El amor y el libre albedrío

Conferencia General Octubre 1983logo pdf
El amor y el libre albedrío
Por el élder Marion D. Hanks
del Primer Quórum de los Setenta

Marion D. Hanks«Dios nos ama y cree en nosotros; ha hecho y hará todo lo que le sea posible por ayudarnos; pero no impondrá su voluntad en nuestro libre albedrío. «

Esta mañana deseo hablaros del valor de nuestro libre albedrío y del amor que nos lo preservó y que debería inspirarnos, llenar nuestro ser y ayudarnos a saber cómo usarlo.

Hace algunos años supe de un concepto que al principio me pareció sólo un ejercicio de la imaginación, o quizá una base para escribir una historia.  Pero a medida que se desarrollaba la idea llegó a ser muy personal y no la he podido erradicar por completo de mi mente a medida que he viajado por el mundo, a menudo separado de mi familia y mis otros seres amados.

Supongamos que todos recibiésemos al mismo tiempo la noticia de que lo inconcebible estaba por acontecer: que se iba a terminar la civilización tal como la conocemos.

¿Qué pasaría?

Las calles quizá se convertirían en un torbellino de gente frenética tratando de llegar hasta un teléfono para hablar con alguien.  Todas las líneas telefónicas estarían ocupadas, y todos los teléfonos públicos repletos de gente tratando de comunicarse con alguien para decirle «te quiero».  También se escucharían otros mensajes tales como «lo siento» o «qué tonto he sido».

La condición del mundo nos asegura de que lo increíble puede suceder; pero no estoy pensando en ninguna catástrofe, sino en nuestra vida cotidiana y nuestras relaciones diarias.  Nosotros que amamos debemos expresar y demostrar ese amor mientras todavía podamos hacerlo.  Si esperamos para demostrar nuestro amor más adelante hasta el momento en que se hayan corregido todas las imperfecciones y las frustraciones hayan pasado, estamos cometiendo un gran error.  El resentimiento, o el orgullo, el egoísmo o la impaciencia nos pueden hacer perder el verdadero propósito de la vida, lo que puede llegar a ser y lo que es para todos aquellos que aman y sirven.  El posponer amar y dar hasta que estemos perfectamente libres de congojas y aflicciones es un gran error, y un imposible.  No es para este mundo.

Por lo tanto, debemos esforzarnos intensamente por buscar la forma de corregir y mejorar nuestra actitud y nuestro comportamiento.  Dios así lo ha ordenado.  El nos ama y cree en nosotros; ha hecho y hará todo lo que le sea posible por ayudarnos; pero no impondrá su voluntad en nuestro libre albedrío.  «Nosotros le amamos a él» dicen las Escrituras, «porque él nos amó primero.» (1 Juan 4:19.)

Pero en realidad El no nos ama porque nosotros le amamos; sino que nos ama incondicionalmente.  Pero aun así, su amor no nos priva del privilegio de escoger, ni de hacernos responsables de lo que hemos escogido, ni de experimentar las consecuencias de nuestra elección.  De hecho, está escrito que llora por las malas acciones de algunos de sus hijos desobedientes:

«He allí a éstos, tus hermanos; son la obra de mis propias manos, y les di su conocimiento el día en que los creé; y en el huerto del Edén le di al hombre su albedrío.» (Moisés 7:32.)

Gozamos de ese mismo albedrío cuando vivíamos con Dios, antes de que el mundo fuese.  En el concilio celestial, del cual nos enseñan las Escrituras, hubo otro plan que le fue presentado a Dios: A Lucifer se le permitió presentar su programa.  Es importantísimo para nosotros, como líderes y en nuestras relaciones humanas, que recordemos que Dios nos ama tanto que no nos quiso proteger de los peligros de la libertad, del derecho y la responsabilidad de elegir.  Es tan profundo su amor y tan precioso ese principio, que El, sabiendo las consecuencias, se aseguró que se nos permitiera la libertad de escoger.  Lucifer no tenía amor en su corazón, no poseía el verdadero concepto de la libertad, ni la respetaba.  Tampoco tenía confianza en el principio ni en nosotros.  Abogaba en favor de la salvación forzada; quería imponer la supervivencia; deseaba un viaje seguro de ida y vuelta a la tierra.  Insistía en que nada se perdería.  Parecía no comprender que bajo su plan nadie llegaría a tener sabiduría; el hombre no podría ser fuerte, ni compasivo, ni humilde, ni agradecido ni tampoco podría utilizar su instinto creativo.

