Canastos Y Frascos

Conferencia General Abril 19961996
Canastos Y Frascos
Chieko N. Okazaki
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Chieko N. Okazaki“Dios nos ha dado muchos dones, gran diversidad, una amplia gama de variedad, pero lo fundamental es lo que sabemos de unos y de otros: que todos somos Sus hijos.”

Mis queridos hermanos y hermanas, ¡aloha!

En febrero del corriente año, me alegre junto con ustedes cuando el numero de miembros de la Iglesia de fuera de los Estados Unidos excedió al que hay dentro de este país. Ese ligero cambio es un indicador importante del carácter internacional de la Iglesia. Pensé en las palabras de Pablo a los gálatas: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Esta semana celebro el aniversario numero cincuenta y cuatro de mi bautismo. Las personas como yo, que somos conversas, conocemos la promesa de Pablo: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13).

Hermanos y hermanas, hoy deseo hablar de la hermosa unidad que compartimos en el evangelio. Hace tres semanas, regrese de una gira por las Filipinas, Australia, Nueva Zelanda, Tonga y Fidji, lugares en los que la hermana Susan Warner y yo participamos en la capacitación de líderes. Asignaciones anteriores me llevaron a México, Honduras, Guatemala, Samoa, Corea y Japón.

En todos esos sitios trabajamos arduas y largas horas. La gente nos decía: “(Cuanto deben de haberse cansado!” Por el contrario, sentíamos como si hubiésemos sido “[llevadas] en alto como en alas de águila” (véase D. y C. 124:18), por haber visto a las hijas de Sión “[despertar] y [levantarse]… y [vestirse sus] ropas hermosas” (véase Moroni 10:31) en respuesta a las buenas nuevas del evangelio. Enseñamos, peroCy este es el punto que deseo subrayarCtambién aprendimos.

La lección mas importante fue la de que realmente somos uno en Cristo Jesús. Somos uno en nuestro amor del Salvador; somos uno en nuestro testimonio del evangelio; somos uno en fe, esperanza y caridad; somos uno en nuestra convicción de que el Libro de Mormón es la palabra inspirada de Dios; somos uno al apoyar al presidente Hinckley y a las demás Autoridades Generales; somos uno al amarnos los unos a los otros.

¿Somos perfectos en alguno de esos aspectos? No. Nos queda mucho que aprender. ¿Somos exactamente iguales en alguno de esos pareceres? No. Todos nos encontramos en diversos puntos de nuestro viaje de regreso a la presencia de nuestro Padre Celestial. ¿Dejaron los judíos y los griegos, a los que Pablo se dirigía en su epístola a los gálatas, de ser judíos y griegos cuando se bautizaron? ¿Dejaron los hombres de ser hombres y las mujeres de ser mujeres? No. Porque “todos los que [habían] sido bautizados en Cristo, de Cristo [estaban] revestidos” (Gálatas 3:27). Seguir leyendo

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Las Compras En El Día De Reposo

Conferencia General Abril 19961996
Las Compras En El Día De Reposo
Elder Earl C. Tingey
de los Setenta

Earl C. Tingey“Santificar el día de reposo es una indicación de nuestra profunda conversión y de nuestra disposición a guardar los convenios sagrados.”

Buenos días hermanos y hermanas. El tema de mi discurso es el día. de reposo, especialmente en lo que se relaciona con hacer compras el domingo.

Desde el principio, Dios dio instrucciones a los profetas de que enseñaran al pueblo del convenio a honrar el día de reposo. El descansó de las obras de la Creación al séptimo día ( 1 ); y ese día se bendijo y santificó como un día sagrado.

El cuarto mandamiento que se le dio a Moisés fue: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” ( 2 ).

El elder Bruce R. McConkie enseñó que la observancia del día de reposo fue una señal entre el Israel antiguo y su Dios por medio de la cual seria reconocido el pueblo elegido ( 3 ).

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días observan el día de reposo el domingo en conmemoración del hecho de que Jesucristo se levantó de la tumba un domingo y que desde ese entonces los Apóstoles comenzaron a reunirse el primer día de la semana [que desde el punto de vista religioso era el domingo] ( 4 ).

El domingo 7 de agosto de 1831, el Señor le reveló lo siguiente al profeta José Smith:

“Y para que mas íntegramente te conserves sin mancha del mundo, iras a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo; “porque, en verdad, este es un día que se te ha señalado para descansar de tus obras y rendir tus devociones al Altísimo; “sin embargo, tus votos se ofrecerán en rectitud todos los días y a todo tiempo; “pero recuerda que en este, el día del Señor, ofrecerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, confesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor.

“Y en este día no harás ninguna otra cosa sino preparar tus alimentos con sencillez de corazón, a fin de que tus ayunos sean perfectos, o en otras palabras, que tu gozo sea cabal” (5). Seguir leyendo

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A Fin De Que Sepáis

Conferencia General Abril 19961996
“A Fin De Que Sepáis”
Obispo Keith B. McMullin
Segundo Consejero del Obispado Presidente

Keith B. McMullin“El Padre Celestial … nos ha dado un medio para zanjar nuestras diferencias, un medio por el cual cada uno de nosotros puede llegar a saber: ese medio es por el poder y el testimonio seguro del Espíritu”

Humilde y agradecido estoy ante ustedes para testificar de las palabras y de las obras de Dios; he venido con la disposición del que va delante para preparar la vía, comisionado por el Señor. Mi deseo es ayudar a que nos preparemos para Su segunda venida y para morar en Su presencia, con el fin de disfrutar de los dones y gracias que sólo El nos puede conceder.

Durante el transcurso de esta conferencia, se hablara mucho sobre la obra del Señor y sobre lo que nuestro Padre Celestial desea para Sus hijos; todos son temas sagrados. Pero los discursantes no es tan solos en sus afirmaciones; haciendo eco a sus testimonios, yo levanto mi voz como otro testigo. A este proceso se le llama la ley de los testigos.

Esta ley se estableció con el fin de presentar, afirmar y sellar la verdad en el corazón de los hijos de Dios. Cuando se lleva la palabra de Dios al mundo, jamas se esta solo. Moisés fue llamado como Profeta para conducir al pueblo de Israel, pero no se le dejó solo, sino que el Señor le envió a su hermano, Aarón, no solamente para que le sirviera de portavoz sino también para que fuera un testigo con el de que el Dios de Abraham había hablado.

Esa misma ley de los testigos sirvió para anunciar el nacimiento, la vida y la misión de Cristo Jesús; los ángeles santos, Juan el Bautista, los profetas y Apóstoles, el Espíritu Santo, el Salvador mismo y Dios el Padre, todos han declarado de Su divinidad.

Ese mismo modelo se siguió en cada paso de la restauración del Evangelio de Jesucristo , en estos , los postreros días. Multitud de testigos, todos de confianza intachable, han escrito y han hablado de lo que sus oídos oyeron, de lo que sus ojos vieron y de lo que entendieron con el corazón. En toda dispensación, dos o mas testigos han unido sus voces en proclamaciones de atestación; ese es el modelo de los cielos. El apóstol Pablo dijo: “Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Corintios 13:1). Seguir leyendo

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La Voz Profética

Conferencia General Abril 19961996
La Voz Profética
Presidente
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust“La revelación continua y el liderazgo de la Iglesia provienen del Presidente de la Iglesia, quien nunca desviara a los miembros del camino que deben seguir.”

Mis queridos hermanos y amigos, al comenzar esta histórica conferencia, se que en el transcurso de ella escucharemos la voz del Señor. La guía divina ha dirigido los asuntos de esta Iglesia durante ciento sesenta y seis años exactamente, desde que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días fue legalmente organizada el 6 de abril de 1830. Lo que ha sucedido en esta obra, en tan poco tiempo, es realmente un milagro. De pequeño, oía a mi tío abuelo William Wetzel contar cómo había cruzado las planicies de este país con su familia hasta llegar al Valle del Gran Lago Salado; sus relatos de luchas, sacrificios y fe dejaron una huella indeleble en mi joven corazón.

Cuando la familia de mi bisabuelo llegó a este valle, la mayoría de los miembros de la Iglesia vivían en un grupo de pequeñas y polvorientas colonias establecidas en el territorio de Deseret; muchos habían cruzado valientemente el océano para venir a los Estados Unidos, y luego habían viajado o en carromatos o llevando carros de mano, bajo un calor insoportable o un intenso frío, a través de las planicies y las altas cimas de las montañas, con el fin de encontrar paz y adorar a Dios.

En aquella época, los miembros de nuestra fe eran generalmente despreciados, perseguidos y echados de un lado a otro. Pero desde ese entonces ha comenzado a cumplirse la declaración del Señor, que dice: “… en esta época en que comienza a surgir mi iglesia y a salir del desierto, clara como la luna, resplandeciente como el sol”( 1 ). No se puede comprender completamente cómo y por que la Iglesia ha salido “de la obscuridad”( 2 ) y ha florecido, sin antes conocer algunas de las verdades proféticas fundamentales sobre las cuales se ha establecido.

Hace muchos años, cuando se me llamó por primera vez como Autoridad General, fui a ver al presidente Hugh B. Brown, que en ese entonces era miembro de la Primera Presidencia, y le pregunte: “Presidente Brown, )que consejo le daría usted a una Autoridad General nueva, joven y sin experiencia?” Aquel hombre sabio y venerable me respondió en forma sencilla y directa: “Obedezca a las Autoridades Generales”. )Quienes son las Autoridades Generales? Son los que poseen las llaves del Reino de Dios en la tierra; son los de la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles, cada uno de los cuales es Apóstol y Profeta; son los Setenta; y, en asuntos temporales, es el Obispado Presidente. Seguir leyendo

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Honremos su Santo Nombre

HONREMOS SU SANTO NOMBRELIAHONA-1998-04logo 4
por Robert L. Millet

Cuando apreciemos de verdad nuestro origen y nuestro patrimonio divinos, evitaremos tomar el nombre del Señor en vano.

Hace poco, asistí a un partido de béisbol profesional con mi hijo mayor. Estábamos muy entusiasmados de ver a jugadores famosos y nos sentíamos felices de poder presenciar una competencia deportiva tan bien jugada. Sin embargo, hubo algo que me echó a perder la noche: el lenguaje de algunos aficionados. Sólo había pasado una media hora más o menos cuando la tensión y el deseo de ganar hizo que las personas que estaban sentadas detrás de nosotros comenzaran a proferir una serie de malas palabras. Durante las tres horas que siguieron, estuvimos expuestos a un lenguaje vulgar y profano, en el que constantemente se utilizaba el nombre del Señor, tanto para maldecir como para clamar. Al regresar a nuestro hotel, me sentía literalmente abatido, e incluso sucio. Fue una experiencia dolorosa.

En un mundo en donde las personas rectas y con ética jamás matarían, robarían ni cometerían adulterio, es sorprendente ver cómo, sin pensarlo, algunos toman el sagrado nombre de Dios en vano.

¿Por qué es que las personas pueden ser tan cuidadosas de guardar los mandamientos del Sinaí que tienen que ver con las relaciones humanas, pero son tan descuidadas con la dignidad y la santidad del nombre de Dios? Creo que la respuesta es que el tercer mandamiento tiene tanto que ver con la forma en que vivimos y con lo que somos como con la forma en que hablamos; tiene que ver con nuestra perspectiva eterna: la forma en que pensamos sobre las cosas sagradas y cómo las llevamos a cabo.

No podemos tener absoluta conciencia de la gravedad de quebrantar ese mandamiento sin comprender lo que significa para las personas tomar el nombre de Dios sobre sí mismas y hablar, actuar y orar en el nombre del Señor.

EL LLEVAR SU NOMBRE

La caída de Adán y Eva, aun cuando fue un paso esencial en el plan de salvación, hizo del mundo en que nacemos un mundo telestial y caído. La muerte espiritual que todos padecemos al pecar mientras nos encontramos en este estado representa una separación de Dios y de Su familia real. Sin la posibilidad de reconciliarnos con el Cabeza de familia por medio de la Expiación, perderíamos el derecho de llevar el nombre de la familia y el derecho a la vida eterna con nuestro Padre Celestial.

La salvación de la muerte espiritual se hace posible solamente por medio de la obra de un Dios más poderoso que la muerte, un Dios a quien la justicia no puede reclamar. Jesucristo, como el Mesías preordenado, “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:9). Abinadí enseñó que “Dios mismo descenderá entre los hijos de los hombres, y redimirá a su pueblo… os digo que éstos son su posteridad, o sea, son los herederos del reino de Dios” (Mosíah 15:1, 11). Seguir leyendo

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Creo

“Creo”logo 4
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Con franqueza reconozcan sus inquietudes, pero primeramente aviven las llamas de la fe, porque todas las cosas son posibles para los que creen.

En una ocasión, Jesús se encontró a un grupo que discutía acaloradamente con Sus discípulos. Cuando el Salvador preguntó la causa de esa contención, el padre de un niño enfermo dio un paso al frente y dijo que él había pedido a los discípulos de Jesús una bendición para su hijo, pero que no se la habían podido dar. Con el muchacho que aún crujía los dientes, echaba espuma por la boca y se revolcaba en el suelo frente a ellos, el padre le suplicó a Jesús con lo que debió ser total desesperación en la voz:

“…si tú puedes hacer algo”, él dijo, “¡ten misericordia de nosotros y ayúdanos!

“Y Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo lo es posible.

“Y de inmediato el padre del muchacho clamó, diciendo: Creo; ayuda mi incredulidad”1.

La convicción inicial de este hombre, según su propia confesión, es limitada; sin embargo, tiene un deseo apremiante y vehemente a favor de su único hijo. Se nos dice que eso es más que suficiente para empezar. “…aunque no sea más que un deseo de creer”, dice Alma, “dejad que este deseo obre en vosotros, sí, hasta creer”2. Sin tener ninguna otra esperanza, este padre expresa la fe que tiene y le suplica al Salvador del mundo: “…si puedes hacer algo, ¡ten misericordia de nosotros y ayúdanos!”3. Apenas puedo leer estas palabras sin llorar. Es obvio que el pronombre nosotros se utilizó intencionalmente; el hombre decía en efecto: “Toda nuestra familia está suplicando; nuestra batalla nunca cesa; estamos cansados. Nuestro hijo se mete al fuego; se cae al agua; está en peligro constante y nosotros estamos atemorizados constantemente. No sabemos a quién más acudir; ¿nos puedes ayudar ? Agradeceremos cualquier cosa: una bendición parcial, un destello de esperanza, quitar un poco la carga que la madre de este muchacho ha llevado toda su vida.

