El sacerdocio Aarónico

Conferencia General Octubre 1981

El Sacerdocio Aarónico

President Boyd K. Packerpor el élder Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce


Siempre vengo al Tabernáculo temprano para las reuniones del sacerdocio, a fin de poder estrechar la mano de los diáconos, maestros y presbíteros.  Para poder encontrarlos, tengo que abrirme paso entre los muchos élderes, setentas y sumos sacerdotes; pero por el Sacerdocio Aarónico, vale la pena que lo haga. Los poseedores del sacerdocio mayor os hacemos llegar nuestros respetos, a vosotros, nuestros hermanos que poseéis el Sacerdocio Aarónico.

Quisiera hablar de ese poder invisible del Sacerdocio Aarónico Un jovencito de doce años, tiene la edad suficiente para aprender acerca de él, y a medida que madura, debe familiarizarse con este poder orientador y protector.

Hay personas que piensan que a menos que Un poder sea tangible no puede ser real; pero si vosotros pensáis de ese modo, creo que puedo convencemos de lo contrario.

¿Recordáis muchos de vosotros cuando inconscientemente metisteis un dedo en un enchufe?  Aun cuando no pudisteis ver exactamente lo que sucedió, por cierto que lo sentisteis. No sabemos de nadie que jamás haya visto la electricidad; ni siquiera un científico con los instrumentos o aparatos más modernos.  Pero ellos, al igual que la mayoría de nosotros, han sentido sus efectos, y hoy disfrutamos de los resultados.  Podemos medir la electricidad, podemos controlar y hasta generar luz, calor, y energía; nadie pone en duda su existencia simplemente porque no pueda verla. Lo mismo acontece con el poder del sacerdocio: uno puede sentirlo y apreciar, los resultados.

El sacerdocio puede llegar a ser, un poder orientador y protector en la vida de cada uno de vosotros.

Permitidme daros un ejemplo. Desde que se unió a la Iglesia, el presidente Wilford Woodruff sintió el deseo de servir como misionero.

“Yo era apenas un maestro”, escribió, “pero no está dentro del oficio de maestro el ir a predicar.

No me atreví a comentar con ninguna de las autoridades de la Iglesia mis deseos de ser misionero, va que no quería que pensaran que estaba en procura de un oficio.” (Leaves from My Journal, Salt Lake City: Juvenile Instructor Office, 1882, pág.  8.)

El presidente Woodruff oró al Señor sin necesidad de revelar, sus deseos a nadie más, fue ordenado presbítero y se le envió como misionero al territorio de Arkansas.

Junto con su compañero tuvo que caminar 160 kms. por una tierra pantanosa plagada de cocodrilos, mojado, embarrado y cansado.  Como resultado de su escabrosa jornada, el hermano Woodruff comenzó a sentir un agudo dolor en la rodilla, lo que le impidió continuar.

Su compañero lo dejó sentado sobre un tronco y se fue de vuelta a su casa en Kirtland.  El hermano Woodruff se arrodilló en el fango y oró pidiendo ayuda.  Tras recobrar sus fuerzas continuó la misión solo.

Tres días más tarde llegó a Memphis, estado de Tennessee, agotado, hambriento y lleno de barro.  Se dirigió hacia la posada más concurrida del lugar y, a pesar de que no tenía dinero para pagar, pidió algo para comer y un lugar donde dormir.  Cuando el encargado de la posada supo que se trataba de un predicador, se echó a reír y decidió divertirse a costa del hermano Woodruff.  Le ofreció cama y comida con la condición de que predicara a los parroquianos.

Allí se encontraba reunida la gente más rica y destacada de la comunidad, la cual se mostró bastante asombrada ante el aspecto tan descuidado del misionero.  Nadie quiso cantar con él, así que el hermano Woodruff se dispuso a ofrecer una oración.  Se arrodilló y algunos de los presentes también lo hicieron; luego suplicó al Señor que le acompañara con su Espíritu y le permitiera leer el corazón de quienes le escuchaban.  El Espíritu descendió sobre él, y pudo predicar con gran fuerza y hasta revelar algunas malas acciones de aquellos que habían querido ridiculizarle.

