Nuestro perfeccionamiento

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Nuestro perfeccionamiento
por el élder Robert E. Wells
del Primer Quorum de los Setenta y Supervisor de Área

Robert E. WellsMis queridos hermanos, os saludo con amor, como hermanos en la fe, con aprecio, estima y admiración como colegas en la obra del Señor, y sacerdotes de Israel.

Pablo en su carta a los Efesios hace una lista de los varios oficios del Sacerdocio, para hacemos entender que está hablando de su organización completa, tal como fue establecida por el Salvador. Él dice que en realidad, el Sacerdocio tiene tres metas, a las cuales yo voy a llamar “los tres caminos a la perfección”. Escuchad mientras las leo con la adaptación de una palabra:

“Y él mismo” (Cristo), “constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos”, perfeccionar “la obra del ministerio”, o sea, la obra proselitista. (Véase Efe. 4:11-12.)

Me gustaría hablar hoy acerca de la perfección de los santos, que es el primer camino del Sacerdocio hacia la perfección. Nos llamamos santos, así que debemos empezar con nosotros mismos. La perfección es nuestra meta y es alcanzable. El mandamiento es: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mat. 5:48). Este mandamiento se incluye en el Sermón del Monte, donde el Salvador dio una lista de atributos, que si los aplicáramos en nuestra vida, verdaderamente nos llevarían a una perfección celestial en esta tierra.

Aprendemos de Nefi que el Señor no da ningún mandamiento sin preparar la vía para que podamos cumplirlo. (Véase 1 Nefi 3:7.) Dejadme contaros la experiencia de la hermana paraguaya, cuya familia llegó a ser más perfecta gracias a haberse bautizado y unido a la Iglesia. Ella dice:

“Desde el momento en que tenía cinco años hasta que cumplí los dieciocho, nuestra vida de hogar era muy infeliz. Yo soy la mayor de nueve hijos, y sentía profundamente cuando mi madre y mis hermanos menores sufrían el mal genio de un padre borracho. Muy a menudo me preguntaba: ¿Qué puedo hacer para traer un poco de felicidad a nuestro hogar? Cuando tenía catorce años alguien me dijo que uno de los mandamientos de Dios era honrar a los padres. Con gran interés yo pensaba: ¿Cómo puedo honrar a mis padres? Alguien me dijo que estudiara para ser una buena alumna, y que esto haría a mis padres felices; y pensé que así quizás pudiera llevar algo de felicidad a nuestro hogar; así que estudié para ser la mejor de la clase, y traté de comportarme de tal forma que pudiera ser la mejor hija para mis padres. Todos me respetaban y me amaban por esto; pero en casa, nada cambiaba. Pensando que tendría que haber algo más que pudiera hacer, pregunté qué otro mandamiento de Dios podría cumplir y se me dijo que debía amar a mi prójimo como a mí misma. Así que empecé a trabajar en un hospital donde podía servir a los enfermos, algunos de los cuales eran sumamente pobres, y llegué a sentir un amor muy especial por todos ellos. Me sentía muy feliz de cumplir con este mandamiento. Pero en casa la situación seguía igual; ya para esa época yo tenía dieciocho años, y parecía que todos mis esfuerzos eran en vano. A pesar de todo, tenía una gran fe en Dios y no me desalentaba, pues sentía que habría algo más que yo podría hacer. Seguir leyendo

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Guardemos los mandamientos

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Guardemos los mandamientos
por el élder Arthur Haycock
Secretario personal del presidente Kimball

D. Arthur HaycockMis queridos hermanos, es para mí un gran honor y privilegio el estar presente en esta reunión del Sacerdocio. Me siento agradecido por el honor de acompañar al presidente Kimball, al presidente Tanner y a las Autoridades Generales que están en esta gran conferencia de área.

El coro acaba de cantar “Te quiero sin cesar” (Himnos de Sión, pág. 58). Quizás vosotros sabréis que se trata del himno predilecto del presidente Kimball, y si él me permite el honor, quisiera confesaros que también lo es para mí.

Considero que nunca sentí que necesitaba la ayuda del Señor como en este momento, y ruego, mis hermanos, que al hablaros en esta ocasión, podáis extraer algún provecho de mis palabras.

Reconozco que vosotros, quienes estáis presentes en esta reunión, tanto jóvenes como adultos, sois los líderes de la Iglesia en Argentina. Sobre vuestros hombros descansa la responsabilidad de llevar adelante la obra del Señor en esta gran nación.

Hemos experimentado un gran progreso. En la actualidad, hay en Argentina entre cincuenta y sesenta mil miembros; pero todavía hay millones de personas que jamás han escuchado el Evangelio, por lo que debemos hacer nuestros mejores esfuerzos a fin de compartir con ellas el mensaje de salvación.

Ayer por la tarde visitamos al Presidente de vuestro país, el general Videla. Él tuvo la gentileza de invitar al presidente Kimball a su casa, mostrando en todo momento gran amabilidad; indicó que había algo de especial en el hecho de tener al presidente Kimball en su hogar, porque él cree, de la misma forma que nosotros creemos, que el hogar y la familia componen la piedra angular de toda nación. Reconocemos que éstos son también elementos básicos de nuestra religión, y de ese modo, el padre, la madre y los hijos, conforman las familias de Santos de los Últimos Días y los ciudadanos de Argentina.

Vosotros, hermanos, sois poseedores del Sacerdocio de Aarón y del de Melquisedec, o sea, la autoridad para obrar en el nombre de Dios haciendo y diciendo las cosas que Jesús haría y diría si estuviese entre nosotros. Si es que hemos de obrar en Su nombre, debemos estar a tono con su Espíritu, como dice la escritura:

“Sed limpios, vosotros los que portáis los vasos del Señor.” (D. y C. 38:42.)

Es importante que nosotros, hermanos, magnifiquemos y honremos el Sacerdocio del cual somos poseedores; es importante que guardemos los mandamientos; que tengamos al Señor por compañero; que hagamos lo que esté de nuestra parte para que nuestros hijos sean buenos hijos, y los padres, buenos padres.

