La doctrina del reino

La doctrina del reino

Shirley W. ThomasShirley W. Thomas
Segunda Consejera de la Mesa General de la Sociedad de Socorro

«Aprended para enseñar». . . Las hermosas palabras de este himno nos instan a tener fe en la ley de la cosecha; a recordar que la semilla se convertirá en espiga.

En nuestro anhelo de encontrar fácil solución a los problemas que enfrentamos, a veces no vemos las verdades fundamentales y por eso no aprendemos el camino seguro. Amaos el uno al otro, sembrad y recogeréis, apoyad al sacerdocio; éstas y otras doctrinas del reino llegan «a ser un firme cimiento. En su veracidad están las respuestas y las soluciones y mientras las aprendemos y las vivimos podemos bendecirla vida de otros.

En una reunión reciente, un amigo relató que viéndose enfrentado a un problema particularmente difícil, pidió consejo al élder Boyd K. Packer. Al contestarle, el élder Packer preguntó: «¿Haría alguna diferencia el recordar que ésta es la verdadera Iglesia de Jesucristo?» Frente a semejante realidad, el problema se pudo enfrentar fácilmente.

Quizás podemos aplicar la misma prueba a un problema de la Sociedad de Socorro: ¿Necesita una mujer estudiar una carrera o tener una capacitación especializada si va a ser una ama de casa y criar una familia? ¿Sería más clara la respuesta si recordamos que somos hijas de un Padre Eterno y nos estamos esforzando por volver a su presencia? Puesto que realmente somos hijas de Dios, ¿no debe cada mujer buscar la luz y la verdad para lograr la perfección, y cuando es bendecida con hijos, proveerles un ambiente en el que ellos también puedan lograrla?

El proveer ese ambiente a veces pone a prueba nuestra preparación. Recuerdo muy bien cuando uno de nuestros hijos empezó a ir a la escuela; un día irrumpió en la cocina para decirme que había aprendido una palabra nueva. No era «papa» o «mamá», sino una difícil, y estaba orgulloso de poder escribirla y pronunciarla. Cuando me la escribió vi que una letra estaba incorrecta. Realmente no sé por qué no lo corregí; quizás pensé que no era el momento. Él fue luego hasta donde estaba su padre y le mostró la palabra. Este le explicó el error y lo corrigió.

Mi hijo se volvió hacia mí y me preguntó: ¿Por qué no me corregiste mamá? En ese momento no supe qué contestar, pero aprendí una buena lección. Comprendí la importancia de esto y que los niños confían en que la madre les diga lo que está mal; ya sean palabras, sobre la vida, o acerca del mundo a que se están enfrentando. Creo que una madre nunca está demasiado preparada para desempeñar su papel. Seguir leyendo

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La mujer sola

La mujer sola

Addie FuhrimanAddie Fuhriman
De la Mesa General de la Sociedad de Socorro

Mi vecino, que cultiva la tierra, decía que si seguía lloviendo de ese modo el sembrado se arruinaría. Día a día yo iba observando en el huerto cómo se oscurecían las hojas verdes de los arbustos y de los’ árboles frutales, tomándose negras… y pensaba entonces que el sol y la lluvia eran elementos que yo no podía controlar. Una vez más se me hizo recordar que se requiere fe para plantar… y también para echar raíces. No se pueden controlar todas las circunstancias de la vida; tal vez podamos influir en ellas; pero no controlarlas. Por eso, la fe para adaptarnos y progresar en el lugar en que nos encontramos, o donde hayamos echado raíces, es sumamente importante.

Como personas diferentes, algunas mujeres trabajan, otras no; almillas se sienten abrumadas por la situación en que se encuentran, otras no; algunas gozan de buena salud, otras no; algunas lloran cuando sufren, otras no lo hacen; unas son tímidas, otras no lo son; unas están casadas, otras no lo están. A veces, las circunstancias entre unas y otras son notablemente diferentes; en ocasiones, las necesidades comunes a todos nos confunden y desalientan; no obstante, el Señor las creó: la necesidad de sustentar y de cuidar el cuerpo, la del aire que respiramos; la necesidad de amar y de ser amadas, de aspirar a cosas más elevadas… El Señor vio todo eso, así como vio las diferencias individuales, y apreció su valor. En su sabiduría. El instituyó en la Iglesia la Sociedad de Socorro, organización en la que pudieran enseñarse los principios del evangelio, que pueden tocar el corazón y la vida de cada mujer: joven, mayor, casada, o soltera como yo.

En esta oportunidad quisiera hablar de los principios del evangelio; de la fe, la esperanza y la caridad, de la fortaleza que han sido para mí, y de la posibilidad que se encuentra al alcance de toda mujer de incorporarlos a su vida. La experiencia me ha enseñado que a veces estos principios se aprenden más fácilmente en compañía de otra persona, pero en ocasiones se aprenden mejor cuando estamos solas.

