El sacerdocio preparatorio

El sacerdocio preparatorioNoviembre de 2014 Liahona
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Conferencia general octubre 2014

En el sacerdocio preparatorio, “lo que demostramos” cuenta más que “lo que decimos”.

Agradezco estar reunido con el sacerdocio de Dios, que se extiende por todo el mundo. Les agradezco su fe, su servicio y sus oraciones.

Mi mensaje esta noche es acerca del Sacerdocio Aarónico; se dirige también a todos nosotros quienes ayudamos a que las promesas del Señor se lleven a cabo para aquellos que poseen lo que se describe en las Escrituras como el “sacerdocio menor”1. También se lo llama el sacerdocio preparatorio. Es sobre esa gloriosa preparación de lo que hablaré esta noche.

El plan del Señor para Su obra está colmado de preparación. Él preparó la Tierra para que nosotros experimentáramos las pruebas y las oportunidades de la vida terrenal. Mientras estamos aquí, estamos en lo que las Escrituras denominan un “estado preparatorio”2.

El profeta Alma describió la crucial importancia de esa preparación para la vida eterna, donde podremos vivir para siempre como familias con Dios el Padre y Jesucristo.

Él explicó la necesidad de prepararse de esta manera: “Y vemos que la muerte viene sobre el género humano; sí, la muerte de que ha hablado Amulek, que es la muerte temporal; no obstante, se le concedió un tiempo al hombre en el cual pudiera arrepentirse; así que esta vida llegó a ser un estado de probación; un tiempo de preparación para presentarse ante Dios; un tiempo de prepararse para ese estado sin fin del cual hemos hablado, que viene después de la resurrección de los muertos”3.

Así como el tiempo que se nos ha dado en la vida terrenal es para que nos preparemos para reunirnos con Dios, el tiempo que se nos ha dado para servir en el Sacerdocio Aarónico es una oportunidad para prepararnos para aprender la manera de ofrecer ayuda crucial a otras personas. De la misma manera que el Señor proporciona la ayuda que necesitamos para pasar las pruebas de la vida terrenal, Él también nos envía ayuda para nuestra preparación en el sacerdocio.

Mi mensaje es tanto para aquellas personas a quienes el Señor manda a ayudar a preparar a los poseedores del Sacerdocio Aarónico, como para aquellos que poseen ese sacerdocio. Me dirijo a los padres, a los obispos y a aquellos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec a quienes se les ha confiado ser compañeros y maestros de hombres jóvenes que están preparándose en el sacerdocio. Seguir leyendo

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Soy yo, Señor?

“¿Soy yo, Señor?”Noviembre de 2014 Liahona
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo consejero de la Primera Presidencia
Conferencia general octubre 2014

Debemos dejar de lado nuestro orgullo, ver más allá de nuestra vanidad y con humildad preguntar: “¿Soy yo, Señor?”.

Era la última noche de nuestro amado Salvador en la mortalidad, la noche antes de que se ofreciera a Sí mismo por toda la humanidad. Al partir pan con Sus discípulos, dijo algo que debe haber llenado el corazón de ellos de gran inquietud y profunda tristeza. “Uno de vosotros me va a entregar”, les dijo.

Los discípulos no dudaron de lo que Él dijo, ni tampoco miraron a su alrededor para señalar a otro y preguntar: “¿Es él?”

Al contrario, “entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?1.

Me pregunto lo que haríamos si tuviéramos esa experiencia con el Salvador. ¿Miraríamos a los demás y diríamos en nuestro corazón: “Probablemente está hablando del hermano Johnson. Siempre he dudado de su fidelidad”, o “Qué bueno que está aquí el hermano Brown. Realmente necesita escuchar este mensaje”? O, como los discípulos de la antigüedad, examinaríamos nuestro interior y nos haríamos esa pregunta penetrante: “¿Soy yo?”.

En esas palabras sencillas, “¿Soy yo, Señor?”, yace el comienzo de la sabiduría y el sendero a la conversión personal y al cambio duradero.

Una parábola sobre los dientes de león

Había una vez un hombre que disfrutaba de caminar por su vecindario por las tardes. En especial le gustaba pasar por la casa de su vecino, ya que éste mantenía bien cuidado el césped; siempre tenía plantas llenas de flores y árboles saludables que daban mucha sombra. Obviamente el vecino dedicaba mucho empeño a tener el jardín hermoso.

Pero un día, al pasar por la casa del vecino, notó en medio de ese hermoso césped una enorme hierba, un diente de león amarillo.

Parecía tan fuera de lugar que le sorprendió. ¿Por qué no lo arrancaba su vecino? ¿No lo vería? ¿No sabía que el diente de león echaría semillas y causaría que hubiera docenas de hierbas adicionales?

Ese diente de león solitario le molestó mucho y quería hacer algo al respecto. ¿Debía arrancarlo? ¿O echarle herbicida? Tal vez si fuera en la oscuridad de la noche, podría sacarlo secretamente. Seguir leyendo

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La ley del ayuno: Una responsabilidad personal de cuidar del pobre y el necesitado

La ley del ayuno:
Una responsabilidad personal de cuidar del pobre y el necesitado

Por el obispo Dean M. Davies
Segundo Consejero del Obispado Presidente
Conferencia general octubre 2014

Como seguidores del Salvador, tenemos la responsabilidad personal de cuidar del pobre y del necesitado


Mis queridos hermanos, me encanta el sacerdocio y estar con ustedes. Estoy profundamente agradecido de poder servir unidos en esta gran obra.