Muchas veces recibo llamados telefónicos de hermanas que están desconsoladas porque sus esposos las maltratan y les dicen: Seguir leyendo

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Las pruebas de la adversidad

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Las pruebas de la adversidad
por el élder Ernest Wilkinson

¡Qué espectáculo tan maravilloso éste, y cuán agradecido me siento por tener la oportunidad de encontrarme sentado a los pies del Profeta y de estar reunido con vosotros! Habiendo sido asignado por la Primera Presidencia, quisiera hablaros brevemente esta mañana con respecto al desarrollo espiritual que se logra mediante las pruebas de la adversidad.

Durante los primeros tiempos de la historia de la Iglesia restaurada, mientras los santos eran perseguidos y echados hacia el oeste a través de los Estados Unidos, entre sus himnos predilectos había uno nuevo: ¡Oh, está todo bien! El himno finaliza con las siguientes palabras:

Aunque morir nos toca sin llegar. . .
Alcemos alto el refrán
¡Oh, está todo bien!
(Himnos, 214.)

Aquellos santos fueron probados en la adversidad; los habían saqueado, violado, robado y asesinado; sus casas fueron destruidas y tuvieron que abandonar casi todas sus posesiones materiales. De esa forma fueron forzados a comenzar una nueva vida en un árido desierto, pero aún así sabían que Dios no habría de olvidarlos. Habían oído y comprendido el mensaje del Evangelio, y tenían una clara visión de lo que significaba la vida eterna; sabían sin duda alguna que llegaría el momento en que la justicia habría de triunfar.

Encontrándose José Smith preso en la cárcel de Liberty, se dirigió al Señor en desesperada oración, rogándole con las siguientes palabras:

“¿Hasta cuándo se detendrá tu mano, y desde los cielos eternos verá tu ojo, sí, tu ojo puro, los sufrimientos de tu pueblo y de tus siervos, y penetrarán sus llantos tus oídos?’ ’ (D. y C. 121:2.)

La respuesta que recibió, fue directamente de Dios, quien le dijo:

“Hijo mío, paz a tu alma, tu adversidad y tus aflicciones no serán más que un momento;

Y entonces si lo sobrellevas debidamente, Dios te ensalzará; triunfarás sobre todos tus enemigos.” (D. y C. 121:7-8.)

Y más adelante afirmó:

“. . .entiende, hijo mío, que por todas estas cosas ganarás experiencia, y te serán de provecho.” (D. y C. 122:7.)

Esto me recuerda a una dulce jovencita china, que había sido devota miembro de la fe budista. Su familia había llevado a cabo los preparativos para que ella entrara en un convento budista a los 18 años de edad. Tan sólo tres días antes de que esto ocurriera, una amiga la persuadió a que la acompañara a escuchar a unos misioneros mormones; así lo hicieron, y la consecuencia fue que el corazón de esta jovencita fue profundamente afectado por el mensaje; como resultado, volvió al día siguiente, y al otro, para seguir siendo instruida por los misioneros. Súbitamente, comprendió que el mensaje de los misioneros mormones había cambiado su vida, que no podría entrar al convento tal como antes lo había deseado, y de acuerdo con los planes que su familia tenía para ella.

Este desarrollo de los acontecimientos afectó profunda y negativamente a los miembros de la familia, quienes pensaron que no se trataba más que de una consecuencia de la inmadurez e indecisión de la juventud. La preocupación aumentó cuando ella fue bautizada sin la aprobación de sus parientes; pero aún así estaban seguros de que las fuertes relaciones familiares, al igual que la sociedad patriarcal en que se había criado, habrían de devolver a la joven al seno del hogar. Mas esas esperanzas se convirtieron en afrenta cuando, un año más tarde, la jovencita salió a cumplir una misión para la Iglesia Mormona.

El patriarca convocó entonces un consejo familiar, y demandó la presencia de la jovencita para que diera cuenta de sus transgresiones. A pesar de comportarse con respeto hacia sus mayores y con gran demostración de humildad, ella les expresó su ferviente testimonio de la veracidad del Evangelio.

El consejo, comprendiendo entonces que esto implicaba la total negación de su fe anterior, procedió a llevar a cabo la ceremonia de la excomunión familiar, durante la cual la piel de la joven fue quemada con incienso, como forma de demostrar su deslealtad y separación final de la familia. Con el espíritu destrozado y el corazón profundamente apesadumbrado, ella retornó a completar su misión.

Pocos meses después, un segundo miembro de la familia fue bautizado; y más adelante, en una comunidad distante, un tercer miembro. El consejo familiar comenzó a ceder, abrumado por el desconcierto e inundándoles la inquietud de saber cuál era el extraño poder e influencia que pudiera llevar a cabo tan grande cambio.

Al finalizar la misión, la familia invitó a la jovencita para que regresara al hogar y les explicara acerca de esa nueva religión. Así fue que, con verdadero amor cristiano y total devoción, ella regresó con humildad de corazón para cimentar una eterna relación familiar. Lo último que oí, fue que más de treinta miembros de su familia se habían unido ya a la Iglesia. Aquella pequeña adversidad que había tenido que enfrentar, se convirtió en su triunfo final.

Esa misma seguridad, hermanos, es la que me invade con respecto a quienes en esta audiencia sean en la actualidad víctimas de la adversidad. ¿Cuántos de vosotros habéis sido rechazados por familia y amigos, como consecuencia de haber aceptado el Evangelio restaurado? ¿Quién no ha sido sujeto al ridículo, a la crítica y a la discriminación? ¿Cuántos habéis sido víctimas de las trágicas consecuencias de enfermedades, imposibilidades de algún tipo, pérdida de seres amados, o desastres económicos? El presidente Kimball fue también víctima del mismo tipo de adversidades. Tuvo dos encuentros devastadores con el cáncer, siendo una de sus consecuencias la pérdida casi total de su voz. A los 78 años de edad, se vio sometido a una delicada operación al corazón a pesar de lo cual, con renovada fuerza y vigor y la ayuda de la mano del Señor, en la actualidad disfruta de salud y fortaleza, al igual que de una fe más firme en nuestro Padre Celestial.

