Por un sacrificio doble bendición

Liahona, Agosto de 1985

Por un sacrificio doble bendición

Por Mary Ann Young

Cómo podía ser posible que no hu­biéramos aceptado a aquel pre­cioso niño que se nos ofrecía? Después de tantos meses de orar y suplicar, y de vivir con la esperanza, ¿cómo podía­mos hacer tal cosa?

Y sin embargo, un hermoso varoncito había llegado a este mundo y no­sotros habíamos decidido que él no era para nosotros.

Al tratar de controlar nuestras emo­ciones, reflexionamos sobre aquella experiencia que se originó con una ex­traña llamada telefónica a la mediano­che de un día del mes de enero.

Había sido una noche tranquila, aunque todas nuestras noches así lo eran; en nuestra casa no había ningún bebé que se estuviera arrullando en su cuna, ni juguetes de colores, ni paña­les doblados. Todas esas cosas alegres sólo existían en donde había niños.

Era ya muy tarde cuando sonó el teléfono esa noche memorable. James, mi esposo, acudió a contestar y escu­chó por el auricular una voz femenina vagamente conocida.

—Un conocido mutuo mencionó que ustedes tienen interés en adoptar un niño. ¿No es así? —preguntó.

—Sí —respondió James—, nos gus­taría mucho.

Al escuchar eso, salté inmediata­mente, sorprendida. A medida que la conversación continuaba, prestaba atención a sus respuestas, deseando poder oír la voz de la persona con quien estaba hablando.

Al colgar el receptor, vi que la mano le temblaba, y que su voz sonaba tensa y nerviosa.

—Era una señora que conocí a tra­vés de un compañero de trabajo — dijo—. Dice que tiene una pariente le­jana que no está casada y que está para dar a luz. Es una muchacha joven que no tiene empleo y no cree poder cuidar al niño cuando nazca; su familia no está en condiciones de ayudarla, y es por eso que piensa que lo mejor para la criatura sería que alguien la adoptara.

Esa noche revivimos las esperanzas y emociones que tantas veces había­mos sentido cuando pensábamos que ya nos iban a dar un bebé.

Sin embargo, transcurrieron las se­manas sin que supiéramos nada al res­pecto, por lo que se desvaneció nues­tro optimismo. Por las noches hablábamos en cuanto a ese bebé que estaba por nacer y en cuanto a su llega­da a nuestro hogar. Sabíamos que la llamada telefónica no nos había traído más que falsas esperanzas, mas persis­timos en orar y ayunar. Seguir leyendo

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Semejanzas de dos profetas: Pablo y José Smith

Agosto de 1985
Semejanzas de dos profetas: Pablo y José Smith
Por Richard Lloyd Anderson

Si Pablo fue un profeta, José Smith también lo fue. Las evidencias que respaldan el llamamiento profético de Pablo sirven también para respaldar el de José Smith.

Se llega a tal conclusión como resul­tado de un estudio minucioso de la vi­da de estos dos grandes hombres. Por supuesto que con esto no se pretende declarar que José Smith fue exacta­mente como Pablo. Este no era un hombre apuesto, mientras que José Smith impresionaba a la mayoría de los que lo conocían por su estatura y buen porte. Pablo era un apóstol misionero, en tanto que José Smith presi­dió sobre Apóstoles y mayormente di­rigió la obra misional, más bien que viajar para hacerlo personalmente. Pa­blo era un hombre versado, pues con­taba con la mejor educación que su cultura podía proveer, mientras que

José Smith fue criado con bastante po­breza y su educación no sobrepasaba el segundo año de secundaria.

Pero pese a las marcadas diferencias personales, existen similitudes asom­brosas. Poco importa el hecho de que uno hablaba inglés, y el otro, dialectos hebreos y griego, con tal de que ambos hablaran mediante la inspiración del Espíritu Santo. En vista de que nuestro interés principal en este estudio yace en el tema de su llamamiento, autori­dad y revelación comunes, se hace ne­cesario dejar a un lado la apariencia física para concentramos en realidades espirituales.

La primera visión

Tanto Pablo como José Smith tuvie­ron una “primera visión”. Desde luego que las circunstancias fueron diferen­tes, pero la visión ocurrida cerca de Damasco y la de la arboleda de Nueva York sirvieron para marcar la direc­ción y orientación de toda una vida de servicio para estos dos profetas. Cristo se le apareció a Pablo poco después de que El introdujo personalmente aque­lla dispensación, más el Padre y el Hi­jo se manifestaron ante José Smith pa­ra dar comienzo a la dispensación del cumplimiento de los tiempos. No obs­tante, ambas visiones incluyeron con­versaciones con el Cristo resucitado, y en ambos casos se les instruyó a estos profetas que cambiaran el curso de sus vidas y se prepararan para recibir ins­trucciones adicionales del Señor.

Muchos cristianos que fácilmente aceptan la visión de Pablo rechazan la de José Smith. Mas sus críticas son poco sustanciales, puesto que lo mis­mo que arguyen en contra de la prime­ra visión de José Smith tendría que aplicarse a la experiencia de Pablo en Damasco y restarle valor en igual gra­do.

Por ejemplo, se ataca la credibilidad de José Smith debido a que la primera descripción conocida de dicha visión no se hizo pública sino hasta doce años después de que ocurrió. No obstante, la primera descripción de la aparición cerca de Damasco, que se encuentra en 1 Corintios 9:1, no se registró sino hasta aproximadamente veinticuatro años después de ocurrida.

A los críticos les encanta hablar de supuestas irregularidades en las versio­nes espontáneas que José Smith dio so­bre su primera visión. Sin embargo, cuando alguien relata varias veces al­guna experiencia personal, siempre in­cluye diferentes detalles sobre la mis­ma. José Smith fue muy discreto en cuanto a sus declaraciones públicas re­lacionadas con sus experiencias sagra­das antes de que la Iglesia se fortale­ciera y pudiera publicar debidamente lo que Dios le había dado a conocer. Por lo tanto, la versión más detallada de su primera visión no salió a luz sino hasta después de varias otras, es decir, cuando empezó a registrar su historia formal. Seguir leyendo

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Éstos son vuestros días

Octubre de 1985

Éstos son vuestros Días

Neal A. MaxwellPor el élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce

El desear haber vivido en otra época, aunque es a veces comprensible, por lo general no es algo muy útil. Un personaje de la época del Libro de Mormón escribió: “Sí, si hubiesen sido aquellos días los míos, entonces mi al­ma se habría regocijado en la rectitud de mis hermanos” (Helamán 7:8). Sin embargo, ese líder llegó a saber cómo el llamamiento de Dios para servir en un período de tiempo en particular es tanto una parte de Su llamado como lo es llevar a cabo ciertos deberes en nuestros días.

