando era joven y salí de mi hogar para servir en la Marina de los Estados Unidos. Mi abuela me advirtió que el Espíritu del Señor no me acompañaría a lugares donde existiera la maldad, lo cual descubrí muchas veces cuando mis obliga­ciones militares requerían que yo estuviera en lu­gares donde la maldad prevalecía en el corazón de los hombres. Nosotros, es decir, nuestro espíri­tu, sí se retira del mal, por lo menos hasta que llegamos a acostumbrarnos tanto a su presencia que perdemos la habilidad de sentirnos ofendidos y, de hecho, llegamos a insensibilizarnos ante su presencia.

La bondad también se puede percibir al igual que la maldad, pero siendo que no nos causa tan­to impacto es más fácil que no la notemos. Sin embargo, la bondad es poderosa, mucho más po­derosa que la maldad. La bondad es santa; se siente tan bien ser honrado, y ¿no hemos experi­mentado todos el dulce alivio que se siente al ser perdonados? El perdón es divino. El arrepenti­miento es un importante principio del evangelio de Jesucristo, porque nos limpia nuevamente y pone nuestro espíritu en armonía con aquello que es bueno. Inevitablemente la bondad testifica de Je­sucristo, y se fortalece nuestro testimonio de verda­des eternas.

Testimonio de la verdad.

Por ejemplo, el testimonio de la veracidad del Libro de Mormón lo obtuve cuando era joven por el deseo que tenía de ser protegido del mal con un escudo de bondad. Fue durante la Segunda Guerra Mundial, cuando como joven marino se me asignó a la base aeronaval de Anacostia, en Washington.

Una de mis tareas era la de participar en la pro­ducción de películas de entrenamiento que identi­ficaban la forma y el contorno de los barcos y avio­nes enemigos. Estas películas se producían en un gran edificio parecido a un granero, que contenía un escenario grande y plano y estaba lleno de maquetas, modelos, figuras y otros aparatos.

La mayor parte del tiempo nos manteníamos muy ocupados, pero casi al final de la guerra pa­samos varias semanas sin ninguna asignación. Fi­nalmente, todos los que trabajaban conmigo reci­bieron otras asignaciones, pero por alguna razón a mí me dejaron en el edificio, tal vez para vigilar el equipo. Al principio disfrutaba enormemente de mi libertad; era agradable no tener nada que ha­cer. Habían cortado toda la electricidad de aquel lugar, con la excepción de un enchufe en el que se había conectado una pequeña lámpara que des­cansaba sobre una mesa. Además, había una si­lla de madera donde me podía sentar si lo desea­ba. El resto del edificio estaba todo obscuro. Durante varios días, abrí la puerta para que entra­ra la luz y me sentaba afuera, en la vieja silla, a disfrutar de aquella soledad. Pero pronto me em­pecé a aburrir.

Había sido criado en la Iglesia por padres abne­gados que me habían enseñado el evangelio, pero yo nunca había leído completamente el Libro de Mormón. Un día, mientras descansaba sin hacer nada, decidí que ese era un momento oportuno para leerlo. Así que esa misma tarde traje de mi dormitorio mi pequeño Libro de Mormón que da­ban a los militares y, deseando estar a solas, entré en el edificio, encendí la pequeña lámpara que estaba sobre la mesa y empecé a leer. Recuerdo cuánto me impresionaron esas primeras palabras, «Yo, Nefi, nací de buenos padres…» (1 Nefi 1:1). Seguir leyendo

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No os desalentéis

Liahona Marzo 1987
No os desalentéis
Por el presidente Ezra Taft Benson

Ezra Taft Benson

Vivimos en una época en que, tal como el Señor lo predijo, el corazón de los seres humanos desmaya, no sólo física sino espiritualmente (véase D. y C. 45:26). Muchos se dan por vencidos en la lucha de la vida y el suicidio es una de las principales causas de muerte entre los jóvenes. Al aproximarse el momento de la confrontación entre el bien y el mal con las pruebas y tribulacio­nes que traerá consigo, Satanás aumenta sus esfuerzos por vencer a los santos mediante la depresión, el desa­lentó, la desilusión y la desesperación.

