Las Obras Completas de Hugh Nibley: Volumen 12
Historia AntiguaTemplo y Cosmos
Hugh W. Nibley
Templo y Cosmos es una de las obras más profundas e influyentes de Hugh W. Nibley. En este libro, el reconocido erudito SUD explora la relación entre el templo, la creación, la caída, la redención y el destino eterno de la humanidad. Basándose en las Escrituras, los escritos de los primeros cristianos, textos judíos, literatura apócrifa y numerosas fuentes del antiguo Cercano Oriente, Nibley demuestra que el templo ha sido, desde el principio, el centro del plan de Dios para Sus hijos.
Lejos de considerar el templo únicamente como un edificio sagrado, Nibley lo presenta como una representación del universo, un lugar donde el cielo y la tierra se encuentran, y donde el ser humano aprende el propósito de la vida, su origen divino y su destino eterno. Cada símbolo, ordenanza y enseñanza del templo apunta a Jesucristo y al plan de salvación revelado desde antes de la fundación del mundo.
A lo largo de esta obra, el autor invita al lector a descubrir que muchas verdades restauradas por medio del profeta José Smith tienen profundas raíces en las antiguas tradiciones religiosas. Su investigación muestra sorprendentes paralelismos entre las ordenanzas del templo y las enseñanzas conservadas en diversas culturas y escritos antiguos, fortaleciendo así el testimonio de la Restauración del Evangelio.
Más que un estudio académico, Templo y Cosmos es una invitación a contemplar el templo desde una perspectiva eterna. Nibley anima al lector a mirar más allá de los símbolos y ceremonias para comprender el gran panorama del plan de Dios: la creación del universo, la misión de Jesucristo, la exaltación del ser humano y el regreso a la presencia del Padre Celestial.
Este libro desafía al lector a estudiar con detenimiento, reflexionar profundamente y apreciar el templo como la culminación de la doctrina del Evangelio restaurado. Para quienes desean comprender mejor el significado eterno de las ordenanzas sagradas y su relación con la historia de la humanidad y del cosmos, Templo y Cosmos constituye una obra indispensable y una de las contribuciones más significativas de Hugh W. Nibley al estudio del Evangelio restaurado.
Contenido
- Prólogo por: Don Norton
- 1. El significado del templo
- 2. Regreso al templo
- 3. Vestiduras sagradas
- 4. El círculo y el cuadrado
- 5. El Evangelio en expansión
- 6. Redescubrimiento de los libros apócrifos y el Libro de Mormón
- 7. Los escritos apócrifos y las enseñanzas de los Rollos del Mar Muerto
- 8. Las preguntas terribles
- 9. Un eterno ciclo: la visión hermética
- 10. ¿Entran en conflicto la religión y la historia?
- 11. Génesis de la palabra escrita
- 12. La ciencia ficción y el Evangelio
- 13. La mejor prueba posible
- 14. Algunas observaciones sobre la diversidad cultural en la Iglesia universal
- 15. Desde la tierra sobre la cual estás
- Prólogo al libro de Eugene England
- Resumenes
- Figuras, imágenes del libro Templo y Cosmos
Prólogo
Las palabras templo y cosmos aparecen juntas en el título de este volumen porque “el templo es un modelo a escala del universo” (p. 15). La participación en la instrucción y las ordenanzas del templo permite “orientarse tomando como referencia el universo”. El templo constituye el vínculo entre el aparente caos y la desintegración de este mundo temporal y la hermosa organización (cosmos) y permanencia del orden eterno. “El misterio del templo radica en su proyección hacia otros mundos; es el reflejo en la tierra del orden celestial, y el poder que lo llena proviene de lo alto”.
Excepto entre los Santos de los Últimos Días, la idea del templo prácticamente se había perdido para el mundo hasta comienzos del siglo XX, cuando los eruditos redescubrieron (o quizás simplemente comenzaron a reconocer) los relatos extraordinariamente coherentes (mitos) y las prácticas (rituales) presentes en casi todas las culturas —especialmente en el antiguo Cercano Oriente— que tenían lugar en estructuras sagradas. Hoy puede afirmarse con seguridad que el templo es “la fuente de toda civilización” (p. 22): “no existe ningún aspecto de nuestra civilización que no tenga su origen en el templo” (p. 25). Todas las artes, el gobierno, el comercio, las disciplinas académicas tradicionales (matemáticas, astronomía, historia, arquitectura y filosofía), la escritura (y, por consiguiente, las bibliotecas), las competiciones atléticas, los sistemas judiciales, nuestras festividades, la forma en que celebramos y mucho más, tuvieron allí su origen. De hecho, muchos de los elementos y gran parte del ambiente de nuestras instituciones contemporáneas todavía recuerdan lo que sucedía en los antiguos templos.
Los Santos de los Últimos Días recibirán con agrado estas “notas” sobre los templos. Al reconocer el templo como una elevada expresión de la divinidad y como el lugar donde se lleva a cabo parte de la obra más importante de nuestra dispensación, los Santos de los Últimos Días han soportado no pocas críticas. Los observadores externos encuentran extraño el culto en el templo según los criterios del mundo secular y de la mayoría de las comunidades religiosas modernas, y con frecuencia recuerdan ese hecho a los miembros de la Iglesia, a veces incluso con burla. El templo es, en efecto, una experiencia muy “diferente”, y así debe ser, pues refleja las realidades de otro mundo. Nibley explica de manera magistral la superficialidad de los intentos humanos por evitar las grandes preguntas que toda la humanidad se plantea, las “preguntas terribles”, como él las llama: ¿De dónde venimos? ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Qué nos sucede después de la muerte? Estas son preguntas a las que el templo da respuesta.
Una dimensión interesante del concepto de templo es que muchos científicos destacados hablan hoy abiertamente de una “fuerza organizadora y ordenadora” (p. 8) en el universo que crea y mantiene el orden y la estabilidad, en contradicción con la concepción tradicional de las “leyes de la naturaleza”, según la cual todo tiende a la “corrupción y la desintegración” (p. 10). Mientras esto ocurre en el plano físico, el templo es la escuela de la mente, donde se produce un estado mental cósmico estable: “hacer que todo vuelva a su estado original de reconciliación y unidad” (p. 10).
El presente libro se divide naturalmente en dos secciones:
1. Artículos 1–4: “El significado del templo” hasta “El círculo y el cuadrado”. Los capítulos de esta sección se centran en la naturaleza, el significado y la historia del templo.
2. Los artículos restantes: Estos destacan el contexto cósmico del templo. Un breve resumen de cada uno de los trabajos de esta segunda sección puede resultar útil.
El templo presenta una visión de la existencia humana como una progresión hacia la divinidad. “El Evangelio en expansión” destaca el carácter dinámico del mensaje del Evangelio, en contraste con la visión estática sostenida tradicionalmente por muchos eruditos y miembros del clero, especialmente evidente en su concepción restrictiva de las Escrituras, es decir, un canon cerrado o carente de inspiración continua. El descubrimiento de numerosos manuscritos nuevos (que, además, arrojan nueva luz sobre documentos apócrifos ya conocidos) ha llevado a reconsiderar “muchas… áreas de doctrina y ritos y ordenanzas importantes” (p. 199). Nibley presenta un panorama general de esos documentos y de los principales temas que han surgido de ellos: las características generales del plan de salvación (la existencia premortal, el proceso de la creación, la doctrina de los dos caminos y muchos otros). “Redescubrimiento de los libros apócrifos y el Libro de Mormón” también repasa los principales temas del “plan” del Evangelio, especialmente tal como se presentan en el Libro de Mormón, el cual resulta ser un documento auténticamente cósmico (y, por tanto, relacionado con el templo). “Los escritos apócrifos y las enseñanzas de los Rollos del Mar Muerto”, junto con el Libro de Mormón, retoman los persistentes temas de la creación: nuevamente el proceso mismo de la creación, las relaciones entre los numerosos mundos, el lugar que ocupan las ordenanzas dentro del plan cósmico y el papel de los mensajeros en comunicar ese plan a la humanidad.
“Las preguntas terribles son terribles porque no pueden responderse… Pocas personas se atreven siquiera a tocarlas o a pensar en ellas” (pp. 351, 371): ¿Quiénes somos? ¿Qué es lo real? Sin duda, José Smith no rehuyó estas preguntas; y es precisamente el templo el lugar donde se afrontan de la manera más directa.
“Hermetismo… es el nombre que se da a un conjunto de conocimientos semejantes a los del Evangelio, que ha circulado entre la humanidad desde hace muchísimo tiempo” (p. 389): conocimientos acerca del mundo primordial, expresados en innumerables culturas mediante mitos y rituales sagrados desde el principio de los tiempos. Ese conocimiento —que trata de cosas “más allá de este ignorante presente” (William Shakespeare, Macbeth, acto I, escena V, líneas 57–58)— tiene la costumbre de reaparecer de vez en cuando, contradiciendo siempre las preocupaciones prácticas predominantes del mundo académico, los negocios y el consumismo, es decir, el estilo de vida cómodo. Aunque José Smith no recurrió directamente a la tradición hermética, mucho de lo que le fue revelado guarda relación con ella y está implícito en la adoración del templo; por ello, esas conexiones resultan esclarecedoras.
