Regocijémonos en Cristo

“Regocijémonos en Cristo”
Por el presidente Ezra Taft Benson

Ezra Taft BensonAdaptado por el presidente Benson del mensaje que dio el 1 de diciembre de 1985, en una reunión devocional en el Tabernáculo de Salt Lake, el primer discurso oficial que ofreció después de ha­ber sido ordenado Profeta del Señor.

Sin Cristo no puede haber una plenitud de gozo.

En nuestra existencia premortal gritamos de gozo cuando se nos reveló el plan de salvación. (Véase Job 38:7.)

Fue allí que nuestro hermano mayor, Jesucristo, el primogénito de nuestro Pa­dre en el mundo de los espíritus, se ofre­ció voluntariamente para redimirnos de nuestros pecados. El habría de venir a la tierra para ser nuestro Salvador, el Cordero “inmolad. . . desde la fundación del mundo” (Moisés 7:47).

Demos gracias Dios, el Hijo, por ha­berse ofrecido a sí mismo; y demos gra­cias a Dios, el Padre, por haberlo envia­do. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16).

Antes de venir a la tierra, Jesús era un Dios, y nuestro Padre Celestial le dio un nombre por sobre todos los demás: el Cristo. Tenemos un libro cuya misión principal es convencer al mundo de que Jesús es el Cristo. Es el Libro de Mormón; es otro testamento de Jesucristo y “el más correcto de todos los libros sobre la tierra” (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 233).

En sus páginas leemos que “no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación pueda llegar a los hijos de los hombres, sino en y por medio del nombre de Cristo, el Señor Omnipo­tente”. (Mosíah 3:17.)

En lo que al hombre concierne, debe­mos establecer nuestro fundamento “so­bre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo”. (Helamán 5:12.)

El primer y gran mandamiento es amar a Cristo y al Padre. (Véase Mateo 22:37-38.)

Jesucristo es “el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio”. (Mosíah 3:8.)

“Pues he aquí,” dice Jacob en El Libro de Mormón, “por el poder de su palabra el hombre apareció sobre la faz de la tie­rra, la cual fue creada por el poder de su palabra. Por tanto, si Dios pudo hablar, y el mundo fue; y habló, y el hombre fue creado, ¿por qué, pues, no ha de poder mandar la tierra o la obra de sus manos sobre su superficie, según su voluntad y placer?” (Jacob 4:9.) Dios, el Creador, gobierna Sus creaciones, aun en este mis­mo momento.

Desde los días de Adán, todos los pro­fetas han testificado acerca del divino ministerio del Mesías mortal. Moisés profetizó con respecto a Su venida. (Véase Mosíah 13:33-35.)

“Nosotros sabíamos de Cristo y tenía­mos la esperanza de su gloria muchos siglos antes de su venida”, escribió Jacob en el Libro de Mormón. (Jacob 4:4.)

En este mismo libro de Escrituras se registra la manifestación del Cristo, en su cuerpo espiritual, al hermano de Jared. “Este cuerpo que ves ahora,” dice el Señor, “es el cuerpo de mi espíritu; y he creado al hombre a semejanza del cuerpo de mi espíritu; y así como me aparezco a ti en el espíritu, apareceré a mi pueblo en la carne”. (Eter 3:16.) Y así lo hizo.

Él es el Unigénito de nuestro Padre Celestial en la carne -el único hijo cuyo cuerpo mortal fue engendrado por nues­tro Padre Celestial. Su madre terrenal, María, fue llamada virgen tanto antes co­mo después de haber dado a luz a Jesús. (Véase 1 Nefi 11:20.)

Y así nació en Belén el Dios premor­tal; el Dios de toda la tierra; el Jehová del Antiguo Testamento; el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; el Legislador; el Dios de Israel; el Mesías prometido. Seguir leyendo

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Conferencia General de Area para México y Centroamérica

La primera Conferencia General de Area para México y Centroamérica
de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, se llevó a cabo
los días 25, 26 y 27 de agosto de 1972 en la ciudad de México, en el
Auditorio Nacional del Parque de Chapultepec en México, D. F.

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Deleitémonos en las escrituras

Liahona Junio 1986
Deleitémonos en las escrituras
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley

Amo nuestras Escrituras; amo estos magníficos libros que establecen la palabra del Señor —dados personal­mente o por medio de los profetas— para guiar a los hijos e hijas de nuestro Padre Celestial. Amo la lectura de las Escritu­ras y trato de hacerlo en forma regular y repetida. Me gusta citarlas porque en ellas está la voz de autoridad de lo que digo. No pretendo ser eminente como un erudito de las Escrituras, porque para mí la lectura de ellas no es el logro de la erudición, sino más bien un acercamiento amoroso hacia la palabra del Señor y la de sus profetas.

Disfruto la misericordia del Señor cuando leo sobre la misericordia y sobre el perdón, que se entrelazan como hilos de oro a través del tejido de todas las Escrituras. Empiezo con la invitación que se da en Isaías: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren ro­jos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). Encuentro el mismo maravilloso tema en lo que consi­dero la historia más bella y emocionante jamás contada: la parábola del hijo pródi­go como se encuentra registrada en el dé­cimo quinto capítulo de Lucas. Esta pará­bola es una lección maravillosa de misericordia para todos los padres, y una lección aún más grande sobre la miseri­cordia de nuestro Padre para con sus hi­jos e hijas descarriados.

El mismo espíritu de perdón y miseri­cordia se encuentra en repetidas ocasio­nes a través del Libro de Mormón. Por ejemplo, Nefi declaró que el Señor “invi­ta a todos [los hombres] a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o hembras; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los ju­díos como los gentiles” (2 Nefi 26:33).

La misma fibra de amor y perdón reco­rre las revelaciones modernas. En Doctri­na y Convenios leemos: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es per­donado; y, yo, el Señor, no los recuerdo más” (D. y C. 58:42). ¡Si tan sólo noso­tros, cuando hayamos perdonado, pudié­ramos olvidar para siempre las ofensas cometidas contra nosotros!

Amo la misericordia del Señor tal co­mo se expone en sus declaraciones y en las de sus profetas.

Amo los convenios del Señor tal como los declaró a su pueblo —el pueblo de Abraham, de Isaac y de Jacob— con quienes convino en que El sería su Dios y ellos serían su pueblo.

La fibra de ese convenio recorre el Li­bro de Mormón y se confirmó en esta dispensación cuando el Señor reveló al Profeta José Smith el prefacio de lo que ha llegado a ser el libro de Doctrina y Convenios. Al exponer el propósito de esta restauración, el Señor dijo, entre otras cosas; “Para que se establezca mi convenio sempiterno” (D. y C. 1:22).

Nosotros somos un pueblo de conve­nios; hemos celebrado un contrato con Dios, nuestro Padre Eterno; hemos toma­do sobre nosotros el nombre de su Hijo Amado y acordado guardar sus manda­mientos. Él ha convenido con nosotros que seremos sus hijos e hijas, que El será como un pastor para nosotros, y que su Santo Espíritu permanecerá con noso­tros. Amo la lectura de esas grandiosas promesas eternas tal como se encuentran en nuestras Escrituras.

Amo la lectura sobre la expiación de mi Redentor, suceso que fue anticipado por los profetas del Antiguo Testamento. Lo prometieron los profetas del Libro de Mormón. Se llevó a cabo en la vida, muerte y resurrección incomparables del Hijo de Dios, como lo relatan los cuatro evangelios de la Biblia. Testificaron de ello los escritores de las Epístolas. Se atestiguó también en este continente y se registró en el Libro de Mormón. Se ha confirmado repetidamente por interme­dio de las revelaciones modernas, como es el caso de las que vinieron por inter­medio del Profeta José Smith y aquellos que le han seguido.

A medida que leo estos libros sagrados me maravillo ante la grandeza y la majes­tad del Dios Todopoderoso y de su Hijo Amado, el Señor Jesucristo. Todos los escritores de estos testamentos cantan las alabanzas a Dios, nuestro Padre, y a nuestro Redentor. Las Escrituras testifi­can del Padre y de su Hijo —de su majes­tad y maravilla. Las Escrituras invitan a que todos se acerquen al Padre y al Hijo y encuentren paz y fortaleza en esa unión entre Dios y el hombre. Esto es, para mí, la esencia de estos importantes libros de verdad y luz —el verdadero significado de los cuales se hace más evidente por medio del uso de las herramientas que están a nuestra disposición.

Amo la Biblia. Amo la edificante cua­lidad de su lenguaje, la profundidad y la sublimidad de sus palabras, y el poder y la gracia de sus expresiones.

Me deleito en el espíritu y el lenguaje del Libro de Mormón. Las palabras de Nefi encuentran refugio en mi alma. Ha­ce mucho escribió: “Y sobre éstas [las planchas] escribo las cosas de mi al­ma. . . Porque mi alma se deleita en las escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos” (2 Nefi 4:15).

Amo las palabras de la revelación mo­derna: “Escudriñad estos mandamientos porque son verdaderos y fieles, y las pro­fecías y promesas que contienen se cum­plirán todas.

“Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo.

“Porque he aquí, el Señor es Dios, y el Espíritu da testimonio, y el testimonio es verdadero, y la verdad permanece para siempre jamás.” (D. y C. 1:37-39.)

He leído estos grandes libros una y otra vez. A medida que he meditado en sus palabras, me ha llegado, por medio del poder del Espíritu Santo, un testimo­nio de su veracidad y divinidad.

No me preocupo mucho por leer libros de comentarios diseñados para explicar aquello que se encuentra en las Escritu­ras; más bien, prefiero permanecer con la fuente original, probar las aguas puras de la fuente de la verdad —la palabra de Dios como él la dio y como ha sido regis­trada en los libros que aceptamos como Escrituras. Mediante su lectura, podemos obtener la seguridad del Espíritu de que eso que leemos proviene de Dios para la iluminación, bendición y gozo de sus hi­jos.

