Que nuestros niños puedan ver la faz del Salvador

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Que nuestros niños puedan ver la faz del Salvador
Por Cheryl C. Lant
Recientemente relevada como Presidenta General de la Primaria

Cheryl C. LantEs nuestra sagrada responsabilidad, como padres y líderes, traer a esta nueva generación de niños al Salvador para que puedan ver Su rostro.

Hace algunos años, enseñaba a un grupo de líderes de guardería cómo impartir una lección corta sobre el Evangelio a niños muy pequeños. Una de las líderes tenía a su hijo pequeño en el regazo. Yo tenía una lámina del Salvador en la mano y, para demostrarles cómo hablarles a los niños pequeños, empecé a hablar acerca de Jesús. El pequeñito se bajó del regazo de su madre, caminó hacia mí, miró fijamente la lámina y tocó la cara en el retrato. En ese momento pregunté: “¿Quién es Él?”. Con una sonrisa en los labios, el niño respondió: “Jesús”.

El pequeño ni siquiera tenía la edad para decir su propio nombre, pero reconoció la imagen y sabía el nombre del Salvador. Al escuchar esa dulce respuesta, pensé en las palabras del Salvador cuando dijo: “…buscad siempre la faz del Señor, para que con paciencia retengáis vuestras almas, y tendréis vida eterna” (D. y C. 101:38).

¿Qué significa buscar la faz del Salvador? Ciertamente significa más que tan sólo reconocer una imagen de Él. La invitación de Cristo de buscarlo implica saber quién es Él, lo que ha hecho por nosotros y lo que nos ha pedido que hagamos. Venir a Cristo, y finalmente ver Su rostro, sólo se consigue al acercarnos a Él por medio de la fe y las acciones; es el resultado de una vida de esfuerzo. Por lo tanto, ¿cómo lo buscamos a Él en esta vida para que podamos ver Su rostro en la venidera?

Tenemos el relato en Tercer Nefi sobre un pueblo que en verdad vio la faz del Salvador en esta vida. Y aunque nosotros no lleguemos a verlo ahora, tal vez podamos aprender de las experiencias de ellos. Después de la muerte del Salvador, Él se apareció a este pueblo, les enseñó y les bendijo. Y luego: “…aconteció que mandó que trajesen a sus niños pequeñitos” (3 Nefi 17:11). Seguir leyendo

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Volverse al Señor

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Volverse al Señor
Por el élder Donald L. Hallstrom
De la Presidencia de los Setenta

Donald L. HallstromNunca permitan que una circunstancia terrenal los incapacite espiritualmente.

Hace muchos años, fui testigo de una experiencia desgarradora, la cual se convirtió en una tragedia. La llegada del primer hijo de una joven pareja estaba cerca. Su vida estaba llena de expectativas y entusiasmo debido a esa extraordinaria experiencia. Durante el parto, se presentaron algunas complicaciones y el bebé falleció. La congoja se convirtió en un profundo dolor, el profundo dolor en enojo, el enojo en recriminación y la recriminación en venganza contra el médico, a quien consideraban totalmente responsable. Los padres y otros familiares se involucraron mucho en el asunto y juntos procuraron arruinarle la reputación y la carrera al médico. A medida que las semanas y luego los meses de amargura iban consumiendo a la familia, su amargura se extendió hasta el Señor. “¿Cómo es que Él permitió que ocurriera algo tan horrible?”. Rechazaron el reiterado empeño de los líderes y los miembros de la Iglesia en consolarlos emocional y espiritualmente y, con el tiempo, se desvincularon de la Iglesia. Ya van cuatro generaciones de esa familia que resultan afectadas. Donde una vez hubo fe y devoción hacia el Señor y Su Iglesia, no ha habido actividad espiritual por parte de ningún integrante de la familia durante décadas.

A menudo, en las circunstancias más difíciles de la vida, hay sólo una fuente de paz: el Príncipe de Paz, Jesucristo; Él extiende Su gracia con la invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Además promete: “Mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27).

Mis abuelos paternos tuvieron dos hijos: un varón (mi padre) y una mujer. Después de prestar servicio en una misión y en el servicio militar en Hawai, mi padre volvió a las islas en 1946 para establecerse profesionalmente y criar a su familia. Sus padres vivían en Salt Lake City, al igual que su hermana. Ella se casó en 1946 y cuatro años más tarde estaba embarazada. Esto es algo muy especial para los padres cuya hija (en este caso, su única hija) está por dar a luz por primera vez. Nadie sabía que estaba esperando gemelos. Lamentablemente, ella y los gemelos fallecieron durante el parto.

Mis abuelos estaban devastados; sin embargo, su profundo dolor los volvió de inmediato hacia el Señor y Su Expiación. Sin pensar demasiado en por qué había sucedido algo así ni en quién tenía la culpa, se concentraron en llevar una vida recta. Mis abuelos nunca tuvieron riquezas, nunca estuvieron entre la élite social, nunca ocuparon posiciones elevadas en la Iglesia; sencillamente eran Santos de los Últimos Días devotos.

En 1956, después de jubilarse profesionalmente, se mudaron a Hawai para estar junto a su única posteridad. Durante las décadas que siguieron, amaron a su familia, prestaron servicio en la Iglesia y, principalmente, disfrutaron de estar juntos. No les gustaba separarse e incluso hablaban de que quien muriese primero debería buscar la manera de ayudar a que se reunieran pronto. Cuando estaban cerca de cumplir noventa años, tras 65 años de matrimonio, fallecieron con pocas horas de diferencia por causas naturales. Dado que era su obispo, yo dirigí el funeral doble. Seguir leyendo

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Él vive, y yo lo honraré!

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
¡Él vive, y yo lo honraré!
Por el élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Elder Richard G. ScottNuestro entendimiento de la expiación de Jesucristo y nuestra fe en ella proporcionarán la fortaleza y la capacidad necesarias para tener una vida de éxito.

Es la mañana de Pascua, ese día santo designado en todo el cristianismo para conmemorar la victoria de Jesucristo sobre la muerte. Su resurrección rompió lo que hasta ese punto habían sido las rígidas cadenas de la muerte. Él abrió el sendero por medio del cual cada uno de los hijos del Padre Celestial que nace en la tierra tuviera la oportunidad de levantarse de la muerte y vivir otra vez.

Cuánto debe haberse regocijado nuestro Padre Celestial ese día sagrado, cuando Su Hijo, totalmente obediente y completamente digno, destrozó las cadenas de la muerte. ¿Qué propósito eterno habría tenido el plan de felicidad de nuestro Padre si no hubiese cobrado vida mediante la Expiación eterna e infinita de Su obediente y glorioso Hijo? ¿Qué propósito eterno hubiera tenido la Creación de la tierra, donde las inteligencias revestidas de espíritu recibirían un cuerpo, si la muerte fuese el fin de la existencia y nadie resucitara? Qué momento glorioso fue el de esa mañana para todos los que entendieron su significado.

La Pascua es esa época sagrada en la que el corazón de cada cristiano devoto se vuelve en humilde gratitud hacia nuestro amado Salvador. Es una época que debería llevar paz y gozo a todos los que lo aman y lo demuestran al obedecer Sus mandamientos. La Pascua trae pensamientos de Jesús, de Su vida, de Su Expiación, de Su resurrección, de Su amor. Él se ha levantado de los muertos “con [sanidad] en sus alas” (Malaquías 4:2; 3 Nefi 25:2). Ah, cuánto necesitamos todos esa sanidad que el Redentor puede proporcionar. El mío es un mensaje de esperanza basado en los principios comprendidos en las enseñanzas del Maestro de maestros, Jesucristo.

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días entienden más plenamente el alcance de la sanidad que proporciona Su Expiación porque tenemos la plenitud de Su doctrina. Nos damos cuenta de que lo que Él ha hecho voluntariamente con sufrimiento y sacrificio inmensos nos afectará no sólo en esta vida, sino a lo largo de toda la eternidad.

En esta Pascua, cuando recuerdes la Resurrección y el precio que se pagó y la dádiva que se dio mediante la Expiación, medita en lo que las Escrituras enseñan sobre esos acontecimientos sagrados. Tu testimonio personal de esa realidad se fortalecerá. Ésos deben ser más que principios que memorices, deben entretejerse en cada fibra de tu ser como un poderoso baluarte contra la creciente marea de la abominación que infecta nuestro mundo. Seguir leyendo

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Ustedes son Mis manos”

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
“Ustedes son Mis manos”
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Dieter F. UchtdorfComo discípulos de Jesucristo, nuestro Maestro, se nos llama a apoyar y a sanar en vez de condenar.

Se cuenta que en el bombardeo de una ciudad durante la Segunda Guerra Mundial una estatua de Jesucristo resultó sumamente dañada. Cuando los habitantes hallaron la estatua entre los escombros, se lamentaron porque había sido un amado símbolo de su fe y de la presencia de Dios en su vida.

Los expertos lograron reparar la mayor parte de la estatua, pero las manos estaban tan dañadas que no las pudieron restaurar. Algunos sugirieron contratar a un escultor para que hiciera manos nuevas, pero otros querían dejarla así, como recordatorio permanente de la tragedia de la guerra. Al final, la estatua permaneció sin manos; sin embargo, la gente de la ciudad agregó en la base de la estatua de Jesucristo una placa con estas palabras: “Ustedes son Mis manos”.

Nosotros somos las manos de Cristo
Esa historia encierra una profunda lección. Cuando pienso en el Salvador, a menudo me lo imagino con las manos extendidas para consolar, sanar, bendecir y amar. Él siempre hablaba con la gente, y no les hablaba mal. Amaba a los humildes y a los mansos y anduvo entre ellos, ministrándoles y ofreciendo esperanza y salvación.

Eso es lo que hizo durante Su vida mortal; es lo que estaría haciendo si viviera entre nosotros hoy; y es lo que debemos estar haciendo como discípulos Suyos y miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Esta hermosa mañana de Pascua de Resurrección, nuestros pensamientos y corazones se dirigen hacia Él, la Esperanza de Israel y la Luz del Mundo.

Al emular Su ejemplo perfecto, nuestras manos pueden ser Sus manos; nuestros ojos, Sus ojos; y nuestro corazón, Su corazón.

Nuestras manos pueden abrazar
Me admira profundamente la forma en que los miembros de la Iglesia se ponen a disposición de los demás. Cuando nos enteramos de sus sacrificios desinteresados y de su enorme compasión, nuestros corazones se llenan de gratitud y felicidad. Ustedes son una luz brillante para el mundo, y se les conoce por su bondad y compasión en todo el planeta.

Desafortunadamente, de vez en cuando también nos enteramos de miembros que se desaniman y que posteriormente dejan de ir a las reuniones de la Iglesia y de participar en ellas porque no se sienten integrados. Seguir leyendo

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Sentí el poder de la expiación de Jesucristo cuando…

Sentí el poder de la expiación de Jesucristo cuando…
Jóvenes adultos nos hablan de sus experiencias al aplicar la expiación del Salvador.

El Salvador me ayudó en los tiempos buenos como en los malos

El día que me bauticé fue como un sueño; me sentía muy feliz y ansiosa por empezar la vida como una persona perfecta; sin embargo, tan solo unas horas después de bautizarme, discutí con mis hermanos. Recuerdo que me sentí desalentada al darme cuenta de que no había tardado en hacer algo malo después de ser bautizada y confirmada; pero también recuerdo que cuando me arrepentí, me volví a sentir limpia. De modo que, a temprana edad, aprendí que la expiación de Jesucristo brinda el alivio tan necesario para librarnos del pecado.

Al seguir progresando en mi entendimiento del Evangelio, aprendí que la Expiación no era algo que solamente debía usar cada vez que pecara; la Expiación podía formar parte de mi vida en épocas de pruebas, alegría, dolor y éxito. Cuando luchaba para sentir la aceptación de mis compañeros, oraba al Padre Celestial y sentía consuelo al saber que el Salvador había tenido esos mismos sentimientos. Cuando lograba éxito en algo, mi alegría se multiplicaba al pensar en el gozo del Salvador, ya que Él había sentido esas mismas emociones.

Abby McKeon, Utah, EE. UU.

Aprendí a confiar en el Señor

Durante muchos años me sentí solo y abandonado. Luché con deseos inicuos que me condujeron al pecado, lo cual, al final, me colocó en un ciclo de culpa y vergüenza. Por suerte, un obispo amoroso me enseñó en cuanto a la función que cumplía la expiación del Salvador para protegernos de la debilidad, del dolor y del pesar, así como del pecado. Mi obispo se alegraba cuando yo progresaba, y me consolaba cuando recaía.

Aprendí que el tener un conocimiento intelectual del Salvador no era suficiente; necesitaba orar al Padre Celestial y arrepentirme de forma activa mediante la expiación de Jesucristo. Al hacerlo, llegué a ser más obediente a los mandamientos de Dios y me acerqué más al Salvador.

A pesar de que todavía lucho contra la tentación, he aprendido que puedo confiar plenamente en mi Salvador y en Su expiación. Mi debilidad se vuelve fortaleza cuando me apoyo en la roca de mi Redentor. Al igual que Pablo, puedo decir: ‘…de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:9–10).

Jacob H. Taylor, Idaho, EE. UU.

Experimenté un cambio de corazón

Durante los años que cursaba la escuela secundaria (preparatoria), no tenía el corazón firmemente centrado en el Evangelio. En el campo misional aprendí, poco a poco, de lo que en realidad se trataba una misión, y anhelaba el poder y el progreso que traería a mi vida si era verdaderamente digno. Finalmente, el remordimiento y el pesar de transgresiones pasadas me agobiaron al grado de que deseaba la libertad: ser limpio y ser un mejor instrumento en las manos del Señor. Después de conversar con mi presidente de misión, regresé a casa a fin de tomar tiempo para arrepentirme.

