Nuestra responsabilidad de llevar el evangelio a todo el mundo

Conferencia General Abril 1984

Nuestra responsabilidad de llevar el evangelio a todo el mundo

Presidente Ezra Taft Benson
del Quórum de los Doce Apóstoles

«Quisiera dirigirme a los jóvenes y también a los hermanos de edad que podrían ir a una misión con sus esposas. Os necesitamos hoy más que nunca en el servicio del Señor.»

Mis queridos hermanos, es un placer y un honor saludaros esta noche. Me ha gustado mucho la conferencia hasta ahora. Hermano Durrant, estoy agradecido por nombres como tú. A mí me gusta muchísimo el baloncesto. Nunca fui muy buen jugador, pero jugaba en el cuadro de la Universidad Utah State. Mi padre, que tenía siete hijos varones, desafió a cualquier familia del condado de Franklin que tuviera suficientes jugadores a competir en baloncesto con la de él. Creo que, por suerte para nosotros, ninguna quiso enfrentarnos. De todas maneras, me encantó lo que dijiste.

Esta noche quisiera hablaros un poco de la gran obra misionera de la Iglesia.

¡Hoy en día la Iglesia necesita más misioneros que nunca! Se requiere de nosotros que llevemos el evangelio de Jesucristo a todas las naciones del mundo. El Señor nos dio este mandamiento: «Enviad a los élderes de mi iglesia a las naciones que se encuentran lejos; a las islas del mar; enviad a los países extranjeros; llamad a todas las naciones, primeramente a los gentiles y luego a los judíos» (D. y C. 133:8).

Esta responsabilidad que se nos ha dado de llevar el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo es una de las señales por medio de la cual los creyentes reconocerán que está cercano el retorno de nuestro Salvador a la tierra. En cuanto a esta señal de Su segunda venida, Jesucristo profetizó:

«Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24: 14).

Esta obra requerirá miles de misioneros, muchísimos más que los que están embarcados en este servicio misional en la actualidad.

Sé que muchos de vosotros, jovencitos que me escucháis, ya habéis tomado la decisión de servir una misión para la Iglesia. Os felicito por estar preparados y ser dignos, y confiamos en que recibiréis innumerables bendiciones, tanto en el campo misional como en los años después de la misión.

Otros de vosotros todavía no habéis tomado la decisión de servir una misión, y quisiera dirigirme especialmente a vosotros y también a los hermanos de edad que podrían ir a una misión con sus esposas.

Os necesitamos hoy más que nunca en el servicio del Señor. «La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos» (Lucas 10:2).

Los que cumplen una misión con fidelidad vuelven después de esa experiencia con más fe, devoción y cualidades de líder. Aprenden, al sacrificarse, lo que solamente la experiencia y el servicio abnegado al prójimo pueden enseñar.

Un misionero aprende, por ejemplo que Dios puede utilizarlo como instrumento para llevar a cabo su obra. Puede afirmar, como lo hizo Ammón, un misionero del Libro de Mormón: «. . . ésta es la bendición que se ha conferido sobre nosotros, que hemos sido hechos instrumentos en las manos de Díos para realizar esta gran obra» (Alma 26:3).

Un misionero aprende que debe ser humilde y depender del Señor. Aprende a orar con fervor y sinceridad, no sólo por sí mismo sino también por los demás, y a dejarse guiar por el Espíritu Santo. Fue mientras servía en mi primera misión que me di cuenta de que es necesario depender constantemente del Señor.

En 1922 yo era un joven misionero y me encontraba en el norte de Inglaterra. La oposición a la Iglesia comenzó mayormente entre los ministros, y se volvió tan intensa que el presidente de la Misión nos pidió que ya no tuviéramos reuniones en las calles, e incluso en algunas partes se dejó de repartir folletos casa por casa. Ninguno de los ministros sabía mucho acerca de nosotros. Un día andábamos «folleteando» cuando una simpática señora salió a la puerta y nos pusimos a conversar. Cuando mi compañero mencionó la palabra «mormón», su esposo vino a la puerta vistiendo un uniforme de la marina, y dijo: «No podéis decirme nada nuevo de esos mormones. Yo he estado en la marina británica por veinte años, y una ver que fuimos navegando hasta el puerto de Salt Lake, ni siquiera nos dejaron anclar.» Este es un buen ejemplo de lo que sabían de nosotros en esa época.

Se nos había invitado a mi compañero y a mí a ir a South Shields, en la costa noroeste, a hablar en una reunión sacramental.

En la carta de invitación se nos prometía que iban a estar presentes muchas personas que no eran miembros de la Iglesia. Decía: «Muchos de nuestros amigos no creen las mentiras que se publican sobre la Iglesia.»

