Perseverar hasta el fin

Conferencia General Octubre 1985

Perseverar hasta el fin

obispo Robert D. Hales
Obispo Presidente

«¿Hay momentos en que nos sentimos abandonados por Dios, nuestros semejantes o nuestra familia? Esos son los momentos en que debemos volvernos a Cristo y perseverar en sus enseñanzas.»


Mis queridos hermanos, yo creo en Cristo, y estoy preparado para rendir cuentas por mi testimonio. Pido las bendiciones del Señor sobre mi para poder tener el sostén de su Espíritu y el apoyo de las demás Autoridades Generales.

En el evangelio de Jesucristo, llega siempre el momento en que debemos rendir cuentas de lo que somos y de lo que pensamos llegar a ser. Con la Expiación se nos ha dado un ejemplo para seguir. el ejemplo del Hijo mayor de Dios el Padre. Quiero hablar un poco sobre ese sacrificio expiatorio y lo que significa para mi, en mi cargo de obispo. como una ayuda para que podamos perseverar hasta el fin.

Empezare por el libro de Eter, en el Libro de Mormón, donde aprendemos una lección muy clara al leer la experiencia del hermano de Jared, cuando se presentó ante el Señor. El tema un problema en cuanto a la manera correcta de orar. Al decir una oración, muchas veces nos limitamos a exponer nuestros problemas; y eso fue lo que el hizo. Recordareis que se le había mandado sacar a su pueblo y llevarlo a través de las aguas. Había construido los barcos, pero no tenía con que alumbrarlos; tampoco tenían un sistema de ventilación ni de propulsión para navegar. Así que consultó al Señor, preguntándole: »¿Vas a permitir, oh Señor, que crucemos estas grandes aguas en la obscuridad?» Y el Señor le contestó:

»¿Que quieres que yo haga para que tengáis luz en vuestros barcos?» (Eter 2:22-23.)

Muy poco antes, el Señor lo había reprendido durante un periodo de tres horas por no acordarse de orar. Y. en esas condiciones, el hermano de Jared salió para preparar un plan. Una vez que lo hubo hecho, buscó dieciséis piedras de diáfano cristal, las llevó a la cima del monte Shelem y le pidió al Señor que las tocara con un dedo.

La lección que me gustaría destacar de esa historia es que, cuando El tocó las piedras, el hermano de Jared vio Su dedo. El Señor entonces le dijo, al verlo caer a tierra: «Levántate, ¿por que has caído?» (Eter 3:7.) La respuesta que recibió es notable: «No sabia que el Señor tuviese carne y sangre». (Vers. 8. ) Mas adelante, en el versículo 16, encontramos la explicación que el Señor le dio:

«He aquí, este cuerpo que ves ahora, es el cuerpo de mi espíritu; y he creado al hombre a semejanza del cuerpo de mi espíritu; y así como me aparezco a ti en el espíritu, apareceré a mi pueblo en la carne.»

El Señor le había preguntado antes si había visto algo mas: «Viste mas que esto?», y el le había contestado: «No; Señor, muéstrate a mi». (Vers. 9-10.) También le había preguntado si creería en sus palabras, y el hermano de Jared había respondido: «Si, Señor, se que hablas la verdad, porque eres un Dios de verdad, y no puedes mentir». (Vers. 12.)

En esa forma, el Señor se mostró dos mil quinientos años antes de nacer en Belén. Después, le testificó que El seria Jesús el Cristo, que vendría a su pueblo y que El seria el sacrificio expiatorio a fin de que todo el genero humano pudiera vivir .

Al referirnos al sacrificio expiatorio en el Jardín de Getsemaní, llegamos al capitulo diecisiete de Juan, donde encontramos la oración intercesora que Jesús ofreció:

«Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese . . . antes que el mundo fuese.» (Juan 17:4-5 )

Y mas adelante volvió a decir: «Porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.» (Juan 17:24.)

Con el amor de Dios el Padre, Jesús fue al Jardín de Getsemaní. Se arrodilló para orar, y llego al punto de derramar por los poros grandes gotas de sangre. Después, al ir a buscar a sus discípulos y encontrarlos dormidos, les dijo: »¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?» (Mateo 26:40.)

¿Cuantas veces nos dormimos cuando a nuestro alrededor hay personas que sufren y necesitan ayuda? ¿Cuantas veces expresamos nuestro testimonio del Señor, pero no lo escuchamos? Porque, como dice en I Juan 4:20: «Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?»

El Señor volvió después a Getsemaní y le pidió a su Padre que lo ayudara en esa prueba que tenia que soportar. Y aquí encontramos un gran consuelo en lo que pasó después: «Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle». (Lucas 22:43. )

¿No sabemos acaso que también nosotros tendremos que pasar momentos en los que caeremos de rodillas y necesitaremos la ayuda del Señor para poder perseverar hasta el fin? Incluso José Smith demostró impaciencia después de haber estado en la cárcel por unos cuantos meses, preguntándose por que no podía continuar su misión. En aquellos momentos el Señor le dijo: «Todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien». La forma en que enfrentemos nuestras pruebas es parte del proceso de maduración de nuestro ser físico y espiritual.