Las mismas palabras que usó ese padre: “si puedes hacer algo”, las usa el Maestro para responderle: “Si puedes creer4.

La Escritura dice: “De inmediato”, no lentamente, ni de manera escéptica ni cínica, sino “de inmediato”, el padre clama con su sincero dolor paternal: “Creo; ayuda mi incredulidad”. En respuesta a esa fe nueva y aún parcial, Jesús sana al muchacho, levantándolo casi literalmente de los muertos, tal como Marcos describe el incidente5.

Teniendo como base este tierno relato de las Escrituras, quiero dirigirme directamente a la gente joven de la Iglesia, a aquellos que son jóvenes de edad, a los que tienen pocos años de ser miembros, o a los que son jóvenes en lo que respecta a la fe. De una u otra manera, eso nos incluye a casi todos.

La observación número uno tocante a este relato es que al enfrentar el desafío de la fe, el padre reafirma primeramente su fuerza y sólo después reconoce sus limitaciones. Su primera declaración es afirmativa y sin titubeo: “Creo”. A todos los que deseen tener más fe, les diría ¡acuérdense de este hombre! En momentos de temor o duda, o en tiempos de dificultad, mantengan la fe que ya han cultivado, a pesar de que esa fe sea limitada. En el proceso para progresar por el que todos tenemos que pasar en la mortalidad, todos pasaremos por algo que en el aspecto espiritual será similar al sufrimiento de ese muchacho o a la desesperación de ese padre. Cuando lleguen esos momentos y surjan los problemas, y la resolución de esos problemas no sea inmediata, aférrense al conocimiento que ya tienen y manténganse firmes hasta que reciban más conocimiento. Fue en referencia a este preciso incidente, este milagro específico que Jesús dijo: “…si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible”6. La cantidad de fe que tengan o el grado de conocimiento que posean no es lo que importa; es la integridad que demuestren hacia la fe que ya tienen y hacia la verdad que ya conocen.

La segunda observación es una variación de la primera. Cuando lleguen los problemas y surjan las dudas, al tratar de adquirir fe, no comiencen expresando lo mucho que no tienen, empezando, por así decirlo, a partir de su “incredulidad”. ¡Eso es hacerlo más difícil, como rellenar un pavo por el pico! Permítanme aclarar este punto: No les estoy pidiendo que finjan tener una fe que no tienen; les estoy pidiendo que sean fieles a la fe que tienen. A veces actuamos como si una sincera declaración de duda fuese una mayor manifestación de valentía moral que una sincera declaración de fe. ¡No lo es! De modo que recordemos el claro mensaje de este relato de las Escrituras: Sean tan francos en cuanto a sus dudas como tengan que serlo; la vida está llena de dudas sobre un tema u otro; pero si ustedes y su familia desean ser sanados, no permitan que esas dudas impidan que la fe produzca el milagro.

Además, ustedes tienen más fe de la que se imaginan debido a lo que el Libro de Mormón llama “la grandeza de las evidencias”7. “Por sus frutos los conoceréis”, dijo Jesús8, y el fruto de vivir el Evangelio se manifiesta en la vida de los Santos de los Últimos Días en todas partes. Tal como Pedro y Juan dijeron una vez a una audiencia antigua, así les digo hoy: “…no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”, y lo que hemos visto y oído es que “milagro manifiesto ha sido hecho” en la vida de millones de miembros de esta Iglesia. Eso no se puede negar9.

Hermanos y hermanas, ésta es una obra divina en marcha, y las manifestaciones y bendiciones de ella abundan en todas partes; de modo que por favor no se preocupen demasiado si de vez en cuando surgen problemas que se tienen que analizar, comprender y resolver. Los problemas surgen y se tendrán que resolver. En esta Iglesia lo que sabemos siempre prevalecerá sobre lo que no sabemos; y recuerden que en este mundo todos debemos andar por medio de la fe.

De modo que sean tolerantes con las flaquezas humanas, tanto con las propias así como con las de aquellos que sirven con ustedes en una Iglesia dirigida por voluntarios, hombres y mujeres mortales. Excepto en el caso de Su Hijo Unigénito perfecto, Dios se ha tenido que valer de gente imperfecta, lo cual ha de ser terriblemente frustrante para Él, pero se conforma con ello; y nosotros debemos hacerlo también. Y cuando vean alguna imperfección, recuerden que la limitación no radica en la divinidad de la obra. Como lo ha sugerido un talentoso escritor, cuando se vierte la plenitud infinita, no es culpa del aceite si se derrama un poco, ya que los recipientes limitados no pueden contenerlo todo10. Entre esos recipientes limitados estamos ustedes y yo, de modo que seamos pacientes, amables y prestos a perdonar.

La última observación: Cuando surjan dudas o dificultades, no tengan temor de pedir ayuda. Si la deseamos tan humilde y sinceramente como ese padre la deseaba, podemos obtenerla. En las Escrituras se expresa ese deseo sincero como tener “verdadera intención”, procurándolo con “íntegro propósito de corazón, sin acción hipócrita y sin engaño ante Dios”11. Testifico que en respuesta a esa clase de repetida súplica, Dios enviará ayuda de ambos lados del velo para fortalecer nuestra creencia.

Dije que me iba a dirigir a los jóvenes, y todavía lo estoy haciendo. Hace poco, un jovencito de 14 años me dijo un tanto vacilante: “Hermano Holland, todavía no puedo decir que sé que la Iglesia es verdadera, pero creo que lo es”. Le di un abrazo tan fuerte a ese muchacho que casi se le saltaron los ojos; le dije con todo el fervor de mi alma que la palabra creencia es de gran valor, y un acto aun más valioso, y que nunca tenía que disculparse por “creer solamente”. Le dije que Cristo mismo dijo: “No temas, cree solamente”12, una frase que, por cierto, llevó al joven Gordon B. Hinckley al campo misional13. Le dije que la creencia era siempre el primer paso hacia la convicción y que cada uno de los artículos que definen nuestra fe colectiva reiteran fuertemente la palabra: “Creemos”14; también le dije cuán orgulloso me sentía de él por la sinceridad de su búsqueda.

Ahora bien, con la ventaja que me dan casi 60 años desde que era un joven de 14 años que apenas creía, declaro algunas cosas que ahora sé. Sé que en todo momento, en toda forma y en toda circunstancia Dios es nuestro amoroso y misericordioso Padre Celestial. Sé que Jesús es Su único Hijo perfecto, cuya vida fue dada amorosamente por la voluntad tanto del Padre como la del Hijo para la redención del resto de nosotros que no somos perfectos. Sé que Él se levantó de los muertos para volver a vivir y, porque lo hizo, ustedes y yo también lo haremos. Sé que José Smith, que reconoció que no era perfecto15, fue, no obstante, el instrumento elegido en la mano de Dios para restaurar el Evangelio sempiterno en la tierra. También sé que, al hacerlo, particularmente al traducir el Libro de Mormón, me ha enseñado más sobre el amor de Dios, sobre la divinidad de Cristo y sobre el poder del sacerdocio que cualquier otro profeta de quien jamás haya leído, conocido u oído en toda una vida de búsqueda. Sé que el presidente Thomas S. Monson, que avanza de manera fiel y alegre hacia el aniversario número 50 de su ordenación como Apóstol, es el legítimo sucesor a ese manto profético hoy en día. Hemos visto ese manto sobre él de nuevo en esta conferencia. Sé que los otros 14 hombres a quienes ustedes sostienen como profetas, videntes y reveladores lo apoyan con la mano, el corazón y sus propias llaves apostólicas.

Estas cosas las declaro a ustedes con la convicción a la que Pedro llamó “la palabra profética más segura”16. Lo que en una ocasión fue para mí una pequeña semilla de convicción ha crecido hasta convertirse en el árbol de la vida; de modo que si la fe de ustedes pasa por pequeñas pruebas en ésta o en cualquier otra época, los invito a que se apoyen en la mía. Sé que esta obra es la obra verdadera de Dios, y que únicamente nos pondremos en peligro si permitimos que la duda o los demonios nos desvíen del sendero. Conserven la esperanza; sigan adelante. Con franqueza reconozcan sus inquietudes, pero primeramente y para siempre aviven las llamas de la fe, porque todas las cosas son posibles para los que creen. En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1. Marcos 9:22–24; véanse también los versículos 14–21.
2. Alma 32:27; cursiva agregada.
3. Marcos 9:22; cursiva agregada.
4. Marcos 9:22, 23; cursiva agregada.
5. Veáse Marcos 9:24–27.
6. Mateo 17:20.
7. Helamán 5:50.
8. Mateo 7:16.
9. Véase Hechos 4:16, 20.
10. Adaptado de Alfred Edersheim, The Life and Times of Jesus the Messiah, 2 tomos, 1883, tomo II, pág. 108.
11. 2 Nefi 31:13.
12. Marcos 5:36.
13. Véase Gordon B. Hinckley, en Conference Report, octubre de 1969, pág. 114.
14. Véanse Los Artículos de Fe 1:1–13.
15. Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 555.
16. 2 Pedro 1:19.

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Cómo llegar a ser testigo de Cristo

Marzo 2008
Cómo llegar a ser testigo de Cristo
por D. Todd Christofferson
De la Presidencia de los Setenta

D. Todd ChristoffersonPor virtud de su oficio del sacerdocio, los apóstoles son nombrados testigos especiales de Cristo en todo el mundo (véase D. y C. 107:23). Su testimonio es vital en la obra del Señor para la salvación. No obstante, los apóstoles no deben estar solos, ni lo están. Todos los que hemos sido bautizados y confirmados hemos tomado sobre nosotros el nombre de Jesucristo con el compromiso de “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar” (Mosíah 18:9). El llegar a ser Sus testigos está dentro de la capacidad de cada uno de nosotros. En verdad, el Señor confía en “los débiles y sencillos” para proclamar Su evangelio (véase D. y C. 1:19, 23), y Su deseo es “que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo” (D. y C. 1:20).

Consideremos algunas maneras en las que un miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días puede ser testigo de Cristo.

Somos testigos de Cristo cuando recibimos un testimonio certero y personal de que Él vive.

En el sentido más básico, el ser testigo de Jesucristo es poseer un testimonio certero y personal de que Él es el Hijo divino de Dios, el Salvador y Redentor del mundo. Los apóstoles de la antigüedad sabían que Jesús era el Mesías prometido y hablaron por experiencia personal de Su resurrección literal. Sin embargo, un testigo de Cristo no tiene que haberlo visto ni haber estado en Su presencia. Cuando Pedro le testificó a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, el Señor le respondió diciendo que ese conocimiento no le había llegado por su proximidad física ni por experiencias que hubiera tenido con Él, sino porque Su Padre Celestial se lo había revelado (véase Mateo 16:15–17). Y Jesús le aclaró a Tomás que una persona podía tener la misma creencia o testimonio que él tenía sin haberlo tocado ni haberlo visto: “Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29).

Nuestro testimonio de Cristo por lo general comienza con el testimonio de otras personas, de gente que conocemos o de quienes hemos oído y en quienes confiamos. Tenemos registrado el testimonio de los apóstoles de que “a este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hechos 2:32). Tenemos el Antiguo y el Nuevo Testamento de Su preordenación, Su ministerio y Su expiación. Tenemos otro testamento, el Libro de Mormón, el propósito principal del cual es “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones” 1 . Tenemos el testimonio del profeta José Smith de que él vio y oyó al Padre cuando, señalando a Jesús, dijo: “Éste es mi Hijo Amado”(José Smith—Historia 1:17), y más adelante la atestiguación del Profeta de que “después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre” (D. y C. 76:22–23). Tenemos a los testigos especiales de nuestros días que viven entre nosotros y de quienes recibimos, con nuestros propios ojos y oídos, un testimonio ratificatorio. Muchos tienen la gran bendición también de oír los testimonios de sus padres, abuelos y amigos fieles.

Los que entran en el convenio del bautismo reciben un don especial de fe en Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo se recibe la atestiguación de que los testimonios que hemos oído con respecto a Cristo son verdaderos. Nefi afirmó que eso ocurriría: “Y entonces os halláis en este estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna; sí, habéis entrado por la puerta; habéis obrado de acuerdo con los mandamientos del Padre y del Hijo; y habéis recibido el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, para que se cumpla la promesa hecha por él, que lo recibiríais si entrabais en la senda” (2 Nefi 31:18; cursiva agregada).

Creer en las palabras de otras personas es un don espiritual, y el hecho de que “el Espíritu Santo da a saber que Jesucristo es el Hijo de Dios y que fue crucificado por los pecados del mundo” (D. y C. 46:13) es otro don más.

Ese testimonio muchas veces llega en forma de sentimientos: un ardor en el pecho, una paz, una tranquilidad, una sensación de esclarecimiento. El Señor dio a Oliver Cowdery un testimonio del Libro de Mormón por medio de sentimientos espirituales que le confirmaron “que las palabras o la obra que tú has estado escribiendo son verdaderas” (D. y C. 6:17). Después, el Señor agregó: “Si deseas más testimonio, piensa en la noche en que me imploraste en tu corazón, a fin de saber tocante a la verdad de estas cosas. ¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios?” (D. y C. 6:22–23). El Espíritu que habla paz a la mente no es la única manera en la cual se recibe la atestiguación, pero, puesto que proviene de Dios, no hay ninguna más grandiosa. Así como sólo con deleitarnos en las palabras de Cristo que están en las Escrituras podemos “testificar que [hemos] oído [Su] voz y que [conocemos Sus] palabras” (D. y C. 18:36), por los sentimientos espirituales confirmadores de Dios podemos testificar que conocemos a Su Hijo y que Él vive.

Somos testigos de Cristo cuando nuestra manera de vivir refleja Sus enseñanzas.

