La Santa Cena: Una renovación para el alma

La Santa Cena: Una renovación para el almaNoviembre de 2014 Liahona
Por Cheryl A. Esplin
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Primaria
Conferencia general octubre 2014

El Espíritu sana y renueva nuestra alma. La bendición prometida de la Santa Cena es que “siempre [podremos] tener su Espíritu [con nosotros]”.

En una ocasión, un grupo de jovencitas me preguntó: “¿Qué le hubiera gustado saber cuando tenía nuestra edad?”. Si respondiera a esa pregunta ahora, les diría: “Cuando tenía su edad me hubiera gustado entender mejor la importancia de la Santa Cena; quisiera haber entendido la Santa Cena de la forma en que el élder Jeffrey R. Holland la describió. Él dijo: ‘Una de las invitaciones inherentes de la ordenanza de la Santa Cena es que sea una verdadera experiencia espiritual, una santa comunión, una renovación del alma’1”.

¿De qué manera puede ser la Santa Cena “una verdadera experiencia espiritual, una santa comunión, una renovación del alma” cada semana?

La Santa Cena se convierte en una experiencia que nos fortalece cuando escuchamos las oraciones sacramentales y nos volvemos a comprometer a cumplir nuestros convenios. Para hacerlo, debemos estar dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo2. Refiriéndose a esa promesa, el presidente Henry B. Eyring enseñó: “Eso significa que tenemos que considerarnos como que le pertenecemos; lo colocamos en el primer lugar de nuestra vida; deseamos lo que Él desea y no lo que nosotros queremos o lo que el mundo nos enseña que debemos ambicionar”3.

Cuando tomamos la Santa Cena, también hacemos convenios de “recordarle siempre”4. La noche antes de ser crucificado, Cristo reunió a Sus apóstoles e instituyó la Santa Cena. Partió pan, lo bendijo y dijo: “Tomad, comed; esto es en memoria de mi cuerpo, el cual doy en rescate por vosotros”5. Luego tomó un vaso de vino, dio gracias, se lo dio a Sus apóstoles para tomar y dijo: “…esto es en memoria de mi sangre… que es derramada por cuantos crean en mi nombre”6.

Entre los nefitas, y también al restaurar Su Iglesia en los últimos días, repitió que debemos tomar la Santa Cena en memoria de Él7.

Al participar de la Santa Cena, testificamos a Dios que recordaremos a Su Hijo siempre y no sólo durante la breve ordenanza de la Santa Cena. Eso significa que constantemente acudiremos al ejemplo y las enseñanzas del Salvador para guiar nuestros pensamientos, decisiones y actos8. Seguir leyendo

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Hacia dónde miramos?

¿Hacia dónde miramos?Noviembre de 2014 Liahona
Por el élder Lynn G. Robbins
De la Presidencia de los Setenta
Conferencia general octubre 2014

El tratar de complacer a los demás antes de complacer a Dios es invertir el orden de los primeros dos grandes mandamientos.

“¿Hacia dónde miras?”. El presidente Boyd K. Packer me sorprendió con esa pregunta desconcertante mientras viajábamos juntos en mi primera asignación como nuevo Setenta. Yo estaba confundido al no tener una explicación para poner la pregunta en contexto. “Un Setenta”, continuó, “no representa al pueblo ante el profeta, sino al profeta ante el pueblo. ¡Nunca te olvides hacia donde miras!”. Fue una lección poderosa.

El tratar de complacer a los demás antes de complacer a Dios es invertir el orden de los dos primeros grandes mandamientos (véase Mateo 22:37–39); es olvidar hacia dónde miramos; y sin embargo, todos hemos cometido ese error debido al temor al hombre. En Isaías el Señor nos advierte, “No temáis afrenta de hombre” (Isaías 51:7; véase también 2 Nefi 8:7). En el sueño de Lehi, ese miedo surge debido al dedo de escarnio que los señalaba desde el edificio grande y espacioso, provocando que muchos se olvidaran hacia dónde debían mirar y dejaran el árbol “avergonzados” (véase1 Nefi 8:25–28).

La presión social intenta cambiar la actitud de una persona, incluso el comportamiento, haciéndola sentir culpable de ofender a los demás. Buscamos una convivencia respetuosa con quienes nos señalan con el dedo, pero cuando el miedo al hombre nos tienta a justificar el pecado, se convierte en una “trampa” según lo indica el libro de Proverbios (véase Proverbios 29:25). La trampa puede estar astutamente presentada para apelar a nuestro lado compasivo a fin de que toleremos, e incluso aprobemos, algo que ha sido condenado por Dios. Para los de fe débil, esto puede ser una gran piedra de tropiezo. Por ejemplo, algunos misioneros jóvenes llevan ese miedo al hombre al campo misional y no informan a un presidente de misión la desobediencia flagrante de un compañero, debido a que no quieren ofender a su compañero desobediente. Las decisiones que definen el carácter se hacen al recordar el orden correcto de los primeros dos grandes mandamientos (véase Mateo 22:37–38). Cuando estos misioneros confundidos se dan cuenta de que son responsables ante Dios y no ante sus compañeros, debería darles el valor para mirar hacia el lado correcto.

A la joven edad de 22 años, incluso José Smith olvidó hacia dónde miraba cuando repetidamente solicitó al Señor que permitiera a Martin Harris tomar prestadas 116 páginas del manuscrito. Quizás José quería demostrar gratitud a Martin por su apoyo. Sabemos que José estaba extremadamente ansioso de que otros testigos lo apoyaran contra las preocupantes falsedades y mentiras que se esparcían sobre él.

Cualesquiera hayan sido las razones de José, o cuán justificadas parezcan, el Señor no las justificó y lo reprendió severamente: “…con cuánta frecuencia has transgredido… y has seguido las persuasiones de los hombres. Pues he aquí, no debiste haber temidomás al hombre que a Dios” (D. y C. 3:6–7; cursiva agregada). Esta conmovedora experiencia ayudó a José a recordar, para siempre, hacia dónde miraba.

Cuando las personas tratan de quedar bien con los hombres, involuntariamente quedan mal con Dios. El pensar que se puede complacer a Dios y al mismo tiempo justificar la desobediencia de los hombres no es neutralidad sino duplicidad, o tener dos caras o tratar de “servir a dos señores” (Mateo 6:24; 3 Nefi 13:24).

Mientras que ciertamente se necesita valor para enfrentar los peligros, el verdadero signo de valentía es superar el temor a los hombres. Por ejemplo, las oraciones de Daniel lo ayudaron a enfrentar a los leones, pero su verdadera valentía estuvo en desafiar al rey Darío (véase Daniel 6). Esa clase de valentía es un don del Espíritu dado a los temerosos de Dios que han hecho sus oraciones. Las oraciones de la reina Ester también le dieron ese valor para confrontar a su esposo, el rey Asuero, sabiendo que arriesgaba su vida al hacerlo (véase Ester 4:8–16). Seguir leyendo

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La razón de nuestra esperanza

La razón de nuestra esperanzaNoviembre de 2014 Liahona
Por el presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

Un testimonio de la esperanza de la redención es algo que no se puede medir ni contar. Jesucristo es la fuente de esa esperanza.