Siendo obispo, también he aprendido del sacrificio expiatorio otra lección. En el juicio, a pesar de que Pilato sabía muy bien que el hombre que estaba ante el no era culpable, por razones políticas pronunció el veredicto que lo condenaba. Sin embargo, Jesús se mantuvo silencioso. En nuestra propia vida enfrentamos momentos similares cuando tenemos enemigos que nos atacan y cuando se nos acusa falsamente. Hay veces en que es mejor seguir el ejemplo del Señor y no tratar de responder a las acusaciones de que somos víctimas.

Son muchas las lecciones que se pueden aprender de la Expiación. Nos fortalece saber que Jesucristo, aun en medio de sus sufrimientos, fue capaz de mirar desde la cruz a su madre con preocupación por su bienestar y, para asegurarse de que estaría bien atendida, pedirle a uno de sus discípulos que la ayudara. Este es también uno de los grandes mensajes que hemos oído en esta conferencia: que dejemos de concentrarnos en nuestros propios problemas y tribulaciones y volvamos la atención y el interés hacia nuestros semejantes.

Hasta en los últimos momentos de su vida Jesús nos dejó una lección. Había exclamado a gran voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu y habiendo dicho esto, expiró». (Lucas 23:46.) Lo había soportado todo, perseverando hasta el fin.

Cuando El murió, en la tierra hubo gran aflicción, y muchos de los que presenciaron la crucifixión se golpearon el pecho con dolor. Pero en los cielos, una multitud esperaba la llegada del Hijo de Dios al mundo de los espíritus para declarar la liberación de estos de las ligaduras de la muerte. Su polvo inerte volvería a convertirse en un cuerpo; este y el espíritu se reunirían otra vez, para no separarse jamas, a fin de que pudieran recibir una plenitud de gozo. Mientras esa gran muchedumbre esperaba regocijándose por ver llegar la hora de su emancipación de las cadenas de la muerte, apareció el Hijo de Dios y predicó a los justos el evangelio sempiterno, la doctrina de la resurrección y la redención del ser humano de la caída y de los pecados individuales, con la condición de que se arrepintieran. (D. y C. 138:16 19.)

La lección que aprendemos de eso es que, al ver morir a un ser querido y sentir el corazón inundado de pesar y desolación, podemos todavía encontrar solaz sabiendo del gozo que habrá cuando aquellos que se aman se reúnan y continúen su progresión eterna gracias al sacrificio expiatorio de Jesucristo.

Cuando crucificaron a Jesús, a ambos lados de El había otros dos hombres, también crucificados. Al repasar aquella escena en mi mente, es muy claro para mi que uno de ellos aceptó al Salvador testificando que era el Hijo de Dios, y el otro lo rechazó. Lo mismo sucede con toda la humanidad; ya sea en esta vida o en la venidera, llegara el día en que cada uno de nosotros tendrá que expresar su testimonio de que El es el Hijo de Dios, el Salvador de todo el genero humano, Jesús el Cristo.

En los últimos momentos que pasó en la cruz, Jesús le hizo una pregunta a su Padre: «¿Por que me has desamparado?» (Mateo 27:46.) ¿Hay momentos en que nos sentimos abandonados por Dios, nuestros semejantes o nuestra familia? Esos son los momentos en que debemos volvernos a Cristo y perseverar hasta el fin. Sabemos que el sufrimiento de Cristo tuvo un propósito grandioso, porque fue un acto de libre albedrío; El podía haber convocado legiones de ángeles que lo libraran de la cruz. Pero no lo hizo, sino que perseveró hasta el fin para que nosotros pudiéramos recibir el beneficio de su expiación; para que la misericordia entrara en el mundo y la justicia se cumpliera; para que pudiéramos ser resucitados, y para que lográramos, por medio de la obediencia, la vida eterna en la presencia de Dios el Padre y del mismo Jesucristo.

Hace poco, tuve una experiencia que ilustra estos principios. Un hombre muy rico me pidió que fuera a hablar con una de sus hijas, que acababa de divorciarse, por lo que fui a verlos, a ella y sus hijos. El padre podía haberles dado todo lo que necesitaban, pero me había dicho que pensaba que era tiempo de que aprendieran a vivir modestamente y a bastarse a si mismos, a ser autosuficientes, a adquirir total independencia. Esta experiencia se parece hasta cierto punto a la del Señor cuando le preguntó a su Padre por que lo había desamparado. La reacción de aquella familia también fue preguntarse por que hacia eso su padre y abuelo cuando mas lo necesitaban. Pero lo que el quería era prepararlos a fin de que se fortalecieran siendo autosuficientes, para que cuando recibieran su herencia, pudieran perseverar hasta el fin manteniendo su independencia económica.

Hay momentos en que los padres tenemos que separar a nuestros hijos de nosotros a fin de que puedan aprender a tomar decisiones solos y tengan fortaleza para bastarse a si mismos.