Una opinión muy extendida en la actualidad sostiene que los hechos de la historia contradicen las afirmaciones de la religión. En “¿Entran en conflicto la religión y la historia?”, Nibley pregunta: ¿La historia de quién? ¿Y la religión de quién? Luego examina las herejías populares tanto de la historia como de la religión tradicional, invitando al lector a contemplar la historia desde una perspectiva más amplia, que considere con apertura el vasto conjunto de registros antiguos originales. Los antiguos veían el mundo de una manera muy distinta de la nuestra y, en muchos aspectos, muy acorde con los principios de una religión revelada.
El alfabeto, que hizo posible la escritura —“el milagro de los milagros” (p. 458)—, fue un don del cielo y apareció por primera vez en la decoración y los archivos de los antiguos templos. En “Génesis de la palabra escrita”, Nibley revisa las evidencias de que la escritura no fue, como la mayoría de los estudiosos creen, el resultado final de un largo proceso evolutivo (pues faltan pruebas de etapas intermedias), sino una capacidad que la humanidad ha poseído desde sus comienzos.
Nibley llama a la ciencia ficción “escritura popular” porque sus autores, sin demasiada originalidad, toman sus mejores temas, argumentos e incluso algunos títulos de la Biblia o de la literatura apócrifa. De hecho, las propias Escrituras, al tratar esos mismos temas y argumentos, resultan aún más asombrosas, y su contenido cósmico es auténtico.
La perspectiva eterna que fomenta el templo proporciona respuestas a los problemas contemporáneos. “La mejor prueba posible” analiza la cuestión, hoy en gran medida superada, de por qué las personas negras no poseían el sacerdocio. Aborda este difícil tema desde el contexto de otro mundo: “Cuanto mayor sea la tribulación aquí, mayor será la gloria en el más allá”. “Algunas observaciones sobre la diversidad cultural en la Iglesia universal” describe la “cultura de Sion” y la manera en que dicha cultura se expresa en diversas civilizaciones del mundo.
El libro concluye con dos reseñas: la primera, “Desde la tierra sobre la cual estás”, sobre las pinturas del artista Wulf Barsch; y la segunda, “Prólogo al libro de Eugene England”, una reseña de la colección de ensayos de England Why the Church Is As True As the Gospel (Por qué la Iglesia es tan verdadera como el Evangelio). En ambas, Nibley destaca la ventaja de contemplar la realidad desde una perspectiva eterna, perspectiva que tanto England como Barsch reflejan en sus respectivas obras.
En verdad, es en el templo donde “el tiempo, el espacio y la vida se expanden” (p. 83); donde se invita a hombres y mujeres a ir más allá de “este ignorante presente” y obtener una perspectiva clara del gran plan de las eternidades.
Este volumen, al igual que los demás de Las Obras Completas de Hugh Nibley, es el resultado de incontables horas de trabajo desinteresado de muchas personas. La dedicación, el esfuerzo y el talento que generosamente han aportado hicieron posible este libro: Glen Cooper, James Fleugel, John Gee, Fran Hafen, William Hamblin, Daniel McKinlay, Tyler Moulton, Phyllis Nibley, Art Pollard, Shirley Ricks, Stephen Ricks, Matthew Roper, Barbara Schmidt, James Tredway y John Welch. Michael Lyon dirigió la producción y la investigación de las ilustraciones, con la ayuda de Tyler Moulton, Mark Clifford y Philip Lyon. Jack Lyon, Shauna Gibby, Patricia Parkinson y Emily Watts, de Deseret Book, brindaron una valiosa colaboración durante la producción de este volumen. También deseamos agradecer a quienes, con sus generosas contribuciones, facilitaron la preparación de este y de otros volúmenes de Las Obras Completas de Hugh Nibley.
DON E. NORTON
Capítulo 1
El Significado del Templo.
Recientemente, en nuestra noche de hogar, se me asignó hablar sobre el significado del templo a la luz del Evangelio. Una de las muchas características distintivas de nuestra época es la disponibilidad de excelentes resúmenes de divulgación científica escritos por los principales especialistas en diversos campos; y ninguno de nosotros debería descuidarlos, sin importar cuál sea nuestra propia área de estudio. Hoy en día, cualquier campo de investigación serio es necesariamente muy especializado y, al mismo tiempo, exige extenderse hacia disciplinas relacionadas. Estos resúmenes van mucho más allá de la divulgación científica de otros tiempos. Gracias a nuestros maravillosos métodos de reproducción fotográfica, ahora disponemos de magníficos libros ilustrados sobre prácticamente todas las ramas de la ciencia.
Por ejemplo, hace poco consulté The Nuclear Apple de P. T. Matthews; antes de ese, leí Supernature, del biólogo Lyall Watson; y antes de ese, el amplio estudio de Nigel Calder sobre las investigaciones recientes del cerebro, titulado The Mind of Man. Ese mismo Nigel Calder, que trabaja para la British Broadcasting Corporation, recorre el mundo produciendo programas de televisión de altísimo nivel. Así, mientras investigaba los avances recientes en astronomía, consultó a destacados astrónomos de todas partes del mundo y, sobre esa base, elaboró sus programas. El último de ellos se tituló The Violent Universe (El universo violento). Era lectura obligatoria en nuestro Programa de Honores (y probablemente todavía lo sea), y recientemente publicó otro sobre la nueva geología, la tectónica de placas, al que llamó The Restless Earth (La Tierra inquieta). La información presentada en estos libros es muy significativa. El universo violento, La Tierra inquieta y Supernature: así no me enseñaron las cosas cuando yo iba a la escuela.
En mis tiempos, todo parecía estar bastante bien bajo control. A lo sumo, los científicos sonreían con tolerancia ante cualquier sugerencia de catastrofismo o de acontecimientos dramáticos y espectaculares en la historia o en la naturaleza; ese tipo de ideas olía a las visiones apocalípticas del mormonismo, cosas clasificadas como propias de los excéntricos, sensacionalismo apocalíptico. No había lugar en el pensamiento moderno para ese tipo de planteamientos. Sin embargo, en todos estos libros, sin importar el campo al que pertenezcan, los autores actuales parecen estar diciendo prácticamente lo mismo. Todos llegan a una conclusión muy interesante, como lo demostrarán algunas citas.
En primer lugar, una proposición fundamental recibe especial atención en todos ellos: la conocida segunda ley de la termodinámica: todo tiende a deteriorarse. Y lo afirman con reservas firmes y hasta desconcertadas, porque hay algo que no encaja. Citemos a Watson, el biólogo (quien, según entiendo, goza de una gran reputación en Inglaterra):
Si se deja a sí mismo, todo tiende a volverse cada vez más desordenado, hasta que el estado final y natural de las cosas sea una distribución completamente aleatoria de la materia. Cualquier clase de orden… es antinatural y ocurre solamente por encuentros casuales… Estos acontecimientos son estadísticamente improbables, y la combinación posterior de moléculas para formar algo tan altamente organizado como un organismo vivo es extraordinariamente improbable. La vida es algo raro e irracional. [Y enfatiza el punto:] La vida ocurre por casualidad y… la probabilidad de que aparezca y continúe es infinitesimal.
No habría ninguna posibilidad de que estuviéramos aquí. Además, “el cosmos mismo carece de patrón alguno, pues es una mezcla de acontecimientos aleatorios y desordenados”. Pero no solo la vida es improbable; también lo es la propia estructura de la materia. El físico nuclear P. T. Matthews pregunta:
¿Por qué es estable el protón… si esto es claramente crucial para el mundo tal como lo conocemos? Desde el punto de vista atómico, el protón es uno de los bloques fundamentales de la materia. Sin embargo, a juzgar por el comportamiento de los demás hadrones… no existe una razón evidente por la que no deba desintegrarse, por ejemplo, en un pión positivo y un neutrino, lo cual no está prohibido por ninguna ley de conservación.
(Los únicos dos hadrones estables son el neutrón [n⁰] y el protón [p+]. El neutrón tiene una vida media de 3 × 10³ segundos [aproximadamente cincuenta minutos]. Todos los demás hadrones tienen vidas medias que oscilan entre 10⁻⁸ y 10⁻ segundos). Matthews continúa explicando los factores que determinan la estabilidad del protón: “La velocidad de desintegración de cualquier partícula depende, en parte, de la intensidad de la interacción y, en parte, de la “cantidad de espacio” disponible en el que pueda desintegrarse”. Para explicar lo que quiere decir con “cantidad de espacio”, Matthews utiliza la analogía de una habitación llena de objetos: “Para cada objeto de la habitación existen, por supuesto, muchísimas más posiciones en las que se consideraría fuera de lugar. Cuando se multiplican entre sí todas esas posibilidades para todos los objetos de la habitación, el número de estados desordenados supera al de los estados ordenados por un factor enorme”.
Luego entra en el terreno de la segunda ley de la termodinámica y ofrece una descripción matemática de este concepto. Matthews continúa: “El logaritmo del número de estados diferentes en los que puede encontrarse un sistema se llama entropía. Así, la entropía de los estados ordenados es mucho menor que la de los estados desordenados”. Para darnos una idea de la magnitud de los números con los que estamos tratando, presenta la analogía de una baraja de cartas:
La rapidez con que aumentan los números en la situación descrita por la Segunda Ley puede ilustrarse considerando una baraja de naipes. Podemos definir un estado ordenado como aquel en el que las cartas están organizadas por valor dentro de cada palo. Existen únicamente veinticuatro configuraciones de este tipo, derivadas de los distintos órdenes posibles de los palos. Esto ya es un número sorprendentemente grande, pero el número total de formas distintas en que pueden ordenarse las cincuenta y dos cartas es aproximadamente un diez seguido de cincuenta y dos ceros (10⁵²). La probabilidad de encontrar una baraja mezclada en un estado ordenado es la razón entre esos dos números [24/10⁵²].