Hace varios años, mi esposa y yo fuimos a la Universidad de Oxford para buscar registros de mi séptimo tatarabuelo. El Dr. Poppelwell, Director de Christ’s College en Oxford, tuvo la bondad de pedirle al archivista de la universidad que trajera los registros. Allí, en el año 1583, encontramos el nombre de mi antepasado, John Packer.

Al año siguiente regresamos a Oxford para hacer entrega de un juego de libros canónicos hermosamente encuadernado para la biblioteca de Christ’s College. Al Dr. Poppelwell le pareció un poco inusual; tal vez pensó que no éramos realmente cristianos, así que le pidió al capellán universitario que recibiera los libros.

Antes de entregarle las Escrituras, abrí la Guía temática [en inglés] y le mostré uno de los temas: 18 páginas, en letra pequeña, a espacio sencillo, con referencias para el tema de “Jesucristo”. Es una de las recopilaciones más completas de referencias de las Escrituras sobre el tema del Salvador que jamás se ha compendiado en la historia del mundo: un testimonio del Antiguo y el Nuevo Testamento, del Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio.

“No importa cómo siga estas referencias”, le dije, “de lado a lado, hacia arriba o hacia abajo, de libro a libro, tema tras tema, encontrará que son un testimonio constante y armonioso de la divinidad de la misión del Señor Jesucristo, Su nacimiento, Su vida, Sus enseñanzas, Su crucifixión, Su resurrección y Su expiación”.

Después de que compartí con el capellán algunas de las enseñanzas del Salvador, el ambiente cambió y él nos dio un recorrido por las instalaciones, incluso de una excavación reciente que revelaba murales de la época de los romanos.

Entre las referencias en la lista de la Guía temática se encuentra ésta del Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo: “…predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

En Sus propias palabras, el Salvador declaró: “…Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

Y en el Libro de Mormón declaró: “He aquí, yo soy el que fue preparado desde la fundación del mundo para redimir a mi pueblo. He aquí, soy Jesucristo… En mí todo el género humano tendrá vida, y la tendrá eternamente, sí, aun cuantos crean en mi nombre; y llegarán a ser mis hijos y mis hijas” (Éter 3:14). Seguir leyendo

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El libro

EL LIBRONoviembre de 2014 Liahona
Por El Élder Allan F. Packer
De Los Setenta

La obra de historia familiar y del templo debe ser una parte habitual de nuestra adoración personal.

Cuando era boy scout y tenía 12 años, me regalaron una pieza sumamente deseada para mi equipo de escultismo: ¡Un hacha pequeña con una gruesa funda de cuero! En la siguiente excursión en la que dormiríamos fuera, llegamos al campamento de noche, mojados y con frío a causa de la mucha nieve en el sendero. SÓLO podía pensar en hacer una buena fogata, así que, con mi hacha nueva, me puse de inmediato a hacer leña de un árbol caído. Mientras cortaba, me frustró ver que el hacha no cortaba muy bien. En mi frustración, trabajé con más ahínco y decepcionado regresé al campamento con sólo unos pocos leños. A la luz de la hoguera de otra persona descubrí el problema: no le había quitado la funda al hacha. Sin embargo, puedo decir que la funda estaba hecha TIRAS. La lección: me distraje con otras cosas.

Al labrar nuestra exaltación, debemos ocuparnos de todos los requisitos y no distraernos centrándonos sólo en uno o dos de ellos, o en otras cosas que nada tienen que ver. Procurar el reino de Dios produce gozo y felicidad1. Si es necesario, debemos estar dispuestos a cambiar. Realizar correcciones pequeñas pero frecuentes es menos doloroso e inquietante que hacer grandes correcciones en el curso de nuestra vida.

No hace mucho, la hermana Packer y yo viajamos a varios países. Preparamos los pasaportes y otros documentos. Recibimos las vacunas, hicimos los exámenes médicos y obtuvimos los visados y los sellos. Al llegar, nuestros documentos fueron inspeccionados y, como cumplíamos con todos los requisitos, se nos permitió entrar.

Reunir los requisitos de la exaltación es como entrar a otro país. Cada uno debe conseguir su pasaporte espiritual. Nosotros no establecemos cuáles son los requisitos, pero debemos cumplirlos todos en forma individual. El Plan de Salvación contiene todas las doctrinas, las leyes, los mandamientos y las ordenanzas necesarias para que todos seamos merecedores de la exaltación2. También, “por la Expiación de [Jesucristo], todo el género humano puede salvarse”3. La Iglesia nos ayuda, pero no puede cumplir con esos requisitos por nosotros. Ser dignos de la exaltación llega a ser el objetivo de toda una vida.

Cristo organizó Su Iglesia para ayudarnos. Llamó a quince hombres a quienes sostenemos como profetas, videntes y reveladores para guiar a la Iglesia y para enseñar a las personas. La Primera Presidencia4 y el Quórum de los Doce Apóstoles5 tienen igual poder y autoridad6, siendo el Apóstol de más antigüedad el que es designado como Presidente de la Iglesia. Los Setenta son llamados a ayudar7. Los líderes no establecieron los requisitos para la exaltación. ¡Lo hizo Dios! Estos líderes son llamados a enseñar, exponer, exhortar e incluso advertir para que no nos desviemos del curso8.

Como se explica en el manual de instrucciones: “Para cumplir con el objetivo de ayudar a las personas y a las familias a reunir los requisitos para lograr la exaltación, la Iglesia se centra en responsabilidades divinamente señaladas. Éstas incluyen ayudar a los miembros a vivir el evangelio de Jesucristo, recoger a Israel mediante la obra misional, cuidar del pobre y del necesitado y hacer posible la salvación de los muertos mediante la edificación de templos y al efectuar ordenanzas vicarias” 9. Estos cuatro enfoques, así como todas las otras leyes, mandamientos y ordenanzas, son obligatorios, no opcionales. Mediante la expiación de Jesucristo y al cumplir con cada uno de esos enfoques, añadimos los sellos necesarios a nuestros pasaportes espirituales.

En esta conferencia se nos ha enseñado acerca de los cambios que nos ayudarán a estar más preparados.

La familia es el centro del Plan de Salvación y tal vez por ello también se le conoce como el “gran plan de felicidad”10. El presidente Boyd K. Packer ha dicho: “El propósito final de toda actividad en la Iglesia es que el hombre, su esposa y sus hijos puedan ser felices en el hogar” 11. Seguir leyendo

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El deber de la Iglesia

Conferencia General Abril 1960

El deber de la Iglesia

David O. McKay

por el presidente David O. McKay

Por parte de la Primera Presidencia, los miembros del Consejo de los Doce Apóstoles y todas las Autoridades Generales de la Iglesia, os doy la bien­venida con todo el corazón, a vosotros que os halláis en este Tabernáculo y el Salón de Asambleas, así como a los que os halláis afuera y los que nos escucháis por radio y televisión. Bienvenidos a esta primera sesión de la 130a. Conferencia General de la Iglesia. Ruego que la súplica proferida en la primera oración se con­ceda, y que el Espíritu, del Señor esté con aquellos que hablen en esta sesión, y en las demás de la conferen­cia, y que inspire a los que escuchan, a fin de que efectivamente sea un ennoblecimiento de nuestros es­píritus, una fiesta espiritual.

“El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios.” (Juan 3:3).

