José, el vidente

Conferencia General Octubre 1983logo pdf
José, el vidente
élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell«¡Doy gracias a mi Señor y Salvador Jesucristo por haber llamado, dirigido e instruido a José!»

A lo largo de la historia humana, a ningún profeta se le ha analizado tan tenazmente, en tan amplia escala ni por tanto tiempo como a José Smith, hijo.  Los modernos medios de comunicación y el impacto mundial de su obra respaldan ese hecho.

Al joven José se le dijo que se hablaría bien y mal de su nombre en todo el mundo (José Smith-Historia 1:33).  De no haber procedido de fuente divina, tal parecería un anuncio audaz.  Sin embargo, los líderes religiosos de su tiempo, en ese entonces más conocidos que José, se han perdido en la bruma del tiempo mientras que la obra de José Smith sigue creciendo en el mundo entero.

Pero no vacilamos en declarar que, según las pautas del mundo, José no tenía instrucción.  Isaías lo previó. (Isaías 29:11-12.) José no tuvo la enseñanza que recibió Pablo de Gamaliel. (Hechos 22:3.)

Según se dice, Emma Smith dijo que cuando José tradujo el Libro de Mormón, éste ni siquiera sabía «redactar bien una carta y mucho menos dictar un libro como el Libro de Mormón… [el cual fue] maravilloso para mí, una maravilla y un prodigio, tanto como lo fue para cualquier otra persona». (Preston Nibley, The Witnesses of the Book of Mormon, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1968, pág. 28.)

El entonces desconocido José una vez se detuvo mientras traducía y dictaba a Emma -probablemente del cuarto capítulo de 1 Nefi- referente a los «muros de Jerusalén» y le dijo: «Emma, yo no sabía que un muro rodeaba a Jerusalén».

Pero el perspicaz intelecto de José se iba despertando y ensanchando al fluir las enseñanzas del Señor y de los profetas del pasado a su vivificado entendimiento.  El fue, efectivamente, ¡el mismísimo vidente que antaño previó José en Egipto! (2 Nefi 3:6-7, 16-18.)

En una profética bendición que recibió de su padre en diciembre de 1834, éste confirmó las promesas dadas al antiguo José [en Egipto], y al joven José pronunció, entre otras bendiciones: «Tu Dios te ha llamado desde los cielos… a ejecutar una obra en esta generación, la cual ningún otro haría como tú.» El antiguo José «vio a sus descendientes en los últimos días… y anheló saber. . quién les llevaría la palabra del Señor, y sus ojos te contemplaron, hijo mío [José Smith, hijo]: su corazón se regocijó y su alma quedó satisfecha». (Doctrina y Convenios, Doctrina del Evangelio, Suplemento para el maestro, Lección 2, pág. 12.)

El joven José también oyó de labios de su padre la promesa: «Te complacerá ejecutar la obra que el Señor te mandará». (2 Nefi 3:8.)

Antes, durante los casi 90 días que duró la traducción, José dilucidaba -a una velocidad notable- verdades y conceptos de trascendencia infinita, que excedían su capacidad de entonces.  Veamos unos ejemplos:

¿Se hubiera podido esperar que José, por ejemplo, apreciara del todo que, por medio de él, se manifestaría la única reiteración importante de las Escrituras de una de las más fundamentales y terminantes declaraciones de Jesús?

«De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.» (Mateo 18:3.)

De la traducción de José Smith proceden las asombrosas, aclaratorias y solemnes palabras sobre lo que la sumisión santa, como la de un niño, en verdad significa:

«… y [el hombre] se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se sujeta a su padre.» (Mosíah 3:19.)

Pablo escribió que por cuanto Jesús fue tentado, es poderoso para socorrernos cuando nosotros somos tentados (Hebreos 2:18; 4:15).  Pero por conducto de José Smith hemos recibido la aclaratorio corroboración de Alma:

«Y [Jesús] saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases… Tomará sobre sí los dolores y enfermedades de su pueblo.
«…para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne pueda saber cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos.» (Alma 7:11-12.)

También aclaró la oración de súplica: «Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis» (Mateo 21:22).  Y se dio clara y preciosa luz a esas palabras por conducto de José:

«Y cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, creyendo que recibiréis, si es justa, he aquí, os será concedida.  » (3 Nefi 18:20; cursiva agregada.)
«El que pide en el Espíritu, pide según la voluntad de Dios; por tanto, es hecho conforme a lo que pide.» (D. y C. 46:30.)

Pero por medio de José no sólo se derramaron dichas verdades confirmantes y aclaratorias, sino también bello lenguaje y profundos conceptos:

De Ammón:

«¡Oh… cuán ciego e impenetrable es el entendimiento de los hijos de los hombres, pues ni buscan sabiduría, ni desean que ella los rija!
«Sí, son como un rebaño silvestre que huye del pastor, y se esparce, y es perseguido . . .» (Mosíah 8:20-21.)

De Jacob:

» …habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos por causa de los malos ejemplos que les habéis dado… han perecido muchos corazones, traspasados de profundas heridas.» (Jacob 2:35.)

