Llamado al santo apostolado

Conferencia General Abril 1984

Llamado al Santo Apostolado

por el élder Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles

«He sido forjado por la disciplina de las leyes, no las leyes de los hombres, sino las leyes irrevocables de nuestro Creador Divino. El cirujano aprende rápidamente en cuanto a la finalidad incontrovertible de las leyes divinas.»

El día sábado de la conferencia de abril de 1984 ha estado marcado en nuestro calendario por mucho tiempo, pues ése sería el día en que por primera vez nuestro único hijo varón tendría la edad suficiente para asistir a la reunión general del sacerdocio conmigo. Anoche, nuestra esperada meta se hizo realidad. Hermanos v hermanas, para nada sabíamos que precisamente ese día mi nombre sería presentado como miembro del Consejo de los Doce. No lo sabíamos nosotros ni tampoco lo sabían nuestros hijos. Nuestras hijas casadas nos llamaron entre la sesión de la mañana y la de la tarde. Una de ellas, pronto para dar a luz, me dijo: «Papá, fue tanta la emoción que me causó el anuncio que creo que estoy por comenzar con los dolores de parto.» Y así fue. Así que, presidente Hinckley, su anuncio en nombre de la Primera Presidencia contribuyó a dar a luz varias cosas. Nuestro vigésimo segundo nieto nació ese mismo día y todo salió muy bien.

Una nube de pensamientos cruzó por mi mente desde el momento en que escuché el llamamiento que seguramente cambiará el curso de mi vida. El primer sentimiento que me invade es de incapacidad personal, el cual se hace más intenso al reflexionar en el incomparable poder del élder LeGrand Richards y del élder Mark E. Petersen, cuya ausencia realmente se hace sentir. Eran para mí queridos amigos así como apreciados líderes. Entonces, al mirar a mi alrededor y ver el dinamismo de quienes están mucho más preparados que yo, me invade un sentimiento de humildad hacia mi llamamiento.

Afortunadamente, estos sentimientos quedan compensados por otros de fe, pues yo sé que las palabras de Nefi son verdaderas; «Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado.» (1 Nefi 3:7.)’Tengo enorme fe en el Señor y en sus profetas. He aprendido a no poner signos de interrogación sino de exclamación cuando se hacen llamamientos mediante los canales inspirados del gobierno del sacerdocio. Hace aproximadamente veinte años dos miembros del Quórum de los Doce fueron asignados para seleccionar a un nuevo presidente para una de las estacas de Salt Lake City en la cual vivíamos. Ellos eran los élderes Spencer W. Kimball y LeGrand Richards, y fui yo quien recibió aquel llamamiento. Ahora seré ordenado apóstol por manos del presidente Spencer W. Kimball para ocupar la vacante que dejó el élder LeGrand Richards.

Todo esto hace que broten de mi alma sentimientos de profundo cometido personal. Mi esposa y yo hicimos esos convenios en el templo del Señor hace casi cuarenta años, convenios de consagrar nuestras vidas al servicio del Señor. Hoy reafirmo esa promesa de dar todo lo que poseo a la edificación del reino de Dios en la tierra aceptando este llamamiento, siendo consciente de que me serán dadas llaves y poderes y que también encontraré obstáculos y dificultades; mas me comprometo a dar todos mis mejores esfuerzos y energía.

Me invaden también sentimientos de gratitud hacia la bondad de mis padres, y hacia los ocho bisabuelos pioneros que se convirtieron a la Iglesia en las naciones de Europa. Todos ellos finalmente emigraron a los Estados Unidos para residir en el pequeño pueblo de Efraín, en Utah. Sé sin lugar a dudas que ellos están observando los acontecimientos de este día a través de sus ventanas celestiales.

