Hija de Dios bajo convenio

Hija de Dios bajo convenioNoviembre de 2014 Liahona
Por Jean A. Stevens
Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria

Cuando las hijas de Dios se concentran en el templo y en sus convenios sagrados, Dios puede enviar bendiciones en forma personal y poderosa.

Queridas hermanas, las saludo con mucho amor. Dondequiera que estén en este momento, espero que sientan el amor del Señor por ustedes personalmente y que el Espíritu testifique a su corazón el mensaje que acaba de cantar este hermoso coro. Agrego mi testimonio al de ellas: Yo sé que vive mi Señor y que nos ama a cada una de nosotras.

Esta noche nos reunimos como hijas de Dios bajo convenio. Nuestra edad, circunstancias y personalidades no nos pueden separar, porque ante todo somos Suyas y hemos hecho convenio de recordar siempre a Su Hijo.

El poder de ese convenio individual me tocó el corazón hace unas tres semanas, cuando asistí a un servicio bautismal. Ante mí había ocho niños hermosos sentados en reverente expectativa porque al fin había llegado su día especial. Pero al contemplar sus rostros felices, no vi sólo a un grupo de niños, sino que los vi como pienso que el Señor los vería: en forma individual. Vi a Emma, a Sophia y a Ian, a Logan y a Aden, a William, a Sophie y a Micah. Cada convenio bautismal se realiza uno a la vez. Cada uno, vestido de blanco, estaba listo y dispuesto con todo el deseo que se tiene a los ocho años para hacer su primer convenio con Dios.

Reflexionen en el día de su propio bautismo. Ya sea que recuerden muchos detalles o sólo unos pocos, traten de sentir ahora la importancia del convenio que hicieron individualmente. Se las llamó por su nombre, se las sumergió en el agua, y salieron como hijas de Dios, hijas del convenio dispuestas a llevar el nombre de Su Hijo, con la promesa de seguirle y de guardar Sus mandamientos.

Los convenios con Dios nos ayudan a saber quiénes somos en verdad. Nos conectan con Él de manera personal mediante los cuales podemos sentir lo que valemos para Él y nuestro lugar en Su reino. De una forma que no podemos comprender plenamente, Él nos conoce y nos ama individualmente. Piensen en eso: cada una de nosotras tiene un lugar en Su corazón. Él desea que elijamos el sendero que nos lleve de regreso a Su lado.

A pesar de lo esencial y significativo que es el convenio del bautismo, es sólo el comienzo: es la puerta que nos coloca en el sendero hacia la vida eterna. Más adelante en nuestra trayectoria se harán convenios en el templo y se recibirán ordenanzas del sacerdocio. Tal como nos recuerda el élder David A. Bednar: “Al estar en las aguas del bautismo, tornamos nuestra vista hacia el templo”1. Seguir leyendo

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Preparados de una manera como nunca se había conocido

Preparados de una manera como nunca se había conocidoNoviembre de 2014 Liahona
Por Linda K. Burton
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Ruego que nos preparemos para recibir de manera digna las ordenanzas salvadoras gota a gota y que guardemos los convenios relacionados con ellas con todo el corazón.

Cuando nuestra hija menor regresó a casa después de su primer día de escuela, le pregunté: “¿Cómo te fue?”.

Ella respondió: “Bien”.

Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando la desperté para ir a la escuela, se cruzó de brazos y dijo con firmeza: “¡Ya fui a la escuela!”. Aparentemente yo no la había preparado o no le había explicado que ir a la escuela no era algo que se hace sólo una vez, sino que tenía que ir a la escuela cinco días a la semana por muchos, muchos años.

Al considerar el principio de estar preparados, imaginemos la siguiente escena: Están sentados en el salón celestial del templo y observan a las novias y a los novios que entran y salen reverentemente mientras esperan para casarse por el tiempo y por toda la eternidad. Una novia entra en el salón celestial, tomada de la mano de su novio. Lleva puesto un vestido sencillo pero hermoso y una sonrisa serena, cálida y simpática en el rostro. Está bien arreglada, pero sin llamar la atención; toma asiento, mira a su alrededor, y de pronto la embarga la emoción. Parece que sus lágrimas son el resultado del asombro y de la reverencia que tiene por el lugar en el que se encuentra así como por la sagrada ordenanza que le espera a ella y al amor de su vida. Su comportamiento parece decir: “¡Cuán agradecida estoy por estar en la Casa del Señor hoy, lista para empezar una jornada eterna con un amado compañero eterno!”. Parece estar preparada para mucho más que sólo un acontecimiento.

Hace poco, nuestra preciosa nieta adolescente me dejó una nota sobre la almohada que en una parte decía: “Una cosa que me impresiona cuando entro al templo es el espíritu de paz y amor que reina allí… La gente puede ir al templo a recibir inspiración”1. Ella tiene razón. Podemos recibir inspiración y revelación en el templo, así como el poder para sobrellevar las adversidades de la vida. Lo que ella aprenda sobre el templo conforme participe de forma constante al llevar los nombres de sus propios familiares para realizar bautismos y confirmaciones la preparará para recibir otras ordenanzas, convenios y bendiciones tanto para ella como para aquellos que se encuentran al otro lado del velo. Seguir leyendo

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Vengan y vean

Vengan y veanNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conferencia general octubre 2014

La Iglesia de Jesucristo siempre ha sido, y siempre será, una iglesia misional.