Durante Su ministerio en el hemisferio occidental, el Salvador dio este mandamiento: “Alzad, pues, vuestra luz para que brille ante el mundo. He aquí, yo soy la luz que debéis sostener en alto: aquello que me habéis visto hacer” (3 Nefi 18:24). Las demás personas deberían poder ver en nosotros algo de Jesucristo. La forma en que actuemos, hablemos, el aspecto que tengamos y hasta nuestros pensamientos serán un reflejo de Él y de Su manera de proceder. Alma lo describió como un gran cambio en nuestro corazón y como el haber recibido Su imagen en nuestro rostro (véase Alma 5:14). En este mismo sentido, el Señor nos mandó ser aun como Él es (véase 3 Nefi 27:27). Aunque no estábamos presentes con Él durante Su ministerio, al escudriñar las Escrituras, vemos a Jesús y lo que Él dijo e hizo. Y al imitar ese modelo, damos testimonio de Él.

Recuerdo el ejemplo de un sacerdote católico que conocí cuando trabajamos juntos en actividades de servicio comunitario en Nashville, Tennessee. El padre Charles Strobel ideó un proyecto para sacar de la calle a hombres sin hogar, unos cuantos cada vez, mediante un programa de capacitación que los habilitaba para ganarse la vida y les proporcionaba oportunidades de empleo; se pasaba incontables horas ayudando a aquellos hombres a cambiar de forma positiva y duradera y a volverse autosuficientes. Me impresionó saber que un hombre sin hogar había matado a la madre del sacerdote hacía pocos años. El amor cristiano del padre Strobel se extendía incluso a los hombres entre los cuales estaba el que le había arrebatado violentamente la vida a su madre.

El mensaje principal de los apóstoles y los profetas de toda época es la necesidad de arrepentirse para recibir la remisión de los pecados a través de la expiación de Jesucristo. Nuestro arrepentimiento es un testimonio de Él y del poder de Su gracia para perdonarnos y purificarnos. Con tal de que estemos esforzándonos por que nuestra vida concuerde con la norma del Salvador, no es necesario que hayamos alcanzado la perfección para que nuestro testimonio sea válido. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) aconsejó sabiamente que tengamos paciencia, así como diligencia en ese proceso:

“El llegar a ser como Cristo es un proceso de toda la vida y, con frecuencia, requiere un progreso y un cambio lentos, casi imperceptibles…

“…Por cada Pablo, por cada Enós y por cada rey Lamoni, hay cientos y miles de hombres y mujeres cuyo proceso de arrepentimiento es mucho más sutil e imperceptible. Día a día se van acercando más al Señor, sin siquiera darse cuenta de que están forjándose una vida cuyas cualidades se asemejan a las divinas. Esas personas llevan una vida sencilla de bondad, servicio y determinación; son como los lamanitas, de quienes el Señor dijo que ‘fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo al tiempo de su conversión… y no lo supieron’ (3 Nefi 9:20; cursiva agregada)” 2 .

Somos testigos de Cristo cuando ayudamos a otras personas a venir a Él.

Nefi comentó expresándose con gozo: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26). Nosotros también podemos ayudar activamente a los demás, en particular a nuestros hijos, a venir a Cristo.

La frase de Nefi “hablamos de Cristo” indica que, en nuestras conversaciones y encuentros sociales, no vacilamos en hablar de los sentimientos que tenemos con respecto al Salvador. A menudo se trata de situaciones en que nos encontramos con una sola persona y en que, con un tono abierto y amable, podemos analizar quién es Él y lo que hizo y enseñó, animando a los demás a amarlo y a seguirlo.

“Nos regocijamos en Cristo” implica que tenemos una perspectiva generalmente feliz en la que se refleja nuestra fe en Cristo. Sabemos que Su “gracia… es suficiente” para que seamos redimidos de la muerte y del pecado y seamos perfectos en Él (véase Moroni 10:32–33). Aun cuando afrontamos decepciones e incluso tragedias, sabemos que por Él tenemos asegurada la felicidad eterna. Al irradiar hacia los demás nuestra fe en Jesucristo, demostramos a los que están “trabajados y cargados” la forma de encontrar descanso en Él (véase Mateo 11:28–30).

“Predicamos de Cristo” hace referencia indudablemente a la obra misional de los misioneros de tiempo completo, así como la de los miembros, pero también incluye lo que hacemos en nuestros servicios de adoración, en las clases de la Escuela Dominical y en otros ambientes similares en los cuales Él es el tema de estudio e instrucción. Por medio de nuestra participación, ya sea como maestros o alumnos, damos testimonio de Él; y el estudio personal en el que se basa esa participación es otra forma de atestiguar de nuestra creencia.

“Profetizamos de Cristo” significa que expresamos por el poder del Espíritu el testimonio que tenemos de Él (véase 1 Corintios 12:3). “…el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía” (Apocalipsis 19:10). Tal como los que en la antigüedad profetizaron Su primera venida, nosotros también confirmamos con palabras y acciones las profecías de Su segunda venida. Al efectuar bautismos y otras ordenanzas sagradas por nuestros antepasados mediante la autoridad del sacerdocio, restaurada por Elías el profeta, como preparación para “el día de Jehová, grande y terrible” (Malaquías 4:5–6; véase también D. y C. 2; 128:17–18), testificamos que Cristo vendrá otra vez y que nuestro corazón debe volverse hacia nuestros padres a fin de prepararnos para Su venida (véase Malaquías 4:6; D. y C. 2:2).

“Y escribimos según nuestras profecías” denota la sabiduría de llevar un registro permanente de nuestro testimonio de Cristo. Comprendemos que los testimonios que expresamos se escriben “en el cielo para que lo vean los ángeles; y ellos se regocijan a causa de [nosotros]” (D. y C. 62:3). Quizás nuestros descendientes y otras personas puedan verlo y regocijarse por nuestro testimonio de Cristo, escrito y registrado para su beneficio aun antes de que algunos de ellos nacieran.

Ustedes son testigos de Cristo cuando sienten el testimonio de Él que da el Santo Espíritu, confirmado y reconfirmado a su espíritu en muchas experiencias y lugares diferentes, a medida que tratan de hacer brillar en su propia vida la luz de Su ejemplo día tras día, y cuando expresan a otros su testimonio y les ayudan a aprender de Él y a seguirlo. Que Dios les conceda el deseo de su corazón de estar entre “los que recibieron el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:51) y fueron fieles a ese testimonio durante toda su vida terrenal (véase D. y C. 138:12).

UN TESTIMONIO PERSONAL DEL SALVADOR

Supongo que mi bautismo cuando era una niña de once años marcó el principio de mi testimonio de Aquél a cuya Iglesia me había afiliado. Desde entonces he tenido el deseo de seguir las enseñanzas de Jesucristo y de vivir de acuerdo con los principios del Evangelio.

El obtener mi testimonio de Jesucristo ha sido un proceso gradual y se ha incrementado con mi participación activa en la Iglesia. En lo hermoso de la naturaleza he percibido muchas veces Su gran amor por nosotros y eso me brinda un mayor aprecio por Él. Al ayunar y orar y recibir respuesta a esas oraciones, he sentido que el Espíritu me testifica, sabiendo que Jesucristo es el Mediador entre el Padre Celestial y nosotros. He tenido el gozo de estar cerca de Él las muchas veces que voy a adorarlo al templo.

A lo largo de mi vida, mi testimonio ha crecido y se ha fortalecido hasta que, actualmente, no tengo duda alguna de que Jesucristo es el Hijo de Dios, mi Salvador y Redentor. Ese conocimiento me brinda una serena tranquilidad y paz.

DEBEMOS REFLEJAR SUS ENSEÑANZAS EN NUESTRA VIDA

Cursaba el quinto año de Humanidades cuando recibí una lección sobre el valor del ejemplo. Cada vez que el profesor entraba en el aula, encontraba una caricatura suya en la pizarra, dibujada por uno de mis compañeros. Y cada vez el profesor nos pedía que borráramos el dibujo. Sin embargo, nunca dijo nada al respecto.

Me llamaba la atención su sabia y humilde manera de ser y sentí curiosidad por saber de qué religión era. Así me enteré de que era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Entonces decidí recibir las lecciones misionales y me bauticé el 10 de septiembre de 2000. Y sucedió que el hombre que me había dado su ejemplo a través de su manera de vivir era el presidente de la rama a la que yo empecé a asistir.

Testifico que Jesús es nuestro mayor ejemplo. El deseo de imitarlo es la razón por la que los Santos de los Últimos Días llevamos una vida buena. De ese modo, también nosotros podemos enseñar por el ejemplo.

AYUDEMOS A OTRAS PERSONAS A VENIR A ÉL

“Hermana Hopkins, éstos son los diez Rayitos de Sol a quienes enseñará usted este año”, me dijo la consejera de la presidencia de la Primaria. Yo era conversa nueva y reconozco que me aterrorizaba ese llamamiento. ¿Cómo iba a enseñar lo que todavía no comprendía bien? ¿Cómo me las iba a arreglar para atender a tantos niños tan llenos de energía? No obstante, el obispo y la presidenta de la Primaria me aseguraron que sería bendecida por enfrentarme a aquel llamamiento intimidante.

Sabía que debía sumergirme en el aprendizaje del Evangelio para poder enseñarlo, así que todas las semanas leía el manual —fuente de abundante luz del Evangelio— y oraba y meditaba sobre la forma en que los principios se aplicaban a mí y a los niños. A medida que estudiaba y enseñaba, obtuve un testimonio de nuestros divinos derechos como hijos de Dios. Descubrí el valor y la naturaleza única de toda alma. Las sencillas lecciones de la Primaria no sólo iluminaban las caras de Sus preciosos hijos, sino que también hicieron florecer la semilla del testimonio que tenía cuando entré en las aguas del bautismo.

Aquel preciado año con los Rayitos de Sol me ha hecho estar para siempre agradecida por un llamamiento que cambió mi vida. Yo cambié, como lo hicieron los niños, gracias a las enseñanzas de Jesucristo.

Notas

  1. Portada del Libro de Mormón.

  2. “Un poderoso cambio en el corazón”, Liahona, marzo de 1990, pág. 7.

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Rehusemos adorar las imágenes de hoy

Rehusemos adorar las imágenes de hoylogo 4
por Dennis Largey

La forma de los ídolos puede haber cambiado desde los tiempos de Moisés, pero el principio fundamental —la lealtad a Dios por encima de todo lo demás— sigue siendo el mismo mandamiento.

2

Al salir de misionero, me quedé en la Casa de la Misión de  Salt Lake City antes de partir para Irlanda. Una noche, los élderes que compartían el cuarto conmigo estaban hablando de los motivos que los habían llevado a ir a una misión. Uno de ellos dijo que había estado a punto de no ir, porque no se conformaba con la idea de dejar atrás su auto, que consideraba su posesión más importante; hasta el día en que sintió olor a humo, corrió al garaje y se encontró con que el motor estaba en llamas; aquella pérdida lo llevó a evaluar el orden de prioridad que había dado a las cosas.

El segundo de los Diez Mandamientos que el Señor dio a Moisés fue: “No te harás imagen . . .” (Éxodo 20:4). Aunque este mandamiento se dio originalmente para fortificar a Israel de la idolatría que predominaba en la tierra de Canaán, tiene una importante aplicación a nosotros hoy en día. Es preciso que echemos una mirada a nuestra vida y veamos si estamos haciéndonos imágenes y adorándolas. A nuestro alrededor abundan los “becerros de oro”, las imágenes tangibles como los autos, y otras que son más intangibles (véase Éxodo 32). Cuando sin motivo dejamos que cualquier cosa domine nuestro tiempo, comprometa nuestra lealtad y nos haga confuso el orden de prioridad, hasta el punto de que Dios y Su obra pasen a ser secundarios, estamos adorando ídolos.

“La frase ‘delante de mi, que aparece en la conocida traducción que dice: ‘No tendrás dioses ajenos delante de mi [Éxodo 20:3], proviene de la frase hebrea al—panal, que significa ‘enfrente de mi, ya sea que se refiera a excluir a cualquier otro, o con preferencia a, o ‘además de’. El significado es claro: los que adoran al Señor no deben hacer ni adoptar ningún otro objeto de su adoración”1.

Tanto en el primero como en el segundo mandamientos se nos enseña a no poner nada que esté por encima de Dios en nuestra vida. Por supuesto, damos por sentado que el Señor se complace en bendecirnos con las cosas materiales que necesitemos o que nos den placer. El problema surge cuando adoramos a lo creado en lugar de al Creador. ¿Cuáles son, entonces, las consecuencias de la idolatría moderna, y cómo podemos protegernos del peligro de quebrantar este mandamiento? Seguir leyendo

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No tendrás dioses ajenos delante de mí

«NO TENDRÁS DIOSES AJENOS DELANTE DE MÍ»logo 4
por S. Michael Wilcox

S. Michael WilcoxAl adorar verdaderamente a nuestro Padre Celestial, nos esforzaremos por ser dignos de todo lo que somos y de todo lo que podemos llegar a ser.

Tuve el privilegio de conocer y de recibir la influencia de mucha gente importante durante mi infancia, pero en especial aprecio la profunda influencia de mi madre. Ella me enseñó muchas cosas sobre Dios. Yo no la quería ni le obedecía porque tuviese una posición de autoridad sobre mí, sino por la clase de persona que era. Si su autoridad hubiera desaparecido, aún así le hubiera obedecido.

0027Así es como me siento concerniente a Dios. Por supuesto que adorarle a Él exclusivamente es obedecer Su mandamiento: “Yo soy Jehová tu Dios… no tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:2-3). Yo no le adoro sólo porque sea un mandamiento, sino que escucho Su consejo, le sigo, le amo, confío en Él y no tengo dioses ajenos delante de Él no sólo porque es Dios, sino porque es mi Padre amoroso y omnisciente.

Cualquiera que estudie el Antiguo Testamento se da cuenta pronto de que éste es el motivo del primer mandamiento:

“¿A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que seamos semejantes?”, pregunta Dios (Isaías 46:5). Los santos del Antiguo Testamento sabían que no había otro como Él. Ana le alabó con las siguientes palabras: “No hay santo como Jehová; porque no hay ninguno fuera de ti, y no hay refugio como el Dios nuestro” (1 Samuel 2:2).