Recordad, mis queridos amigos, que todavía no somos como Job. Aceptemos la adversidad y aprendamos de ella; desarrollémonos con ella y utilicémosla para nuestra ventaja. Resolvámonos a vivir dignamente y a llegar a saber que todas estas cosas nos habrán de dar la experiencia necesaria y habrán de ser para nuestro bien. Esto lo dejo en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Corrientes oceánicas e influencias familiares

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Corrientes oceánicas e influencias familiares
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballRecuerdo claramente la oportunidad en que vi por primera vez un témpano de hielo. Sucedió en el año 1937, cuando mi esposa y yo regresábamos de Inglaterra.

Un día, encontrándonos navegando en el océano, sentimos una gran conmoción entre los pasajeros del barco. Se había avistado un témpano y la mayoría de las personas se-precipitaron hacia cubierta para ver el maravilloso espectáculo. A la distancia pudimos ver la gran mole blanca que se destacaba contra el obscuro mar y el deslumbrante azul del cielo.

Flotaba en las tranquilas aguas a semejanza del pico de una alta montaña; era una vista verdaderamente hermosa de observar. Toda mi vida había oído hablar de ellos, pero nunca había tenido la oportunidad de ver uno.

La vista del témpano nos recordó el hundimiento del Titanic, el gran transatlántico británico que se encontró con el desastre en su primer viaje oceánico. Un enorme témpano chocó contra aquel enorme y flamante barco, en la tarde del 14 de abril de 1912. Mil quinientas personas se ahogaron con el hundimiento del Titanio, y sólo setecientas tres lograron salvarse.

En 1970, mientras viajábamos en avión desde Inglaterra hacia los Estados Unidos, sobrevolamos Groenlandia y tuvimos la oportunidad de verlos nuevamente. La mayor parte del viaje lo habíamos hecho por arriba de un manto de nubes, pero al pasar sobre Groenlandia, el cielo estaba claro y completamente libre de nubes. Brillaba el sol, y pudimos apreciar toda aquella belleza y grandeza. A la distancia se vislumbraba el espeso manto de hielo que recubre la gran isla ártica^ Vimos los espesos glaciares deslizándose lentamente hacia los valles en dirección al mar, donde se quebrarían en secciones y se convertirían en témpanos. Los fiordos o desfiladeros, se encontraban llenos de montañas flotantes de hielo a la deriva con rumbo al océano. Ese era el lugar de origen de incontable número de témpanos similares a los que habíamos visto hacía 33 años.

Los témpanos producidos por el manto ártico de Groenlandia, siguen un curso bastante certero. A medida que la silenciosa corriente oceánica del Labrador se mueve incesante hacia el sur a través de la bahía de Baffin y el estrecho de Davis, arrastra consigo esos enormes témpanos, aun en contra de la fuerza de los vientos, las olas y las mareas.

Comparé estos conflictos de los poderes de la tierra con los resultados que encontramos en la vida. Cuando la corriente de la vida familiar está definida y se desarrolla por medio de enseñanzas correctas, controlamos a menudo la dirección de las olas y los vientos de numerosas influencias adversas a que se ve sometida la familia. Seguir leyendo

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Trabajemos en la obra del Señor

29 de Octubre de 1978. Conferencia de Área en Buenos Aires, Argentina
Trabajemos en la obra del Señor
por el élder Juan A. Walker
Representante Regional del Consejo de los Doce

En Doctrinas y Convenios, sección 50, versículo 5, podemos leer:

“Pero benditos son aquellos que son fieles y perseveran, sea en vida o muerte, porque heredarán la vida eterna.”

Hay una estrecha relación entre nuestra fidelidad al Señor y nuestra perseverancia en servirle. Tal vez muchos piensen que son fieles si guardan los mandamientos o si asisten a las reuniones más o menos regularmente, y no creen en la necesidad de dedicarse con determinación a cumplir con las obligaciones que han contraído con nuestro Padre Celestial, al aceptar sobre sí el nombre de su Hijo Jesucristo.

Somos muy privilegiados por haber podido conocer el Evangelio durante nuestra vida terrenal, y no hay duda de que en la preexistencia hemos convenido con nuestro Padre en responder al llamado, y hacer todo esfuerzo y sacrificio para magnificar debidamente este llamamiento y perseverar hasta el fin.

Podemos recordar al apóstol Pablo, quien fue elegido por el Señor para cumplir una tremenda obra misional entre los gentiles. Sin embargo, ¿no había sido Pablo un perseguidor de los cristianos?, ¿no fue testigo y consintió en que apedrearan a Esteban? ¿Por qué, pues, recibió tal privilegio?

Queridos hermanos, es evidente que Pablo estaba preparado para aceptar y cumplir con ese llamamiento. En su equivocada convicción, dedicaba su tiempo y sus dones, era persistente en perseguir lo que creía un atentado a su fe y su corazón era fiel a’ su causa.

Por supuesto, Dios lo conocía tal como era, y por eso le llamó para que sirviera en la causa de la verdad. Recordad con cuánto celo cumplió su misión entre los hombres, cómo soportó todo sinsabor, sufrimientos físicos, enfermedades y cárcel, utilizando siempre cada experiencia para predicar el Evangelio, a fin de que otros pudieran continuar su obra en la tierra y edificar la Iglesia en el mundo.

Podemos leer su palabra en 2 Timoteo 4:6-8:

“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.

He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

Es un ejemplo de que la constancia en nuestros hechos, con seguridad nos permitirá gozar de la tranquilidad espiritual que mostró Pablo al final de su vida.

Jesucristo, quien debe ser una guía constante para nosotros, dijo en una oportunidad orando al Padre Celestial: Seguir leyendo

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Hagamos la voluntad del Padre

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
Hagamos la voluntad del Padre
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEstamos llegando a la conclusión de nuestra conferencia y ha sido maravilloso poder estar con todos vosotros, jóvenes y adultos.

Recuerdo cuando tenía aproximadamente seis o siete años de edad, el Presidente de la Iglesia, Joseph F. Smith, fue a Arizona, lugar donde vivíamos, y todos los niños formamos una larga fila para poder estrecharle la mano. Han transcurrido muchos años desde aquel entonces, y no he olvidado esa experiencia.

