Segundo libro de los Reyes

Capítulo 5


El capítulo presenta un poderoso contraste entre la fe humilde y el orgullo humano, revelando que la gracia de Dios se recibe mediante obediencia sencilla y no por mérito o estatus . Naamán, a pesar de su grandeza y poder, no puede sanar su lepra por medios humanos, lo que subraya la limitación de la condición humana frente a la necesidad espiritual. La instrucción aparentemente simple de Eliseo —lavarse en el Jordán— confronta su orgullo, mostrando que muchas veces el mayor obstáculo para recibir las bendiciones de Dios no es la dificultad del mandato, sino la resistencia del corazón. Este relato enseña que el poder de Dios se activa cuando el hombre se somete con humildad a Su palabra, aun cuando esta desafíe sus expectativas.

Asimismo, el capítulo introduce una profunda lección sobre la integridad en la obra de Dios a través del contraste entre Eliseo y Giezi . Mientras Eliseo rehúsa toda recompensa, demostrando que los dones de Dios no pueden comprarse ni negociarse, Giezi sucumbe a la codicia y al engaño, perdiendo así la bendición espiritual que había presenciado, esto establece que la verdadera relación con Dios requiere pureza de intención y fidelidad absoluta, tanto en recibir como en administrar las bendiciones divinas. El relato concluye afirmando que Dios no solo sana y transforma, sino que también juzga el corazón, enseñando que la gracia se recibe con humildad, pero se pierde cuando se corrompe con intereses personales.


2 Reyes 5:1 — “…era valeroso en extremo, pero leproso.”
Enseña que el éxito y la grandeza humana no eliminan la necesidad espiritual; todos dependen de Dios.

La descripción de Naamán encierra una tensión doctrinal profunda entre la grandeza externa y la necesidad interna del ser humano, el texto presenta a un hombre que, a los ojos del mundo, lo tiene todo: honor, poder, reconocimiento y éxito militar. Sin embargo, la lepra simboliza una realidad más profunda: la fragilidad inherente de la condición humana, que no puede ser resuelta por logros personales ni por posición social. Este contraste enseña que ninguna medida de éxito terrenal puede sustituir la necesidad de la intervención divina; todos, sin excepción, dependen de Dios para su sanidad y plenitud.

Asimismo, el versículo establece un principio universal sobre la naturaleza del pecado y la debilidad humana: estas pueden coexistir con aparente fortaleza exterior. Naamán no es definido únicamente por su lepra, pero tampoco puede escapar de ella por sus propios medios, esto refleja que el ser humano puede destacar en muchos aspectos de la vida y, aun así, cargar con una necesidad espiritual profunda que solo Dios puede sanar. El pasaje invita a una introspección sincera: reconocer que detrás de toda autosuficiencia aparente existe una dependencia real de la gracia divina. Así, la grandeza de Naamán no es negada, pero es recontextualizada, mostrando que la verdadera plenitud solo se alcanza cuando se reconoce y se acude a Dios como la fuente de sanidad total.


2 Reyes 5:3 — “…si rogase mi señor al profeta… él lo sanaría…”
Resalta el testimonio sencillo y la fe de una persona humilde como instrumento de Dios.

La declaración de la joven cautiva revela un principio doctrinal profundamente significativo: Dios obra a través de instrumentos humildes para manifestar Su poder, esta muchacha, aparentemente insignificante en estatus social, se convierte en el canal inicial de la sanidad de Naamán. Su testimonio no es complejo ni elaborado, pero está lleno de convicción y fe. Este versículo enseña que la eficacia del testimonio no depende de la posición o el reconocimiento, sino de la certeza espiritual con la que se expresa; Dios utiliza a los humildes para llevar a cabo Sus propósitos mayores.

Asimismo, el pasaje subraya que la fe verdadera no solo cree, sino que comparte. La joven no guarda su conocimiento, sino que lo comunica con la intención de bendecir a otro, aun siendo parte de una situación adversa, esto establece que el testimonio personal puede convertirse en el punto de partida para la transformación de otros. Su declaración refleja una confianza plena en el poder de Dios y en Sus siervos autorizados, mostrando que la obra divina muchas veces comienza con una voz sencilla que apunta hacia la fuente correcta. Así, el versículo invita a reconocer que ninguna circunstancia limita la capacidad de influir espiritualmente, y que un testimonio fiel puede abrir el camino para milagros mayores.


La doble porción del espíritu de Elías hizo famoso a Eliseo. Sus primeros milagros debieron haber sido muy conocidos y tema de frecuentes conversaciones, incluso fuera de Israel.