No obstante, de todas las personas de este mundo, los Santos de los Últimos Días deberíamos ser los más optimistas y menos inclinados a entregarnos al pesi­mismo, porque, aunque sabemos que “la paz será qui­tada de la tierra, y el diablo tendrá poder sobre su propio dominio”, también tenemos la seguridad de que “el Señor tendrá poder sobre sus santos, y reinará en medio de ellos” (D. y C. 1:35-36).

Puesto que sabemos que la Iglesia permanecerá inal­terable, dirigida por Dios en los tiempos difíciles que nos esperan, tenemos la responsabilidad individual de esforzarnos por mantenernos fieles a ella y a sus ense­ñanzas. “Más el que permanezca firme y no sea venci­do, ése será salvo” (José Smith – Mateo 11). A fin de ayudarnos para que los designios del diablo no nos venzan con la depresión, el desaliento, la desilusión y la desesperación, el Señor nos ha proporcionado por lo menos una docena de formas de elevar el espíritu y recorrer nuestro camino con gozo y buen ánimo.

1: El arrepentimiento

En el Libro de Mormón leemos que “la desespera­ción viene por causa de la iniquidad” (Moroni 10:22). “Cuando hago lo bueno, me siento bien”, dijo Abraham Lincoln, “y cuando hago lo malo, me siento mal”. El pecado empuja al hombre hacia las profundi­dades del desaliento y la desesperación, y aun cuando pueda sentir algo de placer pasajero, el resultado final será la desdicha. “La maldad nunca fue felicidad.” (Alma 41:10.) El pecado nos impide estar en armonía con Dios y deprime el espíritu; por lo tanto, bien haríamos en examinarnos escrupulosamente a fin de asegurarnos de que nuestra vida armoniza con todas las leyes de Dios. Por cada una de éstas que obedezca­mos recibiremos una bendición determinada; y cada una que quebrantemos acarreará sobre nosotros un particular infortunio. Aquellos que llevan la pesada carga del desaliento deberían acercarse al Señor, porque el yugo del Maestro es fácil de llevar y su carga es ligera. (Véase Mateo 11:28-30.)

2: La oración

En momentos de necesidad, la oración es una ben­dición maravillosa. Desde las pruebas más fáciles de soportar hasta los calvarios por los que tenemos que pasar, la oración persistente puede ponernos en contacto con Dios, inagotable fuente de consuelo y dirección. “Ora siempre para que salgas triunfante.” (D. y C. 10:5.) “Esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara” fueron las palabras con las que el joven José Smith describió el método que empleó en la Arboleda Sagrada para impedir que el adversario lo destruyera (José Smith-Historia 16). Y esa es también una clave que nosotros podemos utilizar para impedir que la depresión nos destruya.

3: El servicio

El “perdernos” en el servicio a nuestros semejantes puede ayudarnos a apartar de nosotros los problemas personales o, al menos, a verlos en la perspectiva adecuada.

“Cuando os encontréis un poco abatidos”, dijo el presidente Lorenzo Snow, “mirad a vuestro alrededor y buscad a alguien que esté en peores condiciones; acercaos a esa persona y averiguad qué problema tie­ne, y luego tratad de ayudarla a solucionarlo con la sabiduría que el Señor os confiera. Y de pronto os encontraréis con que vuestra pesadumbre ha des­aparecido, os sentís aliviados, el Espíritu del Señor está con vosotros y todo a vuestro alrededor os parece iluminado.” (Conferencia General del 6 de abril de 1899.) Seguir leyendo

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Un asunto de reciprocidad

Marzo 1987
Un asunto de reciprocidad
Por el élder William Grant Bangerter
De la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta

William G. Bangerter

Nosotros reclamamos el derecho de adorar a Dios todopoderoso conforme a los dictados de nuestra conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio; adoren cómo, dónde o lo que deseen.

Por lo que se ve, no todo el mundo le guarda simpatía a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. De hecho, existen algunos grupos a quienes les parece que la Iglesia y sus feligre­ses representan a la más detestable de todas las religio­nes. Algunos consideran que somos una viva repre­sentación de los poderes del mal, y otros piensan que se rendiría un servicio a Dios si se hiciera desaparecer nuestra religión. En las Escrituras se predice: “Os ex­pulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios”. (Juan 16:2.)

