Sed leales al Señor

Noviembre de 1980
Sed leales al Señor
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballLa integridad (la buena voluntad y la habilidad de vivir de acuerdo con nuestras creencias y obligaciones) es una de las piedras fundamentales del buen carácter, y sin éste uno no puede tener la esperanza de disfrutar de la presencia de Dios ni aquí ni en la eternidad. No debemos comprometer nuestra integridad prometiendo lo que no vamos a hacer.

Si tomamos nuestros convenios a la ligera, lesionaremos nuestra existencia eterna. Utilizo la palabra convenio en forma deliberada, ya que es una palabra que tiene connotaciones sagradas; y mi intención es utilizarla con toda la fuerza espiritual que tiene. Es muy fácil y tentador justificar nuestra conducta; pero en las revelaciones modernas el Señor nos explica que “cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido,.. . y (el hombre) queda solo para dar coces contra el aguijón” (D. y C. 121:37-38).

Por supuesto que podemos elegir; tenemos el libre albedrío, pero no podemos escapar de las consecuencias de nuestras decisiones. Y si hay un punto débil en nuestra integridad, es allí precisamente donde el adversario concentra su ataque. Os aseguro que todas las normas de la Iglesia, tanto aquellas relacionadas con la conducta moral como las que se relacionan con la manera de vestir y el aspecto personal, son el resultado de intensa consideración de los líderes de la Iglesia por medio de la oración. Los adultos jóvenes con una apariencia sana y limpia demuestran que no tienen necesidad alguna de seguir los ejemplos del mundo, los cuales muy a menudo se ponen de manifiesto en el desorden, la suciedad y las modas extravagantes; y los jóvenes y señoritas que no han sucumbido a las destructivas tendencias morales de vestirse al igual sin tener en cuenta su sexo son personas alegres que tienen una vida ordenada y que están dedicadas a mejorar su habilidad de servir a Dios y a sus semejantes.

Shakespeare, por medio de Polonio, nos dice una gran verdad: “El traje revela al sujeto” (Hamlet, acto 1, escena 3). Nuestra apariencia externa nos afecta, y tenemos la tendencia a actuar de acuerdo con ella. Si estamos vestidos con nuestra mejor ropa de domingo, no nos sentimos inclinados a actuar en forma áspera, ruidosa o violenta. Si nos vestimos con ropa de trabajo, tenemos una actitud laboral; si nos vestimos en forma inmodesta, tenemos la tentación de actuar inmodestamente; si vestimos como el sexo opuesto, tendremos la tendencia de perder nuestra identidad sexual o algunas de las características que distinguen la misión eterna de nuestro sexo. En esto espero que no se me interprete mal: No estoy diciendo que debemos juzgar a otra persona por su apariencia, ya que eso sería una insensatez; lo que quiero decir es que hay una relación entre la forma en que nos vestimos y nos arreglamos, y las tendencias que tenemos en nuestros sentimientos y acciones. Al instar seriamente a actuar de acuerdo con las normas de la Iglesia, no debemos rechazar a los hermanos que posiblemente no hayan oído o comprendido estas cosas; no se les debe juzgar como personas malas, sino que hay que demostrarles más amor para hacerles comprender con paciencia que si no cumplen con sus responsabilidades, corren peligro y no están actuando de acuerdo con los ideales a los cuales deben lealtad. Esperemos que el descuido que a veces vemos sea más inconsciente que deliberado. Seguir leyendo

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La fuerza de mi testimonio

La fuerza de mi testimonio
por el élder Joseph B. Wirthlin
Ayudante del Consejo de los Doce

Joseph B. WirthlinMis queridos hermanos, me siento realmente honrado y con gran humildad en esta sagrada ocasión. Hace una semana, el presidente Kimball me llamó y me dijo: «¿Tendría tiempo de venir con su esposa a visitarme?» Pensé entonces, cómo podría no tener tiempo para hablar con el Profeta…

En realidad, vendría desde cualquier parte de la tierra para visitarlo y lo mismo haría cada uno de vosotros. Me sorprendió mucho cuando me dijo acerca de mi llamamiento, pero por supuesto, acepté inmediatamente. Cuando salí de su oficina, todavía estaba emocionado. Apenas podía creer lo que me había sucedido.

Bryant S. Hinckley, un gran hombre, refiriéndose a mi padre hace algunos años citó estas palabras de Thomas Carlyle: «jamás se vio en este siglo de la historia una personalidad más poderosa». Pienso que esta frase es perfectamente aplicable al presidente Kimball.

En las rodillas de mi padre se me enseñó a ser humilde, diligente, digno de confianza y a honrar a los siervos del Señor, las Autoridades de nuestra Iglesia y confío en que no traeré otra cosa que no sea honor a su nombre.

Mi vida ha estado rodeada por dos mujeres maravillosas: mi madre, que me dio la vida y me condujo por los senderos de la verdad y justicia, e hizo de nuestro hogar un lugar de espiritualidad, amor y refinamiento, sin dar lugar nunca a la vulgaridad. Y mi amada Elisa, la compañera y esposa a quien amo y venero, que es una de las más nobles siervas del Señor. Ella me ha apoyado siempre con una devoción inquebrantable; su carácter se asemeja al de Rebeca, esposa de Isaac, y a sus abuelas que fueron pioneras de la Iglesia. Ella es una persona estoica y positiva, llena de fe y con un gran amor hacia el evangelio; ha sido una inspiración para mí, y agradezco a sus padres por haberla criado en la forma en que lo hicieron.

Aprecio y amo a cada uno de nuestros ocho hijos, que sólo han traído alegría y felicidad al hogar. Respeto a mis hermanos por el servicio que prestan a la Iglesia y a sus comunidades. Recuerdo siempre a muchos de los buenos maestros que tuve en la escuela y especialmente en la Iglesia, y también a todos los buenos hermanos, mis amigos en la Iglesia, con quienes he trabajado y a los que honro, por la influencia sobresaliente que tuvieron en mí.

