El tomar sobre nosotros el nombre de Cristo

Conferencia General Abril 1985

El tomar sobre nosotros el nombre de Cristo

Dallin H. Oaks

élder Dallin H. Oaks
del Quórum de los Doce Apóstoles

“Al participar de la Santa Cena, “cuando testificamos que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, manifestamos nuestra aspiración, o sea, nuestra determinación por lograr la exaltación en el reino celestial.”


Nos regocijamos por la resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo en este día santo para toda la cristiandad, ocasión en que millares de cristianos van a sus iglesias a participar del sacramento de la Cena del Señor, la cual muchos llaman comunión (1 Cor. 10:16).

A los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días se les ha mandado participar de la Santa Cena todas las semanas (D. y C. 59:9, 12). Al hacerlo, testifican ante Dios, el Eterno Padre, como lo dice la oración por el pan, que están “dispuestos a tomar sobre si el nombre [del] Hijo, y a recordarle siempre, y a guardar sus mandamientos que el les ha dado” (D. y C. 20:77; Moro. 4:3). Debemos meditar en esos sagrados convenios durante el servicio de la Santa Cena.

En este domingo de resurrección, cabe reflexionar en lo que significa la Santa Cena. Empezare por lo primero que testificamos solemnemente a Dios el Eterno Padre: que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de su Hijo. ¿Que significa eso?

Nuestro testimonio de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo tiene diversos significados. Algunos de estos son claros y dentro del alcance del entendimiento de nuestros hijos; otros son evidentes sólo para los que han escudriñado las Escrituras y meditado en los prodigios de la vida eterna.

Uno de los conceptos claros es que renovamos la promesa que hicimos al bautizarnos. De conformidad con las Escrituras, los que se bautizan testifican ante la Iglesia que “se han arrepentido verdaderamente de todos sus pecados, y que están dispuestos a tomar sobre si el nombre de Jesucristo, con la determinación de servirle hasta el fin” (D. y C. 20:37; 2 Ne. 31:13; Moro. 6:3). Cuando participamos de la Santa Cena, renovamos este convenio y todos los demás convenios que hicimos en las aguas del bautismo. (Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, tomo II, págs. 321, 325-326.)

Otro concepto claro es que tomamos sobre nosotros el nombre de nuestro Salvador al llegar a ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. Por mandato del Señor, esta Iglesia lleva Su nombre (D. y C. 115:4; 3 Ne. 27:78). Todo miembro, joven o mayor, es miembro de la “familia de Dios” (Ef. 2:19). Como verdaderos creyentes en Cristo, como cristianos, hemos tomado gozosamente Su nombre sobre nosotros (Al. 46:15). Como el rey Benjamin lo enseñó a los de su pueblo: “A causa del convenio que habéis hecho, seréis llamados progenie de Cristo, hijos e hijas de el, porque he aquí, hoy el os ha engendrado espiritualmente” (Mos. 5:7; Al. 5: 14; 36:23-26).

También tomamos sobre nosotros el nombre de Jesucristo cada vez que proclamamos públicamente nuestra creencia en El. Todos tenemos muchas oportunidades de proclamar nuestra creencia a nuestros amigos, vecinos, compañeros de trabajo y conocidos. Lo que el apóstol Pedro enseñó a los santos de su época hagamos también nosotros; dijo: “Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pe. 3: 15). En esto, guardamos el actual mandamiento: “Tomad sobre vosotros el nombre de Cristo, y declarad la verdad con circunspección” (D. y C. 18:21).

Un tercer concepto resalta en el entendimiento de los que poseen la madurez para saber que un seguidor de Cristo esta obligado a servirle. Muchas referencias de las Escrituras al nombre del Señor aluden a la obra de su reino: Cuando Pedro y los otros Apóstoles fueron azotados, salieron gozosos “de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre” [del Señor] (Hch. 5:41). En una epístola a unos miembros que habían ministrado a los santos, Pablo les dice que el Señor no olvidaría la obra de amor que habían “mostrado hacia su nombre” (Heb. ó: 10). En ese sentido, al testificar que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, manifestamos nuestra buena voluntad de hacer la obra de su reino.