DIOS NUESTRO PADRE

Siendo un niño, mi madre me introdujo en la naturaleza de Dios con un relato de su propia infancia: “Cuando era pequeña solía regresar a casa desde la escuela en compañía de mi hermano. Siempre tomábamos un atajo que nos llevaba cerca de un gran perro negro que nos perseguía al pasar por su casa. Si echábamos a correr en el instante preciso, podíamos llegar hasta la verja con seguridad. Mi hermano me decía cuándo correr.

tmpac6-1“Un día me encontraba sola y no empecé a correr en el momento apropiado. El perro se acercó a mí amenazador y yo me quedé paralizada de miedo sobre la acera.

Al ir a abalanzarse sobre mí, grité lo más fuerte que pude: ‘¡Padre Celestial, ayúdame!’ ”

Mi madre prosiguió contándome que, de repente, el perro se detuvo como si se le hubiera bloqueado el camino y ella cruzó la verja. Supo que su oración había sido contestada.

Esa historia me permitió conocer mucho del Dios al que adoraba mi madre. Me infundió un sentimiento de seguridad, un solaz que no podría haber expresado con palabras.

Mi comprensión de la oración se ha ido profundizando con el correr de los años, y me doy cuenta de que, aun cuando no vemos con claridad las respuestas directas a nuestras oraciones, el Señor todavía nos escucha y nos bendice. Cruzará toda la eternidad para tocar el corazón de sus hijos e hijas si tan sólo se lo permitimos. Ciertamente no hay otro como Él.

Pablo enseñó: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gálatas 4:6). Hay una informalidad reverente en estas palabras: “ ‘Abba’ es la palabra pronunciada por los niños, la cual expresa una confianza plena. ‘Padre’ comunica una comprensión inteligente de la relación. Las dos juntas expresan el amor y la confianza inteligente del niño” (W. E. Vine, An Expository Dicticmary of New Testament Words, 1996, “Abba”). Esta confianza permitió a Job, a Abraham, a José, a Ana y a David enfrentar los desafíos que les enviaba la vida. Esa confianza constituye el eje mismo del primer mandamiento.

Confiamos en Dios porque sabemos que Él ama a toda alma. Cada uno de nosotros es hijo Suyo. Isaías escribió: “Pero tú eres nuestro padre, si bien Abraham nos ignora, e Israel no nos conoce; tú, oh Jehová, eres nuestro padre” (Isaías 63:16). Ese pasaje de las Escrituras indica que, aunque los antiguos padres como Abraham y Jacob hayan fallecido, siempre podemos acudir a nuestro Padre Celestial en busca de ayuda.

Cuando nació cada uno de mis hijos, durante esos preciados y solemnes momentos en los que los sostuve entre mis brazos por primera vez, sentí los susurros del Espíritu que me enseñaban sobre sus cualidades únicas. Las primeras veces tuve mis dudas sobre esas impresiones, pero a medida que crecían mis hijos, las verdades que se me dieron a entender al nacer ellos se iban verificando. Me maravilla que Dios me haya dado así Su consejo de Padre Celestial al entregar sus preciosos hijos al cuidado de un nuevo padre terrenal.

Esa tierna enseñanza no tenía que tomarnos por sorpresa. ¿Acaso Dios no instruyó a Rebeca concerniente a los gemelos que luchaban en su vientre? (véase Génesis 25:21-23). ¿Y no enseñó Él al padre de Sansón “lo que [haya] de hacer con el niño que va a nacer”? (Jueces 13:8). Ciertamente no hay otro como Él.

En la ocasión de mi bautismo, mi madre me explicó que mi Padre Celestial y yo nos hacíamos promesas el uno al otro; me enseñó que Dios me hacía promesas a través de las Escrituras, promesas que Él está “obligado” a guardar si yo guardo las mías (D. y C. 82:10). Tengo el vago recuerdo de un adulto que me hizo una promesa y luego la rompió por el mero hecho de que yo era “tan sólo un niño”. ¿Hace el rey promesas al campesino y se sujeta a ellas? Y ahí estaba yo, de ocho años de edad, y el Creador de mundos sin número se estaba comprometiendo a mantener su promesa conmigo.

Maravillados con esta verdad, leemos de los convenios que Dios hizo con los hijos de Israel y de todos los demás convenios divinos que están registrados en la Biblia. Cuán paciente y fiel fue Dios con Sansón. No fue sino hasta que Sansón hubo quebrantado su voto de nazareo que Dios le retiró su fuerza. Dios es un Padre paciente y amoroso; ciertamente no hay otro como Él.

CREADOR DE GOZO

El Dios al que adoramos busca nuestra felicidad. En realidad, Él es un Creador de gozo. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Yo no sabía mucho de los cielos ni de la tierra cuando era pequeño, pero sabía que calle arriba había un campo lleno de lagartijas y de sapos. Cuando los llevaba a casa, mi madre decía: “¿Cuál de las pequeñas criaturas de Dios encontraste hoy?” Aprendí a amar a Dios gracias a las “pequeñas criaturas” que Él escondía en los campos para que yo las encontrase. No sólo estaban en los campos; a menudo íbamos al mar, donde solía pasar todo el día desenterrando pequeños cangrejos al retirarse las olas. Me encantaba la forma en la que me hacían cosquillas en las manos y, en mi comprensión infantil, llegué a creer que Dios los había creado para producir esa sensación. También ésas eran las pequeñas criaturas de Dios.

Aprendemos mucho sobre Él al estudiar las cosas que crea. Un sapo o un cangrejo son una cosa maravillosa, especialmente para un niño de siete años. Estas criaturas me enseñaron a amar a Dios.

Siendo mayor, me fui de campamento al “Glacier National Park” (Parque Nacional de Glacier). Me levanté una mañana a las cinco en punto y caminé hasta el lago Elisabeth. No había viento alguno que meciese la superficie del lago. A lo lejos, las cumbres brillaban bajo el sol naciente, cuya luz hacía centellear lo que parecían cientos de pequeñas cataratas. Había una suave pincelada rosa en el cielo azul de la mañana. Sentía el olor de los pinos, la suave brisa y oía un par de pájaros. Mis palabras eran inadecuadas para describir lo majestuoso de ese instante, pero acudieron a mi mente las palabras que habían sido reveladas a José Smith:

“…todas las cosas que de la tierra salen… son hechas para el beneficio y el uso del hombre, tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón… para vigorizar el cuerpo y animar el alma. Y complace a Dios haber dado todas estas cosas al hombre” (D. y C. 59:18-20; cursiva agregada).

Esa mañana sentí el placer de Dios, su amor por la belleza y la soledad.

Sobrecogido por la belleza de la creación, el salmista escribió: “De la misericordia de Jehová está llena la tierra…

“Teman delante de él todos los habitantes del mundo…

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmos 33:5, 8; 104:24).

Un verano llevé a mi hijo y a varios de sus amigos a algunos de los desfiladeros que hay en el sur de Utah. El último día de viaje caminamos hasta “Muddy Creek”, un cañón estrecho, horadado por la acción del agua sobre la roca arenisca. ¡“Muddy Creek” tiene el mejor lodazal de toda la tierra! ¡Fue simplemente maravilloso!

Deslizarse a lo largo de la orilla del arroyo constituía un puro deleite para los chicos. Aunque no se centraron en lo majestuoso del lugar, sus reacciones estaban acompañadas de este sentimiento- Contemplaba a los chicos deslizándose como locos por el barro, veía su fascinación por el sonido que hacía al pisar sobre él, observaba la euforia de sus carreras. A veces en la vida tenemos el sentimiento de que alguien nos está observando; hay un cierto silencio que hace que miremos a nuestro alrededor. Ese día sentí ese silencio y con timidez miré para ver si alguien nos estaba observando. Allí no había nadie, pero Alguien estaba mirando. Podía percibir su gozo por nuestro gozo.

Es maravilloso poder ver a otros disfrutar con las cosas que les hemos proporcionado. Éste es también un atributo de Dios. El es el Dios de “Muddy Creek” y del “Glacier National Park”, el Creador de los hombres y de los cangrejos de mar. El aprecia la alegría de los niños y al mismo tiempo da a los adultos una sensación de sobrecogimiento y de maravilla al revelárseles por medio de Sus creaciones. Ciertamente no hay otro como Él.

EL LLEGAR A SER COMO ÉL

Cuando era niño, tenía muchos héroes: deportistas y personajes de ficción. Pero mamá vio también que yo tenía héroes más reales: los que se encontraban en las Escrituras. Teníamos en casa un libro de relatos bíblicos, del cual mamá me leía con frecuencia. Al crecer, leíamos directamente de las Escrituras. Con el tiempo, los héroes del deporte y de la televisión dejaron de ser importantes para mí, pero los héroes de las Escrituras iban adquiriendo mayor relieve. Pronto me di cuenta de que estas personas eran magníficas debido al Dios que adoraban. La influencia de este Dios les proporcionó dignidad, valor y compasión.

John Taylor dijo: “Un hombre, como hombre, podría llegar a tener toda la dignidad que un hombre es capaz de obtener o recibir; pero necesita que un Dios lo eleve a la dignidad de un Dios” (The Mediation and Atonement, 1882, pág. 145). Ninguna otra influencia, fuerza o poder puede convertir a personas comunes y corrientes en los gigantes morales y espirituales de las Escrituras. Sólo la adoración a Dios nos proporciona tal dignidad.

Cuando era misionero tuve el privilegio de conocer a un Apóstol viviente, el élder Boyd K. Packer. Todos los misioneros le aguardábamos en el centro de reuniones mientras charlábamos muy animados. Yo me encontraba de espaldas a la puerta cuando llegó el élder Packer, pero aun sin verle, supe que había entrado en la sala. La llenó con el mismo poder y la misma pureza que emanaban de mi madre. Fue como si el élder Packer hubiera salido de uno de esos relatos de las Escrituras. Pensé para mí: En esto se convierte un hombre tras toda una vida de obediencia a Dios y de comunión con El.

He percibido esa grandeza en otros hombres y mujeres. Además de la maravilla que me produce el poder de Dios, yo adoro a mi Padre Celestial por el tipo de persona que me inspira a ser. Si le obedecemos con paciencia, nuestras vidas comienzan a parecerse a la Suya, como ejemplificó la vida del Salvador. En nuestro Salvador mismo se nos muestra el final al que nos conduce nuestra adoración. ¿Qué otra adoración eleva a la humanidad a alturas tales? Dios mandó: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Exodo 20:3). ¿Por qué? Porque ningún otro dios nos ayudará a ser como es nuestro Padre Celestial.

LA ADORACIÓN VERDADERA

Debemos aprender el significado de la adoración verdadera a Dios. Mi hijo de seis años me enseñó el significado de adorar un día mientras yo estaba preparando una lección. Él estaba jugando cuando se dio cuenta de que yo estaba subrayando mis Escrituras. Dejó a un lado los juguetes, corrió hacia su habitación y volvió con sus propias Escrituras. Se tumbó a mi lado en la cama, imitando exactamente mi postura y abrió las Escrituras.

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Durante la siguiente media hora me percaté de que estaba subrayando con mis lápices de colores. Cuando levanté la vista, me enseñó su obra. De algún modo había encontrado la página en la que yo estaba trabajando, porque en su libro había una réplica exacta de mi trabajo. Había marcado las mismas palabras con los mismos colores. Mis flechas, líneas y números estaban allí. Incluso había copiado mis notas marginales hasta que su enorme caligrafía le había obligado a parar. Casi pidiendo disculpas y llorando, me dijo: “Mis líneas no son tan rectas como las tuyas”.

Este pequeño incidente me enseñó a ver un principio más grande: la adoración verdadera reside en la imitación. Esta tiene lugar cuando dejamos a un lado nuestros juguetes mundanos, estudiamos en profundidad la vida del Salvador e intentamos imitar los detalles de Su carácter. Al hacerlo así, también imitamos al Padre. Nuestras vidas no están libres de pecado como lo está la Suya, pero basta el poder de la Expiación si nuestro amor y nuestros esfuerzos son sinceros y profundos. El resultado final de nuestra adoración será la divinidad, además de una vida más feliz y pacífica aquí y ahora.

El llegar a ser como Dios requiere esfuerzo y sacrificio, pero el Señor promete Su ayuda constante. Le dijo al antiguo Israel: “Oídme, oh casa de Jacob, y todo el resto de la casa de Israel, los que sois traídos por mí desde el vientre, los que sois llevados desde la matriz.

“Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré.

“¿A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que seamos semejantes?” (Isaías 46:3-5).

Podemos adorar a los dioses del mundo y llevarlos como una carga, o podemos ser elevados y llevados por el Señor desde el nacimiento hasta la tumba.

¿UN DIOS INDIFERENTE?

El retrato que he pintado de Dios es muy personal, es un retrato incompleto pues apenas he tratado las muchas perfecciones de Su carácter. Aun así habrá algunos que dirán: “¿Qué pasa con el Dios del Antiguo Testamento, el Dios que ordenó la destrucción de los amalecitas hasta el último animal viviente? (véase 1 Samuel 15:2-3). ¿Y los desastres naturales? ¿Y las personas brutales?” No tengo una respuesta que satisfaga las preguntas generadas por la oposición inherente a la vida terrenal. Pero no se nos deja por completo sin comprensión alguna.

De vez en cuando, todos enfrentamos la injusticia, el dolor y el sufrimiento. ¿Cómo podemos, con confianza, armonizar estas condiciones de sufrimiento humano con un Dios que responde a la oración de un niño pequeño? El Antiguo Testamento contiene las súplicas de hombres antiguos en busca de comprensión. Job lucha con ese problema, al igual que el pueblo de Malaquías, cuando dicen: “Por demás es servir a Dios. ¿Qué aprovecha que guardemos su ley, y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos?

“Decimos, pues, ahora: Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no sólo son prosperados” (Malaquías 3:14-15).

Para mí, la verdadera comprensión empezó cuando llegué a ser padre y llegué a ser más consciente del propósito de esta vida y de sus pruebas. Dios desea hijos que sean como El, un reflejo de Sus perfecciones. ¿Cómo es Dios? Está lleno de misericordia, de compasión, de comprensión y de caridad; obra en favor de la felicidad de Sus hijos, sirve y perdona. Para llegar a ser como Él, también nosotros debemos adquirir esas cualidades. ¿Qué experiencias de la vida son más favorables para desarrollar esas cualidades? Cuando los otros sufren sentimos misericordia y compasión. Cuando los demás pecan contra nosotros, aprendemos a perdonar. A través de las necesidades de los demás, aprendemos del servicio, de la comprensión y de la caridad. Los momentos de mayores pruebas de nuestras vidas suelen ser los mejores productores de cualidades divinas.

