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por el élder Thomas S. Monson
del Quórum de los Doce Apóstoles

Thomas S. Monson«El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.»

La Galería Nacional en la Plaza Trafalgar de Londres, Inglaterra, es uno de los grandes museos de arte del mundo. La Galería presenta con orgullo el Salón Rembrandt, el Rincón de John Constable, y exhorta a los visitantes a hacer la gira de las obras maestras de Turner.* La visitan personas de todas partes de la tierra las que salen de allí elevadas e inspiradas.

En una reciente visita a la Galería Nacional, me sorprendió encontrar en un sitio prominente excelentes retratos y paisajes que no llevaban el nombre del pintor.  Entonces noté que había una placa con la siguiente inscripción:

«Esta muestra se compone de una cantidad de cuadros que comúnmente se encuentran en una parte abierta al público pero hasta cierto punto apartada: el subsuelo. El exhibirlos aquí tiene el propósito de atraer a los visitantes para que observen los cuadros sin ocuparse de saber quién los pintó.  En muchos casos, no lo sabemos nosotros.

«La información que aparece en las etiquetas de los cuadros muchas veces afecta, subconscientemente, nuestro juicio sobre ellos; por eso, hemos dejado a propósito los nombres en segundo plano, con la esperanza de que los visitantes los lean después de haber examinado las obras y estimado su valor artísticos

La apariencia de algunas personas, como las etiquetas le los cuadros, a menudo es engañosa.  El Maestro declaró a un grupo:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.
«. . . vosotros por fuera… os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.» (Mateo 23:27–28.)

Hay aquellos que aparecen exteriormente empobrecidos, faltos de talento y condenados a la mediocridad.  Así era la etiqueta que había debajo de una fotografía de Abraham Lincoln siendo niño, de pie enfrente a la humilde cabaña de troncos donde nació.  Decía:

«Despojado, mal vestido, desnutrido».  La verdadera etiqueta del niño, inesperada, inexpresada e inédita era: «Destinado a la gloria inmortal».  Como lo expresó un poeta:

Nadie sabe lo que vale un muchacho,
es necesario esperar para ver;
mas detrás de todo hombre noble
está el muchachito que él una vez fue.

En otra época, en un lugar distante, un niño llamado Samuel debe de haber tenido el aspecto propio de cualquier niño de su edad, al ministrar para el Señor junto con Elí.  Una noche en que estaba dormido, al oír la voz del Señor que le llamaba, Samuel pensó erróneamente que era el anciano Elí quien le llamaba, y respondió: «Heme aquí».  No obstante, después de que Elí lo escuchó y le dijo que se trataba del Señor, Samuel, siguiendo su consejo, respondió al llamado en forma memorable, diciendo: «Habla, porque tu siervo oye.» El registro dice entonces:

«Y Samuel creció, y Jehová estaba con él…
«Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová.» (1 Samuel 3:1, 4, 10, 19-20.)

Los años pasaron inexorablemente y llegó el cumplimiento de una profecía cuando un humilde pesebre fue cuna de un niño recién nacido.  No hay etiqueta que describa este acontecimiento.  Con el nacimiento del Niño en Belén la tierra se invistió con gran poder, un poder mayor que el de las armas, una riqueza más perdurable que el oro del César.  Aquel Niño, nacido en circunstancias tan rudimentarias, iba a ser el Rey de reyes y Señor de señores, el prometido Mesías, el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios.

Siendo niño, encontraron a Jesús en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas; y todos los que lo oían estaban pasmados ante su sabiduría y sus respuestas.  Y cuando José y María lo vieron, se quedaron muy sorprendidos.  Para los eruditos doctores en el templo, la etiqueta del niño puede haber indicado un intelecto brillante, aunque ciertamente no lo consideraron el Hijo de Dios y futuro Redentor de toda la humanidad.

Estas palabras del profeta Isaías comunican un mensaje especial:

«… no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos.»

Esa es la descripción con que se predijo el aspecto del Señor.

Mateo registra la aparente necesidad de conspirar con el traidor Judas que tenía la inicua multitud que quería quitarle la vida al Señor, a fin de que aquél les indicara cuál de los del grupo apostólico era el Jesús a quien buscaban.  Estos son los escalofriantes versículos de la Sagrada Escritura:

«Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle.
«Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro!  Y le besó.
«Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes?  Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.» (Mateo 26:48-50.)