Exhorto a toda nuestra gente en todo el mundo que lea más las Escrituras —que las estudie todas juntas para lograr una armonía de comprensión a fin de inculcar sus preceptos en la vida de cada uno.

Ruego que el Señor nos bendiga para que nos deleitemos con sus santas pala­bras y para extraer de ellas esa fortaleza, esa paz, ese conocimiento “que sobrepa­sa todo entendimiento” (Filipenses 4:7) tal como él nos lo ha prometido. ■

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La espiritualidad es algo más que un sentimiento

Liahona Junio 1986
La espiritualidad es algo más que un sentimiento
Por Mary Ellen Edmunds

Recuerdo que una vez una maestra de la Escuela Dominical me dijo que yo no era muy espiritual. Al reflexionar en ese incidente, creo que ella estaba preocupada porque no podía mantenerme quieta durante toda una lección. En ese entonces no entendí lo que quiso decir­me; pero no sonó como un elogio, de manera que me fui a casa y traté de pen­sar en lo ocurrido. Me imaginé que qui­zás espiritualidad significaba ser reveren­te, especialmente el día domingo. Yo quería ser espiritual, pero necesitaba sa­ber lo que eso significaba.

Desde ese entonces, he continuado mi búsqueda para comprender lo que es la espiritualidad y hacerla parte de mi per­sonalidad. Un día leí la declaración del élder Bruce R. McConkie que: “ningún otro talento excede a la espiritualidad” (The Mortal Messiah, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982, pág. 234). Esa idea de que la espiritualidad es un talen­to, encaminó mi búsqueda en la dirección correcta. Es probable que no haya nada mágico al tratar de lograr espiritualidad. De hecho, podemos desarrollarla tal co­mo lo hacemos con los demás talentos, mediante el trabajo arduo, decisiones di­fíciles, elecciones críticas, perseverando en los momentos difíciles, tratando una y otra vez, nunca dándonos por vencidos.

Lo más importante que descubrí fue que la espiritualidad implica acción, lo cual complicó más las cosas para mí, ya que personalmente preferiría sentarme en un lugar tranquilo y pensar, o analizar, o leer un libro al respecto. La espirituali­dad consiste en nuestra comunicación con Dios: en responder y actuar de acuer­do con lo que Él nos pide. Es actuar sin tener que pedir más detalles al respecto.

Espiritualidad es cumplir con las prome­sas

¿En qué forma es la acción una parte integral de la espiritualidad? Hacemos las cosas porque queremos demostrarle a nuestro Padre Celestial que realmente sentimos lo que decimos; que fuimos sin­ceros al hacer el convenio bautismal con El (véase Mosíah 18:8-11); que estamos hablando en serio cuando tenemos el pri­vilegio de entrar a un santo templo a ha­cer otros convenios; que somos sinceros cuando en nuestros momentos privados con El, pedimos su ayuda y hacemos pro­mesas adicionales.

Una tarde, cuando mis padres no esta­ban en casa, contesté el teléfono; era una de mis hermanas menores que lloraba desconsoladamente. “Ven a buscarme, por favor”, me imploró. Llamaba desde la casa de una amiga que la había invita­do a una fiesta y todos habían comenzado a decir palabras obscenas. Sin que nadie de la familia lo supiera, le había prometi­do a nuestro Padre Celestial que nunca diría una mala palabra. Espiritualidad significa honrar las promesas que hace­mos a nuestro Padre Celestial.

Espiritualidad es compartir con los nece­sitados     

Otro concepto que es verdadero para mí, es el que enseñó el obispo J. Richard Clarke, ex segundo consejero en el Obis­pado Presidente: “Hemos aprendido que la naturaleza y disposición de los verda­deros discípulos de Cristo, al obtener un grado más alto de espiritualidad, es velar por los necesitados” (Conferencia Gene­ral, abril de 1978).

¿Quiénes son los necesitados? Si ha­blamos de necesidades temporales, pode­mos identificar fácilmente a los pobres.

He visto muchos en África, Asia y en otros lugares que son reconocidos como “pobres”. Hay muchos que tienen ham­bre y no tienen alimento; sedientos y no tienen agua; enfermos y no tienen medi­cina.

Un día, mientras observaba a unas mu­jeres en cuclillas que lavaban sus ropas a la orilla del río, me imaginé a mí misma poniendo la ropa en la máquina lavadora y me pregunté qué hice con todo mi tiem­po extra. En otra ocasión, en un campo de refugiados en Tailandia, conversé con una pareja mientras sus hijos jugaban al­rededor. Una de las niñas accidentalmen­te tiró una pequeña bolsa con arroz. Con sumo cuidado los padres recogieron cada granito y lo volvieron a poner en la bolsa. Seguir leyendo

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Mitos del matrimonio: conceptos que se creen pero que son falsos

Liahona Junio 1986

Mitos del matrimonio:
conceptos que se creen pero que son falsos

Por Steve F. Gilliland


El matrimonio es una de las instituciones más sagradas y fundamentales del plan de Dios, pero a menudo se ve afectado por expectativas irreales y suposiciones erróneas que muchas personas aceptan como verdades. En este artículo, el autor Steve F. Gilliland, con la sensibilidad de quien ha servido como obispo y educador del Evangelio, aborda una serie de mitos comunes que distorsionan la comprensión del matrimonio eterno. A través de ejemplos reales y enseñanzas basadas en principios doctrinales, se invita al lector a reflexionar profundamente sobre las creencias que ha adoptado, a distinguir entre verdad y error, y a reemplazar los ideales ilusorios por compromisos reales de amor, esfuerzo mutuo y comprensión. Esta lectura ofrece guía y esperanza a quienes enfrentan desafíos conyugales, recordándoles que el éxito en el matrimonio no es automático, sino el fruto de la fe, la paciencia y la cooperación constante. Seguir leyendo

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El progreso de mi matrimonio empieza conmigo

Liahona Junio 1986
El progreso de mi matrimonio empieza conmigo
Desarrollo de la integridad emocional
Por Víctor L. Brown, hijo

El matrimonio está destinado a perdu­rar para siempre; como una ordenan­za de Dios, debe unir a dos corazo­nes en uno. Sin embargo, no existen los matrimonios sin problemas; cada uno tie­ne su combinación especial de frustracio­nes y desacuerdos.

Es lógico que deseamos que nuestro matrimonio tenga éxito y para ello mu­chas veces recurrimos a libros y teorías acerca de la relación entre los cónyuges —libros sobre comunicación conyugal, satisfacción física, métodos para criar a los hijos y actividades familiares. Sin embargo, durante mis experiencias al tra­bajar con matrimonios he observado que la preparación individual es necesaria an­tes de que la relación entre esposos pueda ser realmente positiva. Esta preparación personal es a lo que he llamado integri­dad emocional.

La integridad emocional es el logro personal de fortaleza, disciplina y plenitud emocional que permanecen constantes sin importar lo que otros digan o hagan. Incluye tanto un control de emociones como un reconocimiento sincero de ellas, ya sean agradables o desagradables. Cuando logramos la integridad emocional, somos estables, consecuentes y flexibles. Nuestras acciones no están determinadas por las acciones de nuestros cónyuges. Somos flexibles emocionalmente, se disfruta más de nuestra compañía y es más fácil lograr comunicarse con noso­tros. Hemos puesto nuestras emociones en orden y por ende estamos preparados para tener una comunicación eficaz con nuestros semejantes.

En mi trabajo con la gente he encontra­do cinco principios que estimulan esta in­tegridad emocional. Las personas que se describen en los siguientes ejemplos (cu­ya identidad y ciertas circunstancias se han cambiado) desarrollaron su integri­dad por su propia cuenta, en forma inde­pendiente de sus respectivos cónyuges. Aprendieron a aceptar la responsabilidad de su comportamiento y a luchar por acercarse más al modelo cristiano en sus acciones. Al observarlos desarrollar esta capacidad personal, vi matrimonios fir­mes fortalecerse aún más, matrimonios débiles, fortalecerse y aun los que esta­ban a punto de fracasar, salvarse.

Principio: Debemos establecer un sentimiento de autoestima.

En el matrimonio es muy necesario que nos sintamos seguros y confiados de nuestras habilidades y del curso de nues­tras vidas. Sin embargo, muy a menudo nos perjudicamos al juzgamos en forma muy severa o al compararnos con otras personas. A menudo dejamos que nues­tros sentimientos de dignidad pongan a prueba las normas que rigen lo mundano. Por ejemplo, un sentimiento de dignidad basado en la adherencia a los principios del evangelio, tales como bondad, cor­dialidad y fidelidad, parece disminuir su importancia ante una cultura que celebra más al ganador que al participante, a la riqueza más que al ahorro, a la fama más que al honor, y a la condición social más que al servicio.

Cada uno de nosotros es un hijo de Dios con cualidades, talentos y habilida­des únicos. Lo que valemos es algo inhe­rente. Mientras que la gente puede ayu­damos a reconocer nuestros dones divinos, no puede damos un sentimiento de autoestima; somos nosotros quienes deben cultivarlo. Debemos aprender a re­conocer nuestras buenas cualidades y a trabajar para sobreponemos a nuestras debilidades sin vivir criticándonos.

Deseo mencionar el caso de una mu­jer, a la que llamaré Eliana, quien desde muy pequeña fue criticada duramente por sus padres y por sus compañeras. Más tarde, siendo adulta, durante el transcur­so y después de las lecciones de la Socie­dad de Socorro, se sentía amargada al compararse con las demás hermanas. Es­taba segura de que todas eran más inteli­gentes, mejor organizadas y más fuertes en el evangelio que ella. Su esposo em­pezó a evitarla después de la Sociedad de Socorro porque su actitud era tan desa­gradable.