Cuando terminó, nadie se rió de aquel humilde poseedor del Sacerdocio Aarónico y de allí en adelante lo trataron con bondad. (Tomado de Leaves from My Journal, págs. 16-18.)

El contaba con el poder orientador y protector del Sacerdocio Aarónico, el cual también puede acompañaros a vosotros.

Permitidme enseñaros algunas cosas básicas en cuanto al Sacerdocio Aarónico.

“Es llamado el Sacerdocio de Aarón, porque se confirió a Aarón y a su descendencia por todas sus generaciones” (D. y C. 107:13).

También se le conoce por otros nombres, los cuales quisiera citar y explicar su significado.

El sacerdocio menor

Al Sacerdocio Aarónico a menudo se le llama el sacerdocio menor.

“Se le llama sacerdocio menor, porque es una dependencia del mayor, o sea el Sacerdocio de Melquisedec, y tiene el poder para administrar las ordenanzas exteriores, (D. y C. 107:14.)

Esto quiere decir que el sacerdocio mayor, o sea el Sacerdocio de Melquisedec, siempre preside sobre el Sacerdocio Aarónico o sacerdocio menor.  Aarón era el sumo sacerdote o el sacerdote presidente del Sacerdocio Aarónico, pero Moisés presidía sobre Aarón, puesto que él tenía el Sacerdocio de Melquisedec.

Por el hecho de que se le llame el sacerdocio menor, no quiere decir, que tenga menos importancia.  El Señor ha dicho que el Sacerdocio, Aarónico es necesario para el mayor (D. y C. 84:29). Todo poseedor del sacerdocio mayor debe sentirse altamente honrado cuando se le llama para llevar  a cabo las ordenanzas del Sacerdocio Aarónico, puesto que éstas encierran gran importancia espiritual.

Como miembro del Consejo de los Doce Apóstoles, he tenido la oportunidad de repartir la Santa Cena y os aseguro que ha sido para mí un gran honor, más de lo que puedo expresar con palabras, participar de algo que algunos pueden llegar a considerar una tarea de rutina.

El Sacerdocio Levítico

Al Sacerdocio Aarónico también se le llama Sacerdocio Levítico. Esta denominación proviene del nombre de Leví, uno de los doce hijos de Israel.  Moisés y Aarón, que eran hermanos, eran levitas.

Cuando al pueblo de Israel se le dio el Sacerdocio Aarónico, Aarón y sus hijos recibieron la responsabilidad de presidir y administrar.  Los miembros varones de todas las familias levitas estaban a cargo de las ceremonias que se llevaban a cabo en el Tabernáculo, incluyendo las comprendidas en la ley mosaica de sacrificio.

La ley de sacrificio se había observado desde los días de Adán simbolizaba la redención que traería al mundo el sacrificio y expiación del Mesías.  La ley mosaica de sacrificio se cumplió con la crucifixión de Cristo.

Antiguamente simbolizaban la expiación de Cristo mediante la ceremonia del sacrificio. En la actualidad recordamos ese acontecimiento por medio de la ordenanza del sacramento.

Tanto el sacrificio en la antigüedad como el sacramento en la era cristiana están centrados en la figura de Cristo, en el derramamiento de su sangre en su expiación por nuestros pecados.  Tanto entonces como ahora, la autoridad para efectuar tales ordenanzas corresponde al Sacerdocio Aarónico.

Se trata de una responsabilidad sagrada, y os une en una hermandad con los antiguos siervos del Señor.  Por lo tanto, no llama la atención que nos sintamos tan honrados al llevar a cabo ordenanzas asignadas al Sacerdocio Aarónico.

Comprenderéis entonces que es tan correcto llamarle Sacerdocio Aarónico como Levítico.  El nombre comprende únicamente la designación de deberes, pero se trata de un solo sacerdocio.

