Paciencia: Más que esperar

Paciencia: Más que esperar

Por Hillary Olsen
La autora vive en Utah, EE. UU.

La paciencia no es una lección que se aprende con facilidad, pero vale la pena.

“Hermana Olsen, la bendecimos con paciencia”. Esas no eran las palabras que deseaba oír. Había estado orando todo el día a fin de tener la fe suficiente para ser sanada. En la bendición, se me prometió que algún día mejoraría, pero se me aseguró que eso tomaría tiempo.

Suspiré cuando los élderes terminaron de darme la bendición. Sólo me faltaban tres meses para terminar mi misión, y quería estar con la gente; no enferma, en la cama. Acepté la voluntad del Señor, pero francamente no comprendía por qué me haría esperar.

Me tomó varios días aceptar la situación; me había resignado al hecho de que no mejoraría de inmediato, pero durante ese tiempo me sentí abatida, hasta que un día acudí a las Escrituras. Finalmente, encontré la paz que necesitaba en Santiago 1. José Smith encontró su respuesta en el versículo 5; la mía estaba en los versículos 2–4:

“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas [la traducción de José Smith en inglés cambia ‘diversas pruebas’ a ‘muchas aflicciones’],

“sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia.

“Pero tenga la paciencia su obra perfecta, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”.

Al leer esos versículos, no puedo decir que de pronto tuviera “por sumo gozo” el estar enferma, pero sí aprendí algunas cosas que me ayudaron a sentirme menos triste con respecto a mi situación.

El hecho de que no hubiese sido sanada de inmediato no significaba que no tuviera fe, y no significaba que al Señor no le importara mi situación, ya que, en realidad, era todo lo contrario. Al Señor le interesaba lo suficiente para probar mi fe al no sanarme de inmediato, a fin de que pudiese cultivar la paciencia.

Me di cuenta de que el Señor deseaba que cultivara la paciencia debido a que es una característica vital. La paciencia nos purifica; la paciencia nos ayuda a llegar a ser más como el Salvador. Como misionera de tiempo completo tenía responsabilidades importantes, pero me di cuenta que, en lo que respecta a servir al Señor, a Él le interesa el instrumento tanto como le interesa la tarea que hay que realizar. El Señor me estaba enseñando paciencia a fin de que fuese una misionera mejor y más eficiente en esos últimos meses de mi misión.

La bendición prometida de mi recuperación llegó, con el tiempo; pero mi lección sobre la paciencia no acabó allí. Muchas bendiciones en la vida, tales como el matrimonio, el empleo, los hijos, la salud física y emocional, las respuestas a oraciones, no se reciben en el momento en que las esperamos. Cuando las respuestas a sus oraciones se demoren, cosa que quizás les haya pasado o les pasará, comprométanse a tener paciencia confiando en el Señor y en Su tiempo; recibirán bendiciones al hacerlo.

Perspectiva en cuanto a la paciencia

Regresé a casa de mi misión pensando erróneamente que podía tachar la paciencia de mi lista de lecciones por aprender. Pero, la cosa en cuanto a la paciencia es que no es una lección que se aprende sólo una vez. El élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Quórum de los Doce Apóstoles, dio un discurso sobre la paciencia que leí por primera vez después de la ruptura un tanto desalentadora de la relación con alguien con quien había estado saliendo. Me sentía afligida y desalentada; y en ese momento lo último que pensé que necesitaba era un recordatorio de que fuera paciente. Sin embargo, y asombrosamente, las reflexiones del élder Maxwell en cuanto a la paciencia me enseñaron algunos conceptos poderosos que cambiaron totalmente mi perspectiva (una vez más) y que me ayudaron a comprometerme nuevamente a ser paciente.

Paciencia no es resignación

Por ejemplo, aprendí que el comprometerse a ser paciente no significa que nos encogemos de hombros y dejamos de tener esperanza. El élder Maxwell enseñó: “La paciencia no es indiferencia; en realidad, significa que nos importa mucho pero, no obstante, estamos dispuestos a someternos al Señor y a lo que en las Escrituras llaman el ‘transcurso del tiempo’”1. Siempre había pensado que la paciencia era una cierta respuesta pasiva a las experiencias de la vida, cierta forma de ceder o rendirse; pero la paciencia no es ceder; la paciencia es una manifestación de fortaleza interior y devoción al Señor.

La paciencia manifiesta confianza, no ansiedad

El élder Maxwell también enseñó: “La paciencia es, en cierto sentido, el estar dispuesto a observar el despliegue de los propósitos de Dios con un sentido de maravilla y asombro, en lugar de andar de arriba a abajo dentro de la celda de nuestras circunstancias. Expresándolo de otra manera, es abrir la puerta del horno con demasiada ansiedad y hacer que el pastel se baje en vez de que se eleve. Lo mismo se aplica a nosotros. Si de manera egoísta siempre estamos tomándonos la temperatura para ver si somos felices, no lo seremos”2. Esa idea realmente se aplicaba a mí (y no sólo porque soy una cocinera impaciente). Es desalentador cuando los planes fracasan o no resultan como se esperaba. Para la mente de los mortales, el tiempo divino puede ser algo difícil de entender. Pero lo que sí puedo entender es que Dios es un Padre amoroso que tiene un plan que garantiza la felicidad futura, si somos fieles; y estoy aprendiendo a aceptar Su tiempo con confianza, no con ansiedad.

No siempre tiene que ver con nosotros

Debido a que la paciencia nos pone a prueba a un nivel muy personal, nuestro enfoque es a menudo introspectivo. Sin embargo, el élder Maxwell enseñó que “la paciencia también nos ayuda a comprender que aunque tal vez estemos listos para seguir adelante, después de haber tenido suficiente de una experiencia de aprendizaje particular, nuestra presencia constante a menudo es necesaria como parte del entorno de aprendizaje de otras personas”3. No sólo necesitamos nosotros la paciencia, sino que los demás también necesitan nuestra paciencia o el ejemplo de nuestra paciencia. Nunca se me había ocurrido esa idea, y me sirvió para ver la paciencia como una cualidad noble, íntimamente relacionada con la caridad, el amor puro de Cristo, el cual “nunca deja de ser” (Moroni 7:46).

Más que esperar

Incluso cuando tenemos la debida perspectiva, la espera puede ser difícil. Sin embargo, he aprendido que la paciencia es más que simplemente esperar; eso lo he aprendido de mi hermano Andrew y de su esposa, Brianna, que han tenido que aceptar que no pueden tener hijos. Aunque sus esperanzas se vieron destruidas cuando se enteraron de que no podrían tener hijos, encontraron nueva esperanza a través de la posibilidad de la adopción; sin embargo, eso implicaba más espera.

No me atrevo a usar la palabra esperar al referirme a ellos, ya que ese término muchas veces tiene connotaciones sumamente pasivas. Para ellos, el esperar no significa aguardar impacientes hasta que llegase un bebé; la paciencia es mucho más que eso.

Andrew dijo: “Gran parte de lo que se relaciona con la adopción está en las manos de Dios, no en las nuestras; pero nos hace sentir bien el tener algo que hacer para lograr nuestra meta de tener hijos”. Ya sea a través de blogs, de compartir su información de contacto con amigos y familiares, o relacionarse con grupos locales de padres adoptivos, ellos se esfuerzan por hacer “cuanta cosa esté a [su] alcance” (D. y C. 123:17), y luego depositan su confianza en el Señor.

Después de años de esperar y orar, pudieron adoptar una hermosa bebé llamada Jessica. Al tenerla en sus brazos, se esfumaron todos los años de desaliento y desilusión. Para ellos, la criatura fue y es un milagro.

Han pasado cinco años desde que adoptaron a Jessica, y durante los últimos cuatro años, han estado tratando de adoptar otro hijo. La espera ha comenzado de nuevo. Brianna me dijo: “La gente nos recuerda con frecuencia que cuando haya un niño que tenga que ser parte de nuestra familia, llegará. Sabemos que tienen razón, pero también sabemos que no podemos permanecer sentados y esperar; tenemos que tener fe en que eso sucederá, pero también debemos seguir adelante, vivir nuestra vida, hacer planes para nuestro futuro, divertirnos, y disfrutar de estar juntos”.

Esperar es difícil, pero Andrew y Brianna me han enseñado a elegir ser feliz hoy mismo. Es tan fácil pensar: “Seré feliz cuando __________”; pero nos perdemos gran parte de lo que la vida nos ofrece al postergar nuestra felicidad. Aunque a veces tenemos que dejar de lado nuestros deseos para someternos a la voluntad de nuestro Padre, eso no significa que también tengamos que poner de lado nuestra felicidad. Su amor puede proporcionar fortaleza, llenar vacíos e infundir esperanza.

El ejemplo de paciencia del Salvador

El Salvador es el mejor ejemplo de paciencia. Para mí, las palabras que Él habló en el Jardín de Getsemaní ejemplifican Su paciencia. En medio de un sufrimiento y sacrificio inimaginables, Él pidió que, si fuese posible, le fuese quitada la copa de Su sufrimiento; “pero”, dijo, “no sea como yo quiero, sino como tú” (véase Mateo 26:39). La palabra pero encierra un potente mensaje. A pesar de lo que el Salvador realmente deseaba en ese momento, Él expresó Su voluntad de aceptar la voluntad de Su Padre y de perseverar.

En la vida, todos tendremos que esperar a que nos lleguen las cosas, a veces incluso los deseos más justos de nuestro corazón. Pero Jesucristo, nuestro “mejor Amigo celestial”,4 puede consolarnos y brindarnos la seguridad de las cosas buenas que están por venir. Él es amorosamente paciente con nosotros a medida que aprendemos a ser como Él, mientras aprendemos a afrontar los desafíos esperados e inesperados de la mortalidad y le decimos a nuestro Padre: “…pero, no sea como yo quiero, sino como tú”.

La perspectiva que tengo de la paciencia definitivamente ha cambiado al entrar a la edad adulta. La paciencia es un proceso, y siempre estaré aprendiendo. Aunque esperar es difícil, estoy aprendiendo a tener “por sumo gozo” cuando mi paciencia se pone a prueba; no porque encuentre gozo en lo difícil que es, sino porque sé que tiene un propósito glorioso. Sé que el permitir que “la paciencia [tenga] su obra perfecta” es parte de llevar a cabo mi propósito aquí en la tierra de un día llegar a ser perfecta y cabal, sin que me falte cosa alguna (véase Santiago 1:4).

President Henry B. Eyring

“Si oran; si se dirigen a Dios; si suplican para recibir la ayuda que necesitan; y si le agradecen no sólo la ayuda sino la paciencia y la mansedumbre que provienen de no recibir lo que desean de inmediato, o tal vez nunca; entonces les prometo que se acercarán a Él”.

Presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, “Waiting upon the Lord”, (Devocional de la Universidad Brigham Young, 30 de septiembre de 1990), pág. 4, speeches.byu.edu.