Ésta es una época extraordinaria. Los milagrosos avances en medicina, ciencia y tecnología han mejorado la calidad de vida de muchos; pero también hay evidencias de aflicción y enorme sufrimiento humano. Además de guerras y rumores de guerras, el aumento de desastres naturales como inundaciones, incendios, terremotos y enfermedades, afecta la vida de millones de personas en todo el mundo.

Los líderes de la Iglesia conocen y velan por el bienestar de los hijos de Dios en todas partes. Cuando y donde es posible, la Iglesia envía recursos de emergencia mediante canales humanitarios para dar respuesta a los necesitados. Por ejemplo, el pasado mes de noviembre el tifón Haiyan azotó la nación insular de Filipinas.

El supertifón Haiyan, de categoría cinco, dejó a su paso enorme destrucción y sufrimiento. Ciudades enteras fueron destruidas; se perdieron muchas vidas; millones de hogares quedaron seriamente dañados o asolados y sin servicios básicos como agua, alcantarillado o electricidad.

Los recursos de la Iglesia estuvieron disponibles en las primeras horas después del desastre. Los miembros de la Iglesia en Filipinas corrieron al rescate de sus hermanos y hermanas proveyendo alimentos, agua, ropa y productos de higiene, tanto a miembros como a no miembros.

Los centros de reuniones de la Iglesia se convirtieron en refugios para miles de personas sin techo. Bajo la dirección de la Presidencia de Área y de los líderes locales del sacerdocio, muchos de los cuales lo habían perdido todo, se hizo una valoración del estado y la seguridad de todos los miembros. Planes inspirados para ayudarlos a recuperar su autosuficiencia y condiciones de vida aceptables, comenzaron a tomar forma.

Se proporcionaron recursos modestos para ayudar a los miembros de la Iglesia a reconstruir sus refugios de madera y sus casas. No fue una mera limosna; los miembros recibieron capacitación y realizaron los trabajos necesarios para ellos mismos y luego por otros. Seguir leyendo

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Sé estas cosas por mí mismo

Sé estas cosas por mí mismoNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder Craig C. Christensen
De la Presidencia de los Setenta
Conferencia general octubre 2014

Saber por nosotros mismos que el evangelio restaurado de Jesucristo es verdadero puede ser una de las más grandes y gozosas experiencias de la vida.

Queridos hermanos, continuamente nos inspiran el ejemplo personal del presidente Thomas S. Monson y su servicio en el sacerdocio. Hace poco se preguntó a varios diáconos: “¿Qué admiran más del presidente Monson?”. Un diácono recordó que el presidente Monson, cuando era niño, dio sus juguetes a amigos necesitados. Otro mencionó que el presidente Monson veló por las muchas viudas de su barrio. Otro indicó que fue llamado a ser apóstol siendo muy joven y que ha bendecido a la gente alrededor del mundo. Después un joven dijo: “Lo que más admiro del presidente Monson es su firme testimonio”.

En verdad, todos hemos sentido el testimonio especial de nuestro profeta sobre el Salvador Jesucristo y su compromiso de siempre seguir la guía del Espíritu. Con cada experiencia que comparte, el presidente Monson nos invita a vivir el Evangelio más plenamente, a procurar tener un testimonio personal y a fortalecerlo. Recuerden lo que dijo en este púlpito hace varias conferencias: “Para que podamos ser fuertes y soportar todas las fuerzas que nos arrastran en la dirección equivocada… debemos tener nuestro propio testimonio. Ya sea que tengan 12 o 112 años, o cualquier edad, pueden saber por ustedes mismos que el evangelio de Jesucristo es verdadero”1.

Aunque esta noche dirijo mi mensaje más a los de 12 años que a los de 112, los principios que comparto se aplican a todos. En respuesta a las palabras del presidente Monson, pregunto: ¿Sabe cada uno nosotros por sí mismo que el Evangelio es verdadero? ¿Podemos decir con confianza que nuestro testimonio realmente es nuestro? Cito de nuevo al presidente Monson: “Sostengo que un testimonio firme de nuestro Salvador y de Su evangelio… los protegerá del pecado y la maldad que los rodea… Si aún no tienen un testimonio de estas cosas, hagan lo necesario para obtenerlo. Es esencial que tengan un testimonio propio, ya que los testimonios de los demás sólo les servirán hasta cierto punto”2.

Sé estas cosas por mí mismo

El aprender por nosotros mismos que el evangelio restaurado de Jesucristo es verdadero puede ser una de las mejores y más felices experiencias de la vida. Quizás tengamos que comenzar dependiendo del testimonio de otros y decir, como los jóvenes guerreros: “No dudamos que nuestras madres lo sabían”3. Es un buen punto de partida, pero debemos construir sobre esa base. Para ser firmes al vivir el Evangelio, nada es más importante que recibir y fortalecer nuestro propio testimonio. Debemos poder declarar como Alma: “[Sé] estas cosas por mí mismo”4.

