El quórum del sacerdocio

Conferencia General Octubre 2006
El quórum del sacerdocio
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La fuerza de un quórum procede, en gran medida, de cuán íntegramente estén unidos sus miembros en rectitud.

Henry B. Eyring

La fuerza de un quórum procede, en gran medida, de cuán íntegramente estén unidos sus miembros en rectitud.

Agradezco estar con ustedes en esta gran reunión del sacerdocio. Todos somos miembros de un quórum del sacerdocio. Tal vez no les parezca extraordinario, pero para mí sí lo es. Fui ordenado diácono en el Sacerdocio Aarónico en una pequeña rama de la Iglesia en la que había una sola familia. No teníamos un centro de reuniones, por lo que nos reuníamos en nuestra casa. Yo era el único diácono y mi hermano el único maestro.

Por lo tanto, sé lo que es ejercer el sacerdocio solo, sin servir con otras personas en un quórum. Era feliz en aquella pequeña rama sin quórum, pues no tenía forma de saber lo que me estaba perdiendo; entonces, mi familia se mudó al otro lado del continente, donde había muchos poseedores del sacerdocio y quórumes fuertes.

Con los años, he aprendido que la fuerza de un quórum no proviene del número de poseedores del sacerdocio que haya en él, ni tampoco viene automáticamente de la edad ni la madurez de sus miembros. Antes bien, la fuerza de un quórum procede, en gran medida, de cuán íntegramente estén unidos sus miembros en rectitud. La unidad de un quórum fuerte del sacerdocio no se parece a nada que haya experimentado en un equipo o club deportivo ni en cualquier otra organización del mundo.

Las palabras de Alma, registradas en el libro de Mosíah, son las que mejor describen la unidad que he sentido en los quórumes más fuertes del sacerdocio:

“Y les mandó que no hubiera contenciones entre uno y otro, sino que fijasen su vista hacia adelante con una sola mira, teniendo una fe y un bautismo, teniendo entrelazados sus corazones con unidad y amor el uno para con el otro” 1 .

Alma incluso dijo a su pueblo cómo reunir los requisitos para esa unidad. Les dijo que no debían predicar nada excepto el arrepentimiento y la fe en el Señor, que había redimido a Su pueblo 2 .

Lo que Alma estaba enseñando, y así sucede en cualquier quórum del sacerdocio que he visto unido, es que los corazones de los miembros cambian gracias a la expiación de Jesucristo. Así es como sus corazones se entrelazan. Seguir leyendo

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La Expiación puede asegurar tu paz y tu felicidad

Conferencia General  Octubre 2006
La Expiación puede asegurar tu paz y tu felicidad
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La verdadera felicidad perdurable, conjuntamente con la fortaleza, la valentía y la capacidad de vencer las dificultades más grandes, la obtendrás a medida que centres tu vida en Jesucristo.

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Nuestro Padre Celestial desea que cada uno de nosotros disfrute de paz y felicidad en la vida terrenal. Nuestro Maestro, Jesucristo, y Sus profetas han enseñado cómo obtener esa paz y esa felicidad, aun en un mundo cada vez más difícil, con crecientes conflictos y una gran cantidad de tentaciones atrayentes.

Por medio de una analogía de montañismo, les ilustraré la forma equivocada de encontrar paz y felicidad, y después, la manera correcta de obtenerlas. Hay quienes tratan de escalar un peñasco difícil mediante un método llamado “soloing”, que implica que el escalador asciende solo, sin equipo ni acompañantes ni protección segura; sólo cuenta con su habilidad y su capacidad. Lo hace por la emoción de vivir al borde del peligro, arriesgándolo todo y lo hace a pesar de la posibilidad de que, en cualquier momento, puede caerse y lastimarse gravemente o perder la vida. Son igual que muchos que afrontan los desafíos y las tentaciones de la vida sin la seguridad que brinda el seguir los mandamientos de Dios y la guía del Espíritu. En el difícil mundo de hoy, es casi seguro de que infringirán leyes decisivas con consecuencias dolorosas y destructivas. No trates de vivir “solo” en tu vida, lo más probable es que caigas en transgresión.

Hay una forma más segura de escalar montañas. Cuando un par de escaladores se dispone a realizar un ascenso difícil, el primer escalador o primero de la cordada escala una pared rocosa colocando anclajes a corta distancia uno del otro. La cuerda la enlaza al anclaje por medio de un mosquetón. La seguridad la brinda un compañero, al que se le llama el segundo de la cordada o asegurador, quien se coloca en un lugar bien seguro. El primero está protegido al ser asegurado por el segundo escalador, quien controla con cuidado cómo soltar la cuerda gradualmente. De esa forma, el primer escalador asegura su protección mientras asciende. Así, si inadvertidamente diera un paso en falso, el anclaje pararía la caída sin que tuviera grandes consecuencias. El segundo no sólo asegura al primero, sino que, al comunicarse entre ellos, le brinda también aliento con comentarios y señales. Su meta es la de tener una experiencia segura y apasionante, al vencer un gran desafío. Ellos ya han probado las técnicas que emplean y el equipo que utilizan. El equipo esencial cuenta con un arnés seguro, una cuerda de buena calidad y en buenas condiciones, una variedad de anclajes para insertar en la roca, una bolsa de polvo de tiza para sujetarse mejor y botas o zapatos especiales, adecuados para la escalada, que el primer escalador utiliza para agarrarse a la superficie de una roca empinada. Seguir leyendo

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El poder de un testimonio personal

Conferencia General Octubre 2006
El poder de un testimonio personal
Élder Dieter F. Uchtdorf
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Nuestro firme testimonio personal nos motivará a cambiar y después a bendecir al mundo.

