Los siete Cristos

Conferencia General Octubre 1982

Los siete Cristos

por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los Doce

¿Podría hablaros de los siete Cristos o, más bien, del único Cristo cuyas obras y palabras se manifiestan de siete maneras diferentes?

Vivimos en tiempos de contiendas y confusión en que los cristianos claman: «Mirad, aquí esta Cristo, o. . . allí esta . . .» (Mateo 24:23) o sea, «he aquí camino a la salvación, o allí esta . . .»(Mateo 24:23).

Oímos voces de fatalismo voces de gloria. Las doctrinas los dogmas de las diversas sectas están en pugna; se nos insta creer en principios discordantes a seguir senderos torcidos.

Las opiniones discrepan, el parloteo es incesante; los mensajes están en desacuerdo. Es evidente sin duda, aun para el más empedernido fanático, que las ideas religiosas opuestas no pueden ser todas auténticas.

En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, elevamos una voz serena y prudente, que vibra con sonido de trompeta y que el poder del Espíritu de Dios hace llegar al corazón de las almas contritas. Es la voz que proclama las palabras de vida eterna, aquí y ahora, y que prepara al hombre para alcanzar la gloria inmortal de los reinos eternos que han de venir.

Somos siervos del Señor, y Él nos ha enviado a invitar a todos a venir a Cristo y ser perfeccionados en El, a testificar del único y verdadero Cristo, del único y verdadero evangelio, de la única y verdadera salvación.

Invitamos a todos a prestar oído a lo que declaramos. Al Cristo de quien predicamos, y cuyos testigos somos, se le conoce bajo estos siete aspectos:

  1. Cristo, el Creador

Hay un Dios en el cielo, un Ser santo, exaltado, perfecto y puro, que es el Padre de todos. Es un Hombre Santo; tiene un cuerpo de carne y huesos y es el Padre de nuestros espíritus.

El Señor Jesucristo es el Primogénito, el heredero y progenie del Padre. Junto con todos sus hermanos espirituales fue dotado del libre albedrío y sujeto a la ley.

Tanto por la obediencia como por la rectitud y la fe, a lo largo de las etapas de Su existencia este Primogénito del Padre, nuestro Hermano Mayor, avanzó y progresó hasta que llego a ser como Dios en poder, fuerza, dominio e inteligencia. Llego a ser «el Señor Omnipotente, que reina, que era y que es de eternidad en eternidad» (Mosíah 3:5). Así, bajo la dirección del Padre, llegó a ser el Creador de incontables mundos.

El Padre ordeno y estableció el plan de salvación -llamado el Evangelio de Dios-mediante el cual todos sus hijos espirituales incluso Cristo, podrían tener un cuerpo mortal, vivir en un estado probatorio, morir, ser levantados en gloria inmortal y, si eran fieles en todo, alcanzar también la misma gloriosa exaltación del Padre.

Entonces el Amado y Escogido del Padre fue preordenado para ser el Salvador y el Redentor Aquel cuyo sacrificio expiatorio pondría en vigencia todas las condiciones del gran y eterno plan del Padre.

  1. Cristo, el Dios de nuestros padres

Hay un Dios y Padre de todos, un plan eterno de salvación, un solo camino para volver al cielo. Y Jesucristo es el nombre dado por el Padre mediante el cual el hombre puede ser salvo; el Suyo es el único nombre que se dará debajo del cielo en el presente, en el pasado y en el futuro, mediante el cual se obtendrá la salvación.

Hay un evangelio sempiterno, un Mediador entre Dios y el hombre, uno solo que vino a reconciliar con su Hacedor a la humanidad caída. Todos los hombres de todas las épocas son salvos por el mismo poder, las mismas leves, el mismo Salvador. Ese Salvador es Cristo.

Esta escrito: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8). Él es el Señor Jehová, Él es el Gran Yo Soy, y fuera de Él no hay Salvador.

Él es el Dios de Adán, y de Enoc, y de Noé, y de todos los santos que existieron antes del diluvio.

