Junio de 1985
Libertad, paz y seguridad
Por el élder Robert L. Simpson
Del Primer Quórum de los Setenta
Jaime acababa de cumplir 18 años de edad. Se encontraba sentado frente a una Autoridad General de la Iglesia, obviamente algo nervioso, lleno de frustración y demostrando mucho resentimiento. Sin poder contenerse hizo su petición, la cual fue directa y simple.
— ¡Quiero ser excomulgado de la Iglesia, hoy mismo!
— ¿Cuánto hace que eres miembro?
— Cerca de tres años —respondió.
— ¿Por qué pides algo así?
— Porque he perdido mi libre albedrío. Me gusta fumar y la Iglesia me está privando de mi libre albedrío para, vivir como yo quiero.
Jaime no reconocía que el momento más importante en el que ejerció el libre albedrío fue cuando decidió bautizarse y vivir de acuerdo con las normas del evangelio.
Era obvio que Jaime se estaba asociando con amigos de su edad fuera de la Iglesia que gradualmente habían atrofiado su sensibilidad y edificación espirituales, las cuáles había sentido al hacer los convenios bautismales.
Ya no era libre; sé había convertido en víctima de uno de los muchos métodos y decepciones del adversario, con los cuales engaña a veces aun a los elegidos e induce a las personas a alejarse de la verdad. Pero en realidad, la veracidad del evangelio es lo que nos hace libres (véase Juan 8:32). Todos tenemos la gran necesidad de ser libres.
Ya era tarde; los misioneros acababan de terminar de leer las escrituras y habían apagado la luz cuando oyeron un golpe en la puerta, el cual interrumpió el silencio. El élder Franklin abrió la puerta y encontró a Esteban, uno de sus buenos jóvenes conversos quien se había bautizado hacía nueve meses. Estaba allí parado, sin su acostumbrada sonrisa, sosteniendo un papel enrollado en la mano.
—Elder Franklin —dijo—, vine para entregarle mi certificado de ordenación al sacerdocio; por favor guárdemelo hasta que yo pueda resolver un problema. En este momento no me siento digno de poseer el sacerdocio, pero sé que pronto volveré para recoger el certificado.
En realidad, lo que Esteban hizo no era necesario, excepto tal vez para su propia tranquilidad hasta que pudiera solucionar todos sus asuntos como él deseaba. Pero la conciencia tranquila es la clave; no podía disfrutar de ella mientras que existiera un conflicto con su llamamiento en el sacerdocio. Todos necesitamos sentir paz: una conciencia tranquila.
Susana estaba muy callada mientras volvían a casa después de la reunión de testimonios. De hecho, estaba tan callada que su padre buscó la oportunidad para hablar con ella a solas un poco después de haber llegado. Susana tenía la impresión de que ella no tenía un testimonio del evangelio. Ese día, dos o tres miembros habían expresado “saber, sin lugar a dudas” que el evangelio era verdadero, y con lágrimas en los ojos dijo:
—Papá, no puedo decir que sé que es verdadero, y eso me preocupa.
Su padre fue paciente y comprensivo, ya que claramente recordaba sus años de adolescencia en que estaba desarrollando su propio testimonio.
—Susana —le preguntó—, ¿por qué pagas tus diezmos?
—Porque sé que es un mandamiento del Señor —respondió ella sin vacilar.
Su padre entonces procedió a repasar con ella algunos principios básicos, entre ellos la Palabra de Sabiduría, la ley del ayuno, el participar de la Santa Cena, las elevadas normas de moralidad y la oración. Esta pudo identificarse con cada uno de ellos rápida y positivamente. De pronto sonrió y le dijo a su padre:
—Caramba, papá, creo que sí tengo un testimonio de todo lo que has mencionado; supongo que podría dar mi testimonio en cuanto a las cosas que comprendo.
