Con su fuerza puedo hacer todas las cosas

Conferencia General Abril 1997
“Con su fuerza puedo hacer todas las cosas”
Élder Jack H. Goaslind
de lo Presidencia de los Setenta

Jack H. Goaslind

“Hombres comunes y corrientes, que han sido bendecidos con el privilegio de poseer el sacerdocio de Dios, pueden ser llamados a realizar tareas extraordinarias y efectuar grandes hazañas por medio de la fe en ese sagrado poder.”

En esta ocasión, hermanos, tengo el intenso deseo de relatarles un aspecto de una historia bien documentada, pero que es poco conocida en la Iglesia; tiene que ver con la valentía y la fortaleza de unos pocos jóvenes del tiempo de los pioneros, algunos de los cuales tenían la edad para ser presbíteros o maestros, como muchos de ustedes, los que se encuentran en esta reunión. Esos jóvenes hicieron gustosamente considerables sacrificios cuando recibieron un llamamiento.

Al relatarles su historia, les ruego que tengan presente cual es el poder que nos unifica a nosotros y también nos une a ellos. El real sacerdocio que poseemos tiene una destacada importancia en este relato. Ellos poseían el mismo sacerdocio que en la actualidad los autoriza a ustedes para efectuar grandes y pequeños actos de servicio a sus semejantes.

Hombres comunes y corrientes -incluso, y quizá sobre todo los hombres jóvenes-, que han sido bendecidos con el privilegio de poseer el sacerdocio de Dios pueden ser llamados a realizar tareas extra ordinarias. Los poseedores del santo sacerdocio pueden efectuar grandes hazañas de heroísmo, de valentía y de servicio por medio de su fe en ese sagrado poder.

Los pioneros no dudaren de él; reiteradamente daban testimonio de que cl Espíritu del Señor los guiaba y los dirigía. Para confirmar el testimonio de ellos, les afirmo que Su Espíritu esta con cada uno de nosotros. El desea bendecirlos y fortalecernos, y nos dará la aptitud necesaria para llevar a cabo todas las labores rectas que emprendamos en Su nombre. El magnificara en gran medida nuestra capacidad natural. Ustedes lograran realizar lo que exceda a sus propias fuerzas si aprenden a confiar en el Espíritu del Señor.

Ahora bien, la historia que he prometido contarles comenzó antes de la conferencia general de octubre de 1856, pero la contaré partiendo de esa fecha. El presidente Brigham Young se puso de pie ante el púlpito del antiguo Tabernáculo que se encontraba en esta misma manzana y llamo a la gente para acudir al rescate de las compañías de carros de mano de Willie y de Martin. Dos días más tarde, unos treinta fieles hermanos con buenos tiros de mulas partieron en busca de los desamparados viajeros que habían quedado inmovilizados varios cientos de kilómetros al Este. Dan W. Jones, un hermano que se había convertido a la Iglesia hacia menos de cinco años, fue de voluntario.

Tras arduos esfuerzos, por fin hallaron a los de la compañía de Willie. Atrapados en las borrascas de nieve de un invierno prematuro, los santos se estaban muriendo de hambre y de frío. Aun cuando los de la expedición de salvamento hicieron cuanto pudieron por auxiliarlos, para algunos fue simplemente demasiado tarde. A la mañana siguiente de la llegada de los rescatadores, nueve personas de la compañía fueron sepultadas en una fosa común. Seguir leyendo

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Los principios básicos no han cambiado

Conferencia General Abril 1997
Los principios básicos no han cambiado
Élder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight

“Aprendan a ser… sobre todo obedientes para que puedan llevar a cabo la obra del Señor en la forma majestuosa en que debe realizarse.”

¡Que panorama tan hermoso, hermanos míos! Me llena de emoción estar aquí, contemplar el vasto auditorio que llena el Tabernáculo y, en consecuencia, pensar en lo que sucede en el resto del mundo. Creo que fueron muy apropiados los himnos que acabamos de escuchar: “¿Dónde hallo el solaz?” (Himnos, N° 69); podríamos hablar de ese tema toda la noche. Antes de ese canto escuchamos el himno tan emotivo: “Oh montañas, alabad” (Himnos de Sión, N° 67), compuesto por Evan Stephenst. Al reflexionar sobre el sesquicentenario de la llegada de los pioneros, ¿se pueden imaginar el gozo que deben de haber sentido los santos al cantar ese himno o al escucharlo por vez primera? Después de haber hecho el recorrido a través de las llanuras y de haber hecho todo lo que hicieron y aguantado tanto -sufrir penas, vivir en carretas, dormir en el suelo, caminar descalzos y sepultar a los muertos en la pradera- para finalmente llegar al Valle del Gran Lago Salado y allí establecer Sión, ya podrán imaginarse como más tarde habrán cantado “Oh montañas, alabad, y cantad loor”.

Eso podemos hacerlo ahora al reflexionar en nuestros antepasados que formaron parte de ese recorrido y en todo lo que han hecho para labrarnos el camino, y después contemplar la Iglesia de la actualidad. Al escuchar hoy la lectura de las estadísticas y al reflexionar en lo que sucede en todo el mundo respecto al concepto que la gente tiene de la Iglesia, al crecimiento de esta y la continua expansión en la cantidad de estacas, barrios y miembros en países y áreas nuevos de todo el mundo, podríamos de nuevo cantar con gran entusiasmo: “Oh montañas, alabad”. Aquí estamos, y la palabra se está esparciendo tal como se ha predicho y tal como debe hacerse.

Es un honor para mí participar en el programa aquí esta noche. Tengan suficiente edad para abarcar casi todo el siglo veinte. Sólo me faltan seis años al comienzo del siglo -nací en 1906- y me quedan tres años hasta el final, y eso cubriría los cien años. El otro día, cuando el presidente Hinckley hablaba de una dedicación que se llevará a cabo en el año dos mil, me dijo: “Estoy contando con su presencia”. Y yo le conteste: “Tengo planes de estar allí”. Así que si puedo llegar hasta esa fecha, eso cerraría los tres años del final del siglo, y solo me faltarían los seis del inicio. Con eso habré vivido noventa y cuatro por ciento de los cien años de este siglo.

Ahora, al reflexionar en el siglo veinte y en lo que he aprendido, me gustaría dirigir mis comentarios al Sacerdocio Aarónico, particular mente en lo que respecta a lo que he visto y sentido durante ese tiempo.

Quisiera recordarles que en el año de 1906, la Iglesia contaba con aproximadamente 300 miembros; había cincuenta y cinco estacas, veintidós misiones y 1.500 misioneros, hasta donde he podido calcular, lo cual significa que había aproximadamente setenta misioneros en cada una de las veintidós misiones. La obra avanzaba en ese año de mi nacimiento.

Mi madre cuenta que cuando nací, un domingo por la mañana, mi padre se sintió muy orgulloso. Él era el obispo del barrio Primero de Oakley, Idaho, y salió a la calle para anunciarle el nacimiento a uno de nuestros amigos escandinavos, el hermano Petersen, quien pasaba por allí.

Mi padre le pidió que pasara a ver a su nuevo hijo. Mi madre dijo que yo era el pequeño más feo que jamás había visto. Estaba mal nutrido, arrugado y calvo así que el hermano Petersen, después de mirarme, dijo: “Hermana Haight, ¿cree que vale la pena quedarse con él?” Pues bien, así fue como entre en el mundo. Seguir leyendo

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Porque ella es madre

Conferencia General Abril 1997

“Porque ella es madre”

Élder Jeffrey R. Holland
del Quórum de los Doce Apóstoles

“Si hacen lo que este a su alcance por ser buenos padres, habrán hecho todo lo humanamente posible y todo lo que Dios espera que hagan.”


Hay unas líneas que se le atribuyen al escritor Victor Hugo que dicen:

“Ella rompió el pan en dos trozos y se lo dio a sus hijos, quienes lo comieron con avidez.
‘No se dejó nada para ella’, refunfuñó el sargento.
‘Porque no tiene hambre’, dijo un soldado.
‘No’, dijo el sargento, ‘porque es madre”’.

En este año en que celebramos la fe y el valor de quienes realizaron el difícil viaje en carromato a través de los estados de Iowa, Nebraska y Wyoming, deseo rendir tributo a la versión moderna de esas madres pioneras que oraron por sus bebes, los cuidaron, y en demasiadas ocasiones tuvieron que enterrarlos en el camino. A las mujeres que me escuchan que desean de todo corazón ser madres y no lo son, les digo que no obstante las lágrimas que ustedes y nosotros derramemos por ello, sabemos que Dios, en algún día venidero, traerá esperanza al desolado corazón’ (1). Tal como los Profetas han enseñado en repetidas ocasiones desde este púlpito, a fin de cuentas “ninguna bendición [les] será retenida” a los fieles, aun cuando esas bendiciones no se reciban inmediatamente (2). Mientras tanto, nos regocijamos de que el llamado de criar hijos no se limita sólo a los de nuestra propia sangre.

Al hablar de las madres no es mi intención menoscabar la función decisiva y urgente de los padres, especialmente porque algunos consideran la falta del padre en el hogar contemporáneo como “el principal problema social de nuestra época” (3). En verdad, la falta del padre puede ser un problema aun en el hogar en que haya un padre presente, si come y duerme allí, pero no forma parte del núcleo familiar. Pero ese es un mensaje para el sacerdocio del cual se hablara en n otro momento. Hoy deseo elogiar las manos maternas que han mecido la cuna del niño y que, por haber enseñado rectitud a sus pequeños, se hallan en el centro mismo del propósito que el Señor tiene para nosotros en la vida mortal.

Con este mensaje hago eco de lo que Pablo escribió cuando alabó de Timoteo su “fe no fingida… la cual habitó primero” dijo el, “en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice” (4). “Desde la niñez”, dijo Pablo, “has sabido las Sagradas Escrituras” (5). Damos gracias por todas las madres y abuelas de quienes se han aprendido esas verdades desde una tierna edad.

Al hablar de las madres en general, deseo en especial elogiar y alentar a las madres jóvenes. La labor de una madre es ardua y muchas veces pasa desapercibida. Los primeros años son con frecuencia aquellos en que el esposo o la esposa, o ambos, se encuentran todavía estudiando o en esas primeras etapas de escasez en que el marido aprende la forma de ganarse el sustento. La economía familiar fluctúa diariamente entre poco y nada. Por lo general, la decoración del departamento se compone de uno o dos diseños: el de las tiendas de segunda mano o “a lo vacío”. El automóvil, si tienen, anda con las llantas lisas y el tanque vacío. Sin embargo, a menudo el problema más grande que enfrenta una joven madre que de noche tiene que alimentar al bebe o atenderlo porque le están saliendo los dientes, es la fatiga. En el transcurso de esos años, las madres hacen más con menos descanso y dan más a los demás, con menor recompensa, que ningún otro grupo del que yo tenga conocimiento, en cualquier otra etapa de la vida. No es de sorprenderse que tengan enormes ojeras.