“Y ¿cómo suponéis que yo sé de su certeza?”, continuó Alma. “He aquí, os digo que el Santo Espíritu de Dios me las hace saber. He aquí, he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo. Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas”5.

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Elijan sabiamente

Elijan sabiamenteNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conferencia general octubre 2014

“…desechar lo malo y escoger lo bueno” (Isaías 7:15).

Mis queridos hermanos, esta tarde deseo compartir algunos consejos en cuanto a decisiones y elecciones.

Cuando era un joven abogado en la región de la Bahía de San Francisco, nuestra compañía hizo algunos trabajos legales para la compañía que producía los programas navideños de televisión sobre un niño que se llamaba Charlie Brown1. Me hice aficionado de Charles Schultz y de su creación titulada Peanuts, con Charlie Brown, Lucy, Snoopy y otros maravillosos personajes.

Una de mis historietas cómicas favoritas era la de Lucy. Según recuerdo, el equipo de béisbol de Charlie Brown tenía un juego importante; Lucy jugaba de jardinero derecho, y le lanzaron una pelota elevada. Las bases estaban llenas y era el final de la novena entrada. Si Lucy atrapaba la pelota, su equipo ganaría; si la dejaba caer, ganaría el otro equipo.

Como sólo puede ocurrir en una historieta cómica, el equipo entero se puso alrededor de Lucy mientras la pelota descendía. Lucy pensaba: “Si la atrapo, seré la heroína; si no, seré el chivo expiatorio”.

La pelota descendió, y mientras sus compañeros de equipo esperaban ansiosos, Lucy no la atrapó. Disgustado, Charlie Brown tiró el guante al suelo. Entonces Lucy miró a sus compañeros, se puso las manos en la cintura, y dijo: “¿Cómo esperan que atrape la pelota cuando estoy preocupada por la política exterior de nuestro país?”.

Esa fue una de las muchas pelotas elevadas que Lucy no atrapó a lo largo de los años, y cada vez tenía una nueva excusa2. Aunque las excusas de ella siempre eran graciosas, eran justificaciones; eran razones falsas por no atrapar la pelota.

Durante el ministerio del presidente Thomas S. Monson, con frecuencia ha enseñado que las decisiones determinan el destino3. De acuerdo con ello, mi consejo esta tarde es que nos elevemos por encima de cualquier justificación que nos impida tomar decisiones correctas, especialmente acerca de servir a Jesucristo. En Isaías se nos enseña que debemos “…desechar lo malo y escoger lo bueno”4. Seguir leyendo

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Encontrar paz duradera y edificar familias eternas

Encontrar paz duradera y edificar familias eternasNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conferencia general octubre 2014

El evangelio de Jesucristo es el que proporciona ese cimiento sobre el cual podemos encontrar paz duradera y edificar familias eternas.

Nuestro trayecto por la vida tiene períodos de tiempos buenos y malos, cada uno con diferentes desafíos. La forma en que aprendamos a adaptarnos a los cambios que surgen depende del cimiento en el que edifiquemos. El evangelio de nuestro Señor y Salvador proporciona una base segura y firme que se construye pieza por pieza mientras adquirimos conocimiento del plan eterno del Señor para Sus hijos. El Salvador es el Maestro de maestros; a Él seguimos.

Las Escrituras testifican de Él y proporcionan un ejemplo de perfecta rectitud para que lo sigamos. En una conferencia anterior les mencioné a los miembros de la Iglesia que tengo varios cuadernos en los que mi madre había hecho apuntes que utilizaba para preparar sus lecciones de la Sociedad de Socorro. Las notas son tan oportunas hoy día como lo fueron en aquella época. Una de ellas era una cita que escribió Charles Edward Jefferson en 1908, sobre la naturaleza de Jesucristo. Dice:

“Ser cristiano es admirar a Jesús de manera tan sincera y ferviente que la vida entera se la entregamos con la aspiración de llegar a ser como Él.

“…Tal vez lleguemos a conocerlo por medio de las palabras que dijo, los actos que llevó a cabo, y también por Sus momentos de silencio. Quizás también lo conozcamos por la impresión que dejó, primero en Sus amigos, segundo en Sus enemigos, y tercero en el grupo general de Sus contemporáneos…

“Una característica de la vida del siglo veinte es el descontento [y problemas]…

“… El mundo clama en busca de algo, pero no sabe qué. La riqueza está aquí… [y] el mundo está lleno de… inventos de la aptitud y del genio humanos, pero [aún] seguimos insatisfechos [y] perplejos. Si abrimos el Nuevo Testamento, [nos encontramos con estas palabras]: ‘Venid a mí… y yo os haré descansar; yo soy el pan de vida; Yo soy la luz del mundo; Si alguno tiene sed, venga a mí y beba; mi paz os doy; recibiréis poder; tenéis… gozo’” (The Character of Jesus, 1908).

A los hombres y mujeres los moldean, en parte, aquellas personas con quienes eligen vivir. También influyen en ellos las personas a quienes admiran y a quienes tratan de imitar. Jesús es el gran Ejemplo, y la única manera de encontrar paz duradera es acudir a Él y vivir.

