Una Casa de Gloria


Capítulo 6

Aguas profundas


En el capítulo 47 de Ezequiel hay una maravillosa profecía que nos enseña una lección profunda e inmensamente bella sobre el poder y el propósito del templo. Sirve como una ilustración excelente de la clase de enseñanza simbólica que encontramos en la Casa del Señor. De todas las enseñanzas de las Escrituras acerca del templo, ésta es la que más amo. Su poder radica en su sencillez y en la belleza de sus imágenes.

Ezequiel vio en visión el templo que un día sería construido sobre el Monte de Sión, en Jerusalén. Cuando el templo estuvo terminado, Ezequiel fue llevado en visión hasta las puertas orientales del templo, donde contempló un manantial de aguas puras “que salían de debajo del umbral de la casa hacia el oriente” (v. 1). Este manantial llegó a convertirse en un río, el cual empezó a fluir del oriente hacia el desierto de Judea hasta terminar finalmente en el Mar Muerto.

El desierto de Judea es una tierra muerta, horneada por el sol, donde casi nada crece, pero Ezequiel vio que, dondequiera que el río fluía, la vida empezaba a florecer en aquel árido desierto. “En la ribera del río había muchísimos árboles”, dijo Ezequiel, “a uno y otro lado” (v.7). Crecían toda clase de árboles frutales cuyas hojas “nunca caerán, ni faltará su fruto”. Y su fruto madurará, “porque sus aguas salen del santuario, y su fruto será para comer, y su hoja para medicina” (v.12).

Las aguas del río fluían hacia el Mar Muerto, “y entradas en el mar, recibirán sanidad”. Ezequiel también vio que “habrá muchísimos peces…y estarán los pescadores, y desde En-gadi hasta En-eglaim será su tendedero de redes; y por sus especies serán los peces tan numerosos como los peces del Mar Grande” (versículos 8-10).

Ezequiel describe con estas palabras el impacto que el río tiene en todo aquello que toca: “Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá…y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río” (v.9; énfasis añadido).

Conforme leemos estas palabras, el Espíritu parece susurrarnos: “Aquello que literalmente sería verdadero un día en cuanto al templo del Señor en Jerusalén, es verdadero ahora, espiritualmente, en todos los templos del Señor. Porque desde todas las puertas de cada uno de ellos fluye un manantial que da vida y sanidad”.

Los templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son la fuente de un río poderoso y profundamente refres cante. Es un río de paz, de revelación, de verdad, de luz y de poder del sacerdocio. Pero sobre todo, es un río de amor. Una lectura cuidadosa del sueño de Lehi revela un segundo símbolo que representa el amor de Dios al igual que el fruto del árbol de la vida. Lehi vio además que la barra de hierro “conducía a la fuente de aguas vivas… y estas aguas son una representación del amor de Dios” (1 Nefi 11:25). Esta fuente de amor fluye de las puertas de los templos.

Aprendemos de Ezequiel que las aguas del río hacen dos cosas con todo aquello que tocan: dan vida y dan sanidad. La vida que el río produce no va a decaer y lo que sana va a vivir para siempre. Las aguas que fluyen del templo sanarán y darán vida a nuestro matrimonio. Darán vida y sanarán a nuestra familia. La Iglesia florecerá y llegará a ser fuerte y vital como lo será nuestra vida en cuanto nos plantemos nosotros mismos cerca de las riberas del río y hagamos acopio de su humedad para nuestra alma.

Doctrina y Convenios 97 habla de un arroyo de aguas puras “que produce mucho fruto precioso”. Si Sión toma continuamente de las aguas de ese arroyo, “prosperará, y se ensanchará, y llegará a ser gloriosa en extremo, y muy grande y muy terrible. Y las naciones de la tierra la honrarán y dirán: Ciertamente Sión es la ciudad de nuestro Dios, e indudablemente Sión no puede caer ni ser quitada de su lugar, porque Dios está allí, y la mano del Señor está allí” (versículos 9,18-19).

MIDAMOS LA PROFUNDIDAD

En su visión, a Ezequiel se le instruyó entrar en las aguas del río y medir su profundidad. La primera vez que entró, le llegaban “las aguas hasta los tobillos”. Desde luego que un río que es apenas profundo como para que nos llegue el agua sólo hasta los tobillos, no es algo en cuanto a lo cual podamos sentirnos muy animados, pero a Ezequiel se le instruyó de nuevo caminar un poco más abajo del río y entrar de nuevo en las aguas. Esta vez le llegaron “las aguas hasta las rodillas”. Se le instruyó continuar caminando un poco más por la ribera y medir de nuevo la profundidad del río. “Y le llegan entonces las aguas hasta los lomos”.

La última descripción que da Ezequiel de la profundidad del río contiene una verdad simbólica y muy hermosa de lo que el templo puede llegar a representar para todos nosotros si entramos en sus aguas una y otra vez. “Las aguas habían crecido de manera que el río no se podía pasar sino a nado” (Ezequiel 47:3-5). Las aguas estaban ahora sobre su cabeza, y él podía sumergirse en su frescura.