La organización de la Escuela Dominical de la Iglesia está muy cerca de mi corazón. Bajo la capacitada dirección del presidente Russell M. Nelson, sus consejeros y una talentosa e inspirada Mesa General, esta organización hará mucho para ayudar a llevar adelante el esfuerzo misional en la Iglesia.

Me gustó mucho mi misión en Suiza y Alemania. Cuando tomé el tren para alejarme de Basilea, Suiza, las lágrimas rodaban por mis mejillas porque sabía que mi trabajo misional regular había terminado en la Iglesia. Quiero mucho a la gente de Alemania y Suiza por las características especiales que tienen.

Mi vida está realmente afianzada en el testimonio de que Dios vive, que Jesús es el Cristo. Honro el sacerdocio que poseo y he visto actuar su gran poder. Sé que el Espíritu del Señor inspira a sus siervos y depende de nosotros atender a su inspiración. Os testifico que José Smith es un Profeta y que a través de él fue restaurada y organizada esta gran Iglesia, por medio de la revelación.

Por el amor que siento por el presidente Kimball y por todos estos hermanos que constituyen las Autoridades Generales de la Iglesia, ofrezco mi vida y mis servicios; iré donde quiera que me mandéis y haré lo mejor para engrandecer el reino de Dios aquí sobre la tierra. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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Consagración al Señor

Consagración al Señor
por el élder Robert D. Hales
Ayudante del Consejo de los Doce

Robert D. HalesMis queridos hermanos, me gustaría contaros algo que me sucedió, que os dará una idea de lo que ha pasado por mi mente en las últimas semanas. Todo comenzó con una llamada telefónica de un señor Marión «T.» Romney. Mi secretaria fue a hablarme mientras estaba en una reunión de negocios y dijo: «Un tal Marión T. Romney desea hablar con usted; dijo que usted atendería si le decía que es él quien llama».

Y yo respondí: «Tiene razón. Pero es Marión G. Romney».

Creo que mi secretaria hubiera querido decirle a la del hermano Romney que yo lo llamaría después, pero atendí el teléfono; efectivamente era él y quería hacerme cinco preguntas. Me preguntó si iría a una misión; si era digno; me preguntó sobre mi hijo de 17 años, mi situación económica y mi salud.

Os diré algo que aprendí hace mucho: todo en el mundo depende del libre albedrío. Si hubiera tenido que contestar que no a alguna de aquellas preguntas, habría perdido mi libre albedrío. Estaba económicamente capacitado, era mor al mente limpio y conocía la ley de consagración y lo que ésta significa.

Inmediatamente me fui a casa para hablar con mi esposa. Ella me ha seguido por todo el mundo (nos hemos mudado quince veces); ha aprendido dos idiomas, ha criado nuestros hijos y siempre me ha apoyado en todo.

Recuerdo que una vez, cuando acababa de regresar de un viaje después de estar ausente por algún tiempo, mi esposa se sentó en el brazo del sofá y yo apoyé la cabeza en su hombro. Era casi fin de mes y ella me preguntó si había hecho mis visitas de maestro orientador. Seré sincero; tenía otros planes, pero fui e hice mis visitas. Así es ella, y así fue como comencé a comprender la ley de consagración.

Unas semanas más tarde, otra llamada telefónica siguió a la del presidente Romney. Esa vez era el hermano Arthur Haycock, secretario del presidente Kimball; hablé con él brevemente y entonces oí la inconfundible voz del Profeta, como el llamado de un clarín.

«Hermano Hales, ¿sería inconveniente para usted si le cambiáramos la misión?»

Yo tenía entendido que iría a la Misión de Inglaterra, pero me di cuenta de que otro tendría ese llamamiento y le respondí: «Estaré feliz de ir dondequiera que usted me mande.»

Él me dijo: «¿Le parecería mal si la cambiáramos a Saít Lake City?»

Al responderle yo que no, que estaba bien, él continuó:

«¿Tiene algún inconveniente en que sea por un poco más de tres años?»

«Por el tiempo que usted lo desee, Presidente.»

«Desearíamos sus servicios de por vida.» Seguir leyendo

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La gente que tiene influencia en nosotros

Diciembre de 1975
La gente que tiene influencia en nosotros
por el élder William Grant Bangerter
Ayudante del Consejo de los Doce

William G. BangerterLa breve entrevista que hace unos días, tuvimos mi esposa y yo con el presidente Kimball, indicó que la oportunidad de servicio de la cual hemos disfrutado todos estos años pasados, está ahora en perspectivas de expandirse para que podamos tratar de ser una buena influencia en la gente de todo el mundo. Nos ha sorprendido a ambos ver cómo de pronto, en un breve espacio de tiempo, la parte más importante de nuestros planes personales, ambiciones y deseos mundanos ha desaparecido para no volver jamás a nuestra vida.

Hace algunos años me desperté una mañana y, al recordar que cumplía en ese día mis 35 años, un pensamiento vino a mi mente: «Tienes edad suficiente como para ser presidente de los Estados Unidos.» Entonces, se me ocurrió algo de inmediato y modestamente me dije: «Sí; la edad es la única calificación con que contarías para llegar a serlo.»

La calificación con que cuento hoy para este llamamiento, es la misma que poseen y aprecian todos los Santos de los Últimos Días, la dulce seguridad que da el Espíritu Santo de que Dios realmente vive; el conocimiento que tengo de haber hablado con Él en mis oraciones y que ha contestado muchas veces y me ha dado la influencia de su Santo Espíritu,

En una ocasión, hace también muchos años cuando fui llamado para ser presidente de estaca, el élder Mark. E. Petersen, del Consejo de los Doce, me entrevistó minuciosamente con el fin de saber si yo era digno> e insistió mucho con una pregunta: «Hermano Bangerter, ¿cree usted en el evangelio?»

