Preparemos el corazón de nuestros hijos

Conferencia General Octubre 1982

Preparemos el corazón de nuestros hijos

H. Burke Peterson

por el obispo H. Burke Peterson
Primer Consejero en el Obispado Presidente


Mis hermanos del sacerdocio como una introducción a mi discurso de esta noche, me gustaría relataros una experiencia muy especial que tuve hace algunos años mientras me dirigía en un taxi desde el centro de Washington D.C. al aeropuerto Dulles. Se encuentra a una distancia considerable, de manera que tuve una larga conversación con el conductor. Aprendí de ese hombre una lección inolvidable; era una persona corpulenta que pesaba por lo menos 120 Kg. Me dijo que tenia tres hijos y que el mayor tenia catorce años; trabajaba para el servicio postal de los Estados Unidos y para incrementar sus ingresos manejaba un taxi por las tardes al terminar su trabajo regular.

-Pero -me dijo, todas las noches voy a mi casa para cenar.
-Su esposa debe ser una excelente cocinera.
-Si, lo es-me contestó.

Sin embargo, esa no era la razón por la que iba a su casa a esa hora, pues bien podría cenar mas tarde.

-La razón por la que voy a casa temprana es para estar con mis hijos-me dijo-. Mi hijo de catorce años es casi tan alto como yo, dentro de algunos años no podré controlarlo físicamente y cuando ese tiempo llegue sé que solamente será obediente si sabe que le amo y le respeto, y si a su vez siente amor y respeto por mí. De manera que todas las noches jugamos a la pelota, hacemos las tareas juntos o simplemente hablamos del día. Hay ocasiones-continuó- cuando el pasar tiempo con un hijo es más importante que el dinero o las cosas que este puede comprar.

Ultimamente he estado pensando en la forma en que el ejemplo que damos se refleja en la conducta y en la vida de nuestros hijos, para bien o para mal. Por ejemplo, me pregunto que piensa un niño cuando oye a su padre discutir con su madre, o gritarle o maltratarla en cualquier manera. Me pregunto que aprenderá él a valorar cuando su padre se va de pesca los domingos, o arregla el jardín o va de compras ese día. ¿Queda alguna impresión permanente en el corazón del hijo que oye a su padre criticar al obispo, al maestro orientador, al maestro de la Escuela Dominical, o tal vez al Profeta? Y aunque fuese una leve impresión, ¿perjudicará su actitud? He estado meditando: ¿Que respeto tendrá por la ley un joven de catorce años, poseedor del Sacerdocio Aarónico, cuando su padre excede el límite de velocidad en la autopista? ¿Acaso hay actos deshonestos tan pequeños que puedan pasar inadvertidos para un niño? ¿No es acaso posible que si un niño oye a su padre decir palabrotas, crezca pensando que son señal de la verdadera hombría o una característica de un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec?

Pienso que a pesar de que todos estos actos no sean compatibles con las normas del sacerdocio, por lo general un hijo aun puede amar a su padre y pensar que él es el mejor, y es a causa de estos sentimientos que tal vez desarrolle el deseo de ser como él. Al pensar en esto, me he preguntado: ¿Que respeto podrá tener el joven por el sacerdocio, por la autoridad y por la obediencia? ¿Que oportunidades tendrá para desarrollar la fe, el testimonio, la devoción, y una confianza inquebrantable en sus lideres del sacerdocio y lo que representan si su padre le da un ejemplo contrario? En la vida de casi todo niño hay una época en que piensa que su padre no puede hacer nada malo y desea llegar a ser exactamente como él. Es allí donde yace la tragedia, porque aun cuando el padre sea un mal ejemplo, aun cuando este equivocado, para el hijo es el mejor sólo «porque es papa».

¿Os sorprendería saber que en la mayoría de los casos los hijos fieles tienen padres fieles, y los hijos inseguros e infieles tienen padres que son inseguros e infieles? Estamos agradecidos de que, aunque dentro del gran grupo de fieles conversos hay excepciones a la regla, en forma sorprendente los resultados muestran que el hijo sigue el buen ejemplo del padre.