La fe: Me parece difícil formar un hogar y tomarlo en un centro de aprendizaje cuando se vive sola. Sin embargo, estimo que si definimos el hogar según la calidad de lo que en él reina en vez de hacerlo conforme al número de personas que viven allí, podemos ejercer la fe que se requiere para aplicar los conceptos aprendidos en las lecciones y en los mini cursos sobre la vida providente, y embellecer, asimismo, el ambiente que nos rodea. Luego tenemos la oportunidad de ejercer esa fe invitando a otras personas a nuestro hogar para que participen de su atmósfera de cordialidad y estudio. Seguir leyendo

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La maternidad y la familia

La maternidad y la familia

Mary F. FoulgerMary F. Foulger
Miembro de la Mesa General de la Sociedad de Socorro

Mis queridas hermanas: Creo que vosotras, como nuestros hermanos en el sacerdocio, habéis sido llamadas y preparadas «desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios, por causa de (vuestra) gran fe y buenas obras… (y por haber) escogido el bien. . . (sois llamadas) con una santa vocación …» (Véase Alma 13:3.)

Admiramos el llamamiento que recibió María de ser la madre del Señor; pero nosotras también hemos sido llamadas para ser las madres de posibles dioses., Como mujeres Santos de los Últimos Días comprendemos que el verdadero propósito de la creación depende de nuestra participación como madres de los hijos espirituales de Dios en esta tierra. La obra y la gloria de Dios es llevar a cabo la vida eterna del hombre, y del mismo modo, ésa es también nuestra obra y gloria como madres. Ninguna madre podrá negar que es sacrificio, pero en ello hay gloria, ya que una de las promesas mayores de nuestro Padre es que tendremos gozo en nuestra posteridad.

«Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. . .» (D. y  C. 64:33.) Verdaderamente no hay nada más grande que esto.

Mis seis hijos eran todavía pequeñitos y dependían totalmente de mí, cuándo mi esposo me pidió que lo acompañara en uno de sus viajes de negocios. Jamás me había separado de mis pequeños. Al principio me entusiasmó la idea del viaje, pero conforme se iba acercando la fecha de la partida, más temor sentía. ¿Qué sería de ellos si me llegara a pasar algo? Llegué a un punto tal de desesperación, que la noche anterior al viaje decidí escribir una carta de instrucciones para quien se encargara de ellos en caso de que yo no regresara. Enumeré todas las cosas que consideraba esenciales para su bienestar, y al final agregué una postdata: «Ruego que los abrace con frecuencia».

Si no eran mis brazos, serían los de quien los cuidara, ya que los brazos de, una madre rodean al niño con ternura, seguridad y amor; lo protegen contra el temor, el peligro y el mal.

También como madre he cometido muchos errores. No importa la cultura o el país, todas cometemos errores al criar a nuestros hijos; pero es por medio del arrepentimiento y la expiación de Jesucristo, y por nuestras demostraciones de amor, que podemos corregir nuestros defectos. Siempre suceden milagros, por lo que os pido que nunca os deis por vencidas, ni permanezcáis con los brazos cruzados.

A vosotras madres que criais solas a vuestros hijos, recordad que el Señor y vosotras constituís una mayoría. Cuando abracéis a vuestros hijos, recordad que Él también lo hace. Sentíos seguras, que Sus brazos se extienden hacia vosotras a todo momento.

El élder John A. Widtsoe dijo: «La maternidad se puede ejercer en forma tan universal y vicaria como el sacerdocio» (Priesthood and Church Government, pág. 85.)

Aquellas de vosotras que todavía no tenéis hijos, ejerced la maternidad permitiendo que vuestros brazos sean la continuación de los del Salvador al mostrar amor y seguridad a otros.

Una madre que aprendió a confiar en el Señor enseñó a su hijo a hacer lo mismo. Cuando éste llegó a ser hombre, dio su testimonio del poder de la oración y dijo: «Fue a causa del ejemplo de mi madre que aprendí a confiar en el Señor. Cuando teníamos una decisión importante que tomar, analizábamos el problema y luego mi madre decía: Ahora consultémoslo con el Señor.’ A veces cuando regresaba a casa me daba cuenta de que había algunas tareas por hacer y veía a mi madre arrodillada en oración. En ocasiones mis amigos venían a casa, y me preguntaban: ‘¿Qué hace tu madre?’ Yo les contestaba: ‘Está consultando un problema con el Señor’.»

Cuando no tengan más nuestros brazos, los del Señor estarán allí. Enseñadles a dirigirse a Él.

Mi madre murió tres semanas antes de que naciera mi primer hijo. Añoré mucho su apoyo; pero las hermanas de la Sociedad de Socorro tomaron el lugar de mi madre. Por medio de la sagrada hermandad, la instrucción y la capacitación que he recibido de la Sociedad de Socorro, he sentido como si me rodearan los brazos del Señor.

El Señor ha dado a las mujeres de esta Iglesia la responsabilidad de preparar a sus hijos para que se enfrenten a―los problemas de estos últimos días; para poder cumplir con este «llamamiento» debemos ser tanto estudiantes como maestras de verdades eternas. Debemos estudiar las Escrituras para poder revestir a nuestros hijos con la armadura de Jesucristo y de su evangelio. Debemos proteger nuestro hogar contra las fuerzas del maligno, buscar la guía del Espíritu Santo, y hacer de nuestro hogar un lugar sagrado donde morar.

Hermanas, debemos cumplir fielmente en la tierra la responsabilidad sagrada que gustosamente aceptamos en la preexistencia.