Por lo tanto, juventud de la Iglesia, por llamamiento divino, ¡éstos son vuestros días! Viviréis en una época en que se están cumpliendo profecías, donde se está haciendo historia, de promesas especiales, de marcados contrastes, y de afirmaciones benditas.

En calidad de generación naciente, podréis, en mi opinión, evitar el error de algunos jóvenes de la antigüedad: “Y se levantó después de ellos otra ge­neración que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel” (Jueces 2:10). Seguir leyendo

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Fortalezcámonos mutuamente

Fortalezcámonos mutuamente

Gordon B. HinckleyPor el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Liahona, Junio de 1985

¡Cuán maravillosa es esta época en la que vivimos! Se trata de la más increíble de toda la historia del mundo en lo que tiene que ver con los adelan­tos de la tecnología y la ciencia. Ade­más, vivimos en la “dispensación del cumplimiento de los tiempos”, en que todo el poder y la autoridad de dispensaciones anteriores ha sido restaurado a la tierra. Es una época maravillosa para ser miembro de la Iglesia, junto a millones más, todos unidos en una gran fraternidad que se extiende por todo el mundo. Doquiera que uno vaya como fiel Santo de los Últimos Días, inmediatamente gozará de amistades al revelar su afiliación religiosa.

Cuando el emperador de Japón visi­tó los Estados Unidos hace algunos años, tuve la oportunidad de asistir a un almuerzo que se le ofreció en su honor en San Francisco, California.

Me senté en una mesa junto a personas que no eran miembros de la Iglesia quienes habían vivido en Japón, en donde conocieron a miembros de la Iglesia. El tema de la conversación de­rivó hacia la conmoción cultural que experimentan aquellos que tienen que ir a vivir a un país ajeno a aquel en el cual han sido criados. Un caballero de notoria experiencia, quien había vivi­do en el extranjero por varios años, dijo:

“Nunca he conocido a nadie igual a su gente cuando se trata de hacerle a uno sentir cómodo y como si estuviera en su propia casa. Cuando una familia mormona llegaba a Japón, no transcu­rría ni una semana sin que se hicieran de varios amigos. Con otras personas era diferente. La mayoría de ellas se sentían generalmente solas, y se en­frentaban a enormes problemas de adaptación.”

Recordad que no estamos solos en este mundo. Somos parte integral de una gran comunidad de amigos. Miles y miles se esfuerzan por seguir las en­señanzas del Señor. No obstante, sé que hay muchos que se encuentran en­tre la minoría en el lugar donde viven. Afortunadamente, sin embargo, casi sin excepción hay santos de los últi­mos días no muy lejos; personas de nuestro mismo estilo de vida con quie­nes podemos asociarnos y vivir los principios que hemos aprendido a apreciar.

Recuerdo una oportunidad en que entrevistaba a un misionero a quien las circunstancias tenían descorazonado. Experimentaba problemas con el idio­ma que trataba de aprender. Había per­dido el espíritu de la obra y deseaba regresar a su hogar. Era uno de los 180 misioneros que había en esa misión.

Le dije que si decidía marcharse a su hogar, les fallaría a sus 179 compañe­ros. Cada uno de ellos era su amigo; cada uno de ellos oraría por él, ayuna­ría por él y de seguro estaría dispuesto a hacer lo que fuera necesario por él. Trabajarían con él, le enseñarían y ora­rían con él; le ayudarían a aprender el idioma y a lograr el éxito, y todo por­que le amaban.

Me complace informar que final­mente aceptó mi seguridad de que to­dos los demás misioneros eran sus amigos. Y así fue que le extendieron una mano de ayuda, no para que se sintiera avergonzado, sino para forta­lecerle. Aquel terrible sentimiento de soledad que le había agobiado por un tiempo se alejó de él, y llegó a com­prender que formaba parte de un gran equipo. Comenzó a tener éxito, llegó a ser líder y ha actuado como tal desde entonces. Seguir leyendo

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Un testimonio del Espíritu Santo

Junio de 1985
Un testimonio del Espíritu Santo
Por Arlin P. Neser

Una mujer yugoslava me enseñó lo que significa «buscad conocimiento. . . por la fe”.

Durante mis días de estudiante de secundaria y al principio de mis estudios universitarios, el estudiar ar­duamente parecía ser algo indispensa­ble si es que deseaba comprender la verdad—si en realidad había una ver­dad que comprender. Por consiguien­te, en materia de religión, era un tanto escéptico y consideraba que no llegaría a descubrir la verdad real sino hasta que fuera viejo y canoso y hubiera aprendido y comparado bastante.

Fue a través de la siguiente expe­riencia misional que pude comprender claramente que el descubrimiento de la verdad puede ocurrir en algunos casos antes de llevar a cabo un estudio exten­sivo. Esto no implica que el estudio se convierta en algo irrelevante una vez que se haya entendido la verdad; por el contrario, el estudio adquiere un nuevo énfasis una vez que uno se da cuenta de que la idea sobre la cual se está aprendiendo es verdadera. Este nuevo énfasis se refleja en la admonición del Señor: “Buscad conocimiento. . . por la fe” (D. y C. 88:118).

“Recibid estas cosas”

Una gota de lluvia salpicó de pronto el papel, manchando el nombre de la calle y el número del apartamento. El resto de la anotación escrita rápida­mente en el libro de referencias decía: “Visitar a la señora yugoslava del pri­mer apartamento a la derecha”. Bue­no, pensé, una breve introducción en la puerta bastará, sin necesidad de la explicación del Libro de Mormón. En todo caso, ella probablemente no esta­rá interesada. Hoy ha sido un día frío y triste, como la lluvia que se filtra por mi impermeable.

Debido a la renuencia de mi compa­ñero, me tocó a mí hacer otra vez la introducción. Yo tenía frío y estaba demasiado cansado e impaciente como para ofrecerle ningún aliento. Cuando nos acercábamos a la entrada del edifi­cio del apartamento, me cambié de hombro la mochila, ya que las dos co­pias del Libro de Mormón en alemán, las cuales mi compañero había metido en contra de mi voluntad, me pesaban en la espalda.

