El sacerdocio: un ancla segura
Por el élder L. Tom Perry (1922–2015)
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
El élder L. Tom Perry preparó este artículo el 28 de mayo de 2015, dos días antes de su fallecimiento; iba a presentar dicho artículo a los jóvenes poseedores del sacerdocio.
La mayor fortaleza de mi vida ha sido el sacerdocio de Dios. Creo que también será un ancla segura para ustedes, jovencitos; sin embargo, para que tenga poder en su vida, deben comprenderlo y utilizarlo.
Primeras experiencias con el sacerdocio
Yo crecí en circunstancias cómodas, en Logan, Utah, EE. UU.; no tuve preocupaciones en mi niñez con respecto a alimentos, vivienda ni educación. Pero, tal vez debido a que la vida era fácil, necesité algo a lo cual aferrarme que me mantuviera firme.
Para mí, esa ancla fue el sacerdocio de Dios. Mientras crecía, me encontraba en una situación fuera de lo común. Mi papá fue llamado a ser obispo cuando yo tenía un año, y fue mi obispo durante 19 años. Su guía paternal y espiritual fue de gran ayuda para mí.
Creo que es mayormente por eso que esperaba con gran anhelo recibir el Sacerdocio Aarónico cuando cumpliera los doce años. Recuerdo el día especial en que sentí las manos de mi padre sobre mi cabeza, mientras me ordenaba. Después de eso, avancé en los oficios del Sacerdocio Aarónico y recibí llamamientos que disfruté mucho.
Repartir la Santa Cena era muy especial para mí. Se podía ver a las personas comprometerse a obedecer al Señor y guardar Sus mandamientos al participar de los emblemas de Su cuerpo y de Su sangre.
Crecer en la comprensión del sacerdocio
Conforme pasó el tiempo, me gradué de la escuela secundaria y, después de cursar un año en la universidad, fui llamado a servir en una misión. Disfruté cada minuto de ella y quise mucho a mis compañeros. Hubo un compañero en particular que fue una fuente de fortaleza para mí. Aprendí mucho de él a medida que cumplíamos con nuestras responsabilidades.
Debido a que Estados Unidos estaba en guerra, cuando regresé de la misión me uní a la Infantería de Marina de los Estados Unidos. Cuando terminó la guerra, volví a la universidad, me casé y formé una familia. Una serie de traslados en mi carrera profesional me llevaron a muchos lugares a lo largo de todo Estados Unidos, en los que aprendí mucho al prestar servicio en numerosos llamamientos del sacerdocio. Finalmente, me mudé a Boston, Massachusetts, donde serví como presidente de estaca. Fue de allí que me llamaron a ser Ayudante de los Doce y luego, después de diecisiete meses, al Cuórum de los Doce Apóstoles.


En su relato de la Primera Visión5, el profeta José Smith confirma muchas verdades; entre ellas, que nuestro Padre Celestial sabe nuestro nombre.
La Iglesia verdadera de Jesucristo se ha restaurado y se encuentra sobre la tierra en la actualidad. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días siempre ha sido dirigida por profetas y apóstoles que reciben guía constante de los cielos.
Dos veces al año, en la conferencia general, se nos bendice con la oportunidad de escuchar las palabras del Señor por medio de Sus siervos. Ese es un privilegio que no tiene precio. Pero el valor de esa oportunidad depende de si recibimos las palabras bajo la influencia del mismo Espíritu por medio del cual las recibieron esos siervos (véase
Esa experiencia es familiar para aquellos que han participado en la traducción de las Escrituras del inglés a otros idiomas. Sucede una y otra vez.


