El sacerdocio preparatorio

Por último, al Sacerdocio Aarónico algunas veces se le llama sacerdocio preparatorio.  Este también es un título apropiado, puesto que prepara a los jóvenes para que reciban el sacerdocio mayor, para servir como misioneros y para casarse en el templo.

Siempre encontré un simbolismo en el hecho de que Juan el Bautista, un poseedor del Sacerdocio Aarónico, preparará el camino para la venida del Señor en la época de Su ministerio.  También vino era esta dispensación a restaurar el Sacerdocio Aarónico al profeta José Smith y a Oliverio Cowdery, en preparación para el sacerdocio mayor.  El Señor mismo dijo que “no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11:11).

Os aconsejo que observéis a vuestros padres y a vuestros líderes, para daros cuenta de la forma en que funciona el Sacerdocio de Melquisedec.

Vosotros, jóvenes, os estáis preparando para uniros a los élderes, a los setentas, a los sumos sacerdotes y a los patriarcas; para servir como misioneros, líderes de quórum, líderes de estaca; para trabajar en obispados, y para ser padres de familia.  Algunos de vosotros que hoy sois diáconos, maestros o presbíteros, un día os sentaréis en el estrado del Tabernáculo como Apóstoles y profetas para presidir la Iglesia.  Por lo tanto, es también correcto llamar al Sacerdocio Aarónico el sacerdocio preparatorio.

Principios del sacerdocio

Quisiera enseñaros ahora algunos importantes principios del sacerdocio.  Cuando recibís el Sacerdocio Aarónico, lo recibís en su totalidad.  Hay tres tipos de autoridad implícitos en el sacerdocio que poseéis y es aconsejable que los entendáis.

Primero, consideremos el sacerdocio mismo.  La ordenación que habéis recibido os otorga completa autoridad para efectuar las ordenanzas y poseer el poder pertinente al Sacerdocio Aarónico.

Segundo, tenemos oficios en este sacerdocio, cada uno con privilegios diferentes.  Hay tres: el de diácono, el de maestro y el de presbítero.  Los tres se os confieren en los años de la adolescencia.  El cuarto oficio, el de obispo, se os podrá conferir cuando seáis mayores y dignos de ser también ordenados sumos sacerdotes.

Los diáconos tienen la responsabilidad de “velar por la iglesia y … ser sus ministros residentes” (D. y C. 20:57-59; 84:111). El quórum está compuesto por doce diáconos. (D. y C. 107:85.)

Los maestros tienen el deber de 44 velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” (D. y C. 20:53).  El quórum de maestros está compuesto por veinticuatro miembros. (D. y C. 107:86.)

El presbítero tiene la responsabilidad de “predicar, enseñar, exponer, exhortar, bautizar y bendecir la santa cena, y visitar la casa de cada miembro. . .” (D. y C. 20:4647).  El quórum de presbíteros está constituido por cuarenta y ocho miembros siendo el obispo su presidente. (Véase D. y C. 107:87-88.)

En todo momento vosotros poseéis uno de estos oficios y al recibir uno mayor, retenéis la autoridad del anterior.  Por ejemplo, cuando se os ordena presbíteros, conserváis la autoridad de hacer todas las cosas que corresponden a un diácono o a un maestro.  Aun cuando recibís el sacerdocio mayor, conserváis la autoridad del sacerdocio menor y podéis actuar en sus oficios, siempre que contéis con la debida autorización.

El élder LeGrand Richards, que fue obispo de todo el Sacerdocio Aarónico siendo Obispo Presidente de la Iglesia, decía con frecuencia: “Soy apenas un diácono crecido”.

La ordenación no se hace utilizando palabras fijas, sino que se concreta a conferir el Sacerdocio Aarónico, a otorgar un oficio y también a pronunciar una bendición especial.

