Guardaos de los falsos profetas y de los falsos maestros

Guardaos de los falsos profetas y de los falsos maestrosLiahona Enero 2000
Élder M. Russell Ballard
Del Quorum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard«Cuídense de los que hablan y escriben oponiéndose a los profetas verdaderos de Dios».

Hacia el final del ministerio terrenal del Salvador, Sus discípulos acudieron a Él con varias preguntas referentes al futuro: “Dinos… ¿qué señal habrá de tu venida?”.

Jesús respondió: “Mirad que nadie os engañe.

“Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras… y habrá pestes y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores” (Mateo 24:3-8).

El apóstol Pablo nos dijo de estos días: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias.

“Y apartarán de la verdad el oído” (2 Timoteo 4:3-4).

Pablo enseñó también que el Señor “constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas… a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

“Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios…

“Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:11-14).

Hermanos y hermanas, nadie, excepto el Padre, conoce la hora exacta de la Segunda Venida (véase Mateo 24:36). Hay, sin embargo, ciertas señales que confirman las profecías de las Escrituras relativas a ese día de gran tumulto. Jesús advirtió en varias ocasiones que antes de Su Segunda Venida “muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos” (Mateo 24:11). Como apóstoles del Señor Jesucristo es nuestro deber ser atalayas en la torre, avisando a los miembros de la Iglesia que se cuiden de los falsos profetas y de los falsos maestros que aguardan en secreto para destruir la fe y el testimonio. Hoy les advertimos que están surgiendo falsos profetas y falsos maestros; y si no tenemos cuidado, incluso aquellos de entre los miembros fieles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días caerán víctimas de ese engaño.

El presidente Joseph F. Smith nos dio consejos sabios y claros que se aplican en la actualidad:

“No podemos aceptar nada como autorizado sino lo que viene directamente por medio de la vía señalada, las organizaciones constituidas del sacerdocio, que es la vía que el Señor ha señalado para dar a conocer su disposición y voluntad al mundo… Y en el momento en que los individuos buscan otra fuente, en ese instante le abren la puerta a las influencias seductoras de Satanás y se exponen a convertirse en siervos del demonio; pierden de vista el orden verdadero mediante el cual pueden disfrutarse las bendiciones del sacerdocio; se salen de la protección del reino de Dios a terreno peligroso. Cuando veáis que un hombre se levanta y afirma haber recibido revelaciones directas del Señor para la Iglesia, independientemente del orden y vía del sacerdocio, podéis tacharlo de impostor” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, págs. 40-41). Seguir leyendo

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La esperanza, ancla del alma

Conferencia General Octubre 1999

La esperanza, ancla del alma

Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

«Nuestra más grande esperanza proviene del conocimiento de que el Salvador rompió las ligaduras de la muerte… Él expió nuestros pecados con la condición de que nos arrepintamos».


Mis queridos hermanos, hermanas y amigos, llego a este púlpito agradecido por la inspiración y la dedicación de los que construyeron este sagrado, santo e histórico tabernáculo. Rindo homenaje al presidente Brígjaam Young, quien demostró su genio como líder al construir este edificio excepcional y el portentoso órgano. Al mismo tiempo me regocijo porque, bajo el inspirado liderazgo del presidente Hinckley, estamos construyendo una magnífica casa de adoración para dar cabida a una Iglesia que continúa creciendo. Este nuevo edificio es una expresión de esperanza para la Iglesia en el siglo venidero.

En esta ocasión, “quisiera hablaros”, como dijo Moroni, “concerniente a la esperanza”1. Hay excepcionales fuentes de esperanza que exceden nuestra propia aptitud, aprendizaje, fortaleza y capacidad. Entre ellas está el don del Espíritu Santo. Por medio de la prodigiosa bendición de este miembro de la Trinidad, “podremos conocer la verdad de todas las cosas”2.

La esperanza es el ancla de nuestras almas. No sé de persona alguna que no tenga necesidad de tener esperanza: jóvenes o mayores, fuertes o débiles, ricos o^ pobres. Como exhortó el profeta Eter: “de modo que los que creen en Dios pueden tener la firme esperanza de un mundo mejor, sí, aun un lugar a la diestra de Dios; y esta esperanza viene por la fe, proporciona un ancla a las almas de los hombres y los hace seguros y firmes, abundando siembre en buenas obras, siendo impulsados a glorificar a Dios”3.

Nefi amonestó a los de su época: “Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna”4.

Todas las personas en esta vida tienen sus retos y dificultades. Eso es parte de nuestra prueba mortal. La razón de algunas de estas pruebas no se puede comprender excepto sobre la base de la fe y la esperanza, puesto que suele haber un propósito mayor que no siempre comprendemos. La paz proviene de la esperanza.

Pocas actividades están más libres de riesgos que el cumplir una misión para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, dado que los misioneros están literalmente en las manos del Señor. Deseamos que a todos ellos se les pudiera conservar totalmente fuera de peligro en todo momento, pero eso no es la realidad. Los misioneros, así como sus familiares y líderes, confían plenamente en la protección del Señor y, cuando ocurre una tragedia poco común, todos ellos son sostenidos por el Espíritu de Aquel a quien sirven.