Se nos permite escoger lo que hemos de hacer durante la vida terrenal, por lo que podemos escoger que el dolor de la vida genere en nosotros crueldad, indiferencia y duda, o podemos dejar que edifique compasión, sabiduría y fe. Lo que suceda depende de cómo reaccionemos ante las impredecibles circunstancias de la vida.

Un día en el que mis hijos se acercaban a sus años de adolescencia, yo estaba en el templo y oraba: “Padre, deseo sacrificar lo que me pidas si bendices a mis hijos y los conduces de regreso a Tu presencia”. Fue una de las oraciones más sinceras que jamás haya ofrecido. Sufriría con gusto cualquier aflicción si supiera que mi dolor produciría cualidades divinas en mis hijos. Creo que la mayoría de los padres entienden este deseo, puesto que no es de mi exclusiva propiedad.

Así ocurre con nuestro sabio Padre Celestial. Con una perspectiva infinitamente mayor que la nuestra, El permite el sufrimiento, incluso el sufrimiento intenso, porque sabe que la mayoría de las veces produce en Sus hijos los atributos de la misericordia, la compasión, el perdón y la caridad de Su propio carácter perfecto. Este crecimiento es parte del camino a la exaltación, parte del propósito de nuestras pruebas terrenales.

EL ÚNICO CAMINO

Nuestro Padre ordena: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. El adorarle a Él es el único camino hacia la felicidad. Simplemente, no hay otro camino.

Las Escrituras describen el amor del Señor por nosotros como el amor del novio por su novia (véase Isaías 61:10; 62:5). Una vez, durante una boda en el templo, le pregunté a la novia a qué hora se había levantado para prepararse para el día de su boda. “A las cuatro de la mañana”, fue la respuesta.

“¿Por qué tan temprano?”, le pregunté.

“Este día quería estar más linda que nunca para mi marido”.

También nosotros debemos desear ser tan hermosos en nuestra rectitud como una novia en el día de su boda. Que nuestro amor de Dios sea como las palabras de amor de Porcia, el personaje de Shakespeare, hacia Bassanio:

Vedme aquí, señor Bassanio, tal como soy
Por lo que a mí se refiere,
No alimentaré ningún ambicioso deseo
De ser mejor de lo que soy; pero por vos
Quisiera poder triplicarme veinte veces;
Quisiera ser mil veces más bella
(William Shakespeare, Obras completas, “El mercader de Venecia”, Acto III, Escena II, Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, 1967, pág. 1069.)

Ciertamente no hay otro dios como nuestro Dios. De seguro que nuestra adoración a El debe ser digna de todo lo que somos y de todo lo que podemos llegar a ser, de todo lo que Él es y de todo lo que ha hecho por nosotros.

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Conocerá si la doctrina es de Dios

“CONOCERÁ SI LA DOCTRINA ES DE DIOS”logo 4
por el élder Kenneth Johnson
de los Setenta

Kenneth JohnsonSólo al hacer la voluntad del Señor llegamos a saber con toda certeza del valor eterno de los principios del Evangelio.

Hace algunos años, un cliente que había solicitado mi consejo profesional me describió la naturaleza de sus negocios, relacionados con la venta de mobiliario de segunda mano y otros artículos del hogar, en asociación con su padre. Adquirían las existencias asistiendo a subastas, ventas públicas y comprando los artículos ya no deseados de las casas. Ponían siempre mucho cuidado en asegurarse de que podrían conseguir más dinero con la venta del que habían gastado en la compra.

En una ocasión, el hijo había acordado comprar el mobiliario de una casa cuyo anciano propietario había fallecido. En uno de los cuartos había un cuadro. Tras examinarlo, consideró la posibilidad de poder un día descubrir una antigüedad o una obra de mucho más valor del que su antiguo dueño había imaginado. Pero tras concluir que el cuadro no encajaba en esa categoría, lo retiró de donde estaba, lo llevó hasta el coche y lo depositó entre los demás objetos.

Más tarde, cuando su padre y él estaban descargando el vehículo, el padre tomó el cuadro, lo examinó con cuidado y dijo: “Me gustaría saber más de cuadros y poder decir si son de valor”, a lo que el hijo respondió que estaba seguro de que dicho cuadro no entraba en esa categoría. Sin embargo, el padre pensó que merecería la pena hacer que lo examinase un amigo suyo, propietario de una galería de arte.

1Varios días más tarde, el amigo del padre le informó que el cuadro podría valer cerca de unas 12.000 libras esterlinas (casi 29.000 dólares de los Estados Unidos de principios del decenio de 1970). Animado por la noticia, el padre y el            hijo se dirigieron a la galería      de arte a recoger la pintura, pero esta vez llevaron una manta en la que envolvieron la obra de arte con cuidado. El hijo la aseguró entre sus brazos de regreso a la tienda. El cuadro alcanzó las 12.500 libras esterlinas en una subasta.

Al relatarme esta historia, mi cliente finalizó diciendo: “No puedo imaginar cómo alguien querría pagar tal cantidad por un cuadro tan común y corriente”.

A menudo he pensado y reflexionado en esa experiencia y en la respuesta del joven. Él no tenía interés en el cuadro y para él carecía de valor.

¿Cómo valoramos el Evangelio en nuestra vida? ¿Apreciamos realmente nuestra deuda con el Salvador? Al explorar mis propios sentimientos, suelo meditar en las Escrituras. Me siento igual de motivado que las personas de las que leemos en Juan, y que acudieron en busca de Jesús tras el milagro de la alimentación de los 5.000 con cinco panes y dos peces:

“Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús.

“Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá?” (Juan 6:24-25).

La Traducción de José Smith de Juan 6:26 indica que Jesús les respondió con la observación de que le buscaban no con el deseo de seguir Su consejo ni porque habían visto el milagro, sino porque habían comido los panes y habían satisfecho el hambre.

Cuán parecido a la experiencia del joven y el cuadro. Muchos de los que vieron al Salvador durante Su ministerio mortal tuvieron sólo un entendimiento superficial de lo que hizo  y de quién era. Este dato está justificado por otro incidente posterior a la alimentación de los 5.000.

“Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?

“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?

“¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?” (Mateo 13:54-56).

Parece que muchos de los que se relacionaron con Jesús lo veían como un gran obrador de milagros o un maestro, pero no como el Hijo de Dios.

Entonces, ¿cómo progresamos hacia un verdadero entendimiento? Creo que la respuesta se nos revela en las palabras del Salvador a los judíos: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios…” (Juan 7:17).

Me siento agradecido por haber sido criado en un hogar en el que se enseñaban y observaban valores cristianos, aunque no disfrutamos del beneficio del conocimiento de la restauración del Evangelio. Más adelante, cuando se me invitó a investigar el mensaje de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cada nueva doctrina requería una profunda consideración, que a menudo exigía un cambio en mi forma de vivir. Pero esos cambios no ocurrieron como resultado de una creencia pasiva ni de una mera aprobación intelectual. La clave estaba en el hacer, en el ejercicio de mi fe. A medida que aprendía y ponía a prueba los que para mí eran nuevos principios del Evangelio, descubría de forma invariable que eran verdaderos.

Un ejemplo de este proceso se relaciona con la ley del ayuno. Mis padres me apoyaban mucho a medida que compartía con ellos los detalles de mi nueva fe. Sin embargo, mi madre mostró su reticencia por mi deseo de participar en un ayuno de veinticuatro horas. Estaba consternada; era incapaz de aceptar que semejante propuesta fuera apropiada. Se mantenía firme en su decisión de no permitirme ayunar mientras viviera en su casa, ante el temor de que el ayuno perjudicara mi salud.

Sentí gran alivio cuando comenté las objeciones de mi madre con la hermana miembro de la Iglesia que había compartido el Evangelio conmigo, Pamela, y le informé de que, lamentablemente, no podría participar en el ayuno. Sin dudarlo, ella me respondió: “Podemos encargamos fácilmente de eso. Hablaré con mis padres para que te quedes en nuestra casa durante el fin de semana y puedas ayunar con nosotros”.

Esa fue mi introducción a la ley del ayuno. A medida que continuaba obedeciéndola cada día de ayuno, crecía gradualmente mi testimonio de este principio.

El presidente Heber J. Grant solía citar el dicho: “Aquello que persistimos en hacer se vuelve más fácil de realizar, no porque la naturaleza de la tarea en sí haya cambiado sino porque ha aumentado nuestro potencial para realizarla” (La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, pág. 562).

2Cada nuevo principio de verdad que ponemos en práctica en nuestra vida encierra en sí el testimonio cumbre de la fuente divina de esa verdad. El presidente Brigham Young expresó su creencia de que “cada uno de los principios que Dios ha revelado comunica a la mente humana el testimonio de su verdad” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 78). Las experiencias que tuve al crecer en el Evangelio corroboraron esas declaraciones acerca del aprender verdades eternas mediante el hacer y el saber.

Recuerdo claramente una soleada tarde de domingo de julio de 1959, cuando Pamela y yo caminábamos juntos y charlábamos. Yo consideraba la posibilidad de hacerme miembro de la Iglesia mediante la ordenanza del bautismo y Pamela me dijo: “No recuerdo que los misioneros te hayan enseñado sobre el diezmo”.

“¿Qué es el diezmo?”, le pregunté.

Pamela me contestó que los miembros dan el diez por ciento de sus ingresos en señal de obediencia a la ley de Dios y como expresión de gratitud por todo lo que nuestro Padre Celestial les da.

Ha habido pocos momentos en mi vida en los que he sentido que me iba a desmayar a consecuencia de una impresión fuerte, y ése fue uno de ellos. “¡El diez por ciento!”, exclamé. “Es imposible. No hay manera de que pueda pagar el diezmo”.

Pamela contestó con calma: “Mi padre lo hace. Tiene esposa y cuatro hijos, y sus ingresos son más pequeños que los tuyos”. A continuación mencionó a otra familia a la que yo había conocido en la rama, y me informó de que vivían con menos dinero que yo, y que tenían seis hijos. Este hecho demostró ser un gran desafío para mí. Si ellos pueden pagar el diezmo, pensé, también puedo yo.

Once años más tarde me enfrenté a una prueba de mi compromiso hacia esta ley, y me di cuenta de que mediante el pago de mis diezmos había desarrollado mucha fe. Nunca más volvió a tratarse simplemente de un asunto de dinero, y como respuesta a la prueba, seguí mi fe y fui bendecido por ello (véase Malaquías 3:10).

Antes de conocer el Evangelio restaurado, dediqué mucho tiempo jugando al fútbol y participando en partidos que se celebraban en el día de reposo. Aun cuando se me había educado para mostrar respeto por el día del Señor, fue al obedecer este principio, tras entrar en contacto con la Iglesia, que obtuve mayor comprensión de esta doctrina y de sus bendiciones. Abandonar los partidos de los domingos fue uno de los sacrificios importantes que llevó a mi conversión y me ayudó a apreciar el valor del Evangelio en mi vida.

Tres años más tarde, cuando comenzaron las tareas de construcción del centro de reuniones de Norwich, Inglaterra, abandoné también los partidos de fútbol que se celebraban los sábados, para poder dar mi aportación al proyecto de construcción. La neblina del interés propio, que anteriormente me había nublado la visión, estaba comenzando a disiparse, para surgir en su lugar una nueva panorámica que traía consigo un aprecio y un amor mayores y más profundos por la vida.

Esta transición personal se expresa en las palabras del Salvador a los judíos registradas en Juan 8:31-32.

“…Si vosotros permaneciereis en mi palabra [a mi entender esto podría interpretarse como: ‘Si vivís en armonía con mi doctrina’], seréis verdaderamente mis discípulos;

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

Estas palabras refuerzan la relación que existe entre el hacer y el saber.

Para mí existe una analogía entre el apuntarse a un programa de buena forma física y el aplicar y conocer los principios del Evangelio en nuestra vida. Cuando hacemos ejercicio físico con regularidad, puede que sus beneficios no sean claramente evidentes. Sin embargo, cuando la enfermedad, una lesión, o la falta de deseo interrumpen nuestros entrenamientos durante un período prolongado de tiempo, experimentamos una gran dificultad a la hora de retomar el nivel de forma física del que habíamos disfrutado con anterioridad. Algunas personas se desaniman tanto que no perseveran, sino que se amoldan a un nivel menor de forma física.

Esto también puede ser cierto a la hora de vivir en armonía con los principios del Evangelio. Los beneficios pueden no ser evidentes siempre, y ésta puede ser la causa por la que algunas personas se cuestionen la realidad de la doctrina, y así pierden la fe e interrumpen su actividad en la Iglesia. Los que están trabajando por volver a recuperar su forma espiritual generalmente descubren un mayor aprecio por el Evangelio. Otros se alejan y dejan de caminar con el Señor.

La promesa para los que viven en armonía con la Palabra de Sabiduría y que “[rindan] obediencia a los mandamientos” es que “recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos”. La admonición “rindiendo obediencia a los mandamientos” es significativa (D. y C. 89:18).

El versículo 19 añade una nueva dimensión que se aplica a mucho más que a la Palabra de Sabiduría, ya que contiene una gran llave y enlace entre el hacer y el saber: “y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos”.

Puede que haya doctrinas difíciles de comprobar en términos prácticos; no obstante, creo que la llave que abre el camino a nuestra comprensión personal del plan de salvación, junto con la certeza personal de las bendiciones de la expiación del Salvador en nuestra propia vida, se halla en una fiel observancia de los principios del Evangelio.

Existe otra verdad vinculada a la relación entre el hacer (ser obedientes o guardar los mandamientos) y el saber (llegar a conocer la verdad del Evangelio mediante su puesta en práctica). Esta verdad adicional se relaciona con la práctica del Señor de poner a prueba nuestra mente y nuestro corazón en relación a todo nuevo conocimiento que recibamos. Lo hace así para que, mediante el triunfo sobre una prueba, tengamos, en cierto modo, la verdad del Evangelio estampada de forma indeleble en nuestra alma. Nuestro entendimiento y corazón son purificados, casi como el oro, y nuestra certeza interior se ve enriquecida tras superar la prueba. Por ejemplo, el Señor instruye a Mormón en cuanto a no poner cierta información en las planchas que nosotros íbamos a recibir en los últimos días porque “conviene… probar su fe, y si sucede que creen estas cosas, entonces les serán manifestadas las cosas mayores” (3 Nefi 26:9).

conocera si la doctrina es de DiosEl relato de Job es el relato de una persona que aprendió en su propia vida mediante este proceso, ya que se vio despojado de todo lo que parecía ser de valor. Pero mediante una vida recta durante ese período de prueba, descubrió algo todavía más preciado: Dios “conoce mi camino; me probará y saldré como oro” (Job 23:10).

