Marzo de 1996
La felicidad… la búsqueda universal
Por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Todos deseamos ser felices. El profeta José Smith expresó los verdaderos sentimientos de todos nosotros al declarar: «La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios»1. Quizás deberíamos analizar los caminos mencionados para asegurarnos de que nuestros pies anden fiel y firmemente sobre ellos con el fin de alcanzar la meta prometida.
Primero, el camino de la virtud. En el diccionario se define la virtud como «disposición… que nos incita a obrar bien… integridad de ánimo y bondad de vida», que son cualidades beneficiosas que nos dan «fortaleza, templanza y valor».
Hace algunos años, la Iglesia solía publicar carteles y tarjetas tamaño billetera en los que se imprimían mensajes específicos de verdad y aliento para los jóvenes y las señoritas. Esa serie de publicaciones llevaba el siguiente encabezamiento: «Sé sincero contigo mismo». Uno de los mensajes contenía esta verdad inspiradora y profunda: «La virtud tiene su propia recompensa».
«Aprended, más bien, que el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero.»2
La tentación forma parte de la vida y es algo que toda persona que viaja por el camino de la mortalidad llegará a experimentar de una manera u otra. No obstante, el apóstol Pablo, al reconocer esta verdad, nos aseguró: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar».3
Se dice que la conciencia nos advierte como amiga antes de que nos castigue como juez. Las palabras de un jovencito son un sermón en sí; cuando le preguntaron cuándo se sentía más feliz, respondió: «Soy más feliz cuando tengo la conciencia tranquila».
Segundo, el camino de la justicia. Para definir este camino, acudo al primer versículo del primer capítulo del libro de Job, que dice: «Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal».
La vida de Job no fue una vida tranquila; acosado por las tribulaciones, despojado de sus posesiones, lleno de angustia por la pérdida de su familia y torturado por el dolor, rechazó la invitación de maldecir a Dios y, en vez de ello, desde lo hondo de su alma noble, se oyó la sublime declaración de testimonio: «Yo sé que mi Redentor vive».4
El doctor Karl Menninger, el destacado científico que fundó y puso en marcha el mundialmente conocido centro psiquiátrico de Topeka, estado de Kansas (Estados Unidos), señaló que la única forma en que nuestra dolorida, atribulada y perturbada sociedad puede esperar prevenir las enfermedades sociales que la acosan es si reconoce la realidad del pecado. Esa idea es el tema de su famosa publicación Whatever Became of Sin? (¿Qué ha sucedido con el pecado?), en la que hace una súplica a los seres humanos para que nos detengamos y contemplemos lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos, a los demás y a nuestro universo. El doctor Menninger hizo referencia a Sócrates, que se hizo la pregunta: «¿Por qué los hombres, sabiendo lo que es bueno, hacen lo malo?» El doctor Menninger dijo: Seguir leyendo



