Mi mensaje va dirigido específicamente a personas que no son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Abordaré una pregunta fundamental que muchos de ustedes podrían tener: “¿Por qué los Santos de los Últimos Días están tan ansiosos por hablarme de lo que creen e invitarme a saber acerca de su Iglesia?”.

Ruego que el Espíritu del Señor me ayude a comunicarme con eficacia, y a ustedes a entender claramente mi respuesta a esta importante pregunta.

Un mandato divino

Los devotos discípulos de Jesucristo siempre han sido, y siempre serán, misioneros valientes. Un misionero es un seguidor de Cristo que testifica de Él como el Redentor y proclama las verdades de Su Evangelio.

La Iglesia de Jesucristo siempre ha sido, y siempre será, una iglesia misional. Cada miembro de la Iglesia del Salvador ha aceptado la obligación solemne de contribuir al cumplimiento del mandato divino que el Señor dio a Sus apóstoles, según consta en el Nuevo Testamento:

“Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:19–20).

Los Santos de los Últimos Días toman seriamente la responsabilidad de enseñar a todas las personas, en todas las naciones, acerca del Señor Jesucristo y de Su Evangelio restaurado. Creemos que en los últimos días el Salvador restableció sobre la Tierra la misma Iglesia que Él fundó en la antigüedad. La doctrina, los principios, la autoridad del sacerdocio, las ordenanzas y los convenios de Su Evangelio se hallan actualmente en Su Iglesia.

Cuando los invitamos a asistir a la Iglesia con nosotros o a aprender con los misioneros de tiempo completo, no estamos tratando de venderles un producto. Los miembros de la Iglesia no recibimos premios ni puntos extra en un concurso celestial; no procuramos simplemente aumentar el número de miembros de la Iglesia; y lo que es más importante, no intentamos obligarlos a creer en lo que nosotros creemos. Los invitamos a oír las verdades restauradas del evangelio de Jesucristo a fin de que las estudien, las mediten, oren y lleguen a saber por sí mismos si lo que estamos compartiendo con ustedes es verdad.

Algunos de ustedes tal vez digan: “Pero yo ya creo en Jesús y sigo Sus enseñanzas”, o “No estoy seguro de que Dios exista”. Nuestras invitaciones no buscan restarle importancia a sus tradiciones religiosas ni a sus experiencias de la vida. Traigan consigo todo lo que sepan que es verdadero, bueno y digno de alabanza, y pongan a prueba nuestro mensaje. Así como Jesús invitó a dos de Sus discípulos a venir y ver (véase Juan 1:39), los instamos a que vengan y vean si el evangelio restaurado de Jesucristo aumenta y enriquece aquello que ustedes ya saben que es verdad.

De hecho, consideramos una responsabilidad solemne el llevar este mensaje a toda nación, reino, lengua y pueblo, y eso es precisamente lo que hacemos en la actualidad con los más de 88.000 misioneros de tiempo completo que sirven en más de 150 países soberanos de todo el mundo. Estos extraordinarios hombres y mujeres ayudan a los miembros de nuestra Iglesia a cumplir con la responsabilidad divina e individual que tiene cada uno de nosotros de proclamar el evangelio sempiterno de Jesucristo (véase D. y C. 68:1).

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No [traten] con liviandad las cosas sagradas.

No [traten] con liviandad las cosas sagradas.Noviembre de 2014 Liahona
Por el élder Larry S. Kacher
De los Setenta
Conferencia general octubre 2014

Examinen sus decisiones haciéndose esta pregunta: “¿Están mis decisiones firmemente asentadas en la rica tierra del evangelio de Jesucristo?”.

Hermanos y hermanas, las decisiones que tomamos en esta vida afectan enormemente el curso de nuestra vida eterna. Hay fuerzas visibles así como invisibles que influyen en nuestras decisiones. Aprendí esto hace unos cinco años, de un modo que podría haber sido devastador.

Viajaba con mi familia y unos amigos por el sur de Omán; decidimos descansar en una playa en la costa del Océano Índico. Poco después de llegar, Nellie, nuestra hija de dieciséis años, preguntó si podía nadar hasta lo que pensó que era un banco de arena. Al observar las agitadas aguas le dije que yo iría primero, ya que pensé que podría haber corrientes peligrosas.

Después de nadar durante un rato, llamé a mi esposa en voz alta para saber si estaba cerca del banco de arena; su respuesta fue: “Ya te lo has pasado”. Sin darme cuenta, me había quedado atrapado en la contracorriente1 que me arrastraba rápido mar adentro.

No sabía qué hacer. Lo único que podía pensar era en dar la vuelta y volver nadando hacia la costa, que es exactamente lo que no se debe hacer. Me sentía impotente. Fuerzas fuera de mi control me arrastraban lejos mar adentro y, lo que es peor, mi esposa, confiando en mi decisión, me había seguido.