Comprendimos antes de salir de nuestro estado preterrenal que la libertad era peligrosa, difícil.  Sabíamos que al amar estaríamos expuestos a la angustia, el dolor y la desilusión.  Pero habíamos aprendido que las alternativas al poder amar v tener la libertad de elegir no nos darían el ambiente necesario para crecer ni tampoco la capacidad de usar nuestro instinto creativo que finalmente nos brincará una mayordomía como la de nuestro Padre.  El amor tan generoso del Primogénito espiritual de nuestro Padre Celestial nos ayudó a comprender por qué El, conociendo el precio que tendría que pagar pero al mismo tiempo lo que esto significaría para nosotros eternamente, se ofreció como voluntario en el plan de la redención.

En ese estado preterrenal, nosotros escogimos, y, como consecuencia, en esta tierra seguimos escogiendo.

Recientemente escuché a una encantadora joven que habló durante una conferencia de estaca; era su primer discurso.  Nunca había conocido una verdadera familia; había estado en diferentes hogares, había cometido muchos errores y había sufrido mucho hasta perder toda esperanza.  Pero una pareja ya entrada en años la encontró, la amó y le enseñó principios correctos.  El discurso que había preparado fue interesante y chistoso, pero cuando lo puso de lado y llorando expresó su testimonio, se convirtió en algo mágico:

«Nadie me había enseñado a entender que yo valía algo», dijo, «que en alguna manera yo era especial, pero entonces llegaron los misioneros y me enseñaron acerca de Jesucristo y de su gran amor, y del Dios que lo envió a esta tierra.  Me enseñaron que Jesús murió por mí, -por mí.

¡Verdaderamente valgo mucho! ¡Valgo mucho!  El murió por mí.»

La lección de infinito amor y sabiduría que Dios nos dio se pierde para muchos que están aquí por su propia voluntad, pero que no entienden que fue por eso, porque ejercieron su libre albedrío.  Nuestra responsabilidad es ayudarles; pero primeramente debemos orar y esforzarnos seriamente para no obscurecer su significado.  Si en realidad no amamos ni creemos en el libre albedrío, posiblemente vamos a querer imponer nuestra voluntad a los demás de acuerdo con lo que pensamos es lo mejor para ellos.  Pero si amamos lo suficiente, no lo haremos aun cuando el peligro del fracaso sea inminente.  Por supuesto que la enseñanza, las reglas, y la disciplina son esenciales.  El ejemplo de amor y paciencia de nuestro Padre debería instarnos a hacer todo lo que esté de nuestra parte para enseñar, persuadir y animar, para ayudar a otros.  Sin embargo, cuando se trata de que obren según su conciencia y fe, si en verdad amamos, nunca trataremos de imponer nuestra voluntad o de privarlos de su libre albedrío.  Ese, después de todo, es el plan de Satanás.  En este mundo todavía se le permite utilizar sus tácticas de rebelión.  Desde su encuentro con la primera familia que moró sobre la tierra ha estado en constante guerra en contra de los hijos de Dios.  Una escena que nos hace meditar es la que se describe en el libro de Moisés:

«… Satanás… tenía en su mano una cadena grande que cubrió de obscuridad toda la faz de la tierra; y miró hacia arriba, y se rió, y sus ángeles se alegraron.»

Pero también está escrito «Y… descendían ángeles del cielo, dando testimonio del Padre y del Hijo, y el Espíritu Santo cayó sobre muchos.» (Moisés 7:26-27.)

La contienda por las almas de los hombres continúa; y nosotros seguimos ejerciendo nuestro libre albedrío.

