Matrimonio y divorcio

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Matrimonio y divorcio
Élder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight«Nos preocupa . . . que muchas parejas no toman en serio su matrimonio lo suficientemente como para protegerlo, nutrirlo y cultivarlo día tras día.»

Ruego que pueda tener la compañía del Espíritu Santo a f in de que mis palabras estén en armonía con la verdad revelada y podáis recibirlas y comprenderlas bajo esa misma influencia celestial.

Durante más de veinticinco años hemos sido testigos de los asaltos interminables a la tradición familiar; se han puesto en tela de juicio los valores sagrados de la bondad humana, la disciplina y hasta el amor y honor hacia Dios, nuestro Padre Eterno.

Una nueva generación egoísta ha hecho de la familia el objeto de un menosprecio continuo. Ha desacreditado el matrimonio; ha degradado y, evitado la paternidad. Estas influencias y otras de esa misma naturaleza han dado como resultado un torrente de tentaciones malignas para la supuesta gratificación instantánea y la degradación del matrimonio y los papeles tan sagrados de esposa y madre.

Desafortunadamente existen muchos seres humanos buenos que vivirían de otra manera, pero que no conocen el plan eterno que Dios tiene para sus hijos. Aprendemos de las Escrituras que la intención divina es que el matrimonio sea una unión eterna con lazos familiares perdurables por toda la eternidad.

Las Escrituras nos enseñan que después de que la tierra fue organizada, Dios crecí al hombre a su propia imagen y le dio dominio de toda la tierra. Al lado del hombre estaba la mujer, compartiendo con él el honor y la dignidad de supremacía que les fueron divinamente conferidos por sobre todas las demás creaciones. Dios declaró: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2: 18).

«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27).

El Señor también instruyó: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24); así pues, dio la autorización para que el hombre y la mujer se unieran en matrimonio, tal como se había planeado en los cielos para que pudieran crear cuerpos mortales.

El primer mandamiento registrado que se dio a Adán y a Eva fue: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28).

Consideramos a los hijos como regalos de Dios, que se nos han confiado para que los cuidemos, amemos, nutramos y capacitemos cuidadosamente.

El Señor también instruyó: «Y también enseñarán a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor» (D. y C. 68:28).

No son para que los maltratemos o abusemos, pues junto con sus padres son parte de una familia con el potencial de una asociación eterna.

El presidente Spencer W. Kimball explicó:

«Desde el principio, el Señor organizó el programa general con un padre que procrea. provee, ama y dirige, y una madre que concibe, cría, alimenta y entrena. El Señor pudo haberlo organizado de otra manera, pero escogió una unidad cuya responsabilidad y asociación tuvieran un propósito definido, en donde los niños se entrenan y disciplinan uno al otro, se aman, se honran y aprecian. La familia es el gran plan de vida concebido y organizado por nuestro Padre Celestial.» (En Conference Report, abril de 1973, pág. 157.)

Se tuvo como propósito que el matrimonio fuera, y puede serlo, una relación amorosa, duradera y armoniosa entre un esposo y su esposa.

Al meditar en la declaración del Señor a Moisés, «Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:38), reflexionamos con tristeza en la moda del día, de separar a las familias y hogares por medio del divorcio.

Parecería que una de las causas más significativas del divorcio está en no comprender que el matrimonio y las familias son dadas y ordenadas de Dios. Si comprendiésemos el significado total de ello, tendríamos menos divorcios y la infelicidad que los acompaña. Las parejas planearían tener una relación conyugal feliz basada en las instrucciones divinas. Si las parejas comprendieran desde el principio del romance que su relación matrimonial podría ser bendecida con promesas y condiciones que se extienden hasta las eternidades, el divorcio ni se consideraría como una solución cuando las dificultades se presentaran. La Filosofía actual de que siempre se puede obtener un divorcio en caso de que el matrimonio no funcione, pone en peligro la estabilidad de éste desde el principio.

El siempre presente aumento de divorcios es amplia evidencia de cuán aceptable se ha convertido el divorcio como una solución popular de matrimonios que no son felices o «que no son exactamente lo que se esperaba». Sin embargo, no importa cuán aceptable se haya convertido el divorcio —cuán rápida y fácilmente se obtenga—éste es doloroso y trágico, no sólo cuando se presenta, sino también en años venideros.

El divorcio realmente nunca va a ser final. ¿En qué forma se pueden divorciar los padres y madres de su propia carne y sangre en sus hijos, o de los recuerdos de días y años de experiencias compartidas que se han convertido en parte de su propia vida?

El divorcio rara vez ocurre sin el trastorno emocional, social y financiero. La mayoría de las personas subestiman las desavenencias, malos sentimientos, desorganización y frustraciones que surgen entre una pareja que se está divorciando y sus hijos, amigos y familiares. Algunos nunca se recuperan de los estragos emocionales que vienen como resultado.

Tal vez lo más trágico de todo es que en más del 60% de todos los divorcios hay hijos menores de dieciocho años. Los hijos de padres divorciados muy a menudo tienen un alto grado de delincuencia y menos autoconfianza, y existen tendencias a ser más promiscuos y hasta de fracasar en sus propios matrimonios.

Al considerar la importancia tan enorme del matrimonio, es asombroso que no hagamos mejores preparativos para obtener el éxito. Por lo general las parejas se cortejan durante algunos meses o tal vez un año o dos, gozan de su romance y se conocen, y después contraen matrimonio. Una vez casados, pronto se dan cuenta de que el romance debe mezclarse con las creencias espirituales, las relaciones con los suegros, cuestiones monetarias, y serias conversaciones sobre la ética, los niños y el funcionamiento del hogar.