El Señor ha sido muy bondadoso con nosotros al brindarnos este buen clima y la oportunidad de llevar a cabo esta conferencia. Hay algunos asuntos de suma importancia sobre los cuales quisiera hablaros.

Recordaréis cuando el Salvador dijo: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46). En aquellos días quizás hubiera muchas personas que presumían por sus creencias, pero que no vivían los mandamientos. En Mateo encontramos:

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7:21.)

Cuando tenía aproximadamente ocho años de edad, mis hermanos mayores me asignaron la tarea de cuidar las vacas, las cuales tenía que ordeñar a mano cada mañana y cada noche. Pensé que era una pérdida de tiempo ese trabajo, de manera que decidí aprovecharlo de alguna manera. Mi padre me había dado algunas instrucciones en cuanto a cómo escribir a máquina, a fin de que pudiera escribir muchas de sus cartas, porque él era un hombre de negocios. Escribí los Diez Mandamientos y los Artículos de Fe en pequeñas tarjetas, que colocaba en el suelo, cerca del banquito donde me sentaba, y durante muchos años los practiqué de memoria. Me agradaría saber cuántos de vosotros habéis aprendido los Diez Mandamientos y los trece Artículos de Fe. No quisiera avergonzaros, pero me gustaría preguntaros si podéis repetir esos 23 importantes párrafos. No os avergoncéis, pero tened la bondad de levantar la mano si los habéis aprendido. Ahora, levantad la mano si los vais a aprender durante el próximo año. ¡Magnífico! Creo que si empezáis con los Artículos de Fe, os resultará un poco más fácil. ¡Qué maravilloso sería si cada jovencito los aprendiera de memoria, y pudiera repetir alguno de ellos en cualquier oportunidad en que se le pidiera! ¿Sabéis que esa es una de las cosas con las que el mundo tiene más problemas en la actualidad? No hay muchas personas que puedan repetir los Diez Mandamientos; son simplemente diez párrafos cortos, con excepción de uno o dos. Os ruego que los aprendáis, pues ello será una gran bendición en vuestra vida.

“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”

Ahora, ¿cuántos de los presentes sois padres? ¡Magnífico! ¿Os sentáis con vuestros hijos los lunes por la noche para instruirlos concerniente a la doctrina de la Iglesia? Seguir leyendo

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El Santo Sacerdocio

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
El Santo Sacerdocio
por el élder Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce

President Boyd K. PackerQueridos hermanos, mi propósito es presentar alguna información básica tocante al Sacerdocio; lo que tengo que decir es importante para todo poseedor del Sacerdocio.

“En la Iglesia hay dos sacerdocios, a saber, el de Melquisedec y el de Aarón, que incluye el Levítico.

Le razón por la que aquél se llama el Sacerdocio de Melquisedec es que Melquisedec fue tan gran sumo sacerdote.

Antes de él, se llamaba el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios.

Mas por respeto o reverencia al nombre del Ser Supremo, ellos, la Iglesia en los días antiguos, para evitar la tan frecuente repetición del nombre de Dios, le dieron a ese sacerdocio el nombre de Melquisedec, o sea el Sacerdocio de Melquisedec.” (D. y C. 107:1-4.)

“El Sacerdocio de Melquisedec tiene el derecho de presidir; y su poder y autoridad se extienden a todos los oficios de la Iglesia en todas las edades del mundo, para administrar las cosas espirituales.” (D. y C. 107:8.)

“Todas las otras autoridades u oficios de la Iglesia son dependencias de este sacerdocio.” (D. y C. 107:5.)

“. . .este sacerdocio mayor administra el evangelio, y posee la llave de los misterios del reino, aun la llave del conocimiento de Dios.

Así que, en sus ordenanzas, el poder de Dios se manifiesta.

Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de Dios no se manifiesta a los hombres en la carne.” (D. y C. 84:19-21.)

En el Sacerdocio de Melquisedec existen estos oficios:

El de élder, que es un ministro local residente; el setenta, que es un ministro viajante; el sumo sacerdote, el cual ha de ministrar en las cosas espirituales y presidir de acuerdo con lo que requiera su llamamiento en la Iglesia; el patriarca, que sella bendiciones sobre los miembros de la Iglesia; el apóstol, que es un consejero viajante y testigo especial del nombre de Cristo en todo el mundo.

Los miembros de la presidencia del Sumo Sacerdocio, tienen el derecho de oficiar en todos los oficios del Sacerdocio.

En el Sacerdocio de Melquisedec hay cinco quórumes, éstos son:

“. . .el quorum de élderes, el cual se compone de ministros residentes; no obstante, pueden viajar, pero son ordenados ministros residentes…” (D. y C. 124:137). El quorum se compone de no más de noventa y seis élderes, el cual es presidido por una presidencia de quorum designada por el presidente de estaca. Los hermanos que llamamos futuros élderes se reúnen con sus respectivos quórumes de élderes.

El quorum de setentas “está constituido por élderes viajantes que han de testificar de mi nombre en todo el mundo…” (D. y C. 124:139). El quorum se compone de setenta miembros, a los cuales han de presidir siete hermanos llamados por el presidente de estaca. Su asignación es la obra misional. Seguir leyendo

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Preparaos para lo que viene

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
“Preparaos para lo que viene”
por el élder David Kennedy

David KennedyHermanos, es una vista inspiradora contemplar esta gran congregación del Sacerdocio, líderes de la Iglesia de Jesucristo en Uruguay y Paraguay. Me regocijo con vosotros, mis hermanos, al estar presente en esta gran conferencia; es un gran privilegio el estar aquí. Hoy tuvimos la oportunidad de escuchar juntos las palabras de verdad y vida, principios del Evangelio proclamados por profetas y hombres inspirados. Os testifico que estos hombres han sido llamados por Dios para enseñar, guiar, dirigir y persuadir a los hombres a seguir al Maestro. Ellos pueden decir con la misma autoridad del Santo Sacerdocio, el cual es el poder para hablar en el nombre de Dios, el mismo llamado que el Salvador dio: “Venid en pos de mí“ (Mat. 4:19).