Él es el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y de todo Israel. Él es el Santo de Israel, el Dios de los profetas de todas las épocas; por la fe en Su nombre, ellos efectuaron todas sus grandes obras.

Él es el Dios de los jareditas, de los israelitas y de los nefitas. Moisés, «teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios» (Hebreos 11:26), escogió seguirle.

El separó las aguas del Mar Rojo ante la palabra de Moisés; fue quien detuvo el sol y la luna cuando habló Josué; fue quien levantó de la muerte al hijo de la viuda porque así lo deseó Elías el Profeta.

Todos los profetas, todos los patriarcas y todos los antiguos santos adoraron al Padre en su santo nombre y de ningún otro modo.

Todos los creyentes fieles desde los días de Adán hasta este momento, todos aquellos que por la fe han obrado con rectitud y ganado la salvación, todos, sin excepción, han tomado sobre si Su nombre y le han seguido con integro propósito de corazón.

¡Él es nuestro Dios y el Dios de nuestros padres!

  1. Cristo, el Mesías prometido

Durante cuatro mil años-desde el día en que Adán fue desterrado del Edén hasta aquel en que Juan bautizaba en Betabara- todos los profetas y los santos esperaron con anhelo la venida del Mesías. Hablaron y enseñaron de Cristo; predicaron y profetizaron de Cristo; centraron su vida y todas sus esperanzas en la promesa de Su venida.

Sabían que, como Hijo de Dios, nacería de una virgen: que llevaría a cabo la expiación infinita y eterna; que por medio de El la inmortalidad y la vida eterna estarían al alcance de los seres humanos. En toda su doctrina, sus ordenanzas y su adoración ellos ligaban el nombre de El con el del Padre mismo.

Toda la ley de Moisés, con sus símbolos y emblemas, testificaba de Aquel que vendría a salvar a Su pueblo. Por ejemplo, en el Día de la Expiación, el sacerdote sacrificaba un macho cabrío para Jehová por los pecados del pueblo a semejanza del sacrificio que el mismo Jehová haría en la cruz cuando se dejara matar por los pecados del mundo.

  1. Cristo, el Mesías mortal

Al nacer de María, en Belén de Judea, nuestro Señor «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7).

Como hombre, su vida fue perfecta, y acató la voluntad del Padre en todo. Enseñó el evangelio, organizó la Iglesia y llamó a algunos discípulos al ministerio.

Sanó a los enfermos, levanto a los muertos y efectuó grandes milagros.

Fue rechazado por los hombres, condenado por los poderes malignos de aquel entonces y cruelmente crucificado.

  1. Cristo, el crucificado y después resucitado

Hablamos del Cristo que vino al mundo a morir en la cruz por los pecados de los hombres. También hablamos del Cristo que vino al mundo para levantarse de entre los muertos, del Cristo que, revestido de gloriosa inmortalidad, nos invita a seguirle en la vida terrenal, en la muerte y otra vez en la vida, pero ya eterna.

En Getsemani sobrellevo una carga que ningún otro podría soportar. Allí sangró por cada poro al tomar sobre si los pecados de todos nosotros a condición de que nos arrepintiéramos.

Ya en el Calvario, durante las últimas tres horas de su pasión mortal, volvió al padecimiento de Getsemaní y bebió toda la copa que su Padre le había dado.

En Getsemaní y en la cruz redimió a la humanidad del pecado y termino su obra expiatoria. Temprano por la mañana del tercer día, rompió las ligaduras de la muerte y se levantó de la tumba para heredar todo poder en la tierra y en el cielo.

No hay lenguaje humano que pueda ponderar las maravillas de sus obras, de todo lo que ha hecho por nosotros. Como nuestro Abogado e Intercesor mora hoy eternamente en los cielos.

Escuchemos Su voz que nos dice:

Mansos, reverentes, hoy
inclinaos ante mí;
redimidos, recordad.
que os di la libertad.

