Los buenos hábitos desarrollan un buen carácter

Conferencia General Octubre 1974

Los Buenos Hábitos
Desarrollan un Buen Carácter

por el Élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce

Nuestros pensamientos y comportamiento modelan nuestro carácter y deciden nuestro destino


Hablaré hoy sobre la importancia de los buenos hábitos en la edificación de un buen carácter.

Mis estimados hermanos y amigos: en la reciente conferencia de la juventud, efectuada en junio, el presidente Spencer W. Kimball aconsejó a los jóvenes, a sus líderes y a todos los miembros de la Iglesia que hicieran un cuidadoso inventario de sus hábitos, «El cambio», dijo «se realiza substituyendo los hábitos indeseables con otros buenos. Vosotros formáis vuestro carácter y futuro mediante buenos pensamientos y acciones.»

Uno de los dichos favoritos que frecuentemente citaba el fallecido presidente David O. McKay era «Sembramos pensamientos y cosechamos acciones; sembramos acciones y cosechamos hábitos; sembramos hábitos y cosechamos el carácter; sembramos el carácter y cosechamos nuestro destino.» (The Home Book of Quotations, por C, A. Hall, Nueva York; Dodd, Mead & Company, 1935, pág. 845.)

El futuro que buscamos como Santos de los Últimos Días es una vida motivada por buenos pensamientos, expresada en buenas obras y sostenida por paz interior y por la determinación de hacer lo correcto. El destino que deseamos es una parte en las mansiones celestiales, preparada por el Salvador para los hijos fieles de Dios.

No venimos a este mundo con hábitos formados, ni tampoco heredamos un buen carácter. En vez de ello, como hijos de Dios, se nos da el privilegio y la oportunidad de elegir el camino que seguiremos y los hábitos que formaremos.

Confucio dijo que la naturaleza de los hombres es siempre la misma; son sus hábitos lo que los diferencian.

Los buenos hábitos no se adquieren simplemente haciendo buenas resoluciones, a pesar de que el pensamiento precede a la acción, sino que se desarrollan en el taller de nuestra vida diaria. El carácter no se edifica en los grandes momentos de prueba y tribulación; ahí sólo se pone de manifiesto. Los hábitos que dirigen nuestra vida y forman nuestro carácter se forman en la a menudo tranquila y común rutina diaria y se adquieren por la práctica.

El sabio Salomón enseñó: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Prov. 22:6).

Los buenos hábitos de la temprana instrucción del niño forman la base para su futuro y lo sostienen por el resto de su vida. Padres, recordad que por revelación el Señor ha asegurado que los niños son incapaces de cometer pecado, que viven en Cristo y que el demonio no tiene poder sobre ellos hasta que llegan a la edad de responsabilidad. Los primeros ocho años de la vida del niño son años valiosos que el Señor ha concedido a los padres, para instruirlos y enseñarles a formar buenos hábitos y desarrollar caracteres nobles. Seguir leyendo

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Las bendiciones del templo

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Las bendiciones del templo
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballEsta ha sido una maravillosa conferencia, y si estáis agradecidos por ella, espero que expreséis vuestra gratitud al Señor aumentando vuestra actividad y fidelidad en la Iglesia. Esperamos que haya un aumento en la asistencia a las reuniones, en las oraciones familiares y en las noches de hogar.

Os han dirigido la palabra los once hermanos de las Autoridades Generales que vinieron de Salt Lake City y muchos otros han expresado sus inspirados sermones. Habéis escuchado al presidente Tanner, Consejero en la Primera Presidencia, y él os ha traído mucho de su experiencia y habilidad. Os ha brindado muchos años de servicio aun cuando os separa de él una gran distancia. El ha dado énfasis a la importancia de guardar el día de reposo, cumplir con la Palabra de Sabiduría en forma estricta y llevar una vida limpia y libre de toda inmoralidad.

El élder Mark E. Petersen se dirigió maravillosamente a los padres. Aconsejó a los hermanos a ser cariñosos con la esposa y los hijos.

El élder Delbert L. Stapley habló sobre cómo preparar el camino hacia la perfección y la importancia de la actividad del sacerdocio.

El élder L. Tom Perry nos ha hablado de nuestro Padre Celestial y su Hijo Jesucristo; testificó del trabajo en el templo y expresó su gratitud por estar sellado eternamente a su esposa, a quien lamentablemente perdió hace pocos meses.

El élder  Christiansen testificó de los profetas vivientes del Señor.

El élder Franklin D. Richards nos ha recordado los muchos talentos que nos ha dado el Señor y cómo El espera que los utilicemos.

El élder J. Thomas Fyans nos ha hablado acerca de la organización de esta conferencia. Él fue presidente de misión en Montevideo por tres años. Nos ha dicho que si nos mantenemos dignos, encontraremos al Mesías.

El élder A. Theodore Tuttle nos dirigió un emocionante discurso referente al trabajo misional y nos recordó la responsabilidad que tenemos de llevarlo a cabo aquí en Sudamérica.

El élder Hartman Rector, quien es también un converso a la Iglesia, nos dio un fuerte testimonio de la divinidad de la misma. Dijo que somos cristianos, que tenemos el mandamiento de predicar el evangelio, que todo joven debería cumplir una misión.

El élder Pinegar mencionó que espera que guardemos en nuestro corazón los testimonios que hemos escuchado y que, si vivimos los mandamientos, llegaremos a un mejor conocimiento de Dios y sus vías.

Otros hermanos, representantes regionales y líderes de misiones y estacas, también nos han dejado su fuerte testimonio.