“No existe evidencia en las Escrituras de que Eliseo u otro profeta de aquella época hubiera sanado alguna vez a un ‘leproso’; sin embargo, la joven sierva creía que un verdadero profeta de Dios podía hacerlo. Uno se pregunta qué circunstancias había observado, oído o experimentado para llegar a tener esta fe inquebrantable en el poder del sacerdocio. ¿Había ella, o alguien que conocía, estado enfermo, desanimado o perdido, solo para ser hallado o sanado por un poder que no era de este mundo? Una vez que poseemos un testimonio firme del poder de Dios, nuestra comprensión puede expandirse hasta aceptar la verdad de que nada es imposible para el Señor. Cualquiera que haya sido su experiencia previa con el poder del sacerdocio, esta pequeña niña testificó a la esposa de Naamán que un profeta en Samaria, la capital de Israel, podía sanarlo, si tan solo iba a consultarle (2 Reyes 5:3).” (Camille Fronk Olson, Women of the Old Testament, [Salt Lake City: Deseret Book, 2009], 256)

A continuación, se presenta una lista rápida de los milagros de Eliseo hasta este punto:

  • Eliseo divide las aguas del Jordán, demostrando su oficio profético al igual que Moisés, Josué y Elías (2 Reyes 2:14).
  • Eliseo sana las aguas amargas de Jericó, prefigurando la sanidad mesiánica de las aguas del Mar Muerto (2 Reyes 2:19–22; Ezequiel 47).
  • Eliseo castiga al grupo de jóvenes burlones, demostrando el poder para maldecir así como para bendecir (2 Reyes 2:23–25).
  • Eliseo profetiza victoria contra los moabitas (2 Reyes 3:17–20), demostrando que Jehová todavía peleará las batallas de Israel si siguen al profeta.
  • Eliseo multiplica el aceite de la viuda, permitiéndole pagar sus deudas, recordando a la viuda de Elías cuyo aceite no faltó, y simbolizando también la expiación misma: que la gracia de Dios paga al acreedor de la justicia para evitar que terminemos en la prisión espiritual de los deudores (2 Reyes 4:1–7).
  • Eliseo promete a la mujer sunamita estéril que dará a luz un hijo, símbolo de la promesa dada a Sara y Abraham (2 Reyes 4:14–17).
  • Eliseo sana al niño después de su muerte, nuevamente recordando el milagro de Elías y demostrando su poder sobre la muerte (2 Reyes 4:18–37).

George Q. Cannon: Dios acompañaba a ese hombre [Eliseo] con Su poder dondequiera que iba. Fue un profeta grande y poderoso; tan grande y tan poderoso, que se relata de él que después de su muerte una banda de moabitas entró en la tierra. El pueblo de Israel estaba sepultando a un hombre. Mientras realizaban este acto, se asustaron al ver aquella banda de hombres y arrojaron el cuerpo en el sepulcro de Eliseo; y cuando el hombre fue bajado y tocó los huesos de Eliseo, revivió y se puso de pie. Fue un gran profeta, y recibió esos dones y este poder de Dios, los cuales Él concede a todos aquellos que reciben el Sacerdocio eterno y procuran magnificarlo en su espíritu. (Journal of Discourses, 26:58).


2 Reyes 5:7 — “¿Acaso soy yo Dios, que da muerte y que da vida…?”
Afirma que solo Dios tiene poder sobre la vida, la sanidad y la restauración.

La exclamación del rey de Israel revela una verdad doctrinal fundamental: el poder sobre la vida, la muerte y la sanidad pertenece exclusivamente a Dios, el rey reconoce correctamente su incapacidad para realizar tal milagro, pero su reacción está dominada por el temor y la confusión, no por la fe. Interpreta la petición como una amenaza política en lugar de una oportunidad para la manifestación del poder divino. Este versículo ilustra que reconocer los límites humanos es necesario, pero insuficiente si no se combina con la confianza en que Dios puede obrar más allá de esos límites.

Asimismo, el pasaje enseña que la percepción espiritual determina la manera en que se interpretan las circunstancias. El rey ve un problema insoluble, mientras que Eliseo, en el versículo siguiente, ve una ocasión para revelar a Dios, esto establece un contraste claro entre el temor sin revelación y la fe basada en la autoridad divina. El versículo invita a reflexionar sobre nuestra propia respuesta ante situaciones que exceden nuestra capacidad: ¿nos detenemos en nuestra limitación o dirigimos la mirada hacia el poder de Dios? Así, la enseñanza central es que reconocer que no somos Dios debe conducirnos no a la desesperación, sino a la dependencia de Aquel que sí lo es.