Le contesté que creía de acuerdo a mi forma de entenderlo.

El entonces me dijo: «No, lo que quiero decir es si usted cree en el evangelio de acuerdo al presidente Joseph Fielding Smith» (por entonces, Profeta de la Iglesia).

La mayoría de vosotros sabéis lo estricto que era el presidente Smith con respecto a la enseñanza de la doctrina del evangelio; por lo tanto, esta pregunta podría servir para separar a los verdaderos creyentes de los que no lo son. Estoy agradecido de haber gozado de una influencia que me ha hecho aceptar fácilmente la gran verdad de que el evangelio ha sido restaurado en los últimos días sobre la tierra y que el Presidente de esta Iglesia es en realidad un Profeta de Dios, con el sacerdocio y la autoridad de Jesucristo para organizar su reino y dirigirlo aquí en la tierra. Quizás algunas de mis cualidades sean apropiadas; soy carpintero y aunque no tenga que arrepentirme por mi profesión, igual me he estado arrepintiendo. Seguir leyendo

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María y José

Diciembre de 1975
María y José
por Robert J. Mathews

Robert J. MathewsHerederos de David, altamente favorecidos, guardianes de nuestro Señor

En el Nuevo Testamento se describe en forma maravillosa la historia de María y José, pero para apreciarla debemos saber algo de su vida y conocer algunas circunstancias especiales.

Es de suma importancia recordar que María es la madre terrenal de Jesús, y que José es el esposo de Mana, y considerar las implicaciones que tuvieron ambos como guardianes y padres terrenales del Salvador. Jesucristo es el Primogénito del Padre en el espíritu, su Unigénito en la carne y es el tema central de las escrituras; los profetas, comenzando por Adán, testificaron de Él y su misión. En la existencia preterrenal era conocido como Jehová y fue escogido por nuestro Padre Celestial para ser el Salvador de la humanidad.

Representó al Padre en todas las cosas pertenecientes a la salvación del hombre, fue creador de mundos y personalmente visitó a los patriarcas antiguos y profetas, e hizo con ellos convenios del evangelio. Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés, Isaías, Nefi, Alma y muchos otros, lo conocieron y adoraron; fue grandioso y poderoso; fue y es el «Santo de Israel», el Dios de todo el mundo.

Así como Jesús fue seleccionado en el mundo preterrenal para su misión redentora también los profetas fueron escogidos para sus misiones terrenales de acuerdo con su fidelidad. (Véase Abraham 3:22-23; Alma 13:2-10). En la existencia preterrenal fue cuando los fieles hijos de Dios recibieron sus primeras lecciones sobre rectitud y llegaron a ser seguidores de Jesús; algunos fueron preordinados para ser profetas; otros sin duda fueron elegidos para ser padres, madres y esporas de profetas.

Resulta, entonces, lógico creer que María y José fueron apartados por el Padre en aquel antiguo concilio, para ser los guardianes terrenales de Jesús. A María se le dio la responsabilidad y el privilegio, único en su género, de traer al mundo al gran Jehová. De esa forma obtuvo El un cuerpo de carne y huesos, tuvo las experiencias de la vida terrenal y continuó su misión para redimir a la humanidad.

El significado de este nacimiento terrenal fue mucho más crítico de lo que a veces pensamos; no fue algo experimental ni tampoco un acontecimiento opcional en el plan de salvación, La venida al mundo de un Jesús en parte divino y en parte terrenal, fue una necesidad absoluta, pues la familia humana no podría salvarse de ninguna otra manera; sólo el Señor mismo podía traer la redención siendo un ser terrenal, participando de la naturaleza humana, viviendo una vida sin pecado, expiando con su sangre los pecados de los hombres, muriendo y levantándose de los muertos con un cuerpo físico. (Véase Alma 34:8-16; Mosíah 7:27). La justicia eterna no lo permitiría de ninguna otra forma. Sin este procedimiento y este Redentor, al morir todos se convertirían en «. . . diablos, separados de la presencia de nuestro Dios para quedar con el padre de las mentiras, en miseria como él… «(2 Nefi 9:9),

Cerca del año 700 a. de J. C. Isaías hizo una referencia directa a la madre terrenal del Salvador: «. . . He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isaías 7:14). El Nuevo Testamento identifica este pasaje como una profecía referente a María y al nacimiento de Jesús. (Véase Mateo 1:22-23).

Los nefitas comunicaron en un idioma más claro el nacimiento de Jesús; unos 600 años antes de que aconteciera, Nefi declaró: Seguir leyendo

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El ejemplo de Abraham

Diciembre de 1975
El ejemplo de Abraham
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballLa forma en que Abraham cumplió con su mayordomía en el hogar, hizo que el Señor dijera de él: «Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí que guarden el camino de Jehová» (Gén. 18:19).

El 21 de septiembre de 1823, el ángel Moroni se apareció al profeta José Smith en su hogar paterno en Manchester, New York. En el curso de su revelación, el ángel mencionó la profecía contenida en el capítulo 4 de Malaquías, con las siguientes palabras: «He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por la mano de Bitas el profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.» (José Smith 2:38). Esta profecía efectuada casi2300 años antes, se cumplió durante el verano de 1829, cuando José Smith y Oliverio Cowdery recibieron el Sacerdocio de Melquisedec de manos de Pedro, Santiago y Juan, «los que os he mandado, por quienes os he ordenado y confirmado apóstoles y testigos especiales de mi nombre» (D. y C. 27:12).