Ayunamos y oramos con sinceridad y fuimos a hablar a la reunión. El salón estaba lleno. Mi compañero iba preparado para hablar de los primeros principios del evangelio, y yo había estudiado mucho para hablar de la Apostasía. Se sentía un hermoso espíritu en la reunión. Mi compañero habló primero, dando un mensaje excelente. Yo hablé a continuación, y lo hice con una soltura que nunca había experimentado antes. Cuando volví a sentarme, me di cuenta de que no había mencionado siquiera la Apostasía. Había hablado del profeta José Smith y testificado que su misión era de origen divino y que el Libro de Mormón era verdadero. No pude evitar que se me cayeran las lágrimas de la emoción.

Después de que terminó la reunión, muchas personas se acercaron a hablarnos; varias de ellas no eran miembros, y nos dijeron: «Esta noche recibimos la confirmación de que el mormonismo es verdadero y estamos dispuestos a considerar el bautismo.»

Esta fue una respuesta a nuestras oraciones, pues habíamos orado para poder decir sólo las cosas que llegaran al corazón de los investigadores.

Efectivamente, un misionero descubre el gozo indescriptible que resulta de convertir almas al evangelio. Recientemente tres de mis nietos volvieron de la misión, y dos más están por salir de misioneros. Yo creo en la obra misional con todo mi corazón. Es bueno para cualquier joven tener la experiencia de ir a una misión.

Uno de los relatos acerca de la obra misional que sirve de más inspiración se encuentra en las Escrituras y trata de los catorce años en que Alma, hijo, y los cuatro hijos de Mosíah predicaron a sus hermanos lamanitas. El Libro de Mormón nos dice que llevaron a la Iglesia a miles de personas, lo que hizo que uno de ellos, Ammón, exclamara:

“. . . mi gozo es completo; sí, mi corazón rebosa de alegría . . .» (Alma 26:11). Hermanos, no hay nada que dé más gozo que darle al prójimo la luz del evangelio, porque el Señor prometió:

«Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!

«Ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!» (D. y C. 18:15-16).

Un misionero se da cuenta de que el sacerdocio que se le ha conferido es el poder de Dios, y se le presentan oportunidades para ejercer esta autoridad en las ordenanzas del bautismo, la confirmación y las unciones a los enfermos. La gran mayoría de los misioneros testifican que Dios no ha dejado de ser un Dios de milagros. (Mormón 9: 15.)

Un misionero aprende que Dios, nuestro Padre Celestial, responde cuando oramos a El. También aprende a reconocer la influencia del Espíritu Santo y a dejarse guiar por él. Ora por su propio bienestar—para poder ser humilde y sensible a la influencia del Espíritu Santo—y también por las personas a las que está enseñando. Por medio de estas experiencias, orando y sirviendo al prójimo, aprende a amar al Señor con todo su corazón y a amar más a los demás.

Muchas veces surge la pregunta: Deben todos los jóvenes ir a una misión. La respuesta a esta cuestión ya la ha dado el Señor y es afirmativa. Todos los jóvenes deben ir a una misión.

Pero a pesar de que todos los jóvenes deben cumplir una misión, nos damos cuenta de que no todos están preparados física, emocional o moralmente. Por lo tanto, algunos de ellos tal vez se priven de la oportunidad de ser misioneros. Pero todos deben prepararse para ir, para ser dignos de servir al Señor, porque El ha dicho:

«Y que todo hombre [fijaos en las palabras todo hombre] tome la justicia en sus manos y la fidelidad sobre sus lomos y levante la voz de amonestación a los habitantes de la tierra; y declare, tanto por palabra como por fuga, que la desolación sobrevendrá a los inicuos» (D. y C. 63:37).

Algunos jóvenes, porque han transgredido, dicen que no tienen interés en cumplir una misión. La verdad es que, por supuesto, se sienten indignos. Si estos jóvenes fueran a hablar con su obispo, le confiaran su problema y se arrepintieran sinceramente, todavía podrían hacer una buena misión.

Nosotros, vuestros hermanos, os animamos a prepararos, a prepararos ahora mismo para servir al Señor, a prepararos moral, espiritual y emocionalmente.

Id a conversar con el obispo. Decidle lo que deseáis alcanzar. Confiadle vuestros problemas. Escuchad sus consejos y después orad a nuestro Padre Celestial sobre esta decisión tan importante.

Uno de los grandes misioneros de la Iglesia, el élder LeGrand Richards, dijo: «Muchas personas me han preguntado cuál ha sido la mejor experiencia que he tenido en la Iglesia y, sin titubear un momento, les contesto que ha sido mi primera misión. Durante ese tiempo fue que aprendí a amar realmente al Señor y a su Iglesia y adquirí el deseo de ayudar a edificar su reino.»