Matthews prosigue:
La relevancia de esto para nuestro problema es que podemos considerar un protón en reposo como una condición extremadamente ordenada de cierta cantidad de energía —la energía de reposo del protón— que solo puede existir en un estado (estrictamente hablando, en dos, si permitimos las dos posibles orientaciones del espín del protón). Si el protón pudiera desintegrarse por algún mecanismo en dos o más partículas más ligeras, estas definirían una condición alternativa del sistema relativamente muy desordenada, ya que podrían existir con todas las orientaciones imaginables. El número de estados permitidos depende del momento relativo de los productos de la desintegración, del mismo modo que el número de puntos sobre la circunferencia de un círculo depende de su radio. La interacción responsable de la desintegración es el agente que baraja las cartas… Si esa interacción existe y actúa durante un período comparable con la edad del universo, entonces, por la acción inexorable de la Segunda Ley, prácticamente todos los protones ya deberían haberse desintegrado en partículas más ligeras… Evidentemente ocurre exactamente lo contrario, y debe existir una ley extremadamente precisa que impide que eso suceda.
Si todos los protones se hubieran desintegrado, no existirían átomos estables, ni elementos, ni compuestos, ni la Tierra, ni la vida. Cuando el biólogo dijo que la vida era extraordinariamente improbable, un acontecimiento raro e irracional, ¿quién habría imaginado cuán improbable era en realidad? “Un ser humano”, escribe Matthews, “es, en el mejor de los casos, un conjunto de sustancias químicas construido y mantenido en un estado de organización fantásticamente complejo y de una improbabilidad absolutamente inimaginable”. Tan improbable que ni siquiera puede imaginarse. Tan “extraordinariamente improbable” que mencionarlo resulta ridículo. Así que, en realidad, no tendríamos ninguna razón para estar aquí. Ese no es el orden natural de las cosas. De hecho, afirma que “el proceso de clasificación —la creación de orden a partir del caos— en contra del curso natural de los acontecimientos físicos es algo esencial para la vida”. Así pues, tanto los físicos como los naturalistas coinciden en que, si la naturaleza tuviera la última palabra, nosotros no existiríamos. Esa es la paradoja a la que se refiere el profesor Wald, de Harvard, cuando dice: “La generación espontánea de un organismo vivo es imposible… En este sentido coloquial y práctico, concedo que el origen espontáneo de la vida es “imposible””. Las probabilidades de que estuviéramos aquí son tan remotas que ni siquiera deberían considerarse; sin embargo, aquí estamos.
Como decía, cuando yo estudiaba era común descartar con una sonrisa de impaciencia el famoso argumento del reloj de Paley. Si uno camina por la playa y encuentra un hermoso reloj suizo perfectamente fabricado, no debería concluir, con el archidiácono Paley, que una mente inteligente produjo ese reloj. Según se decía, eso no demostraba absolutamente nada. Encontrar el reloj solo probaba, muy seriamente, que el simple azar, si dispone de suficiente tiempo, puede producir un excelente reloj suizo o cualquier otra cosa. En realidad, cuando se analiza el asunto a fondo, el hecho mismo de que existan relojes suizos en un mundo creado y gobernado enteramente por el azar demuestra que el azar ciego puede producir relojes. No hay manera de escapar a este razonamiento circular, y algunas personas todavía lo utilizan. Hoy, el profesor Matthews plantea el mismo problema de manera mucho más sencilla:
Si, después de ver una habitación en completo desorden, más tarde la encontramos perfectamente ordenada, la conclusión razonable no es que el tiempo haya comenzado a correr hacia atrás, sino que alguna persona inteligente ha entrado para ponerla en orden. Si encuentra las letras del alfabeto organizadas sobre una hoja de papel formando un hermoso soneto, no deduce que durante millones de años se mantuvieron equipos de monos golpeando máquinas de escribir, sino más bien que Shakespeare pasó por allí.
Pero para el profesor Huxley o el profesor Simpson, esto no es más que una herejía o una insensatez. Fue el evolucionista quien sostuvo seriamente la afirmación de que un mono, golpeando las teclas de una máquina de escribir durante el tiempo suficiente, podría producir, por mero azar ciego, todos los libros del Museo Británico. Pero ¿ha expresado alguna vez algún religioso una fe tan ilimitada? Yo no conozco a ninguna persona religiosa que haya tenido una fe mayor que esa. Sin embargo, mentes serias realmente creyeron en semejante imposibilidad. Dicen que es imposible, pero luego afirman que sucede.
Recordemos que “la interacción de desintegración es el agente que mezcla [y]… por la operación inexorable de la Segunda Ley, esencialmente todo protón ya debería haberse desintegrado en partículas más ligeras… Evidentemente ocurre exactamente lo contrario”. Ahora bien, “debe existir alguna ley extremadamente precisa que esté impidiendo que esto suceda”.
La nueva ley de la serialidad de Kammerer se opone directamente a la segunda ley: existe “una fuerza que tiende hacia la simetría y la coherencia al reunir lo semejante con lo semejante”. Ese es un punto muy interesante. Nosotros decimos que la luz se une a la luz, etcétera. ¿Cuál es esa fuerza? Nadie lo sabe. Dicen que existe porque se la observa actuar. Buckminster Fuller la llama sintropía. El más destacado astrofísico soviético de la actualidad, el principal especialista soviético en ese campo, Nikolái Kozyrev, ha trabajado durante años en esta cuestión. Él sostiene que la segunda ley de la termodinámica es correcta, pero que no actúa sola. Hay algo que obra en contra de ella, algo más poderoso. Él dice:
“En todas partes están actuando procesos que la mecánica no observa y que impiden la muerte del mundo, manteniendo la diversidad de la vida. Estos procesos deben ser semejantes a los procesos biológicos que sostienen la vida orgánica. Por lo tanto, pueden llamarse procesos vitales, y la vida de los cuerpos cósmicos u otros sistemas físicos puede entenderse como procesos vitales en ese sentido”.
Estamos comenzando a comprender, junto con los egipcios y los judíos, que cuando hablamos de todo debemos considerar tanto aquello de lo que somos conscientes como aquello de lo que no somos conscientes. Reconocemos en ese principio la abrumadora magnitud de lo desconocido. Aquello de lo que no somos conscientes forma parte del cálculo que debe hacerse; pero nunca antes lo habíamos tomado en cuenta. Simplemente se nos había enseñado que cualquier cosa que no hubiéramos experimentado no existía. Gertrudis no ve el fantasma del rey que está allí de pie. Hamlet sí lo ve; sin embargo, ella dice que no ve “absolutamente nada; y, sin embargo, todo lo que existe es lo que yo veo”. Es cierto que ella no ve nada, pero no tiene derecho a añadir: “todo lo que existe es lo que yo veo”. Si yo no lo veo, eso no significa que no exista, simplemente porque creo ver todo lo que existe. ¿Cómo puede alguien saber si otra persona está viendo algo diferente? La palabra egipcia para “todo” es ntt íwtt: todo lo que sé y todo lo que no sé. Todo aquello de lo que somos conscientes y todo aquello de lo que no somos conscientes constituye el todo. Por eso no podemos decir simplemente “todo”, sino más bien “todo lo que casualmente conozco”.
Calder afirma en La Tierra inquieta: “Para todos los que habitamos este planeta, las ciencias de la Tierra proporcionan ahora una nueva iluminación, equivalente a un redescubrimiento de la Tierra”. Y todo este nuevo conocimiento ha surgido desde mediados de la década de 1960, de modo que “de repente la geología tiene sentido”. Entonces, ¿qué sentido tenía la geología durante todos esos años en que yo enseñaba en BYU? La década de 1960 no queda tan lejos. Calder dice que es como el descubrimiento de un mundo nuevo, algo completamente distinto. Finalmente, los especialistas en el cerebro nos informan que “en nuestra época, los primeros intentos de… utilizar computadoras para traducir textos en idiomas extranjeros han resultado ser un costoso fracaso”. Noam Chomsky desempeñó un papel importante al impedir que los especialistas en computación y quienes los financiaban siguieran desperdiciando esfuerzos en esta tarea sin esperanza. (Yo compartía oficina con un profesor que había trabajado en una máquina traductora de ruso allá por la década de 1940. Más tarde dirigió el proyecto en la Universidad de Georgetown, donde trabajó durante treinta años antes de abandonarlo. Simplemente no funcionaba. Sin embargo, todos estaban entusiasmados: “No hay problema que no podamos resolver. La computadora lo resolverá todo”. Esa esperanza terminó por desvanecerse). Ahora se nos asegura que solo es una hipótesis de trabajo que la mente y el cerebro sean inseparables. Ralph Sperry, quien ha investigado extensamente este tema, afirma: “El cerebro… trasciende… las propiedades de sus células”. Hay algo que está por encima, más allá y aparte del cerebro, y eso es lo que hoy está ejerciendo una influencia muy importante. ¡Y ahora el factor del caos convierte nuestra incertidumbre en una certeza!
