Resplandecéis como luminares en el mundo

Conferencia General Abril 1983

Resplandecéis como luminares en el mundo

Neal A. Maxwell

por el élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

«Somos los guardianes de este evangelio que encierra una esperanza real y gloriosa, una esperanza que muchos ansían con más intensidad que la que podemos imaginar.»


Ya hace muchos años que tanto la literatura como el cine y la música reflejan, con cada vez más frecuencia, una emoción profunda que ha llegado a conocerse como la desesperanza existencial; un desaliento tal, que en él ya no cabe la esperanza. Por supuesto, que la humanidad también está compuesta de personas que realizan su deber sin siquiera percibir estos sentimientos depresivos. Aun así, las destrucciones y las guerras han socavado la esperanza del hombre contemporáneo. Un eminente científico dijo:

«Probablemente el problema más hondo de la época moderna sea la impresión que ha adquirido el hombre de que la vida ha perdido su significado . . . un punto de vista . . . que ya no es exclusividad de la vanguardia de la filosofía o de la todos los niveles sociales y económicos y afecta la vida en todas sus manifestaciones . . .» (Rene Dubois, So Human an Animal, New York: Scribners, 1968 pág. 14.)

No hay por qué dudar de la sinceridad de muchas de estas personas desalentadas, ni de que se hayan resistido antes de sacar conclusiones tan erróneas. En realidad, se experimenta compasión y el deseo de acercarse más a ellas.

La última escena de un reciente programa de televisión que se desarrollaba en un cementerio, ilustre esta confusión y falta de propósito por medio del lamento conmovedor de uno de sus personajes:

¿Se caracteriza la vida de todos los hombres por… la ruina, la turbulencia, la agonía y la falta de romanticismo, acentuada con gritos, imbecilidades, el sufrimiento y la muerte? ¿Quién lo sabe? . . . Yo no lo sé . . . ¿Por qué no puede la gente tener lo que quiere? Había lo suficiente para contentar a todos, pero a cada uno le tocó lo que no quería. No puedo explicármelo. Todo es tinieblas.» (Dramatización de la novela, The Good Soldier, «El buen soldado» por Ford Madox Ford.)

Este punto de vista, por conmovedor que sea no tiene por qué ser acertado. Es más, algunas aseveraciones erróneas y nunca refutadas a veces llevan una aureola de veracidad inmerecida. Aunque una campaña en contra de la desesperanza tal vez no convenciera a los incrédulos, fortalecería a los que tienen fe, para resistir la sigilosa erosión de sus convicciones. Más aun, como observó un antiguo profeta, la desesperanza y  la maldad se fomentan mutuamente, porque «la desesperación viene por causa de la iniquidad» (Moroni 10:22). Comparemos tales lamentaciones con las revelaciones de Dios; las expresiones de desesperación con las declaraciones divinas de esperanza; el temor a la extinción con las afirmaciones de la resurrección; el provincialismo con el universalismo del Evangelio de Jesucristo. Entonces veremos qué miopes son algunos mortales, como niños subidos a un árbol haciendo creer que son valientes caballeros y que no necesitan de nadie.

Las lamentaciones: El hombre vive en «un universo huérfano», un universo «sin dueño, al que no le importan las necesidades humanas», un «imperio librado al azar» en el que el hombre se vuelve la víctima de «la marca ultrajante del poder inconsciente». (Bertrand Russell, «A Free Man’s Worship» y en Mysticism and Logic and other Essays, Londres: George Allen and Unwin Ltd., 1950, pág. 57.)

Las revelaciones:

«Dios, el que formó la tierra, . . . no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.» (Isaías 45:18.)

«Porque El es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano.» (Salmos 95:7.)

«He aquí, ésta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.» (Moisés 1:39.)

«Existen los hombres para que tengan gozo.» (2 Nefi 2:25.) «Vuestros cabellos están todos contados.» (Mateo 10:30.)