De Amulek, quien al fin superó su indecisión:

«Sin embargo, endurecí mi corazón porque fui llamado muchas veces, y no quise oír; de modo que sabía concerniente a estas cosas, sin embargo, no quería reconocerlas.» (Alma 10:6.)

Se entrelazan repetidamente teología y belleza en las páginas traducidas por José, como por ejemplo, la visita de Cristo resucitado al Hemisferio Occidental:

«Y cuando [Jesús] hubo pronunciado estas palabras, se arrodilló él mismo también en el suelo; y he aquí, oró al Padre, y las cosas que oró no se pueden escribir…

“y no hay lengua que pueda hablar, ni hombre alguno que pueda escribir, ni corazón de hombre que pueda concebir tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos a Jesús hablar; y nadie puede conceptuar el gozo que llenó nuestras almas cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre.» (3 Nefi 17:15-17.)

El estudio concienzudo del santo Libro de Mormón nos lleva a un mundo maravilloso de complejidad y hermosura en medio de la potente, aunque sencilla, melodía espiritual de su contexto.  Nos brinda lo que más nos hace falta, ¡y, sin embargo, sentimos avidez de saber más!

Naturalmente, cuando las palabras del cielo pasan por mentes y lenguas mortales, sufren una disminución; no obstante, las palabras de Nefi valen también para José Smith:

«… si creéis en Cristo, creeréis en estas palabras, porque son las palabras de Cristo, y él me las ha dado . . .» (2 Nefi 33:10.)

Con el tiempo, José aprendió a expresar sus propios pensamientos inspiradamente, como en la carta de perdón, que escribió en 1840, al infiel pero arrepentido W. W. Phelps:

«Cierto es que hemos padecido mucho a causa de su comportamiento.  La copa de hiel, ya colmada para el paladar de los mortales, de cierto rebosaba ya cuando usted se volvió contra nosotros; usted, con quien tantas veces nos hemos sentado en afable consejo y disfrutado del sustento del Señor: ‘si hubiera sido un enemigo, lo habríamos soportado’.

«Sin embargo, la copa se ha bebido, la voluntad de nuestro Padre se ha cumplido, y todavía estamos con vida, gracias sean dadas al Señor…

«… me complacerá… regocijarme con el regreso del hijo pródigo.

«Venga, querido hermano, puesto que la guerra ha terminado, la amistad pasada, por fin hoy se reanudará.» (History of the Church, 4:163-164.)

¿Fue José imperfecto como otros profetas? ¡Claro que sí!  Sin duda José se identificó con las palabras de un profeta antiguo, las cuales él tradujo:

«No me condenéis por mi imperfección, ni a mi padre por causa de su imperfección… más bien, dad gracias a Dios, que os ha manifestado nuestras imperfecciones, para que aprendáis a ser más sabios de lo que nosotros lo hemos sido.» (Mormón 9:31; D. y C. 67:5.)

José, que tradujo las ilustrativas palabras: «Porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas» (2 Nefi 2:11), llegó a comprender por experiencia propia que para el desarrollo espiritual es indispensable ejercitar la fuerza de la resistencia: la oposición del nuevo yo contra la firme resistencia del antiguo yo.

Al llevar a cabo su obra, ¿sufrió José las mismas angustias que otros profetas? ¡Naturalmente que sí!  José pudo comprender el sentir del fatigado y acosado Pablo cuando éste escribió:

«Porque de cierto, cuando vinimos a Macedonia, ningún reposo tuvo nuestro cuerpo, sino que en todo fuimos atribulados; de fuera, conflictos; de dentro, temores.» (2 Corintios 7:5; 2 Cor. 4:8.)

¿Fue José acusado injustamente, como otros profetas? ¡Claro que sí!  Aun hasta hoy se le escarnece. Pablo fue acusado de estar loco (véase Hechos 26:24).  Y el mismo Jesús fue acusado de ser bebedor de vino, de estar poseído de un demonio y de estar fuera de sí (Mateo 11:19; Juan 10:20).

Pese a todo, como le fue prometido, José amó la obra a la cual fue llamado, y amó igualmente a los que le ayudaron.  En sus asignaciones individuales a los Doce, podemos ver plasmados su afecto y su sentido del humor:

«John Taylor, creo que te iría mejor en el departamento editorial que predicando.  Podrás escribir para que miles lean, en tanto que no puedes predicar más que a unos pocos.  Sólo a ti te podemos confiar el periódico, ¡aunque permitas que salga con toda clase de barbaridades!» (History of the Church, 5:367.)

José era lleno de misericordia, como lo evidenció al curar a innumerables enfermos en las riberas de un río, y, luego, al no poder ir personalmente a bendecir a otros enfermos, envió su pañuelo para el mismo efecto. (History of the Church, 4:3-5.)