El verano pasado visité al élder Orin Voorheis en casa de sus padres en Pleasant Grove, Utah. Él es un joven grande de contextura, apuesto y espléndido, que sirvió en la Misión Argentina Buenos Aires Sur. Una noche, cuando llevaba unos once meses en la misión, unos ladrones armados asaltaron al élder Voorheis y a su compañero. En un insensato acto de violencia, uno de ellos le pegó un tiro en la cabeza al élder Voorheis. Durante días, él se debatió entre la vida y la muerte, imposibilitado de hablar, de oír, de moverse e incluso de respirar por su propia cuenta. Gracias a la fe y oraciones de innumerables personas durante un largo tiempo, por fin le retiraron del equipo de mandamiento de vida y le trajeron a los Estados Unidos. Seguir leyendo

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Por qué hacemos algunas de las cosas que hacemos

Por qué hacemos algunas de las cosas que hacemosLiahona Enero 2000
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley«Ésta no es una causa fácil ni una obra sin esfuerzo, e incluso sacrificio. Seguiremos adelante siguiendo el sendero que el Señor nos ha señalado».

Mis queridos hermanos, les felicito dondequiera que se encuentren. Como de costumbre, el Tabernáculo está completamente lleno. Para la próxima primavera nos será posible dar cabida a todos los que deseen sentarse juntos para participar de estas extraordinarias reuniones de sacerdocio del sábado por la noche, lo cual será una gran bendición.

Para concluir esta reunión, deseo hablarles unos minutos sobre el tema: porqué hacemos algunas de las cosas que hacemos.

Me doy cuenta de que es un título que suena un poco extraño; pero ésta es la única reunión en la que podemos tratar procedimientos y normas de la Iglesia. Ruego que el Espíritu Santo me guíe.

La Iglesia es una organización eclesiástica. Es una sociedad caritativa cuyo principal interés es la adoración del Señor Jesucristo. Nuestra misión más grande es la de testificar de Su existencia real. No debemos participar en nada que no esté en armonía con ese objetivo principal; en cambio debemos participar en cualquier cosa que esté en armonía con ello.

Hacemos muchas cosas que a primera vista no parecen estar relacionadas con ese objetivo primordial; hablaré en cuanto a dos o tres de ellas. Entre ellas se encuentra el funcionamiento de la Universidad Brigham Young. La gente nos pregunta por qué patrocinamos una institución tan grande y costosa que básicamente se concentra en la educación secular. La pregunta es apropiada. Ese patrocinio tiene una base doctrinal.

El Señor ha decretado por medio de la revelación:

“Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender;

“de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero, las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos,

“a fin de que estéis preparados en todas las cosas, cuando de nuevo os envíe a magnificar el llamamiento al cual os he nombrado y la misión con la que os he comisionado” (D. y C. 88:78-80). Seguir leyendo

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El poder del sacerdocio

El poder del sacerdocioLiahona Enero 2000
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson«El sacerdocio no es tanto un don como un mandato para servir, un privilegio para edificar, una oportunidad para bendecir las vidas de los demás».

Hermanos del sacerdocio reunidos aquí y en todo el mundo, me siento humilde por la responsabilidad que tengo de hablar ante ustedes, y ruego que el Espíritu del Señor esté conmigo mientras lo hago.

Algunos de ustedes son diáconos, otros maestros o presbíteros, todos ellos oficios en el Sacerdocio Aarónico. Muchos de ustedes son élderes, setentas o sumos sacerdotes. Se espera mucho de cada uno de nosotros.

En una proclamación de la Primera Presidencia y del Consejo de los Doce Apóstoles emitida el 6 de abril de 1980, se expuso esta declaración de testimonio y verdad: “Afirmamos solemnemente que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es, de hecho, la restauración de la Iglesia restablecida por el Hijo de Dios cuando en Su vida mortal organizó Su obra en la tierra; que lleva Su sagrado nombre, el nombre de Jesucristo; que está edificada sobre el cimiento de apóstoles y profetas, siendo El mismo la piedra angular; que Su sacerdocio, tanto el orden de Aarón como el de Melquisedec, fue restaurado por las manos de aquellos que lo poseyeron antiguamente: Juan el Bautista, en el caso del Sacerdocio Aarónico; y Pedro, Santiago y Juan, en el caso del Sacerdocio de Melquisedec”1.

El 6 de octubre de 1889, el presidente George Q. Cannon expresó esta súplica:

“Deseo ver fortalecido el poder del sacerdocio… Deseo ver esta fortaleza y poder difundidos por toda la organización del sacerdocio, abarcando desde la cabeza hasta el último y más humilde diácono de la Iglesia. Todo hombre debería buscar las revelaciones de Dios y disfrutarlas, esa luz de los cielos que resplandece en su alma y le da conocimiento respecto a sus deberes, a esa porción de la obra de Dios a la que es llamado como poseedor del sacerdocio”2.

El Señor mismo resumió nuestra responsabilidad cuando, en la revelación sobre el sacerdocio, nos exhortó: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado”3.

Hermanos del Sacerdocio Aarónico, ya sean diáconos, maestros o presbíteros, aprendan su deber. Hermanos del Sacerdocio de Melquisedec, aprendan su deber.

Hace algunos años, cuando nuestro hijo menor estaba para cumplir los doce años de edad, él y yo salíamos del edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia cuando nos saludó el presidente Harold B. Lee. Mencioné que Clark pronto cumpliría doce años, tras lo cual el presidente Lee le preguntó: “¿Qué sucederá cuando cumplas doce años, Clark?”. Ese fue uno de esos momentos en que el padre ruega que su hijo tenga la inspiración de responder bien. Sin vacilar, Clark le contestó: “Seré ordenado diácono”.

Esa era la respuesta que el presidente Lee esperaba. Luego aconsejó a nuestro hijo: “Recuerda, es una gran bendición poseer el sacerdocio”.

Espero con toda mi alma y corazón que cada joven que reciba el sacerdocio lo honre y sea fiel a la confianza que se le deposita cuando se le confiere.