La restauración del Sacerdocio de Melquisedec, llamado «el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios» (D. y C. 107:3), constituye un acontecimiento de suprema importancia para el hombre en esta dispensación. El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios delegados al hombre sobre la tierra para actuar en todas las cosas pertinentes a su salvación, y constituye el medio por el cual el Señor se sirve del hombre para salvar almas. Sin este poder del sacerdocio, el ser humano está perdido. Sólo mediante dicho poder, «tiene las llaves de todas las bendiciones espirituales de la Iglesia, las que le permiten recibir los misterios del reino de los cielos, ver manifestados los cielos» (véase D. y C. 107:18-19); y puede entrar en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio y tener a su esposa e hijos sellados a él en una unión eterna; además, le permite ser un patriarca para su posteridad eterna así como recibir la plenitud de las bendiciones del Señor.

Queridos hermanos, reflexionad por un momento acerca de la enorme magnitud de las bendiciones prometidas a aquellos que sean valientes en sus llamamientos del sacerdocio:

«Porque los que son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los que he hablado, y magnifican sus llamamientos, son santificados por el espíritu para la renovación de sus cuerpos.

Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón y la simiente de Abraham, la iglesia y el reino, y los elegidos de Dios.» (D. y C. 84:33-34.)

¡Los elegidos de Dios! Un pequeño momento de reflexión debería convencernos de que no habría sacrificio suficientemente grande para una familia siempre que tuvieran la seguridad de que el hombre, la mujer y toda la familia pudieran llenar los requisitos para ser los elegidos de Dios. Estas promesas de grandes bendiciones se encuentran, no obstante, condicionadas. En realidad no conozco ninguna promesa, ni aun la de la resurrección, que no se encuentre condicionada, ya que cada uno de nosotros debe llenar los requisitos necesarios en la existencia premortal para recibir las bendiciones de un cuerpo inmortal.

Todas las bendiciones, por lo tanto, se encuentran condicionadas a nuestra fe. Somos ordenados al sacerdocio con una promesa condicionada; nos casamos y sellamos en el templo con la condición de que seamos fieles. Creo que en realidad no hay nada, ninguna bendición que no pueda recibirse mediante la fidelidad. Los fieles en el sacerdocio son aquellos que cumplen con el convenio, «magnifican sus llamamientos» y viven «con cada palabra que sale de la boca de Dios» (D. y C. 84:33, 44). Estos requisitos parecen implicar mucho más que una simple obediencia; más que la mera asistencia a unas pocas reuniones y el solo cumplimiento con las asignaciones. Implican también perfección de cuerpo y espíritu, e incluyen el tipo de servicio que va mucho más allá de la definición normal de la responsabilidad, «He aquí, muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.» (D. y C. 121:34.) Seguir leyendo

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Alcanzar el éxito mediante el autodominio

Abril de 1975
Alcanzar el éxito mediante el autodominio
por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia
Conferencia General de abril de 1975, sesión del sacerdocio.

N. Eldon TannerCuando asistimos a las conferencias de área en Sudamérica dimos gracias al Señor al ver en Buenos Aires más de mil trescientos hermanos en la reunión de directores del Sacerdocio de Melquisedec, representantes de Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile. En las sesiones de las conferencias generales hubo una asistencia de más de cinco mil quinientas personas en Brasil y más de diez mil en Argentina.

Es evidente que la obra del Señor está avanzando y que su reino se está edificando en todo el mundo. Los miembros de la Iglesia sudamericanos se mostraron vivamente emocionados, a la vez que sumamente entusiastas y agradecidos, cuando el Presidente anunció que se erigiría un templo en Sao Paulo, Brasil; tanto los hermanos de Brasil como de Argentina empeñaron su palabra de que brindarán todo su apoyo para este fin.

También, ver el cambio que se verifica en la vida de las personas que aceptan el evangelio y viven de acuerdo con sus enseñanzas, así como escuchar sus testimonios, constituye un poderoso incentivo para nosotros a la par que un testimonio concreto de la veracidad del evangelio.

Quisiera relataros una pequeña experiencia que tuve en Caracas, Venezuela. En este lugar asistimos una noche a una reunión en la que había miembros de la Iglesia e investigadores, con asistencia aproximada de unas quinientas personas. Cuando me correspondió hablar, pedí que se pusieran de pie aquellos que se habían bautizado en 1974 y 1975, luego, solicité lo mismo a los que se habían bautizado en 1973 y 1972, y en seguida, a los que lo habían hecho en 1971 y 1970. Después de esto, pedí que se pusieran de pie a los que habían estado en la Iglesia durante más de cinco años; sólo tres se pararon, y eran visitantes. Esto os dará una idea de cómo va adelantando la obra del Señor en esa región.

En esta ocasión, hermanos, quisiera hacer hincapié en el gran privilegio que es poseer el sacerdocio; quisiera poder lograr que todos os dieseis cuenta de esto y que este entendimiento nos sirviera a todos para que tomáramos la determinación de honrar el sacerdocio y magnificar nuestros llamamientos, a fin de ser una luz ante el mundo y ayudar a edificar el reino de Dios, preparándonos al mismo tiempo para la inmortalidad y la vida eterna. Ninguna meta que nos estableciéramos podría ser más elevada, como ningún progreso que lográramos podría ser más grande; ni podríamos llegar a experimentar un gozo y una satisfacción más grandes que los que sentiríamos al tomar la firme resolución de aceptar a Jesucristo como el Salvador del mundo y vivir sus enseñanzas.

No me cabe duda de que todos los que me escuchan desean más que nada prepararse para la vida eterna y la exaltación, como asimismo llegar a experimentar la certeza de que el Señor está complacido con sus acciones. No obstante, hay muchos que no siempre tienen esto presente, y algunos que no están preparados para desarrollar los esfuerzos necesarios a fin de ser dignos, de estas bendiciones. Teniendo esto en cuenta, me gustaría deciros algo en cuanto al autodominio, lo cual es sumamente importante que consideremos si hemos de alcanzar las metas que nos establezcamos y disfrutar de las bendiciones que tanto deseamos. Seguir leyendo

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Arrepentíos o pereceréis

Octubre de 1975
Arrepentíos o pereceréis
por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. Romney«Por tanto, yo, el Señor, sabiendo de las calamidades que vendrían sobre los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, le hablé desde los cielos y le di mandamientos; y… a otros, para que proclamasen estas cosas al mundo.» (D. y C. 1:17-18.)