Los físicos nucleares, al hablar del mismo tema, dicen: “Entre las señales eléctricas que llegan del ojo al cerebro y nuestra reacción ante un árbol florecido en un fresco día de primavera, existe un enorme abismo que la física no muestra indicios de poder salvar jamás… Incluso puede ser que aquello que es propio de la vida y particular del pensamiento se encuentre fuera del alcance de los conceptos físicos”. También me sorprendió saber que, en el campo de las relaciones entre las partículas dentro del núcleo atómico (la física nuclear), ningún problema puede resolverse exactamente: “Con las técnicas matemáticas actuales no tenemos idea de cómo abordar este problema”. En matemáticas no hay indicios de que alguna vez podamos resolver muchos de estos problemas. Lo único que hacemos es aproximarnos; es lo más cerca que podemos llegar a resolverlos.
Dos cosas sobresalen de todo esto. La primera es la conciencia de que existe en el universo una fuerza organizadora y ordenadora muy activa que actúa en sentido contrario a todo lo que conocemos acerca de las leyes de la ciencia. La segunda es la conciencia de las enormes lagunas en nuestro conocimiento, las cuales pueden explicar nuestro fracaso para descubrir el origen de esa fuerza. Esto nos conduce directamente al tema del templo, aunque jamás lo habrían imaginado por lo que he dicho hasta ahora.
Hablamos mucho de la segunda ley, pero ¿qué ocurre con la primera ley, la ley de la conservación de la energía, que implica la conservación de la masa y de la materia en todas sus formas? Esa ley también es importante. Con respecto a ella, los Santos de los Últimos Días nunca hemos tenido ningún desacuerdo. Siempre hemos creído en ella. En cambio, el mundo cristiano sostiene la doctrina de la creación de la nada (creatio ex nihilo). Recientemente, David Winston y Jonathon Goldstein, al escribir sobre el pensamiento judío helenístico, demostraron extensamente que la idea de la creación a partir de la nada era totalmente desconocida para los doctores cristianos y judíos antes del siglo IV d. C. No formaba parte de sus doctrinas. Siempre se enseñó en la Iglesia primitiva, tal como aún enseñan los judíos, que el mundo fue organizado a partir de una materia que ya existía. Esta enseñanza mormona resultó profundamente ofensiva para la doctrina cristiana tradicional, según la cual Dios creó el mundo de la nada. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, no discutimos la primera ley de la conservación de la energía.
Sorprendentemente, también aceptamos la segunda ley. En el curso natural de las cosas, esa ley sigue inexorablemente su camino. Jacob dice: “Esta corrupción no podía vestirse de incorrupción” (2 Nefi 9:7; compárese con Mosíah 16:10). No había posibilidad alguna. Como él lo expresa, la corrupción es un proceso unidireccional e irreversible: “Esta corrupción no podía vestirse de incorrupción. Por tanto, el primer juicio que vino sobre el hombre necesariamente habría permanecido por una duración interminable” (2 Nefi 9:7). No podía revertirse. La incorrupción puede revestirse de corrupción; algo puede deteriorarse y descomponerse, las partículas pueden fragmentarse en otras más pequeñas y ligeras, pero nunca puede invertirse el proceso. Sin embargo, algo está logrando invertirlo. (Eso es precisamente de lo que hablan los científicos. Tiene desconcertados a todos. De hecho, Henry Eyring, en la Universidad de Utah, habló de ello hace años. La teoría sostiene que el universo está explotando porque alguna vez estuvo comprimido. Pero ¿quién lo comprimió? Hay que comenzar por responder esa pregunta). “Esta corrupción no podía vestirse de incorrupción”, por lo tanto esta muerte y esta descomposición “que vino sobre el hombre necesariamente habría permanecido por una duración interminable”. Y observen cómo insiste en ello: “De ser así, esta carne habría quedado para pudrirse y desmoronarse” —es decir, para desintegrarse y volver a la madre tierra— “para no levantarse jamás” (2 Nefi 9:7). Esa es la segunda ley de la naturaleza; pero, según Jacob, es la primera ley a la que está sometida la naturaleza: la tendencia inexorable e irreversible hacia la corrupción y la desintegración. No puede revertirse. No vuelve a levantarse; se desmorona, se pudre y permanece así para siempre, por una duración interminable.
Esto significaría el fin de todo, si no fuera porque otra fuerza actúa en contra. “Por tanto, era necesario que hubiera una expiación infinita” (2 Nefi 9:7), dice él; en otras palabras, un principio de aplicación ilimitada. Aquí está actuando un principio infinito. “Debía ser infinita”; Jacob insiste en ello. No puede ser limitada, no puede ser provisional, no puede ser un simple recurso temporal; es un principio infinito, tan absoluto como el otro principio. Sin una expiación infinita, “esta corrupción no podría vestirse de incorrupción”. No podríamos salvarnos de la entropía. Alguien más debe estar allí para hacerlo. Observen lo que significa expiación: la inversión del proceso de degradación, el retorno al estado anterior, el volver a integrarse o reunirse en uno solo (at-one). ¿Qué sucede cuando las partículas se desintegran? Se separan. La descomposición siempre va de partículas más pesadas a partículas más ligeras. Pero la expiación vuelve a reunir las partículas. Hacer que cualquier cosa regrese a su estado original de unidad es volverla una sola (at-one-ment). Según la ley de la naturaleza —esas son las palabras de Jacob; según el primer principio— eso jamás podría ocurrir.
Observamos que tanto el físico como el biólogo eran conscientes de la existencia de un agente organizador que se opone a la segunda ley. Matthews rinde homenaje a los pitagóricos: “¿Por qué, entonces, cuando examinamos el mundo inanimado, descubrimos que está gobernado por leyes que solo pueden expresarse en términos matemáticos?”. En realidad, ¿qué sé yo de ello? Sin embargo, toda la naturaleza inanimada se comporta de acuerdo con principios matemáticos concebidos como teoría pura por la mente humana. Alguien debe estar ordenando todas las cosas. Y así comenzamos con el relato de la Creación.
Existe la materia. Esa es la primera ley: la materia siempre ha existido. Existe la materia desorganizada. O, como dice Lyall Watson: “El estado normal de la materia es el caos”. Siempre ha sido así y siempre lo será. El estado normal de la materia es permanecer desorganizada. Existe materia desorganizada; descendamos y organicémosla para formar un mundo. Ese misterioso Ser está actuando, trayendo orden al caos. Sería fácil decir que estamos inventando una historia si no tuviéramos un mundo que la demostrara. Alguien descendió y lo organizó. La materia siempre estuvo allí, siempre en su estado natural de caos; y hace muchísimo tiempo todos los protones ya deberían haberse desintegrado, pero aquí está el mundo. La materia está desorganizada. El templo representa ese principio organizador del universo que reúne todas las cosas. Es la escuela donde aprendemos acerca de estas verdades.
¿Por qué construían templos los egipcios? Recientemente, Philippe Derchain redescubrió un documento sumamente importante sobre los templos egipcios: el Papiro Salt 825. Aunque era conocido desde hacía un siglo, nadie había comprendido realmente de qué se trataba hasta que él lo examinó nuevamente. Comienza señalando que los egipcios se sentían rodeados por un caos omnipresente y siempre amenazante. Eran intensamente conscientes de la ley del deterioro y la desintegración; esa realidad los perseguía constantemente. Estaban casi hipnotizados, paralizados por el terror de ese proceso de descomposición. Y, en efecto, en ningún otro lugar se encuentran descripciones más dramáticas e implacables del proceso de corrupción y del mal de la muerte que en los textos funerarios egipcios. Odiaban la muerte, la aborrecían, pero aun así la enfrentaban directamente.
El orden y la seguridad son la excepción en este mundo. Parece que los egipcios llegaron a su tierra en una época de grandes convulsiones mundiales. Sus propios relatos están llenos de referencias a ellas; hablaban constantemente de esos acontecimientos. Habían visto a la naturaleza desatada y sabían que el ser humano apenas sobrevive por un hilo.
Hoy los científicos hablan de la gran “catástrofe del Pérmico-Triásico”. El gran biólogo alemán Otto H. Schindewolf llamó a esta corriente “neocatastrofismo”, y realmente presenta una visión muy distinta del pasado. Qué poco victoriano resulta poner a los libros títulos como El universo violento o La Tierra inquieta. Solemos pensar que la Tierra es el símbolo mismo de la estabilidad, tan permanente e inmutable como las montañas. Pero basta con leer el periódico de cada día para comprender que eso dista mucho de ser cierto.
Lo mismo sucedía en Babilonia. Leemos en las tradiciones relacionadas con Abraham que el prototemplo de Babilonia, la Torre de Babel, fue construido como un lugar destinado a reunir información y dominar el conocimiento necesario para contrarrestar, enfrentar, contener o mitigar cualquier gran catástrofe mundial. Los babilonios estaban aterrorizados; conservaban vívidos recuerdos del Diluvio y estaban desesperadamente decididos a evitar verse envueltos en otra calamidad. Creían que el conocimiento técnico podría salvarlos.