Notas
1. Neal A. Maxwell, “Patience” (Devocional de la Universidad Brigham Young, 27 de noviembre de 1979), pág. 1, speeches.byu.edu.
2. Neal A. Maxwell, “Patience”, 2.
3. Neal A. Maxwell, “Patience”, 3.
4. Música: “Be Still, My Soul”, Hymns, N° 124.

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Dónde está tu Iglesia?

¿Dónde está tu Iglesia?

Dee Jepson
Dee Jepson, Idaho, EE. UU.

Durante mis años en el ejército, a veces era un reto encontrar una capilla de los Santos de los Últimos Días. Podía encontrarme en una ciudad y hasta en un país nuevos casi sin previo aviso.

Un domingo me hallaba en Ámsterdam, Holanda. A las ocho y media de la mañana nuestro coronel nos comunicó de manera inesperada que teníamos el día libre. Aunque ya nos habíamos puesto el uniforme, convencí a un amigo para que me llevara a la capilla, y ésta fue la conversación que tuvimos en el coche que había alquilado:

Amigo: “¿Y dónde está tu iglesia?”.

Yo: “No lo sé, porque es la primera vez que estoy en esta ciudad, pero la encontraremos si logramos llegar al centro de la ciudad antes de las ocho cuarenta y cinco”.

Amigo: “¿Por qué? ¿Qué pasa a las ocho cuarenta y cinco?”.

Yo: “Es la hora en la que todos los misioneros mormones se dirigen a la capilla”.

Amigo: “Me pareció entender que habías dicho que nunca habías estado aquí”.

Yo: “Cierto”.

Amigo: “Entonces, ¿cómo sabes dónde hay una capilla?”.

Yo: “Seguramente aquí hay una capilla y misioneros mormones”.

Amigo: “De acuerdo. Ya llegamos al centro de la ciudad. Son las ocho cuarenta y cinco y no veo a ningún misionero”.

Yo: “Ahí están”.

Amigo: “¿Dónde? ¿Te refieres a esas figuras pequeñas que están cruzando la calle allá lejos? Desde aquí ni siquiera es posible ver quiénes son”.

Cuando alcanzamos a los misioneros, salté del auto y tuve una conversación animada con ellos, les di la mano, nos contamos chistes y nos reímos.

Yo: “Gracias por traerme”.

Amigo: “Creí que habías dicho que no los conocías”.

Yo: “Así es. Acabamos de conocernos”.

Amigo: “La gente no conversa de esa manera a menos que ya se conozcan”.

Yo: “Te lo explico luego”.

Amigo: “No sé si sabré encontrar este lugar de nuevo y no me has dicho a qué hora quieres que pase a recogerte”.

Yo: “Las reuniones duran tres horas. Luego, una familia me invitará a comer, y después de comer y conversar por un rato me llevarán de vuelta a la base”.

Amigo: “No sabes si alguien te va a invitar y a llevar de vuelta”.

Le aseguré que cuidarían de mí y volví a darle las gracias.

Las reuniones fueron inspiradoras. Acepté la primera de las tres invitaciones que recibí para almorzar y durante el almuerzo tuve una conversación muy instructiva acerca del crecimiento de la Iglesia en Holanda.

En muchas ocasiones a lo largo de la vida he tenido la bendición de encontrar a miembros de la Iglesia; a veces en palacios reales y otras en cabañas humildes. A veces los he conocido en barracones polvorientos y abandonados, otras en capillas de hospitales, en grandes carpas o bajo el cielo abierto.

Donde sea que nos hemos encontrado, siempre me ha alegrado haber hecho el esfuerzo por encontrar la Iglesia, pues el Señor ha dicho: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

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Los hombres Santos de los Últimos Días y el divorcio

Los hombres Santos de los Últimos Días y el divorcio

Por Brent Scharman
Consejero jubilado de los Servicios para la Familia SUD
El autor vive en Utah, EE. UU.

Ilustraciones por J. Beth Jepson.

“El propósito definitivo de lo que enseñamos es unir a padres e hijos en la fe en el Señor Jesucristo, para que sean felices en el hogar, sellados en un matrimonio eterno”1. A pesar de esta inspirada enseñanza del presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce, los divorcios ocurren. El divorcio es traumático: las personas afectadas por él pueden experimentar sentimientos de shock, negación, confusión, depresión y enojo, así como síntomas físicos, tales como muestras de trastornos del sueño y alimentarios.

En mi experiencia como consejero, he descubierto que, si bien gran parte de lo que los hombres y las mujeres experimentan al divorciarse es igual, existen algunas diferencias:

  • Mientras aún están casados, los hombres son más propensos a minimizar la gravedad de los problemas matrimoniales. Su sorpresa ante el divorcio puede conducir a una sensación de inestabilidad.
  • Los hombres son menos propensos a compartir sus sentimientos, de modo que es probable que sean menos propensos a aprender de esa experiencia.
  • Los hombres tienden a orientarse hacia la acción, de modo que es probable que se sientan menos inclinados a buscar asesoría y en vez de ello oculten sus sentimientos al trabajar largas horas o dedicarse a un pasatiempo.
  • Debido a las preocupaciones financieras y al golpe a su ego, algunos hombres experimentan desafíos como depresión, aumento de peso, experimentan con el alcohol y se vuelven menos activos en la Iglesia.

El único camino seguro al pasar por un divorcio es permanecer fieles al Evangelio. Una adaptación saludable requiere la capacidad de ser amable cuando no se tenga el humor para serlo, de mantener la confianza y la autoestima, de tolerar sentimientos dolorosos mientras se sigue adelante, de ser paciente con las otras personas involucradas, de ser justos y no albergar sentimientos vengativos y de mantener un firme cimiento espiritual, lo cual puede acercarlos al Señor, quien ha “descendido debajo” de todas las cosas y cuya Expiación es suficiente para sanarlos y elevarlos (D. y C. 122:8).

Independientemente de quién haya sido el más culpable de que sucediera el divorcio, la sanación no tendrá lugar hasta que ocurra el arrepentimiento y el perdón. Como enseñó el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia: “…debemos librarnos de nuestros resentimientos… Recuerden que el cielo está lleno de aquellos que tienen esto en común: Han sido perdonados y perdonan”2.

Mantener una relación con sus hijos

Quizás ningún asunto provoque más luchas de poder que la custodia de los hijos. Cuando los hijos pasan la mayor parte de su tiempo con la madre, es fácil que el padre sienta que él se ha convertido en un visitante de sus propios hijos, lo cual quizás lo haga sentirse desvalido y bajo el control del sistema. Sin embargo, a menos que exista el potencial de maltrato u otro tipo de interacción dañina, los niños están en mejores condiciones cuando mantienen una relación con ambos padres. Afortunadamente, la mayoría de los excónyuges aprenden a cooperar en beneficio de sus hijos.

La interacción regular con los hijos debe seguir siendo una alta prioridad, sin importar la distancia o el que se vuelvan a casar. Incluso si el tiempo que se les conceda no es todo lo que deseen, las visitas deben ser positivas y nunca se debe decir a los niños cosas negativas acerca de su madre. Hay mayores probabilidades de que los hijos se adapten bien al divorcio de los padres cuando éstos están dispuestos a poner la felicidad y la estabilidad de los hijos por encima de sus propios sentimientos heridos.

Permanecer activos en la Iglesia

Algunos hombres han admitido que nada zarandeó su testimonio como lo hizo el divorcio, lo cual es particularmente cierto si han sido fieles en la actividad de la Iglesia y han orado fervientemente para resolver sus problemas matrimoniales. Ese sentimiento de conmoción puede hacer que un hombre divorciado se sienta incómodo al asistir a la Iglesia, sobre todo si piensa que los demás dan por sentado que él le ha sido infiel a su esposa.

Sin embargo, el seguir participando en las actividades de la Iglesia nos expone a principios correctos y nos rodea de gente caritativa. Si pareciera que los miembros de la Iglesia no le tienden una mano de ayuda, no les guarde rencor; es probable que no sepan qué hacer ni qué decir. Sea paciente y sea usted el que haga el esfuerzo por acercarse a los demás. Encuentre una red de apoyo. Busque el consejo de su presidente de quórum, obispo o presidente de estaca y considere la posibilidad de obtener asesoramiento profesional, como por ejemplo con los Servicios para la Familia SUD, si están disponibles. Eso le permitirá analizar su propio comportamiento y ver las cosas de manera más precisa.

En la Iglesia se recibe a los hombres divorciados de la misma manera que a los hombres casados. El élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Hay muchos buenos miembros de la Iglesia que se han divorciado”. Reiteró además lo siguiente: “A menos que un miembro divorciado haya cometido transgresiones graves, él o ella puede reunir los requisitos para obtener una recomendación para el templo de acuerdo con las mismas normas de dignidad que se aplican a los otros miembros”3.

Progresar en medio de las dificultades

Algunos hombres dicen que a pesar de que nunca desearían volver a pasar por una experiencia semejante, han aprendido de ella; se recuperan y siguen adelante en la vida. Un hombre a quien aconsejé expresó ese modo de pensar: “Aún me es difícil aceptar el concepto de que soy un hombre divorciado, pero lo soy. Nunca lo esperé, pero sucedió, y lo acepto. La meta que ahora tengo es hacer todo lo posible por permanecer fiel a Cristo, edificar un firme matrimonio nuevo, y ser el mejor modelo para mis hijos e hijastros que me sea posible”.

Esperanza para usted y sus hijos

Elder Dallin H. Oaks

“Sabemos que algunos contemplan su divorcio con remordimiento por su culpa parcial o predominante en la separación. Todos los que han pasado por el divorcio conocen el dolor y la necesidad del poder sanador y de la esperanza que proviene de la Expiación. Ese poder sanador y esa esperanza están al alcance de ellos y también del de sus hijos”.

Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, “El divorcio”, Liahona, mayo de 2007, pág. 71.

Las heridas del divorcio

Por David Paul
Padre divorciado con tres hijos
El autor vive en Columbia Británica, Canadá.

Como miembro de la Marina Real Canadiense, he recibido entrenamiento para realizar un “análisis posterior a la acción” después de un encuentro con el enemigo u otra calamidad. Es una evaluación cabal de cómo las personas involucradas pueden hacer mejoras con el fin de reducir o evitar lesiones o accidentes adicionales. A lo largo de la vida, y especialmente durante las dificultades como el divorcio, un análisis posterior a la acción abre muchos caminos para aprender y crecer.

Comienza al tomar la medida correcta de responsabilidad por lo ocurrido. Al hacer un análisis exacto de nuestras acciones, tal vez con la ayuda de un consejero, y reconocer dónde entró en juego nuestro albedrío y dónde entró en juego el albedrío del excónyuge, podemos observar cosas que podemos cambiar en nosotros mismos. Podemos, además, evaluar el nivel de nuestra salud mental, espiritual y emocional.

El hacer esfuerzos constructivos por cambiar a medida que ponemos en práctica las lecciones que aprendimos fomenta el proceso de recuperación mientras que al mismo tiempo abre el camino a un futuro más brillante.