Hemos visto que Jesús nos enseñó muchas lecciones mientras colgaba de la cruz. Pero para mi una de las mas grandiosas la enseñó después de morir y salir del sepulcro, cuando se encontró con María Magdalena, quien no lo reconoció al principio. Luego, El le dijo: «No me toques, porque aun no he subido a mi Padre» (Juan 20:17), sabiendo que después que lo hiciera, volvería a la tierra y se mostraría a muchas personas.

Volviendo al Libro de Mormón, al libro de 3 Nefi, me imagino a Jesús cuando vino al templo, ya un Ser resucitado, después de que toda la tierra había sufrido gran devastación (hemos visto una destrucción parecida recientemente en el terremoto de México) En el relato de 3 Nefi se nos dice que la gente había vuelto al templo y, mientras estaba allí, llegó el Señor, a quien su Padre presentó con estas palabras: «He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre» (vers. 7). Se les dijo que lo escucharan y El descendió en medio de ellos. Un hecho muy significativo es que los que estaban reunidos, que eran aproximadamente dos mil personas, pudieron, uno por uno, tocar las heridas de sus manos y pies y la de su costado a fin de tener la seguridad de que estaba vivo nuevamente. Debido a eso, gozaron de unos siglos de paz en su tierra, y había unidad entre ellos.

Pido al Señor que nos bendiga para que podamos comprender la importancia que el sacrificio expiatorio tiene para cada uno de nosotros, y darnos cuenta de que se trata del acontecimiento mas grandioso en toda la historia del mundo. En realidad, el verdadero propósito del nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo en la tierra era que llevara a cabo la Expiación. Lamentablemente, a pesar de saberlo, muchas veces nos desviamos del camino .

Hace unos años, siendo piloto, fui a volar con un instructor. Moviendo el avión poco a poco, en un ángulo menor de dos grados cada vez, el instructor pudo dar vuelta completamente el aparato hasta que quedó con lo de abajo para arriba. Como el cambio había sido tan gradual, mis sentidos no detectaron la transición; por lo tanto, cuando me dijo que me hiciera cargo de los controles, yo no sabia que el avión estaba boca abajo. Todos los instrumentos del tablero marcaban con exactitud, pero el tren de aterrizaje estaba para arriba; y cada una de mis acciones provocó una reacción totalmente opuesta a la que yo esperaba. Fue un estado de desorientación que me enseñó una gran lección.

Me referiré ahora a la desorientación espiritual. Aunque sabemos del sacrificio expiatorio de Jesucristo, de su obediencia, de su disposición a servir y a ser un ejemplo para nosotros, y de su deseo de que lo sigamos, hay veces en que nos apartamos del curso poco a poco, menos de un grado a la vez, y no nos damos cuenta de que estamos totalmente «dados vuelta».

Uno de los consejos mas importantes que he recibido me lo dio el presidente Harold B. Lee. Siendo todavía joven  visite Salt Lake City y el me invitó a pasar por su oficina. El sabia algo que yo todavía ignoraba: que alguien me pediría que representara una organización. Me puso ambas manos sobre los hombros y me dijo, mirándome directamente a los ojos: «Ten cuidado de a quien le das tu nombre».

Creo que el Señor Jesucristo tiene mucho cuidado de a quien le da El su nombre. Cuando entramos en las aguas del bautismo, tomamos sobre nosotros su nombre y prometemos que siempre seremos obedientes. Cada vez que tomamos la Santa Cena ese sacramento nos aviva en la memoria la resolución de recordar a Cristo siempre, de llevar su nombre y de obedecer continuamente sus mandamientos; y se nos dice que a cambio de esa obediencia siempre tendremos su Espíritu con nosotros. O sea, que tendremos de continuo un giroscopio(*) espiritual que nos guiara a fin de que nunca tengamos que sufrir la desorientación espiritual ni apartarnos del curso que se nos ha fijado.

Ruego que las bendiciones del Señor acompañen a cada uno de nosotros, para que podamos estar atentos a las pequeñas correcciones que debemos hacer en el curso de nuestra vida, y que podamos ser obedientes al Señor y seguir su ejemplo de sumisión.

Por la propia expresión del Padre sabemos del amor que El tiene por su Hijo, Jesucristo, por haber perseverado hasta el fin: «Este es mi Hijo Amado, en quien me complazco». Es mi deseo y mi oración que cada uno de nosotros pueda perseverar hasta el fin y ser recibido por nuestro Creador con estas palabras: «Bien, buen siervo y fiel».

Quiero agradecer al amor de mi vida, mi compañera, por su cariño. Una vez el director de una organización me dijo: «Su posesión mas preciada es su esposa». Y es una gran verdad.

Os doy mi testimonio de que Dios vive y que Jesús es el Cristo. No tengo ninguna duda de ello. Desde que era niño jamas he tenido ninguna duda. Testifico que los hombres que se sientan aquí en el estradoCla Primera Presidencia y el Consejo de los DoceCson profetas, videntes y reveladores. Testifico que entre nosotros se encuentra un Profeta de Dios, el presidente Spencer W. Kimball, que es para todos nosotros un ejemplo de perseverancia hasta el fin. Que podamos observar sus acciones y dejarnos guiar por ellas, es mi ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

(*)Giroscopio: Dispositivo que asegura la estabilidad de un torpedo, un avión. etc.

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