JOSÉ, Ejemplo de excelencia

Liahona Febrero 1986
JOSÉ, Ejemplo de excelencia
Por Arthur R. Bassett

Siempre me han fascinado los niños. Física, mental y emocionalmente, son una mezcla de dos personas diferen­tes, la combinación de dos padres en un solo ser. Es más, me intriga la manera en que los hijos adquieren las características de sus padres: sus modismos, ademanes, risa, actitudes, su opinión en cuanto a la moda, etc.

Por esa razón me ha intrigado tanto la genealogía. A veces me pregunto cuántas características de mis antepasados llevo aún dentro de mí, y a cuántas generacio­nes tendría que remontarme para encon­trar mis modismos, atributos físicos y ras­gos de carácter. Sería fascinante tener un minucioso relato escrito y visual de cada uno de nuestros antepasados y poder com­paramos con ellos.

Desafortunadamente, no tenemos a la mano esos registros, y es imperfecta la visión que tenemos de nuestros antepasa­dos. Sin embargo, es sorprendente ver que entre la mejor información genealógi­ca disponible se encuentra la que tenemos acerca de nuestros primeros padres.

A veces, al leer la primera porción de la Biblia, se nos olvida que estamos le­yendo nuestra propia historia familiar y que compartimos una relación sumamente especial con esos personajes.

Pocos miembros de la Iglesia aceptaría­mos el país de Iraq como una tierra ances­tral nuestra, y sin embargo, es el lugar de origen del padre Abraham, y es donde creció hasta los primeros años de su ma­durez. Siria sigue siendo para muchos de nosotros un país extranjero, y sin embar­go nuestras abuelas Rebeca y Raquel na­cieron allí, y también nuestro abuelo Jo­sé. Y aunque el abuelo José adoptó a Israel como su tierra natal, su esposa y nuestra abuela, Asenat, no sólo era egip­cia, sino hija de un sacerdote egipcio. Efraín y Manasés, entonces, eran mitad egipcios. A través de nuestras raíces an­cestrales, la mayoría de nosotros somos ciudadanos del mundo, y lo que sucede en éste a menudo afecta a los que son nues­tros primos lejanos.

Aunque nos encontramos separados de estos primeros antepasados por el abismo de siglos en que la genealogía no se ha registrado, podemos, sin embargo, en­contrar aún ejemplos dignos de emula­ción. José, cuyo nombre (o el de uno de sus hijos, Efraín y Manasés) aparece en cientos de miles de bendiciones patriarca­les, es un buen caso a considerar. Si adoptáramos el sistema de vida que él lle­vó, no sólo seríamos ciudadanos sobresa­lientes de este mundo, sino que también nos convertiríamos en candidatos a la vi­da celestial en el próximo.

El primogénito de Jacob y Raquel    

Para su padre Jacob, José era el recuer­do viviente de una de las historias de amor más grandes de todos los tiempos. Son pocos los que pueden afirmar, como José, que su padre había servido catorce años para que se le concediera la mano de la madre de ellos. El amor que Jacob sen­tía por Raquel era tan intenso que Moisés escribe que esos primeros siete años “le parecieron [a Jacob] como pocos días, porque la amaba” (Génesis 29:20).

Después del casamiento, Raquel tuvo dificultades en concebir un hijo, lo que le preocupó mucho. Su hermana Lea daría a luz seis hijos y una hija antes de que Ra­quel fuera bendecida con su primogénito, José. La tercera esposa, Bilha, y la cuar­ta, Zilpa, contribuyeron cada una dos hi­jos más a la posteridad de Jacob antes del nacimiento de José.

Para esas fechas, Jacob ya se acercaba a los noventa años de edad, casi la edad de su abuelo, Abraham, cuando Sara ha­bía dado a luz a Isaac, el padre de Jacob. Jacob y Raquel habían esperado este hijo por mucho tiempo y lo amaron en forma muy especial. Pero unos cuantos años después de ese alumbramiento, Raquel moriría en otra tierra al dar a luz a su segundo hijo, Benjamín. Después de die­cisiete años, Jacob perdería a José cuando éste fuese vendido como esclavo a Egip­to, pensando que había muerto; y pasó casi un cuarto de siglo más antes de que se reuniera de nuevo con José, siendo éste ahora un hombre maduro y segundo en autoridad al Faraón de Egipto. Treinta años después de esa reunión, Jacob tam­bién moriría y lo llevarían de regreso a su tierra natal para sepultarlo. Seguir leyendo

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La búsqueda constante de la verdad

La búsqueda constante de la verdad

Gordon B. Hinckley

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

(Este artículo es una versión revisada del discurso que el presidente Hinckley pronunció en la ceremonia de graduación de la Universidad Brigham Young-Hawaii en junio de 1983.)

Como miembros de La Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días, tenemos la responsabilidad de observar el mandamiento de estudiar y aprender. El Señor dijo: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118).

Además, dijo claramente que no debe­mos poner límite a nuestra búsqueda de la verdad, que hemos de aprender “de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y deba­jo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; Las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y reinos” (D. y C. 88:79).

El Señor nos ha mandado perfeccionar­nos y avanzar constantemente hacia la eternidad. Nadie puede suponer que ha aprendido lo suficiente, ya que, al cerrar­se la puerta de una etapa de la vida, se abre la de otra en la cual tenemos que seguir adquiriendo más conocimiento.

Nuestra búsqueda de la verdad debe ser incesante: una búsqueda que abarque la verdad espiritual y religiosa, así como el conocimiento del mundo. Y al crecer y progresar, busquemos lo bueno, lo bello, lo positivo.

Personalmente, procuro leer dos o tres periódicos al día. A veces leo los editoria­les de comentaristas y de vez en cuando, escucho a comentaristas de la radio y de la televisión, los cuales son brillantes, emplean el lenguaje con eficacia y domi­nan el arte de escribir bien. Pero la mayo­ría de las veces, observo que no importa de quién escriban, sacan a relucir defectos y debilidades, criticando constantemente y elogiando muy rara vez.

Y ese espíritu no se limita a los comen­taristas de los periódicos, de la radio y de la televisión, ya que algunas de las cartas que se envían a los periódicos están satu­radas de hostilidad, habiendo sido escritas por personas que evidentemente no hallan nada bueno en el mundo ni en los demás. La reprobación, el señalar defectos ajenos y la maledicencia, son las emociones que prevalecen en la actualidad. Se nos dice que no se encuentra en ninguna parte hombre íntegro alguno que ocupe un car­go político. Muchos opinan que los hom­bres de negocios no son más que estafa­dores. Se afirma que las empresas públicas se dedican a robarnos por medio de un cobro excesivo. Por todas partes se oye La observación ofensiva, el comenta­rio sarcástico, el ataque verbal contra la reputación de otras personas. Lamentablemente, éstos constituyen muchas veces la base de nuestra conversación. En nuestros hogares, las esposas lloran y los hijos estallan emocionalmente por los repro­ches de los que son maridos y padres. La crítica es la semilla del divorcio y engen­dra la rebelión en los jóvenes. A veces, conduce aun a la destrucción de la autoestimación de las personas. En la Iglesia, siembra la semilla de la inactividad y, por último, termina en la apostasía.

