Capítulo 17
Una ofrenda aceptable
Moroni prometió a José Smith que el sacerdocio sería “revelado”. Esto tiene al menos dos significados: 1) Su poder y autoridad serían restaurados en la tierra, y 2) su propósito sería dado a conocer a todos sus fieles poseedores. Este capítulo trata sobre todo con el segundo significado.
No mucho tiempo después de la promesa de Moroni, Juan el Bautista regresó a la tierra trayendo la primera restauración de los poderes del sacerdocio. Con su vista enfocada en el templo, Juan el Bautista puso sus manos sobre José Smith y sobre Oliver Cowdery, y prometió que el sacerdocio “nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en rectitud” (D. y C. 13:1; énfasis añadido). Juan el Bautista citó a Malaquías, el mismo profeta que primeramente Moroni había citado a José Smith en 1823.
En el libro de Malaquías, la profecía se lee un poco diferente. Allí las palabras “hasta que” son reemplazadas por “para que”. En Malaquías 3:3 leemos: “…Limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia”. Ésta es la manera en que fue dada en Doctrina y Convenios 128:24 y concuerda también con la descripción dada por Oliver Cowdery, al final de la Perla de Gran Precio, página 69, sobre la visita de Juan el Bautista: “Este sacerdocio y esta autoridad, …permanecerán sobre la tierra, a fin de que los hijos de Leví todavía puedan hacer una ofrenda al Señor en rectitud”.
Ambas expresiones son importantes y verdaderas. No necesitamos decidir si una expresión es más correcta que la otra. El sacerdocio fue restaurado “a fin de que” la ofrenda pudiese ser hecha. En otras palabras, sin él no podría hacerse. También fue restaurado “hasta que” la ofrenda sea hecha. El sacerdocio nunca sería quitado de la tierra. ¡Ésta es una magnífica promesa! Así como lo prometió Moroni, el sacerdocio fue revelado al ser restaurado, y su propósito fue también revelado—para que una ofrenda fuese hecha. Obviamente la ofrenda es tan importante que nada podría oponérsele ni detenerla. Éste es el decreto firme del Señor mismo. Aprendemos también que los poseedores del sacerdocio deben ser “afinados y limpiados” o purificados con el fin de brindar la ofrenda.
¿Quiénes son los hijos de Leví? ¿Cuál es la ofrenda que ellos harán? ¿Por qué es su ofrenda tan esencial como para que el sacerdocio no sea quitado ya de la tierra? ¿Por qué es tan importante que el sacerdocio mismo fuese restaurado para permitir que la ofrenda pueda ser hecha? ¿Qué tiene que ver la limpieza y la purificación con la ofrenda? Trataremos de responder a estas preguntas apelando a las Escrituras.
LOS HIJOS DE LEVÍ
En los tiempos bíblicos, los hijos de Leví “fueron puestos sobre todo el ministerio del tabernáculo de la casa de Dios” (1 Crónicas 6:48). Ellos fueron escogidos para “dirigir la obra de la casa de Jehová” (1 Crónicas 23:4).
Los levitas “estaban bajo las órdenes de los hijos de Aarón para ministrar en la casa de Jehová, en los atrios, en las cámaras, y en la purificación de toda cosa santificada, …y para que tuviesen la guarda del tabernáculo de reunión, y la guarda del santuario” (1 Crónicas 23:28, 32). En otras palabras, los hijos de Leví eran esencialmente los antiguos obreros que realizaban las ordenanzas del templo.
Conforme procedió la Restauración, se reveló más información concerniente a la ofrenda mencionada por Juan el Bautista. El 22 y 23 de septiembre de 1832, en el aniversario de la visita de Moroni, fue dada una gran revelación sobre el sacerdocio. En esta revelación las palabras de Moroni y de Juan el Bautista se repiten y otras nuevas se añaden, lo que amplía y clarifica el significado de la ofrenda necesaria: “Los hijos de Moisés y también los hijos de Aarón ofrecerán una ofrenda y un sacrificio aceptables en la casa del Señor” (D. y C. 84:31, énfasis añadido).
Los hijos de Moisés poseen el sacerdocio de Melquisedec; los hijos de Aarón el sacerdocio Aarónico. Moisés y Aarón fueron ambos de la tribu de Leví. La promesa de Juan el Bautista se refiere a ambos sacerdocios. Aprendemos también que la ofrenda se haría “en la casa del Señor”. Ello explica porqué los hijos de Leví debían ser limpiados y purificados. Uno debe ser limpio y digno para entrar en el templo y para ejercer la autoridad del sacerdocio.