Finalmente, Eliana se dio cuenta de que su actitud de culpabilidad estaba poniendo en peligro su testimonio y su ma­trimonio, y decidió cambiar. Realizando una introspección, redactó una lista de sus puntos fuertes así como sus puntos débiles. Al principio tuvo dificultad para aceptar sus puntos fuertes, pero sí estaba muy inclinada a aceptar los débiles como permanentes e imposibles de cambiar. Seguir leyendo

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Una era de contrastes: desde Adán hasta Abraham

Liahona Junio 1986
Una era de contrastes: desde Adán hasta Abraham
Por Kent P. Jackson

El  mundo no ha presenciado otra era similar. Fue una época extraordina­ria: una era de maravillas, de poder, pero por sobre todo, fue una era de con­trastes, en donde claramente estaban pre­sentes los reinos opuestos, de Dios y Sa­tanás y el poder de ambos era muy obvio.

El período entre la caída de Adán y el ministerio de Abraham es, desde nuestro punto de vista actual, la época más miste­riosa de la historia de la tierra. Aunque duró más de dos mil años y sucedieron en ella cosas maravillosas, las Escrituras di­cen menos acerca de estos acontecimien­tos que de cualquier otra época. La Biblia dedica solamente ocho capítulos a este período (aproximadamente diez páginas de traducción moderna), tres de los cua­les son listas genealógicas que nos infor­man quién engendró a quién.

Sin embargo, los Santos de los Últimos Días tenemos información adicio­nal. La revisión que hizo el profeta José Smith del relato bíblico, el cual se en­cuentra en el libro de Moisés, en la Perla de Gran Precio, agrega conocimientos muy importantes con respecto a la gene­ración de Enoc. Pero incluso esto nos de­ja con deseos de saber más. Otra fuente de información sobre este asunto es el breve registro de Jared y su familia que se encuentra en los primeros seis capítu­los del libro de Eter en el Libro de Mormón. También el libro de Doctrina y Convenios aporta datos importantes con respecto a este período.

Aunque la información que aparece en las Escrituras es incompleta, podemos lo­grar una perspectiva del pueblo y los acontecimientos que forman parte de esta importante época de la historia humana. El siguiente bosquejo cronológico se ba­sa en las Escrituras:

  1. El desarrollo y la expansión de las obras de Satanás (Génesis 4; Moisés 5).
  2. El linaje del sacerdocio (Génesis 5; Moisés 6; D. y C. 84:14-17; 107:40-55).
  3. Enoc y su Sión (Moisés 6-7).
  4. La iniquidad de los hombres antes del diluvio (Génesis 6; Moisés 8).
  5. El diluvio (Génesis 9-10).
  6. Noé y sus hijos (Génesis 9-10).
  7. La torre de Babel (Génesis 11:1-9).
  8. Los jareditas (Eter 1-6).
  9. La genealogía de Abraham (Génesis 11:10-28).

Del relato combinado de Génesis, Moisés y Eter, podemos deducir que la característica de este período fue el con­traste: el contraste siempre presente entre Dios, Su pueblo y las obras de éste; y Satanás, su pueblo y sus obras.

Las obras de Satanás entre los hombres

En cada dispensación en la que el Se­ñor ha establecido su reino, el reino del adversario también se ha encontrado pre­sente y ha tenido éxito en causar penas y sufrimiento, mientras que el del Señor ha guiado a las personas fieles a la felicidad y a la gloria eterna. Ha sido así desde el comienzo de la historia humana.

Es posible que no mucho después que los hijos de Adán y Eva maduraran, el adversario comenzó a sembrar las semi­llas del pecado y de la incredulidad entre ellos. Las Escrituras registran que des­pués que Adán y Eva enseñaron a sus hijos el evangelio, Satanás se les apare­ció y “les mandó, y dijo: No lo creáis; y no lo creyeron, y amaron a Satanás más que a Dios. Y desde ese tiempo los hom­bres comenzaron a ser camales, sensua­les y diabólicos” (Moisés 5:13). Los re­gistros sagrados dan un ejemplo de la influencia de Satanás: Caín introdujo el asesinato al mundo cuando codició los bienes de su hermano y siguió el mandato de Satanás.

Tristemente, las Escrituras nos ense­ñan que éste no fue el único incidente en la historia: Seguir leyendo

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Allende el velo: dos revelaciones modernas

Liahona Junio 1986
Allende el velo: dos revelaciones modernas
Por Robert L. Millet

En la Conferencia General de abril de 1976, el presidente Spencer W. Kim­ball anunció que dos revelaciones se habían añadido a la Perla de Gran Precio. Esas dos revelaciones: La Visión del Reino Celestial que tuvo José Smith en 1836, y La Visión de la Redención de los Muertos que tuvo Joseph F. Smith en 1918, fueron más tarde incorporadas a Doctrina y Convenios como las secciones 137 y 138 respectivamente. El élder Boyd K. Packer comentó el anuncio del presidente Kimball de la siguiente mane­ra: “Cuando nos demos cuenta del signi­ficado de ello, viviremos para decirlo a nuestros nietos, y a nuestros bisnietos, y viviremos para anotar en nuestros dia­rios, que nos hallábamos sobre la tierra y recordamos cuando sucedió” (Guía de Estudio personal del Sacerdocio de Melquisedec, 1979 [PCMP60J2SP], pág. 113).

Las adiciones a Doctrina y Convenios son raras. Desde que se agregó el mani­fiesto de 1890 del presidente Wilford Woodruff no se le ha dado a la Iglesia la oportunidad de aceptar una nueva revela­ción como parte de nuestros libros canó­nicos.

Un examen cuidadoso de la manera en que obtuvimos estas revelaciones y lo que dicen puede ayudamos a comprender por qué se han incluido en el libro de Doctrina y Convenios.

La Visión del Reino Celestial (D. y C. 137)        

El escenario histórico de la Visión del Reino Celestial que tuvo José Smith no solamente es inspirativo sino educativo. En 1833 el Señor les recordó a los santos en Kirtland, estado de Ohio, su manda­miento, de “edificar una casa, en la cual me propongo investir con poder de lo alto a los que he escogido” (D. y C. 95:8). Una vez que se construyó el Templo de Kirtland, el Señor recompensó los sacri­ficios de los santos con un maravilloso despliegue de luz y verdad. Un historia­dor Santo de los Últimos Días reciente­mente escribió con respecto a esta memo­rable época de nuestra historia:

“Durante un período de quince sema­nas, desde el 21 de enero al 1o de mayo de 1836, probablemente más Santos de los Últimos Días tuvieron visiones y fue­ron testigos de otras manifestaciones es­pirituales que durante cualquier otra épo­ca en la historia de la Iglesia. Se informó de santos que presenciaron seres celestia­les en diez reuniones diferentes sosteni­das durante ese período. En ocho de esas reuniones, muchos informaron haber vis­to ángeles; y en cinco de los servicios, hubo personas que testificaron que Jesús, el Salvador, se les apareció. Mientras al­gunos santos se comunicaban con huestes celestiales, muchos profetizaron, algunos hablaron en lenguas y otros recibieron el don de interpretación de lenguas.” (Milton V. Backman, Hijo, The Heavens Resound: A History of the Latter-day Saints in Ohio, pág. 285.)

En la tarde del jueves, 21 de enero de 1836, el Profeta, junto con un grupo de líderes de la Iglesia de Kirtland y Misuri, se reunieron en el templo. Después de las unciones y de que la presidencia hubo puesto las manos sobre la cabeza del Pro­feta y pronunciado muchas bendiciones y profecías gloriosas, una maravillosa vi­sión se manifestó al liderazgo reunido. (Véase History of the Church, 2:379-80.)

“Los cielos nos fueron abiertos, y vi el reino celestial de Dios y su gloria, más si fue en el cuerpo o fuera del cuerpo, no puedo decirlo.
“Vi la incomparable belleza de la puer­ta por la cual entrarán los herederos de ese reino, que era semejante a llamas cir­cundantes de fuego;
“también vi el refulgente trono de Dios, sobre el cual se hallaban sentados el Padre y el Hijo.
“Vi las hermosas calles de ese reino, las cuales parecían estar pavimentadas de oro.” (D. y C. 137:1-4.)

Esta visión del reino celestial se ase­mejaba a la visión que Juan el Revelador tuvo de la santa ciudad, la tierra en su estado santificado y celestial. Juan escri­bió: “y los cimientos del muro de la ciu­dad estaban adornados con toda piedra preciosa”. Más adelante dijo: “la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio”. (Apocalipsis 21:19,21.)

José continúa su relato de la visión de la siguiente manera:

“Vi a Adán, nuestro padre, y a Abraham, y a mi padre, y a mi madre, y a mi hermano Alvin, que hace mucho tiempo había muerto;
“y me maravillé de que hubiese recibi­do una herencia en ese reino, en vista de que había salido de esta vida antes que el Señor hubiera extendido su mano para juntar a Israel por segunda vez, y no ha­bía sido bautizado para la remisión de los pecados” (vers. 5-6.)

La visión de José fue un vistazo al fu­turo reino celestial; él vio a sus padres en el reino de los justos, cuando de hecho aún vivían en 1836. Una nota interesante es que su padre estaba en el mismo cuarto cuando se recibió la visión.

El profeta también vio a su hermano Alvin, el primer hijo de José y Lucy Mack Smith. Él tenía un carácter agrada­ble y cariñoso, y constantemente buscaba oportunidades para ayudar a la familia en sus problemas financieros. Más adelante el profeta describió a su hermano mayor como uno en quien no había engaño ni maldad, (véase History of the Church, 5:126) y como «un hombre sumamente apuesto superándole únicamente Adán y Set” (History of the Church, 5:247).

