El arrepentimiento: Una gozosa elección

Conferencia General Octubre 2016
El arrepentimiento: Una gozosa elección
Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 El arrepentimiento no solo es posible, sino que también es gozoso gracias a nuestro Salvador.

Mis queridos hermanos y hermanas, cuando yo tenía doce años, mi familia vivía en Gotemburgo, una ciudad costera en el sur de Suecia. Como referencia, es la ciudad natal de nuestro querido colega el élder Per G. Malm1, que falleció este verano. Lo extrañamos. Estamos agradecidos por su nobleza, su noble servicio y por el ejemplo de su adorable familia; sin duda oramos para que reciban las más ricas bendiciones de Dios.

Hace cincuenta años, asistíamos a la Iglesia en una casa grande remodelada. Un domingo, mi amigo Steffan2, el único otro diácono de la rama, me recibió con gran emoción al llegar a la Iglesia. Fuimos a la zona de ampliación adjunta a la capilla, y él sacó un gran petardo y unos fósforos [cerillos]. En un acto de bravuconearía juvenil, tomé el petardo y encendí la mecha gris. Intenté apagar la mecha antes de que explotara, pero cuando me quemé los dedos al intentarlo, se me cayó el petardo. Steffan y yo mirábamos con horror cómo seguía ardiendo la mecha.

El petardo explotó, y el humo con azufre llenó la zona de ampliación y la capilla. Nos apresuramos a juntar los restos del petardo y abrimos las ventanas para tratar de eliminar el olor, esperando ingenuamente que nadie lo notara. Afortunadamente, nadie resultó herido ni hubo daños.

Cuando los miembros llegaron a la reunión, sí notaron el intenso olor; era imposible no notarlo. El olor fue una distracción de la naturaleza sagrada de la reunión. Debido a que había tan pocos poseedores del Sacerdocio Aarónico, y en lo que solo podría describirse como un pensamiento disociado, repartí la Santa Cena, pero no me sentí digno de tomarla. Cuando se me ofreció la bandeja de la Santa Cena, no tomé el pan ni el agua. Me sentía horrible; estaba avergonzado, y sabía que lo que había hecho había ofendido a Dios.

Después de las reuniones, el presidente de la rama, Frank Lindberg, un distinguido hombre mayor de cabello gris, me pidió ir a su oficina. Me senté; él me miró con bondad y dijo que se dio cuenta de que no había tomado la Santa Cena. Me preguntó por qué. Sospeché que él lo sabía; estaba seguro de que todos sabían lo que había hecho. Después de decírselo, me preguntó cómo me sentía. Mientras lloraba, le dije con voz entrecortada que lo sentía y que sabía que había decepcionado a Dios.

El presidente Lindberg abrió un ejemplar desgastado de Doctrina y Convenios y me pidió que leyera algunos versículos subrayados. Leí los siguientes en voz alta:

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más.

“Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará”3.

Nunca olvidaré la sonrisa compasiva del presidente Lindberg cuando levanté la vista después de haber terminado de leer. Con algo de emoción, me dijo que sentía que estaba bien que yo volviera a tomar la Santa Cena. Cuando salí de su oficina, sentía un gozo indescriptible.

Tal gozo es uno de los resultados inherentes del arrepentimiento. La palabraarrepentirse conlleva “darse cuenta después” e implica “cambiar”4. En sueco, la palabra es omvänd, que simplemente significa: “dar vuelta”5. El escritor cristiano, C. S. Lewis, escribió sobre la necesidad de cambiar y el método para ello. Observó que el arrepentimiento consiste en “regresar al camino correcto. Una suma equivocada se puede corregir”, dijo él, “pero solo es posible hacerlo volviendo atrás hasta encontrar el error y calcular de nuevo a partir de ese punto; nunca se logra simplemente siguiendo adelante6. Cambiar el comportamiento y regresar al “camino correcto” son parte del arrepentimiento, pero solo una parte. El verdadero arrepentimiento también incluye entregar nuestro corazón y voluntad a Dios y abandonar el pecado7. Como se explica en Ezequiel, arrepentirse es “… [volver del]… pecado… [hacer] lo que es justo y recto… [restituir] la prenda… y [caminar] en los estatutos de la vida, sin cometer injusticia”8. Seguir leyendo

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No hay mayor gozo que saber que ellos lo conocen

Conferencia General Octubre 2016
No hay mayor gozo que saber que ellos lo conocen
Por el élder K. Brett Nattress
De los Setenta

No sé si hay algo en este mundo que pueda aportar más felicidad y gozo que saber que nuestros hijos conocen al Salvador.

Hermanos y hermanas, últimamente he estado meditando en esta pregunta: “Si todo lo que sus hijos supieran del Evangelio procediera de ustedes, como su única fuente, ¿cuánto sabrían?”. Esa pregunta se aplica a todos aquellos que aman y guían a niños y ejercen influencia en ellos.

¿Existe mayor don que pudiéramos impartir a nuestros hijos que el recuerdo grabado profundamente en sus corazones de que sabemos que nuestro Redentor vive? ¿Saben ellos que lo sabemos? Y, lo que es más importante, ¿han llegado a saber por sí mismos que Él vive?

Cuando era niño, fui el más difícil de criar de todos los hijos de mi madre. Rebosaba de energía. Mi madre me dice que su mayor temor era que no llegara a vivir hasta la edad adulta. Sencillamente, era demasiado inquieto.

Recuerdo una reunión sacramental particular en la que estaba sentado con mi familia cuando era niño. Mi madre acababa de recibir un nuevo juego de Escrituras que contenía, en un solo ejemplar encuadernado, todos los libros canónicos, y en el centro había papel rayado para tomar notas.

Durante la reunión, le pregunté si podía sostener sus Escrituras. Con la esperanza de ayudarme a ser reverente, las hizo llegar hasta donde me encontraba en el banco. Mientras examinaba sus Escrituras, observé que ella había apuntado una meta personal en la sección de notas. Para explicarles el contexto de esa meta, tengo que decirles que soy el segundo de seis hijos y me llamo Brett. Mi madre había escrito, en rojo, una sola meta: “¡Paciencia con Brett!”.

Como prueba adicional para ayudarles a entender la dificultad que afrontaron mis padres para criar a nuestra familia, permítanme contarles sobre la lectura de las Escrituras en nuestra familia. Todas las mañanas, mi madre nos leía el Libro de Mormón durante el desayuno. Durante este tiempo, mi hermano mayor, Dave, y yo, permanecíamos en silencio, pero actuábamos irreverentemente. Para ser completamente sincero, no escuchábamos y nos poníamos a leer el texto impreso en las cajas de cereales.