No es de sorprendernos que “una ofrenda y un sacrificio” deban ser consagrados en el templo. Antiguamente las ofrendas y los sacrificios se hacían en los altares del templo, los cuales ocupan un lugar central en todo lo que hacemos en la casa del Señor.
El Señor añade la palabra ‘“aceptable” a la ofrenda. Cuando se ofrezca, deberá ser ofrecida de tal modo que el Señor pueda aceptarla. Esta palabra llega a ser sumamente importante para que podamos entender luego la naturaleza exacta de la ofrenda.
LAS LLAVES Y LOS TEMPLOS
El progreso de la Restauración continuó. Se construyó el templo de Kirtland y se restauraron importantes llaves. Los temas principales del sacerdocio fueron enfatizados por mensajeros angelicales. “Se apareció Moisés… y nos entregó las llaves del recogimiento de Israel de las cuatro partes de la tierra”. La promesa hecha a Abraham fue reiterada cuando “apareció Elias y entregó la dispensación del evangelio de Abraham, diciendo que en nosotros y en nuestra descendencia serían bendecidas todas las generaciones después de nosotros”. El profeta Elias, el “que fue llevado al cielo sin gustar la muerte” se apareció para completar la autoridad necesaria, “para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres” (D. y C. 110:11,12,15; énfasis añadido). El recogimiento, el convenio de Abraham y el volver los corazones están todos inseparablemente conectados con los templos. La debida autoridad estaba ahora en su lugar y la ofrenda podría ser ahora ofrecida.
Los Santos se trasladaron a Nauvoo y una vez más se les dio el mandamiento de construir un templo. Ellos habían aprendido en Misuri la importancia de responder a ese mandamiento. Su incumplimiento fue uno de los factores más importantes de su expulsión del Condado de Jackson. (véase D. y C. 97; 101:43-45). Habían aprendido en Kirtland que cuando el Señor le dio un mandamiento de construir un templo y los Santos no respondieron inmediatamente, habían “cometido un pecado muy grave” (D. y C. 95:6).
Ya en Nauvoo, el Señor reveló la obra redentora de los muertos y recalcó a los Santos la necesidad de completar un templo con el fin de empezar esta gran obra en un lugar lo suficientemente sagrado por su importancia. Junto con el mandamiento de construir Su Casa, el Señor añadió una solemne advertencia: “Os mando a todos vosotros, mis santos, que me edifiquéis una casa; y os concedo el tiempo suficiente para que me la edifiquéis; …y si no habéis hecho estas cosas para cuando termine el plazo, seréis rechazados como iglesia, junto con vuestros muertos, dice el Señor vuestro Dios” (D. y C. 124: 31-32: énfasis añadido).
A pesar de todas las otras obras de la Iglesia y del sacerdocio, el incumplimiento de construir un templo (donde el Señor pudiese “restaurar otra vez … la plenitud del sacerdocio” [D. y C. 124:28] y donde la ofrenda pudiese ser ofrecida), resultaría en el rechazo de la Iglesia. En las minutas de la conferencia de octubre de 1841, el Señor también instruyó a los Santos que no realizaran otra conferencia hasta que pudiese ser llevada a cabo en un templo. Aparentemente, el Señor sintió que no hacía falta más instrucción hasta que la más crítica de todas fuese cumplida (History of the Church, 4:426).
UN LIBRO PARA SER PUESTO SOBRE EL ALTAR
Los cimientos estaban ahora puestos para que se pudiese ofrecer la ofrenda crítica, tan anticipada por todos los mensajeros angelicales que habían regresado a la tierra para restaurar las llaves y la autoridad del sacerdocio. Sin embargo, Satanás no estaba inactivo. José Smith se hallaba escondido. Consciente de que la obra del Señor no podía ser detenida por ninguna razón, José les dio instrucciones a los Santos por medio de cartas.
En una carta fechada el 1o de septiembre de 1842, José transmitió a los Santos el ánimo dado por el Señor: “De cierto así dice el Señor: Continúese sin cesar la obra de mi templo, así como todas las obras que os he señalado; y redóblense vuestra diligencia, perseverancia, paciencia y obras, y de ningún modo perderéis vuestro galardón” (D.yC. 127:4).
Cinco días más tarde, el 6 de septiembre de 1842, en una carta dirigida a la Iglesia, José Smith describió la “ofrenda aceptable”. Citando una vez más la profecía de Malaquías concerniente a los “hijos de Leví”, agregó la siguiente instrucción: “Ofrezcamos, pues, como iglesia y como pueblo, y como Santos de los Últimos Días, una ofrenda al Señor en rectitud; y presentemos en su santo templo, cuando quede terminado, un libro que contenga el registro de nuestros muertos, el cual sea digno de toda aceptación” (D. y C. 128:24; énfasis añadido).