En el Libro de Mormón, leemos acerca del joven Nefi, a quien el Señor le mandó que construyera un barco. Él fue diligente en obedecer ese mandamiento, pero sus hermanos se mostraron escépticos; “…cuando vieron mis hermanos que estaba a punto de construir un barco”, él escribió, “empezaron a murmurar contra mí, diciendo: Nuestro hermano está loco, pues se imagina que puede construir un barco; sí, y también piensa que puede atravesar estas grandes aguas” (1 Nefi 17:17).

Pero Nefi no se desanimó. No tenía experiencia en la construcción de barcos, pero tenía un firme testimonio personal de que “el Señor… [prepararía] la vía para que [cumpliesen] lo que les [había] mandado” (1 Nefi 3:7). Con ese poderoso testimonio y esa motivación en su corazón, Nefi construyó un barco en el que cruzaron las grandes aguas, a pesar de la gran oposición de sus infieles hermanos.

Permítanme compartir con ustedes una experiencia personal de mi juventud sobre el poder que tiene un motivo justo.

Tras la agitación de la Segunda Guerra Mundial, mi familia terminó en la Alemania del Este, que estaba ocupada por Rusia. En el cuarto grado de la escuela, tuve que aprender ruso como primer idioma extranjero; era muy difícil debido al alfabeto cirílico, pero con el tiempo llegué a dominarlo.

Cuando cumplí once años, tuvimos que abandonar Alemania del Este repentinamente debido a la orientación política de mi padre. Ahora tenía que asistir a una escuela en Alemania del Oeste, que en esa época estaba ocupada por Estados Unidos. Allí, en la escuela, todos los niños tenían que aprender inglés y no ruso. Aprender ruso había sido difícil, pero inglés me resultaba imposible. Tenía la impresión de que mi boca no estaba hecha para hablar inglés. Mis profesores hicieron lo imposible, mis padres sufrieron y yo sabía que, sin duda, el idioma inglés no era para mí.

Pero entonces algo cambió en mi juventud. Casi todos los días iba hasta el aeropuerto en bicicleta y observaba el aterrizaje y el despegue de los aviones. Leí, estudié y aprendí todo lo que pude encontrar sobre aviación: mi mayor deseo era llegar a ser piloto. Me imaginaba a mí mismo en la cabina del piloto de un avión comercial o de un avión de combate. En lo profundo de mi corazón, sentí que aquello sí era para mí.

Luego supe que para ser piloto tenía que saber hablar inglés. De la noche a la mañana, para sorpresa de todos, pareció que mi boca había cambiado. Fui capaz de aprender inglés. Aun así, me costó gran esfuerzo, perseverancia y paciencia, pero, ¡pude aprender a hablar en inglés! Seguir leyendo

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La ley del diezmo

Conferencia General Octubre 2006
La ley del diezmo
Élder Daniel L. Johnson
De los Setenta

Les invito a que pongan su confianza en el Señor y, como Él mismo lo ha dicho: “Probadme ahora en esto”.

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Deseo que mis palabras esta tarde sean una invitación para aquellos que aún no han obtenido un testimonio personal del pago de un diezmo íntegro. Se utilizan muchas razones para no pagar el diezmo, tales como emergencias médicas, deudas, reparaciones de la casa o el automóvil, gastos educativos y seguro. Éstas y otras razones son muy reales y las vivimos y afrontamos a diario muchos, si no todos nosotros. Estas cargas reducen nuestros limitados recursos económicos que, si no los cuidamos sabiamente, harán que nos sea imposible cumplir con nuestra obligación del pago del diezmo al Señor. El incumplimiento de esta ley eterna no debe tomarse a la ligera; ya que no sólo puede afectar nuestro crecimiento y desarrollo espiritual sino también limitar las bendiciones físicas y temporales que de lo contrario podríamos disfrutar.

Como dijo el presidente Spencer W. Kimball en una ocasión: “Aquí el Señor pone en claro que el diezmo es Su ley y que es un requisito para todos los que le siguen. El vivir esta ley de Dios es un honor y un privilegio, una seguridad, una promesa y una bendición para nosotros. El no cumplir completamente con esta obligación es negarnos a nosotros mismos las promesas y hacer caso omiso de un asunto que es de gran importancia. Es una transgresión, no un descuido sin consecuencias” 1 .

Entonces, ¿qué es el diezmo? El Señor nos ha dado Su definición: “Y esto será el principio del diezmo de mi pueblo. Y después de esto, todos aquellos que hayan entregado este diezmo pagarán la décima parte de todo su interés anualmente; y ésta les será por ley fija perpetuamente” 2 . Tengan a bien notar que el diezmo no es una simple ofrenda voluntaria, ni tampoco es la vigésima parte o cualquier otra fracción de nuestro interés o ingreso anual.

El presidente Howard W. Hunter declaró lo siguiente: “La ley dice claramente ‘la décima parte de todo su interés’. El interés significa ganancia, remuneración, utilidades. Es el sueldo de un empleado, la ganancia de la operación de un negocio, las utilidades que se reciben de lo que uno produce o la remuneración que recibe una persona de cualquier otra fuente de ingreso. El Señor dijo que es ‘perpetuamente’ una ley fija como lo ha sido en el pasado” 3 . Seguir leyendo

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Miren hacia la eternidad!