Cómo acceder a la expiación del Salvador

En una guerra siempre hay heridas terribles que pueden ser profundas y dolorosas, pero aquellas personas que no las han experimentado no pueden entender verdaderamente lo que son. Las heridas que llegan a nuestro corazón y a nuestra alma debido al divorcio son igualmente dolorosas, y también pueden ser difíciles de entender para aquellos que no han pasado por algo similar.

Sin embargo, no estamos solos; el Salvador está listo para asistirnos. El poder sanador de Su expiación nos puede ayudar a recuperarnos. No le den la espalda a la Iglesia; pidan bendiciones del sacerdocio y asistan al templo con toda la frecuencia que les sea posible. El proceso de recuperación muchas veces es largo, pero el tener el Espíritu en su vida acelerará el proceso.

El primer año después del divorcio es difícil; hay un proceso de duelo por la pérdida de una relación que una vez fue el centro de nuestras esperanzas; es semejante a un sube y baja de emociones y desafíos. Nosotros hacemos nuestra parte en el proceso de recuperación al recordar que somos hijos preciados de nuestro Padre Celestial con un potencial divino, al asistir a nuestras reuniones de la Iglesia, leer las Escrituras, orar, prestar servicio y asistir al templo. Aunque el sendero parezca largo, la promesa es segura. Sigan al Señor, y podrán tener la vida eterna y todas las bendiciones que se les prometen, incluso paz y gozo en el alma.

Volverse a casar

Tengan cuidado cuando decidan empezar a salir con personas del sexo opuesto; asegúrense de que saben quiénes son ustedes y lo que desean; siéntanse bien estando solos (y con el Salvador). Cuando están felices con quienes son y hacia donde se dirigen, es más difícil que el adversario los desvíe o que terminen en una relación poco saludable, dependiendo de alguien más. La relación que cultivaron con su excónyuge tomó tiempo para llegar a ciertos niveles emocionales y románticos. Incluso las relaciones que no son buenas tienen aspectos de comodidad, de modo que puede ser tentador deslizarse demasiado rápido en una de ellas con alguna persona; avancen con cuidado.

Apoyar a los hombres divorciados

Aquellos que han pasado por un divorcio son semejantes a los veteranos en el campo de batalla de esta guerra por nuestras almas; necesitan nuestro respeto, amor, comprensión, apoyo y aceptación. Brinden guía amorosa y aliento, siempre y cuando ellos sean receptivos a recibirlos. Tengan fe en ellos y recuerden que el Salvador tiene Su tiempo para sanar las partes de un corazón y un espíritu quebrantados. La sanación y los milagros se llevarán a cabo, con el tiempo.

Notas

1. Véase de Boyd K. Packer, “La armadura de la fe”, Liahona, julio de 1995, pág. 8
2. Dieter F. Uchtdorf, “Los misericordiosos alcanzan misericordia”, Liahona, mayo de 2012, pág. 77.
3. Dallin H. Oaks, “El divorcio”, Liahona, mayo de 2007, pág. 70.

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La Proclamación sobre la Familia: Trascender la confusión cultural

La Proclamación sobre la Familia: Trascender la confusión cultural

Por el élder Bruce C. Hafen
Prestó servicio como miembro de los Setenta desde 1996 hasta 2010

Bruce C. HafenÉste es el primero de dos artículos escritos por el élder Hafen que servirán para conmemorar el vigésimo aniversario de “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. El segundo artículo se publicará en el ejemplar de la revista Liahona de septiembre de 2015.

Del discurso “El matrimonio, el derecho de familia y el templo”, adaptado de la Charla fogonera anual de J. Reuben Clark Law Society en Salt Lake City, el 31 de enero de 2014.

Los compromisos permanentes hacia el matrimonio y la paternidad son como dos hebras principales que corren a lo largo del diseño de nuestro tapiz social.

“¿Qué es lo que más le preocupa?”, le preguntó un reportero al presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) en junio de 1995, poco antes de que cumpliera 85 años; a lo que él respondió: “Me preocupa la vida familiar en la Iglesia. Tenemos gente maravillosa, pero tenemos demasiadas familias que se están desintegrando… Creo que [esa] es mi mayor preocupación”1.

Tres meses después, el presidente Hinckley leyó públicamente “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”2.

No fue casualidad que esa declaración solemne se emitiera precisamente cuando el profeta del Señor consideró que, de todas los asuntos que llevaba en la mente, la vida familiar inestable en la Iglesia era su mayor preocupación. Más tarde agregó que el más grande desafío que afrontaban tanto los Estados Unidos como el resto del mundo, era “el problema de la familia, provocado por padres insensatos y resultando en hijos descarriados”3.

La proclamación no era simplemente una colección de comentarios a favor de la familia; era una seria advertencia profética con respecto a un grave problema internacional. Ahora, veinte años después, el problema está empeorando, lo cual demuestra cuán profética fue la advertencia en 1995.

Antes de que analicemos lo que eso significa para nosotros, consideremos cómo la cultura moderna ha llegado al punto en el que se encuentra en la actualidad.

Una historia de amor universal

El argumento histórico más antiguo de la humanidad, el que brinda más esperanza, tiene una trama familiar: el muchacho conoce a la joven, se enamoran, se casan, tienen hijos y —esperan— vivir felices para siempre. Esa historia universal de amor es tan fundamental en el gran plan de felicidad que dio comienzo con Adán y Eva, y para la mayoría de los miembros de la Iglesia, aún guía nuestra vida como la Estrella Polar.

El gozo del amor humano y de pertenecer a una familia nos brinda esperanza, propósito y un deseo de vivir mejor. Nos hacen añorar el día en que tomaremos las manos que han sostenido las nuestras y juntos entraremos en la presencia del Señor. Allí abrazaremos a nuestros seres queridos y permaneceremos con ellos para siempre y “nunca más [saldremos] fuera” (Apocalipsis 3:12).

Durante muchos años, la sociedad, en general, apoyaba ese anhelo innato de pertenencia. Por supuesto, las familias tenían problemas, pero la mayoría de las personas todavía creían que establecer el vínculo del matrimonio creaba una unidad familiar relativamente permanente; y esos vínculos mantenían unida la estructura de la sociedad, teniendo “entrelazados sus corazones con unidad y amor” (Mosíah 18:21).

Sin embargo, en generaciones recientes, la estructura se ha ido deteriorando al experimentar lo que algunos escritores llaman “el colapso del matrimonio”4. Muchas personas fuera de la Iglesia ya no consideran el matrimonio como una fuente de compromisos a largo plazo; más bien, ahora ven el matrimonio, e incluso la crianza de los hijos, como opciones personales temporales. No obstante, los compromisos permanentes hacia el matrimonio y la paternidad son como dos hebras principales que corren a lo largo del diseño de nuestro tapiz social. Cuando esas hebras se deshilachan, el tapiz se puede desintegrar y podemos perder la trama de la historia de amor universal.

He observado esa desintegración desde mi propia perspectiva de padre, de miembro de la Iglesia, y de maestro en derecho de familia. A principios de la década de 1960, el movimiento de derechos civiles generó nuevas teorías legales acerca de la igualdad, los derechos individuales y la liberación. Esas ideas sirvieron para que los Estados Unidos empezaran a superar su vergonzosa historia de discriminación racial. También sirvieron para que el país redujera la discriminación contra la mujer. Esas protecciones contra la discriminación son parte de los intereses individuales de cada ciudadano.

No obstante, ciertas formas de clasificación legal son en realidad benéficas. Por ejemplo, la ley “discrimina” a favor de los niños en base a su edad: no pueden votar, manejar un auto, ni firmar un contrato vinculante; y reciben años de educación sin costo alguno. Esas leyes protegen a los niños y a la sociedad de las consecuencias de la falta de capacidad de los niños, mientras que a la vez los preparan para que lleguen a ser adultos responsables.

Las leyes también han dado un estatus privilegiado a las relaciones basadas en el matrimonio y el parentesco, no para discriminar a personas solteras y sin un parentesco, sino para animar a los padres biológicos a casarse y a criar sus propios hijos estables, que son la clave para un sociedad estable y continua. De ese modo, esas leyes expresan los intereses sociales que la sociedad tiene en sus niños y en su propia fortaleza y perpetuidad futuros.

Históricamente, las leyes mantenían un equilibrio práctico entre los intereses sociales y los intereses de la persona, porque cada elemento desempeña un papel importante en una sociedad sana. Sin embargo, en las décadas de 1960 y 1970, los tribunales estadounidenses comenzaron a interpretar las leyes de familia de una manera que dio a los intereses personales una prioridad mucho mayor que a los intereses sociales, lo cual desequilibró el sistema jurídico y social. Ese cambio fue sólo una parte de la transformación de la ley de familia estadounidense, el mayor cambio cultural en las actitudes en cuanto al matrimonio y la vida familiar en quinientos años. Ilustraré esa transformación con algunos ejemplos de la ley estadounidense, aunque las leyes de los países más desarrollados han seguido tendencias similares.

Un cambio en la cultura

En pocas palabras, los defensores comenzaron a valerse de fuertes ideas de liberación individual para desafiar las leyes que durante tanto tiempo habían apoyado los intereses de los niños y de la sociedad en las estructuras familiares estables. Los tribunales y las asambleas legislativas aceptaron muchas de esas ideas individualistas, incluso cuando éstas dañaban intereses sociales mayores. Por ejemplo, el divorcio sin culpa se aprobó por primera vez en California en 1968, y luego se extendió a lo largo de los Estados Unidos. El término “sin culpa” cambió considerablemente el modo de pensar de la gente con respecto al matrimonio. Bajo las antiguas leyes de divorcio, las personas casadas no podían simplemente decidir poner fin a su matrimonio; más bien, tenían que demostrar mala conducta conyugal, como adulterio o abuso. En aquellos días, sólo un juez que representaba los intereses de la sociedad podía determinar cuándo el divorcio se justificaba lo suficiente para superar el interés social en la continuidad matrimonial.

Tal como se concibió originalmente, el divorcio sin culpa tenía metas loables; añadía la ruptura irreparable del matrimonio, independientemente de la culpa personal, como base para el divorcio, lo cual simplificaba el proceso del divorcio. En teoría, sólo un juez, quien todavía representaba los intereses de la sociedad, podía decidir si un matrimonio ya no se podía reparar. Pero en la práctica, los jueces de los tribunales de familia accedían a las preferencias personales de la pareja y finalmente liberaban al cónyuge que quería acabar el matrimonio.

Esos cambios legales aceleraron un cambio cultural mayor que ya no consideraba el matrimonio como una institución social relativamente permanente, sino más bien como una relación temporal y privada que se podía terminar por propia voluntad, sin considerar seriamente cómo el divorcio dañaba a los hijos, y mucho menos cómo dañaba a la sociedad. En poco tiempo, las dudas de los jueces sobre el derecho de la sociedad de hacer valer los votos matrimoniales dieron a las parejas casadas la falsa impresión de que sus promesas personales ya no tenían gran valor social ni moral. De modo que, ahora, cuando los compromisos matrimoniales se interponen a las preferencias personales, las personas son más propensas a abandonar la relación; ven el matrimonio como un “compromiso no vinculante”, sea lo que sea que signifique esa contradicción.