¿Qué es lo que vale la pena que estudiemos en cuanto a Jesús?

“A los autores del Nuevo Testamento… no les interesaba el nivel social de Jesús, la ropa que llevaba o las casas donde vivió… Él nació en un establo, trabajó en el taller de un carpintero, enseñó durante tres años y luego murió en la cruz… El Nuevo Testamento lo escribieron hombres que estaban resueltos a hacer que fijáramos la vista en [Él]” (The Character of Jesus, 21–22) con la seguridad de que Él era y es en verdad el Hijo de Dios, el Salvador y Redentor del mundo. Seguir leyendo

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No somos todos mendigos?

¿No somos todos mendigos?Noviembre de 2014 Liahona
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conferencia general octubre 2014

Ricos o pobres, debemos “hacer lo que podamos” cuando los demás tienen necesidad.

Qué nuevo aspecto tan maravilloso se ha introducido a nuestra conferencia general. Bien hecho Eduardo.

Durante el que sería el momento más asombroso de Su ministerio terrenal, Jesús se puso de pie en Su sinagoga de Nazaret y leyó las siguientes palabras que profetizó Isaías y que se registraron en el Evangelio de Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y… a poner en libertad a los quebrantados”1.

Así fue como el Salvador hizo el primer anuncio público de Su ministerio mesiánico. Aunque en este versículo también dejó claro que, en el recorrido hacia Su máximo sacrificio expiatorio y Resurrección, Su primer y más importante deber mesiánico sería bendecir a los pobres, incluso a los pobres de espíritu.

Desde el comienzo de Su ministerio, Jesús amó a los pobres y a los desfavorecidos de manera extraordinaria. Nació dentro del hogar de dos de ellos y creció entre muchos más de ellos. Desconocemos los detalles de Su vida temporal, pero una vez dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves… nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”2. Aparentemente, el Creador de los cielos y la Tierra, y de “todo cuanto en ellos hay”3, era, al menos de adulto, una persona sin hogar.

A lo largo de la historia, la pobreza ha sido uno de los mayores y más extendidos problemas de la humanidad. Su costo más evidente suele ser físico, pero el daño espiritual y emocional que genera podría ser aún más debilitador. En todo caso, el llamado más persistente que jamás haya hecho el gran Redentor es el de sumarnos a Él para levantar esa carga de las personas. Siendo Jehová, dijo que juzgaría duramente a la casa de Israel porque “el despojo del [necesitado] está en vuestras casas”.

“¿Qué intentáis”, clamó, “vosotros que trituráis a mi pueblo y moléis la cara de los pobres?”4.

El autor de Proverbios aclaró este punto con más agudeza: “El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor”, y “el que cierra su oído al clamor del pobre también clamará y no será oído”5. Seguir leyendo

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Sí, Señor, yo te seguiré

“Sí, Señor, yo te seguiré”Noviembre de 2014 Liahona
Por el élder Eduardo Gavarret
De los Setenta
Conferencia general octubre 2014

El Señor nos invita usando diferentes verbos “Venid a mí”, “Sígueme”, “Anda conmigo”. No es una invitación pasiva, es una invitación a la acción.

“Pues he aquí, el Señor les concede a todas las naciones que, de su propia nación y lengua, enseñen su palabra”1. Hoy se cumple una vez más esta Escritura ya que se me ha dado la oportunidad de expresar mis sentimientos en mi lengua natal.

Corría el año 1975 y como un joven misionero me encontraba sirviendo en la Misión Uruguay Paraguay. Durante mi primer mes en la misión, los líderes de zona decidieron realizar una actividad a fin de demostrar en la práctica un principio del Evangelio. A cada misionero de la zona se nos puso una venda en los ojos y se nos dijo que debíamos recorrer un camino que nos llevaría al salón cultural de la capilla. La actividad consistía en seguir la voz del líder la cual se nos hizo escuchar antes de comenzar a caminar, sin embargo, se nos advirtió que durante el trayecto escucharíamos varias voces que tratarían de confundirnos y desviarnos del camino.

Luego de algunos minutos de travesía, escuchando ruidos, voces y en el medio de todo una voz, que decía: “Sígueme”, me sentí confiado de que estaba siguiendo la voz correcta. Al llegar al salón cultural de la capilla se nos pidió que nos quitáramos la venda. Al hacerlo me di cuenta de que había dos grupos y de que yo era uno de los que estaba en el grupo que había seguido la voz equivocada. “¡Se parecía tanto a la verdadera!”, me dije.

Esa experiencia que ocurrió hace 39 años causó un gran impacto en mí. Me dije: “Nunca, pero nunca más debes seguir la voz equivocada”. “Sí, Señor, ¡yo te seguiré!”.

Deseo relacionar esta experiencia con la dulce invitación del Salvador que nos dice:

“Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas…

“Mis ovejas escuchan mi voz y las conozco y ellas me siguen”2.

La invitación de “Seguirle”, es la más simple, directa y poderosa invitación que podemos recibir. Viene de una voz clara, inconfundible.