Conferencia General Octubre 2006
¡Miren hacia la eternidad!
Elaine S. Dalton
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

¿Entiendes por qué es tan importante mantenerse limpio y puro?

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Cuando nació nuestro primer nieto, toda la familia salió para el hospital a toda prisa. Fue una experiencia increíble para mí ver a nuestro hijo mayor, Matthew, sosteniendo a ese nuevo y precioso niño. Al estar frente al ventanal de la habitación de los niños recién nacidos con nuestro hijo menor, Chad, miramos a los ojos de ese nuevo y pequeño espíritu, tan limpio, tan puro, que había venido del cielo tan recientemente. Parecía que el tiempo se hubiera detenido y por un instante pudimos ver el gran plan eterno. Lo sagrado de la vida era claro como el agua, y le susurré a Chad: “¿Entiendes por qué es tan importante mantenerse limpio y puro?” Él respondió con reverencia: “Sí, mamá, lo entiendo”.

Ese momento fue tan trascendental que deseo que cada hombre y mujer joven, cada uno de los jóvenes adultos y, en realidad, cada uno de nosotros sienta y sepa la importancia de llevar una vida digna y pura. Nuestra dignidad personal es lo que nos calificará para llevar a cabo nuestra misión terrenal individual.

Nuestra misión personal comenzó mucho antes de que llegásemos a la tierra. En la vida preterrenal, fuimos “llamados y preparados” para vivir en la tierra en un tiempo en que las tentaciones y los desafíos serían más grandes. Eso fue “por causa de [nuestra] fe excepcional y buenas obras” y por “escoger el bien” 1 . Entendimos el plan de nuestro Padre y supimos que era bueno; y no solamente lo elegimos, sino que también lo defendimos. Sabíamos que nuestra misión terrenal estaría llena de tentaciones, pruebas y dificultades; pero también sabíamos que seríamos bendecidos con la plenitud del Evangelio, profetas vivientes y la guía del Espíritu Santo. Nosotros sabíamos, y comprendíamos, que nuestro éxito en esta tierra dependería de nuestra dignidad y pureza.

¿Qué significa ser digno? En el Libro de Mormón, el padre de Lamoni suplicó: “¿Qué haré para lograr esta vida eterna de que has hablado?” 2 . Entonces el rey hizo un compromiso con el Señor cuando dijo: “…abandonaré todos mis pecados para conocerte” 3 . Una vez que el padre de Lamoni comprendió quién era y el gran plan del que formaba parte, la dignidad se convirtió en el deseo de su corazón. Seguir leyendo

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El domingo llegará

Conferencia General Octubre 2006
El domingo llegará
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Por motivo de la vida y el eterno sacrificio del Salvador del mundo, nos reuniremos con aquellos a quienes hemos amado.

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Estoy agradecido por estar con ustedes y fortalecerme con sus testimonios. Más allá de lo que se puede decir, agradezco sus amables palabras de apoyo, sus expresiones de amor y sus oraciones.

Hoy me gustaría compartir algunos recuerdos personales.

Nací de buenos padres. De mi padre, Joseph L. Wirthlin, aprendí los valores del trabajo arduo y de la compasión; él fue obispo de nuestro barrio durante la Gran Depresión y sentía una preocupación especial por aquellos que sufrían. Ofreció su ayuda a los necesitados no porque era su deber, sino porque tenía un deseo sincero de hacerlo.

Bendijo y cuidó incansablemente la vida de muchos en necesidad. Para mí, él era un obispo ideal.

Los que conocían a mi padre sabían lo activo que era. Alguien me dijo que él podía hacer la labor de tres hombres; siempre tenía algo que hacer. En 1938, tenía un buen negocio cuando recibió una llamada del Presidente de la Iglesia, Heber J. Grant.

El presidente Grant le dijo que ese día iban a reorganizar el Obispado Presidente y querían que mi padre fuera consejero de LeGrand Richards. Eso tomó a mi padre por sorpresa y preguntó si podía orar al respecto.

El Presidente dijo: “Hermano Wirthlin, quedan sólo 30 minutos antes de la siguiente sesión de la conferencia y quiero descansar un poco. ¿Cuál es su respuesta?”

Naturalmente mi padre dijo que sí. Sirvió 23 años, 9 de ellos como Obispo Presidente de la Iglesia.

Mi padre tenía 69 años cuando murió. Yo estaba con él cuando sufrió un colapso de manera repentina; poco después falleció.

A menudo pienso en mi padre y lo extraño.

Mi madre, Madeline Bitner, fue otra gran influencia en mi vida. En su juventud, fue una buena atleta y campeona de carreras. Siempre fue buena y amorosa, pero su ritmo era agotador. A menudo decía: “Dense prisa”; y al oírla, apresurábamos la marcha. Tal vez ésa fue una de las razones por las que yo corría tan rápido cuando jugaba al fútbol americano.

Mi madre tenía grandes expectativas para sus hijos y esperaba lo mejor de nosotros. Puedo recordarla diciéndonos: “No seas un don nadie; debes mejorar”. Llamaba don nadie a alguien perezoso que no trataba de vivir de acuerdo con su potencial. Seguir leyendo

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Las Santas Escrituras: El poder de Dios para nuestra salvación

Conferencia General Octubre 2006
Las Santas Escrituras: El poder de Dios para nuestra salvación
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Los sagrados registros dan testimonio del Salvador y nos conducen hacia Él.