Por supuesto, y no obstante lo anterior, también hay muchos que poseen un sano juicio y reconocen que los verdaderos Santos de los Últimos Días son gente benigna y escogida, de grandes cualidades dig­nas de ser emuladas, y que representan a una poderosa fuerza para bien en el mundo. Pero la verdad es que, aun en nuestra época, nuestra gente está frecuente­mente expuesta a la crítica y el ridículo desmedidos y es acosada con el más deplorable de los descaros. Era así en los días de José Smith, y también durante los días de mi niñez, al igual que en la actualidad, y debemos reconocer que dicha oposición continuará en el futuro.

¿Cómo, entonces, podremos defendernos del anta­gonismo? ¿Cómo podremos responder ante las voces de la oposición, el escarnio y aun el odio con que se nos trate? ¿Cómo podremos hacernos entender? ¿Qué respuestas daremos?

Quiero deciros, hermanos, que existen respuestas dignas y apropiadas. Estas pueden servir de herramien­tas poderosas para fomentar una mejor comprensión de la Iglesia y finalmente convertir a otros a la verdad que representamos. No sólo nos interesa que los de­más simpaticen con nosotros, sino que nuestro gran propósito es ayudarlos a comprender el plan que Dios ha revelado y motivarlos a vivirlo.

El respeto a los que pertenecen a otras religiones

Hace varios años, durante la inauguración del Templo Jordán River, encontré ocasión para reflexio­nar por algunos momentos mientras veía que el presidente Gordon B. Hinckley saludaba a un grupo de ministros de otras iglesias. Después de que él les había dado la bienvenida y les había expresado el aprecio que sentíamos por la labor que realizaban al ayudar a tantos a buscar la rectitud, los invitó a que hicieran las preguntas que desearan. Dos o tres miembros de aquel grupo, olvidando guardar la debida compostura, ya que se trataba de una situación afable y de que se les había invitado a un cordial intercambio, lanzaron ciertas preguntas de tono antagónico y sarcástico. Pe­dían que el presidente Hinckley les diera una explica­ción justificable de la declaración que aparece en el testimonio de José Smith, cuando, estando en la pre­sencia del Padre y del Hijo, escuchó que todos los profesores de religión eran corruptos. El presidente Hinckley les aclaró que no era eso lo que había dicho el Señor.

Al reflexionar sobre esa misma interrogante, yo también me he preguntado: ¿Creemos realmente que todos los ministros de otras iglesias son corruptos? Por supuesto que no. No fue eso lo que José Smith tuvo la intención de transmitir. Si se lee cuidadosamente ese pasaje, uno se da cuenta de que nuestro Señor Jesu­cristo se estaba refiriendo únicamente a aquel grupo de ministros que vivía en la misma comunidad a la que pertenecía José Smith, quienes altercaban y se contra­decían unos a otros sobre cuál era la iglesia verdadera. Fue el Salvador mismo (no José Smith) el que dijo: “con sus labios me honran, pero su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas los mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, más negan­do la eficacia de ella”. (José Smith-Historia 19.) Seguir leyendo

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Las fuerzas que gobiernan la vida

Marzo 1987
Las fuerzas que gobiernan la vida
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Russell M. Nelson

Era uno de esos momentos especiales en que una hija va a plantearle a su padre una pregunta sincera que merece una respuesta bien pensada. La pregunta que la atracti­va jovencita formuló era:

-Papá, con todas las influencias malignas que tengo a mí alrededor, ¿cómo puedo estar «en el mundo» y al mismo tiempo mantenerme dentro de normas aceptables para ti y para mi Padre Celestial?

– Hay dos fuerzas importantes que gobiernan el mundo – le respondió su padre -; son la centrífuga y la centrípeta. Ambas palabras provienen del la­tín; fuerza centrífuga es la que hace huir del centro, fuerza centrípeta es la que dirige hacia el centro.

-¡Papá! -exclamó desanimada la joven-. ¡Te hago una pregunta sencilla y me das una respuesta complicada! ¿No me puedes dar una contestación clara?