Mi propia renuencia a hablar con la gente acerca del Libro de Mormón en nuestras reuniones iniciales y a llevar copias del Libro en alemán se basaba en la idea de que no teníamos una tra­ducción del Libro de Mormón que la mayoría de los trabajadores yugosla­vos que vivían temporalmente en Ale­mania pudiese leer. El idioma de la mayoría de estas personas era el serbo- croata. ¿Cómo podrían ellos por sí mismos obtener un testimonio de algo que no podían entender? ¿Cómo po­drían “recibir estas cosas”, como dice la admonición de Moroni, si aquellas páginas eran para ellos indescifrables? Es verdad que algunos podían leer ale­mán, pero la mayoría no lo dominaba bien.

Aún así, mi compañero y yo subi­mos hasta el apartamento. Cuando nos disponíamos a tocar a la puerta, vimos a una mujer que subía la escalera de cemento desde el sótano, cargando una gran canasta de ropa lavada a mano. Los callos de sus manos ásperas hacían contraste con la blancura de su tez y el cabello negro peinado hacia atrás y atado con un pañuelo de colores.

Me retiré lentamente de la puerta del apartamento y le hablé. Después de decirle que éramos misioneros, le dije sin mucho entusiasmo que podríamos regresar en otra ocasión, considerando que ya era tarde. Sin embargo, ella nos invitó a pasar. Seguir leyendo

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Libertad, paz y seguridad

Junio de 1985
Libertad, paz y seguridad
Por el élder Robert L. Simpson
Del Primer Quórum de los Setenta

Robert L. SimpsonJaime acababa de cumplir 18 años de edad. Se encontraba sentado frente a una Autoridad General de la Iglesia, obviamente algo nervioso, lleno de frustración y demostrando mucho re­sentimiento. Sin poder contenerse hizo su petición, la cual fue directa y simple.

— ¡Quiero ser excomulgado de la Iglesia, hoy mismo!
— ¿Cuánto hace que eres miembro?
— Cerca de tres años —respondió.
— ¿Por qué pides algo así?
— Porque he perdido mi libre albe­drío. Me gusta fumar y la Iglesia me está privando de mi libre albedrío para, vivir como yo quiero.

Jaime no reconocía que el momento más importante en el que ejerció el li­bre albedrío fue cuando decidió bauti­zarse y vivir de acuerdo con las nor­mas del evangelio.

Era obvio que Jaime se estaba aso­ciando con amigos de su edad fuera de la Iglesia que gradualmente habían atrofiado su sensibilidad y edificación espirituales, las cuáles había sentido al hacer los convenios bautismales.

Ya no era libre; sé había convertido en víctima de uno de los muchos méto­dos y decepciones del adversario, con los cuales engaña a veces aun a los elegidos e induce a las personas a ale­jarse de la verdad. Pero en realidad, la veracidad del evangelio es lo que nos hace libres (véase Juan 8:32). Todos tenemos la gran necesidad de ser li­bres.

Ya era tarde; los misioneros acaba­ban de terminar de leer las escrituras y habían apagado la luz cuando oyeron un golpe en la puerta, el cual interrum­pió el silencio. El élder Franklin abrió la puerta y encontró a Esteban, uno de sus buenos jóvenes conversos quien se había bautizado hacía nueve meses. Estaba allí parado, sin su acostumbra­da sonrisa, sosteniendo un papel enro­llado en la mano.

—Elder Franklin —dijo—, vine pa­ra entregarle mi certificado de ordena­ción al sacerdocio; por favor guárde­melo hasta que yo pueda resolver un problema. En este momento no me siento digno de poseer el sacerdocio, pero sé que pronto volveré para reco­ger el certificado.

En realidad, lo que Esteban hizo no era necesario, excepto tal vez para su propia tranquilidad hasta que pudiera solucionar todos sus asuntos como él deseaba. Pero la conciencia tranquila es la clave; no podía disfrutar de ella mientras que existiera un conflicto con su llamamiento en el sacerdocio. To­dos necesitamos sentir paz: una con­ciencia tranquila.

Susana estaba muy callada mientras volvían a casa después de la reunión de testimonios. De hecho, estaba tan callada que su padre buscó la oportuni­dad para hablar con ella a solas un po­co después de haber llegado. Susana tenía la impresión de que ella no tenía un testimonio del evangelio. Ese día, dos o tres miembros habían expresado “saber, sin lugar a dudas” que el evan­gelio era verdadero, y con lágrimas en los ojos dijo:

—Papá, no puedo decir que sé que es verdadero, y eso me preocupa.

Su padre fue paciente y comprensi­vo, ya que claramente recordaba sus años de adolescencia en que estaba de­sarrollando su propio testimonio.

—Susana —le preguntó—, ¿por qué pagas tus diezmos?
—Porque sé que es un mandamiento del Señor —respondió ella sin vacilar.

Su padre entonces procedió a repa­sar con ella algunos principios básicos, entre ellos la Palabra de Sabiduría, la ley del ayuno, el participar de la Santa Cena, las elevadas normas de morali­dad y la oración. Esta pudo identificar­se con cada uno de ellos rápida y posi­tivamente. De pronto sonrió y le dijo a su padre:

—Caramba, papá, creo que sí tengo un testimonio de todo lo que has men­cionado; supongo que podría dar mi testimonio en cuanto a las cosas que comprendo.

Y así sucede con todos nosotros. Susana ciertamente había sentido una falta de seguridad en esta Iglesia, a la cual ella amaba, pero ese sentimiento cambió después de que su padre le comprobó que ella ya estaba desarro­llando un testimonio acerca de muchas verdades. La verdadera seguridad nace con un testimonio en el proceso de de­sarrollo. Se espera que cada uno de nosotros pase gran parte de su vida te­rrenal desarrollando y mejorando su testimonio y experimentando la mara­villosa seguridad que se percibe con cada nueva verdad que se acepta. To­dos necesitamos la seguridad urgente­mente.

Desde el principio las personas han buscado la libertad. A través de los siglos han sentido la imperiosa necesi­dad de tener seguridad. No importa cuán duras y perversas se hayan vuel­to, en el fondo, cierta y verdaderamen­te desean tener una conciencia tranqui­la.