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Las Santas Escrituras son la palabra de Dios que se nos ha dado para nuestra salvación. Las Escrituras son de importancia primordial para recibir un testimonio de Jesucristo y de Su Evangelio. Las Escrituras que Dios nos ha dado en estos últimos días son: El Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Esos sagrados registros dan testimonio del Salvador y nos conducen hacia Él. Por esa razón, grandes profetas, como Enós, rogaron con fe al Señor que preservara sus escritos.

¿Serían tan amables de abrir el Libro de Mormón? Vean la portada. En ella dice que éste fue “escrito por vía de mandamiento, por el espíritu de profecía y de revelación”; que ha “[aparecido] por el don y el poder de Dios”, y que su interpretación es “por el don de Dios”: por el Espíritu Santo. Muestra “cuán grandes cosas el Señor ha hecho” y nos ha dado “para que [conozcamos] los convenios del Señor”, para que no seamos “desechados para siempre”. Y lo más importante, que se ha escrito para convencernos “de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios”.

Pasen la página y vean la introducción. Aquí aprendemos que este registro profético es “escritura sagrada semejante a la Biblia”. Éste contiene “la plenitud del evangelio eterno… describe el plan de salvación, y [nos] dice… lo que [debemos] hacer para lograr la paz en esta vida y la salvación eterna en la vida venidera”. Promete a cada uno de nosotros que “todos aquellos que quieran venir [al Salvador] y obedecer las leyes y las ordenanzas de su evangelio podrán salvarse”.

¿Cuál es la función primordial de este sagrado libro en nuestros días? ¿Cuál es su mensaje acerca del propósito de todas las Escrituras?

En la primera página del libro 1 Nefi —que es el primer libro del Libro de Mormón— leemos que, alrededor del año 600 a. de C., Dios le ordenó a Lehi que huyese al desierto junto con su familia. Pero Lehi no había llegado muy lejos cuando el Señor le mandó que hiciera regresar a sus hijos. ¿Para qué? Para recuperar las Escrituras, las planchas de bronce, las cuales eran tan importantes que los hijos de Lehi arriesgaron la vida y perdieron todas sus posesiones materiales con el fin de recuperarlas. Fue la ayuda del Señor y la fe de Nefi lo que hizo posible que las planchas llegaran de forma milagrosa a sus manos. Cuando Nefi y sus hermanos regre saron, Lehi, su padre, se regocijó. Comenzó a examinar las Santas Escrituras “desde el principio” y “descubri[eron] que eran deseables; sí, de gran valor… por motivo de que [Lehi y su posteridad podrían] preservar los mandamientos del Señor para [sus] hijos” 1 .

De hecho, las planchas de bronce constituían un registro de los antepasados de Lehi, de su idioma, de su genealogía y, más importante aún, del Evangelio que habían enseñado los santos profetas de Dios. Al examinar las planchas, Lehi aprendió lo mismo que todos nosotros aprendemos al estudiar las Escrituras: Seguir leyendo

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El discipulado

Conferencia General Octubre 2006
El discipulado
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Una de las mayores bendiciones de la vida y de la eternidad es ser contado como uno de los devotos discípulos del Señor Jesucristo.

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Una gran multitud seguía al Salvador cuando ministraba en las costas del mar de Galilea, y para que más gente pudiera oírlo, se subió a la barca de Pedro y pidió que lo alejaran un poco de la orilla. Al concluir Sus palabras, le dijo a Pedro, quien había estado pescando toda la noche sin éxito, que se adentrara en el lago y arrojara las redes en aguas más profundas. Pedro obedeció, y atrapó tantos peces que las redes se rompieron; luego llamó a sus compañeros, Santiago y Juan, para que fueran a ayudarlo. Todos estaban sorprendidos por la gran cantidad de peces que habían atrapado. Jesús le dijo a Pedro: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Lucas nos dice: “Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron” 1 . Así se convirtieron en discípulos del Señor.

Las palabras discípulo y disciplina proceden de la misma raíz latina discipulus, que significa alumno. Ese término resalta la práctica o el ejercicio. La autodisciplina y el autodominio son características constantes y permanentes de los seguidores de Jesús, como lo demostraron Pedro, Santiago y Juan, quienes “dejándolo todo, le siguieron”.

¿En qué consiste el discipulado? Básicamente en obediencia al Salvador, aunque incluye muchas cosas, como la castidad, el diezmo, la noche de hogar para la familia, la obediencia a todos los mandamientos o el despojarse de cualquier cosa que no sea buena para nosotros. Todo en la vida tiene un precio. Si se tiene en cuenta la gran promesa del Salvador de recibir paz en esta vida y la vida eterna, el discipulado es un precio que vale la pena pagar; es un precio que no podemos darnos el lujo de no pagar. En comparación, los requisitos del discipulado son mucho menos que las bendiciones prometidas.

Los discípulos de Cristo reciben el llamamiento no sólo de abandonar las cosas del mundo, sino de llevar la cruz diariamente. Llevar la cruz significa obedecer Sus mandamientos y edificar Su Iglesia en la tierra, así como tener dominio de uno mismo 2. Jesús de Nazaret nos enseñó: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” 3. “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”4.

La letra de una hermosa canción de la Primaria resuena en todo aquel que sigue al Maestro: Seguir leyendo

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Oh, sed prudentes!