Un testimonio del Evangelio restaurado es como una tela con doctrina divina y principios eternos entretejidos para crear un estampado de belleza tan exquisita que sólo los que siguen la norma prescrita de hacerlo, es decir, de vivir el Evangelio, pueden descubrir sus verdades. No hay ningún otro medio que pueda desarrollar plenamente el potencial del alma humana.

Al hacer la voluntad del Señor, podemos llegar a conocer realmente la verdad de la doctrina, y después de que nuestra fe y confianza hayan sido probadas, nuestro conocimiento personal, y nosotros mismos, “saldr[emos] como oro”.

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Más evidencias para el Libro de Mormón

Más evidencias para el libro de Mormón

por Daniel C. Peterson

El escrupuloso estudio académico continúa expandiendo nuestro entendimiento del Libro de Mormón.

Los Santos de los Últimos Días están estudiando, como nunca antes, el Libro de Mormón y, con ese mayor estudio, la riqueza del libro y el notable logro de su traductor, el profeta José Smith, se hacen cada vez más evidentes.

Obviamente, la erudición no reemplaza a la confirmación espiritual como fuente del testimonio. Tal y como dijo el élder B. H. Roberts (1857-1933), de los Setenta: El poder del Espíritu Santo “siempre debe ser la fuente principal de evidencia en cuanto a la veracidad del Libro de Mormón; toda otra ocupa un lugar secundario… Sea como sea que se presenten otras evidencias y cualquiera que sea la exactitud con que se expliquen, ningún razonamiento, por más hábilmente que se exprese, podrá jamás reemplazar [al Espíritu Santo]”.

Aun así, el estudio académico ocupa un lugar firme, incluso en los asuntos espirituales. El Señor dijo en una revelación dada en 1829 a Oliver Cowdery por medio del profeta José Smith: “Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo… ” (D. y C. 8:2; cursiva agregada). En 1832, el Señor dijo al profeta José Smith: “…buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118). Tal y como observó un escritor: “Aquello que no se puede defender se abandona con rapidez. Un argumento racional no genera la creencia, sino que mantiene un clima en el que ésta puede florecer”.

El concienzudo estudio académico nos ayuda a entender de manera más plena, profunda y precisa. “A fin de que se conozca, la verdad debe declararse”, dijo el élder Roberts, “y cuanto más clara y completa sea la declaración, mejor será la oportunidad para el Espíritu Santo de dar testimonio al alma de los hombres de que la obra es verdadera”.

La Conferencia General de abril de 1986, en la que el presidente Ezra Taft Benson (1899-1994) fue sostenido como el decimotercer Presidente de la Iglesia, fue un momento decisivo para el estudio y la puesta en práctica de las enseñanzas del Libro de Mormón. Citando Doctrina y Convenios 84:54-58, el presidente Benson dijo que la Iglesia había descuidado su libro principal de Escrituras, y que “el Señor ha revelado la necesidad de dar un renovado énfasis al Libro de Mormón”, y bendijo a los santos con una “mayor comprensión” del libro (“Una responsabilidad sagrada”, Liahona, julio de 1986, pág. 72).

Esa bendición se ha cumplido en el pasado y claramente continúa haciéndolo en la actualidad. Afortunadamente, la disposición de prestar mayor atención al Libro de Mormón ya había comenzado a obrar en la Iglesia. Tan sólo a modo de único ejemplo, la publicación de estudios serios sobre el Libro de Mormón aumentó un 50% a finales del decenio de 1970 y se disparó hasta un 230% a comienzos del de 1980. Ese aumento continúa. En este artículo se resumen unos pocos de los aspectos más notables que la investigación nos ha enseñado sobre el Libro de Mormón y el marco del mundo antiguo en el que se desarrolló.

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LAS PLANCHAS, LA TRADUCCIÓN Y LOS TESTIGOS

Durante un breve período a finales de la década de 1820, el profeta José Smith tuvo en su poder las planchas de oro. Este hecho es uno de los más constatados de la historia de los Santos de los Últimos Días. Aparte de José Smith, once testigos oficiales y varios más no oficiales testificaron de la existencia de las planchas y, en algunos casos, de la confirmación sobrenatural de su veracidad. Los estudios meticulosos realizados en cuanto a estos testigos han confirmado la integridad de ellos y la veracidad de sus relatos.

Es más, los críticos del Profeta ridiculizaron el que él afirmara tener planchas de oro, pero hoy sabemos que la escritura de textos religiosos sobre planchas de metal (en ocasiones de oro) era una práctica antigua auténtica. De hecho, hoy día se sabe que esta práctica tan antigua tuvo lugar en la misma época y lugar de donde procedían los pueblos mencionados en el Libro de Mormón. Por cierto, con el Rollo de Cobre y otros materiales procedentes del Mar Muerto, tenemos casi un paralelo exacto: al igual que las antiguas planchas nefitas, estos materiales fueron sellados en una colina antes de un ataque militar, con el fin de preservarlos para una época futura.

El Libro de Mormón fue escrito en “egipcio reformado” (Mormón 9:32). La mayoría de las personas que han estudiado este tema concluyen que esto indica el haber escrito el idioma hebreo con caracteres egipcios modificados. En años recientes, hemos descubierto que también varios otros documentos antiguos se escribieron de esa forma.

En la portada del Libro de Mormón se declara que ha “de aparecer por el don y el poder de Dios”. La evidencia y los estudios recientes indican que esto es exactamente lo que habría tenido que suceder. Además, la evidencia señala que la traducción y el dictado del libro se realizaron en aproximadamente sesenta y tres días de trabajo, un ritmo frenético que, sin segundas copias ni correcciones, generó unas ocho páginas y media por día (de la edición actual en inglés).

Además, no existe evidencia alguna de que José Smith hiciera estudio alguno ni de leyese mucho antes de la aparición del Libro de Mormón. De hecho, puede que ni siquiera tuviese una Biblia durante el tiempo de la traducción. José Smith había pasado la mayor parte de su juventud talando árboles, quemando broza, quitando piedras de los campos y arando. En realidad, tenía unos pocos meses de instrucción formal. Posteriormente su madre explicó que, aun en los últimos años de su adolescencia, “parecía mucho menos inclinado a la lectura de libros que cualquiera del resto de nuestros hijos”.

Emma, la esposa de José, informa que, a finales de la década de 1820, “él no sabía cómo escribir ni dictar una carta coherente y comprensible, y mucho menos podía dictar un libro como el Libro de Mormón”. También dijo que “la mayor parte de esta labor se realizó [en] mi presencia y donde yo podía ver y saber lo que se estaba haciendo… En ningún momento de [la labor de traducción] tuvo José Smith [manuscrito] alguno ni un libro de ninguna clase del cual leer o dictar, excepto las planchas de metal que yo sabía que él tenía”. “Si hubiera tenido cosa alguna de ese tipo”, añadió “yo lo habría notado”.

Y, Emma añadió, en una carta a su hijo: “Se ve que ningún hombre habría podido dictar los manuscritos si no hubiese sido inspirado; pues, cuando fui su escriba, tu padre me dictaba hora tras hora; y cuando retomábamos la labor tras las comidas o tras una interrupción, inmediatamente comenzaba donde lo había dejado, sin ni siquiera ver el manuscrito ni hacer que le leyese parte alguna del mismo. Para él era su rutina normal. No hubiera sido probable que un hombre docto hubiese podido hacer eso, y para alguien tan lego y sin estudios como era él, sería simplemente imposible”.

En años recientes, un riguroso análisis estadístico señala claramente que ni José Smith ni ninguno de sus asociados conocidos compuso el texto en inglés del Libro de Mormón. De hecho, la investigación indica que el libro fue escrito por numerosos y diferentes autores.

El estudio también expone que el libro no encaja en la cultura de los Estados Unidos de principios del siglo XIX. Por ejemplo, hay muy poco del romanticismo militar característico del relato de guerras de los Estados Unidos de la época de José Smith. En su lugar, tenemos descripciones realistas de la devastación de la guerra. Y en el relato de los ladrones de Gadiantón tenemos un retrato realista de una larga lucha de guerrillas, publicado más de un siglo antes de que los teóricos de la guerrilla del siglo XX comenzaran a escribir y publicar sus ideas.

DE JERUSALÉN AL NUEVO MUNDO

El Libro de Mormón sí encaja en lo que conocemos del mundo antiguo. La descripción que da de Jerusalén justo antes del cautiverio babilónico se hace cada vez más plausible a medida que se continúan acumulando datos procedentes de la investigación y el estudio. Por ejemplo, el nombre de la esposa de Lehi, Saríah, anteriormente desconocido fuera del Libro de Mormón, se ha encontrado en antiguos documentos judíos procedentes de Egipto. De igual modo, el nombre no bíblico de Nefi pertenece a la misma época y lugar del primer personaje del Libro de Mormón que lo lleva. La muerte de Labán a manos de Nefi y la justificación que le dio el Señor para hacerlo puede verse ahora como instrucciones en armonía con la cultura de la época de Nefi.

Las imágenes de la visión de Nefi están profundamente enraizadas en los símbolos del antiguo Cercano Oriente, con el que no podía haber estado familiarizado José Smith. Es más, sus predicciones son extraordinariamente precisas. Considérese 1 Nefi 13:12, un pasaje generalmente aplicado a Cristóbal Colón: “Y miré, y vi entre los gentiles a un hombre que estaba separado de la posteridad de mis hermanos por las muchas aguas; y vi que el Espíritu de Dios descendió y obró sobre él; y el hombre partió sobre las muchas aguas, sí, hasta donde estaban los descendientes de mis hermanos que se encontraban en la tierra prometida”.

Muchas personas han considerado a Colón como un aventurero, pero con la reciente publicación de los escritos de Colón, Book of Prophecies (Libro de profecías), vemos lo precisa que es la descripción del Libro de Mormón. Colón dijo que fue guiado por el Espíritu Santo y que estaba ansioso no sólo de dar a conocer el cristianismo sino de cumplir con las profecías bíblicas. Entre sus pasajes preferidos se encontraba Juan 10:16, con su referencia a las “otras ovejas”, y los pasajes de Isaías relativos a los pueblos de las “islas del mar”. Éstos son los mismos pasajes que el pueblo del Libro de Mormón aplica a sí mismo.

En su ensayo de 1952, “Lehi in the Desert” (Lehi en el desierto), Hugh Nibley puso en perspectiva el viaje de Lehi por tierra desde Jerusalén al situarlo a lo largo de la costa de la península arábiga. Desde ese entonces, eruditos y exploradores Santos de los Últimos Días han refinado nuestro entendimiento de esa ruta por medio de visitas reales y de estudios sistemáticos de la zona, permitiéndonos así identificar probables lugares del Libro de Mormón en Arabia. El registro del Libro de Mormón sobre el viaje de Lehi describe con exactitud numerosas condiciones geográficas de Arabia, pero ningún erudito del siglo XIX, y mucho menos José Smith, habrían podido conocerlas.

Y el extraordinario viaje de Lehi desde Jerusalén al Nuevo Mundo perduró en el recuerdo de sus descendientes, quienes lo veían como una evidencia del milagroso poder de Dios, semejante a la anterior liberación de los israelitas de su cautiverio en Egipto. De hecho, cuidadosos estudios recientes demuestran que los mismos términos con que se describe y recuerda el viaje de Lehi derivan del registro bíblico de Éxodo. La composición literaria del relato es a la vez muy compleja y propia del Cercano Oriente.

UNA CULTURA DEL MUNDO ANTIGUO EN EL ENTORNO DEL NUEVO MUNDO

Hasta en sus detalles más pequeños, el Libro de Mormón revela sus raíces del antiguo Cercano Oriente. Por ejemplo, el sistema de intercambio que se describe en Alma 11:3-19 recuerda la antigua legislación económica de Babilonia. Y, tras la ejecución de Zemnaríah (véase 3 Nefi 4:28), el árbol del cual había sido colgado fue talado siguiendo un ritual, tal y como requería la antigua ley judía. El juramento de lealtad que hacen los soldados nefitas en Alma 46:21-22 es casi idéntico a los juramentos militares que eran frecuentes entre los antiguos guerreros israelitas e hititas. Y la maldición de mudez dada a Korihor en Alma 30:49 tiene también sorprendentes casos paralelos antiguos.

UntitledEl famoso discurso del rey Benjamín de Mosíah 2-5 ocupa cerca de doce páginas en la actual edición en inglés, lo cual quiere decir que José Smith pudo haber dictado este rico texto doctrinal de casi 5.000 palabras en poco más de un día. Estudios recientes demuestran que este sermón está íntimamente relacionado con la antigua fiesta israelita de los tabernáculos y el día de expiación, así como con antiguas fórmulas de tratados y convenios, y con antiguos rituales de coronación del Cercano Oriente. Incluso el lugar en donde se pronunció el discurso [pronunciado mientras el rey estaba sobre una torre alta (véase Mosíah 2:7)] es ritualmente apropiado para la ocasión. Mas el profeta José Smith no habría podido saber todo eso únicamente de la Biblia ni de ningún otro libro disponible de la época.

Del mismo modo, no habría podido saber que el antiguo término hebreo moshia’ significa campeón de justicia contra la opresión, escogido por Dios, cuya misión es la de liberar de la opresión a un pueblo escogido, especialmente a través de medios pacíficos. Este término no aparece en la edición en inglés de la Biblia del rey Santiago, pero el asunto de la liberación sin violencia es uno de los temas principales del libro de Mosíah.