Hermanos y hermanas, pensé que muy probablemente no sobreviviría y que, debido a mi decisión, causaría la muerte de mi esposa también. Tras un enorme esfuerzo y lo que creo que fue intervención divina, nuestros pies tocaron de algún modo el fondo arenoso y pudimos regresar a salvo con nuestros amigos e hija.

La vida terrenal está llena de corrientes, algunas de ellas seguras y otras no. El presidente Spencer W. Kimball enseñó que en nuestra vida hay fuerzas poderosas, parecidas a las corrientes invisibles del océano2. Esas fuerzas son reales y nunca debemos ignorarlas.

Permítanme hablarles de otra corriente, una corriente divina que ha llegado a ser una gran bendición en mi vida. Yo soy converso a la Iglesia. Antes de mi conversión, la ambición de mi vida era esquiar así que, cuando acabé la escuela secundaria, me fui a Europa a cumplir ese deseo. Tras unos meses de lo que parecía una vida ideal, sentí que debía irme. En aquel momento no entendía de dónde venía esa impresión, pero decidí seguirla. Acabé en Provo, Utah con algunos amigos que, como yo, eran miembros de otra religión. Seguir leyendo

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Nuestros ministerios personales

Nuestros ministerios personalesNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder Hugo E. Martínez
De los Setenta
Conferencia general octubre 2014

El amor de Jesucristo nos debe guiar a ser sensibles a las necesidades de los que podemos ayudar de alguna manera.

En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se nos brinda la oportunidad y bendición personal de servir. Desde que soy miembro, lo he podido hacer de muchas maneras. En palabras que solía citar a menudo el hermano Udine Falabella, padre del élder Enrique R. Falabella: “El que sirve, sirve; el que no sirve, no sirve”. Son palabras que debemos poner en nuestras mentes y nuestros corazones.

Al buscar guía durante mi servicio, he encontrado consuelo al recordar la manera en la que el Salvador se enfoca en el individuo y en la familia. Es el amor y la tierna atención del Salvador por el individuo, lo que me ha hecho saber que Su labor contempla el inestimable valor de cada uno de los hijos de nuestro Padre Celestial, y la vital importancia de asegurarnos de que el evangelio de Jesucristo ministra y fortalece al individuo.

En las Escrituras leemos:

“Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios…

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días… y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre”1.

Cada una de las almas es de gran valor para Dios, pues somos Sus hijos y tenemos el potencial de ser como Él es2.

El amor de Jesucristo nos debe guiar a ser sensibles a las necesidades de los que podemos ayudar de alguna manera. La forma de prestar ayuda es según las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. Ese es el inicio de nuestro ministerio personal: averiguar la necesidad y luego atenderla. Como dijo la hermana Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, “Primero observa; luego sirve”3.

El presidente Thomas S. Monson es un gran ejemplo de ese principio. En enero del 2005 presidió una conferencia de liderazgo del sacerdocio en Puerto Rico, y demostró esa manera del Salvador y de Sus siervos de servir en un ministerio personal. Luego de terminar esa reunión maravillosa, el presidente Monson comenzó a saludar a todos los líderes del sacerdocio presentes. De repente, se percató que había uno de ellos que observaba todo eso a distancia, en soledad.

El presidente Monson se alejó del grupo, caminó hasta donde estaba ese hermano y le habló. José R. Zayas, conmovido, expresó que era un milagro que se hubiese acercado a él, en contestación a oraciones que él y su esposa Yolanda hicieron antes de la reunión. Le contó de una grave situación de salud de su hija y le dijo que tenía una carta de parte de su esposa, que ella le había dado para que se la entregase. El hermano Zayas le había dicho a ella que no iba a poder tener la oportunidad de hacerlo, ya que el presidente estaría demasiado ocupado. El presidente Monson le escuchó y le pidió la carta, la cual leyó en silencio. Luego la guardó en el bolsillo de su saco y le dijo que él se encargaría de su petición. Seguir leyendo

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El Señor tiene un plan para nosotros!

¡El Señor tiene un plan para nosotros!Noviembre de 2014 Liahona
Por el élder Carlos A. Godoy
De los Setenta
Conferencia general octubre 2014

Si continuamos viviendo como lo estamos haciendo, ¿se cumplirán las bendiciones prometidas?

Qué privilegio ser parte de este momento histórico en que los discursantes de la conferencia general tienen la opción de hablar en su idioma materno. La última vez que hablé desde este púlpito, me preocupaba mi acento en inglés; ahora me preocupa la velocidad de mi portugués. No quiero hablar más rápido que los subtítulos.

Todos hemos tenido o tendremos momentos de grandes decisiones en la vida. ¿Debo seguir esta carrera o la otra? ¿Debo prestar servicio en una misión? ¿Es ésta la persona con la que me debo casar?

Éstas son situaciones en diferentes áreas de nuestra vida en las que un pequeño cambio de dirección puede tener consecuencias significativas en el futuro. Tal como dijo el presidente Dieter F. Uchtdorf: “A lo largo de años de servicio al Señor… he aprendido que la diferencia que existe entre la felicidad y la amargura de las personas, de los matrimonios y de las familias muchas veces se debe a un error de sólo unos grados” (“Cuestión de sólo unos grados”, Liahona, mayo de 2008, pág. 58).