Finalmente, una mañana decidí hacerle frente a mi madre; le dije: “Mamá, ¿por qué nos haces esto? ¿Por qué nos lees el Libro de Mormón cada mañana?” Después dije algo que me da vergüenza admitir; de hecho, no puedo creer que en realidad lo dijera; le dije: “Mamá, ¡no estoy escuchando!”.

Su respuesta llena de amor fue un momento determinante en mi vida. Me dijo: “Hijo, estuve en una reunión donde el presidente Marion G. Romney enseñó acerca de las bendiciones de leer las Escrituras. Durante esa reunión, recibí la promesa de que si leía el Libro de Mormón a mis hijos cada día, no los perdería”. Entonces me miró fijamente a los ojos y, con una determinación absoluta, dijo: “¡Y no voy a perderte!”.

Sus palabras me llegaron al corazón. A pesar de mis imperfecciones, ¡era digno de que se me salvara! Ella me enseñó la verdad eterna de que soy hijo de un amoroso Padre Celestial. Aprendí que, fueran cuales fueran las circunstancias, yo valía la pena. Este fue un momento perfecto para un niño imperfecto.

Estoy eternamente agradecido por mi madre angelical y por todos los ángeles que aman a los niños de manera perfecta, a pesar de sus imperfecciones. Creo firmemente que todas las hermanas —las llamaré “ángeles”— son madres en Sion, ya sea que estén casadas o tengan hijos durante esta experiencia terrenal o no.

Hace años, la Primera Presidencia proclamó: “La maternidad está cerca de la divinidad. Es el servicio más elevado y más santo que puede emprender el ser humano, y pone junto a los ángeles a la mujer que honra su santo llamamiento y servicio”1.

Estoy agradecido por los ángeles que hay por toda la Iglesia que proclaman de manera valiente y amorosa la verdad eterna a los hijos del Padre Celestial.

Estoy agradecido por el don del Libro de Mormón; ¡sé que es verdadero!; contiene la plenitud del evangelio de Jesucristo. No sé de nadie que esté leyendo el Libro de Mormón diligentemente cada día, con verdadera intención y con fe en Cristo, que haya perdido su testimonio y que se haya apartado del camino. La promesa profética de Moroni conlleva la clave para conocer la verdad de todas las cosas, incluso tener la capacidad de discernir y evitar los engaños del adversario. (Véase Moroni 10:4–5).

También estoy agradecido por un Padre Celestial amoroso y por Su Hijo, Jesucristo. El Salvador dio el ejemplo perfecto de cómo vivir en un mundo imperfecto e injusto. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Su amor por nosotros es inconmensurable; Él es nuestro amigo más fiel; Él sudó “como grandes gotas de sangre” por ustedes y también por mí (véase Lucas 22:44); perdonó lo aparentemente imperdonable y amó a los difíciles de amar. Hizo lo que ningún ser mortal podía hacer: Proporcionó una Expiación para vencer las transgresiones, los dolores y las enfermedades de toda la humanidad.

Gracias a la expiación de Jesucristo, podemos vivir con la promesa de que, sean cuales sean nuestros afanes, siempre podemos tener esperanza en Él, quien “es poderoso para salvar” (2 Nefi 31:19). Gracias a Su Expiación, podemos tener gozo, paz, felicidad y vida eterna.

El presidente Boyd K. Packer declaró: “Con excepción de los pocos que han optado por seguir la vía de la perdición, no existe hábito, adicción, rebelión, transgresión, apostasía ni delito para los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo. Esa es la promesa de la expiación de Cristo”2.

Uno de los acontecimientos más increíbles de la historia de la humanidad es la visita del ministerio del Salvador a los antiguos habitantes de América. Visualicen en su mente cómo sería el haber estado allí. Al meditar en Sus cuidados amorosos y tiernos a aquella multitud de santos reunidos en el templo, he reflexionado en unos niños en particular, a quienes amo más que a la vida misma. He intentado concebir cómo me sentiría si contemplara a nuestros pequeñitos, si en persona viera al Salvador invitar a cada niño a venir a Él, si contemplara los brazos extendidos del Salvador, si estuviera al lado de cada niño, mientras uno por uno, tocara suavemente las marcas en Sus manos y en Sus pies, ¡y después viera a cada uno de ellos levantarse y dar testimonio de que Él vive! (Véase 3 Nefi 11:14–17; véase también 17:2118:25.) Si nuestros hijos se volvieran y dijeran: “¡Mamá, papá, es Él!”.

No sé si hay algo en este mundo que pudiese aportar más felicidad y gozo que saber que nuestros hijos conocen al Salvador; saber que ellos saben “a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”. Por eso es que, como miembros de la Iglesia, “predicamos de Cristo” y testificamos de Cristo (2 Nefi 25:26).

  • Por este motivo oramos con nuestros hijos cada día.
  • Por este motivo leemos las Escrituras con nuestros hijos cada día.
  • Por eso les enseñamos a servir a los demás, para que puedan obtener las bendiciones de encontrarse a sí mismos al perderse en el servicio de los demás (véanseMarcos 8:35Mosíah 2:17).

Al dedicarnos a esos sencillos modelos de discipulado, facultamos a nuestros hijos con el amor del Salvador y con la guía y la protección divinas a medida que afrontan los vientos feroces del adversario.

El Evangelio de verdad tiene que ver con cada persona individualmente; tiene que ver con una oveja perdida (véase Lucas 15:3–7); con una mujer samaritana en un pozo (véase Juan 4:5–30); con un hijo pródigo (véase Lucas 15:11–32);

tiene que ver con el niño que quizá diga que no está escuchando;

tiene que ver con cada uno de nosotros —por imperfectos que seamos— para llegar a ser uno con el Salvador como Él es uno con Su Padre (véase Juan 17:21).

¡Testifico que tenemos un Padre Celestial amoroso, quien nos conoce por nuestro nombre! Testifico que Jesucristo es el Hijo viviente del Dios viviente. Él es el Unigénito y nuestro Abogado ante el Padre. Testifico asimismo que la salvación se recibe en Su nombre y mediante Él—y por ningún otro medio.

Es mi oración que dediquemos nuestro corazón y nuestras manos a ayudar a todos los hijos de nuestro Padre Celestial a conocerle y a sentir Su amor. Al hacerlo, Él nos promete gozo y felicidad eternos en este mundo y en el mundo venidero. En el nombre de Jesucristo. Amén.