Hace cuarenta y cuatro años escuché a William J. Critchlow, Jr., presidente en esa época de la Estaca Ogden Sur, dirigirse a los hermanos en la sesión general del sacerdocio de una conferencia y relatar una historia acerca de la confianza, el honor y el deber. Permítanme compartirla con ustedes, pues su sencilla lección se aplica a nosotros hoy en día, tal y como en aquel entonces. Seguir leyendo

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En cuanto a las semillas y la tierra

En cuanto a las semillas y la tierraLiahona Enero 2000
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust«Deseamos en particular que ustedes, jovencitos, tengan un testimonio fuerte, con raíces sólidas, porque sólo entonces será una brújula infalible».

Mis queridos hermanos, la responsabilidad de dirigir la palabra a este vasto ejército de poseedores del sacerdocio es una gran responsabilidad que pesa sobre mis hombros. Ruego la bendición del Señor y las oraciones de ustedes mientras lo hago.

Estoy agradecido de que siendo apenas un niño se me haya enseñado a sembrar. Por medio del milagro de la vida, plantamos en nuestro propio huerto semillas que nos daban deliciosas arvejas, maíz, zanahorias, nabos, cebollas y papas. Recuerdo claramente una experiencia muy significativa que tuve cuando mi abuelo nos mostró la forma de sembrar semilla de alfalfa con la mano. Había arado y rastrillado el terreno para prepararlo para la siembra; luego, tomando un puñado de semillas y, moviendo el brazo extendido en un amplio semicírculo, ingeniosamente las iba esparciendo a medida que caminaba a través del campo. Aun cuando los pájaros se comían parte de las semillas, la alfalfa crecía y el campo permanecía rico y fructífero por muchos años.

Más tarde, mientras prestaba servicio como misionero, esa experiencia me ayudó a entender la parábola del Salvador sobre el sembrador, la que en realidad es una parábola sobre diferentes clases de tierra. El enseñó que “…parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

“Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra…
“Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.
“Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.
“Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál al ciento, cuál a sesenta, y cuál al treinta por uno”1.

En esta parábola la semilla es la misma, pero cayó en tierra de cuatro clases diferentes. El Salvador también explicó el significado de la parábola. La semilla que “cayó junto al camino” representa a los que escuchan la palabra de Dios pero no la entienden y caen en las garras de Satanás. La segunda semilla, que “cayó en pedregales”, describe a aquellos que reciben con gozo la palabra y se esfuerzan mientras todo esté bien, pero cuando llegan las pruebas y sienten las presiones de la gente a causa de sus creencias, se ofenden y no perseveran. La tercera semilla, la que “cayó entre espinos”, representa a los que escuchan la palabra, pero las cosas del mundo y las riquezas son más importantes para ellos y se alejan de la verdad. La última semilla, sin embargo, la que “cayó en buena tierra”, representa a aquellos que oyen la palabra, la entienden, la viven y cosechan grandes y eternas recompensas2.

El Libro de Mormón proporciona varios ejemplos de semillas que cayeron junto al camino. Uno de ellos es el relato de los zoramitas. Alma escribe que a los zoramitas “les había sido predicada la palabra de Dios.

“Pero habían caído en grandes errores, pues no se esforzaban por guardar los mandamientos de Dios…”3.

Alma dirigió una misión para rescatarlos y, en sus enseñanzas, comparó la palabra con una semilla, y les explicó: Seguir leyendo

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La fe de un gorrión: la fe y la confianza en el Señor Jesucristo

La fe de un gorrión: la fe y la confianza en el Señor JesucristoLiahona Enero 2000
Élder H. Bruce Stucki
De los Setenta

H. Bruce Stucki«Cuando por medio de nuestro profeta actual el Señor nos revela que es necesario que nos esforcemos más… entonces debemos dar un paso al frente y decir: ‘Heme aquí, envíame a mí’ «.

Quisiera hablarles acerca de un pajarito que se encontraba inmóvil en el suelo de un estacionamiento. Durante la noche, los fuertes vientos de la tormenta lo habían hecho caer del nido. Al parecer, había nacido apenas unos días antes y aunque tenía muy pocas plumas, era posible darse cuenta de que se trataba de un gorrión común y corriente.

Mientras yacía ahí, esperando la suerte que le depararía el destino, una joven que caminaba por el estacionamiento en dirección a su automóvil vio el gorrión y lo recogió, y sintiendo pena por el indefenso pajarito, lo llevó a casa para cuidarlo. Preparó un nido en una canasta con pañuelos de papel, los cuales cambiaba a menudo para que el pajarito tuviera un lugar limpio y cómodo.

Ella lo alimentaba varias veces al día, viendo cómo se fortalecía, y a los pocos días abrió éste los ojos y pudo ver por primera vez. Vio a la joven que le daba de comer y a la familia que vivía en la casa; se acostumbró a los ruidos que oía a su alrededor y no sentía temor.

Con el correr de los días, empezó a dar sal titos; lo sacaron de la canasta y lo pusieron en una jaula limpia.

El pajarito confiaba en la joven y en la familia; cuando quería comer, gorjeaba y movía sus alitas rápidamente, y apenas abrían la puerta de la jaula, saltaba a la mano de la joven y esperaba pacientemente a que ella lo alimentara.

Se quedaba muy quieto sobre la mano mientras ella andaba de un lado a otro en la casa e incluso cuando salía. Para que se fuera acostumbrando al mundo exterior, lugar en el que pronto tendría que vivir, ella lo sacaba al jardín en donde ella y su hermana se sentaban bajo un árbol y conversaban mientras el pajarillo observaba y miraba todo a su alrededor.

Cuando llegó el momento en que la jovencita y su hermana fueran al campamento de las jóvenes, el pajarito fue con ellas a pasar una semana en las montañas. Fue allí donde trató de volar por primera vez, volando desde la mano de la joven hasta las ramas bajas de un árbol cercano.

