Y no hay para ellos tropiezo

Conferencia General Octubre 2006
Y no hay para ellos tropiezo
Élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Mediante el fortalecedor poder de la expiación de Jesucristo, ustedes y yo seremos bendecidos para evitar sentirnos ofendidos y triunfar sobre la ofensa.

David A. Bednar

En esta ocasión, ruego que el Espíritu Santo nos preste ayuda tanto a mí como a ustedes al repasar juntos importantes principios del Evangelio.

Una de mis actividades preferidas como líder del sacerdocio es visitar a los miembros en sus hogares. Disfruto en particular de saludar a los miembros a los que se suele describir como “menos activos” y de conversar con ellos.

Durante los años en los que fui presidente de estaca, acostumbraba ponerme en contacto con alguno de los obispos y le solicitaba que, tras orar sobre ello, seleccionase a personas o a familias a las que podríamos visitar juntos. Antes de salir, el obispo y yo nos arrodillábamos para suplicar a nuestro Padre Celestial que nos diese orientación e inspiración tanto a nosotros como a los miembros a los que iríamos a ver.

Nuestras visitas eran sencillas y precisas. Expresábamos a los miembros afecto y gratitud por la oportunidad de encontrarnos en su casa, y les reiterábamos que habíamos llegado hasta allí como siervos del Señor comisionados por Él. Además, les poníamos de relieve el hecho de que los echábamos de menos y de que los necesitábamos, al mismo tiempo que ellos necesitaban las bendiciones del Evangelio restaurado. Al principio de la conversación, yo solía hacerles una pregunta como ésta: “Por favor, ¿nos ayudarían a entender por qué razón no están participando activamente en los programas de la Iglesia y, por ende, de sus bendiciones?”.

Cabe decir que he hecho centenares de visitas por el estilo. Cada persona, cada familia, cada hogar y cada respuesta eran diferentes. No obstante, a través de los años, he descubierto un factor común en muchas de las respuestas a mis preguntas. A menudo, me daban respuestas como las siguientes:

“Hace varios años, un hermano dijo algo en la Escuela Dominical que me ofendió, por lo que desde entonces no he vuelto a Iglesia”.

“Nadie de esa rama me saludó ni se acercó a mí y me sentí como un intruso. Me sentí ofendido por lo poco amistosos que son en esa rama”.

“No me pareció bien el consejo que me dio el obispo. No volveré a poner un pie en ese edificio mientras él ocupe ese cargo”.

Y así, mencionaban muchas otras razones por las que se habían ofendido, desde diferencias doctrinales entre los adultos hasta el haber recibido insultos y burlas crueles de los jóvenes y el haber sido excluido por ellos. Pero el factor reiterativo era: “Me sentí ofendido por…”

El obispo y yo los escuchábamos con atención y con sinceridad, y en seguida, uno de nosotros les preguntaba acerca de su conversión al Evangelio restaurado y de su testimonio de éste. Mientras conversábamos, a esas buenas personas se les llenaban los ojos de lágrimas al recordar el testimonio confirmador del Espíritu Santo y describir sus anteriores experiencias espirituales. La mayoría de las personas “menos activas” a las que he visitado tenían un testimonio perceptible y tierno de la veracidad del Evangelio restaurado. Sin embargo, no estaban participando en las actividades ni en las reuniones de la Iglesia. Seguir leyendo

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Una defensa y un refugio

Conferencia General Octubre 2006
Una defensa y un refugio
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Nos referimos a la Iglesia como nuestro refugio, nuestra defensa. Hay seguridad y protección en la Iglesia.

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El 26 de julio de 1847, durante el tercer día en el valle (el segundo había sido domingo), Brigham Young, con miembros de los Doce y algunos otros hermanos, ascendieron a una cima a dos kilómetros y medio de distancia de donde estoy en estos momentos, la que consideraron un buen lugar para alzar un estandarte a las naciones. Heber C. Kimball llevaba puesto un pañuelo amarillo, que ataron al bastón de Willard Richards y ondearon en alto como un pendón a las naciones. Brigham Young llamó a esa cima Ensign Peak 1 .

Después descendieron adonde estaban sus desgastados carromatos, las escasas pertenencias que habían transportado más de tres mil kilómetros y los fatigados viajeros. No eran sus posesiones lo que les dio fuerza, sino lo que sabían.

Sabían que eran apóstoles del Señor Jesucristo; sabían que habían recibido el sacerdocio por conducto de mensajeros angelicales; sabían que poseían los mandamientos y los convenios que brindan la oportunidad de la salvación y la exaltación eterna para toda la humanidad. Poseían la seguridad de que tenían consigo la inspiración del Espíritu Santo.

Se ocuparon en arar huertos y construir refugios contra el invierno que estaba a las puertas. Se prepararon para recibir a los que aún estaban en las llanuras y que llegarían a ese nuevo lugar de recogimiento.

