Almas similares

El sábado 27 de marzo de 1982
Conferencia General para todas las mujeres de la Iglesia.
Almas similares
Por la hermana Barbara B. Smith
Presidenta de la Mesa General de la Sociedad de Socorro

Barbara B. SmithUna fría mañana en el pasado noviembre, Heidi, una joven madre mormona que vive en Salt Lake City, salió de su casa y se dirigió al Parque de los Pioneros y entró en la casa restaurada de Mary Fielding Smith.

Llevaba puesto un vestido parecido a cualquiera que Mary pudiera haber usado, y durante todo el día se dedicó a dar la bienvenida a los niños de una escuela cercana y a enseñarles a deshidratar manzanas.

Después que los niños se fueron, el sol salió por entre las nubes iluminando con sus rayos, no sólo el cielo vespertino, sino también los acontecimientos del día. Aquella noche Heidi escribió en su diario: “Me quedé sobrecogida por la excepcional belleza que podía contemplar desde aquella casita de adobe en la colina. Mi alma rebosó con la luz que entraba a raudales por la ventana, haciendo nacer en mí sentimientos muy cálidos y radiantes.”

Habló también del contraste que existía entre la casita que había visitado y su modesto mobiliario, y su propia casa tan hermosa, no lejos de allí. Escribió: “Espero que mi hogar sea un lugar de fortaleza y fe y un refugio para la familia, un lugar donde se confirme la verdad y se fortalezca el testimonio, como la casita de Mary lo fue para su familia hace mucho tiempo. A pesar de los estilos de vida tan diferentes, me conmovió sobremanera el que nuestras almas fueran tan similares. La mía suplica que la similaridad sea para el beneficio de mi familia, como lo fue para la familia de ella.”

Las circunstancias que rodearon la vida de Mary Fielding Smith fueron muy diferentes de las de Heidi.

En la trascendental época del éxodo de los santos desde Nauvoo, Mary Fielding Smith se encontró viuda y con niños pequeños. Quedarse en la ciudad la hubiera puesto en situación de constante conflicto con los populachos que perseguían a los santos. Pero ir con ellos significaba dejar su casa y afrontar sola las penurias y los inciertos problemas de una larga y fatigosa jornada en carreta.

Quedarse significaría renunciar a su relación con los santos y al evangelio que tanto amaba. Esto era algo que no podía hacer, pues quería que sus hijos crecieran siendo fuertes en el nuevo y sempiterno convenio.

Los vínculos del evangelio, que llevaron a Mary Fielding Smith a enfrentar las inmensas dificultades y el largo viaje con los santos, trascienden tiempo y pruebas uniendo a las hermanas ahora como entonces en la fe. Seguir leyendo

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A pesar de todo, podemos ser felices

El sábado 27 de marzo de 1982
Conferencia General para todas las mujeres de la Iglesia.
A pesar de todo, podemos ser felices
Por la hermana Elaine A. Cannon
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Elaine A. CannonEl conocimiento de que las grandes pruebas por las que tenemos que pasar en nuestra vida pueden redundar en nuestro beneficio es parte del valioso legado que necesitamos recordar y renovar.

Hay un refrán muy conocido que dice: “No hay mal que por bien no venga”. La tragedia puede reanimar el corazón y enriquecer el alma. Las hojas brotarán en los tallos resecos por los fríos del invierno. “Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría.” (Salmos 30:5.)

Mis queridas hermanas, la tarea diaria del Señor es hacer renacer la esperanza en las personas que se encuentran desesperadas. Depende de nosotros el que nos demos cuenta de que aun en lo más crudo del invierno podemos tener la certeza de contar dentro de nosotros con un cálido e indómito verano. En un mundo plagado de problemas es posible encontrar la felicidad.

Mis queridas hermanas, mi corazón late al compás del vuestro: junto al vuestro, jovencitas hermosas y llenas de vida; y al vuestro, mujeres con más experiencia, sabias y sufridas; con el de vosotras que soñáis con el porvenir y con el de las que han perdido las esperanzas; junto al de las que han sucumbido a las tentaciones de estos últimos días; al de las enfermas y al de las que han perdido la fe; junto al de las que han bañado la cara de un niño con sus lágrimas o mojado su almohada por las noches; a todas vosotras, os expreso mi cariño y comprensión y os doy mi testimonio de que nuestro Padre Celestial y nuestro Señor Jesucristo viven y nos apoyan y de que el Espíritu Santo nos testifica de que podemos obtener un gozo completo.

Pero antes de obtenerlo, conoceremos la amargura para apreciar la dulzura de la vida. Primero vienen las pruebas, luego recibimos el testimonio. (Véase Eter 12:6.)

Sabemos que en la existencia anterior a ésta, todos escuchamos a los Dioses presentar el plan de vida. Valiéndonos de nuestro libre albedrío, todos nosotros votamos venir a la tierra para ser probados. Yo creo que dijimos algo como: “Iré a la tierra y obtendré un cuerpo mortal y soportaré lo que me toque, ya sea un cuerpo defectuoso, que el hombre que ame se case con otra, situaciones desagradables en mi hogar, ser la única estudiante miembro de la Iglesia en mi escuela, pasar toda la vida luchando sin alcanzar el éxito. . . “no importa lo que me depare la vida, iré a probarme y aprender.” (Véase Abraham 3:25.)