Conferencia General Octubre 2006
¡Oh, sed prudentes!
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ruego que nos centremos en las maneras sencillas de servir en el reino de Dios y nos esforcemos siempre por cambiar vidas, incluso la nuestra.

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Hermanos y hermanas, al estudiar recientemente el Libro de Mormón, me llamó la atención una de las enseñanzas del profeta Jacob. Como recordarán, Jacob era uno de los dos hijos del padre Lehi nacidos en el desierto después de que la familia partiera de Jerusalén. Jacob fue testigo de milagros y presenció también la división de su familia causada por la desobediencia y la rebelión. Jacob conocía y amaba a Lamán y a Lemuel, así como conocía y amaba a Nefi, y la disensión entre éstos le afectaba de manera íntima y personal. En lo que a Jacob concernía, no era un asunto de ideología, filosofía o incluso de teología, sino que se trataba de la familia.

La tierna angustia del alma de Jacob es evidente ya que le preocupaba enormemente que su pueblo “[rechazara] las palabras de los profetas” en cuanto a Cristo y “[negara]… el poder de Dios y el don del Espíritu Santo… [e hiciera] irrisión del gran plan de redención” (Jacob 6:8).

Y entonces, justo antes de despedirse, pronuncia siete sencillas palabras que constituyen el texto básico de mi mensaje de esta mañana. La súplica de Jacob fue: “¡Oh, sed prudentes! ¿Qué más puedo decir?” (Jacob 6:12).

Ustedes que son padres y abuelos entienden cómo debió sentirse Jacob en aquel entonces. Él amaba a su pueblo porque, además, también era su familia. Les había enseñado tan claramente como había podido y con toda la energía de su alma. Les advirtió inequívocamente lo que podía suceder si elegían no “[entrar] por la puerta estrecha, y [continuar] en el camino que es angosto” (Jacob 6:11). No sabía qué más decir para advertir, instar, inspirar y motivar; así que, de manera sencilla y profunda, dijo: “¡Oh, sed prudentes! ¿Qué más puedo decir?”.

Me he reunido con miembros de la Iglesia en muchos países del mundo y me impresionan el ánimo y la energía de muchos de ellos. Se está llegando al corazón de la gente y su vida está siendo bendecida, y la obra avanza con dinamismo, algo por lo que me siento profundamente agradecido; sin embargo, veo que como miembros de la Iglesia debemos ser muy prudentes en todo lo que hagamos. Seguir leyendo

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El poder de la paciencia

Conferencia general Octubre 2006
El poder de la paciencia
Élder Robert C. Oaks
De la Presidencia de los Setenta

La paciencia se podría considerar como una virtud que da lugar a otras, y que contribuye al progreso y a la fortaleza de virtudes tales como el perdón, la tolerancia y la fe.

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Cuán agradecido estoy por las Escrituras de los últimos días referentes a valores cristianos fundamentales.

En el Libro de Mormón se nos da una visión de la relación que hay entre la paciencia y la caridad. Mormón, después de haber señalado que si un hombre “no tiene caridad, no es nada; por tanto, es necesario que tenga caridad”, procede a nombrar trece elementos de la caridad, o sea, el amor puro de Cristo. Me parece muy interesante que cuatro de los trece elementos de esa virtud que es necesario tener se relacionen con la paciencia (véase Moroni 7:44–45).

Primero, “la caridad es sufrida”; de eso se trata la paciencia. La caridad “no se irrita fácilmente”, es otro aspecto de esa cualidad, al igual que la caridad “todo lo sufre” y, finalmente, la caridad “todo lo soporta” es, desde luego, una expresión de la paciencia (Moroni 7:45). De esos elementos determinantes es obvio que si la paciencia no adornara nuestra alma, careceríamos seriamente de una actitud semejante a la de Cristo.

En la Biblia, Job nos ofrece el clásico retrato de la paciencia. Tras haber perdido su vasto imperio, incluso a sus hijos, Job pudo, gracias a su inquebrantable fe, proclamar: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Durante toda su tribulación y dolor “no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:21–22).

Cuántas veces oímos al alma oprimida preguntar neciamente: “¿Cómo ha podido Dios hacerme esto?”, cuando en verdad deberían orar para recibir fortaleza para “sufrir” y “soportar todas las cosas”. Seguir leyendo

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La primera generación

C. G. Octubre de 2006
La primera generación
Élder Paul B. Pieper
De los Setenta

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Al ser los primeros de su familia en aceptar el Evangelio, ustedes pasan a ser la primera generación, una generación elegida por medio de la cual las generaciones pasadas, presentes y futuras serán bendecidas.

Hace varios días, mientras conversábamos sobre los discursos durante una comida familiar, Clarissa, nuestra hija de trece años, que estaba preparando un discurso para la reunión sacramental de nuestra rama en Moscú, manifestó cierta inquietud. Le aseguré que todo iba a estar bien y le expresé mi propia inquietud diciéndole que por lo menos ella no tendría que hablar ante miles de personas en la conferencia general. Clarissa, por su parte, me tranquilizó y aconsejó diciendo: “Todo saldrá bien, papá. Tú sólo imagínate que es una rama grande”. Hermanos y hermanas, en verdad ustedes son una rama muy grande.