¿No estáis agradecidos de que como Santos de los Últimos Días seamos los recipientes del mayor diluvio de ver­dad que jamás haya descendido sobre la tierra? Uno de los objetivos princi­pales es utilizar nuestra posición ven­tajosa con el fin de compartir libre­mente esta verdad revelada, pues el Salvador ha declarado que “la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Vosotros y yo necesitamos escuchar a un profeta viviente y vivir de acuerdo con sus en­señanzas.

La paz parece ser y siempre ha sido algo importante en este mundo. La paz en la tierra fue uno de los mensajes claves que los mensajeros celestiales declararon al anunciar el nacimiento del Salvador. Sin embargo, durante tres guerras recientes cientos de jóve­nes Santos de los Últimos Días se vie­ron atrincherados mientras que morte­ros, bombas y petardos amenazaban sus vidas por todas partes. Los agnós­ticos afirman que el cristianismo ha fracasado porque en los últimos 2.000 años no ha habido paz, sino sólo gue­rra y contención entre los hombres.

Las escrituras nos dicen que este pe­riodo de probación terrenal estará lleno de contención, discordia, guerras y ru­mores de guerras, especialmente en los últimos días. El Salvador lo sabía cuándo declaró: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27). Indudable­mente se refería a “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Fili. 4:7) —la conciencia tranquila— la paz que se siente con un testimonio perso­nal. Es por eso que en una trinchera se puede sentir paz, incluso con proyecti­les, bombas, etc. descendiendo en to­das direcciones. La paz siempre ha acompañado a todo aquel que puede decir ante toda circunstancia: “Yo sé que mi Redentor vive”. La conciencia tranquila acompaña a todo testimonio en desarrollo; pero estad alerta, no sea que ese testimonio permanezca mucho tiempo en un estado latente. Existen más personas en este mundo que nece­sitan hallar la clase de paz de la que habló el Maestro.

¿No estáis agradecidos de que la verdadera seguridad se logra al saber que Dios el Padre y su Hijo realmente se aparecieron en una arboleda sagrada en este período de la historia del mun­do, o con el conocimiento de que los cielos se han abierto y que la autoridad del sacerdocio —el derecho para ac­tuar en su nombre— se haya restaura­do? ¿No estáis agradecidos por saber con certeza que el Salvador fue bauti­zado por inmersión para dar el ejemplo a toda la humanidad? Buscó a uno con autoridad, Juan el Bautista. Los dos fueron a un lugar donde había “muchas aguas” (Juan 3:23; Marcos 1:5), y las escrituras registran que el Salvador su­bió “del agua” (Marcos 1:10). Esa es la clase de seguridad que el mundo ne­cesita conocer.

¿No estáis agradecidos de que la conciencia tranquila sea algo personal, basada en una relación personal con nuestro Padre Celestial y su Hijo ama­do? Un testimonio en proceso de desa­rrollo no es más que una mayor com­prensión de la verdad y una mayor capacidad para amar al Salvador. “Si me amáis”, dijo, “guardad mis manda­mientos.” (Juan 14:15.) Al hacerlo, lo­gramos la paz que vosotros y yo debe­ríamos estar ansiosos por compartir libremente y sin reserva.

Oh, ¡juventud de Sión! Ante todo, permaneced firmes en estas cosas; el mundo daría cualquier cosa por obte­ner lo que está a vuestro alcance. En vuestras manos está la libertad de los amenazantes grilletes del Adversario si encontráis la verdad y la vivís. Tenéis el comienzo de un firme cimiento y una seguridad total que se logra me­diante el desarrollo de un compañeris­mo divino. Vuestra puede llegar a ser la paz que se ha prometido a todos aquellos que lleguen a conocer al Se­ñor.

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El honor

Junio de 1985
El honor
Por el Presidente Ezra Taft Benson
Presidente del Quórum de los Doce

Ezra Taft BensonSi existe una palabra que describa el significado de carácter, dicha pala­bra es honor. Sin honor, no existiría la civilización; sin honor, no se efectua­rían contratos confiables, ni matrimo­nios duraderos, ni confianza ni felici­dad.

¿Qué significa para vosotros la pala­bra honor? Para mí el significado de honor se puede resumir en las palabras del poeta inglés Alfred Lord Tennyson (1809-1892), “La palabra [de honor] del hombre es Dios en el hombre” (Los idilios del rey [Idylls of the King ], “The Corning of Arthur,” línea 132, traducción libre). Un hombre o mujer honorable es veraz; libre de engaño; no hace trampa, ni miente, ni roba. Un hombre o mujer honorable aprende desde temprana edad que no es posible hacer lo malo y sentirse bien. El carác­ter del hombre se juzga en base a la manera en que cumpla con su palabra y con sus acuerdos.

En la actualidad se está haciendo más común que los hombres no cum­plan con sus acuerdos. Leemos acerca de famosos deportistas que contratan abogados para que les ayuden a cance­lar sus contratos; del quebrantamiento de convenios matrimoniales; de banca­rrotas innecesarias, fraudes y otras prácticas ímprobas. El honor se ha convertido en algo tan excepcional que cuando un hombre realiza un acto ho­norable, éste es digno de publicidad.

Por importantes que sean los conve­nios entre los hombres, los convenios que una persona hace con Dios son aún más importantes. Como miembros de la verdadera Iglesia de Jesucristo, vo­sotros hicisteis convenios con El al bautizaros, y es por eso que sois llama­dos los hijos del convenio.

Como parte de dicho convenio, ac­cedisteis a “ser testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte” (Mos.18:9; cursiva agregada).

Al bautizaros, os comprometisteis a guardar todos los mandamientos de Dios. Él no os ha dejado solos para vacilar sin saber cuáles son dichos mandamientos, o lo que es bueno o malo. Él es muy específico y claro en cuanto a la manera que debéis dirigir vuestra vida como miembro de su Igle­sia. Sus leyes están comprendidas en los Diez Mandamientos, el Sermón del Monte y las revelaciones modernas.

Los Diez Mandamientos, por ejem­plo, describen nuestra relación con Dios, con nuestra familia y con nues­tros semejantes. Leed nuevamente es­tas leyes fundamentales:

  • No tendrás dioses ajenos delante de mí.
  • No te harás imagen.
  • No tomarás el nombre de Dios en vano.
  • Acuérdale del día de reposo para santificarlo.

Estos cuatro mandamientos demues­tran la manera en que rendimos honor a Dios. El siguiente mandamiento de­muestra cómo honramos nuestras rela­ciones familiares.