Una revelación, escrita nueve años antes, se dirigía a ellos: “Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones;

“a fin de que el recogimiento en la tierra de Sión y sus estacas sea para defensa y para refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra” (D. y C. 115:5–6).

Ellos debían ser la “luz”, el “estandarte”.

El estandarte o la norma que se había establecido mediante la revelación se encuentra en las Escrituras, mediante las doctrinas del Evangelio de Jesucristo. Los principios de la vida que seguimos, según el Evangelio, se basan en la doctrina, y las normas coinciden con los principios. Estamos comprometidos a las normas mediante los convenios, que se reciben por medio de las ordenanzas del Evangelio según las administran aquellos que han recibido el sacerdocio y las llaves de autoridad.

Aquellos fieles hermanos no eran libres, ni lo somos nosotros, de alterar las normas ni de pasarlas por alto; debemos vivir de acuerdo con ellas.

No es un remedio ni un consuelo decir simplemente que éstas no tienen importancia, ya que todos sabemos que sí la tienen, porque todos “los hombres son suficientemente instruidos para discernir el bien del mal” (2 Nefi 2:5).

Si hacemos todo lo que esté a nuestro alcance, no debemos desalentarnos. Si fracasamos, como muchos lo hacemos; o tropezamos, lo que podría ocurrir; siempre está el remedio del arrepentimiento y del perdón. Seguir leyendo

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La fe que mueve montañas

Conferencia General Octubre 2006
La fe que mueve montañas
Presidente Gordon B. Hinckley

Lo que más necesitamos es una mayor fe. Sin ella, la obra podría quedar estancada; pero con ella, nadie puede detener su progreso.

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Mis hermanos y hermanas, permítanme hablarles primero de un asunto personal.

El Presidente de la Iglesia pertenece a toda la Iglesia y su vida no es suya. Su misión es la de prestar servicio.

Como todos ustedes ya saben, estoy un tanto entrado en años. Cumplí los 96 el pasado junio. Me he enterado por varias fuentes de que se especula bastante acerca de mi salud y me gustaría aclararles cómo está en realidad. Si llego a durar unos meses más, habré servido a una edad más avanzada que cualquier otro presidente de la Iglesia. No lo digo con jactancia sino lleno de agradecimiento. El pasado enero se me sometió a una seria intervención quirúrgica. Fue una experiencia difícil para alguien como yo, que nunca antes había estado hospitalizado; después, surgió la pregunta de si debía o no recibir más tratamiento médico; y opté por hacerlo. Los médicos dijeron que los resultados habían sido milagrosos; pero yo sé que éstos se debieron a las muchas oraciones que ustedes ofrecieron por mí, por lo que me siento profundamente agradecido.

El Señor me ha permitido vivir, aunque no sé por cuánto tiempo. Pero sea cual sea, seguiré dando lo mejor de mí para realizar la obra que se me ha encomendado. No es fácil presidir una Iglesia tan grande y compleja, donde la Primera Presidencia debe estar al tanto de todo. Sin su aprobación, no se toma ninguna decisión importante ni se realizan gastos de los fondos. La responsabilidad y el estrés son grandes.

Pero seguiremos adelante hasta que el Señor lo desee. Como dije en la conferencia de abril, estamos en Sus manos. Me siento bien, tengo una salud considerablemente buena; pero, cuando llegue el momento de que deba haber un sucesor, el cambio se hará sin dificultades y de acuerdo con la voluntad de Él, porque ésta es Su Iglesia. Por tanto, seguimos adelante con fe; y la fe es el tema del cual deseo hablarles esta mañana.

Desde sus comienzos, esta Iglesia ha avanzado por medio de la fe. La fe era la fortaleza del profeta José.

Me siento agradecido por la fe que le hizo ir a la arboleda para orar. Me siento agradecido por su fe al traducir y publicar el Libro de Mormón. Agradezco que él haya acudido al Señor en oración, en respuesta a la cual se otorgó el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec. Agradezco que por medio de la fe, él organizara la Iglesia y la guiara por el curso correcto. Le doy las gracias por el don de su vida como testimonio de la verdad de esta obra. Seguir leyendo

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El recogimiento del Israel disperso

Conferencia General Octubre 2006
El recogimiento del Israel disperso
Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ayudamos a congregar a los escogidos del Señor en los dos lados del velo.

Russell M. Nelson

Mis amados hermanos y hermanas, gracias por su fe, por su devoción y por su amor. Compartimos la inmensa responsabilidad de ser quienes el Señor desea que seamos y de hacer lo que Él desea que hagamos. Somos parte de un gran movimiento: el recogimiento del esparcido Israel. Hablo hoy de esta doctrina por motivo de su singular importancia en el plan eterno de Dios.