Volver a casa fue una de las cosas más difíciles de mi vida. Empecé a leer las Escrituras de forma diferente, realmente entendiéndolas y llevándolas a la práctica. Aunque estaba haciendo todo “bien”, aún sentía un gran peso de conciencia. Entonces empecé a centrar mis estudios en Cristo y en Su expiación, sobre cómo Él podía ser miSalvador y cómo Su expiación infinita podría redimir mialma. Una noche, mientras meditaba en lo que había aprendido de esos estudios fervientes, sentí la influencia del Espíritu en el corazón, sentí que me sanó el alma y que me dio consuelo; me sentí seguro y amado, y el remordimiento se desvaneció.

Al principio, cuando llegué a casa, pensé que todo lo que necesitaba en el proceso de arrepentimiento era un cambio de corazón. Ahora sé que necesitaba tiempo para arrepentirme; el cambio se logra línea por línea, un poco por vez. Para llegar a ser más como Cristo, se requiere un esfuerzo constante a fin de cambiar nuestro corazón, nuestros deseos y nuestros hábitos. No podemos hacer cambios radicales de forma instantánea, pero, gracias a la Expiación, se pueden lograr completamente.

Nombre omitido, Georgia, EE. UU.

Aprendí a perdonar

Llegué a un punto de mi vida en que estaba tan herida emocionalmente, que eso afectaba todos los demás aspectos de ella; no podía concentrarme en mis clases ni en la tarea, la relación con mis compañeras de cuarto era tensa y constantemente me encontraba a punto de llorar. Más que nada, tenía dificultades para perdonar a la persona que me había hecho daño en un principio; y el hecho de que se me hacía difícil perdonar me enfadaba aún más.

Al final, decidí que no quería seguir estando triste ni enojada; ya no deseaba seguir llevando esa carga. Le supliqué a mi Padre Celestial que me ayudara a perdonar, y casi sin darme cuenta, el dolor se hizo más llevadero; no desapareció, pero podía soportarlo. Por medio de esa experiencia aprendí que la expiación del Salvador no solo nos permite arrepentirnos, sino que nos ayuda a sanar. Cuando acudí a mi Padre Celestial con mis cargas, con humildad y con un corazón sincero, Él me ayudó a sobrellevar la angustia, el dolor y la aflicción.

Dani Lauricella, California, EE. UU.

Tuve esperanza en el futuro

Cuando mis padres se divorciaron, sentí que se acababan todas mis esperanzas de tener una familia eterna. Fue un momento sumamente difícil de mi vida. Sin embargo, aunque no me fue fácil reconocerlo, esa prueba trajo bendiciones inesperadas a mi familia. Una de ellas es que ¡mi mamá se bautizó!

También me fue posible llegar a conocer mejor a mi Salvador. A fin de sobreponerme a la tristeza que sentía, decidí visitar a una tía que vivía en Perú, donde conocí a una nueva amiga que me fortaleció en gran manera. Esa amiga y yo solíamos estudiar juntas las Escrituras, y durante una ocasión especial, mientras hablábamos de temas del Evangelio, sentí de manera potente el amor de mi Salvador por mí. Sentí como si la voz de mi Salvador me dijera: “Siempre he estado contigo; simplemente no lo reconocías”.

Ahora sé que nuestro Salvador desea ayudarnos y que siempre está con nosotros; a veces permitimos que nuestra tristeza sea mayor que nuestra fe y pensamos que Él se ha olvidado de nosotros; pero, en realidad, Su expiación siempre nos puede ayudar.

Liliane Soares Moreira, Bahía, Brasil

Su perfecta expiación

Solía creer
que había un “hoyo”
en la expiación de Cristo:
que a todos podía salvar,
menos a mí.
Pero me confundí;
no había un hoyo,
sino siete.
Dos en
las manos
donde lo clavaron
en la cruz,
a petición de aquellos
por quienes moriría
para salvar.
Dos en
las muñecas
para asegurar
que el peso de Su cuerpo
no causara
que las manos
se le desgarraran
antes de Su penitencia
terminar.
Dos en
los pies
en los que se mantuvo
como testigo ante todos
de que Dios tiene
por cada uno de Sus hijos
un amor incondicional.
Y un hoyo
en el costado
donde lo traspasaron
para demostrar que el fin de Su obra
acababa de llegar.
Siete.
Perfección.
Siete hoyos perfectos
en el único hombre perfecto
de la tierra.
La perfecta Expiación
para los hoyos de nuestra vida reparar.
Los hoyos de Él
nos hacen enteros.
Estaba equivocada;
hay un hoyo
en la expiación de Cristo
que sí me salva
a mí,
después de todo.

Kasey Hammer, Utah, EE. UU.

Encontré consuelo en Su resurrección

Mi abuela falleció cuando yo tenía 23 años. A pesar de que había llevado una vida bella, aún era relativamente joven, y su muerte fue algo inesperado. Reconocía que muchas personas habían perdido mucho más que yo y que mi abuela estaba en paz, pero aún sentía dolor al saber que nunca la volvería a ver en esta vida.

No obstante, durante ese tiempo de tristeza, sentí el apoyo de mi Padre Celestial y del Salvador. Maestras visitantes y amigas bondadosas nos escribieron notas de consuelo y nos trajeron dulces, y una querida vecina nos visitó y nos obsequió un libro que se sintió inspirada a comprar para nosotros. El libro tenía citas de apóstoles y profetas sobre el Plan de Salvación y de la realidad de la vida después de la muerte.

Esa noche, al leer con mi hermana en voz alta las palabra de los profetas, sentí que una dulce paz se anidaba en mi corazón. Supe que a causa de la expiación de Jesucristo todos podríamos llegar a ser limpios y morar con Él en la vida venidera. Supe que Él “efectúa la resurrección de los muertos” y que todas las cosas, y las personas, serían restablecidas a su propio orden (Alma 40:3; véase tambiénAlma 41:2). Supe que a causa de la Expiación, todos los miembros de mi familia, incluso los que han fallecido, pueden estar juntos para siempre; y por ello siempre estaré agradecida.

Amanda Seeley, Utah, EE. UU.

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Nunca solos en Sierra Leona

Nunca solos en Sierra Leona
Por Norman C. Hill
Presidente de las Misiones Ghana Accra Oeste (2013 to hasta el presente) y Sierra Leona Freetown (2014 a 2015)

A pesar de la enfermedad, del aislamiento y de las persistentes secuelas de la guerra, los Santos de los Últimos Días de esta nación africana saben que el Padre Celestial los tiene presentes.

¿Cómo podría subsistir la Iglesia si en su país, que todavía se está recobrando de la guerra civil, estallara una epidemia de un virus fatal y luego quedara aislado de otras naciones por causa de esa enfermedad? ¿Qué harían si se retirara de allí a los misioneros extranjeros, no una sola vez, sino varias, dejando solo a los misioneros locales?

Si vivieran en Sierra Leona, una nación en África Occidental, confiarían en el Señor y verían a la Iglesia prosperar de todos modos; verían a los líderes locales magnificar sus llamamientos; verían a los miembros fortaleciéndose unos a otros, la obra misional avanzar y la fe vencer el temor.

Un progreso constante

A pesar de la guerra civil que continuó desde 1991 hasta 2002, Sierra Leona ha tenido un aumento constante en la cantidad de miembros de la Iglesia. En mayo de 1988 llegaron los primeros misioneros de tiempo completo a este país, que está al sur del desierto de Sahara. Dos años después se creó un distrito. En varias oportunidades durante la década de 1990 se retiró a los misioneros por causa de la guerra, pero los miembros locales mantuvieron a la Iglesia activa y creciendo. En 2007 se abrió la Misión Sierra Leona Freetown, que incluía Liberia. Tiempo después, en diciembre de 2012, el élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, organizó una estaca en Freetown, la capital, que fue la estaca número 3.000 de la Iglesia.

La lucha contra el ébola

Entonces apareció el virus del ébola. El brote de la epidemia de fiebre hemorrágica causada por este virus se originó en Guinea, en marzo de 2014. En mayo de ese año llegó a Sierra Leona y se extendió rápidamente. Los misioneros de tiempo completo recibieron nuevas asignaciones y se le pidió al presidente de misión de Ghana que también prestara servicio como presidente de misión de Sierra Leona, pero que permaneciera en Accra.

“Cuando se fueron los misioneros, nos preocupó la idea de quedar librados a nuestros propios medios”, dijo Jonathan Cobinah, presidente del Distrito Kenema. “Pero esa misma semana recibimos una carta de la Presidencia del Área África Occidental asegurándonos que no iba a ser así”. A partir de entonces, los trece mil miembros de Sierra Leona recibieron ayuda del Área y, al mismo tiempo que algunas organizaciones internacionales se preparaban para suministrar auxilios, los Servicios de la Iglesia de Bienestar y de Respuesta ante emergencias se pusieron a trabajar con los socios ejecutores de varias organizaciones internacionales para responder a las necesidades comunitarias. (Véase el recuadro).

“A los pocos días, tuvimos una videoconferencia con el nuevo presidente de misión que nos habían asignado”, comentó el presidente Cobinah. “Nos dijo que teníamos que tomar precauciones en las reuniones y actividades de la Iglesia a fin de evitar contagiarnos, pero que por lo demás, debíamos continuar como en el pasado”.

Para prevenir que la epidemia se extendiera más, en septiembre de 2014 el presidente de Sierra Leona anunció que a los pocos días se pondría en efecto una cuarentena. Durante ese período, se exigía que todos los ciudadanos permanecieran adentro y la mayoría de las personas tendría que subsistir con los alimentos que tuvieran en la casa.

A tiempo

Afortunadamente, apenas unas semanas antes de que se anunciara la cuarentena, el Área África Occidental había comenzado a trabajar con la sede de la Iglesia para autorizar la entrega de artículos de limpieza a las 7.800 familias de Santos de los Últimos Días en Sierra Leona y proveer una bolsa de 50 kg de arroz y varios litros de aceite comestible para más de 2.500 familias SUD, según se presentara la necesidad. Aunque ignoraban la inminente cuarentena, los líderes locales de la Iglesia igual se apresuraron a entregar esos suministros.

“Es difícil explicar el sentido de urgencia que teníamos en aquellos momentos”, dice Sahr Doe, un asistente especial del presidente de la misión. “El mismo fin de semana en que se aprobó la distribución de las provisiones, nos enteramos de la posibilidad de que una zona en particular se pusiera en cuarentena, lo cual dificultaría mucho la entrega; por lo tanto, trabajamos día y noche cargando camiones que inmediatamente enviamos a las ramas de todo el país. En una ciudad, los suministros llegaron apenas unas horas antes de que se impusieran las restricciones; y pudimos distribuirlos por todo el país antes de comenzar la cuarentena. Fue una bendición para todos nosotros y un milagro de nuestros días”.

La epidemia del ébola acarreó, además, una desocupación general. “Yo había perdido casi toda esperanza”, dice la hermana Sai Kamaia, madre de tres hijos, que se gana la vida comerciando con pequeñas mercancías. “En septiembre, antes de empezar la cuarentena, ya se me había ido todo el dinero. La gente tenía miedo de comerciar y yo no sabía qué iba a hacer”. Como todos los demás, a ella también le brotaron lágrimas de gozo cuando recibió las provisiones de la Iglesia.

“Por ser viuda y cabeza de la familia, me sentí muy feliz de que la Iglesia pudiera ayudarnos”, dice la hermana Mary Margay, de la Rama Kissy Dos. “No sabíamos dónde íbamos a quedarnos durante la cuarentena; y nos sentimos sumamente contentos de poder permanecer en casa y de tener alimentos para comer”.

Como los miembros de la Iglesia en todas partes, los santos de Sierra Leona se esfuerzan por ser autosuficientes; pero durante ese período inesperado de necesidad, los suministros llegaron justo a tiempo para muchas de las personas que no tenían ningún otro recurso. “Esas intervenciones tan oportunas hicieron que los santos se dieran cuenta de que nunca se les dejará solos”, dijo Mariatu Browne, director de Asuntos Públicos del país. Mientras duró la cuarentena, los Santos de los Últimos Días compartieron sus provisiones con los vecinos, bendiciendo así a muchas personas que, de otro modo, habrían tenido poco o nada.

En las manos del Señor

Lamentablemente, evitar el hambre no era la única preocupación, pues algunos Santos de los Últimos Días también contrajeron la enfermedad. Simon Kamara, de la Rama Teko Road, que apenas tenía un año de miembro de la Iglesia, vio a su esposa y a uno de sus hijos morir de ébola; después, él también se contagió.

“Mi vida está en las manos del Señor”, dijo, mientras estaba internado en un centro de tratamiento. “Como todo padre, quiero lo mejor para mis hijos; pero ahora que he encontrado el Evangelio y entiendo el Plan de Salvación, tengo grandes esperanzas para mí y para mi familia, pase lo que pase”. A pesar de que al principio parecía que iba a recuperarse, el hermano Kamara falleció. Los hijos que sobrevivieron echan mucho de menos a sus padres, aunque ahora están bajo el cuidado de miembros y amigos, y están bien.

Un milagro personal

La hermana Haju Julloh, de la Rama Waterloo, es enfermera y, cuidando enfermos de ébola, estaba expuesta al virus todos los días. Al aumentar la cantidad de pacientes, a veces las batas protectoras del hospital donde trabajaba no quedaban bien lavadas y desinfectadas. Poco después de haberse convertido a la Iglesia en agosto de 2014, el análisis de ébola de la hermana Julloh dio positivo, por lo que la pusieron en cuarentena en su casa.