La ironía, claro está, es que con frecuencia es ella a quien deseamos llamar, o necesitamos llamar, para servir en las organizaciones auxiliares de barrio y de estaca. Eso es comprensible. ¿Quién no desea la influencia ejemplar de esas Loidas y Eunices en formación? Pero seamos todos sabios. Recuerden que las familias son lo más importante de todo, especialmente en esos años formativos, y de todas maneras las madres jóvenes se las arreglaran magníficamente para servir fielmente en la Iglesia, así como otros les prestan servicio y las fortalecen a ellas y a sus familias.

Pongan su mejor esfuerzo durante esos atareados años, pero hagan lo que hagan, valoren esa función tan exclusivamente suya y por la cual el mismo cielo envía ángeles para velar por ustedes y sus pequeños. Esposos, en especial los esposos, al igual que los líderes de la Iglesia y los amigos Se todas partes sean serviciales, sensibles y prudentes. Recuerden que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (6).

Madres, nosotros reconocemos y apreciamos su “fe en cada paso”. Por favor, sepan que su esfuerzo valió, vale y para siempre valdrá la pena. Y si por alguna razón están haciendo ese valeroso esfuerzo a solas, sin un marido a su lado, entonces serán más fervientes nuestras oraciones por ustedes y más resuelta nuestra determinación para extenderles una mano de ayuda.

Hace poco una joven madre me escribió diciéndome que su angustia parecía tener tres orígenes. Uno era que cada vez que escuchaba un discurso sobre la maternidad en la Iglesia, se preocupaba porque sentía que no estaba a la altura de lo que se esperaba de ella o que iba a ser incapaz de llevar a cabo la labor. Segundo, sentía que el mundo esperaba que ella enseñara a los hijos lectura, escritura, decoración de interiores, latín, cálculo integral y la red Internet, todo antes de que él bebe siquiera balbuceara. Tercero, muchas veces sentía que la gente la trataba con aire condescendiente, casi siempre sin proponérselo, ya que el consejo e incluso los elogios que ella recibía parecían no reflejar la inversión mental, el esfuerzo espiritual y emocional, las exigencias intensas de toda la noche y todo el día que agotan la energía pero que a veces son necesarias si uno desea y trata de ser la madre que Dios espera que sea. Pero dijo que había una cosa que la hacía seguir adelante. Según dijo: “A través de los altibajos y de las lágrimas que en ocasiones he derramado, se muy dentro de mí que estoy llevando a cabo la obra de Dios. Sé que por medio de la maternidad participo con El en una asociación eterna. Me conmueve pro fundamente que Dios considere la paternidad como su máxima finalidad y satisfacción, aun cuando algunos de Sus hijos le hagan llorar.

“Es esa comprensión”, dice, “la que trato de recordar durante esos inevitables días difíciles cuando todo esto cosas me abruma tanto. Quizá sea precisamente nuestra incapacidad e inquietud las que nos instan a acercarnos a Él y a intensificar Su facultad para acercarse a Su vez a nosotros. Es posible que Él tenga la secreta esperanza de que sintamos inquietud y que supliquemos humildemente Su ayuda. Creo que entonces El podrá enseñar a esos niños directamente, por nuestro intermedio, sin que opongamos resistencia. Esa idea me gusta y me brinda esperanza”, concluye. “Si vivo con rectitud delante de mi Padre Celestial, tal vez la guía que Él les dé a nuestros hijos no sea obstruida. Acaso entonces pueda llevarse a cabo Su obra y Su gloria en el verdadero sentido de la palabra” (7).

En vista de esa expresión, está claro que algunas de esas grandes ojeras no provienen solamente del cambio de pañales y de ser el chofer de los niños, sino de algunas noches en vela haciendo una evaluación del alma, buscando con ansias alcanzar la capacidad de criar a esos hijos para que lleguen a ser lo que Dios desea que sean. Conmovido ante esa devoción y determinación, quisiera decirles a todas las madres, en el nombre del Señor Ustedes son magníficas. Están haciendo una excelente labor. El solo hecho de que se les haya dado esa responsabilidad es una evidencia eterna de la confianza que el Padre Celestial tiene en ustedes. Él sabe que el dar a luz no las pone inmediatamente dentro del círculo de los omniscientes. Si ustedes y sus esposos se esfuerzan por amar a Dios y vivir el Evangelio; si ruegan por la guía y el consuelo del Santo Espíritu que se ha prometido a los fieles; si van al templo tanto para hacer como para reclamar las promesas de los convenios más sagrados que un hombre o una mujer puedan hacer en este mundo; si demuestran a los demás, incluyendo a sus hijos, el mismo amor, compasión y perdón que desean que el cielo les conceda; si hacen lo que este a su alcance por ser buenos padres, habrán hecho todo lo humanamente posible y todo lo que Dios espera que hagan.

En ocasiones, la decisión que toma un hijo o nieto les romperá el corazón. Algunas veces, lo que deseamos no se cumple inmediatamente. Todo padre y madre se preocupa por eso. Aun el presidente Joseph F. Smith, que fue un amoroso y extraordinario padre, rogó: “¡Oh Dios, no permitas que pierda a los míos!”(8). Ese es el ruego de todo padre y también su temor. Pero nadie que continua esforzándose y orando ha fracasado. Ustedes tienen todo el derecho de recibir aliento y de saber que al final sus hijos bendecirán su nombre, al igual que las anteriores generaciones de madres, que tuvieron las mismas esperanzas y los mismos temores.

De ustedes es la grandiosa tradición de Eva, la madre de toda la familia humana, que comprendió que ella y Adán tenían que caer “para que los hombres [y las mujeres] existiesen” (9) y para que hubiera gozo. Suya es la grandiosa tradición de Sara, de Rebeca y de Raquel. Sin ellas no hubieran existido esas extraordinarias promesas patriarcales dadas a Abraham, Isaac y Jacob que nos bendicen a todos. También la grandiosa tradición de Loida y Eunice y de las madres de los dos mil jóvenes guerreros, y la extraordinaria tradición de María, quien fuera elegida y preordenada desde antes que el mundo fuese para concebir, llevar en su vientre y dar a luz al Hijo del mismo Dios, les pertenece. A todas ustedes les damos las gracias, incluso a nuestras propias madres, y les decimos que no hay nada más importante en este mundo que el participar tan directamente en la obra y la gloria de Dios, al brindar la mortalidad y la vida terrenal a Sus hijos, para que la inmortalidad y la vida eterna puedan lograrse en los reinos celestiales.

Cuando se acercan al Señor con mansedumbre y humildad de corazón y, como dijo una madre, “golpean a la puerta de los cielos para pedir, para rogar, para exigir guía, sabiduría y ayuda para realizar esa labor maravillosa”, la puerta se abre de par en par para proporcionarles la influencia y la ayuda de toda la eternidad. Reclamen las promesas del Salvador. Pidan el bálsamo sanador de la Expiación para cualquier problema que tengan ustedes o sus hijos. Sepan que con fe las cosas se pueden arreglar a pesar de ustedes, o mejor dicho, por causa de ustedes.

Es imposible lograrlo solas, pero tienen quien les ayude. El Maestro de los cielos y la tierra les bendecirá; El, que resueltamente busca a la oveja pérdida, que barre con diligencia en busca de la moneda perdida y que espera eternamente el regreso del hijo prodigo. De ustedes es la obra de salvación y por consiguiente serán magnificadas, recompensadas, serán hechas más de lo que son y de lo que jamás hayan sido al esforzarse honradamente, no obstante lo inadecuado que algunas veces piensen que es ese esfuerzo.

Recuerden todos los días de su maternidad: “He aquí… no habéis llegado hasta aquí sino por la palabra de Cristo, con fe inquebrantable en él, confiando íntegramente en los méritos de aquel que es poderoso para salvar” (10).

Confíen en El plenamente y para siempre. Y sigan “adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza” (11). Están haciendo la obra de Dios y la están haciendo maravillosamente bien. El las bendice y las bendecirá, aun y especialmente, en los días y las noches más difíciles. Al igual que la mujer que en forma anónima, con humildad, quizá incluso con titubeo y vergüenza, se abrió paso entre la multitud para tocar solamente el borde del manto del Maestro, Cristo les dirá a las mujeres que se preocupan, dudan o a veces lloran debido a la responsabilidad que tienen como madres: “Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado” (12). Y esa fe salvara también a sus hijos.

En el sagrado y santo nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Referencias 

  1. Véase “Redeemer of Israel”, Hymns, N° 6; 3 Nefi 22:1.
  2. Véase de Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, 2:71; Harold B. Lee, Ye Are the Light of the World: Selected Sermons and Writings of President Harold B. Lee; Salt Lake City: Deseret Book Company, 1974, pág. 292; y Gordon B. Hinckley, “Lo que Dios ha unido”, Liahona, julio de 1991, pág. 77.
  3. Tom Lowe, “Fatherlessness: The Central Social Problem of Our Time”, Claremont Institute Home Page Editorial, enero de 1996.
  4. 2 Timoteo 1:5.
  5. 2 Timoteo 3 15.
  6. Eclesiastés 3:1.
  7. Correspondencia personal.
  8. Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 455.
  9. 2 Nefi 2:25.
  10. 2 Nefi 31:19.
  11. 2 Nefi 31:20.
  12. Mateo 9:22.
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La gratitud

Conferencia General Abril 1997
La gratitud
Élder Jerald L. Taylor
de los Setenta

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“Expreso mi gratitud y amor por Jesucristo y por Su expiación—por su buena voluntad de dejar el reino de los cielos como un Dios y nacer en un humilde establo.”

Mis queridos hermanos y hermanas, deseo hablarles esta tarde acerca de la gratitud: primero, por una familia amorosa; segundo, por un Profeta viviente; y tercero, por el Señor Jesucristo.