El convenio de Abraham

En la antigüedad, el Señor bendijo al padre Abraham con la promesa de hacer de su posteridad un pueblo escogido 1 . Hay referencias a ese convenio a lo largo de las Escrituras. También se le hicieron las promesas de que el Hijo de Dios vendría por el linaje de Abraham, de que se heredarían ciertas tierras, de que naciones y pueblos de la tierra serían bendecidos por medio de sus descendientes, y aún más 2 . Aunque algunas partes de ese convenio ya se han cumplido, el Libro de Mormón enseña que ese convenio de Abraham ¡se cumplirá sólo en los últimos días! 3 . Además, subraya que nosotros nos encontramos entre los del pueblo del convenio del Señor 4 . Nuestro es el privilegio de participar personalmente en el cumplimiento de esas promesas. ¡Qué época tan emocionante para vivir!

Israel fue esparcido

Como descendientes de Abraham, las tribus del antiguo Israel tuvieron acceso a la autoridad del sacerdocio y a las bendiciones del Evangelio, pero, con el transcurso del tiempo, los del pueblo se rebelaron, mataron a los profetas y fueron castigados por el Señor. Diez tribus fueron llevadas cautivas a Asiria, desde donde se perdieron para los registros de la humanidad (obviamente, las diez tribus no están “perdidas” para el Señor). Las dos tribus que quedaron permanecieron un breve tiempo hasta que, a causa de su rebelión, fueron llevadas cautivas a Babilonia 5 . Una vez que regresaron, fueron favorecidos del Señor, pero una vez más, no le honraron: le rechazaron y le difamaron. El amoroso Padre, entristecido, juró: “os esparciré entre las naciones” 6 y así lo hizo; entre todas las naciones.

Israel será recogido

La promesa de Dios del recogimiento del esparcido Israel ha sido igualmente categórica 7 . Isaías, por ejemplo, previó que en los últimos días el Señor enviaría “mensajeros veloces” a la esparcida “nación de elevada estatura y tez brillante” 8 . Seguir leyendo

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El grande y maravilloso amor

Conferencia General Octubre 2006
“El grande y maravilloso amor”
Élder Anthony D. Perkins
De los Setenta

La fe como la de un niño en el amor perfecto de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo “partirá por medio” las trampas de Satanás con respecto a la ineptitud, a las imperfecciones y a la culpabilidad.

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Los niños, de pura fe proclaman: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” 1 . Pero algunas veces los jóvenes y los adultos, no sentimos el poder de esa simple declaración.

Satanás es el “enemigo de toda rectitud” 2 ; por lo tanto siembra dudas acerca de la naturaleza de la Trinidad y de nuestra relación con los integrantes de Ella. Jesucristo profetizó que en los últimos días aún los mismos escogidos serían engañados 3 . Consideremos tres ejemplos de cómo Lucifer está “armando asechanzas y trampas para enredar a los santos de Dios” 4 .

Las trampas de la falsa ineptitud. Una persona joven y fiel siente que no puede cumplir las expectativas de otras personas. En el hogar y en la escuela, rara vez se la elogia y a menudo se la critica. Los medios populares le dicen que ella no es demasiado linda ni demasiado inteligente y cada día, esta hermana justa, se pregunta si ella es una persona digna del amor de nuestro Padre Celestial, del sacrificio expiatorio del Salvador o de la guía constante del Espíritu.

La trampa de la imperfección exagerada. Un destacado misionero siente que es incapaz de cumplir con las expectativas de Dios. En su mente, este élder digno imagina a un Padre Celestial estricto sujeto a una justicia irrevocable; a un Salvador capaz de limpiar las transgresiones de otras personas, pero no las del élder, y a un Espíritu Santo que no desea acompañar a una persona imperfecta.

La trampa de la culpa innecesaria. Una mujer de mediana edad, que es una madre abnegada, una amiga cariñosa, una servidora fiel de la Iglesia y asiste al templo con frecuencia; pero en su corazón, esta hermana no puede perdonarse a sí misma los pecados que cometió hace años, de los cuales ella se ha arrepentido y se han resuelto totalmente con los líderes del sacerdocio. Ella duda de que su vida sea aceptable alguna vez ante el Señor y ha perdido las esperanzas de la vida eterna en la presencia de nuestro Padre Celestial. Seguir leyendo

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Mirad a vuestros pequeñitos

Conferencia General Octubre 2006
Mirad a vuestros pequeñitos
Margaret S. Lifferth
Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria

En el mundo actual, los niños necesitarán… que cada uno de nosotros los proteja, les enseñe y los ame.

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Al prestar servicio en este llamamiento, he encontrado nuevas amistades: Eliza puede cantar muchas canciones de la Primaria. Lucas está aprendiendo los Artículos de Fe en español; Caitlyn es tímida, pero inquisitiva. En la Primaria me senté al lado de Martha y ella me tomó del brazo. Estos niños reflejan la luz del evangelio en su rostro.

¿Quiénes son los niños que viven en la casa o en el vecindario de ustedes? Véanlos; piensen en ellos. El Salvador nos enseña que para entrar en el reino de Dios debemos volvernos como un niño, “sumiso, manso, humilde, paciente [y] lleno de amor…” (Mosíah 3:19).