No sólo vuestros cabellos sino que todos los planetas también están contados:

«Pero sólo te doy un relato de esta tierra y sus habitantes. Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser. Y hay muchos que hoy existen, y son incontables para el hombre; pero para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y las conozco.» (Moisés 1:35.)

Los temores: La humanidad está destinada a extinguirse… no podemos evitarlo. No existe la vida después de la muerte; Dios no existe. «El destino es imparcial; no actúa por cólera ni por compasión . . .»

Las afirmaciones:

«Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

«y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad y aparecieron a muchos.» (Mateo 27:52-53; 3 Nefi 23:9-11.)

«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (1 Corintios 15:55.)

«¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!» (2 Nefi 9:13.)

Algunos de los que se desesperan son, como Pedro dijo, los que «ignoran voluntariamente» (2 Pedro 3:5). 0, como dijo Nefi, son los que «no quieren buscar . . . ni entender el gran conocimiento». (2 Nefi 32:7). Para estas personas, una filosofía pesimista deleita «la mente carnal» (Alma 30:53). ¿Por qué? Porque la conducta licenciosa encuentra campo fértil en la desesperanza. Porque si se considera erróneamente que el apetito carnal es lo único real y auténtico, y que el presente es el único momento que tiene importancia, ¿por qué vamos a refrenar nuestros impulsos o a posponer la gratificación? Por lo tanto, la inmortalidad y la responsabilidad van de la mano.

Por cierto, hay quienes a pesar de vivir sin esperanzas por haber llegado a conclusiones equivocadas, mantienen una conducta razonable. La decencia de esas personas demuestra que aún brilla en ellas la luz de Cristo aunque no lo reconozcan. (D. y C. 84:46.) Si no fuera así, Gandhi sería aborrecido y Hitler admirado, en lugar de lo opuesto.

La gran difusión del pesimismo no quiere decir que los cristianos tengan que volver a las catacumbas. O que los Césares profanos pronto reabrirán el Coliseo. Pero ya existen los que se creen Césares y no se conforman con que los ciudadanos le den a César sólo lo que le corresponde y a Dios todo lo que es suyo. (Mateo 22:21.)

La desesperanza se intensifica aun más cuando la acompaña la superficialidad del materialismo. La abundancia de bienes no es suficiente si los hombres no hacen el bien. Por igual, los que acumulan información y conocimiento sin propósito y sin sabiduría son como los que «siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad» (2 Timoteo 3:7).

Algunos, angustiados, deambulan sobre la tierra en busca de la verdad sin saber dónde encontrarla. (Amós 8:11-12; D. y C. 123:12.) Un escritor dijo de uno de sus conocidos que estaba en esa condición: «Es interesante como continúa . . . en su deambular . . . sin poder creer y sintiéndose incómodo en su incredulidad . . .» (Nathaniel Hawthorne, nov. 20 de 1856, en English Notebooks, ed. Randall Stewart, New York: MLA, págs. 432-433. )

Esta es la realidad de la cual formamos parte. Muchos rechazan las Escrituras, la memoria moral de la humanidad, y después declaran enfáticamente que todo es relativo. Otros rechazan la luz del evangelio y luego se quejan de la intensificación de las tinieblas. Otros cortan la comunicación con Dios y luego se lamentan de la soledad del universo. Algunos siguen la senda del que abiertamente desea la miseria de la humanidad, y después gruñen de descontento. (2 Nefi 2:27.)

El verdadero cristiano, por supuesto, no ve la vida como una senda sin obstáculos: «La corona se obtiene después de llevar la cruz y mañana comienza la difícil jornada.» C. S. Lewis, The Weight of Glory, New York: Macmillan, 1980.) Si tenemos esperanza en el futuro, viviremos alegres aun en medio de la inseguridad. La vida es una prueba que el hombre debe vencer por medio de la fe, caminando por la senda estrecha, que de ninguna manera es una escalera mecánica, aunque esté bien demarcada. La muerte no significa la aniquilación permanente de la individualidad y de la personalidad humana. El presidente Brigham Young declaró con sabiduría que la preservación de la inteligencia y de la individualidad humanas por medio de la expiación y la resurrección «es el don más grande que se le ha dado a la humanidad.» (Journal of Discourses, 5:53.)