REFERENCIAS 

  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Heber J. Grant, 2003, pág. 220.
  2. Véase de Boyd K. Packer, “La luminosa mañana del perdón”, Liahona, enero de 1996, pág. 22.

 

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Dios enjugará toda lágrima

Conferencia General Octubre 2016
Dios enjugará toda lágrima
Por el élder Evan A. Schmutz
De los Setenta

 A medida que ejerzamos fe en el Salvador, Él nos edificará y nos sostendrá durante el transcurso de nuestras pruebas y, finalmente, nos salvará en el reino celestial.

Como parte del plan de nuestro Padre Celestial, Él permitió que el dolor formara parte de nuestra experiencia terrenal1. Si bien parece que las pruebas dolorosas recaen sobre nosotros de manera desigual, podemos estar seguros que, en mayor o menor grado, todos sufrimos y luchamos. Es mi oración que el Espíritu Santo nos guíe a una mayor comprensión de la razón por la que debe ser así.

Cuando vemos las experiencias difíciles de la vida a través del lente de la fe en Cristo, somos capaces de ver que nuestro sufrimiento puede tener un propósito divino. Los fieles pueden experimentar la verdad del consejo aparentemente contradictorio de Pedro. Él escribió: “… si alguna cosa padecéis por causa de la rectitud, bienaventurados sois”2. A medida que aplicamos nuestros “corazones para entender”3, podemos aumentar nuestra capacidad para perseverar bien en nuestras pruebas, así como para aprender de ellas y ser refinados por ellas. Ese entendimiento brinda respuesta a la eterna pregunta: “¿Por qué ocurren cosas malas a las personas buenas?”.

Todos los que están escuchando el día de hoy han conocido cierto grado de soledad, desesperación, dolor o pesar. Sin el “ojo de la fe”4 ni el entendimiento de la verdad eterna, a menudo nos damos cuenta de que la miseria y el sufrimiento que se padecen en la vida terrenal pueden oscurecer o eclipsar el gozo eterno de saber que el gran plan de nuestro Padre Celestial realmente es el plan de felicidad eterno. No hay ninguna otra manera de recibir una plenitud de gozo5.

Dios nos invita a responder con fe a nuestras propias aflicciones singulares a fin de que podamos cosechar bendiciones y obtener conocimiento que no se puede obtener de ninguna otra manera. Se nos manda guardar los mandamientos en toda condición y circunstancia, pues “el que es fiel en la tribulación tendrá mayor galardón en el reino de los cielos”6. Y tal como leemos en las Escrituras: “Si estás triste, clama al Señor tu Dios con súplicas, a fin de que tu alma se regocije”7.

El apóstol Pablo, quien no fue ajeno a la aflicción, utilizó su propia experiencia para enseñar con profundidad y belleza la perspectiva eterna que se obtiene cuando perseveramos bien y con paciencia. Él dijo: “Porque esta momentánea y leve tribulación nuestra nos produce un cada vez más y eterno peso de gloria”8. En otras palabras, en medio de nuestras aflicciones, podemos saber que Dios ha proporcionado un galardón compensador eterno.

La capacidad que tenía Pablo para hablar de las pruebas, persecuciones y pesares de su vida como una “leve tribulación” contradice la severidad de su sufrimiento, que para él fue consumido por la perspectiva eterna del Evangelio. La fe que Pablo tenía en Jesucristo hizo que soportara todas las cosas. Cinco veces recibió azotes, tres de ellas con varas; fue apedreado una vez; tres veces padeció naufragio; a menudo fue puesto en peligro de morir ahogado, por causa de ladrones e incluso de falsos hermanos; sufrió fatiga y dolor, hambre y sed, y fue encarcelado en el frío y en desnudez9. Seguir leyendo

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Para que no te olvides

Conferencia General Octubre 2016
Para que no te olvides
Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Los animo, sobre todo en tiempos de crisis, cuando sintieron que el Espíritu y su testimonio eran fuertes; recuerden los cimientos espirituales que han edificado.

Buenas tardes, mis queridos hermanos y hermanas. Cuán bendecidos hemos sido durante esta conferencia. Mi primer año como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles me ha hecho sentir muy humilde. Ha sido un año de esfuerzos, crecimiento y súplicas constantes y fervientes a mi Padre Celestial. He sentido las oraciones de apoyo de mi familia, mis amigos y los miembros de la Iglesia en todo el mundo. Gracias por sus pensamientos y oraciones.

También he tenido el privilegio de reunirme con amigos preciados, algunos de años pasados y muchos que he conocido recientemente. Fue después de que me reuní con un querido amigo a quien he conocido y amado por muchos años, que sentí la impresión de preparar mis palabras de hoy.

Cuando nos conocimos, mi amigo me confió que había estado teniendo dificultades; sentía que estaba pasando por una “crisis de fe”, según sus palabras, y buscó mi consejo. Me sentí agradecido de que compartiera sus sentimientos y preocupaciones conmigo.

Expresó un gran anhelo por lo que una vez había sentido espiritualmente y lo que ahora pensaba que estaba perdiendo. Mientras hablaba, le escuché con atención y oré con fervor para saber lo que el Señor quería que le dijese.

Mi amigo, al igual que quizás algunos de ustedes, hizo la elocuente pregunta de la canción de la Primaria: “Padre Celestial, dime, ¿estás ahí?”1. Para los que tal vez se estén haciendo esa misma pregunta, me gustaría compartir con ustedes el consejo que le daría a mi amigo, con la esperanza de que se fortalezca la fe de cada uno y se renueve su determinación de ser un devoto discípulo de Jesucristo.

Para empezar, les recuerdo que son hijos o hijas de un Padre Celestial amoroso y que Su amor es constante. Sé que es difícil recordar esos sentimientos reconfortantes de amor cuando se está en medio de problemas o retos personales, decepciones o sueños rotos.

Jesucristo sabe lo que son las pruebas y tribulaciones intensas. Él dio Su vida por nosotros; Sus últimas horas fueron despiadadas, más allá de lo que incluso podamos comprender, pero Su sacrificio por cada uno de nosotros fue la expresión máxima de Su amor puro.

Ningún error, pecado o decisión cambiará el amor que Dios tiene por nosotros. Eso no significa que se consienta la conducta pecaminosa, ni se elimine nuestra obligación de arrepentirnos cuando pecamos. Pero, no olviden que el Padre Celestial los conoce y ama a cada uno de ustedes, y que Él siempre está dispuesto a ayudar.

