Continuemos con paciencia

Conferencia General Abril 2010

Continuemos con paciencia

Dieter F. Uchtdorf

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Las lecciones que aprendamos de la paciencia cultivarán nuestro carácter, elevarán nuestra vida y aumentarán nuestra dicha.


En la década de 1960, un profesor de la Universidad de Stanford dio inicio a un modesto experimento para poner a prueba la fuerza de voluntad de los niños de cuatro años. Puso frente a ellos un bombón grande y les dijo que podían comerlo enseguida o que, si esperaban 15 minutos, podían comer dos.

Entonces dejó a los niños solos y los observó desde el otro lado de un espejo falso: algunos comieron el bombón de inmediato, otros no esperaron más que unos minutos antes de ceder a la tentación y sólo un treinta por ciento logró esperar todo el tiempo.

Fue un experimento de leve interés, y el profesor pasó a otras áreas de investigación porque, en sus propias palabras: “no es mucho lo que se puede hacer con niños que están tratando de no comer bombones”. Pero siguió el rastro de los niños con el pasar del tiempo y se empezó a percatar de una correlación interesante: los niños que no pudieron esperar enfrentaron dificultades en etapas posteriores de la vida y exhibieron más problemas de comportamiento; mientras que los que esperaron demostraron la tendencia a ser más positivos y tener mayor motivación, mejores calificaciones, ingresos superiores y relaciones más sanas.

Lo que comenzó como un sencillo experimento con niños y bombones se convirtió en un estudio trascendental que sugiere que la facultad de esperar —de ser paciente— es un rasgo clave de la personalidad que puede predecir el éxito posterior en la vida1.

Esperar puede ser difícil
Esperar puede ser difícil. Los niños lo saben, al igual que los adultos. Vivimos en un mundo que ofrece comida rápida, mensajería instantánea, películas a pedido y respuestas inmediatas a las preguntas más triviales y a las más profundas. No nos gusta esperar. Algunos incluso sienten que les sube la presión si la fila que están haciendo en el supermercado se mueve más despacio que las otras.

La paciencia —la capacidad de aplazar por un tiempo nuestros deseos— es una virtud preciada e inusual. Queremos lo que queremos y lo queremos ya. Por tanto, la idea en sí de la paciencia puede parecer desagradable y, a veces, amarga. Seguir leyendo

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El magnífico Sacerdocio Aarónico

Conferencia General Abril 2010

El magnífico Sacerdocio Aarónico

Por David L. Beck
Presidente General de los Hombres Jóvenes

Es urgente que cumplan su deber a Dios, y confío en que lo harán.

Me siento honrado de dirigirme a los increíbles hombres jóvenes de la Iglesia. He tenido la bendición de conocer a muchos de ustedes alrededor del mundo; su entusiasmo es contagioso.

Ustedes afrontan los desafíos con gran fortaleza y valor. Les expreso mi amor y la confianza que tengo en ustedes.

Ustedes inspiran a quienes los rodean más de lo que se imaginan. Escuchen las palabras de un joven que no es de nuestra religión al tratar de describir a su amigo que tiene el Sacerdocio Aarónico: “Noto algo diferente en Luis… no es en absoluto… como otras personas. Se ve algo en él… ni siquiera sé qué es, pero él es diferente de todos los demás. Es algo que se siente; no es [algo]… que se alcance a ver; simplemente se siente”.

Hay algo muy importante que distingue a Luis y a ustedes de los demás hombres jóvenes; han recibido el Sacerdocio Aarónico. Es un don sagrado, y muchos no lo aprecian plenamente. Esta tarde les ayudaré a ver cómo pueden descubrir por ustedes mismos la magnificencia del Sacerdocio Aarónico.

I. Dios confía en ustedes
Cuando Dios les confía Su sagrado sacerdocio, demuestra gran confianza en ustedes. Sabe que puede confiar en que usarán el sacerdocio para servir a los demás, así como ha confiado en otros jóvenes para realizar partes clave de Su obra.

Por ejemplo, el mundo no tendría el poderoso testimonio de Jesucristo que contiene el Libro de Mormón si no fuera por dos jóvenes en quienes Dios confió. Mormón, el profeta que recopiló este registro sagrado, tenía sólo 10 años cuando se le asignó observar y después registrar la historia de su pueblo. A los 15 años, fue visitado “por el Señor, y [probó] y [conoció] la bondad de Jesús” (Mormón 1:15). Seguir leyendo

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El llamamiento divino de un misionero

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
El llamamiento divino de un misionero
Por el élder Ronald A. Rasband
De la Presidencia de los Setenta

Ronald A. RasbandEl Señor necesita que todo joven capaz se prepare y se vuelva a comprometer, a partir de esta noche, a ser digno de un llamado del profeta de Dios de servir en una misión.

Buenas noches, mis queridos hermanos del sacerdocio. Esta noche me gustaría hablar del servicio misional. Dirijo mis palabras al enorme ejército de hombres jóvenes que poseen el Sacerdocio Aarónico que están reunidos por todo el mundo, y a los padres, abuelos y líderes del sacerdocio que velan por ellos.

La obra misional es un tema muy querido para mí, como lo es para todos los miembros de los ocho Quórumes de los Setenta, a quienes el Señor ha nombrado para que vayan “delante de sí a toda ciudad y lugar a donde él [ha] de ir”1. La obra misional es el alma de la Iglesia y la bendición que salva la vida de todos los que acepten su mensaje.

Cuando el Maestro ministró entre los hombres, llamó a pescadores en Galilea para que dejaran sus redes y lo siguieran, y les declaró: “…os haré pescadores de hombres”2. El Señor dio esos llamamientos a hombres humildes para que, por medio de ellos, otros oyeran las verdades de Su evangelio y vinieran a Él.

En junio de 1837, el profeta José Smith llamó a Heber C. Kimball, un apóstol, a servir en una misión en Inglaterra. El llamamiento del élder Kimball llegó cuando los dos estaban sentados en el Templo de Kirtland, y José habló con autoridad divina: “Hermano Heber, el Espíritu del Señor me ha susurrado: ‘Que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame el Evangelio y abra la puerta de la salvación para esa nación’”3.

Ese susurro del Espíritu es un ejemplo de cómo llega el llamamiento a los siervos del Señor para enviar misioneros a sus áreas de trabajo.