Pido que dejemos de andar en busca de las tempestades y de los problemas de la vida y que disfrutemos más de la luz del sol. Sugiero que, al avanzar por la vida, nos concentremos en lo positivo. Pido que busquemos un tanto más profunda­mente lo bueno, que pongamos fin a las palabras insultantes y al sarcasmo, que felicitemos más generosamente la virtud y el esfuerzo. No estoy pidiendo que calle­mos toda clase de crítica, ya que cuando se corrige, se progresa, a la vez que del arrepentimiento se saca fortaleza. Sabio y entendido es aquel que puede reconocer los errores que otras personas le hacen notar y que en seguida cambia su modo de proceder.

Lo que propongo es que todos abando­nemos las actitudes negativas que se han propagado en el medio social de nuestro tiempo y que busquemos lo notablemente bueno entre las personas con las cuales nos relacionamos, que hablemos de nues­tras mutuas virtudes más que de nuestros defectos, que el optimismo substituya al pesimismo, que nuestra fe exceda a nues­tros temores. Cuando yo era joven y me volvía propenso a censurar a personas o sucesos, mi padre me decía: “Los pesi­mistas no aportan nada, los incrédulos no crean nada y los que dudan no logran na­da”.

El mirar el lado tenebroso de las cosas atrae un espíritu de pesimismo, el cual muchas veces conduce a la derrota. Si ha habido un hombre que ha infundido alien­to a una nación en sus momentos de más honda aflicción, ése fue el primer minis­tro británico Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial. Caían las bom­bas sobre Londres, Inglaterra, y las tropas nazis habían conquistado Austria, Che­coslovaquia, Francia, Bélgica, Holanda, Noruega y avanzaban hacia Rusia. La mayor parte de Europa se encontraba bajo el dominio de la tiranía e Inglaterra era la próxima víctima. En aquellos peligrosos momentos en que desfallecía el corazón de muchos, habló Churchill y dijo:

“No hablemos de días más tenebrosos; hablemos más bien de días más rigurosos. Estos no son días lóbregos; son días ex­traordinarios: los más monumentales que nuestro país haya vivido jamás; y todos debemos dar gracias a Dios de que se nos haya permitido —a cada cual conforme a su posición en la vida— desempeñar una parte en hacer estos días memorables en la historia de nuestra raza.” (Discurso pronunciado en Harrow School, Inglate­rra, el 29 de octubre de 1941.)

Un año antes, tras el espantoso desastre militar en la violenta batalla de Dunker­que, Francia, cuando Gran Bretaña inten­taba invadir Europa y hacer retroceder al enemigo, muchos vaticinadores de la fa­talidad pronosticaron el fin de Gran Bre­taña. Pero en aquellos tenebrosos y so­lemnes momentos, ese hombre notable, Churchill, dijo: Seguir leyendo

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No procuréis aconsejar al señor

Liahona Febrero 1986
No procuréis aconsejar al señor
Por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. Romney

Es significativo que Jacob, el gran pro­feta del Libro de Mormón, nos haya exhortado con estas palabras a los que vivimos en los últimos días: “No procu­réis aconsejar al Señor, antes aceptad el consejo de su mano”. (Jacob 4:10.)

En mi opinión, procurar aconsejar al Señor generalmente quiere decir no hacer caso a sus consejos, ya sea a sabiendas o involuntariamente, y substituirlos por nuestras propias ideas o las creencias de los hombres. Esta es una debilidad humana muy común, y mientras no la domine­mos, no obstante todos los demás dones y éxitos que logremos, no podremos estar en verdadera comunión con el Espíritu del Señor.

Por otra parte, cuando una persona co­noce la voluntad del Señor y la obedece, siempre estará más cerca del Espíritu.

Desde el principio del mundo, toda la his­toria de los tratos de Dios con sus hijos testifica del hecho de que aquellos que no lo escuchan fracasan y no reciben más que sufrimiento como resultado de ello.

Por ejemplo, en la época de Samuel, el pueblo de Israel exigió tener un rey. “Constitúyenos ahora un rey que nos juz­gue, como tienen todas las naciones”, pi­dieron (1 Samuel 8:5), porque pensaban que era más importante ser iguales a la gente que los rodeaba, las naciones paga­nas, que seguir los consejos del Señor. . Mediante el profeta Samuel, el Señor pro­testó seriamente, diciéndoles:

“Así hará el rey que reinará sobre voso­tros: tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y. . . de a caballo, para que corran delante de su carro. . .
“Tomará también a vuestras hijas para
Que sean…. cocineras y amasadoras.
“Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares. . .
“Diezmará vuestro grano y vuestras vi­ñas. . .
“y seréis sus siervos. . .
“Pero el pueblo no quiso oír la voz de Samuel, y dijo: No, sino que habrá rey sobre nosotros;
“y nosotros seremos también como to­das las naciones. . .”
(1 Samuel 8:11-20.)

Samuel se quedó muy apesadumbrado ante la obstinación del pueblo, porque sa­bía que si éste persistía en exigir un rey desafiando así los consejos del Señor, sería imposible evitar su caída. Pero Dios, que siempre respeta el libre albedrío del hombre, ya sea que éste lo emplee para hacer bien o para equivocarse, le dijo a Samuel:

“Oye la voz del pueblo. . . porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.” (1 Samuel 8:7.) Seguir leyendo

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En busca de la influencia del Espíritu Santo a través del estudio diario de las Escrituras

Liahona Noviembre 1984
En busca de la influencia del Espíritu Santo a través del estudio diario de las Escrituras
Por Bruce T. Harper

En una ocasión nuestra hija pasó la noche con unas amiguitas. Al prepararse para acostarse, re­pentinamente recordó algo que se le había olvidado hacer.

—Oh —dijo en voz alta—, todavía no he leído las Escrituras hoy.

Dos de sus amigas recordaron que ellas tampoco lo habían hecho, así que pidieron prestado un Libro de Mormón y leyeron juntas.

Tal diligencia en la lectura de las Es­crituras era un hábito que recientemente se había establecido en nuestra familia. Quizás no éramos tan diferentes a mu­chas otras familias en la Iglesia con res­pecto a nuestra lectura de las Escritu­ras, pues sabíamos que debíamos hacerlo, y deseábamos hacerlo, pero nunca habíamos tenido mucho éxito en nuestros esfuerzos. Finalmente decidi­mos dedicarnos a formar el hábito de leer las Escrituras, y para ayudarnos a alcanzar esta meta adoptamos un mé­todo que nos presentó el hermano Carvel Whiting, presidente de la Escuela Dominical de nuestra estaca.