2 Reyes 5:8 — “…sabrá que hay profeta en Israel.”
Enseña que Dios se revela por medio de Sus siervos autorizados.

La declaración de Eliseo establece un principio doctrinal central sobre la revelación divina y la autoridad profética, Eliseo no busca exaltar su propia persona, sino afirmar que Dios continúa hablando y obrando entre Su pueblo por medio de siervos autorizados. La sanidad de Naamán no será simplemente un milagro aislado, sino una manifestación visible de que Dios no está ausente ni distante, sino activo y accesible. Este versículo enseña que la presencia de un profeta es evidencia de la continuidad de la comunicación divina, y que los actos poderosos de Dios tienen como propósito confirmar esa realidad ante quienes la desconocen.

Asimismo, el pasaje subraya que el conocimiento de Dios no es meramente intelectual, sino experiencial. Naamán no solo escuchará acerca del profeta, sino que llegará a “saber” mediante una experiencia directa con el poder de Dios, esto enseña que Dios se revela de manera que transforma la comprensión y conduce al reconocimiento de Su autoridad. El versículo invita a reflexionar sobre la importancia de acudir a las fuentes divinamente establecidas para recibir guía y verdad. Así, se afirma un principio eterno: Dios no deja a Su pueblo sin dirección, y Su obra se manifiesta para que el mundo sepa que Él sigue hablando y actuando por medio de Sus siervos.


2 Reyes 5:10 — “…lávate siete veces… y serás limpio.”
Muestra que la obediencia simple a la palabra de Dios trae sanidad y bendición.

La instrucción revela un principio doctrinal esencial: la sanidad divina se recibe mediante obediencia sencilla y exacta a la palabra de Dios, el mandato de Eliseo no contiene complejidad ni espectacularidad, lo cual confronta directamente las expectativas de Naamán, quien esperaba un acto más visible y grandioso. Sin embargo, este pasaje enseña que el poder de Dios no se manifiesta según los criterios humanos, sino conforme a Su propia voluntad; lo aparentemente simple se convierte en el medio por el cual se realiza lo extraordinario.

Asimismo, el versículo subraya que la plenitud de la bendición está vinculada a la obediencia completa. El número de veces —siete— implica totalidad y cumplimiento exacto, indicando que no basta con una obediencia parcial o selectiva, esto establece que la fe verdadera se demuestra al seguir las instrucciones divinas sin alterarlas según la conveniencia personal. La limpieza prometida no depende del acto físico en sí, sino de la respuesta fiel a la palabra revelada. Así, el pasaje invita al creyente a confiar en que incluso los mandatos más simples, cuando provienen de Dios, contienen el poder para transformar completamente la vida.


2 Reyes 5:11–12 — “…se fue enojado…”
Ilustra cómo el orgullo puede impedir recibir las bendiciones de Dios.

La reacción de Naamán revela un principio doctrinal profundo sobre el conflicto entre el orgullo humano y la obediencia a la voluntad de Dios, su enojo no surge por falta de oportunidad, sino por expectativas no cumplidas: él había imaginado un proceso más solemne, visible y acorde a su estatus. Al no recibir el tipo de intervención que esperaba, rechaza la instrucción divina. Este pasaje enseña que el orgullo no siempre se manifiesta como rechazo abierto a Dios, sino como resistencia a aceptar que Él obra de maneras distintas a nuestras expectativas. El problema de Naamán no es incredulidad absoluta, sino una fe condicionada por su propia lógica.

Asimismo, el versículo subraya que la familiaridad o la percepción de superioridad pueden impedir reconocer el poder de Dios en medios aparentemente sencillos. Al comparar los ríos de Damasco con el Jordán, Naamán evalúa la instrucción divina desde criterios humanos, perdiendo de vista que el poder no reside en el agua, sino en la palabra de Dios, esto establece que muchas bendiciones se pierden cuando el hombre insiste en que Dios actúe conforme a sus preferencias. El pasaje invita a una introspección sincera: ¿estamos dispuestos a obedecer aun cuando el camino no coincide con nuestras expectativas? Así, se enseña que la humildad es indispensable para recibir la gracia divina, y que el enojo puede ser, en realidad, una señal de resistencia interior a la voluntad de Dios.


Gordon B. Hinckley: Naamán se sintió insultado de que se le dijera que se lavara en el Jordán cuando había corrientes más limpias en su propia tierra, y “se volvió y se fue furioso”.

Pero sus siervos le rogaron que hiciera lo que Eliseo había sugerido. Finalmente, el orgulloso capitán cedió, y las Escrituras registran: “Entonces descendió y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño pequeño, y quedó limpio”. (Véase 2 Reyes 5:1–14).

Y así repito: no permitan que el orgullo se interponga en su camino. El camino del evangelio es un camino sencillo. Algunos de los requisitos pueden parecerles elementales e innecesarios. No los desprecien. Humíllense y anden en obediencia. Les prometo que los resultados que seguirán serán maravillosos de contemplar y satisfactorios de experimentar. (“Everything to Gain—Nothing to Lose”, Ensign, noviembre de 1976, pág. 96).