Mientras meditaba en la situación de mi amigo, reflexioné en la gran sabiduría que se halla en el Libro de Mormón: “Y ahora bien, recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán”2.

Testifico que el “abismo de miseria y angustia sin fin” es un lugar en el que nadie desea estar; y mi amigo sentía que estaba al borde.

Cuando aconsejo a las personas como mi amigo, examino las decisiones que tomaron a lo largo de los años que los llevaron a olvidar experiencias sagradas, a debilitarse y a dudar. Los animo, como los animo a ustedes ahora, a recordar, sobre todo en tiempos de crisis, cuando sintieron que el Espíritu y su testimonio eran fuertes; recuerden los cimientos espirituales que han edificado. Les prometo que si lo hacen, evitando aquello que no edifica ni fortalece el testimonio o que ridiculiza sus creencia, ese tiempo preciado en que su testimonio prosperó volverá otra vez a su recuerdo mediante la humilde oración y el ayuno. Les aseguro que una vez más volverán a sentir la seguridad y el calor del evangelio de Jesucristo. Seguir leyendo

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Servir

Conferencia General Octubre 2016
Servir
Por el élder Carl B. Cook
De los Setenta

 Se necesita a cada miembro, y cada miembro necesita una oportunidad de servir.

Cuando era un jovencito me gustaba trabajar con el tío Lyman y la tía Dorothy en su granja. El tío Lyman solía dirigir los proyectos, y la tía Dorothy a menudo ayudaba y conducía la vieja camioneta Dodge. Recuerdo la tensión que sentía cuando el camión se nos atascaba en el fango o tratábamos de subir una cuesta empinada. El tío Lyman gritaba: “¡Pon la marcha combinada, Dorothy!”. Ahí es cuando yo empezaba a orar. De alguna manera, con la ayuda del Señor y tras el rechinar de las marchas, la tía Dorothy lograba poner la marcha combinada. Con tracción en todas las ruedas, el camión salía disparado y continuábamos trabajando.

“Poner la marcha combinada” significa cambiar a una marcha especial, en la que varios engranajes se combinan para trabajar juntos y generar más fuerza1. La combinación de esa marcha, junto con la tracción en las cuatro ruedas, permite poner una marcha menor, aumentar la potencia y avanzar.

Me gusta imaginar que cada uno de nosotros es parte del mecanismo de una marcha combinada al servir juntos en la Iglesia en los barrios, las ramas, en los cuórums y las organizaciones auxiliares. Así como los engranajes se combinan entre ellos para suministrar mayor potencia, nosotros tenemos mayor poder cuando estamos unidos. Al unirnos para servirnos unos a otros, logramos mucho más unidos de lo que podríamos individualmente. Es emocionante participar y unirnos para prestar servicio y ayudar en la obra del Señor.

Prestar servicio es una bendición

Una de las grandes bendiciones del ser miembro de la Iglesia es la oportunidad de prestar servicio2. El Señor ha dicho: “Si me amas, me servirás”3, y le servimos cuando prestamos servicio a los demás4.

Al servir, nos acercamos a Dios5. Llegamos a conocerle de maneras que de otro modo no lo haríamos. Nuestra fe en Él aumenta; nuestros problemas se ponen en perspectiva; la vida se torna más satisfactoria y nuestro amor por los demás aumenta, al igual que nuestro deseo de servir. Mediante ese bendito proceso llegamos a ser más como Dios y estamos mejor preparados para volver a Él6.

Como enseñó el presidente Marion G. Romney: “El prestar servicio no es algo que hacemos en esta tierra para poder ganar el derecho de vivir en el reino celestial, sino que es la fibra misma de la que se compone una vida exaltada en el reino celestial”7. Seguir leyendo

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La doctrina de Cristo

Conferencia General Octubre 2016
La doctrina de Cristo
Por Brian K. Ashton
Segundo Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical

 La doctrina de Cristo nos permite acceder al poder espiritual que nos elevará de nuestro estado espiritual actual a un estado en el que podemos llegar a ser perfeccionados.

La visita de Jesús a los nefitas después de Su resurrección se organizó cuidadosamente para enseñarnos las cosas de mayor importancia. Comenzó con el Padre testificando a la gente que Jesús era Su “Hijo Amado, en quien [se complacía]1. Luego, Jesús mismo descendió y testificó de Su sacrificio expiatorio2 e invitó a la gente a “[saber] con certeza” que Él era el Cristo diciéndoles que fueran y tocaran la herida de Su costado y las marcas de los clavos en las manos y los pies3. Esos testimonios establecieron, sin duda, que la expiación de Jesús se había llevado a cabo y que el Padre había cumplido Su convenio de proveer un Salvador. Entonces Jesús instruyó a los nefitas, enseñándoles la doctrina de Cristo, cómo obtener todas las bendiciones del plan de felicidad del Padre, las cuales están a nuestro alcance gracias a la expiación del Salvador4.

Mi mensaje de hoy se centra en la doctrina de Cristo. Las Escrituras definen la doctrina de Cristo como ejercer la fe en Jesucristo y en Su Expiación, arrepentirse, bautizarse, recibir el don del Espíritu Santo y perseverar hasta el fin5.

La doctrina de Cristo nos permite obtener las bendiciones de la expiación de Cristo

La expiación de Cristo crea las condiciones que nos permiten confiar en “los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”6, [ser perfeccionados] en Cristo7, obtener todo lo bueno8 y lograr la vida eterna9.

Por otro lado, la doctrina de Cristo es el medio —el único medio— por el que podemos obtener todas las bendiciones que están disponibles a través de la expiación de Jesús. La doctrina de Cristo nos permite acceder al poder espiritual que nos elevará de nuestro estado espiritual actual a un estado en el que podemos llegar a ser perfeccionados como el Salvador10. En cuanto al proceso de renacer, el élder D. Todd Christofferson ha enseñado: “Volver a nacer, a diferencia del nacimiento físico, es más un proceso que un acontecimiento, y el dedicarnos a ese proceso es el propósito central de la vida terrenal”11.

Exploremos cada elemento de la doctrina de Cristo.

Primero, fe en Jesucristo y en Su expiación. Los profetas han enseñado que la fe empieza al oír la palabra de Cristo12. Las palabras de Cristo testifican de Su sacrificio expiatorio y nos dicen cómo podemos obtener el perdón, las bendiciones y la exaltación13.