Su método era muy sencillo: el obje­tivo principal de su programa era formar el hábito de leer algo cada día. La meta era establecer una actitud, y obtener en nuestra mente una conciencia de las Es­crituras. No especificó cuánto debíamos estudiar al día, ni tampoco sugirió que lo hiciéramos en una manera específica, simplemente nos instó a leerlas cada día, sin importar cuán breve fuera nues­tra lectura, y a llevar un registro de cuán­tos días consecutivos habíamos leído, aunque fuera un solo versículo.

Mediante este método sencillo, podía­mos leer unos cuantos versículos o diez páginas en un determinado día; podía­mos leer los libros canónicos capítulo por capítulo, o estudiar temas; podía­mos utilizar ese tiempo para leer nuestra asignación para la clase de la Escuela Dominical el siguiente domingo. En oca­siones podíamos variar y leer los capítu­los en secuencia, pero de vez en cuando podíamos pasar a otra sección de las Escrituras o concentrarnos en un tema específico. Incluso podíamos fijar­nos una meta secundarla de leer un ca­pítulo al día (o leer una media hora, o cinco páginas), pero si no siempre lo­grábamos esa meta secundarla, aun así continuábamos teniendo éxito y mante­niendo nuestro hábito de estudiar diaria­mente las Escrituras en tanto leyéramos aunque fuera un solo versículo durante el día.

Nos dimos cuenta de que el llevar un registro del número de días consecuti­vos que leíamos nos proporcionaba un sistema útil y flexible de motivación y re­fuerzo positivo. Cierto número de días consecutivos (por ejemplo, 10 días, 30 días, 50 días, 100 días, 200 días 365 días) podían Identificarse como objeti­vos, y al alcanzar éstos, cada miembro de la familia recibiría alguna forma de recompensa o reconocimiento. La fre­cuencia y naturaleza de las recompen­sas podría variar de acuerdo con la edad o la madurez de los participantes. Por ejemplo, nosotros teníamos hijos pe­queños, de modo que por cada diez días consecutivos proporcionábamos una golosina a los niños más pequeños. Seguir leyendo

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Todos somos pioneros

Conferencia General Abril 1997
Todos somos pioneros
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Mis jóvenes hermanas, realmente no sabemos cuánto bien podemos hacer hasta que no hayamos hecho el esfuerzo.”

 

¡Que panorama más glorioso representan ustedes! Sé que además de este tabernáculo pionero miles más se reúnen en capillas y en otros edificios en muchas partes del mundo. Ruego la ayuda celestial al dirigirme a ustedes en esta oportunidad.

Sus líderes lo han hecho muy bien esta noche, pero, para los hombres, esto es algo típico de las hermanas. Quisiera felicitar a cada una de las personas que ha tenido alguna parte en la preparación de esta conferencia y a los que han participado en el programa.

En este clásico poema, Henry Wadsworth Longfellow describe a la juventud y el futuro. Dice:

Cuán hermosa es la juventud!
Cuán grande su destello,
con sus ilusiones, aspiraciones y sueños!
Libro del principio de la vida,
historia sin fin,
toda joven una heroína,
todo joven un amigo! (1)

El 6 de abril de 1942, la Primera Presidencia declaró: “Cuan gloriosa y cercana a los ángeles esta la juventud que es limpia. Esta juventud tendrá un gozo indecible aquí, así como felicidad eterna en el más allá” (2).

Hemos escuchado bastante acerca de los pioneros de 1847, de su viaje a través de las praderas y de su entrada al Valle del Lago Salado, y escucharemos más a medida que transcurra este año del sesquicentenario.

No es de sorprender que a medida que se presenta el tema de los pioneros, el recuerdo de cada uno va hacia su propia línea familiar. Por lo general se encuentran ejemplos que se ajustan a la definición de pionero: “Alguien que va adelante mostrando a los demás el camino a seguir” (3). Algunos, si no todos, hicieron grandes sacrificios al dejar la comodidad y una vida más fácil para responder al firme llamado de la fe que recién habían encontrado.

Dos de mis bisabuelos se ajustan al modelo de muchos de ellos. Gibson y Cecelia Sharp Condie vivían en Clackmannan, Escocia. Sus familiares trabajaban en minas de carbón en paz con el mundo, rodeados de familiares y amigos y en un ambiente bastante cómodo en un país que amaban. Escucharon los mensajes de los misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y se convirtieron hasta lo más recóndito de su alma. Escucharon el llamado a viajar a Sión y supieron que deberían responder.

Vendieron sus posesiones y se prepararon para el peligroso viaje a través del inmenso Océano Atlántico. En compañía de cinco hijos, abordaron un velero, con todas sus posesiones materiales en un pequeño baúl. Viajaron 4.800 kilómetros sobre las aguas, ocho largas y agotadoras semanas en un traicionero mar, día y noche rodeados sólo de agua: ocho semanas de espera, con comida insuficiente, agua en mal estado y sin otra ayuda más que la que se encontraba en ese pequeño velero.

En medio de esa situación que ponía a prueba el alma, su hijo Nathaniel enfermó y murió. Mi bisabuela amaba a ese niño tanto como sus padres las aman a ustedes; y cuando sus ojos se cerraron ante la muerte, sus corazones se sumieron en el dolor. Como si fuera poco, se debía obedecer la ley del mar: Envuelto en una lona y con pesos de fierro, su cuerpo fue sepultado en las aguas. Al alejarse, sólo esos padres podían saber cuánto podía ser el dolor del corazón. Gibson Condie y su buena esposa fueron reconfortados por las palabras “Padre… no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Aquel primer viaje de 1847 organizado y dirigido por Brigham Young los historiadores lo describen como uno de los grandes hechos épicos de la historia de los Estados Unidos. Cientos de pioneros mormones su frieron y murieron por enfermedades, por las malas condiciones del tiempo y el hambre. Hubo algunos que, al no tener carretas ni tiros, literalmente caminaron cerca de 2.000 kilómetros sobre praderas y montañas, empujando y tirando carros de mano. Seguir leyendo

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Pioneras modernas

Conferencia General Abril 1997
Pioneras modernas
Janette Hales Beckham
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Janette C. Hales

“Debemos tener fe para decir no a lo que nos. pueda dañar o destruir, o apartarnos de nuestro destino. Todas debemos tener fe en cada paso que demos hacia adelante.”

En esta ocasión rindo homenaje a estas tres jóvenes pioneras y a cada una de ustedes, las pioneras de esta generación. Ustedes, jóvenes pioneras deben tener la misma fe en cada paso que tuvieron los pioneros del pasado de los que se nos ha hablado. Me siento muy orgullosa de ustedes, las mujeres jóvenes, al verlas dar el ejemplo por medio de actos de valentía y de rectitud. Su fe en el Señor fortalece a los que siguen su ejemplo.

El apóstol Pablo amonestó a un joven de su época a ser pionero; le dijo: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino se ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12). Ese es el tema del mensaje que les daré en esta oportunidad.