¿Cómo podemos evitar esos pequeños errores de cálculo?

Me valdré de una experiencia personal para ilustrar mi mensaje.

A finales de la década de 1980, nuestra joven familia se componía de mi esposa, Mônica, dos de nuestros cuatro hijos, y yo. Vivíamos en São Paulo, Brasil, yo trabajaba para una buena compañía, había terminado mis estudios universitarios y hacía poco que había sido relevado como obispo del barrio en el que vivíamos. La vida era buena y todo parecía ser como debía, hasta que un día un amigo de hacía muchos años llegó a visitarnos.

Al final de la visita, hizo un comentario y preguntó algo que perturbó mis convicciones. Me dijo: “Carlos, todo parece ir bien contigo, con tu familia, tu carrera y tu servicio en la Iglesia, pero” —y luego siguió la pregunta— “si continúas viviendo como lo estás haciendo, ¿se cumplirán las bendiciones que se prometen en tu bendición patriarcal?”.

Nunca había considerado mi bendición patriarcal de esa manera. La leía de vez en cuando, pero nunca con la intención de tener la mira en las bendiciones prometidas para el futuro y evaluar la forma en que estaba viviendo en el presente.

Después de su visita, volqué la atención a mi bendición patriarcal, preguntándome: “Si continuamos viviendo como lo estamos haciendo, ¿se cumplirán las bendiciones prometidas?”. Tras meditar, sentí que era necesario realizar algunos cambios, especialmente en relación con mi formación académica y mi profesión. Seguir leyendo

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Haz del ejercicio de tu fe tu mayor prioridad

Haz del ejercicio de tu fe tu mayor prioridadNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conferencia general octubre 2014

A pesar de todos los problemas que tengamos, debemos dedicar tiempo a ejercer activamente nuestra fe.

Cuando Adán y Eva se encontraban en el Jardín de Edén, tenían en abundancia todo lo que necesitaban para su sustento diario. No tenían dificultades, problemas ni dolor. Como nunca habían pasado por tiempos difíciles, no sabían que podían ser felices; nunca habían sufrido tribulaciones, así que no podían sentir paz.

Con el tiempo, Adán y Eva transgredieron el mandamiento de no comer del fruto del árbol del bien y del mal. Al hacerlo, no estaban más en un estado de inocencia y empezaron a experimentar los principios de la oposición. Enfermaron, se deterioró su salud y comenzaron a sentir tanto tristeza como felicidad.

Al comer del fruto prohibido, Adán y Eva supieron que en el mundo existía el bien y el mal. Su decisión hizo posible que cada uno de nosotros viniera a esta tierra para ser probado1. Se nos bendijo con el albedrío, que es la capacidad de tomar decisiones y llegar a ser responsables de ellas. La Caída hizo posible que sintiéramos tanto felicidad como tristeza en la vida. Al sufrir tribulaciones, nos es posible comprender la paz2.

Nuestro Padre Celestial sabía que eso sucedería; es parte de Su perfecto plan de felicidad. Él preparó la manera, mediante la vida de Su perfectamente obediente Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, para que mediante Su expiación venciéramos cualquier dificultad que tuviéramos en la vida terrenal.

Vivimos en tiempos difíciles. No necesito enumerar todas las fuerzas del mal en el mundo; no es necesario describir todos los posibles problemas y aflicciones que son parte de la vida terrenal. Cada uno de nosotros es consciente de sus propias luchas contra la tentación, el dolor y la tristeza.

En la vida premortal se nos enseñó que el propósito de venir aquí era para ser probados y tener oportunidad de crecer3. Sabíamos que afrontaríamos las maldades del adversario. A veces percibimos más las cosas negativas de la vida terrenal que las positivas. El profeta Lehi enseñó: “porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas”4. A pesar de todos los problemas que tengamos, debemos dedicar tiempo a ejercer activamente nuestra fe. Ello traerá a nuestra vida el poder positivo y lleno de fe de la expiación de Jesucristo.

Nuestro Padre Celestial nos ha dado las herramientas para ayudarnos a venir a Cristo y ejercer fe en Su expiación. Cuando esas herramientas se convierten en costumbres básicas, proporcionan la manera más fácil de encontrar paz en medio de las dificultades de la vida terrenal. Hoy quisiera analizar cuatro de esas herramientas. Mientras hablo, podrías evaluar la manera en que usas cada una de ellas; después, busca la guía del Señor para determinar cómo podrías utilizarlas mejor. Seguir leyendo

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Permanezcan en el bote y sujétense!

Conferencia General Octubre 2014

¡Permanezcan en el bote y sujétense!

Por el élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Si nos mantenemos centrados en el Señor, se nos promete una bendición incomparable.

Hace poco, un amigo mío llevó a su hijo en un viaje por el río Colorado que atraviesa el cañón de la Catarata, ubicado en el sureste de Utah. El cañón es famoso por los 23 km de rápidos que pueden ser particularmente peligrosos.