Las pruebas son distintas en distintas épocas de la vida. Les resultará familiar la queja de una jovencita que le dice al hermano lo desgraciada que se siente: “No es justo; tú heredaste las pestañas largas y la nariz corta”. A lo que el hermano responde, tratando de consolarla, como sólo los hermanos pueden hacer: “Y qué, tú tienes la nariz larga y las pestañas cortas”. Seguir leyendo

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Una invitación al desarrollo

El sábado 27 de marzo de 1982
Conferencia General para todas las mujeres de la Iglesia.
Una invitación al desarrollo
Por la hna. Dwan J. Young
Presidenta General de la Primaria

Dwan J. YoungAnnette, tu vocecita ha llenado de música este salón cuando cantabas: “Hazme, hazme en la luz andar” (Canta conmigo, B-45). En muchas partes del mundo he observado uno por uno a otros niños que cantaban la misma canción, y con una oración en mi corazón pedía que hubiera alguien cerca de ellos que pudiera enseñarles a “andar en la luz”.

Cada uno de nosotros llega a este mundo en forma separada, uno por uno. Esto no ocurre por accidente. Me parece que es la forma del Señor de hacernos recordar el infinito valor de cada alma.

Existe algo muy sagrado en el momento en que nace un niño. Recuerdo muy claramente el nacimiento de cada uno de mis hijos. El primero llegó después de tres largos años de ansiosa espera; era muy pequeñito, sólo pesaba dos kilos y cuarto. Me sentí muy responsable. Me parecía que era un milagro y surgió en mí un profundo sentimiento de gratitud por aquella criatura que era mía. Con cada niño obtuve la comprensión cada vez más fuerte de mis obligaciones en la vida. Arrullarlos para que se durmieran, cantarles canciones de cuna, susurrarles palabras suaves al oído, soñar con su futuro; me maravillo por este milagro potencial que acunamos en nuestros brazos, el broche de oro de la Creación: el ser humano.

El desarrollo es inevitable; es el fenómeno natural de la vida misma. Y es evidente que el niño se halla en un proceso dinámico de crecimiento físico sobre el cual uno tiene muy poco control. En corto tiempo el peso se duplica; rápidamente llega a los tres años, luego a los cuatro, y en un abrir y cerrar de ojos se convierte en un jovencito o jovencita que se casa y se aleja del hogar.

Cuando ellos principian a aprender es como si se abriera la compuerta de un dique, no se puede detener ni controlar su capacidad para crecer y aprender. Al principio imitan lo que ven, pero luego actúan por su propia iniciativa. Siempre me maravillaba al ver que sólo con mostrarles una vez cómo hacer algo se entusiasmaban tanto que empleaban su propia inventiva para ampliar el nuevo conocimiento.

Al observar el proceso del crecimiento natural, nos volvemos sensibles a ciertos principios eternos sobre los cuales se afirma todo progreso. Primero, el progreso es lo que se espera de todo ser, es la esperanza divina que se le da a cada alma al pasar a la mortalidad. Nuestro Padre Celestial espera que utilicemos el gran don de la vida para gozar y apreciar este principio básico. Debido a que tenemos vida, podemos crecer y desarrollarnos, y cumplir en la tierra algunos cometidos que no podríamos llevar a cabo en ningún otro lugar. Seguir leyendo

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Dios perdonará

Dios perdonará
Presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballHe aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y, yo, el Señor, no los recuerdo más. Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará.” (D. y C. 58:42-43.)

La purgación del pecado sería imposible si no fuera por el arrepentimiento total del individuo y la amorosa misericordia del Señor Jesucristo en su sacrificio expiatorio. Sólo por estos medios puede el hombre recuperarse, ser sanado, lavado y depurado, y todavía ser considerado digno de las glorias de la eternidad. En cuanto al importante papel que el Salvador desempeña en esto, Helamán recordó a sus hijos las palabras del rey Benjamín:

“No hay otra manera ni medios por los cuales el hombre puede ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo, que ha de venir; sí, recordad que él viene para redimir al mundo.” (Helamán 5:9.)

Y al evocar las palabras que Amulek habló a Zeezrom, Helamán recalcó la parte que corresponde al hombre para lograr el perdón, a saber, arrepentirse de sus pecados:

“Le dijo que el Señor de cierto vendría para redimir a su pueblo; pero que no vendría para redimirlos en sus pecados, sino para redimirlos de sus pecados.

Y ha recibido poder, que le ha sido dado del Padre, para redimir a los hombres de sus pecados por medio del arrepentimiento.” (Helamán 5:10-11. Cursiva agregada.)

Estos pasajes de las Escrituras infunden esperanza en el alma del pecador convencido. Por cierto, la esperanza es el gran aliciente que conduce hacia el arrepentimiento, porque sin ella nadie realizaría el difícil y extenso esfuerzo que se requiere, especialmente cuando se trata de uno de los pecados mayores.

Recalca lo anterior una experiencia que tuve hace algunos años. Pasó a verme una mujer joven en una ciudad lejos de mi casa, y vino instada hasta cierto grado por su esposo. Admitió que había cometido adulterio. Se mostró un poco rígida e inflexible, y finalmente dijo: “Yo sé lo que he hecho. He leído las Escrituras, y sé cuáles son las consecuencias. Sé que estoy condenada y que jamás podré ser perdonada, por tanto, ¿qué razón hay para que ahora trate de arrepentirme?”

Mi respuesta fue: “Mi querida hermana, usted no conoce las Escrituras. No conoce el poder de Dios ni su bondad. Usted puede ser perdonada de este abominable pecado, pero requerirá mucho arrepentimiento sincero para lograrlo. ”

Entonces le cité el llamado de su Señor:

“¿Acaso se olvidará la mujer de su niño de pecho y dejará de compadecerse del hijo de su vientre? Pues, aunque se olviden ella, yo no me olvidaré de ti.” (Isaías 49:15.)