Al igual que el profeta José Smith tradujo verdades más profundas que las que él mismo conocía en esos momentos, nosotros somos los guardianes de este evangelio que encierra una esperanza real y gloriosa, una esperanza que muchos ansían con más intensidad que la que podemos imaginar. A veces, no le hacemos justicia a la causa del Señor, cuando aplicamos con superficialidad los programas de la Iglesia y no demostramos compasión por los que se encuentran a la deriva en un mar de desesperación.

En verdad, vivimos y caminamos en una acera repleta de extraños a quienes debemos amar y servir, aunque ellos no tengan interés en nosotros.

Por lo tanto, visto a través de la fe, el transcurso de la historia no da pruebas de un mundo dejado al azar. En cambio, vemos como los personajes de este escenario humano cambian sucesivamente una y otra vez.

Y, aunque algunos de los actores desesperados de este drama humano sean excelentes, sin la luz del evangelio perciben tan sólo una pequeña parte de una escena, ni siquiera un acto completo, y mucho menos toda la obra. A éstos se les invita a comprender los objetivos y las instrucciones del Autor de la obra misma, pero cuando éste por fin entre en escena se terminará la obra.

Mientras tanto, no debemos culpar a Dios por las fallas del hombre. «Recuerda, recuerda que no es la obra de Dios la que se frustra sino la de los hombres.» (D. y C. 3:3.) Efectivamente, el Señor sabía desde el principio que el hombre tendría triunfos y fracasos y los tuvo en cuenta al crear el plan de salvación; y todos sus objetivos se cumplirán. (1 Nefi 9:6.)

La justicia, el amor, la misericordia y la verdad triunfarán al fin en este universo que está presidido por un Dios que es un tutor amante, a la vez que firme. El Padre y el Hijo solemnemente declararon que en esta escuela terrenal probarían al hombre «para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.» (Abraham 3:25.) El Señor sabe que para que el hombre progrese verdaderamente necesita tener el libre albedrío y las oportunidades necesarias. No existe otro camino.

No es extraño entonces que los apóstoles y los profetas nos hayan aconsejado que no nos apartemos de la esperanza del evangelio, «la cual tenemos como segura y firme ancla del alma» (Hebreos 6:19) y la que hace a los hombres «seguros y firmes, abundando siempre en buenas obras». (Eter 12:4; Colosenses 1:23.)

Se necesitan discípulos devotos, que como Pablo dijo, resplandezcan «como luminares en el mundo» (Filipenses 2:15), iluminando el valle de los últimos días que vislumbró Joel:

«Muchos pueblos en el valle de la decisión; porque cercano está el día de Jehová en el valle de la decisión.» (Joel 3:14; véase también Apocalipsis 16:16; Zacarías 14:2.)

La forma en que estas personas ejemplares toman su cruz a diario, predica su valor. (Lucas 9:23.) No se caracterizan por sufrir en silencio sino por inspirar a los demás, sin ostentación, calladamente, y forman parte de lo que Pablo llama «la defensa y confirmación del evangelio». (Filipenses 1:7.)

Su vida representa una historia humilde y reservada dentro de la soberbia y tumultuosa historia humana; un drama que infunde gozo y tranquilidad dentro del más amplio y desesperado drama que se lleva a escena en este planeta.

La primera escena: Se llama a un presidente de misión, con muy poca anticipación, para que reemplace a otro que falleció. La esposa de éste último lleva de regreso a su país el cuerpo de su esposo, mientras la otra, convaleciente de una operación, responde de buena gana al llamamiento y se reúne con su esposo lejos de su hogar. Ambas hermanas aceptan su situación confiadas, dulcemente, sin lamentarse. Ambas comprenden que la única tragedia es el pecado.