El Señor nos invita usando diferentes verbos “Venid a mí”, “Sígueme”, “Anda conmigo”. No es una invitación pasiva, es una invitación a la acción. Está dirigida a todo el género humano por Aquél quien es el Profeta de profetas, Maestro de maestros, el Hijo de Dios, el Mesías. Seguir leyendo

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Acerquémonos al trono de Dios con confianza

Conferencia general octubre 2014

Acerquémonos al trono de Dios con confianza

Por el élder Jörg Klebingat
De los Setenta

Al aplicar la expiación de Jesucristo pueden empezar a incrementar su confianza espiritual hoy mismo, si están dispuestos a escuchar y a actuar.

En una escala del 1 al 10, ¿cómo calificarían su confianza espiritual ante Dios? ¿Tienen un testimonio personal de que su ofrenda actual como Santo de los Últimos Días es suficiente para heredar la vida eterna? ¿Sienten en su interior que nuestro Padre Celestial está complacido con ustedes? ¿En qué pensarían si fueran a tener una entrevista personal con su Salvador en menos de un minuto? ¿Los pecados, las lamentaciones y las imperfecciones dominarían la imagen que tienen de sí mismos o simplemente sentirían una expectativa gozosa? ¿Lo mirarían a los ojos o evitarían mirarlo? ¿Se quedarían en la puerta o se acercarían a Él?

Siempre que el adversario no logra persuadir a santos que son imperfectos, pero que se están esforzando, como ustedes, a abandonar su creencia en un Dios personal y amoroso, inicia una campaña depravada para distanciarlos lo más que pueda de Dios. El adversario sabe que la fe en Cristo, la clase de fe que genera un flujo constante de tiernas misericordias y de milagros poderosos, va de la mano con la seguridad personal de que se están esforzando por escoger lo correcto. Debido a ello, procurará tener acceso a su corazón para decirles mentiras: que nuestro Padre Celestial está decepcionado de ustedes, que la Expiación está más allá de su alcance, que no merece la pena ni siquiera intentarlo, que todos los demás son mejores que ustedes, que son indignos, y miles de variaciones de ese mismo tema perverso.

Mientras permitan que esas voces erosionen su alma, no podrán aproximarse al trono de Dios con verdadera confianza; no importa lo que hagan, ni aquello por lo que oren ni las esperanzas que tengan depositadas en un milagro; siempre habrá una dosis suficiente de vacilación personal erosionando su fe; y no sólo su fe en Dios, sino también la confianza en sí mismos. No es agradable vivir el Evangelio de esa manera, ni tampoco es saludable; pero, por encima de todo, ¡es totalmente innecesario! La decisión de cambiar es de ustedes y de nadie más.

Quisiera compartir seis sugerencias prácticas que, si se aplican, disiparán esas voces perversas y restaurarán la clase de certeza apacible y de confianza espiritual que pueden tener, si tan sólo la desean. Sin importar la calificación que se concedieron en esa escala del 1 al 10, al aplicar la expiación de Jesucristo pueden empezar a incrementar su confianza espiritual hoy mismo, si están dispuestos a escuchar y a actuar. Les hablaré con audacia; pero mi intención es edificar y no ofender. Seguir leyendo

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Los padres: Principales maestros del Evangelio para sus hijos

Los padres: Principales maestros del Evangelio para sus hijosNoviembre de 2014 Liahona
Por Tad R. Callister
Presidente General de la Escuela Dominical
Conferencia general octubre 2014

Al fin y al cabo, el hogar es el ambiente ideal para enseñar el evangelio de Jesucristo.

Ben Carson dijo de él mismo: “Yo era el peor alumno de toda mi clase de quinto grado”. Un día, Ben tomó un examen de treinta problemas matemáticos. El alumno que se sentaba detrás de él le corrigió la prueba y se la entregó. La maestra, la señora Williamson, comenzó a nombrar a cada alumno para saber cuál era su calificación. Finalmente, llegó a Ben. Como estaba avergonzado, murmuró la respuesta. La señora Williamson, creyendo que él había dicho “9”, respondió que era un gran progreso para Ben tener bien 9 de los 30 problemas. El alumno que estaba detrás de Ben exclamó: “¡Nueve no! No tiene ninguna correcta”. Ben cuenta que quería que la tierra se lo tragara.

Al mismo tiempo la madre de Ben, Sonya, afrontaba sus propios obstáculos. Provenía de una familia de 24 hermanos, había asistido sólo hasta tercer grado y no sabía leer. Se había casado a los 13 años, estaba divorciada, tenía dos hijos y los estaba criando en los barrios marginales de Detroit. Sin embargo, era muy autosuficiente y tenía la firme convicción de que Dios le ayudaría a ella y a sus hijos si hacían su parte.

Un día, su vida y la de sus hijos llegó a un punto decisivo. Se dio cuenta que las personas exitosas, cuyas casas limpiaba, tenían bibliotecas; esas personas leían. Después del trabajo regresó a casa y apagó el televisor que Ben y su hermano estaban mirando. Básicamente les dijo: Están mirando demasiada televisión. A partir de ahora pueden mirar tres programas por semana. En su tiempo libre irán a la biblioteca, leerán dos libros por semana y me darán un informe.