Reconociendo que en algunas ocasiones es difícil aceptar que el hijo de seis años echó vuestra loción favorita en la bañera del perro, o que el chico de doce años usó nuestras tres corbatas nuevas para practicar los nudos que aprendió en su reunión de escultismo, o que el joven que por primera vez ha manejado el auto y lo ha chocado luego simplemente dice: «Papar no sé lo que sucedió». . . reconociendo que a veces es difícil aceptar a los hijos como verdaderas bendiciones de los cielos, tratare de ayudaros a comprender que ellos sí son verdaderamente bendiciones, y que tenéis por ellos una responsabilidad divina. Espero poder daros algunas sugerencias que os ayuden a captar mejor este concepto.

Si la fe, el testimonio y la obediencia son tan importantes como lo afirman los profetas, entonces tal vez deseemos cambiar el modelo que estamos siguiendo a medida que ayudamos a nuestros hijos a adquirir esa convicción que tanto deseamos para ellos. Hablando de esto, haríamos bien en recordar que, debido a que el libre albedrío es un principio tan básico del evangelio, necesitamos comprender que no podemos forzar a otras personas a creer. No podemos forzar la fe, el testimonio y la obediencia sino que más bien, podemos guiar a alguien para que los desarrolle.

Uno de mis héroes, que también fue un gran misionero en el Libro de Mormón, comprendió y practico este principio eterno. Ammón tuvo un gran éxito; entre muchos otros, los dos mil hijos de Helamán fueron resultado de sus esfuerzos. El enseñó que antes de que la conversión pueda llevarse a cabo, antes de que alguien crea en las palabras de verdad, su corazón debe estar preparado para recibir el mensaje. De manera que hay muchas cosas que un padre puede hacer para guiar a su hijo por el camino de la conversión. Cuando los padres tienen en cuenta algunos principios importantes de conducta y los practican, las actitudes cambian y las barreras que existen entre padre e hijo desaparecen. Consideremos algunas formas en que, como padres, podernos preparar el corazón de nuestros hijos para que crean en nuestras palabras.

Primero, recordad el impacto de vuestro ejemplo. Hermanos, al pensar en aquellos que nos están observando, recordemos que el poder en el sacerdocio, el poder para bendecir, guiar y enseñar, el poder para olvidar y perdonar, el poder para guiar positivamente a una familia, a un hijo, proviene de una vida justa y digna. No es suficiente que se nos hayan impuesto las manos, pues sólo aquellos que están preparados para recibirlo como resultado de una vida digna pueden recibir el poder del sacerdocio.

Empecemos hoy a desechar los pequeños actos que no sean compatibles con el evangelio, renovemos el proceso de purificación de nuestra vida. Si nuestras palabras no concuerdan con nuestras acciones, nunca podrán oírse porque nuestros actos las ocultaran.

Segundo, el corazón de un niño estará mejor preparado para creer si tiene un padre que sepa escuchar. Si yo fuera niño, ¿cómo quisiera que fuera mi padre? Tal vez me gustaría que no me predicara tanto, sino que más bien me escuchara más. Muchos padres pasan gran parte de su tiempo predicando y no lo suficiente enseñando.

Algunas veces se realizan cambios maravillosos en un niño cuando su padre lo escucha; empieza a pensar que es especial, que no es simplemente un niño cualquiera. La imagen que tiene de sí mismo empieza a tomar mayores proporciones, a mejorar. Una de nuestras necesidades más grandes es tener jóvenes con un buen concepto de sí mismos, pues son ellos los que con éxito edificaran el reino. En una charla entre padre e hijo, ¿quien habla mas? Un padre ejemplar dijo: «Los padres necesitan dar a sus hijos más oídos y menos palabras».