Los egipcios creían que únicamente por medio de la mente el caos podía mantenerse a distancia. Esto implicaba que el cese del pensamiento marcaría automáticamente el fin del universo. Ese era el gran temor de los egipcios. La preocupación constante de sus ritos, repetidos una y otra vez, era alcanzar una estabilidad ilimitada y eterna. No era el templo terrenal el que podía pretender construirse para la eternidad; la eternidad era un tiempo estático, un tiempo hierofántico que solo podía alcanzarse mediante un esfuerzo constante de la mente. Había que trabajar en ello continuamente. Solo mediante la acción del espíritu podían preservarse eficazmente las cosas de la aniquilación. Esto me recuerda el maravilloso libro de Cuarto Nefi, que describe una sociedad ideal y luego relata cómo terminó desintegrándose. Uno podría responder: “¡Qué época tan feliz debieron vivir!”. Y, por supuesto, felices son los pueblos cuyos anales permanecen en blanco. Nefi no nos cuenta prácticamente nada de ese período porque no había nada extraordinario que registrar. No hubo catástrofes, ni delitos, ni guerras. Pero ¿por qué lo perdieron todo? Porque mantener aquella condición exigía un enorme esfuerzo; requería una gran disciplina mental. Pasaban el tiempo reunidos constantemente, orando, ayunando y concentrando su mente en las cosas de Dios (véase 4 Nefi 1:12). Ese ejercicio continuo de la mente resultó demasiado agotador. Era mucho más fácil abandonar el esfuerzo, dejar que las cosas siguieran su curso y volver a las antiguas costumbres. Tuvieron que trabajar arduamente para preservar aquel maravilloso orden.
Entre las fuerzas que crean y las fuerzas que destruyen, el egipcio se veía a sí mismo como una tercera fuerza situada entre ambas. Su tarea consistía en conservar, preservar y mantener las cosas, en la medida de lo posible, tal como eran. Existe una fuerza creadora y una fuerza destructora; el ser humano ocupa el espacio intermedio. Pero solo podía conservar mediante la pensée, el pensamiento hecho realidad a través de palabras o gestos simbólicos. Junto con este sentido de urgencia existía también un profundo sentimiento de responsabilidad total, el cual, a su vez, exigía actuar.
El rito fundamental del templo era el sacrificio. Lo que aquí nos interesa es comprender cómo pensaban los egipcios que podían contribuir al mantenimiento del orden físico del mundo mediante expresiones puramente simbólicas del pensamiento. Al fin y al cabo, lo verdaderamente importante era el pensamiento. Sin embargo, los símbolos también eran esenciales. Dirigían, concentraban, disciplinaban e informaban el pensamiento. Para que este fuera eficaz debía estar motivado y orientado de esa manera. El libro Supernature, de Watson, dedica una extensa atención a este tema. Todos los investigadores de la psicocinesis, la telepatía, la percepción extrasensorial y las investigaciones sobre las capacidades de la mente —estudios que en nuestra época realizan, con resultados sorprendentes, algunos de los científicos más escépticos del mundo, en especial los soviéticos— coinciden en un punto: cuando se plantea una tarea, el éxito depende directamente del poder de concentración, de la voluntad, del deseo y del grado de interés e implicación total. La persona debe estar profundamente motivada; entonces puede lograr cosas extraordinarias. Pero si el interés y la concentración disminuyen, prácticamente no ocurre nada. Cuando ese nivel permanece elevado, la mente ejerce un efecto directo sobre las cosas. El pensamiento puede realizar acciones sorprendentes. Todo depende de concentrarlo y ordenarlo.
Este principio se ilustra en el antiguo círculo de oración de los templos. La concentración de pensamientos dentro de una estructura única posee un significado muy definido. (Podría decirse mucho más sobre este tema). Para los egipcios y los babilonios, como también para nosotros, el templo representa el principio del orden del universo. Es el punto hierocéntrico alrededor del cual se organiza toda la creación. Es el omphalos, el “ombligo” alrededor del cual fue organizada la tierra. El templo es un modelo a escala del universo, orientado según los puntos cardinales, una característica fundamental de toda ciudad tanto en la civilización antigua como en la contemporánea. (Hace muchos años, Sir James George Frazer observó un patrón definido entre las antiguas prácticas religiosas: todas seguían modelos muy semejantes en todo el mundo. Él explicó este fenómeno como etapas de una evolución natural de la mente humana. Sin embargo, investigaciones posteriores han llenado los vacíos existentes entre esas culturas, demostrando que las civilizaciones estaban mucho más conectadas de lo que se había supuesto).
La civilización es hierocéntrica; gira alrededor del punto sagrado representado por el templo. El templo era, sin duda, el centro de todas las cosas en Babilonia, Egipto, Grecia y prácticamente en cualquier lugar. Así ocurrió también en el Utah de los pioneros. Este modelo descendió desde la antigüedad hasta la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Los pioneros, dispersos por las vastas regiones apenas exploradas de “Deseret”, orientaron sus calles tomando como referencia el templo. Las calles se designaban como primera, segunda o tercera, este, oeste, norte o sur, según su orientación respecto del templo. El templo estaba alineado con los puntos cardinales. En el extremo occidental del Templo de Salt Lake puede verse representada la Osa Mayor, un elemento de enorme importancia. Al igual que en el templo egipcio de Dendera, debía aparecer allí la Osa Mayor, simbolizando la Estrella Polar, alrededor de la cual gira todo. La puerta principal debía mirar hacia el este. El sol, la luna y las estrellas —los tres grados de gloria— están representados allí. El templo constituye un modelo a escala del universo, destinado tanto a la enseñanza como a ayudarnos a orientarnos dentro del universo y de las eternidades, tanto en el tiempo como en el espacio. En cuanto al tiempo, también tomamos allí nuestro punto de referencia. Nos encontramos en el mundo intermedio, trabajando por quienes vivieron antes de nosotros y por quienes vendrán después. En cierto sentido, estamos “proyectando” a nuestros antepasados hacia el futuro (tenemos sus registros, todos bastante recientes; recordemos que los registros genealógicos se conservaban en el sótano del Templo de Salt Lake, que era precisamente donde debían estar), ya que la obra realizada por quienes vivieron hace mucho tiempo les permite proyectar su existencia hacia lo que aún está por venir.
Nos encontramos en la posición intermedia. Esta tierra es el antiguo middan-(g)eard del inglés antiguo, la “tierra del medio”. La expresión babilónica markas samê u erseti significa el nudo que une el cielo con la tierra, el punto que conecta todas las distancias horizontales y todas las dimensiones verticales, el lugar donde se encuentran los cielos y la tierra. Es el punto medio donde los mundos superiores y los mundos inferiores convergen. Ese modelo a escala del universo es el templo. De hecho, la palabra latina para templo, templum, significa lo mismo que “plantilla” o “modelo”: un espacio delimitado sobre el suelo con la vara del augur para ayudarle a determinar la dirección exacta del vuelo profético de las aves. Él se sentaba en el cardo, la bisagra o eje alrededor del cual gira todo, donde la línea norte-sur cruzaba la línea este-oeste, llamada decumanus. La persona que iba a recibir revelación mediante las aves o mediante los cielos se sentaba en el centro y tomaba su orientación desde aquel observatorio cuidadosamente trazado. Esto se representaba en los antiguos círculos de piedra. Muchos de ellos son antiquísimos; existen más de doscientos en Inglaterra y Francia, siguiendo la forma y el modelo del antiguo templo egipcio. El templo también es un observatorio. Eso es precisamente un templum: un lugar donde uno toma orientación respecto de todas las cosas. Más aún, es un modelo funcional, un laboratorio destinado a demostrar principios fundamentales mediante figuras y símbolos que comunican a las mentes finitas realidades que están más allá de su experiencia inmediata. Allí Adán buscó por primera vez mayor luz y conocimiento. Su diligencia fue recompensada con principios y ordenanzas otorgados desde lo alto, los cuales debía estudiar y transmitir a sus hijos.
El templo es la gran institución educativa de la humanidad; las universidades son mucho más antiguas de lo que solemos imaginar. Una universidad comenzó como un Mouseion griego, un templo dedicado a las Musas, quienes representaban todas las ramas del conocimiento. Los egipcios lo llamaban la “Casa de la Vida”. Era un observatorio, un gran complejo megalítico de piedras erguidas (más tarde reemplazadas por columnas y pilonos), equipado con dispositivos sorprendentemente sofisticados para observar y registrar los movimientos de los cuerpos celestes. Un estudio de Stonehenge demuestra que funcionaba como un computador de extraordinaria precisión, una universidad situada en medio de bosques sagrados, jardines botánicos y geológicos; era un “paraíso”, un Jardín de Edén donde toda forma de vida era considerada sagrada. Con frecuencia se ha afirmado que el templo es la fuente de toda civilización. Un breve pasaje de un artículo reciente lo resume de la siguiente manera: la Casa de la Vida en Egipto, donde desde tiempos muy antiguos se copiaban y estudiaban los libros (que contenían algunas de las primeras composiciones poéticas), funcionaba como una especie de escuela superior de posgrado. Era en esa parte del templo donde se resolvían todas las cuestiones relacionadas con el saber y el conocimiento.
La palabra para poesía, poiema, significa “creación del mundo”. El cometido de las Musas en el templo era cantar el himno de la Creación junto con las estrellas de la mañana. Naturalmente, como estaban representando dramáticamente la historia de la Creación, el himno se cantaba con música. El canto se realizaba en un círculo o coro sagrado, de modo que la poesía, la música y la danza iban unidas. La antigua danza se remontaba a la danza circular del templo, semejante al círculo de oración que Jesús acostumbraba realizar con los apóstoles y sus esposas: Jesús de pie en el altar, en los brazos de Adán, y las esposas de los apóstoles formando el círculo junto con ellos. Algunos se han referido a esto como una danza; en realidad, era un coro. Así, la poesía, la música y la danza salían al mundo desde el templo, llamado por los griegos el Mouseion, el santuario de las Musas.