Le recordé las palabras del Señor en nuestra propia dispensación de que quien se arrepienta y obedezca los mandamientos de Dios será per-donado (D. y C. 1:32). Mi visitante me miró confundida, pero parecía estar anhelando, como si quisiera poder creerlo. Continué, diciendo: El perdón de todos los pecados, menos los imperdonables, por fin tendrá al transgresor que se arrepienta con la intensidad suficiente, el tiempo suficiente y con la sinceridad suficiente.”

Protestó nuevamente, aunque ya empezaba a transigir. Era tan grande su deseo de creerlo. Dijo que toda su vida ella había sabido que el adulterio era imperdonable. Nuevamente me referí a las Escrituras para leerle la tan repetida afirmación de Jesús:

“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada.

A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.” (Mateo 12:31, 32.)

Se le había olvidado ese pasaje. Sus ojos se llenaron de luz. Reaccionó gozosamente y preguntó: “¿Es realmente cierto? ¿Puedo en verdad ser perdonada?”

Comprendiendo que la esperanza es el primer requisito, continué leyéndole muchos pasajes de las Escrituras, a fin de desarrollar la esperanza que ahora había despertado dentro de ella.

¡Cuán grande es el gozo de sentir y saber que Dios perdonará a los pecadores! Jesús declaró en su Sermón del Monte: “Os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial” (Mateo 6:14). Esto se logra, desde luego, de acuerdo con ciertas condiciones.

El Señor ha dicho a su profeta en las revelaciones modernas: Seguir leyendo

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Siempre retendréis la remisión de vuestros pecados

Conferencia General abril 2016

Siempre retendréis la remisión de vuestros pecados


Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Y mediante la compañía constante del poder santificador del Espíritu Santo, podemos retener siempre la remisión de nuestros pecados.


 


Una frase profunda, que usó el rey Benjamín en sus enseñanzas acerca del Salvador y Su expiación, ha sido por muchos años un tema recurrente de estudio y meditación para mí.

En su conmovedor sermón de despedida al pueblo que había servido y amado, el rey Benjamín describió la importancia de conocer la gloria de Dios, probar Su amor, recibir la remisión de los pecados, recordar siempre la grandeza de Dios, orar diariamente y permanecer firme en la fe1. Les prometió, además, que al hacer estas cosas “siempre os regocijaréis, y seréis llenos del amor de Dios y siempre retendréis la remisión de vuestros pecados”2.

Mi mensaje se centra en el principio de retener siempre la remisión de nuestros pecados. La verdad que se expresa en esta frase fortalece nuestra fe en el Señor Jesucristo y nos ayuda a ser mejores discípulos. Ruego que el Espíritu Santo nos inspire y edifique mientras analizamos juntos estas verdades espirituales fundamentales.

Renacimiento espiritual

En la vida terrenal, experimentamos el nacimiento físico y la oportunidad de un renacimiento espiritual3. Los profetas y los apóstoles nos instan a “despertar en cuanto a Dios”4, a “[nacer] de nuevo”5 y llegar a ser “en Cristo, [nuevas criaturas]”6 al recibir en nuestra vida las bendiciones que la expiación de Jesucristo ha hecho posibles. “Los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”7 pueden ayudarnos a vencer las tendencias egocéntricas y egoístas del hombre natural y a volvernos más abnegados, benevolentes y santos. Se nos exhorta a vivir de tal manera que podamos “en el postrer día [presentarnos] ante [el Señor] sin mancha”8.

El Espíritu Santo y las ordenanzas del sacerdocio

El profeta José Smith resumió sucintamente la función esencial de las ordenanzas del sacerdocio en el evangelio de Jesucristo: “El nacer de nuevo viene por medio del Espíritu de Dios mediante las ordenanzas”9. Esta aguda declaración recalca tanto el Espíritu Santo como las ordenanzas sagradas en el proceso del renacimiento espiritual.

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. Él es un personaje de Espíritu y da testimonio de toda verdad. En las Escrituras, se refieren al Espíritu Santo como el Consolador10, el Maestro11 y el Revelador12. Además, el Espíritu Santo es el Santificador13 que limpia y quema la escoria y el mal de las almas de los hombres como si fuera con fuego.

Las sagradas ordenanzas son fundamentales en el evangelio del Salvador y en el proceso de venir a Él y procurar el renacimiento espiritual. Las ordenanzas son actos sagrados que tienen significado espiritual, importancia eterna y están relacionados con las leyes y los estatutos de Dios14. Todas las ordenanzas de salvación y la de la Santa Cena han de ser autorizadas por alguien que posea las llaves del sacerdocio necesarias.

Las ordenanzas de salvación y exaltación que se administran en la Iglesia restaurada del Señor son mucho más que rituales o representaciones simbólicas. Más bien, ellas constituyen canales autorizados por medio de los cuales pueden fluir las bendiciones y los poderes del cielo en la vida de cada persona.

“Y este sacerdocio mayor administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios. Seguir leyendo

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Cualquiera que los reciba, a mí me recibe

Conferencia General 2016
“Cualquiera que los reciba, a mí me recibe”

Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Neil L. Andersen

Debemos tender la mano a los jóvenes que se sienten solos, excluidos o que están al otro lado de la cerca.

Dios ama a los niños. Él ama a todos Sus hijos. El Salvador dijo: “Dejad a los niños venir a mí… porque de los tales es el reino de los cielos”1.