Hoy los misioneros salen de dos en dos como lo señaló el Señor, llevando el mismo mensaje, con el mismo llamamiento divino de servir, proveniente de un profeta de Dios. Nuestro profeta, el presidente Thomas S. Monson, ha dicho de los que son llamados a servir: “La máxima oportunidad misional de su vida está a su alcance; las bendiciones de la eternidad los aguardan; tienen el privilegio de no ser espectadores sino participantes en el escenario del servicio del sacerdocio”4. Seguir leyendo

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Sanar a los enfermos

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Sanar a los enfermos
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. OaksPoseemos este poder del sacerdocio, y todos debemos estar preparados para usarlo debidamente.

En estos tiempos de conmoción mundial, más y más personas de fe están recurriendo al Señor en busca de bendiciones de consuelo y sanidad. Deseo hablar a este auditorio de poseedores del sacerdocio en cuanto al hecho de sanar a los enfermos mediante la ciencia médica, las oraciones de fe y las bendiciones del sacerdocio.

I.
Los Santos de los Últimos Días creen en la aplicación del mejor conocimiento y de las técnicas científicas disponibles. Nos valemos de la nutrición, del ejercicio y de otras prácticas para preservar la salud, y conseguimos la ayuda de profesionales que sanan, tales como médicos y cirujanos, para restaurar la salud.

El uso de la ciencia médica no va en desacuerdo con nuestras oraciones de fe ni con nuestra dependencia en las bendiciones del sacerdocio. Cuando una persona solicitaba una bendición del sacerdocio, Brigham Young preguntaba: “¿Ha tomado algún remedio?”. A los que decían que no porque “deseamos que los élderes coloquen sus manos sobre nosotros, y tenemos fe que seremos sanados”, el presidente Young respondía: “Eso es sumamente contradictorio según mi fe. Si estamos enfermos y le pedimos al Señor que nos sane, y que haga por nosotros todo lo que sea necesario hacer, de acuerdo con mi entendimiento del Evangelio de salvación, bien podría pedirle al Señor que hiciera que mi trigo y maíz crecieran, sin que yo arara la tierra ni plantara la semilla. Me parece lógico aplicar todo remedio del que llegue a enterarme, y [después] pedirle a mi Padre Celestial… que santifique esa aplicación para la sanación de mi cuerpo”1.

Naturalmente, no esperamos hasta que se agoten todos los otros métodos antes de orar con fe o dar bendiciones del sacerdocio para sanar. En emergencias, las oraciones y bendiciones vienen primero. Con frecuencia, procuramos todos esos esfuerzos de forma simultánea. Esto va de acuerdo con las enseñanzas de las Escrituras de que debemos “ora[r] siempre” (D. y C. 90:24) y de que todas las cosas se deben hacer con prudencia y orden2.

II.
Sabemos que la oración de fe, pronunciada a solas o en nuestros hogares o lugares de adoración, puede ser eficaz para sanar a los enfermos. En muchos pasajes de las Escrituras se hace referencia al poder de la fe para sanar a una persona. El apóstol Santiago enseñó que debemos “ora[r] los unos por los otros, para que [seamos] sanados”, y agregó: “la oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Cuando la mujer que tocó a Jesús fue sanada, Él le dijo: “…tu fe te ha sanado” (Mateo 9:22)3. Asimismo, en el Libro de Mormón se enseña que el Señor “obra por poder, de acuerdo con la fe de los hijos de los hombres” (Moroni 10:7). Seguir leyendo

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No hay lugar para el enemigo de mi alma

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05

No hay lugar para el enemigo de mi alma

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Que el gozo de nuestra fidelidad hacia lo más elevado y mejor dentro de nosotros sea nuestro a medida que mantengamos nuestro amor y nuestro matrimonio, nuestra sociedad y nuestra alma, tan puros como se espera que sean.

Mientras la hermana Holland y yo desembarcábamos hace poco en un lejano aeropuerto, tres bellas jóvenes que descendían del mismo vuelo se apresuraron para saludarnos. Se presentaron como miembros de la Iglesia, lo cual no era de sorprenderse, ya que las personas que no son de nuestra fe por lo general no corren hacia nosotros en los aeropuertos. En una conversación que no habíamos esperado, muy pronto supimos por medio de sus lágrimas que las tres mujeres se habían divorciado recientemente, que en cada caso el esposo había sido infiel y que, en cada caso, la semilla del distanciamiento y la transgresión había comenzado con la atracción a la pornografía.

Con esta sombría introducción a mi mensaje de hoy, uno que supone un desafío, me siento como Jacob de antaño, quien dijo: “Me apena tener que ser tan audaz en mis palabras… delante de… muchos [que]… son de sentimientos sumamente tiernos, castos y delicados”1; pero debemos ser audaces. Tal vez fue el padre o quizás el abuelo que hay en mí, pero las lágrimas de los ojos de aquellas jóvenes hicieron que brotaran lágrimas de los míos y de la hermana Holland, y las preguntas que hicieron me dejaron pensando en: “¿Por qué hay tanta decadencia moral a nuestro alrededor y por qué hay tantas personas y familias, incluso algunas de la Iglesia, que caen como víctimas de esto, siendo trágicamente marcadas por ello?”

Pero, desde luego, yo sabía al menos parte de la respuesta a mi propia pregunta. La mayoría de los días todos nos sentimos agredidos por mensajes inmorales de algún tipo que nos inundan desde todo ángulo. Los lados oscuros de la industria del cine, la televisión y la música incursionan más y más en un lenguaje ofensivo y la mala conducta sexual. Trágicamente, la misma computadora y el mismo servicio de internet que me permite hacer mi historia familiar y preparar esos nombres para la obra del templo podrían, sin filtros ni controles, permitir a mis hijos o nietos el acceso al pozo séptico global de percepciones que podría causar un verdadero cráter en su mente para siempre.

Recuerden que aquellas jóvenes esposas dijeron que la infidelidad de los esposos comenzó con una atracción a la pornografía; pero la actividad inmoral no es sólo un problema de hombres, y los esposos no son los únicos que comenten esta ofensa. El peligro disponible al clic de un ratón, incluso lo que pueda ocurrir en un encuentro de una sala de conversación virtual, no hace acepción de personas, hombre o mujer, joven o anciano, casado o soltero; y sólo para asegurarse de que la tentación esté cada vez más accesible, el adversario está ocupado extendiendo su cobertura, como lo dicen en la industria, a los teléfonos celulares, los videojuegos y los reproductores MP3.

