CONVERSACIÓN CON LOS MAESTROS
Presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles
Discurso dirigido a los maestros de educación religiosa del SEI
• 9 de febrero de 2008 • Tabernáculo de Salt Lake

Es un placer estar aquí. La primera vez que estuve ante este púlpito en este maravilloso tabernáculo fue hace 42 años; David O. McKay era el presidente de la Iglesia. Esa fue la primera vez que yo iba a hablar en una conferencia. Creo que estoy un poco menos nervioso que en aquella ocasión, ¡pero no mucho!
Alma Sonne, que tenía más antigüedad entre los Ayudantes de los Doce, como se nos conocía por aquel entonces, era de Logan. Era un hombre corpulento, de voz sonora, y solía llamarme “hermanito”. Cuando yo estaba a punto de tomar la palabra, me dijo: “Hermanito, sentirá un gran Espíritu cuando llegue a ese púlpito”. Y supe que era verdad.
Hace algunos años, en San Francisco, a una amiga nuestra la invitaron a cantar en una reunión, pues tenía una hermosa voz de contralto. Dijeron que enviarían un auto para recogerla; ella era una jovencita en aquel tiempo cuando se sentó en el asiento trasero del auto, al lado del presidente Heber J. Grant.
De camino a la reunión, el presidente Grant le dijo: “Estoy muy nervioso”.
A lo que ella le respondió: “¿Por qué, presidente Grant?, no puedo creer eso. ¿Usted se pone nervioso después de todos estos años?”.
Él respondió: “Sí, querida, y si algún día dejo de estarlo, no seré lo que debo ser en el llamamiento que tengo”.
Aprendí mucho de esas palabras; aprendí que no debemos dejar que nuestros temores nos controlen.
El segundo versículo de la sección 46 de Doctrina y Convenios dice, refiriéndose a los élderes de la Iglesia: “Pero a pesar de las cosas que están escritas” —hacer caso omiso de todo lo que está disponible— “siempre se ha concedido a los élderes de mi iglesia desde el principio, y siempre será así, dirigir todas las reuniones conforme los oriente y los guíe el Santo Espíritu”.
Tenemos entonces la promesa de que todos podemos reclamar el don del Espíritu Santo, tal y como se nos confiere como miembros de la Iglesia, junto con la poderosa Luz de Cristo, que llevamos en nuestro interior; la promesa de que “os será dado en [el momento preciso] la porción que le será medida a cada hombre” (D. y C. 84:85). ¡Cuántas veces he confiado en eso, como lo hago en este momento!
Ustedes pueden enseñar las clases
Voy a leer uno o dos pasajes de las Escrituras que he apuntado:
“Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender;
“de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos” (D. y C. 88:78–79).
En la Iglesia, si contamos (y pueden hacerlo de muchas maneras) a las personas que llevan el título de “maestro” en sus llamamientos, en sus ordenaciones o apartamientos, de hecho la cifra es un poco por debajo de cuatro millones cuando pensamos en los maestros orientadores, en los maestros de las organizaciones auxiliares y del sacerdocio; y si añadimos a los padres, esto por supuesto podría exceder los cuatro millones, ya que se les ha dado el mandamiento de “criar a [sus] hijos en la luz y la verdad” (D. y C 93:40).
En la Escritura está la promesa: “La luz y la verdad desechan a aquel inicuo… Pero yo os he mandado criar a vuestros hijos en la luz y la verdad” (D. y C. 93:37, 40).
En el pasaje que leí anteriormente habla acerca de “cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer” (D. y C. 88:78–79).
Lo que Pablo escribió a Timoteo, lo cual dio como una profecía, yo lo leeré como una descripción o proclamación que describe nuestra situación actual. Me he tomado la libertad de modificar unas pocas palabras:
“También debes saber esto: que en los postreros días [han venido] tiempos peligrosos.
“Porque [hay] hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,
“sin afecto natural” —una expresión muy poderosa que describe nuestra situación actual— “implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
“traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios”.
Entonces, curiosamente dice: “que [tienen] apariencia de piedad, pero [niegan] la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:1–5).
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