En esos tres conceptos relativamente obvios, vemos entonces que tomamos sobre nosotros el nombre de Cristo cuando nos bautizamos en su nombre, cuando pertenecemos a su Iglesia y profesamos nuestra creencia en El y cuando hacemos la obra de su reino.

También hay otros conceptos de significado mas profundo, los cuales los miembros mas juiciosos de la Iglesia deben comprender y someter a reflexión al participar de la Santa Cena.

Conviene advertir que cuando participamos de la Santa Cena, no testificamos que tomamos sobre nosotros el nombre de Jesucristo, sino que estamos dispuestos a hacerlo (D. y C. 20:77). El hecho de que sólo testifiquemos estar dispuestos indica que algo mas debe verificarse antes de que en realidad tomemos sobre nosotros ese sagrado nombre en el sentido mas trascendental .

¿Que suceso o sucesos futuros podría contemplar este convenio? Las Escrituras subrayan dos sagradas posibilidades: una concerniente a la autoridad de Dios, especialmente como se ejerce en los templos, y, la otra – estrechamente relacionada- concerniente a la exaltación en el reino celestial.

El nombre de Dios es sagrado. La oración de Jesús empieza con las palabras: “Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mat. 6:9). En el Sinaí se dio el mandamiento: “No tomaras el nombre de Jehová tu Dios en vano” (Ex. 20:7; Deut. 5: l 1 ). La revelación de los últimos Días es similar en cuanto al uso del nombre de Dios sin autoridad. “Por tanto, cuídense todos los hombres de como toman mi nombre en sus labios”, ha dicho el Señor en esta época, porque “hay muchos que. . . toman el nombre del Señor y lo usan en vano sin tener autoridad” (D. y C. 63:61-62).

En armonía con esas referencias, muchos pasajes que se refieren al “nombre de Jesucristo” se refieren palpablemente a la autoridad del Salvador, lo cual fue sin duda lo que quisieron decir los setenta cuando dijeron a Jesús: “. . . aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Luc. 10: 17). En Doctrina y Convenios se emplea ese mismo significado donde dice que los Doce Apóstoles de esta dispensación “serán aquellos que desearen tomar sobre sí mi nombre con Integro propósito de corazón” (D. y C. 18:27). A los Doce se les designa mas adelante como a los “testigos especiales del nombre de Cristo en todo el mundo” y los que están para “oficiar en el nombre del Señor bajo la dirección de la Presidencia de la Iglesia” (D. y C. 107:23, 33).

Para mayor ilustración sobre este punto, el Antiguo Testamento contiene veintenas de referencias al nombre del Señor en las que Su nombre significa la autoridad del Señor. La mayoría de dichas referencias tienen que ver con el templo.

Cuando los hijos de Israel estaban aun al otro lado del Jordán, el Señor les dijo que cuando entraran a la tierra prometida, tendrían cl lugar que el Señor su Dios escogiera “para poner en el su nombre. . .”(Deut. 12:11; Deut. 14:23-24; 16:6). Repetidas veces en revelaciones posteriores el Señor y sus siervos se refirieron al futuro templo como a una casa “al nombre” de Jehová Dios de Israel. (1 Re. 3:2; 5:5; 8: 16-20, 29, 44, 48; 1 Crón. 22:810, 19; 29:16; 2 Crón. 2:4; 6:510, 20, 34, 38.) Después de la dedicación del templo, el Señor apareció a Salomón y le dijo que habla santificado el templo “para poner [su] nombre en [el] para siempre” (1 Re. 9:3; 2 Crón. 7:16).

Del mismo modo, en las revelaciones actuales el Señor se refiere a los templos como a casas edificadas “a [su] santo nombre” (D. y C. 124:39; 105:33; 109:25). En la inspirada oración dedicatoria del Templo de Kirtland, el profeta José Smith pidió una bendición para “los de [su] pueblo, sobre quienes se ponga su nombre en esta casa” (D. y C. 109:26).