Nuestro amoroso Padre, que a tan alto precio ha preservado nuestro libre albedrío, tanto dentro como fuera de este mundo, ha hecho todo lo posible para ayudarnos a que lo utilicemos debidamente; sin embargo, nos ha dicho claramente por medio de sus profetas dónde descansa ahora esta responsabilidad:

«Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado… A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia. . .» (Deut. 30:15-16, 19.)

Está escrito que: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.» (Juan 3:16.)

Ese santo Hijo murió por nosotros y nos dio el maravilloso ejemplo de su vida: nada en Su vida ha llegado a lo más profundo de mi corazón con mayor impacto que la manera en que El escogió vivir entre nosotros:

«Así que,» está escrito “por cuando los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, . . .
«Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que . . . a la descendencia de Abraham.
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.
«Pues en cuanto 1 mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.» (Hebreos 2:14, 16-18.)

Por medio de su amor ahora:

«… No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.» (Hebreos 4:15.)

El siente nuestras debilidades, comprende nuestras tentaciones. No vino como un ángel sino en carne y sangre para ser nuestro abogado fiel y misericordioso ante el Padre.

¿Mejoraríamos la manera en que tratamos a otros si verdaderamente nos compadeciéramos de sus debilidades y buscáramos con sinceridad llegar a ser un sumo sacerdote, una maestra de la Sociedad de Socorro, un amigo o un esposo o esposa misericordioso y fiel?

La intensidad y la integridad del amor de Dios y de Cristo van más allá de nuestra comprensión; sin embargo, estamos aquí para aprender y debemos hacerlo.

Sólo Cristo anduvo sin pecado en este mundo y es por esta razón que el arrepentimiento siempre debe ir acompañado de la fe como primer principio.  El plan de Dios y el don tan sagrado de Cristo prepararon el camino para que nosotros pudiésemos mejorar, crecer, cambiar y aprender sabiduría, misericordia y perdón.  Del uso sabio de nuestro libre albedrío provienen todas las demás cualidades positivas y cada bendición.

Estoy totalmente convencido de que cualquier obra, actividad, programa, o regla que se planee o se lleve a cabo sin que el amor sea la base principal, y el espíritu de esa acción, o que restrinja el libre albedrío a los hijos de nuestro Padre Celestial, no es digno del reino de Dios, ni de sus líderes, ni de su pueblo.

Repetidamente El ha protegido nuestro eterno albedrío, ayudándonos así mediante la oposición, y al tener que decidir ante las alternativas, para poder gozar de las dulces bendiciones que recibimos al rendir servicio eterno.  Pero debemos escoger y hacernos responsables.

Todo esto lo llegué a comprender de una manera muy personal hace cuestión de un año en Manila, Filipinas, cuando mi esposa me llamó a medianoche al hotel donde estaba hospedado para decirme que nuestro único hijo varón había sufrido un grave accidente, y había peligro de que quedara inválido y aun de que perdiera la vida.  Ya habían hecho los arreglos necesarios para trasladarlo a la ciudad donde vivíamos a fin de operarlo.

Más o menos a la hora en que se le esperaba, llamé por teléfono.  Después de unos breves momentos, llegó a mis oídos la voz suave y serena de mi esposa. «Tus cuatro yernos se encuentran al lado de la cama de tu hijo para darle una bendición» me dijo.  «Paul lo ungió y John lo va a bendecir.  El está preocupado porque tú no te encuentras aquí, ya que va a ser la primera bendición de salud que recibe de alguien que no es su padre.  Pero ahora se encuentra más tranquilo».  En el otro extremo del mundo, de rodillas en la solitaria pieza de un hotel, que súbitamente se había vuelto cálida y acogedora, compartí con ellos la oración de aquella bendición.

Llegue o no el día en nuestra vida en que todas las líneas telefónicas se encuentren ocupadas, debemos pensar en el amor que tenemos, y manifestarlo y demostrarlo a nuestros allegados, a las personas que se encuentran a nuestro alrededor, a todo el mundo, a nuestro Santo Salvador, y a su Padre.

Que podamos entonar: «Asombro me da el amor que me da Jesús . . .» En el nombre de Jesucristo.  Amén.

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