Pero se sentía contento de volver a la mano familiar y a la seguridad del cariño de la joven, y aunque estaba aprendiendo a volar, no se fue. Cuando el campamento de las jóvenes llegó a su fin, el pájaro regresó a casa con ellas y siguió con las lecciones de vuelo.

La joven, al darse cuenta de que muy pronto el pájaro se tendría que unir a los de su propia clase, lo llevó al jardín y lo instó a que volara. El ave voló hasta un pequeño pino, se posó en una rama y comenzó a mirar a su alrededor. La jovencita lo dejó allí y regresó a casa, pensando que el pajarillo pronto se iría con otros pájaros. Seguir leyendo

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He aquí el hombre!

“¡He aquí el hombre!”Liahona Enero 2000
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

Richard C. Edgley«Un verdadero hombre es lo suficientemente fuerte para resistir las asechanzas de Satanás y lo suficientemente humilde para someterse a los poderes redentores del Salvador».

Hace pocos meses recibí una carta de una amiga de la familia a la que no había visto durante muchos años. La carta era una expresión de desesperanza, una súplica de ayuda. Después de luchar para criar ella sola a sus hijos, ahora se había vuelto a casar. Su esposo, que no era miembro de la Iglesia, era un tipo rudo que intentaba expresar su hombría por medio de la bebida, el vocabulario indecente, la conversación irrespetuosa y un comportamiento cuestionable. La preocupación más grande que ella tenía era que el ejemplo de su esposo le estuviera enseñando a su hijo que ésas eran en verdad las características de la hombría. Me suplicaba si habría alguna manera, aunque nos separara una gran distancia, mediante la cual yo pudiera hablar con su hijo, a quien llamaremos Ben, sobre las características de la verdadera hombría. Esta noche trataré de responder a esa súplica. Dirijo, por tanto, mis palabras a un amigo lejano, y a todos los “Bens” de la Iglesia que intentan estar a la altura de lo que es un hombre.

Así que, hablemos, Ben. Todos deseamos ser aceptados y reconocidos cuando entramos en la edad adulta. Si vivimos lo suficiente, la edad adulta nos llega de una manera u otra. La verdadera hombría, sin embargo, llega sólo cuando la ganamos y si logramos ganarla.

A Satanás se le conoce como el gran impostor. Su religión, su filosofía y su obra están basados en el engaño y la mentira. Su objetivo es frustrar la obra del Señor engañándonos y, al final, haciéndonos “miserables como él” (2 Nefi 2:27). Desea que nosotros creamos que él es todo un hombre y que sus caminos nos llevan a la hombría.

Por el contrario, Jesús se entregó voluntariamente a la voluntad del Padre. Como resultado fue traicionado, acusado, golpeado y juzgado. Su sacrificio no fue obligatorio, sino que fue el resultado de Su valentía, deber y amor, lo que lo llevó a probar la amarga copa que le hizo sangrar por cada poro. Después que Pilato fue testigo del enorme sufrimiento y humillación de Jesús, e incluso abogó en su defensa para que se le dejara libre, finalmente sucumbió a las demandas de los judíos. Cuando lo entregó para que lo crucificaran, lo hizo con las simples pero claras palabras: “¡He aquí el hombre!” (Juan 19:5). Sí, Jesús es el hombre. Posee todas las características del hombre verdadero e ideal. Sus caminos, y no los de Satanás, conducen a la hombría. Cualquiera que crea lo contrario ya está enredado en las sempiternas cadenas del engaño de Satanás (véase 2 Nefi 28:19).

Ben, todos los jóvenes deben elegir entre el bien y el mal y entre los caminos de Dios y los de Satanás. Cuando un joven empieza a fumar para probar que es hombre, ¿hacia el terreno de cuál de ellos se va encaminando? Cuando un joven empieza a beber, a tomar drogas, a participar en el sexo, y a ser escandaloso y grosero, ¿hacia el terreno de cuál de ellos se va encaminando? Se ha dicho que muchos jovencitos empiezan a fumar cuando son adolescentes para probar que son hombres y tratan de dejar el cigarrillo a los 30 por la misma razón. No hay hombría en sucumbir ante Satanás. No hay hombría en ser derrotado por sus principios. Seguir leyendo

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El crecer dentro del sacerdocio

El crecer dentro del sacerdocioLiahona Enero 2000
Élder Joseph B. Wirthlín
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin«La Expiación de Jesucristo ha dado al Salvador la potestad de ayudarles a progresar hasta ser los jóvenes que Él sabe que pueden llegar a ser».

Me siento muy humilde ante la gran responsabilidad de dirigirme a este grupo de hermanos que poseen el sacerdocio de Dios. Ruego sinceramente que el Espíritu del Señor nos acompañe para que lo que tengo que decir se grabe profundamente en su corazón.

Me gusta hablar a los hermanos del sacerdocio, particularmente a los jóvenes de nuestra Iglesia que poseen el Sacerdocio Aarónico. Lo crean o no, no me parece que haya pasado tanto tiempo desde que yo era un muchacho. Cuando era diácono, comenzaron a aparecer las señales de la Gran Depresión; decenas de miles de personas perdieron el trabajo; el dinero escaseaba; las familias tenían que arreglárselas como pudieran; muchos niños y jóvenes ni siquiera preguntaban a la madre qué había para la cena, pues sabían muy bien que los armarios estaban casi vacíos.

Mis padres trabajaban duramente y estiraban el dinero todo lo más posible; tal vez esa fuera la razón principal por la que todo lo que me daban era siempre dos o tres tallas más grande.

Tenía doce años cuando recibí el primer par de patines de hielo; eran tan grandes que tenía que rellenar las puntas con algodón.