Muchas personas no están preparadas adecuadamente para esta tremenda responsabilidad.

«Las personas asisten a la universidad durante varios años para prepararse profesionalmente o recibir instrucción vocacional . . . que no puede ser tan . . . recompensadora ni tan importante como el matrimonio». (Véase Lowell S. Bennion, «Conference on Utah Families», Salt Lake Tribune, 6 de abril de 1980, pág. F-9.)

Las transgresiones muy serias así como vidas heridas, que muy a menudo se dan a conocer en las oficinas de los obispos, indican claramente que la relación entre la pareja merece mayor atención y oración que la que se le está dando. Menos matrimonios fracasarían, y más serían más felices, si las parejas visitaran a un obispo que les sugiriera maneras para evitar desavenencias y les animara a usar concienzudamente la autodisciplina y la necesaria reserva, así como a adquirir la cualidad de la abnegación.

Hace algunos años el presidente Harold B. Lee recibió la siguiente carta de una mujer casada: «Cuando pensamos que el fin había llegado y que sólo quedaba una cosa por hacer y ésta era conseguir el divorcio, nos dijeron que debíamos pedir el consejo de nuestro obispo. Al principio . . . vacilamos porque él era un hombre muy joven, pero como era nuestro obispo, fuimos a verlo. Derramamos nuestras almas ante nuestro joven obispo. El se quedó sentado escuchando silenciosamente, y cuando no había más qué decir, él simplemente replicó: `Bien, mi esposa y yo también tuvimos problemas, y aprendimos a resolverlos’. Esto fue todo . . . lo que nos dijo. Pero ¿sabe?, algo ocurrió como resultado de la declaración de este joven obispo. Salimos de ahí y dijimos: `Si ellos pueden resolver sus problemas, ¿por qué nosotros no?’ » (En Conference Report, octubre de 1973, pág. 118.)

Un distinguido productor recientemente dijo:

«Tanto en las películas como en la televisión existe la tendencia a no tratar el asunto del matrimonio . . . sino cuando se va a ser burla de éste o en las telenovelas. Preferimos hacer hincapié en . . . [la participación sexual] y dejar de lado . . . el `vivieron felices para siempre’ . . . como en los cuentos de hadas» (Karl E. Meyer, The Wife of Your Youth, Pales Heights, Illinois: n. p., 1977).

Nos preocupa no solamente que los productores y escritores no describan matrimonios felices y productivos, sino que muchas parejas no toman en serio su matrimonio lo suficientemente como para protegerlo, nutrirlo, cultivarlo día tras día, semana a semana, durante un año, un cuarto de siglo, medio siglo, para siempre.

Los divorcios en la edad madura son inquietantes, ya que es una indicación de que las personas maduras, que son el punto fuerte de nuestra sociedad, no están trabajando cautelosamente para preservar su matrimonio. Los divorcios que se han otorgado a personas mayores de cuarenta y cinco años han aumentado a una velocidad alarmante. Cuando las personas en edad madura consideran romper los lazos del matrimonio-una pareja con hijos adultos, y que quizás ya sean abuelos-y deciden ir por sendas separadas, es necesario que comprendan que cada divorcio es el resultado del egoísmo, ya sea por parte de uno o de ambos.

En Malaquías leemos:

«Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto.

«Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud» (Malaquías 2: 14-15).

El matrimonio es un convenio. Dos de los Diez Mandamientos tratan directamente con la preservación de la santidad del matrimonio: «No cometerás adulterio» y «No codiciarás . . . la mujer de tu prójimo» (Éxodo 20: 14, 17).

Jesús magnificó la ley en contra del adulterio: «Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:28).

El matrimonio ideal consiste de la fidelidad mutua entre un hombre y una mujer, una fidelidad que empezó cuando se escogieron mutuamente. En Proverbios leemos: «Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud» (Proverbios 5: 18). Dejad que su afecto os satisfaga en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. (Proverbios 5:19.)

Ciertamente es un privilegio vivir nuestra vida con la esposa de nuestra juventud, gozar de los años dorados juntos, sin importarnos las arrugas y las canas, sino adquiriendo un amor más profundo, una unidad y sabiduría que se pueden compartir con el otro ahora y durante toda la eternidad.

El matrimonio es sostenido por la fe y por el conocimiento de su divino establecimiento, y diariamente por la energía del amor. Un hombre muy sabio dijo: «Cuando la satisfacción o la seguridad de otra persona llega a ser tan importante como la propia, es entonces que existe el estado del amor». (Harry Stack Sullivan, Concepts of Modern Psychiatry, pág. 42.)

La fuerte y mutua convicción de que existe algo eternamente hermoso en la relación conyugal edifica la fe necesaria para resistir el mal. El matrimonio debe ser muy hermoso y satisfactorio, con gozo más allá de lo que podamos imaginarnos, porque «ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón» ( 1 Corintios 11:11).

Los Santos de los Últimos Días no necesitan divorciarse; existen soluciones para los problemas matrimoniales. Si como esposo o esposa estáis teniendo serios malentendidos, o si sentís que las presiones y tensiones están infiltrándose en vuestro matrimonio, debéis humildemente poneros de rodillas juntos y pedir a Dios, nuestro Padre, con un sincero corazón y propósito, que disipe esa niebla que ahora cubre vuestra relación, para que recibáis la luz adicional, veáis vuestros errores, os arrepintáis de vuestras faltas y os perdonéis el uno al otro, y así podáis aceptaros como lo hicisteis en el principio. Os aseguro solemnemente que Dios vive y contestará vuestras súplicas humildes, pues ha dicho: «Pediréis cuanto quisiereis en el nombre de Jesús y se cumplirá» (D. y C. 50:29). En el nombre de Jesucristo. Amén.

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