Y así sucede con todos nosotros. Susana ciertamente había sentido una falta de seguridad en esta Iglesia, a la cual ella amaba, pero ese sentimiento cambió después de que su padre le comprobó que ella ya estaba desarrollando un testimonio acerca de muchas verdades. La verdadera seguridad nace con un testimonio en el proceso de desarrollo. Se espera que cada uno de nosotros pase gran parte de su vida terrenal desarrollando y mejorando su testimonio y experimentando la maravillosa seguridad que se percibe con cada nueva verdad que se acepta. Todos necesitamos la seguridad urgentemente.
Desde el principio las personas han buscado la libertad. A través de los siglos han sentido la imperiosa necesidad de tener seguridad. No importa cuán duras y perversas se hayan vuelto, en el fondo, cierta y verdaderamente desean tener una conciencia tranquila.
¿No estáis agradecidos de que como Santos de los Últimos Días seamos los recipientes del mayor diluvio de verdad que jamás haya descendido sobre la tierra? Uno de los objetivos principales es utilizar nuestra posición ventajosa con el fin de compartir libremente esta verdad revelada, pues el Salvador ha declarado que “la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Vosotros y yo necesitamos escuchar a un profeta viviente y vivir de acuerdo con sus enseñanzas.
La paz parece ser y siempre ha sido algo importante en este mundo. La paz en la tierra fue uno de los mensajes claves que los mensajeros celestiales declararon al anunciar el nacimiento del Salvador. Sin embargo, durante tres guerras recientes cientos de jóvenes Santos de los Últimos Días se vieron atrincherados mientras que morteros, bombas y petardos amenazaban sus vidas por todas partes. Los agnósticos afirman que el cristianismo ha fracasado porque en los últimos 2.000 años no ha habido paz, sino sólo guerra y contención entre los hombres.
Las escrituras nos dicen que este periodo de probación terrenal estará lleno de contención, discordia, guerras y rumores de guerras, especialmente en los últimos días. El Salvador lo sabía cuándo declaró: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27). Indudablemente se refería a “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Fili. 4:7) —la conciencia tranquila— la paz que se siente con un testimonio personal. Es por eso que en una trinchera se puede sentir paz, incluso con proyectiles, bombas, etc. descendiendo en todas direcciones. La paz siempre ha acompañado a todo aquel que puede decir ante toda circunstancia: “Yo sé que mi Redentor vive”. La conciencia tranquila acompaña a todo testimonio en desarrollo; pero estad alerta, no sea que ese testimonio permanezca mucho tiempo en un estado latente. Existen más personas en este mundo que necesitan hallar la clase de paz de la que habló el Maestro.
¿No estáis agradecidos de que la verdadera seguridad se logra al saber que Dios el Padre y su Hijo realmente se aparecieron en una arboleda sagrada en este período de la historia del mundo, o con el conocimiento de que los cielos se han abierto y que la autoridad del sacerdocio —el derecho para actuar en su nombre— se haya restaurado? ¿No estáis agradecidos por saber con certeza que el Salvador fue bautizado por inmersión para dar el ejemplo a toda la humanidad? Buscó a uno con autoridad, Juan el Bautista. Los dos fueron a un lugar donde había “muchas aguas” (Juan 3:23; Marcos 1:5), y las escrituras registran que el Salvador subió “del agua” (Marcos 1:10). Esa es la clase de seguridad que el mundo necesita conocer.
¿No estáis agradecidos de que la conciencia tranquila sea algo personal, basada en una relación personal con nuestro Padre Celestial y su Hijo amado? Un testimonio en proceso de desarrollo no es más que una mayor comprensión de la verdad y una mayor capacidad para amar al Salvador. “Si me amáis”, dijo, “guardad mis mandamientos.” (Juan 14:15.) Al hacerlo, logramos la paz que vosotros y yo deberíamos estar ansiosos por compartir libremente y sin reserva.
Oh, ¡juventud de Sión! Ante todo, permaneced firmes en estas cosas; el mundo daría cualquier cosa por obtener lo que está a vuestro alcance. En vuestras manos está la libertad de los amenazantes grilletes del Adversario si encontráis la verdad y la vivís. Tenéis el comienzo de un firme cimiento y una seguridad total que se logra mediante el desarrollo de un compañerismo divino. Vuestra puede llegar a ser la paz que se ha prometido a todos aquellos que lleguen a conocer al Señor.