Al prepararse para esa aventura, habían consultado minuciosamente el sitio web del Servicio de Parques Nacionales, el cual contiene información importante sobre la preparación personal y los peligros comunes y ocultos.

Al inicio del viaje, un experto guía explicó las importantes instrucciones de seguridad, haciendo hincapié en tres reglas que asegurarían el viaje a salvo del grupo a través de los rápidos. “Regla número uno: ¡permanezcan en el bote! Regla número dos: ¡siempre lleven puesto un chaleco salvavidas! Regla número tres: ¡siempre sujétense con ambas manos!”. Después volvió a repetir, incluso con mayor énfasis: “Sobre todo, recuerden la regla número uno: ¡permanezcan en el bote!”.

Esta aventura me recuerda nuestro trayecto terrenal. La mayoría de nosotros pasamos por períodos donde apreciamos las aguas tranquilas de la vida. Otras veces, encontramos rápidos que, en sentido figurado, se comparan a los que se encuentran en ese tramo de 23 km por el cañón de la Catarata; desafíos que quizás incluyan problemas de salud física y mental, la muerte de un ser querido, sueños y esperanzas destruidos y, para algunos, incluso una crisis de fe al afrontar los problemas, interrogantes y dudas de la vida.

En Su bondad, el Señor ha proporcionado ayuda, incluso un bote, abastecimientos esenciales como un chaleco salvavidas, y guías expertos que brindan orientación e instrucciones de seguridad para ayudarnos a avanzar por el río de la vida a nuestro destino final. Seguir leyendo

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Examina la senda de tus pies

Examina la senda de tus piesNoviembre de 2014 Liahona
Por el presidente Thomas S. Monson
Conferencia general octubre 2014

Al mirar a Jesús como nuestro Ejemplo y al seguir Sus pasos, podemos regresar con seguridad a nuestro Padre Celestial.

Mis queridos hermanos y hermanas, me siento humilde al estar ante ustedes esta mañana. Pido su fe y sus oraciones mientras comparto con ustedes mi mensaje.

Todos iniciamos un viaje maravilloso y esencial cuando partimos del mundo de los espíritus y entramos en esta etapa, a veces difícil, llamada la vida mortal. Los propósitos primordiales de nuestra existencia en la Tierra son obtener un cuerpo de carne y huesos, ganar experiencia que sólo se adquiere al estar separados de nuestros padres celestiales y ver si obedeceremos los mandamientos. En el libro de Abraham, capítulo 3 leemos: “…y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”1.

Cuando vinimos a la Tierra, llegamos con ese gran don de Dios que es el albedrío. En infinidad de formas tenemos el privilegio de escoger por nosotros mismos. Aquí aprendemos del estricto capataz de la experiencia; discernimos entre el bien y el mal; distinguimos lo amargo de lo dulce; aprendemos que las decisiones que tomamos determinan nuestro destino.

Estoy seguro de que al dejar a nuestro Padre teníamos el deseo intenso de regresar a Su lado para obtener la exaltación que Él planeó para nosotros y que nosotros tanto queríamos. Aunque tenemos que hallar y seguir la senda que nos lleve de regreso a nuestro Padre Celestial, Él no nos dejó sin guía ni dirección, sino que nos ha dado las herramientas necesarias, y nos asistirá conforme procuremos Su ayuda y nos esforcemos al máximo por perseverar hasta el fin y obtener la vida eterna.

Para ayudar a guiarnos contamos con las palabras de Dios y de Su Hijo en las Santas Escrituras; tenemos el consejo y las enseñanzas de los profetas de Dios. De suprema importancia es que se nos ha brindado un ejemplo perfecto para seguir, el de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y se nos ha instruido que sigamos ese ejemplo. El Salvador mismo dijo: “…ven, sígueme”2. “…las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis”3. Él planteó la pregunta: “…¿qué clase de hombres habéis de ser?”, y luego contestó: “…En verdad os digo, aun como yo soy”4. Él marcó la senda y nos guio5.

Al considerar a Jesús como nuestro Ejemplo y al seguir Sus pasos, podremos regresar a salvo a nuestro Padre Celestial para vivir con Él para siempre. Dijo el profeta Nefi: “…a menos que el hombre persevere hasta el fin, siguiendo el ejemplo del Hijo del Dios viviente, no puede ser salvo”6. Seguir leyendo

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La Santa Cena y la Expiación

La Santa Cena y la ExpiaciónNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder James J. Hamula
De los Setenta
Conferencia general octubre 2014

La ordenanza de la Santa Cena debe convertirse en algo más santo y sagrado para cada uno de nosotros.

En la víspera a los acontecimientos que ocurrieron en Getsemaní y en el Calvario, Jesús reunió a Sus apóstoles por última vez para adorar. El lugar fue el aposento alto de la casa de un discípulo en Jerusalén; y era la época de la Pascua1.