“Vivimos en tiempos peligrosos.” Así decían cuan­do yo era joven. Fue lo que la gente pensó y dijo en los días de los apóstoles, después de la muerte y resu­rrección de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Así pensó y dijo la gente tres mil años antes que el Sal­vador viniera a la tierra, sí podemos aceptar los escritos tomados de una tablilla asiria fechada 2,800 años antes de Cristo.

Hayden hace una amonestación parecida: “Hoy, quizá como pocas veces en tiempos pasados, la desinte­gración amenaza a la sociedad humana y tal vez un caos completo. Todas las maldades antiguas de rela­ciones humanas, injusticia, egoísmo y abuso de la fuerza, se tornan siniestras y terribles cuando son refor­zadas por el tremendo aumento de potencia material. El alma del hombre se encoge acobardada, hambrienta y temerosa en medio de una civilización que ha llegado a ser demasiado compleja para que la mente pueda entenderla o gobernarla. El gozo y la belleza desapa­recen de la vida humana. Sin embargo, la vida abun­dante, bella y alegre, ha sido el propósito de nuestro afán por todos los siglos. ¿Que otro valor concebible hay en el dominio del mundo material, la explotación de los recursos de la naturaleza y la producción de las riquezas, sino servir de base para libertar la vida del espíritu? Estamos presenciando el desmoronamiento de la civilización bajo el peso de su propio mecanismo material, o el nacimiento de una organización nueva con un ideal espiritual.”

Los diarios dan amplia evidencia de que parece haber una desconfianza general hacia nuestros jóvenes. La mayoría de ellos desean saber qué es lo correcto. Yo tengo confianza en nuestros jóvenes. Es nuestro deber darles un ejemplo debido. La mayor parte de ellos en la actualidad lo seguirán, a pesar de vivir en una edad llena de misterios y descubrimientos jamás conocidos anteriormente en el mundo. El dominio del hombre se extiende sobre la tierra, el mar y el aire, y ahora tiene la intención de conquistar el espacio.

Hace pocos días Estados Unidos colocó un nuevo satélite entre los planetas, Pionero V, una esfera de cuarenta y tres kilos de peso y un diámetro que solamente mide sesenta y cinco centímetros. Es el primer viajero interplanetario que hablará desde le­jos y por largo tiempo. “Si todo marcha de acuerdo, con los planes, los científicos recibirán noticias de Pionero V, constantemente durante los próximos cinco meses, entonces esporádicamente por muchos años, al acercarse su órbita a la tierra.”

¡Qué sublime vista de los cielos estrellados! Aun­que esto aumenta nuestra admiración por la ingeniosi­dad del hombre, no debería sorprender a los miembros de la Iglesia que han estado cantando por muchos; años el himno del hermano W. W. Phelps:

Si tú al Astro Sirio,
Pudieras hoy volar
Cual vuelan pensamientos
Y siempre continuar,
¿Crees que jamás pudieras,
En la eternidad,
Hallar el gran origen
De Dios en la entidad?
“¿O ver el gran principio,
Do nada existió?
¿O de la creación postrera
De Dios, el término?
La voz de Dios susurra:
Jamás el hombre vió
Los límites postreros,
Do nada existió.
“No tienen fin las obras
De Dios, y mundos son
Creados y progresan
Y nunca cesarán.”

Cuanto más aprende un hombre de lo Infinito, tanto más debía convencerse de la posibilidad de ele­varse sobre una existencia meramente animal.

Wernher Von Braun, quien dirige el Departa­mento del Desarrollo de Operaciones de la Agencia de Proyectiles Balísticos correspondiente al ejército norte­americano, un hombre que ha dedicado su vida a la conquista del espacio, explicó sencilla y claramente en un artículo reciente, lo que el espacio repre­senta para nuestro futuro, y entonces concluye di­ciendo: “No se hace necesario temer que los futuros exploradores del espacio pierdan su humildad en sus viajes por los cielos. Estos los rodearán para recordarles eternamente que hay una fuerza mayor que el impulso de sus naves cohetes, un espíritu más grande que la fría lógica de sus calculadores, una fuerza que sobre­puja la de su propia nación.”

Sí, vivimos en un mundo interesante. También hay otro aspecto. Nos es dicho que cada año les es inculcado a ciento veinte mil jóvenes de Asia y África la falsa ideología del comunismo: ¡ciento veinte mil de ellos! Actualmente se hallan cuatrocientos mil diestros misioneros comunistas en el Sur de Asia y África di­ciendo a las masas hambrientas: “Estamos aquí, para libertaros. En Rusia y China hemos hallado la manera de hacerlo: liquídense las clases ricas; quíteseles lo que tienen; la tierra y la maquinaria serán propiedad del gobierno. Entonces todos tendrán lo suficiente y nadie oprimirá al pobre.” El comunismo es una fasci­nación tremenda para los pueblos analfabetos, ham­brientos, desesperados de Asia y África.

Me interesó mucho, quizá como a algunos de vos­otros, un artículo que se publicó recientemente en el diario acerca de Adeshir Zahedi, nuevo Embajador del Irán cerca de los Estados Unidos, el cual por cinco años, entre 1945 y 1950 estuvo estudiando en la Uni­versidad del Estado de Utah en Logan, para obtener su título. Atribuyó en gran parte al Dr. Franldin S. Harris, en otro tiempo presidente del Colegio de Agri­cultura (hoy Universidad del Estado de Utah) y uno de los fundadores del Proyecto Cuatro en Irán, el éxito logrado en mejorar los vínculos entre los Estados Uni­dos e Irán. El señor Zahedi conserva buenos recuerdos de Utah y sus habitantes, según los informes recibidos del corresponsal del Deseret News en Wáshington.

Pensé al leer la noticia, cuán importante es que los miembros de la Iglesia, particularmente aquellos que son enviados a estas varias misiones, sigan el ejemplo de nuestra fuente única de paz, a saber, el Señor y Salvador Jesucristo. Cuán importante es enseñar a estos pueblos a sostenerse a sí mismos, pero al mismo tiempo indicarles que hay una fuerza más alta que ellos; más elevada y mayor que el hombre; que sobre­puja todo el universo, es decir, que Dios es el Creador de todo.

El deber de la Iglesia es enseñar y llevar a la práctica los principios fundamentales de la vida buena. La obediencia al evangelio de Jesucristo, pese a las condiciones económicas o físicas, traerá la paz al alma. Cuando Nicodemo fué a visitar a Jesús, hará aproximadamente dos mil años, se entabló una conversación notable en la cual indudablemente hablaron de la sal­vación eterna, el desarrollo verdadero del hombre. Las Escrituras dan a entender que el objeto de ser miembro del reino de Dios es para impulsar la vida espiritual y lograr propósitos morales y caritativos.

“El que no naciere otra vez—declaró Jesús—no puede ver el reino de Dios.” Le explicó a Nicodemo que antes de poder resolver la pregunta que inquietaba su mente, tendría que efectuarse un cambió en su visión espiritual mediante una revolución completa de su “hombre interior”. Su manera de pensar, sentir y obrar, con referencia a las cosas espirituales, tendría que sufrir un cambio fundamental y permanente.

Es fácil ver las cosas temporales; es fácil ceder a las cosas lascivas. Ningún esfuerzo se requiere para participar de lo que es físico y de naturaleza animal. Pero salir de ese mundo y nacer en un ambiente espi­ritual es un paso hacia adelante que el Señor requiere de cada uno de nosotros.