Anoche tuvimos el privilegio de asistir al maravilloso programa cultural, el cual tenía como tema la cita de Alma:

“Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra”. (Alma 34:32.)

En uno de sus recientes discursos ante los Representantes Regionales del Consejo de los Doce, el presidente Kimball hizo una declaración que me impresionó sobremanera. Él dijo: “Este es vuestro día”. Y agregó: “El Señor no abrirá puertas por las cuales no estemos preparados para entrar”. Creo que estas dos declaraciones fijan una responsabilidad concreta en cada uno de nosotros, los que somos miembros de la Iglesia, tanto los poseedores del Sacerdocio como las hermanas, de llevar el mensaje del Evangelio a nuestros amigos, nuestros vecinos, a aquellos con quienes trabajamos, y a cada nación, tribu, lengua y pueblo. El encargo del presidente Kimball nos hace reflexionar y meditar en si estamos haciendo en nuestro día todo lo que podemos individualmente para servir al Señor. Ciertamente podemos hacer más; cada uno de nosotros. Como dice el dicho: “Querer es poder”. Por lo tanto, creo que debemos tomar la firme resolución de servir al Señor. En la primera sección de Doctrinas y Convenios se nos instruye de una forma un tanto similar:

“Preparaos, preparaos para lo que viene, porque el Señor está cerca.” (D. y C. 1:12.)

En la sección 19 se nos dice:

“Aprende de mí, y escucha mis palabras, camina en la mansedumbre de mi espíritu, y en mí tendrás la paz.” (D. y C. 19:23.)

En la sección 88 encontramos esta exhortación:

“Y por cuanto no todos tienen fe, buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría, sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”. (D. y C. 88:118.)

Después, en la sección 90 encontramos este consejo: Seguir leyendo

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La imagen de la madre

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
La imagen de la madre
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerMis queridas hermanas, estoy seguro de que si tenéis siempre presente lo que habéis escuchado esta noche y lo lleváis a la práctica en vuestro diario vivir, no es preciso añadir nada más, ya que lo que se ha dicho es todo lo que debéis hacer en lo que a aprestaros para la exaltación se refiere.

Tanto las hermanas como los hermanos que nos han hablado en esta sesión, nos han inspirado con sus buenos discursos y palabras de consejo. Además, la interpretación del coro ha sido hermosísima.

Hermanas, debo deciros que es inmenso el respeto, así como el afecto, que merece a mis ojos la mujer, la madre de los hombres; y no me cabe la menor duda de que el Señor dispensa grandes gracias a todas las mujeres, y en especial, a aquellas que viven de acuerdo con las enseñanzas del evangelio.

Cuando yo era consejero del presidente David O. McKay, y después que él tuvo el ataque de parálisis, me encomendó que en todos los lugares a que yo fuera, recordara a los miembros de la Iglesia que son hijos espirituales de Dios, y que vivieran de conformidad con ese conocimiento, sin olvidar que éste envuelve una responsabilidad individual. Esta noche se nos ha repetido esta verdad, y quisiera hacer hincapié en el hecho de que como tales, es decir, como hijos espirituales de Dios, nuestras posibilidades son infinitas; El anhela que progresemos constantemente y está siempre presto a contestar nuestras oraciones, así como a guiamos por el sendero de la verdad y la rectitud. Si como miembros de la Iglesia de Jesucristo tenemos esto siempre presente, y vivimos en conformidad con dicho conocimiento día a día, de hecho, nuestra influencia se desplegará sobre nuestros familiares, repercutirá en la comunidad en que vivimos y se extenderá por el mundo entero.

Con el fin de ilustrar más claramente la importancia de lo que acabo de deciros con respecto a nuestra responsabilidad individual, os relataré una experiencia referente al tema que venimos tratando: Un joven ex misionero, entusiasmado por lo que la obra misional había significado para él, al reanudar sus estudios en la Universidad de Utah decidió continuar en la obra proselitista como misionero de estaca; por lo tanto, él y otros jóvenes fueron llamados a servir como tales. En una ocasión en que él y su compañero se encontraban enseñando las charlas misionales a una familia, al llegar ellos al punto de exponerles la aparición del Padre y el Hijo a José Smith, el jefe de la familia los interrumpió, diciendo: “Eso es ridículo, absurdo, les ruego que no nos hablen más del asunto”. Desde luego, dada tal petición, ellos no regresaron; pero aquel señor tenía una hija de unos diecinueve años de edad que sí creyó lo que los misioneros les habían enseñado y que solicitó a su padre permiso para ser bautizada. Como podéis imaginar, aquél le negó la autorización, alegando que no se la daría y que tendría que esperar a ser mayor de edad para decidir por sí misma. Por aquel entonces la muchacha acostumbraba salir con un joven, el cual no era miembro de la Iglesia, y al que comenzó a hablarle del evangelio. Una noche, él le dijo “. . .quisiera pedirte que no me hablaras más de tu Iglesia; y más aún, de una vez por todas, quiero que escojas entre tu Iglesia y yo”. Desde luego, la muchacha debe de haber sentido que el mundo se le venía al suelo ante semejante encrucijada. Continuaron hablando del tema durante unos momentos, hasta que por fin, la muchacha le dijo en tono categórico: “Escojo la Iglesia, porque sé que es la Iglesia verdadera”. Cuando la joven llegó a su casa, llorosa y visiblemente alterada, al verla el padre, le preguntó qué le había sucedido, a lo cual ella contestó: “Nada, papá”; él insistió: “Vamos, sé que algo desagradable te ha ocurrido porque nunca te he visto así”. Y de ese modo, ella lo puso al tanto de todo lo ocurrido. Entonces, él le dijo: “Hija, si esa Iglesia significa tanto para ti como lo has demostrado, te doy mi permiso para que te bautices en ella”. Seguir leyendo

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La importancia de la mujer en nuestra vida

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
La importancia de la mujer en nuestra vida
por el élder James E. Faust
del Consejo de los Doce

James E. FaustEs un honor y una bendición asistir a esta gran Conferencia de Área y estar con las Autoridades Generales, las autoridades locales, y con todos vosotros. Hay muchas cosas de las cuales deseo hablaros, y posiblemente pueda deciros más, si trato de hacerlo en vuestro idioma.