En una oportunidad asistí a una reunión con el presidente Joseph Fielding Smith, en la que alguien le hizo una pregunta en cuanto a una carta que en ese momento un apóstata estaba haciendo circular, en la que afirmaba que la Iglesia había perdido el sacerdocio, porque al ser éste conferido, no se utilizaron determinadas palabras.  El presidente Smith dijo: “Antes de referirnos a lo que este hombre afirma, permitidme que os diga algo sobre el hombre en sí”.  Entonces describió el carácter de la persona en cuestión y finalizó diciendo: “Así que como veis, ese hombre no es sino un puro mentiroso, aunque, tal vez no tan puro”.

Los oficios forman parte del sacerdocio, pero éste en sí tiene más valor que cualquiera de los oficios que lo componen.  El sacerdocio que se os ha conferido es para siempre, a menos que perdáis el derecho a poseerlo por una transgresión.

Cuando somos activos y fieles llegamos a comprender el poder del sacerdocio.

Existe otra clase de autoridad, la que recibís cuando sois apartados para presidir un quórum. En esos casos se os confieren las llaves de autoridad para esa presidencia.

Mediante la ordenación recibís el sacerdocio y uno de sus oficios (diácono, maestro, presbítero).  Las llaves de la presidencia se reciben al ser apartados para servir en ese cargo.

Cuando un joven es ordenado diácono, por lo general, el padre puede y debe efectuar la ordenación; si por alguna razón no le fuera posible, lo hará alguien que posea el debido sacerdocio.  Cuando se le llama como presidente de un quórum, será el obispo quien lo apartará, pues puede recibir las llaves de la presidencia únicamente de manos de aquel que ya las ha recibido; y a menos que el padre del joven sea obispo, no está autorizado para conferir esas llaves, ya que no las posee.

Debe tenerse en cuenta que las llaves para presidir son provisorias, mientras que el sacerdocio y los oficios que lo componen son permanentes.

Algo más: el sacerdocio lo puede otorgar únicamente una persona con autoridad y que la Iglesia sepa que la tiene. (D. y C. 42:11).

El sacerdocio no puede otorgarse como se entrega un diploma, ni puede darse como un certificado.  Tampoco se transmite como un mensaje, ni se envía como una carta, sino que se confiere mediante la debida ordenación.  Además, la persona que oficia debe ser un poseedor autorizado del sacerdocio, quien os colocará las manos sobre la cabeza y os ordenará.  Esa es una de las razones por las que las Autoridades Generales viajamos tanto: otorgar las llaves de la autoridad del sacerdocio.  Todo presidente de estaca, en todas partes del mundo, la ha recibido de manos de uno de los hermanos que preside en la Iglesia, y jamás ha habido excepción alguna al respecto.

Recordad siempre que el sacerdocio es algo muy importante y precioso para el Señor y a El le preocupa que se confiera en la forma apropiada y que quien lo hace sea digno.  Esto jamás se hace en secreto.

Hasta ahora os he hablado de cómo recibís la autoridad, pero tened presente que el poder que recibáis dependerá de la forma en que utilicéis este sagrado e intangible don.  Recibís la autoridad por medio de la ordenación, pero tendréis el poder mediante la obediencia y la dignidad personal.

Quisiera contaros cómo uno de nuestros hijos aprendió en cuanto a la obediencia.  Cuando se acercaba a la edad de ser diácono, en una ocasión fuimos a la hacienda de su abuelo en el estado de Wyoming, porque quería comenzar a domar un caballo que le habían regalado y que hasta ese momento había estado suelto por las colinas.

Nos llevó casi todo un día juntar a la tropilla en el corral y sujetar al caballo con una cuerda fuerte.  Luego le dije a mi hijo que el animal debía permanecer atado hasta que se calmara, que podría tocarlo con cuidado, hablarle también, pero que no debía soltarlo bajo ninguna circunstancia.