Y mi sangre derrame,
vuestra salvación gané;
con mi cuerpo que murió,
vida doy a todos yo.
(Himnos de Sión, 95.)

  1. Cristo, el Mesías de hoy

Testificamos no solo del Cristo que una vez fue, sino del Mesías que ahora es y que será.

Hablamos, no s610 de un Cristo que murió y al que conocieron los antiguos, sino de un Salvador viviente que guía a su pueblo hoy como lo hizo antaño.

Nos alegramos, no solo por un pueblo que tuvo el evangelio en tiempos antiguos, que obro milagros y alcanzo la salvación, sino por un evangelio que existe en la actualidad y por un pueblo que se regocija con los mismos dones del Espíritu que fueron derramados sobre sus padres.

Gracias sean dadas a Dios: la restauración ha comenzado. Estos son los tiempos de la restauración de que hablaron todos los profetas antiguos.

Gracias sean dadas a Dios porque los cielos se han abierto, porque el Padre y el Hijo se aparecieron a José Smith, porque la revelación, y las visiones, y los dones, y los milagros abundan entre los santos fieles.

Gracias sean dadas a Dios porque en nuestra época muchos han visto el rostro de su Hijo y porque ha derramado el don de su Espíritu sobre muchos más.

Este es el día en que el conocimiento del verdadero Cristo y de su evangelio sempiterno se predica entre los hombres por última vez.

Este es el día en que el Gran Dios envía su palabra a fin de preparar a Su pueblo para la Segunda Venida del Hijo del Hombre.

Este es el día en que la Iglesia de Jesucristo ha sido nuevamente organizada y comisionada para administrar ese Santo Evangelio por medio del cual se obtiene la salvación.

  1. Cristo, El Mesías milenario

Y ahora, con palabras solemnes, anunciamos que el Señor Jesús, el Cristo Sempiterno, el Salvador que fue, que es y que será, pronto volverá. Tan ciertamente como el Hijo de María vino a morar entre sus semejantes, así vendrá el Hijo de Dios, con toda la gloria del reino de su Padre, a gobernar entre los hijos de los hombres.

En ese día terrible, el mundo que ahora existe llegara a su fin; la iniquidad se acabara; todo lo corruptible será consumido. Y la gloria del Señor resplandecerá diariamente sobre todos los hombres desde la salida del sol hasta que este se hunda por el poniente.

Aquellos de entre nosotros que quedan en espera del día de Su venida hallaran gozo y paz sempiterna. Los santos fieles vivirán y reinarán con El sobre la tierra por mil años, tras 10 cual irán a su reposo celestial.

La Segunda Venida del Hijo del Hombre será un día de venganza, fuego abrasador y lamento para el malvado y el impío. Para aquellos que aman al Señor y viven su ley, será un día de paz, triunfo, gloria y honor: el día en que el Señor venga a integrar sus joyas. (3 Nefi 24:1617.)

Por tanto, sabiendo de que hablamos, con el conocimiento cierto nacido del Espíritu, elevamos la voz en alabanza y testimonio del Señor Jesucristo, cuyos testigos somos.

Nuestra fe se centra en el Cristo verdadero y viviente, que es nuestro Amigo, nuestro Señor, nuestro Dios y nuestro Rey, a quien servimos y reverenciamos.

Sabemos que es el Hijo del Dios Todopoderoso; que nos ha revelado la vida v la inmortalidad mediante el evangelio. Todos los que crean en El, como lo dan a conocer los profetas vivientes, serán salvos con El en el reino de su Padre.

Invitamos a todas las personas de todas partes, de toda nación y tribu y lengua y pueblo, a venir a Cristo a perfeccionarse en El.

Invitamos a todas las personas a venir a adorar al Padre, en el nombre del Hijo, por medio del poder del Espíritu Santo.

En calidad de agentes del Señor, actuando en Su nombre, prometemos a todos los que emprendan dicho rumbo -llevando a cabo obras de rectitud-que tendrán paz en esta vida y vida eterna en el mundo venidero.

En el nombre del Señor Jesucristo. Amen.

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