  • Honra a tu padre y a tu madre.

No existe la verdadera grandeza si no se honra a los padres y a los proge­nitores. Los últimos cinco manda­mientos muestran cómo respetamos nuestra relación con los demás.

  • No matarás.
  • No cometerás adulterio.
  • No hurtarás.
  • No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
  • No codiciarás. (Ex. 20:3-4, 7-8, 12-17.)

Podéis ver claramente que si cada individuo honrara estos mandamien­tos, la sociedad—el conjunto de individuos— despreciaría la irreveren­cia, guardaría el día de reposo, honra­ría a los padres y los votos matrimo­niales, y pondría en práctica la virtud.

¿Podéis imaginaros lo que sería la sociedad si viviésemos como Dios lo ha mandado?

La única vez que recuerdo que se haya dudado de mi honor fue durante un examen en la escuela secundaria; creo que el examen era de economía.

El maestro tenía la costumbre de parar­se en la parte trasera del salón para vigilar a los estudiantes durante los exámenes. Yo estaba escribiendo vi­gorosamente cuando de pronto se que­bró la punta del lápiz, de manera que le pedí al compañero de la otra fila que me prestara su cortaplumas. Cuando me lo pasó, el profesor vino por el pa­sillo y dijo: “Entregue su hoja, y no podrá jugar en el partido de baloncesto esta noche”. Yo era un delantero en el equipo. Le expliqué que estaba pidien­do una navaja para sacarle punta a mi lápiz, pero ninguna explicación lo con­venció.

Después de las clases regresé a casa a caballo sintiéndome algo desanima­do esa tarde, y le conté a mi padre lo sucedido. Él estaba seguro de que yo era honrado. Yo sabía que lo era.

Me encontraba fuera ordeñando las vacas cuando el entrenador llamó por teléfono para decirme que debía ir al gimnasio esa noche, que el maestro me vería allí y que él esperaba que yo tu­viera una oportunidad de jugar. Yo no quería ir, pero con las palabras de aliento de mi padre fui al gimnasio y me encontré con el maestro. Me pre­guntó si estaba dispuesto a confesar mi falta de honradez, a lo cual contesté: “No hice nada malo; no hay nada que confesar.” Con cierta renuencia me de­jó jugar. Entré en el partido sin mucho entusiasmo, y perdimos. Aunque no guardo rencor hacia mi maestro (que estaba haciendo lo que consideraba justo), ese incidente me enseñó cuán importante era mantener sin tacha mi nombre y el de mi padre. Es lo que he tratado de hacer durante toda mi vida.

Es cierto que mediante nuestras ac­ciones somos testigos ante Dios “a to­do tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar”. Cuando éstas son honra­das, le damos crédito a su Iglesia y a su reino; cuando no lo son, ello se re­fleja en toda la Iglesia.

Que viváis de acuerdo con vuestros solemnes convenios con Dios, para así merecer el respeto de Él y de vuestros semejantes.

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El guardar confidencias

Junio de 1985
El guardar confidencias
Por Larry Hiller

Hace algún tiempo me tocó dirigir una función importante de recabar fondos para nuestro barrio. Cuando to­do hubo terminado, aquellos que ha­bían trabajado tan duramente conmigo para lograr el éxito suspiraron y se cal­maron. Más todavía descansaba sobre mí una preocupación bien fuerte, la de llevar cuenta de todos los fondos. Ha­bía necesidad de reembolsar a algunas personas los útiles que fue necesario obtener, y tenía que estar seguro de que tendríamos recibos o facturas co­rrectas de todos los egresos. Para que yo mismo pudiera estar tranquilo, te­nía que estar seguro de que jamás sur­giría duda alguna en cuanto a que si yo había manejado debidamente los fon­dos de la Iglesia. Sabía que el obispo tenía confianza en mí, pero yo aún quería estar seguro de que nunca surgi­ría duda alguna.

Recientemente sucedió otra cosa que me hizo pensar más en el concepto de manejar con integridad los bienes de otras personas. Un amigo vino a verme para hablar en confianza acerca de un problema personal. Más que so­lamente consejo, necesitaba a alguien que lo escuchara al explicar la situa­ción. Se habría sentido avergonzado si las cosas de que yo me había enterado se dieran a conocer a otros, y él estaba dependiendo de mí de que no violaría su confianza.

Pocos de nosotros tratamos los bie­nes tangibles de otros con desprecio intencional. A pesar de los informes diarios en la prensa en cuanto al robo, la mayor parte de las personas son to­davía básicamente honradas cuando se trata de respetar bienes ajenos. Pero, ¿qué se puede decir de cosas menos tangibles, tales como información?

¿Se extiende hasta ese punto nuestra integridad? Con el transcurso de los años he aprendido el valor de respetar cosas confidenciales, tanto en la Igle­sia como en la sociedad en general.

De varias maneras la información es semejante a la moneda. En el gobierno y en los negocios, la información con­fiable es un artículo que se compra, se vende y se cambia. A las personas que son fuente de información muy útil, atentamente las procuran otros que buscan esa información para sus pro­pios fines. La información bien con­servada puede ser un medio tan impor­tante como las riquezas para lograr poder. E igual que el dinero, la infor­mación se usa para fines tanto buenos como malos. Las tentaciones y tram­pas son muy semejantes. De hecho, se pueden hacer algunas comparaciones muy interesantes entre las maneras en que la gente usa incorrectamente la in­formación y las maneras en que mal­gastan el dinero.

La persona vana o que se alaba a sí misma

A muchas personas les gusta sentir­se y dar la apariencia de ser importan­tes gastando dinero libremente, algu­nas veces contrayendo deudas para poder hacerlo. En forma similar, a la mayoría de nosotros nos agrada el sen­timiento de importancia que viene de decir a otros algo que ellos no sabían. Igual que con el dinero, la gente tal vez no sepa que tenemos información a menos que “gastemos”, y la tenta­ción de gastar puede ser muy fuerte. Muchos de nosotros hemos pasado por la experiencia de hallarnos en un grupo en el cual alguien comunica una intere­sante noticia de información acerca de una persona o de cierto acontecimiento futuro. A medida que la conversación va progresando, todos tratan de contri­buir algo que los otros no sabían. Lle­ga a convertirse en egocentrismo. Seguir leyendo

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Un alma que clamaba

Junio de 2016
Un alma que clamaba
Por Stephen Dugdale
El autor vive en Misuri, EE. UU.