Sean ustedes Abejitas, Damitas o Laureles, pueden ser un ejemplo para los demás: un ejemplo de los creyentes. Los principios del Evangelio son los mismos ayer, hoy y mañana. El guardar los mandamientos nunca pasa de moda.

Ustedes, las jóvenes, encuentran a su paso obstáculos tan difíciles de salvar como los que tuvieron que encarar los pioneros de antaño. Una jovencita escribió: “En la actualidad siempre se oye decir a las personas que no se imaginan cómo pudieron los pioneros salir adelante en medio de todas sus penurias; pero no me cabe duda de que hoy, algunos de ellos, desde el cielo, dicen lo mismo acerca de nosotros”.

La valentía para dar un paso de fe hacia adelante hace falta hoy en día como nunca antes. Para muchas de ustedes, el primer paso de fe hacia adelante ha sido el bautismo. LeeAnn tenía quince años de edad cuando leyó el Libro de Mormón, oró acerca de la veracidad de este y obtuvo un testimonio del Evangelio. La joven deseaba unirse a la Iglesia, pero la madre le dijo que no se lo permitiría. LeeAnn y los misioneros ayunaron y oraron, y aquel mismo día del ayuno, la madre le dio su consentimiento para que se uniera a la Iglesia, por lo que LeeAnn se bautizó. Cuando sus amigas se enteraron, se rieron de ella y la abandonaron. Aun la directora de la escuela religiosa a la que asistía la llamo a su despacho y le dijo que había cometido un necio error. No obstante, LeeAnn se mantuvo fiel al Señor; comprendía las consecuencias eternas de sus actos y, andando el tiempo, tuvo la maravillosa bendición de casarse en templo con un joven recto. Con el tiempo, su madre se unió a la Iglesia.

Kara también fue pionera en su familia. Sus familiares nunca asistían a las reuniones de la Iglesia; el día en el que cumplió ocho años llego y pasó, y no fue bautizada. Sin embargo, con el mismo valor que caracterizo a los fieles pioneros, cuando cumplió los doce años, le pregunto directamente a su padre si podía bautizarse. Él le dijo que sí. Hoy ya se ha casado en el templo y puede inculcar en sus propios hijos su fortaleza, su integridad y su fe pioneras. ¡Que magnifico patrimonio pionero les ha dado a sus vástagos! Seguir leyendo

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Sigan andando y denle una oportunidad al tiempo

Conferencia General Abril 1997
Sigan andando y denle una oportunidad al tiempo
Virginia H. Pearce
Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Virginia H. Pearce

“Nuestra meto, nuestro jornada final, nuestra Sion, es vivir en la presencia de nuestro Padre Celestial y, para llegar allá, se espera que caminemos, caminemos y caminemos.”

Con un cantar él pudo andar, andar, andar, andar y andar” (1). Cuando pienso en los pioneros vienen a mi mente escenas trágicas: carros de mano en la tormenta, enfermedades, pies congelados, estómagos vacíos y tumbas poco profundas.

Sin embargo, a medida que aprendo más sobre esta monumental jornada, me convenzo de que junto con estas escenas muy reales y dramáticas, la mayoría de la jornada para la mayoría de la gente fue una jornada de rutina. La mayoría anduvo, anduvo y anduvo.

Cuando los pioneros levantaban su campamento cada mañana, tenían que alimentar y darle de beber al ganado, hacer fogatas, preparar su desayuno y una merienda fría que debía empaquetarse para el mediodía; tenían que hacer reparaciones, enganchar los animales de tiro y cargar otra vez los carromatos. Eran las faenas de todas las mañanas. Luego caminaban aproximadamente 10 kilómetros antes de detenerse a alimentar y darle de beber al ganado, almorzar, reagruparse y caminar nuevamente hasta las 6:00 de la tarde. Luego empezaba la rutina de desenganchar y dar de beber a los animales, hacer reparaciones, recoger leña, hacer fogatas, preparar la cena, escribir un par de líneas en el diario de vida antes de que oscureciera, a veces un poco de música, orar e irse a la cama a las 9 de la noche.

La velocidad no era importante. Dado que el paso lo marcaban los lentos bueyes de tiro, nadie tenía que correr para mantenerse con los carromatos. En un buen día, un día sin problemas ¿existen días así?, los pioneros cubrían una distancia de aproximadamente 24 kilómetros. Por lo general, recorrían menos de 15. ¡Imagínense cuan insignificante parecía comparado con la meta final de más de 2.000 kilómetros!

En el cementerio de Winter Quarters hay una escultura de bronce (2) que muestra un detalle de la mano de una madre dentro de un carromato mientras caminaba hacia el Valle del Lago Salado. La mujer hacia eso porque su criatura no se quedaba en el carromato a menos que pudiera ver la mano de su madre. Inclusive, a medida que esos pioneros caminaban hacia su meta, sabían cómo ayudarse los unos a los otros.

¿En qué forma se relaciona todo esto con nosotras en nuestro mundo actual? Creo que está totalmente relacionado con nosotras. La mayoría de nuestra vida no es un sinfín de momentos dramáticos que requieren heroísmo o valentía inmediata; sino que consisten en rutinas diarias, incluso en tareas monótonas, que nos cansan y nos hacen vulnerables al desaliento. Por supuesto que sabemos hacia dónde vamos y, si fuera posible, elegiríamos saltar de la cama, trabajar como locos y terminar al llegar la caída de la tarde. Pero nuestra meta, nuestra jornada final, nuestra Sion, es vivir en la presencia de nuestro Padre Celestial y, para llegar allá, se espera que caminemos, caminemos y caminemos.

Este caminar semana tras semana no es un logro fácil. La constancia de los pioneros, todo lo que encierra la ardua tarea ordinaria, su voluntad de avanzar centímetro a centímetro, paso a paso, hacia la tierra prometida, me inspira tanto como los hechos más obvios de valentía. Es tan difícil seguir creyendo que progresamos cuando avanzamos a esa velocidad; es difícil seguir creyendo en el futuro cuando lo que hemos hecho durante el día es tan poco. Seguir leyendo

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Encontremos la fe en cada paso

Conferencia General Abril 1997
Encontremos la fe en cada paso
Bonnie D. Parkin
Segunda Consejera de lo Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Bonnie D. Parkin

“Dentro de muchos años, sus nietos contaran con asombro los relatos de los decisiones de ustedes, los cuales cambiaron las vidas de ellos”. Ustedes serán conocidas como sus pioneras.”

Anna Matilda Anderson era una jovencita que vivía en Suecia en la década de 1880. Cuando ella y su familia se unieron a la Iglesia, fueron ridiculizadas por sus creencias; la madre de Anna decidió que debían emigrar a los Estados Unidos y unirse a los santos en Utah. Anna, que tenía once años, y su hermana Ida partieron primero para ganar dinero y, de ese modo, ayudar al resto de la familia a viajar a América. Anna e Ida se embarcaron hacia los Estados Unidos; después, viajaron por tren a Ogden, Utah, desde donde Ida partió en un carromato para trabajar para sus garantes de Idaho. Anna permaneció completamente sola en el tren mientras seguía camino hacia Salt Lake City; no hablaba inglés ni conocía a nadie, ¿pueden imaginarse la soledad y el pánico que habrá sentido durante su viaje?