La aparición en el Libro de Mormón de dos hombres llamados Alma ha ocasionado muchos comentarios. Los críticos destacan que Alma es un nombre femenino y latino más bien que hebreo, y tienen razón. Si José Smith alguna vez hubiera escuchado el nombre Alma a comienzos del siglo XIX, habría sabido que se trataba de un nombre de mujer. Descubrimientos recientes demuestran, sin embargo, que Alma es también un nombre personal semítico de género masculino del antiguo Cercano Oriente, tal y como aparece en el Libro de Mormón.

Alma 7:10 predice que Jesús “nacerá de María, en Jerusalén, que es la tierra de nuestros antepasados”. ¿Es esto un error? Sabemos que Jesús nació en Belén; mas, gracias a descubrimientos recientes, resulta claro que Belén podría ser, y de hecho lo fue, considerada en la antigüedad como una ciudad perteneciente a “la tierra de Jerusalén”.

Un texto publicado recientemente de los Rollos del Mar Muerto, por ejemplo —un texto que dice datar de los días de Jeremías (y por tanto de los de Lehi)— dice que los judíos de ese periodo fueron “llevados cautivos de la tierra de Jerusalén”. José Smith no pudo haber sabido eso a partir de la Biblia, pues en ella no aparece esa expresión.

Otro indicador poderoso de la antigüedad del registro es el reciente descubrimiento que se ha hecho en el Libro de Mormón de su característica estructura literaria o técnica conocida como quiasmo, un recurso retórico que utilizaba frases paralelas y que fue pasado por alto por los eruditos bíblicos hasta décadas después de la muerte de José Smith. Esta misma estructura literaria ha sido identificada en textos de la América precolombina. Algunos ejemplos de quiasmo del Libro de Mormón son más claros en hebreo que en inglés, lo cual es una pista importante y notable sobre el lenguaje original del Libro de Mormón.

Muchas de estas pistas se encuentran entre los nombres de lugares del libro. Jersón, por ejemplo, designa un lugar que se dio al pueblo de Anti-Nefi-Lehi como una “tierra… por herencia” (Alma de 27:22). Jershon significa en hebreo “lugar de herencia”. Simplemente, José Smith no habría podido saber esto a finales de la década de 1820.

La alegoría del olivo, que se encuentra Jacob 5, muestra un claro conocimiento del cultivo de los olivos mucho mayor del que José Smith pudo haber tenido, habiendo crecido en el noreste de Estados Unidos. Mas en todos sus detalles concuerda completamente con lo que sabemos, gracias a los antiguos manuales, sobre el cultivo del olivo. De igual modo, el registro de la gran destrucción que se encuentra en 3 Nefi 8 tiene notables semejanzas con lo que los científicos de nuestra época han descubierto sobre los cataclismos que ha habido y con los informes históricos de tales catástrofes. Pero José Smith nunca vio un volcán y nunca experimentó un terremoto importante, ni es probable que haya leído ningún tipo de publicación importante al respecto.

Pero la región de Mesoamérica, en especial el sur de México y Guatemala, donde algunas personas piensan que ocurrieron muchos de los acontecimientos del Libro de Mormón, es un lugar de actividad volcánica y sísmica continua. Las laboriosas investigaciones de John L. Sorenson y de otras personas han demostrado la credibilidad de los complejos datos geográficos que contiene el Libro de Mormón. Estos estudios indican muchas y fascinantes correlaciones con lo que seguimos aprendiendo sobre la vida en la antigua Mesoamérica.

IMG.CONCLUSIÓN

Como Santos de los Últimos Días, nunca debemos tomar el Libro de Mormón a la ligera. Su existencia misma es algo asombroso. El que fuera producido por un joven casi sin instrucción alguna constituye un desafío para el mundo entero; y aun así, su narrativa histórica es sobria y realista. Su contenido es rico, profundo y sutilmente complejo; y aunque fue dictado a gran velocidad, nos habla de una historia sumamente coherente y muy compleja, con numerosas alusiones a lugares y nombres de personas y citas internas.

Las personas que escogen rechazar el Libro de Mormón tienen que hacer caso omiso de la cada vez mayor cantidad de evidencias que surgen sobre su autenticidad. Y aunque nunca “probaremos” que el Libro de Mormón es verdadero, la evidencia indica en gran medida que es exactamente lo que dice ser: un libro digno de un estudio profundo, de reflexión y de una seria oración personal. Miles de horas de investigación han producido el florecimiento actual de estudios sobre el Libro de Mormón que bendicen la vida de los Santos de los Últimos Días, y que no pueden hacerse a un lado de un plumazo.

La conclusión del asunto es que mucha de la evidencia reciente corrobora el testimonio aún más poderoso: el del Espíritu Santo, en cuanto a que el Libro de Mormón es verdadero. José Smith, su traductor, fue quien dijo que era: un profeta de Dios, e hizo lo que dijo que hizo: sirvió como el medio mediante el cual Jesucristo restauró Su Iglesia. Juntos, el Libro de Mormón y La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días afirman que Jesús es el Cristo, el divino Salvador del mundo, y que en un día futuro volverá tal y como describen las Escrituras.

  • Aunque mucha investigación actual corrobora el texto, sólo por medio del poder del Espíritu Santo puede uno saber de la vera­cidad del Libro de Mormón.
  • Producido en aproxima­damente sesenta y tres días de trabajo y sin el beneficio de estudio alguno, el Libro de Mormón contiene una narración sobria y realista, repleta de nota­bles profecías de aconte­cimientos tales como el descubrimiento del Nuevo Mundo por parte de Colón.
  • El registro del Libro de Mormón sobre el viaje de Lehi describe con exactitud numerosas condiciones geográficas de Arabia, pero ningún erudito del siglo XIX, y mucho menos José Smith, habría podido conocerlas.
  • Algunos se han cuestio­nado la profecía de Nefi en cuanto a que Cristo nacería en la tierra de Jerusalén, pero los Rollos del Mar Muerto demuestran que a Belén se la consideraba en la antigüedad como una ciudad de la «tierra de Jerusalén».
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La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseveren

La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseverenlogo 4
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. EyringLa gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida.

Muchos de nosotros hemos reflexionado en cómo prepararnos para las tormentas. Hemos visto y sentido el dolor de mujeres, hombres y niños, de los ancianos y de los débiles atrapados en los huracanes, los maremotos, las guerras o las sequías. Nuestra reacción suele ser: “¿Cómo puedo prepararme?”. Entonces nos entran las prisas por comprar y hacer acopio de aquello que creemos que podríamos necesitar el día que nos enfrentemos con esos desastres.

Pero hay una preparación aún más importante que debemos acometer ante las pruebas que, ciertamente, todos vamos a tener. Esa preparación debe comenzar cuanto antes, pues requiere tiempo. Lo que necesitaremos entonces no se puede comprar ni pedir prestado, no se almacena y es preciso utilizarlo con regularidad y frecuencia.

Lo que necesitaremos en el tiempo de nuestra prueba será una preparación espiritual. Para superar la prueba de la vida de la que depende toda nuestra eternidad es necesario haber desarrollado una poderosa fe en Jesucristo. Esa prueba forma parte del propósito que Dios tenía reservado para nosotros durante la Creación.

Gracias al profeta José Smith tenemos la descripción que el Señor hace de dicha prueba. Nuestro Padre Celestial creó el mundo con la ayuda de Su Hijo Jesucristo, y éstas son las palabras que describen el objeto de la Creación: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar; y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”1 .

La gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida. No se trata tanto de soportar las tormentas como de hacer lo justo en medio de ellas. La gran tragedia de la vida es no superar esa prueba y, por tanto, no hacernos merecedores de regresar en gloria a nuestro hogar celestial.

Somos la progenie espiritual de un Padre Celestial que nos amó y enseñó antes de que naciéramos en este mundo. Nos dijo que deseaba darnos todo lo que Él tenía, pero que para ello, era preciso obtener un cuerpo terrenal y ser probados. Por causa del cuerpo, padeceríamos dolor, enfermedades y la muerte. Seguir leyendo

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Soportar sus cargas con facilidad

Soportar sus cargas con facilidadlogo 4
Por el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Las cargas particulares de nuestra vida personal nos ayudan a confiar en los méritos, la misericordia y la gracia del Santo Mesías.

Tengo un querido amigo que, en los primeros años de su matrimonio, estaba convencido de que él y su familia necesitaban una camioneta de tracción 4×4, mientras que su esposa estaba segura de que él no la necesitaba, sino que simplemente quería el nuevo vehículo. En una conversación, bromeando, este hombre y su esposa comenzaron a considerar las ventajas y desventajas de dicha compra.

“Querida, necesitamos una camioneta con sistema de tracción 4×4”.

Ella le preguntó: “¿Por qué piensas que necesitas una camioneta nueva?”.

Él le respondió con lo que consideró ser la respuesta perfecta: “¿Qué tal si necesitamos leche para nuestros hijos durante una terrible tormenta, y la única forma de llegar a la tienda es en una camioneta?”.

Su esposa le respondió con una sonrisa: “Si compramos una camioneta nueva, no tendremos dinero para comprar leche. Entonces, ¿para qué preocuparse de cómo llegar a la tienda en una emergencia?”.

Con el transcurso del tiempo, siguieron analizándolo y finalmente decidieron adquirir la camioneta. Al poco tiempo de haber comprado el nuevo vehículo, mi amigo quería demostrar la utilidad de la camioneta y justificar sus razones para comprarla, por lo que decidió que cortaría y transportaría una carga de leña para su casa. Era otoño y ya había caído nieve en las montañas donde planeaba encontrar la madera. Al conducir montaña arriba, la nieve se hacía cada vez más profunda. Mi amigo reconoció que las condiciones resbaladizas de la carretera representaban un riesgo, pero con gran confianza en la nueva camioneta, siguió adelante.

Tristemente, mi amigo avanzó demasiado por la nevada carretera. Al desviar la camioneta hacia un lado de la carretera, donde había decidido cortar la leña, se quedó atascado. Las cuatro ruedas de la camioneta nueva patinaban en la nieve. Reconoció de inmediato que no sabía cómo salir de esa situación peligrosa, y se sintió avergonzado y preocupado.

Mi amigo decidió: “Bueno, no me voy a quedar aquí sentado”. Salió del vehículo y empezó a cortar leña. Llenó completamente la parte trasera de la camioneta con la pesada carga y luego decidió que intentaría salir de la nieve una vez más. Al poner la camioneta en marcha y empezar a acelerar, comenzó a avanzar lentamente. Poco a poco, la camioneta salió de la nieve y quedó nuevamente en la carretera. Finalmente era libre para volver a casa, ahora como un hombre feliz y humilde. Seguir leyendo

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Inundar la Tierra a través de las redes sociales

Inundar la Tierra a través de las redes sociales

David A. BednarPor el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Inunden la tierra con mensajes llenos de rectitud y de verdad.

De un discurso pronunciado el 19 de agosto de 2014 durante la Semana de la Educación en el campus de la Universidad Brigham Young.


Vivimos en una dispensación verdaderamente peculiar.

Una dispensación del Evangelio es un periodo en el que la autoridad del sacerdocio, las ordenanzas y el conocimiento doctrinal necesarios se encuentran en la tierra a fin de llevar a cabo el Plan de Salvación del Padre para Sus hijos. Para establecer una dispensación es esencial un siervo autorizado de Dios, cabeza de la dispensación, que posea y ejerza la autoridad y las llaves del santo sacerdocio. Se establecieron dispensaciones del Evangelio mediante Adán, Enós, Noé, Abraham, Moisés, Jesucristo, José Smith y otros. En cada dispensación, se vuelven a revelar —o se dispensan— verdades del Evangelio para que la gente de ese periodo no dependa totalmente de dispensaciones pasadas para conocer el plan del Padre Celestial.

En cada dispensación previa ocurrió una apostasía; no obstante, la obra de salvación que se inició pero que no se finalizó en esas primeras épocas continúa en la dispensación final. El profeta José Smith explicó que por esta razón, el hacer avanzar la gloria de los últimos días, incluso la dispensación del cumplimiento de los tiempos, “es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en todas las edades; es un tema que los profetas, reyes y sacerdotes han tratado con gozo particular; han mirado adelante, con gloriosa expectativa, hacia el día en que ahora vivimos; e inspirados por celestiales y gozosas expectativas, han cantado, escrito y profetizado acerca de ésta, nuestra época”1.

En ésta, la más grande y la última de todas las dispensaciones del Evangelio, “es menester que una unión entera, completa y perfecta, así como un encadenamiento de dispensaciones, llaves, poderes y glorias se realicen y sean revelados desde los días de Adán hasta el tiempo presente. Y no sólo esto, sino que las cosas que jamás se han revelado desde la fundación del mundo, antes… escondidas de los sabios y entendidos, serán reveladas… en ésta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D. y C. 128:18).

La dispensación del cumplimiento de los tiempos y la tecnología

Es una bendición vivir, aprender y servir en esta extraordinaria dispensación. Un aspecto importante de la plenitud que tenemos a nuestra disposición en esta época especial es un progreso milagroso de innovaciones e inventos que han posibilitado y acelerado la obra de salvación: desde trenes a telégrafos, radios, automóviles, aviones, teléfonos, transistores, televisiones, computadoras, transmisiones vía satélite, internet, y a casi una lista interminable de tecnologías y herramientas que son una bendición en la vida. Todos estos adelantos forman parte del apresuramiento de la obra del Señor en los últimos días.

En 1862, Brigham Young (1801–1877), dijo: “Todo descubrimiento de la ciencia y de las artes que es realmente útil para la humanidad se ha dado por revelación directa de Dios, aunque son pocos los que lo reconocen. Se ha dado con las miras de preparar el camino para el triunfo final de la verdad, y la redención de la tierra del poder del pecado y de Satanás”2.

Consideren ahora las palabras del presidente Spencer W. Kimball (1895–1985), que pronunció en 1974, al describir el futuro de la obra misional:

“Creo que el Señor está ansioso de poner en nuestras manos inventos que los hombres jamás han vislumbrado…

“Al proporcionar el Señor estos milagros de la comunicación, y con el aumento de los esfuerzos y la devoción de nuestros misioneros y de todos nosotros, y de todos los que sean ‘enviados’, ciertamente se llevará a cabo el divino mandato: ‘Porque en verdad, el pregón tiene que salir desde este lugar a todo el mundo y a los lejanos extremos de la tierra; el evangelio ha de ser predicado a toda criatura’ (D. y C. 58:64)”3.

