Reseña Histórica – Un día como hoy 03 de Octubre

  • 3 de Octubre de 1806

El 03 de Octubre de 1806. Nace Oliver Cowdery (1806-1850) en Wells, Vermont,  Oliver Cowdery fue el siguiente en autoridad para José Smith en 1830, y fue un segundo testigo de muchos eventos críticos en la restauración del Evangelio. Como uno de los tres testigos del Libro de Mormón, Oliver Cowdery testificó que un ángel exhibió las planchas de oro y que la voz de Dios las proclamó traducidas correctamente. Él estaba con José Smith cuando Juan el Bautista les devolvió el Sacerdocio Aarónico y cuando Pedro, Santiago y Juan los ordenaron al Sacerdocio de Melquisedec y al apostolado, y nuevamente durante las visiones del Templo de Kirtland.

Oliver provenía de una familia de Nueva Inglaterra con fuertes tradiciones de patriotismo, individualidad, aprendizaje y religión. Su hermana menor dio la única información confiable sobre su juventud: “Oliver se crió en Poultney, Condado de Rutland, Vermont, y cuando llegó a la edad de veinte años, se fue al estado de Nueva York, donde sus hermanos mayores se casaron y se establecieron… La ocupación de Oliver fue en una tienda hasta 1829, cuando enseñó en la escuela del distrito en la ciudad de Manchester”

Alojando con los padres de Joseph Smith, se enteró de sus convicciones sobre el antiguo registro de que su hijo estaba traduciendo nuevamente después de que Martin Harris había perdido el manuscrito en 1828. El joven maestro oró y recibió respuestas que José Smith mencionó en una revelación. La primera historia del Profeta dice que “el Señor se apareció a… Oliver Cowdery y le mostró las planchas en una visión y… lo que el Señor estaba a punto de hacer a través de mí, su servidor indigno. Por lo tanto, él deseaba venir y escribir para que yo tradujera”.


  • 3 de Octubre 1918

El 03 de Octubre de 1918, Joseph F. Smith. Recibe la visión de la redención de los muertos, que llegó a constituir Doctrina y Convenios 138, me hallaba en mi habitación meditando sobre las Escrituras y reflexionando en el gran sacrificio expiatorio que el Hijo de Dios realizó para redimir al mundo, y el grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida del Redentor al mundo, a fin de que la humanidad pudiera ser salva mediante la expiación de Cristo y la obediencia a los principios del evangelio.

Mientras me ocupaba en esto, mis pensamientos se tornaron a los escritos del apóstol Pedro a los santos de la Iglesia primitiva esparcidos por el Ponto, Galacia, Capadocia y otras partes de Asia, donde se había predicado el evangelio después de la crucifixión del Señor. Abrí la Biblia y leí el tercero y cuarto capítulos de la primera epístola de Pedro, y al leer me sentí sumamente impresionado, más que en cualquiera otra ocasión, por los siguientes pasajes:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; “en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados,” “los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua” (1 Pedro 3:18-20). “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios” (1 Pedro 4:6).

Mientras meditaba estas cosas que están escritas, fueron abiertos los ojos de mi entendimiento y el Espíritu del Señor descansó sobre mí, y vi las huestes de los muertos, pequeños así como grandes. Y se hallaba reunida en un lugar una compañía innumerable de los espíritus de los justos que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne, y que habían ofrecido un sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios y habían padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor. Todos estos habían partido de la vida terrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección mediante la gracia de Dios el Padre y de su Hijo Unigénito, Jesucristo.

Vi que estaban llenos de gozo y de alegría, y juntos se regocijaban porque estaba próximo el día de su liberación. Se hallaban reunidos esperando el advenimiento del Hijo de Dios al mundo de los espíritus para declarar su redención de las ligaduras de la muerte. Su polvo inerte iba a ser restaurado a su forma perfecta, cada hueso a su hueso, y los tendones y la carne sobre ellos, el espíritu y el cuerpo iban a ser unidos para nunca más ser separados, a fin de que pudieran recibir una plenitud de gozo.

Mientras esta innumerable multitud esperaba y conversaba, regocijándose en la hora de su liberación de las cadenas de la muerte, apareció el Hijo de Dios y declaró libertad a los cautivos que habían sido fieles; y allí les predicó el evangelio eterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída y de los pecados individuales, con la condición de que se arrepintieran. Mas a los inicuos no fue, ni se oyó su voz entre los impíos y los impenitentes que se habían profanado mientras estuvieron en la carne; ni tampoco vieron su presencia ni contemplaron su faz los rebeldes que rechazaron los testimonios y amonestaciones de los antiguos profetas. Prevalecían las tinieblas donde estos se hallaban; pero entre los justos había paz, y los santos se regocijaron en su redención y doblaron la rodilla y reconocieron al Hijo de Dios como su Redentor y Libertador de la muerte y de las cadenas del infierno. Sus semblantes brillaban, y el resplandor de la presencia del Señor descansó sobre ellos, y cantaron alabanzas a su santo nombre.

Me maravillé, porque yo entendía que el Salvador había pasado unos tres años de su ministerio entre los judíos y los de la casa de Israel, tratando de enseñarles el evangelio eterno y llamarlos al arrepentimiento; y sin embargo, no obstante sus poderosas obras y milagros y proclamación de la verdad con gran poder y autoridad, fueron pocos los que escucharon su voz, y se regocijaron en su presencia, y recibieron la salvación de sus manos. Pero su ministerio entre los que habían muerto se limitó al breve tiempo que transcurrió entre la crucifixión y su resurrección; y me causaron admiración las palabras de Pedro en donde decía que el Hijo de Dios predicó a los espíritus encarcelados que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, y cómo le fue posible predicar a esos espíritus y efectuar la obra necesaria entre ellos en tan corto tiempo.