Como reflejo de esas nuevas actitudes, los tribunales ampliaron la potestad de los padres solteros y comenzaron a dar derechos de custodia y adopción de los hijos a las personas solteras. Eso cambió totalmente la preferencia, establecida desde hace mucho tiempo, que las leyes familiares daban, siempre que fuera posible, a la familia de dos padres biológicos casados. Tanto la experiencia como la investigación en las ciencias sociales había demostrado claramente —y todavía demuestra— que una familia encabezada por padres biológicos casados casi siempre proporciona el mejor ambiente para la crianza de los hijos. Pero, con el tiempo, los casos de padres solteros contribuyeron a elevados índices de cohabitación de personas solteras y a nacimientos fuera de los lazos del matrimonio, y fueron influenciados por ellos.

Además, en 1973, la Corte Suprema de Estados Unidos concedió a la mujer el derecho de elegir el aborto, rechazando así las creencias culturales mantenidas por tanto tiempo acerca de los intereses sociales de los niños aún por nacer y de los legisladores electos que hasta entonces habían decidido colectivamente el interrogante tan delicado e importante de cuándo comienza la vida.

Hablar sobre el divorcio sin culpa conduce lógicamente a un breve comentario sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ese se ha convertido en un tema difícil y doloroso, pero téngase en cuenta que hace sólo diecisiete años, ningún país en el mundo había reconocido legalmente el matrimonio entre personas del mismo sexo. Entonces, ¿cómo podía esa idea misma del matrimonio entre personas del mismo sexo irrumpir en el ámbito internacional, precisamente cuando el concepto histórico del matrimonio había perdido tanto valor ante el público durante las cuatro décadas anteriores?

Una posible respuesta es que la teoría de la “autonomía personal” del primer caso a favor del matrimonio homosexual en los Estados Unidos, en 2001, simplemente aplicó el mismo concepto legal individualista que había creado el divorcio sin culpa. Cuando un tribunal confirma el derecho de una persona de dar fin a un matrimonio, sin importar las consecuencias sociales (como puede suceder con el divorcio sin culpa), ese principio también puede parecer que apoya el derecho que tiene una persona de comenzar un matrimonio, sin importar las consecuencias sociales (como puede suceder con el matrimonio entre personas del mismo sexo).

En otras palabras, cuando la gente ve el matrimonio entre un hombre y una mujer como una cuestión de preferencia personal y no como la institución social fundamental de la sociedad, no es de extrañar que muchos digan ahora sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo que toda persona debe ser libre de casarse con quien desee. Eso es lo que puede suceder cuando dejamos de considerar el interés que tiene la sociedad en el matrimonio y los hijos. Obviamente, Dios ama a todos Sus hijos y espera que nos tratemos unos a otros con compasión y tolerancia, sin importar la conducta privada que podamos o no entender. Pero es un asunto muy diferente el apoyar o fomentar esa conducta mediante la alteración de un concepto legal —el matrimonio— cuyo propósito histórico era promover el interés de la sociedad en que los padres biológicos criaran a sus propios hijos en hogares estables.

La Corte Suprema de Estados Unidos se basó en la teoría de la autonomía personal, entre otras teorías legales, cuando emitió el decreto del 26 de junio de 2015 que establece que las leyes no pueden “prohibir que las personas del mismo sexo se casen”. Por lo tanto, el matrimonio entre personas del mismo sexo ahora es legal en todos los estados de Estados Unidos.

Sin embargo, es significativo que la opinión mayoritaria de la corte también “puso énfasis en que las religiones, y aquellos que se adhieran a doctrinas religiosas, pueden continuar abogando con total y sincera convicción que, por precepto divino, no se puede aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo. La primera Enmienda garantiza que a las organizaciones y las personas religiosas se les dé la protección debida a medida que procuran enseñar los principios que les traen tanta satisfacción y son fundamentales para su vida, su fe y sus hondas aspiraciones de continuar con la estructura familiar que han venerado por tanto tiempo. Lo mismo se aplica a quienes se oponen al matrimonio entre personas del mismo sexo por otras razones”5.

Los efectos del matrimonio en los hijos

Consideremos ahora el efecto que esos cambios tienen en el matrimonio y en los hijos. Aproximadamente desde 1965, la tasa de divorcios en los Estados Unidos ha aumentado más del doble, aunque ha disminuido ligeramente en los últimos años (en parte debido a que el número de parejas solteras ha incrementado cerca de 15 veces, y sus frecuentes disoluciones no están incluidas en el índice de divorcios). Hoy en día, alrededor de la mitad de todos los matrimonios que se llevan a cabo por primera vez terminan en divorcio, y lo hacen también cerca del sesenta por ciento de los que se casan por segunda vez. En todo el mundo, Estados Unidos es el país más propenso al divorcio6.

Actualmente, el cuarenta por ciento de los recién nacidos en Estados Unidos tienen padres que no están casados. En 1960, la cifra era del cinco por ciento7. Alrededor del cincuenta por ciento de los adolescentes de hoy en día considera que el tener hijos fuera de los vínculos del matrimonio es un “estilo de vida que vale la pena”8. El porcentaje de niños de familias monoparentales desde 1960 se ha cuatriplicado, del ocho por ciento al treintaiún por ciento9. Más de la mitad de los matrimonios estadounidenses de hoy son precedidos por la cohabitación sin estar casados10. Lo que era sumamente anormal en la década de 1960 es la nueva normalidad.

En Europa, el ochenta por ciento de la población ahora aprueba la cohabitación sin casarse. En partes de Escandinavia, el ochenta y dos por ciento de los hijos primogénitos nacen fuera de los lazos del matrimonio11. Cuando vivimos en Alemania, hace poco, nos dimos cuenta de que entre los europeos, en muchos sentidos, el matrimonio ha dejado de existir. Como lo expresó un escritor francés, el matrimonio ha “perdido su magia para los jóvenes”, quienes cada vez más piensan que “el amor es esencialmente un asunto privado que no da lugar” a que la sociedad diga nada acerca de su matrimonio ni de sus hijos12.

Sin embargo, los hijos de padres divorciados o no casados tienen cerca de tres veces más problemas graves de conducta, emocionales y de desarrollo que los niños de familias con dos padres. Según todos los índices que analizan el bienestar de los niños, esos niños están mucho peor, y cuando los niños son disfuncionales, la sociedad se vuelve disfuncional. A continuación aparecen algunos ejemplos, reconociendo que algunos elementos de esas tendencias generales pueden tener múltiples causas. En las últimas cinco décadas:

  • La delincuencia juvenil ha aumentado seis veces.
  • Todas las formas de abandono y de abuso infantil se han quintuplicado.
  • Los trastornos psicológicos en los niños han empeorado, desde el abuso de drogas hasta trastornos alimentarios; y la depresión entre los niños ha aumentado mil por ciento.
  • La violencia doméstica contra la mujer ha aumentado, y hay cada vez más cantidad de niños que viven en la pobreza13.

¿Cuán graves son esos problemas? Tal como afirmó el presidente Hinckley en 1995, esos asuntos eran su “mayor preocupación”; y las tendencias que lo perturbaban en aquel entonces son ahora mucho peores. Un escritor de la revista Time lo expresó de esta manera:

“No hay ninguna otra fuerza individual que cause tanta penuria y sufrimiento humano en este país como el colapso del matrimonio; daña a los niños, reduce la seguridad económica de las madres y ha afectado con particular devastación a quienes menos pueden soportarlo: la clase marginada del país…

“Los pobres [han separado] la paternidad del matrimonio, y los que tienen seguridad financiera [destruyen] sus [propias] uniones si ya no se están divirtiendo”14.

Volver nuestro corazón

Izquierda: ilustración fotográfica por Janae Bingham.

Una hebra dorada raída en el tapiz social deshilachado refleja el núcleo del problema: los hijos; hueso de nuestros huesos, carne de nuestra carne. Algo cierto, e incluso sagrado, sobre la posteridad —los hijos, la procreación y los lazos eternos del afecto— resuena profundamente en el interior de los acordes místicos de nuestra memoria colectiva.

El vínculo entre el hijo y el padre es tan importante que Dios envió a Elías el Profeta, en 1836, para “volver el corazón” de los padres hacia los hijos, y de los hijos hacia los padres. Él dijo que, si esos corazones no se volvían el uno hacia el otro, “el mundo entero [sería] herido con una maldición” y “totalmente asolada” antes de que Cristo vuelva (D. y C. 110:15; José Smith—Historia 1:39; véase también Malaquías 4:6). En el mundo actual, parece que esos corazones se están volviendo más lejos el uno del otro en vez de acercarse.

¿Estamos viviendo ya en el tiempo de la maldición? Tal vez. Los niños de hoy (y por lo tanto la sociedad, la tierra) realmente están siendo “asolados” (devaluados, inutilizados, desamparados) por cada asunto que se ha analizado aquí.

La doctrina es clara, y lo corroboran años de investigación. No tenemos que volver a las leyes de familia de antaño, pero si sólo nos preocupáramos más por nuestros hijos y su futuro, la gente se casaría antes de tenerlos; se sacrificaría más, mucho más, para seguir casados; y siempre que fuera posible, a los hijos los criarían sus padres biológicos. Idealmente, no existirían los abortos electivos ni los nacimientos fuera de los lazos del matrimonio. Naturalmente, existen algunas excepciones; algunos divorcios son justificados, y con frecuencia la adopción es la mejor opción; no obstante, en principio, la proclamación sobre la familia de 1995 lo expresa perfectamente: “Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad”15.

Sin embargo, padecemos de amnesia colectiva; no estamos oyendo los acordes místicos de la memoria eterna, ni siquiera la reciente. El enemigo de nuestra felicidad quiere convencernos de que los lazos sagrados y duraderos del afecto familiar restringen, cuando en realidad ninguna otra relación es más liberadora y satisfactoria.

Edificar un buen matrimonio no es fácil: no se supone que lo sea; pero, cuando una cultura desorientada nos confunde acerca de lo que significa el matrimonio, tal vez estemos perdiendo la esperanza en los demás y en nosotros mismos demasiado pronto. Sin embargo, la perspectiva eterna del Evangelio, como se enseña en las Escrituras y en el templo, puede ayudarnos a trascender el caos moderno en cuanto al matrimonio hasta que nuestro matrimonio sea la experiencia más satisfactoria y santificadora —aunque quizá también la más exigente— de la vida.