El himno de la Creación formaba parte de la gran representación dramática que tenía lugar cada año en el templo. Trataba de la caída y la redención del hombre, representadas mediante diversas formas de combate, convirtiendo el lugar en escenario de competencias atléticas rituales que eran sagradas en todo el mundo. El vencedor del certamen era el padre de la raza: el propio rey-sacerdote, cuya procesión triunfal, coronación y matrimonio tenían lugar en esa ocasión, haciendo del templo la sede y el origen del gobierno. El templo, y no el palacio, era la fuente de todo gobierno. Como se esperaba que toda la raza humana estuviera presente en el acontecimiento, se producía un intenso intercambio de bienes provenientes de regiones lejanas. Los puestos de los peregrinos servían también como mercados para grandes ferias, mientras que la necesidad de convertir las diversas y extrañas formas de riqueza en ofrendas aceptables para el templo dio lugar a una activa actividad bancaria y de cambio en el atrio del templo. Las primeras monedas acuñadas en el templo de Juno Moneta representaban a la diosa protectora Juno. Era necesario llevar una ofrenda al templo; nadie acudía con las manos vacías. Si alguien venía desde muy lejos, no podía traer consigo una paloma sin defecto, por lo que intercambiaba un vale por una al llegar al templo y luego presentaba su ofrenda. Jesús expulsó del templo a los cambistas que operaban en los atrios, cambiando diversas monedas y comerciando con mercancías, así como con corderos y palomas. El templo era el centro de las operaciones bancarias y de todo intercambio comercial.
Como el lugar también servía como observatorio, todo allí estaba relacionado con el calendario y las estrellas. Las matemáticas florecieron, y la astronomía era considerada una de las Musas. La historia era otra Musa, porque los ritos estaban destinados tanto a los muertos como a los vivos. Los monumentos dedicados a los grandes personajes del pasado, a quienes se creía presentes en las ceremonias, impulsaron el desarrollo del retrato, la escultura y la pintura. Los romanos prácticamente no cultivaron otro arte que el extraordinario arte del retrato. Sus bustos ancestrales eran sorprendentemente realistas. Estaban esculpidos solo hasta la parte superior del pecho para representar a la persona emergiendo de la tierra, siendo rescatada o redimida de la muerte. En la ornamentación arquitectónica, el diseño, las medidas y las proporciones del templo eran de enorme importancia. Como modelo a escala del universo, una especie de computadora cósmica, todas sus medidas debían ser exactas. La arquitectura de estas estructuras centradas en lo sagrado era de máxima importancia.
Puesto que desde ese punto central se medía toda la tierra y se distribuían todos los territorios, la geometría era indispensable. Los escritos producidos y copiados en la Casa de la Vida también se estudiaban allí, dando origen a esa rama de la filosofía dedicada principalmente a la cosmología y a las ciencias naturales. En resumen, no existe ninguna parte de nuestra civilización que no tenga su origen en el templo. Gracias al poder de la palabra escrita, se conservaron los registros. Y dentro de esa relación universal con el libro divino, todo tiene relevancia; nada está realmente muerto ni olvidado. En el tiempo del recogimiento de todas las cosas, reunimos todo lo bueno que alguna vez existió, no solo a las personas, para que nada se pierda y todo sea restaurado en esta última dispensación. En una relación que todo lo abarca, nada muere verdaderamente ni cae en el olvido. Cada detalle forma parte del cuadro y este quedaría incompleto sin él. Al carecer de un principio unificador como este, el conocimiento moderno se vuelve cada vez más fragmentado; nuestras bibliotecas y universidades se desmoronan y se desintegran mientras siguen creciendo. Cuando falta el templo que nos dio origen, la civilización misma se convierte en un cascarón vacío.
El templo debe estar presente. No es simplemente un mito; es el núcleo de toda nuestra civilización. En 1930 esta idea comenzó a resurgir en Cambridge. La escuela de Cambridge empezó a llamar patternism a lo que enseñaba, porque observó que todas las enseñanzas antiguas seguían el mismo patrón que acabo de describir.
En el templo se nos enseña mediante símbolos y ejemplos; pero eso no constituye la plenitud del Evangelio. Hoy en día es muy común escuchar el argumento: “Ustedes dicen que el Libro de Mormón contiene la plenitud del Evangelio, pero allí no aparecen las ordenanzas del templo, ¿verdad?”. Las ordenanzas no son la plenitud del Evangelio. Ir al templo es como entrar en un laboratorio para confirmar lo que ya se ha aprendido en el aula y en los textos. La plenitud del Evangelio consiste en comprender de qué trata realmente el plan: el conocimiento necesario para la salvación. Allí se entienden las razones y los propósitos. Para conocer la plenitud del Evangelio acudimos a Nefi, Alma y Moroni. Después se entra en el laboratorio, pero no en completa ignorancia. Las ordenanzas son únicamente formas externas. No nos exaltan por sí mismas; simplemente nos preparan para estar listos en caso de que algún día lleguemos a ser dignos de la exaltación.
Hemos estado suponiendo, casi sin darnos cuenta, que nuestro templo pertenece a la misma categoría que los templos egipcios. Permítanme explicarlo. Las ordenanzas del templo egipcio eran esencialmente las mismas que las que se realizan en el nuestro. Y esto puede explicarse con mucha sencillez: ambos tienen un origen común. La clave se encuentra en Abraham 1:26: “Faraón, siendo un hombre justo, estableció su reino y gobernó sabiamente y con justicia a su pueblo todos sus días, procurando diligentemente imitar aquel orden establecido por los padres en las primeras generaciones, en los días del primer gobierno patriarcal, aun en el reinado de Adán, y también de Noé, su padre, quien lo bendijo con las bendiciones de la tierra”. Procuró con diligencia imitar el orden que se remontaba a los padres de las primeras generaciones, al primer gobierno patriarcal. El propósito de las ordenanzas egipcias también era siempre regresar al sp tpy, “el Primer Tiempo”, la época del primer hombre, Adán. Los egipcios sabían que no poseían ese orden verdadero. Por eso procuraban imitarlo. Resulta interesante que este problema preocupaba profundamente al faraón. Pasaba sus días en los archivos de la Casa de la Vida, examinando los registros genealógicos junto con los nobles de la corte, buscando alguna prueba genealógica que demostrara que realmente poseía autoridad. Nunca la encontró, y eso le causó una gran desilusión. Y como “Faraón era de aquel linaje por el cual no podía tener el derecho del sacerdocio, aunque los faraones pretendían reclamarlo de Noé”, produjo una excelente imitación, esforzándose sinceramente por reproducir aquel orden que se remontaba al principio.
Por lo tanto, el resultado egipcio constituye una muy buena imitación de nuestras ordenanzas del templo. Mi obra The Message of the Joseph Smith Papyri: An Egyptian Endowment guía al lector a través del templo egipcio sin hacer ninguna referencia al templo de los Santos de los Últimos Días. Ni siquiera es necesario mencionarlo. Es fácil comprender lo que está ocurriendo. Todo esto es hoy un secreto a voces entre los especialistas, de modo que no estamos revelando nada desconocido. Las ordenanzas tienen un origen común; el comentario de Abraham proporciona la clave. Él afirmó que los egipcios las imitaron. Los ritos de los papiros de José Smith 10 y 11, conocidos como el Libro de las Respiraciones, siguen un patrón bien conocido. Y para demostrar que no estoy imponiendo ese patrón al texto, incluí en el apéndice de mi libro diversos escritos judíos y cristianos antiguos que tratan los textos ortodoxos judíos y cristianos como si describieran esas mismas ordenanzas, posteriormente perdidas. Las antiguas ordenanzas del templo, llamadas misterios, se conservan en distintos grados de preservación. Si alguien pregunta qué sabía José Smith acerca de los verdaderos templos, mi respuesta es: todo.
En relación con esto, existe un interesante detalle sobre la palabra telestial, considerada durante mucho tiempo como una de las expresiones más desafortunadas de José Smith. Hoy sabemos que existen tres mundos: el telestial, en el que vivimos; el celestial, al que aspiramos; y entre ambos, otro mundo llamado terrestre. Este no pertenece ni al celestial ni al telestial. Según los antiguos, ese mundo estaba representado por el templo, el mundo intermedio donde tienen lugar los ritos de transición. De hecho, la raíz griega telos es muy rica en este sentido y ha sido objeto de numerosos estudios recientes. Telos significa iniciación. Teleiomai significa ser introducido en los misterios. El profesor Werner Jaeger, de Harvard, un amigo muy cercano y autor de Paideia, se interesó profundamente por la palabra teleiotes mientras editaba los escritos de Gregorio de Nisa. Sostenía que Gregorio estaba hablando de los misterios. Un teleiotes era una persona iniciada en alguno de los grados de los misterios, y la culminación de ese grado la calificaba como completa o “perfecta”.