“No podía asistir a la Iglesia, pero los miembros de la rama me llamaban y me alentaban”, comenta. “Confinada en mi cuarto, decidí concentrarme en estudiar el Libro de Mormón. Leí acerca de muchas experiencias espirituales, incluso de milagros que ocurrieron a personas comunes y corrientes como yo; y quería que también me sucediera un milagro, pero no sabía si debía pedirlo. Continué leyendo y hablando por teléfono con amigos, a quienes les comentaba lo que leía. Después de unas semanas, volvieron a hacerme un análisis para verificar si tenía el virus y los resultados fueron negativos; tuve que pasar otra semana en cuarentena y luego repitieron el análisis, que volvió a dar resultados negativos. Entonces me permitieron salir de casa, asistir a la Iglesia y regresar a mi trabajo. Eso fue un milagro para mí”.

Apresurar la obra

Durante tiempos difíciles, ¿debe continuar la obra misional? Los santos de Sierra Leona tienen una tradición: pase lo que pase, continúan compartiendo el Evangelio.

“En lugar de quejarnos por la situación o permanecer estancados, nos animaron a movilizar a los santos, llamando misioneros de rama para reemplazar a los de tiempo completo”, explicó el presidente Bai Seasy, del Distrito Kossoh Town. “No teníamos tiempo para sentir lástima de nosotros mismos porque había que trabajar en la obra de salvación. Formamos parejas poniendo a misioneros que ya habían terminado la misión con los que se estaban preparando para salir en misiones y los organizamos en zonas”.

“Se autorizó a cada uno de los líderes de misión de rama a tener una tarjeta telefónica para usar en el proselitismo. Tienen que dar cuenta del uso que le den, pero eso ha permitido a los misioneros de rama mantenerse en contacto con los nuevos investigadores y los conversos recientes, lo cual ha marcado una gran diferencia”, comenta Brian Robin-Taylor, otro asistente especial del presidente de misión.

“Damos ‘lecciones telefónicas’ a los investigadores y a los nuevos conversos”, continúa diciendo. “Eso complementa las lecciones misionales que se ofrecen todas las semanas en la Iglesia. También nos hemos adaptado a las necesidades de los miembros e investigadores que, de otra manera, no tendrían contacto con nadie, ya sea por las restricciones de la cuarentena o por temor a contagiarse”.

Actualmente, los bautismos de conversos en Sierra Leona han disminuido apenas un poco de cuando había misioneros de tiempo completo; muchos de los miembros menos activos se han activado y el crecimiento de la Iglesia continúa.

Un gran motivo de esperanza

Durante la epidemia, el desempleo excedió el sesenta por ciento. Debido a las restricciones de la cuarentena, las cosechas no se podían entregar a los mercados y muchos seres queridos perdieron la vida. Sin duda, Sierra Leona tiene muchas más pruebas que afrontar en el futuro;

sin embargo, a pesar de esas dificultades, los santos son fieles y la Iglesia prospera. Como dijo Mariatu Browne: “Sabemos que el Padre Celestial nos tiene presentes; y cuando el Señor está contigo, la Iglesia te sostiene y se trabaja codo a codo, hay gran motivo para tener esperanzas. Como santos de Sierra Leona nunca estamos solos”.

Trabajar juntos

Además de proporcionar el auxilio oportuno a sus miembros, la Iglesia tendió una mano para combatir el ébola en muchas comunidades donde no hay Santos de los Últimos Días, asociándose por medio de su organización humanitaria con varios grupos a fin de proporcionar auxilio a través de siete proyectos comunitarios. Gracias a esa labor cooperativa, las poblaciones más atacadas por el ébola en Liberia, Sierra Leona y Mali recibieron alimentos, ropa de cama, artículos de higiene, instrucción, suministros médicos y sanitarios, y vestimenta protectora para el personal.

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Los manuales de instrucciones la Iglesia — El orden escrito de las cosas

Los manuales de instrucciones la Iglesia — El orden escrito de las cosas
Por el élder Per G. Malm
De los Setenta

Per G. Malm

Si seguimos los manuales de instrucciones y utilizamos la sabiduría colectiva que brindan, el Señor nos ayudará a nosotros y a aquellos a quienes servimos a llegar a ser “completos en él”.

No mucho después de regresar de la misión, cuando estaba ocupado con una joven familia y mi propia compañía, se me llamó a ser presidente de una rama de tamaño considerable con muchos miembros fieles y maduros. ¿Me sentía preparado, capacitado y educado para empezar a prestar servicio? ¡No! Contaba con buenos consejeros con quienes podía analizar los asuntos, pero, ¿era su ayuda suficiente? ¡No!

El Señor espera que “aprenda todo varón su deber” (D. y C. 107:99), y espera que “[atesoremos]… en [nuestras] mentes las palabras de [Dios]” (D. y C. 84:85). Después, espera que confiemos en la inspiración del Espíritu Santo, ese don especial que se concede a todos los miembros con la promesa de recibir guía y revelación constantes.

Al pensar en ese y otros llamamientos, me doy cuenta de que además del Espíritu Santo y las Escrituras, lo que realmente me sirvió fueron ¡los manuales de instrucciones de la Iglesia! Fueron un tesoro de información, al igual que una guía para mi aprendizaje inicial y una valiosa referencia a lo largo del camino.

¿Por qué necesitamos los manuales de instrucciones de la Iglesia?

El élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha enseñado: “En tanto que los manuales no tienen la misma categoría que las Escrituras, representan las interpretaciones y las normas de procedimiento más actuales de las máximas autoridades de la Iglesia”1. El élder Russell M. Nelson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, añadió que esas autoridades —la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles— son hombres de “comprobada madurez, experiencia y extensa preparación”2.

Por consiguiente, los manuales de instrucciones de la Iglesia reflejan la sabiduría colectiva —derivada de experiencias que se han aplicado y comprobado— de los profetas y apóstoles. Esa sabiduría nos enseña la mejor manera de lograr buenos resultados al llevar a cabo la misión de la Iglesia conforme avanza el tiempo. El Señor ha aconsejado: “… buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118;109:7). Sin duda, la sabiduría que se halla en los manuales de instrucciones los coloca en la categoría de “mejores libros”.

Los manuales de instrucciones nos sirven para mantener normas, procedimientos y programas

El presidente Thomas S. Monson ha declarado que sin los manuales de instrucciones, “sería casi imposible mantener la integridad de las normas, los procedimientos y los programas de la Iglesia”. Además, agregó: “A través de los años, hemos tenido que corregir muchos intentos de líderes bien intencionados de cambiar algunos de los programas de la Iglesia”.

El presidente Monson dijo que cuando los líderes no siguen los procedimientos correctamente, “los miembros de la Primera Presidencia debemos aprobar la medida o pedir que se vuelva a realizar”. En otras palabras, si pasamos por alto los manuales de instrucciones, tal vez lo que estemos haciendo es aumentar la carga de trabajo de la Primera Presidencia.

“En casi todos los casos”, dijo, “si los líderes tan sólo leyeran, entendieran y siguieran el manual, tales problemas no ocurrirían… Existe seguridad en los manuales”3.

El presidente Monson agregó que cualquiera que sea nuestro llamamiento de liderazgo, en los manuales de instrucciones hay un tesoro de información y orientación que nos sirve para ministrar eficazmente, entender el debido funcionamiento de la Iglesia, aprender y cumplir nuestros deberes (véase D. y C. 107:99), y prepararnos para futuros puestos de liderazgo.

Los manuales de instrucciones enseñan lo que es esencial

Los manuales de instrucciones enseñan que mientras que los “padres tienen la responsabilidad esencial de ayudar a sus hijos a prepararse para regresar al Padre Celestial”, la “Iglesia [del Salvador] proporciona la organización y los medios para la enseñanza del evangelio de Jesucristo a todos los hijos de Dios”. Los manuales también enseñan que la Iglesia “proporciona la autoridad del sacerdocio para administrar las ordenanzas de salvación y exaltación a todo el que sea digno y esté dispuesto a aceptarlas”4.

El marco doctrinal para administrar la Iglesia se encuentra en los primeros tres capítulos del Manual 2: Administración de la Iglesia:

  1. Las familias y la Iglesia en el plan de Dios
  2. Principios del sacerdocio
  3. Liderazgo en la Iglesia de Jesucristo

Debemos estudiar esos tres capítulos con detenimiento. Nos recuerdan que “Dios organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días con el fin de ayudar en Su obra de llevar a cabo la salvación y la exaltación de Sus hijos”5. Eso se logra mediante actividades, oportunidades y programas para prestar servicio, obtener bendiciones y progreso personal que se centran en las responsabilidades divinamente señaladas que apoyan y fortalecen a las personas y las familias.

Esas responsabilidades “incluyen ayudar a los miembros a vivir el evangelio de Jesucristo, recoger a Israel mediante la obra misional, cuidar del pobre y del necesitado y hacer posible la salvación de los muertos mediante la edificación de templos y al efectuar ordenanzas vicarias”6.

Al comprender ese marco doctrinal, el propósito y la función de todos los llamamientos en la Iglesia se esclarece: “Los líderes y los maestros del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares se esfuerzan por ayudar a las personas a llegar a ser verdaderos seguidores de Jesucristo”. Además, “las organizaciones y los programas de la Iglesia existen para bendecir a las personas y a las familias, y no son un fin en sí mismos”7.

Los manuales de instrucciones se basan doctrinalmente en las Escrituras, incluso en la admonición que el Salvador hizo a Pedro: “…y tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos” (Lucas 22:32).

Los manuales de instrucciones facilitan la revelación

Cuando un obispo estaba ayudando a un miembro menos activo a regresar a la Iglesia, repasó el capítulo sobre la disciplina de la Iglesia en el Manual 1: Presidentes de estaca y obispos. Luego, tras hablar con la presidencia de su estaca, decidió efectuar un consejo disciplinario.

“Nos reunimos de antemano como obispado y repasamos el manual de instrucciones con el fin de volver a recordar las medidas apropiadas y de determinar los puntos que eran pertinentes al caso”, dijo el obispo. “Sentimos profundamente que el Espíritu del Señor nos ayudó al conversar con ese miembro”.

Más tarde, después de que el obispado hubo orado para tener la ayuda del Señor, uno de los consejeros sintió la impresión de que debían leer de nuevo, en voz alta, las porciones pertinentes del Manual 1. Al terminar, el obispo preguntó a cada uno de los consejeros lo que él recomendaba.

“Obispo, tal vez le sorprenda, pero esto es lo que siento”, dijo el primer consejero al dar su recomendación. El segundo consejero sintió lo mismo, y también el obispo.

“El leer el manual unos a otros permitió que el Espíritu iluminara nuestra mente”, afirmó el obispo. “Los principios se hicieron cada vez más claros en lo referente a la situación, y cada uno fue guiado a recibir la misma respuesta. Estábamos bien preparados para proporcionar el consejo debido a fin de ayudar a un querido hermano a volver a Cristo”.

Tal como ese obispado se dio cuenta, las instrucciones que se encuentran en los manuales de instrucciones de la Iglesia “pueden facilitar la revelación si se utilizan para proporcionar la comprensión de los principios, las normas y los procedimientos que se deben aplicar al procurar la guía del Espíritu”8.

Los manuales de instrucciones nos sirven para bendecir a aquellos a quienes servimos

A medida que leemos, entendemos y seguimos los manuales de instrucciones, se convierten en una bendición para aquellos a quienes prestamos servicio9. Por ejemplo, un cambio que se llevó a cabo en elManual 2 ayudó a un obispo a bendecir y a fortalecer a un padre que pensó que no podría ordenar a su hijo de doce años en el Sacerdocio Aarónico.

En el capítulo 20 dice: “…queda a discreción de los obispos y los presidentes de estaca el permitir que poseedores del sacerdocio que no sean plenamente dignos de entrar en el templo efectúen o participen en ciertas ordenanzas y bendiciones”, incluso bautismos y ordenaciones en el Sacerdocio Aarónico10. Sin una recomendación para el templo, ese padre pensó que no le sería posible ordenar a su hijo; pero su obispo, “conforme [lo guió] el Espíritu”11, concedió el permiso después de llevar a cabo una entrevista.

“Esa experiencia llegó a ser un punto crucial en su vida”, afirmó su obispo actual. “Fue parte del proceso para que llegara a ser digno de entrar en el templo, de ser sellado a su esposa y de que sus hijos fueran sellados a ellos”.

Flexibilidad y adaptación, con los límites adecuados

El mantener uniformidad en los principios, normas y procedimientos de la Iglesia “traerá la influencia del Espíritu Santo en la vida de los líderes y de los miembros”, dijo el élder Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles12. Sin embargo, en una Iglesia mundial en donde los miembros afrontan una variedad de situaciones políticas, sociales y económicas, es posible que algunas ramas y barrios carezcan del número suficiente de miembros, del liderazgo y de los recursos para llevar a cabo el programa completo de la Iglesia. Otras unidades tal vez se enfrenten a asuntos relacionados con la seguridad, el transporte, la comunicación y las circunstancias económicas familiares.

El capítulo 17 del Manual 2 clarifica dónde existe la “necesidad de esta uniformidad” al igual que las “circunstancias que pueden permitir adaptación local” en el número de oficiales y en los programas de las organizaciones auxiliares así como en el formato y la frecuencia de las reuniones y actividades de los líderes. Naturalmente, se debe llevar a cabo una adaptación sólo después de que los líderes procuren la guía del Espíritu Santo13.

Al hacerlo, “[todos] los barrios y todas las ramas, independientemente de su tamaño o circunstancias, pueden experimentar la misma abundancia del Espíritu del Señor”14.

El orden escrito de las cosas

Los manuales de instrucciones nos proporcionan lo que se podría llamar un “orden escrito de las cosas”.

El Manual 1, que está disponible para los obispos y presidentes de estaca, describe “las responsabilidades generales de los presidentes de estaca y los obispos” y proporciona “información detallada sobre normas y procedimientos”15 que incluyen desde los templos, el matrimonio y el servicio misional, hasta el bienestar, la disciplina en la Iglesia y las finanzas.