Los niños estaban sorprendidos. Ben comentó que nunca había leído un libro en toda su vida, excepto cuando se lo asignaban en la escuela. Protestaron, se quejaron, discutieron, pero todo fue en vano. Ben entonces reflexionó: “Ella expuso claramente la norma. No nos gustaba esa regla, pero su determinación por vernos mejorar cambió el curso de mi vida”.

Y qué grande fue ese cambio. En séptimo grado Ben estaba entre los mejores de la clase. Obtuvo una beca y fue a estudiar a la Universidad de Yale, luego a la Escuela de Medicina Johns Hopkins, donde, a los 33 años de edad, se convirtió en jefe de neurocirugía pediátrica y en un cirujano de renombre a nivel mundial. ¿Cómo fue eso posible? En gran medida gracias a una mamá que, a pesar de que carecía de muchas de las ventajas de la vida, magnificó su llamamiento como madre1. Seguir leyendo

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José Smith

José SmithNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder Neil L. Andersen
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conferencia general octubre 2014

Jesucristo escogió a un hombre santo, un hombre justo, para dirigir la restauración de la plenitud de Su evangelio. Escogió a José Smith.

En su primera visita al profeta José Smith cuando éste tenía 17 años, un ángel llamó a José por su nombre y le dijo que él, Moroni, era un mensajero enviado de la presencia de Dios y que Dios tenía una obra para que José realizara. Imaginen lo que debió pensar José cuando luego el ángel le dijo que su nombre “se tomaría para bien y para mal entre todas las naciones, tribus y lenguas”1. Tal vez fue la sorpresa en los ojos de José lo que hizo que Moroni le repitiera que se hablaría de él para bien y para mal entre toda la gente2.

Las cosas buenas que se dirían de José Smith surgieron poco a poco; lo malo que se dijo de él, comenzó de inmediato. José escribió: “Cuán extraño que un muchacho desconocido… fuese considerado persona de importancia suficiente para… [suscitar] la más rencorosa persecución”3.

Si bien el amor por José aumentó, también lo hizo la hostilidad. A los 38 años fue asesinado por un populacho de 150 hombres con la cara pintada4. Aunque la vida del Profeta terminó abruptamente, lo bueno y malo que se dijo de él apenas había comenzado.

¿Deberían extrañarnos las cosas malas que se dijeron de él? Al apóstol Pablo lo tildaron de loco y trastornado5. Nuestro amado Salvador, el Hijo de Dios, fue calificado de comilón, bebedor de vino y poseído por el demonio6.

El Señor habló a José sobre su destino:

“Los extremos de la tierra indagarán tu nombre, los necios se burlarán de ti y el infierno se encolerizará en tu contra;

“en tanto que los puros de corazón, los sabios… y los virtuosos buscarán… bendiciones de tu mano constantemente”7.

¿Por qué permite el Señor que se hable mal en contra de lo que es bueno? Una razón es que la oposición a las cosas de Dios lleva a quienes buscan la verdad a arrodillarse para recibir respuestas8. Seguir leyendo

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Amar a los demás y vivir con las diferencias

Conferencia General Octubre 2014

Amar a los demás y vivir con las diferencias

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Como seguidores de Cristo debemos vivir en paz con los demás que no compartan nuestros valores ni acepten las enseñanzas basadas en ellos.


En los últimos días de Su ministerio terrenal, Jesús dio a Sus discípulos lo que Él llamó “un mandamiento nuevo” (Juan 13:34). Ese mandamiento, que repitió tres veces, era sencillo pero difícil: “Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Juan 15:12; véase también el versículo 17). La enseñanza de amarse los unos a los otros había sido una enseñanza esencial del ministerio del Salvador. El segundo grande mandamiento era “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Jesús incluso enseñó: “Amad a vuestros enemigos” (Mateo 5:44). Pero el mandamiento de amar a los demás tal como Él había amado a Su rebaño fue para Sus discípulos —y lo es para nosotros— un desafío singular. “De hecho”, el abril pasado el presidente Thomas S. Monson nos enseñó, “el amor es la esencia misma del Evangelio, y Jesucristo es nuestro ejemplo. Su vida fue un legado de amor”1.

¿Por qué es tan difícil sentir amor cristiano los unos por los otros? Es difícil porque debemos vivir entre aquellos que no comparten nuestras creencias, valores y obligaciones de los convenios. En Su gran oración intercesora, que hizo poco antes de Su crucifixión, Jesús oró por Sus seguidores: “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:14). Después, suplicó al Padre: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (versículo 15).

Debemos vivir en el mundo pero no ser del mundo. Debemos vivir en el mundo porque, como Jesús enseñó en una parábola, Su reino es “semejante a la levadura”, cuya función es leudar toda la masa con su influencia (véase Lucas 13:21; Mateo 13:33; véase también1 Corintios 5:6–8). Sus seguidores no pueden hacer eso si se relacionan sólo con personas que compartan sus creencias y prácticas. No obstante, el Salvador también enseñó que si lo amamos, guardaremos Sus mandamientos (véase Juan 14:15).

II.