Pero no importa con cuánta fe vengan los niños a nosotros, hacen frente a los desafíos de un mundo caído. ¿Qué hay que hacer para que esos niños conserven la luz de la fe en su mirada? Sabemos que en la vida de un niño nada puede reemplazar a una familia recta, en el mundo actual, los niños necesitarán no sólo una madre y un padre dedicados, sino que necesitarán que cada uno de nosotros los proteja, les enseñe y les ame.

Hermanos y hermanas, proteger a los niños significa proporcionar un ambiente que invite al Espíritu en la vida de ellos y lo reafirme en su corazón. Eso elimina automáticamente cualquier forma de indiferencia, descuido, maltrato, violencia o explotación.

Y si bien las condiciones de depravación son más graves, también protegemos a los niños de otras condiciones perjudiciales, como las expectativas demasiado altas o demasiado bajas, del consentirlos de manera excesiva, de demasiadas actividades y del egocentrismo. Cualquier extremo entorpece la facultad del niño de reconocer al Espíritu Santo, de confiar en Él y de ser guiado por Él.

Los niños son receptivos a las verdades del Evangelio más que en cualquier otra época, y la protección de la niñez es, literalmente, la oportunidad que se tiene una vez en la vida de enseñar y de fortalecer a los niños para que elijan lo correcto. Seguir leyendo

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Tres toallas y un periódico de 25 centavos

Conferencia General Octubre 2006
Tres toallas y un periódico de 25 centavos
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

Cuando somos fieles a los sagrados principios de la honradez y la integridad, somos leales a nuestra fe y a nosotros mismos.

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Ante esta enorme audiencia mundial, y con cierta discreción, hago una confesión personal. Lo hago como introducción a un tema que desde hace un tiempo he estado meditando seriamente. En 1955, después de mi primer año de estudios universitarios, pasé el verano trabajando en el nuevo hotel Jackson Lake Lodge, en Moran, Wyoming. Mi medio de transporte era un automóvil Hudson de 1941, con 14 años de antigüedad, que debería haber pasado a mejor vida hacía 10 años. Entre otras características del auto, la parte inferior del vehículo se había oxidado tanto que, de no haber sido por una tabla de madera prensada o contrachapado, literalmente podría haber tocado la carretera con los pies. Lo positivo era que a diferencia de otros automóviles de 14 años de ese período, no gastaba aceite, aunque sí tenía que echar agua, muchísima agua, al radiador. Nunca pude darme cuenta a dónde iba el agua y por qué el aceite se ponía cada vez menos espeso y menos espeso y más limpio y más limpio.

Al terminar el verano y como preparación para el viaje de 298 kilómetros que me separaba de mi casa, llevé el automóvil al único mecánico de Moran. Después de una rápida inspección, me explicó que el motor estaba agrietado y el agua se filtraba al aceite. Eso explicaba el misterio del aceite y el agua. Pensé: “Si consigo que el agua pase también al tanque de la gasolina, quizá ahorre en combustible.

Ahora, la confesión: después de llegar a casa de milagro, mi padre salió y me recibió muy contento. Después de intercambiar abrazos y bromas, mi padre echó un vistazo al asiento de atrás del vehículo y vio tres toallas de Jackson Lake Lodge, de las que no se pueden comprar. Con una mirada de desilusión, sencillamente me dijo: “Esperaba más de ti”. Yo no pensaba que lo que había hecho estuviera tan mal. Para mí, esas toallas eran sólo un símbolo de mi trabajo de verano en un hotel de lujo, un rito de iniciación. Sin embargo, al llevármelas sentí que había perdido la confianza de mi padre y me sentí desolado.

El siguiente fin de semana, ajusté la tabla de madera al piso del automóvil, llené el radiador de agua, y emprendí el viaje de 595 kilómetros que me llevaba de regreso al hotel Jackson Lake Lodge para devolver tres toallas. Mi padre nunca me preguntó por qué volvía al hotel y nunca se lo expliqué. No fue necesario. Para mí fue una lección cara y dolorosa sobre la honradez que he recordado toda la vida. Seguir leyendo

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El plan de salvación

Conferencia General Octubre 2006
El plan de salvación
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

No se nos ha dejado solos para vagar por el mundo sin conocer el plan maestro que el Señor ha diseñado para Sus hijos.

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Al asistir a una reunión sacramental durante los meses de verano, tuve el placer de escuchar los discursos de tres estudiantes que habían vuelto de la escuela a sus hogares durante el verano. Me interesó especialmente uno de los discursos.