Queridos hermanos estamos en una tierra de gran desarrollo y progreso. En tiempos pasados, era necesario reunirnos en grupos pequeños ya que reunimos en grupos grandes ponía en peligro nuestra seguridad personal. Ahora no somos una Iglesia japonesa ni finlandesa; no somos chilenos, argentinos, uruguayos ni paraguayos. Somos la Iglesia de Jesucristo que es una Iglesia universal. Seguir leyendo

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Un llamamiento divino

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Un llamamiento divino
por el élder William Jones
Representante Regional de los Doce

Mis queridos hermanos, ¡qué conferencia hemos experimentado hoy y ayer! En un sentido real, hemos gustado el don celestial de nuestro Padre Celestial, maná espiritual, como lo dijo Pedro en el Monte de la Transfiguración: «. . .  Bueno es para nosotros que estemos aquí. . . “(Mateo 17:4). Del mismo modo que sucedió con él, nosotros hemos sentido el ennoblecedor poder de Dios. Es también un gran privilegio compartir con vosotros esta primera conferencia general de habla hispana en Sudamérica.

Ya sucedió una vez hace 2.000 años, en la parte sur del continente de Sión, el caso de otros que se regocijaron tal como lo hacemos nosotros hoy.

«Y ésta es la bendición que se nos ha concedido, hemos sido hechos instrumentos en las manos de Dios para realizar esta gran obra.

He aquí, miles de ellos se regocijan, y han sido conducidos al redil de Dios.

He aquí, el campo estaba maduro, y benditos sois vosotros porque metisteis la hoz, y segasteis con todo ahínco; sí, trabajasteis todo el día; ¡y he aquí el número de vuestras gavillas! Serán recogidas en los graneros para que no se desperdicien.

Sí, las tormentas no los abatirán en el postrer día, ni los molestarán los torbellinos; mas cuando venga la borrasca, serán reunidos en su lugar para qué la tempestad no pueda llegar hasta donde estén ellos;. . .

Mas he aquí, se hallan en manos del Señor de la cosecha, y son de él, y los exaltará en el postrer día» (Alma 26:3-8).

Quisiera discutir con vosotros el gozo de ser instrumentos en las manos del Señor, de recibir un llamamiento en la Iglesia. Cuando somos llamados a ocupar el cargo de maestro, o líder, o secretario, deberíamos comprender que estamos recibiendo un llamamiento divino.

En primer término, cuando recibimos un llamamiento debemos ser obedientes al mismo y, en condiciones normales, debemos aceptarlo. Cuando ese llamamiento nos llega, debemos responder tal como lo hizo Samuel en la antigüedad: «Habla, Señor, porque tu siervo oye» (1 Samuel 3:9).

En nuestro barrio vivía un hombre de negocios que era muy rico, a quien le gustaba mucho la caza y la pesca. Este hombre tenía el llamamiento de ser miembro del sumo consejo de la estaca, pero había decidido pedir su relevo del mismo a los efectos de contar con más tiempo para dedicarlo a esos deportes. Pocos días antes de pedir su relevo, su hijo de 17 años, se vio involucrado en un accidente automovilístico en el cual sufrió lo que parecía ser una fractura de cráneo. Al ser llamado a la escena del accidente, el padre del muchacho quiso poner sus manos sobre la cabeza del mismo y bendecirle para curarlo mediante el poder del sacerdocio. El describió más adelante la experiencia, diciendo: «Al intentar poner las manos sobre la fracturada cabeza de mi hijo, no pude hacerlo. Sólo podía pensar en qué había pensado decirle ‘no’ al Señor en mi llamamiento. Entonces pedí a los que me rodeaban que me disculparan por un momento. Fui atrás de una casa y me arrodillé llorando, rogándole al Señor que me perdonara. Le prometí a mi Padre Celestial que si El me permitía curar a mi hijo, nunca volvería a decirle ‘no’. Entonces me inundó una dulce paz y me dirigí a bendecir a mi hijo, mandándole que se recuperara, que sirviera en una misión, que se casara en el templo y que llevara una vida normal. Durante toda una semana, la más larga de nuestra vida, estuvo inconsciente. Entonces, una noche, nuestro presidente de estaca, rogándome que lo perdonara por hablarme en circunstancias tan difíciles, me llamó para ser obispo». El miembro de nuestro barrio me contó después: «Saltando de mi silla y llorando de gozo, lo abracé y le agradecí la oportunidad de decir ‘sí’ a mi Señor y me fui a mi casa.» Mi esposa me -recibió en la puerta llorando de alegría, para decirme que habían llamado del hospital para avisarnos que nuestro hijo había recuperado el conocimiento y que llegaría a recuperarse completamente. Esto había sucedido mientras yo me encontraba con el presidente de la estaca diciéndole ‘sí’ a mi nuevo llamamiento. Desde ese momento en adelante, jamás dije ‘no’ a mi Señor.» Seguir leyendo

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Hemos hallado al Mesías

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Hemos hallado al Mesías
por el élder J. Thomas Fyans
Ayudante del Consejo de los Doce

J. Thomas Fyans«Hemos hallado al Mesías». (Juan 1:41). Así dijo Andrés a su hermano Pedro, según se encuentra registrado en el primer capítulo del evangelio de Juan. Cuán gloriosa y maravillosa la proclamación para escuchar, para meditar, para entender, para creer, para tener un testimonio tan cierto. Hallamos en este mismo capítulo de Juan el testimonio de el Bautista cuando manifestó, «Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Juan 1:34).

Este Salvador, el Señor Jesucristo, de quien estos hermanos dieron testimonio, es «la luz verdadera que ilumina a cada ser que vive en el mundo» (D. y C. 93:2).

El profeta José Smith nos desafió a que aprendiéramos a conocer al Salvador cuando dijo: «Escudriñad las escrituras; escudriñad las revelaciones que publicamos y pedid a vuestro Padre Celestial, en el nombre de su Hijo Jesucristo, que os manifieste la verdad; y si lo hacéis con el sólo fin de glorificarlo, no dudando nada, Él os responderá por el poder de su Santo Espíritu. Entonces podréis saber por vosotros mismos y no por otro. No tendréis entonces que depender del hombre para saber de Dios, ni habrá lugar para la especulación; no; porque cuando los hombres reciben su instrucción de Aquel que los hizo, saben cómo los salvará. Por lo que de nuevo os decimos: Escudriñad las escrituras; escudriñad las profecías.»