Notas

1. En Dell Van Orden, “Pres. Hinckley Notes His 85th Birthday, Reminisces about Life”, Church News, 24 de junio de 1995, pág. 6; cursiva agregada.
2. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
3. Gordon B. Hinckley, en Sarah Jane Weaver, “President Hinckley Warns against Family Breakups”, Deseret News, 23 de abril de 2003, deseretnews.com.
4. Véase de Caitlin Flanagan, “Why Marriage Matters”, Time, 13 de julio de 2009, pág. 47.
5. Juez Anthony M. Kennedy, Obergefell vs. Hodges, EE. UU. 576, 2015.
6. Véase census.gov/compendia/statab/2011/tables/11s1335.pdf; see also Alan J. Hawkins, The Forever Initiative: A Feasible Public Policy Agenda to Help Couples Form and Sustain Healthy Marriages and Relationships, 2013, pág. 19.
7. Véase “‘Disastrous’ Illegitimacy Trends”, Washington Times, 1º de diciembre de 2006, washingtontimes.com.
8. Véase The State of Our Unions: Marriage in America 2012, 2012, págs. 101, 102.
9. Véase “One-Parent and Two-Parent Families 1960–2012”, Office of Financial Management, ofm.wa.gov/trends/social/fig204.asp.
10. Véase de Bruce C. Hafen, Covenant Hearts: Why Marriage Matters and How to Make It Last, 2013, pág. 227.
11. Véase de Noelle Knox, “Nordic Family Ties Don’t Mean Tying the Knot”, USA Today, 16 de diciembre de 2004, pág. 15, usatoday.com.
12. Report of the Mission of Inquiry on the Family and the Rights of Children, una comisión de estudio nombrada por la National Assembly of France, 25 de enero de 2006, pág. 32.
13. Véase de Hafen, Covenant Hearts, págs. 226–227.
14. Flanagan, “Why Marriage Matters”, pág. 47; cursiva agregada.
15. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, pág. 129.

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Las normas inalterables del Padre Celestial

Las normas inalterables del Padre Celestial

Por el élder Allan F. Packer
De los Setenta

Allan F. PackerTomado del discurso “Standards and Tolerance”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young-Idaho, el 13 de noviembre de 2012. Para leer el texto completo en inglés, véase byui.edu.

Las normas de Dios son inalterables y nadie puede cambiarlas; a las personas que piensan que eso es posible les espera una gran sorpresa en el Juicio Final.

Fotografía por smauy/iStock/Thinkstock.

Mi primer trabajo después de terminar los estudios universitarios fue en una importante fábrica de aviones. Mientras estaba allí, aprendí que para que los aviones fueran seguros, la compañía tenía especificaciones para cada una de sus piezas, y se tenía que certificar cada una de ellas para asegurar que cumpliera todos las normas estándar, entre ellas la forma, el tamaño, el material y las tolerancias.

Si la pieza cumplía con el estándar, se colocaba en el inventario para fabricar un avión; si no, se rechazaba y se devolvía al abastecedor. Los abastecedores de las piezas se aseguraban de comprender y satisfacer todos los requisitos, incluso las tolerancias.

¿Estarían ustedes dispuestos a viajar en un avión fabricado con piezas de calidad inferior? ¡Por supuesto que no! Querrían que todas las piezas excedieran el estándar. Sin embargo, hay personas que parecen muy dispuestas a adoptar normas de inferior calidad en su conducta. Sólo si ustedes conocen, entienden y viven la doctrina de Cristo, podrán adoptar la conducta requerida para ser merecedores de la exaltación.

Tolerancia es una palabra que se oye con frecuencia en la sociedad de hoy, generalmente en el contexto de tolerar o aceptar las culturas o conducta de los demás. A veces, la usan las personas que buscan la aprobación para hacer algo sin considerar el impacto que pueda tener en la sociedad o en los que los rodean. No es mi intención hablar sobre esa definición, sino concentrarme en la definición del vocablo como se usa en ingeniería y en la aplicación que tiene para nosotros.

Tolerancia es el margen de diferencia o variación aceptable de un estándar establecido. En una pieza fabricada, la tolerancia puede especificarse diciendo que es de unos 13 cm de largo, más o menos 0,0025 cm. Otra pieza quizás tenga la especificación de estar hecha de un material determinado con una pureza del 99,9 por ciento, como las barras de oro. El Señor ha establecido márgenes de tolerancia para ayudarnos a ser merecedores de la exaltación.

Las normas y el criterio para juzgar

Los estándares o normas para la salvación se llaman mandamientos, y es nuestro Padre Celestial quien los ha establecido. Esas normas se aplican a todas las partes de nuestra vida y en todo momento; no se aplican en forma selectiva a un determinado momento ni a cierta situación. Los mandamientos definen los márgenes de tolerancia que se exigen para merecer la exaltación.

Existe un criterio que, en cierto sentido, es como el proceso de certificación que debe pasar una pieza para un avión. Así como hay pruebas para calificar las piezas de una aeronave, nuestro Padre Celestial tiene un criterio para determinar si pasamos la certificación, y nos beneficiaría el conocer y satisfacer las normas dentro del margen de tolerancia que el Señor ha establecido.

Recordarán que las diez vírgenes en la parábola del Salvador fueron invitadas a la fiesta de bodas y que cuando llegó el novio, cinco tenían aceite y pudieron entrar con él, mientras que las otras cinco llegaron tarde y no pudieron entrar. (Véase Mateo 25:1-13).

Con respecto a esa parábola, el élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Los cálculos de esta parábola son espeluznantes. Las diez vírgenes obviamente representan a los miembros de la Iglesia de Cristo, porque todas fueron invitadas a las fiestas de bodas y todas sabían lo que se requería para ser admitidas cuando el esposo llegara; pero sólo la mitad estuvo lista cuando Él llegó”1.

Las primeras cinco vírgenes cumplieron las normas, y nosotros también debemos hacerlo.

Dios nos creó a Su propia imagen. El plan para nosotros en esta tierra es obtener un cuerpo, ganar experiencia, recibir las ordenanzas y perseverar hasta el fin; y se han establecido estándares y márgenes de tolerancia que debemos cumplir para merecer la exaltación. Dios ha prometido que podemos ser exaltados, pero también ha dicho: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).

Las normas y el albedrío

En el plan de salvación de Dios, se nos modela, se nos forma y se nos pule para que lleguemos a ser como Él; es algo que cada uno de nosotros debe experimentar individualmente.

“Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Dios ha decretado lo que debemos hacer y los estándares (o normas) que debemos cumplir. Lo verdaderamente extraordinario es que Él nos da el albedrío moral de decidir si aceptamos o no cumplir esas normas; no obstante, nuestras decisiones tienen consecuencias. Él nos dio el albedrío, pero no nos da la autoridad para cambiar las normas ni las consecuencias de nuestras decisiones.

Dado que hay normas y que tenemos el albedrío para decidir, hay un Juicio Final en el cual se evaluará a cada uno de nosotros para ver si cumplimos con el estándar o, en otras palabras, si hemos vivido de acuerdo con las normas y las tolerancias que Dios ha decretado. Su juicio será final.

La doctrina del arrepentimiento nos permite corregir o rectificar los defectos, pero es mejor concentrarse en cumplir las normas de Dios que pensar en invocar el principio del arrepentimiento antes del Juicio. Yo aprendí esa lección cuando era jovencito.

En mi adolescencia, pasaba los veranos trabajando en la hacienda de mi abuelo, situada en Wyoming, EE. UU. Era un establecimiento ganadero de más de ochocientas hectáreas, además de los campos de pastoreo. El trabajo de la hacienda requería gran cantidad de equipo, y como el centro más cercano para repararlo estaba muy lejos, mi abuelo nos enseñó a mantenerlo con mucho cuidado y a inspeccionar todo antes de salir a trabajar. Si algo se rompía, por lo general era a varios kilómetros de distancia de la casa, lo que implicaba tener que hacer una larga caminata.

No me llevó mucho tiempo aprender la ley de las consecuencias; siempre era mejor evitar los problemas que tener que caminar tanto. Lo mismo sucede con los mandamientos de nuestro Padre Celestial; Él conoce la diferencia entre alguien que está luchando sinceramente por llegar a ser como Él y una persona que está empujando los límites pero tratando de mantenerse apenas dentro de lo aceptable.

Las normas y la oposición

Actualmente, en el mundo hay quienes procuran desechar o cambiar las normas establecidas por Dios; pero eso no es nada nuevo.

“¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que ponen tinieblas por luz, y luz por tinieblas; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (2 Nefi 15:20).

No debemos dejarnos engañar ni prestar atención a lo que digan los que traten de convencernos de que las normas de Dios han cambiado; ellos no tienen autoridad para cambiarlas; solamente el diseñador, el Padre Celestial, puede cambiar las especificaciones.

Todos reconocemos lo ridículo que sería que un abastecedor de piezas de avión prestara atención a un inexperto en la materia que le aconsejara hacer cambios a las especificaciones o tolerancias de una pieza; ninguno de nosotros querría viajar en un avión fabricado con esa pieza.

Ilustración fotográfica por Thomas Lammeyer/Hemera/Thinkstock.

Del mismo modo, nadie acusaría de desconsiderado ni de intolerante a un fabricante de aviones que rechazara ese tipo de pieza; y el fabricante no se dejaría intimidar ni permitiría que lo obligaran a aceptar piezas que no le fuera posible certificar; el hacerlo pondría en peligro su negocio y la vida de los pasajeros que viajaran en sus aviones.

Eso también sucede con las leyes y los mandamientos de Dios; Sus normas son inalterables y nadie las puede cambiar; a las personas que piensan que eso es posible les espera una gran sorpresa en el Juicio Final.

El cumplir con las normas

Nuestro Padre Celestial es el diseñador del Plan de Salvación, y Él ha proporcionado todo lo que necesitamos para hacernos merecedores de regresar a Su presencia. Las normas se han establecido, se conocen y están disponibles para cada uno de nosotros.

El Salvador nos ha dicho que todos somos capaces de cumplirlas. La Palabra de Sabiduría es una evidencia de esto; explica que se da “como un principio con promesa, adaptada a la capacidad del débil y del más débil de todos los santos, que son o que pueden ser llamados santos” (D. y C. 89:3; cursiva agregada).

El Salvador también nos enseña que ninguno de nosotros va a ser “tentado más de lo que pueda resistir” (D. y C. 64:20), pero que debemos velar y orar “incesantemente” (Alma 13:28).

Ustedes tienen el poder para hacerlo, “porque el poder está en [ustedes], y en esto vienen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa” (D. y C. 58:28).

Ustedes pueden cumplir las normas y las tolerancias; tienen la capacidad para hacerse merecedores de la exaltación.

La guía del Espíritu Santo

Aprendemos las normas al asistir a la Iglesia, al estudiar las doctrinas que se encuentran en las Escrituras y en las palabras de los profetas modernos, y al actuar de acuerdo con ellas.