No parecía un hombre agradable con quien conversar. Una parte de mí estaba asustado, pero otra parte quería realmente hablar con él.

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Tuve la oportunidad de servir como misionero en Catania, Italia. En cierto momento, la obra se tornó muy difícil. Habíamos tenido una semana en la que casi todo había ido mal y cada día era una prueba para ver si lograríamos conservar el buen ánimo, sonreír y seguir esforzándonos.

Cierta tarde, tomamos la determinación de cambiar el curso de las cosas. Comenzamos a hablar con personas en un parque próximo a nuestra casa y vimos a un muchacho sentado en un banco con la cabeza agachada y un cigarrillo en la boca. Estaba vestido de negro de la cabeza a los pies y sobre la cabeza tenía la capucha de su chaqueta grande y abultada. No parecía un hombre muy agradable con quien conversar. Lo miré; mi compañero lo miró; ambos nos miramos y volvimos a mirarlo a él.

El élder Farley me preguntó: “¿Hemos hablado antes con él?”.

“Me parece que sí, porque creo que lo conozco”, respondí.

“Sí, yo también”, dijo el élder Farley.

Así que, empezamos a caminar hacia él. Una parte de mí estaba asustado porque no era el tipo de persona con la que normalmente hablaría, pero otra parte quería realmente hablar con él.

“Buenas tardes, ¿cómo está?”, le preguntamos.

Nos miró con una expresión de enojo, como diciendo: “¿¡Quién se atreve a molestarme!?”, pero luego dijo en voz baja: “Buenas tardes”. Nos presentamos como misioneros y rápidamente nos dijo que él era ateo y no creía en nada. Le preguntamos por qué, lo cual creo que lo tomó desprevenido.

“Pues, porque perdí a mi madre, a mi padre, a mi hermana y a mi sobrino el mismo mes, y he tenido una vida terrible y solitaria por causa de ello. La religión no hizo sino empeorarlo todo”. Seguir leyendo

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Lo más difícil de ser misionero

Junio de 2016
Lo más difícil de ser misionero
Por la Dra. Wendy Ulrich
La autora vive en Utah, EE. UU.

A veces, el reto más grande de la obra misional no es la obra misional en sí.

young man and school imagesEn una ocasión, un misionero me dijo: “Cada vez que la gente me decía que la misión era difícil, yo pensaba que se refería a que iba a pasar frío, a afrontar condiciones de vida desafiantes o que tendría dificultad con el idioma. Pero, en mi caso, lo más difícil ha sido el aspecto mental: sentirse desanimado, estar descontento con el compañero o que a uno no le guste hablar con gente desconocida; o sea, el simple hecho de hacer frente a los altibajos, el rechazo y los cambios”.
young man ironingA fin de prepararse para la misión, pueden y deben leer la guía Predicad Mi Evangelio, estudiar las Escrituras y aprender a cocinar y a lavar la ropa. Sin embargo, también deben adquirir experiencia práctica en lo que respecta a aptitudes emocionales, sociales y de otro tipo que necesitarán como misioneros. A continuación se mencionan algunas de esas aptitudes. Pueden elegir una o dos de ellas para comenzar ahora mismo a practicarlas.

La aptitud para ser humilde sin sentirse humillado

Una misionera que prestaba servicio en Alabama, EE. UU., me dijo: “Supongo que pensé que cuando fuese apartada, de algún modo adquiriría superpoderes. Así que, al llegar a la misión, fue una sorpresa darme cuenta de que todavía era exactamente la misma: aún tenía los mismos temores, debilidades e ineptitudes. Y ninguna de esas cosas han desaparecido realmente; he tenido que aprender a afrontar mi ineptitud para realizar la obra del Señor”.

Ya sea que salgan a la misión con muchos o pocos logros en su haber, si son humildes, dóciles y tienen la disposición de seguir intentando y esforzarse, entonces el Señor puede trabajar con ustedes. Sin embargo, sus aptitudes de misionero solo mejorarán a medida que las practiquen, hagan preguntas, busquen ayuda y sigan esforzándose. Si están convencidos de que las personas nacen con la habilidad de ser buenas (o malas) para la obra misional, los idiomas, dar testimonio o relacionarse, entonces les será más difícil.

Un misionero me dijo una vez: “He tenido que aprender que la obra es del Señor, no mía, y que está BIEN sentirse inepto para hacerla, porque soy inepto. Nunca seré capaz de hacer lo que solo Dios puede hacer. Hay mucho que puedo hacer para mejorar, pero no tengo que resolverlo todo solo, ya que puedo contar con Él”. Seguir leyendo

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La tenacidad y el discipulado

Junio de 2016
La tenacidad y el discipulado
Por el élder David F. Evans
De los Setenta

Tomado del discurso “La tenacidad”, pronunciado en un devocional en la Universidad Brigham Young, el 4 de noviembre de 2014. Para leer el discurso completo en inglés, vaya a speeches.byu.edu.

David F. EvansTener fe en Dios y en Sus promesas, y hacer lo correcto en todo momento, sin importar quién lo sepa.

En un diccionario en línea se define la tenacidad como “perseverancia y determinación persistente”. Además, explica que “la tenacidad es la cualidad que muestra una persona que sencillamente no se da por vencida, sino que sigue intentándolo hasta lograr su objetivo”1.

Tenemos que actuar con tenacidad a fin de llegar a ser verdaderos discípulos del Salvador y de lograr las metas realmente buenas que nuestro Padre Celestial sabe que necesitamos, a fin de prepararnos para la eternidad: llegar a ser buenos misioneros, terminar los estudios, encontrar a nuestro compañero o compañera eternos y comenzar una familia. Nuestra capacidad para actuar con tenacidad en todo lo bueno determinará si llegaremos a ser los hijos y las hijas de Dios que Él sabe que podemos y debemos llegar a ser.

tencious plantA la generación actual de misioneros de tiempo completo se la ha llamado “la generación más grandiosa de misioneros que haya existido en la historia de la Iglesia” y se le ha comparado con los dos mil soldados de Helaman2.

A pesar de sus extraordinarios atributos, y de la fe y el empeño tenaces de esos jóvenes, su líder, Helamán, explica: “Y aconteció que doscientos, de mis dos mil sesenta, se habían desmayado por la pérdida de sangre. Sin embargo, mediante la bondad de Dios, y para nuestro gran asombro, y también para el gozo de todo nuestro ejército, ni uno solo de ellos había perecido” (Alma 57:25).