Nuestro Profeta actual, el presidente Spencer W. Kimball, es un gran estudioso de las escrituras y un ejemplo viviente para todos nosotros. Hablando en una ocasión a los maestros de seminarios e institutos, dijo: «Hallo que cuando mi relación con Dios es informal y cuando parece que no hay un oído divino escuchando, ni una voz divina hablando, me encuentro lejos, muy lejos. Si me sumerjo en las escrituras, la distancia se acorta y la espiritualidad vuelve. Me encuentro entonces amando más intensamente a aquellos a quienes debo amar con todo mi corazón y mente y fuerza. Y amándolos más, hallo que es más fácil ceñirme a su consejo».

El programa del Señor para enseñar y estimular a su pueblo a vivir el evangelio de Jesucristo, incluye las siguientes tres fases básicas:

Primero, revela el evangelio a sus profetas;

Segundo, requiere de los padres que enseñen el evangelio a sus hijos;

Tercero, deposita responsabilidad en la Iglesia para ayudar a la familia.

No es simple cumplir con el desafío de enseñar a nuestros jóvenes a transitar por los caminos de la verdad, y a prepararse para vencer las tentaciones y las pruebas de hoy en día. Si bien las organizaciones auxiliares y los quórumes del sacerdocio ofrecen una ayuda valiosa en este sentido, no pueden ser considerados como la fuente principal de la que el Señor espera que sus hijos aprendan. Estas pueden solamente ofrecer ayuda. Es sobre nosotros, como padres, que el Señor ha depositado toda su confianza.

Esa responsabilidad sagrada de enseñar a nuestros hijos, requiere un esfuerzo personal, siendo que primero debemos aprender los principios nosotros mismos y luego prepararnos para enseñarlos. Por lo tanto, podríamos preguntarnos, «¿Qué está haciendo la Iglesia a fin de ayudar a prepararnos para enseñar a nuestros hijos?»‘ Seguir leyendo

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La sal de la tierra

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
La sal de la tierra
por el élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce

Delbert L. Stapley.Mis amados hermanos, hermanas y amigos: Me siento sumamente agradecido, pero al mismo tiempo humilde, por estar entre este pueblo devoto y escogido. En esta ocasión quisiera hablar acerca de nuestro deber de perfeccionarnos como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Después que Jesús comenzó su misión terrenal y logró reunir un fiel grupo de discípulos devotos, subió a un monte y allí enseñó muchos principios y verdades importantes que se refieren a diversos, pero vitales asuntos pertenecientes al bienestar y felicidad temporales y espirituales del hombre.

Deseo examinar con vosotros una amonestación que procede del bien conocido sermón de nuestro Señor sobre el monte. En él Jesús dijo a sus discípulos:

«Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres» (Mateo 5:13).

He oído a hombres explicar estas enseñanzas, diciendo que en tiempos antiguos, la sal, no tan refinada como la que usamos hoy, se compraba en su estado natural, se lavaba y se utilizaba para dar sabor a la comida. Cuando no quedaba más que los inservibles restos o residuos, se echaba a la calle para ser hollados bajo los pies de los hombres.

¿Con qué fin, pues, se refiere Cristo a sus apóstoles como a «la sal de la tierra»? Este pasaje de las escrituras no es una afirmación ociosa ni insignificante; al contrario, es profunda y significativa. Todos estamos familiarizados con el sabor que la sal surte en la condimentación de los alimentos para que resulten más agradables al gusto, y por consiguiente, deseables y apetitosos.

¿Estará sugiriendo el Salvador a sus discípulos en esta declaración que por guiarse íntegramente por el plan de vida y salvación del evangelio, pueden adquirir una influencia sazonadora espiritual para bien en las vidas de todos aquellos con quienes se asocien y obren?

El evangelio según San Marcos ha proporcionado este concepto adicional de Jesús: «Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros» (Marcos 9:50)

Para los hebreos la sal era un símbolo de pureza y fidelidad; también un vínculo inquebrantable de amistad. Indudablemente fue con este conocimiento que Cristo empleó la metáfora para explicar un punto doctrinal que sus discípulos pudieran entender.

En sus escritos a los santos de Colosas, el apóstol Pablo aconsejó: «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal para que sepáis cómo debéis responder a cada uno» (Colosenses 4:6).

El relato que el Libro de Mormón hace de la visita de Cristo a los nefitas confirma la palabra bíblica y contribuye este concepto: «Pero, si la sal perdiere su sabor, ¿con qué será salada la tierra?» (3 Nefi 12:13). Seguir leyendo

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Si me amáis, guardad mis mandamiento

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
“Si me amáis, guardad mis mandamientos»
por el élder L. Tom Perry
del Consejo de los Doce Apóstoles

L. Tom PerryCuánto gozo siento de estar aquí con vosotros en esta grandiosa ocasión y saludaros como hermanos eternos. Sabemos que todos tenemos el mismo Padre amante en los cielos. Las diferencias que puedan existir entre nosotros por no hablar el mismo idioma o vivir en distintas partes del mundo, desaparecen por completo ante el espíritu que nos une. Porque aquí nos abrazamos como hermanos y expresamos el amor que sentimos unos por otros, y el gran don que hemos recibido en común mediante el evangelio de Jesucristo.

Deseo hablar hoy sobre nuestro Salvador. Quisiera repasar con vosotros las cosas relacionadas con las últimas horas que El pasó sobre la tierra, cuando se reunió con sus discípulos y los preparó para llevar adelante la obra después de su partida. Como sucede a menudo, es a veces en los períodos de gran tensión y pruebas cuando estamos más predispuestos a aprender. Creo que así sucedió con sus discípulos en aquellos momentos. En el Evangelio según San Juan, en los capítulos 13 y 14, hallamos un relato de esas horas finales que el Salvador pasó con ellos antes de la crucifixión, durante la festividad de la Pascua. Se trata de una escena conmovedora en la que El Ies expresó su amor y trató de hacerles comprender su ministerio y el sacrificio que hacía por toda la humanidad. Los discípulos estaban llenos de tristeza y ansiosos por aprender todo lo que pudieran en aquellas últimas horas con Él. Nos dice Juan:

«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin…

se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.

Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.

Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies?

Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.

Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.

Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza» (Juan 13:1, 4, 5-9). Después de lavarles los pies, el Salvador les enseñó una gran lección sobre sus responsabilidades hacia la posición que ocupamos en la vida. Les dijo:

«Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues, si yo, el Señor y Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Seguir leyendo

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El gozo de ser miembro de la Iglesia

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
El gozo de ser miembro de la Iglesia
por el élder Angel Abrea
Representante Regional de los Doce Apóstoles

Ángel Abrea«Ya regocijemos dice el himno que acabamos de entonar y sin duda tenemos sobrados motivos para hacerlo.

Cómo no vamos a regocijarnos si parecería que este trascendente evento de la Conferencia nos reuniera para recordar que 50 años atrás, en la mañana de la Navidad del año 1925, el élder Melvin J. Ballard, junto con un pequeño grupo de hermanos, en un parque a pocas cuadras de donde estamos reunidos, iluminados por los nacientes rayos del sol que se filtraban por unos viejos sauces llorones, en su oración dedicatoria expresaba: «Y ahora, ¡Oh! Padre, por la autoridad de la bendición y designación del Presidente de la Iglesia y por la autoridad del santo apostolado que poseo, doy vuelta la llave y abro la puerta para la predicación del Evangelio en todas las naciones de Sudamérica.»

En esa Navidad del año 1925 nacía la Misión Sudamericana y todavía resuenan las palabras que el mismo élder Ballard expresara poco tiempo después en una de las primeras reuniones regulares que se efectuaban en la recién establecida misión: «La obra del Señor crecerá lentamente por un tiempo aquí, tal cual crece un cedro de la bellota. No germinará en un día como lo hace el girasol que crece rápidamente y luego muere. Pero miles se unirán a la Iglesia aquí. Será dividida en más de una misión y será una de las más fuertes en la Iglesia. La Misión Sudamericana será un poder en la Iglesia.»

Y como cumplimiento de esa profecía, de lo que fue hace 50 años la Misión Sudamericana, surgen hoy, decenas de misiones y estacas, y miles de miembros; y recién estamos en los albores de cosas aún más grandes.

¿Acaso no es motivo de regocijo la fortaleza que muestran las estacas y los barrios que continuamente se organizan en los australes países de América? Hombres de fe dispuestos a servir al Señor; hombres y mujeres que habiendo recibido las «buenas nuevas,» dan testimonio de las palabras de José Smith cuando dijo: «Una religión que no quiere el sacrificio de todas las cosas nunca tiene el poder suficiente para producir la fe necesaria para guiar hacia la vida y la salvación.»

Y allí, en ese modo de vida, sus corazones se regocijan y renuevan el espíritu que les anima. Seguir leyendo

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La palabra del Señor

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
La palabra del Señor
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerMis queridos hermanos y hermanas, ciertamente es un placer para mí estar con vosotros en esta ocasión y participar en ésta, la primera Conferencia de Área en Argentina. Es la primera vez que tengo el privilegio y la oportunidad de visitar este bello país. He oído hablar mucho de él del mismo modo que de Uruguay, Paraguay y Chile, y especialmente del crecimiento que se ha llevado a cabo y la buena obra que los miembros de la Iglesia están desempeñando en esta parte del mundo. Hemos recibido informes muy favorables de las personas que han visitado este país, y ciertamente estoy muy impresionado con lo que he visto y oído desde que llegué aquí; el hermoso programa del viernes en la noche, el bellísimo canto de estos excelentes coros, y los mensajes y testimonios de sus representantes locales.

Quisiera dar la bienvenida y felicitar a todos aquellos que tienen la fe y el testimonio que los ha instado a llegar hasta aquí a fin de poder edificarse en el evangelio de Jesucristo. Muchos de vosotros habéis hecho sacrificios y recorrido largas distancias con el propósito de estar aquí.

Cuando asistí a las conferencias de área en la Ciudad de México, en Munich, Alemania, Estocolmo, Suecia, me impresionó profundamente el progreso que se está verificando en esas regiones, la devoción de las personas, y su excelente calidad directiva. La obra del Señor está progresando y su Iglesia y su reino se están edificando en todas las partes del mundo. Es inspirador ver el crecimiento y el progreso que se está efectuando en esta región bajo la dirección de los directores locales y miembros devotos de la Iglesia.

Durante un período de 10 años, de 1963 a 1973 los miembros de la Iglesia en Argentina aumentaron de 8,528 (cuando todos los miembros vivían en dos misiones) a 26.765, total que incluye a los miembros de las misiones y las estacas.

Ahora contamos con cuatro misiones y cinco estacas en Argentina. Es evidente lo que se puede lograr, y vosotros tenéis el privilegio y la responsabilidad de contribuir a un progreso aún mayor en lo futuro. Siempre debéis estar preparados para aceptar cualquier llamamiento, y dedicaros a la edificación del reino. Qué glorioso privilegio y qué bendición es tener al presidente Spencer W. Kimball, Presidente de la Iglesia y Profeta de Dios, presidiendo esta gran conferencia para guiarnos bajo la dirección del Señor. La forma milagrosa en que se ha preserva do su vida y en que su salud ha sido restaurada a fin de que pudiera llevar a cabo sus responsabilidades, debería constituir un testimonio para todos nosotros.

Aunque siempre he tenido un testimonio de que el Presidente de la Iglesia es un profeta de Dios, el privilegio y bendición que he tenido de trabajar y ser consejero de cuatro de ellos y ver cómo el Señor dirige su obra por medio de ellos, me testifica que son ciertamente profetas a través de quienes el Señor ha dirigido y dirige los asuntos de su Iglesia.