El segundo caso: Un joven presidente de misión, su esposa y sus cinco hijos se encuentran en una situación difícil. Tienen que llevar agua hervida en el automóvil en el que viajan horas bajo un sol abrasador para reunirse con misioneros y miembros esparcidos acá y allá. Los niños, adoptados y de otra nacionalidad, viven en ese hogar en el que predomina un ambiente celestial, y donde la madre es también la maestra de escuela. Sin ninguna queja, esta familia cumple con sus tareas, sin siquiera darse cuenta de lo especial que es. Ellos saben que se encuentran incluidos en esta tranquilizadora declaración: «Toda carne está en mis manos; estad quietos y sabed que yo soy Dios.» (D. y C. 101:16.)

Otro caso: Un soldado en Alemania solícitamente recoge a sus compañeros militares para llevarlos en su auto a una conferencia especial de Jóvenes Mayores. Como no puede encontrar a tiempo a uno de sus amigos, este bondadoso joven le compra con sus pocos ahorros un pasaje en avión, el cual le provee el transporte para poder asistir a la conferencia. Esencialmente, este joven benefactor cumple con el segundo mandamiento, rechazando así la desesperanzada declaración: «La gente sólo me causa desgracias».

Una historia diferente es la de una discípula joven, una gimnasta que quedó paralizada al dar mal un salto. El resultado notable del accidente no es su parálisis sino su santidad. Desde la silla de ruedas irradia su testimonio del evangelio. ¡Qué elevado su espíritu, y cuánto ensancha el alma de sus semejantes! Su desventura es una cuenca preparada para que algún día un Dios generoso vuelque en ella como compensación, las bendiciones de que habló Malaquías, «hasta que sobreabunde». (Malaquías 3:10.)

Otro montaje: Los viudos que aguardan con paciencia y confianza que les llegue la hora de reunirse con sus compañeros eternos. Mientras tanto, viven su vida, y como lo dicen Alma y Pablo han aprendido a contentarse con sus circunstancias. (Alma 29:3, 6; Filipenses 4:11.)

De la misma manera, son dignos de admiración los que, a pesar del mal que se les haya hecho, siguen cumpliendo con lo que es justo, y ni se ofenden ni amargan. Que otros acusen a Dios injustamente, porque estas almas fieles son magnánimas y clementes, tal como el generoso José en Egipto al encontrarse con sus hermanos:

«Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros.» (Génesis 45:5.)

Estos santos buscan la manera de perdonar, mientras qué otros se deleitan en el resentimiento.

No podemos menos que sentirnos humildes ante la sumisión espiritual de una madre de veintiséis años al borde de la muerte, angustiada al darse cuenta de que no iba a poder criar a sus dos hijos, por uno de los cuales había estado preparada para dar su vida si fuera necesario. Aunque el bebé había nacido bien, la valiente madre perdió la salud. Con la fe de un niño, esta joven hermana preguntó: «Si es que voy a morir, ¿cómo puedo ayudar a mi esposo y a mis padres a enfrentar la tragedia?» A ella (y a otras en la misma situación), se aplica la descripción que hizo el rey Benjamín de un santo, el cual está «dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal  como un niño se sujeta a su padre.» (Mosíah 3:19.)

Personas como éstas predican con su actitud un sermón sobre la santidad. La luz del evangelio les ha «infundido tal gozo en su alma» que cualquier «nube de oscuridad» se ha desvanecido. (Alma 19:6.)

Por medio de la paciencia que da la esperanza y de la obra motivada por el amor, están llevando a cabo lo que el Señor les ha encomendado.

Aunque el viento y las tormentas se conjuren en contra de estos fieles santos, vencerán al mundo, y no viceversa. Otros podrán caer, éstos no; otros se quejarán y desconfiarán, éstos no; algunos se burlarán del templo, éstos se congregarán allí para realizar la obra de Dios al cual esta casa pertenece.

Que Dios os bendiga, mis fieles hermanos, por ser «luminares en el mundo», faros que disipan la desesperación. A un mundo espiritualmente analfabeto, vosotros dais una gran lección en la gramática del evangelio, en la que incluye este concepto: ¡La muerte es sólo una coma, no un signo de exclamación! En el santo nombre de Jesucristo. Amén.

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