El Manual 2, que está disponible (incluso en LDS.org) para todos los líderes de la Iglesia, reduce la complejidad de los programas de la Iglesia mientras que al mismo tiempo, tal como se mencionó anteriormente, da lugar a la flexibilidad y a cierta adaptación local. Es “una guía para los miembros de los consejos de barrio y de estaca”16 y sus organizaciones auxiliares en la administración de la Iglesia y de su obra de salvación.

La sabiduría colectiva que se encuentra en los manuales de instrucciones está organizada de tal modo que se puede acceder a ella fácilmente y utilizarse para crear la cultura de verdadero servicio que debiera existir en todos los barrios y estacas de la Iglesia del Salvador. No obstante, para tener acceso a esa sabiduría, debemos estudiar los manuales de instrucciones, aprender de ellos, incorporar sus principios y llevar esos principios a la práctica. El resultado será luz, entendimiento y la bendición de largo alcance de descubrir la mejor manera de prestar servicio a nuestros hermanos y nuestras hermanas.

En cuanto a nuestro servicio en la Iglesia, el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, ha hecho esta observación: “Al extender nuestras manos y nuestro corazón hacia los demás con amor cristiano, nos sucede algo maravilloso. Nuestro propio espíritu es sanado y se vuelve más refinado y fuerte. Somos más felices, más pacíficos y más receptivos a los susurros del Santo Espíritu”17.

Los manuales de instrucciones nos sirven para ver el panorama completo

Durante la Conferencia General de abril de 2015, el élder Rafael E. Pino, de los Setenta, relató la historia de cómo uno de sus hijos se frustró mientras armaba un rompecabezas. “Finalmente aprendió a armarlo”, afirmó el élder Pino, “cuando comprendió que cada piececita tenía su lugar dentro del cuadro final”18.

Cualquiera sea nuestra responsabilidad al prestar servicio en la Iglesia, los manuales de instrucciones, al igual que la imagen en la caja de un rompecabezas, nos dan una visión: el panorama final. Ese panorama nos guiará y nos dará un mejor entendimiento de lo que el Señor desea que logremos al estar en Su servicio. Si seguimos los manuales de instrucciones y utilizamos la sabiduría colectiva que brindan, el Señor nos ayudará a nosotros y a aquellos a quienes servimos a llegar a ser “completos en él” (Colosenses 2:10).

Los manuales de instrucciones seguirán siendo una parte integral de la administración de la Iglesia y de bendecir a sus miembros y líderes a pesar de los cambios futuros que se realicen en el formato y el contenido. Tal como ha declarado el presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, los manuales de instrucciones “se convertirá[n] en un tesoro para ustedes conforme [los] utilicen como ayuda para guiar a otras personas a elegir el camino hacia la vida eterna. Ése es el propósito que tienen”19.

Seguridad en los manuales de instrucciones

“Ya sea que usted haya sido un miembro de la Iglesia de toda la vida, o un miembro relativamente nuevo, consulte el manual de instrucciones cuando no esté seguro de una norma o un procedimiento. Quizás piense que sabe cómo manejar la situación, cuando, de hecho, puede que esté en el sendero equivocado. Existe seguridad en los manuales”.

Presidente Thomas S. Monson, “Mensaje del presidente Monson”,Reunión mundial de capacitación de líderes de 2010.

Notas

1. Dallin H. Oaks, “Reseña de los nuevos manuales de instrucciones”, Reunión mundial de capacitación de líderes, 2010, https://www.lds.org/broadcasts/archive/worldwide-leadership-training/2010/11?lang=spa.
2. Russell M. Nelson, “Sostengamos a los profetas”, Liahona, noviembre de 2014, pág. 75.
3. Thomas S. Monson, “Mensaje del presidente Monson”, Reunión mundial de capacitación de líderes de 2010.
4. Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 1.1.5.
5. Manual 2, 2.2.
6. Manual 2, 2.2.
7. Manual 2, 1.2.2, 1.4.
8. Manual 1: Presidentes de estaca y obispos, V; Manual 2, V; cursiva agregada.
9. Véase de Thomas S. Monson, “Mensaje del presidente Monson”, Reunión mundial de capacitación de líderes de 2010.
10. Manual 2, 20.1.2.
11. Manual 2, 20.1.2.
12. Quentin L. Cook, “Principios seleccionados de los nuevos manuales de instrucciones”, Reunión mundial de capacitación de líderes de 2010.
13. Véase Manual 2, 17.1, 17.2.
14. Manual 2, 17.
15. Manual 1, V.
16. Manual 2, V.
17. Dieter F. Uchtdorf, “Ustedes son Mis manos”, Liahona, mayo de 2010, pág. 75.
18. Véase de Rafael E. Pino, “La perspectiva eterna del Evangelio”, Liahona, mayo de 2015, págs. 117–118.
19. Henry E. Eyring, “Mensaje de la Primera Presidencia: Manuales, revelaciones y tesoros”, Reunión mundial de capacitación de líderes de 2011, https://www.lds.org/broadcasts/archive/worldwide-leadership-training/2011/02?lang=spa.

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El templo y el orden natural del matrimonio

El templo y el orden natural del matrimonio
Por el élder Bruce C. Hafen
Miembro de los Setenta desde 1996 hasta 2010

Bruce C. HafenEste es el segundo de dos artículos escritos por el élder Hafen en conmemoración del vigésimo aniversario de “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. El primer artículo se publicó en el ejemplar de agosto de 2015 de la revista Liahona.

Tomado del discurso “El matrimonio, el derecho de familia y el templo”, pronunciado en la Charla fogonera anual de J. Reuben Clark Law Society en Salt Lake City, el 31 de enero de 2014.

El templo es el nudo que une el cielo y la tierra.

Cuando una cultura aturdida nos confunde con respecto a lo que significa el matrimonio, es posible que nos demos por vencidos demasiado pronto con nosotros mismos y el uno con el otro. Pero hay esperanza; el modelo eterno del templo puede ayudarnos a vencer el caos moderno.

Cada vez que vamos al templo, las ordenanzas nos reorientan hacia el orden natural del universo, incluso el orden natural del matrimonio. Como los marinos de antaño, miramos al cielo para orientarnos, y eso lo hacemos mediante el templo. Hugh Nibley, erudito Santo de los Últimos Días, escribió:

“El templo se construye de manera que represente los principios organizadores del universo. Es la universidad en la que los mortales aprenden sobre esas cosas…

“El templo terrenal [está] en medio de todo… todos los asuntos celestiales giran en torno a él; es el nudo que une la tierra y el cielo”1.

Por consiguiente, el templo tiene el poder de grabar en nuestro corazón las leyes naturales de Dios sobre el matrimonio y la vida familiar.

El matrimonio de Adán y Eva

De la historia de Adán y Eva, la historia primordial que se presenta en el templo, aprendemos las primeras enseñanzas que recibimos en el templo sobre el matrimonio. Una vez, un amigo me preguntó: “Si Cristo es el centro del Evangelio y del templo, ¿por qué la investidura del templo no enseña la historia de la vida de Cristo? ¿Por qué todo ese énfasis en Adán y Eva?”.

He llegado a sentir que la vida de Cristo es la historia en cuanto aofrecer la Expiación; y la de Adán y Eva es la historia sobre recibir la Expiación, en medio de las a veces formidables oposiciones de la vida terrenal.

Adán y Eva fueron las primeras personas que recibieron la expiación de Jesucristo; también fueron los primeros padres que conocieron el amor que un nuevo hijo trae, los sacrificios de criar a un hijo y la agonía de ver a los hijos usar el albedrío imprudentemente.

El patriarca Lehi nos da el contexto doctrinal para comprender la experiencia de ellos, y la nuestra. Nos dice que si Adán y Eva no hubieran comido del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, hubieran “permanecido en el jardín de Edén…

“Y no hubieran tenido hijos; por consiguiente, habrían permanecido en un estado de inocencia, sin sentir gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado…

“Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:22–23, 25).

Es así que, en forma paradójica, el pecado, la aflicción y los hijos contribuyen a crear el contexto para que aprendamos lo que significa el gozo; un proceso que es posible mediante la expiación de Jesucristo.

Gracias a la Expiación, podemos aprender de nuestras experiencias sin ser condenados por ellas; y el recibir la Expiación, como lo hicieron Adán y Eva, no es una simple doctrina que se refiere a borrar marcas negras, sino que es la doctrina central que permite el mejoramiento del ser humano. Por consiguiente, el sacrificio de Cristo no los devolvió a un estado idílico de inocencia; esa sería una historia sin trama ni desarrollo de carácter. En vez de ello, salieron del Jardín apoyándose uno en el otro, avanzando juntos hacia el mundo en el que ahora vivimos.

La historia primordial del templo es, totalmente a propósito, la historia de una pareja casada en la que se ayudan el uno al otro a enfrentar la continua oposición terrenal; puesto que sólo al afrontar esa oposición, a veces angustiosa, pueden llegar a comprender el verdadero gozo.

Examinemos dos implicaciones de la historia de Adán y Eva en cuanto a nuestra comprensión del matrimonio. Primero, la percepción positiva de la Caída que nos da la Restauración. Sabemos que Adán y Eva eligieron sabiamente en el Jardín, porque solamente la mortalidad podía proporcionarles la experiencia necesaria para cumplir con el plan de Dios para ellos, y para nosotros. En contraste, el cristianismo tradicional enseña que su decisión fue un error trágico que acarreó la ira de Dios sobre todo el género humano. Algunas religiones cristianas todavía enseñan que, debido a que las mujeres son hijas de la insensata Eva, la esposa debe depender de su marido.

En una enérgica reacción a esa idea, en la actualidad, la mayoría de la gente opina que la esposa debe ser independiente de su marido; y, para ser justos, ellos agregarían que el marido también debe ser independiente de su esposa. Pero, cuando los cónyuges son independientes el uno del otro, aceptan solamente los “compromisos no vinculantes” de hoy en día y abandonan el matrimonio cuando ya no resulta placentero o cuando empiezan las dificultades.

¿Qué es lo correcto entonces, la dependencia o la independencia? Ninguna de las dos. El Evangelio restaurado —a diferencia del resto del cristianismo— enseña que la decisión de Adán y de Eva en el Jardín no fue un error ni un accidente, sino, más bien, una parte deliberada e incluso gloriosa del Plan de Salvación. En consecuencia, la Restauración considera a Eva, y a todas las mujeres, como seres nobles en completa igualdad con los hombres.

Por tanto, Eva no es dependiente de Adán ni tampoco independiente de él; más bien, ambos son interdependientes el uno del otro; son “compañeros iguales” que deben “ayudarse el uno al otro” en todo lo que hagan2.

Llevar al altar un corazón quebrantado

Segundo, cuando Adán y Eva salieron del Jardín, el Señor les mandó levantar un altar y ofrecer sacrificios de animales. Después de muchos días, un ángel le preguntó a Adán por qué ofrecía sacrificios y él contestó: “No sé, sino que el Señor me lo mandó”. Entonces el ángel le dijo: “Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad” (Moisés 5:6–7).

De modo que, los animales que Adán y Eva sacrificaban eran símbolos que señalaban hacia el futuro sacrificio redentor que el Padre hizo de Su Hijo. Luego, el ángel les enseñó que el sacrificio de Cristo y el plan de redención darían significado y propósito a toda la oposición que enfrentarían, de hecho, a toda su experiencia terrenal.

En la actualidad, algunos de nosotros vamos al templo por el mismo motivo que Adán y Eva ofrecieron sacrificios en un principio: sencillamente porque se nos manda hacerlo, sin saber por qué. La simple obediencia es mejor que no llevar a cabo las ordenanzas; no obstante, el Señor, que fue quien mandó al ángel, debe haber querido que ellos supieran el porqué; y, asimismo, creo que Él quiere quenosotros lo sepamos.

¿Son también las ordenanzas del templo hoy en día “una semejanza… del Unigénito”? Piensen cómo los altares del templo, tal como el de Adán y Eva, son altares de oración, de sacrificio y de convenios; piensen en los elementos de sacrificio que hay en todos los convenios de la investidura.

Desde el momento en que Cristo dio fin a Su misión expiatoria, ya no ofrecemos sacrificios de animales, pero sí concertamos el convenio de hacer un sacrificio. ¿De qué manera? Cristo enseñó a los nefitas: “Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20; véase también 2 Nefi 2:7).

El sacrificio de animales simbolizaba el sacrificio que el Padre hizo de Su Hijo; pero el de un corazón quebrantado y un espíritu contrito simboliza el sacrificio que hizo el Hijo de Sí mismo. El élder James E. Talmage (1862–1933), del Cuórum de los Doce Apóstoles, escribió que Jesús “murió de un corazón quebrantado”3. En forma similar, nos ofrecemos nosotros mismos —nuestro corazón quebrantado— como sacrificio personal4. Tal como el élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “…el verdadero sacrificio personal no ha consistido nunca en poner un animal sobre el altar, sino en la disposición de poner en el altar el animal que está dentro de nosotros y dejar que se consuma”5.

Hace poco, mientras prestaba servicio como presidente del Templo de St. George, Utah, EE. UU., un día estaba por sellar a una pareja joven. Cuando los invité a acercarse al altar y el novio tomó a la novia de la mano, comprendí que ambos estaban a punto de poner su corazón quebrantado y su espíritu contrito sobre aquel altar de sacrificio, una ofrenda abnegada de sí mismos el uno al otro y a Dios, emulando así el sacrificio de Cristo por ellos. ¿Con qué propósito? Para que, mediante toda una vida de sacrificio el uno por el otro —es decir, tratando de vivir como Cristo lo hizo— ambos lleguen a ser más como Él es.

Al tratar de vivir de esa manera todos los días, los dos se acercarán más a Dios, lo cual los acercará también más el uno al otro. Por tanto, el vivir los convenios de la ordenanza selladora no sólo santificará su matrimonio sino también su corazón y su vida.