En este momento, deseo humildemente testificar que sé, así como sé que estoy parado aquí, que Dios vive; y que Jesucristo es su Hijo en la carne; que tuvimos una existencia preterrenal, que Dios amó de tal manera al mundo, que dio a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en El crea y viva de acuerdo con sus enseñanzas, pueda gozar inmortalidad y vida, eterna. La misión total de Cristo fue darnos el evangelio, que es el plan de vida y salvación, por el cual podemos prepararnos para regresar con nuestro Padre que está en los cielos. El declaró, “esta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39). Y dio su vida a fin de que esto fuera posible. Seguir leyendo

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El camino a la divinidad

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
El camino a la divinidad
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballMis amados hermanos:

Vosotros sois una generación escogida, sois real sacerdocio, una nación santa, pueblo adquirido por Dios, porque no seguís los caminos del mundo.

Esta mañana habéis oído el evangelio predicado. Habéis oído acerca del sacerdocio y su gran poder, y la promesa que se os ha hecho. No sólo es importante recibir los dos sacerdocios, sino también magnificar los llamamientos que de ellos derivan.

Cuando me encontraba en Europa visitando las misiones, había en un hotel de Bruselas un espejo para afeitarse; en la esquina inferior de este espejo, se hallaba otro, mucho más pequeño, que tenía mucho aumento. Este hacía que mi barba pareciera más espesa y las arrugas de mi rostro, el Gran Cañón del Colorado en Arizona. Pues bien, es de esta manera como queremos magnificar nuestros poderes y nuestras obras en el sacerdocio.

En la Sección 84 de Doctrinas y Convenios, dice que nosotros vamos a ser recipientes de «todo lo que mi Padre tiene» (D. y C. 84:88). ¿Os habéis detenido alguna vez para enumerar las bendiciones, los poderes que el Padre posee? Todo poder, toda influencia, toda fortaleza, serán vuestros, y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio del Santo Sacerdocio que poseéis. Siempre me ha causado un poco de inquietud el siguiente pasaje referente al sacerdocio: «…, El que violare este convenio, después de haberlo recibido, y lo abandonare totalmente, no logrará el perdón de sus pecados ni en este mundo, ni en el venidero» (D. y C. 84:41). Yo tendría pavor de «abandonarlo totalmente» una vez vinculado a este importante servicio en el sacerdocio.

Hermanos, anoche hablamos a los jóvenes acerca de misiones para ellos. Esta mañana, os hablamos a vosotros acerca de misiones para ellos, vuestros hijos. El Señor ha dicho que éste es un día de amonestación, y no de muchas palabras. (Véase D. y C. 63:58.) Lo que Él quiere decir con esto, es: «Espero que no tenga que deciros esto otra vez.» Espero que no tengamos que repetir que el Señor dice: «Yo quiero que vuestros hijos cumplan misiones.» Él ha dicho: «He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y le conviene a cada ser que ha sido amonestado, amonestar a su prójimo» (D. y C. 88:81). Por lo tanto, vosotros quedáis sin excusa, habiendo sido advertidos por el Señor. Esperamos, pues, que de hoy en adelante haya un nuevo espíritu en la predicación del evangelio.

Tengo entendido que hay 25 millones de habitantes en Argentina, y un número equivalente a éste en otros países de este hemisferio. Y hay sólo entre 25.000 y 30.000 miembros de la Iglesia entre estos 25 millones. Son muy pocos los que han oído el evangelio. Ahora bien, esto es vuestra responsabilidad. No podemos enviaros misioneros hasta acá para que hagan vuestro trabajo misional de estaca. Esperamos que vuestros presidentes de estaca y de misión organizarán de inmediato a vuestros adultos y niños en sus respectivas localidades, con este propósito.

El presidente David O. McKay introdujo el lema «Cada miembro, un misionero,» Esto significa cada miembro. Incluye al presidente de estaca y sus consejeros, a los miembros del sumo consejo y del obispado. Incluye a los niños pequeños, los cuales deben hacer lo que esté a su alcance. Ahora, vosotros tenéis muchos y buenos amigos. En el’ pasado, vosotros tampoco erais miembros de la Iglesia y alguien fue bondadoso con vosotros. Es ahora vuestro el privilegio de devolver ese favor a muchos otros.

En una reunión, mencioné el caso de una hermana de Córdoba o de Mendoza, que había sido el instrumento vital para llevar a 32 personas a aceptar el evangelio. No era misionera apartada especialmente para esta obra, sino simplemente un ama de casa; pero si un ama de casa puede hacer esto, ciertamente su esposo es capaz de hacer lo mismo, así como todos los demás miembros de la Iglesia. Seguir leyendo

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Nuestra responsabilidad en el sacerdocio

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Nuestra responsabilidad en el sacerdocio
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerMis amados hermanos, al reunimos aquí esta mañana me doy cuenta, y espero que todos así lo hagáis, de que se encuentra aquí reunido el liderismo del sacerdocio de toda esta área, responsable de la administración de los asuntos de la Iglesia, cuyo crecimiento depende enteramente de vuestra dedicación, vuestra devoción, vuestra inspiración y vuestra habilidad para dirigir los asuntos del Señor en esta zona.

Ruego humildemente que el Espíritu y las bendiciones del Señor me guíen al hablaros; que podamos aprender nuestro deber y determinar su cumplimiento con toda diligencia. Hemos sido grandemente inspirados y estimulados por los hermanos que nos han hablado esta mañana, y estoy seguro de que estamos más decididos que nunca a cumplir con nuestro deber como poseedores del sacerdocio, y como cabezas de familia, ayudarle a la nuestra a aprender y a vivir el evangelio como nos ha sido revelado en estos últimos días.

Esta mañana quisiera hablaros acerca de las entrevistas y la responsabilidad en el trato con el transgresor. Nuestro cometido primordial es el de salvar almas. Es muy importante que nosotros, como directores, presidentes de misión, presidentes de distrito, presidentes de rama, presidentes de estaca, obispos de barrios y liderismo en general, hagamos saber a los miembros que sin duda alguna estamos interesados en ellos y en su bienestar. Hacedles saber que los amamos, y estamos preparados para ayudarles en cualquier forma posible con los problemas que puedan tener; que estamos interesados en darles valor, fortalecerlos, estimularlos y dotarlos de determinación para vivir de acuerdo a las enseñanzas del evangelio.

