La sencillez del evangelio

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La sencillez del evangelio
Élder Robert L. Simpson
del Primer Quórum de los Setenta

Robert L. Simpson«Nuestra comprensión e interpretación de la verdad puede ser hermosamente sencilla y sencillamente hermosa.»

Ayer por la mañana el élder Durham comenzó su discurso citando una inscripción que leyó en el parachoques de un auto. Ahora yo cito algo que vi escrito en una pared en Los Angeles: «Ya transpórtame a la nave, Scotty, no encuentro ninguna evidencia de vida inteligente aquí abajo».

Mis amados hermanos, no hay duda de que aquí abajo existe vida inteligente, gracias a nuestro Padre Celestial, que nos ha dicho: «La gloria de Dios es la inteligencia, en otras palabras, luz y verdad» (D. y C. 93:36). Aquellos que aceptan y viven de acuerdo con la sencilla luz y verdad del evangelio son ciertamente seres que están viviendo una vida inteligente. Y ese tema de sencilla luz y verdad que quisiera compartir con vosotros esta mañana despertó mi atención cuando servía como misionero bajo el presidente Matthew Cowley, quien más tarde fue llamado a ser un Apóstol del Señor. Con mucha frecuencia él nos enseñó que «el evangelio de Jesucristo es hermosamente sencillo y sencillamente hermoso».

Esta declaración cobró más significado a principios de este año cuando algunos familiares y amigos tuvimos el privilegio de caminar donde Jesús caminó. Nos maravillamos al ver la antigua ciudad de Jerusalén. En Belén los pastores todavía apacientan sus rebaños. Paseamos a lo largo de las mismas sendas en el Monte de los Olivos. Después, viajamos hacia el norte donde contemplamos la pacífica Galilea. Lo que transcurrió allí hace 2.000 años de pronto adquirió un nuevo y profundo significado cuando nos detuvimos varias veces a lo largo del camino para leer y meditar nuevamente los pasajes de las Escrituras que se refieren a esos hechos.

El «agua viva» de la que Jesús habló con la mujer de Samaria junto al pozo de Jacob se convirtió en algo real y presente. (Juan 4:10.)

Derramamos lágrimas cuando estuvimos en Getsemaní y meditamos en las palabras inmortales:

«Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

Como lo declaró Pablo, simple y firmemente: «Un Señor, una fe, un bautismo» (Efesios 4:5). Nada ha sido capaz de alterar esas verdades tan sencillas.

Y la última de estas citas es una de mis favoritas: «. . . Y la verdad os hará libres» (Juan 8:32).

Todos deseamos ser libres; libres de culpa, del egoísmo, de las ligaduras de los malos hábitos.

Por supuesto, todo lo que se ha dicho sobre la importancia de la sencillez y claridad no tendría ningún significado si el resultado final no fuera el gozo y la satisfacción de los hijos de nuestro Padre Celestial. Qué emocionante es observar a los miembros recién bautizados que han captado el Espíritu de la obra y verlos responder al plan del evangelio y, por medio de su obediencia a estas sencillas enseñanzas, cosechar las bendiciones prometidas. Esto es evidente especialmente en los así llamados países en desarrollo.

¡Ojalá pudiera llevaros a Coimbatore, India, para que os reunierais con más de cien miembros de la Iglesia que viven en la pobreza más grande que uno se pueda imaginar. No tienen casi nada. Hay días en que no tienen suficiente comida; la mayoría tiene muy poca educación; pero en un corto período de tiempo sus vidas han cambiado para bien debido al evangelio restaurado de Jesucristo. Su nivel general de salud ha mejorado; hay más que asisten a la escuela; están cantando los himnos de Sión con entusiasmo y sonríen mucho más que antes. Han encontrado una nueva esperanza. Estas son personas despojadas a quienes se les está enseñando las verdades sencillas sobre el Salvador. El evangelio no es nada complicado, ellos pueden comprenderlo y están respondiendo a él. Recientemente cuando nos reunimos con ellos en su centro de reuniones de un solo cuarto (con un piso limpio de tierra), parecían ansiosos y prestos para aprender. Sus vecinos no resistieron la curiosidad y se quedaron cerca mientras se llevaban a cabo las reuniones. Miraban por las ventanas y las puertas abiertas. Quedarnos muy impresionados por el contraste entre los que estaban adentro v las que miraban desde afuera. Era evidente que las enseñanzas del evangelio habían influido no sólo en el espíritu, que se podía ver reflejado en los miembros, sino también en detalles como la higiene, arreglo personal, actitud y una serenidad que reflejaba un algo que era «hermosamente sencillo y sencillamente hermoso». Muy pocos son los que están al tanto de los servicios cristianos que prestan nuestras hermanas misioneras en los campos para refugiados en Tailandia y las Filipinas.

Básicamente, a estas hermanas sólo se les permite enseñar el idioma inglés y la cultura occidental; pero hay otra enseñanza más profunda que se lleva a cabo a través del verdadero amor y la dulce actitud de estas hermanas hacia esta gente desposeída.

Se cuenta la historia de un joven refugiado de Cambodia que fue enviado a California. Pudo llegar hasta uno de los centros de reuniones de la Iglesia sólo porque el nombre escrito afuera del edificio correspondía al mismo nombre que tenía la plaquita de la admirable misionera que le enseñó en el centro para refugiados. Las personas no olvidan fácilmente las obras de bondad y amor puro que sobrepasan todas las diferencias.

Sí, el Espíritu da luz en esta Iglesia. Estoy pensando en un nuevo converso muy especial de Inglaterra. Debido a mi pregunta me habló de su conversión. Me contó que un sábado por la mañana estaba arrodillado en la huerta preparando la tierra para plantar, cuando de pronto escuchó una voz a sus espaldas que le preguntaba: «Dígame, ama usted al Señor»

Me dijo que se dio vuelta esperando ver a un ángel parado allí en su huerta; para su sorpresa eran dos ángeles, dos misioneros mormones, y su respuesta fue: «Por supuesto que amo al Señor. Sírvanse pasar a la casa y hablaremos de ello». Fue tan sencillo, tan genuino. Fue una pregunta que el Salvador hubiera utilizado.

No hace mucho, una joven norteamericana que vivía en Taiwán pensó que el taxista la estaba llevando por el camino más largo a fin de aumentar la tarifa. Exteriorizó sus sentimientos con palabras no muy buenas, y en medio de éstas, el joven chofer, herido por las acusaciones, detuvo el coche, apagó el motor y le dijo: «Jamás lo haría, soy mormón». La joven se calmó y totalmente sorprendida por la sinceridad de la respuesta le preguntó qué era un mormón. Es obvio que la señorita aprendió lo que era un mormón pues tres semanas más tarde se unió a la Iglesia. Todo pasa en forma tan sencilla cuando se trata de personas honradas.

Nefi, al profetizar del ministerio del apóstol, Juan describió sus enseñanzas como «. . . claras y puras, y las más preciosas y fáciles para el entendimiento de todos los hombres».

Que nuestra comprensión e interpretación de la verdad siempre sea «hermosamente sencilla y sencillamente hermosa», es mi sincera oración para cada uno de nosotros, en el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor. Amén.

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