La etiqueta que le puso el traidor con su beso identificó al Maestro.  Después, Judas tuvo que llevar su propia etiqueta de ineludible vergüenza y asco.

A veces, las ciudades y las naciones llevan sus etiquetas de identidad.  Este era el caso de una fría y vieja ciudad del este de Canadá, a la cual los misioneros llamaban «La Ciudad de Piedra».  En los seis años anteriores sólo había habido un converso a la Iglesia en Kingston, aunque durante todo ese período los misioneros asignados habían estado trabajando constantemente; nadie se bautizaba allí; cualquier misionero atestiguaría esto.  Para ellos, el tiempo que pasaban en Kingston era como si lo pasaran en prisión.  Cualquiera que fuera el lugar adonde lo transfirieran, el saber que saldría de allí hacía que los pensamientos se elevaran al máximo.

Mientras oraba y meditaba sobre este lamentable dilema, como lo requería mi responsabilidad de presidente de la misión, mi esposa me llamó la atención sobre un pasaje de un libro escrito por Deta Petersen Neeley, Historia de Byigham Young, relato para niños. y me leyó lo siguiente: «Brigham Young entró en Kingston, Canadá, en un frío y nevado día.  Predicó en la ciudad treinta días y bautizó a cuarenta y cinco almas.» Ahí estaba la respuesta.  Si el misionero Brigham Young había podido lograr ese éxito, también podían hacerlo los misioneros actuales.

Sin dar explicaciones, retiré a los misioneros de Kingston, sólo para romper el cielo de frustración; luego, hice circular esta noticia: «Pronto abriremos a la obra misional una nueva ciudad, la misma en la que predicó Brigham Young, bautizando a cuarenta y cinco personas en treinta días.» Los misioneros empezaron a especular en cuanto al lugar.  En sus cartas semanales pedían ser asignados a ese paraíso terrenal.  Así pasó el tiempo; entonces, fueron seleccionados cuatro misioneros los nuevos y dos con experiencia- para aquella aventura proselitista.  Los miembros de la pequeña rama prometieron su apoyo; los misioneros prometieron su vida; y el Señor honró ambas promesas.

En sólo tres meses, Kingston se convirtió en la ciudad más productiva de la Misión de Canadá.  Los edificios de piedra gris todavía estaban allí, la apariencia de la ciudad no había cambiado, la población seguía siendo la misma; lo que había cambiado era la actitud.  Y la etiqueta de la duda había dado paso a la de la fe.

El presidente de la Rama de Kingston llevaba su propia etiqueta de identificación.  Gustavo Wacker era oriundo de Alemania y hablaba inglés con pronunciado acento.  Jamás compró un auto ni manejó uno.  Tenía el oficio de barbero. Su máxima satisfacción en el trabajo era tener el privilegio de cortarle el pelo a un misionero; jamás les cobraba; más aún, metía la mano en el bolsillo y daba a los misioneros todo lo que hubiera recibido de propinas ese día.  Si estaba lloviendo, como sucede allí con frecuencia, el presidente Wacker llamaba un taxi para los misioneros, mientras él, al terminar su trabajo, cerraba el negocio y se iba caminando a su casa bajo la lluvia.

Conocí a Gustavo Wacker cuando noté que el diezmo que pagaba excedía en mucho la décima parte de sus posibles entradas.  Escuchó atentamente mis esfuerzos por explicarle que el Señor no requiere más del diez por ciento como diezmo, pero no se convenció; me respondió sencillamente que le encantaba dar al Señor todo lo que podía.  Esto llegaba casi a la mitad de sus ingresos; su buena esposa compartía su manera de pensar, y ambos continuaron este singular pago de diezmos durante su vida laboral.