Al menos en parte, la ofrenda que Malaquías, Juan el Bautista y otros profetas tenían en mente era un libro que contuviera las ordenanzas completas de la obra por todos los muertos. Tomará el Milenio para alcanzar la culminación y para que llegue a ser “digno de toda aceptación”, porque, ¿cómo lo aceptaría el Señor sino hasta que a todos Sus hijos, quienes recibirán salvación y vida eterna, se les haya brindado la oportunidad?
Como con otras profecías, la ofrenda mencionada tiene otros cumplimientos, pero es significativo que el Señor escogió enfatizar en las revelaciones en Doctrina y Convenios la obra por los muertos. Sin esa ofrenda, la tierra entera sería desechada a la venida del Señor.
Cuán apropiado es que la ofrenda que vamos a depositar en el altar del templo sea un libro. Es un intercambio justo por el maravilloso libro que nuestro Padre Celestial ha colocado en esos mismos altares como Su ofrenda y don para nosotros.
En resumen, Moroni citó primeramente la profecía de Malaquías y prometió que el sacerdocio sería revelado. Juan el Bautista vino luego para empezar su revelación y añadió que el sacerdocio perma necería en la tierra hasta que los hijos de Leví ofrecieran al Señor una ofrenda en rectitud. En la sección 84, los hijos de Leví fueron identi ficados como todos los poseedores del sacerdocio y fue revelado que la ofrenda sería hecha en el templo. Finalmente en Nauvoo, la carta de José Smith, contenida hoy en Doctrina y Convenios 128, invitó a todos los Santos a participar en la ofrenda e identificó también la ofrenda. Sería un libro conteniendo todos los registros de las ordenanzas de la obra por los muertos. Desde aquel momento, se han invertido tremendos recursos y esfuerzos para hacer que la ofrenda sea “aceptable” para el Señor una vez que sea completa.
MUCHAS INVENCIONES MODERNAS
El Señor está ansioso, como lo están nuestros antepasados, por ayudarnos a ofrecer nuestra ofrenda y para el cumplimiento de Sus promesas. Él nos ayudará de muchas maneras. Algunas ya las hemos mencionado, pero una de ellas es única y aunque es disfrutada por todos, es entendida por pocos: las invenciones modernas. ¿Qué sería de nuestra vida sin automóviles, microondas, fotografías, lavadoras de platos, secadoras de ropa, o computadoras? Prácticamente cada uno de nosotros está agradecido por estas maravillosas conveniencias y por las invenciones que nos ahorran tiempo. Su aparición en tan rápida sucesión en los últimos días no ha sido coincidencia, y no se han llevado acabo sin la inspiración y la dirección del Señor.
Archibald F. Bennett, un prominente genealogista dijo: “La hermana Susan Young Gates… le preguntó una vez a su padre [Brigham Young] cómo sería jamás posible completar la grandísima obra del templo que debemos realizar para que a todos les sea dada una completa oportunidad de exaltación. Él le dijo que habría muchos inventores de dispositivos que nos ahorrarían tiempo, de modo que pudiéramos llevar a cabo nuestras labores cotidianas en menos tiempo, lo que nos dejaría más y más tiempo para la obra del templo. Las invenciones han llegado y siguen llegando, pero muchas nos desvían el tiempo así ganado hacia otros canales, y no para el propósito propuesto por el Señor (Improvement Era, octubre 1952, pág. 720).
Si “el velo fuese levantado del rostro de todos los Santos de los Últimos Días”, enseñó Wilford Woodruff, y ellos “pudiesen ver y conocer las cosas de Dios, como lo hacen los que obran para la salvación de la familia humana que está en el mundo de los espíritus, …entonces este pueblo entero, con muy pocas excepciones, si acaso se diesen algunas, perdería todo interés en las riquezas del mundo, y en cambio dedicaría todos sus deseos y esfuerzos para redimir a los muertos” (Discourses of Wilford Woodruff, pág. 152). Debemos aprender a usar para su verdadero propósito todas las maravillosas ventajas que el Señor ha inspirado en estos postreros días, y no tan solamente en nuestras ocupaciones o para ganarnos la vida. Entonces con-sagraremos una ofrenda aceptable en los templos del Señor.
