Nefi expreso que había “nacido de buenos padres …” Yo repito las mismas palabras, porque yo también nací de buenos padres” un padre que era un fiel Santo de los Últimos Días y que honraba el Sacerdocio, y una madre amorosa que murió cuando yo era niño, dejando a mi padre viudo con seis hijos. Mi padre se volvió a casar con una viuda que tenía nueve hijos, así dándome en total cinco hermanos y nueve hermanas. Estoy agradecido a esa segunda madre que me amó como uno de los suyos y fue un ejemplo para mí. Doy gracias a mi Padre Celestial por todos mis hermanos y hermanas que me han amado y apoyado, quienes también aman al Señor y Su Evangelio. Ya hace cincuenta y cuatro años que se formó la Familia Lunt-Taylor y a pesar de que han muerto nuestros padres, sentimos una unidad y un gran amor los unos por los otros. También he sentido el amor y cariño de abuelos, tíos y otros parientes.

Estoy agradecido por mi querida y leal esposa Sharon, y por nuestros seis hijos, dos yernos, y cinco nietos. El Salmista dijo, “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; Bienaventurado el hombre que lleno su aljaba de ellos” (Salmos 127:3, 5). Estoy agradecido por esta herencia del Señor y por el amor y apoyo de ellos.

Expreso gratitud por un Profeta viviente, Presidente Gordon B. Hinckley. En noviembre del año pasado, entre muchos países latinoamericanos, el hizo una visita a Chile. En esa misma semana, Chile fue anfitrión a la reunión cumbre de los países latinoamericanos. Asistieron presidentes y dignatarios de dieciséis países. Habían barreras en las calles en las áreas donde estaban alojados y en los lugares donde se reunían. Día y noche se oían sirenas y se veían luces rojas destellando, al viajar esos dignatarios de un lugar a otro. En medio de toda esa conmoción llego el Presidente Hinckley. No había ni toque de trompetas, ni una bienvenida especial, ni reconocimiento, ni privilegios otorgados. Al salir del aeropuerto, dos vehículos caminaron por las calles de Santiago—uno de ellos llevando el Profeta viviente del Señor. En el hotel había policías y guardias para proteger a los visitantes de la reunión cumbre, mientras el Presidente Hinckley con su familia y otros entraron desapercibidos.

Mi mente se volvió muchos años atrás a un establo, donde el nacimiento del Hijo de Dios también fue desapercibido, salvo por unos pastores que guardaban las vigilias sobre sus rebaños. El reino de Dios en la tierra avanza a la sombra de eventos más publicitados.

El día después de su llegada, al hablar el Presidente Hinckley a más de 50.000 santos y al testificar de Jesucristo y de Su Iglesia, uno podía sentir su convicción. Él dijo a todos los presentes es que quería que recordaran que habían escuchado a Gordon B. Hinckley decir que Dios vive y que Jesús es el Cristo. Aconsejo a los Santos a poner sus vidas en orden, a enseñar a sus hijos a caminar rectamente ante Dios, y a formar familias eternas por medio del sellamiento en el templo. Al concluir la conferencia la multitud se puso de pie, y con lágrimas en los ojos y con testimonios en sus corazones de que verdaderamente este era el Profeta de Dios en la tierra, agitaron sus pañuelos blancos en señal de despedida. El Presidente Hinckley saco su pañuelo para agitarlo y con amor se despidió. Yo sé, como saben aquellos Santos en Chile y por toda la tierra, que cl Presidente Gordon B. Hinckley es el Profeta viviente de Dios sobre la tierra. Estoy agradecido por su ejemplo.

Expreso me gratitud y amor por Jesucristo y por Su Expiación, por Su buena voluntad de dejar el reino de los cielos como un Dios y nacer en un humilde establo, porque no había lugar para José y María en el mesón. Él vivió una vida de servicio, olvidándose de sí mismo en la causa de los otros hijos de Su Padre. Su deseo era de cumplir la voluntad del Padre, cual es, “Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. (Moisés 1:39)

En las últimas horas de su vida mortal, El entro en el jardín de Getsemaní y tomo sobre sí mismo los pecados de toda la humanidad, desde Adán hasta la última persona que naciera en la tierra. Allí El padeció “estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten,” (D. y C. 19:16) En sus propias palabras El describe esa experiencia, “padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:18). Unas horas después fue probado y juzgado por hombres y entonces crucificado sobre la cruz. El Gran Jehová, el Creador de este mundo y mundos sin número, humildemente se sometió a los deseos de hombres inicuos y así cumplió la voluntad del Padre.

El Salvador resucitado enseñó a la gente aquí en las Américas: “Y sucederá que cualquiera que se arrepienta y se bautice en mi nombre, será lleno; y si persevera hasta el fin, he aquí, yo lo tendré por inocente ante mi Padre el día en que me presente para juzgar al mundo” (3 Nefi 27:16). Al escribir sobre el arrepentimiento, el Presidente Boyd K. Packer dijo: “En la batalla universal por las almas humanas, el adversario toma un gran número de prisioneros. Muchos de ellos, al no saber la forma de escapar, están obligados a servirle. Toda alma que este confinada a un campo de concentración por el pecado y la culpabilidad, tiene una llave para abrir la puerta, y esa llave se llama arrepentimiento. El adversario no puede sujetarlos si saben cómo usarla. El arrepentimiento y el perdón, que son principios paralelos, son superiores en fortaleza al impresionante poder del tentador”. (The Things of the Soul [1996], pág. 114).

El Señor dijo en Isaías, “… si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. (Isaías 1:18) El Señor ha dicho en nuestros días: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado, y yo, el Señor, no los recuerdo más. Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados; he aquí, los confesara y los abandonara”. (D. y C. 58:42-43)

Jesucristo es el Juez de todos: “el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí el no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque él no puede ser engañado pues su nombre es el Señor Dios” (2 Nefi 9:41). Considero que Él va a estar muy decepcionado si no somos dignos de vivir con Él y con Su Padre. Hermanos y hermanas, que usemos la llave llamada arrepentimiento, para que cuando aparezcamos ante el Salvador podamos, escuchar “al que es vuestro intercesor con el Padre, que aboga por vuestra causa ante El, diciendo: Padre, ve los padecimientos y la muerte de aquel que no peco, en quien te complaciste; ve la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel que diste para que tú mismo fueses glorificado; por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida eterna” (D. y C. 45:35). Yo deseo ser digno de gozar de esta vida sempiterna con Jesucristo y con nuestro Padre, y ruego que todos podamos tener este mismo deseo.

Testifico que Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios; es nuestro Señor y Salvador. En este tiempo especial, al recordar Su resurrección, expreso mi profunda gratitud por El en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Su paz

Conferencia General Abril 1997
Su paz
Dennis E. Simmons
De los setenta

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“De la misma forma en la que se les dio paz a los preocupados Apóstoles por medio de otro Consolador, hoy día todos los hombres y mujeres pueden recibir diariamente esa misma maravillosa bendición.”

Durante los últimos días de Su ministerio mortal, el Salvador completó Sus instrucciones a los apóstoles. Ellos habían estado con El durante Su ministerio de tres años, pero ahora finalizaba la enseñanza que les había dado línea por línea, precepto por precepto, según la capacidad que tenían de recibirla.

Sabiendo que se acercaba el final de Su ministerio, les habló sobre su inminente partida: “Hijitos, aun estaré con vosotros un poco… A donde yo voy, vosotros no podéis ir” (Juan 13:33)

Estos discípulos tienen que haber sentido temor, frustración y preocupación; Jesús había sido su seguridad, su ayuda, su luz. ¿Que podían hacer ellos sin Su dirección, sin Sus instrucciones, sin Su ejemplo y sin Su consuelo?

Con amor y compasión, el Maestro les aseguró: “No os dejaré huérfanos … yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que este con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros … él os enseñará todas las cosas, y os recordara todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:18, 16–17, 26).

A Sus amigos Apóstoles, y para el beneficio de todos los creyentes, Jesús agregó una bendición significativa “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27; cursiva agregada).

Las Escrituras testifican que la promesa se cumplió en la vida de Sus siervos, durante el meridiano de los tiempos, y testificamos que sigue cumpliéndose en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos.

Cabe notar que Jesús prometió Su paz, no la paz que da el mundo. El mundo reclama verse libre de la guerra, de la violencia, de la opresión, de la injusticia, de la contención, de las enfermedades y de la aflicción. De su declaración final, al terminar Su instrucción especial a los Apóstoles, se desprende claramente que el Señor no esperaba ese tipo de paz en el mundo:

“Estas cosas os he hablado para que en mi tengáis paz. En el mundo tenéis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33; cursiva agregada).

En la vida mortal continuaría la tribulación, pero en medio de esa tribulación, Sus seguidores encontrarían la paz en El. En otras palabras, incluso si todo el mundo se derrumbara a nuestro alrededor, el Consolador prometido nos dará Su paz como resultado de ser un buen discípulo. Al final, por supuesto, nos llegara la paz total debido a que El venció al mundo. Pero nosotros podemos tener Su paz haya o no problemas en el mundo. Su paz es esa paz, esa serenidad, ese consuelo que el Consolador, el Espíritu Santo, habla a nuestros corazones y mentes a medida que nos esforzamos por seguirle y guardar Sus mandamientos. Seguir leyendo

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Palabra de honor

Conferencia General Abril 1997
Palabra de honor
Elder Sheldon F. Child
de los Setenta

“Para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ‘la honradez es la única norma”.

Crecí en una pequeña granja en el norte de Utah, donde tuvimos la bendición de tener suficiente tierra… no la suficiente para subsistir, pero suficiente para que trabajara un jovencito. Mis padres eran gente buena, muy trabajadora e industriosa. Con objeto de satisfacer nuestras necesidades, mi padre consiguió otro trabajo fuera de la granja. Cada mañana, antes de salir, mi padre hacia una lista de tareas que deseaba que yo cumpliera antes de que el regresara al atardecer. Recuerdo que en una oportunidad una tarea de la lista era llevar al taller del herrero una pieza de un rastrillo para el heno para que la reparara. No me sentía muy bien con el mandado porque mi padre no había dejado dinero y yo no sabía qué hacer. Lo deje de lado mientras pude; pero cuando termine todos mis otros encargos, sabía que no podía posponerlo por más tiempo. Mi padre esperaba que la pieza estuviera reparada cuando el regresara a casa y yo era el responsable de hacerlo. Todavía recuerdo el camino de un kilómetro y medio al taller del herrero. Incluso recuerdo lo incómodo que me sentía mientras lo observaba al soldar en la pieza. Cuando terminó, le dije muy nervioso que no tenía dinero pero que mi padre le pagaría más tarde. Estoy seguro de que él se dio cuenta de mi angustia. Me dio una palmadita en el hombro y me dijo: “No hay problema, hijo, la palabra de tu padre es sagrada”. Recuerdo que corrí todo el camino de regreso, aliviado porque la pieza estaba reparada y agradecido de que la palabra de mi padre fuera reconocida como sagrada.