En su lecho de muerte Alvin pidió a cada uno de sus hermanos que se le acer­caran para darles su último consejo y ex­presión de amor. De acuerdo con el relato de su madre, “cuando llegó el tumo de José, le dijo: ‘Estoy muriendo; la angus­tia y el sentimiento que tengo me dicen que mi tiempo de partir se acerca. Deseo que seas un buen muchacho, y hagas to­do lo que puedas para obtener el registro. [José había recibido la visita de Moroni hacía menos de tres meses] Sé fiel en recibir instrucciones y en guardar todo mandamiento que se te dé’ ”.

Alvin falleció el 19 de noviembre de 1823. Lucy Mack Smith describe el sen­timiento de pena que les embargó: “Alvin era un joven de un carácter extremada­mente bueno, bondadoso y amigable, por lo que todo el vecindario lamentó su par­tida”.

Por motivo de que Alvin había muerto siete años antes de la organización de la Iglesia y no había sido bautizado por la debida autoridad, José se preguntaba có­mo era posible que su hermano hubiera alcanzado la gloria más alta.

«Por lo que, me habló la voz del Se­ñor diciendo: Todos los que han muerto sin el conocimiento de este evangelio, quienes lo habrían recibido si se les hu­biese permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios;
“también todos aquellos que de aquí en adelante mueran sin un conocimiento de él, quienes lo habrían recibido de todo corazón, serán herederos de este reino;
“pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, según el deseo de sus corazones” (D. y C. 137:7-9.)

José aprendió que todas las personas tendrán la oportunidad, aquí o en el más allá, de aceptar y aplicar los principios del evangelio de Jesucristo. Esta visión reafirmó el hecho de que el Señor juzgará a los hombres no sólo por sus acciones, sino que también por sus actitudes, según los deseos de sus corazones. (Véase tam­bién Alma 41:3.)

Otra de las doctrinas profundamente hermosas expresadas en la Visión del Reino Celestial tiene que ver con el esta­do de los niños que mueren: “Y también vi que todos los niños que mueren antes de llegar a la edad de Responsabilidad se salvan en el reino de los cielos” (D. y C. 137:10). Seguir leyendo

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Extendamos la mano y escalemos

Liahona Abril – Mayo 1986
Extendamos la mano y escalemos
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quorum de los Doce

Dallin H. Oaks

¿Cómo respondemos al enfrentamos con una empresa que parece imposible?

Todos tenemos que atravesar obstácu­los; todos nos topamos con problemas; todos tenemos que recorrer senderos con­ducentes a alturas que nos parecen inal­canzables. Tarde o temprano, todos nos encontramos al pie de una montaña que nos parece imposible de escalar.

En 1895 mi bisabuelo, Abinadi Olsen, fue llamado para ir en una misión a las Islas de Samoa. Obedeciendo al llama­miento del Profeta, salió de su pequeño pueblo en Utah dejando a su esposa con cuatro niños pequeños, entre los que se encontraba mi abuela materna, que se lla­maba Chasty Magdalene. Viajó por tren y barco hasta la cabecera de la misión en Apia, Samoa, en una jornada que le llevó veintiséis días. La primera asignación que recibió al llegar fue para trabajar en la isla de Tutuila.

Después de varias semanas de vivir en lo que él denominaba una choza de paja, comiendo alimentos que le eran extraños, sufriendo molestas enfermedades y lu­chando por aprender samoano, le parecía que no había logrado ningún progreso en la obra misional. Lleno de nostalgia y descorazonado, empezó a considerar se­riamente la posibilidad de abordar una embarcación para regresar a Apia y de­cirle al presidente de la misión que no quería perder más tiempo en Samoa. Los obstáculos que se le presentaban para el cumplimiento de la misión le parecían in­superables, y lo había invadido el deseo de volver junto a su esposa e hijos, que se esforzaban con denuedo por mantenerlo en la misión.

Un amigo suyo, que lo oyó relatar esa experiencia algunos años después de su regreso, habló del desánimo del misione­ro y después citó sus propias palabras:

“Hasta que una noche, mientras estaba acostado en una estera sobre el suelo de la choza, de pronto entró un desconocido y, hablándome en mi propia lengua, me dijo que me levantara y lo siguiera. El tono de autoridad con que me habló no me dejaba alternativa, y tuve que obede­cerle. Me condujo a través de la aldea hasta que nos encontramos junto a un ba­rranco; frente a mis ojos tenía una pared perpendicular de roca sólida. ‘¡Qué ex­traño!’, pensé. ‘Nunca había visto este barranco aquí. ’ En ese momento, el des­conocido me dijo:

“—Quiero que escales ese barranco.

“Volví a mirar el risco y exclamé per­plejo:

“— ¡No puedo! Es imposible de esca­lar.
“— ¿Cómo sabes que no puedes? —me preguntó mi guía—. Todavía no lo has intentado.
“— ¡Cualquiera lo puede ver, y. . .— empecé a protestar.

“Pero él me interrumpió, diciendo:

“—Empieza a trepar. Extiende la ma­no. . . ahora levanta un pie.

“Al intentar la empresa, dirigido por órdenes que no me atrevía a desobedecer, pareció que de pronto se había abierto en la roca sólida un nicho al que pude asir­me; luego, mi pie encontró un lugar don­de apoyarse.

“—Sigue —me ordenó el hombre—; extiende ahora la otra mano.

“Y al hacerlo, otra vez se abrió un lu­gar en la roca; para mi sorpresa, el ba­rranco empezó a achicarse, me fue resul­tando cada vez más fácil escalar y continué trepando sin dificultad hasta que súbitamente me encontré otra vez en la choza, acostado en mi estera. ¡El extraño había desaparecido!

“Me pregunté por qué habría tenido esa experiencia. Muy pronto obtuve la respuesta: yo había estado frente a un ba­rranco espiritual durante aquellos tres meses, y no había extendido la mano pa­ra tratar de escalarlo; no me había esfor­zado en la forma en que debía haberlo hecho por aprender el idioma ni por re­solver los otros problemas que tenía.” (Fenton L. Williams, “On Doing the ímpossible” (“Lo imposible se puede lo­grar”), Improvement Era, agosto de 1957, pág. 554.)

Está demás decir que Abinadi Olsen no abandonó la misión, sino que trabajó en ella durante tres años y medio hasta que recibió su relevo de la debida autori­dad. Fue un misionero excepcional, y por el resto de su vida siguió siendo un fiel miembro de la Iglesia.

Cuando nos enfrentamos con obstácu­los que nos parecen imposibles de ven­cer, aun en el cumplimiento de justas res­ponsabilidades, debemos recordar que si estamos dedicados a la obra del Señor, las dificultades que se nos puedan pre­sentar nunca serán tan grandes como el poder que nos respalda. Lo que tenemos que hacer es extender la mano y escalar. Sólo con la mano extendida podremos encontrar un asidero; sólo con los pies en movimiento encontraremos lugares don­de apoyarlos.

Se nos dice que la fe precede al mila­gro; también sabemos que nuestros pro­pios esfuerzos lo preceden. Esta expre­sión del presidente Spencer W. Kimball nos comunica ese mensaje: “¡Avancemos!”

Las Escrituras citan muchos casos en que el Señor bendijo a aquellos que in­tentaban lo imposible. Nada es imposible para El.

Cuando Moisés sacó de Egipto a los israelitas, acamparon junto al Mar Rojo. En esa situación, los egipcios creyeron que los tenían atrapados: por un lado tenían el mar, y por el otro los guerreros de Faraón que los perseguían. Pero Moisés les dijo: “No temáis. . . Jehová peleará por vosotros.” El Señor entonces le dijo a él que los mandara marchar hacia el mar. Cuando obedecieron, Moisés extendió la mano con la vara en dirección al agua, como se le había mandado, y el pueblo de Israel atravesó el Mar Rojo “en seco”. (Véase Éxodo 14:13-16, 22.) Avanzaron con fe, y lograron lo que parecía imposi­ble.

El hermano de Jared se encontró con el problema de tener que iluminar con algo los barcos cerrados que su pueblo había construido, y trató de que el Señor le die­ra la solución. No obstante, Él le respon­dió con una pregunta: “¿Qué quieres que yo haga para que tengáis luz en vuestros barcos?” (Eter 2:23.) El hermano de Ja- red puso manos a la obra para tratar de solucionar el problema fundiendo y mol­deando dieciséis piedras transparentes; luego, con extraordinaria fe, le pidió al Señor que las tocara con un dedo, dicien­do: “y disponías para que brillen en la obscuridad. . . para que tengamos luz mientras atravesamos el mar” (Eter 3:4). Su oración recibió respuesta. Ese proble­ma particular se resolvió por medio de la iniciativa de una persona llena de fe junto con las bendiciones y el poder de Dios.

Cuando a Nefi se le mandó regresar a Jerusalén para obtener los registros sa­grados que tenía Labán, él obedeció con fe lo que se le había mandado, aun cuan­do le era imposible ver la manera en que podría llevar a cabo la empresa. Pero sa­bía que el Señor no daba mandamientos sin antes preparar la vía para que se cum­pliera lo que Él ha mandado (véase 1 Nefi 3:7). Gracias a su fe e iniciativa, Nefi pudo cumplir la misión que se le había encomendado, y los resultados han sido una bendición para muchas genera­ciones.