-Bueno, hijita, déjame explicarte lo que quiero decir. Mira, tomemos esta bolita de algodón y pon­gámosla sobre el plato giratorio del tocadiscos.

Así diciendo colocó la bolita en el borde del plato giratorio y le dijo a su hija que lo encendiera. A la tercera o cuarta revolución la bolita de algodón sa­lió volando por el aire y fue a caer en el piso.

-Apaga el tocadiscos – le dijo él -, y coloca la bolita en el centro del plato; ahora vuelve a encen­derlo.

Ella lo hizo, y el plato comenzó a girar rápida­mente, una vuelta tras otra; pero entonces la bolita no se movió.

– Eso es lo que quería decir con lo de las fuerzas centrífuga y centrípeta – le dijo su papá -. Una ha­ce que el objeto salga disparado en dirección opuesta al centro, mientras que la otra lo dirige ha­cia el centro o lo mantiene en su lugar. Seguir leyendo

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Los principios de bienestar personal y familiar

Febrero 1987
LOS PRINCIPIOS DE BIENESTAR PERSONAL Y FAMILIAR
Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Thomas S. MonsonEl progreso de nuestro pueblo depende de que comprendamos bien los principios inspirados de bien­estar y vivamos de    acuerdo con ellos.

El domingo 5 de abril de 1936, los que entonces eran profetas, videntes y reveladores de la Iglesia de Dios en la tierra se juntaron en una reunión muy importante. Presidía el presidente Heber J. Grant, y estaban presentes sus consejeros, los presidentes J. Reuben Clark, hijo, y David O.

McKay. En esa ocasión se organizó lo que después se ha conocido como el plan de bienestar de la Iglesia y que viene a ser la aplicación moderna de principios eternos.

En esa reunión el presidente McKay declaró:

“Esta organización es establecida por revelación divina y no hay nada más en todo el mundo que sirva para atender mejor las necesidades de sus miembros.”

Y el presidente Clark agregó que “el Señor nos ha dado la espiritualidad; nos ha dado el mandato. . .

Los ojos del mundo están puestos sobre nosotros. . . Que el Señor nos bendiga, nos dé valor, nos dé sabiduría y visión para llevar adelante esta gran obra”. (En Henry D. Taylor, The Church Welfare Pian, [Salt Lake City: Derechos reservados por el autor, 1984, págs. 26-27.) Véase también “Un plan providente-Una promesa preciosa”, Liahona, julio de 1986, pág. 56.)

Me impresionó mucho examinar esas declaracio­nes tan fundamentales y el consejo divino que se recibió aquel año de la creación del plan de bienestar de la Iglesia. Al prepararnos para avanzar, haciendo hincapié con renovado ímpetu en los principios eter­nos de este plan, pienso que para empezar sería con­veniente hacer una revisión de aquellas enseñanzas de los primeros tiempos que pueden darnos la fortale­za y la resolución para seguir adelante.

En la Conferencia General de octubre de ese mis­mo año, el presidente Heber J. Grant leyó una decla­ración de la Primera Presidencia que explicaba los principios en los que se basa la obra de bienestar de la Iglesia. En ella estaban las siguientes palabras que casi todos conocemos muy bien:

“Nuestro propósito principal fue establecer, hasta donde fuera posible, un sistema bajo el cual la maldi­ción del ocio fuera suprimida, se abolieran las limos­nas y se establecieran nuevamente entre nuestro pueblo la industria, el ahorro y el autor respeto. El propósito de la Iglesia es ayudar a las personas a ayudarse a sí mismas.” (Manual de los Servicios de Bienestar, parte 1, pág. 1.)

Principios básicos que no cambian

Desde aquel comienzo, la Iglesia ha continuado recibiendo dirección divina según lo que exigieran las circunstancias. Los programas y procedimientos para poner en práctica los principios de bienestar se han modificado, y es posible que se sigan haciendo cambios de acuerdo con las necesidades que surjan; pero los principios básicos no cambian ni cambiarán nunca, porque son verdades reveladas. Se nos han dado direcciones en cuanto a la aplicación de estas verdades.

He ordenado esos principios directivos por temas en la siguiente forma: trabajo, autosuficiencia, bue­na administración económica, almacenamiento para un año, cuidado de los parientes (de todos, no sólo de los padres o hijos que vivan con nosotros) y el empleo prudente de los recursos de la Iglesia.