Se da a entender en las Escrituras que el objeto de ser miembros del reino de Dios es para impulsar la vida espiritual, vuelvo a repetir, y lograr propósitos morales y caritativos. En otras palabras, para el desa­rrollo del sentido religioso, del espíritu verdaderamente religioso.

Esto se puede hacer de dos maneras: Primera, bus­cando la verdad y viviendo de acuerdo con lo que enseña; y, segunda, resistiendo toda influencia, toda fuerza que tienda a destruir o reducir en cualquier manera el espíritu religioso. Cuando se encontraba al lado del agua, había en el que estaba para bauti­zarse, antes de ser sepultado con Cristo por medio del bautismo, una fe implícita de que la Iglesia de Jesu­cristo se hallaba establecida sobre la tierra y que esta organización es la mejor del mundo en la actualidad para fomentar la vida espiritual, lograr el desarrollo verdaderamente religioso y la salvación del alma.

Repito que había en él esta fe implícita; y por causa de ello, hubo un arrepentimiento verdadero y con ese arrepentimiento, un deseo de abandonar todo lo que de su vida pasada fuera contrario a las enseñanzas del evangelio o la Iglesia. Verdaderamente estaba arre­pentido de su vida anterior y de los pecados, si los había, consiguientes a esa manera de vivir. Esperaba el momento de nacer otra vez en el reino de Dios. Estaba a punto de recibir la ordenanza del bautismo, símbolo de la sepultura de su vida vieja, y con ella to­das las imperfecciones, flaquezas, maldades, pecados que acompañaban esa manera de vivir. Iba a ser sepul­tado por medio del bautismo, para que así como Cristo resucitó de los muertos por el poder y la gloria del Padre, también él pudiese salir a novedad de vida, miembro de la Iglesia de Dios, hijo de nuestro Padre Celestial, ciudadano del reino de Cristo. Mediante el bautismo nació de nuevo y se hizo recipiente apto del Espíritu Santo. Salió su cuerpo a una vida nueva, se le confirió el Espíritu Santo y fué confirmado miembro de la Iglesia de Cristo.

En igual situación nos hallamos todos en un tiem­po. Esos fueron nuestros sentimientos, nuestra fe, nuestra esperanza. Ese día quedamos perdonados de nuestras maldades e imprudencias anteriores. Se des­plegó ante nosotros la misión entera, la vida, por decirlo así, del desarrollo del alma; y nos fué conferida la luz que emana del Padre para que nos guiara a fin de que nuestros pies no tropezaran; para que las ver­dades del evangelio se grabaran en nuestros corazones, esas verdades que nos darán conocimiento, con el fin de que nuestras almas se salven en la inteligencia. El Espíritu Santo nos hará recordar todas las cosas, nos mostrará las cosas que están por venir, nos dará un testimonio del Padre; y al grado que busquemos esa luz y vivamos de acuerdo con los deberes que esa obligación nos impone, estaremos buscando el desa­rrollo verdaderamente religioso, estaremos fomentando el crecimiento verdaderamente religioso.

Pero, ¿cuál es el otro elemento que debemos con­siderar? Junto con esta nueva vida, con esta búsqueda de la verdad, ha de haber una fuerza potente para resistir. Aunque hayamos nacido otra vez y merecido nueva vida, nuevo vigor, nuevas bendiciones, sin em­bargo permanecen con nosotros las debilidades viejas. El maligno está anheloso y listo para lanzar el ata­que y embestir nuestro sitio más débil, y lo ha estado combatiendo desde ese día. ¿Por qué? A fin de derrotar el propósito mismo para el cual entramos en la Iglesia de Cristo.

De manera de que nuestra misión consiste en resistir lo malo así como en buscar lo que es noble.

Nuestro Salvador es nuestro Ejemplo Divino. Des­pués de someterse a la ordenanza del bautismo para “cumplir con toda justicia”, después de haber recibido el encomio de su Padre y el testimonio de lo alto, de que Él era el Hijo de Dios, el “Hijo Amado” en quien el Padre tenía contentamiento, se presentó Satanás, apercibido para frustrar su misión. Jesús se retiró para ayunar y orar, a fin de prepararse para la gran misión que reposaba sobre El, y en su momento de mayor debilidad, según creía Satanás, cuando su cuerpo se hallaba débil y agotado por su largo ayuno, el maligno se presentó en la tentación. ¿Cuál, fué la tentación? La incitación de su debilidad física: “Si eres Hijo de Dios—reparemos cómo se impugnaba el testimonio que había recibido en el Jordán: “Este es mi. Hijo Amado”— si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan.” En ese momento de debilidad y hambre, esta tentación sería la más potente, en igualdad de circuns­tancias, Hubo un momento de resistencia por parte de Jesús. En la oración y el ayuno se había manifestado lo que buscaba. Su resistencia vino en el momento de debilidad corporal. Aunque el cuerpo estaba débil, el espíritu era fuerte, y Cristo respondió: “Escrito está: no con sólo pan vivirá el hombre, más con toda pala­bra que sale de la boca de Dios.”

Recordaréis que entonces Satanás lo puso a prueba con otra cosa. Habiendo fracasado, el Tentador lo incitó en un tercer asunto. Lo tentó, primero, con relación a su amor por la comodidad física; segundo, con relación a la vanidad y tercero, con relación a las riquezas terrenales y poder dominar el mundo. Digo que “lo tentó”, pero Cristo era más fuerte que la tenta­ción. Satanás trató de tentarlo; más Cristo resistió todas esas tentaciones; y la resistencia final fué: “Vete, Satanás, que escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”.

Quizá no oímos con nuestros oídos, a la orilla del agua, las palabras: “Este es mi Hijo Amado, en el cual tengo contentamiento”; pero el Espíritu dió testi­monio a nuestras almas de que Dios tenía contenta­miento con el hecho y se complacería en ayudarnos al grado que buscásemos su orientación por medio del ayuno y la oración. Quizá no hayamos oído con nues­tros oídos: “Si eres miembro de la Iglesia, y miembro de su reino, con el derecho de recibir el Espíritu Santo, haz esto o aquello.” Tal vez nuestra tentación no vino en esa manera. Pudo haber venido a guisa de uno de nuestros deseos anteriores. Pudo haber sido (y no dudo que fué) a modo de alguna tentación cor­poral, algún apetito. Pudo haber sido el deseo del cigarrillo, el cual nos resolvimos—si fuimos sinceros—a descartar, cuando entramos en las aguas del bautismo. Cuando viene ese deseo, después de hacernos miembros de la Iglesia o reino, ¿quién es el que dice: “Aunque pretendiste descartarlo, hazlo una vez más; ningún perjuicio vendrá por hacerlo sólo esta vez.”? ¡Allí es donde se necesita el momento de resistencia! ¿Cuántos de nosotros nos abstuvimos, como lo hizo Cristo, nues­tro ejemplo, y dijimos: “Retírate de aquí”?