Esta forma de percibir la relación matrimonial difiere totalmente del punto de vista predominante hoy en día sobre el matrimonio. En Su parábola del Buen Pastor, Jesús describe a un “asalariado”, alguien a quien se le paga para que cuide las ovejas. Cuando viene el lobo, “el asalariado… deja las ovejas y huye”. ¿Y por qué huye? Porque las ovejas no son suyas. En contraste, Jesús dice de Sí mismo: “Yo soy el buen pastor… y pongo mi vida por las ovejas”. (Véase Juan 10:11–15).

En la actualidad, muchas personas consideran el matrimonio como un acuerdo informal entre dos “asalariados”; cuando uno de ellos se siente amenazado por el lobo de las dificultades, sencillamente huye. ¿Por qué arriesgaría un asalariado la comodidad o la conveniencia, y mucho menos la vida?

Pero cuando en nuestro matrimonio ofrecemos un corazón quebrantado y un espíritu contrito, a semejanza del Buen Pastor, prometemos dar nuestra vida por las ovejas de nuestro convenio, un día, e incluso una hora, a la vez. Ese proceso nos invita a tomar sobre nosotros, de forma abnegada, las aflicciones y las alegrías de nuestro compañero y de nuestros hijos, emulando en nuestra forma muy limitada la manera en que el Salvador toma sobre Sí nuestras aflicciones.

“Y padece con él en todas sus aflicciones” (D. y C. 30:6), le dijo el Señor a Peter Whitmer, refiriéndose a Oliver Cowdery, su compañero de misión. Isaías dijo algo similar al describir a Cristo y a aquellos a quienes Él redime: “En toda angustia de ellos él fue angustiado… y los llevó todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:9; véase también D. y C. 133:53).

Un obrero del templo cuya esposa había muerto después de sufrir una enfermedad debilitante durante varios años, me dijo: “Pensé que sabía lo que era el amor; habíamos vivido más de cincuenta dichosos años juntos. Pero solamente al tratar de cuidarla en estos últimos años fue que descubrí lo que es el amor”.

Por haber compartido las aflicciones de su esposa, aquel hombre había descubierto, en su corazón, profundos manantiales de compasión que un asalariado nunca llegará a conocer. La acumulación de esos descubrimientos produce el proceso santificador de llegar a ser como el Buen Pastor, al vivir y al dar como Él lo hace. No es por casualidad que esa clase de ofrenda infunde una fortaleza irreemplazable en los intereses sociales de nuestra cultura.

El matrimonio y el gozo verdadero

Un amigo me preguntó hace poco: “¿Cuán cerca de la perfección tenemos que vivir para recibir las promesas exaltadas que ofrece el sellamiento en el templo?”. El esposo y la esposa se conocen tan bien, especialmente los que buscan las bendiciones eternas, que quizás algunos días se pregunten sinceramente si están viviendo de una manera que se acerque a la perfección, o si su cónyuge lo está haciendo.

Me gusta la respuesta que se encuentra en las palabras de despedida de Moroni: “Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que… seáis perfectos en Cristo” (Moroni 10:32; cursiva agregada). Una forma de librarnos de la impiedad es mantenernos cerca del templo, porque en sus ordenanzas “se manifiesta el poder de la divinidad” (D. y C. 84:20; cursiva agregada). Más aun, amar a “Dios con todas [nuestras] fuerzas” significa amar al punto de nuestra propia capacidad individual y no a la medida de alguna escala de perfección abstracta e inalcanzable.

Al abstenernos de la impiedad y amar a Dios tan sincera y plenamente como nos sea posible, la gracia perfeccionadora de Cristo completa el proceso de purificarnos. Una carta de la Primera Presidencia, escrita en 1902, da la idea de cómo será esa combinación del sacrificio total de Cristo y del nuestro: “Después de alcanzar el estado perfecto de la vida, las personas no tendrán otro deseo que el de vivir en armonía con [rectitud], incluso la que los unió como marido y mujer… Los que logren la primera resurrección, o sea la celestial, necesariamente deberán ser puros y santos, y su cuerpo será perfecto también… Todo hombre y mujer que alcance esta condición inefable de vida será tan hermoso como los ángeles que rodean el trono de Dios… ya que la debilidad de la carne se habrá vencido y olvidado; y tanto [el marido como la mujer] estarán en armonía con las leyes que los unieron”6.

Una mujer que conozco se casó en el templo hace unos cincuenta años. Después de que ella y su esposo tuvieron varios hijos, la vida turbulenta de él los llevó al divorcio y a que lo excomulgaran de la Iglesia. Tiempo después, ella renunció a su condición de miembro de la Iglesia y optó por seguir algunos senderos escabrosos. Al cabo de un tiempo, su exmarido falleció. La conocí cuando su hija la llevó a mi oficina para averiguar si la madre podría alguna vez volver al templo.

Tras una conversación apacible y pacífica sobre la forma en que podemos aprender de la experiencia sin ser condenados por ella, analizamos los procesos del arrepentimiento, de volver a bautizarse y de la restauración de las bendiciones del templo. Le expliqué entonces que la ordenanza de restauración iba a restaurar también su sellamiento; y le pregunté si estaba lista para eso.

La hija fue la primera en contestar: “Yo sufro de trastorno bipolar”, me dijo. “Mi hijo es bipolar. Ahora sabemos mucho más que antes de esa enfermedad y tomamos medicamentos que nos ayudan. En retrospectiva, creo que mi padre era bipolar, y eso posiblemente haya influido en los muchos aspectos difíciles de nuestra vida familiar. Ya no lo juzgo”.

La madre contestó suavemente: “Si realmente puedo volver al templo algún día, estaré dispuesta a que se me restaure el sellamiento”.

Mientras las observaba alejarse por el corredor, me di cuenta de que el templo y el poder sellador de Elías son fuentes de reconciliación que vuelven no sólo el corazón de los hijos hacia los padres, y viceversa, sino que también vuelven el corazón del esposo y la esposa el uno hacia el otro. Un tiempo después, recibí la noticia de que la madre iba a volver a bautizarse.

Testifico que el orden del matrimonio con el que Dios unió a Adán y a Eva vale cualquier esfuerzo que se requiera: encontrarlo, fortalecerlo y mantenerlo. También testifico que los esposos y las esposas que traten de vivir como el Buen Pastor descubrirán, y se brindarán el uno al otro, una vida más abundante de auténtico gozo.

Notas

1. Hugh Nibley, Eloquent Witness: Nibley on Himself, Others, and the Temple, citado en The Collected Works of Hugh Nibley, 19 tomos, 2008, tomo XVII, págs. 312, 313; véase también Encyclopedia of Mormonism, 5 tomos, 1992, “Meanings and Functions of Temples”, tomo IV, págs. 1458–1459.
2. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
3. Véase de James E.Talmage, Jesús el Cristo, 1975, pág. 704.
4. “Y se hallaba reunida… una compañía innumerable de los espíritus de los justos, que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne, y quienes habían ofrecido un sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios, y habían padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor” (Doctrina y Convenios 138:12–13).
5. Neal A. Maxwell, “Absteneos de toda impiedad”, Liahona, julio de 1995, pág. 78.
6. Joseph F. Smith, John R. Winder y Anthon H. Lund, carta a Christine Eggleston, 28 de enero de 1902, Biblioteca de Historia de la Iglesia.

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Bendecir a nuestros hijos al mejorar nuestro matrimonio

Bendecir a nuestros hijos al mejorar nuestro matrimonio

Por Lori Cluff Schade
Terapeuta matrimonial y de familia certificada
La autora vive en Utah, EE. UU.

La calidad de su matrimonio influye en sus hijos, ya sea que ustedes se den cuenta o no. A medida que usted y su cónyuge se esfuercen por mejorar su relación, sus hijos serán bendecidos.

Un día, estaba en una sesión de terapia con una adolescente que hacía poco había puesto su vida en riesgo al colocarse en una situación peligrosa. Yo había tratado a sus padres anteriormente y estaba intentando evaluar cómo ella veía y entendía las relaciones en su familia. Cuando le pregunté acerca del matrimonio de sus padres, ella me miró directamente a los ojos y, sin vacilar, me respondió: “Mis padres no se quieren”.

Le pregunté cómo lo sabía, puesto que sus padres me habían dicho repetidas veces que nunca habían tenido conflictos y que estaban seguros de que sus hijos no sabían que existían problemas entre ellos. Era algo que escuchaba a menudo de muchas parejas como terapeuta matrimonial y de familia.

“Se nota”, contestó. Me explicó que se preocupaba constantemente sobre la posible disolución de su familia. Con lágrimas en los ojos me confesó que la hacía sentirse físicamente mal y que tenía dificultades para dormir y para asistir a la escuela. “Pienso en ello todo el tiempo”, me dijo.

Se me partió el corazón al estar sentada frente a ella y considerar su situación, la cual me resultaba tan familiar. Yo sabía que sus dos padres la amaban y querían hacer todo lo posible por ayudarla, pero me preocupaba que ellos subestimaran el grado en que las dificultades en su matrimonio la afectaban a ella y a sus otros hijos.

La proclamación sobre la familia indica que “el esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y de cuidarse el uno al otro, así como a sus hijos”1. A veces me preocupa que se dediquen tanto a cuidar “a sus hijos” que se olvidan de “cuidarse el uno al otro”.

En mi profesión, veo a muchos miembros de la Iglesia que hacen sacrificios enormes por sus hijos para ayudarlos a tener éxito. Esos padres fomentan prácticas religiosas positivas en sus hijos, como la oración, el estudio de la Escrituras y el asistir a la Iglesia. Los instan a estudiar y a adquirir las aptitudes que los prepararán para tener un futuro brillante. Sin embargo, me temo que no valoran la fuente inestimable que un buen matrimonio es a fin de preparar a los jóvenes para sus propósitos eternos.

Muchos matrimonios dedican su atención a causas útiles pero que no ayudan a fortalecer su matrimonio. Algunos son diligentes en acomodar sus horarios para asistir a las actividades de sus hijos pero no encuentran tiempo para pasar tiempo solos con su cónyuge. En el torbellino de la crianza de los hijos, el establecer una carrera y el cumplir con los llamamientos de la Iglesia, es fácil desatender el matrimonio y que incluso se vea afectado por conflictos, resentimiento e infidelidad.

A medida que las parejas se dan cuenta de la poderosa influencia que su matrimonio ejerce sobre los hijos, les resulta evidente lo beneficioso que es el que las parejas procuren seriamente nutrirlo y fortalecerlo.

La calidad del matrimonio influye en los hijos

Yo creo que la mayoría de las parejas Santo de los Últimos Días quieren que su matrimonio sea exitoso, y me maravilla la dedicación al matrimonio que la mayoría de ellos tienen. En general, los Santos de los Últimos Días que entran en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio (véase D. y C. 131:2) toman ese convenio seriamente y, con frecuencia, sobrellevan gran cantidad de aflicción para conservar su matrimonio intacto.

Sin embargo, a menudo encuentro matrimonios que ofrecen más estabilidad que calidad. Algunas parejas piensan equivocadamente que si simplemente evitan discutir frente a los hijos, ellos no se darán cuenta de la falta de armonía en su matrimonio. Los niños son muy intuitivos y, por lo general, perciben que algo no está bien, lo cual puede conducir a que tengan sentimientos profundos de inseguridad. La ausencia de conflicto en un matrimonio es un pobre sustituto para una relación estable.

Los estudios en cuanto a la calidad del matrimonio y los hijos sugieren que un buen matrimonio fomenta un sentimiento de seguridad emocional y aumenta el bienestar general de los hijos2. En mi práctica profesional, soy testigo de la realidad de que los hijos se ven profundamente afectados por la calidad del matrimonio de sus padres. Ese principio se refleja en las palabras del presidente Spencer W. Kimball (1895–1985): “El matrimonio… tiene que ver no sólo con la felicidad inmediata, sino también con el gozo eterno. Afecta no solamente a los cónyuges, sino también a su familia, y en particular a sus hijos y a los descendientes de éstos a través de muchas generaciones”3. Con frecuencia le explico a la gente que no sólo están formando su propio matrimonio, sino que, en esencia, el de sus hijos y el de sus nietos también.

También el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, afirmó: “El debilitamiento del concepto de que los matrimonios son permanentes y de gran valor tiene consecuencias de gran alcance. Algunos jóvenes rechazan el matrimonio, influenciados por el divorcio de sus padres o por las ideas populares de que el matrimonio es un grillete con cadenas que impide la realización personal. Muchos de los que se casan no ofrecen su dedicación completa, y están prestos para huir cuando se les presenta el primer desafío de carácter serio”4.

Como terapeuta matrimonial, puedo afirmar que los adultos cuyos padres se divorciaron o tuvieron un matrimonio de poca calidad, con frecuencia se sienten inseguros de tener la capacidad para mantener y sobrellevar una relación a largo plazo que sea exitosa. A menudo son hipersensibles a cualquier desacuerdo en el matrimonio y hacen todo lo posible por evitar conflictos, lo cual a veces puede limitar la cercanía entre la pareja. No es poco común para mí ver a adultos llorar al recordar el dolor emocional que sintieron al observar el debilitamiento y desmoronamiento del matrimonio de sus propios padres. La confianza en establecer un matrimonio disminuye en los hogares donde la calidad del matrimonio no es buena.

Decidir mejorar la calidad del matrimonio

El que la calidad del matrimonio mejore tiene mucho que ver con las elecciones que se hacen. El élder Russell M. Nelson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, afirmó que “una pareja enamorada puede elegir un matrimonio de la más alta calidad o uno de menor calidad que no perdurará”5.