Otro punto es que el corazón de un niño esta mas dispuesto y preparado a escuchar cuando su padre le dedica tiempo a él solo. Ya os hable de este taxista en Washington. El élder Richard L. Evans dijo algo muy importante:

«En la vida siempre hay algo que tiene prioridad. . . y una de las oportunidades más apremiantes que tenemos es la de responder a un niño cuando pregunta con sinceridad, recordando que los niños no siempre preguntan, que no siempre están dispuestos a aprender, que no siempre escuchan. Es por eso que con frecuencia tenemos que adaptarnos a sus propias condiciones y a su conveniencia, y no tratar de que ellos se adapten a las nuestras. Si les respondemos con verdadera atención y con interés genuino, es probable que continúen confiando en nosotros. Y si se dan cuenta de que pueden confiarnos sus dudas más triviales, tal vez mas adelante nos confíen las más importantes.» (Thoughts for One Hundred Days, Vol. 5, Salt Lake City: Publishers Press, 1972, págs. 114115.)

Otra forma de preparar el corazón de un niño es hacerle ver que su padre no critica, ni a él mismo, ni a los líderes de la Iglesia, ni a los maestros, los vecinos o la propia esposa; sí, especialmente la madre del niño. Pocos son los valores que un padre puede dar a sus hijos que sean mayores que el conocimiento de que esta enamorado de su madre. El criticar a otros no es, de ninguna manera, señal de hombría, puesto que encontrar las fallas de los demás es fácil pero se requiere ser un verdadero discípulo del Maestro para ver mas allá de las debilidades que todos tenemos y hallar los verdaderos tesoros que hay en otras personas.

Un niño necesita un padre paciente, que sea tardo a darse a la ira, que perdone rápidamente, que pueda recordar que el también fue una vez niño, y que no espere que su hijo se comporte como un pequeño adulto.

Recientemente, un sábado por la noche, se encontraba una joven familia comiendo en un restaurante; consistía del padre, la madre y dos hijos, aproximadamente de seis y diez años. El niño de seis años cometió un error; el padre fue duro con él y lo sacudió a medida que le reprendía. Durante el resto de la cena, a pesar de que en todas las mesas reinaba un espíritu de alegría, en la de ellos solo se oían algunas palabras. Cada vez que el niño tomaba un bocado, miraba a su padre para ver si lo había hecho mal; había en su cara una mirada de preocupación y miedo, así como una seriedad poco natural para su edad.

Todo niño necesita un padre que lo corrija cuando es preciso, pero más aun un padre que lo ame y lo acepte a pesar de su comportamiento; un padre que trate a su hijo adolescente como un adulto, sin esperar que actúe como tal. Sólo un padre extraordinario puede ver mas allá de las acciones de la niñez y contemplar el potencial de un hombre; y, aun de mayor importancia, vislumbrar la eternidad.

«El lugar donde podemos medir verdaderamente a un hombre no es un rincón obscuro, ni en la iglesia, ni en el trabajo, sino su propio hogar. Allí es donde se quita la mascara y uno puede saber si es un diablillo o un ángel, un canalla o un rey, un héroe o un farsante. No me importa lo que el mundo piense de él, ya sea que lo coronen o lo desprecien; no me importa un bledo cual sea su religión o su reputación. Pero si sus hijos temen su venida y su esposa sufre cada vez que debe pedirle un centavo, ese hombre es el mayor de los fraudes, aunque ore noche v día hasta mas no poder . . . Si sus hijos corren a la puerta a darle la bienvenida, y la alegría y el amor iluminan la cara de su esposa cada vez que oye sus pasos, se puede dar por sentado que es puro, porque su hogar es un cielo . . . Puedo perdonar mucho en aquel que prefiere que un hombre sufra a que una mujer derrame lagrimas; en aquel que prefiere tener el odio del mundo antes que el de su mujer; en aquel que prefiere ver la ira en los ojos de un rey que el temor en la cara de un niño.» (W. C. Bran, «A Man’s Real Measure», en Elbert Hubbard’s Scrapbook. New York: WM. H. Wise a Co., 1923, pág. 16.)

Hermanos, os testifico que el sacerdocio es divino, que se nos ha dado para bendecir la vida de los demás, al igual que la nuestra. Que recordemos la importancia de preparar el corazón de nuestros hijos al enseñarles las verdades sagradas; que renovemos el proceso purificador en cada uno de nosotros para que podamos servir de fortaleza y no de obstáculo a aquellos a quienes más amamos. En el nombre del Señor Jesucristo. Amen.

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