Como niño no entendí realmente lo que eso significaba, pero sabía que era algo bueno y deseable. Años más tarde me di cuenta de que una persona cuya palabra es sagrada es una persona honrada e integra, una persona en la que se puede confiar. En el mundo de la actualidad, hay gente que no le da importancia al romper su palabra, sus promesas, sus convenios con el hombre y con Dios. ¡Que bendición es hacer tratos con aquellos en los que se puede confiar!

Se encuentra un poderoso ejemplo de esto en el Libro de Mormón. Recordaran la asignación que recibieron Nefi y sus hermanos, de su padre Lehi, de ir a Jerusalén a obtener las planchas de bronce de Labán. Después de intentarlo sin éxito, los hermanos sintieron deseos de regresar al desierto a donde estaba su padre. Nefi comprendió que tenían una tarea que hacer, una asignación que cumplir. Dijo: “… no descenderemos hasta nuestro padre en el desierto hasta que hayamos cumplido lo que el Señor nos ha mandado” (1). Lo intentaron nuevamente y nuevamente fallaron; luego Nefi entró “furtivamente en la ciudad y [se] dirigió a la casa de Labán” (2). Fue allí donde encontró a Labán borracho de vino y obedeció la voz del Espíritu que le dijo: “Mátalo, porque el Señor lo ha puesto en tus manos… Es preferible que muera un hombre a dejar que una nación degenere y perezca en la incredulidad” (3). Luego, se puso la ropa de Labán, fue al lugar donde se hallaba el tesoro de Labán y obtuvo las planchas. Nefi había cumplido con aquello que se le había mandado. Pero no debemos pasar por alto el poderoso ejemplo dado por el siervo de Labán, Zoram. Nefi le mando que lo siguiera al salir del lugar del tesoro y no fue sino hasta que llamo a sus hermanos que Zoram se dio cuenta de que Nefi no era Labán. Las Escrituras nos dicen que Zoram “…empezó a temblar, y estaba a punto de huir” (4), cuando Nefi lo detuvo y le dijo que no tenía por qué temer y que sería un hombre libre si iba con ellos al desierto (5). Zoram prometió que lo haría; dio su palabra, y Nefi dijo; “… cuando Zoram se juramentó, cesaron nuestros temores con respecto a él” (6). Era un hombre en quien se podía confiar, su juramento lo obligaba, su palabra era sagrada.

La honradez y la integridad no son principios anticuados; son igualmente importantes en el mundo de hoy. En la Iglesia se nos ha enseñado que:

Cuando nos comprometemos… cumplimos.
Cuando se nos da un llamamiento… lo desempeñamos.
Cuando pedimos prestado… lo devolvemos.
Cuando tenemos una obligación financiera… la pagamos.
Cuando hacemos un contrato…lo respetamos.

El presidente N. Eldon Tanner relato la siguiente experiencia: “Un joven vino a mí no hace mucho tiempo y me dijo: ‘Hice un contrato con un hombre que requiere que yo pague cierta cantidad cada año. Estoy atrasado en el pago y no puedo hacer esos pagos, porque si los hago voy a perder mi casa. ¿Qué debo hacer?’ Lo mire y dije: ‘Cumpla con su contrato’. ‘¿Aun a costa de perder mi casa?’ Yo le dije: ‘No estoy hablando de su casa, estoy hablando de su contrato; considero que su esposa preferiría tener un esposo que cumple con su palabra, paga sus obligaciones, guarda sus compromisos y convenios, y tiene que arrendar una casa, a tener una casa con un esposo que no cumple sus compromisos y convenios”(7).

Es muy cierta la máxima: “La honradez es la mejor norma”. Para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días “la honradez es la única norma”. Debemos ser honrados con nuestros semejantes; debemos ser honrados con nuestro Dios; y somos honrados con Dios cuando honramos los convenios que hacemos con El.

Somos un pueblo que hace convenios. Hacemos convenios en las aguas bautismales (8). Renovamos ese convenio todas las semanas cuando participamos en forma digna de la Santa Cena. Tomamos sobre nosotros el nombre de Cristo, prometemos que le recordaremos siempre y que guardaremos Sus mandamientos. Y a cambio, Él nos promete que Su Espíritu estará siempre con nosotros. Hacemos convenios cuando entramos al templo y recibimos en recompensa las bendiciones prometidas de vida eterna… si guardamos esos convenios sagrados.

No se deben tomar a la ligera los convenios con Dios. En Doctrina y (Convenios, el Señor nos dice: “…he decretado probaros en todas las cosas para ver si permanecéis en mi convenio aun hasta la muerte, a fin de que seáis hallados dignos” (9).

El relato de los anti-nefi-lehitas, en el Libro de Mormón, es un ejemplo emocionante de eso. Ammón y sus hermanos pasaron catorce años predicando al pueblo lamanita y miles llegaron al conocimiento de la verdad, y aquellos que se convirtieron al Señor “nunca más se desviaron”(10): “…pues eran completamente honrados y rectos en todas las cosas; y eran firmes en la fe de Cristo, aun hasta el fin”(11). Estaban tan agradecidos por la misericordia de Dios que hicieron convenio con El “…de que antes que derramar la sangre de sus hermanos, ellos darían sus propias vidas” (12). Recordaran que enterraron sus armas de guerra y fueron tan fieles al convenio que cuando llegaron los ejércitos de los lamanitas, “…salieron a encontrarlos, y se postraron hasta la tierra ante ellos y empezaron a invocar el nombre del Señor’’ (13). No ofrecieron resistencia; muchos fueron asesinados. Esa gente estuvo dispuesta a morir antes que romper el convenio que habían hecho con el Señor.

Seamos un ejemplo de honradez e integridad en nuestros tratos tanto con Dios como con los hombres. El élder Joseph B. Wirthlin nos dice: “Las recompensas de la integridad son inmensurables: una es la indescriptible paz interior que sentimos al saber qué hacemos lo que es correcto; otra es la ausencia de culpabilidad e inquietud que acompañan al pecado. Otra recompensa de la integridad es la confianza que nos da para dirigirnos a Dios… La recompensa suprema de la integridad es la compañía constante del Espíritu Santo… Vivamos fieles a la confianza que el Señor ha puesto en nosotros” (14).

Ruego que podamos honrar los compromisos y los convenios que hacemos con Dios y con nuestros semejantes; que se diga de cada uno de nosotros: “Nuestra palabra es sagrada”. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias 

  1. 1 Nefi 3:15.
  2. 1 Nefi 4:5.
  3. 1 Nefi 4:12-13.
  4. 1 Nefi 4:30.
  5. Véase 1 Nefi 4:33.
  6. 1 Nefi 4:37
  7. Eldon Tanner, “Conference Report”, octubre de 1966.
  8. Véase Mosíah 18:8-10.
  9. y C. 98:14.
  10. Véase Alma 23:5-6.
  11. Alma 27:27.
  12. Alma 24:18.
  13. Alma 24:21.
  14. Finding Peace in Our Lives (1995), págs. 193-194.

 

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Un “Santo llamamiento”

Conferencia General Abril 1997
Un “Santo llamamiento”
Élder Monte J. Brough
de la Presidencia de los Setenta

Monte J. Brough

“Todo miembro debe llegar a saber que su propio servicio en la Iglesia es de naturaleza sagrada.”

Hace pocos años tuve el privilegio de ser asignado a trabajar en la Presidencia del Área de Asia, que tiene la oficina en Hong Kong. Nuestros cuatro hijos más pequeños nos acompañaron a mi esposa y a mí a esa ciudad fascinante, donde vivimos tres años muy interesantes. Nuestros hijos estaban acostumbrados a los espacios abiertos del Oeste estadounidense y Hong Kong le requirió a cada niño hacer algunos ajustes emocionales y personales muy importantes. Muchas noches nos sentábamos alrededor de nuestra mesa del comedor, en el modesto apartamento del decimotercer piso, tratando de ayudarlos con los desafíos escolares y culturales.

Una noche, después de haber trabajado con afán durante varias horas para completar las tareas escolares, nuestro hija más pequeña, Kami (entonces de ocho años), me preguntó: “Papa, ¿cómo es que se nos ‘eligió’ para venir a Hong Kong?” Mi primera reacción fue contestarle con una broma y decirle: “Creo que tuvimos suerte”. Sin embargo, me di cuenta, debido a la mirada sincera que se veía en esa carita de niña, de que ella deseaba una respuesta adulta a su pregunta. En ese momento, mientras pensaba en los desafíos impuestos a nuestra pequeña familia por mi llamamiento del sacerdocio, yo mismo tuve que analizar la respuesta otra vez.

Recordé el día en el que, algunos años antes, descolgué el teléfono para escuchar la voz familiar del presidente Spencer W. Kimball, quien con delicadeza me extendió el llamamiento a servir como presidente de misión.

Después de la llamada, me sentí atribulado, con fuertes sentimientos de incapacidad. Además, mi esposa y yo teníamos entre treinta y cuarenta años, y éramos una familia joven que tenía seis hijos; recordé el amor y respeto profundos que tenía y todavía tengo por mi presidente de misión. ¿Podría haber cometido un error el presidente Kimball? ¿Comprendían realmente quien era yo?

Pocos días después se nos concedió una cita con el élder Rex D. Pinegar. Le explicamos nuestros sentimientos. Siempre recordaré la respuesta del élder Pinegar: “Hermano Brough, ¿tiene un testimonio del llamamiento divino de nuestros Profetas y de otros líderes de la Iglesia?”

“Si”, conteste, “desde los primeros días de mi niñez he creído en los sagrados llamamientos de los líderes de nuestra Iglesia. Desde lo más íntimo de mi alma creo que el presidente Spencer W. Kimball es un Profeta”.

El élder Pinegar dijo entonces: “Ahora debe ganar un testimonio de la naturaleza divina de su propio llamamiento; tiene que saber que también usted ha sido llamado por Dios”. Seguir leyendo

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Busquemos seguridad en el consejo

Conferencia General Abril 1997
Busquemos seguridad en el consejo
Élder Henry B. Eyring
del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

“Una de las maneras de saber que una advertencia es del Señor es [cuando] se ha apelado a la ley de los testigos, de testigos autorizados. Cuando las palabras de los Profetas parezcan repetitivas, deben captar nuestra atención…”

El Salvador siempre ha sido el protector de aquellos que aceptan Su amparo. En más de una ocasión, Él ha dicho: “… cuantas veces os hubiera juntado como la gallina junta sus polluelos, y no quisisteis” (3 Nefi 10:5).