Durante las vacaciones de verano ella había trabajado en un restaurante al que iban muchos camioneros. Uno de ellos, que tenía una ruta fija, se detenía a comer el mismo día de cada semana. Como se veían con regularidad, tuvieron la oportunidad de entablar conversaciones cortas. Él le preguntó a la joven dónde vivía y ella le respondió que estaba en casa durante el verano, para ganar un poco de dinero y regresar a la universidad en el otoño. La siguiente pregunta de él fue: “¿A qué universidad asistes?”. Ella respondió con orgullo: “A BYU, en Idaho”. Como él quería saber más acerca de la universidad, la conversación derivó en una charla sobre el Evangelio. Lo primero que hizo la jovencita fue enseñarle acerca de la Palabra de Sabiduría, y tuvo éxito, pues lo convenció de que dejara de fumar.

Luego, el horario de trabajo de la joven cambió y ya no tuvo oportunidad de verlo, así que le escribió una nota y le adjuntó un folleto misional de la Iglesia sobre el plan de salvación. Después de varios días recibió una nota del camionero que simplemente decía: “Usted ha creado un monstruo”. Gracias a aquella jovencita, él halló información que le hizo pensar en los cambios que debía hacer en su vida. No sé el resultado completo de esos pequeños encuentros entre la camarera y el camionero, pero evidentemente, ella había influenciado en su vida.

La joven prosiguió explicando lo fácil que es enseñar las bellezas del Evangelio a las personas. Nuestras actividades cotidianas cuentan con oportunidades para abrir nuestra boca y compartir con las personas las verdades del Evangelio que los bendecirán ahora y en las eternidades.

Mucha gente se pregunta: “¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿A dónde vamos?”. Nuestro Padre Eterno no nos envió a la tierra en un viaje sin propósito y carente de significado. Él nos proporcionó un plan para seguirlo. Él es el autor de ese plan que se diseñó para el progreso del hombre y por último para su salvación y exaltación. Cito de la guía misional Predicad Mi Evangelio:

“Dios es el Padre de nuestro espíritu; somos literalmente Sus hijos y Él nos ama. Antes de nacer en esta tierra vivíamos como hijos espirituales de nuestro Padre Celestial; sin embargo, no éramos como nuestro Padre Celestial ni podíamos llegar a ser como Él ni disfrutar de todas las bendiciones de las que Él disfruta sin la experiencia de vivir en la vida terrenal con un cuerpo físico. Seguir leyendo

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Qué firmes cimientos

Conferencia General Octubre 2006
Qué firmes cimientos
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Podemos fortalecer nuestro cimiento de fe y nuestro testimonio de la verdad a fin de no flaquear ni desfallecer.

Thomas S. Monson

Mis queridos hermanos y hermanas, tanto los que se encuentran al alcance de mi vista como los que se hallan reunidos por todo el mundo, les pido su fe y sus oraciones al cumplir con la asignación y el privilegio de dirigirles la palabra.

En 1959, poco después de haber comenzado mi servicio como presidente de la Misión Canadiense, cuya oficina central se encontraba en Toronto, Ontario, Canadá, conocí a N. Eldon Tanner, un distinguido canadiense que tan sólo unos meses después sería llamado al cargo de Ayudante del Quórum de los Doce Apóstoles, más tarde al Quórum de los Doce y posteriormente como consejero de cuatro Presidentes de la Iglesia.

Cuando le conocí, el presidente Tanner era presidente de la gran empresa Trans-Canada Pipelines, Ltd., y presidente de la Estaca Calgary, Canadá, país donde lo conocían como “Sr. Integridad”. En aquella primera reunión, hablamos, entre otras cosas, de los fríos inviernos canadienses durante los que rugen las tempestades y las temperaturas bajo cero se mantienen a lo largo de semanas, y donde los vientos glaciales bajan la temperatura aún más. Le pregunté al presidente Tanner por qué razón los caminos y las carreteras de la parte occidental de Canadá se conservan básicamente intactos durante semejantes inviernos, casi sin indicios de resquebrajaduras ni grietas mientras que en muchas regiones donde los inviernos no son tan fríos ni tan crudos la superficie de las carreteras se llena de baches.

Él me explicó: “La respuesta yace en la profundidad de la base de los materiales de pavimentación. Para que el pavimento se conserve firme e intacto, es preciso afirmar los cimientos con varias capas profundas. Si los cimientos no tienen la profundidad suficiente, la superficie del pavimento no resiste las temperaturas extremas”.

A través de los años, he reflexionado muchas veces en aquella conversación y en la explicación del presidente Tanner, dado que reconozco en sus palabras una sustancial aplicación a nuestra vida. Planteado con sencillez, si no tenemos un cimiento profundo de fe ni un sólido testimonio de la verdad, tendremos dificultades para soportar las rigurosas tempestades y los vientos glaciales de la adversidad que inevitablemente le sobrevienen a cada uno de nosotros.

La vida terrenal es un periodo de prueba, el tiempo para probar que somos dignos de volver a la presencia de nuestro Padre Celestial. A fin de ser probados, debemos hacer frente a problemas y dificultades. Éstos podrán derribarnos y la superficie de nuestra alma podrá agrietarse y desmoronarse si nuestro cimiento de fe y nuestro testimonio de la verdad no están firme y profundamente establecidos en nuestro interior. Seguir leyendo

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Levantaos, hombres de Dios

Conferencia General Octubre 2006

¡Levantaos, hombres de Dios!