El tren llegó a la obscura estación Río Grande poco antes de la medianoche. El familiar que iba a ir a buscarla no estaba allí y Anna permaneció de pie, contemplando con temor mientras la gente abandonaba lentamente la estación. Finalmente, se quedó sola con una familia alemana que tampoco tenía a nadie que la recibiera; una obscuridad espesa y amenazante la rodeó. Más tarde recordaría: “Comencé a llorar y pensé en las últimas palabras que mi madre me había dicho: ‘Si te encuentras en un lugar donde no puedas entender lo que diga la gente, no te olvides de orar a tu Padre Celestial porque El sí puede entenderte”’. Anna se arrodilló al lado de su maleta y rogó con todas sus fuerzas por ayuda celestial. ¿No hemos orado todos de esa manera alguna vez?

Los integrantes de la familia alemana le hicieron señas a Anna para que los siguiera y, sin tener otra alternativa, Anna caminó sollozando detrás de ellos. Cuando llegaron a la Manzana del Templo, escucharon los pasos de alguien que caminaba con rapidez: una mujer se dirigía con prisa hacia ellos mientras observaba con atención a toda persona que pasaba; cuando vio a la familia alemana, se apresuró. Anna captó la mirada minuciosa de la mujer y esta se detuvo, maravillada: ¡había reconocido a la jovencita! Y. con gran asombro, Anna reconoció a la mujer: ¡era su maestra de la Escuela Dominical, quien había partido de Suecia un año antes! Estrechando fuertemente a Anna entre sus brazos, la maestra le enjugó las lágrimas de temor, y le dijo: “Me desperté una y otra vez…Las imágenes de los inmigrantes que llegaban se desplegaban en mi mente y no pude dormir más. Sentí que tenía que venir al templo a ver si había alguien que yo conocía” (diario de Anna Matilda Anderson, en posesión de la autora).

¿Pueden creerlo? ¡Una maestra de la Escuela Dominical enviada en una noche de extrema obscuridad como un ángel de luz! “Por lo que pueden ver”, Anna expresó, “mi Padre Celestial hizo mucho más que responder a mis oraciones; sólo le pedí por alguien que pudiera entenderme, y me envió a alguien que yo conocía”. Seguir leyendo

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Nuestro testimonio al mundo

Conferencia General Abril 1997

Nuestro testimonio al mundo

Presidente Gordon B. Hinckley

“Dios está al timón; procuraremos Su dirección; prestaremos oído a la voz suave y apacible de la revelación; y seguiremos avanzando según Él nos guíe.”


Esta ha sido una conferencia maravillosa. El Espíritu del Señor ha estado con nosotros. La música ha sido inspiradora y los discursos y las oraciones nos han conmovido, infundiendo en nosotros el deseo de ser mejores. Agradecemos a todos los que nos han dirigido la palabra y habríamos deseado que todas las Autoridades Generales y de Área de la Iglesia hubieran podido hablar, pero eso requeriría casi una semana.

Se nos ha recordado que el nuestro es un gran patrimonio, el pasado ha quedado atrás, y es del futuro que debemos ocuparnos. Se nos presentan grandes oportunidades y grandes dificultades. Nuestros críticos, acá y en el extranjero, nos observan y, empeñados en hallar defectos, escuchan atentamente cada palabra que decimos con la esperanza de sorprendemos en un error. Quizás nos tambalearemos de vez en cuando, pero la obra no se retrasara. Nos pondremos de pie donde hayamos tropezado y seguiremos adelante.

No tenemos nada que temer y tenemos mucho que ganar. Dios está al timón; procuraremos Su dirección; prestaremos oído a la voz suave y apacible de la revelación; y seguiremos avanzando según Él nos guíe.

Su Iglesia no será desviada; nunca teman eso. Si hubiera cualquier disposición de parte de los líderes en hacerlo, El los quitaría de su cargo. Todos estamos en deuda con El por la vida y la voz y la fortaleza que nos da.

Seamos buenos ciudadanos de las naciones en las que vivamos; seamos buenos vecinos en nuestras comunidades. Reconozcamos la diversidad que existe en nuestra sociedad, buscando lo bueno en todas las personas. No tenemos por qué transigir en nada respecto a nuestra teología; pero podemos dejar a un lado todo elemento de recelo y de intolerancia provinciana y parroquial.

“Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo, Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículos de Fe, N°1). Esa es nuestra principal declaración de fe. Hablamos abiertamente de la viviente realidad del Señor Jesucristo. Declaramos sin lugar a dudas el hecho de Su grandiosa Expiación por toda la humanidad; ese acto trajo la seguridad de una resurrección universal y nos abrió la puerta para la exaltación en el reino de nuestro Padre.

Este es el punto de énfasis de nuestra declaración al mundo; es la substancia misma de nuestra teología; es la fuente de donde emana nuestra fe. Que nadie diga jamás que no somos cristianos.

A quienes han sido relevados durante esta conferencia, les expresamos nuestro profundo agradecimiento por su desempeño. Han hecho un muy buen trabajo. Gracias por todas sus contribuciones. A los que han sido sostenidos en esta conferencia, les deseamos que hallen satisfacción y felicidad en la obra que llevaran a cabo. Todos seremos relevados, tarde o temprano, de una manera u otra. En esta gran causa no importa donde servimos sino como servimos.

Por medio de nuestra historia pionera, recordamos a Brigham Young y unas cuantas personas más; pero, ¿qué hay de todos aquellos que a lo largo del tiempo han vivido el Evangelio, han amado al Señor y han hecho su parte sin honra ni gloria? ¿Recibirán una recompensa eterna menor? No lo creo.

Lo mismo sucede con nosotros. Todos hacemos nuestra parte y esa parte contribuye a la edificación de la causa. Las contribuciones de ustedes son tan aceptables como las nuestras. El Señor dijo: “… Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Marcos 9:35).

Hermanos y hermanas, todos somos miembros de una gran familia. Todos tenemos un deber y una misión con la cual cumplir. Y cuando pasemos de esta vida, será suficiente recompensa si podemos decirle a nuestro amado Maestro: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).

Que cada uno de ustedes regrese sano y salvo a su hogar. Que vivan juntos con amor y aprecio y respeto los unos por los otros; que el cielo sonría sobre todos ustedes.