Cuando los saqué de la caja, miré a mi madre y le dije: “Mamá, ¡yo no puedo patinar con esto!”.

“Sé agradecido por tenerlos, Joseph”, me dijo; y agregó lo que ya me había acostumbrado a oír: “No te preocupes; ya te quedarán bien”.

Un año después, lo que más deseaba tener era un par de hombreras protectoras y un casco de fútbol americano. La mañana de Navidad abrí mis paquetes y ahí estaban las hombreras protectoras y el casco… pero eran de un tamaño apropiado para Goliat, que era de seis codos y un palmo de altura, unos dos metros setenta.

“Mamá, ¡son muy grandes!”, le dije.

“Sé agradecido por tenerlos, Joseph”, me dijo nuevamente. “No te preocupes; ya te quedarán bien”.

Antes de entrar en la escuela secundaria jugué mucho al fútbol americano en el vecindario. Cuando me puse mi equipo nuevo, las hombreras me colgaban tanto sobre los hombros que lo único que me protegían era los codos.

Aun cuando rellené el casco con algodón y papel de periódico, se sacudía cada vez que daba un paso; y cuando corría, daba vueltas y vueltas hasta que la única manera de poder ver por dónde iba era mirar por el agujero del casco que correspondía a la oreja. Seguir leyendo

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Sumo sacerdote de los bienes venideros

“Sumo sacerdote de los bienes venideros”Liahona Enero 2000
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland«Algunas bendiciones nos llegan pronto, otras llevan más tiempo, y otras no se reciben hasta llegar al cielo; pero para aquellos que aceptan el Evangelio de Jesucristo, siempre llegan».

En esas ocasiones en las que tenemos necesidad de recibir ayuda especial de los cielos, bien haríamos en tener presente uno de los títulos dados al Salvador en la epístola a los Hebreos. Refiriéndose al “tanto mejor ministerio” de Jesús y a la razón por la cual Él es el “mediador de un mejor pacto”, colmado de “mejores promesas”, el autor de la epístola, supuestamente el apóstol Pablo, nos dice que por medio de Su mediación y Su expiación, Cristo llegó a ser el “sumo sacerdote de los bienes venideros”1.

Hay ciertos momentos en que todos tenemos la necesidad de saber que las cosas mejorarán. Moroni se refirió a ello en el Libro de Mormón como la “esperanza de un mundo mejor”2. Por nuestra propia salud emocional y por nuestro propio vigor espiritual todos debemos estar en condiciones de mirar hacia el futuro a cierto grado de alivio, hacia algo agradable, renovador y optimista, ya sea que se trate de una bendición que esté al alcance de la mano o aún distante. Nos basta con saber que podemos llegar allí, que no importa cuán próximo o lejano esté, existe la promesa de “bienes venideros”.

Yo declaro que eso es precisamente lo que el Evangelio de Jesucristo nos ofrece, particularmente en momentos de necesidad. Hay ayuda. Hay felicidad. Hay realmente una luz allende la obscuridad. Es la Luz del Mundo, la Estrella Resplandeciente de la Mañana; la “luz que es infinita, que nunca se puede extinguir”3. Es el Hijo de Dios mismo. En alabanzas de amor más grandes aún que las que Romeo jamás hubiera podido proclamar, decimos: “¿qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana?”. Es el retorno de la esperanza y Jesús es el Sol4. A todo aquel que esté luchando por ver la luz y encontrar la esperanza, le digo que no se desanime, que siga tratando, que Dios le ama, que las cosas mejorarán. Cristo llega a usted en su “tanto mejor ministerio” con un futuro de “mejores promesas”. Él es su “sumo sacerdote de los bienes venideros”.

Pienso en los misioneros que recién han sido llamados, que dejan atrás a familiares y amigos para enfrentarse a veces al rechazo y al desaliento y, al menos al principio de la misión, a algún que otro momento de añoranza del hogar y tal vez a un poco de temor.

Pienso en los padres jóvenes que están criando fielmente a sus familias mientras estudian y en los que acaban de recibirse y tratan de vivir con escasos recursos, con la esperanza de gozar algún día de una mejor situación económica. Al mismo tiempo, pienso en otros padres que darían cualquiera de sus posesiones terrenales a cambio de que su hijo errante volviera a su hogar.

Pienso en los padres o madres que se enfrentan a todo esto sin la ayuda de un cónyuge, como resultado de la muerte o el divorcio, la separación, el abandono o por alguna otra desgracia no esperada y por cierto tampoco anhelada en épocas mejores.

Pienso en todos aquellos que quisieran estar casados pero no lo están, quienes desean tener hijos mas no pueden tenerlos, aquellos que tienen conocidos pero muy pocos amigos, quienes lloran la muerte de un ser querido o que ellos mismos están enfermos. Pienso en los que sufren a causa de los pecados —los propios o los de alguien más— y que tienen la necesidad de saber que hay una manera de regresar al redil y de volver a ser felices. Pienso en los desconsolados y oprimidos, que sienten que la vida les ha privado de las mejores experiencias o que quisieran no haber tenido que pasar por algunas de ellas. A todas estas personas y a muchas otras más les digo: Aférrense a su fe, a la esperanza, “…orad siempre, sed creyentes…”5. Por cierto, como escribió Pablo de Abraham: “El creyó en esperanza contra esperanza…” y “…tampoco dudó, por incredulidad… se fortaleció en fe…” y fue “…plenamente convencido de que era… poderoso para hacer todo lo que [Dios] había prometido”6. Seguir leyendo

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No demores

No demoresLiahona Enero 2000
Elder Henry B. Eyring
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring«Nefi tenía razón: Dios no da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que obedezcan. Por más difíciles que sean nuestras circunstancias, podemos arrepentimos».