Aprendamos y luego enseñemos que el Señor nos ha dado un profeta para que nos guíe de regreso a su presencia. Aprendamos y luego enseñemos que Jesús es el Cristo, que Él vive, y que nuestra segundad está en sus manos. Lo testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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El vínculo de la caridad

El vínculo de la caridad

Barbara B. SmithBarbara B. Smith
Presidenta de la Mesa General de la Sociedad de Socorro

El escuchar las palabras implorantes de este bello coro me hace recordar el significado de la caridad en las enseñanzas de nuestro Padre Celestial, quien ha dicho:

«Y sobre todo, vestíos con el vínculo de la caridad, como con un manto, que es el vínculo de la perfección y la paz.» (D. y C. 88:125.)

Veo un manto cuando muchas de vosotras os preocupáis unas por otras en actos de tierna compasión, siempre procurando el más alto, noble y fuerte amor ―el amor puro de Cristo.

La caridad o el amor puro de Cristo no es sinónimo de buenas obras o benevolencia. Pero los actos nobles, considerados y de amor son la forma en la que Jesús nos ha enseñado a expresar nuestro amor; tanto por El cómo por oíros. Él dice que si tenemos substancia, debemos compartirla con aquellos que no la tienen. Si somos considerados, cariñosos, y nos preocupamos por aquellos que están enfermos, aquellos que sufren, aquellos que son huérfanos, aquellos a quienes amamos y aun aquellos a quienes nos ultrajan, entonces tenemos caridad, porque estamos movidos a actuar con compasión.

En español la palabra caridad significa «el amor que nunca deja de ser». En Micronesia la palabra «amor» traducida es «el poder que cambia vidas». Estos tiernos matices nos dan un mejor entendimiento del amor puro de Cristo. Cuando servimos con el deseo único de nutrir lodo ser viviente, llegamos a comprender el significado de la caridad.

Esta parece ser una de las características de Rut quien expresó sus sentimientos por Noemí en el Antiguo Testamento. Rut tenía compasión aun cuando las circunstancias de su vida eran amargas. Experiencias amargas llegan a la vida de todas nosotras. Sin lo amargo no podemos conocer lo dulce. El profeta Lehi explicó:

«Porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo… no se podría llevar a efecto la justicia m la iniquidad, m tampoco la santidad m la miseria, m el bien m el mal. De modo que todas las cosas necesariamente serían un solo conjunto. . .» (2 Nefi 2:11.)

Rut sabía de este «solo conjunto». Ella era solamente una joven-cita cuando su esposo murió y la dejó sola sin ningún hijo. Fue una época difícil, y aún así, estaba la dulzura de su relación con su suegra y la fuerza de su fe en el Dios de Israel; ambas cosas habían llegado a su vida gracias a su matrimonio. Seguir leyendo

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Sed leales a vuestra organización

Sed leales a vuestra organización

Spencer W. KimballPresidente Spencer W. Kimball

Mis amadas hermanas, os saludo y doy la bienvenida esta noche en que os habéis reunido en más de 2.000 agrupaciones en todo el mundo. ¡Os amamos y apreciamos con todo nuestro corazón! Os respetamos, os honramos, y os necesitamos. «Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón.» (1 Cor. 11:11). Nos regocijamos en vuestra rectitud y en la influencia positiva que tenéis como personas, esposas, madres y abuelas. Apreciamos la fidelidad y devoción de las hermanas solteras quienes aún no disfrutan la plenitud de una vida familiar. El Señor os ama, pues sois unos de los espíritus más nobles de nuestro Padre Celestial. Si continuáis fieles, algún día no se os negará ninguna bendición.

Estoy muy complacido con el tema que se ha seleccionado para esta reunión, «Aprended para enseñar». Durante toda mi vida matrimonial he sido bendecido con mi dulce compañera, Camilla, quien ha tenido una sed insaciable de conocimiento. Está siempre leyendo y buscando. Cree literalmente en el consejo del Señor por intermedio del profeta José Smith, «Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección.» (D. y C. 131:18). No ha estado sólo aprendiendo continuamente en nuestros 63 años de matrimonio, sino que también por su ejemplo, y sus enseñanzas ha estado compartiendo lo que aprende. Por más de medio siglo ha sido maestra visitante de la Sociedad de Socorro, y en la mayor parte de ese tiempo ha enseñado la lección de Vida Espiritual en la Sociedad de Socorro.

Mis queridas hermanas, permaneced todas vosotras cerca de la Iglesia. Seguid a sus profetas para que no os desviéis del camino, y para que podáis ayudar a guiar a cualquiera de aquellos que lo hayan perdido. Amad y cuidad de vuestras familias y aseguraos de llevar a cabo la noche de hogar familiar con regularidad cada semana. El hogar es un lugar de paz y amor. Sed buenas vecinas también, para que aun si el amor de muchos en el mundo se enfría, vuestras familias y vuestros vecinos no se priven de vuestro ministerio y de vuestro servicio compasivo. Continuad siendo buenas esposas y madres, hijas y hermanas, de manera que si el amor y la paz disminuyen en la tierra, todavía existan en vuestros hogares.