La mejor fuente de guía son las impresiones del Espíritu Santo, quien nos enseñará todo lo que debemos hacer (véase 2 Nefi 32:2–3). Con la ayuda del Espíritu Santo y la luz de Cristo (véase Moroni 7:16–18), podemos discernir el bien del mal y tener esa guía a lo largo de la vida; experimentamos sentimientos en el corazón y nos vienen pensamientos a la mente que nos brindan consuelo y dirección; y eso es verdad aun en el caso de los niños.

Dios ha prometido que nos ayudará en nuestro empeño por cumplir Sus normas. Así como no estaríamos dispuestos a viajar en un avión fabricado con piezas de calidad inferior, tampoco debemos aceptar ni practicar una conducta inferior. Sólo si conocemos, entendemos y vivimos la doctrina de Cristo podemos ser merecedores de la exaltación.

Nota

1. Véase de Dallin H. Oaks, “La preparación para la Segunda Venida”, Liahona, mayo de 2004, pág. 8.

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Los discípulos y la defensa del matrimonio

Los discípulos y la defensa del matrimonio

Russell M. NelsonPor el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “Disciples of Christ—Defenders of Marriage”, pronunciado durante la ceremonia de graduación de la Universidad Brigham Young, el 24 de agosto de 2014. Para el texto completo en inglés, véase speaches.byu.edu.

Los discípulos del Señor somos defensores del matrimonio tradicional; no podemos transigir. La historia no es nuestro juez; y tampoco lo es la sociedad secular; ¡Dios es nuestro juez!


Existe gran fortaleza en una unión sólida; juntos, los verdaderos compañeros pueden lograr más que la suma de lo que pueda hacer cada uno por sí solo. Si son verdaderos compañeros, uno más uno es mucho más que dos. Por ejemplo: los doctores William J. Mayo y su hermano, Charles H. Mayo, fundaron la Clínica Mayo; los abogados y otros profesionales forman juntos sociedades importantes. En el matrimonio, el esposo y la esposa pueden establecer la sociedad más trascendental de todas: una familia eterna. Seguir leyendo

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La ventana en la piscina

La ventana en la piscina

Por Becky Heiner
La autora vive en Utah, EE. UU.

Las relaciones familiares pueden ayudarnos a aprender, entender y vivir el Evangelio.

Ilustración por Allen Garns.

Ya se acababan nuestras vacaciones y aquella mañana, mientras desayunábamos, planificamos cómo aprovechar al máximo el tiempo que nos quedaba en el hotel antes del largo viaje de regreso a casa. Mi esposo decidió llevar a nuestras tres hijas a la piscina por última vez y yo aprovecharía la máquina de caminar que había en el gimnasio del hotel.

La máquina que seleccioné miraba hacia una enorme ventana desde la que se veía la piscina. Al poco rato, vi a una familia, mi familia, llegar a la piscina. Las toallas, el calzado y las camisetas volaron por el aire mientras las niñas, animadísimas, se preparaban para lanzarse al agua. Por lo general, yo estaría detrás de ellas recogiendo la ropa y el calzado y, sinceramente, algo molesta por tener que hacerlo. Sin embargo, ahora veía a la familia desde afuera, como si la ventana gigante fuera la pantalla de un cine. Observé la escena mientras mis pies caminaban rítmicamente por la cinta.

Vi lo felices que estaban todos, cómo reían y jugaban juntos, y pensé en las veces en que me había sentido desanimada por las pequeñas discusiones que inevitablemente surgen en una familia y por la intranquilidad de que, a pesar de mis mejores intenciones, no lograba enseñar a mis hijas a amarse las unas a las otras. Pero, mientras las observaba, vi a personas que eran felices juntas; descubrí que sí estaba enseñándoles a amarse mutuamente, sólo que no era capaz de apreciarlo.

Vi a una de las niñas saltar una y otra vez desde el borde de la piscina a los brazos de su papá; pensé en todos los grandes saltos que daría en la vida y tuve la esperanza de que confiara en que su Padre Celestial la agarraría cada vez que lo hiciera. Sabía que con cada salto estaba aprendiendo a tener confianza y que ser parte de nuestra familia era una manera segura de adquirir esa confianza.

Otra hija procuraba perfeccionar una técnica de natación y vi cómo su familia la alentaba a seguir intentándolo. En la vida tendría momentos en los que iba a necesitar ese mismo apoyo durante pruebas más difíciles.

Entonces vi cómo a nuestra tercera hija la empujaban accidentalmente a la piscina. Molesta y enojada, logró salir del agua balbuceando y se sentó en una silla. Su familia se percató de inmediato de su ausencia y vi cómo cada uno la animaba de manera amorosa para que volviera con ellos. Ella finalmente lo hizo, y pensé en su futuro, en todas las veces en que se haría daño y tendría el deseo de rendirse. Esperaba que siempre pudiera hallar en el amor de su familia la fortaleza para perseverar.

De pronto caí en la cuenta: nuestra familia puede ser una parte esencial para que logremos aprender, entender y vivir el Evangelio. Nefi indicó que “por pequeños medios el Señor puede realizar grandes cosas” (1 Nefi 16:29); y así es con las familias. Sí, los padres tienen dificultades, pero cada esfuerzo por enseñar, formar y amar, aun cuando sea pequeño, importa.

Mi pequeña película llegó a su fin. Al apagar la máquina de caminar y ver a mi familia recoger la ropa, sentí la determinación renovada de seguir adelante haciendo las cosas pequeñas que a veces me preocupa que no estén marcando ninguna diferencia.
La autora vive en Utah, EE. UU.

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El poder de la orientación familiar

El poder de la orientación familiar

Por Jeff B. Marler

¿Cómo íbamos a visitar a una familia que ni siquiera nos dejaba entrar en su casa?

Se me asignó ser maestro orientador con el hermano Erickson, un miembro anciano del barrio que era un maestro orientador devoto. Él me pidió que planificara las visitas, lo cual no me molestaba.

Una de nuestras familias, la familia Wright (el nombre ha sido cambiado) no participaba activamente en la Iglesia. Cuando les llamé por teléfono, el hermano Wright dijo: “No vuelva a llamarnos”.

Le conté al hermano Erickson lo sucedido. Al mes siguiente, cuando me pidió que volviera a llamar a los Wright, le recordé que el esposo no quería que lo llamásemos. El hermano Erickson insistió en que lo llamara de todos modos, así que lo hice. Cuando el hermano Wright contestó el teléfono, le pedí que no colgara y le dije que mi compañero de orientación familiar había insistido en que lo llamara. Le pregunté si podíamos hacer la orientación familiar por teléfono cada mes y él accedió.

A partir de entonces llamé a los Wright todos los meses. Cada vez que lo hacía, el hermano Wright me decía: “Ya hizo su llamada”, y me colgaba. Yo no tenía problema con eso y el hermano Erickson se contentaba con ello.

Pero, pasaron varios meses y el hermano Erickson sugirió que ayunásemos por la familia Wright. Estuve de acuerdo, así que un domingo oramos y ayunamos para encontrar una manera de llegar al corazón del hermano Wright. A la mañana siguiente, al pasar por la casa de los Wright de camino al trabajo, vi que él salía de la casa. Noté que había un camión de juguete bajo una de las ruedas traseras del vehículo, así que me detuve y se lo dije. Él me dio las gracias.

“Por cierto”, le dije, “yo soy su maestro orientador”.

De nuevo me dio las gracias mientras yo volví a emprender mi camino hacia el trabajo.

Llamé al hermano Erickson y le conté lo que había sucedido; entonces él me pidió que llamara al hermano Wright y fijara una cita de orientación familiar para la noche siguiente, lo cual hice. El hermano Wright contestó amablemente y aceptó. La visita con la familia fue muy buena y fijamos otra cita. Salí de la casa con un testimonio mayor del ayuno y la oración, así como de la importancia de ser maestro orientador.

Al final de esa semana, nos enteramos de que el hermano Wright había permitido a los misioneros de tiempo completo que empezaran a enseñar a su hija que tenía quince años. Ella llevaba meses orando para que a su padre se le ablandara el corazón y le permitiera bautizarse. Con el tiempo, la familia empezó a asistir a la Iglesia y el hermano Wright terminó por acceder a que su hija se bautizara; de hecho, fue él quien la bautizó.

Me siento agradecido porque el hermano Erickson estaba en armonía con el Espíritu. Su discernimiento durante esa experiencia me ayudó a ganar un mayor testimonio del poder y el potencial de la orientación familiar que se lleva a cabo con dedicación.
El autor vive en Arizona, EE. UU.

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Un reencuentro glorioso

Un reencuentro glorioso

Por Susan L. y C. Terry Warner

Décadas de separación y angustia llegaron a su fin cuando el Señor reunió a un padre y a un hijo en el templo.

Era una bella mañana de abril de 2012 cuando John Ekow-Mensah entró al Templo de Accra, Ghana. Este hermano anciano, de más de 80 años, había viajado con un grupo de santos desde Nkawkaw, donde vivía solo. Los planes del grupo consistían en pasar la noche en unos cuartos cercanos para los participantes del templo y pasar dos días prestando servicio en el templo.

Mientras el hermano Ekow-Mensah aguardaba sentado en el interior para participar en las ordenanzas iniciatorias, un hombre más joven se sentó a su lado. Ese hombre, de 54 años, había planeado realizar una sesión de investidura esa mañana con su esposa, pero como llegaron tarde para la sesión, decidió hacer ordenanzas iniciatorias.

“¿De dónde es?”, le preguntó el hermano Ekow-Mensah.

“De Sekondi”, respondió el hombre.

“¿De qué parte de Sekondi?”, preguntó el hermano Ekow-Mensah.

“De Ketan”, respondió el hombre, “de la zona donde están las escuelas”. Durante la conversación, ambos hombres intuyeron adónde podrían estar llevándoles las preguntas.

Impulsado por una sensación creciente de haberlo reconocido, el hombre miró al hermano Ekow-Mensah y dijo: “Usted es mi padre. ¿Cómo se llama?”.

“John Ekow-Mensah”.

“Yo también me llamo así”, respondió el hijo.

Ilustración por Brian Call; fotografía cortesía de los autores.

Tras prestar servicio en el templo, ambos hombres se sentaron un buen rato en el salón celestial, reconectando sus vidas y reavivando su amor. Si bien todo lo que hizo y dijo el hermano Ekow-Mensah, hijo, fue respetuoso y pertinente, parecía no estar listo para abrazar a su padre sin reservas, hasta que supo por qué había tenido que dejarlos y no había podido comunicarse con su familia.

Casi 50 años antes, el hermano Ekow-Mensah, padre, se había casado con una mujer cuya abuela —por aquel entonces, la matriarca de más edad— ejercía un poder dominante sobre la tribu. Tristemente, la matriarca se había opuesto al matrimonio de John con la nieta de ella y, ante su insistencia, la pareja terminó por separarse cuando el hijo mayor, John, hijo, tenía cuatro o cinco años. John, hijo, recordaba a su abuela como una mujer fuerte y trabajadora, no como la persona responsable de haberle impedido relacionarse con su padre biológico por casi 50 años.