Les extendemos a todos nuestro amor; los amamos mucho y dejamos sobre ustedes nuestra bendición, y lo hacemos como siervos del Dios viviente y en el nombre de nuestro divino Redentor Jesucristo. A la conclusión de esta maravillosa conferencia, que Dios les acompañe hasta que nos encontremos nuevamente, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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…Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos

Conferencia General Abril 1997

“…Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”

Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Para llegar a ser uno con la familia de los santos, se requiere que los miembros establecidos de la Iglesia reciban con una calurosa acogida a los miembros nuevos: con los brazos abiertos.”


El Salvador, como afectuoso amigo, le dijo a Pedro, que hacía poco había sido llamado a seguir al Salvador: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo;

“pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31-32). ¿Cuál es ese proceso de conversión por el que debe pasar cada hijo e hija de Dios para ayudar a los demás a volver a Su presencia?

Las primeras semillas de la conversión comienzan con un conocimiento del Evangelio de Jesucristo y con un deseo de saber la verdad concerniente a Su Iglesia restaurada; “… dejad que este deseo obre en vosotros” (Alma 32:27). El deseo de saber la verdad se compara a una semilla que crece en el terreno fértil de la fe, de la paciencia, de la diligencia y de la longanimidad (véase Alma 32:27-41). Ha habido algunas conversiones milagrosas que se han registrado en las Escrituras. La conversión milagrosa de Saulo es uno de esos ejemplos, que se hizo evidente cuando el hizo dos preguntas cruciales: “¿Quién eres, Señor? … [y] ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:56). En ocasiones, las personas pueden tener este tipo de experiencias, pero la mayoría de las veces, la conversión lleva tiempo y ocurre mientras el estudio, la oración, la experiencia y la fe nos ayudan a crecer en nuestro testimonio y nuestra conversión.

Cuando Abinadí les enseñó con intrepidez el Evangelio de Jesucristo al inicuo rey Noé y a sus sacerdotes, sólo Alma reconoció la verdad. Más tarde, Alma tuvo que demostrar gran fe en las palabras de Abinadí mientras trataba de llevar a cabo un potente cambio en el corazón. Este cambio en el corazón fortaleció su conversión con el deseo de abandonar sus pecados. La conversión de cada miembro de la Iglesia no es tan diferente de la de Alma (véase Mosíah 17).

Salimos del mundo para entrar en el Reino de Dios. En el proceso de la conversión, experimentamos el arrepentimiento, el cual produce la humildad, un corazón quebrantado y un espíritu contrito, los cuales nos preparan para el bautismo, la remisión de los pecados y el recibir el Espíritu Santo. Después, con el tiempo y por medio de nuestra fidelidad, superamos las pruebas y tribulaciones, y perseveramos hasta el fin.

Pienso en lo que los primeros miembros de la Iglesia dejaron atrás. Muchos tuvieron que dejar sus familias y sus amigos, la patria donde nacieron y mucho del estilo de vida que habían llevado. Cruzaron el océano y atravesaron a pie una gran nación para ir a Sión a fin de tener la hermandad de los santos. Hoy es igual. Cuando los miembros nuevos salen del mundo y entran en el Reino de Dios, dejan mucho atrás. A menudo, ellos también dejan amigos e inclusive familiares, así como relaciones sociales y un estilo de vida que no es compatible con las normas de la Iglesia. Después del bautismo, el nuevo miembro de la Iglesia debe aprender a ser conciudadano de los santos en el Reino le Dios por medio del estudio, de la oración y del ejemplo y del afecto de los miembros. Todo miembro de la Iglesia desarrolla diariamente un cometido personal, un testimonio y una conversión más profundos a medida que presta servicio a sus familiares y en sus llamamientos de la Iglesia. Seguir leyendo

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Orad al padre en mi nombre

Conferencia General Abril 1997

“Orad al padre en mi nombre”

Élder L. Edward Brown
de los Setenta

“Cuando utilizamos esas sagrados palabras: ‘en el nombre de Jesucristo’… nos encontramos en terreno santo.”


Cuando nuestro Maestro, el Señor Jesucristo, se encontraba con Sus discípulos en las playas del mar de Galilea, les enseñó el modelo de la oración. Esa oración, a la que conocemos como El Padre Nuestro, merece que le prestemos seria consideración (Mateo 6:9-133 Nefi 13:9-13).

El Señor exhortó, o quizás incluso mandó: “Vosotros, pues, oraréis así” (Mateo 6:9). Fijen ahora su atención y su corazón en la forma en que El dio comienzo a esta magnífica oración: Padre nuestro que estas en los cielos…” (Mateo 6:9). ¡Qué portentoso momento! ¡Qué gran revelación! “Padre nuestro”, declaro El, “Padre nuestro”.

Es cierto que pudo haber elegido muchas otras maneras de dar comienzo a la oración: “Oh poderoso Creador de los cielos y de la tierra, Oh Dios poderoso que eres omnipresente, omnisciente y omnipotente”. Esos títulos extraordinarios encierran verdades grandiosas y magnánimas, sin embargo, con una sola palabra, “Padre”, enseñó mucho de lo que debemos saber, de lo que en verdad añoramos saber. Dios es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos.

Los Profetas de Dios proclaman que “todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos”. (“La familia: una proclamación al mundo”, Liahona, junio de 1996, págs. 10-11.)

De igual forma que un niño o una niña disfruta de una relación satisfactoria y segura con su propio padre, él o ella puede tener una relación natural con su Padre Celestial. La criatura percibe que es un hijo o una hija de Dios y que Dios es su Padre. Es algo que se percibe como normal y que la hace sentirse bien, porque eso es lo correcto. Proclamamos que “en la vida premortal, los hijos y las hijas espirituales de Dios lo conocieron y lo adoraron como su Padre Eterno…” (Ibid). Lo conocían en aquel entonces, y de forma natural e intuitiva lo conocerán ahora. Que trágico es el hecho de que se abuse de una criatura inocente de tal manera, que a él o a ella se le haga difícil acudir a su Padre Celestial.

Hace algunos años, unos buenos amigos de la familia nos prestaron su cabaña en Island Par, Idaho. Cuando llegamos a la cabaña, nos dimos cuenta de que la llave que nos habían dado para abrir la puerta del frente no era la correcta. Tratamos de quitar las alambreras de las ventanas o abrir las otras puertas, ¡pero fue en vano!

De pronto, nuestro hijo Steven, que en aquel entonces tenía aproximadamente siete años, nos gritó para decirnos que había logrado abrir la puerta de enfrente. Steven, con una gran sonrisa, se hallaba parado triunfalmente en la entrada; yo estaba sorprendido, y le pregunte como lo había logrado. Seguir leyendo

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Ve y haz tu lo mismo

Conferencia General Abril 1997

“Ve y haz tu lo mismo”

Obispo H. David Burton
Obispo Presidente

“¿Podemos dejar a un lado nuestro amor por los bienes y escuchar el llanto del hambriento, del necesitado, del desnudo, del enfermo y del afligido?”


La vida de todos nosotros ha sido bendecida gracias al excelente servicio que han prestado la hermana Jack y sus consejeras. Estoy seguro de que al expresarles a estas hermanas nuestro agradecimiento hago eco al sentir de todos y de cada uno de ustedes.