Hay muchas clases de voces. Permitidme reiterar lo que os dije en la reunión de mujeres hace ya dos años. Dejad a otras que sigan ciegamente lo que en forma egoísta perciben como sus intereses; pues vosotras, mis queridas hermanas, podéis ser una fuerza mucho más necesaria por el amor y la verdad y el ejemplo recto que podéis dar en esta tierra. «Escucha al Profeta que predica la verdad». (Himnos de Sión, Núm. 69.)

¡El Señor está al timón! Él nos dirigirá. Esta es su obra, de la cual la Sociedad de Socorro es una parte muy importante. Mis queridas hermanas, sed leales a esta gran organización la cual, bajo la inspiración del Señor, fue organizada hace 138 años por el profeta José Smith. Apoyadla y fortalecedla para el bienestar de vosotras mismas, de vuestras familias y de la Iglesia. Más aun, así como tenemos que guardar todos los mandamientos, hagamos un uso total de todos los otros programas básicos de la Iglesia para que nos fortalezcamos y haya equilibrio en nuestra vida.

Si mantenéis la fe, el Señor no os olvidará ni a vosotras ni a vuestros seres queridos.

Mis amadas hermanas, sé que Dios vive, que Jesucristo es su Hijo Unigénito, el Redentor del mundo, y que ésta es en verdad la Iglesia de Jesucristo, con El a la cabeza. Dejo este testimonio con vosotras y mi amor y mis bendiciones en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Sed misioneros

Marzo de 1981
Sed misioneros
Por el élder LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce

LeGrand RichardsCada uno de nosotros influye en la vida de sus amigos, y si lo deseamos, podemos» ser misioneros. No debería haber ninguna persona que viviera en los alrededores que no fuera miembro de la Iglesia, que no se le hubiera invitado a unirse a ella. Hay quienes viven al lado de nuestra «casa y nunca han sido invitados a unirse a la Iglesia.

Hace pocos años estaba en Omaha, Nebraska, donde había asistido para dar la palada inicial al Mormón Memorial Bridge (puente conmemorativo sobre el río Misuri) al lado de Winter Quarters (El Invernadero). Allí conocí a un hermano que era un presidente de distrito en el área de la misión. Había vivido en Salt Lake City, Utah, durante 17 años, y había trabajado en las oficinas del ferrocarril Union Pacific hasta que fue transferido a Omaha. Él no se había unido a la Iglesia en Salt Lake City, sino que conoció a los misioneros cuando se mudó a Omaha. Yo le pregunté: «¿Por qué no se unió a la Iglesia cuando vivía en Salt Lake?» Él contestó: «Nadie me invitó a hacerlo». En otra oportunidad, viajaba en auto con un presidente de estaca hacia Farmington, Nuevo México, y el presidente de misión, que viajaba con nosotros, comentó que había vivido en Ogden, Utah, por el periodo de doce años y había pasado por la misma experiencia. Le pregunté por qué no se había unido a la Iglesia mientras vivía en Ogden, y él me contestó que nunca nadie lo había invitado a conocerla.

Hace algunos años, estando en Wyoming, hice referencia a estas experiencias, y el presidente de estaca dijo que esto le recordaba que cuando él era obispo de un barrio, uno de los hombres que vivía en su vecindario le llamó un día y le dijo: «Obispo, ¿piensa usted que soy lo suficientemente bueno como para ser miembro de su Iglesia?» En ese momento me di cuenta de que nunca lo habíamos invitado a que perteneciera a la Iglesia, de manera que hice los arreglos pertinentes para bautizarlo el viernes siguiente por la noche. También llamé a una señora de la vecindad y le dije que este hombre iba a unirse a la Iglesia y le pregunté si le gustaría compartir ese momento. Ella dijo: ‘Obispo, me preguntaba cuánto tiempo debía vivir en su comunidad para que me invitara a unirme a su Iglesia’.»

No tenéis que ser una persona mayor o de 19 años para poder abrir la puerta a vuestros semejantes. Podéis llevar a vuestros amigos a algunas de las actividades del barrio o de seminarios, y entonces dar la referencia a los misioneros y hacer arreglos para que ellos los visiten. No haréis nada en este mundo que os traiga mayor satisfacción y felicidad que el de ser un instrumento en las manos del Señor para traer a alguien a la Iglesia.

El Señor dijo:

«Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!» (D. y C. 18:15.)

Cuando me encontraba en los estados del sur de los Estados Unidos, tuve una experiencia que me ayudó a darme cuenta de lo que creo que el Señor quiso decir con esto. Un día recibí una carta de un buen hermano de Phoenix, Arizona; era un hombre bastante mayor y decía que su abuelo había sido uno de los primeros conversos en el Estado de Misisipí, en el año 1840. El escribió: «Desde aquella época, mi padre y sus descendientes han brindado más de cien años de servicio misional a la Iglesia». En ese momento había 15 jóvenes pertenecientes a esa familia sirviendo en el campo misional, y tres de ellos estaban en nuestra misión. En 1940, luego de haber sido llamado como Obispo Presidente, exactamente cien años después que el abuelo del hombre que me escribió se convirtió a la Iglesia, conté esta historia en una reunión de misioneros, sin saber que un nieto de este último se encontraba allí. Una vez finalizada la reunión se dirigió a mí y me dijo: «Hermano Richards, ahora ya son 165 años de servicio». Cuando usted agrega de 10 a 15 a la vez, no requiere mucho tiempo para alcanzar otros 100 años. Todo esto me hizo pensar que si aquel misionero que cruzó vadeando los pantanos del Misisipí por el año 1840, cuando se viajaba sin «bolsa ni alforja», donde muchos contraían malaria, había traído solamente a aquel hombre a la Iglesia, es posible que haya pensado que no había hecho mucha obra. Pero en un periodo de 100 años, ese hombre y sus descendientes brindaron 165 años de servicio misional, sin contar todas las personas a quienes él había convertido ni las otras que estos conversos trajeron a la Iglesia. ¿Cómo podéis hacer «tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan» (Mateo 6:20), de un modo mejor que llevando a cabo un servicio como éste? Seguir leyendo