EL TRABAJO es fundamental en todo lo que hacemos. La primera instrucción que dio Dios ‘a Adán en el Jardín de Edén y que se encuen­tra registrada en las Escrituras fue “que lo labrara y lo guardase’’ (Génesis 2:15). Después de la Caída, Dios maldijo la tierra por causa del hombre (Génesis 3:17), diciendo: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra…” (Génesis 3:19).

En nuestra época, hay muchos que han olvidado el valor del trabajo, y hay quienes tienen la falsa idea de que la meta más alta en la vida es llegar a una situación en la que se pueda vivir sin trabajar. Escuchemos el consejo que dio el presidente Stephen L. Richards en 1939:

“Siempre hemos considerado digno el trabajo y reprobado el ocio. En nuestros libros y discursos se ha ensalzado el trabajo vigoroso, y nuestros líderes también lo han hecho, particularmente nuestro pre­sidente actual. Nuestro emblema ha sido una colme­na de abejas laboriosas. El trabajar con fe es un pun­to destacado de nuestra doctrina teológica, y contemplamos la meta de nuestro estado futuro – el cielo- como una cadena de progreso eterno por me­dio de una labor constante.” (Conferencia General de octubre de 1939.) Seguir leyendo

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Unidos en rectitud

Febrero 1987
Unidos en rectitud
Por Ardeth G. Kapp
Presidenta General de las Mujeres jóvenes

Aunque los jóvenes de ambos sexos tengan responsabilidades distintas que cumplir, las bendiciones que reciben del sacerdocio son las mismas.

Ardeth G. Kapp.Tanto las mujeres como los hombres jóvenes tie­nen suficiente razón para regocijarse por la restau­ración del Sacerdocio Aarónico; debemos regoci­jarnos porque el sacerdocio fue restaurado con la finalidad de bendecir a toda la familia humana. Cuando se ejerce rectamente, este poder une al hombre y a la mujer, a los hijos y a las familias. Hay una razón especial para que nos regocijemos juntamente, porque la unidad en rectitud es el corazón del plan que nuestro Padre Celestial ha trazado para todos sus hijos. Es un plan glorioso en el cual todos tomamos parte.

A fin de que se cumplan todas las bendiciones del plan de nuestro Padre que tienen que ver con el poder y la autoridad del sacerdocio, los jóvenes de ambos sexos deben llevar a cabo la parte que les corresponde. Aunque sus responsabilidades, su influencia y sus dotes innatos sean diferentes, considero que su preparación para recibir la pleni­tud de las bendiciones del sacerdocio es más se­mejante que diferente en muchos aspectos.

Consideremos las ocasiones en las que el poder y la autoridad del sacerdocio cobran mayor impor­tancia para cada individuo.

El convenio del bautismo

Cuando ustedes fueron bautizados y se convir­tieron en miembros de la Iglesia, tomaron parte en la primera ordenanza del sacerdocio en la que hi­cieron un convenio. Con ella se les abrió la puerta para emprender el regreso a su Padre Celestial. Fueron bautizados con el mismo poder y autoridad que ejerció Juan el Bautista cuando bautizó a Jesu­cristo, nuestro Salvador, en el Río Jordán.

El don del Espíritu Santo viene después del bautismo y constituye la siguiente ordenanza esencial del evangelio. El que les impuso las manos sobre la cabeza tenía la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec, y fue por ese poder que los bendijo para que «recibieran el Espíritu Santo». El Espíritu Santo puede ser su compañero de por vida; se les ha dado para guiarlos, enseñarlos, consolarlos, inspirarlos y darles testi­monio de la realidad del Salvador y de las verda­des del evangelio restaurado.

El poder del Espíritu Santo

Permítanme recordarles otras ocasiones en las que muchos de ustedes han recibido o recibirán las bendiciones y el poder del sacerdocio y el don del Espíritu Santo. Muchos de ustedes han sido llamados y apartados, o lo serán más adelante (per un poseedor de la autoridad del sagrado sacerdocio) para servir como líderes de quorum o de clase. Cuando se les aparta y se les imponen las manos sobro la cabeza, reciben el poder y la autoridad para actuar al oficio al que se les ha llamado.