El conocido terapeuta e investigador matrimonial William J. Doherty escribió sobre la importancia de combinar la dedicación con la intencionalidad, o el empeño activo para mejorar la relación matrimonial: “Aun cuando estemos totalmente dedicados a nuestros compañeros, la mayoría de nosotros no se da cuenta de cómo el matrimonio se desvanece por lenta erosión si no revitalizamos la tierra… La dedicación sin la intencionalidad conduce a un matrimonio estable pero insulso”6. Muchas parejas expresan una dedicación y estabilidad profundas, pero hacen muy poco, si lo hacen, para tratar de beneficiar de forma activa el matrimonio. Es desalentador ver a matrimonios que tienen el potencial de ser fuertes no utilizar su capacidad.

Amar al cónyuge

Cuando la expresidenta general de las Mujeres Jóvenes, Elaine S. Dalton, dio un discurso en el cual sugirió que la cosa más importante que un padre podía hacer por su hija era “amar a la madre de [ella]”7, me impactó y reconocí que era yo, y no mi esposo, la que necesitaba oír ese discurso; él había sido mucho más diligente en demostrar a mis hijos lo mucho que me amaba, que yo en demostrarles cuánto lo amaba a él. Pensé en las muchas veces que yo había entrado a una habitación y mi esposo le había preguntado a uno de nuestros hijos: “¿Adivina qué?”, a lo cual nuestro hijo o hija respondería: “Ya sé… la amas”, o “Ya sé… ella es tu mejor amiga”, o “Ya sé… es la joven de tus sueños”, u otra frase similar que él había repetido a lo largo de los años. Me di cuenta de que la gran seguridad que sentía en mi matrimonio, y que consideraba como algo normal, era el resultado de la generosidad de mi esposo al expresarles a mis hijos el amor, la admiración y respeto que sentía por mí.

La importancia del mensaje de la hermana Dalton la reafirma el profeta Jacob en el Libro de Mormón. Al reprender a los nefitas por su iniquidad, les señaló, como contraste, que “los maridos [lamanitas] aman a sus esposas, y sus esposas aman a sus maridos, y sus esposos y esposas aman a sus hijos” (Jacob 3:7), ratificando la idea de que el Señor lo considera algo muy importante.

Homefront, una serie de anuncios gratuitos publicados por la Iglesia, tiene un anuncio televisivo llamado “By the hour”, en el que un niño está tratando de captar la atención de su padre, que está trabajando. En un momento, el padre dice: “Si papá no trabaja, a papá no le pagan”, a lo cual la mamá agrega: “A la gente le gusta tanto el trabajo de papá que le pagan por hacerlo”8. Ese es uno de mis anuncios preferidos, porque la madre evita una costumbre muy común e inefectiva en la que uno de los padres interviene en la conversación para apoyar al niño(a) y regaña al padre que no le dedica tiempo. Por lo general, esa actitud resulta en que el otro padre se ponga a la defensiva y cause sentimientos de inseguridad en el hijo(a). Con una declaración positiva y estratégica, la madre en el anuncio apoya tanto al padre como al niño. Estoy convencida de que, si más padres trataran de que sus conversaciones fuesen parecidas a esa, la calidad en general del matrimonio y de la familia mejoraría.

Sugerencias para mejorar la calidad del matrimonio

La buena noticia en cuanto a mejorar la calidad del matrimonio es que, al incorporar pequeñas correcciones, puede haber un cambio inmediato. A continuación hay algunas sugerencias:

Expresen con claridad, y compartan con su cónyuge, cómo quisieran que su matrimonio fuese en cinco, diez o veinte años. Siempre me sorprende cuántas parejas hay que no hablan sobre la clase de matrimonio que quieren tener. El tener esa conversación hace que las parejas se centren en el matrimonio y determinen el esfuerzo que harán y a lo que se comprometerán para que su matrimonio sea mejor en el futuro.

Anoten y compartan un recuerdo positivo que tengan del matrimonio. Las emociones negativas tienden a ser tan absorbentes que generalmente hacen a un lado la esperanza. Cuando las personas piensan en los buenos recuerdos y los comparten, dan lugar a que resurja la esperanza.

Hablen de alguna ocasión en la que pudieron superar una dificultad juntos.Recordar esas situaciones es una manera de alcanzar la unidad como pareja.

Establezcan costumbres sencillas pero significativas para cuando se despiden y para cuando se vuelven a encontrar. Puede parecer que eso sucede de forma espontánea, pero las parejas con frecuencia olvidan lo importante que un beso, un abrazo o una palabra pueden ser para crear un ambiente positivo en el matrimonio a lo largo de los años.

Hagan algo novedoso cuando salgan solos. Hay un estudio que sugiere que las parejas que salen juntas y que intencionalmente buscan hacer cosas nuevas, con frecuencia logran que la calidad del matrimonio mejore. Eso exige creatividad y esfuerzo, no dinero.

Digan a sus hijos con frecuencia lo que admiran de su cónyuge. Ésa es mi sugerencia preferida. Cuando logro que las parejas que vienen a consultarme lo hagan, ven resultados positivos de inmediato.

Esfuércense por encontrar material edificante para mejorar el matrimonio.Eso puede incluir libros y artículos (impresos o en audio), juegos, disertaciones, charlas, talleres, conferencias y otros.

Pregúntense el uno al otro con regularidad si están más unidos como pareja que antes o no, y hablen de lo que pueden hacer para estarlo. Eso proporciona una manera de volver a centrar la atención en el matrimonio, y se puede hacer a diario, una vez a la semana o una vez al mes.

Busquen el consejo del obispo sobre acceder a fuentes profesionales, si fuese necesario. Por muchas razones, las personas demoran en buscar ayuda. No puedo contar las veces que he deseado que la pareja hubiese buscado ayuda muchos años antes; antes de que tanto resentimiento contaminara el matrimonio.

Oren. El presidente Hery B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, aconsejó: “Pidan en oración tener el amor que les permita ver siempre lo bueno en su cónyuge; pidan tener el amor que haga que las debilidades y los errores parezcan insignificantes; supliquen el amor que haga que el gozo del cónyuge sea el de ustedes también; pidan el amor que quiera aminorar la carga y aliviar los pesares de su cónyuge”9. Si les resulta demasiado difícil, los cónyuges pueden orar para quequieran desear esas cosas.

El Padre Celestial quiere que tengamos matrimonios felices

El presidente Howard W. Hunter (1907–1995) declaró que “todo lo que la influencia de Jesús toque, vivirá; si Él influye en un matrimonio, éste vivirá; si se le permite influir en la vida familiar, la familia vivirá”10. Estoy convencida de que el Padre Celestial quiere que tengamos matrimonios excelentes de la más alta calidad y que Él nos guiará en nuestro esfuerzo por mejorar esas relaciones para el beneficio de nuestra familia. Los matrimonios felices proporcionan bendiciones profundas a nosotros y a nuestros hijos.

El potencial del matrimonio

Élder Russell M. Nelson

“El matrimonio proporciona mayores posibilidades de obtener felicidad que cualquier otro tipo de relación humana; aún así, algunos matrimonios no desarrollan plenamente el potencial que tienen… permiten que el romance se pierda, dejan de valorarse el uno al otro y permiten que otros intereses o que los nubarrones del abandono oscurezcan la visión de lo que su matrimonio podría llegar a ser en realidad. Los matrimonios serían más felices si se nutrieran con mayor esmero”.

Véase del élder Russell M. Nelson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Nutrir el matrimonio”, Liahona, mayo de 2006, pág. 36.

Notas

1. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
2. Véase de E. Mark Cummings y Patrick T. Davies, Marital Conflict and Children: An Emotional Security Perspective, 2010.
3. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 215.
4. Véase de Dallin H. Oaks, “El divorcio”, Liahona, mayo de 2007, págs. 70.
5. Russell M. Nelson, “El matrimonio celestial”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 92
6. William J. Doherty, Take Back Your Marriage: Sticking Together in a World That Pulls Us Apart, 2a. ed., 2013, págs. 8, 9.
7. Elaine S. Dalton, “El regreso a la virtud”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 77.
8. Véase “By the Hour” (video), Homefront, anuncios televisivos, lds.org/media-library/video/homefronts.
9. Véase de Henry B. Eyring, “Nuestro ejemplo perfecto”, Liahona, noviembre de 2009, págs. 71.
10. Véase de Howard W. Hunter, “El estudio de las Escrituras”, Liahona, enero de 1980, pág. 98.

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El Señor los necesita ya!

¡El Señor los necesita ya!

Por el élder M. Russell Ballard
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Del devocional del SEI para Jóvenes Adultos, “Quedaos tranquilos, y sabed que yo soy Dios”, que tuvo lugar en California, EE. UU., el 4 de mayo de 2014.

M. Russell Ballard

Como uno de los apóstoles del Señor Jesucristo, les invito a que se pongan “toda la armadura de Dios” y se unan hoy a la batalla.

El mundo en el que vivimos se aleja cada vez más de las enseñanzas de Cristo y de sus leyes y costumbres. Como resultado, Satanás se esfuerza mucho por confundir a los hijos e hijas de Dios e impedir a los elegidos que cumplan su deber y reciban la plenitud de las bendiciones de Dios.

Satanás quiere que dejen de practicar los buenos hábitos que aprendieron en casa, en seminario, en instituto y en su misión, como el estudio diario de las Escrituras, orar a diario, participar dignamente de la Santa Cena cada semana, y prestar servicio sincero y de corazón. También quiere que permanezcan al margen de las importantes y cruciales batallas actuales.

Recuerden, estamos en guerra, pero no una guerra de rifles y balas; no obstante, la guerra es real, con innumerables víctimas. De hecho, es una continuación de la guerra que empezó en el mundo de los espíritus.

Pablo nos invitó a ponernos “toda la armadura de Dios”. Él dijo: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:11–12).

Detalle de Los dos mil jóvenes guerreros, de Arnold Friberg.

Como uno de los apóstoles del Señor Jesucristo, les invito a que se pongan “toda la armadura de Dios” y se unan hoy a la batalla, como lo hicieron los hijos de Helamán hace muchos años. No esperen hasta que se casen o empiecen a ejercer su profesión o envejezcan. La Iglesia necesita a nuestros jóvenes ahora; ¡el Señor los necesita ya!

Recordarán que los dos mil jóvenes guerreros “hicieron un convenio de luchar por la libertad de los nefitas” (Alma 53:17). La Iglesia necesita jóvenes guerreros modernos que hayan hecho el convenio de “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar” (Mosíah 18:9).

Ustedes, mujeres y hombres jóvenes, son las hijas y los hijos modernos de Helamán. Que lo que se dijo de ellos se diga de ustedes: “…se tornaron, en esta ocasión, en un fuerte apoyo” (Alma 53:19).

Combatir la pornografía

Todos debemos apoyar la lucha contra la pornografía, la terrible plaga que se extiende por el mundo.

Hace más de ciento ochenta años, el Señor reveló Su ley de salud, la que incluía una advertencia sobre el uso del tabaco (véase D. y C. 89). Millones de personas escucharon al Señor, pero muchos no. En aquel tiempo, aun cuando yo tenía la edad de ustedes, nadie sabía los efectos que producía el fumar. Hoy, tras décadas de investigación científica, sabemos que fumar contribuye a causar el cáncer pulmonar y otras enfermedades mortales. La Palabra de Sabiduría del Señor fue una bendición de protección.

De igual manera, el Señor nos ha advertido en cuanto a los efectos de la pornografía. Millones de personas siguen fielmente el consejo del Señor, mientras que muchos no. No tenemos que esperar ciento ochenta años, ni aun diez años, para descubrir los efectos devastadores de la pornografía ya que la investigación científica actual ha revelado que la pornografía daña a los jóvenes de varias maneras y perjudica la posibilidad de que un día tengan una relación matrimonial amorosa y perdurable.

Los estudios también demuestran que el uso frecuente de la pornografía puede llevar a conductas obsesivas y alterar la función cerebral de la persona para atraparla en la adicción. También se ha verificado que la pornografía fomenta expectativas irreales y presenta información falsa sobre las relaciones humanas íntimas y sanas.

Lo que es más insidioso aun, la pornografía predispone a ver a las demás personas como objetos a los que se puede tratar con indiferencia y falta de respeto, tanto emocional como físicamente.

Otro aspecto de la pornografía es que por lo general es una actividad “secreta”. Los que la usan a menudo ocultan su uso, o al menos le restan importancia ante todos, incluso ante su pareja romántica o cónyuge. Los estudios han revelado que cuando las personas participan en este tipo de encubrimiento —cuando hacen cosas de las que no están orgullosos y las mantienen ocultas de sus familiares y amigos— no sólo daña su relación y los hace sentir solos, sino que los hace más vulnerables a la depresión, la ansiedad y la falta de autoestima. El guardar secretos daña la confianza.

Ante todo, debemos evitar la pornografía porque es mortal; mata las relaciones sinceras y afectuosas; destruye matrimonios y familias; destruye el espíritu de la persona que la consume tan ciertamente como el veneno más potente mata el cuerpo y la mente.

No se engañen; no piensen que tan pronto como se vayan a la misión o se casen pueden dejar ese comportamiento adictivo. Si están participando en ella ahora, si están atrapados en esta práctica, busquen ayuda espiritual ya; pueden vencer la pornografía con la ayuda del Señor. ¡No esperen! ¡Les ruego que la dejen de lado! Hay muchos recursos en LDS.org que les ayudarán a anular la oscuridad de las imágenes pornográficas.

Son días llenos de desafíos, pero no más que los días de Helamán y sus jóvenes guerreros cuando se aprestaron para defender a sus familias y la Iglesia. Éste es el momento para dar un paso adelante y unirse a las filas de otros hombres y mujeres jóvenes rectos y dedicados para luchar la batalla contra la pornografía.

La doctrina del matrimonio

Quiero que entiendan la doctrina del matrimonio tal como la reveló un amoroso Padre Celestial en las Escrituras y en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. Ese documento inspirado dice: “La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad”1.