He decidido dirigir mis palabras de esta mañana a los que son la primera generación de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a ustedes que son los primeros de su familia en escuchar y abrazar el mensaje de que el Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado en la tierra en nuestros días y que contamos con profetas, videntes y reveladores. Ustedes fueron humildes, ejercieron la fe, se arrepintieron de todos sus pecados, tomaron sobre sí el nombre de Jesucristo a través del bautismo por inmersión y recibieron el Espíritu Santo 1 . Al ser los primeros de su familia en aceptar el Evangelio, ustedes pasan a ser la primera generación, una generación elegida por medio de la cual las generaciones pasadas, presentes y futuras serán bendecidas 2 .

No siempre es fácil pertenecer a la primera generación de miembros de la Iglesia. Tendrán que caminar por donde nadie de su familia ha caminado antes. Las situaciones a su alrededor pueden ser difíciles. Quizás tengan pocos o ningún amigo o familiar que les comprenda y les dé su apoyo. En ocasiones pueden sentirse desalentados y se preguntarán si todo esto vale la pena. Mi propósito en esta mañana es confirmarles que sí.

Aquéllos de ustedes que son la primera generación de miembros ocupan un lugar especial e importante en la Iglesia y en sus respectivas familias. ¿Sabían ustedes que los miembros de primera generación suponen más de la mitad de los miembros de la Iglesia? 3 Tal vez, desde el comienzo de la Iglesia, la primera generación de miembros no haya constituido un porcentaje tan grande del total de miembros de la Iglesia como en la actualidad. Su fe y sus testimonios son una gran fortaleza y una bendición para otros miembros. Por medio de ustedes, nosotros obtenemos una comprensión más profunda de los principios del Evangelio y nuestros testimonios se fortalecen.

Ustedes aportan una gran fortaleza a la Iglesia cuando se valen de sus testimonios, sus talentos, sus destrezas y su vitalidad para edificar el reino en sus barrios y ramas. Ustedes son grandes ejemplos de cómo compartir el Evangelio, de cómo servir una misión, de cómo enviar a sus hijos a la misión y de cómo recibir a los miembros nuevos. Ustedes tienden la mano amablemente a su prójimo, lo edifican y lo bendicen mediante el servicio inspirado. Gran parte de lo que se logra actualmente en la Iglesia no podría hacerse sin sus esfuerzos. Seguir leyendo

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Testificamos al mundo

C.G. Octubre 2006
Testificamos al mundo
Gordon B. Hinckley
Presidente Gordon B. Hinckley

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El Señor bendice generosamente a Su Iglesia, y nuestro deber es hacer todo lo que podamos para que ésta siga adelante.

Mis hermanos y hermanas, al reunirnos en otra conferencia general, me agrada informar que el progreso de la Iglesia continúa tanto en fortaleza como en influencia. Hace unos 24 años, en 1982, anoté esto en mi diario: “Para la conferencia general de octubre habrá en función más de 300 enlaces de comunicación de nuestro servicio de vía satélite. Eso significa que tendremos más de 300 centros de estaca, donde nuestra gente pueda reunirse a lo largo de la nación y participar de la conferencia”.

Se me ha informado que ahora hay 6.066 ubicaciones con recepción de señal de satélite de la Iglesia en 83 países. Cuán agradecido estoy de que, junto con el aumento en números, también exista un aumento en la capacidad de llegar a los Santos de los Últimos Días en el mundo y comunicarnos con ellos.

Ahora bien, desearíamos tener más bautismos en Estados Unidos y Canadá, pero lo mismo se puede decir de cualquier otro lugar del mundo; no obstante, la mies es mucha, con miembros en unas 160 naciones. Donde no hace mucho había muy pocos Santos de los Últimos Días, hoy en día existen barrios y estacas fuertes con un liderazgo de hombres y mujeres fieles y capaces.

Aunque haya limitaciones en nuestra habilidad para viajar donde sea posible, eso se compensa con la capacidad de la Primera Presidencia, de los miembros de los Doce y de los Setenta de dirigir la palabra vía satélite a un gran número de estacas en el mundo.

Las circunstancias cambian, pero nuestro mensaje no cambia; damos testimonio al mundo de que los cielos se han abierto, que Dios, nuestro Padre Eterno y Su Hijo, el Señor resucitado, han aparecido y han hablado. Damos nuestro solemne testimonio de que se ha restaurado el sacerdocio con las llaves y la autoridad de las bendiciones eternas.

Hace poco dedicamos el nuevo Templo de Sacramento, California, el 7º de ese estado y el templo número 123 en el mundo. También, hemos efectuado la palada inicial para otro templo en la zona de Salt Lake.

Nos deleita anunciar que la renovación del Tabernáculo de Salt Lake avanza según lo previsto y que en la próxima primavera el coro del Tabernáculo reanudará sus trasmisiones semanales en ese excepcional y maravilloso edificio.

La Iglesia está llevando a cabo un gran proyecto de reforma con el interés de proteger los entornos de la Manzana del Templo. Aunque el costo será grande, éste no se empleará de los gastos de los fondos de los diezmos.

Sin embargo, la fidelidad de nuestra gente continúa demostrándose en el pago de diezmos y de ofrendas de ayuno.

En general, sólo puedo informar que el Señor bendice generosamente a Su Iglesia, y que nuestro deber es hacer todo lo que podamos para que ésta siga adelante.

Ahora, hermanos y hermanas, después de que cante el coro, escucharemos las palabras de nuestros hermanos y hermanas y al continuar con esta maravillosa conferencia, ruego que el Espíritu del Señor dirija todo lo que se haga y se diga, y que nuestro corazón y nuestra mente se llenen hasta rebosar, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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La Expiación puede purificarnos, reivindicarnos y santificarnos

Conferencia General Octubre de 2006

La Expiación puede purificarnos,
reivindicarnos y santificarnos

Élder Shayne M. Bowen
De los Setenta

La expiación de Jesucristo está al alcance de cada uno de nosotros. Su expiación es infinita.