Este elemento de resistencia en lo que concierne a nuestros apetitos corporales, la satisfacción de las pasiones, se aplica a todo miembro de la Iglesia de Cristo. En una forma u otra el maligno nos comba­tirá. En alguna manera él quiere debilitarnos. En alguna forma traerá ante nosotros aquello que debili­tará nuestras almas y tenderá a frustrar el desarrollo verdadero del espíritu religioso. Lo que quiero decir con esto es el desarrollo del espíritu que tenemos aden­tro, el fortalecimiento del hombre interior, la vigorización y crecimiento del espíritu que el tiempo no puede matar, antes es tan perdurable y eterno como el Padre Eterno de ese espíritu. Las cosas que tienden a marchitar ese espíritu o impedir su crecimiento son las que se amonesta a los miembros de la Iglesia resistir.

Tenemos en la Sección 89 de Doctrinas y Convenios la palabra del Señor sobre algunas cosas pequeñas— “pequeñas” en la estimación de muchos, y particular­mente los hombres del mundo—las cuales pedimos que los miembros de la Iglesia observen. Es una ley tem­poral, y se relaciona con nuestro bienestar espiritual así como físico. Esperó que tengamos la fuerza para resistir todas las tentaciones que vienen con las rique­zas y la posición terrenal cuando llegan a ser un fin en sí mismas. Hoy solamente tenemos tiempo suficiente para considerar estas pocas cosas pequeñas con las que Satanás nos tienta, en lo que respecta a nuestro cuerpo.

Recordaréis que en esa Sección dice:

He aquí, de cierto así os dice el Señor: Por motivo de las maldades y los designios que existen y que existirán en los corazones de hombres conspiradores en los últimos días, os be amonestado y os prevengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación: que si entre vosotros hay quien beba vino o bebidas alcohólicas, be aquí, no es bueno ni propio a la vista de vuestro Padre, sino cuando os juntáis para ofrecerle vuestros sacramentos…

Y además, los licores. . . el tabaco. . . las bebidas calientes no son para el cuerpo.

Estas cosas que se mencionan aquí: bebidas alco­hólicas, tabaco, bebidas calientes (el (té y el café), son algunas de las cosas temporales que deben resistir aquellos miembros de la Iglesia que desean seguir el concepto religioso de esta Iglesia.

Todo joven, al salir de las aguas del bautismo, debe saber que una parte de sus deberes consiste en resistir el cigarrillo, no importa en qué lugar esté. Toda persona joven de la Iglesia debe saber, al salir de las aguas bautismales, que debe resistir las bebidas intoxicantes cuando se ofrecen en las reuniones so­ciales. Todo joven miembro de esta Iglesia debe saber que no ha de usarse el tabaco en ninguna forma. Él o ella debe resistir todos estos hábitos, no sólo por la bendición que nuestro Padre ha prometido, sino por la fuerza que de esta manera se adquiere para resistir tentaciones mayores.

Una palabra más concerniente a esta “resistencia” en circunstancias que parecen difíciles. El joven que se abstiene dé los cigarrillos o licor en casa, y para el cual es fácil hacerlo allí, podrá ceder a la tentación cuando se encuentra con sus amigos o en alguna fiesta social. Cuando los otros participen de estas cosas, puede ser que carezca de la fuerza para resistir la tentación. Ese es el momento preciso en que debe efectuarse e impulsarse el verdadero crecimiento del alma. Ese es el momento, en la hora de la mayor tentación, cuando la resistencia más fuerte logra el mayor beneficio. No es dentro del círculo familiar, donde la influencia de su padre y madre le ayuda a rechazar estas cosas. En este respecto, se espera que todos los padres y las madres den un buen ejemplo. Espero que los padres no pongan malos ejemplos, para que los hijos que cedan a estas debilidades no puedan decir: “Estoy haciendo lo mismo que tú”

Hasta donde sea posible, domínense los padres y madres en todas estas cosas, ¡Venced vuestros apetitos! Qué importa que sintáis deseos de satisfacerlos. Cuanto mayor el deseo, tanto más fuerte debe ser vuestra re­sistencia, y tanto mayor será el desarrollo de vuestra alma. ¿Qué aprovecha el que resistamos algo que no deseamos o apetecemos? El hombre que crece porque resiste es el que resiste lo que desea; es el que dice, con la fuerza del evangelio: “¡Cesaré de hacerlo; lo resistiré!”

Dios conceda que mientras nos esforcemos por ensanchar el establecimiento del reino de Dios, instru­yamos a nuestros jóvenes y a los miembros de la Iglesia en todas partes, a resistir las tentaciones que debilitan el cuerpo, que destruyen el alma, a fin de que verda­deramente nos hallemos arrepentidos como cuando entramos en las aguas del bautismo, para que así podamos nacer de nuevo en todo el sentido de la palabra; para que nuestras almas se bañen en la luz: del Espíritu Santo y continuemos siendo miembros verdaderos de la Iglesia de Cristo hasta que se haya cumplido nuestra misión en la tierra y Dios nos reciba y recompense de acuerdo con nuestros méritos.

Sea esta nuestra parte, yo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Entrad por la puerta estrecha

“Entrad por la puerta estrecha”

J. Reuben Clark, Jr.por J. Rubén Clark Jr.
de la primera presidencia
Conferencia general 130ª  1960

Mis hermanos y hermanas, estoy agradecido por hallarme con vosotros, aun cuando es difícil tratar de hablaros. Doy las gracias al Señor por las bendiciones que me ha concedido durante los meses pasados y los más recientes, aun hasta el día de hoy. Os doy las gracias, como lo expresé a los miembros del sacerdocio anoche, por vuestra fe y oraciones que me han habilitado para estar con vosotros hoy. Espero que tengáis la bondad de orar conmigo para que las cosas que yo diga puedan ser de algún beneficio para todos nosotros.

Al estar pensando en lo que podría decir o tratar de decir, mis pensamientos evocan lo que los anti­guos jactanciosamente expresaban: “Todos los caminos conducen a Roma.” Y he pensado—y quisiera añadir que reitero todo lo que se ha dicho hasta este punto sobre la época en que vivimos y sus tendencias—he pensado en la importancia qué ha alcanzado entre nosotros la idea fundamental comprendida en el afo­rismo anterior.

No sé si estamos al principio, en medio o cerca del fin de una época en que veremos lo que los historia­dores de lo futuro podrían llamar una revolución. Y quisiera añadir—y esto se aplica frecuentemente a todos nosotros en cuanto a principio—que nosotros los de la actualidad hacemos la historia y nuestros sucesores le­janos la; escriben; y en esta historia ellos perciben cosas que nosotros en la actualidad no vemos. Y temo, mien­tras yo he hablado y oído a otros hablar, que puede haber un sentir, y por cierto, sé que lo hay entre algunos, de que poco importa a cuál iglesia pertenezca­mos o qué credo tengamos, y que no tiene mucha importancia. dentro de límites muy amplios, lo que hagamos: Parece que hasta cierto punto nos hallamos ante un concepto nacional, de hecho, mundial, que quiere hacernos creer que todo esto tiene poca impor­tancia, porque al fin y al cabo todos iremos al cielo, pese a lo que hagamos, lo que pensemos, lo que crea­mos, la fe que tengamos.

Esto me parece un grave error, y con respecto a esta idea, hallé unos pasajes en las Escrituras sobre los cuales he pensado hablar un poco. Son del Sermón del Monte, y el Salvador los repitió cuando apareció en este continente después de su resurrección. Las palabras son casi idénticas. Recordaréis que al venir a este continente, dijo que venía para enseñarles las cosas que había enseñado en Palestina. Estas fueron sus palabras:

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a perdición, y muchos son los que entran por ella.

Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida y pocos son los que la hallan. (Mateo 7:13, 14; 3 Nefi 14:13, 14)

AI leer esto, me acordé del sueño de Lehí en el Libro de Mormón, en los primeros días de su vida migratoria, donde se hace referencia en la última parte de su narración, de que eran pocos los que llegaban al camino angosto y estrecho, porque vió que se apli­caba a su propia familia, la cual se dividió y ocasionó la historia sangrienta de los nefitas y lamanitas sobre este continente. Seguir leyendo

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La segunda venida de Cristo

La segunda venida de Cristo
por Henry D. Moyle
De la Primera Presidencia
Conferencia general 130ª  1960

Henry D. MoyleMis amados hermanos y hermanas, yo sé que todos quedamos emocionados al principiar esta confe­rencia ayer en la mañana, por las palabras inspiradas del presidente David O. McKay. Nos dijo, entre otras cosas: “El dominio del hombre se extiende sobre la tierra, el mar y el aire, y ahora tiene la intención de conquistar el espacio.» Todo lo que el hombre ha lo­grado, y todo adelantó adicional en cualquier campo de actividad humana efectuada por el hombre, ayudará a llevar a cabo el propósito final que Dios ha dispuesto para nosotros aquí en el estado terrenal, a saber, el restablecimiento de su Iglesia y Reino sobre esta tierra, como preparación para la segunda venida del Salvador del género humano.

Puede haber hombres que aún continúen soste­niendo que existe un conflicto entre las iglesias y la religión por una parte y la ciencia por la otra; pero es que no entienden que todas las verdades relacionadas con la ciencia así como con la religión, emanan de nuestro Padre que está en los cielos. Él tiene dominio sobre sus verdades. Las puede retener de los hombres cuando conviene a sus propósitos, y en igual manera puede inspirar a los hombres a que las descubran y reconozcan, y las hagan saber a sus semejantes. De manera que la ciencia, así como la religión, dependen enteramente de Dios, y en igual manera todos nosotros. Ni la ciencia ni la religión pueden refutar con éxito la segunda venida de Cristo. La evidencia es demasiado completa, demasiado convincente, está demasiado in­tegrada en el gran plan eterno de Dios, del cual es una parte tan real como nuestra propia existencia. Tan difícil sería negar lo uno como lo otro.

Lo que me causa asombro es que recientemente en Inglaterra se nos tachó de ser extravagantes porque creemos “que Cristo remará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca”. A pesar de que nuestro Décimo Artículo dé Fe se ha publicado al mundo por más de cien años, se nos señala como paganos y se dice de nosotros que no somos cristianos. ¿Cómo puede una persona negar la segunda venida de Cristo y llamarse cristiano? ¿Cómo puede una persona saber acerca de su segun­da venida y no ser su discípulo?

Quisiera leeros lo que el distinguido perito de la Iglesia Anglicana dijo sobre el mormonismo reciente­mente: “El mormonismo es esencialmente una fe pa­gana, y en ningún sentido es cristiana”.

Un diario de Londres, the London Daily Sketch publicó, el primero de febrero, un artículo escrito por el señor Neville Randall, con el título “Tras Tras. . . Son los mormones.” Este artículo decía en parte:

En mil puertas de Inglaterra se oyó un llamado éste fin de semana. . . Quizá esta semana próxima a Ud. le tocará abrir la puerta a un norteamericano’ que le dirá en voz quieta: “¿Quiere usted ser mormón?” Sí le permite entrar, tratará de convencer a usted:

Que deje de fumar y beber licores, aun él te y el café.
Que dé la décima parte de sus ingresos a la iglesia mor morar
Que acepte una religión sin libro de oraciones o ministros asalariados.
Que no bautice a sus niños hasta que cumplan ocho años. Seguir leyendo

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Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde

Conferencia General Octubre 2015

Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde

Por el élder Bradley D. Foster
De los Setenta

Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para dirigir, guiar y caminar al lado de nuestros hijos, ya que las familias son eternas.



Hermanos y hermanas, estamos en batalla con el mundo. En el pasado, el mundo competía por acaparar la energía y el tiempo de nuestros hijos; actualmente lucha por apoderarse de su identidad y su mente. Muchas voces potentes y prominentes procuran definir quiénes son nuestros hijos y lo que deben creer. No podemos permitir que la sociedad transforme a nuestra familia a la imagen del mundo. Debemos ganar esta batalla, todo depende de ello.

Los niños de la Iglesia entonan una canción que les enseña acerca de su verdadera identidad: “Soy un hijo de Dios; Él me envió aquí. Me ha dado un hogar y padres”. Entonces, los niños nos ruegan: “Guíenme; enséñenme… para que algún día yo con Él pueda vivir”1.

El presidente Russell M. Nelson nos enseñó en la última conferencia general que de aquí en adelante deberemos estar dedicados a una “crianza con propósito”2. Nos encontramos en tiempos peligrosos, pero la buena noticia es que Dios sabía que así sería y nos ha proporcionado consejo en las Escrituras para que sepamos cómo ayudar a nuestros hijos y a nuestros nietos.

En el Libro de Mormón, el Salvador se apareció a los nefitas y reunió a sus niños pequeños a Su alrededor. Los bendijo, oró por ellos y lloró pensando en ellos3. Entonces le dijo a los padres: “Mirad a vuestros pequeñitos”4.

49La palabra mirad conlleva aquí tanto mirar como ver. ¿Qué quería Jesús que los padres vieran en sus pequeñitos? ¿Deseaba que captaran una perspectiva de su potencial divino?

Al mirar a nuestros hijos y a nuestros nietos hoy, ¿qué desea el Salvador que veamos en ellos? ¿Nos damos cuenta de que nuestros hijos son el mayor grupo de investigadores de la Iglesia? ¿Qué debemos hacer para lograr su conversión duradera? Seguir leyendo

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He ahí tu madre

Conferencia General 3 de octubre 2015

He ahí tu madre

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Ningún otro amor en la vida mortal llega a aproximarse más al amor puro de Cristo que el amor abnegado que una madre siente por un hijo.

Me uno a ustedes en dar la bienvenida al élder Ronald A. Rasband, al élder Gary E. Stevenson y al élder Dale G. Renlund y a sus respectivas esposas a la asociación más agradable que puedan imaginar.

Al profetizar de la expiación del Salvador, Isaías escribió: “Llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores”1 . En una majestuosa visión de los últimos días se recalcó que “[Jesús] vino al mundo… para llevar los pecados del mundo”2 . Tanto las Escrituras antiguas como las modernas testifican que “los redimió, los levantó y los llevó todos los días de la antigüedad”3 . Un himno favorito nos invita a “escuchad al Salvador”4 .

Soportar, sufrir, llevar, salvar, son palabras potentes y alentadoras que describen al Mesías; transmiten ayuda y esperanza para un traslado seguro del lugar donde estamos al lugar donde debemos estar, pero al que no podemos llegar sin ayuda. También conllevan una carga, lucha, fatiga y dolor; palabras muy apropiadas para describir la misión de Aquel quien, a un costo indescriptible, nos levanta cuando caemos, nos carga cuando no tenemos más fuerza, nos conduce a casa con seguridad cuando esta parece estar lejos del alcance. “Mi Padre me envió”, dijo, “para que fuese levantado sobre la cruz… para que así como he sido levantado… así también los hombres sean levantados… ante mí”5 .