Todos hemos enfrentado fechas tope. El temor puede hacer presa de nosotros al comprender que tal vez no haya tiempo suficiente para terminar lo que hemos prometido, y pensamos: “¿Por qué no empecé antes?”.

El Señor sabía que enfrentaríamos la tentación de postergar la preparación más importante de la vida, y en más de una ocasión nos advirtió al respecto. Enseñó la parábola de las diez vírgenes, cinco de las cuales no llenaron sus lámparas para recibir al esposo. También dio la parábola de los siervos que eran infieles porque creían que el Señor demoraría Su venida. Los resultados de la demora fueron trágicos.

Para las cinco vírgenes que no estaban preparadas fue éste:

“Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco” (Mateo 25:11-12).

Para los siervos infieles que demoraron su preparación fue éste:

“Vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:50-51).

La tentación de demorar el arrepentimiento no sólo sucede cuando es el fin del mundo, como lo indican estos pasajes. Esa tentación parece haber sido casi constante desde el principio del tiempo y continúa durante toda la vida. De jóvenes, quizás hayamos pensado: “Habrá tiempo suficiente para preocuparnos de lo espiritual justo antes de la misión o del matrimonio. Las cosas espirituales son para las personas mayores”. Después, en los primeros años del matrimonio, las presiones de la vida, del empleo, de las cuentas, de encontrar un momento de descanso y de recreación parecen acosarnos tanto que de nuevo nos parece razonable postergar nuestras obligaciones con Dios y con la familia. Es fácil pensar: “Quizás haya más tiempo para eso en los años de la madurez”, pero el tiempo no deja de comprimirse en los años subsiguientes. Hay tanto por hacer y el tiempo parece encogerse; no parece haber una década entre los cincuenta y cinco, los sesenta y cinco y los setenta y cinco años de edad.

Con la edad vienen los desafíos físicos y emocionales. Parece que una hora no nos alcanza para hacer tanto como hacíamos de jóvenes. Es más difícil ser paciente con los demás, y éstos parecen ser más exigentes. Entonces es tentador volver a disculparnos por tener que vivir a la altura de los convenios que hicimos previamente y que por tanto tiempo han estado en el olvido. Seguir leyendo

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Huracanes espirituales

Huracanes espiritualesLiahona Enero 2000
Elder David R. Stone
De los Setenta

David R. Stone«A nuestros guardianes en la torre se les conoce como apóstoles y profetas. Ellos son nuestros ojos espirituales en el cielo».

Un domingo por la mañana, hace más de un año, amanecimos con un hermoso día en Santo Domingo en la República Dominicana. El sol del Caribe brillaba y el cielo estaba despejado. La brisa apenas movía las hojas de los árboles; era un día cálido y tranquilo. Pero a lo lejos en el mar, más allá del alcance de nuestros sentidos ese día, el destructor se acercaba, implacable e irresistible. El Centro Meteorológico, que tenía la responsabilidad de seguir la trayectoria y de predecir la ruta del huracán Georges, estaba constantemente actualizando la información en el Internet. Esa mañana tranquila y apacible, por medio de ese sistema de ojos en el cielo, vi el camino previsto del ciclón, que apuntaba como una flecha hacia el corazón de Santo Domingo.

En menos de 48 horas,, el huracán azotó la isla con furia intensa e insensible, dejando a su paso destrucción, desolación y muerte. El poder salvaje y violento de la naturaleza era asombroso. Desde el refugio de nuestra casa vimos árboles que se doblaban por la fuerza del viento que rugía, bramaba y soplaba con furia. El poder destructor de ese viento hizo que el agua penetrara en la casa a través de las ventanas, y el río que se formó en la calle, elevándose a casi un metro de altura, finalmente empezó a bajar cuando faltaba poco para que entrara en la casa.

En la región donde vivíamos, la mayoría de los árboles fueron desarraigados o quebrados por los vientos huracanados; por toda la ciudad había árboles, ramas, postes y cables derribados. Las calles quedaron bloqueadas; el tránsito era difícil, y no hubo energía eléctrica durante más de una semana. Aunque la destrucción fue extensa, hubiera sido mucho peor a no ser por las advertencias de las personas que predicen el tiempo y aconsejan a la gente para que esté preparada. Casi todos los que se prepararon debidamente soportaron el huracán y salieron relativamente ilesos. Estoy agradecido por esas personas que se dedican a vigilar y a seguir el trayecto de esas tormentas. Sus oportunas advertencias salvan vidas y protegen a las personas. Los que no hacen caso de las advertencias pagan el precio por desoír a los guardianes cuya tarea es la de vigilar, advertir y salvar.

Aunque el daño, la destrucción y la muerte que resultan de este espectacular fenómeno de fuerza física son inmensos, hay aún más desolación causada en la vida de la gente por huracanes espirituales. Estas fuerzas furiosas a veces causan daño mucho más devastador que los ciclones físicos porque destruyen nuestras almas y nos privan de nuestra perspectiva y promesa eternas. Cuando la tormenta física ha pasado, podemos empezar a poner nuestras vidas y nuestros hogares en orden; pero algunos huracanes espirituales nos arrastran al caos, y caemos encadenados por influencias potentes y perniciosas cuyas consecuencias apenas percibimos en el momento. Al igual que esos agitados ciclones físicos, los huracanes espirituales pueden pasar casi inadvertidos hasta que casi están encima de nosotros, pero también pueden atacar con furia intensa e insensible. Seguir leyendo

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Nuestro legado

Nuestro legadoLiahona Enero 2000
Élder Stephen B. Oveson
De los Setenta

Stephen B. Oveson«¿Qué estamos haciendo para asegurar que nuestros amados hijos y nietos hereden [nuestro] legado?»