Deben comprender y saber que viviendo los principios del evangelio serán más felices, más amados y respetados, y desde todo punto de vista tendrán más éxito si tan sólo viven dignamente en su condición de miembros de la Iglesia, y magnifican su sacerdocio y llamamientos. Mantenedles activamente embarcados en buenas causas estimulándolos y ayudándoles a prepararse para cumplir con misiones. Enseñadles la importancia y las bendiciones que vienen como consecuencia de pagar el diezmo, guardar la Palabra de Sabiduría estrictamente, guardar el día de reposo sagrado, conservarse limpios moralmente, lo serio del gran pecado de transgresión sexual y las consecuencias que por ello deben pagarse. Esto se aplica a todos los presentes aquí al igual que a aquellos sobre quienes hemos sido llamados a presidir.

Es sumamente importante que conozcamos y mostremos un interés genuino por nuestra juventud, jóvenes y señoritas, a todos y cada uno de ellos. Conoced sus nombres, buscad la forma de entender a cada uno de ellos individualmente y conversad con ellos a menudo reconociendo sus logros. Prestad atención especial a los descarriados. Ellos deben saber que los amamos aun cuando no podemos considerar sus pecados con el más mínimo grado de tolerancia. (Véase D. y C. 1:31.)

Cuando entrevistaba a un joven que había sido recomendado para obispo, le pregunté si amaba a todos los jóvenes de su barrio. Respondió: «A la mayoría de ellos.» Le dije entonces: «Cuando usted esté en condiciones de decirme que ama a cada uno de ellos, estaré listo para ordenarlo y apartarlo para presidir este barrio». Seguir leyendo

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Liderismo

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Liderismo
por el élder Franklin D. Richards
Ayudante del Consejo de los Doce

Franklin D. RichardsMis queridos hermanos y hermanas:

Considero un verdadero privilegio y honor el reunirme con líderes del sacerdocio en esta hora de devoción.

Oro para que el Espíritu del Señor me dirija en las cosas que voy a deciros y que vuestra mente y corazón sean receptivos a este espíritu.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una Iglesia mundial y siendo que la Iglesia crece en forma tan acelerada, hay y habrá una gran necesidad de líderes.

Ya que ésta es una reunión de líderes del sacerdocio, pienso que sería apropiado discutir acerca del liderismo: nuestro desafío de hoy.

Haciendo referencia a nuestros llamamientos, el profeta José Smith dijo: «Todo hombre que recibe el llamamiento de ejercer su ministerio a favor de los habitantes del mundo, fue ordenado precisamente para ese propósito en el gran concilio celestial antes que este mundo fuese.» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 453, 12 de mayo de 1844)

En la existencia premortal nosotros teníamos nuestro libre albedrío y estoy seguro de que aceptamos allá estos llamamientos que tenemos ahora aquí en la tierra. El Señor no nos impulsó a aceptar estos llamamientos ni nos impondrá el magnificarlos, pero debemos apreciar la importancia y la divinidad de los mismos.

Haciendo nuevamente énfasis en la importancia de cumplir con nuestros llamamientos, permitidme leeros una parte de las palabras de Oliverio Cowdery dirigidas al Primer Consejo de los Doce:

«Hermanos, vosotros habéis sido ordenados al santo sacerdocio; lo habéis recibido de aquellos que recibieron el poder y la autoridad de un ángel; vosotros debéis predicar el evangelio a toda nación. Grande será la condenación si sólo cuidáis a un mínimo grado vuestras obligaciones; cuanto más grande el llamamiento, más grande la transgresión. Yo, por lo tanto, os alerto a que cultivéis una gran humildad, porque conozco el orgullo del corazón de los hombres. Cuidaos, no sea que los lisonjeros del mundo os envuelvan; cuidaos, no sea que vuestros afectos sean cautivados por cosas del mundo. Dejad qué vuestro ministerio sea primero. Recordad que las almas de los hombres os son encomendadas, y que si cumplís con vuestro llamamiento, siempre progresaréis. (Tomado de Autobiography of Parley P. Pratt, página 122.)

Este mandato hace nuevamente énfasis en la importancia de los llamamientos de liderismo. Seguir leyendo

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El sacerdocio: el gobierno de Dios y el poder del cielo

9 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
El sacerdocio: el gobierno de Dios y el poder del cielo
por el élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce Apóstoles

Delbert L. Stapley.Queridos hermanos: El sacerdocio es el poder de Dios delegado al hombre mediante el cual éste puede obrar legítimamente en la tierra para la salvación de la familia humana. Dicha autoridad no se asume ni se deriva de generaciones pasadas. Es una autoridad que se ha restaurado en la tierra en esta última dispensación del evangelio. El sacerdocio es el gobierno de Dios, tanto en la tierra como en los cielos, y por medio de este divino poder del sacerdocio se conservan y se sostienen todas sus obras; dirige todas las cosas, gobierna todas las cosas.

El sacerdocio es eterno, sin principio de días ni fin de años. Si este poder no está sobre la tierra, no puede haber Iglesia verdadera de Cristo. La pérdida del sacerdocio causaría que la autoridad y la revelación de Dios cesaran entre los hombres. El establecimiento de la Iglesia de Dios sobre la tierra siempre ha venido acompañado de revelaciones que declaran la disposición y la voluntad del Señor concernientes al funcionamiento correcto de su reino. Sin el sacerdocio, cualquier iglesia existente sería de los hombres y no de Dios.

Con el sacerdocio, el hombre colabora con Dios, siendo llamado divinamente a cargos de responsabilidad en la obra de salvar y exaltar a los hijos del Señor.