«Arrepentíos o pereceréis. . .» Según mi opinión, no hay mensaje más importante que éste para el mundo de la actualidad.

Desde los días de Adán, tanto el Padre mismo como su Hijo Jesucristo y sus representantes autorizados, los profetas, han declarado repetida y solemnemente la amonestación: «Arrepentíos o pereceréis».

La certeza de este mensaje se ha demostrado tan regularmente como se ha declarado.

El Señor llamó al «arrepentimiento» a la primera generación de los hombres, y les dijo que «cuantos creyeran en el Hijo, y se arrepintieran de sus pecados, serían salvos; y cuantos no creyesen ni se arrepintiesen, serían condenados» (Moisés 5:15).

El Señor le dijo a Enoc que predicara a los antediluvianos: «diles que se arrepientan, no sea que venga yo y los azote con una maldición, y mueran» (Moisés 7:10).

Cuando Noé enseñaba las cosas de Dios a la gente de su tiempo, el Señor le dijo: «no contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre. . . sin embargo, serán sus días ciento veinte años, y si los hombres no se arrepienten, mandaré las aguas sobre ellos» (Moisés 8:17).

Noé continuó impartiendo sus enseñanzas durante el tiempo asignado, mas sus contemporáneos no se arrepintieron; por consiguiente, fueron destruidos en el diluvio.

El libro de Eter contiene un relato de los jareditas, pueblo que constituyó una gran nación que prosperó en las tierras de América durante aproximadamente 2000 años, después de la confusión de lenguas en la Torre de Babel. Hasta ellos «llegaron muchos profetas que profetizaron cosas grandes y maravillosas; y proclamaron el arrepentimiento al pueblo, y que de no arrepentirse, el Señor Dios ejecutaría juicio contra ellos hasta su completa destrucción» (Eter 11:20).

Eter, el último Profeta de esta nación que se menciona en el registro, «empezó-a profetizar al pueblo, porque no se le podía restringir, debido al Espíritu del Señor que había en él. Porque clamaba desde la mañana hasta la puesta del sol, exhortando al pueblo a creer en Dios hasta arrepentirse, para que no fuesen destruidos….» (Eter 12:2-3).

Pero el pueblo, hostilmente, volvió la espalda a todas aquellas advertencias. Eter vivió para presenciar y llevar el registro de una guerra fratricida en la que, con excepción de él, murieron todos los miembros de la sociedad que habían llegado a formar. Tal como los antediluvianos, también ellos aprendieron de la manera más penosa la verdad palpable del mensaje «arrepentíos o pereceréis». Seguir leyendo

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Las raíces del mormonismo

Abril de 1975
Las raíces del mormonismo
por el élder Hartman Rector, Hijo
del Primer Consejo de los Setenta
Discurso pronunciado en la Conferencia General de abril de 1975

Hartman Rector, JrVivimos en un mundo en el cual hay muy pocos que estén seguros de sus conocimientos. Parece como si la gente se deleitara en saltar de una teoría a otra, mientras que lo que sólo ayer se había pensado que sería la esperanza del mundo, a menudo termina en convertirse en un mortal veneno. Una droga que se utilizó en un tiempo para tratar las incomodidades del embarazo y que había sido considerada poco menos que milagrosa, hoy se ha comprobado que es causa de la deformidad de muchos niños, la «guerra para terminar con las guerras» lo único que ha logrado hasta el momento, es incubar nuevos conflictos armados, Parecería que estuviéramos eternamente buscando respuestas a nuestros problemas en nuevos programas. Buscamos pociones secretas para prolongar la vida, mantener la juventud, terminar con el sufrimiento, eliminar la fatiga y abolir el trabajo.

Claro que si la verdad fuera comprendida, las cosas que precisamente estamos tratando de eliminar, tomarían para nosotros otra dimensión, porque esas son, precisamente cosas que debemos tener, y el sufrimiento es esencial para nuestro progreso. «Por lo que padeció aprendió la obediencia» (Hebreos 5:8). Y cuán maravilloso es poder cansarse lo suficiente como para dormir profundamente toda la noche. No hay palabras para ensalzar la gloria del trabajo. La satisfacción de una tarea difícil llevada a cabo con éxito, es una de las más grandes que podemos conocer en esta vida. Los logros y realizaciones de la vejez, mirando retrospectivamente hacia una vida plena, hacia la serenidad del entendimiento ganado por una larga experiencia, hace de ésta una época gloriosa en la vida.

Sí, nuestra sociedad se encuentra saltando de una fantasía a otra, tratando de alcanzar la felicidad, teniendo esperanzas contra toda esperanza, con la fe puesta en los resultados que puede dar tal o cual nuevo programa que se pone en ejecución. Pero lo cierto es que en éstos no hay ningún poder mágico; no importa qué clase de programas sean ni de dónde procedan.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días está cosechando reconocimiento y admiración en todos lados. Revistas mundialmente famosas, como la «National Geographics» y «Selecciones del Readers Digest», han publicado artículos halagadores que hacen aparecer a la Iglesia casi tan buena como en realidad es. Así también, el más sincero de todos los halagos lo constituye el hecho de que otras iglesias estén copiando nuestros programas, el de la Noche de Hogar es uno de ellos, y lo han copiado de tal manera, que incluso han llegado a utilizar nuestro propio manual; tienen la idea de que pueden lograr los mismos resultados si usan el mismo programa; pero no va a ser así. La vitalidad de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no se encuentra en los programas de la Iglesia, sino en su doctrina.