45Pero, ¿podemos reconocer en esas palabras otro ámbito de la actividad humana en el que también empleamos términos como soportar ysufrir, llevar y levantar, labor de parto y dar a luz? Así como Jesús le dijo a Juan al momento de la Expiación, así nos dice a todos nosotros: “He ahí tu madre”6 . Seguir leyendo

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El gozo de vivir una vida centrada en Cristo

3 de octubre 2015Liahona Noviembre 2015
El gozo de vivir una vida centrada en Cristo
Por el élder Richard J. Maynes
De la Presidencia de los Setenta

Nuestra vida debe estar centrada en Cristo con exactitud si queremos hallar verdadero gozo y paz en esta vida.

El mundo en que vivimos presiona a las personas buenas de todas partes para que rebajen e incluso abandonen las normas de una vida recta. Sin embargo, a pesar de las maldades y tentaciones que nos rodean a diario, hallamos y hallaremos gozo verdadero al vivir una vida centrada en Cristo.

El centrar nuestra vida en Jesucristo y Su evangelio nos brindará estabilidad y felicidad, como ilustra el ejemplo siguiente.

Al élder Taiichi Aoba, de los Setenta, quien reside en el pueblito montañés de Shikoku, en Japón, se le pidió que enseñara una clase en una conferencia para la juventud. “Permaneced en lugares santos” fue el tema seleccionado para la conferencia. Tras considerar el tema y qué enseñar, el élder Aoba decidió usar su vocación como herramienta de enseñanza. Él es alfarero.

El élder Aoba cuenta que su clase de jóvenes cobró vida cuando lo vieron transformar casi de manera mágica la pieza de barro que tenía en las manos y convertirla en platos, tazones y tazas. Después de su demostración, preguntó si alguien quería intentarlo y todos levantaron la mano.

El élder Aoba invitó a varios jóvenes a acercarse y probar su nuevo interés. Asumieron que, después de verlo a él, sería algo sencillo. Sin embargo, ninguno logró hacer siquiera un tazón sencillo. Todos dijeron: “¡No puedo hacerlo!”, “¿Por qué cuesta tanto?”, “Es muy difícil”. Hacían estos comentarios mientras el barro volaba por el cuarto. Seguir leyendo

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Organizar el barco al estilo Bristol: Sean dignos de entrar en el templo, en las buenas y en las malas épocas.

3 de octubre 2015Liahona Noviembre 2015
Organizar el barco al estilo Bristol: Sean dignos de entrar en el templo, en las buenas y en las malas épocas.
Por el élder Quentin L. Cook

La observancia de los sagrados principios del Evangelio nos permitirá ser dignos de entrar en el templo, hallar felicidad en esta vida y nos guiará de regreso a nuestro hogar celestial.

El profeta Lehi declaró: “Si no hay rectitud, no hay felicidad”1.

El adversario ha conseguido plantar un gran mito en la mente de muchas personas. Él y sus emisarios declaran que la verdadera opción que tenemos es elegir entre la felicidad y el placer ahora, en esta vida, y la felicidad en una vida venidera (que el adversario afirma que quizás no exista). Este mito es una opción falsa, pero muy seductora2.

El noble y definitivo propósito del plan de felicidad de Dios es que los discípulos rectos y las familias del convenio estén unidos en amor, armonía y paz en esta vida3, y alcancen la gloria celestial en las eternidades con Dios el Padre, nuestro Creador, y con Su amado Hijo, Jesucristo, nuestro Salvador4.

38Cuando era un joven misionero asignado a la Misión Británica, mi primera área estaba en lo que entonces era el Distrito Bristol. Uno de los líderes locales de la Iglesia recalcaba que los misioneros que servían allí debían “organizar el barco al estilo Bristol”.

 

Al principio, no entendía lo que quería decir. Pronto averigüé el origen y el significado de la expresión náutica “organizar el barco al estilo Bristol”. En una época, Bristol fue el segundo puerto más activo del Reino Unido. Tenía una gran amplitud de marea, de trece metros; la segunda más alta del mundo. Con la marea baja, al retirarse el agua, los barcos antiguos tocaban fondo y se inclinaban hacia el costado, y si no estaban bien construidos, resultaban dañados. Además, todo lo que no estaba bien guardado o atado terminaba lanzado de forma caótica y roto o estropeado5. Cuando entendí esa frase, tuve claro que aquel líder nos estaba diciendo que, como misioneros, debíamos ser rectos, cumplir las reglas y estar preparados para las situaciones difíciles.

Ese mismo desafío se aplica a cada uno de nosotros. Describiría estar “organizado al estilo Bristol” como ser “digno de entrar en el templo”, en las buenas y en las malas épocas. Seguir leyendo

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Escogidos para dar testimonio de mi nombre

4 de octubre 2015Liahona Noviembre 2015
“Escogidos para dar testimonio de mi nombre”
Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Es maravilloso tener personas mayores de gran madurez espiritual y de buen juicio sirviendo en cargos de liderazgo de responsabilidad en la Iglesia restaurada de Jesucristo.

En 1996, el presidente Gordon B. Hinckley fue entrevistado en el programa de noticias de la televisión nacional 60 Minutes. Mike Wallace, periodista tenaz y con experiencia, entrevistó al presidente Hinckley sobre varios temas importantes.

Casi al final de su conversación, el Sr. Wallace comentó: “Hay quienes dicen: ‘esto es una gerontocracia; una Iglesia dirigida por ancianos’”.

El presidente Hinckley respondió de forma alegre y sin titubeo: “¿No es maravilloso tener a un hombre con madurez a la cabeza; a un hombre con buen criterio que no es llevado por doquiera de todo viento de doctrina?” (transmitido el 7 de abril de 1996).

Mi objetivo hoy es explicar por qué es maravilloso tener personas mayores de gran madurez espiritual y de buen juicio prestando servicio en cargos de liderazgo de responsabilidad en la Iglesia restaurada de Jesucristo, y por qué debemos “oír” y “[escuchar]” (Mosíah 2:9) las enseñanzas de esos hombres a quienes el Señor ha “[escogido] para dar testimonio de [Su] nombre… entre todas las naciones, lenguas, tribus y pueblos” (D. y C. 112:1).

Ruego que todos seamos instruidos por el Espíritu Santo mientras consideramos juntos este importante tema.

Una lección de toda una vida

Hablo de este tema desde una perspectiva particular. En los últimos once años, he sido el miembro más joven del Cuórum de los Doce en cuanto a la edad cronológica. Durante mis años de servicio, la edad promedio de los hombres que han servido en la Primera Presidencia y en el Cuórum de los Doce Apóstoles ha sido de setenta y siete años, el promedio más alto de edad de los apóstoles en un período de once años en esta dispensación.

He sido bendecido con la experiencia y sabiduría apostólica, personal y profesional colectivas de los miembros del cuórum con quienes sirvo. Un ejemplo de mi relación con el élder Robert D. Hales destaca las extraordinarias oportunidades que tengo de aprender y de prestar servicio con estos líderes.

Hace varios años pasé un domingo por la tarde con el élder Hales en su casa mientras él se recuperaba de una enfermedad grave. Conversamos sobre nuestras familias, las responsabilidades en el cuórum y sobre experiencias importantes.