2 Reyes 5:13 — “…¡cuánto más si solo te ha dicho: Lávate…!”
Enseña que lo sencillo no debe despreciarse; la fe se demuestra en lo simple.

La exhortación de los siervos introduce un principio doctrinal profundamente revelador: la simplicidad de los mandatos divinos no disminuye su poder, sino que pone a prueba la disposición del corazón, los siervos de Naamán apelan a la lógica espiritual: si él estaría dispuesto a realizar algo grande o difícil para obtener sanidad, con mayor razón debería obedecer una instrucción sencilla. Este versículo enseña que el obstáculo no es la dificultad del mandamiento, sino la humildad necesaria para aceptarlo; muchas veces lo simple exige una mayor rendición del ego que lo complejo.

Asimismo, el pasaje resalta el papel de voces secundarias en el proceso de conversión y obediencia. No es el profeta quien persuade directamente en este momento, sino los siervos, mostrando que Dios puede utilizar diferentes instrumentos para guiar al individuo hacia la obediencia, esto establece que la verdad puede ser confirmada y reforzada por medios inesperados, y que la sabiduría consiste en estar dispuesto a escuchar. El versículo invita a reflexionar sobre nuestra propia respuesta ante los mandamientos de Dios: ¿rechazamos lo sencillo por parecer insignificante, o reconocemos en ello el poder transformador de la palabra divina? Así, se afirma que la obediencia humilde, incluso en lo pequeño, es el camino hacia las bendiciones mayores.


2 Reyes 5:13 — “Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías?”

Este versículo revela una de las grandes paradojas del discipulado: muchas veces estamos dispuestos a hacer cosas difíciles, impresionantes o extraordinarias para demostrar nuestra fe, pero tropezamos con los mandamientos sencillos y cotidianos. Naamán esperaba una manifestación grandiosa de poder, pero el Señor eligió sanarlo mediante un acto humilde y simple: lavarse en el Jordán. La verdadera prueba no era la dificultad de la tarea, sino la disposición de obedecer con humildad. Con frecuencia, el Señor obra “de cosas pequeñas” para producir milagros espirituales y transformar el corazón humano.

La pregunta de los siervos de Naamán también se convierte en una pregunta para cada discípulo de Jesucristo: ¿estamos dispuestos a obedecer incluso cuando el consejo profético parece ordinario? Muchas de las mayores bendiciones del Evangelio vienen mediante actos simples y constantes: orar, estudiar las Escrituras, asistir al templo, servir a otros y seguir la voz de los profetas. El Señor no siempre pide hazañas espectaculares; más bien, busca corazones humildes y obedientes que estén dispuestos a actuar con fe aun en las cosas pequeñas.

Robert L. Millet: “Bien podríamos preguntarnos: Si el profeta José me hubiera pedido viajar a Misuri, ¿habría ido? Si el Señor me hubiera llamado para servir como apóstol, ¿habría aceptado? Si se me hubiera pedido cuidar de los hijos o nietos de los miembros de la Primera Presidencia, ¿habría dudado? Si se me hubiera mandado asistir a la Escuela de los Profetas, ¿habría llevado mis Escrituras, estudiado y preparado con anticipación, y asistido regularmente? Si mi llamamiento para servir como maestro orientador o maestra visitante hubiera venido mediante una visión abierta, ¿lo habría aceptado? ¿Habría sido fiel? ‘Puedes anotarlo en tu pequeño libro negro’, nos ha advertido el élder Boyd K. Packer, ‘que si no eres leal en las cosas pequeñas, no serás leal en las grandes. Si no respondes a las tareas llamadas insignificantes o humildes que necesitan realizarse en la Iglesia y el Reino, no habrá oportunidad de servir en los llamados desafíos mayores’”. (Robert L. Millet, An Eye Single to the Glory of God: Reflections on the Cost of Discipleship [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1991], 76)

Boyd K. Packer: La naturaleza humana no ha cambiado con los años. Aun hoy, algunos de nosotros esperamos que se nos mande hacer alguna “gran cosa” para recibir las bendiciones del Señor. Cuando recibimos consejos ordinarios sobre cosas ordinarias, sentimos desilusión y, como Naamán, nos apartamos.

Permítanme darles un ejemplo moderno. El presidente Kimball ha sido Presidente de la Iglesia durante ocho años. En prácticamente cada discurso de conferencia ha incluido al menos una frase diciéndonos que limpiemos, pintemos y arreglemos nuestras propiedades. Muchos de nosotros hemos prestado poca atención a ese consejo.

Pregunta: ¿Por qué un profeta nos diría que hagamos eso? ¿No tiene grandes profecías que declarar?