Fueron librados “por motivo de su extraordinaria fe en lo que se les había enseñado a creer: que había un Dios justo, y que todo aquel que no dudara, sería preservado por su maravilloso poder” (Alma 57:26).

Refiriéndose a ellos, Helamán dice: “… son jóvenes, y sus mentes son firmes, y ponen su confianza en Dios continuamente” (Alma 57:27).

Lo mismo debe ocurrir con nosotros. En la vida, son los momentos en los que descienden las tempestades y soplan los vientos, y vienen las lluvias y dan con ímpetu contra nuestra casa, los que determinan si nuestra fe es fuerte y si depositamos nuestra confianza en Dios continuamente. En realidad, no hay ninguna prueba sino hasta que se presenta la adversidad.

No desmayen

Hace algunos años, mi esposa Mary y yo presidimos la Misión Japón Nagoya. Los términos valientes, intrépidos, vigorosos, activos y fieles con los que se describe a los dos mil soldados (véase Alma 53:20) también describen a los misioneros con los que trabajamos. Otra descripción de esos dos mil soldados: que algunos sedesmayaron (véase Alma 57:25), también describe a algunos de nuestros misioneros.

Servir en una misión no es fácil, ni tampoco lo es la vida. Todos sufrimos heridas de alguna manera. Parte de ese dolor proviene de transgresiones que no se han resuelto; parte proviene a causa de accidentes o enfermedades; y parte sucede cuando vemos que los seres a quienes amamos rechazan el evangelio de Jesucristo o se desvían de las cosas que ellos saben que son verdaderas. Sin embargo, por medio de todo eso llegamos a conocer a Dios y a ser discípulos del Salvador. Nuestro corazón cambia, y ese cambio se vuelve permanente a medida que seguimos escogiendo la rectitud en lugar del pecado y de la duda. Seguir leyendo

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Experimentar un cambio en el corazón

Junio de 2016
Experimentar un cambio en el corazón
Por el élder Edward Dube
De los Setenta

Edward DubeHallamos gozo en el esfuerzo constante por experimentar un cambio en el corazón al aceptar la expiación de Jesucristo en nuestra vida.

Rosemary, nuestra hija primogénita, era una hermosa bebé recién nacida cuando mi madre vino a visitarnos desde su pueblo en el centro de Zimbabwe. Como padres nuevos, mi esposa, Naume, y yo estábamos muy emocionados por la visita de mi madre; estábamos deseosos de aprender todo lo que necesitábamos saber sobre la crianza de un hijo.

father holding infant daughterAl llegar, mi madre sacó un collar de tela y dijo que había un objeto mágico envuelto en la tela. Le entregó el collar a Naume para que se lo pusiera en el cuello a Rosemary. Al percibir su vacilación, mi madre de inmediato dijo: “Desde pequeña, mi madre y mi abuela materna me dieron este objeto mágico, que me ha protegido a mí y a todos mis hijos, incluso a tu esposo. Este amuleto protegerá a tu hija de enfermedades y de todo tipo de hechizos que le pudieran acontecer, y podrá a superar cualquier situación difícil de la vida. Tendrá que llevarlo puesto hasta que cumpla los cinco años”.

En ese momento yo era el presidente de la rama, y de inmediato pensé: “¿Qué pensarán los miembros de mi rama cuando vean ese collar ‘mágico’ en el cuello de nuestra bebé?”. Entonces pensé: “Tal vez podríamos cubrirlo de manera que no fuera tan evidente”. Miré a Naume; su expresión me indicó que no debíamos aceptar el regalo. Le pregunté a mi madre si podía hacer un collar fino y pequeño, uno que no fuera tan evidente. Respondió que no era posible, y que el objeto mágico funcionaba mejor de la forma en que ella lo había preparado.

Una vez más, Naume me lanzó una mirada que expresaba claramente su desaprobación. Me volví hacia mi madre y le expliqué que, como presidente de rama en nuestra congregación local, no me sentiría cómodo poniéndole el collar a nuestra bebé. Mi madre respondió con una advertencia; dijo que, sin el collar, nuestra bebé moriría.

Un momento de crisis y de pánico

Unas semanas después de ese incidente, nuestra pequeña Rosemary enfermó gravemente, y no teníamos dinero para llevarla al médico. Era de noche, y en ese momento empecé a pensar en lo que mi madre había dicho en su advertencia. Empecé a desear haber aceptado el collar; lo habría tomado y lo habría puesto en el cuello de Rosemary. En ese momento de pánico, oí una voz apacible y delicada que me instaba a ejercer fe en el Señor Jesucristo. De inmediato, me vestí con mi ropa de domingo, tomé a nuestra bebé en los brazos y le di una bendición del sacerdocio. Sentí paz y consuelo, y percibí que mi esposa sentía lo mismo. Casi de inmediato, Naume y la pequeña Rosemary se quedaron dormidas pacíficamente. Nuestra hija Rosemary sanó. En los días posteriores se recuperó lentamente y recobró su salud. ¡Habíamos presenciado un milagro! El Señor, en Su tierna misericordia, me tendió la mano y fortaleció mi fe en Él. Seguir leyendo

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Qué sabemos acerca de la vida después de la muerte?

Junio de 2016
¿Qué sabemos acerca de la vida después de la muerte?
Por David A. Edwards
Revistas de la Iglesia

“Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”. ¡Sí! Pero, ¿y después qué?

life after death

A través de las edades, infinidad de personas se han hecho la pregunta que hizo Job: “Si un hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14). El exclamar “¡sí!” en respuesta a esa pregunta es el gran privilegio de aquellos que tienen un testimonio de Jesucristo y de Su resurrección.

No obstante, muchas personas a nuestro alrededor andan por la vida “sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12) y deben distinguir entre diversos conceptos y creencias en cuanto a la muerte. Por un lado, está la evidencia de sus ojos, o la “cruda realidad” de que la muerte es universal y absoluta: nunca han visto a nadie volver. Por otro lado, están los informes difundidos de las experiencias que han tenido las personas clínicamente muertas, con notables paralelos entre ellas. Y luego, está el hecho de que las culturas humanas alrededor del mundo siempre han tenido un concepto de cierta clase de vida después de la muerte; otra coherencia que merece una explicación.