Mis hermanos y hermanas, estoy tan agradecido de estar con ustedes hoy en este histórico Tabernáculo. Hace setenta y cuatro años, mi abuelo, Lars Peter Oveson, se puso de pie ante este púlpito y dio su testimonio, habiendo sido invitado como presidente de la estaca Emery County, Utah.

Aunque él murió cuando yo era pequeño, mi abuelo siempre ha sido uno de mis héroes. He estudiado su diario personal que relata una y otra vez su voluntad de responder a los llamamientos que recibió durante toda su vida. Él y sus padres se convirtieron al Evangelio en Dinamarca, emigraron a este país y cruzaron las llanuras para unirse a los santos en Utah. Uno de los llamamientos hizo necesario que dejara por seis meses a su joven esposa para trabajar en la construcción del Templo de St. George. De nuevo tuvo que alejarse de ella y de su pequeña familia para servir en una misión de dos años en su país natal de Dinamarca. Más tarde, los llamamientos de obispo y de presidente de estaca hicieron necesario que se mudaran y que tuvieran que construir su hogar y su granja en tres ocasiones diferentes. A través de todos esos períodos de inestabilidad, permaneció agradecido, alegre y fiel a los principios del Evangelio, dejando un gran legado de fe a los que llevamos su nombre.

Ese legado me fue transmitido por mi padre, Merrill M. Oveson, el menor de una familia de trece hijos. El y mi madre, Mal Berg Oveson, descendiente también de un linaje fiel, fueron sellados en el Templo de Salt Lake, abordaron un tren y fueron a Oregon para que mi padre continuara sus estudios. Allí permanecieron por más de cuarenta años, durante muchos de los cuales vivieron en una pequeña comunidad agrícola donde éramos los únicos miembros de la Iglesia.

A menudo he pensado en lo fácil que hubiera sido para mis padres simplemente cambiar su religión y unirse a los muchos amigos que tenían en la iglesia cristiana de la comunidad. Eso les habría simplificado mucho la vida, especialmente durante los años de la Segunda Guerra Mundial, en que era imposible, debido al racionamiento de gasolina y de neumáticos, viajar cuarenta millas a la rama organizada más cercana de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. En vez de ello, recibieron permiso para efectuar la Escuela Dominical en casa, lo cual hicieron fielmente semana tras semana todos esos años. Allí compartimos la Santa Cena como familia; allí fue donde mis hermanos y yo aprendimos los principios del Evangelio y escuchamos las historias de la Biblia y del Libro de Mormón literalmente a los pies de nuestros padres. Seguir leyendo

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Servir al Señor

Servir al SeñorLiahona Enero 2000
Élder Adhemar Damíani
De los Setenta

Adhemar Damíani«No podemos elegir servir a Dios y al mundo al mismo tiempo».

Cuando la vida de Josué llegaba a su fin, reunió a las tribus de Israel y les recordó la misericordia y las bendiciones que el Señor había conferido sobre ellos.

Debido al tipo de vida que vivían, Josué los amonestó y les dijo: “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.

“Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis;… pero yo y mi casa serviremos a Jehová”1.

Hoy en día se nos amonesta de la misma manera por medio de apóstoles y profetas. Debemos temer al Señor, servir al Señor, dejar a un lado los dioses mundanos y elegir a quién serviremos.

El temer al Señor significa ser reverente, y amarlo y guardar Sus mandamientos.

Mostramos que servimos al Señor por la forma en que vivimos los mandamientos que recibimos de Él, por el trabajo que llevamos a cabo para establecer el Reino de Dios sobre la tierra y por la forma en que actuamos ante nuestros semejantes.

El hacer a un lado los dioses mundanos significa eliminar de nuestra mente los pensamientos impuros, deshacerse de todos los sentimientos de odio y maldad de nuestro corazón y liberar nuestras vidas de cualquier cosa que impida que el Espíritu Santo esté siempre con nosotros.

Para algunos, el dejar a un lado los dioses mundanos significará librarse de algún pequeño hábito. Para otros, puede ser el liberarse de pecados serios que estén cometiendo. Para otros, incluso puede significar el olvidar hechos tristes que sucedieron en una época temprana en la vida. Cualquiera sea la situación, en cada uno de nosotros se encuentra el poder de cambiar, el poder de transformar los sentimientos negativos de nuestro corazón. El Señor Jesucristo nos dará ese poder y nos ayudará. Todo lo que nos pide es que tengamos fe en El, que sigamos Su ejemplo y que obedezcamos Sus mandamientos.

Cuando amamos a Dios, lo servimos con sinceridad y renunciamos a las cosas de este mundo, nos convertimos en verdaderos seguidores de Cristo.

Muchas veces durante nuestra vida nos detenemos y reflexionamos, como sucedió con el pueblo de Israel. ¿Valía la pena servir al Señor? Jesús dijo: Seguir leyendo

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Para esto he venido al mundo

“Para esto he venido al mundo”Liahona Enero 2000
Elder Alexander B. Morrison
De los Setenta

Alexander B. Morrison«El símbolo de Jesús y del lugar que ocupa en nuestros corazones debe ser una vida totalmente entregada a Su servicio, a amar y cuidar a los demás».

Cuando Jesús fue llevado ante Pilato, después de una obscura noche llena de odio, de insultos y de maltrato, el orgulloso Procurador romano rápidamente pudo darse cuenta de que éste no era un hombre común. Jesús no manifestó ninguna actitud servil ni el falso valor característico de aquellos que suplicaban misericordia ante el poder del imperio de Roma; sino que permaneció en silencio ante el orgulloso romano; con la cabeza erguida, majestuoso, con porte dócil pero al mismo tiempo digno de un rey. “¿Luego, eres tú rey?”, inquirió Pilato (Juan 18:37).