Los fieles discípulos que seguían al Salvador oían los principios del Evangelio que Él les enseñaba por medio de los gráficos relatos que se conocen como las parábolas. Tras haber oído muchas parábolas, “… acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas?” (Mateo 13:10). El Salvador respondió: “Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (Mateo 13:1-3).

Un intérprete de la ley resolvió desafiar al Salvador en un punto de doctrina. Con la intención de tenderle una trampa a Jesús, le preguntó: “Maestro, ¿haciendo que cosa heredaré la vida eterna?” (Lucas 10:25). Jesús le respondió con otra pregunta. “¿Que está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” (Lucas 10:26). La respuesta del abogado, la cual recitó de la ley, fue perfecta: “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27). Reconociendo Jesús la respuesta, le dijo: “… haz esto, y vivirás” (Lucas 10:28).

Al no haber conseguido confundir al Maestro, el abogado se desconcertó, y, queriendo justificarse, hizo aun otra pregunta: “¿Y quien es mi prójimo?” (Lucas 10:29). Debemos estar muy agradecidos por la segunda pregunta del abogado, puesto que dio origen a una de las parábolas más significativas del Salvador. Recordaran ustedes el escenario: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto” (Lucas 10:30). Desde que íbamos a la Primaria hemos escuchado sobre este hombre. Reflexionamos sobre el sacerdote y el levita y su falta de disposición para prestar ayuda y nos decimos: “Sin duda, yo le hubiera atendido. Sin duda, yo me hubiera detenido. Sin duda, yo no hubiera mirado hacia el otro lado”.

La parábola continua: “Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia” (Lucas 10:33). Al profeta Moroni se le concedió una visión de nuestra época. El registro del Libro de Mormón dice: “Porque he aquí, amáis el dinero, y vuestros bienes, y vuestros costosos vestidos… más de lo que amáis a los pobres y los necesitados, los enfermos y los afligidos…

“¿Por qué os adornáis con lo que no tiene vida, y sin embargo, permitís que el hambriento, y el necesitado, y el desnudo, y el enfermo, y el afligido pasen a vuestro lado, sin hacerles caso?” (Mormón 8:37,39).

Moroni se sintió angustiado por lo que vio. ¿Nos angustiamos nosotros lo suficiente para dejar a un lado nuestro amor por los bienes y escuchar el llanto del hambriento, del necesitado, del desnudo y del enfermo? ¿Podemos decir: “Yo habría actuado tal como lo hizo el samaritano si hubiera visto a alguien que necesitaba ayuda”? Seguir leyendo

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Una pequeña piedra

Conferencia General Abril 1997

Una pequeña piedra

Elaine L. Jack
Presidenta general de la Sociedad de Socorro, recién relevada

“Ya no es el momento en que simplemente creamos en este Evangelio; debemos ser vehementes en nuestra creencia y en nuestra dedicación a Jesucristo y Su plan.”


Me críe a solo unos cuantos pasos del Templo de Alberta, en Cardston, Canadá. En esa pequeña comunidad mormona ubicada al pie de las Montañas Rocosas canadienses, el templo se erguía como un poderoso símbolo de la fortaleza y la grandeza del Evangelio de Jesucristo. Yo hice mis más importantes convenios dentro de las paredes de ese templo.

Esas paredes encierran un significado especial para mí. Mi abuelo John F. Anderson, un diestro mampostero de Aberdeen, Escocia, fue llamado para tallar la piedra blanca de granito para ese santo templo. En 1915, durante la colocación de la piedra angular, tuvo el honor de regir como el mampostero principal bajo la supervisión del élder David O. McKay. En 1923, antes de que se dedicara el templo, mi abuelo colocó la última piedra. Más tarde, en su diario, el registró: “No fue la piedra de coronamiento, sino una pequeña piedra a la entrada del portal principal”.

Hoy día, yo coloco mi pequeña piedra en la entrada del portal principal de la Sociedad de Socorro.

En el libro de Omni, que es en sí una pequeña piedra en medio del Libro de Mormón, Amalekí escribe: “… quisiera que vinieseis a Cristo, el cual es el Santo de Israel, y participaseis de su salvación y del poder de su redención. Si… y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda, y continuad ayunando y orando, y perseverad hasta el fin; y así como vive el Señor, seréis salvos” (Omni 1:26).

El profeta José Smith describió la frase “ofrecer vuestras almas enteras” como servir a Dios con todo el “corazón, alma, mente y fuerza” (D. y C. 4:2). Es poner en el altar de Dios nuestro tiempo, talentos, dones y bendiciones, nuestra voluntad de servir y de hacer todo lo que El pida. Mi abuelo le ofreció al Señor la piedra que había colocado con tanto cuidado; hoy, yo ofrezco mis años de servicio en la presidencia general de la Sociedad de Socorro. Seguir leyendo

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Perseverar y ser enaltecidos

Conferencia General Abril 1997

Perseverar y ser enaltecidos

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“La responsabilidad de perseverar descansa únicamente sobre ustedes. Pero nunca están solos. Testifico que el poder enaltecedor del Señor puede ser de ustedes…”


Cuando la hermana Nelson y yo estábamos recién casados y vivíamos en Minneapolis, decidimos disfrutar de una tarde libre con nuestra hijita de dos años de edad. Fuimos a uno de los muchos hermosos lagos de Minnesota y alquilamos una pequeña lancha. Después de remar y alejarnos de la orilla, nos detuvimos a descansar y a disfrutar de la tranquilidad. De pronto, nuestra hijita saco una pierna por el costado de la lancha y se dispuso a tirarse por la borda, exclamando: “¡Ya es hora de irse, papi!”

Rápidamente la detuvimos y le explicamos: “No, querida, no es hora de irse; debemos permanecer en la lancha hasta que nos lleve de nuevo a tierra”. Después de mucha persuasión logramos convencerla de que el salir prematuramente de la lancha hubiera causado una desgracia.

Los niños son propensos a hacer cosas peligrosas como esas simplemente porque no han adquirido la sabiduría que poseen sus padres. De igual modo, como hijos de nuestro Padre Celestial, quizás nosotros queramos “salirnos de la lancha” antes de llegar al destino al que Él quiere que lleguemos. El Señor nos enseña una y otra vez que debemos perseverar (1) hasta el fin (2). Este es uno de los temas predominantes de las Escrituras. Tal vez un ejemplo sirva para representar los muchos pasajes que transmiten un mensaje similar:

“… bienaventurados aquellos que procuren establecer a mi Sión … porque tendrán el don y el poder del Espíritu Santo; y si perseveran hasta el fin, serán enaltecidos en el último día y se salvaran en el reino eterno del Cordero”(3).