Para aquellos que obedecen los man­damientos de Dios y siguen su consejo no hay nada imposible. Pero las bendiciones que nos llevan por encima de los obstácu­los no preceden nuestros esfuerzos, sino que son posteriores a ellos. Lehi y sus hijos no recibieron el Liahona para guiar­los mientras todavía estaban en Jerusa­lén, sino después de haber pasado años en tierras deshabitadas. Los santos no re­cibieron la palabra del Señor sobre la or­ganización del Campamento de Israel (véase D. y C. 136) mientras estaban en Nauvoo, sino cuando se hallaban sobre la ribera occidental del río Misuri (cerca de la actual ciudad de Omaha, estado de Nebraska), casi un año después de haber abandonado la mencionada ciudad.

¿Qué debemos hacer cuando nos en­frentamos con obstáculos en el cumpli­miento de nuestras responsabilidades jus­tas? ¡Extender la mano y escalar! Las bendiciones que resuelven los problemas y nos llevan por encima de los obstáculos sólo se dan a las personas que toman la iniciativa

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El Señor me ha enviado

Liahona Abril – Mayo 1986
El Señor me ha enviado
Por Patti Lara
Artículo ganador del concurso literario de Liahona

Ariana caminó despacio por las ace­ras que a aquellas horas de la maña­na comenzaban a llenarse de gente que se movía apresurada de un lugar a otro. Muchos iban al trabajo, y otros lle­vaban a sus niños al colegio. El tráfico se congestionaba en las bocacalles y algu­nos conductores se impacientaban en su prisa por llegar puntualmente a su desti­no.

Ariana también acababa de dejar a su hija Sandra en el colegio. Existía un au­tobús escolar, pero Ariana prefería llevar a la niña al colegio ella misma cada día. Le convenía aquel paseo matinal, así como el vespertino cuando iba a recogerla, y además le daba oportunidad de dedicar preciosos minutos a su hija.

Siempre hablaban por el camino. La niña tenía tantas cosas que decir, tantos pequeños secretos que compartir con su madre, tantas risas que reír y experien­cias que relatar. Aquella personita tan pe­queña era todo un nuevo mundo que a Ariana le producía fascinación explorar y descubrir.

Aquella mañana, sin embargo, Ariana se sentía cansada ya a aquella hora tem­prana, e incluso un poco triste. Tenía por delante un día ajetreado, su esposo se en­contraba de viaje por unos días, y a las responsabilidades del hogar se sumaban las de sus llamamientos en la Iglesia. Además otro niño, otro dulce espíritu, estaba en camino, y de pronto Ariana se sentía abrumada por las numerosísimas cosas a las que debía prestar su atención y su esfuerzo. Ni siquiera se sentía con ánimo de andar de regreso a casa. Si bien aquella caminata formaba parte de su programa de ejercicio físico, aquella ma­ñana algo se rebelaba en su interior. Los numerosos bloques de calles que la sepa­raban de su casa le parecían intermina­bles. Entonces decidió detenerse en la próxima parada y tomar el autobús.

Mientras esperaba, reflexionó triste­mente en que aquella decisión no le pro­ducía alivio en su desánimo. Sin embar­go, algo en su interior la impulsaba a quedarse y espetar el autobús. Mientras lo hacía pensó ligeramente preocupada en su esposo, que a aquellas horas se en­contraría conduciendo su coche a mucha distancia del hogar, por carreteras extra­ñas. Su trabajo le exigía viajar bastante, y ella siempre temía que algo le sucediera en la carretera.

Pensó también en la hermana Lago, que se encontraba enferma de hepatitis y apenas podía moverse de la cama. Ariana era su maestra visitante, y se preguntaba en qué manera podía ella mejor ayudar a la hermana Lago sin desatender sus pro­pias responsabilidades.

Pensó en la pequeña Sandra, que lleva­ba tres días con un incómodo resfriado, y se preguntó si debería llevarla al médico, o si todo pasaría sin mayores consecuen­cias.

Pensó además en que debía escribir a su madre, pues hacía tiempo que no lo hacía, y ahora que Ariana y sus hermanos eran mayores y vivían fuera de casa, sus padres tenían que sentirse bastante solos.

De nuevo se sintió abrumada de pensar en todas las cosas que la esperaban aquel día y en los próximos, y deseó que su esposo se encontrase en casa para buscar en él un poco de apoyo y consuelo.

Ya en el autobús, y de pie, dado que no había asientos desocupados, todavía recordó algo más: había olvidado que ne­cesitaba comprar algunos tomates para la ensalada que iba a preparar para comer. Seguir leyendo

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Las bendiciones de Compartir el evangelio

Liahona Abril – Mayo 1986
Las bendiciones de Compartir el evangelio
Por el élder Carlos E. Asay
De la Presidencia del Primer Quorum de los Setenta

Carlos E. Asay

De un discurso pronunciado el 20 de septiembre de 1984, durante una Conferencia para futuros misioneros que se llevó a cabo en Provo, Utah.

En el Antiguo Testamento leemos so­bre una guerra que declaró el rey de Siria contra Israel. En dos ocasiones, su ejército se colocó en posición para sor­prender a los israelitas con un ataque que, según lo que pensaban los sirios, les aseguraría la victoria; pero el esperado triunfo no llegó, porque Eliseo, un “va­rón de Dios”, puso sobre aviso al rey de Israel y le reveló el lugar donde se halla­ban acampadas las fuerzas sirias.

Cuando el rey enemigo supo que Eliseo había sido el responsable de sus derrotas, mandó espías para que averi­guaran dónde estaba el Profeta; éstos vol­vieron diciendo que se encontraba en la ciudad de Dotan. Entonces el rey, con la esperanza de capturar a Eliseo, envió un gran ejército de hombres a caballo y en carros que, al amparo de la noche, sitia­ron la ciudad.

Por la mañana, muy temprano, el Pro­feta y el hombre que le servía se levanta­ron y vieron que la ciudad estaba sitiada por el enemigo, ante lo cual el asustado siervo exclamó: “¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos?” En forma tranquilizadora, Eli­seo le contestó: “No tengas miedo, por­que más son los que están con nosotros que los que están con ellos”. Después oró, diciendo: “Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea”. El Señor abrió los ojos del joven y el vio que “el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eli­seo”. (Véase 2 Reyes 6:8-18; cursiva agregada.)

Supongo que hay veces en que los Santos de los Últimos Días, tanto jóvenes como mayores, tienen aprensiones en cuanto al servicio misional, aprensiones que los llevan a preguntar: “¿Debo acep­tar un llamamiento? ¿Debo servir en la misión?” Igual que el siervo de Eliseo, ellos también tienen una visión limitada de la obra, porque sus ojos no se han abierto ante la perspectiva y las bendicio­nes de dedicar todo su tiempo a servir a Dios y al prójimo. Así es que se mantie­nen a distancia mientras se preguntan si deben o no tomar parte en ella.

En la misma forma en que Eliseo oró por su atemorizado siervo, también yo ruego por vosotros y por todos los que pueden ser misioneros para que Dios les dé visión, les abra los ojos, y los capacite para captar el espíritu del servicio misio­nal; oro para que podáis percibir la im­portancia de abrazar la verdad y compar­tirla y de invitar a toda persona a acercarse a Cristo; oro para que podáis sentir la urgencia con que un profeta pi­dió más misioneros y vislumbrar, como el criado de Eliseo, los poderes celestia­les que se han conferido a esta obra y la acompañan continuamente.

El profeta Alma enseñó que Dios “concede a los hombres [y mujeres] se­gún lo que deseen. . . según la voluntad de ellos” (Alma 29:4). Yo creo que ese es un principio verdadero; si deseamos algo con gran vehemencia y procuramos de todo corazón obtenerlo, es muy posi­ble que lo obtengamos; la voluntad firme de nuestra parte reúne nuestras fuerzas interiores y nos gana la asistencia divina.

Quizás vuestro deseo de servir aumen­tara si comprendierais mejor cuáles son las bendiciones que derivan del servicio misional. Muchas veces Dios revela al mismo tiempo los mandamientos y las bendiciones relacionadas con ellos; por ejemplo, nos dio la Palabra de Sabiduría mencionando los mandamientos, y, al mismo tiempo, enumeró una serie de bendiciones que recibirían aquellos que los obedecieran. Me gustaría analizar con vosotros algunas de las bendiciones que se relacionan con la obra misional; no puedo mencionarlas todas, porque son tantas que resultan innumerables; pero hablaré de aquellas que parecen ser las, más comunes.

Antes de describir esas bendiciones, quiero haceros una advertencia. Durante un período crítico de su ministerio, al profeta José Smith se le advirtió diciéndole “que al obtener las planchas, no debería tener presente más objeto que el de glorificar a Dios; y que ningún otro pro­pósito habría de influir en mí sino el de edificar su reino” (José Smith-Historia 46). En otras palabras, se le previno que no debía llevar a cabo la obra divina impulsado por propósitos egoístas. Los motivos de interés personal son contrarios a la vida y las enseñanzas del Salvador; los propósitos generosos, por otra parte, comunican a la labor una pu­reza y una inocencia que invitan al Espí­ritu. Si nos olvidamos de nosotros mis­mos dedicándonos con abnegación a este sagrado llamamiento con el solo propósi­to de salvar almas, obtendremos multitud de bendiciones y beneficios inesperados a lo largo del camino. A continuación cito algunos.

Gozo  

Todos conocemos el versículo que di­ce: “Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepenti­miento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (D. y C. 18:15.)

Ahora bien, el gozo de que se habla en este pasaje no es un sentimiento efímero ni un placer pasajero, sino una felicidad profunda y permanente. El presidente Heber J. Grant testificó lo siguiente: “Mientras estaba en la misión, sentí más gozo que en ninguna otra época, an­terior o posterior. El hombre existe para que tenga gozo, y el gozo que yo sentí cuando era misionero era superior a cual­quier otro que hubiera podido experimen­tar dondequiera que estuviera.” (Improvement Era, oct. de 1936, pág. 659.)