Quiero hablaros acerca de las mujeres que están muy cerca de mi corazón, del amor que siento por ellas y de la gran influencia que han tenido en mí. Creo que, ante los ojos de Dios, ellas han hecho una obra mayor que la mía.

Mi propósito es daros, tal vez, un mayor entendimiento de cómo vuestra influencia nos ayuda, enseña y bendice, y del impacto que causa en nosotros. También deseo que sepáis lo importantes y necesarias que sois en la obra del Señor.

Uno de mis amigos una vez declaró: “Todo lo que el hermano Faust tiene de bueno, se lo debe a su madre y a su esposa’ ’. Reconozco que esto es verdad, porque fui bendecido con la madre más grandiosa y la esposa más maravillosa del mundo. Además, la excelente madre de mi esposa, también ha influido grandemente en mi vida, y mis amorosas y tiernas abuelas me bendijeron con su amor; no hay palabras para expresar mi agradecimiento por la influencia que mis hijas, nueras y nietas han ejercido sobre mí. Reconozco también, con toda sinceridad, que si he hecho algo bueno en este mundo, se debe a las enseñanzas y los ejemplos de estas mujeres tan especiales.

Tal vez la lección más grandiosa que he aprendido de ellas, fuera su absoluto amor hacia otras personas. Creo que una buena mujer tiene una conexión directa con nuestro Padre Celestial, por su gran capacidad para amar.

Aunque mi madre falleció hace algunos años, y también mi suegra y mis queridas abuelas, su influencia ha permanecido conmigo; estamos separados, pero aún recuerdo sus enseñanzas. Las extraño y echo de menos su influencia y su dirección diaria.

Cuando era pequeño, comprendí cuán profundo puede ser el amor de una abuela. Una de mis amiguitas, que tenía la misma edad que yo, hizo una fiesta para su cumpleaños, e invitó a todos los niños del vecindario, menos a mí; tal vez no me invitara por algo que yo hubiera hecho y que no le hubiera gustado. Lo cierto es que mi abuela se sintió tan triste por mí, que me llevó en el tranvía hasta una heladería y me compró todos los helados que yo quise. Muchos años después, cuando ya había olvidado lo sucedido, fui llamado como obispo en la Iglesia. Mi abuela estaba muy contenta y orgullosa; recordando el incidente del cumpleaños, me dijo: “Hijo, estoy muy orgullosa de ti. Estoy segura de que ahora todos tus amigos querrán que asistas a sus fiestas de cumpleaños”. Entonces comprendí que aquel pequeño incidente la había herido a ella mucho más que a mí, puesto que yo lo había olvidado completamente y ella no. En aquel entonces, para mis abuelas, mis hermanos y yo éramos perfectos. Es un sentimiento muy hermoso el de saber que alguien nos considera perfectos. Seguir leyendo

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Para lograr una vida gozosa

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
Para lograr una vida gozosa
por la hermana Camilla Kimball

Camilla KimballMis queridas hermanas, es mi deseo poder hablaros sin dificultad en vuestro propio idioma.

En mi niñez viví en México y aprendí un poco de español, de eso hace ya mucho tiempo, casi lo he olvidado, pero el hermano Balderas me ha hecho el favor de traducir mi mensaje al español. Espero que podáis entender mi mala pronunciación.

Nos sentimos muy felices de poder estar aquí con vosotros en América del Sur, en esta ocasión especial de la dedicación del bello Templo de Sao Paulo.

Hemos estado aquí varias veces en años pasados, cuando el presidente Kimball era supervisor de las misiones sudamericanas. Estoy segura de que hemos conocido a varias de vosotras, pero ahora hay muchos miembros nuevos y nos sentimos agradecidos porque habéis encontrado la Iglesia verdadera. Os amamos y sentimos una afinidad particular con vosotras, aun cuando no os conozcamos personalmente.

Cada una de nosotras ha pasado por distintas experiencias en la vida, ya que vivimos en diferentes partes del mundo; sin embargo compartimos la más importante de todas: la de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el reino de Dios sobre la tierra.

Somos las hijas en espíritu del mismo Padre Celestial y compartimos Su amor de la misma manera. Él nos ha enviado a esta hermosa tierra para lograr experiencia en la escuela de la vida; por medio de su Hijo Jesucristo, nos ha dado un plan perfecto de vida. Si seguimos cuidadosamente su orientación, encontraremos felicidad, desarrollo y éxito, y nos preparará para volver a vivir eternamente con nuestros padres celestiales.

Como mujeres, se nos ha otorgado la gran potencialidad de ser la madre de los hijos espirituales de Dios, y ésta es una oportunidad inestimable. Espero que exista un fuerte lazo de amor y comprensión entre vosotras, madres e hijas. En mis largos años de experiencia no ha habido cosa más preciosa para mí que el recuerdo de mi asociación con mi madre, y ahora el gozo del que disfruto con mi propia hija y mis nueras. Seguir leyendo

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Vuestro sagrado deber

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
Vuestro sagrado deber
por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

Gordon_B._HinckleyMis amadas hermanas, considero que el dirigiros la palabra en esta ocasión, es para mí un gran privilegio a la vez que una gran responsabilidad, ya que el reunirme con el grupo de hermanas de la Iglesia que todas vosotras integráis, damas de diversas edades: jóvenes adolescentes, señoritas, recién casadas, madres, abuelas, es una oportunidad en verdad extraordinaria. A todas vosotras quisiera deciros que sois grande y ricamente bendecidas; que como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ocupáis un lugar diferente del que ocuparíais bajo la insignia de cualquier otra institución. Todos sabemos a ciencia cierta que cada una de vosotras es hija de Dios, y que como tales contáis con atributos divinos, lo cual viene a depositar una gran responsabilidad sobre vuestros hombros.