Pero, ¿no es eso una forma de profecía? Porque, ¿no nos ha dicho una y otra vez: “Cuiden bien sus posesiones materiales, porque llegará el día en que será difícil, si no imposible, reemplazarlas”?

Ya estamos viendo un cumplimiento. Familias que podrían haber comprado una casa cuando él habló por primera vez, ahora desesperan de poder obtener una.

Por alguna razón, esperamos escuchar, especialmente en las sesiones de bienestar, grandes y ominosas predicciones de calamidades venideras. En cambio, escuchamos consejos tranquilos sobre cosas ordinarias que, si se siguen, nos protegerán en tiempos de gran calamidad. (“The Gospel—The Foundation for Our Career,” Ensign, mayo de 1982, 85)

Gordon B. Hinckley: En este salón se encuentra sentado un hombre conocido por muchos de ustedes. Hace algunos años recibió un llamamiento misional para la Misión de los Estados del Oeste, con sede en Denver. Él había estado en Denver varias veces como miembro del equipo universitario de debate. Estaba solo al otro lado de las montañas. Él y sus padres habían soñado con un campo más exótico, uno de esos “lugares lejanos con nombres extraños”. Sus amigos sonrieron. Algunos cercanos a él dudaron de la sabiduría y de la inspiración de su llamamiento. ¿Por qué un joven tan escogido sería llamado desde Salt Lake City a una misión en Denver? Pero él fue.

Llegó a ser un poderoso misionero. Hay quienes hoy agradecen al Señor por su llegada. Fue llamado como consejero de su presidente de misión y experimentó maravillosas oportunidades de capacitación en liderazgo. Allí conoció a una hermosa joven con quien más tarde se casó. De las notables y peculiares oportunidades de esa misión surgieron en él cualidades que lo hicieron sobresalir en su vocación escogida. Hoy se encuentra aquí como uno de los Representantes Regionales de los Doce. (“If Ye Be Willing and Obedient,” Ensign, diciembre de 1971, 124)

Rex D. Pinegar: ¿No somos a veces como Naamán, buscando hacer cosas grandes o importantes y pasando por alto las cosas sencillas que podrían cambiar nuestra vida y sanarnos de nuestras aflicciones?

En un devocional de la Universidad Brigham Young, el presidente Hunter dijo: “Si sienten que lo que hacen este año o en los años venideros no los hará muy famosos, anímense. La mayoría de las mejores personas que han vivido nunca fueron muy famosas”. (“ ‘No Less Serviceable,’ ” Brigham Young University 1990–91 Devotional and Fireside Speeches, Provo: BYU, 1991, p. 6).

En otra ocasión, dijo que “el logro de la verdadera grandeza es un proceso a largo plazo. … Parece que siempre requiere pasos regulares, constantes, pequeños y, a veces, ordinarios y rutinarios durante un largo período de tiempo”. (“What Is True Greatness?” Brigham Young University 1986–87 Devotional and Fireside Speeches, Provo: BYU, 1987, p. 115).

El Señor ha dicho: “De las cosas pequeñas procede lo que es grande” (D. y C. 64:33).

El presidente David O. McKay también habló del poder de los actos pequeños y sencillos:

“No hay una sola gran cosa que podamos hacer para obtener la vida eterna, y me parece que la gran lección que debe aprenderse en el mundo hoy es aplicar en los pequeños actos y deberes de la vida los gloriosos principios del Evangelio. No pensemos que porque algunas de las cosas mencionadas esta tarde parezcan pequeñas y triviales, son poco importantes. Después de todo, la vida está compuesta de cosas pequeñas. Nuestra vida, nuestro ser físico, está formado por pequeños latidos del corazón. Si ese pequeño corazón deja de latir, la vida en este mundo cesa”. (“The Simple Things,” Ensign, noviembre de 1994, 80–81)


2 Reyes 5:14 — “…se sumergió… conforme a la palabra… y quedó limpio.”
Confirma que la obediencia trae transformación completa.

La afirmación representa el punto culminante del proceso de fe y obediencia en la vida de Naamán, el énfasis en “conforme a la palabra” subraya que la sanidad no proviene del acto físico en sí, sino de la obediencia exacta a la instrucción divina. Naamán no solo actúa, sino que lo hace alineado plenamente con lo que le fue mandado, lo cual transforma su condición. Este versículo enseña que la fe verdadera se manifiesta en la obediencia completa, y que el poder de Dios se activa cuando el individuo se somete plenamente a Su palabra, sin reservas ni modificaciones.