Tengo un buen amigo que fue ministro religioso de una iglesia protestante durante 26 años, y tenía una de las iglesias más grandes de Long Island, Nueva York. Llegó a conocer a los mormones en una visita que hizo a Salt Lake City, y más tarde recibiendo las visitas de los misioneros en su propio hogar. Así llegó a desarrollar una gran admiración por los programas de la Iglesia, principalmente por los frutos que la Iglesia producía. Pensó entonces en «pedir prestados» esos programas y adoptarlos en su propia iglesia, y así lo hizo. Pero para sorpresa suya, pudo comprobar que en su religión no daban los mismos resultados que los producidos en la Iglesia mormona. Fue entonces que me dijo lo siguiente: Seguir leyendo

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Al obedecer los mandamientos del Señor, recibimos bendiciones

Agosto de 1975
Al obedecer los mandamientos del Señor, recibimos bendiciones
por el presidente Hartman Rector, Jr.
del Primer Consejo de los Setenta

Hartman Rector, JrLos profetas de la actualidad han repetido clara y constantemente que la responsabilidad de dar a conocer el evangelio descansa sobre los hombros de todos los miembros de la Iglesia. Quisiera hacer notar al mismo tiempo que los profetas de nuestro tiempo rara vez declaran algo que el Señor no haya puesto ya de manifiesto.

El precepto «Cada miembro, un misionero», se limita simplemente a reafirmar la declaración del Señor que se encuentra en el versículo 81 de la sección 88 de Doctrinas y Convenios:

«He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y le conviene a cada ser que ha sido amonestado, amonestar a su prójimo.»

Como sucede con todos los mandamientos del Señor con respecto a nosotros, tal parece que nunca llegamos a comprender cabalmente las consecuencias trascendentales de nuestros actos, cuando éstos son el producto del cumplimiento de los mandatos que el Señor nos da. Pues bien, la observancia de los mandamientos divinos siempre trae consigo grandes bendiciones porque el supremo propósito del Señor es «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39): por tanto, no es sino natural que todos sus mandamientos sean para nuestra propia bendición.

En 1952 regresé a los Estados Unidos a la ciudad de San Diego, California, después de una campaña militar en Corea, durante la cual me había bautizado en la Casa de Misión de Tokio, Japón, Como nuevo converso, tenía la certeza de que todos, en todas partes, andaban en busca del evangelio de Jesucristo, que yo había encontrado; lo tenía, e iba a dárselo a todos, lo quisieran o no.

Yo vivía en un lugar llamado Chula Vista, en California, y trabajaba en otro sitio a cierta distancia de éste, en North Island. Cubría la distancia entre ambos sitios viajando diariamente en automóvil, vehículo que compartía a diario con otros cuatro militares, ninguno de los cuales era miembro de la Iglesia. Tres de ellos eran tenientes, (el mismo rango que yo poseía), y el cuarto era un ordenanza que se llamaba George Whitehead. Por mi parte, yo me sentía triunfante ante la perspectiva de convertir al evangelio a mis cuatro compañeros de viaje diario y no me cabía la menor duda de que sería cosa fácil; el trayecto de un punto al otro tomaba 45 minutos y en vista de que no podían salir del automóvil, no les quedaría más remedio que escucharme. Había pensado que convertiría aquellos cuatro y que una vez logrado este propósito, me uniría a otro grupo de personas diferentes con las cuales viajaría hasta donde trabajaba, y a las que iba también a convertir; después, intentaría hacer lo mismo con otro grupo más. Claro, ¿por qué no? podría convertir gente suficiente como para integrar un barrio entero, y esto, en un dos por tres.

Entonces puse manos a la obra comenzando a hablarles a mis cuatro compañeros de viaje; era evidente de modo palpable que los tres tenientes jamás pusieron atención a una sola de mis palabras, y si lo hicieron, habría sido imposible descubrirlo. Pero el otro, el soldado George Whitehead, no se arriesgó a ignorarme y hasta me pareció que se interesaba. Por lo tanto, cuando me correspondió a mí manejar el automóvil, me las arreglé para llevar primero a los tenientes a sus respectivas casas y después a George a la suya; pero antes de que éste saliese del auto, comencé a predicarle el evangelio y lo hice durante una hora sin dejarlo escapar. Seguir leyendo

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En defensa de la fe

Agosto de1975
En defensa de la fe
por el élder Theodore M. Burton
Ayudante del Consejo de los Doce

Theodore M. BurtonCuando yo era un parvulito, mi madre me enseñó a distinguir los colores y los nombres de éstos. Recuerdo que sosteniendo un objeto de color azul me decía que era azul y que repitiera dicha palabra. Después de un rato, levantaba otro objeto del mismo color y poniéndolo ante mis ojos me preguntaba de qué color era.

—¿Es verde?—le preguntaba yo.
—No, mi amor—me replicaba pacientemente—este color es el azul.
—¿Azul?—inquiría yo nuevamente.
—Sí, mi chiquitín; este color es el azul.

Al cabo de otro rato, levantaba ante mi vista otro objeto azul, haciéndome la misma pregunta anterior.

—¿Es amarillo?—preguntaba yo, dudoso.
—No, mi amor, no es amarillo—entonces, aún más pacientemente, me enseñaba—este objeto es azul.

Después de dejarme jugar durante unos minutos, volvía a mostrarme un objeto azul y preguntarme de qué color era.

—Azul—le respondía yo.
—¡Muy bien, correcto! ¡Qué ingenioso es mi niño!—me decía mamá, sintiéndose orgullosa, abrazándome y besándome.