Los niños hoy en día viven en muchas situaciones familiares diferentes y complejas.

Por ejemplo, en la actualidad, el doble de los niños en Estados Unidos vive solamente con uno de sus padres a diferencia de hace cincuenta años2 y hay muchas familias que no se encuentran unificadas en su amor por Dios y en su disposición de guardar Sus mandamientos.

En esta creciente conmoción espiritual, el Evangelio restaurado seguirá adelante proporcionando la norma, el ideal y el modelo del Señor.

“Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad…

“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y de cuidarse el uno al otro, así como a sus hijos… Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos con amor y rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, y de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro [y] a observar los mandamientos de Dios”3.

Reconocemos en todo el mundo a los muchos padres buenos, de todas las religiones, que cuidan amorosamente a sus hijos y con gratitud, reconocemos a las familias de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días [en las que los niños] se encuentran bajo el cuidado amoroso de un padre y una madre convertidos al Salvador, sellados por la autoridad del sacerdocio y que están aprendiendo en su familia a amar y a confiar en su Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo.

Sin embargo, ruego hoy por los cientos de miles de niños, jóvenes y jóvenes adultos que no provienen de estas, a falta de un mejor término, “familias perfectas”. Hablo no solo de los jóvenes que han pasado por la muerte, el divorcio o la decreciente fe de los padres, sino también de las decenas de miles de jóvenes y jovencitas de todo el mundo que aceptan el Evangelio sin una madre o padre que se convierta a la Iglesia con ellos4.

Esos jóvenes Santos de los Últimos Días se unen a la Iglesia con gran fe y esperan formar la familia ideal en el futuro5. Con el tiempo, llegan a ser una parte importante de nuestra fuerza misional, de nuestros firmes jóvenes adultos y de quienes se arrodillan ante un altar para comenzar su propia familia.

Seguiremos enseñando el modelo del Señor para la familia, pero ahora, con millones de miembros y la diversidad que existe entre los niños de la Iglesia, debemos ser aún más considerados y sensibles. La cultura de nuestra Iglesia y su forma de hablar es muchas veces bastante única. Los niños de la Primaria no van a dejar de cantar “Las familias pueden ser eternas”6, pero cuando canten “Gozo siento cuando a papá veo regresar”7 o “papá y mamá me guían al bien”8, no todos los niños estarán cantando acerca de su propia familia.

Nuestra amiga Bette nos contó una experiencia que tuvo en la Iglesia cuando tenía diez años. Ella dijo: “La maestra enseñaba una lección acerca del matrimonio en el templo y me preguntó específicamente: ‘Bette, tus padres no se casaron en el templo, ¿verdad?’ [La maestra y el resto de la clase] sabían la respuesta”. La maestra siguió con la lección y Bette se imaginó lo peor. Ella dijo: “Pasé muchas noches llorando; y cuando tuve problemas al corazón dos años después y pensaba que iba a morir, me asusté mucho al pensar que iba a estar sola para siempre”.

Mi amigo Leif asistía solo a la Iglesia. En una ocasión, mientras estaba en la Primaria, se le pidió que diera un pequeño discurso. Él no tenía mamá ni papá en la Iglesia que estuviera a su lado y le ayudaran si se le olvidaba decir algo. Leif estaba aterrorizado y en vez de correr el riesgo de pasar vergüenza, permaneció sin asistir a la Iglesia por varios meses.

“Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos…

“Y [dijo] cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe”9.

Esos niños y jóvenes son bendecidos con corazones creyentes y profundos dones espirituales. Leif me dijo: “Yo sabía en lo profundo de mi mente que Dios era mi Padre y que Él me conocía y me amaba”. Seguir leyendo

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Jehová hará mañana maravillas entre vosotros

Conferencia General abril 2016
Jehová hará mañana maravillas entre vosotros

Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland

Sigan amando; sigan tratando; sigan confiando; sigan creyendo; sigan progresando. El cielo los está animando hoy, mañana y siempre.

Queridos hermanos y hermanas, ¿tienen idea, tienen alguna noción o indicio de cuánto los amamos? Por diez horas ustedes miran, con la mirada fija en el rostro de quien está frente a este púlpito, en forma consecutiva; pero durante esas mismas diez horas, nosotros, los que estamos sentados detrás del púlpito, tenemos la mirada fija en ustedes. Nos emocionamos hasta lo más profundo de nuestra alma, por los 21.000 aquí en el Centro de Conferencias, las multitudes en los centros de reuniones y capillas, y los millones en sus hogares alrededor del mundo, quizás apiñados como familia frente a la pantalla de una computadora. Están aquí, están allá, hora tras hora, vestidos con su mejor ropa de domingo, siendo lo mejor que pueden. Cantan y oran; escuchan y creen. Ustedes son el milagro de esta Iglesia, y los amamos.

Hemos tenido otra extraordinaria conferencia general; hemos sido bendecidos de forma especial por la presencia y los mensajes proféticos del presidente Thomas S. Monson. Presidente, lo amamos, oramos por usted, le damos gracias y, sobre todo, lo apoyamos. Estamos agradecidos por haber recibido enseñanzas de usted y de sus maravillosos consejeros, y de muchos de nuestros grandes hermanos y hermanas líderes. Hemos oído música incomparable; con fervor se ha orado por nosotros y se nos ha exhortado. En verdad el Espíritu del Señor ha estado aquí en abundancia. Ha sido un fin de semana inspirador en todo respecto.

Sin embargo, sí noto un par de problemas. Uno es el hecho de que soy la única persona que se interpone entre ustedes y el helado que siempre los espera al concluir la conferencia general. El otro posible problema está representado en esta foto que vi hace poco en internet.