Asimismo, el resultado —“y quedó limpio”— no es parcial ni progresivo en su efecto final, sino completo y restaurador, incluso descrito como la carne de un niño. Esto revela un principio eterno: la intervención divina no solo corrige, sino que renueva plenamente, el pasaje enseña que la gracia de Dios puede transformar la condición del ser humano cuando este responde con fe y obediencia. La limpieza física de Naamán simboliza una restauración más profunda, invitando al creyente a reconocer que la obediencia a Dios no solo produce cambio externo, sino renovación integral. Así, el versículo afirma que donde hay obediencia fiel a la palabra divina, hay poder suficiente para traer restauración completa.


Travis T. Anderson: “No es mera coincidencia que los detalles de la limpieza de Naamán de la lepra se asemejen tan estrechamente al proceso de ser limpiado del pecado.

“…Las Escrituras dicen que, en respuesta a la petición de Naamán, Eliseo envió un mensajero diciendo: ‘Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio’. (2 Rey. 5:10.)

“El acto que produciría la limpieza de Naamán —sumergirse siete veces en el río Jordán— era tan poco dramático que Naamán, sin percibir la referencia simbólica a la cuarentena de siete días requerida para un leproso en Israel, y también sin comprender la importancia de la humildad, la obediencia y la fe, se ofendió y se negó a obedecer. El relato continúa: ‘Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí, yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra.

¿Acaso Abana y Farfar, ríos de Damasco, no son mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría lavarme en ellos y ser limpio? Y se volvió y se fue furioso’. (2 Rey. 5:11–12.)

“Naamán parece haberse indignado por dos razones: primero, porque Eliseo se comunicó con él mediante un simple siervo en lugar de honrarlo con una respuesta personal; y segundo, porque la cura prometida requería una acción por parte de Naamán —y una acción sencilla, además— en lugar de un milagro espectacular realizado por la mano del profeta.

“Aquí nuevamente se hace evidente un paralelo espiritual. Del mismo modo, el Señor comunica los mensajes del evangelio de Jesucristo —incluyendo las enseñanzas sobre el arrepentimiento y el bautismo— no de manera personal y dramática, sino generalmente mediante humildes siervos y los suaves susurros del Espíritu. Él no satisface la vanidad ni la dureza de corazón de aquellos que desean una señal milagrosa o una visitación personal.

“Además, al igual que el mensaje de Eliseo a Naamán, el mandamiento de arrepirse y bautizarse es a la vez un llamado a hacer menos y más de lo que podríamos esperar. Requiere menos de lo que podríamos imaginar, en el sentido de que no exige sacrificios dramáticos ni pruebas épicas. Y requiere más de lo que pensamos porque, en vez de una sola hazaña casi imposible, implica un compromiso de por vida con la obediencia humilde y el servicio desinteresado. Para obtener la remisión de los pecados, cada uno de nosotros, como Naamán, debe creer en el poder de Dios para limpiarnos y debe humillarse ante Él. Debemos iniciar voluntariamente el proceso de remisión entrando libremente en las aguas para ser bautizados por humildes siervos de Dios a quienes se les ha delegado la autoridad apropiada. La limpieza resultante, aunque ciertamente se encuentra entre los mayores milagros, también es una de las menos visibles: limpia al hombre interior y no al exterior.” (Travis T. Anderson, “Naaman, Baptism, and Cleansing”, Ensign, enero de 1994, págs. 28, 30).


2 Reyes 5:15 — “…no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel.”
Expresa conversión y reconocimiento del Dios verdadero.

La confesión de Naamán representa un momento de conversión auténtica y reconocimiento doctrinal del Dios verdadero, esta declaración no surge de una enseñanza teórica, sino de una experiencia directa con el poder de Dios. Naamán pasa de una fe distante y condicionada a una convicción personal, evidenciando que el conocimiento de Dios se profundiza cuando se vive Su intervención en la vida. Este versículo enseña que los milagros no tienen como fin último el asombro, sino conducir al reconocimiento y a la adoración del único Dios verdadero.

Asimismo, el pasaje subraya que la verdadera conversión implica un cambio de lealtad y de perspectiva espiritual. Naamán, un extranjero, llega a reconocer lo que muchos en Israel habían olvidado: la exclusividad y supremacía de Jehová, esto enseña que el acceso a Dios no está limitado por origen o condición, sino por la disposición del corazón para creer y obedecer. La confesión de Naamán marca un antes y un después en su vida, mostrando que la experiencia con Dios transforma no solo la condición externa, sino también la comprensión interna. Así, el versículo afirma que la fe verdadera culmina en el reconocimiento pleno de quién es Dios y en la decisión de rendirle adoración exclusiva.


