La casa del Señor

Conferencia General Octubre 1983logo pdf
La casa del Señor
élder Adney Y. Komatsu
Del Primer Quórum de los Setenta

Adney Y. Komatsu«Amenos que recibamos todas las ordenanzas y obedezcamos los mandamientos, no podemos recibir la plenitud de tas bendiciones del sacerdocio, ni tampoco podemos recibir la exaltación.»

En los últimos meses se han terminado y dedicado varios templos de la Iglesia: en Atlanta, Georgia, en Apia, Samoa, en Nuku’alofa, Tonga y en Santiago de Chile. Hay otros en vías de construcción y muchos en funcionamiento en diversas partes del mundo.

Agradezco el llamamiento especial que al presente tengo de servir como presidente del Templo de Tokio. Es un privilegio ver a los santos que concurren a ese sagrado edificio a participar de bendiciones que allí se obtienen.

¿Por qué edifica templos la Iglesia? Eso preguntó el contratista de la construcción del Templo de Tokio antes de que ésta empezara hace unos cinco años. Comentó que en tanto que las religiones budista y sintoísta en Japón edifican muchos santuarios y templos, ésa era la primera vez que ofa que una iglesia cristiana erigiera un templo, ya que sólo sabía que éstas edificaban hermosas capillas y catedrales. De las muchas iglesias cristianas que existen, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única que edifica templos.

Se explicó al contratista que el templo sería un edificio sagrado, una casa santa, en la cual se efectuaría la gloriosa obra de salvación tanto de los vivos como de los muertos, donde se llevarían a cabo el bautismo y otras ordenanzas por los muertos: la unión de esposos, de hijos a sus padres, de los vivos así como de los muertos, y donde las familias serían selladas por esta vida y la eternidad.

La instrucción al profeta José Smith fue clara cuando recibió la revelación el 2 de agosto de 1833, sólo tres años después de organizada la Iglesia, de que se edificara un templo:

«De cierto os digo, es mi voluntad que se me edifique una casa en la tierra de Sión, semejante al modelo que os he dado.
«Sí, edifíquese cuanto antes con los diezmos de mi pueblo.
«He aquí, éste es el diezmo y sacrificio que yo, el Señor, requiero de las manos de ellos, a fin de que se me edifique una casa para la salvación de Sión:
«un lugar de acción de gracias para todos los santos, y un sitio de instrucción para todos aquellos que son llamados a la obra del ministerio en sus varios llamamientos y oficios;
«a fin de que se perfeccionen en el entendimiento de su ministerio, en teoría, en principio y en doctrina, en todas las cosas pertenecientes al reino de Dios sobre la tierra, las llaves del cual se os han conferido.
«Y si mi pueblo me edifica una casa en el nombre del Señor, y no permite que entre en ella ninguna cosa inmunda para profanarla, mi gloria descansará sobre ella.
«Sí, y mi presencia estará allí, porque vendré a ella; y todos los de corazón puro que allí entren verán a Dios.
«Mas si fuere profanada, no vendré a ella, ni mi gloria estará allí; porque no entraré en templos inmundos.» (D. y C. 97:10-17.)

Había muy pocos miembros de la Iglesia en aquel tiempo, pero todos hicieron grandes sacrificios, y el Templo de Kirtland se terminó y se dedicó. El Señor apareció en gloria y aceptó el templo; también aparecieron Moisés, Elías y Elías el profeta, cada uno a entregar sus llaves y dispensaciones» (véase D. y C. 110).

Pero antes de que la obra del templo comenzara de hecho en el Templo de Kirtland, los santos hubieron de huir de los ataques de las turbas. El templo cayó en poder de hombres impíos, y, como lo decía la revelación, una vez que fue profanado, ya no fue más del Señor. Los santos intentaron construir otro templo en Missouri, pero también de allí tuvieron que huir para salvar sus vidas.

Casi cinco años después, el profeta José Smith recibió la siguiente revelación:

«Porque no existe lugar sobre la tierra donde él pueda venir a restaurar otra vez lo que se os perdió, o lo que él ha quitado, a saber, la plenitud del sacerdocio.
«Porque no hay una pila bautismal sobre la tierra en la que mis santos puedan ser bautizados por los que han muerto,
«porque esta ordenanza pertenece a mi casa, y no me puede ser aceptable, sino en los días de vuestra pobreza, durante los cuales no podéis edificarme una casa.
«Y de cierto os digo, edifíquese esta casa a mi nombre, para que en ella pueda yo revelar mis ordenanzas a mi pueblo;
«porque me propongo revelar a mi iglesia cosas que han estado escondidas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cumplimiento de los tiempos.» (D. y C. 124:28-30, 40-41.)