Esto lo dijo un hombre que había via­jado por todo el mundo y había tomado parte en casi todas las fases de actividad del evangelio.

Os invito a leer sobre el gozo que sen­tía Ammón al hablar de sus experiencias misionales. Entre otras cosas, dijo: “Mi gozo es completo; sí, mi corazón rebosa de alegría, y me regocijaré en mi Dios. . . No puedo expresar ni la más pequeña parte de lo que siento”. (Alma 26:11, 16.) ¡Un gozo indescripti­ble!

Una conciencia tranquila    

La conciencia tranquila es el senti­miento de calma, de paz, que le sobrevie­ne a una persona cuando sabe que ha he­cho lo correcto, en el momento preciso e impulsado por la razón apropiada. Al equivocamos u ofender a alguien, nues­tro espíritu se ve perturbado; cuando ha­cemos lo que es correcto y bueno, el es­píritu está en calma. La conciencia se puede ahogar por medio de la desobe­diencia voluntaria, pero también se pue­de poner en total armonía con el Espíritu Santo mediante una obediencia volunta­ria. Creo que todos nosotros podemos llevar una vida casi libre de errores si nutrimos la voz de la conciencia en forma adecuada.

Sabemos muy bien que se espera que todo Santo de los Últimos Días rinda ser­vicio misional y que un profeta hizo un llamado para que haya más misioneros, diciendo que todo joven digno debe ser­vir. Este hecho ha quedado registrado en nuestra memoria y nuestro corazón, y sa­bemos que es la verdad. Por lo tanto, no obtendremos plena paz de conciencia hasta que hayamos obedecido el manda­to, prestado oído al llamado y servido.

El presidente George Albert Smith en­señó que llevar a cabo esta obligación “hará que los que son fieles, los que cum­plen con ese deber como se les requiere, adquieran una paz y una felicidad que están más allá de toda comprensión; y los preparará para que, a su debido tiempo, cuando hayan terminado su labor terre­nal, puedan entrar en la presencia de su Hacedor y que El los acepte por lo que han hecho” (en Conference Report, abril de 1922, pág. 53).

Aumento de conocimiento del evangelio

A los misioneros se les aconseja estu­diar dos horas por día, todos los días; una hora es para el estudio individual y una hora para estudiar con el compañero.

Con seguir simplemente el plan de estu­dio del evangelio que se ha creado para los misioneros, una persona lee el Libro de Mormón, el Nuevo Testamento, Doc­trina y Convenios y partes del Antiguo Testamento varias veces durante la mi­sión; además, al aprender las charlas mi­sionales y los conceptos de doctrina que se relacionan con ellas, también estudia a fondo los temas básicos del evangelio.

Enseñando esas lecciones una y otra vez y respondiendo al mismo tiempo a las preguntas y dudas de la gente, el mi­sionero tiene aún mayor oportunidad de aprender. En realidad, nunca se domina un conocimiento hasta que se ha enseña­do. Sí, sin duda, la misión es una escuela de enseñanza evangélica, aun una escue­la para profetas.

Aumento de la fe

El élder James E. Talmage describe la creencia diciendo que es una aceptación pasiva de la verdad; por otra parte, define la fe como una aceptación de la verdad, positiva y activa, que lleva a las buenas obras. Y declara que la “fe es creencia vivificada, activa y viva”. (Véase Artícu­los de Fe, pág. 106.)

Hay quienes aceptan un llamamiento a la misión por su creencia; creen que la iglesia es verdadera y creen que es su deber servir. Pero en el rendimiento de ese servicio, al orar pidiendo guía para encontrar personas a quienes enseñar, al suplicar ayuda en la enseñanza y esfor­zarse por emplear las palabras y los mé­todos apropiados, su creencia se transfor­ma rápidamente en fe.

Los misioneros no solamente son testi­gos de cambios milagrosos, sino que también participan en ellos; ven cómo las personas abandonan el pecado y se con­vierten en santos. Además, reciben res­puesta a sus oraciones, sienten la inspira­ción y las impresiones del Espíritu, observan el don de lenguas y muchos otros de los dones del Espíritu en acción y sienten que los sostienen poderes invi­sibles. Estas y muchas otras de sus expe­riencias plantan en su corazón las semi­llas de la fe. Seguir leyendo

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Utilicemos nuestros talentos

Liahona Abri – Mayo 1986 
Utilicemos nuestros talentos

Ejemplos de lo que han hecho algunas parejas de matrimonios misioneros
Por Vernon y Bertha Proctor

Los matrimonios misioneros hacen co­sas maravillosas, y el testimonio, el conocimiento, la experiencia y la sa­biduría que poseen son necesarios en casi todas las misiones de la Iglesia. En don­dequiera que sirven, la Iglesia se fortale­ce y los miembros son bendecidos. Por ejemplo:

Una de estas parejas recibió el llama­miento de servir en Canadá. Ese primer domingo se presentaron a los miembros del barrio durante las distintas reuniones; al hacerlo, el hermano se refirió a su es­posa como a “mi amor que me ha acom­pañado por cuarenta y un años”.

En la congregación se encontraban al­gunas parejas que estaban teniendo pro­blemas conyugales, pero debido a que durante los meses siguientes tuvieron la oportunidad de ver, por medio del ejem­plo de este matrimonio misionero, lo que realmente es una pareja feliz, sintieron el deseo de cambiar sus vidas. Más tarde, una de estas parejas le dijo al matrimonio misionero: “¿Saben por qué fueron en­viados a esta misión? Para salvar nuestro matrimonio”.

Con tan sólo estar allí, y demostrar el amor que sentían el uno por el otro, ejer­cieron una influencia maravillosa en los demás.

Otra pareja, originaria del norte del es­tado de California, Estados Unidos, fue llamada a cumplir una misión en Bolivia. En una pequeña comunidad india, la gen­te tenía que acarrear el agua desde un manantial que brotaba de lo alto de una colina, a un kilómetro y medio de distan­cia. Era una tarea laboriosa el tener que hacerlo todos los días, y creaba además serios problemas de higiene.

Este matrimonio misionero recibió la asignación de supervisar el proyecto de encañar el agua desde el manantial. El esposo diseñó el proyecto y organizó en grupos tanto a los que eran miembros co­mo a los que no lo eran. En unas cuantas semanas los miembros de la comunidad cavaron una zanja en el rocoso altiplano, en la cual colocaron tubería de plástico para conectar el agua del manantial a una simple canilla, ubicada en el centro de la villa —la única en toda la comunidad.

Toda la comunidad asistió a la ceremo­nia de inauguración. Las personas que no eran miembros de la Iglesia se mostraron muy amigables y agradecidas por la oportunidad que se les brindó de progre­sar y por los recursos que se les había proporcionado. El matrimonio misionero que se entregó a la obra misional comen­tó: “Este es el acontecimiento más emocionante de nuestra misión”.

Otro matrimonio misionero fue llama­do y asignado a una rama en los Estados Unidos que tenía tantos miembros inacti­vos que estaban a punto de disolverla. La Iglesia no era demasiado conocida en esa localidad. El hermano era miembro del Club de Leones (una organización cívica que presta servicio a los necesitados) en la ciudad donde residía, había trabajado para el gobierno municipal y era experto en agricultura. El hermano y su esposa se pusieron en contacto con el Club de Leo­nes de la localidad y a él le invitaron a hablar en una de sus reuniones regulares. En dicha oportunidad, él les dijo quiénes eran y la razón por la que estaban en ese lugar. También mencionó que necesita­ban un edificio donde los miembros de la rama pudieran reunirse.

Después de la reunión, los que asistie­ron se presentaron y se ofrecieron a ayu­dar en cualquier cosa que pudieran. Uno de ellos publicó un artículo acerca de los misioneros en su periódico, el cual tenía 15.000 subscriptores. Se les invitó a par­ticipar en una entrevista en la televisión, por medio de la cual pudieron contestar muchas preguntas acerca de la Iglesia y de la obra genealógica.

Como el hermano era un experto en agricultura, utilizó ese talento para reac­tivar a miembros y despertar el interés de los que no lo eran en el mensaje del evan­gelio. Obtuvo permiso para utilizar casi una hectárea de tierra, la cual preparó para la siembra, y luego invitó a la gente a participar en el proyecto. A todos los interesados se les asignó un predio deter­minado, y él les enseñó la manera de plantar y cuidar un huerto. Todos levan­taron buenas cosechas, y dijeron que era el mejor huerto que jamás habían visto en la localidad. Esto abrió muchas puertas a la obra misional. En la actualidad la rama está progresando y en camino a tener su propio centro de reuniones.

Hubo un matrimonio misionero que llevó un pequeño órgano electrónico a una de las islas del Pacífico, el cual utili­zaban en las reuniones de la Iglesia. De­bido a que era el único instrumento musi­cal de esa clase en la isla, la gente se amontonaba para oírlo y cantar. Hasta los miembros de otras iglesias asistían a las reuniones de los Santos de los Últimos Días porque les gustaba cantar con la mú­sica tan hermosa.

Otra pareja recibió el llamamiento de servir en Tonga. El hermano era oculista, y llevó consigo sus instrumentos de ópti­ca. Utilizando sus talentos en ese campo particular, se hizo de muchos amigos, no sólo para sí mismo, sino para futuros mi­sioneros.

Podríamos citar cientos de experien­cias misionales como éstas, que ponen de manifiesto las distintas mañeras en que los matrimonios y las hermanas mayores misioneras pueden predicar el evangelio y fortalecer la Iglesia.

Hay quienes pueden cumplir una mi­sión, pero dudan de su habilidad para ha­cerlo. No tengan miedo, porque serán llamados, por revelación, para ir a un lu­gar donde más se necesiten sus talentos, experiencia, conocimiento y sabiduría particulares.