Las bendiciones que Dios confiere siempre se basan en la obediencia a la ley (4). Si aplicamos este concepto a mi analogía, derivamos que lo primero es “subirnos a la lancha” con El. Luego debemos permanecer con El. Y si no nos “bajamos de la lancha” antes de tiempo, llegaremos hasta Su reino, en donde seremos enaltecidos para vida eterna.

El término “enaltecidos” [o elevados] se relaciona con una ley física que se puede ilustrar con una simple demostración (5). Utilizaré un carrete de hilo y soplaré por el agujero que está en el eje del carrete. La fuerza de mi aliento moverá un trozo de papel en sentido opuesto a donde yo estoy. Ahora tomaré una tarjeta común y corriente y un alfiler. Colocaré el alfiler a través de la tarjeta. Con el alfiler en el agujero del carrete, sostendré la tarjeta cerca del carrete. Volveré a soplar por el agujero del carrete, y mientras soplo, soltaré la tarjeta a fin de que pueda responder a las fuerzas físicas. Antes de seguir adelante, ¿les gustaría predecir lo que va a suceder? ¿Se ira la tarjeta en sentido opuesto a donde yo estoy, o se elevara hacia mí? ¿Están listos?

[Demostración: El élder Nelson demuestra que soplar por el agujero del eje del carrete eleva la tarjeta hacia el carrete.]

¿Se fijaron? En tanto yo tuve suficiente aliento, la tarjeta se elevó, pero cuando ya no pude perseverar, la tarjeta cayó. Cuando me quede sin aliento, imperó la fuerza contraria de la gravedad. Si mi energía hubiera perseverado, la tarjeta hubiera permanecido elevada indefinidamente (6).

Siempre se requiere energía para que de empuje sobre las fuerzas contrarias. Estas mismas leyes se aplican a nuestra propia vida. Siempre que se emprende alguna tarea, son esenciales tanto la energía como la voluntad para perseverar. El ganador de una carrera de cinco kilómetros se proclama al final de cinco kilómetros, y no al final de uno, o de dos. Si toman un autobús para ir a Boston, no se bajan en Burlington. Si desean obtener una educación, no dejan truncados sus estudios, del mismo modo que no pagan para cenar en un restaurante elegante solo para salirse después de probar el aperitivo.

Cualquiera sea el trabajo que desempeñen, perseveren al empezar; perseveren a través de las fuerzas contrarias a lo largo del camino; y perseveren hasta el fin. Cualquier tarea debe terminarse antes de que puedan disfrutar los resultados de la misma. El poeta escribió:

Se constante en tu tarea hasta que la domines.
Muchos comienzan, pero pocos terminan.
El honor, el poder, la posición y el elogio,
son siempre de aquel que persevera.
Permanece en tu labor hasta que la domines,
Esfuérzate, suda y sonríe ante ella,
porque del esfuerzo, el sudor y la risa,
recibirás al fin tu victoria (7).

A veces la necesidad de perseverar se presenta al afrontar un problema físico. Cualquiera que padezca una grave enfermedad o los achaques de la edad tiene la esperanza de poder perseverar hasta el fin de tales aflicciones (8). La mayoría de las veces, los problemas físicos sumamente difíciles también van acompañados de retos espirituales. Piensen en los primeros pioneros. ¿Qué hubiese pasado si no hubieran perseverado las penalidades de su migración hacia el oeste? Este año no tendríamos la celebración del sesquicentenario. Perseveraron con tenacidad a pesar de la persecución(9), expulsión(10), una orden gubernamental de exterminación(11), expropiación de bienes(12), y mucho más. Su fe perseverante en el Señor les brindó aliento, tal como para con ustedes y para conmigo. Seguir leyendo

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Ese espíritu que induce a hacer lo bueno

Conferencia General Abril 1997

“Ese espíritu que induce a hacer lo bueno”

Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Espíritu Santo será nuestro compañero constante si nos sometemos a la voluntad de nuestro Padre Celestial…”


Luego de su llegada al Valle del Lago Salado, los pioneros mormones se dieron cuenta de que representaba un gran desafío establecer colonias en el desierto. A diario enfrentaban pruebas y dificultades que les recordaban que su nueva vida era muy distinta de la que estaban acostumbrados a vivir. Había que construir casas, urbanizar, abrir canales de irrigación, plantar huertos, cortar madera y juntar ganado.

También había una constante inmigración hacia Utah, sequías y la plaga de las langostas, todo lo cual hacia que la economía de este nuevo territorio fuera muy incierta. Debido al gran esfuerzo que exigía el proveer para sus familias, algunos de los pioneros fueron arrastrados a un letargo espiritual. Esto era motivo de gran preocupación entre los primeros líderes de la Iglesia, los que creían que algunas de sus dificultades eran el resultado directo de que los santos eran negligentes en guardar los mandamientos.

En 1856, la Primera Presidencia comenzó un movimiento de reforma. Los líderes de la Iglesia viajaban por todo cl territorio proclamando el arrepentimiento a los santos; mandaban a los “maestros vecinales” con una lista de preguntas que debían hacer a las familias. Algunas de esas preguntas eran:

¿Ha traicionado en algo a sus hermanos o hermanas?
¿Ha cometido adulterio?
¿Ha tomado en vano el nombre de la Deidad?
¿Se ha intoxicado con bebidas alcohólicas?
¿Ha cumplido la promesa de pagar sus deudas?
¿Enseña a su familia el Evangelio de salvación?
¿Ora con su familia de mañana y de noche?

¿Asisten usted y su familia a las reuniones del barrio? (La historia de La Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, capítulo 28.)

Los santos recibieron de parte de sus líderes el desafío de renovar su dedicación a servir al Señor y guardar Sus mandamientos; ellos aceptaron el consejo de los líderes y se arrepintieron.

En 1997, nosotros tenemos muchas de las mismas inquietudes, a pesar de que nuestro mundo es muy distinto. Estas preguntas todavía serían muy apropiadas si se hicieran hoy; incluso la lista podría alargarse debido a nuevas fuentes de tentación que los pioneros no hubieran podido anticipar. El equilibrio entre vivir en el mundo y no ser del mundo está convirtiéndose en algo cada vez más complicado. Las publicaciones, la radio, la televisión y la red Internet nos han rodeado de cosas mundanas. Algunos de los programas de televisión han causado tantas quejas por parte del público que se ha establecido un sistema de clasificación para que los televidentes puedan evaluar el contenido de los programas. Sin duda, esto es admitir que hay muchas cosas disponibles que debemos evitar. La pregunta es: ¿podemos confiar en que otros tomen la decisión de clasificarlas por nosotros? Tenemos la fortuna de haber sido bendecidos con un poder especial que nos dirige cuando debemos tomar estas decisiones importantes entre el bien y el mal.

En aquel momento especial y sagrado en que el Salvador se dio cuenta de que Su ministerio mortal estaba a punto de concluir, El reunió a Sus Doce en lo que llamamos La Última Cena. Les dio la esperanza de que no estarían solos después de que Él se apartara de ellos; los consoló con estas palabras:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Seguir leyendo

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