Al oír las palabras de Cristo, ejercemos fe cuando escogemos seguir las enseñanzas y el ejemplo del Salvador14. Para hacerlo, Nefi nos enseñó que debemos confiar “íntegramente en los méritos de [Cristo,] que es poderoso para salvar”15. Dado que Jesús era un Dios en la existencia preterrenal16, vivió una vida sin pecado17 y durante Su expiación satisfizo todas las demandas de la justicia por ustedes y por mí18, Él tiene el poder y las llaves para efectuar la resurrección de todos los hombres19 e hizo posible que la misericordia sobrepujara a la justicia mediante las condiciones del arrepentimiento20. Cuando entendemos que podemos obtener misericordia por medio de los méritos de Cristo, somos capaces de “tener fe para arrepentimiento”21. Confiar íntegramente en los méritos de Cristo es confiar en que Él hizo lo que era necesario para salvarnos y entonces actuar según nuestras creencias22.

La fe también hace que dejemos de preocuparnos tanto por lo que los demás piensen de nosotros y empecemos a preocuparnos más por lo que Dios piensa de nosotros. Seguir leyendo

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Si me conocierais

Conferencia General Octubre 2016
“Si me conocierais”
Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 ¿Sabemos solamente acerca del Salvador o estamos llegando a conocerlo cada vez más? ¿Cómo llegamos a conocer al Señor?

Al finalizar el Sermón del Monte, el Salvador enfatizó la verdad eterna de que “solo cuando se cumple la voluntad del Padre se puede recibir la gracia salvadora del Hijo”1.

Él declaró:

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros?

“Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”2.

Nuestra comprensión de ese episodio se amplía cuando reflexionamos en una revisión inspirada del texto. De manera significativa, la frase del Señor que se encuentra en la versión del rey Santiago de la Biblia: “Nunca os conocí”, se cambió en la traducción de José Smith a “Nunca me conocisteis”3.

Consideren también la parábola de las Diez Vírgenes. Recordarán que las cinco vírgenes insensatas que no estaban preparadas fueron a buscar aceite para sus lámparas, después de escuchar el llamado a ir y recibir al novio.

“Y mientras ellas iban a comprar, vino el novio; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.

“Y después vinieron también las [cinco vírgenes insensatas], diciendo: ¡Señor, Señor, ábrenos!

“Mas respondiendo él, dijo: De cierto os digo que no os conozco”4.

Lo que esta parábola implica para cada uno de nosotros se amplía en otra revisión inspirada. De manera importante, la frase “no os conozco” como se encuentra en la versión del rey Santiago de la Biblia se aclaró en la traducción de José Smith como: “… no me conocéis”5.

Las frases “nunca me conocisteis” y “no me conocéis” deberían ser la causa de una profunda autoevaluación espiritual para cada uno de nosotros. ¿Sabemos solamente acerca del Salvador o estamos llegando a conocerlo cada vez más? ¿Cómo llegamos a conocer al Señor? Esas preguntas del alma son el centro de mi mensaje. Con sinceridad pido la ayuda del Espíritu Santo mientras consideramos juntos este tema fundamental.

Llegar a conocer

Jesús dijo:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.

“Si me conocierais, también a mi Padre conoceríais”6.

Llegamos a conocer al Padre cuando llegamos a conocer a Su Hijo Amado.

Un propósito importante de la vida mortal no es simplemente saber acerca del Unigénito del Padre, sino también procurar conocerlo. Cuatro pasos esenciales que pueden ayudarnos a llegar a conocer al Señor son: ejercer fe en Él, seguirlo, servirle y creerle. Seguir leyendo

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Gratitud en el día de reposo

Conferencia General Octubre 2016

Gratitud en el día de reposo

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

 Para los Santos de los Últimos Días, el día de reposo es un día de gratitud y amor.

Mis queridos hermanos y hermanas en todas partes del mundo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, agradezco que el presidente Thomas S. Monson me haya pedido que dirija la palabra en la conferencia en este día de reposo. Es mi oración que el Espíritu Santo lleve mis palabras al corazón de ustedes.

Hoy quisiera hablar sobre sentimientos del corazón. Al que me referiré en especial es a la gratitud; particularmente en el día de reposo.

Nos sentimos agradecidos por muchas cosas: la bondad de un desconocido, una comida cuando tenemos hambre, un techo que nos resguarda cuando surgen las tormentas, un hueso fracturado que sana y el llanto vigoroso de un bebé recién nacido. Muchos recordaremos haber sentido gratitud en momentos como esos.

Para los Santos de los Últimos Días, el día de reposo es uno de esos momentos, más bien un día de gratitud y amor. En 1831, el Señor instruyó a los santos en el condado de Jackson, Misuri, que sus oraciones y agradecimiento debían dirigirse al cielo. A los primeros santos se les dio una revelación en cuanto a la manera de guardar el día de reposo y de cómo ayunar y orar1.

El Señor nos ha dicho, a ellos y a nosotros, cómo adorar y dar gracias en el día de reposo. Como se darán cuenta, lo que más importa es el amor que sentimos por quienes nos dan los dones. Estas son las palabras del Señor en cuanto a la manera de dar gracias y de demostrar amor en el día de reposo:

“… les doy un mandamiento que dice así: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás…

“Darás las gracias al Señor tu Dios en todas las cosas.

“Ofrecerás un sacrificio al Señor tu Dios en rectitud, sí, el de un corazón quebrantado y un espíritu contrito”2.

Entonces el Señor advierte en cuanto al peligro de no agradecer a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo, que son quienes dan los dones: “Y en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y no obedecen sus mandamientos”3.

Muchos de ustedes que están escuchando, ya sienten gozo en del día de reposo como un día para recordar y dar gracias a Dios por las bendiciones. Ustedes recuerdan la conocida canción:

Cuando te abrumen penas y dolor,
cuando tentaciones rujan con furor,
ve tus bendiciones; cuenta y verás
cuántas bendiciones de Jesús tendrás.

Bendiciones,
cuenta y verás…
Bendiciones,
de Jesús tendrás…

¿Sientes una carga grande de pesar?
¿Es tu cruz pesada para aguantar?
Ve tus bendiciones; cuenta y verás
cómo aflicciones nunca más tendrás4.