Algunos hermanos ya mayores quizás se pregunten cómo se las arreglarán sus familias durante su ausencia. No se preo­cupen, porque ellos están en las manos del Señor. Cumplan una misión, y tanto ustedes como ellos serán bendecidos para siempre.

Vernon y Bertha Proctor. Sirvieron en la Misión Perú Lima Norte. En la actualidad son obreros en el Templo de Salt Lake, y pertenecen al Barrio Bryanen Salt Lake City.

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Preparados para la obra

Liahona Abril – Mayo 1986
Preparados para la obra
Por Nina Hull

El matrimonio misionero se da cuenta de que cada habilidad, cada experiencia y cada talento escondido puede utilizarse eficazmente en el servicio misional.

Servir en una misión había sido uno de mis grandes deseos desde que era niña, pero dado que me casé muy jo­ven, aplacé ese sueño mientras criamos a nuestros hijos, con la esperanza de que mi esposo, Ben, y yo recibiéramos un llamamiento más tarde en nuestra vida.

Esa esperanza perenne pareció desva­necerse cuando, a la edad de cincuenta y cuatro, Ben sufrió una embolia que lo dejó mudo y sin poder escribir ni leer, y con el lado izquierdo de su cuerpo parali­zado. Todavía doce años después, a pe­sar de una recuperación milagrosa me­diante el poder del sacerdocio, le quedaban algunos impedimentos físicos, cuando nuestro obispo nos pidió entrevis­tamos para una misión. Ben tenía proble­mas en hablar claramente, de manera que le era difícil comunicarse con los demás, salvo con familiares. Simplemente no podía pronunciar las palabras como de­bía, y no le había sido posible orar en voz alta ni pedir una bendición sobre los ali­mentos. Le habían amputado el brazo iz­quierdo; además, gran parte del tiempo tenía la pierna derecha hinchada y adolo­rida, y cuando se encontraba en situacio­nes llenas de tensión, era propenso a un ataque cardíaco.

Aparte de todo eso, nuestros ingresos eran escasos, como lo era también nues­tra confianza. Sin embargo, no tuvimos ninguna duda en cuanto a si debíamos o no aceptar el llamamiento. Ben estaba se­guro de que si el Señor lo necesitaba y quería que aceptara, no había por qué du­dar.

En cambio, nuestro presidente de esta­ca dudaba de si debía o no mandar la solicitud a las oficinas de la Iglesia, pero el Departamento Misional le aconsejó: “Envíenosla, y dejaremos que las Autori­dades decidan”. Oré fervientemente para que en alguna parte del mundo hubiera un lugar apropiado donde pudiéramos ayudar a edificar el reino. Unas semanas más tarde, cuando recibimos un llamado a servir en la región sudeste de los Esta­dos Unidos, sentí una plenitud de gozo. Sabía que sin ninguna duda había recibi­do una respuesta a mis oraciones.

A Ben le fue difícil preparar su discur­so de despedida en la reunión sacramen­tal. Quise ayudarlo preparándole un dis­curso corto, pero no lo pudo memorizar, así que unas dos horas antes de la reunión pidió que le dieran una bendición espe­cial del sacerdocio. Pudo dar un discurso de aproximadamente diez minutos, con suficiente soltura, después de lo cual el obispo dijo a la congregación que acaba­ban de presenciar un milagro.

Experimentamos el gozo de un segun­do milagro cuando, en la ocasión de nuestra primera noche en la casa de mi­sión, nos hincamos en oración y, por pri­mera vez en doce años, Ben pudo dar la oración familiar.

Nos asignaron a una rama pequeña de aproximadamente sesenta miembros, la mayoría de ellos inactivos. El primer do­mingo, los únicos dos presentes en la reunión del sacerdocio eran Ben y el pre­sidente de rama, y a la Escuela Domini­cal y la reunión sacramental asistieron solamente catorce personas. Sin embar­go, me emocionó ver que de nuevo mi esposo ya podía ofrecer la primera ora­ción y bendecir la Santa Cena.

Supongo que, al igual que los demás misioneros, sentimos algo de inquietud antes de llegar a nuestra primera asigna­ción en el campo misional: ¿Cómo nos recibirían tanto los miembros como los que no lo eran? ¿Podríamos contribuir verdaderamente a la obra misional? ¿Complacerían al Señor nuestros esfuer­zos? Pero una vez que llegamos, encon­tramos que las personas son las mismas en todas partes, y cuando nos dimos cuenta de que las experiencias que había­mos tenido previamente en la Iglesia, en el trabajo, como padres —en fin, en todo— nos daban algo en común con nuestros nuevos amigos, se calmaron nuestras inquietudes y empezamos a sen­tirnos cómodos.

Empezamos nuestra labor buscando a todos los miembros de la rama de los cuales había registros, y tratando de avi­var en ellos el deseo de activarse. No fue tarea fácil. Estaban esparcidos por toda la región; vivían en calles rurales sin ningún nombre ni letrero que las identificara. Al­gunos de los miembros habían estado ale­jados de la Iglesia desde hacía años. Ca­da domingo estuvimos a la expectativa, ansiosamente esperando ver entrar a la capilla a los miembros que habíamos vi­sitado; pero eran sólo unas cuantas perso­nas las que asistían. Seguir leyendo

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Lo que espero enseñéis a vuestros hijos acerca del templo

Liahona Abril – Mayo 1986
Lo que espero enseñéis a vuestros hijos acerca del templo
Por el presidente Ezra Taft Benson

Ezra Taft Benson

Tomado de un discurso pronunciado en el centenario del  Templo de Logan (Utah) en mayo de 1984

La última vez que vi al presidente Heber J. Grant fue en el edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia cuando él era ya muy anciano. Le habían llevado hasta allí en un vehículo, donde el conductor de éste le pidió a otro her­mano que le ayudara a llevar al Presiden­te hasta su despacho, uno de cada brazo.

Yo iba entrando en el edificio en el momento en que el presidente Grant avanzaba hacia la puerta. El Presidente dijo entonces a los hermanos que le ayu­daban a caminar:

— ¿No es ése el hermano Benson?

—Sí, Presidente —afirmaron ellos. Entonces, dirigiéndose a mí, me dijo: —Venga, acérquese, hermano Ben­son.

Cuando llegué a su lado, me dijo:

— ¿Le he contado alguna vez de la ju­garreta que el presidente Brigham Young le hizo a su bisabuelo?

Le contesté:

—No, Presidente. No sé nada de que Brigham Young le hubiera jugado una jugarreta a nadie.

Añadió:

—Pues sí, sí que lo hizo. Se lo contaré.

Como me di cuenta de que aquellos dos hermanos sostenían prácticamente todo el peso del presidente Grant, le dije:

—Pasaré por aquí a conversar con us­ted en cuanto pueda. Me gustaría saber de esa anécdota.

Más él replicó:

—No, no, se la contaré aquí mismo. Estos hermanos me sostendrán mientras se lo cuento todo.

Continuó:

—Usted sabe dónde se encuentra el Zion’s Bank, ¿no es así? En la esquina de las calles Main y South Temple [en el centro de Salt Lake City].

—Sí, Presidente—asentí.

—Verá usted—prosiguió—, su bisa­buelo edificó en esa esquina la casa más bella de Salt Lake City con excepción de la de Brigham Young (la cual era, como se sabe, la del Lion House que todavía permanece en pie). La terminó entera­mente; era una casa hermosa: de dos pi­sos y con portal en ambos niveles y a ambos costados. La rodeaba una cerca blanca de madera, tenía árboles frutales y de adorno y un arroyito atravesaba el jar­dín. Estaba a punto de mudarse a ella con su familia de las cabañas de troncos que hasta entonces habían habitado cuando el presidente Young le llamó a su despacho. Allí, le dijo: “Hermano Benson, desea­mos que vaya usted a colonizar el Valle Cache [pronuncíese Cash] en el norte de Utah y que presida allí a los miembros de la Iglesia. Le sugerimos que venda su casa al hermano Daniel H. Wells”.

—Y bien —agregó el presidente Grant—, el hermano Daniel H. Wells era consejero de Brigham Young. ¿No le pa­rece eso una jugarreta? —y dicho eso, dijo a quienes le sostenían— Vamos, hermanos, sigamos adelante.

Dado que en todos los años en que había asistido a las reuniones de la fami­lia Benson no había oído nunca esa histo­ria, pedí al Departamento Histórico que la verificara y allí me confirmaron lo que el presidente Grant me contó; me dijeron aun que tenían una vieja fotografía del caserón.

Desde entonces, me he sentido profundamente agradecido por la tal “jugarreta” del presidente Young, ya que si no hu­biera sido por eso, los Benson no hubie­ran echado raíces en el Valle Cache. Seguir leyendo

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Nunca es tarde

Liahona Febrero 1986
Nunca es tarde
Por el élder John K. Carmack
Del Primer Quórum de los Setenta

John K. Carmack

Era el atardecer de un viernes, día de pago, en el Cuartel General del 8o Ejército de los Estados Uni­dos en Seúl, Corea. Había estado de guardia todo el día, así que me disponía a pasar el resto de la noche leyen­do, escribiendo cartas y disfrutando de estar a solas.

El día de pago era siempre bienvenido entre nosotros, aunque algunos de los soldados utilizaban impru­dentemente en el club el dinero extra que recibían. En la noche de referencia, casi a la hora de ir a la cama, entraron en la barraca tres soldados muy ruidosos, que evi­dentemente estaban ebrios.

La paz y el silencio de nuestro escueto alojamiento mili­tar, construido por el ejército de ocupación japonés antes de la Segunda Guerra Mundial, se vieron turbados por la presencia de aquellos jóvenes en el cuarto. Decidido a pasar por alto el cambio que se había operado en el am­biente, volví la cabeza en dirección opuesta a donde es­taban los alborotadores.