El Señor expreso el mismo lamento en nuestra propia dispensación al describir varias formas en que nos llama a buen resguardo:

“(Cuantas veces os he llamado por boca de mis siervos y por la ministración de ángeles, y por mi propia voz y por la de los truenos y la de los relámpagos y la de las tempestades; y por la voz de terremotos y de fuertes granizadas, y la de hambres y pestilencias de todas clases; y por el gran sonido de una trompeta, y por la voz del juicio y de la misericordia todo el día; y por la voz de gloria y de honra y la de las riquezas de la vida eterna, y os hubiera salvado con una salvación sempiterna, mas no quisisteis!” (D. y C. 43:25.)

Parece que no hubiera límites en el deseo del Salvador de guiarnos hacia un lugar seguro y existe una constante en la forma en que nos enseña el camino. El llama utilizando varios medios para que su mensaje llegue a aquellos que tengan la voluntad de aceptarlo; esos medios siempre incluyen el enviar el mensaje por boca de Sus Profetas, siempre que la gente haya cumplido con lo que se requiera para tener entre sí a los Profetas de Dios. A esos siervos autorizados siempre se les manda que aconsejen a la gente y les indiquen el camino a la seguridad. Cuando hubo graves conflictos en el norte de Misuri, en el otoño de 1838, el profeta José Smith llamo a todos los santos para que se congregaran en Far West a fin de que fueran protegidos. Muchos de ellos estaban en granjas aisladas o en poblados dispersos. El aviso en especial a Jacob Haun, fundador de un pequeño poblado denominado Haun’s Mill. Un registro de esa época dice: “El hermano José había mandado avisar a los hermanos que vivían allí, por intermedio del señor Haun, dueño del molino, que abandonaran el lugar y se fueran a Far West; pero el señor Haun no les comunicó el mensaje” (Four Faith Promoting Classics; Salt Lake City, Bookcraft, Inc., 1968, pág. 90). Más tarde, el profeta José escribiría en su historia personal: “Hasta este día. Dios me ha dado la sabiduría para salvar a la gente que escucha mi consejo. Ninguno de los que lo han hecho ha sido asesinado” (Historia de la Iglesia 5:137). El Profeta luego prosiguió, escribiendo la triste verdad de que vidas inocentes podrían haberse salvado en Haun’s Mill si se hubiera recibido y seguido su consejo.

En nuestra propia época, se nos ha prevenido aconsejándonos cómo resguardarnos del pecado y del dolor; una de las llaves para reconocer esas precauciones es que se repiten. Por ejemplo, en más de una ocasión, en estas conferencias generales, habrán oído a nuestro Profeta decir que citara a un Profeta anterior y, por lo tanto, pasara a ser un segundo testigo y hasta a veces un tercero. Todos hemos escuchado al presidente Kimball dándonos consejo en cuanto a la importancia que tiene la madre en el hogar, luego el presidente Benson lo cito; más tarde, el presidente Hinckley cito a ambos. El apóstol Pablo escribió: “Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Corintios 13:1). Una de las maneras de saber que una advertencia es del Señor es que se ha apelado a la ley de los testigos, de testigos autorizados. Cuando las palabras de los Profetas parezcan repetitivas, deben captar nuestra atención y llenar nuestro corazón con gratitud por vivir en una época tan bendecida. Seguir leyendo

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¡Obispo, ayúdeme!

Conferencia General Abril 1997
¡Obispo, ayúdeme!
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks

“Es una carga pesado [la del obispo] y no se puede soportar sin el apoyo de los oficiales y de los miembros del barrio.”

Deseo empezar contándoles algo que sucedió en un barrio grande de Provo hace unos 20 años. Durante una reunión sacramental, un niñito empezó a causar mucho desorden. Después de tratar de calmar a su hijo de tres años, la desesperada madre se lo paso al padre, que estaba sentado al lado del pasillo, al frente de la capilla. A esas alturas el ruido distraía al discursante y la congregación era muy consciente de la desesperación de los padres. El padre tuvo menos paciencia que la madre; luego de poco tomó al niño en brazos, se levantó y se dirigió hacia la puerta trasera. Al mirar por sobre el hombro del padre y al darse cuenta de su determinación, el niño guardo silencio y se puso nervioso. En el momento en que el padre llegaba a la puerta, el muchachito extendió sus brazos hacia el estrado y grito: “¡Obispo, ayúdeme!”

Hay oportunidades en la vida de todos nosotros cuando debemos buscar la ayuda del obispo o de sus consejeros. Quizás necesitemos un consejo inspirado y dirección que nos ayude en nuestra familia o trabajo; quizás necesitemos entender el Evangelio o los deberes de nuestro llamamiento. En épocas de dificultad podemos tener necesidades temporales. Quizás hasta busquemos disciplina que nos ayude a regresar al camino del progreso. Siempre nos beneficiamos con sus ejemplos incondicionales. ¡Gracias al cielo por los fieles e inspirados obispos y presidentes de rama, y sus consejeros!

El obispo (o el presidente de la rama) tiene muchos deberes. Como presidente del Sacerdocio Aarónico, supervisa personalmente los programas y las actividades de los hombres y de las mujeres jóvenes del barrio. Él y sus consejeros entrevistan a cada joven todos los años. Dan una atención especial al hecho de que se enseñen principios correctos; siempre alientan a la juventud para que se prepare para enfrentar los convenios que harán en el templo.

Como sumo sacerdote presidente, el obispo da dirección a todos los quórumes, a las organizaciones auxiliares, a las actividades y a los programas del barrio. Los llamamientos del barrio están bajo su dirección; también la orientación familiar y el programa de las maestras visitantes, y las ordenanzas, como el bautismo. Siempre asistido por sus consejeros, es responsable de la reunión sacramental y de la enseñanza del Evangelio en todas las clases del barrio. El obispado también dirige todas las otras reuniones del barrio, incluso la reunión del comité ejecutivo del sacerdocio y el consejo de barrio.

También el obispado es responsable de supervisar el tiempo de servicio de todos los miembros del barrio que sirven bajo su dirección. Dado que conocen las circunstancias del barrio, determinan el equilibro necesario entre las reuniones y actividades, y el tiempo para las familias. Son conscientes también del programa de consolidación de reuniones dominicales, cuyo propósito no es tener más tiempo el domingo para más reuniones, sino aumentar el tiempo disponible para estar con la familia, para estudiar el Evangelio en forma individual y para prestar servicio. Seguir leyendo

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La eternidad ante nosotros

Conferencia General Abril 1997
La eternidad ante nosotros
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

“El mantener nuestra fortaleza espiritual… es una lucha diaria. La mayor fuente de esa fortaleza espiritual proviene… de nuestros templos.”

Mis queridos hermanos, hermanas y amigos, me siento humilde ante la responsabilidad de dirigirles la palabra. Al hablarles de las más grandes bendiciones que se pueden recibir en la vida terrenal, les agradeceré que empleen su comprensión espiritual.

El 3 de febrero de 1846 fue un día de intenso frío en Nauvoo, Illinois. Ese día el presidente Brigham Young escribió esto en su diario:

“A pesar de que había anunciado que no efectuaríamos ordenanzas, la Casa del Señor estuvo repleta de gente todo el día… También les dije a los hermanos que iba a preparar los carromatos y a partir. Me aleje hasta cierta distancia del templo suponiendo que la multitud se dispersaría, pero al volver vi que estaba lleno a rebosar.

“Al contemplar la multitud y reconocer sus anhelos, pues tenían hambre y sed de la palabra, continuamos diligentemente nuestras labores en la Casa del Señor” (1).

Y así, la obra del templo continuo hasta la una y media de la mañana.

Los dos primeros nombres del cuarto grupo de asistentes que aparecen en el registro del Templo de Nauvoo ese día, el 3 de febrero de 1846, son los de John y Jane Akerley, que recibieron su investidura en el templo esa tarde; eran humildes conversos nuevos de la Iglesia, sin riquezas ni posición social. La obra del templo era lo que más les preocupaba antes de abandonar su hogar en Nauvoo para partir hacia el Oeste. Fue un hecho venturoso el que el presidente Young hubiera accedido al deseo de los santos de recibir las bendiciones del templo, pues John Akerley murió en Winter Quarters, Nebraska; él y otras cuatro mil personas nunca llegaron a los valles de las Montañas Rocosas(2). El conocido himno de William Clayton, “¡Oh, está todo bien!”, capta su fe a la perfección: “Aunque morir nos toque sin llegar, ¡oh, que gozo y paz!”(3)

El 26 de julio de 1847, dos días después de que llegara el presidente Brigham Young al Valle del Gran Lago Salado, se anunció la edificación de un templo. El presidente Young hizo esa gran proclamación aun antes de que los santos tuvieran un techo bajo el que cobijarse y mientras todavía vivían en los carromatos o dormían en el suelo; hundió el bastón en la tierra y dijo: “Aquí edificaremos el Templo de nuestro Dios” (4). La construcción de ese magnífico edificio les iba a llevar cuarenta años.

A los diez años de haber llegado al valle, los santos construyeron una Casa de Investiduras en la que podrían recibir algunas de las bendiciones del templo. Y lo hicieron, según lo explico Brigham Young, porque, “por haber sido expulsados de nuestros hogares, y debido a las penosas circunstancias en que nos hallamos, el Señor nos ha permitido hacer esto, o sea, utilizar esta Casa de Investiduras para la obra del templo”(5). Esa casa se dedicó el 5 de mayo de 1855; en ella, el 2 de abril de 1857, Elsie Ann, la hija de John y Jane Akerley, se selló por esta vida y por toda la eternidad a su esposo, Henry Jacob Faust.

Sin embargo, había ordenanzas que no podían efectuarse en la Casa de Investiduras, y el Templo de Salt Lake todavía se hallaba en construcción. Al referirse a este grandioso edificio que permanecería en pie durante el Milenio, Brigham Young anunció lo siguiente: “Este no es el único templo que construiremos; habrá cientos de templos construidos y dedicados al Señor” (6).

La fuerza que impulsó a los pioneros a dirigirse al Oeste iba mucho más allá que su deseo de escapar a la persecución; buscaban un lugar en el que “libres ya de miedo y dolor”, les “permitieran morar” (7).

Parte de la motivación espiritual que los impulsaba provenía de su visión de un lugar donde pudieran adorar en un Templo de Dios sin ser importunados.