Dinosaurio persiguiendo a unos niños
Mis disculpas a todos los niños que ahora se están escondiendo debajo del sofá, pero el hecho es que ninguno de nosotros quiere que ni mañana ni el día siguiente destruya los sentimientos maravillosos que hemos tenido este fin de semana. Deseamos aferrarnos a las impresiones espirituales que hemos tenido y a las enseñanzas inspiradas que hemos escuchado; pero es inevitable que después de momentos celestiales en la vida, tengamos, por necesidad, que volver a la tierra, por así decirlo, donde a veces nos volvemos a enfrentar a circunstancias que distan de ser ideales.

El autor del libro de Hebreos nos advirtió de ello cuando escribió: “Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, soportasteis un gran combate de aflicciones”1. Esas aflicciones tras haber sido iluminados pueden llegar de muchas maneras, y nos llegan a todos. Sin duda, todo misionero que haya servido no tardó en darse cuenta de que la vida en el campo misional no iba a ser igual al ambiente refinado del centro de capacitación misional; al igual que nos sucede a todos nosotros al salir de una dulce sesión en el templo o al concluir una reunión sacramental particularmente espiritual. Seguir leyendo

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Y ya no habrá más muerte

Conferencia General abril 2016
Y ya no habrá más muerte

De los Setenta

Paul V. Johnson

Para todos los que están apenados por la pérdida de un ser querido, la Resurrección es una fuente de esperanza grandiosa.

Hace una semana celebramos la Pascua, y nuestros pensamientos se centraron otra vez en el sacrificio expiatorio y en la resurrección del Señor Jesucristo. Durante este año pasado he estado pensando y meditando en la Resurrección más de lo acostumbrado.

Hace casi un año que murió nuestra hija Alisa, después de luchar contra el cáncer durante casi ocho años, someterse a varias cirugías, tener muchos tratamientos diferentes, experimentar milagros extraordinarios y profundas desilusiones. Vimos cómo se deterioraba la condición física de ella al ir acercándose al fin de su vida terrenal; fue terrible ver que eso le sucediera a nuestra preciosa hija, aquella bebé vivaz que había crecido y llegado a ser una mujer, esposa y madre maravillosa y talentosa. Creí que se me iba a partir el corazón.

Alisa Johnson Linton
El año pasado durante la Pascua, poco más de un mes antes de fallecer, Alisa escribió esto: “La Pascua es un recordatorio de todo lo que espero para mí: que algún día voy a curarme y a estar sana; algún día no voy a tener ningún metal ni plástico dentro de mí; algún día mi corazón estará libre de temor y mi mente libre de ansiedad. No oro para que eso suceda pronto, pero me siento muy feliz de creer verdaderamente en una hermosa vida después de esta”1.

La resurrección de Jesucristo nos asegura esas mismas cosas que Alisa esperaba e infunde en cada uno la “razón de la esperanza que hay en [nosotros]”2. El presidente Gordon B. Hinckley se refirió a la Resurrección como “el más grande de todos los acontecimientos de la historia de la humanidad”3.

La Resurrección se lleva a cabo por la expiación de Jesucristo y es fundamental para el grandioso Plan de Salvación4. Somos hijos espirituales de padres celestiales5 y cuando venimos a esta vida terrenal, nuestro espíritu se une a nuestro cuerpo; aquí experimentamos todas las alegrías y las dificultades propias de la vida terrenal. Cuando una persona muere, su espíritu se separa del cuerpo; la Resurrección hace posible que el espíritu y el cuerpo de una persona vuelvan a unirse, solo que esta vez ese cuerpo será inmortal y perfecto, no sujeto al dolor ni a la enfermedad ni a ningún otro problema6. Seguir leyendo

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El poder de la divinidad

Conferencia General Abril 2016
El poder de la divinidad

De los Setenta

Kent F. Richards

Cada templo es una sagrada y santa casa de Dios, en la que podemos conocer y aprender los poderes de la divinidad.

Unos pocos meses antes de la muerte del profeta José Smith, él se reunió con los Doce Apóstoles para analizar las necesidades más importantes que tenía la Iglesia en esos tiempos difíciles. Él les dijo: “Necesitamos el templo más que cualquier otra cosa”1. Seguramente, en estos tiempos difíciles, cada uno de nosotros y nuestra familia necesitamos el templo más que cualquier otra cosa.

Hace poco, durante la dedicación de un templo, me sentí muy emocionado por toda la experiencia. Me encantó el programa de puertas abiertas y saludar a muchos de los visitantes que vinieron a ver el templo; disfruté de la celebración cultural con la energía y el entusiasmo de la juventud, seguida de las maravillosas sesiones dedicatorias. Se sintió un dulce espíritu. Muchas personas fueron bendecidas; y a la mañana siguiente, mi esposa y yo fuimos al baptisterio para efectuar bautismos por algunos de nuestros antepasados. Cuando levanté mi brazo para comenzar con la ordenanza, me sentí sobrecogido por el poder del Espíritu. Nuevamente comprendí que el poder real del templo está en las ordenanzas.

Como ha revelado el Señor, la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec se encuentra en el templo y en sus ordenanzas, “porque en ella se confieren las llaves del santo sacerdocio, a fin de que recibáis honra y gloria”2. “Así que, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad”3. Esta promesa es para ustedes y sus familias.