Si dejamos de cortar las ramas de este problema y acometemos más directamente a la raíz del árbol, no es de sorprender que encontremos la lujuria merodeando furtivamente por allí. Lujuria es una palabra desagradable y ciertamente me es un tema desagradable para tratar, pero hay una buena razón por la que en algunas tradiciones se la conoce como el más mortífero de los siete pecados capitales2.

¿Por qué es la lujuria un pecado capital? Y bien, además del impacto espiritual destructor total que ejerce sobre nuestras almas, pienso que es un pecado porque profana la más elevada y la más santa relación que Dios nos da en la vida mortal: el amor que un hombre y una mujer se tienen el uno por el otro y el deseo que esa pareja tiene de traer hijos a una familia con la mira de ser eterna. Alguien dijo una vez que el verdadero amor debe incluir la idea de permanencia. El verdadero amor perdura, pero la lujuria cambia tan rápido como se da vuelta a una página pornográfica o se echa un vistazo a otro posible objeto de gratificación que se nos cruce, ya sea hombre o mujer. El verdadero amor que nos hace estar fascinados, como yo lo estoy por la hermana Holland, lo pregonamos desde los techos de las casas. Pero la lujuria se caracteriza por la vergüenza y el secreto, y es casi patológicamente clandestina, cuanto más tarde y más oscura sea la hora, mejor; y con puertas con doble cerrojo, por las dudas. El amor instintivamente nos hace acercarnos a Dios y tender la mano a los demás. La lujuria, por otro lado, no es para nada piadosa y celebra la autocomplacencia. El amor trae consigo manos extendidas y un corazón abierto; la lujuria sólo trae consigo un apetito voraz.

Éstas son sólo algunas de las razones por las que prostituir el verdadero significado del amor, ya sea con la imaginación o con otra persona, es tan destructivo; destruye lo que le sigue a nuestra fe en Dios, a saber, la fe en aquellos que amamos. Eso sacude los pilares de la confianza en la que se edifica nuestro amor, presente o futuro, y toma mucho tiempo recuperar esa confianza cuando se pierde. Continúen insistiendo lo suficiente con esa idea —ya sea en un ámbito tan personal como un familiar cercano, o tan público como funcionarios electos, líderes empresariales, estrellas del espectáculo o deportistas famosos— y muy pronto, en el edificio que una vez se construyó para albergar sociedades moralmente responsables, podremos colgar un cartel que diga: “Propiedad vacante”3.

Bien sea que seamos solteros o casados, jóvenes o mayores, hablemos por un momento sobre cómo protegernos contra la tentación, en cualquier forma que se presente. Quizás no podamos curar hoy todos los males de la sociedad, pero hablemos de algunas medidas personales que podemos tomar.

• Sobre todo, comiencen separándose de las personas, los materiales y las circunstancias que los dañarán. Como bien saben los que por ejemplo batallan contra el alcoholismo, el efecto de la proximidad puede ser fatal; lo mismo sucede con las cuestiones morales. Como José en la presencia de la esposa de Potifar4, simplemente corran, corran tan lejos como puedan de lo que sea o de quien sea que los seduzca; y por favor, cuando huyan del lugar de la tentación, no dejen la dirección del remitente.
• Reconozcan que las personas constreñidas por las cadenas de verdaderas adicciones, con frecuencia necesitan más ayuda que la propia, y eso podría incluirlos a ustedes. Busquen esa ayuda y acéptenla. Hablen con su obispo; sigan su consejo. Pidan una bendición del sacerdocio. Utilicen el Servicio para la familia de la Iglesia o busquen otra ayuda profesional. Oren sin cesar; pidan la ayuda de ángeles.
• Junto con los filtros de las computadoras y la represión a los sentimientos, recuerden que el único control real en la vida es el autocontrol. Ejerciten más control incluso en los momentos dudosos que afronten. Si un programa de televisión es indecente, apáguenlo; si una película es grosera, váyanse; si se está estableciendo una relación indebida, rómpanla. Muchas de estas influencias, por lo menos inicialmente, tal vez no sean malas, pero pueden nublar nuestro juicio, disminuir nuestra espiritualidad y llevarnos a algo que podría ser malo. Un viejo proverbio dice que un recorrido de mil kilómetros comienza con un paso5, así que miren por dónde caminan.
• Como ladrón en la noche, los pensamientos impropios pueden y tratan de entrar en nuestra mente; ¡pero nosotros no debemos dejar la puerta abierta, servirles té y bizcochos, y decirles dónde se guardan los utensilios! (De todos modos, no deberían estar sirviendo té.) ¡Echen a los granujas de allí! Remplacen los pensamientos lascivos con imágenes de esperanza y recuerdos de gozo; imaginen los rostros de las personas que los aman y que se sentirían destrozadas si ustedes las defraudaran. Más de un hombre se ha salvado del pecado o de la estupidez al recordar el rostro de su madre, de su esposa o su hijo esperándolos en algún lugar de casa. Cualesquiera que sean sus pensamientos, asegúrense de que entren a su corazón “sólo por invitación”. Como dijo un antiguo poeta: deja que tu voluntad rija tu razón6.
• Cultiven el Espíritu del Señor y estén donde Él esté. Asegúrense de que eso incluya su propia casa o apartamento, y que determine el tipo de arte, música y literatura que tengan allí. Si han recibido las investiduras, vayan al templo tan frecuentemente como sus circunstancias lo permitan. Recuerden que el templo los arma del “poder de [Dios]… los [rodea] [de Su] gloria…y [Sus] ángeles los [guardan]”7. Y cuando salgan del templo, recuerden los símbolos y las promesas que lleven consigo, para nunca dejarlos de lado ni olvidarlos.
La mayoría de la gente con problemas termina exclamando: “¿Qué estaba pensando?”. Y bien, sea lo que fuese que estuviesen pensando, no estaban pensando en Cristo. Sin embargo, como miembros de Su Iglesia nos comprometemos cada domingo de nuestra vida para tomar sobre nosotros mismos Su nombre y prometemos “siempre acordarnos de Él”8. Así que esforcémonos un poco más por recordarle a Él, en especial que Él “llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores… [que fue] molido por nuestras iniquidades; …y por sus heridas fuimos nosotros sanados” 9. Ciertamente, nuestras acciones se guiarían de un modo dramático si recordásemos que cada vez que transgredimos no sólo lastimamos a los que amamos, sino también a Él, quien nos ama tanto. Pero aún si pecáramos, por más serio que sea el pecado, podemos ser rescatados por esa misma figura majestuosa, Él, quien lleva el único nombre debajo del cielo por el que cualquier hombre o mujer puede ser salvo10. Cuando nos enfrentemos a nuestras transgresiones y cuando nuestra alma se vea atormentada con verdadero dolor, que todos hagamos eco del Alma arrepentido y exclamemos el ruego que cambió su vida: “¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí!”11.