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Porque éste es un día de amonestación

Marzo de 1981
“Porque éste es un día de amonestación»
Por el élder Dean L. Larsen
Del Primer Quorum de los Setenta

Dean L. LarsenHace algún tiempo entrevisté a un joven que deseaba servir en una misión, quien hacía un año había confesado a su obispo una falta grave cometida en sus primeros años de adolescencia. Este era un joven Santo de los Últimos Días muy activo, lo mismo que su familia. Aun durante el tiempo de su transgresión era un miembro que participaba en la Iglesia activamente. Ahora, por más de un año, su vida se había visto libre de los problemas pasados y ansiaba ir a una misión.

Al comentar en cuanto a su situación y a las decisiones que había tomado en sus primeros años de adolescencia y que tuvieron como resultado una reputación dudosa en la Iglesia, él me dijo: «Yo sabía que lo que estaba haciendo era malo, y que algún día me arrepentiría e iría a una misión.»

Al mismo tiempo que sentía agrado por el deseo que tenía este joven de poner su vida en orden y servir al Señor como misionero, me molestaba la acción premeditada, la forma calculada con que él había permitido desviar su vida del sendero correcto para conducir sus pasos hacia la destrucción espiritual y moral, y luego, como si estuviera siguiendo un itinerario establecido por él mismo, había empezado a enmendar sus faltas y a ser obediente.

Si yo sólo hubiera tenido una experiencia de esta categoría con un solo joven, no valdría la pena mencionarla aquí, pero desafortunadamente, no es la única. Parece que la juventud tiende a experimentar con las cosas prohibidas del mundo, no con la intención de someterse a ellas permanentemente, sino ceder momentáneamente a sabiendas como si estas cosas tuvieran un valor demasiado importante como para dejarlas pasar. Esta es una de las mayores pruebas en estos tiempos.

Mientras que muchos vuelven o se recobran de estas excursiones por los «territorios prohibidos», aumenta el gran número de tragedias que sólo traen desgracia y desesperación para muchos y que tienen consecuencias perdurables. No existe tal cosa como el pecado privado. Aunque su pago puede ser calculado y predeterminado, la persona culpable no puede regular sus efectos. Pensar lo contrario es creer una de las mentiras más insidiosas perpetradas por el padre de las mentiras. Seguir leyendo

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Una batalla ganada

Marzo de 1981
Una batalla ganada
Por Constance Polve

Al encaminarme por el sendero polvoriento y lleno de basura que conducía a la vieja y deteriorada choza, me sentí agobiada por la desesperante pobreza que veía allí. El techo de la pequeña casa estaba agujereada en un lado, los vidrios de las ventanas se habían reemplazado con periódicos viejos, y el patio se hallaba tapizado de vidrios, clavos, latas viejas y otros escombros. En las ventanas colgaban cortinas rasgadas por las que pude ver el tizne que cubría las paredes y pisos en el interior. Aproximadamente de quince a veinte gatos se me atravesaron correteando al encaminarme hacia la choza. Al tocar a la puerta, pensamientos fugaces me hicieron recordar la vida cómoda de la que disfrutaba y a la que estaba acostumbrada cuando asistía a la Universidad Brigham Young que se encuentra en Provo, Utah; anhelaba por un momento esa seguridad de la ciudad universitaria. Pero ahora me encontraba aquí, como enfermera practicante, a muchos kilómetros de Provo, y no estaba segura si estaba preparada para las pruebas que tendría que enfrentar.

Todo comenzó hace unas semanas durante mi clase relacionada con mis estudios de la salud pública. Parte del curso requería que obtuviéramos experiencia práctica como estudiantes de enfermería. Pensaba trabajar en Salt Lake City, pero durante nuestro primer día, el instructor declaró que necesitaban practicantes de enfermería en una oficina de salud pública establecida en un pequeño poblado. Súbitamente sentí algo que me impulsaba a ofrecerme como voluntaria. Traté de detenerme, pero no pude, y antes de lo que imaginara, me hallaba en camino a mi nuevo hogar y mis nuevas responsabilidades.

