El plan de felicidad y exaltación

Conferencia General Octubre 1981

El plan de felicidad y exaltación

por el élder Richard G. Scott
del Primer Quórum de los Setenta


Mi hijo tiene un pequeño robot de juguete que camina y hace otros movimientos sencillos; si se cae, con cierta dificultad puede levantarse solo. Realiza las funciones programadas mecánicamente, sin sentimiento alguno; no tiene capacidad para crecer ni para cambiar el curso que le han trazado; responde de inmediato a cualquier influencia externa y deja de funcionar cuando se le acaba la cuerda.

Satanás desea que todos los hijos de nuestro Padre Celestial se comporten como robots.

¡Que diferente es el plan de Dios! Consideremos el nacimiento de un niño: un espíritu único en su género, creado por Dios (Moisés 6:36), y que habiendo madurado en la existencia premortal, llega a residir temporalmente en un cuerpo de carne y huesos. Sus padres han participado con Dios en esta sagrada experiencia, y con amor guiaran e inspiraran al pequeño hasta que crezca. Con el debido entendimiento de las enseñanzas del Salvador, y obedeciéndolas, el niño aprende «precepto tras precepto» (D. y C. 98:12); al decir siempre la verdad, adquiere confianza en sí mismo; esta lleno de amor y es servicial. Como hijo de Dios, su potencial de progreso y realizaciones no tiene limites; y si es obediente en todo, su destino es volver a la presencia de Dios a participar de Su gloria y tener parte en Su obra exaltada. De este modo preparada, la persona puede gozar en esta vida también de una felicidad inefable.

La vida terrenal es una etapa de probación. Dios dijo:

«. . . haremos una tierra sobre la cual estos puedan morar;

y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare. » (Abraham 3:24-25.)

Las maneras en que somos probados varían; algunos nacen con limitaciones físicas, otros están solos o no gozan de buena salud; otros sufren por su situación económica o por la falta de buen ejemplo de sus padres; y así podríamos mencionar miles de problemas que prueban nuestro temple. Aun cuando gran parte del dolor y del pesar que sufrimos son resultado de nuestra propia obstinación y desobediencia, muchas de las aflicciones que parecen ser obstáculos en nuestro camino son utilizadas por un Creador amoroso para nuestro propio progreso personal.

Nunca se tuvo la intención de que la vida fuese fácil, sino mas bien un periodo de probación y desarrollo sembrado de dificultades, conflictos y pesares; nos hallamos inmersos en un mar de constantes apremios mundanales que amenazan destruir nuestra felicidad. Sin embargo, si los analizamos, esos mismos problemas nos sirven para lograr desarrollo y progreso inconmensurables. El superar la adversidad da al ser humano fortaleza de carácter, le forja la confianza en si mismo, le engendra el autorrespeto y le asegura el éxito en sus esfuerzos rectos.

Quien ejerce por fe el libre albedrío progresa con las vicisitudes de la vida, es purificado por el dolor, y vive en paz. En contraste, aquel que frenéticamente busca satisfacer sus deseos mundanos se desliza en espiral descendente a trágicas profundidades. La tentación es la influencia que le motiva en el ejercicio de su libre albedrío.

En uno u otro momento, algunos dejamos que los apremios de la vida o las falsas enseñanzas de los hombres nos nublen la visión; pero una vez que llegamos a ver las cosas con claridad, la diferencia entre el plan de Dios y el de Satanás es inequívoca.

Satanás tiene la intención de convertir a los espíritus divinamente creados en criaturas regidas por el habito, limitadas por los apetitos de la carne y esclavizadas por la transgresión. El nunca ha abandonado su intento de esclavizar y destruir al hombre, y quiere persuadirnos a usar indebidamente el don del libre albedrío. Por medio de sutil y tentadora influencia, nos insta a satisfacer el deseo de adquirir poder personal y a sucumbir a los apetitos humanos. Subrepticiamente, hace presa de aquellos que ceden; y a menos que estos se arrepientan, efectivamente se convierten en robots que ya no ejercen control en su destino eterno. Por otra parte, hábilmente confunde a algunos al punto de que llegan a imaginar a Dios como un juez exigente, severo y tétrico, o como una Deidad distante que lleva meticulosa cuenta de todo. Pero El no es así; es un Padre amoroso, paciente, comprensivo, sumamente interesado en nuestro bienestar personal, deseoso de que seamos felices, y totalmente dedicado a nuestro progreso eterno.

«Porque de tal manera amo Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por el.» (Juan 3:16-17.)

Para ser felices en la tierra, así como para nuestra salvación eterna, hemos de tomar muchas decisiones correctas, lo cual no es difícil hacer; todas ellas juntas forjan un carácter resistente a las influencias corrosivas a que estamos expuestos. El carácter noble es como un preciado objeto de porcelana hecho de selectas materias crudas, forjado con fe, cuidadosamente trabajado con constantes actos rectos y cocido en el horno de las experiencias edificantes. Es un objeto de gran belleza y valor incalculable, que se puede romper en un momento de transgresión. Si se le protege con el autodominio, perdurará por la eternidad.

Debemos cultivar la verdadera humildad, no la habilidad de parecer humildes, sino el don sagrado de la humildad sincera. Esta es el suelo precioso y fértil del carácter recto donde germinan las semillas del progreso personal. Cuando se les cultiva con el ejercicio de la fe, se podan con el arrepentimiento y se fortifican con la obediencia y las buenas obras, dichas semillas producen el valioso fruto de la espiritualidad (Alma 26:22), lo cual da paso a la inspiración y el poder divinos. Tener inspiración es conocer la voluntad del Señor; el poder a que me refiero es la capacidad de cumplir con esa voluntad. (D. y C. 43:15-16.) Dicho poder viene por la gracia de Dios después que «hacemos todo lo que podemos». (2Nefi 25:23.)

Quisiera exponeros los pensamientos de alguien que encontró el camino a la felicidad:

«Cuento con el amor verdadero y profundo del Señor y El hará todo lo que yo le permita hacer por mi felicidad. La llave para liberar ese poder esta en mi mismo. Si bien otros me aconsejan, exhortan e instan, el Señor me ha dado a mi la responsabilidad y el libre albedrío de tomar las decisiones básicas para mi felicidad y progreso eternos. Al leer las Escrituras y meditar en ellas, y al orar con fe y fervor a mi Padre, la paz embarga todo mi ser. Con arrepentimiento sincero y obediencia a los mandamientos de Dios, aunados estos al servicio a los demás, el temor se aleja de mi corazón . . . v ya estoy preparado para recibir e interpretar la ayuda divina que me indica el camino con claridad. Ningún amigo, obispo, presidente de estaca ni Autoridad General puede hacer esto por mi, ya que es mi divino derecho procurarlo yo mismo. He aprendido a estar en paz y a ser feliz: ya se que, en lo sucesivo, mi vida será satisfactoria, productiva y significante. «

Esta persona no es un robot esclavizado por la adversidad, como tampoco hemos de serlo nosotros si empleamos sabiamente nuestro libre albedrío y seguimos las enseñanzas del Salvador.

Con todo mi amor, extiendo una invitación a todos para que obtengáis una plena comprensión del plan de felicidad y exaltación que el Salvador nos ha dado. Testifico que esta comprensión se encuentra en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. Os amo y os pido que la busquéis, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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