Y en mi admiración, mis ojos fueron abiertos y se vivificó mi entendimiento, y percibí que el Señor no fue en persona entre los inicuos ni los desobedientes que habían rechazado la verdad, para instruirlos; mas he aquí, organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas, es decir, a todos los espíritus de los hombres. Y así se predicó el evangelio a los muertos; y los mensajeros escogidos salieron a declarar el día aceptable del Señor y a proclamar la libertad a los cautivos que se hallaban encarcelados, sí, a todos los que estaban dispuestos a arrepentirse de sus pecados y recibir el evangelio. Así se predicó el evangelio a los que habían muerto en sus pecados, sin el conocimiento de la verdad, o en transgresión por haber rechazado a los profetas. A estos se enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos y todos los demás principios del evangelio que les era menester conocer a fin de habilitarse, para que fuesen juzgados en carne según los hombres, pero vivieran en espíritu según Dios.

De modo que se dio a conocer entre los muertos, pequeños así como grandes, tanto a los injustos como a los fieles, que se había efectuado la redención por medio del sacrificio del Hijo de Dios sobre la cruz. Así fue como se hizo saber que nuestro Redentor pasó su tiempo, durante su permanencia en el mundo de los espíritus, instruyendo y preparando a los fieles espíritus de los profetas que habían testificado de El en la carne, para que pudieran llevar el mensaje de redención a todos los muertos, a quienes Él no podía ir personalmente por motivo de su rebelión y transgresión, para que éstos también pudieran escuchar sus palabras por medio del ministerio de sus siervos.

Entre los grandes y poderosos que se hallaban reunidos en esta congregación de los justos estaban nuestro padre Adán, el Anciano de Días y padre de todos, y nuestra gloriosa madre Eva, con muchas de sus fieles hijas que habían vivido en el curso de las edades y adorado al Dios verdadero y viviente. Abel, el primer mártir estaba allí, y su hermano Set, uno de los poderosos, cuya semejanza era la imagen misma de su padre Adán. Noé que había amonestado en cuanto al diluvio; Sem, el gran sumo sacerdote; Abraham, el padre de los fieles Isaac, Jacob y Moisés, el gran legislador de Israel; Isaías el cual declaró por profecía que el Redentor fue ungido para sanar a los quebrantados de corazón, para publicar libertad a los cautivos y la apertura de la cárcel a los presos, también estaban allí.

Además, Ezequiel, a quien se mostró en una visión el gran valle de huesos secos que iban a ser revestidos de carne para salir otra vez como almas vivientes en la resurrección de los muertos; Daniel, que previo y predijo el establecimiento del reino de Dios en los postreros días, para nunca jamás ser derribado o dado a otro pueblo; Elías, que estuvo con Moisés en el monte de la transfiguración; Malaquías, el profeta que testificó acerca de la venida de Elías el profeta —de quien Moroni también habló a José Smith, declarando que habría de venir antes de que llegara el grande y terrible día del Señor— también estaban allí. El profeta Elías había de plantar en el corazón de los hijos las promesas

hechas a sus padres, presagiando la gran obra que se efectuaría en los templos del Señor en la dispensación del Cumplimiento de los Tiempos para la redención de los muertos, y para sellar los hijos a sus padres, no sea que toda la tierra sea herida con una maldición y quede enteramente desolada en su venida.

Todos éstos y muchos más, aun los profetas que vivieron entre los nefitas y testificaron acerca de la venida del Hijo de Dios, se hallaban entre la innumerable asamblea esperando su liberación, porque los muertos habían considerado como un cautiverio la larga separación de sus espíritus y cuerpos. El Señor instruyó a éstos y les dio poder para salir, después que El resucitara de los muertos, y entrar en el reino de su Padre para ser coronados con inmortalidad y vida eterna, y en adelante continuar sus labores como el Señor lo había prometido, y de ser partícipes de todas las bendiciones que estaban reservadas para aquellos que lo aman.

El profeta José Smith y mi padre, Hyrum Smith, y Brigham Young, John Taylor, Wilford Woodruff y otros espíritus selectos que fueron reservados para nacer en el cumplimiento de los tiempos a fin de participar en la colocación de los cimientos de la gran obra de los últimos días, incluso la construcción de templos y la efectuación en ellos le las ordenanzas para la redención de los muertos, también estaban en el mundo de los espíritus. Observé que también ellos se hallaban entre los nobles y grandes que fueron escogidos en el principio para ser gobernantes en la Iglesia de Dios. Aun antes de nacer, ellos, con muchos otros, recibieron sus primeras lecciones en el mundo de los espíritus y fueron preparados para venir en el tiempo oportuno del Señor para obrar en su viña en bien de la salvación de las almas de los hombres.

Vi que los fieles élderes de esta dispensación, cuando salen de la vida terrenal, continúan sus obras en la predicación del evangelio de arrepentimiento y redención, mediante el sacrificio del Unigénito Hijo de Dios, entre aquellos que están en tinieblas y bajo la servidumbre del pecado en el gran mundo de los espíritus de los muertos. Los muertos que se arrepientan serán redimidos, mediante su obediencia a las ordenanzas de la Casa de Dios, y después que hayan pagado el castigo de sus transgresiones y sean purificados, recibirán una recompensa según su obras, porque son herederos de salvación.

Tal fue la visión de la redención de los muertos que me fue revelada, y doy testimonio, y sé que este testimonio es verdadero mediante la bendición de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Así sea. Amén.

—Joseph F. Smith.