Jesús, el Rey de Reyes, cuyo Padre le hubiera dado “más de doce legiones de ángeles” (Mateo 26:53) si tan sólo se lo hubiera pedido, cuya gloria y majestad trascendían cualquier cosa que Pilato o cualquier otro hombre hubiese podido comprender, respondió con sencillez: “Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad” (Juan 18:37). Pilato, un hombre débil e indeciso, carente de integridad e indiferente a los principios correctos, replicó en tono cínico: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38). Luego, aunque no halló en Jesús ningún delito y además sabía con certeza que Él no era ningún agitador político ni una amenaza para el poder y la autoridad de Roma, Pilato cedió a la presión de la multitud sedienta de sangre, y entregó a Cristo a quienes lo irían a crucificar.

“Para esto he venido al mundo”. ¿Y qué era esto? ¿Por qué Jesús, el Señor Dios omnipotente, que se sienta a la diestra del Padre, creador de mundos sin fin, legislador y juez, condescendió venir a la tierra para nacer en un establo, vivir la mayor parte de su existencia terrenal en la obscuridad, caminar por los polvorientos senderos de Judea proclamando un mensaje al que violentamente muchos se oponían, para ser al final traicionado por uno de Sus allegados más íntimos, y morir entre dos malhechores en la sombría colina del Gólgota? Nefi, que se glorió en “Jesús, porque él ha redimido mi alma del infierno” (2 Nefi 33:6) comprendía la motivación de Cristo: “El no hace nada a menos que sea para el beneficio del mundo; porque él ama al mundo, al grado de dar su propia vida para traer a todos los hombres a él” (2 Nefi 26:24). El amor que sentía por todos los hijos de Dios fue lo que llevó a Jesús, único en su perfección sin pecado, a ofrecerse como rescate por los pecados de los demás. Como dice la letra de un himno predilecto: “Pues el Señor Su vida dio y con Su sangre nos salvó” (Himnos, N° 106). Esa fue, entonces, la causa sublime que trajo a Jesús a la tierra a “sufrir y por los hombres a morir”. Vino como “cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19) para expiar nuestros pecados para que El, al ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a sí mismo a todos los hombres (véase 3 Nefi 27:14). Según las acertadas palabras de Pablo: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Seguir leyendo

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El espíritu de revelación

El espíritu de revelaciónLiahona Enero 2000
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quorum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. Packer«Jóvenes Santos de los Últimos Días, ¡pongan su vida en orden! ¡Acepten responsabilidades! ¡Lleven las riendas de su vida! ¡Dominen su mente y sus pensamientos!»

Me dirijo a nuestros niños y a nuestros jóvenes y les propongo que digan a sus padres y a sus abuelos que se sienten en silencio y no los distraigan por algunos minutos.

Quisiera contarles algo que aprendí de mi hermano y que ha sido como una protección para mí. Ya he hablado de ello anteriormente, pero no con tanto detalle como pienso hacerlo hoy.

Me gradué de piloto y recibí mis alas de plata dos días antes de cumplir 20 años. Más tarde, fui destinado a la base Langley Field, en el estado de Virginia, como copiloto de un bombardero B-24 capacitado para utilizar una nueva arma secreta: el radar.

Mi hermano, el coronel León C. Packer, estaba destinado en el Pentágono, en Washington, D. C. Habiendo recibido muchas condecoraciones como piloto del bombardero B-24, llegó a ser General de Brigada en la Fuerza Aérea.

Mientras me encontraba en la base Langley Field, terminó la guerra en Europa y se nos ordenó ir al Pacífico. Antes de partir para el frente de batalla, pasé algunos días con mi hermano en Washington.

Él me contó cosas que había aprendido bajo el zumbido de las balas. Había volado desde África del Norte en ataques aéreos por el sur de Europa; muy pocos aviones habían regresado.

El 16 de abril de 1943 era capitán de un bombardero B-24 que regresaba a Inglaterra después de un ataque aéreo sobre Europa. Su avión, el “Yard Bird”, había sostenido daños considerables por fuego antiaéreo y tuvo que separarse del resto de la formación.

Luego se encontraron solos y bajo un fuerte ataque por parte de los cazas enemigos.

En el relato que escribió de una sola página dijo: “El motor número tres echaba humo y perdió la hélice. El abastecedor de combustible número cuatro quedó destrozado. Los cables del alerón y del estabilizador derecho también resultaron dañados. El timón de cola apenas responde. La radio no funciona. Perforaciones muy grandes en el ala derecha. Los alerones están deshechos. Toda la parte trasera del fuselaje está llena de perforaciones. El sistema hidráulico inservible. La torreta de la cola no funciona”.

Un relato de la Octava Fuerza Aérea, publicado hace apenas dos años, hace un recuento detallado de ese vuelo, escrito por un integrante de la tripulación.1

Con uno de los motores en llamas, los otros tres perdieron potencia. Iban a estrellarse. La alarma dio órdenes de que se lanzaran en para-caídas. El artillero, el único que pudo salir, se lanzó en paracaídas al Canal de la Mancha.

Los pilotos abandonaron sus asientos y empezaron a dirigirse hacia la plataforma del compartimiento de las bombas. De pronto, mi hermano oyó que uno de los motores hacía ciertos ruidos, como si quisiera arrancar, y sin demora volvió a su asiento y logró conseguir suficiente potencia de los motores para llegar a las costas de Inglaterra, en donde los motores fallaron y el avión se estrelló. Seguir leyendo

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