Entristecido por la pérdida de un hijo pequeño, que murió a los catorce meses de edad, se consolaba meciendo en sus brazos a la hijita de la hermana Margaret McIntire, quien le permitió que cuidara de la pequeña durante el día, con la condición de que se la devolviera por las noches.  Margarette McIntire, hermana mayor de la criatura, contó años más tarde lo siguiente:

«Puntualmente cumplía él con lo prometido; tampoco faltaba a buscarla todas las mañanas.  Una noche en que [no llegaba con la pequeña] como de costumbre, mi madre se dirigió a su casa para ver qué había pasado; lo encontró sentado, con la niña en brazos, envuelta en un acolchado de seda.  Estaba haciéndola saltar en sus rodillas y cantándole para tranquilizarla antes de llevarla, porque la pequeña había estado llorando.» (Leonard J. Arrington, «Las cualidades humanas de José Smith, el Profeta», Liahona de jul. de 1971, pág. 9.)

¿Fue José servidor de sus semejantes? ¡Así lo demostró!  Veamos el relato de una niña de la ocasión en que ella y su hermano se quedaron atascados en el barro.

El profeta José «… poniéndose en cuclillas, nos limpió los zapatos llenos de barro Y sacando un pañuelo de su bolsillo, nos enjugó la cara empapada de lágrimas.  Nos habló con palabras bondadosas y alegres instándonos a que siguiésemos camino a la escuela, regocijados». (Carl Arrington, «El hermano José», Liahona de dic. de 1974, pág. 14.)

Una vez, al huir de una turba, José y un muchacho cruzaron a duras penas bosques y pantanos.  De ello, el joven contó:

«…las náuseas y el terror me habían despojado de mis fuerzas.  José tuvo que decidir entre dejarme para que me capturaran los de la turba o arriesgarse él mismo prestándome ayuda.  Hizo esto último; me levantó colocándome sobre sus anchos hombros y me llevó así a través de los pantanos y la oscuridad, descansando [de vez en cuando].  Varias horas después, salimos al camino solitario llegando pronto a un lugar seguro las fuerzas hercúleas de José le permitieron… salvarme la vida.» («El hermano José», Ibíd., pág. 15.)

Víctima de la intolerancia, José Smith se disgustó profundamente cuando quemaron un convento católico en Nueva Inglaterra; dijo: «Lo han hecho a la vista del mismo sitio donde se encendió el fuego de la Independencia de los Estados Unidos».  Y José, difamado aun hoy, dijo una vez: «Estoy dispuesto a morir… en defensa de los derechos de un presbiteriano, un bautista o… de la denominación que fuere . . .” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 382.)

Mientras que la mayoría de los mortales no comprenden la importancia del ministerio de José, ¡el adversario sí la comprende!

José Smith, hijo, seguía progresando espiritual e intelectualmente cuando fue asesinado.  No obstante, vivió lo suficiente para establecer el plan de toda la obra que Dios le encomendó, como le fue prometido en la bendición que le dio su padre moribundo en 1840.  En la actualidad, se habla de su nombre en los cabos de la tierra.  No es de extrañarse que las últimas palabras de admiración de Brigham Young al morir hayan sido: «¡José, José, José!» (Joseph Fielding Smith, Elementos de la Historia de la Iglesia, pág. 594.)

Aquellos que denigran a José Smith no cambiarán su condición ante el Señor (2 Nefi 3:8) . . . ¡sólo la suya propia!  En cambio, en lo que respecta a José, como se le prometió en la bendición que recibió de su padre en 1834:

«Miles y decenas de miles llegarán a un conocimiento de la verdad por medio de tu ministerio, y tú te regocijarás con ellos en el Reino Celestial;… [y] estarás en el Monte de Sión cuando las tribus de Jacob vengan aclamando del norte, y con tus hermanos, los hijos de Efraín, los coronarás en el nombre de Jesucristo.» (Doctrina y Convenios, Doctrina del Evangelio, Suplemento para el maestro, Lección 2, pág. 12.)

Algunos acaso adjudiquen meramente a José el generoso adjetivo de notable.  José fue notable, pero más importante aún es que ¡fue un instrumento en las manos del Señor!

Ya se oyen las aún lejanas vibraciones del redoble del tambor de la historia que se viene acercando y cuya intensidad alimentará cada vez más y más hasta que todos los hombres vean «las cosas como realmente son» (Jacob 4:13).

Mientras tanto, los anales antiguos que tradujo José permanecerán en nuestras manos «de generación en generación mientras dure la tierra. . .» (2 Nefi 25:22; D. y C.5:10).  En dichos anales se define un vidente como el que puede traducir anales antiguos, un revelador, que sabe de cosas pasadas y futuras. (Mosíah 8:13-17.)

Un vidente, escribió Ammón, ¡es mayor que un profeta! (Mosíah 8:15-17.)

Por lo tanto, hermanos y hermanas, no titubeo —sólo me regocijo— en declarar mi admiración sempiterna por José, ¡el Vidente! ¡Doy gracias al Padre por habernos dado tal vidente!  Doy gracias a mi Señor y Salvador Jesucristo por haber llamado, dirigido e instruido a José!.

Humildemente, tributo honores apostólicos al hombre que se comunicó con el Señor, en el nombre de Jesucristo. Amén

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s