En Idaho Falls, Idaho, hay un hermoso aeropuerto. Uno de los más grandes de la región, este aeropuerto permite un acceso fácil a la parte alta del valle del río Snake. Recuerdo que de joven regresé de Chile a este mismo aeropuerto y saludé a mi familia después de haber prestado servicio misional por dos años. Escenas similares han tenido lugar miles de veces en este aeropuerto al responder los santos fieles al llamado de servir. Esa es una parte útil e integral de la ciudad y de la región.

Cerca del aeropuerto se encuentra otra parte útil y hermosa de la ciudad: el parque Freeman. El río Snake corre a lo largo de este parque por más de tres kilómetros, donde hay también un camino para peatones que lo cruza y que bordea el río por varios kilómetros.

El parque Freeman cuenta con varias hectáreas de verde césped, con canchas de béisbol y de softball, con columpios para los niños, con lugares techados y con mesas para reuniones familiares, y bellos caminitos bordeados de árboles y arbustos para que se paseen las parejas. Desde el parque, mirando río abajo, uno puede ver el majestuoso Templo de Idaho Falls, blanco y puro, asentado en terreno elevado. El sonido de las aguas tumultuosas del río Snake abriéndose paso a través de los afloramientos de lava natural, hace de este parque un sitio muy atractivo. Es uno de mis lugares preferidos para caminar con mi esposa, Lynette; descansar, contemplar y meditar; es muy tranquilo e inspirador.

¿Por qué hablo del aeropuerto regional y del parque Freeman de Idaho Falls? La razón es que ambos se construyeron sobre el mismo tipo de terreno; estos dos lugares tan hermosos y útiles se habían empleado anteriormente como basureros públicos.

Un basurero municipal es donde la basura se entierra entre capas de tierra. Según la definición del diccionario Webster, un basurero es: “un sistema que se emplea para deshacerse de la basura, enterrando los residuos entre capas de tierra con el fin de rellenar un terreno bajo” (Merriam-Webster’s Collegiate Dictionary, 11 ed., 2003, pág 699).

Otra definición de un basurero municipal o público es “un lugar donde la basura se entierra y se reivindica el terreno”. La definición de reivindicar es: “liberar de una conducta equivocada o incorrecta,… rescatar de un estado indeseable” (pág. 1039).

He vivido en Idaho Falls casi toda mi vida, y he contribuido con una gran cantidad de basura a esos basureros por más de cincuenta años.

¿Qué pensarían los gobernantes de la ciudad si me apareciera un día con una escavadora en una de las pistas del aeropuerto de Idaho Falls o en medio de campos de césped del parque Freeman y empezara hacer hoyos grandes? Y si me preguntaran qué estoy haciendo, les diría que quiero sacar toda la basura que he acumulado durante años. Seguir leyendo

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La lucha por un testimonio

Agosto de 1985
La lucha por un testimonio
Por Dennis L. Lythgoe

Me crié dentro de la Iglesia y puedo decir que mis maestros y líderes siempre fueron diligentes y muy efica­ces al tratar de inculcar en mí un amor hacia el evangelio, un conocimiento de sus principios y, especialmente, un testimonio —lo que el presidente Jo­seph Fielding Smith llamaba la “comu­nicación del Espíritu Santo con el alma de una manera convincente y positi­va”. (Answers to Cospel Questions [Respuestas a preguntas sobre el evan­gelio], comp. Joseph Fielding Smith, hijo, 5 vols., Salt Lake City: Deseret BookCo., 1979, 3:28.) Durante los años de mi adolescencia, recuerdo que muchos maestros y discursantes en charlas fogoneras nos hablaban sobre la manera de obtener un testimonio.

Me pareció tan fácil que decidí seguir sus consejos.

La escritura que más citaban era Moroni 10:4-5, que explica cómo ob­tener un testimonio sobre el Libro de Mormón: “Y cuando recibáis estas co­sas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios, el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, te­niendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Es­píritu Santo; y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de to­das las cosas”.

Algunas personas me habían ense­ñado cómo se recibía respuesta a una oración, y a menudo se referían a la experiencia que José Smith y Oliverio Cowdery habían tenido al traducir el Libro de Mormón. Cuando Oliverio Cowdery empezó a tener dificultad en la traducción, el Señor le indicó que debía estudiarlo en su mente y luego preguntarle a Él si estaba correcto. Si así era, sentiría un ardor de pecho, y si estaba erróneo, tendría un “estupor de pensamiento” que lo haría olvidar la cosa errónea (D. y C. 9:7-9).