Sin duda, muchos de los pioneros habían estado en el funeral de Joseph Smith, padre, y oído a su hijo, el profeta José Smith, hablar de la fortaleza y el consuelo que su padre, el Patriarca de la Iglesia, había recibido en el templo:

“El estar en la Casa del Señor, el buscar respuestas en Su Templo, era su diario placer; y allí gozó de muchas bendiciones y paso muchas horas en dulce comunión con su Padre Celestial. Él ha recorrido sus sagrados pasillos, solo y alejado de la humanidad… En sus santos recintos se han abierto ante el las visiones de los cielos y su alma se ha deleitado con las riquezas de la eternidad; y allí sus enseñanzas han instruido al manso y al humilde, y la viuda y el huérfano han recibido de el sus bendiciones patriarcales” (8). Seguir leyendo

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Firmes creces en la fe

Conferencia General Abril 1997
“Firmes creces en la fe”
elder Joseph B. Wirthlin
del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

“[Su] importantísima mayordomía es la responsabilidad gloriosa que nuestro Padre Celestial ha dado a cada uno de vigilar y cuidar de su propia alma.”

Estamos impresionados con el hermoso discurso del élder Neal A. Maxwell. Lo recordamos sobre todo por su sabiduría, su inspiración y su gran liderazgo en el reino. ¡Qué milagro es tenerlo aquí hoy día! El Señor lo ha bendecido y ha escuchado nuestras oraciones.

La Conferencia General constituye un período de inspiración para todos los miembros de la Iglesia. Nuestro propósito es “[instruirnos] y [edificarnos] unos a otros, para que [sepamos] cómo [conducirnos]… de conformidad con los puntos de [la ley de Dios] y [Sus] mandamientos” (1). Con humildad ruego que podamos continuar teniendo el mismo espíritu del que tanto hemos disfrutado esta mañana.

¡Grandes cosas están sucediendo actualmente en el Reino!

La Iglesia sigue avanzando en todo el mundo como nunca antes. Es un privilegio para nosotros poder presenciar en nuestros días un progreso tan maravilloso hacia el cumplimiento de la gran profecía de que “el reino… llegue a ser una gran montaña y llene toda la tierra” (2).

Están sucediendo grandes cosas gracias a que hay tantos entre ustedes que obran fielmente “de conformidad con [la] ley y [los] mandamientos [de Dios]”. Como líderes de la Iglesia del Señor, nos emociona ver que muchos Santos de los Últimos Días dignos y fieles están haciendo tanto bien. Sepan, por favor, que oramos con frecuencia por ustedes para que nuestro Padre Celestial les ayude a cumplir con los convenios que han hecho con El.

Caminemos por el Sendero de la Fe

En un mensaje reciente, el presidente Gordon B. Hinckley nos extendió una invitación y un cometido: “Deseo extenderles una invitación,” dijo, “a que recorran conmigo el sendero de la fe; los insto a defender todo lo que es a recto, verídico y bueno” (3). Nuestro s Profeta personifica un inalterable cometido y ejemplo de lo que significa andar por el sendero de la fe y la devoción. ¿Estamos siguiendo su inspirado ejemplo en nuestra vida a diaria? Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ¿estamos respondiendo a su cometido de “defender todo lo que es recto, verídico y bueno”? Haciendo eco a un himno favorito, el presidente Hinckley nos ha exhortado: “Firmes creced en la fe que guardamos; por la verdad y justicia luchamos” (4).

Hermanos y hermanas: ¿Andamos “firmes en la fe”?

El Artículo de Fe número 13 declara que “Creemos en ser… verídicos”. La verdad del Evangelio restaurado, como lo señala el himno,

“joya es sin igual…
Es el máximo don
que podría mortal anhelar…
La verdad,
la esencia de todo vivir,
seguiría por siempre jamás” (5).

Si, la plenitud del Evangelio es una perla preciosa, digna de todo esfuerzo.

En tanto que se nos enseña a cultivar nuestros talentos y a sustentar nuestra familia, debemos sin embargo cuidarnos de no dedicarnos a las cosas materiales de un modo que nos aleje del sendero del Evangelio.

Debemos mantenernos “firmes en la fe” y mantenernos en el “estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna”(6). No olvidemos el consejo de Alma a su hijo Coriantón: “No te dejes llevar por ninguna cosa vana ni insensata” (7).

“Siempre obedece los mandamientos; tendrás gran consuelo y sentirás paz” (8). El mundo no puede ofrecernos nada que se compare al gozo de vivir el Evangelio. No existen riquezas o posesiones mundanas, ni grado alguno de fama o reconocimiento, que pueda sustituir la satisfacción de sentir la calidez y la paz del Espíritu del Señor en nuestro corazón y en nuestros hogares. “Dulce es la paz que el evangelio da” (9). Al esforzarnos por tener éxito, no debemos permitir que ninguna cosa vana ni insensata” nos aleje del sendero de la fe y nos impida ser fieles a nuestros convenios.

Firmes En La Fe

Me encanta la palabra fiel porque aclara con fuerza los principios básicos del Evangelio.

Ser fiel significa ser constante, perseverante, probo, honrado (10), virtudes estas que debemos cultivar en nuestra vida.

Sin Hipocresía ni Engaño

Ser fiel indica también responder a lo que es verdadero y no a aquello que aparenta serlo, como en las dimensiones reales de un problema o la naturaleza genuina de una persona

¿Vivimos verdaderamente el Evangelio o simplemente damos una apariencia de rectitud para que los que nos. rodean supongan que somos fieles cuando, en realidad, nuestro corazón y nuestras acciones en privado no armonizan con las enseñanzas del Señor?

¿Adoptamos solo una “apariencia de piedad, más negando la eficacia de ella”? (11)

¿Somos en realidad justos, o fingimos obediencia solo cuando pensamos que otros nos. están observando?

El Señor ha declarado que las apariencias no lo engañan, advirtiéndonos que no debemos ser, falsos con El ni con los demás. Nos ha amonestado en contra de aquellos que presentan una actitud engañosa o un aspecto refulgente que solo esconde una realidad más tenebrosa. Nosotros sabemos que el Señor “mira el corazón” y no “la apariencia externa” (12).

El Salvador nos ha enseñado que “no [debemos juzgar] según las apariencias” (13) y nos advirtió en cuanto a los lobos rapaces “que vienen a [nosotros] con vestidos de ovejas” y cuyo engaño solo puede descubrirse si examinamos “sus frutos” (14).

Nefi enseño que debemos seguir el camino de la fe “con integro propósito de corazón, sin acción hipócrita y sin engaño ante Dios” (15).

Sabemos que “el hombre de doble animo es inconstante en todos sus caminos” (16) y que “ninguno puede servir a dos señores” (17). El presidente Marion G. Romney observo sabiamente que hay muchos entre nosotros “que tratan de servir a Dios sin ofender al diablo” (18).

“El Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (19). Por lo tanto, el primero de los Diez Mandamientos es: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, (20) y el, a Salvador declaro que el primero y grande mandamiento es: “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (21). Solamente cuando hayamos dado todo lo que poseemos, y venzamos nuestro orgullo y caminemos por el sendero de la fe sin desviarnos, podremos cantar con sinceridad: “Señor, acepta nuestra sincera devoción” (22).

Fe en Cada Paso

Los valientes pioneros de la Iglesia que tanto se sacrificaron para “sacar a luz y establecer la causa de Sión” (23) siguieron el camino de la fe con enormes dificultades físicas que les foguearon y templaron el alma. Con verdadera devoción a la causa de la verdad, asieron la barra de hierro a pesar de la oposición y los desafíos. Ellos “lucharon por la verdad” y dieron todo lo que tenían para fortalecer y vivir el Evangelio restaurado.

Sean Fieles a sus Convenios

Una de las grandes bendiciones del Evangelio restaurado es el privilegio de realizar convenios sagrados con nuestro Padre Celestial, los cuales se sancionan mediante el Santo Sacerdocio. Cuando nos bautizamos y somos confirmados, cuando los hermanos varones son ordenados al sacerdocio, cuando vamos al templo y recibimos nuestra investidura, cuando entramos en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio eterno, en todas estas sagradas ordenanzas nos comprometemos solemnemente a guardar los mandamientos de Dios.

Hacemos el convenio de manifestarle amor a nuestro Padre Celestial mediante el servicio humilde y la obediencia devota, y a demostrarle que somos, cada uno, un “buen siervo y fiel” (24).

Si somos fieles a nuestros convenios, nuestro Padre Celestial nos otorgara la bendición de “la vida eterna, que es el mayor de todos los dones de Dios” (25). “Todo lo que [el] Padre tiene” (26) le ha sido prometido a todo aquel que siga el camino de la verdad y permanezca fiel a sus convenios. Todo aquel “que hiciere obras justas recibirá su galardón, si, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (27).

Una Mayordomía Enterna

Cada uno de ustedes tiene un llamamiento eterno del cual ningún oficial de la Iglesia tiene la autoridad para relevarles. Este es un llamamiento que han recibido de nuestro propio Padre Celestial. En este llamamiento eterno, tal como en todo llamamiento, poseen una mayordomía y “el Señor requiere de… todo mayordomo, que de cuenta de su mayordomía tanto en el tiempo como en la eternidad” (28). Esta importantísima mayordomía es la responsabilidad gloriosa que nuestro Padre Celestial ha dado a cada uno de vigilar y cuidar de su propia alma.

Algún día futuro, ustedes y yo escucharemos la voz del Señor que nos llamara para que demos cuenta ante El de nuestra mayordomía terrenal. Este informe deberá presentarse cuando se nos llame “para que todos [comparezcamos] ante [Dios] en el gran día del juicio” (29).

Cada día en esta tierra es sólo una pequeña parte de la eternidad.

A cada uno de nosotros nos llegara el día de la resurrección y del juicio final.

Entonces, el corazón grandioso y noble de nuestro Padre Celestial se entristecerá a causa de aquellos entre Sus hijos que, por haber escogido el mal, serán rechazados por ser indignos de regresar a Su presencia. Pero El recibirá con brazos amorosos e indescriptible gozo a todos los que hayan escogido “luchar por la verdad”. Una vida de rectitud, combinada con la gracia de la Expiación, nos habilitara para presentarnos ante El con un corazón puro y la conciencia limpia.

Como líderes de la Iglesia, como siervos de un Padre Celestial compasivo, también nosotros deseamos que cada uno de ustedes regrese a Su presencia. Les amamos y deseamos de todo corazón verles regocijarse con nuestro Padre Celestial y con sus propios padres, sus hijos y otros seres amados en aquel gran día del juicio. Así, pues, les preguntamos: “¿Son ustedes fieles?” Y. por lo tanto, tal como lo hizo Jacob, les exhortamos: “Preparad vuestras almas para ese día glorioso en que se administrara justicia al justo; sí, el día del juicio, a fin de que no os encojáis de miedo espantoso; para que no recordéis vuestra horrorosa culpa con claridad” (30).