En un momento le pregunté al élder Hales: “Usted ha sido un esposo, padre, atleta, piloto, ejecutivo de negocios y líder de la Iglesia con éxito; ¿qué lecciones ha aprendido conforme ha envejecido y se ha visto limitado por la disminución de la capacidad física?”.

El élder Hales pensó por un momento y respondió: “Cuando no puedes hacer lo que siempre has hecho, entonces solo haces lo que más importa”.

Me impresionó la sencillez y el gran alcance de su respuesta. Mi amado compañero en el apostolado compartió conmigo una lección de toda una vida, una lección que aprendió a través del crisol del sufrimiento físico y de la búsqueda espiritual.

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Persevera en tu camino

4 de octubre 2015Liahona Noviembre 2015
Persevera en tu camino
Por el élder Koichi Aoyagi
Miembro emérito de los Setenta

Pongan a Dios en primer plano, no importa las pruebas a las que se enfrenten. Amen a Dios; tengan fe en Cristo y entréguense a Él en todas las cosas.

El 11 de marzo de 2011, me encontraba en una plataforma en la estación de trenes de Shinagawa, Tokio, para visitar la Misión Japón Kobe. Aproximadamente a las 2:46 de la tarde, hubo un terremoto masivo con una magnitud de 9.0. No me pude mantener de pie debido al intenso zarandeo y me aferré al barandal de unas escaleras. Las luces de los cielorrasos cercanos empezaron a caer al suelo. Todo Tokio estaba en estado de pánico.

Afortunadamente, no resulté herido, y cuatro horas más tarde sentí alivio al enterarme de que toda mi familia estaba a salvo.

Por televisión transmitían escenas aterradoras e impactantes. Un gigantesco maremoto azotó la región de la Misión Sendai, arrasando todo a su paso: autos, casas, fábricas y campos. Estaba atónito ante las trágicas imágenes y lloré y supliqué con fervor que la protección y la ayuda de nuestro Padre Celestial estuvieran con toda la gente que vivía en esa región a la que amo tanto.

Más tarde, se confirmó que todos los misioneros y los miembros de la Iglesia estaban a salvo. No obstante, afectó a muchos miembros que perdieron a sus familiares, sus casas y posesiones. Perecieron cerca de veinte mil personas, las comunidades quedaron destrozadas y muchas personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares como resultado de un accidente de la planta de energía nuclear.

Desastres como estos están haciendo estragos en muchas partes del mundo hoy día, causando la pérdida de muchas vidas. Se nos advierte que ocurrirán desastres, guerras e innumerables dificultades en el mundo. Seguir leyendo

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Ojos para ver y oídos para oír

4 de octubre 2015Liahona Noviembre 2015
Ojos para ver y oídos para oír
Por el élder Kim B. Clark
De los Setenta

Si buscamos a Cristo y abrimos nuestros ojos y oídos, el Espíritu Santo nos bendecirá para ver al Señor Jesucristo obrar en nuestra vida.

En Su ministerio terrenal, Jesús hizo milagros tan grandiosos de sanación y enseñó con tanta autoridad y poder, que la Escritura dice: “Y su fama se extendió por toda Siria… Y le siguieron grandes multitudes”1.

Algunas personas que lo vieron sanar y lo oyeron enseñar, lo rechazaron. Otros le siguieron por un tiempo, pero después ya no andaban con Él2. El Señor Jesucristo estaba allí, frente a ellos, pero no veían quién era realmente. Estaban ciegos y escogieron apartarse. De ellos, Jesús dijo:

“Vine a los míos, y los míos no me recibieron”3.

“… con los oídos [oyen] pesadamente, y han cerrado sus ojos”4.

Sin embargo, hubo muchos hombres y mujeres, entre ellos Sus fieles apóstoles, que centraron su vida en Él. Aunque luchaban con las distracciones del mundo, con el desconcierto en cuanto a lo que Él enseñaba, e incluso con el temor, creían en Él, lo amaban y lo seguían.

De ellos, Jesús dijo: “Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen”5.

Justo antes de Su sufrimiento en Getsemaní y en el Calvario, Jesús hizo una promesa maravillosa a Sus discípulos: “El que en mí cree, las obras que yo hago él también las hará; y aun mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre”6.

Jesús cumplió esa promesa: a partir del día de Pentecostés, se bendijo a los discípulos con el bautismo de fuego y del Espíritu Santo7. Mediante su fe en Cristo, el arrepentimiento y la obediencia, el Espíritu Santo llegó a ser su compañero, les cambió el corazón y los bendijo con un testimonio perdurable de la verdad.

Esos dones y bendiciones fortalecieron a los discípulos del Señor. Aunque vivían en una época peligrosa y de confusión, recibieron el don espiritual de tener ojos para ver y oídos para oír. Mediante el poder del Espíritu Santo, comenzaron a ver la verdad de las cosas como realmente son, especialmente del Señor Jesucristo y de Su obra entre ellos8. El Espíritu Santo iluminó su entendimiento y oyeron la voz del Señor más claramente. El evangelio de Jesucristo penetró su corazón profundamente9; eran fieles y obedientes10; predicaban el Evangelio con fuerza y poder, y edificaban el Reino de Dios11. Tenían gozo en el Señor Jesucristo. Seguir leyendo

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Si me amáis, guardad mis mandamientos

4 de octubre 2015Liahona Noviembre 2015
“Si me amáis, guardad mis mandamientos”
Por Carole M. Stephens
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Los mandamientos de Dios son una manifestación de Su amor por nosotros, y la obediencia a Sus mandamientos es una expresión de nuestro amor por Él.

Cuando nuestra hija mayor, Jennifer, llevó a su tercera hija del hospital a su hogar, fui a su casa para ayudar. Después de que su hija mayor se fue a la escuela, decidimos que lo que más necesitaba Jennifer era descansar, así que, la mejor ayuda que podía darle era llevarme a su segunda hija, Chloe, a mi casa para que su mamá y la bebé pudieran tener un poco de tranquilidad.

Abroché a Chloe en su silla en el auto, me coloqué mi cinturón de seguridad y salí de la entrada del garaje. Sin embargo, antes que llegáramos al final de la calle, Chloe había desabrochado el cinturón de la silla y estaba de pie, mirando sobre mi hombro y ¡hablándome! Detuve el auto al lado del camino, salí y la abroché a su silla.

Seguí conduciendo, pero después de una corta distancia, ella se había salido de su silla de nuevo. Repetí los mismos pasos, pero esta vez, antes de que pudiera subirme al auto y colocarme el cinturón, ¡Chloe ya estaba de pie!

Me encontraba sentada en el auto, estacionada a un lado de la calle, teniendo una lucha de poder con una niña de tres años y ¡ella estaba ganando!

Utilicé todas las ideas que se me ocurrieron para convencerla de que mantenerse abrochada a su silla era una buena idea. ¡Ella no estaba convencida! Finalmente decidí probar el enfoque de si haces algo por mí, entonces haré algo por ti.

Dije: “Chloe, si permaneces abrochada a tu silla, entonces, tan pronto como lleguemos a la casa de la abuela, podemos jugar con plastilina”.

No hubo respuesta.

“Chloe, si permaneces abrochada a tu silla, entonces podemos hacer pan cuando lleguemos a la casa de la abuela”. Seguir leyendo

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