Presidente Gordon B. Hinckley

Este sacerdocio conlleva la gran obligación de que seamos dignos de él.

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Hermanos, se ven como un sacerdocio de mangas remangadas; todos vestidos de blanco y listos para trabajar. ¡Y ha llegado el momento de ponerse a trabajar!

¡Qué vista tan maravillosa! El maravilloso Centro de Conferencias está totalmente lleno y nuestras palabras se transmiten a todo el mundo. Ésta probablemente sea la congregación más grande de poseedores del sacerdocio que haya tenido lugar. Los felicito por su presencia esta tarde.

Recientemente vi en la televisión un concierto del coro de hombres de BYU; entonaron un emotivo número, intitulado “¡Levantaos, hombres de Dios!”; escrito en 1911 por William P. Merrill, y he descubierto que una versión se encuentra en nuestro himnario en inglés, aunque no recuerdo haberlo cantado antes.

La letra lleva el espíritu de los antiguos himnos ingleses escritos por Charles Wesley y algunos otros. El texto dice:

¡Levantaos, hombres de Dios!
Despojaos de vilezas.
Dad corazón, alma, mente y fuerza
y al Rey de Reyes servid.
¡Levantaos, hombres de Dios!
en unido batallón.
Llegue el día de hermandad
y acabe la noche del error.
¡Levantaos, hombres de Dios!
la Iglesia os espera;
de fuerza carece para la tarea,
¡dadle fuerza en su labor!
¡Levantaos, hombres de Dios!
Andad por Sus caminos
como hermanos del Señor.
¡Levantaos, hombres de Dios!
(Véase “Rise Up, O Men of God”, Hymns, Nº 324; véase la tercera estrofa en The Oxford American Hymnal, ed. Carl F. Pfatteicher, 1930, Nº. 256.)

Las Escrituras son muy claras en la forma en que se aplican a cada uno de nosotros, mis hermanos. Por ejemplo, Nefi cita a Isaías, diciendo: “Oh, si hubieras escuchado mis mandamientos: habría sido entonces tu paz como un río, y tu rectitud cual las ondas del mar” (1 Nefi 20:18; véase también Isaías 48:18). Seguir leyendo

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Fieles a nuestra responsabilidad del sacerdocio

Conferencia General Octubre 2006
Fieles a nuestra responsabilidad del sacerdocio
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Es en el hacer y no sólo en el soñar que se bendicen vidas, que otras personas reciben guía y se salvan almas.

Thomas S. Monson

Hace unas semanas en una reunión de ayuno y testimonios de nuestro barrio, observé a un niño en la última fila tratando de adquirir valor para compartir su testimonio. Hizo dos o tres intentos de pararse, pero luego se sentó. Finalmente se decidió, echó los hombros hacia atrás, caminó con valor por el pasillo hacia el estrado, subió los escalones, fue hacia el púlpito, apoyó sus manos, miró a la congregación y sonrió; luego, se dio vuelta, bajó los escalones y caminó por el mismo pasillo hacia donde estaban su madre y su padre. Al mirarlos a ustedes en este inmenso Centro de Conferencias y pensar en aquellos que están escuchando, entiendo mejor las acciones de ese niño.

Mis hermanos, me honra tener el privilegio de dirigirles la palabra esta tarde. He contemplado sobre lo que les podría decir esta noche y he recordado una Escritura favorita en Eclesiastés: “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el [deber] del hombre” (Eclesiastés 12:13). Amo y aprecio la noble palabra deber.

El famoso y legendario general Robert E. Lee, de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, declaró: “Deber es la palabra más sublime de nuestro idioma… uno no puede hacer más, ni tampoco deseará hacer menos” (John Barlett, Familiar Quotations, 1968, pág. 620).

Cada uno de nosotros tiene deberes vinculados con el sagrado sacerdocio que posee. Ya sea que poseamos el Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec, se espera mucho de cada uno de nosotros. El Señor mismo resumió nuestra responsabilidad cuando, en la revelación sobre el sacerdocio, nos exhortó: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (D. y C. 107:99).

Espero con todo mi corazón y con toda mi alma que cada joven que reciba el sacerdocio lo honre y sea fiel a la confianza que se le deposita cuando se le confiere.

Hace cincuenta y un años escuché a William J. Critchlow Jr., en esa época presidente de la estaca Ogden Sur, y que después sirvió en calidad de ayudante del Quórum de los Doce, dirigirse a los hermanos en la sesión general del sacerdocio de una conferencia y contar un relato acerca de la confianza, el honor y el deber. Permítanme compartir ese relato con ustedes, pues, su sencilla lección se aplica a nosotros hoy en día, tal y como en aquel entonces.