2 Reyes 5:16 — “…no lo aceptaré.”
Enseña que los dones de Dios no se compran; el ministerio divino no se mercantiliza.

La respuesta de Eliseo revela un principio doctrinal esencial sobre la naturaleza de la gracia y la integridad en la obra de Dios, al rechazar la recompensa de Naamán, Eliseo afirma que los dones divinos no pueden ser comprados ni negociados. La sanidad recibida no es el resultado de una transacción, sino de la misericordia y el poder de Dios. Este acto protege la pureza del ministerio profético, evitando que se confunda la obra divina con intereses materiales o personales. Eliseo demuestra que servir a Dios implica una motivación desinteresada, donde la gloria pertenece únicamente a Jehová.

Asimismo, el pasaje enseña que la verdadera fidelidad a Dios requiere discernimiento respecto al momento y la intención. Aceptar un regalo en ese contexto habría distorsionado el significado del milagro, desviando la atención de Dios hacia el hombre, esto establece que los siervos de Dios deben actuar con rectitud no solo en lo que hacen, sino en lo que rechazan. La negativa de Eliseo se convierte en una enseñanza viva sobre la santidad del servicio divino: lo que Dios da gratuitamente no debe ser convertido en beneficio personal. Así, el versículo invita a reflexionar sobre la pureza de nuestras motivaciones, recordándonos que la obra de Dios se sostiene sobre principios de integridad, humildad y total dependencia de Su gracia.


2 Reyes 5:17 — “…no ofrecerá… a otros dioses, sino a Jehová.”
Refleja compromiso y cambio de lealtad espiritual.

La declaración de Naamán representa una manifestación clara de conversión y cambio de lealtad espiritual, este versículo no solo expresa gratitud por la sanidad recibida, sino un compromiso consciente de abandonar la idolatría y rendir adoración exclusiva al Dios verdadero. Naamán pasa de una experiencia de milagro a una transformación de su identidad religiosa, lo que indica que la verdadera fe no se limita a reconocer el poder de Dios, sino que conduce a una reorientación completa de la adoración. Este pasaje enseña que la conversión auténtica implica un cambio de devoción, donde el corazón deja de dividirse entre múltiples lealtades y se centra plenamente en Dios.

Asimismo, el versículo subraya que la experiencia con Dios produce consecuencias duraderas en la conducta y las decisiones futuras. Naamán no solo reconoce a Jehová en el momento, sino que decide estructurar su vida de acuerdo con esa verdad, esto establece que la fe genuina se manifiesta en compromisos concretos que afectan la práctica diaria. La renuncia a otros dioses simboliza una ruptura definitiva con el pasado espiritual, mostrando que la gracia recibida debe conducir a una vida transformada. Así, el pasaje invita al creyente a evaluar la profundidad de su propia devoción, recordando que reconocer a Dios implica también elegirle de manera exclusiva como objeto de adoración y obediencia.


2 Reyes 5:20 — “…tomaré de él alguna cosa.”
Advierte sobre la codicia y la corrupción del corazón.

La determinación de Giezi revela un principio doctrinal profundo sobre la corrupción del corazón cuando se mezcla lo sagrado con intereses personales, Giezi presencia un milagro extraordinario y, en lugar de responder con gratitud y reverencia, permite que la codicia gobierne su decisión. Su juramento —“Vive Jehová”— agrava aún más la situación, pues utiliza el nombre de Dios para justificar una intención egoísta. Este versículo enseña que el mayor peligro espiritual no siempre proviene de la ignorancia, sino de la cercanía a lo sagrado sin una transformación interior genuina.

Asimismo, el pasaje subraya que la tentación puede surgir incluso en contextos de bendición y servicio. Giezi no actúa por necesidad, sino por deseo desordenado, lo que muestra que el problema no es la provisión, sino la actitud del corazón frente a ella, esto establece que cuando el hombre busca beneficio personal en aquello que Dios ha dado gratuitamente, distorsiona la naturaleza de la gracia. La frase “tomaré” refleja una apropiación indebida de lo que no le corresponde, recordando que no todo lo disponible debe ser tomado. Así, el versículo invita a examinar las motivaciones internas, enseñando que la integridad espiritual requiere rechazar la ganancia indebida y honrar la santidad de la obra de Dios.


2 Reyes 5:26 — “¿Es este el momento de tomar plata…?”
Enseña discernimiento espiritual y pureza en la obra de Dios.

La reprensión de Eliseo revela un principio doctrinal crucial sobre el discernimiento espiritual y la pureza en la obra de Dios, la pregunta no solo confronta la acción de Giezi, sino que expone su falta de sensibilidad al propósito divino en ese momento. Dios acababa de manifestar Su poder sanador de manera gratuita, y apropiarse de beneficio personal en ese contexto distorsionaba completamente el significado del milagro. Este versículo enseña que no todo lo que es posible es apropiado, y que la rectitud implica reconocer el tiempo y la intención correcta en cada acción.