A pesar de mis esfuerzos por mantenerme pacíficamente aislado de ellos, un joven alto y apuesto, que parecía deter­minado a hacerme formar parte de su grupo, se acercó a mí tambaleándose.

— ¿Qué estás leyendo? —me preguntó.

—La biografía de John Stuart Mili* —le respondí.

Al mirarlo, inmediatamente reconocí a Albert Anderson (el nombre es ficticio), a quien había visto en nuestro grupo de miembros de la Iglesia en Seúl, que era pequeño pero muy unido.

Sumamente abochornado al reconocerme, se dio vuelta para alejarse, pero cayó sobre mi litera.

—Recuerdo haberte visto en la reunión de nuestro grupo de la Iglesia, hace unos meses —le dije.

Aunque me contestó sin mucho entusiasmo, me di cuenta de que se hallaba profundamente turbado.

—Sí, ya me acuerdo de ti. —Y luego, bruscamente me pidió—: Tú conoces Doctrina y Convenios, ¿verdad? Lée­me la Palabra de Sabiduría.

Tomé el libro, busqué la sección 89 y lentamente leí en voz alta la revelación que se conoce con el nombre de Palabra de Sabiduría, incluso la frase que dice ‘los licores no son para el vientre” (vers. 7).

— ¡Y eso no es lo peor que he hecho! —exclamó él—. ¡Pensar que mi madre cree que voy a ir en una misión! Pero no puedo hacerlo.

—Albert—lo interrumpí—, claro que puedes ir en una misión. ¿Quieres que te diga cómo?

— ¿De veras crees que puedo ser misionero después de lo que te he dicho? He hecho casi todo lo que no debía hacer. Yo creo que ya es muy tarde para mí.

Le entendí muy bien cuando me dijo que había hecho todo lo que no debía hacer. Había observado que muchos de mis compañeros se pasaban las noches fuera, sin re­gresar al cuartel, y sabía con qué interés lo hacían. La conducta de Albert era muy similar a la de sus amigos, aunque los miembros de nuestro grupo religioso en general se mantenían alejados de esas excursiones nocturnas.

En nuestra conversación supe que volvería a su casa a la semana siguiente. De todas maneras, imaginando los peca­dos que podía haber cometido, pero también conociendo el plan de salvación del evangelio, sin el cual todos es­taríamos perdidos, afirmé resueltamente:

—Sí, podrás ser misionero; pero no te resultará fácil lograrlo.

Abrimos Doctrina y Convenios y leímos los versículos 42 y 43 de la sección 58, donde se habla sobre el arre­pentimiento. Analizamos lo importante que era para él confesar los pecados graves que hubiera cometido a su líder del sacerdocio, y le aconsejé que al llegar a California fuera inmediatamente a hablar con el obispo de su barrio. En esa forma podía continuar el proceso del arrepentimiento que nuestra conversación había comenza­do esa noche. También le supliqué que se decidiera allí mismo, en aquel momento, a abandonar las serias transgresiones se­xuales en que se había metido y a no vol­ver a cometerlas jamás. Lo insté a ser paciente, pues todo eso le llevaría tiempo, y le aconsejé que leyera el capítulo 39 de Alma para poder comprender cuán graves eran sus pecados a la vista del Señor. Además, le expliqué que, como parte del arrepentimiento, debía tomar la determi­nación de servir a sus semejantes por el resto de su vida.

Hablamos del Salvador, de su miseri­cordia y de la Expiación. Traté de ayudar­le a entender que, a pesar de lo serio que eran sus pecados, no estaba perdido.

—Todos pecamos —le expliqué, tra­tando de darle ánimo—, y estaríamos per­didos si no fuera por la grandiosa misión de nuestro Salvador. Pero debemos arre­pentimos de esas transgresiones a fin de que la sangre de Cristo nos purifique de ellas.

—Y después agregué—: Mañana es sábado; ¿quieres venir al atardecer y que pasemos juntos unas horas? Y si deseas ir a la iglesia conmigo el domingo, ven a eso de las ocho de la mañana.

Me prometió que iría ambos días, y así lo hizo. El domingo estuvo muy callado, pero se quedó conmigo todo el día. Tuvi­mos una hermosa experiencia espiritual, y Albert empezó a mostrarse más animoso. Al término de aquel agradable día de des­canso de la vida militar, volvió a su barra­ca.

El lunes fue a despedirse de mí. Luego partió hacia el puerto, donde lo esperaba el barco que lo llevaría atravesando el Pa­cífico de regreso a los Estados Unidos y a su familia, ansiosa por recibirlo. Después de aquello, muchas veces pensé en él y me pregunté qué le habría pasado al re­gresar a su casa. Hasta que un día recibí la siguiente carta:

“Querido John:

“Espero que todavía te acuerdes de mí. Aunque nuestra relación fue corta, ha te­nido y tendrá un efecto permanente en mi vida. Muchas veces he pensado en qué sería lo que me hizo hablarte aquella no­che, pero de todos modos, me siento muy agradecido de haberlo hecho; nuestra con­versación marcó un cambio en mi vida, y desde entonces todo empezó a mejorar.

“Tuve que aprender por difícil expe­riencia propia cuál era la mejor manera de vivir, y ahora me siento muy feliz con mi vida de Santo de los Últimos Días. Cuan­do volví a California, fui a hablar con el obispo de mi barrio. Varios meses des­pués, el élder Hugh B. Brown [miembro entonces del Consejo de los Doce] me en­trevistó para una misión y me expresó muy claramente que esperaba que hiciera un gran esfuerzo, y así pudiera compensar por los errores del pasado. Cuando termi­nó la entrevista, yo había tomado ya una decisión afirmativa. El sábado recibí el llamamiento para la obra misional, y pronto estaré en la casa de la misión. Aunque ni siquiera voy a salir de mi pro­pio estado, estoy muy contento con el lla­mamiento.

“Te estoy infinitamente agradecido por el ánimo y los consejos que me diste aquella noche. A pesar de lo mal que me sentía, recuerdo muy bien tus palabras. Quizás nuestro encuentro no fuera una ca­sualidad, sino algo preparado por el Se­ñor; por lo menos yo lo veo así. Y quiero que sepas que te agradezco profundamen­te toda la ayuda que me diste, y te deseo lo mejor de la vida.

“Te pido que me escribas y me digas cómo estás y a qué te dedicas. Me hará muy feliz tener noticia tuyas.

“Con cariño, tu hermano en el evange­lio.”

Al leer su carta, me di cuenta de que aquella noche yo me había encontrado en el lugar preciso y en el momento preciso para ayudar a Albert a comenzar el proce­so de su arrepentimiento. El Señor lleva a cabo su obra siempre por medio de hom­bres y mujeres, sus hijos. En mi caso, la recompensa fue el enorme gozo que sentí.

La siguiente y última vez que vi a Al­bert fue un día que fui al Templo de Los Angeles, mientras esperaba que empezara una de las sesiones. El entró en el cuarto donde yo estaba, y nos abrazamos como viejos amigos del ejército y, más impor­tante aún, como amigos eternos. Me ha­bló brevemente del éxito de la misión; aunque no le había sido fácil, experimen­taba un sentido de orgullo y gozo por ha­ber servido con honor en la obra misional. Y aunque había pensado que ya era dema­siado tarde para él, se había dado cuenta de que no era así.

El mensaje que tenemos para nuestros jóvenes es muy claro: Si tenéis el deseo de regresar y capacitaros para la obra del Señor, ¡nunca es tarde para hacerlo! El Señor está lleno de misericordia y bon­dad. Es cierto que cuando se han cometi­do pecados graves, hay algunas deudas grandes que pagar: el doloroso momento de reconocer que habéis pecado, la confe­sión, la restitución, la paciencia y el firme compromiso de dedicar vuestra vida a ser­vir. Por supuesto, sería mejor no entrar nunca en acciones que pueden llevarnos a la oscuridad espiritual. “Yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia. No obstante, el que se arrepienta y cumpla los manda­mientos del Señor será perdonado.” (D. y C. 1:31-32.) Pero Él os ama, a pe­sar de vuestros pecados.

Jóvenes, os necesitamos para servir al Señor. Quizás sea difícil, y sufriréis mu­cho si habéis cometido pecados graves de los que tengáis que arrepentiros; pero ja­más lamentaréis el haber sido misioneros. Los momentos de gozo que tendréis al ayudar a otra persona a darse cuenta de que ha pecado y que necesita tener fe en el Señor, arrepentirse de sus pecados y bautizarse, compensarán plenamente los sufrimientos y el pesar que hayáis pasado; y las bendiciones que les llevaréis se pro­longarán en la eternidad, y también llena­rán de gozo vuestra vida en forma ince­sante, porque las consecuencias de vuestras acciones buenas tendrán un curso eterno.

Por lo tanto, arrepentíos y volved para servir. El Señor os ama, y la Iglesia os necesita. Despojaos del falso orgullo y pedidle una entrevista al obispo o al presi­dente de rama a fin de empezar ahora vuestro proceso de arrepentimiento. Vuestra recompensa será la paz en esta vida y la vida eterna en el más allá (D. y C. 59:23). Tengo la certeza de que hay muchos de vosotros que, por haber pecado, por tener un sentimiento de cul­pabilidad y por no comprender la disposi­ción que tiene el Señor a perdonar al pe­cador arrepentido, habéis perdido toda esperanza y no pensáis salir en una mi­sión. Este es mi mensaje para vosotros, con todo mi corazón: ¡Nunca es tarde! ■

 

* John Stuart Mili (1806-1873): Filósofo y economista inglés.

 

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