Ante mi querida esposa reconozco mi deuda así como mi amor eterno. Ella es la fuente de la que fluye el imperecedero amor que reina en nuestro hogar. Sus sacrificios para traer al mundo a nuestros diez maravillosos hijos, enseñándoles y criándolos al tiempo que me apoyaba a mí sin reparos tanto en mis responsabilidades en la Iglesia como en mi profesión, son verdaderamente monumentales. Amamos a nuestros ocho yernos como si fueran nuestros mismos hijos, y estamos agradecidos por la secuencia ininterrumpida de casamientos en el templo que les unen a nosotros para siempre. También expreso mi agradecimiento por nuestros hermosos nietos que ya tenemos entre nosotros y por aquellos que llegarán con el tiempo.

Aun cuando en la realidad de los hechos vengo a vosotros como producto de la ciencia de la medicina, en un sentido más exacto he sido forjado por la disciplina de las leyes. No las leyes de los hombres como las que dominan nuestros hermanos, jurisconsultos, sino las leyes irrevocables de nuestro Creador Divino. El cirujano aprende rápidamente en cuanto a la finalidad incontrovertible de las leyes divinas. Sabe que las esperanzas y los deseos son a menudo simples factores carentes de poder. Las bendiciones que uno desea se reciben únicamente por medio de la obediencia a la ley divina y de ninguna otra forma. Hasta el presente he dedicado mi vida al aprendizaje de esas leyes. Es sólo al paso que se conocen y luego se obedecen las leyes que recibimos las bendiciones que anhelamos. En este sentido, poca diferencia habrá entre mis actividades pasadas y aquellas que tendré de ahora en adelante. Las infinitas leyes del Señor constituyen las doctrinas de sus Apóstoles.

Estoy agradecido a mis colegas en la profesión médica que me han permitido asistirles en el tratamiento de sus pacientes y que ahora continuarán velando por ellos. Su abnegado servicio satisface los dos grandes mandamientos, de amar a Dios y al prójimo. Ellos han aprendido que el que ama más es el que sirve mejor.

Sostengo a los siervos del Señor, desde Isaías y Ezequiel, hasta José Smith y Spencer W. Kimball. Por la confianza que depositan en mí, estaré eternamente agradecido. A ellos y a la humanidad a la que sirven, expreso mi amor.

Ahora entiendo completamente que el llamado al Apostolado es el de testificar ante el mundo en cuanto a la divinidad del Señor Jesús el Cristo. Sé que la salvación está basada en El. Como le dijo el ángel del Señor al rey Benjamín: «La salvación fue, y es, y ha de venir en y por medio de la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente». (Mosíah 3: 18.)

Al profeta José Smith se le preguntó cuáles son los principios fundamentales de nuestra religión, a lo cual respondió que «los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concerniente a Jesucristo: que murió, fue sepultado, y se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias de esto.» (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 141.)

La creación de la tierra y todo lo que en ella habita; la necesaria caída que permitió al hombre llegar a ser, y la expiación del Señor son tres componentes fundamentales del plan eterno de Dios. Sin ese sacrificio expiatorio no habría ni inmortalidad ni vida eterna.

Su mensaje es el Evangelio Restaurado de Jesucristo, el cual es administrado por la Iglesia que lleva Su nombre. El dirige los asuntos de su Iglesia mediante el poder del sacerdocio y por la revelación que llega a través de profetas que proclaman su doctrina a todos los pueblos del mundo.

El testimonio que yo os doy es tan sólo un eco de otros que fueron dados por los 84 hombres que previamente han recibido este llamamiento de apóstol desde la primavera de 1820. Sé que Dios, el Padre, y el Hijo se manifestaron a José Smith para inaugurar esta última y gran dispensación de verdad eterna. Testifico que somos parte de la casa de Israel, específicamente del linaje de José, que tenemos el derecho de primogenitura y la inmensa responsabilidad de preparar al mundo para la segunda venida del Salvador. Entonces, grandes multitudes provenientes de toda nación, tribu, lengua y pueblo proclamarán al unísono que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. De ello testifico solemnemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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