¿Que podría ayudarnos a fortalecer nuestra decisión de mantenernos en el estrecho camino de la justicia y de la verdad, a fin de que nuestra alma reciba con agrado el día de nuestro juicio como una fecha gloriosa? Permítaseme ofrecer cinco sugerencias.

Primero: La razón fundamental por la que el Señor nos ha encomendado llevar a cabo entrevistas en cuanto a la dignidad en Su Iglesia es para enseñarnos a cumplir con nuestros compromisos. En otras palabras, tenemos que capacitarnos en esta época de probación terrenal para gobernarnos a nosotros mismos, (31) vivir con integridad y ser fieles a nuestros convenios. Las entrevistas en cuanto a la dignidad se realizan dentro de un espíritu de genuino interés en cada uno de los hijos e hijas de un Dios amoroso. Tales entrevistas constituyen un ensayo representativo del juicio final y son una bendición, una oportunidad especial para informar al Señor, por medio de Sus siervos debidamente autorizados, en cuanto a la sagrada mayordomía que todos tenemos de “[cuidarnos a nosotros] mismos, y [nuestros] pensamientos, y [nuestras] palabras, y [nuestras] obras” (32).

Segundo: En la Iglesia del Señor se nos hace recordar nuestros sagrados convenios cada vez que participamos de la Santa Cena.

Tercero: Cada vez que regresamos al templo, se nos hace recordar los convenios que hicimos cuando recibimos nuestra investidura.

Cuarto: Al hacer la orientación familiar y las visitas de maestras visitantes, ¿recordarnos nuestras promesas de servirnos unos a otros? (33).

Quinto: El propio Salvador sabía, como debemos saberlo nosotros, que Él era responsable ante Su Padre. El enseño que Su sagrada mayordomía era hacer “la voluntad del que me envío” (34). Al interceder en oración por nosotros, el Señor informó a Su Padre: “He acabado la obra que me diste que hiciese” (35).

Cuando vivimos rectamente, nos regocijamos sabiendo que podremos dar cuenta positiva en cuanto a nuestra dignidad y nuestra preparación para recibir bendiciones adicionales, sea ya el honor de recibir el sacerdocio, las bendiciones de asistir al templo, la satisfacción de los logros de Progreso Personal de las Mujeres Jóvenes o las bendiciones de algún servicio que podemos dar mediante cualquier llamamiento que se nos confíe.

Tales experiencias terrenales nos dan la oportunidad de evaluar lo que estamos realizando en la vida. Todo ello nos ayuda a educar nuestra alma y a fortalecer nuestro carácter personal en preparación para la entrevista final.

Y “si [estamos] preparados, no [temeremos]” (36).

Cuando tenemos algo de que arrepentirnos, dichas entrevistas no siempre son fáciles.

Afortunadamente, el Señor ha llamado a excelentes obispos, presidentes de estaca y otros líderes del Sacerdocio que pueden proporcionar una guía amorosa para ayudarnos a arrepentirnos y purificarnos de modo que aparezcamos “sin culpa ante Dios en el último día” (37).

Las entrevistas en cuanto a la dignidad, las reuniones sacramentales, la asistencia al templo, y otras reuniones de la Iglesia son una parte del plan que el Señor nos provee para educar nuestra alma y ayudarnos a cultivar el saludable hábito de verificar siempre nuestra situación, a fin de conservarnos en el camino de la fe. Un frecuente examen espiritual nos ayudara a transitar por las carreteras de la vida.

En los momentos apacibles de reflexión y meditación personal, me he podido beneficiar al preguntarme con humildad “¿soy yo fiel?”

Permítaseme sugerir que todos podemos beneficiamos de igual manera si contemplamos íntimamente nuestro corazón en los momentos reverentes en que adoramos y oramos, haciéndonos esta simple pregunta: “¿Soy yo fiel?”

La pregunta resulta poderosamente benéfica si somos completamente honrados al responderla y si nos inspira a adoptar medidas correctivas de arrepentimiento que nos ayudaran a mantenernos en el sendero de la fe.

Yo les testifico que nuestro Padre Celestial ama a cada uno de nosotros.

Si somos fieles a la verdad y aceptamos la invitación de caminar con el presidente Gordon B. Hinckley, en el camino de la fe y cumplimos nuestros convenios, hallaremos “la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero”. (38). Testifico que nuestro Padre Celestial vive y que su Hijo Bien amado es nuestro Redentor y que el presidente Gordon B. Hinckley es en verdad nuestro profeta, vidente y revelador durante esta inspirada época de nuestra vida mortal. Que nuestros esfuerzos sean bendecidos para prepararnos para aquel gran día en que, con nuestros seres amados, podamos regresar gozosos a la presencia de nuestro Padre en los Cielos, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias 

  1. y C.43:8
  2. y C. 109:72; véase también Daniel 2:31-45.
  3. Gordon B. Hinckley, “Firmes creced en la fe”, Liahona, septiembre de 1996, pág. 5.
  4. “Firmes creced en la fe”, Himnos, N1 166.
  5. ¿Qué es la verdad?”, Himnos, # 177.
  6. 2 Nefi 31:18.
  7. Alma 39:1].
  8. “Siempre obedece los mandamientos”, Himnos, N” 197.
  9. “Sweet Is the Peace the Gospel Brings”, del himnario en inglés.
  10. Definiciones del Pequeño Larouse Ilustrado.
  11. Véase José Smith-Historia 1:19.
  12. Véase 1 Samuel 16:7.
  13. Juan 7:24.
  14. Mateo 7:15-16.
  15. 2 Nefi 31:13; véase también Jacob 6:5Mosíah 7:333 Nefi 10:6 y C. 18:27-28.
  16. Santiago 1:8.
  17. Mateo 6:24; véase también Lucas 16:13; 3 Nefi 13:24.
  18. Marion G. Romney, The Price of Peace”, Ensign, Octubre de 1983, pág. 6.
  19. y C. 64:34.
  20. Éxodo 20:3.
  21. Mateo 22:37-38, cursiva agregada; véanse también los versículos 36-40.
  22. “Lord Accept Our True Devotion@, del himnario en inglés; cursiva agregada.
  23. y C. 6:6.
  24. Mateo 25:21, 23.
  25. y C. 14:7.
  26. y C. 84:38.
  27. y C. 59:23.
  28. y C. 72:3.
  29. 2 Nefi 9:22.
  30. 2 Nefi 9:46.
  31. Véase Alma 34:33-37.
  32. Mosíah 4:30.
  33. Véase Mosíah 18:8-10.
  34. Juan 4:34.
  35. Juan 17:4.
  36. y C. 38:30.
  37. y C. 4:2.
  38. y C. 59:23.

 

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El cuidado del alma de los niños.

Conferencia General Abril 1997
El cuidado del alma de los niños.
Presidenta Patricia P. Pinegar
Presidenta General de la Primaria

Patricia P. Pinegar

“Díganles a sus hijos que los aman y que se sienten felices de tenerlos en su familia. Prepárense espiritualmente para recibir orientación por medio del Espíritu Santo.”

Cuanto más tiempo paso prestando servicio en mi llamamiento como presidenta de la Primaria, más grande es mi preocupación por los niños. Estos son un don sagrado de nuestro amoroso Padre Celestial. “He aquí, herencia de Jehová son los hijos” (Salmos 127:3). Cuanto más pienso n los niños, más me preocupan los padres. El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Nuestro Padre Celestial puso sobre los padres la responsabilidad de asegurarse de que sus hijos estuvieran bien alimentados, aseados y vestidos; bien capacitados y bien enseñados. La mayoría de los padres amparan a sus hijos para protegerlos, o sea, los atienden y los cuidan cuando están enfermos, les proporcionan ropa para su seguridad y comodidad, y alimentos para que sean sanos y crezcan. Pero, ¿qué hacen por sus almas?” (The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball [1982], 332).

Tengo miedo de que algún día haya niños que sientan lo que expresó el salmista cuando dijo “Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida” (Salmos 142:4). En el día de hoy, me dirijo a todos los padres y a todos los miembros adultos de la Iglesia y los invito a unirse para cuidar del alma de los niños.

Varios años atrás, mientras trabajaba en mi jardín, sentí un gran deleite al ver una familia de codornices. Observe al padre de guardia encaramado en lo alto del muro. La madre se encontraba ocupada manteniendo juntos a sus diez preciosos pollitos y parecía demostrarles cómo picotear en la tierra para conseguir alimento. Me sentí fascinada; y con cuidado y sin hacer ruido, me acerque. Inmediatamente fui descubierta por el alerta padre, que emitió un sonido de advertencia. La madre trató de guiar a los polluelos alrededor del muro hacia un lugar seguro, pero yo —que representaba el peligro— estaba demasiado cerca y, al sentirse frustrada y confusa, voló hacia lo alto del muro, junto al padre. Yo no deseaba hacerle daño a esa familia, por lo tanto, me aleje rápidamente hasta quedar fuera de su vista.

A diferencia de la experiencia que tuve con la familia de codornices, los peligros que amenazan la vida de nuestra familia no se alejan. Satanás se regocija con nuestra confusión y frustración, y su influencia nos rodea. Encendemos el televisor: ¿es este un programa para la familia? Oímos algo que sale de la habitación de nuestro hijo: ¿es eso música? Tratamos de elegir una película: ¿tiene esta realmente una buena clasificación? A veces la influencia de Satanás es más sutil. Yo me he hecho las siguientes preguntas: ¿Dejo a mis hijos expuestos al peligro cuando no les enseño las verdades del Evangelio? ¿Descuido sus almas cuando no les ayudo a reconocer la inspiración del Espíritu y la guía que pueden recibir? ¿Dejo a mis hijos expuestos al peligro cuando mi ejemplo no concuerda con mis palabras o cuando no les demuestro mi amor de forma tal que cada uno de ellos lo sienta profundamente? Seguir leyendo

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Loor a Dios “por bendiciones de amor”

Conferencia General Abril 1997
Loor a Dios “por bendiciones de amor”
Élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

“La presencia redentora de nuestro amoroso Padre y Dios en el Universo es la… verdad suprema que, junto con Su plan de felicidad, reina preeminente y majestuosa sobre todas las demás realidades.”