Participarían de la tradicional cena de Pascua, que constaba del cordero expiatorio, vino y pan sin levadura, emblemas de la antigua salvación de Israel de la esclavitud y la muerte2, así como de una futura redención aún por cumplirse3. Al aproximarse el final de la cena, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió4 y lo dio a Sus apóstoles, diciendo: “Tomad, comed”5. “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí”6. De manera similar, tomó la copa de vino, la bendijo y la pasó a los que lo rodeaban, diciendo: “Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre”7 “que… es derramada para remisión de los pecados”8. “Haced esto en memoria de mí”9.

De ese modo sencillo y a la vez profundo, Jesús instituyó una nueva ordenanza para el pueblo del convenio de Dios. Ya no se derramaría sangre animal ni se consumiría carne animal a la espera de un sacrificio redentor de un Cristo que todavía estaba por venir10; en vez de ello, se tomarían y comerían emblemas de la carne partida y de la sangre derramada del Cristo que ya había venido, en memoria de Su sacrificio redentor11. La participación en esa nueva ordenanza manifestaría a todos una solemne aceptación de Jesús como el Cristo prometido y una voluntad plena de seguirle y guardar Sus mandamientos. Para quienes así lo expresaran y vivieran, la muerte espiritual “pasaría” de ellos y tendrían la vida eterna asegurada.

En las horas y días que siguieron, Jesús entró en Getsemaní, fue llevado al Calvario y abandonó triunfalmente la tumba de José de Arimatea. Después de la partida de Jesús, Sus fieles discípulos de Jerusalén y los alrededores, se reunieron el primer día de la semana para “partir el pan”12, y “perseveraban”13 en ello. Ciertamente, no lo hacían únicamente en memoria de su Señor ausente, sino también para expresar gratitud y fe en la maravillosa Redención que Él efectuó por ellos. Seguir leyendo

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La vida eterna es conocer a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo

Conferencia General Octubre 2014
La vida eterna es conocer a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo
Por el élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dios y Cristo literalmente son Padre e Hijo: seres separados, distintos e individuales que tienen una total unidad en Su propósito.

Hace muchos años estudié los testimonios finales de los profetas de cada dispensación. Cada uno dio un testimonio poderoso de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo.

A través de los años, al leer esos testimonios y muchos similares, siempre me ha conmovido percibir la profundidad del amor del Padre Celestial por Su Hijo mayor y cómo Jesús demuestra Su amor mediante Su obediencia a la voluntad de Su Padre. Testifico que cuando hacemos lo necesario para conocerlos y conocer Su amor mutuo, obtendremos “el mayor de todos los dones de Dios”, o sea, la vida eterna1. Porque “ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”2.

¿Cómo podemos hacer que ese don sea nuestro? Viene como un asunto de revelación personal, de lo cual se ha hablado y enseñado esta mañana.

¿Recuerdan la primera vez que supieron que Dios existía y pudieron sentir Su amor? Cuando yo era niño, solía mirar el cielo estrellado y meditar y sentir Su presencia. Me emocionaba explorar la magnífica belleza de las creaciones de Dios: desde los insectos pequeños hasta los altos árboles. Al reconocer la belleza de esta Tierra, sabía que mi Padre Celestial me amaba. Sabía que yo literalmente era de progenie espiritual, que todos somos hijos e hijas de Dios.

¿Cómo lo supe?, podrían preguntar. En las Escrituras se enseña: “A algunos el Espíritu Santo da a saber que Jesucristo es el Hijo de Dios, y… a otros les es dado creer en las palabras de aquéllos, para que también tengan vida eterna, si continúan fieles”3. Desde mi punto de vista, eso no significa que algunas personas dependerán para siempre del testimonio de otros.

Mi propio testimonio creció conforme aprendía acerca del Padre Celestial y el Salvador por las enseñanzas y el testimonio de mis padres, maestros, las Escrituras—las cuales leo con diligencia—y especialmente el Espíritu Santo. Al ejercer la fe y al obedecer los mandamientos, el Espíritu Santo testificó que lo que estaba aprendiendo era verdad. Fue así que llegué a saber por mí mismo.

En ese proceso, buscar la revelación personal es la clave. Nefi nos invita a cada uno: “Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer”4. Seguir leyendo

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Vivir de acuerdo con las palabras de los profetas

Vivir de acuerdo con las palabras de los profetasNoviembre de 2014 Liahona
Por Carol F. McConkie
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes
Conferencia general octubre 2014

Para estar en armonía con los propósitos divinos del cielo, sostenemos al profeta y escogemos vivir de acuerdo con sus palabras.

Nuestro Padre Celestial ama a todos Sus hijos y desea que ellos sepan y comprendan Su plan de felicidad. Por lo tanto, llama a profetas, quienes han sido ordenados con poder y autoridad para actuar en el nombre de Dios para la salvación de Sus hijos. Son mensajeros de rectitud, testigos de Jesucristo y del infinito poder de Su expiación. Ellos tienen las llaves del Reino de Dios en la Tierra y autorizan que se efectúen las ordenanzas salvadoras.