Hermanos y hermanas, los amo. El presidente Thomas S. Monson y las Autoridades Generales los aman. Mucho más importante aún es que su Padre Celestial los ama. Hoy he tratado de hablar acerca del amor, amor real, verdadero amor, del respeto por él y la forma apropiada de manifestarlo en las sociedades justas que la humanidad ha conocido; la santidad de él entre el hombre y la mujer casados, y en las familias que se crean como resultado de ese amor. He tratado de hablar sobre la manifestación redentora del amor, la caridad personificada, que viene a nosotros mediante la gracia de Cristo mismo. Por necesidad, también he hablado del Diablo, el diabólico, el padre de las mentiras y la lujuria, quien hará cualquier cosa que pueda para falsificar el verdadero amor, para profanar o mancillar el verdadero amor, dondequiera o cuando sea que lo encuentre. Y he hablado sobre su deseo de destruirnos si él pudiera hacerlo.

Cuando enfrentemos tales tentaciones en nuestra época, debemos declarar, como lo hizo el joven Nefi: ¡[No daré] más lugar al enemigo de mi alma!”12. Podemos rechazar al malvado. Si lo deseamos con suficiente intensidad y profundidad, ese enemigo puede y será reprendido por el poder redentor del Señor Jesucristo. Es más, les prometo que la luz de Su evangelio sempiterno puede volver y volverá a brillar donde ustedes pensaban que la vida se había tornado en desesperanza y vulnerabilidad tenebrosas. Que el gozo de nuestra fidelidad hacia lo más elevado y mejor dentro de nosotros sea nuestro a medida que mantengamos nuestro amor y nuestro matrimonio, nuestra sociedad y nuestra alma, tan puros como se espera que sean; ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

1. Jacob 2:7.
2. Véase, por ejemplo, el excelente The Seven Deadly Sins Today, de Henry Fairlie (1978).
3. Véase The Seven Deadly Sins Today, de Fairlie, pág. 175.
4. Véase Génesis 39:1–13.
5. Lao Tzu, en la recopilación de John Bartlett, Bartlett’s Familiar Quotations, 14 edición, 1968, pág. 74.
6. Véase The Satires, sátira 6, línea 223, de Juvenal.
7. Doctrina y Convenios 109:22.
8. Doctrina y Convenios 20:77–79; véase también el versículo 79.
9. Isaías 53:4–5.
10. Véase Hechos 4:12.
11. Alma 36:18.
12. 2 Nefi 4:28.

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Velando… con toda perseverancia

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Velando… con toda perseverancia
Por el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

David A. BednarUn sistema espiritual y precoz de advertencia… puede ayudar a los padres de Sión a velar y a discernir con respecto a sus hijos.

Hace poco iba manejando mi auto mientras las gotas de una tormenta empezaban a caer sobre el parabrisas. Al lado del camino, en una señal electrónica aparecía una oportuna advertencia: “Carretera resbaladiza adelante”. La superficie por la que conducía parecía bastante segura, pero esa vital información me permitió prepararme para un posible peligro que no esperaba y que aún no veía. Al proseguir hacia mi destino, reduje la velocidad y miré con atención por si había más señales de peligro.

Las primeras señales de advertencia son evidentes en muchos aspectos de nuestra vida; por ejemplo, la fiebre puede ser el primer síntoma de una enfermedad o dolencia. Varios indicadores económicos y laborales del mercado se utilizan para pronosticar las futuras tendencias en la economía local y nacional y, según la región del mundo en la que vivamos, podemos recibir advertencias de inundaciones, avalanchas, huracanes, maremotos, tornados o tormentas invernales.

También somos bendecidos con señales espirituales tempranas de advertencia como una fuente de protección y dirección en nuestra vida. Recuerden cómo Dios le advirtió a Noé de cosas aún no vistas, y éste “preparó el arca para que su casa se salvase” (Hebreos 11:7).

A Lehi se le advirtió salir de Jerusalén y llevar a su familia al desierto porque la gente a quien él había declarado el arrepentimiento procuraba matarlo (véase 1 Nefi 2:1–2).

El Salvador mismo fue protegido mediante una advertencia angelical: “…he aquí un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, diciendo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y quédate allá hasta que yo te lo diga, porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo” (Mateo 2:13).

Consideren el lenguaje del Señor en la revelación conocida como la Palabra de Sabiduría: “Por motivo de las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado y os prevengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación” (D. y C. 89:4).

Las advertencias espirituales deben conducir a una vigilancia más alerta. Ustedes y yo vivimos en “un día de amonestación” (D. y C. 63:58). Y debido a que se nos ha advertido y que se nos advertirá, debemos estar, como el apóstol Pablo amonestó: “velando… con toda perseverancia” (Efesios 6:18). Seguir leyendo

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Cuando el Señor manda

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Cuando el Señor manda
Por el élder Bruce A. Carlson
De los Setenta

Bruce A. CarlsonLa obediencia fiel, sin tener en cuenta cuán grande parezca la tarea, proporcionará la guía, la asistencia y la paz del Señor.

Se cuenta de dos aficionados a las actividades al aire libre que contrataron una avioneta para que los llevara a un lago remoto en su viaje de pesca anual. Después de una buena pesca, el piloto regresó para recogerlos. Les informó que su pequeño avión no podría soportar el peso de ellos, el del equipo y el de lo que habían pescado. Sería necesario hacer un segundo viaje, por lo que tendría que hacer dos.