Doy gracias a la Primera Presidencia por esta oportunidad, en la cual, como notaran, las luces se combinan con los reflejos de mi cráneo para brindar una “iluminación” diferente a este púlpito. En cuanto a mi enfermedad, hasta ahora los tratamientos han sido alentadores, lo que me hace expresar contento mi profunda gratitud por haber “llegado hasta aquí” (2 Nefi 31:19).

Hermanos y hermanas, si en algo merezco las bendiciones de Dios, Él ha satisfecho hace ya mucho tiempo mis insignificantes merecimientos con Sus generosas bendiciones a lo largo de mi vida. Expreso especial agradecimiento por la fe y las oraciones de mi amorosa y solicita esposa, mi familia, las Autoridades Generales y sus respectivas esposas, mi secretaria y cientos de miembros, y amigos, así como por los competentes médicos y enfermeros que se han ocupado de mi con interés; sin duda, el Padre Celestial ha respondido a sus oraciones y esfuerzos. Estos regalos que he recibido de ustedes son ya un incentivo espiritual para mí. En verdad, no me siento merecedor de ellos, pero no soy ingrato. Les extiendo a todos ustedes mi amor y gratitud.

Algo que he presenciado hacer al presidente Hinckley muchas veces en público es dar toda la gloria, la alabanza y el honor a Dios. Y es algo que haré más a menudo, a partir de hoy, y parte de ello es el expresar mi agradecimiento por las enseñanzas y las bendiciones que provienen de Dios. La incertidumbre sobre la duración de nuestra vida es para todos una de las realidades básicas de la existencia; de ahí que debamos importunar al Señor y suplicarle con fe las bendiciones que más deseemos y al mismo tiempo “estar conforme[s] con lo que el Señor [nos] ha [ya] concedido” (Alma 29:3). Sin duda, las rutas por las cuales partimos de esta vida varían individualmente, así como el momento de partir.

Hay muchísimas personas que sufren mucho más que nosotros: algunos sufren una agonía lenta, otros se van rápidamente; hay quienes son sanados; a algunos se les concede más tiempo; otros quedan en estado estacionario. En nuestras pruebas tenemos variedad pero no inmunidad; por eso las Escrituras nos hablan del “fuego ardiendo” y del “fuego de prueba” (véase Daniel 3:6-261 Pedro 4:12). Aquellos que salen triunfantes de sus variadas y ardientes pruebas han experimentado la gracia del Señor, la cual Él dice que les basta (véase Eter 12:27). ¡Aun así, hermanos y hermanas, esas personas no corren a ponerse en fila delante de otro fuego ardiente a fin de tener otra oportunidad! No obstante, debido a que nuestra escuela terrenal es de tan corta duración, nuestro Señor, que es quien nos enseña, es el Maestro que decide el lapso de nuestra probación. Seguir leyendo

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Lavados y purificados

Conferencia General Abril 1997
“Lavados y purificados”
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en funciones del Quórum de los Doce

President Boyd K. Packer

“Imaginen la sensación de consuelo, de liberación, de exaltación que sentirán cuando vean la realidad de la Expiación y el valor práctico que tiene para cada uno de ustedes en su vida diaria.”

Mi mensaje es para nuestra gente joven. Sentimos gran preocupación por los jóvenes que crecen sin valores en los cuales basar su conducta. Siempre he creído que el estudio de las doctrinas del Evangelio mejorara la conducta más rápidamente que el mero hablar de la conducta.

El estudio de la conducta mejora notablemente cuando se relaciona con normas, con valores. En las Escrituras y en las doctrinas que estas revelan se encuentran valores prácticos, útiles en la vida diaria. Les daré un ejemplo: “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (1).

Mientras son todavía jóvenes, deben aprender que, aunque la expiación de Cristo se aplica a la humanidad en general, su influencia es individual, es personal y muy beneficiosa. Aun para ustedes, principiantes en la vida, la comprensión de la Expiación tiene un valor inmediato y muy práctico en su vida cotidiana.

Hace más de cincuenta años, durante la Segunda Guerra Mundial, tuve una experiencia; la tripulación de nuestro bombardero se había adiestrado en Langley Field, Virginia, para utilizar la invención más moderna: el radar. Recibimos órdenes de ir hasta la costa oeste, y de allí al Pacífico.

Nos transportaron en un tren de carga cuyos vagones tenían literas plegables adosados a la pared, que se bajaban a la hora de dormir. No había un vagón comedor; en su lugar, habían instalado cocinas de campaña en vagones que tenían el piso cubierto de tierra.

Nuestros uniformes de verano eran de color claro. El vagón que llevaba el equipaje quedo atrás, de manera que en los seis días del viaje no tuvimos mudas de ropa para cambiarnos. El calor era intenso al atravesar los estados de Texas y de Arizona, y el humo y las cenizas de la locomotora hacían el viaje sumamente incómodo. No teníamos donde bañarnos ni donde lavar los uniformes. Llegamos a Los Ángeles una mañana —un grupo de soldados sucios y desgreñados— y nos dijeron que al atardecer debíamos volver al tren.

En lo primero que pensamos fue en la comida; los diez compañeros de nuestro grupo juntamos el dinero de todos y nos encaminamos hacia el mejor restaurante que pudimos hallar.

Estaba lleno de gente y nos pusimos en una fila para esperar asientos; yo era el primero, y estaba detrás de unas mujeres muy bien vestidas. Sin siquiera darse vuelta, una elegante señora que estaba delante de mí se percató en seguida de nuestra presencia.

Se volvió y nos miró; al momento, se volvió otra vez y me miró de la cabeza a los pies. Allí estaba yo, con el uniforme ajado, transpirado, sucio y cubierto de ceniza. Ella exclamó, con un tono de disgusto en la voz: “¡Qué barbaridad! ¡Que hombres más sucios!”, y todas las miradas se volvieron a nosotros.

Sin duda, la señora deseaba que no estuviéramos allí; yo deseaba lo mismo. Me sentí tan sucio como estaba, muy molesto y avergonzado.

Tiempo después, al empezar un serio estudio de las Escrituras, noté que hay referencias al ser espiritualmente limpio; una de estas dice:

“…seríais más desdichados, morando en la presencia de un Dios santo y justo, con la conciencia de vuestra impureza ante él, que si vivierais con las almas condenadas en el infierno” (2).

Comprendí eso. Recordé lo que había sentido aquel día en Los Ángeles y saque en conclusión que ser espiritualmente sucio me traería una vergüenza y una humillación mucho más intensas de las que sentí entonces. Encontré por lo menos ocho referencias que dicen que ninguna cosa impura puede entrar en la presencia de Dios (3). Aunque me daba cuenta de que esos pasajes no se referían a ropa desaseada ni a manos sucias, decidí que deseaba mantenerme espiritualmente limpio.

Y a propósito de aquel día, fuimos después a andar en canoa por un parque; empezamos a jugar y, por supuesto, la canoa se volcó. Volvimos a la orilla sin problemas y, a su debido tiempo, el sol nos secó la ropa; a la hora en que regresamos al tren, teníamos en realidad un aspecto bastante presentable. Seguir leyendo

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Seamos fieles y leales

Conferencia General Abril 1997
Seamos fieles y leales
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“El Señor está al tanto de Su reino y está inspirando a los líderes del mismo para hacerse cargo del creciente aumento en el número de miembros.”

Mis amados hermanos y hermanas: permítanme hacer algunos comentarios preliminares. Les damos la bienvenida dondequiera que se encuentren en el mundo; los saludamos con mucho amor. Esta es una conferencia tanto general como mundial. Han transcurrido ciento sesenta y siete años desde que se organizó la Iglesia; desde aquel día hasta hoy, ha ido creciendo firme y constantemente hasta que para finales de 1996, el número de miembros ascendió a casi 9.700.000. Nos hemos convertido en un grupo numeroso de personas; para finales de este año, habremos llegado a los diez millones.

En estas palabras de apertura, quisiera mencionar brevemente tres o cuatro asuntos que espero sean de interés para cada uno de ustedes.

Para aquellos que se encuentren en regiones remotas, quiero decirles que nos. dirigimos a ustedes desde el histórico Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City. Confiamos en que para el 24 de julio se dé la palada inicial para la construcción de un nuevo recinto de reuniones al que aún no se le ha dado nombre, y al que podrán asistir, por lo menos durante muchos años, todos aquellos que deseen estar presentes en la conferencia general. Se levantara en la cuadra directamente al norte de la Manzana del Templo y tendrá un cupo cuatro veces mayor que el del Tabernáculo.

Se utilizara para la conferencia general así como para otros fines que sean compatibles con los propósitos para los cuales se va a edificar. El tamaño del foro será tal que en él se podrán presentar grandes espectáculos. Tal vez al principio no se llene en su totalidad, pero lo estamos edificando con miras al futuro.

Este extraordinario Tabernáculo nos ha servido bien y continuara haciéndolo. Las transmisiones del Coro del Tabernáculo se continuaran originando desde este lugar, y también se llevaran a cabo en el muchas reuniones. Este edificio reúne cualidades extraordinarias que difieren de otros edificios; es singular y maravilloso. Sin embargo, hoy día se llevan a cabo conferencias regionales en las que, aunque solo participen en ellas seis o siete estacas, cuentan con muchas más personas de las que se pueden acomodar en el Tabernáculo.

Ahora bien, al hablar de los proyectos de construcción, quisiéramos recordarles que seguimos adelante con la edificación de templos nuevos. Del 19 al 5 de junio, se dedicará el Templo de St. Louis Misuri; este otoño se dedicara el templo en Vernal, Utah.

De acuerdo con lo proyectado, la obra de construcción sigue adelante en Preston, Inglaterra; Bogotá, Colombia; Guayaquil, Ecuador; Cochabamba, Bolivia; Santo Domingo, República Dominicana; Recife, Brasil; y Madrid, España. El proceso para obtener autorización para construir continua en Boston, Massachusetts. Aunque hubo una demora, proceden los planes para la construcción de un templo en Nashville, Tennessee. La obra preliminar se está llevando a cabo en Billings, Montana, y White Plains, Nueva York, así como en Monterrey, México, mientras que en Venezuela se continúa la búsqueda de un sitio propicio para la construcción. Hoy nos complace anunciar que en Albuquerque, Nuevo México, se adquirió el terreno para la construcción de un templo, al igual que en Campinas, Brasil, en donde es tan necesario. Se están considerando además otros sitios. Tengo la esperanza de que, a fin de que los miembros de la Iglesia puedan viajar a una de esas sagradas casas, se construyan templos a una distancia razonable de sus hogares. Seguir leyendo

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