Como estudiante de secundaria, de­cidí que iba a seguir este consejo y que trataría de obtener mi propio testimo­nio del evangelio. Deseaba saber con toda certeza que era verdadero, de mo­do que leí cuidadosamente el Libro de Mormón, subrayando algunos pasajes y haciendo notas sobre los memorables a medida que iba leyendo. Al terminar de leerlo, estaba ansioso por ver el re­sultado de la promesa de Moroni. Me arrodillé y oré, tratando de saber por mí mismo si este libro era verdadero o no. A pesar de que oré una y otra vez por muchas semanas con lo que yo creía era “verdadera intención” y de­terminación, no pude reconocer ningu­na respuesta. Cuando mis amigos se paraban a expresar sus testimonios en la reunión de ayuno, mis padres se sentían defraudados porque yo no lo hacía. Les dije que estaba esforzándo­me por obtener mi propio testimonio, pero que todavía no lo había logrado. Tenía que ser sincero al darlo. Me preocupaba y me preguntaba qué era lo que me estaba impidiendo lograr mi objetivo. Tal vez la vida que llevaba no era totalmente satisfactoria ante el Señor, pensaba, y era por eso que no me respondía; o posiblemente estaba orando en un forma indebida; también podía ser que no sabía cómo reconocer una respuesta en el momento en que la estaba recibiendo. Seguir leyendo

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Con el son de trompeta

Agosto de 1985
“Con el son de trompeta”
Por Jeanne Newman

Quizás he llevado una vida muy acogedora, pero simplemente no estoy acostumbrada a que alguien me diga que me voy a ir al infierno. Sin embargo, eso fue suficiente para obligarme a pensar seriamente sobre algu­nas cosas, que hasta el día de hoy ten­go muy presentes.

El incidente ocurrió un verano, al interrumpir mis estudios en la Univer­sidad Brigham Young (Provo, Utah) para ir a trabajar a una oficina guber­namental en Washington, D.C. Había en esa oficina un empleado joven que era excepcionalmente brillante y elo­cuente y que, además de trabajar a jor­nada completa, se encontraba termi­nando sus estudios en leyes. No era miembro de la Iglesia, pero por varios años había vivido rodeado de miembros. Me atrevo a decir que probable­mente conocía los puntos técnicos de nuestra doctrina mejor que yo, y su conocimiento de la Biblia era espléndi­do. Si nuestras conversaciones hubie­ran degenerado alguna vez en argu­mentos, su perspicaz mente de abogado y verbosidad me hubieran de­jado anonadada y sin aliento. Esto era precisamente lo que se proponía con­seguir, supongo, pues se deleitaba en hacerme preguntas con el expreso propósito de confundirme, y sus ataques a la Iglesia siempre parecían muy bien estudiados e ingeniosamente ejecuta­dos. Pude descubrir claramente sus verdaderas intenciones cierto día cuan­do, después de haber sostenido una larga conversación, hizo el siguiente comentario: “Ni siquiera logré hacerla llorar, ¿verdad?”.

Para ser sincera, tengo que confesar que sí lo logró una vez, y sucedió jus­tamente en su presencia. Pero la razón no fue de ningún modo por sentirme frustrada y derrotada. Esto realmente nunca representó problema para mí, pues cuanto más fuertemente me ata­caba, más intensamente podía yo sen­tir el apoyo del Espíritu, confirmándo­me la validez de mi testimonio y llenándome de una paz tal que no sen­tía ni el menor deseo de discutir con él.

Las lágrimas afluyeron después de una ocasión en la cual me explicó su mayor objeción a la Iglesia. El creía que los hombres son salvos por la gra­cia; que el Salvador expió nuestros pe­cados y que lo único que se requiere de nosotros es creer en El y aceptarlo co­mo nuestro Salvador. Expresó que te­nía una relación personal con Cristo, y que, por ende, para ser salvo no nece­sitaba más que eso. En cambio, afirmó amargamente, los Santos de los Últimos Días no aprecian ni a Cristo ni lo que hizo por nosotros. La creencia de éstos en requisitos además de la fe, tales como el bautismo y la obediencia a los mandamientos, degrada la expia­ción del Salvador al implicar que no basta por sí sola para salvar a los hom­bres. Sostuvo enérgicamente que las creencias de los mormones son casi una blasfemia. Se le ocurrieron mu­chos adjetivos para describirlos, pero la palabra cristianos no se encontraba definitivamente entre ellos. Y ésa, afirmó, era la razón por la que me iba al infierno.

Al escuchar su condena, acudieron a mi mente una y mil respuestas a su ataque. Podía decir que Cristo mismo fue quien instituyó la ordenanza del bautismo y que El mismo había dado el ejemplo. Podía decir también que Él había sido uno de los que más habían recalcado la obediencia a los manda­mientos. Podía mencionar que precisa­mente uno de sus discípulos había di­cho que “la fe sin obras es muerta”. Más no dije nada parecido. Al contra­rio, cuando el joven se detuvo por un momento para recobrar su aliento, simplemente lo miré y le dije: “El Sal­vador es más importante que cualquier otra cosa de mi vida”. Entonces le ex­presé mi testimonio sobre Jesucristo. Le hablé de mi amor por el Salvador y de la seguridad que tenía de que él me amaba. Le dije también que la expia­ción de Jesucristo era lo único que le daba propósito a mi vida, y que su evangelio era el ancla a la que me afe­rraba cuando se me juntaban el cielo y la tierra. Le dije que mi vida se centraba en el esfuerzo por vivir el evangelio del Señor y que poseía un testimonio personal de Jesucristo, el Hijo de Dios. Estoy segura de que no hablé en forma elocuente o impresionante, pero fue en esos momentos cuando se me llenaron los ojos de lágrimas.

Cuando hube terminado de hablar, ocurrió algo sorprendente: este amigo mío, de tanta labia y astucia, guardó silencio por unos momentos. Cuando se dispuso a hablar, el volumen de su voz había disminuido hasta un tono moderado, y me dijo: “Eres la primera mormona que me ha expresado real­mente un testimonio de Jesucristo”. Seguir leyendo

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