Ahora bien, los pescadores no querían pagar otro viaje; así que, después de prometerle que empaquetarían bien todo y de ofrecerle una pequeña paga extra, el piloto aceptó de mala gana intentar el vuelo.

Los pescadores sonrieron con complicidad mientras el piloto forzaba la avioneta para que levantara vuelo. Sin embargo; unos segundos más tarde, el avión no despegó y cayó en una zona pantanosa al final del lago.

El avión había fallado al levantar vuelo a causa de un fenómeno bien conocido llamado “efecto suelo”, el cual se crea cuando el aire se comprime entre las alas del avión y la superficie de la tierra cuando el avión está muy cerca del suelo. En este caso, al subir lentamente fuera del “efecto suelo”, la avioneta tenía que volar por su propia fuerza, lo cual simplemente no pudo llevar a cabo.

Felizmente, ninguno se lastimó seriamente, y después de recobrarse, uno de los pescadores le preguntó al otro: “¿Qué pasó?”, a lo cual su compañero respondió: “Caímos al levantar vuelo. ¡A unos cien metros de donde caímos el año pasado!”.

Al igual que estos dos pescadores, a veces creemos que debe haber una manera más fácil, un atajo o una modificación a los mandamientos del Señor que se ajuste a nuestras propias circunstancias. Pensamientos como éste fallan en reconocer que la estricta obediencia a las leyes de Dios trae Sus bendiciones; y el dejar de obedecer Sus leyes conlleva consecuencias previsibles.

Cuando recibió su nombramiento como Presidente de la Iglesia, Harold B. Lee dijo: “La seguridad de la Iglesia descansa en que los miembros guarden los mandamientos… Si guardan los mandamientos, recibirán bendiciones”1. Seguir leyendo

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Manos que ayudan, manos que salvan

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Manos que ayudan, manos que salvan
Por el élder Koichi Aoyagi
De los Setenta

Koichi AoyagiRuego que sigamos el consejo y el ejemplo del profeta y que cada día busquemos a los necesitados.

Mis hermanos y hermanas, me siento sumamente agradecido por la oportunidad de hablar en esta conferencia. Estoy agradecido por el presidente Thomas S. Monson, y testifico que él es el profeta del Dios viviente. Me impresiona profundamente su maravilloso ejemplo, ya que ha dedicado su vida a ayudar y a salvar a los demás con sus propias manos.

Vivimos en una época en la que muchas personas hacen frente a calamidades y necesitan ayuda debido a los efectos devastadores de terremotos, maremotos, huracanes y otras catástrofes naturales. La Iglesia extiende una mano a estas personas mediante la ayuda humanitaria, y los miembros de la Iglesia fielmente aportan ofrendas de ayuno generosas todos los meses y prestan servicio con un espíritu de amor. Literalmente, ofrecen manos que ayudan a la manera del Señor. Obedecen el mandamiento que dio el Señor de recordar “en todas las cosas a los pobres y a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos, porque el que no hace estas cosas no es mi discípulo” (D. y C. 52:40).

Hoy me gustaría centrarme en las manos que ayudan y salvan espiritualmente. La obra y la gloria del Señor verdaderamente es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Nos rodean muchas personas que necesitan ayuda espiritual. Al extender una mano salvadora a los miembros menos activos, a las familias en las que no todos son miembros y a los que no son de nuestra religión, invitamos a todos a “venir a Cristo”1.

Como nuevo converso de la Iglesia, fui rescatado espiritualmente por medio de las manos salvadoras de una fiel miembro de la Iglesia. Me crié en Matsumoto, Japón, cerca de donde tuvieron lugar las Olimpiadas de invierno de Nagano. Mi ciudad se parece mucho a Salt Lake City, ubicada en un valle rodeado de hermosas montañas. Cuando tenía 17 años, conocí a dos misioneros estadounidenses: el élder Carter y el élder Hayashi. Aunque entre nosotros apenas había dos o tres años de diferencia, los élderes tenían algo maravilloso que yo nunca antes había sentido. Eran diligentes, alegres y llenos de amor y luz. Sus cualidades me impresionaron mucho y deseé llegar a ser como ellos. Escuché su mensaje y decidí bautizarme. Mis padres, que eran budistas, se opusieron enérgicamente a que lo hiciera, pero gracias a la ayuda de los misioneros y del Señor, recibí permiso y me bauticé de manera milagrosa.

Al año siguiente comencé la universidad en Yokohama. Vivía solo, lejos de mi ciudad y de mis conocidos, así que empecé a sentirme solo y me alejé de la Iglesia. Un día me llegó una postal de una miembro de la Iglesia de mi ciudad. Me escribió que se había enterado que yo no asistía a las reuniones, citó un pasaje de las Escrituras y me invitó a regresar a la Iglesia. Las palabras del pasaje me dejaron abrumado. Esto me ayudó a darme cuenta de que tal vez había perdido algo importante, así que medité y tuve una lucha interior durante varios días. Esto también me recordó una promesa que me habían hecho los misioneros: “Si lee el Libro de Mormón y pregunta en oración ferviente si la promesa que se encuentra en Moroni es verdadera, sabrá la verdad por el poder del Espíritu Santo”2. Seguir leyendo

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La bendición de las Escrituras

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
La bendición de las Escrituras
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

D. Todd ChristoffersonEl propósito central de todas las Escrituras es llenar nuestras almas de fe en Dios el Padre y en Su Hijo Jesucristo.

El 6 de octubre del año 1536, a una figura lastimosa se le condujo de un calabozo del Castillo Vilvorde, cerca de Bruselas, Bélgica. Durante casi año y medio, el hombre había tenido que soportar estar aislado en una celda oscura y húmeda. Ahora, fuera de los muros del castillo, el prisionero fue atado a un poste. Tuvo tiempo de pronunciar en voz alta su oración final: “¡Señor!, abre los ojos del rey de Inglaterra”, tras lo cual fue ahorcado. De inmediato, quemaron su cuerpo en la hoguera. ¿Quién era ese hombre, y cuál era la ofensa por la cual tanto las autoridades políticas como eclesiásticas lo habían condenado? Se llamaba Guillermo Tyndale, y su crimen fue haber traducido la Biblia al inglés y haberla publicado.