A veces nos referimos a: “magnificar el sacerdocio.» Seguramente, al referirse a esto los oradores, han tenido en mente los oficios y los llamamientos del sacerdocio. En realidad, no es el sacerdocio lo que magnificamos, sino los oficios y los llamamientos del mismo. El sacerdocio mismo no se puede engrandecer, simplemente porque no hay ninguna otra autoridad ni poder superior a él en el universo. Magnificar quiere decir intensificar, aumentar el significado, engrandecer y hacer que se considere con mayor estimación o respeto.

El presidente Joseph F. Smith dijo:

«No hay oficio procedente de este sacerdocio que sea o que pueda ser mayor que el sacerdocio mismo. Es del sacerdocio que el oficio deriva su autoridad y poder. Ningún oficio da autoridad al sacerdocio. Ningún oficio aumenta el poder del sacerdocio, antes todos los oficios que hay en la Iglesia derivan su poder, su virtud y autoridad del sacerdocio» (Gospeí Doctrine, Joseph F. Smith, pág. 148).

Vosotros podéis revisar los cuatro libros canónicos de la Iglesia y no encontraréis declaración alguna sobre la «magnificación del sacerdocio» Este es el poder mediante el cual Dios crea y controla todas sus obras. No hay poder más grande, y el que Dios comparta su poder con todos sus hijos que lo poseen fielmente, constituye una bendición sagrada e inmensurable.

El apóstol Pablo afirmó: «. . . Por cuanto yo soy apóstol de los gentiles, honro mi ministerio» (Romanos 11:13. Cursiva agregada.)

Jacob, en sus enseñanzas al pueblo de Nefi, declara:

«. . . Yo, Jacob, según la responsabilidad que tengo ante Dios de magnificar mi oficio con seriedad… he sido diligente en el ejercicio de mi vocación. . .» (Jacob 2:2-3),

El presidente John Taylor hizo esta observación: «. . . El honor proviene de las obras, no del oficio, sino de una persona que magnifica su oficio y llamamiento» (Gospel Kingdom, página 133).

El sacerdocio funcionó por conducto de los siervos devotos de Dios en la Iglesia en el hemisferio occidental. El Libro de Mormón revela que por medio de su fidelidad pudieron lograr gran poder en el sacerdocio.

Explicando el juramento y convenio del sacerdocio, el profeta José Smith dijo: Seguir leyendo

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Sed limpios

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Sed limpios
por el presidente Spencer W. Kimball
Sesión de la juventud

Spencer W. KimballMis amados jóvenes, hermanos y hermanas:

Es una experiencia gozosa el estar aquí con vosotros. Amo a la juventud. Hemos estado en muchos lugares donde hemos hablado a grandes congregaciones de jóvenes. Al envejecer, más o menos seguimos cierta rutina; pero cuando somos jóvenes somos maleables, y encuentro que la juventud generalmente se siente dispuesta a aprender. También os encuentro muy perceptivos. Pienso que sois maravillosos.

Estos hermanos que os han dirigido la palabra antes de mí, os han dicho la verdad; sus sermones fueron excelentes. ¿Qué más podría yo decir aparte de corroborar todo lo que ellos han dicho? Han hablado de la virtud, el honor y la pureza; han hablado de la obra misional. Me gustaría agregar una o dos palabras a estos temas,

En lo que se refiere a la obra misional, nos sentimos desilusionados por el hecho de que tenemos muy pocos jóvenes de Sudamérica en el campo misional. En cada una de estas reuniones para la juventud, como también en las demás, observamos muchos jóvenes de aspecto bueno y saludable. El presidente Tuttle os ha dicho que os necesitamos.

Recordemos que el Señor Jesucristo creó la tierra y organizó el programa para ella. Él dijo que había que enviar personas por toda la faz de la tierra para predicar el evangelio. A los once apóstoles que quedaron, después que Judas hubo cometido su crimen, el Señor les mandó: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.»

Mientras nos dirigíamos hacia aquí esta noche, vimos las calles llenas de gente, entre ellos, miles de jóvenes de vuestra edad. Y yo dije al pasar por entre las multitudes: «Ojalá que todos pudieran estar esta noche con nosotros.» Estoy seguro de que necesitan lo que podríamos ofrecerles. Y necesitan lo que les podéis dar, pues la mayoría de vosotros habéis nacido y sido criados en la Iglesia, y por lo tanto, conocéis el programa. Y sabéis que nadie puede llegar a la cumbre de la felicidad a menos que viva de acuerdo con los mandamientos del Señor. El mundo necesita el evangelio.

Mi esposa y yo hemos recorrido el mundo y en todas partes hemos visto mucho sufrimiento. Sabemos que si las personas tuvieran el evangelio, no sufrirían en la misma forma; que los pobres se encontrarían en mejor posición económica, después de bautizarse en la Iglesia. Por supuesto, esto no ocurriría de repente, sino que el cambio vendría gradualmente.

A cada uno de los hombres que prevemos llegarán a ser líderes en las estacas y otras partes, le preguntamos: «¿Fuma usted alguna vez?» «¡Oh no!,» responden «¡No desde que me bauticé!» Imaginad todo el dinero que se ahorra una persona cuando no fuma. «¿Bebe usted de vez en cuando?», y contesta: «¡Oh no!; no desde que me bauticé en la Iglesia». «¿Anda usted a veces de juerga, y tiene algunas nociones falsas sobre la vida social?» y él responde: «Soy fiel a mi esposa; lo he sido desde que me bauticé en la Iglesia». Y agrega: «Voy directamente a mi casa después del trabajo, y todo el dinero que gano, lo gasto en mi familia.» Así es como debería ser en todas partes. Y si todo padre y toda madre cuidaran de sus niños de ese modo, podríamos enseñar el evangelio a todo el mundo. Seguir leyendo

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Influencia purificadora

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Influencia purificadora
por el élder A. Theodore Tuttle
del Primer Consejo de los Setenta

A. Theodore TuttleMis queridos hermanos y hermanas, juventud, esperanza de la Iglesia: Considero un gran privilegio el haber sido invitado a hablar en esta Sesión de la Juventud de la Conferencia General de Área en Buenos Aires. Veo reunidos en nuestra audiencia a jóvenes de Argentina, Uruguay y Paraguay así como de Chile.