Esencialmente, que lo expulsaran de la familia había cortado todos los lazos, y la falta de teléfonos o de servicio de correos impidió que John, padre, se mantuviese en contacto con su familia. Su búsqueda de empleo lo llevó a muchas horas de distancia. Vivió en Mankessim desde 1963 hasta 1989, donde dirigió una pequeña imprenta. De allí se trasladó a Ada, donde una mujer que vivía en el edificio que él estaba pintando le dio a conocer el evangelio de Jesucristo. El hermano Ekow-Mensah, padre, se unió a la Iglesia en 1991.

Dado que el hermano Ekow Mensah, hijo, era tan pequeño cuando se disolvió el matrimonio de sus padres, no sabía mucho acerca de su legado familiar. De vez en cuando, su madre mencionaba que él era una “copia exacta” de su padre, pero eso era todo lo que sabía.

Cuando creció y se casó, John y su esposa, Deborah, decidieron buscar una iglesia a la que unirse. John estaba en la Universidad de Ghana, en Accra, cuando vio un ejemplar de la revista Liahona en una estantería. La tomó y el contenido le interesó, de modo que se fijó en quién la publicaba: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Al regresar a su casa en Sekondi, después del período de clases, su esposa se mostró ansiosa por hablarle de una iglesia que había conocido a través de una amiga y cuyo nombre era La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. John le dijo que ésa era la iglesia de la que había leído en una revista en la universidad.

A John y a Deborah se les enseñó el Evangelio y se bautizaron en 1999. Una década más tarde, se sellaron en el Templo de Accra, Ghana, junto con tres de sus cinco hijos.

En ese mismo templo, en 2012, las lágrimas bañaron los ojos del padre y el hijo cuando se reconocieron. Su gozo fue aún mayor al darse cuenta de que cada uno había decidido unirse a la Iglesia y asistir al templo aquella hermosa mañana.

Los autores viven en Utah, EE. UU., y han prestado servicio en la Misión Ghana Accra.

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Los atributos divinos de Jesucristo: Manso y humilde

Los atributos divinos de Jesucristo: Manso y humilde

Estudie este material con espíritu de oración y procure saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender la vida y las funciones del Salvador aumentará su fe en Él y bendecirá a las hermanas que estén bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite reliefsociety.lds.org.

Este artículo es parte de una serie de mensajes de las maestras visitantes que presentan atributos divinos característicos del Salvador.

Jesús lava los pies de los Apóstoles, por Del Parson.

Jesús dijo: “…el mayor entre vosotros sea como el menor, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 22:26–27).

“…el Salvador es nuestro ejemplo supremo del poder de la humildad y de la sumisión. Después de todo, al someter Su voluntad al Padre llevó a cabo el más grande y aun el más poderoso acontecimiento de toda la historia. Tal vez algunas de las palabras más sagradas en las Escrituras sean, sencillamente, ‘…pero no se haga mi voluntad, sino la tuya’ (Lucas 22:42)”1.

Como discípulas de Jesucristo, siempre procuramos ser como Él. “La mansedumbre es vital para que lleguemos a ser más como Cristo”, dijo el élder Ulisses Soares, de los Setenta. “Sin ella no seremos capaces de desarrollar otras virtudes importantes. Ser manso no significa ser débil, sino que significa comportarse con bondad y gentileza, mostrando fortaleza, serenidad, sana autoestima y autocontrol”2. A medida que nos esforcemos por adquirir este atributo, descubriremos que “cuando nos sometemos con humildad a la voluntad del Padre, se nos otorga el poder de Dios, o sea, el poder de la humildad, el cual es el poder para enfrentarnos a las adversidades de la vida, el poder de la paz, el poder de la esperanza, el poder de un corazón que late con fervor con el amor y el testimonio del Salvador Jesucristo, a saber, el poder de la redención”3.

Escrituras adicionales

Mateo 26:39; Juan 5:30; Mosíah 3:19; Helamán 3:35

De las Escrituras

Uno de los momentos más dulces e impactantes del ministerio de Cristo fue cuando lavó los pies de Sus discípulos. “…se levantó de la cena, y se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido” (Juan 13:4–5).

Cuando el Salvador les presentó esta ordenanza, puede que los discípulos se sintieran desconcertados por el hecho de que su Señor y Maestro se arrodillara ante ellos y realizara tan humilde labor. Entonces, Jesús explicó las lecciones que Él deseaba que ellos y todos nosotros aprendiéramos:

“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.

“Porque ejemplo os he dado, para que así como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:14–15).

Considere lo siguiente

¿De qué forma el tener humildad puede ayudarnos a amar como el Salvador amó?

Notas
1. Richard C. Edgley, “El poder que otorga la humildad”, Liahona, noviembre de 2003, pág. 99.
2. Ulisses Soares, “Sean mansos y humildes de corazón”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 9.
3. Richard C. Edgley, “El poder que otorga la humildad”, pág. 99.

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Sean una luz

Sean una luz

Por el presidente Thomas S. Monson

Thomas S. MonsonHe tenido el privilegio de asistir a muchas celebraciones culturales que se han llevado a cabo en conjunto con las dedicaciones de templos. Todas me han gustado mucho, incluso la más reciente a la que asistí en Phoenix, Arizona, EE. UU., el pasado mes de noviembre.

Los jóvenes Santos de los Últimos Días que participan en las celebraciones culturales presentan programas maravillosos y memorables. El año pasado, en Phoenix, justo antes de la celebración, les dije a los participantes: “Ustedes son hijos de luz”.

Me gustaría que todos los jóvenes de la Iglesia sepan que son hijos de luz. Como tales, ellos tienen la responsabilidad de ser “luminares en el mundo” (Filipenses 2:15); tienen el deber de compartir las verdades del Evangelio. Son llamados a ser como un faro del templo, y reflejar la luz del Evangelio en un mundo cada vez más oscuro; tienen la responsabilidad de mantener su llama encendida y ardiendo con intensidad.

Sans titre-1Para que seamos “ejemplo de los creyentes” (1 Timoteo 4:12), nosotros mismos debemos creer; debemos obtener la fe necesaria para sobrevivir espiritualmente y para transmitir esa luz a los demás. Debemos nutrir nuestro testimonio hasta que llegue a ser un ancla en nuestra vida.

Entre las maneras más eficaces de obtener y mantener la fe que necesitamos hoy en día, se encuentran el leer y estudiar las Escrituras y el orar con frecuencia y constancia. A los jóvenes de la Iglesia les digo: si no lo han hecho todavía, establezcan ahora el hábito diario de orar y de estudiar las Escrituras. Sin estas dos prácticas esenciales, las influencias externas y las realidades de la vida, que en ocasiones son duras, pueden debilitar o aun extinguir su luz.

Los años de la adolescencia no son fáciles; son años importantes en los que Satanás los tentará y hará cuanto pueda para alejarlos del camino que los conduce de regreso al hogar celestial. Sin embargo, a medida que lean y oren, a medida que presten servicio y obedezcan, llegarán a conocer mejor “la luz que brilla en las tinieblas” (D. y C. 6:21), nuestro Ejemplo y fortaleza, aun el Señor Jesucristo. Él es la Luz que debemos sostener en alto para disipar las crecientes tinieblas (véase 3 Nefi 18:24).

Con un testimonio fuerte del Salvador y de Su evangelio restaurado, tienen oportunidades ilimitadas de brillar; se presentan a su alrededor todos los días, sin importar las circunstancias en las que se encuentren. A medida que sigan el ejemplo del Salvador, tendrán la oportunidad de ser una luz, por así decirlo, en la vida de aquellos que los rodean, ya sean miembros de su propia familia, compañeros de clase o del trabajo, simples conocidos o completos extraños.

Al ser una luz al mundo, las personas que los rodeen sentirán un espíritu especial que les hará querer relacionarse con ustedes y seguir su ejemplo.

Ruego a los padres y a los líderes de nuestros jóvenes que los ayuden a defender la verdad y la rectitud; ayuden a abrir ampliamente ante su vista las puertas del aprendizaje, del entendimiento y del servicio en el reino de Dios; edifiquen en ellos la fortaleza para resistir las tentaciones del mundo; infundan en ellos el deseo de caminar por las sendas de la virtud y de la fe, de orar siempre y de mirar hacia el cielo para que sea su ancla constante.

A nuestros jóvenes les digo: nuestro Padre Celestial los ama; y espero que también sientan el amor que los líderes de la Iglesia tienen por ustedes. Ruego que tengan el deseo de servir a su Padre Celestial y a Su Hijo, que siempre caminen en el sendero de la verdad y sean una luz entre los hijos de Dios.

Jóvenes

Un faro de luz

Agosto de 2015 LiahonaEl presidente Monson enseña que los jóvenes de la Iglesia “son llamados a ser como un faro del templo, y reflejar la luz del Evangelio en un mundo cada vez más oscuro”, y da algunas ideas de cómo hacerlo:

Compartir el Evangelio
Creer
Cultivar la fe
Ser una luz para los demás
Nutrir el testimonio hasta que llegue a ser un ancla en la vida
Leer y estudiar las Escrituras
Orar con frecuencia y constancia
Servir
Obedecer

Considera la posibilidad de calificarte del 1 al 5 en cada uno de estos aspectos y estudiar en las Escrituras aquellos temas en los que hayas obtenido una calificación más baja, o bien buscarlos en LDS.org. Después de estudiar esos temas, podrías pensar en maneras en las que puedes fortalecer esos aspectos y fijarte metas para hacerlo.

Niños

Deja que brille tu luz

Como hijo o hija de Dios, tú eres un hijo o una hija de luz. Puedes obtener más luz al seguir a nuestro Salvador, Jesucristo. Jesucristo y el Padre Celestial te aman y desean que tu luz brille ante los demás y los guíe a Cristo. Puedes brillar simplemente siendo tú mismo al guardar los mandamientos, como hacer tus oraciones y leer las Escrituras. Escribe dentro de las siguientes estrellas ideas de cómo puedes ser una luz para los demás al ser un ejemplo de Jesucristo. Las dos primeras ya se han llenado. Colorea las estrellas.

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Haz tú lo justo

HAZ TÚ LO JUSTO logo 4
por el élder Richard G. Scott
del Quórum de los Doce Apóstoles

Discurso pronunciado en una charla fogonera del Sistema Educativo de la Iglesia, en la Universidad Brigham Young, el 3 de marzo de 1996.

Elder Richard G. ScottLa felicidad en esta vida y en la eternidad depende de que tomes decisiones correctas y de que te aferres a ellas..

Sé que la mayoría de ustedes tiene la determinación de hacer lo correcto; que han tenido esos sentimientos en su corazón, de vivir dignamente sin importar lo que otras personas digan. También les hablo a aquellos que deseen tener tales sentimientos. Ustedes son de la generación más selecta que ha venido a la tierra; se han preparado bien en la existencia preterrenal y han sido seleccionados para venir en esta época singularmente importante en la que se ha desplegado el plan de nuestro Padre Celestial. Me conmueve profundamente el estar ante la presencia de ustedes. Me doy cuenta de que la mayoría de los jóvenes no tiene la más mínima idea de cuán verdaderamente capaces, nobles y maravillosos son.