Tyndale, nacido en Inglaterra en la época en que Colón zarpó hacia el nuevo mundo, se educó en Oxford y Cambridge y llegó a ser integrante del clero católico. Hablaba ocho idiomas con fluidez, entre ellos griego, hebreo y latín. Tyndale era un ferviente estudioso de la Biblia, y le preocupaba profundamente la ignorancia generalizada sobre las Escrituras que observaba entre sacerdotes y laicos por igual. En una acalorada discusión con un clérigo que opinaba que no se debían poner las Escrituras al alcance del hombre común, Tyndale juró: “¡Si Dios me concede vida, antes de que pasen muchos años, haré que el joven que conduzca el arado sepa más de las Escrituras que tú mismo!”.

Solicitó la aprobación de las autoridades de la iglesia para preparar una traducción de la Biblia al inglés para que todos pudieran leer la palabra de Dios y llevarla a la práctica. Le fue negada, ya que la opinión que prevalecía era que el acceso directo a las Escrituras por parte de alguien que no fuera del clero ponía en peligro la autoridad de la iglesia y era como echar “perlas delante de los cerdos” (Mateo 7:6).

Sin embargo, Tyndale emprendió la difícil tarea de la traducción. En 1524, viajó a Alemania, bajo un nombre ficticio, donde vivió la mayor parte del tiempo a escondidas, bajo constante amenaza de arresto. Con la ayuda de amigos fieles, Tyndale logró publicar las traducciones al inglés del Nuevo Testamento y más tarde del Antiguo Testamento. Las Biblias se introdujeron clandestinamente en Inglaterra, donde tenían gran demanda y las valoraban grandemente los que podían conseguirlas. Se compartían extensamente, pero en secreto. Las autoridades quemaban todas las copias que encontraban. Sin embargo, en menos de tres años después de la muerte de Tyndale, Dios en verdad abrió los ojos del rey Enrique VIII, y con la publicación de lo que se llamó “La Gran Biblia”, las Escrituras en inglés comenzaron a estar a disposición del público. La obra de Tyndale llegó a ser el fundamento de casi todas las traducciones futuras de la Biblia al inglés, en particular la Versión del Rey Santiago1. Seguir leyendo

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Las madres enseñan a los hijos en el hogar

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Las madres enseñan a los hijos en el hogar
Por el élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom PerryCreo que es por designio divino que en el papel de la madre se recalque el cuidado y la enseñanza de la próxima generación.

Hace poco tuve la oportunidad de viajar con el élder Donald L. Hallstrom para visitar cinco ciudades de la gran región del centro de los Estados Unidos. En cada ciudad que visitamos, teníamos una reunión con los misioneros de tiempo completo, seguida de una reunión con los líderes de barrio y de estaca acerca de la obra misional. Entre una y otra reunión, la Sociedad de Socorro de estaca preparaba una cena liviana para permitirnos estar con los presidentes de estaca. Cuando llegamos a Milwaukee, Wisconsin, dos familias jóvenes le habían pedido a la Sociedad de Socorro que les permitiera preparar y servir la cena. Los dos esposos se encargaron de la cocina; las dos madres supervisaron el arreglo de las mesas y lo relacionado con servir la comida; tres niños pequeños se encargaron de poner la mesa y de servir la comida bajo la supervisión de sus madres, lo cual proporcionó a las madres una oportunidad de enseñar a sus hijos. Fue muy especial ver a los niños atender cada detalle, como sus madres les habían enseñado. Realizaron sus asignaciones completa y cabalmente.

Esta experiencia me llevó a reflexionar en la capacitación que recibí de mi madre. Igual que el profeta Nefi, yo también, como muchos de ustedes, nací de buenos padres (véase 1 Nefi 1:1).

Hace poco, una de mis sobrinas me mostró cuatro cuadernos que mi madre había llenado con apuntes mientras se preparaba para dar su clase de la Sociedad de Socorro. Me imagino que estos cuadernos —y hay otros que todavía no he examinado— representan cientos de horas de preparación de mi madre.

Mi madre era una gran maestra, diligente y minuciosa al prepararse. Tengo recuerdos claros de los días previos a sus clases. La mesa del comedor se llenaba con material de consulta y los apuntes que preparaba para su lección. Preparaba tanto material que estoy seguro de que sólo llegaba a usar una pequeña parte durante la clase; pero también estoy seguro de que nada de lo que preparaba se desaprovechaba. ¿Cómo puedo estar seguro de ello? Al hojear sus cuadernos, me parecía escuchar a mi madre enseñándome una vez más. Repito: en sus cuadernos había material de sobra acerca de cualquier tema como para presentarlo en una sola clase, pero lo que no usaba en su lección lo usaba para enseñar a sus hijos. Seguir leyendo

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Ayúdenlos en el camino de regreso al hogar

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Ayúdenlos en el camino de regreso al hogar
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Henry B. EyringAyudamos mejor a los hijos de Dios al proporcionarles maneras de edificar su fe en Jesucristo y Su evangelio restaurado mientras son jóvenes.

Hermanos y hermanas, nuestro Padre Celestial quiere y necesita nuestra ayuda para llevar a Sus hijos espirituales de regreso a Él. Hoy hablo de los jóvenes que ya están dentro de Su Iglesia verdadera y que ya han emprendido el camino estrecho y angosto para regresar a su hogar celestial. Él quiere que ellos obtengan a temprana edad la fortaleza espiritual para permanecer en el sendero; y necesita nuestra ayuda para que regresen al sendero rápidamente si empiezan a desviarse.

Yo era un joven obispo cuando empecé a ver con claridad por qué el Señor quiere que fortalezcamos a los niños mientras son pequeños y que los rescatemos rápidamente. Les contaré el relato de una joven que representa a muchos de los que he tratado de ayudar a lo largo de los años.

Ella estaba sentada frente a mí, del otro lado de mi escritorio de obispo. Me habló de su vida. Había sido bautizada y confirmada como miembro de la Iglesia cuando tenía ocho años. No derramó ninguna lágrima mientras se refería a los más de veinte años que siguieron, pero había tristeza en su voz. Dijo que la senda que la había llevado hacia el pecado había comenzado con decisiones de relacionarse con personas que ella pensaba que eran impresionantes. Pronto empezó a violar lo que al principio parecían ser mandamientos menos importantes.