Cuando el profeta José Smith organizó la Sociedad de Socorro en 1842, dirigiéndose al reducido número de hermanas que se habían reunido en la ciudad de Nauvoo, dijo lo siguiente:

“. . .y ahora, en el nombre del Señor, doy vuelta a la llave para vuestro beneficio; y esta Sociedad se alegrará, y desde ahora en adelante descenderán sobre ella conocimiento e inteligencia.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 279.)

Como podéis ver, se os ha dado la promesa, en el nombre del Señor, de que descenderán sobre vosotras conocimiento e inteligencia. Ahora bien, y ¿a qué conocimiento se refieren esas palabras? En primer lugar, al que tiene que ver con vosotras mismas, vale decir, al hecho de que en verdad sois hijas de Dios. Sí, y confío en que jamás lo olvidéis, en que siempre tengáis presente vuestra eminente condición, lo favorecidas que sois a la vista de vuestro Padre Celestial.

Mi esposa y yo tenemos dos hijos y tres hijas; y, por alguna razón, aun cuando sentimos un profundo cariño por nuestros hijos, pienso que sentimos un afecto especial, por así decirlo, por nuestras hijas. Y os diré que siempre se ha asentado con fuerza en mi alma, el pensamiento de que nuestro Padre Celestial siente un amor especial por sus hijas. Por consiguiente, mis queridas hermanas, confío en que jamás malgastéis vuestro tiempo rebajándoos y disminuyendo vuestra propia estima, cediendo a la tentación de sentir una injustificada compasión por vosotras mismas, sino que antes os engrandezcáis gracias a vuestros propios méritos y magnifiquéis los grandes talentos que vuestro Padre que está en los cielos os ha dado. Espero de todo corazón, que jamás perdáis de vista vuestras magníficas e incomparables posibilidades eternas. Cada una de vosotras puede ser una reina ante el Señor, así como una reina en su casa y una compañera para su marido, andando siempre a su lado, con el conocimiento y la certeza absoluta de que ninguno de los dos podrá alcanzar el más alto grado de exaltación sin el otro, y de que las posibilidades que reserva el futuro para la pareja que marcha junta, son ilimitadas.

Os repito, mis queridas hermanas, que confío en que al adheriros a la doctrina de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, comprenderéis que es tan importante que vosotras desarrolléis vuestros talentos y dones intelectuales como lo es para vuestros maridos. Y me gustaría instaros en esta ocasión, aun cuando no escapa a mí atención lo ocupadas que muchas de vosotras vivís con vuestros quehaceres domésticos, a que desarrollarais el intelecto con la lectura diaria de las Escrituras; y cabe apuntar aquí, que no habéis de limitaros únicamente a la lectura de éstas, sino que debéis asimismo leer buenos libros y buenos artículos. El Señor nos ha dicho claramente que hemos de “familiarizamos con todos los libros buenos …” y aprender “de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra… y .. .de los países y los reinos… y los pueblos”. (Véase D. y C. 90:15, y 88:79.) Aparte de lo dicho, confío en que ninguna de las hermanas que os encontráis presentes en esta oportunidad, lleguéis a rechazar jamás un llamamiento para servir en la Iglesia. Todas vosotras contáis con la capacidad para enseñar, y podéis hacerlo si tan sólo os dedicáis a ese llamamiento con el debido esfuerzo de vuestra parte. Seguir leyendo

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Perderemos nuestra oportunidad?

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
¿Perderemos nuestra oportunidad?
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballHermanos y hermanas, ha sido éste sin duda un evento glorioso, que nos ha unido ante el Señor.

Cuando el hermano Hinckley mencionó a algunos de los amigos que tuvo, me vinieron a la memoria dos que yo tuve. Esta pareja a la que me refiero, se prometieron a sí mismos que cuando se casaran pondrían su casa en orden e irían al templo a fin de que su matrimonio fuera eterno. Se amaban mucho y tenían algo de fe en lo eterno del convenio del matrimonio, mas por alguna razón, no estaban preparados para presentarse ante el obispo con la conciencia limpia a fin de que aquél les extendiera una recomendación. El tiempo transcurrió; vinieron los hijos y ellos se volvieron sumamente activos en asuntos de la comunidad.

El padre amaba a su familia, mas carecía de la determinación necesaria para obligarse a hacer las cosas que debía hacer.

Su esposa embellecía más y más con el correr del tiempo; la maternidad la había favorecido maravillosamente, ampliando su visión y ennobleciendo su alma. Muchas veces trató de convencer a su marido de tener una entrevista con el obispo a fin de obtener la recomendación para el templo; mas él rehusaba. Poco era el servicio que ella rendía a la Iglesia, aunque era activa en asuntos de la comunidad.

Paulatinamente se t nerón creando conflictos entre sus deberes para con Dios y sus intereses personales en el día de reposo, pues consideraba que su obligación era estar con su esposo los domingos.

Ambos prestaban escaso servicio a la Iglesia; y a medida que sus hijos fueron creciendo y entraron en la adolescencia, al igual que sus padres comenzaron a valorar más la libertad y las actividades triviales lo cual los apartó casi por completo de la Iglesia.

Un día, las nubes de lo trágicamente imprevisto descendieron sobre ellos. Fue un día domingo al regresar de un paseo; él era un excelente conductor y no fue culpa suya; el otro automóvil se fue sobre ellos, dejando en el camino varias vidas truncadas. Su esposa y su pequeña hija eran dos de las víctimas.

Después que ambas fueron sepultadas con toda solemnidad, este hombre descubrió que la vida estaba limitada y se enfrentó con una implacable soledad. Las noches parecían interminables, la casa estaba vacía ante la ausencia de su querida esposa; los días transcurrían desprovistos de sentido; la vida misma se presentaba vana y desolada.

Nuestro amigo se dio por entero a su trabajo y al cuidado de sus otros hijos; mas su vida parecía haber recibido sepultura junto a su esposa. Seguir leyendo

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Sigamos la inspiración del Espíritu

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
Sigamos la inspiración del Espíritu
por el élder Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce

President Boyd K. PackerMis queridos hermanos, quisiera compartir con vosotros una gran lección que aprendí de mi madre. Muchas veces nos contó de un incidente que le había sucedido; con ello nos estaba enseñando algo que todo Santo de los Últimos Días debe saber. Y es éste el mensaje que deseo dejaros ahora.