Gustavo y Margarita Wacker tenían un hogar que era un cielo.  Aunque no fueron bendecidos con hijos, fueron como padres para muchos visitantes de la Iglesia.  Un líder de Ottawa, persona muy culta y distinguida, me dijo: «Me gusta visitar al presidente Wacker; salgo con el espíritu renovado y la determinación de vivir siempre cerca del Señor.  «

¿Cómo honró el Señor esa fe cabal?  La rama prosperó, el número de miembros fue demasiado para el local que alquilaban y la rama se mudó a una hermosa capilla propia.  El presidente Wacker y su esposa vieron contestadas sus oraciones al ir en una misión proselitista a su nativa Alemania, y más tarde como misioneros en el Templo de Washington, D. C. Hace sólo tres meses, llegando al fin de su misión en la mortalidad, Gustavo Wacker murió apaciblemente en los amorosos brazos de su compañera eterna.  Las palabras del Señor son la única etiqueta apropiada para este siervo tan obediente y fiel: «Yo honraré a los que me honran» (1 Samuel 2:30).

Una etiqueta que a menudo se ve, y que se lleva a regañadientes, es: «Impedido».

Hace años, el presidente Spencer W. Kimball compartió con el presidente Gordon B. Hinckley, con el élder Bruce R. McConkie y conmigo una experiencia en el nombramiento de un patriarca para la Estaca Shreveport, Louisiana.  Nos contó cómo había entrevistado a los candidatos, cómo había buscado y orado para poder conocer la voluntad del Señor con respecto a la elección.  No sabía porqué, pero ninguno de los candidatos era el hombre que se necesitaba para esa asignación en ese momento.

Así pasó el día y comenzaron las reuniones de la noche.  De pronto, el presidente Kimball se volvió al presidente de la estaca y le preguntó quién era un hombre que estaba sentado casi al fondo de la capilla, a bastante distancia de ellos.  El presidente de la estaca le dijo que se llamaba James Womack, a lo cual el presidente Kimball respondió: «Ese es el hombre que el Señor ha elegido para patriarca de su estaca.  Por favor, haga que se reúna conmigo en la sala del sumo consejo después de esta reunión.»

El presidente de la estaca se quedó estupefacto, porque James Womack no llevaba la etiqueta del hombre común.  Había sufrido terribles heridas en la Segunda Guerra Mundial; había perdido las dos manos y un brazo, así como casi toda la vista y parte del oído.  Aunque al volver no lo querían en la facultad de abogacía, había sido el tercero de la clase al graduarse en la Universidad del estado de Louisiana.  James Womack se había negado a llevar la etiqueta de «Lisiado».

Esa noche, al reunirse con el presidente Kimball, éste le comunicó que el Señor lo había designado para ser el patriarca; hubo un largo silencio en el cuarto; luego, el hermano Womack le dijo:

-Hermano Kimball, tengo entendido que un patriarca debe poner las manos sobre la cabeza de la persona a quien bendice.  Como usted ve, yo no tengo manos para poner en la cabeza de nadie.

El presidente Kimball, con su modalidad bondadosa y paciente, invitó al hermano Womack a acercarse por detrás del respaldo de la silla en la que se encontraba sentado, y luego le dijo:

—Hermano Womack, ahora inclínese y vea si con los muñones puede alcanzar la parte superior de mi cabeza.

Con gran gozo, el hermano Womack vio que podía tocar la cabeza del hermano Kimball, y exclamó:

—¡Lo alcanzo, lo alcanzo!

—Por supuesto que me alcanza respondió el Presidente—.  Y si me alcanza a mí, puede alcanzar a cualquiera. Tal vez yo sea la persona más baja que pueda llegar a tener frente a usted.

El presidente Kimball entonces nos dijo que, cuando el nombre de James Womack fue presentado a la congregación en la conferencia «las manos de los miembros se levantaron unánimes en un entusiasta voto de aprobación.»

La palabra del Señor al profeta Samuel cuando David debla ser designado como Rey de Israel nos da una adecuada etiqueta para la ocasión mencionada; y, ciertamente, era el pensamiento en la mente de todos los miembros:

«El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.» (1 Samuel 16:7.)

El mensaje en la etiqueta que corresponde a un corazón humilde es como un hilo dorado en la trama de la vida. Existió en Samuel, lo experimentó Jesús, formó el testimonio de Gustavo Wacker, marcó el llamamiento del hermano Womack.  Que la etiqueta con que se nos identifique siempre sea: «Señor, heme aquí».  En el nombre de Jesucristo. Amén.

__________
*Rembrandt, pintor holandés del siglo 17.
Constable y Tuner, pintores ingleses de los siglos 18 y 19.

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