El Evangelio tiene muchas enseñanzas en cuanto a guardar los mandamientos mientras vivimos entre personas que tienen diferentes creencias y prácticas. Las enseñanzas relacionadas con la contención son fundamentales. Cuando el Cristo resucitado encontró a los nefitas que disputaban acerca de la manera de bautizar, Él dio instrucciones claras en cuanto a cómo se debía efectuar esa ordenanza. Después enseñó este gran principio:

“…no habrá disputas entre vosotros, como hasta ahora ha habido; ni habrá disputas entre vosotros concernientes a los puntos de mi doctrina, como hasta aquí las ha habido.

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí… mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:28–30; cursiva agregada).

El Salvador no limitó Su advertencia contra la contención a aquellos que no estaban guardando el mandamiento del bautismo. Él prohibió la contención por parte de cualquier persona. Incluso aquellos que guardan los mandamientos no deben irritar los corazones de los hombres para que contiendan con ira. El “padre de la contención” es el diablo; el Salvador es el Príncipe de Paz.

De igual manera, la Biblia nos enseña que “los sabios apartan la ira” (Proverbios 29:8). Los apóstoles de los primeros días enseñaron que debemos “[seguir] lo que conduce a la paz” (Romanos 14:19) y “[hablar] la verdad en amor” (Efesios 4:15), “porque la ira del hombre no produce la justicia de Dios” (Santiago 1:20). En la revelación moderna, el Señor mandó que las buenas nuevas del Evangelio restaurado se debían declarar “cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad” (D. y C. 38:41), “con toda humildad… no denigrando a los que denigran” (D. y C. 19:30).

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Cómo recibir un testimonio de luz y verdad

Conferencia general octubre 2014

Cómo recibir un testimonio de luz y verdad

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Su testimonio personal de luz y verdad no sólo los bendecirá a ustedes y a su posteridad aquí en la vida terrenal, sino que también los acompañará por toda la eternidad.


Como piloto de aerolíneas, volé muchas horas a través de continentes y océanos durante la oscuridad de la noche. Al mirar el cielo nocturno desde la ventana de mi cabina, en especial la Vía Láctea, a menudo me maravillaba de la inmensidad y la profundidad de las creaciones de Dios, lo que en las Escrituras se describe como “incontables mundos”1.

Hace menos de un siglo que la mayoría de los astrónomos suponían que nuestra galaxia, la Vía Láctea, era la única galaxia en el universo2. Ellos suponían que todo lo que había más allá de nuestra galaxia era un inmenso vacío, un hueco infinito —vacío, frío y carente de estrellas, de luz y de vida.

Cuando los telescopios se volvieron más sofisticados —entre ellos los telescopios que se podían lanzar al espacio— los astrónomos comenzaron a comprender una verdad espectacular, casi incomprensible: el universo es mucho más increíblemente grande de lo que cualquiera había creído antes, y los cielos están llenos de innumerables galaxias inmensamente lejos de nosotros, y cada una de ellas contiene cientos de billones de estrellas3.

En un corto período, nuestro entendimiento del universo cambió para siempre.

Hoy en día podemos ver algunas de esas galaxias lejanas4.

Sabemos que están ahí.

Han estado allí por mucho tiempo.

Pero antes de que la humanidad tuviera instrumentos lo suficientemente poderosos para acumular luz celestial y hacer posible el ver estas galaxias, no creíamos que tal cosa era posible.

La inmensidad del universo no cambió de repente, sino nuestra habilidad para ver y entender esta verdad cambió radicalmente; y con esa luz mayor, se introdujo a la humanidad a panoramas gloriosos que nunca antes nos habíamos imaginado.

Es difícil para nosotros creer lo que no podemos ver

Supongamos que pudiesen viajar en el tiempo y mantener una conversación con personas que vivieron hace mil o incluso cien años. Imagínense tratando de describirles algunas de las tecnologías modernas que ustedes y yo consideramos normales hoy. Por ejemplo, ¿qué pensarían esas personas de nosotros si les contáramos historias de aviones Jumbo, hornos de microondas, dispositivos manuales que contienen vastas bibliotecas digitales y videos de nuestros nietos que instantáneamente compartimos con millones de personas en todo el mundo?

Algunas personas quizás nos creerían; la mayoría nos ridiculizaría, se opondrían o incluso quizás buscarían hacernos callar o hacernos daño. Algunas podrían intentar aplicar la lógica, el razonamiento y los hechos como los conocen para demostrar que estamos equivocados, que somos insensatos o incluso peligrosos. Podrían condenarnos por intentar confundir a los demás.

Pero por supuesto, estas personas estarían completamente equivocadas. Podrían tener buenas intenciones y ser sinceras; quizás tengan la absoluta certeza de que su opinión es correcta; pero simplemente no podrían ver con claridad porque no han recibido todavía la luz de verdad más completa.

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Libres para siempre, para actuar por sí mismos

Libres para siempre, para actuar por sí mismosNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conferencia general octubre 2014

La voluntad de Dios es que seamos hombres y mujeres libres, capaces de elevarnos a nuestro pleno potencial, tanto temporal como espiritualmente.