Nuestra responsabilidad es “recibir” lo que nuestro Padre nos ofrece4. “Porque a quien reciba le será dado más abundantemente, a saber, poder”5: poder para recibir todo lo que Él puede darnos, y nos dará, ahora y en la eternidad6; poder para llegar a ser hijos e hijas de Dios7, para conocer “los poderes del cielo”8, para hablar en Su nombre9 y para recibir el “poder de [Su] Espíritu”10. Estos poderes se ponen a disposición de cada uno de nosotros mediante las ordenanzas y los convenios del templo.

Nefi vio nuestros días en su gran visión: “Y aconteció que yo, Nefi, vi que el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la iglesia del Cordero y sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra; y tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria”11.

Recientemente, tuve el privilegio de estar en un programa de puertas abiertas de un templo junto con el presidente Russell M. Nelson y su familia; él los reunió alrededor del altar de sellamiento y les explicó que todo lo que hacemos en la Iglesia —cada reunión, actividad, lección y servicio— es para prepararnos a cada uno de nosotros para ir al templo y arrodillarnos en el altar para recibir todas las bendiciones prometidas del Padre para la eternidad12. Seguir leyendo

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Refugio de la tempestad

Conferencia General abril 2016

Refugio de la tempestad


De los Setenta

Este momento no los define a ellos, pero nuestra respuesta servirá para definirnos a nosotros.

 

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis…

“De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”1.

Se calcula que actualmente hay 60 millones de refugiados en el mundo, lo que significa que “una de cada 122 personas… se han visto obligadas a abandonar sus hogares”2 y la mitad de esas personas son niños3. Es impactante considerar el número de personas implicadas en ello y reflexionar en lo que eso significa en cada una de esas vidas. Mi asignación actual es en Europa, donde un millón y un cuarto de esos refugiados han llegado durante el año pasado de los sectores asolados por la guerra de Oriente Medio y África4. Vemos a muchos de ellos llegar con solo la ropa que llevan puesta y lo que pueden llevar en una bolsa pequeña. Una gran parte de ellos tiene una buena educación, y todos han tenido que abandonar viviendas, escuelas y puestos de trabajo.

Bajo la dirección de la Primera Presidencia, la Iglesia está trabajando conjuntamente con 75 organizaciones en 17 países europeos. Esas organizaciones varían desde grandes instituciones internacionales hasta pequeñas iniciativas comunitarias, desde agencias gubernamentales hasta organizaciones benéficas religiosas y seculares. Somos afortunados por asociarnos con otras que han estado trabajando con los refugiados en todo el mundo durante muchos años y aprender de ellas.

Como miembros de la Iglesia y como pueblo, no tenemos que remontarnos muy lejos en nuestra historia para reflexionar en las épocas en que nosotros fuimos refugiados, expulsados violentamente de casas y granjas una y otra vez. El fin de semana pasado, al hablar sobre los refugiados, la hermana Linda Burton pidió a las mujeres de la Iglesia que consideraran esto: “¿Y qué tal si su historia fuera mi historia?”5. La historia de ellos es nuestra historia, de no hace muchos años.

Hay argumentos de ánimos muy cargados en los gobiernos y en toda la sociedad respecto a lo que es la definición de un refugiado y qué se debe hacer para ayudarlos. Mis ideas no pretenden de ninguna manera formar parte de esa acalorada discusión, ni comentar sobre las normas de inmigración, sino que más bien se centran en las personas que han sido expulsadas de sus hogares y sus países a causa de guerras en cuyos inicios no tuvieron nada que ver. Seguir leyendo

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Recordarle siempre

Conferencia General abril 2016
Recordarle siempre

De la Presidencia de los Setenta

Gerrit W. Gong

Humildemente testifico y ruego que lo recordemos siempre: en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en el que estemos.

Queridos hermanos y hermanas, cuando presté servicio en Asia, la gente a veces me preguntaba: “Élder Gong, ¿cuántas personas viven en el Área Asia de la Iglesia?”.

Les decía: “La mitad de la población del mundo: 3.600 millones de personas”.

Alguien preguntó: “¿Es difícil recordar todos sus nombres?”.

Recordar —y olvidar— son parte de la vida diaria. Por ejemplo, en una ocasión, después de buscar por todas partes su nuevo teléfono móvil, mi esposa finalmente decidió llamar a su número desde otro teléfono. Cuando escuchó que su teléfono sonaba, mi esposa pensó: “¿Quién me estará llamando? No le he dado ese número a nadie”.

Recordar —y olvidar— también son parte de nuestra jornada eterna. El tiempo, el albedrío y la memoria nos ayudan a aprender, a progresar y a aumentar nuestra fe.

Tal como dice la letra de uno de mis himnos preferidos:

Cantemos todos a Jesús
honor y gran loor…
tomadlos, santos, y mostrad
la fe que le tenéis1.

Cada semana, al participar de la Santa Cena, hacemos convenio de recordarle siempre. Recurriendo a los casi cuatrocientos pasajes de las Escrituras que contienen la palabra recordar, mencionaré seis maneras en las que podemos recordarlo siempre.

Primero: Podemos recordarlo siempre al tener confianza en Sus convenios, promesas y afirmaciones.

El Señor recuerda Sus convenios sempiternos, desde la época de Adán hasta el día en que la posteridad de Adán “… abrace la verdad, y mire hacia arriba, entonces Sion mirará hacia abajo, y todos los cielos se estremecerán de alegría, y la tierra temblará de gozo”2.

El Señor recuerda Sus promesas, incluso la promesa de congregar al Israel disperso mediante el Libro de Mormón: Otro testamento de Jesucristo, y las promesas dadas a cada miembro y misionero que recuerda el valor de las almas3.