Y en 1981, el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) enseñó: “Tenemos confianza de que a medida que la obra del Señor crezca, Él inspirará a los hombres a crear los medios mediante los cuales los miembros de la Iglesia, dondequiera que se encuentren, reciban consejo de Su profeta escogido de forma personal y privada”4.

Mensajes y fotografías que solían requerir días, semanas y meses para enviarse y recibirse, ahora se pueden transmitir al mundo en segundos. Te damos gracias, oh Dios, por los profetas que nos han enseñado y preparado para la época en la que vivimos, y que nos han instado a usar los adelantos tecnológicos para apoyar la misión continua de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días5.

El Señor está apresurando Su obra, y no es ninguna coincidencia que estas poderosas innovaciones e inventos en la comunicación estén llevándose a cabo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Los medios de las redes sociales son herramientas globales que pueden afectar personal y positivamente a muchas personas y familias; y creo que ha llegado el momento de que nosotros, como discípulos de Cristo, utilicemos estos medios inspirados de manera apropiada y mucho más eficaz para testificar de Dios el Eterno Padre, de Su plan de felicidad para Sus hijos, y de Su Hijo Jesucristo como el Salvador del mundo; para proclamar la realidad de la restauración del Evangelio en los últimos días y para llevar a cabo la obra del Señor.

Se deben seguir varias pautas básicas en el uso de las redes sociales para transmitir mensajes del Evangelio:

1. Sean auténticos y coherentes

Primero, nosotros, como discípulos, debemos ser auténticos, y también nuestros mensajes. Una persona o producto que no sea auténtico es falso y fraudulento. Nuestros mensajes deben ser verídicos, honrados y precisos; no debemos exagerar, embellecer o pretender ser alguien o algo que no somos. Nuestro material debe ser digno de confianza y constructivo; y el anonimato del internet no nos da licencia para ser falsos.

La coherencia fortalece la autenticidad. Los mensajes del Evangelio que ustedes compartan se aceptarán más fácilmente si su ejemplo cristiano se manifiesta en el modelo constante de lo que publiquen.

La hermana Bonnie L. Oscarson es un firme ejemplo del poder de la coherencia en las redes sociales. Cuando fue llamada a ser la Presidenta General de las Mujeres Jóvenes en abril de 2013, el número de sus seguidoras en Pinterest se duplicó de la noche a la mañana. Sus aportes anteriores evidenciaban ampliamente su integridad, lo cual hizo que un persona preguntara: “¿Pasaría tu página de Pinterest la prueba de Bonnie Oscarson?… ¿Quién dirá la gente que eres si todo lo que saben es lo que aparece en tu página de las redes sociales?”6.

2. Edifiquen y alienten

Segundo, nosotros, al igual que nuestros mensajes, deben procurar edificar y alentar en vez de discutir, debatir, condenar o denigrar.

Compartan el Evangelio con verdadero amor e interés por los demás. Sean valientes y audaces pero no prepotentes al sostener y defender nuestras creencias; y eviten la contención. Como discípulos, nuestro objetivo debe ser el de utilizar los medios de las redes sociales como vehículo para proyectar la luz y la verdad del evangelio restaurado de Jesucristo en un mundo que cada vez está más oscuro y confuso.

3. Respetemos los derechos de propiedad

Tercero, nosotros, al igual que nuestros mensajes, deben respetar la propiedad de otras personas y organizaciones. Eso simplemente significa que no deben crear su material usando arte, nombre, fotos, música, video ni otro material de otra persona sin permiso. El contenido de la Biblioteca multimedia en LDS.org, a menos que se especifique lo contrario, se ha aprobado para el uso de los miembros sin tener que obtener permiso especial de la Iglesia. En social.lds.org se encuentra más información sobre el uso de los medios de comunicación de la Iglesia.

Cuando compartan mensajes en línea, asegúrense de que los demás entiendan que ustedes están expresando sus ideas y sentimientos personales; y por favor no utilicen el logotipo de la Iglesia ni insinúen que hablan en nombre de la Iglesia o a favor de ella.

4. Sean prudentes y estén alerta

Cuarto, sean prudentes y estén atentos a fin de protegerse a ustedes mismos y a sus seres queridos. Debemos recordar que internet nunca olvida. Cualquier cosa que transmitan a través de un medio de las redes sociales perdurará para siempre, aunque la aplicación o el programa les aseguren lo contrario. Únicamente den a conocer la información si quieren que el mundo entero tenga acceso a su fotografía o mensaje para siempre.

El seguir estas pautas sencillas permitirá que los miembros de la Iglesia de todo el mundo creen y compartan mensajes del Evangelio que harán que la luz brille “de entre las tinieblas” (Mormón 8:16).

Una invitación apostólica

Lo que se ha logrado hasta ahora en esta dispensación al comunicar mensajes del Evangelio a través de los medios de las redes sociales es un buen comienzo, pero es sólo una pequeña gota. Ahora les extiendo la invitación para que ayuden a transformar esa gota en un diluvio. A partir de este día, los exhorto a que inunden la tierra con mensajes llenos de rectitud y de verdad, mensajes que sean auténticos, edificantes y dignos de alabanza, y que literalmente inunden la tierra como con un diluvio (véase Moisés 7:59–62).

Ruego que no participemos simplemente en una crecida de agua que se alza rápidamente y que luego retrocede con la misma rapidez. No me refiero a una iniciativa deslumbrante de la cual rápidamente pasamos a la siguiente tarea en la larga lista de cosas para hacer en el Evangelio. No tenemos que convertirnos en expertos ni fanáticos de las redes sociales; y no tenemos que pasar cantidades exageradas de tiempo creando y diseminando mensajes complicados.

Imaginen el impacto que podemos tener si cientos de miles y millones de miembros de la Iglesia restaurada del Señor contribuyen de maneras aparentemente insignificantes a la crecida de las aguas. Ruego que nuestros muchos esfuerzos pequeños e individuales produzcan una lluvia constante de rectitud y de verdad que gradualmente se convierta en una multitud de arroyos y ríos, y que al final se convierta en un diluvio que inunde la tierra. “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64:33).

Hemos sido y somos bendecidos de muchas maneras; y a quien mucho se da, mucho se requiere. Ruego que lleguen a comprender más plenamente el significado espiritual y la bendición de vivir en la dispensación del cumplimiento de los tiempos; que tengan ojos para ver claramente tanto las posibilidades como los inconvenientes de las extraordinarias tecnologías que están a nuestro alcance; que aumenten su capacidad de utilizar correctamente esas herramientas inspiradas; y que reciban inspiración y guía en cuanto a la función que ustedes deben desempeñar para ayudar a inundar la tierra como con un diluvio de verdad y rectitud. Al avanzar en esta obra sagrada, les prometo que serán bendecidos en la tierra de una manera personal, específica y necesaria que los preparará para la eternidad.

Ejemplos de publicaciones en las redes sociales

A continuación hay varios ejemplos de mensajes e imágenes del Evangelio que la Iglesia y sus miembros han creado y dado a conocer al mundo a través de las redes sociales.

  1. Gracias a Él. Un breve video que la Iglesia produjo para honrar el verdadero significado de la Pascua de Resurrección. Se vio más de cinco millones de veces durante la semana de la Pascua, el año pasado, en 191 países y territorios del mundo. Utilizando la etiqueta (algo que se usa para reconocer mensajes relacionados con el tema en las redes sociales) “#GraciasaÉl”, los miembros y otras personas expresaron sus ideas y publicaron imágenes acerca del Salvador y de Su resurrección en muchos medios de las redes, incluso en Facebook, Twitter e Instagram. Pueden verlo en lds.org/media-library/video/topics/easter.

  2. ¿Pensaste orar? Los miembros de la Iglesia y otras personas publicaron fotos de sí mismos en Instagram, Facebook, Twitter y otros medios sociales con rótulos que completaban la frase: “Oro cuando…”. Además, miles de personas usaron la etiqueta #DidYouThinkToPray para comunicar sus ideas sobre cuándo y por qué se comunican con su Padre Celestial. Esos hechos sencillos condujeron a más de cuarenta mil conversaciones sobre la necesidad de la oración. Pueden verlo en mormonchannel.org/watch/collection/mormon-channel-videos/i-pray-when-didyouthinktopray.

  3. Book of Mormon 365 (Libro de Mormón 365). Una cuenta de Instagram que creó una pareja de Arizona, EE. UU., en donde publican una asignación de lectura del Libro de Mormón todos los días. Las asignaciones se dividen en 365 partes: el tamaño perfecto para permitir que los seguidores lean todo el Libro de Mormón en un año. Más de cuarenta y cinco mil personas siguen ahora esa cuenta, y muchos comparten mutuamente sus ideas e impresiones mientras leen juntos el Libro de Mormón.

  4. Cuentas de las Autoridades Generales en las redes sociales. El verano pasado, la Iglesia estableció una cuenta oficial de Instagram. Los miembros mismos de la Primera Presidencia eligieron específicamente las fotos que se habrían de publicar. Algunas Autoridades ya tienen sus propias cuentas de Twitter, y todos ellos tienen su propia página en Facebook, en la cual comunican importantes mensajes del Evangelio. Pueden ver sus páginas en lds.org/media-library/social

  5. #LDSconf. La etiqueta #LDSConf, que ahora se exhibe en la esquina inferior izquierda de la pantalla durante las transmisiones de las conferencias generales, la creó un miembro fiel que buscaba la oportunidad de seguir y compartir tweets sobre la conferencia, mucho antes de que la Iglesia empezara a usarla. Miles de miembros participan en la conversación de la etiqueta #LDSconf donde hablan de los consejos que dan los profetas y apóstoles vivientes; y mediante ese medio, millones de personas en el mundo se edifican con los mensajes de la conferencia general.

  6. Conozca a los mormones. Una película de largometraje que la Iglesia produjo a fin de ayudar a los que no son de nuestra fe a entendernos mejor. Esa película aborda las percepciones erróneas acerca de nuestras creencias y destaca las bendiciones que resultan de vivir el evangelio de Jesucristo. La película se puede ver en DVD, en los centros de visitantes, en los canales de películas en internet y en otros medios sociales. Para obtener más información, visiten meetthemormons.com. Esta película es otro medio adicional mediante el cual los miembros pueden compartir sus creencias con familiares y amigos de manera sencilla y eficaz.


    1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 195.
    2. Discourses of Brigham Young, selecciones de John A. Widtsoe, 1954, pág. 18–19.
    3. Spencer W. Kimball, “When the World Will Be Converted”, Ensign, octubre de 1974, págs. 10–11.
    4. Véase de Gordon B. Hinckley, “La certeza… ¿enemiga de la religión?”, Liahona, febrero de 1982, págs. 4–5.
    5. Véase “Te damos, Señor, nuestras gracias”, Himnos, Nº 10.
    6. “Would Your Pinterest Page Pass the Bonnie Oscarson Test?” latterdaysaintwoman.com.

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La misión o el dinero?

¿La misión o el dinero?

Gelzcke Felix Nogueira
El autor vive en Ceará, Brasil.

No hay cantidad de dinero que iguale la bendición de ver a las familias prepararse para ir al templo y ser selladas.

Un año después de convertirme en miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, envié mi solicitud para prestar servicio como misionero de tiempo completo. Mi familia estaba totalmente en contra de que sirviera en una misión y pensaba que en vez de ello debía obtener mi maestría. Acababa de completar mi licenciatura y siempre había sido mi sueño obtener una maestría después de eso. Mis profesores también estaban dispuestos a ayudarme porque yo era un buen estudiante.

Al prepararme para salir a la misión, mi familia comenzó a tener serias dificultades económicas. Mi hermano mayor perdió el trabajo; poco tiempo después, la compañía donde mi padre había trabajado por muchos años comenzó a tener problemas financieros y lo despidieron. Mi padre tuvo que usar toda las prestaciones del gobierno para ayudar a mi abuela, y una noche lo vi llorando porque no sabía cómo sostener a la familia.

En ese entonces, yo recibía dinero de una beca de la universidad que equivalía a la mitad de un salario mínimo. Al recibir el dinero, siempre pagaba los diezmos primero; pero cuando recibí el pago después de que mi padre perdió el empleo, mi madre me pidió que no diera el dinero a la Iglesia porque se necesitaba en casa. Le expliqué acerca del diezmo y lo importante que era, y le mostré la promesa que el Señor dio en Malaquías 3:10. Aunque ella no estuvo contenta con ello, pagué el diezmo; y sabía que era lo correcto.

Mientras continuaba preparándome para la misión, participé en un concurso de una universidad local para ver cómo me iría. Lo pasé, y me ofrecieron un puesto en el que ganaría la misma cantidad de dinero que mi padre solía ganar en su trabajo. Sería suficiente para sostener a mi familia hasta que mi padre se jubilara. Mi familia esperaba que aceptara el trabajo.

Oré mucho, y el Señor respondió que tenía que ir a la misión. Confié en Él y acepté el llamamiento para ir a la Misión Brasil Santa María. El Señor bendijo a mi familia mientras estuve en la misión. Sé que las ventanas de los cielos fueron abiertas (véase Malaquías 3:10). Mi padre y mi hermano encontraron trabajo y la familia pudo criar vacas lecheras para tener otra entrada de dinero.

Mi testimonio de Jesucristo y Su obra se ha fortalecido y ver el gozo en el rostro y el cambio en el corazón de las personas a quienes presté servicio es algo inestimable para mí. No hay cantidad de dinero que iguale la bendición de ver a las familias prepararse para ir al templo y ser selladas.

El diezmo: Una prueba de nuestra fe

Elder Robert D. Hales

“Mis amados hermanos y hermanas, las bendiciones eternas del diezmo son reales; las he experimentado en mi vida y en la de mi familia. La prueba de nuestra fe es si viviremos o no la ley del diezmo por medio de la obediencia y del sacrificio. Porque, en las palabras del profeta José Smith, ‘una religión que no requiera el sacrificio de todas las cosas jamás tendrá el poder suficiente para producir la fe necesaria para vida y salvación’ (José Smith, Lectures on Faith, 1985, pág. 69)”.

Véase del élder Robert D. Hales, del Quórum de los Doce Apóstoles, “El diezmo: Una prueba de fe con bendiciones eternas”,Liahona, noviembre de 2002, pág. 29.

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