Asimismo, el pasaje subraya que la obra de Dios requiere una alineación cuidadosa entre acción y propósito. Giezi no solo actúa mal, sino que lo hace en el momento equivocado, lo que revela una desconexión entre su corazón y la voluntad de Dios, esto establece que el discernimiento espiritual incluye entender cuándo actuar y cuándo abstenerse, especialmente en asuntos relacionados con lo sagrado. La pregunta de Eliseo invita a una introspección profunda: ¿estamos actuando en armonía con el propósito de Dios o motivados por intereses personales? Así, el versículo enseña que la fidelidad no solo se mide por evitar el mal evidente, sino por mantener pureza de intención y sensibilidad al momento divino.


2 Reyes 5:27 — “…la lepra de Naamán se te pegará…”
Muestra que las consecuencias del pecado son reales y justas.

La sentencia revela con sobriedad el principio doctrinal de la justicia divina y la transferencia de consecuencias cuando se viola la integridad espiritual, Giezi, quien había presenciado el milagro de sanidad, termina heredando precisamente aquello de lo que Naamán fue liberado. Este contraste no es casual, sino profundamente simbólico: la gracia rechazada y corrompida por la codicia se transforma en juicio. El pasaje enseña que el privilegio espiritual conlleva mayor responsabilidad; cuanto mayor es la luz recibida, más grave es apartarse de ella.

Asimismo, el versículo subraya que el pecado no solo tiene consecuencias personales, sino que puede extenderse más allá del individuo, como se indica en la referencia a su descendencia. Esto resalta la seriedad de las decisiones morales dentro del contexto de la obra de Dios, el relato establece que Dios no solo bendice y sana, sino que también actúa con justicia cuando Su obra es manipulada para beneficio personal. La lepra de Giezi simboliza una condición interna que se ha hecho visible externamente: la corrupción del corazón. Así, el pasaje invita a una reflexión profunda sobre la integridad, recordando que la cercanía a lo sagrado requiere fidelidad constante, pues las bendiciones divinas pueden perderse cuando se desvían los propósitos hacia intereses egoístas.


Richard Tice: “Irónicamente, la historia involucra a un pagano que, debido a la negativa de un profeta de aceptar recompensa alguna por lo que Dios había hecho, acepta al Dios de Israel; y a un israelita que, debido a una codicia desenfrenada, traiciona a ese Dios. El talento de plata mide la avaricia y las mentiras de Giezi. La suya no fue simplemente una ligera ansia de recibir una recompensa por la curación de la lepra; fue un deseo intenso de llegar a estar financieramente bien establecido.” (Richard Tice, “Bekahs, Shekels, and Talents: A Look at Biblical References to Money,” Ensign, agosto de 1987, pág. 31).

George A. Smith: “Al ocuparnos de nuestras actividades diarias, nos mezclamos más o menos con el mundo; somos llamados a luchar contra el mundo, y de vez en cuando vemos manifestaciones de las debilidades de la naturaleza humana. Recuerdo muy bien, en los días de Kirtland, haber escuchado a hombres testificar que sabían que esta era la obra de Dios, y que habían visto visiones de los ejércitos del cielo y de sus jinetes, tal como Giezi, el siervo del Profeta, y luego, como consecuencia del fracaso de un banco, o porque alguna transacción comercial no resultó conforme a sus expectativas o deseos, apostatizaban y llegaban a la conclusión de que nunca habían sabido nada al respecto, convirtiéndose en incrédulos. Esto demuestra la debilidad a la que algunas personas han estado sujetas.

También recuerdo, durante la gran apostasía que tuvo lugar en Kirtland, que quienes apostataron consideraban que todo el talento de la Iglesia la había abandonado; y sin embargo, la obra siguió adelante, y en lo que a ellos respecta, nunca fueron extrañados, pronto fueron olvidados, y nadie podía decir adónde habían ido. En ocasiones me he encontrado con ellos veinte o treinta años después, y apenas podía decir en qué momento desaparecieron; su partida no causó ni la más mínima onda.

La realidad es, hermanos, que la obra del Señor no depende de nosotros. Si entramos en tinieblas, si permitimos que nuestro corazón se llene de codicia o corrupción, o cedemos a la inmoralidad, a la embriaguez, al quebrantamiento del día de reposo, a la incredulidad o a cualquier pecado que corrompa nuestro sistema u organización, de modo que nuestros tabernáculos se vuelvan indignos para que habite en ellos el Espíritu Santo, entonces este se retirará de nosotros, y la luz que hay en nosotros se volverá oscuridad; y esa oscuridad será tan grande que andaremos a tientas como un ciego y vagaremos de aquí para allá. Y aquellos que se dejen guiar por estos hombres ciegos caerán con ellos en el hoyo; pero la obra seguirá avanzando.” (Journal of Discourses, 17:196).