Poco después entramos en la casa para cenar. Mi hijo se apresuró a terminar y se retiró de la mesa para volver adonde estaba su caballo. De pronto le oí gritar e inmediatamente deduje lo que había sucedido: lo había soltado, pues quería enseñarle a seguirlo; pero cuando el animal tiró para zafarse, mi hijo casi instintivamente hizo algo que yo muchas veces le había aconsejado no hacer jamás: se enroscó la cuerda alrededor de la muñeca para poder sujetarlo mejor.

Al salir corriendo de la casa vi al caballo pasar frente a mí.  Nuestro hijo no podía zafarse de la cuerda y aunque seguía de pie, el animal estaba a punto de arrastrarlo, hasta que al final cayó.  Si el caballo hubiera doblado hacia la derecha, lo hubiera arrastrado hacia afuera del portón camino a las colinas, y seguramente lo habría matado.  Pero dio vuelta hacia la izquierda y por un momento se vio acorralado contra una esquina de la empalizada, lo que me dio suficiente tiempo para poder dar un par de vueltas a la cuerda alrededor de un poste y soltar a mi hijo.

Cuando el susto del momento hubo pasado, tuvimos una conversación de padre a hijo. “Si quieres poder llegar a domar ese caballo” le dije, “la fuerza de tus músculos no será suficiente.  El caballo es más grande y también tiene más fuerza que tú; siempre será de ese modo.  Es posible que algún día puedas montarlo si lo entrenas para que sea obediente; pero ésa es una lección que debes aprender tú mismo antes de enseñársela al caballo.” Fue así que mi hijo aprendió una lección muy valiosa.

Un par de años más tarde volvimos a la hacienda.  El caballo había estado suelto durante todo el invierno junto con la tropilla. Los encontramos en una pradera, junto a un río.  Yo observé desde una colina cómo mi hijo y su hermana se encaminaban cautelosamente hacia uno de los costados de la pradera.  Los caballos nerviosamente se alejaron un tanto.  Entonces mi hijo silbó; el caballo vaciló por un momento, pero de pronto se apartó de la tropilla y trotó hacia donde estaban los jóvenes.  Esa lección le enseñó que hay un gran poder en cosas que no se ven, cosas tales como la obediencia.

Así como la obediencia a un principio le dio el poder de entrenar a su caballo, la obediencia al sacerdocio le enseñó a controlarse a si mismo.

En el transcurso de vuestra vida, formaréis parte de un quórum del sacerdocio; vuestros hermanos os fortalecerán y apoyarán y, lo que es más, vosotros tendréis el privilegio de apoyarlos a ellos.

Mucho de lo que os he dicho en cuanto al Sacerdocio Aarónico se aplica también al Sacerdocio de Melquisedec. Los nombres de los oficios son diferentes, se recibe más autoridad, pero los principios son los mismos.

Recordad que el poder en el sacerdocio se recibe mediante el cumplimiento de los actos más comunes: la asistencia a las reuniones, la aceptación de asignaciones, el estudio de las Escrituras y la obediencia cumpliendo con la voluntad del Señor.

El presidente Wilford Woodruff dijo:

“Viajé miles de kilómetros y prediqué el evangelio siendo presbítero, y como lo dije a muchas congregaciones, el Señor me acompañó y manifestó Su poder en defensa de mi vida tanto cuando desempeñé ese oficio como siendo Apóstol.  El respalda a cualquier hombre que posea el sacerdocio, va sea presbítero, élder, setenta o Apóstol, siempre que honre su llamamiento y cumpla con su deber.” (Millennial Star, 28 de sep. de 1905, pág. 610.)

Juan el Bautista restauró el Sacerdocio Aarónico con estas palabras:

“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados. (D. y C. 13.)

Vosotros, nuestros diáconos, maestros y presbíteros, poseéis una autoridad sagrada; ruego que los ángeles os ministren y que el poder del sacerdocio os acompañe en todo momento, jóvenes y amados hermanos, así como a vuestros hijos en las futuras generaciones. Testifico que el evangelio es verdadero, que el sacerdocio tiene un gran poder, un poder que protege y guía a los que lo poseen.  En el nombre de Jesucristo.  Amén.

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