A los apóstoles se les ha dado la responsabilidad de ser atalayas en la torre para ver “al enemigo cuando todavía [está] lejos” (D. y C. 101:54), y enseñar las doctrinas de Cristo. Todos ustedes saben que en la actualidad la definición tradicional del matrimonio está bajo ataque. Hay quienes están configurando el debate en el contexto de los derechos civiles. La Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles explicaron la postura y la doctrina de la Iglesia sobre el propósito y el plan de Dios de que Sus hijos procreados en espíritu tuvieran la experiencia de la vida terrenal, lo cual es esencial para nuestra vida perdurable y eterna.

Cito de la declaración enviada a los líderes de la Iglesia en 2014 y les pido que la lean atentamente:

“Los cambios en la ley civil no modifican, ni pueden cambiar la ley moral que Dios ha establecido. Dios espera que defendamos y guardemos Sus mandamientos pese a las opiniones o tendencias divergentes de la sociedad. Su ley de castidad es clara: las relaciones sexuales son correctas únicamente entre un hombre y una mujer que estén legal y lícitamente casados como esposo y esposa. Los exhortamos a que analicen y enseñen a los miembros de la Iglesia la doctrina que se encuentra en ‘La Familia: Una Proclamación para el Mundo’”.

La declaración sigue:

“Así como quienes fomentan el matrimonio entre personas del mismo sexo tienen derecho a que se les trate con cortesía, lo mismo es válido para aquellos que se oponen a dicho matrimonio…

“Como miembros de la Iglesia, somos responsables de enseñar el evangelio de Jesucristo y de hacer notar las grandes bendiciones que se derivan del prestar atención a los mandamientos de Dios, así como las consecuencias inevitables que resultan al pasarlos por alto. Los invitamos a orar para que a las personas de todas partes se les ablande el corazón hacia las verdades del Evangelio, y para que se conceda sabiduría a quienes sean llamados a decidir asuntos que son importantes para el futuro de la sociedad”2.

Sé que aman y apoyan al Señor y que sostienen a Sus profetas, pero también sé que algunos quizás estén confusos en cuanto a las muchas implicaciones que conlleva la decisión de la Iglesia de sostener el plan revelado de Dios para Sus hijos.

Sé también que algunos jóvenes tienen problemas para entender la forma de explicar la doctrina relacionada con la familia y el matrimonio, y todavía seguir siendo bondadosos, amables y afectuosos hacia los que piensan de manera diferente. Tal vez tengan temor de que se les considere fanáticos e intolerantes; o quizás conozcan a alguien que lucha con la atracción hacia personas del mismo sexo o que haya decidido vivir en una relación homosexual. El amor que sientan por esa persona como hijo o hija de Dios puede crear una lucha interna mientras se esfuerzan por amar y apoyar a esa persona y al mismo tiempo defender el eterno plan de felicidad del Señor.

Permítanme aclarar: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cree que “la experiencia de la atracción entre personas del mismo sexo es una complicada realidad para muchas personas. La atracción en sí no es pecado, sino el actuar según esos sentimientos. Aunque las personas no eligen tener esas atracciones, sí eligen cómo responder a ellas. Con amor y comprensión, la Iglesia tiende la mano a todos los hijos de Dios, incluso [a aquellos que sienten atracción hacia personas del mismo sexo]”3.

La Iglesia no enseña ni fomenta el rechazo de esas personas ni el comportarse de manera poco caritativa. Debemos amar a los demás y esforzarnos por ayudarlos a comprender que nadie debe ignorar o despreciar los mandamientos de Dios.

Un testimonio y una advertencia

Por último, en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles declararon: “Advertimos que las personas que violan los convenios de castidad, que maltratan o abusan de su cónyuge o de sus hijos, o que no cumplen con sus responsabilidades familiares, un día deberán responder ante Dios. Aún más, advertimos que la desintegración de la familia traerá sobre las personas, las comunidades y las naciones las calamidades predichas por los profetas antiguos y modernos”4.

Yo soy uno de los que se unió a esa advertencia. Como uno de los atalayas en la torre, soy responsable de “[tocar] la trompeta y [avisar] al pueblo (véase Ezequiel 33:1–9). Lo hago porque los amo y quiero que entiendan que debemos tener la mira puesta en el Señor y guardar Sus mandamientos. Ése es mi deber.

Detalle de Adán y Evan ofrecen sacrificios, por Keith Larson.

La amonestación del Señor viene también con la invitación de venir a Él. Nuestro Padre Celestial conocía las consecuencias de vivir en un mundo caído, por lo que proporcionó un Salvador, un “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” por Sus hijos (Apocalipsis 13:8).

En el evangelio de Juan, dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Por favor, recuerden que el Evangelio es las “buenas nuevas”5. Es un mensaje de esperanza. Si están en problemas, busquen ayuda. El Señor es misericordioso y piadoso.

El apóstol Pablo enseñó:

“¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?…

“Antes bien, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

“Por lo cual estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,

“ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 8:35, 37–39).

Gracias a Jesucristo, la paz reemplaza el remordimiento; se restauran las sanas relaciones; se pueden superar las adicciones.

Debemos dar a conocer esta verdad a nuestra familia y amigos: Dios es amor, “y él invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha” (2 Nefi 26:33).

Deben estar consagrados a la obra de salvación antes, durante y después de sus misiones.

El uso de la tecnología para bendecirnos

El Señor los invita a participar y a usar cualquier plataforma de las redes sociales que prefieran para compartir el Evangelio y ser los hijos e hijas modernos de Helamán en las grandes batallas de los últimos días. Él quiere que lleguen a ser los jóvenes guerreros modernos que permanecen firmes y unidos para defender la verdad; Él quiere que sean valientes y fieles ante el avance del enemigo. Sabemos que al final el Señor triunfará y Satanás será derrotado.

Ustedes tienen la oportunidad de usar las redes sociales con sabiduría; recuerden que hay un momento y un lugar adecuados para el uso de las redes sociales, y el compartir sus ideas y su testimonio de lo que aprenden y sienten es una de esas ocasiones. A través de varias plataformas de las redes sociales ustedes pueden tener conversaciones del Evangelio con familiares, amigos y, ustedes los exmisioneros, incluso con los previos investigadores y miembros nuevos que conocieron; pueden ser testigos de la verdad y defender el reino.

Defender el reino

Sé que a algunos de ustedes les preocupa que los juzguen mal, se burlen de ustedes o incluso que los persigan si defienden al Padre Celestial y al Señor Jesucristo y la Iglesia. Comprendo sus preocupaciones.

Cuando era joven, presté servicio misional en la Misión Británica al concluir la Segunda Guerra Mundial. En ese tiempo los mormones eran “escarnio y oprobio” (3 Nefi 16:9), y los misioneros eran objeto de burla y ridículo. La gente incluso nos lanzaba cosas y algunos nos escupían; no obstante, no retrocedimos, sino que seguimos expresando nuestro testimonio y compartiendo el Evangelio. Al igual que Abinadí, no retrocedemos; como Pablo, no desistimos; como el Salvador, no desmayamos. En aquel tiempo no podíamos haber imaginado el impacto de nuestra labor; teníamos catorce distritos y ninguna estaca. Actualmente en las Islas Británicas hay cuarenta y seis estacas de Sion.

El sueño de Lehi, por Greg K. Olsen.

Mis queridos jóvenes amigos, no se preocupen por los que están en el edificio grande y espacioso; Nefi vio que se burlarían y señalarían “con el dedo a los que habían llegado hasta el fruto y estaban comiendo de él”. No sean como aquellos que “después que hubieron probado del fruto, se avergonzaron a causa de los que se mofaban de ellos; y cayeron en senderos prohibidos y se perdieron” (1 Nefi 8:27, 28).

Ustedes son una generación grandiosa e importante, ¡y ésta es una época maravillosa para estar vivos! El futuro es brillante. Díganse a ustedes mismos: “Estoy ayudando al Señor al esforzarme por compartir mi testimonio y enseñar las verdades que Dios ha revelado en los últimos días”.

Que el Señor los bendiga con sabiduría más allá de su edad; que sabiamente se den cuenta de que estamos en esta batalla y que debemos mantenernos unidos, jóvenes y mayores. Que jamás se olviden, durante esta vida mortal en la que se encuentran, que son de gran valor para el futuro de preparar al mundo para aquel día en el que Jesús diga “basta” y regrese y reine como Salvador, el Señor de señores, el Rey de reyes, el Redentor del mundo, de quien testifico que vive.

Ayuda y comprensión

La Iglesia brinda ayuda y comprensión a los que se enfrentan con la pornografía o luchan con la atracción hacia el mismo sexo. También ofrece recursos a miembros de la Iglesia que deseen profundizar su comprensión en cuanto a la divina institución del matrimonio o compartir el Evangelio en línea. Tal vez podría visitar los siguientes recursos en línea:

Notas

1. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
2. Carta de la Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, fechada 10 de enero de 2014 (Estados Unidos) y 6 de marzo de 2014 (fuera de los Estados Unidos).
3. “Love One Another: A Discussion on Same-Sex Attraction”, mormonsandgays.org.
4. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”.
5. Véase Guía para el Estudio de las Escrituras, “Evangelios”.

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La oración: el regalo de una madre

La oración: el regalo de una madre

Nombre omitido
La autora vive en Guatemala.

A pesar de la rebeldía de mi hijo, nunca dejé de orar por él.

Oración, por Walter Rane.

Nunca oré tanto como cuando uno de mis hijos cumplió diecisiete años. Él comenzó a tener algunas dudas acerca del Evangelio y, en ocasiones, se rebelaba y no quería escuchar. Mi esposo y yo siempre le insistíamos que asistiera a la Iglesia, pero muchas veces rehusaba hacerlo. Teníamos nuestras noches de hogar, leíamos las Escrituras y orábamos como familia, pero, con frecuencia, él optaba por no participar. No recuerdo cuántas veces me arrodillé para pedir a nuestro Padre Celestial que le tocara el corazón y lo ayudara a continuar por el camino correcto.

En los dos años que siguieron tuvo muchos altibajos. Los líderes de la Iglesia me apoyaron y hablaron con él, pero todo parecía inútil. Finalmente se fue de casa.

En todo ese tiempo no dejé de orar por él. En ocasiones, mi esposo, cansado, me decía: “Déjalo; él tiene su albedrío moral”. Pero yo siempre respondía lo mismo: “No; no perderé la esperanza”.

Después de un tiempo, nuestro hijo volvió a casa. Me pidió perdón y me dijo: “Mamá, quiero venir a casa”. Mi esposo y yo dudamos, pero después de analizarlo, cedimos. Después de que regresó a casa, vimos su firme determinación de cambiar; volvió a ser activo en la Iglesia y a participar en las actividades. Más adelante lo llamaron a prestar servicio como maestro de la Primaria, una experiencia que fue muy especial para él.

Un día, colgué un póster que saqué de la revista Liahona que decía: “No permitas que las preocupaciones ni las dudas te impidan servir en una misión de tiempo completo”1. Estuvo colgado en su cuarto varios meses, hasta que un día, de repente, me dijo: “Mamá, quiero ir a la misión al final del año”. Fue maravilloso. Mi esposo y yo lloramos y lloramos, y por supuesto lo apoyamos mientras se preparaba para ir al templo y servir en una misión. Continué orando todo el tiempo, ahora agradeciendo al Padre Celestial que hubiera tocado el corazón de mi hijo.

Después de algún tiempo en la misión, en una de sus cartas me dijo: “Mamá, tengo un gran testimonio de la oración gracias a ti. Sé que tú oraste por mí todo el tiempo, y ahora estoy en la misión porque el Señor me tocó el corazón, no porque yo sea tan bueno. Gracias, mamá. Comparte con las hermanas este principio que cambió mi vida”.

Ahora, mi hijo ha servido fielmente en una misión y ha participado en una obra maravillosa. Estoy muy agradecida al Padre Celestial por escuchar mis oraciones todos estos años, y por haber tocado el corazón de mi hijo, lo cual hizo que volviera al camino correcto.

La influencia de los padres

Élder David A. Bednar

“…los padres que honran los convenios del templo pueden ejercer una gran influencia espiritual en sus hijos a lo largo del tiempo. Los miembros fieles de la Iglesia pueden hallar consuelo al saber que pueden reclamar las promesas de guía y poder divinos, por medio de la inspiración del Espíritu Santo y los privilegios del sacerdocio, en su esfuerzo por ayudar a sus familiares a recibir las bendiciones de la salvación y la exaltación…

“Este tipo de influencia no puede anular el albedrío moral de un hijo pero, no obstante, sí puede invitarlo y persuadirlo. En definitiva, un hijo debe ejercer su albedrío moral y responder con fe, arrepentirse con íntegro propósito de corazón y actuar de conformidad con las enseñanzas de Cristo”.

Élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Padres fieles e hijos descarriados. Cómo mantener la esperanza mientras se superan los malentendidos”, Liahona, marzo de 2014, pág. 19.

Cómo ayudar a su hijo(a)

Los hijos que se descarrían tienen su albedrío, y puede que ellos no reaccionen ante las impresiones espirituales; pero el Evangelio le ofrece a usted muchas maneras de ayudar a ese hijo:
  • Reúnase en consejo con su esposo o esposa y con sus otros hijos.
  • Fortalézcase espiritualmente a usted mismo(a) para que pueda actuar movido(a) por la fe y el amor, no por el miedo.
  • Sea digno(a) de obtener revelación personal sobre cómo ayudar a su hijo(a).
  • Sea un ejemplo viviente de lo que es ser un discípulo de Jesucristo.
  • Exprese amor a su hijo(a) mediante palabras y hechos.
  • Invítelo(a) a participar en la enseñanza del Evangelio en el hogar, y en actividades familiares como vacaciones, fiestas especiales y proyectos.
  • Nunca se dé por vencido(a).

Nota

1. “Da un paso más”, Liahona, junio de 2009, pág. 31.