La obra de William Shakespeare La vida del rey Enrique Vincluye una escena nocturna en el campamento de soldados ingleses en Azincourt, poco antes de la batalla con el ejército francés. En la penumbra, y parcialmente disfrazado, el rey Enrique deambula entre sus soldados, sin que lo reconozcan. Habla con ellos, intentando sopesar la moral de sus tropas, tan inferiores en número; y debido a que no se dan cuenta de quién es, ellos son francos en sus comentarios. En una de esas conversaciones, se ponen a filosofar en cuanto a quién es responsable por lo que les suceda a los hombres en la batalla: el rey o cada soldado individualmente.

En un momento dado, el rey Enrique declara: “Paréceme que en ningún lugar moriría más contento que en el regimiento del rey, siendo justa su causa”.

Michael Williams contesta: “Eso es más de lo que sabemos”.

Su compañero asiente: “Sí, o más de lo que desearíamos saber; porque nos basta saber que somos súbditos del rey; si su causa es injusta, nuestra obediencia al rey nos absuelve de culpa”.

Williams añade: “Pero si la causa no es justa, el mismo rey tendrá cuentas pesadas que echar”.

Como es lógico, el rey Enrique discrepa: “Todo súbdito debe obediencia al rey, pero el alma de cada súbdito es suya”1.

Shakespeare no trata de resolver ese debate en la obra y, de alguna manera, es un debate que continúa hasta nuestros días: ¿quién es responsable de lo que nos suceda en la vida?

Cuando las cosas marchan mal, existe la tendencia de culpar a los demás, incluso a Dios. A veces surge la idea de que se tiene derecho a ciertos privilegios, y las personas o los grupos intentan pasar la responsabilidad por su bienestar a otras personas o a los gobiernos. Con respecto a los asuntos espirituales, algunos suponen que los hombres y las mujeres no tienen que esforzarse por lograr la rectitud personal ya que Dios nos ama y nos salva “tal y como somos”.

No obstante, Dios espera que Sus hijos actúen de acuerdo con el albedrío moral que les ha dado “para que todo hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio”2. Es Su plan y Su voluntad que sea nuestra la función principal de tomar decisiones para nuestra vida. Dios no vivirá nuestra vida por nosotros, ni nos controlará como si fuéramos Sus marionetas, como Lucifer lo propuso una vez. Tampoco Sus profetas aceptarán la función de “maestros de marionetas” en lugar de Dios. Brigham Young declaró: “No deseo que ningún Santo de los Últimos Días, ni en este mundo ni en el cielo, esté satisfecho con lo que yo haga, a menos que el Espíritu del Señor Jesucristo, el espíritu de revelación, se lo haga sentir. Deseo que sepan por ellos mismos y entiendan por sí mismos3. Seguir leyendo

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Unidos en el rescate

Unidos en el rescateNoviembre de 2014 Liahona
Por el élder Chi Hong (Sam) Wong
De los Setenta
Conferencia general octubre 2014

Para poder ayudar al Salvador, debemos trabajar juntos, unidos y en armonía. Todos, en cualquier puesto, en cualquier llamamiento, son importantes.

Con frecuencia escuchamos al presidente Thomas S. Monson hablar de “nuestra responsabilidad de rescatar”1. Recuerdo un relato en el Nuevo Testamento; es una ilustración perfecta de cómo los miembros y los misioneros pueden trabajar juntos por medio de los consejos de barrio para buscar y rescatar. Se encuentra en Marcos 2:1–5. Me parece que los ejemplos que Jesucristo usó para enseñarnos ciertas doctrinas o principios son siempre muy inspiradores y fáciles de entender.

Uno de los personajes en este relato es un hombre paralítico, alguien que no se podía mover sin la ayuda de otros. Este hombre sólo podía quedarse en casa a la espera de ser rescatado.

En nuestros días sería así: Cuatro personas están cumpliendo con una tarea de su obispo de visitar, en su casa, a un hombre que está enfermo con parálisis. Lo puedo ver, una de ellas es de la Sociedad de Socorro, otra es del quórum de élderes, otra del Sacerdocio Aarónico y, al final, pero no menos importante, un misionero de tiempo completo. En el consejo de barrio más reciente, después de comentar acerca de las necesidades del barrio, el obispo les ha dado tareas de “rescate”. Esas cuatro personas fueron asignadas para ayudar a ese hombre que sufre de parálisis. No pueden esperar a que venga por sí mismo a la Iglesia. Tienen que ir a su casa y visitarlo; deben buscarlo, y así lo hicieron. El hombre fue llevado ante Jesús.

“Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado entre cuatro” (Marcos 2:3).

Sin embargo, el cuarto estaba muy lleno; no podían pasarlo por la puerta. Estoy seguro de que intentaron todo lo que se les ocurrió, pero simplemente no pudieron. Las cosas no sucedieron tan fácilmente como pensaban; había algunos obstáculos en su camino para poderlo “rescatar”, pero no se dieron por vencidos. No dejaron al paralítico junto a la puerta; se reunieron en consejo y juntos pensaron lo que deberían hacer —cómo podrían llevar al hombre hasta Cristo para que lo sanara. El trabajo para ayudar a Jesucristo a salvar almas, al menos para ellos, no fue muy difícil. Idearon un plan —no era fácil, pero lo llevaron a cabo. Seguir leyendo

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