Un día después de mi llegada me presenté ante dos enfermeras graduadas que se hallaban en la oficina de salud pública, las únicas dos en todo el distrito. Decir que ellas estaban muy ocupadas no expresaría totalmente la situación. Vi los archivos que representaban cientos de casos diferentes, todos necesitaban de ayuda médica. Un poco temerosa, comencé a darme cuenta de que no tenía tiempo que perder en observaciones y aprendizaje; tenía que comenzar inmediatamente y confiar en la esperanza de que todo iba a salir bien. Seguir leyendo

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La oración

Marzo de 1981
La oración
Por Susan Piele

Cuando Calvin empezó a tartamudear sólo para pedir la sal o la pimienta, supe que algo estaba mal. Él siempre tuvo problemas para hablar; era divertido cuando tenía dos o tres años de edad, y se hacía querer cuando tenía cinco o seis. Pero cuando llegó a los siete u ocho años y aún tartamudeaba, mi madre lo llevó a un hospital especializado. Después de eso el problema pareció mejorar, excepto en algunas oportunidades cuando Calvin se inquietaba por algo.

Calvin es mi hermano mayor, y puedo saber cuándo él está asustado por algo, en parte por su tartamudeo, pero también por pequeñas cosas que hace o dice.

Estaba muy preocupado por llegar a ser un presbítero y tener que bendecir la Santa Cena. No era porque no quisiera hacerlo, porque sí quería, y ese era todo el problema. Calvin toma este tipo de cosas muy en serio. No quería que nadie tuviera una excusa para reírse durante esa sagrada ordenanza, especialmente los diáconos del banco del frente, aún si sólo lo hacían por la forma en que Calvin decía la oración.

Calvin lee mucho y yo creo que de su lectura sacó la idea de las canicas. Un griego, de nombre Demóstenes, acostumbraba a recitar en voz alta mientras subía escalones o una colina, o ponía piedras en su boca y daba discursos frente a las olas del mar para acostumbrarse a hablar más claramente. Yo pensé que era una cosa absurda cuando mi hermano me habló de esto; se podía tragar las piedras o algo así, pero creo que estaba desesperado. Él sabía que nuestra madre se enojaría si sabía que iba a poner piedras en su boca, de manera que las canicas parecían ser el substituto más cercano que podía pensar.

Yo colecciono canicas, aun cuando no puedo hacer mucho con ellas, pero me gusta ver sus diferentes colores y los cambios que puede tener la luz cuando pasa a través de ellas. Un día Calvin vino a mi cuarto y se paró junto a la puerta por un largo rato observándome. Mi hermano tiene a veces una forma de pararse que en seguida me doy cuenta de que tiene algo entre manos, y ésa era una de las veces. Seguir leyendo

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El cactus, la cruz, y la Pascua

Marzo de 1981
El cactus, la cruz, y la Pascua
Por Jeffrey R. Holland
Comisionado de Educación de la Iglesia

Jeffrey R. HollandEs probable que todos nosotros hayamos tenido experiencias en las cuales realmente hemos necesitado que alguien nos ayudara. Recuerdo que cuando era un niño pequeño, una vez en verdad necesité ayuda. Estaba jugando en la ladera de una montaña cerca de casa, y me caí sobre un gran cactus espinoso.

¡Como dolía! Las espinas atravesaron la lona de mis zapatos, mis medias, mis pantalones, mi camisa… Me pinchaban por todos lados y me sentía como un tablero humano de dardos.

Al caer grite de una manera como para sacudir las montañas. No podía levantarme, no podía agacharme, no podía moverme en absoluto, porque con cada movimiento parecía que aquellas agujas se hundían más y más profundamente en mi piel, de modo que me quede quieto llorando y gritando desesperadamente.

En ese entonces yo tenía cinco años, y mi hermano mayor, quien inmediatamente se apresuró para ayudarme, tenía ocho. Aunque quedó atónito al verme preso de una situación tan difícil, comenzó a arrancar algunas de las espinas; pero al sacarlas me causaban más dolor que cuando caí en el cactus, por lo que lloraba y gritaba con más fuerzas. Además, las lastimaduras del tamaño de un alfiler sangraban tanto cuando él arrancaba las espinas, que en pocos minutos parecía que yo estaba haciendo propaganda para que se donara sangre a la Cruz Roja.

Finalmente, mi hermano se dio cuenta de que no estaba haciéndolo eficazmente y que su esfuerzo era inútil, pues todavía quedaban docenas de espinas por sacar y yo seguía gritando y llorando tan fuerte como podía. Fue entonces que él hizo lo único que un hermano de ocho años podría haber hecho.

Corrió montaña abajo y buscó su carrito rojo de juguete y con grandes y esmerados esfuerzos logró subirlo hasta la colina donde, de acuerdo con mi criterio, yo estaba allí sólo esperando la muerte. Finalmente, a pesar de mis gritos y lamentos, halándome, arrastrándome y levantándome, pudo sacarme del cactus y sentarme en su carrito. Entonces, en forma milagrosa, solamente conocida por los niños y la Divina Providencia, me bajó de aquella empinada montaña.

Lo que sucedió después no está muy claro en mi mente, pero recuerdo que mi madre me quitó la ropa y el resto de las espinas. Lo que sí recuerdo claramente, y que jamás olvidaré, es a mi hermano arrastrando aquel cochecito de juguete y buscando con determinación la manera de llegar hasta donde yo estaba. Se encontraba tan preocupado, que lo hizo de una manera maravillosa. Seguir leyendo

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Amemos lo que Dios ama

Marzo de 1981
Amemos lo que Dios ama
Por Dennis R. Peterson

Yo tenía sólo diecinueve años, y había comenzado mi misión en Japón. A pesar de que creía en el evangelio y que tenía grandes deseos de ser digno y justo, me asaltaban grandes dudas: ¿Podría realmente llegar a ser lo suficientemente bueno como para ser aceptado por el Señor?