Esta raíz aparece por primera vez para indicar las diversas etapas, desde el comienzo hasta el final, de las ordenanzas iniciatorias de los misterios. En un libro publicado recientemente (1973), Morton Smith demostró extensamente que la palabra “misterio”, tal como era utilizada por los primeros judíos y cristianos y enseñada en secreto a los apóstoles, no era otra cosa que una serie de ordenanzas iniciatorias destinadas a alcanzar la salvación más elevada, las cuales hoy se han perdido y son desconocidas para el mundo cristiano. Él afirma que ignoramos cuáles eran exactamente, pero sostiene que eso era lo que Cristo quería decir con los misterios del reino: ordenanzas necesarias que reveló a los apóstoles durante sus enseñanzas más reservadas a lo largo de los cuarenta días posteriores a la Resurrección. El propósito de tales ordenanzas era tender un puente entre el mundo en el que ahora vivimos, el mundo telestial, y aquel al que aspiramos, el mundo celestial. Por ello, se entendía que los acontecimientos del templo tenían lugar en la esfera terrestre. Recordemos que se deja atrás la Creación y se llega finalmente al reino celestial; pero allí no sucede nada. Todo ocurre en los mundos telestial y terrestre, una vez que se abandona el jardín. Entonces comienza el verdadero recorrido, hasta alcanzar el reposo celestial. Todo el templo representa la teleiotes. También se sitúa en el mundo “telestial”, una palabra que nadie utilizó excepto José Smith. Y significa precisamente eso: el mundo más bajo, el mundo en el que somos colocados por debajo de los otros dos. Como las ordenanzas tienden un puente entre el mundo telestial y el celestial, se consideraba que los acontecimientos del templo ocurrían tanto en la esfera terrestre como en la telestial, el ámbito de los misterios o de las ordenanzas. Sin embargo, el texto copto llamaba a ese mundo intermedio el mundo de transición. Este es un notable acierto en favor de José Smith.
Uno de los templos más famosos de todos fue el de Jerusalén. En nuestros días se perciben movimientos sorprendentes, ya que judíos y cristianos han comenzado a especular (y les sorprendería saber cuán seriamente lo hacen) sobre la conveniencia de restablecer alguna forma de actividad relacionada con el templo. Sin embargo, se sienten desconcertados ante preguntas tan básicas como: “¿Qué haríamos con un templo y quién debería estar a cargo de él?”. Debido a los nuevos textos que han salido a la luz —textos apocalípticos que se centran todos en los templos— el templo vuelve a ocupar el lugar central. El más famoso de todos fue el de Jerusalén. En el cristianismo y el judaísmo, el templo desempeñó un papel extrañamente ambivalente; los vínculos del judaísmo con el templo han sido objeto de numerosos estudios. A los judíos les atrae este tema, pero al mismo tiempo le temen; no saben qué hacer con él. Necesitaban exaltar el templo o, por el contrario, minimizarlo como si fuera solamente un edificio. Mientras el templo permaneció en pie, fue el baluarte de la nación y llegó a convertirse casi en un fetiche, algo que aprendemos de los escritos de Josefo. Esto condujo a la peligrosa idea de que, mientras el pueblo tuviera el templo y sus ritos, podía considerarse justo e invulnerable; nada podría sucederle. Templum Dei, Templum Dei, Templum Dei: es el templo de Dios; nada puede dañarnos.
Ese mismo error natural, dicho sea de paso, también acecha a los Santos de los Últimos Días, quienes con frecuencia consideran el templo como una especie de fetiche. La hermana Eve Nielsen, quien trabaja en la biblioteca de la Universidad Brigham Young y se especializa en genealogía, cuenta que cuando era una niña pequeña, ella y sus hermanos estaban de pie en la puerta de su casa en Manti, aferrados a las faldas de su madre durante una terrible tormenta eléctrica y contemplando el templo, que acababa de terminarse. Su padre estaba allí trabajando. Los niños preguntaron a su madre: “Dios no permitirá que un rayo caiga sobre el templo, ¿verdad?”. Justo cuando ella les aseguraba que no ocurriría, ¡zas!, un rayo impactó la torre oriental, que comenzó a arder intensamente. El padre de la hermana Nielsen formó parte del grupo que acudió rápidamente y logró extinguir el incendio. Cuando regresó a casa, los niños le preguntaron qué había sucedido. ¿Cómo podía explicarse aquello? Él les dijo que se había hablado de instalar pararrayos, pero que finalmente no se había hecho. Les explicó que Dios había proporcionado los medios para proteger el templo de los rayos, pero que los obreros habían descuidado utilizarlos; por lo tanto, no tenían derecho a esperar una intervención milagrosa. Dios espera que actuemos con responsabilidad como siempre. El templo, en sí mismo, no es un fetiche ni un amuleto protector; debido a que los judíos terminaron depositando toda su esperanza en un edificio, su destrucción tuvo un efecto devastador sobre ellos. Los cristianos se regocijaron, pero los judíos pensaron que jamás volverían a ser restaurados, porque el templo había sido destruido y ellos mismos quedaron completamente desalentados con su desaparición; sintieron que todo había terminado.
Todo estaba basado en un edificio. De hecho, el Señor señaló esto en más de una ocasión: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Los doctores cristianos nunca se cansaron de repetir los viejos lugares comunes retóricos acerca de lo vano que era poner la fe en un edificio. Según ellos, Cristo destruyó el templo de piedra, pero la Iglesia es un templo espiritual, el único tipo de templo que realmente importa. ¿Es necesario entonces tener un templo físico? Allí vemos la ambivalencia del argumento. Los mismos padres de la Iglesia —Gregorio de Nisa y Juan Crisóstomo— que denunciaban la insensatez y la idolatría de atribuir santidad a un simple lugar o a un simple edificio, fueron los primeros en unirse a las piadosas peregrinaciones para regresar a las ruinas del edificio sagrado. La Iglesia nunca aprobó oficialmente las peregrinaciones a Tierra Santa. A sus dirigentes no les agradaban; por el contrario, siempre se opusieron a ellas. En ningún caso la Iglesia las fomentó; más bien, las desalentó activamente. Sin embargo, algunas personas insistían en regresar al antiguo orden de cosas porque pensaban que allí podrían encontrar el Evangelio.
Ese fue el espíritu de las Cruzadas: los cruzados regresaban al templo, al Lugar Santísimo. De hecho, ese también fue el proyecto de Cristóbal Colón: deseaba descubrir las Indias para obtener suficientes recursos y reconstruir el templo. Los peregrinos protestantes, por supuesto, denunciaban la insensatez de viajar a Jerusalén; sin embargo, ellos mismos se han dedicado a hacerlo con un fervor y una pasión incomparables, especialmente aquellos cristianos menos ligados a los rituales, como los cuáqueros. Ellos son precisamente quienes más disfrutan realizar esas peregrinaciones. La primera gran guerra de la era moderna, la Guerra de Crimea, se libró por la protección de los lugares santos de Jerusalén. Todo el mundo estaba involucrado. La historia universal, en realidad, gira en torno al templo. La obra Geopolitics and War, de James T. Lowe, basada en la teoría de Halford J. Mackinder, sitúa geográficamente el centro del mundo precisamente en esa región (la zona de la tierra donde el mar penetra profundamente en la gran masa continental, convirtiéndola en el centro geopolítico del mundo, el punto estratégico para dominar el mundo tanto por mar como por tierra). Pero no solo era el centro geográfico; también era el centro ideológico. Durante el gran siglo XVII, todos elaboraban grandes planes y proyectos para recuperar el templo. Ha sido una obsesión del mundo cristiano, y algunos judíos aún contemplan la futura reconstrucción del templo.
El mundo moderno pregunta con aire de superioridad: “¿Por qué un edificio? ¿Por qué no un templo espiritual? ¿Acaso Dios necesita objetos materiales?”. Nosotros estamos en este mundo para familiarizarnos con un nuevo medio de existencia. No debemos negar la realidad de las cosas materiales, pero tampoco debemos apegarnos excesivamente a ellas. No debemos quedar hipnotizados por ellas. Los monjes orientales cayeron en ambos extremos: negaron por completo la carne y, precisamente por ello, terminaron obsesionándose con ella.
Nosotros, los mormones, hemos hecho enormes sacrificios a lo largo de nuestra historia para construir templos. Sin embargo, nunca nos hemos aferrado a los edificios en sí mismos. Brigham Young prácticamente trabajó hasta el agotamiento para que el Templo de Nauvoo estuviera terminado a tiempo. Pero declaró que no deseaba “volver a ver un templo construido para que cayera en manos de los inicuos”. Cuando supo que el Templo de Nauvoo había sido destruido por un incendio, dijo: “Bien, Padre, si deseas que sea consumido por el fuego”. Luego añadió: “Esperaba verlo arder antes de partir, pero no sucedió. Me alegré cuando supe que había sido destruido por el fuego y que sus muros habían caído, y dije: “Ahora el infierno ya no podrá ocuparlo””. Después de todo, no era más que un edificio. Entonces, ¿por qué habría de sacrificarse tanto por él? Procuramos que nuestros templos sean hermosos, pero si para muchos de nosotros alguno resulta menos impresionante desde el punto de vista arquitectónico, eso no disminuye en absoluto nuestro entusiasmo por lo que ocurre dentro de ellos. Mi templo favorito, sin duda, es el de Provo, aunque como edificio le otorgaría una calificación bastante baja. No estamos apegados al edificio en sí; no deja de ser una casa de investiduras. Lo fundamental en todos los templos es su carácter exclusivo y apartado. El templo es algo consagrado y separado del mundo.
Cada dispensación queda marcada por el regreso del templo y de sus ordenanzas. El templo ocupa el centro de la literatura apocalíptica. Sin un templo no existe un verdadero Israel. Porque únicamente allí se encuentra el sacerdocio; con la destrucción del templo, los judíos también perdieron el sacerdocio. Y, sorprendentemente, los rabinos se regocijaron. Se nos dice que, mientras el templo ardía en llamas, los rabinos acudieron ante Vespasiano —mientras Tito llevaba a cabo la destrucción— para solicitar permiso para establecer la primera escuela rabínica en Jamnia, y les fue concedido. De hecho, celebraron la caída del templo.