“El joven Rupert se detuvo al lado del camino a contemplar a una cantidad fuera de lo común de personas que pasaban apresuradas. Al poco rato, reconoció a un amigo. ‘¿Hacia dónde van todos con tanta prisa?’, preguntó. Seguir leyendo

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Nutrientes espirituales

Conferencia General Octubre 2006
Nutrientes espirituales
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Debemos aumentar nuestros nutrientes espirituales, nutrientes que vienen del conocimiento de la plenitud del Evangelio y de los poderes del santo sacerdocio.

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Mi abuelo acostumbraba llevar el ganado a pastar cada verano en los verdes y frescos valles de la sierra al este de nuestro pueblo en el centro de Utah. Sin embargo, el ganado ansiaba y necesitaba los nutrientes adicionales que se obtienen al lamer la sal de grano que se extraía de una mina que se encontraba a cierta distancia. Para reabastecer la sal, mi abuelo llenaba unas albardas de sal de grano y las colocaba sobre un robusto caballo al que yo llamaba Lenturón, y con buena razón. Mi abuelo me montaba sobre Lenturón con las albardas cargadas de sal, me daba las riendas para que guiara al caballo montaña arriba y yo iba detrás del abuelo que montaba su propio caballo.

Mi caballo, Lenturón, era lento, pero yo no lo forzaba debido a la carga pesada que llevaba. Nos tomaba un día entero subir la montaña y descargar la sal de grano del animal en el salegar. A medida que el día se tornaba más cálido, las piernas sudorosas me ardían cada vez que rozaban contra la sal de grano en las albardas. Me sentía feliz cada vez que cruzábamos un arroyuelo y podía desmontar y lavarme y secarme las piernas para aliviar el ardor.

Mi abuelo siempre cantaba. Más que nada cantaba himnos, pero había una canción que me impresionaba en gran manera y que decía “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Ahora que lo recuerdo, el llevar la sal al valle en la montaña era una experiencia divertida, a la vez que los nutrientes adicionales de la sal fortalecían al ganado.

Un nutriente provee el valor nutritivo que fomenta el crecimiento y la curación tanto de los animales como de los seres humanos. El ganado de mi abuelo ansiaba los nutrientes que se encuentran en la sal, pero los seres humanos necesitan algo más: necesitan ser reabastecidos espiritualmente, porque “la vida es más que la comida” 1 y “espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” 2 . El espíritu humano necesita amor; también necesita ser “nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina” 3 . Seguir leyendo

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Él confía en nosotros!

Conferencia General Octubre 2006
¡Él confía en nosotros!
Élder Stanley G. Ellis
De los Setenta

Cada uno de nosotros algún día estará ante Dios para darle cuentas de nuestro servicio en el sacerdocio.

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Hace varios años, mi esposa y yo fuimos llamados a presidir la Misión Brasil São Paulo Norte. El llamamiento significaba que íbamos a estar en el exterior por tres años. Debido a nuestra situación familiar y empresarial, sentimos que no debíamos vender nuestra casa ni nuestro negocio en Houston.

Al comenzar los preparativos preliminares, fue evidente que necesitaríamos un poder notarial, un documento legal que otorga a otra persona la autoridad para hacer cualquier cosa en nuestro nombre. La persona que tuviera ese documento podría vender nuestra casa u otros bienes, pedir dinero prestado en nuestro nombre, gastar nuestro dinero e incluso, ¡vender el negocio! La idea de darle tanto poder y autoridad a otra persona sobre nuestros asuntos nos infundía temor.

Decidimos darle el poder notarial a una persona de confianza, un buen amigo y socio que ejerció muy bien ese poder y esa autoridad. Hizo lo que habríamos hecho nosotros si hubiésemos estado allí.

Hermanos, piensen en lo que el Señor nos ha dado: ¡Su poder y autoridad, el poder y la autoridad para actuar por Él en todo lo relacionado con Su obra!

Con ese poder del sacerdocio y la debida autorización de los que tienen las llaves, podemos realizar las ordenanzas de salvación en nombre de Él: bautizar para la remisión de los pecados; confirmar y conferir el Espíritu Santo; conferir el sacerdocio; ordenar a los oficios del sacerdocio y efectuar las ordenanzas del templo. En Su nombre podemos administrar Su Iglesia. En Su nombre podemos bendecir, hacer la orientación familiar y aún sanar a los enfermos. Seguir leyendo

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El gran plan de felicidad

Conferencia General Octubre 2006
El gran plan de felicidad
Élder Marcus B. Nash
De los Setenta

Así como un pez necesita agua, ustedes necesitan el Evangelio y la compañía del Espíritu Santo para ser verdadera y profundamente felices.