Una mañana mi padre rompió parte de la maquinaria que estaba utilizando. Llegó a casa y le dijo a mi mamá que tenía que ir a la ciudad para llevar la pieza rota al herrero; aunque en este momento ella estaba lavando la ropa, rápidamente empezó a arreglarse para ir con él pues no iba al pueblo frecuentemente. Mientras tanto, mi papá le puso las riendas al caballo y llegó con el coche. Mi mamá se apresuró a subir a los niños; pero al subir ella, titubeó y dijo:

— Creo que será mejor que no vaya contigo en esta ocasión.

— ¿Qué sucede? —-le preguntó mi papá. —No sé —contestó—, pero siento que no debo ir.

Cuando ella dijo esas palabras, mi papá simplemente le respondió:

—Bueno, si sientes que no debes ir, posiblemente será mejor que te quedes en casa. Ella se bajó y se quedó parada en la entrada con los niños, que lloraban desilusionados; mientras lo veía alejarse se dijo: “¡Qué tonta fui!”

Sólo había estado en la casa durante unos cuantos minutos cuando sintió olor a quemado y se dio cuenta de que el techo estaba ardiendo. Inmediatamente hizo que los pequeños se pusieran en fila y pasaran el agua de uno a otro desde la bomba hasta donde estaba mi mamá parada en una silla tirando el agua desde allí hacia el techo, apagando así el comienzo del incendio.

Y allí termina el incidente, con excepción de esta importante pregunta:

¿Por qué no fue al pueblo mi madre ese día?

Esa madre mía había orado muchas veces para que fueran bendecidos, y ese día, sus oraciones fueron contestadas. Otra vez la pregunta: ¿Por qué no fue al pueblo mi madre ese día? No escuchó ninguna voz que le dijera: «Emma, es mejor que no vayas al pueblo, voy a contestar tus oraciones”.

Tampoco recibió un mensaje por escrito en el cual ella pudiera leer: “Emma, es mejor que te quedes en casa ahora”.

Ella permaneció en casa por un presentimiento. Le dijo a mi padre: “Siento que no debo ir’ ’. Fue un gran lección que nos enseñó mi madre.

Este es mi consejo a vosotros, hermanos y hermanas, y especialmente a los jóvenes, que aprendáis a vivir por medio del Espíritu.

Después de bautizamos, cada uno de nosotros fue confirmado miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En esa ordenanza se nos bendijo con el Espíritu Santo para que fuera un don y una bendición en nuestra vida, una guía constante para nosotros. Nos puede guiar en todo lo que hacemos en la vida. Todos nosotros, especialmente los jóvenes, debemos aprender a confiar en ese Espíritu. Debemos aprender a ser espirituales.

«Tened presente que ser de ánimo camal es muerte, y ser de ánimo espiritual es vida eterna.” (2 Nefi 9:39.)

Esta es la impresionante lección que aprendí de mi madre, que tenemos el derecho de recibir inspiración y si vivimos dignamente y oramos al Señor, Él nos guiará.

¡Oh, si nuestros jóvenes pudieran aprender a seguir la inspiración del Espíritu, esa dulce voz! Nos inducirá a vivir rectamente, a permanecer moralmente limpios, a ser dignos Santos de los Últimos Días.

¡Oh, cuán grande es el gozo de conocer la vida llena de felicidad que espera a los que seamos rectos!

Mis queridos hermanos y hermanas especialmente los jóvenes, quiero compartir mi testimonio con vosotros, yo sé que Dios vive, que el Evangelio es verdadero, yo sé que el Libro de Mormón es verdadero, que el presidente Spencer W. Kimball es un Profeta de Dios, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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A quién iremos?

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay
“¿A quién iremos?”
por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

Gordon_B._HinckleyMis amados hermanos, es un placer poder estar con vosotros y me siento agradecido por la oportunidad de estar aquí, en presencia del presidente Kimball, a quien apoyo como Profeta de Dios; y adhiero mi testimonio al de vosotros de que, por intermedio de él, el Señor nos está haciendo saber Su voluntad.

En este momento, ruego tener la guía del Espíritu Santo, ya que mi único deseo es que mis palabras aumenten vuestra fe y vuestra resolución de vivir el evangelio.

En mi vida he tenido la oportunidad de conocer a personas maravillosas, algunas de las cuales no he podido olvidar. Entre ellas se encuentra un hombre de Asia, de un lugar tradicionalmente musulmano, donde se sabe muy poco acerca del Señor Jesucristo; es una nación donde no se tolera el cristianismo.

Este hombre era un oficial naval de su nación, y había venido a los Estados Unidos para recibir una mayor capacitación naval. Durante la misma, le llamó mucho la atención la manera de actuar de ciertos oficiales; cuando les preguntó respecto a algunas de sus costumbres, éstos le dijeron que eran mormones. El demostró interés en saber más, y los oficiales le hablaron acerca de nuestro Padre Celestial y del Señor Jesucristo; le hablaron acerca del profeta José Smith y le dieron un Libro de Mormón para que leyera. El Señor, por medio del Espíritu Santo tocó el corazón de este hombre, quien se bautizó en la Iglesia.

Cuando estaba por volver a su tierra natal, me lo presentaron y yo le dije: “¿Qué sucederá cuando usted regrese a su país?… un cristiano y particularmente un cristiano mormón.” Con una mirada muy triste me contestó: “Mis familiares me considerarán muerto, no querrán saber más nada conmigo, y creo que todas las posibilidades de progreso en la Marina de mi país, estarán cerradas para mí.” Entonces le pregunté: “¿Está usted dispuesto a pagar ese terrible precio por ser miembro de esta Iglesia?’ ’ Me miró muy intensamente, y con lágrimas en los ojos me preguntó: “¿Es verdadera, no?” Me sentí avergonzado por haberle hecho tal pregunta y le contesté: “Sí, es verdadera”. A lo que él respondió: “Entonces, ¿qué importa lo demás?”

Hermanos, en este día me gustaría dejaros este concepto: La Iglesia es verdadera, “entonces, ¿qué importa lo demás?” Seguir leyendo

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