El Señor recuerda a las naciones y pueblos e infunde confianza en ellos. En estos días de movimiento y conmoción4, algunos “… confían en carros, y [algunos] en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová, nuestro Dios, tendremos memoria”5, quien guía “el futuro, tal como lo ha hecho en el pasado”6. En “tiempos peligrosos”7, “… [recordamos] que no es la obra de Dios la que se frustra, sino la de los hombres”8.

Segundo: Podemos recordarlo siempre reconociendo con agradecimiento Su mano a lo largo de nuestra vida. Seguir leyendo

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Oposición en todas las cosas

Conferencia General abril 2016
Oposición en todas las cosas

Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks

La oposición nos permite progresar hacia lo que nuestro Padre Celestial desea que lleguemos a ser.

El Plan de Salvación del Padre es fundamental en el evangelio de Jesucristo para el progreso eterno de Sus hijos. Este plan, que se ha explicado en la revelación moderna, nos ayuda a comprender muchas cosas que afrontamos en la vida mortal. Mi mensaje se centra en la función esencial de la oposición en este plan.

I.

El propósito de la vida mortal para los hijos de Dios es ofrecerles las experiencias necesarias “para progresar hacia la perfección y finalmente lograr su destino divino como herederos de la vida eterna”1. Tal como el presidente Monson nos enseñó tan poderosamente esta mañana, nosotros progresamos al hacer elecciones, por medio de las cuales somos probados para demostrar que guardaremos los mandamientos de Dios (véase Abraham 3:25). Con el fin de ser probados, debemos disponer del albedrío para elegir entre varias alternativas. Para proporcionar alternativas sobre las cuales podamos ejercer nuestro albedrío, debemos tener oposición.

El resto del plan también es esencial. Cuando tomamos decisiones incorrectas —como inevitablemente lo haremos— el pecado nos mancha y debemos limpiarnos para avanzar hacia nuestro destino eterno. El plan del Padre proporciona la manera de hacerlo, la manera de satisfacer las eternas exigencias de la justicia: un Salvador paga el precio para redimirnos de nuestros pecados. Ese Salvador es el Señor Jesucristo, el Unigénito de Dios el Padre Eterno, cuyo sacrificio expiatorio —cuyo sufrimiento— paga el precio de nuestros pecados si nos arrepentimos de ellos.

Una de las mejores explicaciones de la función planificada que cumple la oposición se encuentra en el Libro de Mormón, en las enseñanzas de Lehi a su hijo Jacob.

“Porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo… no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal” (2 Nefi 2:11; véase también el versículo 15).

En consecuencia, Lehi continuó diciendo: “… el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo. De modo que el hombre no podía actuar por sí a menos que lo atrajera lo uno o lo otro” (versículo 16). De manera similar, el Señor declara en la revelación moderna: “Y es menester que el diablo tiente a los hijos de los hombres, de otra manera estos no podrían ser sus propios agentes” (D. y C. 29:39).

La oposición fue necesaria en el Jardín de Edén. Si Adán y Eva no hubieran tomado la decisión que dio paso a la vida mortal, Lehi enseñó: “… habrían permanecido en un estado de inocencia… sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado” (2 Nefi 2:23).

Desde el principio, el albedrío y la oposición fueron esenciales en el plan del Padre y en la rebelión de Satanás contra ese plan. En el concilio de los cielos, como el Señor le reveló a Moisés, Satanás “pretendió destruir el albedrío del hombre” (Moisés 4:3). Esa destrucción era la consecuencia natural de las condiciones de la propuesta de Satanás. Se presentó ante el Padre y dijo: “Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1). Seguir leyendo

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El Espíritu Santo

Conferencia General abril 2016

El Espíritu Santo


Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Expreso mi amor y agradecimiento al Padre Celestial por el don del Espíritu Santo, por medio del cual revela Su voluntad y nos sostiene.

Mis amados hermanos y hermanas, hoy les hablo como un siervo del Señor y también como un bisabuelo. A ustedes y a mi amada posteridad les enseño y comparto mi testimonio acerca del extraordinario don del Espíritu Santo.

Empiezo por reconocer la Luz de Cristo, la cual se da a “a todo hombre [y mujer] que viene al mundo”1. Todos nosotros nos beneficiamos de esta santa luz. Está “en todas las cosas y a través de todas las cosas”2 y nos permite distinguir entre el bien y el mal3.

Pero, el Espíritu Santo es diferente de la Luz de Cristo. Él es el tercer miembro de la Trinidad, un personaje definido de espíritu, con responsabilidades sagradas y uno en propósito con el Padre y el Hijo4.

Como miembros de la Iglesia, podemos tener la compañía del Espíritu Santo de manera constante. Por medio del sacerdocio restaurado de Dios, somos bautizados por inmersión para la remisión de nuestros pecados y luego confirmados miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En esa ordenanza se nos concede el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos por parte de los poseedores del sacerdocio5. A partir de entonces, podemos recibir y conservar la compañía del Espíritu Santo al recordar siempre al Salvador, guardar Sus mandamientos, arrepentirnos de nuestros pecados y participar dignamente de la Santa Cena en el día de reposo.

El Espíritu Santo nos brinda revelación personal para ayudarnos a tomar decisiones importantes en la vida, tales como la formación académica, la misión, nuestra profesión, el matrimonio, los hijos, dónde viviremos con nuestra familia, etcétera. En estos aspectos, el Padre Celestial espera que usemos nuestro albedrío, que estudiemos la situación en la mente de acuerdo con los principios del Evangelio y que le presentemos una decisión a través de la oración.