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Cuando era diácono, como muchos de ustedes, mi padre y yo solíamos escalar la montaña hasta un arroyo para pescar truchas. En una ocasión, mientras mi padre colocaba el cebo en el anzuelo de mi caña, me dijo que yo debía clavar el anzuelo en la boca del pez cuando éste intentara tomar el cebo o el animal se escaparía. No entendí lo que quería decir con las palabras “clavar el anzuelo”, así que me explicó que era necesario que el anzuelo se clavara firmemente en la boca del pez cuando éste picara el cebo para evitar que lo soltara con sus sacudidas. El anzuelo se clavaría en su boca si yo tiraba de la caña cuando él intentara llevarse el cebo. Tenía tantas ganas de pescar una trucha que permanecí junto al arroyo con todos los músculos en tensión esperando cualquier movimiento revelador en el extremo de la caña que me indicara que había un pez intentando picar el cebo. Al cabo de unos minutos noté que la punta de la caña se movía e instantáneamente tiré de ella hacia atrás con todas mis fuerzas, dispuesto a entablar una intensa lucha con el pez. Cuál no sería mi sorpresa cuando la pobre trucha, bien clavada en el anzuelo, salió disparada del agua y, tras volar sobre mi cabeza, acabó dando coletazos en el suelo detrás de mí.

Saqué dos conclusiones de aquella experiencia. Primera: un pez es infeliz fuera del agua. Si bien sus agallas, aletas y cola funcionan muy bien en el líquido elemento, resultan inútiles en tierra firme. Segunda: el desafortunado pez que atrapé aquél día murió porque se le engañó al hacérsele creer que algo peligroso, incluso mortal, merecía la pena o era lo bastante interesante para justificar el examinarlo de cerca e incluso darle un bocado.

Mis queridos hermanos del Sacerdocio Aarónico, hay un par de lecciones que podemos aprender de todo esto. Primera: un propósito básico de la vida de ustedes, como lo enseñó Lehi, es “[tener] gozo” (2 Nefi 2:25). Para tener gozo, necesitan entender que, por ser hijos de un Padre Celestial, han heredado rasgos divinos y necesidades espirituales. Así como un pez necesita agua, ustedes necesitan el Evangelio y la compañía del Espíritu Santo para ser verdadera y profundamente felices. Dado que ustedes son progenie de Dios (véase Hechos 17:28), es incompatible con su naturaleza eterna hacer el mal y sentirse bien; sencillamente, es imposible. Por así decirlo, en su ADN espiritual está escrito que tendrán paz, gozo y felicidad únicamente en la medida en que vivan el Evangelio. Seguir leyendo

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Seamos hombres

Conferencia General Octubre 2006
Seamos hombres
Élder D. Todd Christofferson
De la Presidencia de los Setenta

Nosotros, los que poseemos el sacerdocio de Dios… ¡Debemos levantarnos del polvo de la autocomplacencia y ser hombres!

D. Todd Christofferson

Hace años, cuando mis hermanos y yo éramos niños, nuestra madre se sometió a una gran operación quirúrgica para erradicar un cáncer. Estuvo muy cerca de morir. Fue necesario extirparle mucho tejido del cuello y del hombro, y durante mucho tiempo fue muy doloroso para ella usar el brazo derecho.

Una mañana, a un año de la operación, mi padre la llevó a una tienda de artículos eléctricos y le pidió al gerente que le mostrara cómo usar una plancha para ropa que él tenía. Se llamaba Ironrite. La máquina se operaba desde una silla, para lo cual se presionaban unos pedales con la rodilla para bajar un rodillo acojinado contra una superficie caliente de metal y hacerlo girar, y por allí se hacían pasar las camisas, pantalones, vestidos y demás prendas de ropa. Como podrán imaginar, esto facilitaba el planchado (y era mucho, pues en nuestra familia éramos cinco varones), en especial para una mujer con un uso limitado de su brazo. Mi madre se sorprendió cuando papá compró la máquina y la pagó en efectivo. A pesar del buen ingreso que él tenía como veterinario, la operación de mamá y los medicamentos los habían dejado en una situación financiera difícil.

De camino a casa, mi madre estaba alterada: “¿Cómo podremos pagarla? ¿De dónde salió el dinero? ¿Cómo nos arreglaremos a partir de hoy?” Papá le contó que durante casi un año no había almorzado para ahorrar el dinero suficiente. “Ahora cuando planches”, le dijo, “no tendrás que dejar de hacerlo e ir al dormitorio a llorar hasta que se te pase el dolor del brazo”. Ella no sabía que él se había dado cuenta. En ese tiempo yo no me percaté del sacrificio y del acto de amor de mi padre por mi madre, pero ahora que lo sé, me digo a mí mismo: “He ahí a un hombre”.

El profeta Lehi suplicó a sus hijos rebeldes diciendo: “Levantaos del polvo, hijos míos, y sed hombres” (2 Nefi 1:21; cursiva agregada). Por su edad, Lamán y Lemuel eran hombres, pero en términos de carácter y madurez espiritual, aún se comportaban como niños. Murmuraban y se quejaban si se les pedía hacer algo difícil; no aceptaban la autoridad de nadie para corregirlos; no valoraban las cosas espirituales; y con facilidad recurrían a la violencia y eran buenos para hacerse las víctimas. Seguir leyendo

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