Había visto las tentaciones de ser egoísta, orgulloso, de no ser moralmente limpio, de sentir el deseo de tener poder y dinero, tentaciones que el mundo nos ofrece seductoramente, y me sentía débil. ¿Cómo podría yo reprimir todos esos deseos «humanos»? A veces parecía que el guardar los mandamientos era como una camisa de fuerza que el evangelio me había puesto y así adquiría una posición totalmente fuera de lo normal, mientras que Satanás trataba en forma permanente de deshacer dicha camisa.

Pero esto fue antes de haber hecho mi descubrimiento.

Como en muchas otras experiencias misionales, fue una familia especial la que aceleró este descubrimiento. La primera vez que visitamos a la familia Uno, quedamos tremendamente impresionados por el comportamiento del padre. Cuando se dirigía a su esposa, él utilizaba términos muy groseros, y sus hermosos niños se alejaban de él con expresión de temor en el rostro. A pesar de esto, él nos escuchó y nos pidió que volviéramos. Apenas cinco semanas más tarde, no pudimos menos que llorar al compartir nuestros testimonios acerca del evangelio y ver al hermano Uno juguetear y reír con sus amados y afectuosos hijitos.

Esa noche, cuando mi compañero y yo nos retiramos, tuve el sentimiento más hermoso de dicha que jamás haya experimentado al imaginarme a esa cariñosa familia unida por toda la eternidad. Al mismo tiempo me sentí tremendamente horrorizado al pensar que quizás yo no podría disfrutar con ellos de esa eternidad; y que posiblemente ni el mayor de mis esfuerzos para apartarme del pecado sería suficiente. Esa noche me puse de rodillas, y le imploré al Señor con todo mi corazón, que me hiciera saber la manera de ser digno y justo. Seguir leyendo

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Tres conceptos que debemos meditar

Marzo de 1981
Tres conceptos que debemos meditar
Por el élder Hugh W. Pinnock
Del Primer Quorum de los Setenta

Hugh W. PinnockExisten conceptos sobre los que debemos meditar, y si lo hacemos, éstos harán que nuestra vida sea más agradable y satisfactoria.

¿Cuáles son? Mencionaré tres ideas que se encuentran en esta categoría. En primer lugar: Hoy mismo estas convirtiéndote en lo que llegareis a ser. En la obra Hamlet de Shakespeare. Ofelia dice: «Sabemos lo que somos, mas no sabemos lo que podemos ser» (acto cuarto, escena V). Dado que el evangelio no había sido restaurado en el siglo diecisiete. Shakespeare no sabía con seguridad a lo que podía llegar el hombre. Nosotros si lo sabemos, y este conocimiento amplía la comprensión que tenemos de la vida, de una manera que no pueden entender los que no tienen el Evangelio de Jesucristo.

El presidente Spencer W. Kimball fue ordenado Profeta el 27 de diciembre de 1973, pero desde su juventud tenía la visión de un elegido del Señor, pues se había preparado para lo que habría de suceder. Todos tenemos la posibilidad de alcanzar la exaltación por medio de lo que pensamos, decimos y hacemos hoy.

Conocí en la Universidad de Utah a una joven llamada Kathy McKay, que tenía mucho talento en el campo de la música; sus padres le habían enseñado que la posición que alcanzaría en la eternidad dependía de su comportamiento diario. Era un ejemplo para todos los que la conocían; tan sólo por observarla y percibir su pureza, un joven deportista de otro estado se sintió interesado en el Evangelio de Jesucristo. Ella sabía que estaba convirtiéndose en lo que podía llegar a ser.

Esta es la segunda idea acerca de la cual es necesario meditar: Hoy puede ser un día trascendental en tu vida, Vince Lombardi, uno de los mejores entrenadores de fútbol norteamericano que ha existido, enseñaba a los jugadores a esforzarse al máximo en cada jugada. Decía que en cada partido de ese deporte hay cinco o seis jugadas que determinan el resultado final y que nadie sabe cuáles son hasta que pasan. Por lo tanto, debemos poner empeño en todas las jugadas para lograr detener al otro cuadro, o para apuntarnos un tanto. Seguir leyendo

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El cumplimiento de una bendición

Marzo de 1981
El cumplimiento de una bendición
por el hermano Hans-Wilhelm Kelling

Hace algunos años, cuando servía como presidente de la Misión de Alemania-Munich, tuve una experiencia que fortaleció mi fe. Me hallaba reunido, como lo hacía regularmente, con mis dos ayudantes: el élder Bryce Betteridge y el élder Gregory Smith, y para recalcar cierto punto que estábamos tratando, mencioné a mis ayudantes una experiencia que había tenido alrededor de veintiún años atrás cuando era misionero en la ciudad de Trenton. Nueva Jersey. Al oírme nombrar esa ciudad, el élder Smith pareció muy sorprendido y dijo que ése era precisamente el lugar donde había nacido. Seguidamente me preguntó en qué año estuve allí como misionero. Cuando le conteste que fue en 1954, su curiosidad aumentó porque ése era el mismo año en que él había nacido. Luego le pregunté en cuanto a sus familiares y me di cuenta de que yo había tenido un papel muy importante en la vida de ese joven. Rápidamente volvieron a mi memoria los recuerdos de ese entonces.