Sin embargo, la certeza de que nuestra vida no termina con la muerte proviene de Dios, quien lo ha revelado desde el principio por medio de numerosos testigos, entre ellos: profetas, apóstoles y, sobre todo, el Espíritu Santo.

Desde el principio

En esta tierra, el Plan de Salvación se enseñó primeramente a Adán y a Eva, nuestros primeros padres. Ellos aprendieron acerca del evangelio de Jesucristo y sobre cómo regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial, y comprendían que el regresar significaba que habíamos estado con Él previamente. De modo que, desde el principio, Adán y Eva sabían claramente que esta vida no lo es todo. Sabían —y lo enseñaron a sus hijos— que gracias a la expiación de Jesucristo, serían resucitados después de esta vida y que, si eran obedientes, recibirían la vida eterna (véase Moisés 5:10–12). Seguir leyendo

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Siete tiernos milagros a lo largo del camino

Junio de 2016
Siete tiernos milagros a lo largo del camino
Por Ephrem Smith
El autor vive en Nevada, EE. UU.

El Señor me ha bendecido con milagros que me han ayudado a seguir el camino que Él tiene para mí.

seven tender miracles along the way

Mientras enseñaba y prestaba servicio a muchas personas maravillosas en la Misión Texas Fort Worth, EE. UU., a menudo reflexionaba sobre mis muchas bendiciones en la vida. En particular, me maravillaba de siete experiencias que tuve, a las que considero milagros.

En primer lugar, sobreviví mi niñez y mi juventud, las que comenzaron en la más humilde de las circunstancias. Nací en el suelo de tierra de la choza de mi madre en Dessie, Etiopía. Mamá fue la única de mis parientes que conocí, y ella misma construyó nuestra choza de 2,4 m de altura, con forma de bóveda, utilizando ramas y lodo que cubrió con hierba y hojas. Nuestra comunidad no tenía agua corriente ni instalaciones de baño; la enfermedad y la muerte eran frecuentes en nuestro kebeleo vecindario. Era muy difícil hallar alimentos, e imposible para nosotros comprarlos. No hubo ni siquiera un día en que mi madre y yo no pasáramos hambre.

Cuando yo tenía cuatro años, mi madre enfermó gravemente. Con su último esfuerzo caminamos penosamente hasta un hospital, donde mi querida y agotada mamá murió. El personal del hospital me salvó de la vida en las calles y de la muerte por inanición al hacer los arreglos para que yo viviera en un orfanato en la ciudad de Addis Abeba, la capital de Etiopía.

El segundo milagro ocurrió al cambiar mi vida de forma dramática. En ese orfanato, yo vivía en un edificio limpio, dormía en una cama de verdad y comía toda la comida que quería. Otros huérfanos también habían sufrido la pérdida de un ser querido y me enseñaron cómo hacer frente a la pérdida de mi madre. Por la noche, nos reuníamos para cantar canciones en inglés y orar en amárico, nuestra lengua materna. Orábamos los unos por los otros y le pedíamos a Dios que nos bendijera para que fuéramos adoptados en “hogares donde fueran amables, buenos y amorosos”. Tanto la música como las oraciones influyeron en mí de una manera inmensa. Nunca dejé de orar. Seguir leyendo

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Los ojos de los ciegos verán

Junio de 2016
Los ojos de los ciegos verán
Por el élder Lynn G. Robbins
De la Presidencia de los Setenta

Lynn G. RobbinsPodemos considerar la salida a luz del Libro de Mormón como una restauración milagrosa del sentido de la vista espiritual.

Isaías profetizó que en los últimos días el Señor llevaría a cabo “una obra maravillosa y un prodigio”, predijo la salida a luz del Libro de Mormón y declaró que “los ojos de los ciegos verán en medio de la oscuridad y de las tinieblas” (Isaías 29:14, 18).

Un “horrible estado de ceguedad”

Isaiah writingEn los días previos a la gloriosa Primera Visión, el fervor religioso en Manchester, Nueva York, EE. UU., era sumamente confuso. En las palabras de José Smith: “… eran tan grandes la confusión y la contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona… llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no” (José Smith—Historia 1:8).

El Libro de Mormón se refiere a esta confusión previa a la Restauración como un “horrible estado de ceguedad… a causa de las partes claras y sumamente preciosas del evangelio del Cordero que ha suprimido esa iglesia abominable” (1 Nefi 13:32, cursiva agregada).

A lo largo de los siglos, la clara visión espiritual que proporcionaba la Biblia se volvió borrosa debido a que se perdieron muchas partes claras y preciosas, a veces involuntariamente a causa de traducciones imperfectas, y otras veces de manera intencional mediante la edición adulterada “para pervertir las vías correctas del Señor, para cegar los ojos y endurecer el corazón de los hijos de los hombres” (1 Nefi 13:27; cursiva agregada).

“Habiendo yo sido ciego, ahora veo” (véaseJuan 9:25)

Christ healing a blind man

Uno de los milagros más frecuentes del Salvador fue el de restaurar la vista a los ciegos1. Sin embargo, la misión y el milagro más importante del Salvador fue sanar a los ciegos espiritualmente. “… he venido a este mundo”, dijo Él, “para que los que no ven, vean” (Juan 9:39).

Utilizando la metáfora de Isaías y la visión de Nefi sobre la ceguera espiritual en los últimos días, podemos considerar la salida a luz del Libro de Mormón como una restauración milagrosa del sentido de la vista espiritual.

“Ni permitirá el Señor Dios que los gentiles permanezcan para siempre en ese horrible estado de ceguedad

“… seré misericordioso con los gentiles en aquel día, de tal modo que haré llegar a ellos, por medio de mi propio poder, mucho de mi evangelio…

“Porque he aquí, dice el Cordero: Yo mismo me manifestaré a los de tu posteridad, por lo que escribirán muchas cosas que yo les suministraré… [y] estas cosas serán escondidas, a fin de que sean manifestadas a los gentiles por el don y el poder del Cordero.

“Y en ellas estará escrito mi evangelio, dice el Cordero, y mi roca y mi salvación…

“… Estos últimos anales… establecerán la verdad de los primeros… por lo que los dos serán reunidos en uno solo” (1 Nefi 13:32, 34–36, 40–41; cursiva agregada); unidos para ayudarnos a ver la verdad. Seguir leyendo

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