Agosto 2016
Aceptar la voluntad y el tiempo del Señor
David A. Bednar
Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Del discurso del devocional del Sistema Educativo de la Iglesia “Que no tengamos que… desmayar”, pronunciado en la Universidad de Texas, en Arlington, el 3 de marzo de 2013.
La fe firme en el Salvador es aceptar sumisamente Su voluntad y Su tiempo en nuestra vida, incluso si el resultado no es lo que esperábamos o deseábamos.
El élder Neal A. Maxwell (1926–2004) fue un amado discípulo del Señor Jesucristo. Prestó servicio como integrante del Cuórum de los Doce Apóstoles durante veintitrés años, desde 1981 hasta 2004. El poder espiritual de sus enseñanzas y su ejemplo de discípulo fiel han bendecido y continúan bendiciendo en formas maravillosas a los miembros de la Iglesia restaurada del Salvador y a las personas del mundo.
En octubre de 1997, mi esposa y yo recibimos al élder y a la hermana Maxwell en la Universidad Brigham Young—Idaho (que entonces se llamaba Colegio Ricks). Él iba a hablar al alumnado, al personal y al cuerpo docente durante una asamblea devocional.
Anteriormente, ese mismo año, el élder Maxwell se había sometido a cuarenta y seis días y noches de debilitante quimioterapia contra la leucemia. Su rehabilitación y la terapia continua progresaron en forma positiva a lo largo de los meses de primavera y verano; no obstante, su fortaleza y vigor eran limitados cuando viajó a Rexburg. Después de recibir al élder y a la hermana Maxwell en el aeropuerto, Susan y yo los llevamos a nuestra casa para que descansaran y para comer un almuerzo liviano antes del devocional.
Yo le pregunté al élder Maxwell qué lecciones había aprendido de su enfermedad. Siempre recordaré la respuesta precisa y penetrante que me dio: “Dave”, dijo, “he aprendido que no desmayar es más importante que sobrevivir”.
Su respuesta era un principio del cual había tenido extensa experiencia personal durante la quimioterapia. En enero de 1997, el día en que iba a empezar la primera serie de tratamientos, el élder Maxwell miró a su esposa, la tomó de la mano, dio un profundo suspiro y le dijo: “Lo único que quiero es no desmayar”.
En su mensaje de la Conferencia General de octubre de 1997, él enseñó esto con gran sinceridad: “… a medida que enfrentemos nuestras pruebas y tribulaciones… también nosotros podemos suplicarle al Padre, tal como lo hizo Jesús, que no tengamos que ‘desmayar’, es decir, retroceder o rehuir (véase D. y C. 19:18). ¡No desmayar es mucho más importante que sobrevivir! Más aún, el beber de una amarga copa sin amargarse es asimismo parte de emular a Jesús”1.
Los pasajes de las Escrituras que se refieren al sufrimiento del Salvador cuando ofreció el infinito y eterno sacrificio expiatorio se volvieron más conmovedores y significativos para mí.
“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.
“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (D. y C. 19:16–19).
El Salvador no desmayó ni en Getsemaní ni en el Gólgota.
El élder Maxwell tampoco desmayó; este extraordinario Apóstol siguió adelante con firmeza y fue bendecido con tiempo extra en la tierra para amar, prestar servicio, enseñar y testificar. Esos años finales de su vida fueron un enfático signo de admiración para su ejemplo de discipulado devoto, tanto en palabra como en hechos.
Creo que la mayoría de nosotros probablemente esperaríamos que un hombre con la capacidad, experiencia y talla espiritual del élder Maxwell enfrentara una enfermedad grave y la muerte con un entendimiento del plan de felicidad de Dios, con tranquilidad, aplomo y dignidad; pero yo testifico que esas bendiciones no están reservadas exclusivamente para las Autoridades Generales ni para un pequeño grupo selecto de miembros de la Iglesia. Seguir leyendo
“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y de cuidarse el uno al otro, así como a sus hijos”1. “El hogar ha de ser el laboratorio de Dios para el amor y el servicio”, dijo el presidente
De todos los dones que nuestro amoroso Padre Celestial ha otorgado a Sus hijos, el mayor de todos es la vida eterna (véase
Todos hemos sentido la esperanza de que, algún día, volveríamos a sentir el cálido afecto de ese familiar al que tanto amábamos y al que ahora anhelamos abrazar de nuevo.
