Recibo cartas y visitas de Santos de los Últimos Días fieles que sienten una carga grande de pesar. Algunos casi sienten que, por lo menos para ellos, todo está perdido. Espero y ruego que lo que diga acerca de ser agradecidos en el día de reposo sea de ayuda para eliminar las dudas y para que haya un canto en su corazón. Seguir leyendo

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El Juez justo

Conferencia General Octubre 2016
El Juez justo
Por el élder Lynn G. Robbins
De la Presidencia de los Setenta

 Hay solo una manera de juzgar con justo juicio, como lo hace Jesucristo, y es ser como Él es.

En Su vida terrenal, Jesucristo fue un juez amoroso, extraordinariamente sabio y paciente. En las Escrituras se le conoce como el “juez justo” (2 Timoteo 4:8; Moisés 6:57), y el consejo que nos da es que también “[juzguemos] con justo juicio” (véase Traducción de José Smith, Mateo 7:1–2 [en Mateo 7:1, nota a al pie de página]) y a “[poner] tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno… [y] a juzgar con rectitud” (D. y C. 11:12).

Este consejo a los Doce nefitas nos ayudará a juzgar como lo hace el Señor: “… seréis los jueces de este pueblo, según el juicio que yo os daré, el cual será justo. Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy“ (3 Nefi 27:27; cursiva agregada). A veces olvidamos que cuando dio el consejo de ser como Él es, fue en el contexto de cómo juzgar justamente.

Juzgar injustamente

Un ejemplo vergonzoso de juzgar injustamente proviene de la parábola de la oveja perdida cuando los fariseos y los escribas juzgaron imprudentemente al Salvador, así como a los que lo acompañaban en la cena, diciendo: “Este a los pecadores recibe y con ellos come” (Lucas 15:2) — eran ajenos al hecho de que ellos mismos eran pecadores. Por tener corazones que condenaban, los escribas y fariseos nunca conocieron la alegría de rescatar ovejas perdidas.

Fueron también “los escribas y los fariseos” quienes llevaron a “una mujer sorprendida en adulterio” (Juan 8:3) al Salvador para ver si la juzgaría según la ley de Moisés (véase el versículo 5). Ya conocen el resto de la historia, de cómo los hizo bajar de su orgullo por su juicio injusto y de cómo fueron “acusados por su conciencia” y salieron “uno a uno” (versículo 9; cursiva agregada). Entonces Él le dijo a la mujer: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Y la mujer glorificó a Dios desde aquella hora, y creyó en su nombre” (Traducción de José Smith, Juan 8:11 [en Juan 8:11, nota al pie de página]).

El hombre y la mujer naturales que hay en cada uno de nosotros tiende a condenar a los demás y a juzgar injustamente, o con superioridad moral. Eso incluso le pasó a Santiago y a Juan, dos de los apóstoles del Salvador. Se enfurecieron cuando la gente de un pueblo samaritano trató al Salvador de manera irrespetuosa (véase Lucas 9:51–54):

“Y al ver esto [ellos], le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Seguir leyendo

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Las bendiciones de la adoración

Conferencia General Octubre 2016
Las bendiciones de la adoración
Por el obispo Dean M. Davies
Primer Consejero del Obispado Presidente

 La adoración es esencial y central en nuestra vida espiritual; es algo que debemos anhelar, procurar y esforzarnos por sentir.

Su visita

Una de las experiencias más extraordinarias y tiernas registradas en las Santas Escrituras es el relato de la visita del Salvador al pueblo del continente americano después de Su muerte y resurrección. El pueblo había sufrido una destrucción tan grande que causó que “[quedara] desfigurada la superficie de toda la tierra”1. El registro de esos acontecimientos narra que tras la catástrofe hubo llantos continuamente entre todo el pueblo2, y que en medio de su profundo dolor, el pueblo tuvo hambre de sanación, paz y liberación.

Cuando el Salvador descendió del cielo, el pueblo cayó dos veces a Sus pies. La primera vez ocurrió después de que Él pronunció con autoridad divina:

“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.

“Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo”3.

Luego invitó a los presentes y dijo: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo…

“Y cuando todos hubieron ido y comprobado por sí mismos, exclamaron a una voz, diciendo:

“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios!”4.

Después, por segunda vez, “cayeron a los pies de Jesús”; pero esta vez con un propósito, porque vemos que “lo adoraron”5.

La época actual

A principios de este año, se me asignó visitar una estaca en el oeste de los Estados Unidos. Era un domingo normal, una reunión normal con miembros normales de la Iglesia. Observé a las personas entrar en la capilla y acomodarse con reverencia en los asientos disponibles. Por todo el salón se oía el eco de apresuradas conversaciones en susurros. Madres y padres, a veces en vano, trataban de controlar a sus inquietos hijos. Lo normal.

Sin embargo, antes de iniciar la reunión, acudieron a mi mente palabras inspiradas por el Espíritu.

Esos miembros no habían ido solo a cumplir un deber o a escuchar a los discursantes;

habían ido con un motivo más profundo y mucho más significativo:

habían ido a adorar.

Conforme la reunión avanzó, observé a varios miembros de la congregación; tenían una expresión casi celestial, con una actitud de reverencia y paz; había algo en ellos que me conmovió el corazón. La experiencia que estaban teniendo ese domingo era sumamente extraordinaria. Seguir leyendo

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¿A quién iremos?

Conferencia General Octubre 2016
¿A quién iremos?
Por el élder M. Russell Ballard
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 Al final, cada quien debe responder a la pregunta del Salvador: “¿También vosotros queréis iros?”.

Hace varios años, mi familia y yo visitamos la Tierra Santa. Uno de los recuerdos vívidos de nuestro viaje fue la visita al aposento alto en Jerusalén donde, según la tradición, ocurrió la Última Cena.

Al estar allí, les leí de Juan 17, donde Jesús ruega a Su Padre por Sus discípulos:

“Yo ruego por ellos… para que sean uno, así como nosotros…

“Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos;

“para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”1.

Me sentí muy conmovido al leer esas palabras, y me puse a orar en ese sagrado lugar que yo siempre pudiera ser uno con mi familia, con mi Padre Celestial y con Su Hijo.

Las valiosas relaciones que tenemos con familiares, amigos, el Señor y Su Iglesia restaurada están entre las cosas que más importan en la vida. Por causa de que esas relaciones son tan importantes, debemos atesorarlas, protegerlas y nutrirlas.

Uno de los relatos más desgarradores en las Escrituras tuvo lugar cuando “muchos de los discípulos [del Señor]” pensaron que era difícil aceptar Sus enseñanzas y doctrina, y se “volvieron atrás y ya no andaban con él2.