Cierta presidenta do una ciase de Laureles lo explicó de la siguiente forma: «El obispo me llamó como presidenta de una clase de diecisiete jovencitas y me dijo que a partir de entonces yo era responsable de ellas. ¡Yo estaba aterrorizada por semejante responsabilidad! Luego me pidió que decidiera quiénes iban a ser mis consejeras y para ello me recordó que debía orar y preguntarle al Señor. Yo no sabía cómo se hacía; ¿cómo podría yo saber a quién quería el Señor?

«Escribí los nombres de las diecisiete jovencitas en un pedazo de papel y oré en cuanto a todos ellos. . . Pensé y pensé y oré mucho [tachando ca­da vez más nombres] por tres días, hasta que sólo quedaron dos nombres. Entonces me sobrevino un fuerte sentimiento de seguridad de que era a aquellas jóvenes cuyos nombres yacían intactos a quienes el Padre Celestial quería. Es así como se hace.»

Es importante que todos reconozcamos y seamos testigos del poder del Espíritu Santo cuando bus­quemos inspiración con respecto a los llamamien­tos que hemos recibido de nuestro Padre Celestial a través del obispo. Seguir leyendo

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Establecer, la causa de Sion

Febrero 1987
«Establecer, la causa de Sion»
Por el élder Vaughn J. Featherstone
Del Primer Quorum de los Setenta
y Presidente General de los Hombres Jóvenes

Vaughn J. FeatherstoneA todos los varones jóvenes de la Iglesia quisiera expresarles un «llamado a la batalla».
Se os ha levantado un estandarte; el sonido de la trompeta es claro y terrible; os llamamos a vosotros, jóvenes, para que os unáis a las filas. Nuestra guerra es por las almas de los hijos de los hombres.

Moroni, el comandante de los, ejércitos nefitas (véase Alma 46:11), «rasgó su túnica; y tomó una de las tiras y escribió en ella: En memoria de nues­tro Dios, nuestra religión, y libertad, y nuestra paz, nuestras esposas y nuestros hijos; y la colocó en el extremo de un asta.

«Y se ajustó su casco y su peto y sus escudos, y se ciñó los lomos con su armadura; y lomó el asta, en cuyo extremo se hallaba su túnica rasgada (y la llamó el estandarte de libertad), y se inclinó hasta el suelo y oró fervorosamente a su Dios, que las bendiciones de libertad descansaran sobre sus hermanos mientras permaneciese un grupo de cristianos para poseer la tierra. . .

«Y. . . Moroni . . . fue entre el pueblo, ondean­do en el aire la tira rasgada de su ropa, para que todos pudieran ver la inscripción que había escrito sobre la parte rasgada, y clamando en alta voz, diciendo:

«He aquí, todos aquellos que quieran preservar este título sobre la tierra, vengan en la fuerza del Señor y hagan convenio de que mantendrán sus derechos y su religión, para que el Señor Dios los bendiga.» (Alma 46:12- 13, 19-20.)

En este día volvemos a extender el llamamiento, esta vez a vosotros, nuestros queridos jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Vosotros sois ese grupo de cristianos, y éste es un llamado para animaros. Venid; la batalla es inminente y nunca ha sido tan importante que os alistéis en la causa del Señor.

Pelead contra los poderes del mal

Se os ha levantado un estandarte; el sonido de la trompeta es claro y terrible; se han trazado ya las líneas de batalla. El ejército de Lucifer se ha formado en filas de fuerzas malignas y satánicas, y su grito de guerra es aterrador; su causa es la des­trucción, el pecado, la muerte y el infierno; es úni­ca, y todos los poderes del mal en la tierra se han combinado en contra del grupo de cristianos.

Pero el Señor ha mandado a los líderes más grandes y valientes de todas las épocas, y nos aconseja:

«Hágase mi ejército muy numeroso, y santifíquese delante de mí, para que llegue a ser fulguroso como el sol, esclarecido como, la luna y sus pabe­llones sean imponentes a los ojos de todas las na­ciones. » (D. y C. 105:31.) Seguir leyendo

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