En esa revelación, que se encuentra en la sección 124 de Doctrina y Convenios, se menciona «la plenitud del sacerdocio». ¿Qué significa eso y cómo se obtiene? El profeta José Smith enseñó: «Si un hombre ha de recibir la plenitud del sacerdocio de Dios, debe obtenerla de la misma manera que Jesucristo la alcanzó, que fue por guardar todos los mandamientos y obedecer todas las ordenanzas de la casa del Señor.» (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 376-377. )

Y el presidente Joseph Fielding Smith dijo: «Si deseáis la salvación en su plenitud, es decir, la exaltación en el reino de Dios, para que podáis convertiros en sus hijos e hijas, tenéis que entrar en el templo del Señor y recibir estas ordenanzas sagradas que pertenecen a esa casa, y que no pueden ser obtenidas en ningún otro lugar. Ningún hombre recibirá la plenitud de la eternidad, de la exaltación, por sí solo; ninguna mujer recibirá esa bendición sola; sino que el hombre y su mujer, cuando reciben el poder del sellamiento en el templo del Señor, pasarán a la exaltación, y continuarán y llegarán a ser semejantes al Señor. Y ese es el destino de los hombres; eso es lo que el Señor desea para sus hijos.» (Doctrina de Salvación, Tomo II, págs.41-42.)

Está claro, entonces, que a menos que vayamos al templo del Señor y recibamos todas las ordenanzas y obedezcamos los mandamientos, no podemos recibir la plenitud de las bendiciones del sacerdocio, ni tampoco podemos recibir la exaltación. Podremos recibir estas maravillosas bendiciones sólo por medio de la obra del templo.

He sido miembro de la Iglesia casi toda mi vida. Me bauticé a los diecisiete años y fui ordenado en el Sacerdocio de Melquisedec a los veintiuno. De joven, serví en muchas asignaciones en la Iglesia, en las cuales aprendí los conceptos que me ayudaron a edificar mi fe y mi testimonio. Pero nunca me sentí un miembro total de la Iglesia sino hasta que entré con mi esposa al templo y recibimos las bendiciones y la comprensión de la obra que allí se efectúa.

Fui el primero de mi familia que se unió a la Iglesia, por lo que tuve la responsabilidad de efectuar vicariamente la obra del templo por mis antepasados que no tuvieron la oportunidad de oír el evangelio durante su vida en esta tierra. También he sido consciente de la responsabilidad de enseñar a mis hijos el evangelio y de inculcarles en el corazón y en la mente la importancia de la obra del templo. Mi esposa y yo tenemos cuatro hijos, el mayor de los cuales es casado y tiene dos hijos, nuestros nietos, que son tan especiales para nosotros. Nuestros hijos nacieron bajo el convenio y también nuestros nietos. De todas las dádivas que podría dar, en esta vida, a mis hijos y nietos, o el más valioso legado que podría dejarles es un testimonio de la veracidad del evangelio y de la importancia de las obras genealógica y del templo, las cuales nos unen a lo largo de las generaciones en amor y felicidad.

Hay muchos en el mundo que recorren enormes distancias a costa de grandes sacrificios personales para ir al templo. Sé que nuestro Padre Celestial conoce sus rectos deseos y les bendice abundantemente por lo que hacen. Hace poco, un grupo fue al templo de Tokio desde Okinawa: casi 1.500 kilómetros en avión. Entre ellos había una joven pareja que se iba a casar; habían usado hasta el último centavo de sus ahorros para el viaje, por lo que no les quedó nada para celebrar la boda ni para la luna de miel. Pero los que los acompañaban, dándose cuenta de que iban a casarse, apartaron de lo poco que poseían para reunir el dinero suficiente para que pasaran una luna de miel de un día en Tokio. Los jóvenes no sólo recibieron las bendiciones del templo, sino que también recibieron con gran aprecio la generosidad y bondad de sus hermanos y hermanas. Ciertamente aquí se aplica la enseñanza de Pablo a los efesios cuando les dijo:

«Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Efesios 2:19).

Tengo un firme testimonio de la importancia de esta obra y de las bendiciones que trae a nuestras vidas. Expreso mi gratitud por dicho testimonio y por la pequeña parte que desempeño en enseñar las obras genealógica y del templo. Que todos podamos recibir la plenitud de las bendiciones de la casa del Señor, ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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