Cuando mi compañero y yo fuimos llamados para organizar una rama en Trenton, no había muchos miembros allí. A pesar de todo, el Señor nos bendijo, ya que la rama empezó a crecer a medida que íbamos enseñando el evangelio y bautizando a varias familias.

Un día, la hermana Smith, un miembro de la rama cuyo esposo no estaba activo en ese entonces, nos pidió a mi compañero y a mí que le diéramos una bendición. Ella estaba embarazada y los doctores temían que hubiera complicaciones con el desarrollo y nacimiento del niño. Con gran fe en el Señor y en su sacerdocio, la hermana pidió ayuda, siguiendo así el consejo del Señor tal como se halla en las Escrituras.

Escribí este acontecimiento en mi diario de la misión, y aún ahora recuerdo el sentimiento de tranquilidad que embargó mi alma al sellar la unción. Bajo la influencia del Espíritu Santo le prometí a la hermana Smith que su embarazo no tendría complicaciones, que el niño nacería saludable y fuerte, y que serviría al Señor. Seguir leyendo

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Vuestro compañero constante

Marzo de 1981
Vuestro compañero constante
Por Spencer J. Condie

Spencer J. CondieCasi al terminar su ministerio terrenal, el Salvador comenzó a preparar a sus apóstoles para su inevitable partida, asegurándoles:

«Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que» esté con vosotros para siempre.» (Juan 14:16.)

«… porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.» (Juan 16:7.)

A pesar de que esto fue dicho directamente a los apóstoles de la Iglesia primitiva, la promesa del Señor se extiende a cada miembro, De acuerdo con la dignidad de una persona, el Espíritu Santo puede morar en los padres e hijos, maestros orientadores y maestras visitantes, así como en los apóstoles y profetas.

En el conmovedor discurso acerca del Consolador, tan elocuentemente registrado por Juan el Amado, el Señor explica en algunos detalles ciertas maneras en las cuales el Espíritu Santo puede influir en nuestra vida diaria. Las siguientes experiencias verdaderas demuestran claramente esta influencia.

«No os dejaré huérfanos» (Juan 14:18).
Un espíritu de gran pesadumbre y tristeza prevalecía en la congregación al terminar los funerales de una joven madre que había muerto al dar a luz. A pesar de que los elogios habían sido elocuentes y conmovedores, muchas de las personas allí reunidas aquel día no podían evitar tener un sentimiento de amargura. ¿Cómo era posible que un Padre Celestial amoroso se llevara a una encantadora madre, dejando a cuatro pequeñitos al cuidado de un padre apesadumbrado?

Cuando terminó el servicio funerario, el joven padre se levantó con calma y se dirigió al pulpito. «Puedo sentir perfectamente vuestra preocupación y pesadumbre», dijo serenamente, «pero hay algo que debo decirles para confortarlos. Durante la primera hora después del fallecimiento de mi esposa, me parecía imposible poder seguir adelante. ¿Cómo podría yo continuar sin ella? Pero de pronto, un espíritu de paz y serenidad llenó mi alma y desde entonces he tenido la seguridad de que todo saldrá bien. No se preocupen por nosotros, vamos a poder salir adelante.»

El espíritu consolador de este joven padre se extendió por toda la congregación, y todos salieron reconfortados. Seguir leyendo

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Enseñemos a los hijos de Dios

Marzo de 1981

Enseñemos a los hijos de Dios

Por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

N. Eldon TannerEste mensaje va dirigido a todos aquellos que actualmente están sirviendo en cargos directivos en la Iglesia, a los que algún día ocuparán estos cargos y también a todos los que siguen a estos directores.

Como miembros de la Iglesia debemos reconocer nuestra responsabilidad individual de promover el reino de Dios, o sea, su Iglesia sobre la tierra. Hay ciertos puntos fundamentales que ‘debemos reconocer antes de asumir y cumplir estas responsabilidades.

Primeramente, debemos reconocer que somos hijos espirituales de Dios, y no creo’ que haya otra manera mejor de explicar quiénes somos y por qué estamos aquí que citando las palabras del conocido himno. «Soy un hijo de Dios»:

Soy un hijo de Dios,
por El enviado aquí;
me ha dado un hogar
y padres caros para mí.

Soy un hijo de Dios,
no me desamparéis;
a enseñarme hoy su ley,
precisa que empecéis.

Soy un hijo de Dios,
y galardón tendré,
si cumplo con su ley aquí
con El vivir podré.
Guiadme, enseñadme por sus vías a marchar,
para que algún día yo con Él pueda morar.
(Canta conmigo, pág. B-76.)

Es un privilegio maravilloso ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, trabajar bajo la dirección de un profeta y saber que estamos haciendo la voluntad del Padre Celestial. Sé y os testifico que el presidente Spencer W. Kimball es un profeta de Dios que dirige los asuntos de Su Iglesia sobre la tierra. Seguir leyendo

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