Al principio sentía un poco de tristeza y un poco de culpa, pero la relación con sus amigos proporcionaba una nueva sensación de ser aceptada; y así, la resolución esporádica de arrepentirse parecía cada vez menos importante. A medida que aumentaba la gravedad de los mandamientos que quebrantaba, el sueño de un hogar feliz y eterno parecía desvanecerse.

Estaba sentada frente a mí, y se refirió a su situación como miserable. Quería que la rescatara de la trampa del pecado a la cual se encontraba atada. Pero la única manera de salir era que ella ejercitara la fe en Jesucristo, tuviera un corazón quebrantado, se arrepintiera y, de ese modo, fuera limpia, cambiada y fortalecida mediante la expiación del Señor. Le di mi testimonio de que todavía era posible. Y lo fue, pero resultó mucho más duro de lo que hubiera sido ejercitar la fe temprano en su vida en el camino de regreso a Dios y cuando recién había comenzado a desviarse.

Entonces, ayudamos mejor a los hijos de Dios al proporcionarles maneras de edificar su fe en Jesucristo y Su evangelio restaurado mientras son jóvenes. Y luego debemos ayudar a reavivar esa fe rápidamente, antes de que se debilite al desviarse del sendero. Seguir leyendo

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Madres e hijas

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Madres e hijas
Por el élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell BallardEn estos últimos días es esencial, aun crucial, que los padres y los hijos se escuchen y aprendan los unos de los otros.

Hermanos y hermanas, hace seis meses hablé en la sesión del sacerdocio de la conferencia general a padres e hijos. Como era de esperar, mis cinco hijas, veinticuatro nietas y un creciente número de bisnietas me han pedido la misma atención. Por lo tanto, hoy les hablaré principalmente a las madres e hijas de la Iglesia.

Mi querida esposa, Barbara, ha ejercido una influencia eternamente trascendental en nuestras hijas y nietas; y ellas, a su vez, la han ejercido en ella. Madres e hijas cumplen una función crucial al ayudarse mutuamente a explorar sus posibilidades infinitas, a pesar de las influencias denigrantes de un mundo en el que se corrompen y manipulan la condición de mujer y la maternidad.

Al hablar a las mujeres de la Iglesia hace casi un siglo, el presidente Joseph F. Smith dijo: “No corresponde que ustedes sean guiadas por las mujeres del mundo; ustedes deben guiar… a las mujeres del mundo, en todo lo que sea digno de alabanza, en todo lo que sea de Dios, en todo lo que sea ennoblecedor y purificante para los hijos de los hombres” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, 2000, pág. 198).

Hermanas, nosotros, sus hermanos, no podemos hacer la obra que a ustedes se les ha asignado divinamente desde antes de la fundación del mundo. Podríamos intentarlo, pero nunca podríamos aspirar a reproducir sus exclusivos dones. En este mundo, no hay nada tan personal, tan enriquecedor ni tan decisivo para una vida como la influencia de una mujer recta.

Entiendo que algunas de ustedes, jovencitas, no tienen una madre con quien puedan conversar de estos asuntos; y muchas de ustedes, mujeres, no tienen hijas en su vida. No obstante, dado que toda mujer posee dentro de su naturaleza divina tanto el talento inherente como la mayordomía de ser madre, la mayor parte de lo que diré se aplica igualmente a abuelas, tías, hermanas, madrastras, suegras, líderes y otras mentoras que a veces llenan el vacío de estas significativas relaciones de madre e hija.

Jovencitas, sus madres las adoran y ven en ustedes la promesa de futuras generaciones. Todo lo que ustedes logran, cada desafío que superan, a ellas les brinda un gozo puro. Y del mismo modo, las preocupaciones y las penas de ustedes son las preocupaciones y las penas de ellas.

Hoy deseo darles a ustedes, jovencitas, algunas sugerencias en cuanto a la forma de sacar el máximo provecho de la relación que tienen con su madre; después compartiré algunos pensamientos con las madres sobre la forma de maximizar la influencia que ejercen en sus hijas y en otros integrantes de la familia. Seguir leyendo

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La roca de nuestro Redentor

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
La roca de nuestro Redentor
Por el élder Wilford W. Andersen
De los Setenta

Wilford W. AndersenTestifico que quienes guarden Sus mandamientos tendrán más fe y esperanza, [y] recibirán la fortaleza para superar todas las pruebas de la vida.

Años atrás, fui de visita a Nauvoo, Illinois, con mi familia. Los santos habían ido allí en busca de refugio. Muchos habían perdido sus hogares y sus granjas, y algunos habían perdido a sus seres queridos por causa de la intensificación de la persecución. En Nauvoo, se reunieron y construyeron una nueva y hermosa ciudad; pero la persecución no cesaba y, en 1846, una vez más, se vieron forzados a dejar sus hogares; esta vez, en pleno invierno. Hicieron una fila con sus carromatos en la calle Parley esperando su turno para cruzar las aguas congeladas del río Misisipí hacia un futuro incierto.

Mientras nos encontrábamos en esa calle reflexionando acerca de la condición desesperante de ellos, me llamó la atención ver unos carteles de madera clavados en los postes de las cercas: allí se habían grabado citas tomadas de los diarios de esos santos afligidos. Al leer cada cita, nos asombró que las palabras no fueran de desesperación ni desánimo, sino de seguridad, dedicación e incluso gozo. Estaban llenas de esperanza, el tipo de esperanza que transmite esta cita del diario de Sarah DeArmon Rich, de febrero de 1846: “Comenzar una travesía de ese tipo en invierno… parecería como si nos estuviéramos colocando en las garras de la muerte, pero teníamos fe… [y] nos regocijábamos porque el día de nuestra liberación había llegado”1.

Esos pioneros realmente se habían quedado sin hogar, pero no habían perdido la esperanza. Aunque el corazón lo tenían destrozado, su espíritu era fuerte. Habían aprendido una importante y profunda lección: que la esperanza, con sus correspondientes bendiciones de paz y gozo, no estaba sujeta a las circunstancias. Habían descubierto que la verdadera fuente de la esperanza es el Señor Jesucristo y Su expiación infinita, el único cimiento seguro sobre el cual edificar nuestra vida.