He orado, meditado y trabajado en este mensaje porque sé que tú eres una hija o un hijo excepcional de nuestro Padre Celestial y deseo ayudarte. Al principio, tuve la fuerte sensación de analizar cómo hacer de tus sueños y aspiraciones nobles una realidad. Estoy seguro de que has atesorado sueños en cuanto a cómo desearías que fuera tu vida. Puesto que mi vida se ha adelantado a la tuya, he aprendido que mientras haya desafíos cada vez más grandes en el sendero, la vida es más bella. Al continuar ejercitando la fe en el Maestro y al ser obediente a Sus mandamientos, recibirás bendiciones magníficas. Algunas de esas bendiciones serán las que has soñado; otras Él las planifica y se hallan más allá de lo que puedas concebir ahora. Mi anhelo sincero es ayudarte a vivir para que tus sueños dignos se hagan una realidad.

He tenido que luchar con varias formas diferentes de comunicar los principios que conozco bien —que si se entienden y se aplican te ayudarán muchísimo—, y me di cuenta de que todavía no hallaba una manera satisfactoria de expresar lo que sé que es verdadero. Entonces, me envolvió una paz; sentí que si me esforzaba lo mejor que podía para hablarte, y tú escuchabas con una mente y corazón abiertos, con verdadera intención, teniendo fe en el Señor, entonces no importaría demasiado lo que yo diría: tú recibirás las impresiones que se adaptarán a tus necesidades. Cuando escribas esas impresiones, y las sigas, serán guías para tu vida y te ayudarán a lograr tus sueños justos.

Estás en una época de tu vida donde hay muchas decisiones críticas que tienen que tomarse, y te sientes inseguro de tu capacidad para tomarlas, lo cual es comprensible. Vives en un mundo donde es cada vez más difícil tener la certeza de que tus aspiraciones y sueños dignos serán una realidad al evitar las seducciones y tentaciones que Satanás pondrá en tu camino con el fin de destruirte. Puedes tener dudas en cuanto a tu valor personal. Deseas ser aceptado; tienes interrogantes sobre tu futuro y sobre cómo ganar amistades verdaderas y constantes. Deseas encontrar una compañera o un compañero eterno que tenga los mismos deseos de vivir dignamente y de lograr mucho de lo bueno que hay en esta vida. Deseas saber si la persona que comienzas a amar es efectivamente la que será tu compañera o compañero eterno, pero no estás seguro de la habilidad que tienes para decidir. Estás progresando en la disciplina espiritual, eso es, la aptitud que tienes de discernir los susurros del Espíritu y la facultad de seguirlos. Con el tiempo, esa aptitud aumentará y crecerá cada vez más fuerte hasta que se convierta en algo cada vez más fácil y más fácil hasta hacer automáticamente lo correcto. Has edificado un escudo en contra de la tentación. Pero ahora, puesto que esa disciplina espiritual está desarrollándose, debes tener mucho cuidado y evitar elecciones que te harán salir del camino de la felicidad.

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El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud

El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud

Por el presidente Gordon B. Hinckley

Discurso dado a los jóvenes y a los jóvenes adultos solteros el 12 de noviembre de 2000 en el Centro de Conferencias, en Salt Lake City, y que se transmitió vía satélite por toda la Iglesia.

Creo que no ha habido una reunión como ésta en la Iglesia. Hay tantos de ustedes reunidos aquí en esta noche, ¡y qué bien se ven!

Algunos han venido con dudas; otros han venido con grandes expectativas. Quiero que sepan que he estado de rodillas pidiéndole al Señor que me bendiga con el poder, la capacidad y las palabras para llegar al corazón de ustedes.

Lejos de esta sala hay otros cientos de miles que se unen a nosotros. A cada uno de ustedes les digo, bienvenidos. Estoy agradecido por la tremenda oportunidad que tengo de dirigirme a ustedes, y me doy cuenta de cuán importante es.

Ya soy de edad avanzada; tengo más de 90 años. He vivido una larga vida, y he vivido sintiendo gran amor por los jóvenes y las jovencitas de esta Iglesia. ¡Qué grupo tan maravilloso son todos ustedes! Hablan varios idiomas; todos forman parte de una gran familia; pero cada uno es una sola persona, con sus problemas, deseando tener las respuestas a las cosas que les desconciertan y les preocupan. Les amamos mucho y oramos constantemente para tener la inteligencia para ayudarles. Su vida está llena de decisiones difíciles, de sueños, esperanzas y anhelos para encontrar aquello que les traerá paz y felicidad.

Una vez, hace ya mucho tiempo, tuve la edad de ustedes. No me preocupaban las drogas ni la pornografía porque en aquel entonces no las había. Me preocupaban los estudios y lo que llegaría a ser. Era la época de la terrible depresión económica. Me preocupaba cómo me ganaría la vida. Fui en una misión después de que terminé los estudios de universidad. Fui a Inglaterra; viajamos por tren hasta Chicago donde atravesamos la ciudad en autobús hasta llegar a Nueva York; allí abordamos el vapor que saldría para las Islas Británicas. Al viajar en el autobús por Chicago, una mujer le preguntó al conductor: “¿Qué edificio es aquél?”. Él respondió: “Señora, ese es el Edificio de la Junta de Comercio de Chicago. Todas las semanas, alguien que ha perdido su fortuna se deja caer desde una de las ventanas; no halla razón para seguir viviendo”.

Así eran aquellos tiempos; deplorables y peligrosos. Nadie que no haya vivido en ese período jamás llegará a comprenderlo totalmente. Espero de todo corazón que nunca volvamos a pasar por algo semejante. Seguir leyendo

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Importancia del matrimonio celestial

IMPORTANCIA DEL MATRIMONIO CELESTIALlogo 4
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballQuizá el matrimonio sea la más importante de todas las decisiones que el hombre debe tomar y la que tiene efectos de mayor proyección, pues no tiene que ver solamente con la felicidad inmediata, sino también con el gozo eterno; no afecta únicamente a los cónyuges sino también a sus familiares, particularmente a sus hijos y a los descendientes de sus hijos hasta las últimas generaciones.

Es muy importante preguntarse: «¿Con quién me casaré?» La respuesta adecuada a esta pregunta es la que acarrea la respuesta adecuada a muchas otras. Si os desposáis con la persona apropiada y lo hacéis en el lugar en que debe hacerse, entonces tendréis una probabilidad infinitamente mayor de felicidad eterna.

Por lo tanto, esta decisión no debe tomarse repentinamente, sin meditación y preparación; es algo que debe planearse durante toda la vida. Ciertamente, debe efectuarse el planeamiento más minucioso pensando, orando y ayunando, a fin de asegurarse de que entre todas las decisiones, precisamente ésta no sea la incorrecta.

En el matrimonio verdadero debe existir una unión de intenciones así como de sentimientos. No se debe permitir que sean las emociones que determinen enteramente cuáles han de ser las decisiones a tomar, sino que la mente y el corazón, fortalecidos por el ayuno, la oración y la consideración sincera, darán al individuo la posibilidad máxima de lograr la felicidad marital.

Casamiento de personas de credos diferentes

Si no hay una fe común, en el camino surgirán problemas. Al casarse dos personas que tienen normas diferentes, formas distintas de encarar la vida y toda una formación dispar, se produce una situación muy difícil de resolver. Hay excepciones, pero en general tendrán grandes dificultades.

He advertido a los jóvenes en cuanto a los riesgos de los casamientos entre personas de religiones diferentes y de los pesares y las desilusiones que provienen de casarse con alguien que no es miembro de la Iglesia. Pero de parte de los jóvenes parece existir una tendencia a formar su propia opinión y a alcanzar sus propias conclusiones para determinar lo bueno o lo malo de todas las cosas.

Nos interesa y preocupa que tantas personas de la Iglesia se casen mediante los oficios de jueces de paz, ministros de otras religiones u obispos, disponiendo como se dispone de templos de Dios que asegura que si hay rectitud, habrá felicidad eterna. Seguir leyendo

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Y se multiplicará la paz de tus hijos

«Y SE MULTIPLICARÁ LA PAZ DE TUS HIJOS»logo 4
Presidente Gordon B. Hinckley
Gordon B. Hinckley

«En lo que toca a su felicidad, en lo que toca a las cosas que les hacen sentirse orgullosos o ponerse tristes, nada, repito que nada, surtirá en ustedes un efecto tan profundo como la forma en que resulten ser sus hijos».

Los jóvenes han recibido aquí, esta noche, consejos excelentes. Confío en que hayan escuchado bien y que influyan en sus vidas para bien.

He resuelto hablar a los padres de familia. Ustedes ya saben de qué voy a hablar. Sus esposas les habrán recordado que éste sería el tema que trataría en esta ocasión, puesto que se los dije en la conferencia de la Sociedad de Socorro hace dos semanas. Les diré a ustedes algunas de las mismas cosas que les dije a ellas. Les recuerdo que la repetición es una de las leyes del aprendizaje.

Éste es un asunto que tomo con gran seriedad. Es un asunto que me preocupa hondamente. Espero que no lo tomen con ligereza. Se relaciona con lo más valioso que tienen. En lo que toca a su felicidad, en lo que toca a las cosas que les hacen sentirse orgullosos o ponerse tristes, nada, repito que nada, surtirá en ustedes un efecto tan profundo como la forma en que resulten ser sus hijos.

O se alegrarán y se regocijarán por los logros de ellos o llorarán, con la cabeza entre las manos, desconsolados y deshechos de dolor si les llenan de desilusión y de vergüenza. Muchos de ustedes se encuentran en esta reunión con sus hijos, por lo que los felicito de corazón. También los felicito a ellos. Los unos y los otros están en la mejor compañía. Me siento muy orgulloso de muchísimos de nuestros jóvenes: muchachos y niñas. Son inteligentes. Tienen autodisciplina. Saben sopesar las consecuencias de los actos. Tienen la cabeza bien puesta. Esta noche se encuentran en el lugar en el que deben estar. Algunos forman parte de este coro; otros se encuentran entre congregaciones por todo el mundo; otros están en el campo misional; otros prosiguen estudios con gran esfuerzo, dejando a un lado placeres presentes con la mira de oportunidades futuras. Les admiro. Les amo. Y ustedes sienten lo mismo. Son nuestros hijos y nuestras hijas.

Espero, ruego, suplico que ellos continúen en el camino por el que ahora van.

Pero, es triste decirlo, sé que hay algunos jóvenes y algunas jóvenes que han caído y están cayendo en el pantano de la inmoralidad, de las drogas, de la pornografía y del fracaso. Espero que sean una minoría entre sus compañeros, pero la pérdida de tan sólo uno de ellos es demasiado. Seguir leyendo

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