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Los atributos divinos de Jesucristo: poderoso y lleno de gloria

Los atributos divinos de Jesucristo: poderoso y lleno de gloria

Estudie este material con espíritu de oración y procure saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender los atributos divinos del Salvador aumentará su fe en Él y bendecirá a las hermanas que están bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite reliefsociety.lds.org.

 

Detalle de Jesús levanta a Lázaro de la muerte, por Carl Heinrich Bloch.

Este artículo es parte de una serie de mensajes de las maestras visitantes que presentan los atributos divinos del Salvador.

Las Escrituras nos enseñan que Jesucristo “recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra, y la gloria del Padre fue con él” (D. y C. 93:17). El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo que, mediante ese poder, nuestro Salvador creó los cielos y la Tierra, efectuó milagros y soportó el dolor en Getsemaní y el Calvario1. Cuando lleguemos a comprender esto, nuestra fe en Cristo aumentará y nos haremos más fuertes.

Al hacer y guardar los convenios del templo, el Señor nos bendice con Su poder. Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dijo: “El guardar los convenios fortalece, habilita y protege… Hace poco conocí a una nueva y querida amiga. Ella testificó que, después de haber recibido su investidura en el templo, se sintió fortalecida con el poder para resistir las tentaciones”2.

Nefi dio testimonio del poder de los convenios: “…yo, Nefi, vi que el poder del Cordero de Dios descendió… sobre el pueblo del convenio del Señor… y tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:14).

Sello de la Sociedad de SocorroFe, Familia, Socorro
De las Escrituras

Estando lleno de gran compasión por Marta y María, Jesucristo levantó al hermano de ellas, Lázaro, de entre los muertos mediante el poder de Dios que Él poseía.

Jesús llegó a casa de Marta y María cuando Lázaro llevaba cuatro días en la tumba. Fueron al sepulcro de Lázaro y Jesús mandó retirar la piedra que cubría la entrada. Jesús le dijo a Marta: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”. Entonces oró a Dios el Padre y “…clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!

“Y el que había estado muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas” (Véase Juan 11:1–45). El Salvador utiliza Su poder para redimirnos y fortalecernos. Nuestra fe en Él aumentará a medida que recordemos que Él es lleno de poder y gloria.

Considere lo siguiente

¿Cómo nos arma el poder de Dios con poder y gloria?

Notas

1. Véase M. Russell Ballard, “Ésta es mi obra y gloria”, Liahona, mayo de 2013, pág. 18.
2. Linda K. Burton, “El poder, gozo y amor que provienen de guardar convenios”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 111.

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Las familias y la oración

Las familias y la oraciónHenry B. Eyring

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

 

Una vez, al sentarme junto a la cama de mi padre durante la noche, me habló en cuanto a su niñez. Habló del amor de sus padres en tiempos difíciles, y del amor de su Padre Celestial y del Salvador. Yo sabía que él estaba muriendo de cáncer, por lo que no me sorprendió que a veces confundiera los sentimientos que tenía por su Padre Celestial con el amor y la bondad de su padre terrenal. Mi padre había dicho a menudo que cuando oraba, creía que en su mente veía la sonrisa del Padre Celestial.

Mediante el ejemplo, sus padres le habían enseñado a orar como si hablara con Dios, y que Dios le contestaría con amor. Él necesitó de ese ejemplo hasta el final. Cuando el dolor se volvió intenso, lo encontramos de rodillas por la mañana junto a la cama; estaba tan débil que no había podido volver a meterse en ella. Nos dijo que había orado para preguntarle a su Padre Celestial por qué tenía que sufrir tanto cuando siempre había intentado ser bueno, y que había recibido una amable respuesta: “Dios necesita hijos valientes”.

De modo que perseveró valientemente hasta el fin, confiando en que Dios lo amaba, lo escuchaba y lo elevaría. Había recibido la bendición de saber desde temprana edad, y de nunca olvidar, que hay un amoroso Dios tan sólo a una oración de distancia.

Es por eso que el Señor enseñó a los padres: “Y también enseñarán a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor” (D. y C. 68:28).

El evangelio de Jesucristo se ha restaurado, junto con el Libro de Mormón y con todas las llaves del sacerdocio que unen a las familias, porque cuando era joven, José Smith oró con fe. Él obtuvo esa fe en una familia amorosa y fiel.

Hace veinte años, el Señor ofreció a las familias el siguiente consejo en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, de la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles: “Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y se mantienen sobre los principios de la fe, de la oración, del arrepentimiento, del perdón, del respeto, del amor, de la compasión, del trabajo y de las actividades recreativas edificantes”1.

Tenemos una gran deuda de agradecimiento con la familia de José Smith, el Profeta, por la forma en que lo criaron. Su familia no sólo ejemplificó la fe y la oración, sino también el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes.

Las generaciones que vengan después de ustedes los llamarán benditos por el ejemplo que den sobre la oración en la familia. Puede que no críen a un gran siervo de Dios, pero, mediante sus oraciones y su ejemplo de fidelidad, pueden ayudar al Señor Jesucristo a formar discípulos buenos y amados.

De todo lo que elijan hacer para ayudar al Señor, la oración ocupará un lugar fundamental. Hay personas aparentemente comunes y corrientes que, cuando oran, inspiran a los demás a abrir los ojos para ver quién está allí; ustedes pueden llegar a ser esa persona.

Piensen en lo que eso puede significar para aquellos que se arrodillen con ustedes en la oración familiar. Cuando sientan que hablan con Dios en fe, la fe de ellos para hablar con Dios también crecerá; cuando oren para agradecer a Dios las bendiciones que ellos saben que ustedes han recibido, crecerá la fe de ellos en que Dios los ama, que Él contesta las oraciones de ustedes y que contestará las de ellos. Eso sólo sucederá en la oración familiar cuando ustedes hayan tenido esa experiencia en sus oraciones personales una y otra vez.

Todavía recibo bendiciones por haber tenido un padre y una madre que hablaban con Dios; su ejemplo del poder de la oración en la familia aún bendice las generaciones que vinieron después de ellos.

El ejemplo de mis padres bendice a mis hijos y a mis nietos a diario; ellos les han transmitido la fe de que un amoroso Dios escucha y contesta oraciones. Ustedes pueden crear ese tipo de legado en su familia; y oro para que así lo hagan.

Celebre el aniversario número 20 de la Proclamación sobre la familia.

“La Familia: Una Proclamación para el Mundo” enseña principios que son tan importantes hoy como lo eran cuando se presentaron el 23 de septiembre de 1995. Para celebrar el aniversario número 20 de la Proclamación, considere la idea de invitar a las personas o a las familias a las que enseña a:

  1. Hacer una lista de los principios que la misma contiene y que tengan una importancia especial para ellos. (Vea cómo el presidente Eyring hace eso con la oración en el mensaje previo).
  2. Analizar cómo cada principio puede bendecirles hoy y en el futuro.
  3. Establecer metas específicas que incorporen esos principios en su vida y decírselas a los demás.

Jóvenes

Mejorar nuestras oraciones

El presidente Eyring enseña que tu familia puede ser bendecida por tu estrecha relación con el Padre Celestial. Al mejorar tus oraciones, ¡puedes mejorar tu relación con Él! Aquí tienes algunas ideas para lograrlo:

Antes de empezar a orar, toma unos momentos para pensar en lo que quieres decir. Piensa en preguntas que puedas tener o en cosas que te inquieten; incluso puedes anotarlas para no olvidarlas. Emplea este tiempo para despejar tu mente tras el bullicio del día, a fin de que puedas concentrarte en las delicadas impresiones del Espíritu Santo. Si cuando oras tu mente tiende a distraerse, trata de visualizar al Padre Celestial escuchando. Habla de cosas concretas. También reserva unos minutos al final de la oración para escuchar las impresiones del Espíritu. Podrías escribir tus impresiones en tu diario.

Recuerda que se ha dicho que la oración es “una forma de trabajo” (Diccionario bíblico, versión SUD de la Biblia en inglés, “Prayer ”), así que ¡no te preocupes si requiere práctica o parece difícil! Tu esfuerzo al orar te puede ayudar a forjar una relación con Dios que bendecirá a generaciones.

Niños

Un recordatorio de la oración

El presidente Eyring enseña que es importante que ores con tu familia. Al orar cada día, tú puedes ser un ejemplo para tu familia; también puedes recordar a tu familia que ore cada día. Recorta la tarjeta que está a la izquierda y colócala donde toda tu familia la vea. ¡De esa manera siempre recordarás que el Padre Celestial desea saber de ti!

Nota

1. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

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La preparación trae bendiciones

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
La preparación trae bendiciones
Por el presidente Thomas S. Monson

Thomas S. MonsonPensemos en nuestros llamamientos, reflexionemos en nuestras responsabilidades y sigamos a Jesucristo.

Hermanos, es un panorama inspirador ver a los que se encuentran en el Centro de Conferencias de Salt Lake City. Es asombroso darse cuenta de que en miles de capillas por todo el mundo, otros como ustedes, poseedores del sacerdocio de Dios, están recibiendo esta transmisión vía satélite. Las nacionalidades varían, y los idiomas son muchos, pero nos une un vínculo común. Se nos ha confiado portar el sacerdocio y actuar en el nombre de Dios. Somos los beneficiarios de una confianza sagrada y es mucho lo que se espera de nosotros.

Uno de mis recuerdos más vívidos es cuando asistí a la reunión del sacerdocio como diácono recién ordenado y canté el primer himno “Venid, los que tenéis de Dios el sacerdocio”1. Esta tarde hago eco del espíritu de ese himno especial y les digo: Venid, los que tenéis de Dios el sacerdocio; pensemos en nuestros llamamientos, reflexionemos en nuestras responsabilidades y sigamos a Jesucristo, nuestro Señor.

Hace veinte años asistí a una reunión sacramental en la que los niños presentaron el tema “Yo soy de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Esos niños y niñas demostraron que se estaban capacitando para servir al Señor y a los demás. La música fue hermosa, los discursos se presentaron de manera excepcional y el espíritu fue enviado del cielo. Uno de mis nietos, que en aquel entonces tenía once años, había hablado de la Primera Visión al presentar su parte en el programa. Después, cuando se acercó a sus padres y abuelos, le dije: “Tommy, creo que estás casi listo para ser misionero”.

Él respondió: “Todavía no; tengo mucho que aprender”.

A lo largo de los años, Tommy aprendió, gracias a sus padres, a sus maestros y asesores de la Iglesia que fueron dedicados y diligentes. Cuando tuvo la edad suficiente, fue llamado a servir en una misión, lo cual hizo de la manera más honorable.

Jóvenes, los exhorto a que se preparen para dar servicio como misioneros. Hay muchos medios que los ayudarán a aprender las lecciones que les serán de provecho, y que al mismo tiempo los ayudarán a vivir la clase de vida que tendrán que haber vivido para ser dignos. Uno de esos medios es el librito titulado Para la Fortaleza de la Juventud, publicado bajo la dirección de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles. Contiene normas extraídas de los escritos y las enseñanzas de los líderes de la Iglesia y de las Escrituras, la observancia de las cuales nos traerán a cada uno las bendiciones de nuestro Padre Celestial y la guía de Su Hijo. Además, hay manuales de clase, cuidadosamente preparados con oración y reflexión. Las familias efectúan noches de hogar en las que se enseñan los principios del Evangelio. Casi todos ustedes tienen la oportunidad de asistir a clases de seminario impartidas por maestros dedicados que tienen mucho conocimiento para compartir. Seguir leyendo

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Obrar con toda diligencia

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Obrar con toda diligencia
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Henry B. EyringDebemos aprender nuestro deber del Señor, y luego debemos obrar con toda diligencia y nunca ser perezosos ni holgazanes.

Hermanos, estoy agradecido por estar con ustedes esta noche y me siento humilde por lo que sé de su servicio fiel en el sacerdocio. Esta noche les hablaré de la diligencia cuando estamos al servicio del Señor. Experiencias recientes me han llevado a tomar esta decisión.

Una de ellas fue mi cuidadoso estudio del extraordinario librito nuevo para el Sacerdocio Aarónico, sobre el cual habló el hermano David L. Beck. Lleva el título Cumplir Mi Deber a Dios. Al leer y meditar acerca de lo que se espera que los hombres jóvenes hagan y lleguen a ser, me di cuenta de que describía lo que el presidente Brigham Young prometió al poseedor del sacerdocio que sea diligente a lo largo de toda la vida: “El individuo que posee el sacerdocio y se conserva fiel a su llamamiento, que se regocija de continuo en hacer todo lo que Dios requiere de él y sigue cumpliendo cada deber a través de su vida, obtendrá no sólo el privilegio de recibir sino también el conocimiento de saber cómo recibir las cosas de Dios, de tal manera que pueda entender siempre la voluntad de Dios”1.

Tan sólo hace algunas semanas, vi a un nuevo diácono emprender el sendero de la diligencia. Su padre me mostró un diagrama que su hijo había creado, donde aparecía cada fila de su salón sacramental, un número para cada diácono que sería asignado para repartir la Santa Cena y la ruta que tendrían que seguir en el salón sacramental para repartirles la Santa Cena a los miembros. El padre y yo sonreímos al pensar que un joven, sin que se le pidiera, había creado un plan para asegurarse de que tendría éxito en su servicio en el sacerdocio.

En su diligencia reconocí el modelo del nuevo librito Mi Deber a Dios: saber qué espera el Señor de ustedes, diseñar un plan para lograrlo, poner el plan en práctica con diligencia y luego compartir con los demás cómo su experiencia los cambió y bendijo a otras personas.

El diácono creó ese diagrama con el fin de asegurarse de que podría hacer aquello para lo cual el Señor lo había llamado. Al inicio de su servicio en el sacerdocio, el Señor le estaba enseñando a regocijarse continuamente en “hacer todo lo que Dios requiere de él”2. Seguir leyendo

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