Al marcharse esos discípulos, Jesús se volvió a los Doce y preguntó: “¿También vosotros queréis iros?”3.

Pedro respondió:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”4.

En el momento en que otras personas se centraban en aquello que no podían aceptar, los Apóstoles eligieron centrarse en lo que  creían y sabían, y como consecuencia de ello, permanecieron con Cristo.

Posteriormente, en el día de Pentecostés, los Doce recibieron el don del Espíritu Santo; se volvieron valientes en sus testimonios de Cristo y comenzaron a entender más plenamente las enseñanzas de Jesús. Seguir leyendo

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El gran plan de redención

Conferencia General Octubre 2016
El gran plan de redención
Por Linda S. Reeves
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

 Sé que cuando nos arrepentimos sinceramente, nuestros pecados en verdad desaparecen —¡y no queda ningún rastro!

Pocos meses antes de que el presidente Boyd K. Packer falleciera, los líderes generales del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares tuvimos la valiosa oportunidad de que se dirigiera a nosotros. No he podido dejar de pensar en lo que dijo. Contó que había examinado el pasado de su vida entera en busca de evidencia de los pecados que había cometido y de los que se había arrepentido sinceramente, pero no pudo hallar ningún rastro de ellos. Gracias al sacrificio expiatorio de nuestro amado Salvador Jesucristo, y por medio del arrepentimiento sincero, sus pecados habían desaparecido por completo, como si nunca hubiesen ocurrido. Ese día, el presidente Packer nos encargó que, como líderes, testifiquemos que esto es verdad para todo el que se arrepiente sinceramente.

Sé de un hombre que cometió transgresiones morales hace varios años. Durante un tiempo, a ese hombre le avergonzaba y preocupaba sobremanera hablar con su esposa y líderes del sacerdocio. Deseaba arrepentirse totalmente, pero en realidad dijo que estaba dispuesto a renunciar a su propia salvación eterna en lugar de someter a la esposa y los hijos a la tristeza, vergüenza, u otras consecuencias que podría ocasionar su confesión.

Cuando hemos pecado, Satanás a menudo trata de convencernos de que lo más noble es proteger a los demás de los estragos que causaría el que se conocieran nuestros pecados, incluso de evitar confesar al obispo, quien puede bendecir nuestra vida mediante sus llaves del sacerdocio como juez común en Israel. Sin embargo, la verdad es que lo más noble y cristiano que podemos hacer es confesar y arrepentirnos. Ese es el gran plan de redención del Padre Celestial.

Finalmente, ese hombre confesó a su fiel esposa y a los líderes de la Iglesia, expresando profundo remordimiento. Aunque fue lo más difícil que jamás había hecho, los sentimientos de alivio, paz, gratitud, amor por el Salvador y saber que el Señor le estaba quitando el gran peso que llevaba y que Él lo sostenía, le causaron un gozo indescriptible, sin importar el resultado ni su futuro.

Había tenido la seguridad de que su esposa y sus hijos quedarían destrozados, y así fue; y que se tomarían medidas disciplinarias y sería relevado de su llamamiento, lo cual ocurrió. Estaba seguro de que su esposa se sentiría abatida, lastimada y enojada, y así se sintió; y estaba convencido de que ella lo dejaría y se llevaría a los niños, pero no lo hizo.

A veces las transgresiones graves conducen al divorcio, y según las circunstancias, podría ser necesario. Sin embargo, para el asombro de ese hombre, su esposa lo acogió y se dedicó a ayudarlo de cualquier manera que pudiera. Con el tiempo, logró perdonarlo completamente. Ella había experimentado el poder sanador de la expiación del Salvador. Años más tarde, ese matrimonio y sus tres hijos siguen firmes y fieles; el esposo y la esposa prestan servicio en el templo y tienen un maravilloso matrimonio lleno de amor. La firmeza del testimonio de ese hombre, y su amor y gratitud por el Salvador son más que evidentes.

Amulek testificó: “… quisiera que vinieseis y no endurecieseis más vuestros corazones… si os arrepentís… inmediatamente obrará para vosotros el gran plan de redención”1. Seguir leyendo

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La Santa Cena puede ayudarnos a llegar a ser santos

Conferencia General Octubre 2016
La Santa Cena puede ayudarnos a llegar a ser santos
Por el élder Peter F. Meurs
De los Setenta

 Consideren cinco maneras de aumentar el efecto y el poder de nuestra participación habitual en la sagrada ordenanza de la Santa Cena.

Uno de mis primeros recuerdos es de las reuniones sacramentales que llevábamos a cabo en nuestra casa, en Warrnambool, Australia. Asistían a nuestra rama entre diez y quince personas; y mi padre, uno de los tres poseedores del sacerdocio, tenía la oportunidad de bendecir la Santa Cena con regularidad. Recuerdo lo que yo sentía mientras él leía humilde y detenidamente las palabras de las oraciones sacramentales. Con frecuencia, se le quebraba la voz al sentir el Espíritu. En ocasiones, tenía que detenerse para controlar sus emociones antes de finalizar la oración.

Siendo un niño de cinco años, yo no entendía el significado completo de lo que se decía o hacía; no obstante, sabía que ocurría algo especial. Sentía la calma y la reconfortante influencia del Espíritu Santo conforme mi padre reflexionaba en el amor que el Salvador nos tiene.

El Salvador enseñó: “Y siempre haréis esto por todos los que se arrepientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros, para que testifiquéis al Padre que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros” (3 Nefi 18:11).

Invito a que todos consideremos cinco maneras de aumentar el efecto y el poder de nuestra participación frecuente en la sagrada ordenanza de la Santa Cena, una ordenanza que puede ayudarnos a llegar a ser santos.

  1. Prepararse con anticipación

Podemos comenzar nuestra preparación para la Santa Cena mucho antes de que empiece la reunión sacramental. El sábado puede ser un buen momento para reflexionar sobre nuestro progreso y preparación espirituales.

La vida mortal es un don esencial en nuestro trayecto para llegar a ser como nuestro Padre Celestial. Por necesidad, incluye pruebas y dificultades que nos brindan oportunidades de cambiar y crecer. El rey Benjamín enseñó que “el hombre natural es enemigo de Dios… y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19). Participar de la ordenanza de la Santa Cena nos da la oportunidad de entregar más plenamente nuestro corazón y nuestra alma a Dios. Seguir leyendo

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El gozo y la supervivencia espiritual

Conferencia General Octubre 2016

El gozo y la supervivencia espiritual

Por el presidente Russell M. Nelson
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles

Cuando centramos nuestra vida en Jesucristo y en Su Evangelio, podemos sentir gozo independientemente de lo que esté sucediendo —o no esté sucediendo— en nuestra vida.