De ese modo aprendí los colores; no tengo la menor idea de cuánto tiempo demoró mi paciente madre en enseñármelos. Yo no era más listo ni más lento que los otros muchachitos. Finalmente, aprendí a distinguir el azul de los otros y ahora, si veo un objeto azul, reconozco este color de inmediato, Si alguien me preguntara qué me hace pensar que tal color es azul, le respondería que sé que es azul porque puedo verlo; quienes estuvieran conmigo en dicha situación convendrían en mi opinión pues no tendrían más que comprobarlo por sus propios ojos. Sin embargo, decimos que el objeto es azul sólo porque todos nos hemos puesto de acuerdo en calificar tal color como azul. En otras palabras, lo que profesamos saber, lo sabemos porque nos ha sido enseñado y lo hemos asimilado mediante el aprendizaje. El conocimiento que poseemos proviene de las fuentes de las cuales lo hemos adquirido: de lo que hayamos leído, escuchado y experimentado.

Más adelante, cuando ingresé en la universidad, encontré que algunas de las cosas que yo creía, y que estaba seguro eran verdaderas, eran consideradas ridículas y pueriles por algunos de mis profesores que creían en conceptos totalmente extraños a las creencias que me habían sido enseñadas desde mi más tierna infancia. Llegaron al punto de ridiculizar mi creencia en Dios, considerándola lisa y llanamente una absurda superstición; se burlaban del Libro de Mormón y se reían del concepto de que José Smith es un Profeta de Dios. Rechazaban la sola idea de que la Biblia pudiese tener algún otro valor que no fuese el literario. Seguir leyendo

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El propósito de la vida

Agosto de 1975
El propósito de la vida
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. Kimball«…cuanto más sirvamos a nuestro prójimo de la manera apropiada, mayor será el provecho y el resultado que logremos para nuestra alma.»

Una persona que tenga el conocimiento o la fe de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino de Dios sobre la tierra, se esforzará por lograr un mejor desempeño en su asignación, ya sea que se trate de cumplir con sus responsabilidades familiares, o que esté en el salón de clase de las Abejitas, en el quorum de diáconos, o en el concilio de Jóvenes Adultos o Miras Especiales. Pero cuando a alguien no le interesa Dios ni el hombre, no habrá suficiente entrenamiento ni técnicas que puedan ayudarle en manera alguna.

Es por medio del servicio que aprendemos a servir. Cuando nos encontramos involucrados en el servicio al prójimo, no sólo le asistimos con nuestros hechos, sino que también ponemos nuestros propios problemas en el marco de una nueva perspectiva. Cuanto más nos preocupamos por los demás, tanto menos tiempo hay para preocuparnos por nosotros mismos. En la misma médula del milagro del servicio, se encuentra la promesa hecha por Jesucristo de que «perdiéndonos» por la dedicación a los demás, sólo lograremos encontrar nuestro propio yo.

No sólo que nos encontramos en el hecho de que reconocemos una guía en nuestra vida, sino que cuanto más sirvamos a nuestro prójimo de la manera apropiada, mayor será el provecho y el resultado que logremos para nuestra alma. El servicio al prójimo le da más significado a nuestra personalidad. En realidad, nuestra importancia intrínseca aumenta cuando dedicamos nuestros esfuerzos al bien de nuestros semejantes.

George McDonald, novelista y poeta escocés del siglo pasado, destacó que: «es mediante el amor profesado hacia otra persona y, a su vez, por el amor de esa persona hacia uno, que podemos aproximarnos más a su alma.» Claro que todos necesitamos ser amados, pero debemos «dar» y no solamente «recibir», si es que deseamos tener plenitud en la vida y un reforzado sentimiento del propósito de nuestra existencia. A menudo la solución no es cambiar las circunstancias que nos rodean, sino cambiar nuestra actitud con respecto a esa circunstancia. Las dificultades que muchas veces tenemos que enfrentar, suelen ser verdaderas oportunidades de servicio.

Una de las Autoridades Generales destacó en una ocasión: «Si no tenemos cuidado, podemos llegar a ser heridos por la helada de la frustración; podemos congelarnos en un lugar, por el frío de las expectativas inalcanzadas. Para evitar esto, debemos hacer lo mismo que haríamos con el frío del ártico, debemos mantenernos en constante movimiento; servir al: prójimo constantemente, movernos para tratar de alcanzar a todos los que podamos, para que nuestra propia inmovilidad no se convierta en nuestro principal peligro.»

A aquellos a quienes tratamos de servir, debemos ayudarles a comprender por sí mismos que Dios no sólo les ama, sino que también les tiene presente en todo momento y conoce sus problemas y necesidades. Es seguro que nuestro Padre y su Hijo, Jesucristo, quienes se apersonaron a un joven en edad de Sacerdocio Aarónico, José Smith, para darle instrucciones relacionadas con toda la humanidad, no efectuaron una simple y esporádica visita a una sola persona en este planeta. Sino que, dice el Señor que esta aparición que había sido planea da con suma precisión, ocurrió porque: «Yo, el Señor, sabiendo de las calamidades que vendrían sobre los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, le hablé desde los cielos y le di mandamientos» (Doc. y Con. 1:17).

Dios nunca hace nada por casualidad sino por designio, como lo hace siempre un amoroso padre. Nosotros conocemos sus propósitos; también nosotros tenemos propósitos en la vida. Seguir leyendo

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Las conferencias: faros que orientan nuestra vida

Octubre de 1974
Las conferencias: faros que orientan nuestra vida.
por el élder J. Thomas Fyans
Ayudante del Consejo de los Doce

J. Thomas FyansLas conferencias de la Iglesia pueden cambiarnos; especialmente cuando de sus temas seleccionamos metas personales y familiares.

Mis amados hermanos y hermanas, el espíritu de la conferencia vibra en nosotros. Junto con todos vosotros doy gracias a nuestro Padre Celestial por ello, como asimismo por el Profeta que nos guía y por sus inspirados colaboradores que nos han elevado espiritualmente tanto en esta sesión como en las precedentes. También a la par con vosotros, ruego fervientemente que esta conferencia pueda constituir un acontecimiento prominente para la Iglesia así como un punto decisivo en la orientación de nuestra vida.