Los doctores cristianos también se alegraron por la destrucción del templo, regodeándose en ella porque significaba, según ellos, el fin del judaísmo. Sin el templo, pensaban, el judaísmo ya no podría existir ni volver a levantarse. Sin embargo, este asunto sigue preocupándolos profundamente. En 1948, el enviado del presidente Truman sostuvo una larga conversación con el Papa, quien fue muy enfático al afirmar que, ocurriera lo que ocurriera, los judíos nunca debían volver a construir un templo. Consideraba de suma importancia que jamás regresaran a Jerusalén, porque, según cierta interpretación profética, nunca podrían volver allí. La posibilidad de una reconstrucción del templo alarmaba e irritaba a muchos cristianos, pero al mismo tiempo los fascinaba; sencillamente, no podían dejar de pensar en ello.
Las instituciones fundamentales de la civilización fueron definidas, en última instancia, dentro del templo o derivaron de él. Con el tiempo, muchas de esas instituciones se convirtieron en rivales —amargos rivales— del templo y terminaron desplazándolo de manera efectiva. Así, por ejemplo, los antiguos sofistas se apropiaron de la educación. Al hacerlo, la universidad llegó a convertirse en un antitemplo, condición que ha conservado desde entonces, adoptando incluso las formas externas del templo para desacreditar sus enseñanzas y doctrinas.
En nuestros días, como ha ocurrido en otras épocas de la historia, la santidad y la autoridad del templo han sido usurpadas por la religión de Mammón, por ejemplo. Nuestros bancos están diseñados siguiendo el modelo de los antiguos templos, con imponentes fachadas, puertas ceremoniales y amplios atrios; el ónice, el mármol y el bronce son precisamente los materiales de los antiguos templos. El silencio reverente que allí predomina, el ambiente de solemnidad, decoro y dedicación; las piadosas inscripciones en las paredes del Banco Zions, que citan a Brigham Young (precisamente el hombre que más desconfiaba del mundo de los negocios). La enorme puerta de la bóveda, por la cual solo pueden pasar los iniciados, resplandece con un metal impecable y pulido. El símbolo pretende transmitir la realidad de todo aquello que es seguro e inviolable; es decir, un Lugar Santísimo. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Es el Señor quien declara esto. Afirmamos que nuestra confianza está en Dios, y al mismo tiempo nos delatamos estampando esa declaración justamente donde corresponde a nuestros verdaderos intereses: en nuestras monedas y billetes.
A medida que aparece en cada dispensación, el templo constituye la cabeza de puente de Sion: prepara el camino, como un puesto avanzado o una avanzada en territorio extraño. Es algo ajeno al mundo y, precisamente por eso, provoca resentimiento. Es temido y envidiado; permanece como un intruso, objeto del temor y de la envidia del mundo, un invasor en un mundo inicuo y adúltero. Sion está a la defensiva. Nuestros primeros templos de los Santos de los Últimos Días fueron diseñados como fortalezas, con sus contrafuertes, almenas, puertas y murallas; siempre había un muro que los rodeaba. Si el templo representa el principio del orden en medio del caos, también representa el punto de apoyo de la rectitud en un mundo perverso. En cierta ocasión alguien me preguntó acerca de las ordenanzas egipcias contenidas en el manuscrito de José Smith: “¿Tiene todo esto alguna relevancia para el mundo moderno?”. Mi respuesta fue: no. Tiene relevancia para las eternidades. El mundo moderno es tan inestable como un isótopo en desintegración, pero el templo siempre ha permanecido igual. Sus ordenanzas son las mismas que un ángel enseñó a Adán.
La introducción del templo en el mundo fue, en los días de Enoc, Noé, Abraham, Moisés, Cristo y José Smith, un recordatorio de que el mundo, tal como funciona actualmente, se acerca a su fin. Esa etapa de la existencia humana estaba a punto de desaparecer para dar paso a otra. Una de las enseñanzas derivadas de las recientes investigaciones científicas en tantos campos es que el curso de la historia y de la geología —pensemos en la llamada “catástrofe del Pérmico-Triásico”— no ha consistido en una evolución lenta, infinitamente gradual y siempre beneficiosa. El Señor declaró al profeta José Smith, durante la Primera Visión, que estaba harto del mundo: “No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Y estaba a punto de reemplazar ese orden. Se nos enseña que esa repentina y catastrófica purificación tendrá lugar cuando la medida de la iniquidad haya llegado a su colmo, cuando los pueblos hayan madurado plenamente en la maldad.
El nombre mismo de la Iglesia no nos permite olvidar que estos son los últimos días. ¿Los últimos días de qué? Del dominio de Belial, del reinado de Satanás sobre la tierra. En el templo aprendemos, en primer lugar, por qué medios Satanás ha gobernado el mundo, cómo llegó a hacerlo y cómo ha ejercido ese dominio durante tantos siglos. Luego comenzamos a poner los cimientos de ese orden de existencia que Dios desea para Sus hijos sobre la tierra. En ambas enseñanzas tratamos con realidades concretas. Se nos presenta una elección entre esos dos caminos, y en la medida en que vivamos conforme a los principios y las leyes del templo, estaremos del lado del reino de Dios. Si no vivimos de acuerdo con ellos, quedamos bajo el poder del otro reino. Es en el templo donde Dios pone la propuesta delante de nosotros con absoluta claridad, y Él no será burlado. El templo está allí para hacernos volver en nosotros mismos, para recordarnos dónde se encuentra nuestra verdadera existencia y para librarnos de nosotros mismos. Por eso, hermanos y hermanas, vayamos allí con frecuencia y enfrentemos la realidad.
Testificamos de la verdad de la existencia de estas cosas. Nos preguntamos: ¿Qué sabía José Smith acerca del templo? Lo sabía todo. Él nos entregó la totalidad de su significado. Por eso sabemos que el Evangelio ha sido restaurado y que el templo ocupa el centro de todo. Debemos acudir a él con frecuencia. He llegado al punto de ser casi un adicto al templo. No puedo mantenerme alejado de él. Me deleito en él, en ese edificio que llamo una casa de investiduras, aunque le falten muchos aspectos que algunos considerarían ideales; pero eso no tiene importancia. Lo esencial son las ordenanzas y las investiduras que allí recibimos. Fue construido con propósitos prácticos.
En un discurso pronunciado en la década de 1880 en St. George, el hermano Erastus Snow dijo que cada templo posee un diseño ligeramente diferente porque cumple un propósito distinto. El Templo de St. George fue construido siguiendo el modelo del Templo de Kirtland para destacar ciertos aspectos específicos. Nuestro Templo de Provo, en cambio, fue construido de una manera completamente diferente. Su diseño responde a un propósito distinto: lograr eficiencia para realizar una gran cantidad de obra en poco tiempo y, al mismo tiempo, servir como una herramienta de enseñanza. En 1897, los estudiosos descubrieron un documento extraordinario conocido como el Apocalipsis de Abraham. En él, Abraham contempla una ordenanza como si estuviera viendo una película proyectada sobre una pantalla. Un ángel lo instruye diciendo: “Ahora mira esto… ahora esta imagen. Caminas conmigo por el Jardín. Esta es una representación del Jardín de Edén”. Entonces Abraham pregunta: “¿Quién es ese hombre?”. El ángel responde: “Ese es Adán y la mujer es Eva; y te explicaré quiénes son”. Después conduce a Abraham por esa escena y luego lo lleva a la siguiente imagen, conforme esta aparece proyectada ante él.
Cualquier medio que podamos utilizar para transmitir la información y comunicar el conocimiento cumplirá los propósitos del Señor. Por eso, no existen dos templos construidos exactamente iguales. Recuerden lo que dijo Brigham Young cuando comenzaron a construir el Templo de Salt Lake con seis torres en lugar de una: “No apostaten porque vaya a tener seis torres, cuando José solo construyó una”.
Hoy vivimos en una verdadera Feria de las Vanidades, y el templo representa el único lugar sobrio del mundo donde realmente podemos detenernos a reflexionar seriamente sobre estas cosas. Testifico que el Evangelio ha sido restaurado y que el Señor tiene la intención de cumplir Sus propósitos en estos últimos días. Todo lo que le pidamos conforme a Su voluntad, Él nos lo concederá. Esto lo digo a mi familia sin la menor reserva. Nunca le he pedido al Señor algo que Él no me haya concedido. Quizá alguien responda: “Entonces, seguramente no pediste muchas cosas”. No, en efecto; fui muy cuidadoso de no pedir demasiado. No queremos comportarnos como niños malcriados, ¿verdad? Pedimos aquello que verdaderamente necesitamos y que no podemos obtener por nosotros mismos, y el Señor nos lo concede. No se preocupen. Pero también espera que pongamos manos a la obra y trabajemos diligentemente por todo lo demás.
Por ello, oro y espero que el Señor nos inspire y nos ayude a todos a participar con mayor dedicación en la obra de estos últimos días, a visitar el templo con frecuencia y a llegar a ser cada vez más sabios, porque Su propósito es concedernos más revelación por medio de esa sagrada institución. Oro por ello en el nombre de Jesucristo. Amén.


