Mis queridos hermanos y hermanas, hoy me gustaría tratar un principio que es clave para nuestra supervivencia espiritual. Es un principio que solamente se volverá más importante a medida que aumenten las tragedias y las farsas que nos rodean.

Estos son los últimos días y a ninguno de nosotros debería sorprenderle ver que las profecías se cumplen. Muchísimos profetas, entre ellos Isaías, Pablo, Nefi y Mormón, previeron los tiempos peligrosos que vendrían1, que en nuestra época todo el mundo estaría en conmoción2, que los hombres serían “amadores de sí mismos… sin afecto natural… amadores de los deleites más que de Dios”3, y que muchos se convertirían en siervos de Satanás y defenderían la obra del adversario4. Ciertamente, ustedes y yo “tenemos lucha… contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, [y] contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes”5.

A medida que los conflictos escalan entre las naciones, los terroristas cobardes lastiman a los inocentes y la corrupción es cada vez más común en todo, desde el ámbito comercial al gubernamental, ¿qué puede ayudarnos? ¿Qué puede ayudarnos a cada uno de nosotros con nuestras luchas personales y con el riguroso desafío de vivir en estos últimos días?

El profeta Lehi enseñó un principio para la supervivencia espiritual. Primero, consideren las circunstancias de él: había sufrido persecución en Jerusalén por predicar la verdad, y el Señor le había mandado que dejara sus posesiones y huyera al desierto con su familia. Había vivido en una tienda y sobrevivido con la comida que podía encontrar por el camino hacia un destino desconocido; y había visto a dos de sus hijos, Lamán y Lemuel, rebelarse contra las enseñanzas del Señor y atacar a Nefi y a Sam, sus hermanos.

Claramente, Lehi conocía la oposición, la ansiedad, la pena, el dolor, la decepción y el pesar, y aun así declaró con audacia y sin reserva un principio que le reveló el Señor: “… existen los hombres para que tengan gozo”6. ¡Imagínense! ¡De todas las palabras que podría haber empleado para describir la naturaleza y el propósito de nuestra vida en la mortalidad, él escogió la palabra gozo!

La vida está llena de desvíos y callejones sin salida, pruebas y dificultades de toda índole. Probablemente cada uno de nosotros ha tenido momentos en los que la aflicción, la angustia y el desaliento casi nos han consumido. ¿Y aun así estamos aquí para tener gozo?

¡Sí! ¡La respuesta es un sí rotundo! Pero, ¿cómo es posible eso?; y ¿qué debemos hacer para reclamar el gozo que nuestro Padre Celestial tiene reservado para nosotros? Seguir leyendo

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El camino perfecto a la felicidad

Conferencia General Octubre 2016
El camino perfecto a la felicidad
Por el presidente Thomas S. Monson

 Testifico del gran don que el plan de nuestro Padre es para nosotros. Es el único camino perfecto para tener paz y felicidad.

Mis amados hermanos y hermanas, tanto aquí en el Centro de Conferencias como en todo el mundo, cuán agradecido estoy por la oportunidad de compartir mis pensamientos con ustedes esta mañana.

Hace cincuenta y dos años, en julio de 1964, tuve una asignación en la ciudad de Nueva York durante el tiempo en que la Feria Mundial se llevaba a cabo en ese lugar. Temprano una mañana, visité el Pabellón Mormón de la feria. Llegué justo antes de que comenzaran a presentar la película de la Iglesia llamada El hombre en su búsqueda de la felicidad, una representación del Plan de Salvación que desde entonces se ha convertido en un clásico de la Iglesia. Me senté junto a un joven de quizá unos 35 años de edad. Hablamos brevemente; él no era miembro de la Iglesia. Entonces las luces se apagaron y la película comenzó.

Escuchamos la voz del narrador cuando hizo las conmovedoras y universales preguntas: ¿De dónde vine? ¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde iré después de esta vida?. Todo oído estuvo atento a escuchar las respuestas, y todo ojo estaba fijo en las imágenes allí representadas. Se dio una descripción de nuestra vida preterrenal, junto con una explicación de nuestro propósito en la tierra. Fuimos testigos de una conmovedora representación de la muerte de un abuelo anciano y de su gloriosa reunión con seres queridos que lo habían precedido en su llegada al mundo de los espíritus.

Al final de esa hermosa representación del plan que nuestro Padre Celestial tiene para nosotros, el público salió en silencio, muchos de ellos visiblemente conmovidos por el mensaje de la película. El joven visitante que estaba junto a mí no se levantó. Le pregunté si había disfrutado la presentación y su respuesta enfática fue: “¡Esta es la verdad!”.

Los misioneros comparten por todo el mundo el plan que nuestro Padre tiene para nuestra felicidad y salvación. No todos los que oyen este mensaje divino lo aceptan y lo siguen. Sin embargo, hombres y mujeres en todo lugar, tal como mi joven amigo en la Feria Mundial de Nueva York, reconocen sus verdades y plantan sus pies en el camino que los llevará a salvo a casa. Su vida cambia para siempre.

Una parte fundamental del plan es nuestro Salvador Jesucristo. Sin Su sacrificio expiatorio, todo estaría perdido. Sin embargo, no es suficiente simplemente creer en Él y en Su misión; es necesario que nos esforcemos y aprendamos, que escudriñemos y oremos, que nos arrepintamos y mejoremos; es necesario que conozcamos las leyes de Dios y que las vivamos; es necesario que recibamos Sus ordenanzas de salvación, Y únicamente si lo hacemos, obtendremos la felicidad verdadera y eterna.

Somos bendecidos por tenerla verdad, y tenemos el mandato de compartir la verdad. Vivamos la verdad, a fin de que merezcamos todo lo que el Padre tiene para nosotros. Él no hace nada a menos que sea para nuestro beneficio. Él nos ha dicho: “Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Desde lo más profundo de mi alma y con toda humildad, testifico del gran don que el plan de nuestro Padre es para nosotros. Es el único camino perfecto para tener paz y felicidad tanto aquí como en el mundo venidero.

Mis hermanos y hermanas, al concluir les dejo mi amor y mi bendición, y lo hago en el nombre de nuestro Salvador y Redentor, sí, Jesucristo. Amén.

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