Todas esas referencias a los templos antiguos y modernos como casas para “el nombre” del Señor suponen evidentemente algo mucho mas importante que una mera inscripción de su sagrado nombre en el edificio. Las Escrituras indican que el Señor pone su nombre en un templo porque El da autoridad para que su nombre se use en las sagradas ordenanzas de esa casa. Ese es el significado de lo que dice el Profeta de que el Señor ponga su nombre sobre los de su pueblo en esa santa casa (D. y C. 109:26).

Por tanto, el estar dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo se puede entender como el estar dispuestos a tomar sobre nosotros la autoridad de Jesucristo. Conforme a este significado, al participar de la Santa Cena, testificamos estar dispuestos a participar en las sagradas ordenanzas del templo y a recibir las supremas bendiciones asequibles por medio del nombre y de la autoridad del Salvador cuando El disponga otorgárnoslas.

Otro suceso futuro que podemos esperar al testificar que estamos dispuestos a tomar ese sagrado nombre sobre nosotros atañe a nuestra relación con nuestro Salvador y a las inefables bendiciones que aguardan a los que sean llamados por su nombre en el ultimo día.

El rey Benjamin dijo a los de su pueblo: “. . . no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación pueda llegar a los hijos de los hombres, sino en y por medio del nombre de Cristo, el Señor Omnipotente” (Mos. 3:17; 2 Ne. 31:21). Pedro proclamó “el nombre de Jesucristo de Nazaret” a los líderes de los judíos, y declaró: “. . . no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4: 10, 12; D. y C. 18:21-23).

Las Escrituras declaran que el sacrificio expiatorio del Salvador fue por aquellos que “creyeran en su nombre”. Alma enseñó que Jesucristo, el Hijo, el Unigénito del Padre, vendría a “quitar los pecados del mundo, si, los pecados de todo hombre que crea firmemente en su nombre” (Al. 5:48; 9:27; 11 :40; Hel. 14:2). En las palabras del rey Benjamín: “. . . quien hiciere esto, se hallara a la diestra de Dios, porque sabrá el nombre por el cual es llamado; pues será llamado por el nombre de Cristo”. (Mos. 5:9.)

Así, los que ejerzan la fe en el sagrado nombre de Jesucristo, se arrepientan de sus pecados, entren en su convenio y guarden sus mandamientos, (Mos. 5:8) podrán reclamar el sacrificio expiatorio de Jesucristo. Quienes lo hagan serán llamados por su nombre en el ultimo día.

Cuando el Salvador enseñó a los nefitas, después de su resurrección, les dijo: “. . . las Escrituras. . . dicen que debéis tomar sobre vosotros el nombre de Cristo”, y explicó: “. . . porque por este nombre seréis llamados en el postrer día; y el que tome sobre si mi nombre, y persevere hasta el fin, este se salvara en el postrer día” (3 Ne. 27:56). Esa misma enseñanza se repite en la revelación actual, mas la advertencia: “. . . si no saben el nombre por el cual son llamados, no hay lugar para ellos en el reino de mi Padre” (D. y C. 18:25; Al. 5:38).

En el Libro de Mormón se explica la importancia de ser llamados por el nombre de Cristo. Cuando el Salvador mostró su cuerpo espiritual al hermano de Jared, se presentó como el Padre y el Hijo, y dijo que por su sacrificio expiatorio todos los que creyeran en su nombre tendrían por El vida eterna y llegarían a ser sus hijos y sus hijas (Et. 3:14). El profeta Abinadí dijo que aquellos que han creído en el Señor y puesto en El sus ojos para la remisión de sus pecados son su posteridad, o sea, los herederos del reino de Dios (Mos. 15:1 1). El rey Benjamin explicó lo siguiente:

“Porque estos son aquellos cuyos pecados el ha tomado sobre si; estos son aquellos por quienes ha muerto, para redimirlos de sus transgresiones. Y bien, ¿no son ellos su posteridad?” (Mos. 15:12.)