Durante los últimos cuatro años se ha verificado en la Iglesia un grande y maravilloso milagro en la forma de conferencias generales de área: la que se llevó a efecto en 1971 en Manchester, Inglaterra; otra, en la ciudad de México en 1972; la de Munich, Alemania, en 1973; y hace sólo unas pocas semanas, la que se efectuó en Estocolmo, Suecia. Podemos darnos cuenta de que estas conferencias caracterizan la administración del presidente Spencer W. Kimball.

Al observar el desarrollo de las conferencias de área, ha sido evidente cómo se derrama el Espíritu del Señor sobre los santos de las diversas naciones del mundo. Los directores locales de la Iglesia han efectuado las preparaciones necesarias en lo concerniente a la adquisición de lugares, equipo y medios de comunicación para la realización de las mismas, así como los medios de transporte para llegar al sitio de la conferencia; también del hospedaje y alimento para los asistentes y de los arreglos correspondientes a los programas culturales. Después de cuatro años de íntima asociación con estos santos, puedo deciros que el Señor ha inspirado dirigentes en todo el mundo.

Algunos de los santos que han asistido a estas conferencias han expresado opiniones que me gustaría repetir: «No sabía que nuestra gente fuese capaz de realizar tales cosas. Contamos con más personas que tienen habilidades directivas, de lo que sabemos.» «Esto es más de lo que cualquiera de nosotros hubiese podido llegar, a imaginar. . . todo tan bien organizado, tan bien preparado. . . ¡y pensar que lo hicimos nosotros mismos!» «Estas semanas de preparación han sido las más grandiosas desde que soy miembro de la Iglesia. No sabía yo que hubiese entre nosotros tantos talentos, tantas habilidades.».

He llegado a conocer el amor de estos santos por el Señor. He visto sus inmensos deseos de asistir a estas conferencias. Recuerdo los diez santos de la ciudad de Tijuana, México, quienes después de trabajar y ahorrar dinero durante cuatro meses obtuvieron finalmente lo necesario para comprar sus boletos en autobús a la ciudad de México, un viaje de 48 horas; cuando se les dijo que no había asientos desocupados para el largo viaje, ellos respondieron: «No importa. Nos contentaremos con ir de pie en el pasillo con tal de aprovechar la oportunidad de escuchar al Profeta.» Como podéis suponer, con el espíritu del evangelio, los viajeros se cedieron los asientos en forma rotativa, a fin de que todos pudiesen sentarse por algún tiempo durante el largo trayecto. Seguir leyendo

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Nuestro poder sobre Satanás

Conferencia General Octubre 1974

Nuestro poder sobre Satanás

ElRay L. Christiansen

por el élder ElRay L. Christiansen
Ayudante del Consejo de los Doce

Buscad la compañía del Espíritu Santo para resistir mejor el poder del adversario


Mis hermanos, me siento agradecido por la verdad que han revelado los profetas de Dios, tanto en las pasadas dispensaciones como en el presente. Tenemos la bendición de conocer perfectamente nuestro origen, y el propósito de nuestra vida mortal y destino.

Las escrituras nos enseñan que hemos vivido en el mundo espiritual antes de nacer a la mortalidad; o sea que vivimos en la presencia de Dios, que es literalmente el Padre de nuestro espíritu.

Cuando se llevó a cabo el gran concilio de los cielos, en el cual todos tomamos parte, el Padre presentó su plan para poblar la tierra y salvar al hombre. Entonces Lucifer quiso hacer un cambio: propuso destruir el albedrío del hombre y salvar a toda la humanidad, de modo que no se perdiera una sola alma. Lograría esto por medio de la fuerza y la coerción, negando a las personas el derecho de escoger.

Esta propuesta de compulsión fue rechazada por el Padre, y Satanás «se enojó, y no guardó su primer estado, y muchos le siguieron ese día» (Abrahan 3:28). Seguir leyendo

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La más vital de las informaciones

Conferencia General Octubre 1974

La más vital de las informaciones

Robert L. Simpson

por el élder Robert L. Simpson
Ayudante del Consejo de los Doce

El testimonio del evangelio se logra después de una investigación sincera; la salvación, después de vivir el evangelio


Mis amados hermanos, estoy sumamente agradecido por esta oportunidad que tengo y por el espíritu de los testimonios que hoy han sido aquí presentados.

Hace unas dos semanas estuve en el aeropuerto de Salt Lake, donde tuve la oportunidad de ponerme en contacto por unos escasos cinco minutos con un joven que me impresionó mucho. Durante nuestra breve conversación él se enteró de mi relación con la Iglesia, y de que mi carpeta amarilla estaba relacionada con la preparación de algunas ideas que estaba esbozando, para expresarlas durante esta sesión de la conferencia general.

Pude observar una gran ternura entre ese joven, su esposa y sus tres niños, y comprendí que él es una persona de una profunda sensibilidad espiritual. Habiendo contado sólo con unos tres o cuatro minutos para conversar mientras esperábamos subir al avión, no tuve en cuenta preguntarle su nombre ni su dirección. Pero quisiera que sepáis que mucho de lo que voy a decir esta mañana se debe a que sé que él está escuchando esta sesión de la conferencia.

Nos encontramos aquí reunidos esta mañana, con la esperanza de poder comunicarnos acerca del Señor Jesucristo, porque incorporadas a sus enseñanzas se encuentran las informaciones más urgentes, preciosas, importantes y vitales, relativas a la felicidad y el destino eterno del hombre.

Busco sinceramente su divina ayuda y guía, para que no sea mal interpretada la intención de mi corazón, y que así, tal vez nuestra comunicación pueda ser como la que se menciona en el libro de Isaías: «Venid luego, dice Jehová y arguyamos juntos», y esto para el solo propósito de que podamos ser más abundantemente bendecidos. Seguir leyendo

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