La revelación personal es esencial, pero solo es una parte de la labor del Espíritu Santo. Como bien atestiguan las Escrituras, el Espíritu Santo también testifica del Salvador y de Dios el Padre6; nos enseña “las cosas apacibles del reino”7 y hace que “[abundemos] en esperanza”8; nos “induce a hacer lo bueno… [y] a juzgar con rectitud”9; da “a todo hombre [y mujer]… un don [espiritual]… para que así todos se beneficien”10; nos “da conocimiento”11 y nos “[recuerda] todo”12. Por medio del Espíritu Santo podemos “[ser] santificados”13 y recibir “una remisión de [nuestros] pecados”14. Él es el “Consolador”, el mismo que el Salvador prometió a Sus discípulos15.

Nos recuerdo a todos que no se nos da el Espíritu Santo para controlarnos. Algunos procuramos imprudentemente la dirección del Espíritu Santo en cada decisión menor de nuestra vida, lo cual trivializa Su función sagrada. El Espíritu Santo honra el principio del albedrío; Él habla apaciblemente a nuestra mente y corazón en cuanto a muchas cosas de importancia16.

Es posible que cada uno de nosotros sienta la influencia del Espíritu Santo de manera diferente. Sus impresiones se sentirán con diversos grados de intensidad, según sean nuestras necesidades y circunstancias personales. Seguir leyendo

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Él los colocará en Sus hombros y los llevará a casa

Conferencia General abril 2016
Él los colocará en Sus hombros y los llevará a casa

Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Dieter F. Uchtdorf

Así como el Buen Pastor encuentra a Su oveja perdida, si solo elevan su corazón al Salvador del mundo, Él los encontrará.

Uno de mis inquietantes recuerdos de la niñez comienza con el silbido distante de las sirenas antiaéreas que me despiertan. Pronto, otro sonido, el ruido y el zumbido de las hélices que paulatinamente aumenta hasta que agita el mismo aire. Bien entrenados por nuestra madre, nosotros, los niños, tomamos cada uno nuestra bolsa y corremos a la montaña hacia el refugio antiaéreo. Mientras nos apresuramos en medio de la noche oscura caen del cielo bengalas verdes y blancas para marcar los objetivos de los bombarderos. Aunque parezca raro, todos les dicen árboles de Navidad a esas bengalas.

Tengo cuatro años y soy testigo de un mundo en guerra.

Dresden

No muy lejos de donde vivía mi familia estaba la ciudad de Dresden. Quizás quienes vivían allí fueron testigos más de mil veces de lo que yo había visto. Enormes tormentas de fuego, ocasionadas por miles de toneladas de explosivos, se propagaron por Dresden, destruyendo más del noventa por ciento de la ciudad y dejando solamente escombros y cenizas a su paso.

Dresden en ruinas
En muy poco tiempo, la ciudad a la que una vez se llamó el “Joyero” ya no lo era. Erich Kästner, escritor alemán, escribió sobre la destrucción: “En mil años se construyó su belleza, en una noche fue totalmente destruida”1. Durante mi niñez no podía imaginarme cómo la destrucción de una guerra que nuestra propia gente había empezado podría alguna vez superarse. El mundo a nuestro alrededor aparecía totalmente sin esperanzas y sin ningún futuro.

El año pasado tuve la oportunidad de regresar a Dresden. Setenta años después de la guerra, es otra vez un “Joyero” de ciudad. Se han despejado las ruinas y la ciudad se ha restaurado, e incluso mejorado.

Frauenkirche destruida
Durante mi visita vi la hermosa iglesia luterana Frauenkirche, la Iglesia de Nuestra Señora. Originalmente construida en el siglo XVIII, había sido una de las joyas relucientes de Dresden; pero la guerra la redujo a un montón de escombros. Por muchos años permaneció así hasta que finalmente se decidió que la Frauenkirche sería reconstruida. Seguir leyendo

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Padres

Conferencia General abril 2016

Padres


Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Hoy simplemente me centro en el bien que los hombres pueden hacer en las más elevadas de las responsabilidades masculinas: ser esposo y padre.



Hoy deseo hablar sobre los padres. Los padres son fundamentales en el divino plan de felicidad y deseo alzar mi voz de aliento a todos los que se esfuerzan por cumplir bien con ese llamamiento. Alabar y alentar la paternidad y a los padres no supone avergonzar ni excluir a nadie. Hoy simplemente me centro en el bien que los hombres pueden hacer en las más elevadas de las responsabilidades masculinas: ser esposo y padre.

David Blankenhorn, autor del libro Fatherless America, ha observado: “En la actualidad, la sociedad estadounidense está fundamentalmente dividida y es ambivalente respecto a la noción de la paternidad. Algunos ni siquiera la recuerdan; a otros les ofende. Otros, entre quienes se cuentan algunos eruditos sobre la familia, la desatienden o la desdeñan. Muchos otros no se oponen particularmente a ella, pero tampoco se comprometen con ella. Mucha gente desea que pudiéramos tomar medidas al respecto, pero creen que nuestra sociedad sencillamente ya no puede o no va a hacerlo”1.

Creemos en los padres.

Los padres presiden con amor y rectitud.
Como Iglesia, creemos en los padres. Creemos en el “ideal del hombre que pone a su familia en primer lugar”2. Creemos que “por designio divino, el padre debe presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia y de proporcionarle protección” 3. Creemos que, en sus deberes complementarios, “el padre y la madre, como compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro”4. Creemos que, lejos de “estar de más”, los padres son únicos e irremplazables. Seguir leyendo

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