Hablando por conducto del profeta Alma, el Señor explicó la importancia de esa relación: “Porque he aquí, en mi nombre son llamados; y si me conocen, comparecerán; y habrá lugar para ellos a mi mano derecha eternamente”. (Mosíah 26:24. )

En esos notables pasajes del Libro de Mormón aprendemos que el Señor Jesucristo redimirá de sus pecados a aquellos que se hagan merecedores por la fe, el arrepentimiento y la obediencia a las leyes y las ordenanzas del evangelio. En sentido espiritual y figurado, llegaran a ser hijos e hijas de Cristo, herederos de su reino, los que serán llamados por su nombre en el último día.

En ese sentido, cuando testificamos que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, manifestamos nuestra promesa de hacer todo lo que podamos por alcanzar la vida eterna en el reino de nuestro Padre. Expresamos nuestra aspiración, o sea, nuestra determinación por lograr la exaltación en el reino celestial.

A los que sean hallados dignos de tomar sobre si el nombre de Jesucristo en el ultimo día se les describe en las grandes revelaciones registradas en las secciones noventa y tres y setenta y seis de Doctrina y Convenios. Allí el Salvador revelo a José Smith que a su debido tiempo, si guardamos los mandamientos de Dios, recibiremos de la “plenitud” del Padre (D. y C. 93:19-20). Allí dice el Señor: “Todos los que por medio de mi son engendrados, son participantes de la gloria del [Padre], y son la iglesia del Primogénito” (D. y C. 93:22). “Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas. . De modo que, como esta escrito, son dioses” que “moraran en la presencia de Dios y su Cristo para siempre jamas” (D. y C. 76:55, 58, 62). “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3; D. y C. 88:4-5). Esa es la razón suprema del tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo.

Cuando el presbítero pide la bendición del pan en la mesa de la Santa Cena, ruega que todos los que participen de el “testifiquen” ante Dios, el Padre Eterno, “que están dispuestos a tomar sobre si el nombre de [su] Hijo” (D. y C. 20:77; Moro. 4:3). Ese testimonio tiene varios y diversos significados.

Nos hace renovar el convenio que hicimos en las aguas del bautismo, de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo y servirle hasta el fin. También tomamos su nombre sobre nosotros al profesar públicamente nuestra creencia en El, al cumplir nuestra obligación como miembros de su Iglesia y al hacer la obra de su reino.

Pero hay un punto que extralimita esos conceptos conocidos, porque lo que testificamos no es que tomamos sobre nosotros su nombre, sino que estamos dispuestos a hacerlo. En ese sentido, nuestro testimonio se relaciona con algún suceso o estado futuro que no podemos alcanzar por nosotros mismos, sino que depende de la autoridad o iniciativa del Salvador mismo.

Las referencias de las Escrituras al nombre de Jesucristo muchas veces significa la autoridad de Jesucristo. En ese sentido, el que estemos dispuestos a tomar sobre nosotros Su nombre significa que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros la autoridad de Jesucristo en las sagradas ordenanzas del templo y a recibir las supremas bendiciones asequibles mediante su autoridad cuando El disponga otorgárnoslas.

Finalmente, el que estemos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo afirma nuestra promesa de hacer todo lo que podamos por ser contados entre los que El escoja para que estén a su derecha y sean llamados por Su nombre en el ultimo día. En esa sagrada acepción, nuestro testimonio de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo constituye nuestra declaración de que aspiramos a la exaltación en el reino celestial. La exaltación es la vida eterna, “el máximo de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7).

En eso debemos meditar al participar de los sagrados emblemas de la Santa Cena. Al hacerlo, nos regocijamos en la misión del Señor resucitado, que vivió, enseñó, sufrió, murió y resucitó para que todo el genero humano tuviera inmortalidad y vida eterna. De esto testifico en el santo nombre de Jesucristo. Amén.

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