En la Iglesia verdadera del Señor, “nunca hay más de una persona a la vez sobre la tierra a quien se confieren este poder y las llaves de este sacerdocio”1. Sostenemos al presidente Thomas S. Monson como nuestro profeta, vidente y revelador. Él revela la palabra del Señor para guiar y dirigir a toda la Iglesia. Como explicó el presidente J. Reuben Clark, hijo: “Sólo el presidente de la Iglesia… tiene el derecho a recibir revelaciones para la Iglesia”2.

Concerniente al profeta viviente, el Señor manda a los de Su Iglesia:

“Daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad;

“porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.

“Porque si hacéis estas cosas, las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros”3.

Para estar en armonía con los propósitos divinos del cielo, sostenemos al profeta y elegimos vivir de acuerdo con sus palabras.

También sostenemos a los consejeros del presidente Monson y al Quórum de los Doce Apóstoles como profetas, videntes y reveladores. “Ellos tienen el derecho, el poder y la autoridad para declarar la disposición y la voluntad [del Señor]… sujetos al …Presidente de la Iglesia”4. Ellos hablan en el nombre de Cristo; profetizan en el nombre de Cristo y hacen todas las cosas en el nombre de Jesucristo. En sus palabras oímos la voz del Señor y sentimos el amor del Salvador. “Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura… y el poder de Dios para salvación”5. El Señor mismo ha dicho: “…sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo”6. Seguir leyendo

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Sostengamos a los profetas

Sostengamos a los profetasNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conferencia general octubre 2014

Al sostener a los profetas hacemos un compromiso personal de que nos esforzaremos al máximo por defender sus prioridades proféticas.

Presidente Eyring, le agradecemos su mensaje edificante e instructivo. Mis queridos hermanos y hermanas, les damos las gracias por su fe y devoción. Ayer se nos invitó a cada uno de nosotros a sostener a Thomas S. Monson como el profeta del Señor y Presidente de la Iglesia del Señor; y con frecuencia cantamos: “Te damos, Señor, nuestras gracias que mandas… profetas”1. ¿Entendemos en realidad lo que eso significa? Imaginen el privilegio que el Señor nos ha dado de sostener a Su profeta, cuyos consejos serán puros, francos, que no provendrán de ninguna aspiración personal, y que ¡serán totalmente ciertos!

¿Cómo sostenemos verdaderamente a un profeta? Mucho antes de que fuera Presidente de la Iglesia, el presidente Joseph F. Smith explicó: “Los santos que… [sostienen] a las autoridades de la Iglesia tienen sobre sí el importante deber de hacerlo no sólo levantando la mano, la mera formalidad, sino en acción y en verdad”2.

Recuerdo bien la “acción” más singular que he tenido que realizar al sostener a un profeta. Como médico y cardiocirujano, tuve la responsabilidad de efectuar una cirugía de corazón abierto al presidente Spencer W. Kimball en 1972, cuando él era Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles. Necesitaba una operación sumamente delicada, pero yo no tenía ninguna experiencia en ese tipo de intervención en un paciente de 77 años de edad con problemas cardíacos. No recomendé la operación y así lo informé al presidente Kimball y a la Primera Presidencia; sin embargo, con fe, el presidente Kimball decidió tener la operación, sólo porque así lo aconsejó la Primera Presidencia. ¡Eso demuestra cómo sostenía a sus líderes! ¡Y su decisión me hizo temblar!

Gracias al Señor, la operación fue un éxito. Cuando el corazón del presidente Kimball volvió a latir, ¡lo hizo con mucho vigor! ¡En ese preciso momento, recibí el claro testimonio del Espíritu de que ese hombre un día llegaría a ser Presidente de la Iglesia!3.

Ustedes saben lo que ocurrió. Sólo veinte meses después, el presidente Kimball llegó a ser el Presidente de la Iglesia, y durante muchos años proporcionó un liderazgo enérgico y valiente.

Desde entonces hemos sostenido a los presidentes Ezra Taft Benson, Howard W. Hunter, Gordon B. Hinckley y ahora a Thomas S. Monson como Presidentes de la Iglesia: ¡profetas en todo el sentido de la palabra! Seguir leyendo

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Revelación continua

Revelación continuaNoviembre de 2014 Liahona
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Conferencia general octubre 2014

El criterio humano y el razonamiento lógico no serán suficientes para obtener respuestas a las preguntas más importantes de la vida. Necesitamos revelación de Dios.

Deseo que en este día todos sintamos el amor y la luz de Dios. Muchos de los que están escuchando el día de hoy sienten la necesidad imperiosa de esa bendición de revelación personal de nuestro amoroso Padre Celestial.

Para los presidentes de misión, podría ser una oración de súplica para saber cómo animar a un misionero que esté teniendo dificultades. Para un padre y una madre que viven en un lugar asolado por la guerra, será la necesidad apremiante de saber si llevar a su familia a un lugar seguro o quedarse donde están. Cientos de presidentes de estaca y obispos están orando hoy para saber cómo ayudar al Señor a rescatar a una oveja perdida. Y para un profeta, será saber lo que el Señor desea que diga a la Iglesia y a un mundo en confusión.

Todos sabemos que el criterio humano y el razonamiento lógico no serán suficientes para obtener respuestas a las preguntas más importantes de la vida. Necesitamos revelación de Dios; y precisaremos no sólo una revelación en épocas de estrés, sino un flujo continuamente renovado. Necesitamos no sólo un destello de luz y consuelo, sino la bendición continua de comunicación con Dios.