En la actualidad, otro grupo de pioneros ejemplifica este importante principio. El martes 12 de enero, un gran terremoto azotó al país de Haití, y dejó en ruinas la capital de Puerto Príncipe. El impacto fue devastador; se estima que un millón de personas quedaron sin hogar y se informó que más de doscientas mil murieron.

Mientras el mundo se enteraba de la ayuda internacional sin precedentes, otra labor de rescate inspiradora y extraordinaria se estaba llevando a cabo en Puerto Príncipe; ésta estaba dirigida por un comité formado por líderes haitianos de la Iglesia, organizado de acuerdo con el orden del sacerdocio, que funciona bajo inspiración. Entre los miembros del comité se encontraban los dos presidentes de estaca y las dos presidentas de la Sociedad de Socorro de estaca de Puerto Príncipe, y el presidente de misión que, a la edad de 30 años, preside a setenta y cuatro misioneros de tiempo completo en la Misión Haití Puerto Príncipe. Todos sus misioneros son haitianos y, milagrosamente, ninguno de ellos resultó herido en ese terremoto devastador. Seguir leyendo

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Nuestra senda del deber

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
Nuestra senda del deber
Por el obispo Keith B. McMullin
Segundo Consejero del Obispado Presidente

Keith B. McMullinEl deber no requiere perfección, pero sí requiere diligencia. No es simplemente lo que es legal, sino lo que es virtuoso.

Éste es un mundo atribulado. La discordia y el desastre están en todos lados. Algunas veces se siente como si la humanidad misma estuviera pendiendo de un hilo.

Al predecir nuestros días, el Señor dijo: “…y temblarán los cielos así como la tierra; y habrá grandes tribulaciones entre los hijos de los hombres, mas preservaré a mi pueblo”1. Deberíamos sentir gran consuelo en esa promesa.

Aunque los desastres perturban completamente “el llano curso de [nuestro] camino”2, no tienen por qué dejar nuestra vida destruida para siempre. Los desastres pueden “[hacernos] recordar”3, “despertar en [nosotros] el sentido de [nuestro] deber para con Dios”4, y mantenernos en la “senda de [nuestro] deber”5.

En Holanda, durante la Segunda Guerra Mundial, la familia Casper ten Boom usaba su hogar como escondite para aquellos que eran perseguidos por los nazis. Ésa era su manera de vivir de acuerdo con su fe cristiana. Cuatro miembros de la familia perdieron la vida por proporcionar ese refugio. Corrie ten Boom y su hermana Betsie pasaron unos meses de terror en el infame campo de concentración Ravensbrück. Betsie murió allí, pero Corrie sobrevivió.

En Ravensbrück, Corrie y Betsie aprendieron que Dios nos ayuda a perdonar. Después de la guerra, Corrie estaba decidida a compartir ese mensaje. En una ocasión, ella acababa de hablarle a un grupo de personas en Alemania que sufría los estragos de la guerra. Su mensaje había sido: “Dios perdona”. Fue entonces que la fidelidad de Corrie ten Boom dio a luz una bendición.

Un hombre se le acercó y ella lo reconoció como uno de los guardias más crueles del campo de concentración. “Usted mencionó Ravensbrück en su discurso”, dijo él. “Yo fui guardia ahí…, pero desde ese entonces me he convertido en cristiano”. Él explicó que había procurado el perdón de Dios por las cosas crueles que había hecho; extendió su mano y preguntó: “¿Me perdonará usted?”.

Corrie ten Boom entonces dijo:

“Quizás no fueron muchos segundos los que él estuvo ahí, con su mano extendida, pero a mí me parecieron horas mientras yo luchaba con la situación más difícil que jamás había enfrentado.

“…El mensaje de que Dios perdona tiene una… condición: Que tenemos que perdonar a los que nos han herido…

“…‘¡Ayúdame!’, oré en silencio. ‘Yo puedo extender mi mano; es todo lo que puedo hacer. Tú concédeme el sentimiento’. Seguir leyendo

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…y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días

Conferencia General Abril 2010LI_2010_05
“…y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días”
Por la hermana Julie B. Beck
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Julie B. Beck1Sabemos que tenemos éxito si vivimos de modo de ser dignos de tener el Espíritu, recibirlo y entender cómo seguirlo.

Durante el pasado año, he conocido a miles de mujeres Santos de los Últimos Días de muchos países. La lista de desafíos que ellas afrontan es larga y seria; hay problemas familiares, pruebas económicas, calamidades, accidentes y enfermedades. Hay mucha distracción y no suficiente paz y gozo. Pese a lo que afirmen los medios de comunicación, nadie es lo suficientemente rico, atractivo ni inteligente como para evitar la experiencia mortal.

Las preguntas que las hermanas hacen son serias y delicadas; expresan incertidumbre acerca del futuro, pesar por esperanzas que no se han hecho realidad, indecisión y sentimientos cada vez menores de autoestima; también reflejan un profundo deseo de hacer lo que es correcto.

Ha crecido en mí un asombroso testimonio del valor de las hijas de Dios. Mucho es lo que depende de ellas. Al visitar a las hermanas, he sentido que nunca ha habido mayor necesidad de un aumento de fe y de rectitud personales; nunca se han necesitado más familias y hogares fuertes; nunca ha habido más cosas que se podrían hacer para ayudar a los que tienen alguna necesidad. ¿Cómo aumentamos la fe, fortalecemos a las familias y brindamos alivio?1. ¿Cómo encuentra una mujer hoy día respuesta a sus preguntas y permanece fuerte e inmutable en contra de increíble oposición y dificultad?

Revelación personal
Una buena mujer sabe que no tiene suficiente energía, tiempo ni oportunidad para atender a todas las personas o hacer todas las cosas buenas que su corazón anhela. La vida no es tranquila para la mayoría de las mujeres y cada día parece exigir que se lleven a cabo un millón de cosas, la mayoría de ellas importantes. Una buena mujer debe resistir constantemente los mensajes atractivos y engañosos de muchas fuentes, que le dicen que tiene derecho a pasar más tiempo alejada de sus responsabilidades y que merece una vida de más placer e independencia. Pero con la revelación personal, puede establecer prioridades de forma correcta y viajar con confianza a lo largo de esta vida. Seguir leyendo

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