Espero que todos vosotros, los jóvenes que me escucháis esta noche, tengáis una cuenta de ahorros y estéis planeando ir a una misión.

Hace poco estuve en Dallas, Texas, donde tuve el placer de hablar a casi 200 misioneros. Entre ellos había varias hermanas. Mientras les hablaba pensé que era un grupo de jóvenes que, a pesar de vivir en este mundo inicuo, no toma parte en los pecados que en él se cometen.

Me regocijo por nuestros jóvenes. Estoy orgulloso de ellos y agradecido por ellos y sé que el Señor está bendiciéndoles y ayudándoles a progresar. Es un gran placer para mí reunirme con ellos siempre que voy a una casa de misión. Son jóvenes escogidos.

Ahora quiero decir unas palabras a vosotros, los hermanos mayores de edad. Necesitamos matrimonios que sean buenos misioneros. . .

Mi padre fue llamado a ir a una misión y dejó a mi madre en nuestro hogar con siete hijos pequeños, y el octavo nació cuatro meses después de que él se fue. Desde ese entonces en mi hogar hubo un espíritu misionero que nunca dejó de ser y por el cual me siento profundamente agradecido.

Aquellos de vosotros que sois abuelos podéis ejercer más influencia sobre vuestros nietos por medio de cartas que les enviéis del campo misional que por cualquier otro medio.

Recuerdo tan bien que después de que terminábamos los quehaceres domésticos, nos sentábamos alrededor de la mesa de la cocina y mamá nos leía las cartas de nuestro padre. Nos parecía que los pueblos en que estaba trabajando quedaban al otro lado del globo, pero los que mencionaba eran nada más que ciudades de los estados de Iowa, Illinois y otros de los estados centrales.

Dos de mis hermanas, viudas las dos —una de ellas tiene diez hijos y la otra ocho—después de mandar a sus hijos de misioneros, hablaron con sus respectivos obispos para ver si les permitía a ellas ira una misión.

Recuerdo bien el día en que me llamaron por teléfono y me dijeron:
«¿Sabes la última noticia? Recibimos nuestro llamado a la misión.»
Contesté, «¿De qué llamamiento me hablan?»
A lo que respondieron, «¿No sabías?»
Les dije, «No sabía nada.»
El presidente de la misión las asignó para trabajar como compañeras y trabajaron veinte meses en el mismo lugar. Creo que batieron un récord.
Mis padres llegaron a tener once hijos y los once hemos tenido el gozo de ser misioneros. La última volvió hace poco de servir una misión con su esposo en San Diego, California.
A vosotros, los jóvenes, y a algunos de vosotros hermanos mayores, os vuelvo a repetir: Se os necesita para servir al Señor en la obra misiona) hoy mismo.
Os testifico a todos, mis hermanos que estáis al alcance de mi voz, que esta Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra. (Véase D. y C. 1:30.) Tenemos el privilegio, por medio de los convenios y ordenanzas del bautismo y la confirmación, de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo. El ser miembros de la Iglesia es la única manera en que los demás también pueden obtener la vida eterna. Nosotros tenemos la verdad, y os pedimos que participéis con nosotros en el privilegio de predicar esa verdad y el evangelio a las personas que no lo tienen.
Ruego que os familiaricéis con el Libro de Mormón en particular. Recuerdo una conversación que tuve una vez con mis hijos varones. Un día me pidieron que fuera a su dormitorio, y cuando llegué, encontré que tenían unos cuantos libros sobre la cama. Uno de ellos me dijo: «Sabes que este verano vamos a trabajar con el tío cuidando los pavos en su granja. Una vez te oí decir que los pavos son las aves más estúpidas de la granja, así que me supongo que tendremos bastante tiempo para leer.» Entonces me pidieron que les recomendara los libros que podrían llevar. Levanté una edición del Libro de Mormón especial para militares y les dije: «Este cabe en el bolsillo de atrás del pantalón.» Replicaron: «¿Quieres decir que llevemos sólo un libro?» Les respondí: «Sí, y le tomarán mucho cariño y también aprenderán a querer la obra misional.» Y así fue.
Sí, ésta es la obra de Dios. Lo sé como sé que estoy vivo.
Que Dios nos bendiga a todos con el espíritu y el deseo de convertir almas a Su evangelio. Es nuestra responsabilidad.
Que Dios os bendiga, mis hermanos, para que podáis responder a esta gran necesidad. Es la voluntad de Dios que hagamos más en esta gran obra de predicar el evangelio. Doy mi humilde testimonio de que sé que es así, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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