La existencia misma de la Iglesia surge de un joven que supo la verdad de ello. El joven José Smith sabía que no podía saber por sí mismo a qué iglesia unirse, por lo que le preguntó a Dios tal como en el libro de Santiago se indicaba que podía hacerlo. Dios el Padre y Su Hijo Amado se aparecieron en una arboleda y contestaron la pregunta que José no tenía la capacidad de responder por sí mismo.

No sólo fue entonces llamado por Dios para establecer la verdadera Iglesia de Jesucristo, sino que con ella se restauró el poder de invocar al Espíritu Santo a fin de que la revelación de Dios pudiera ser continua.

El presidente Boyd K. Packer describió esa marca distintiva de la verdadera Iglesia de esta forma: “La revelación en la Iglesia continúa: el profeta la recibe para la Iglesia; el presidente, para su estaca, su misión o su quórum; el obispo, para su barrio; el padre, para su familia; el individuo, para sí mismo”1.

Ese maravilloso proceso de la revelación comienza, finaliza y continúa conforme recibimos revelación personal. Tomemos como ejemplo al gran Nefi, hijo de Lehi. Su padre tuvo un sueño. Otras personas de la familia de Nefi consideraron el sueño de Lehi como evidencia de confusión mental. El sueño incluía un mandato de Dios para que los hijos de Lehi corrieran el gran riesgo de regresar a Jerusalén para buscar las planchas que contenían la palabra de Dios a fin de que pudieran llevarlas en su viaje a la tierra prometida.

A menudo citamos la valiente declaración de Nefi cuando su padre les pidió que regresaran a Jerusalén. Ustedes conocen las palabras: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado”2. Seguir leyendo

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Guiados a salvo a casa

Guiados a salvo a casaNoviembre de 2014 Liahona
Por el Presidente Thomas S. Monson
Conferencia general octubre 2014

Miramos hacia el cielo en busca de ese indefectible sentido de dirección para poder trazar y seguir el rumbo acertado.

Hermanos, nos encontramos reunidos como un poderoso grupo del sacerdocio, tanto aquí en el Centro de Conferencias como en otros sitios por todo el mundo. Me siento honrado y a la vez humilde ante la responsabilidad que tengo de dirigirles unas cuantas palabras. Ruego que al hacerlo me acompañe el Espíritu del Señor.

Hace setenta y cinco años, el 14 de febrero de 1939, en Hamburgo, Alemania, se llevó a cabo una celebración; en medio de discursos entusiastas, multitudes jubilosas y la música de himnos patrióticos; el nuevo buque de guerra Bismarck se echó a navegar por el río Elba. Éste, el más poderoso navío a flote, era un impresionante espectáculo de coraza y maquinaria. La construcción requirió más de 57.000 planos para los cañones de 380 milímetros, de torretas dobles controladas por radar. El navío contaba con 45.000 km de circuitos eléctricos. Pesaba más de 35.000 toneladas y una coraza proporcionaban máxima protección. Majestuoso en apariencia, gigantesco en tamaño y asombroso en su potencia de fuego, el potente coloso se consideraba insumergible.

La hora señalada del Bismarck con el destino llegó dos años más tarde, cuando el 24 de mayo de 1941, los dos buques de guerra más potentes de la Real Armada Británica, el Prince of Wales y el Hood, entablaron combate con el Bismarck y el crucero alemán Prinz Eugen. En menos de cinco minutos, el Bismarck había enviado a las profundidades del Atlántico al Hood y a todos sus hombres, salvo a tres, de una tripulación de más de 1.400. El otro acorazado británico, el Prince of Wales, había sufrido cuantiosos daños y se batió en retirada.

En los próximos tres días, el Bismarck fue interceptado una y otra vez por acorazados y aviones británicos. En total, los británicos concentraron la fuerza de cinco buques de guerra, dos portaaviones, 11 cruceros y 21 destructores en un esfuerzo por encontrar y hundir al poderoso Bismarck.

Durante las batallas, proyectil tras proyectil causó únicamente daños superficiales al Bismarck. ¿Era imposible de hundir después de todo? Entonces, con fortuna, un torpedo le hizo blanco, dejando inservible el timón. Los esfuerzos por repararlo fueron en vano. Con los cañones preparados y la tripulación en alerta, elBismarck “sólo podía marchar en un círculo lento”. La poderosa fuerza aérea alemana se encontraba apenas fuera de alcance, y el Bismarck no podía alcanzar la seguridad del puerto, ni podía darles la protección necesaria ya que el Bismarck había perdido la habilidad de conducir un curso trazado. Sin timón, sin ayuda, sin puerto. El fin se acercaba. Los cañones británicos echaban llamaradas mientras la tripulación alemana se escabullía y el navío que parecía ser indestructible se hundía. Las olas hambrientas del Atlántico azotaban primero los costados y después se tragaban el orgullo de la marina alemana. El Bismarck fue destruido1. Seguir leyendo

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