La primera vez que entramos al templo, apenas llegamos a mojarnos los pies. Somos apenas presentados a la luz y al amor del Señor. Es una tragedia cuando miembros de la Iglesia juzgan al templo de ser poco profundo o de no ser lo suficientemente educativo, basándose tan solamente en su primera experiencia. Aún así, todos sabemos que en un día caliente de verano, al meternos en las aguas de un riachuelo hasta los tobillos nos refresca instantáneamente y nos resistimos a dejar las aguas que fluyen para regresar por nuestros zapatos. A la luz de esto, no es difícil comprender ese sentimiento de asombro que tuvo Moisés cuando se le dijo: “Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (Éxodo 3:5). El élder Widtsoe nos amonestó diciendo que no es correcto “dar una opinión sobre el servicio del templo después de un solo día de participación seguido por una ausencia de muchos años. La obra debería ser repetida varias veces seguidas, de modo que podamos hacer que las lecciones del templo queden grabadas en nuestra mente” (Temple Worship, pág. 64). Poco saben quienes sólo en forma casual entran a las aguas, que si persisten con paciencia, van a hallar río abajo aguas profundas para nadar, aguas vivas y sanadoras. Porque las aguas van subiendo a medida que entramos en ellas. Ellos se dan poca cuenta del poder que aquellas aguas tienen para sanar las discordancias de la vida, de la familia y finalmente del mundo.

Si entendemos escasamente o si sentimos poco la primera vez que entramos al templo, pase lo que pase, no abandonemos el río. Debemos continuar hacia abajo por la ribera y entrar en las aguas una y otra vez. Si lo hacemos, sentiremos que éstas suben hasta llegar a cubrirnos la cabeza y nos podemos sumergir profundamente en las aguas refrescantes que dan vida y sanidad, que son el amor y la luz de Dios. Si continuamos entrando una y otra vez, nuestro entendimiento del gran plan de amor y de felicidad del Señor crecerá conforme nos es enseñado mediante los símbolos del templo. Si siente que está entendiendo las ceremonias del templo sólo a un nivel que le llega a los tobillos, no se desanime. Entie en las aguas una y otra vez. Con el tiempo sentirá que las aguas suben y que su entendimiento se hace más profundo. Cuando hablo con los niños acerca del templo, a menudo les cuento acerca del río de Ezequiel. Sus ojos se llenan de asombro, de deleite y de anticipación al pensar que un día, también ellos serán capaces de nadar en el río de nuestro Padre Celestial. A nosotros, los mayores, es mucho lo que su natural avidez puede enseñarnos.

“UNO EN CORAZÓN Y EN VOLUNTAD”

Sumergidos en esa luz amorosa podemos llegar a ser uno, así como Jesús y el Padre son uno. El Señor enseñó a los Santos de esta dispensación: “Sed uno; y si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27). Solamente el templo nos puede hacer uno. El templo puede crear un pueblo de Sión, que llegará a ser, como la Escritura lo describe, “uno en corazón y voluntad” (Moisés 7:18).

Piense en todos los conceptos de unidad que se enseñan en la Casa del Señor, tanto literalmente como a través de los símbolos más sagrados. Su poder sanador y dador de vida “sellará” al esposo y a la esposa por la eternidad y hará de ellos uno. Unirá al padre con el hijo, al hermano con la hermana, y hará de ellos uno. “Unirá” a los vivos con los muertos a través de generaciones incontables hasta formar una cadena “entera, completa y perfecta” (ver D. y C. 128:18). Y aun lo más importante de todo, le permitirá a toda la humanidad abrazar a Dios, conocerle como su Padre, y llegar a ser “uno en corazón y voluntad” con Él. Con el templo no podemos fracasar en la edificación de Sión; sin él no podemos llegar a ser verdaderos discípulos del Señor Jesucristo. Todos estos conceptos de unidad están implícitos en la hermosa salutación escrita en la sección 88 de Doctrina y Convenios, la cual es una sección fundamental en el desarrollo de la adoración en el templo: “¿Eres hermano, o sois hermanos? Os saludo en el nombre del Señor Jesucristo, en señal o memoria del convenio sempiterno, convenio en el cual os recibo en confraternidad, con una determinación que es fija, inalterable e inmutable, de ser vuestro amigo y hermano por la gracia de Dios en los lazos de amor, de andar conforme a todos los mandamientos de Dios, irreprensible, con acción de gracias, para siempre jamás. Amén” (D. y C. 88:133).

No conozco ninguna salutación impresa más hermosa que ésta. Ciertamente tiene un significado profundo para la unidad que es enseñada y creada en la casa del Señor. Mediante el poder sanador y dador de vida del templo, marido y mujer, padres e hijos, hermanos y hermanas, vivos y muertos de todas las naciones y razas, serán capaces de saludarse así el uno al otro.