Primero, quisiera hablaros a vosotros los jóvenes, pues hoy tengo un mensaje muy importante y específico que daros. Más adelante quisiera hablarles también a las jovencitas.

Jóvenes, desearía hablaros acerca de vuestra futura misión.

Cuando el Profeta de Dios declara que éste es el tiempo en que debemos apresurar nuestra marcha y aumentar nuestros esfuerzos misionales, es porque éste es el tiempo.

En una oportunidad hablé con un joven acerca de su misión. Él me dijo:

«No quiero ir.» Por lo cual le pregunté:

«¿Y eso qué tiene que ver? de todos modos te necesitamos.»

El presidente Kimball ha dicho que no tenemos ni la mitad de los misioneros necesarios. ¿No podéis ver que no importa si queréis ir o no? De todos modos os necesitamos. ¿Comprendéis lo que quiere decir ser necesarios? Los lazos de la hermandad se hacen más fuertes y más profundos en el campo de la misión. Aprenderéis a amar al compañero con quien os arrodilléis en oración diaria, a las personas con quienes os asociéis sin importar su raza ni condición social, y ellos a su vez os amarán a vosotros. Os amarán porque vosotros les habréis llevado el evangelio.

Los conversos siempre recuerdan a aquellos que les enseñaron el evangelio.

He oído a muchos conversos hablar casi en forma reverente acerca de nuestros misioneros. Imaginaos que haya personas que oren por vosotros. ¿Comprendéis lo que eso significa? Esto será siempre una influencia purificadora en vuestra vida.

Muchas personas de estos países están orando para recibir la verdad; vosotros sois los únicos que podéis llevársela. En la actualidad solamente 50 de vosotros estáis sirviendo en estas tres misiones, y hay aproximadamente 3.800 entre los 19 y los 25 años de edad que no han servido como misioneros. Necesitamos más; muchos más. El servicio misional es más importante que cualquier otra cosa; el matrimonio no le precede en importancia; los trabajos tampoco tienen prioridad; los estudios pueden ser interrumpidos para cumplir con este llamamiento.

Vuestra dignidad moral es la condición primordial, y no podemos permitirnos debilidad de carácter cuando lo que necesitamos es fortaleza espiritual. ¡Estudiad! Leed el Libro de Mormón; subrayad los versículos que son importantes.

Aprended a orar constantemente; arrodillaos cada mañana y cada noche, y estad en buenas relaciones con el Señor,

Cuando regreséis de la misión, seréis dos años mayores. Esta noche quizás penséis que eso no tenga demasiada importancia. Sin embargo, os aseguro que entonces habrá cambios significativos. Demorar el noviazgo y el matrimonio es una sabia decisión. Tal vez cambiéis de opinión en cuanto a la compañera; muchos lo hacen por decisión propia o de ella.

Aun cuando la misión no garantiza un matrimonio feliz y próspero, sí estabiliza muchas cosas en la vida, las cuales en verdad influyen en el matrimonio. La madurez que se adquiere en el campo misional capacita a los jóvenes y a las señoritas a ser mejores esposos y esposas. Seguir leyendo

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Señor, ¿qué quieres que yo haga?

8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Señor, ¿qué quieres que yo haga?
por el élder L. Tom Perry
del Consejo de los Doce

L. Tom PerryMis amados hermanos y hermanas:

Es muy emocionante para mí el estar con vosotros esta noche en esta gran reunión. Deseo expresaros cuánto os amamos, apreciamos, y cuánta confianza tenemos en vosotros, y en lo que haréis para edificar el reino de nuestro Padre Celestial. Me gustaría contaros una historia esta noche. Se encuentra en el libro de Hechos, donde se nos cuenta de uno de los cambios más dramáticos efectuados en un hombre respecto a sus sentimientos hacia el Salvador y su evangelio. No creo que en toda la historia del hombre haya relato de una transformación más completa de un hombre y sus ideas que la que le aconteció a Saulo. Allí consta:

«Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres en este camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.» (Hechos, 9:1-5).

El ver una luz enceguecedora y oír al Señor mismo reprochándole sus acciones debe haber sido una experiencia aterradora para un hombre rotundamente resuelto a encerrar bajo siete llaves a todos aquellos que sirvieran al Señor. No es maravilla entonces que temblando y aturdido dijese: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?» Yo supongo que su reacción es lo más natural que se puede esperar después de ser sorprendido por el Señor de tal manera. Y yo diría que a cada uno de nosotros nos gustaría hacer la misma pregunta al Señor—»Señor, ¿qué quieres que yo haga?»

Estoy seguro de que las instrucciones dadas a Saulo, y el proceso al cual él se tuvo que someter, son muy semejantes a los requeridos por Dios en la actualidad. El Señor le mandó «Levántate y entra en la ciudad» y allí le sería indicado lo que debía de hacer. Para cerciorarse de que Saulo había comprendido el mensaje, el Señor hizo que éste se sintiera atemorizado y que no pudiera ver. Más se levantó de la tierra en donde había caído, y pidió a sus compañeros de camino que lo llevaran a Damasco.

Allí pasó tres días, sin vista y sin poder comer ni beber. Pero el Señor no le dejó en esta condición, pues una senda se había preparado para él. El Señor habló a Ananías, uno de sus discípulos, a quien mandó que se levantara y fuera a una calle que se llamaba Derecha, y allí preguntara por Saulo. Esta petición inquietó profundamente a Ananías, ya que él sabía que Saulo estaba determinado a eliminar a todos aquellos que seguían al Salvador. Sin embargo, obedientemente siguió las instrucciones dadas por el Señor y entró en la casa donde Saulo estaba, y colocando sus manos sobre él dijo: «… el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado.» (Hechos 9:17-18.) Seguir leyendo

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